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Tour de Flandes. Guía de viaje

En un esfuerzo conjunto entre periodistas, botánicos y meteorólogos, la Universidad de Gante lleva cerca de cuatro décadas analizando los efectos del cambio climático a través de los vídeos y las fotografías del Tour de Flandes (‘De Ronde van Vlaanderen’). Y es que la clásica belga, el más joven de los cinco monumentos del ciclismo, se disputa irremediablemente el primer domingo del mes de abril desde 1913. El paso del tiempo ha permitido observar el cambio en la llegada de la primavera y constatar como lo que antes eran brotes exiguos y escasas hojas ahora son frondosas copas y brillantes flores.

La guía de viaje del Tour de Flandes es una invitación a la llegada de la primavera. Son más de 260 kilómetros en la tierra ciclista por antonomasia. Es la cúspide de una semana de festejos que se culmina con otras pruebas de prestigio como Los tres días de la Panne o la Gante-Gevelgem. Es una ruta de callejuelas adoquinadas, canales de regadío, campanarios inmensos, suntuosos castillos y fina lluvia. Un destino romántico impregnado de una delicada capa de barro.

El Tour de Flandes no tiene un recorrido fijo, pero sus señas de identidad se han mantenido intactas durante más de un siglo. Tan sólo la I Guerra Mundial provocó un interludio en la prueba que, sin embargo, se mantuvo viva mientras el país se sometía a la ocupación nazi. Al igual que la París-Roubaix, que se disputa una semana más tarde, el Tour de Flandes vive de dos elementos fundamentales; el muro y el pavés.

Los muros son durísimas cotas pero de corta duración. Se agarran a las piernas de los ciclistas y trepan por sus músculos disparando un estallido de dolor. Son esfuerzos cortos y continuos que requieren disciplina y enorme sangre fría. Es un ejercicio de equilibrista donde se debe combinar la fuerza de la juventud con la maña de la veteranía.

El pavés no es más que una calzada de adoquines. No es más, pero no es menos. Es una zona de vibración extrema donde cada pedalada descarga un trallazo en los brazos que se traslada por todo el cuerpo. La rueda no tiene donde agarrarse y el impulso de las pedaladas se diluye entre los ojuelos del pedrusco. El pavés seco genera una niebla de polvo que se inserta en los pulmones y acaba con el más fogoso de los incautos corredores. El pavés mojado convierte la estela de adoquines en una demoniaca pista de patinaje.

Y por supuesto está ese lugar donde la espalda pierde su nombre. Una buena crema para las posaderas y abstenerse aquellos con varices en el recto. El pavés no es para los adictos al Hemoal.

El recorrido comienza en la magnífica ciudad olímpica de Amberes. El control de firmas se realiza en la Grote Markt (Gran Plaza del Mercado) una conjunción de edificios del siglo XVI coronada por el pomposo campanario del ayuntamiento. La plaza consta de una sucesión de perfectos edificios gremiales que representan la importancia de las corporaciones y la fuerza de su puerto, uno de los más importantes del mundo.

Y es que Flandes es uno de los lugares más avanzados de Europa desde que Julio César la incorporó al Imperio Romano. Flandes es lugar de telares y de tejedores, de duques, condados y reyes. Lugar de disputas entre egos. Tierra de borgoñones y de los Habsburgo. Terreno ensangrentado, donde España perdió su preeminencia como líder del orden mundial. Esfera de anhelo para católicos y protestantes. Lugar de lugares. De guerras que sobrevuelan los recuerdos de los libros de historia. Cuna de la Bélgica norteña neerlandesa, siempre en enfrentamiento con la Bélgica sureña y afrancesada. Flandes es van Eyck, Brueghel y Rubens. Son campos de amapolas. Lugar de costosos chocolates artesanos, poderosas cervezas y de mejillones con patatas fritas, aunque en esto último, como en casi todo, no hay acuerdo si nos referimos a una especialidad flamenca o a una valona.

Una vez abandonados los arrabales de Amberes el pelotón se adentra al interior en dirección sureste hasta llegar a Zottegem una típica villa flamenca donde los ciclistas se encuentran con los primeros tramos de adoquines. A partir de entonces la campiña hace su aparición y los temidos y exigentes muros hacen lo propio, provocando las escapadas de los primeros aventureros.

Con más de 100 kilómetros sobre las piernas llega el tramo más famoso del recorrido. Se trata de los muros de Oude Kwaremont y de Paterberg, una secuencia de colinas unidas por pavés y que, según la edición, se pueden llegar a repetir hasta en tres ocasiones. La segunda de ellas es la más dura (13% de desnivel) y fue diseñada en ángulo recto expresamente por un agricultor en la década de los 80 con la intención de que la carrera discurriese por sus praderías. Esta tierra de pastoreo también es conocida mundialmente como el prado de los artistas, ya que su bucólico horizonte ha sido plasmado en multitud de cuadros. El último paso por este binomio infernal se suele dar a menos de 20 kilómetros de la meta y es cuando se decide la carrera.

A diferencia de otros monumentos como el Giro de Lombardía, el Tour de Flandes no discurre por localidades de renombre. Es su carácter frugal lo que le da un encanto especial. Otro de los parajes exclusivos en el recorrido es el municipio de Maarkedal, un pequeño pueblo donde se encuentra un muro del 16%.

Pero seguramente el lugar más emblemático del Tour de Flandes es el Muro de Kapelmuur. Se trata de una ínfima pendiente que ni siquiera llega a los 100 metros y que está a la salida de una aldea de nombre impronunciable. Son 93 escasos metros de ascensión al 20% de desnivel pero sobre unos adoquines prácticamente sin retocar desde que en 1950 Fiorenzo Magni cimentó su victoria en la ascensión. Aunque en los últimos años ha sido modificado, el tamaño de los adoquines y los numerosos huecos entre ellos lo hacen terrorífico para los ciclistas.

El otro lugar mítico de la prueba, y donde aquel que aspire a la victoria debe estar atento para atacar, es el llamado ‘Monumento al ciclismo de Brakel’. Se trata de una rotonda cercana a Koppenberg, otro pueblecito que da paso a una bestial subida adoquinada (22%) que hace que incluso los ciclistas de renombre pierdan el equilibro al intentar escalarla.

Tras el último paso por Paterberg, tradicionalmente la prueba finalizaba en la villa de Ninove, aunque en las últimas ediciones lo hace en Aldenarda (Oudenaarde) ciudad famosa en los libros de historia de España por ser rendida por Alejandro Farnesio. De belleza supina, milagrosamente sobreviven su ayuntamiento gótico y su campanario tras ser arrasada la ciudad durante la I Guerra Mundial.

Después llega el turno de la gloria, del champán y del pódium. El palmarés del Tour de Flandes está liderado por un ramillete de ciclistas con tres entorchados (Buysse, Magnin, Leman, Museeuw y Cancellara). Eddy Merckx salió victorioso en un par de ocasiones. Sin embargo, el más grande ciclista de todos los tiempos no era bien recibido en tierras flamencas. Merckx era valón, una excepción en el mundo de la bicicleta en Bélgica. Todas las demás figuras de la mitología ciclista belga como Freddy Maertens, Roger de Vlaeminck, Lucien Van Impe o el citado Tom Boonen son nativos de Flandes.

“Hay belgas de Flandes dispuestos si no a dar la vida, sí al menos a dar media vida por ganar alguna vez en su vida el Tour de Flandes”. Carlos Arribas.

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La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea

Según un estudio del Real Instituto Elcano lo que conocemos de África se puede resumir en diez palabras; pobres, patera, niños, negros, hambre, Nilo, Kilimanjaro, Cataratas Victoria, hachís y esclavitud. Si arqueamos las cejas y echamos un vistazo a la noticias sólo veremos desgracias. La última de ellas la de un avión que viajaba de Nigeria a Etiopía al que le echamos el ojo con escarnio. Como si en Occidente no tuviésemos accidentes aéreos y como si el Boeing 737 estrellado no hubiese sido fabricado en Estados Unidos.

Si los africanos quieren salir en las agendas de los medios por un buen motivo deben, como no, recurrir al deporte.

Es curioso comprobar como si bien el atletismo se ha convertido en una seña de identidad de muchos países africanos, no ha sucedido lo mismo con el ciclismo. Se podrá argumentar que correr es deporte de pobres. En lo único que nos diferencia de unos a otros es en el tamaño del bíceps femoral, del soleo y de los gemelos. Sí, es cierto, para andar en bicicleta hace falta una bicicleta, valga la redundancia. Utensilio asequible en Occidente y prohibitivo en lo que hemos llamado Tercer Mundo. No obstante, si en vez de bicicleta de competición nos referimos a una bici como medio de transporte constataremos como proliferan por doquier por las llanuras y estepas africanas. Y si el chico desdentado que corre descalzo se convertirá en récordman mundial calzando zapatillas Nike, ¿por qué ese mismo chico con bici sin marchas no se puede convertir en ganador del Tour de Francia con una Trek de 10.000 euros?

No ha sido el ciclismo un deporte que haya arraigado en el continente africano. Muy pocos conocían este deporte hasta que el eritreo Daniel Teklehaimanot se colocó líder de la montaña en el Tour de Francia de 2015. Ese mismo ciclista se había convertido en los Juegos Olímpicos de 2012 en el primer eritreo que representaba a su país en una disciplina que no fuese el atletismo.

Unos cuantos años antes, concretamente en 2007, se fundó en Sudáfrica el Dimension Data, el primer club africano de categoría élite dentro del ciclismo. En sus estatutos se compromete a tener la mitad de su plantilla compuesta por ciclistas africanos y a fomentar la práctica del deporte de las dos ruedas por todo el continente. Se estima que dota de unas 5.000 bicicletas anuales a diferentes clubes infantiles de norte a sur de África.

En los últimos dos decenios han proliferado distintas carreras. La más reseñable es la Vuelta a Ruanda, que sigue asombrando a propios y extraños con imágenes de miles de personas amontonadas por carreteras que combinan el asfalto con la grava y la tierra. En la citada Ruanda, en Sudáfrica o en Kenia la fiebre por el ciclismo sigue creciendo, pero no hay país donde existía mayor arraigo que en Eritrea.

Eritrea es un país perfecto para un ciclista. Bañado por el mar, en su interior está atravesado por una cadena montañosa que no baja de los 2000 metros de altitud. Entre la masa de agua salada y las altas cumbres se conforma el majestuoso Gran Valle del Rift. Para un ciclista esto es oro puro. Puede entrenarse a grandes altitudes realizando el mismo esfuerzo con menos oxígeno para luego retirarse y descansar al nivel del mar. Ni más ni menos que es el mismo truco que durante más de un siglo han utilizado los ciclistas de elite que fijan su referencia en el arco que va desde Cataluña hasta la Liguria, a escasos kilómetros de los Pirineos y de los Alpes.

Eritrea es un país de cerca de seis millones de habitantes situado al noreste de África, una de las regiones más pobres del mundo y limítrofe a Sudan y Etiopía. Como indicaba, al este está bañada por el Mar Rojo, lo que hizo que fuese apetecible para Italia cuando se anexionó la región en 1890 en plena época de carroñaría imperial.

Debido a la pobreza y a lo dificultoso del terreno, los miembros del ejército italiano se desplazaban en bicicleta de un destacamento a otro.

Existía un problema cultural. Para los africanos la bicicleta era sinónimo de pobreza y marginación. Los colonizadores franceses o británicos viajaban en motocicletas o en coches. En su defecto se desplazaban a caballo. Los italianos se lanzaron al juego de los imperios con una mano delante y otra detrás. Ellos mismos se desplazaban en bicicleta, por lo que los eritreos vieron con buenos ojos tan maravilloso medio de transporte.

Así pues, a diferencia de lo que ocurría en las colonias inglesas donde la elite se desplazaba por fuerza animal por motivos de rango, en Eritrea a los italianos no les importaba hacerlo en bicicleta. Para los eritreos fue un shock. Viajar en bicicleta no era cosa de negros pobres, era cosa de blancos ricos. No pasarían muchos años hasta que se celebrasen las primeras carreras y en 1937 tendría lugar en Asmara el primer campeonato nacional, eso sí, sin la presencia de nativos.

Al parecer, en 1939, se permite por presión popular la presencia de dos eritreos saliendo vencedor uno de ellos, un tal Ghebremariam Ghebru. Aún hoy, aquella victoria se considera un triunfo patriótico, una fiesta nacional y una muestra de igualdad racial ante los colonizadores europeos.

Finalizada la II Guerra Mundial, Eritrea pasa a formar parte del botín de guerra que el Imperio Británico arrebata a la derrotada Italia. En 1946 se celebra por primera vez el Tour de Eritrea. Es un hito morrocotudo para el África negra. La prueba consta de cinco etapas y participarán 33 ciclistas siendo la victoria para el transalpino Nunzio Barilá. A pesar del éxito y de que el ciclismo ya estaba muy arraigado entre los eritreos, los británicos cancelan la prueba y al año siguiente dejará de disputarse.

De repente el ciclismo desaparece del mapa.

En los 60, Gran Bretaña, que previamente había unido territorialmente Eritrea con Etiopía, abandona prematuramente la región. Es lo que se dio en llamar descolonización, pero si bien en los territorios donde había intereses económicos se hizo con acierto y responsabilidad, donde no había intereses se hizo con prontitud e ineptitud. Ese fue el caso de Eritrea que se sumó en guerras civiles y guerras de independencia contra Etiopía hasta 1991. Fueron décadas pérdidas en las que a nadie se lo ocurriría hablar de ciclismo.

Recobrada la independencia y las necesidades básicas, los eritreos rescataron su amor por las bicicletas. Proliferaron los clubes ciclistas (a diferencia de Kenia, Uganda o Etiopía donde hay clubes de atletismo) y el gobierno diseñó un plan de reabastecimiento de bicicletas por todo el país como medio de transporte. En el año 2001 volvió a ponerse en marcha el Tour de Eritrea, una prueba de 10 etapas y con rango de segunda categoría para la UCI. Es muy apreciada por los ciclistas de todo el mundo porque combina costa, desiertos y montañas. En el campeonato nacional compiten cada año cerca de 200 ciclistas. Y en el 2015 al ya citado Teklehaimanot se le unió Merhawi Kudus como primeros africanos negros, y por supuesto eritreos, en disputar el Tour de Francia.

Sólo es cuestión de tiempo que alguno de ellos triunfe en una de las grandes pruebas europeas. Como dijo el pentacampeón del Tour Bernard Hinault: “Los africanos son los nuevos colombianos”.

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Expresiones del lenguaje deportivo

Hay gente, mucha gente, que considera el deporte una tontería, algo banal, ‘pan y circo’. Son tan obtusos que son incapaces de ver que detrás del deporte hay una serie de ramificaciones que conforman esta expresión cultural como una evolución del desarrollo del ser humano. Esta misma gente suele tener cierto repelús a la hora de unir deporte con literatura y lenguaje académico, o, algo aún más prosaico, a la hora de usar el lenguaje deportivo como forma de lenguaje cotidiano. Estoy seguro que esa gente ignora que en el siglo V a.C. un ateniense llamado Arístocles puso las semillas de la filosofía, de la política, de la psicología o de la ética a través de sus libros escritos en forma de diálogo. Ese erudito ha pasado a la historia con el nombre de ‘Platón’, apodo que le pusieron sus amigos en la adolescencia porque era un gran atleta con una formidable espalda tan firme y tan ancha que parecía un plato. Siempre me ha resultado interesante que uno de los mayores genios de la humanidad sea conocido para la eternidad con su apodo deportivo.

Con la excepción del siempre presente fútbol, seguramente el deporte que más expresiones ha dado al habla cotidiana ha sido el hoy denostado boxeo. Podemos empezar con la clásica ‘tirar la toalla’, tan habitual para constatar que nos rendimos o que no nos esforzamos más y que tiene su origen en el gesto que los preparadores indican al árbitro para dar por finalizado un combate. Esto suele ocurrir cuando el boxeador está ‘grogui’, es decir, cuando se tambalea por el ring, expresión que hoy usamos para indicar un mareo fortuito muchas veces por culpa del alcohol. La palabra ‘grog’ hace referencia a un combinado cuya base es el ron, bebida de alta graduación que era muy habitual en el ejército británico. Se dice que los soldados consumían altas cantidades de esta bebida para entrar en combate y así quitarse el miedo antes de la batalla, en definitiva, entrar en combate ‘groguis’. Cuando un boxeador está ‘grogui’ o a punto de acabar en K.O. suele ‘estar contra las cuerdas’, arrinconado en una esquina del cuadrilátero. Dicha expresión la usamos cotidianamente cuando estás a punto de claudicar en cualquier ámbito de la vida. Pero, sin en el último momento consigues librarte de tan mal final es que te has `salvado por la campana´, dicho que hace referencia al fin del asalto, cuando el boxeador que va perdiendo tiene un minuto de descanso para recuperarse.

Otro clásico del argot pugilístico es recibir `un golpe bajo´, en referencia a golpear al rival en la entrepierna y hoy usado metafóricamente cuando somos sometidos a una traición en cualquier ámbito de la vida personal o profesional. Normalmente un `peso pesado´ no da `golpes bajos´ porque es un púgil de alto nivel, una persona de la máxima categoría, mientras que un ´sparring´ necesita de esas pequeñas triquiñuelas para obtener la victoria, lo cual tampoco está tan mal, porque un `sparring´ es aquel que en sentido figurado nos pone a prueba o que nos sirve para prepararnos ante algún acontecimiento más complicado.

Pero para deporte `grande, grande donde los haya´ como diría el bueno de José María García, no cabe duda de que ese es el fútbol. La regla más definitoria del llamado `deporte rey´ es el fuera de juego, y `quedarse en fuera de juego´ es algo habitual en nuestras relaciones cotidianas, especialmente en las de pareja. Los delanteros son los futbolistas que suelen caer más en fuera de juego y lo harán continuamente a lo largo de su carrera hasta que `cuelguen las botas´, algo que todos hacemos en algún momento de nuestra vida al llegar a la jubilación. `Colgar las botas´ o `colgar los guantes´ (volvemos otra vez al boxeo) es una expresión ciertamente prohibitiva en Centroamérica donde el significado es doble; dejar una actividad pero a través del fallecimiento.

La salsa del fútbol es `meter goles´ que es algo que todos hacemos cuando engatusamos a alguien y conseguimos lo que queremos, pero también podemos `echar balones fuera´ y agazaparnos para no entrar en una discusión y `lavarnos las manos como Poncio Pilato´. Cuando hay una falta peligrosa el portero se afana en `poner la barrera´ algo que los adolescentes enamorados deben realizar si no quieren evitar sustos a los 9 meses de colocar en funcionamiento sus hormonas.

Hay una expresión futbolera que es `100 x 100 made in Spain´. `Tener más moral que el Alcoyano´, que es algo así como rezarle a Santa Rita la `patrona de los imposibles´. Al parecer, en un encuentro en el que el CD Alcoyano iba perdiendo 13-0 los jugadores protestaron al árbitro por no dar varios minutos de descuento al término de la segunda parte. Según ellos esto impidió la remontada del equipo alicantino. Eso es lo que cuenta la leyenda. La realidad explica que a caballo entre los años 40 y los años 50, el CD Alcoyano era un `equipo ascensor´ que deambulaba entre Primera y Segunda División por lo que año tras año sus seguidores se cargaban de moral aún a sabiendas de que la vuelta a la máxima categoría iba a ser efímera.

Otra frase muy recurrente en el balompié es la de `ganar sin bajarse del autobús´, muy usada en los mítines políticos de los 70 y los 80 para referirse a la superioridad manifiesta entre el favorito y el aspirante. Este tipo de bravuconadas también se da entre jugadores. No obstante, cuando el entrenador utiliza su `mano de hierro´ para imponerse ante algún futbolista díscolo este inmediatamente pasa a `chupar banquillo´, expresión que era muy usada entre los adolescentes (sustituida por la de `pagafantas´ más recientemente), y que tiene su origen en la barra de metal que estaba colocada en muchos vestuarios (a semejanza de los asientos de las montañas rusas y otras atracciones) y que el jugador acababa chupando por aburrimiento.

La trilogía tradicional del deporte en España se completa con el ciclismo, otra disciplina llena de expresiones y frases hechas usadas en el día a día. Sin embargo, las dos expresiones más conocidas del mundo de las dos ruedas no tienen origen ciclista. La expresión `farolillo rojo´, que utilizamos para referirnos a aquel que va último en una carrera es originaria del mundo del ferrocarril, ya que originalmente el último vagón de un convoy llevaba una luz colorada para indicar el fin del vehículo a los transeúntes. Del mismo modo, cuando usamos la palabra `pelotón´ para indicar un grupo numeroso de personas inmediatamente pensamos en el Tour de Francia, cuando en origen es un vocablo de corte militar.

Siempre que discutimos con alguien y a pesar de las evidencias es incapaz de cambiar de parecer, decimos que es una persona `de piñón fijo´, como las primeras bicicletas de carrera o las de paseo que usamos de pequeños. Con ese tipo de bicis es más difícil `esprintar´ un verbo común en la actualidad y que implica un esfuerzo final y a última hora. En el ciclismo las victorias al sprint se consiguen después de jornadas `maratonianas´, que hacen referencia a la prueba atlética más larga y más fatigosa con sus más de 42 kilómetros de longitud.

En el mundo de la raqueta, si bien es cierto que en Francia la palabra ´deuce´ se utiliza como empate aunque realmente no quiere decir eso (la palabra francesa para empate es ‘egalité’), en el castellano lo más curioso es como la palabra tenis ha pasado a designar un tipo de zapato deportivo, dado que en el siglo XIX los únicos que llevaban tenis eran los jugadores de tenis, valga la redundancia.

Del norteamericano deporte del baloncesto hemos absorbido la expresión `tiempo muerto´, útil para hacer un `kit-kat´ en medio de una discusión o de un esfuerzo. Cuando la discusión no acaba como deseamos puede que nos `pillemos un rebote´ que hace referencia al acto, muchas veces desagradable porque implica dar codazos o manotazos, de recoger el balón cuando sale expulsado del aro.

El juego del ajedrez (deporte para muchos) tiene su origen en la Edad Media, momento en el que las lenguas romances adquieren forma propia para más adelante establecer reglas de uso y escritura a través de la gramática. Es por ello que el ajedrez, desde hace varios siglos, forma parte de la lengua de muchos países, y por supuesto del castellano, idioma en el que trazamos este artículo. El propio tablero de juego, tablero `ajedrezado´ ha creado un adjetivo usado para referirse a prendas de ropa o tipos de arquitectura que combinan cuadrados de distintos colores. Menos conocido es que cada uno de esos cuadrados recibe el nombre de `escaques´ de donde proviene el verbo `escaquear´, usado en el presente para quien evita una tarea impuesta y que en el medievo se refería a dividir los ejércitos en pequeñas unidades en una especie de `guerra de guerrillas´.

Por supuesto, la jugada maestra del ajedrez es el `jaque mate´, que se traslada a cualquier ámbito en el que gracias a nuestra pericia salimos victoriosos. Previamente hemos tenido que `poner en jaque´ a nuestro rival (pongamos por caso que sea nuestro jefe o nuestro padre) para poder conseguir nuestro objetivo, aunque a veces, ese jefe o ese padre, sabe `enrocarse´ y así defender su posición, por lo que no nos queda más remedio que dejar todo `en tablas´, o lo que es lo mismo en empate, porque aún a sabiendas de tener razón no tenemos ni fuerzas ni argumentos para demostrarlo.

Y luego hay otras ‘cositas´ que pasan desapercibidas. Desde el no muy usado verbo `placar´ sinónimo de derribar y común en el rugby, a otras más elitistas como `touché´ referidas a una argumentación brillante que es alabada y que proviene del afrancesado deporte de la esgrima.

Seguramente hay muchos más, pero con esto es suficiente para pasar un rato entretenido en una tarde de otoño. Porque como dijo Arístocles, más conocido como ‘Platón’; “mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”.

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Giro de Lombardía. Guía de viaje

Para mucha gente el ciclismo es un deporte aburrido. Muy aburrido. Consiste en ver horas y horas de pedaladas sin ton ni son. Con gafas y casco, ni siquiera les ponemos cara a esos deportistas que aparecen en la pantalla. Horas de espera en curvas y rectas para ver volar delante de tu retina a unos ciclistas a los que eres incapaz de poner nombre. Sin embargo, lo que para unos es desdicha y aburrimiento para otros es pasión e ilusión. El ciclismo es libertad. Es viajar. Es divagar. Es descubrir la aventura del horizonte. Es recibir el viento en la cara, el olor del mar y las picaduras de los mosquitos desde el salón de tu casa. Es conocer mundo a través del televisor. Es soñar con la grandeza. Fantasear con la épica. Contemplar como el ser humano sigue siendo un retaco rodeado de montañas gulliverianas. Es la combinación indivisible entre hombre y máquina. Sin problemas éticos ni medioambientales.

Toda prueba ciclista es una guía de viaje. Y pocas guías de viaje hay tan intensas y excitantes como el Giro de Lombardía. Durante unas 6 horas los esforzados de la ruta recorren alrededor de 250 kilómetros por las carreteras de Lombardía, una de las regiones más prósperas y agraciadas sobre la faz de la tierra. Nos referimos a uno de los 5 monumentos del ciclismo, el más meridional de todos ellos.

La llamada ‘clásica de las hojas muertas’ tiene las mejores vistas de todas las carreras de un día. El recorrido comienza viendo un horizonte bañado de nieve en la lejanía para acabar bañando los ojos a orillas del Lago Como.

Tradicionalmente el Giro de Lombardía se disputaba el primer domingo de noviembre y con su disputa se daba por finalizada la temporada ciclista que, en buena lógica y por causas climatológicas, aparca la bicicleta en el garaje hasta mediados de febrero. En los últimos años, como el ciclismo se ha expandido a lugares del globo tan dispares como China, Australia o Canadá, la temporada se alarga unas cuantas semanas más, lo que ha llevado a la prueba lombarda a disputarse a principios de octubre. Ha mejorado el clima, pero sigue siendo otoño (por ahora), por lo que las hojas marchitas de color siguen embelleciendo las cunetas y el nombre de ‘clásica de las hojas muertas’ sigue manteniendo su vigencia.

A diferencia de otras clásicas, el Giro de Lombardía no se basa en unir dos localidades sino en recorrer una región de principio a fin. En sus inicios, el inicio y la meta estaban en Milán, capital de la comarca, pero otras urbes encantadoras como Varese o Cantú han tenido ese honor. En las últimas décadas lo habitual es partir de Bérgamo y concluir en Como.

Lombardía es el lugar donde los terroni del Sur de Italia depositaban sus anhelos de prosperidad, anhelos que ahora son compartidos por los hijos de África. Es la tierra de la Galia Cisalpina, de los lombardos, de los Sforza y de los Gonzaga, de los banqueros y los comerciantes, de los duques y de los obispos. Fue tierra de españoles, de austríacos y de la Francia napoleónica. Cruce de caminos entre el norte y el sur. Entre el este y el oeste. Lombardía es lujo. Es Armani, es Prada, es Ferrari, es Bugatti. Lombardía también es placer en la mesa. El queso Gorgonzola, la pasta rellena de calabaza o el delicioso panettone provienen de tan bella región.

El Giro de Lombardía combina ascensiones cortas pero terribles con largas llanuras y un esperado final al sprint si antes no revienta la carrera. Los años gloriosos de la prueba fueron los de entreguerras, con el galán y sonriente Alfredo Binda, y los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial, con el izquierdista y rebelde Fausto Coppi. Estos dos colosos del ciclismo lograron ‘la doppietta’, es decir, vencer en el Giro de Lombardía y en la Milán-San Remo, los dos monumentos del ciclismo italiano. Pero sólo Coppi y, como no, Eddy Merckx, lograron ganar las dos clásicas y el Giro de Italia.

Saliendo de Milán, bajo la atenta mirada de la Duomo, los ciclistas se pierden por el encanto de una metrópolis sucia pero llena de vida gracias al diseño, la moda y las universidades. Desde la cúpula de Santa María de la Grazie, donde reposa ‘La última cena’ o desde la Madonna que descansa en los tejados de la Duomo, se vislumbran las nieves de los Alpes y las amplias llanuras que van a recorrer los ciclistas. Se dice que tras presentar sus respetos a la Madonna, Binda ganó la edición de 1931 tras comerse 34 huevos crudos en las casi 10 horas que pasó encima de la bicicleta.

A poco más de 40 kilómetros al nordeste se encuentra Bérgamo. Hoy redescubierta gracias a los vuelos de bajo coste, la ciudad alta de Bérgamo es un claro ejemplo del medievo, con sus palacios y sus cuadriculadas plazas renacentistas de la época en la que formaban parte de la República de Venecia. Los ciclistas deben alzar la cabeza para ver el conjunto arquitectónico, porque ellos circulan por la parte moderna, una parte baja de la ciudad que está unida a la antigua por un delicioso funicular.

La carrera cuenta con varias subidas que se modifican en cada edición, aunque 3 de ellas son de obligado cumplimiento. La primera tiene lugar al poco de salir de Bérgamo y girar en dirección noreste dirección a Como. Se trata del Colle Gallo (7,4 km al 10%) una exigente subida que concluye con un rápido descenso. A partir de ahí, son múltiples las localidades por las que puede pasar la carrera caso de Monza (catedral), Lecco (puentes de hierro) Varese (palacio Estense) o Cantú (torre del campanario). Últimamente la organización ha decidido que los ciclistas y los televidentes veamos año tras año las casas de colores y la preciosa iglesia con campanario de Varenna o el castillo de Sirmione, al que los rayos de sol que rebotan en el Lago de Gorda le confiere un color especial a la piedra.

A unos 50 kilómetros del final, la carrera deja de un lado los ‘selfies’ y se pone el mono de trabajo. En ese instante tienen lugar dos ascensiones encadenadas. La segunda de ellas es el Muro di Sormano (1,9 km al 15,8%) una pared que los ciclistas tienen que atacar con unos 200 kilómetros sobre sus espaldas. La subida cuenta con una obra de arte en forma de grafiti en la que están inscritos el nombre de los ciclistas que hicieron mejores marcas ascendiendo el muro.

Pero la selección de la carrera se hace apenas unos cuantos kilómetros más atrás.

El lago de Como tiene forma de Y invertida. Justo en la intersección se encuentra el pequeño pueblo de Bellagio, un balcón de calles empinadas pintorescas y obligado paso para excursionistas. En ese lugar están las primeras rampas de la dura subida a la basílica de Madonna del Ghisallo (3,3 km al 7,4 %). En la ermita, el catolicismo y el ciclismo se unen. De hecho, en 1948 el Papa Pio XII declaró a la Virgen patrona de los ciclistas. Junto a Jesús y los apóstoles hay un busto de Fausto Coppi (curiosamente uno de los ciclistas más anticlericales que se recuerdan) a la puerta de la ermita. Dentro de la capilla el espectáculo es asombroso. Contiguo a velas y santos hay bicicletas colgadas en el techo y maillots y otros recuerdos de ciclistas que han ganado el Giro de Lombardía. Es tal la cantidad de recuerdos de profesionales y de aficionados, que en el año 2000 se construyó a escasos metros de la ermita un museo del ciclismo, amplio y moderno. No obstante, los grandes siguen prefiriendo dejar sus pertenencias en la capilla tal y como manda la tradición.

Tras un rápido descenso se enfila el destino final a la pequeña ciudad de Como, famosa desde la época romana cuando pretores y cónsules descansaban allí en época estival. Hoy sigue siendo lugar de privilegiados acaudalados pero también de aventureros mochileros. Sus panorámicas, su catedral, su plaza central o sus paseos otoñales hacen la delicia de los visitantes. Y como no, el templo Voltiano, un curioso edificio de estilo grecoromano en honor a Alessandro Volta, el hombre que desarrollo la pila y que pasó su vida inventando a orillas del Lago de Como.

Después llega el turno del champán y del pódium. Y de uno de los más sencillos, pero a la vez más significativos trofeos en el mundo del ciclismo. Una rueda de bicicleta bañada en plata.

“Cuando el espíritu está decaído, cuando el día parece oscuro, cuando el trabajo se vuelve monótono, cuando parece que no vale la pena tener esperanza, móntate en una bicicleta y da una vuelta, sin pensar en más que el paseo que estás dando” Arthur Conan Doyle.

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Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco

A diferencia del Tour de Francia y del Giro de Italia, la tercera gran vuelta por etapas, la Vuelta Ciclista a España, no nació con un propósito comercial. Ni fueron los grandes diarios deportivos ni las fábricas de neumáticos o de bicicletas las que promovieron su nacimiento, sino intereses políticos. Fue el exciclista Clemente López Dóriga quien convenció a Juan Pujol, director del diario `Informaciones´ de Madrid, para que pusiese en marcha la Vuelta en 1935. Pujol, además de empresario, era diputado en Cortes por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y convenció al entonces presidente Lerroux de lo positivo de la carrera en medio de un ambiente prebélico. Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco comprendió que volver a poner en marcha la Vuelta era una forma de darle normalidad a España y también de promocionar interna y externamente la imagen, la cultura y la relación entre las distintas regiones ibéricas.

A partir de 1955 la prueba pasó a ser organizada por el diario ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’. Rotativo bilbaíno hoy conocido con el más sencillo nombre de ‘El Correo’, es un diario conservador que navega a dos aguas entre ideales constitucionalistas y su velado compromiso con el PNV. Hace algo más de medio siglo era uno de los medios de cabecera del Franquismo. Por lo tanto, era de recibo que desde finales de 1960, ‘El Correo Vasco’ y la Vuelta a España pasaran a ser objetivos de la organización terrorista e independentista ETA.

Dado que la Vuelta a España era una carrera ´vasca´, la fiesta final no tenía lugar en Madrid, sino en Bilbao. Por norma general la prueba concluía en la capital de Vizcaya, y las etapas finales, las decisivas, se disputaban en territorio éuscaro. A esto ayudaba la enorme afición al ciclismo que había y hay en las tres provincias vascas y en Navarra, el paisaje quebrado, los excelentes puertos de montaña y un nivel de corredores y de equipos sin parangón en el resto de España, encabezados por el club vitoriano KAS. El equipo de la bebida refrescante contó durante tres décadas con figuras como Patxi Gabica, José Pérez Francés, Vicente López Carril, Francisco Galdós, Txomin Perurena, Joaquim Agostinho o Sean Kelly.

Mientras Franco estuvo presente, los incidentes fueron controlados en mayor o menor medida. En 1968 se llegó a cancelar una etapa tras recibir la organización una amenaza de bomba. Quizás, el suceso más llamativo tuviera lugar en la edición de 1972, ganada por José Manuel ‘Tarangu’ Fuente. Una bomba estalló en el puerto de Lizarraga, al norte de Navarra, originando un enorme cráter en la carretera que afortunadamente no causó daños personales.

Todo se agravaría tras la muerte del Dictador y con la incertidumbre social y política vivida en lo que pasó a ser conocida como ‘La Transición’.

Estamos a finales de abril de 1977. En unos meses tendrán lugar las primeras elecciones libres en España desde 1936. El 9 de abril, el presidente Adolfo Suárez, con la negativa de buena parte de su Gobierno y de las Fuerzas Armadas, había legalizado el Partido Comunista. El 28 de abril serían legalizados los sindicatos. Pero en el País Vasco no era suficiente. El PNV aceptó concurrir a las elecciones que se iban a celebrar el 15 de junio, pero la izquierda abertzale decidió desmarcarse de las mismas. Desde el 26 de abril al 15 de mayo de 1977, durante la celebración de la Vuelta, tuvo lugar una serie de mítines, manifestaciones y huelgas que pedían la amnistía de los presos políticos. Aquella Vuelta a España fue llamada la ´Vuelta de la ikurriña` porque también coincidió en el tiempo con la legalización de la bandera vasca.

Tras iniciarse en la Manga del Mar Menor y viajar hacia el norte, las cuatro últimas etapas iban a tener lugar en territorio vasco. El 12 de mayo, en Rentería, una manifestación acabó con varios muertos y la jornada ciclista del día siguiente que iba a finalizar en Bilbao se presentaba aciaga. Durante los primeros 50 kilómetros, policías, según las crónicas “escoltados hasta los dientes”, acompañaron al pelotón a través de unas carreteras donde las ikurriñas aparecían por doquier. La etapa acabó en un tranquilo sprint sin incidentes, pero Bergareche (director de La Vuelta) recibió amenazas telefónicas por parte de ETA y se decidió cancelar la contrarreloj final que se iba a celebrar dos días después en San Sebastián. Las pruebas contra el crono son más fáciles de controlar, pero, al mismo tiempo, son más fáciles de boicotear.

Antes quedaba una etapa. El 14 de mayo se salía de Bilbao para finalizar en el Alto del Urkiola. El pelotón tuvo que sortear barricadas, clavos y chinchetas. Nazábal ganó la etapa, pero en medio de la celebración del pódium, una avalancha de gente llenó la línea de meta de ikurriñas. La policía tuvo que intervenir y se escucharon varios disparos y una estampida generalizada en medio de un clima enrarecido.

Cancelada la contrarreloj, Bergareche improvisó una última etapa final con salida en Durango y final en Miranda de Ebro (provincia de Burgos). Los equipos extranjeros se negaban a correr. Las crónicas de la prensa foránea hablaban de una prueba tercermundista. El belga Freddy Maertens, el líder y virtual vencedor, en una decisión que le honra fue el que convenció a su equipo de que se tomase la salida, ya que no quería ganar la Vuelta sin disputar todas las etapas. De hecho, se haría con la victoria en la etapa final tras un fuerte ataque logrando su decimotercer triunfo parcial, un récord aún no superado. Ese mismo día, mientras acababa la prueba, en Bilbao, a poco más de 80 kilómetros de Miranda, tuvo lugar un esperpéntico escenario de violentos enfrentamientos en el que las que manifestaciones cívicas coincidieron con corrillos de grupos paramilitares abertzales, las fuerzas de seguridad del Estado y hasta algún miembro de extrema derecha.

Cinco días después de finalizar la Vuelta, un comando de ETA secuestraba a Javier Ybarra propietario de ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’ y quien durante el Franquismo había sido alcalde de Bilbao. El 18 de junio su cadáver fue encontrado en las faldas del pico Gorbea, a caballo entre las provincias de Álava y de Vizcaya.

—1978—

Para 1978, con la Constitución en camino y los Estatutos de Autonomía en Cataluña y Euskadi en procesos de negociación, parecía que el ambiente iba a ser más tranquilo. Nada más lejos de la realidad.

Aquella edición la Vuelta acababa en San Sebastián, capital de Guipúzcoa, el bastión de la izquierda abertzale. ETA siguió intensificando los secuestros y los asesinatos por lo que el Gobierno seguía actuando. En aquel entonces, 1 de 4 efectivos de la Guardia Civil estaban destinados en Euskadi. La Vuelta al País Vasco era la carrera de casa y no había problemas, pero año a año, cada vez que la Vuelta a España circulaba por carreteras vascas con el despliegue habitual de la Guardia Civil, había múltiples incidentes.

Ese año se derramó la gota que colmó el vaso.

En 1978 la Vuelta a España languidecía. El premio al vencedor del Tour era 7 veces mayor que el de la ronda hispana, que teniendo en cuenta la inflación galopante, era el equivalente al de la primera edición de 1935. La esperanza de los organizadores procedía de la Bretaña francesa. Un semidesconocido ciclista llamado Bernard Hinault disputaba su primera carrera de tres semanas y venía con la intención de hacerse con el triunfo. Arrasó. Se llevó 6 etapas y la victoria general y se fue como futuro dominador del ciclismo mundial.

Como de costumbre las etapas decisivas se iban a disputar en tierras vascas. Hinault era líder destacado y la penúltima etapa entre Bilbao y San Sebastián era de transición a la espera de la contrarreloj del último día a celebrar en Donostia. Era 14 de mayo de 1978.

La mañana comenzó con amenaza de bomba, por lo que se llevó la salida hasta la localidad vizcaína de Amurrio. Dado que Hinault era líder destacado, varios equipos propusieron cancelar la etapa. Finalmente los ciclistas recorrieron en autobús los 50 kilómetros entre Bilbao y Amurrio por autopista (recién inaugurada) y la etapa comenzó. El pelotón, en clara protesta, no disputó la etapa y con ritmo de cicloturista se llegó a San Sebastián donde Perurena ganó al sprint.

Al día siguiente tuvo lugar el fin de fiesta. La etapa contaba con dos sectores. Por la mañana había una etapa en línea entre Durango y San Sebastián que tuvo que ser parada por el lanzamiento de troncos a los corredores. A 50 kilómetros de la salida, el pelotón se encontró la carretera cortada llena de clavos, tablones y más troncos. Era la época del apoyo activo y pasivo a ETA, cuando la banda armada contaba con mayor sostén ciudadano. Hubo que bajarse de la bici. Los corredores fueron llevados en autobús hasta Zarautz y sólo se disputaron los últimos 34 kilómetros hasta San Sebastián con fuertes medidas de seguridad.

Los ciclistas españoles estaban acostumbrados a estos incidentes en el País Vasco, pero los extranjeros protestaron enérgicamente y temieron por sus vidas. El escaso prestigio internacional de la Vuelta se disolvía cual azucarillo.

Por la tarde tendría lugar una contrarreloj de 31 kilómetros en un circuito alrededor de San Sebastián. Era un día lluvioso, pero aun así miles de vascos acudieron a presenciar la carrera. A diferencia del año anterior, esta vez Bergareche quiso continuar hasta el final y no hizo ademán de cancelar la etapa. Hinault reventó el cronómetro, pero hubo que invalidar los tiempos porque muchos ciclistas recibieron golpes, puñetazos o pincharon por culpa de lanzamientos de objetos de buena parte del público. Alguno incluso fue víctima de algún proyectil compuesto a base de tierra y de mierda.

A finales de año, un hundido Bergareche anunció que dejaba de organizar la Vuelta esgrimiendo razones económicas. La realidad es que la carrera no podía acercarse al País Vasco y mucho menos podía ser organizada por un periódico de aquella tierra.

Con este panorama pocos apostaban porque la Vuelta a España se celebrase en 1979. Luis Puig, presidente de la Federación Española de Ciclismo, consiguió el milagro de organizar la prueba con tan sólo tres meses de antelación. Consiguió convencer a la agencia de publicidad Unipublic para que se hiciese cargo de la Vuelta. Las mentes pensantes de Unipublic le dieron un nuevo impulso a la prueba sacándola del espectacular norte para llevarla al soleado sur y vender una España de playa y mar a medio mundo. Fue un éxito. Aparecieron nuevos puertos como Sierra Nevada y una aglomeración de medio millar de personas en Madrid se concentró para ver la última etapa con imágenes de TVE. Y todo ello a pesar de que el triunfo final no fue para un español, sino para el holandés Zoetemelk.

Unipublic relanzó la prueba, el KAS desapareció y el centro de gravedad del ciclismo español giró del País Vasco a la ´Navarra española` gracias al éxito del equipo Reynolds y de Miguel Induráin. La Vuelta no volvería a tierras vascas hasta 2011 y desde entonces lo ha hecho con asiduidad y normalidad a pesar de pequeños incidentes. Sin embargo los Orduña, Urkiola, Arrate o Sollube han sido sustituidos por los Sierra Nevada, Lagos de Covadonga, L’Angliru o La Covatilla y, quizás, los puertos míticos del País Vasco jamás volverán al imaginario colectivo de la Vuelta Ciclista a España.

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Vuelta a España 1995

Antes de contemplar extensos veranos abrasadores, campos asfixiantes de rojos secos, violentas llanuras ocres, ríos de regadío, mares de plásticos llenos de luces africanas y, en definitiva, observar como entre bicicletas cantaba la chicharra, la Vuelta a España estaba adornada de días fríos, montañas húmedas atestadas de índigo, campos encharcados y carreteras embarradas que discurrían entre tierras anegadas y cielos levantados.

Cuando Miguel Induráin se convirtió en el ‘señor Tour’, la Vuelta a España se las vio y deseó para que el bueno de Miguel se convirtiese en rey de España. El problema es que Induráin nunca quiso correr la Vuelta. Nunca tuvo buenas sensaciones compitiendo en España y prefería preparar la carrera francesa o bien a través de clásicas y pruebas de una semana o, en su defecto, compitiendo en el Giro de Italia, con menos presión y con un tipo de recorrido más encaminado a sus pretensiones.

Por todo ello, Unipublic (por entonces empresa organizadora de la prueba) decidió en 1995 trasladar la Vuelta a España a inicios de septiembre tras más de medio siglo organizándose a mediados de primavera. Con ello, la Vuelta pasaba a tener un sitio propio en la agenda ciclista evitando solaparse con el Giro de Italia. Se conseguía que los ases del ciclismo que habían competido en Italia o en Francia pudiesen engalanar o arreglar su temporada en España, y, por supuesto, estimulaba que Induráin no tuviese excusas para competir en la Vuelta.

A pesar de todo, y con el quinto Tour en el bolsillo, Induráin no acudió a aquella primera Vuelta a España posveraniega y decidió preparar en solitario su participación en el Mundial de ciclismo que tendría lugar en Colombia semanas más tarde. Enrique Franco, director de Unipublic, quien se había jugado mucho trasladando la Vuelta a España de 1995 al mes de septiembre, tiraría de sarcasmo para criticar al astro navarro: “En España cultivamos naranjas y las exportamos a Francia, mientras que aquí comemos mandarinas”.

Aun así, la decisión de llevar la Vuelta a septiembre fue un éxito. Eurosport compró los derechos para su emisión y en muchas partes del mundo, donde la Vuelta no era conocida, al cabo de un par de años pasó a formar parte de la trinidad del ciclismo junto a Tour y Giro. En 1995 figuras como Pantani, Ugrumov, Rijs o Virenque acudieron a la ronda española, junto a los habituales Abraham Olano y Álex Zülle, quien había quedado segundo en el Tour detrás de Induráin y partía como gran favorito. Zülle formaba parte del equipo ONCE, quizás el más fuerte del momento, y en el que también destacaban Laurent Jalabert y Johan Bruyneel. El gran ausente era Tony Rominger, tricampeón de la Vuelta, y que en 1995 decidió centrarse en el Giro (con victoria) y el Tour (fracasando).

La Vuelta comenzó con una contrarreloj en Zaragoza en la que salió vencedor Abraham Olano. La primera semana de la Vuelta recorría el norte de España, por lo que en la cuarta etapa se subió el siempre interesante Alto del Naranco asturiano. Fue entonces cuando Laurent Jalabert consiguió el liderato tras una exigente subida. Dos días después el francés obtendría la victoria al sprint.

Jalabert era un corredor completísimo que se inició en el ciclismo como velocista. Pronto se especializó en pruebas de un día y fue mejorando en la montaña de tal forma que al final de su carrera era un consumado escalador. Protagonizó una metamorfosis infrecuente en el deporte, pero a ojos de los expertos, insuficiente para creer que Jalabert pudiese ganar la Vuelta a España.

— El día del papel higiénico—

La sexta etapa salía desde Ourense rumbo a Zamora. Al parecer, la noche anterior más de 50 corredores tuvieron problemas estomacales atribuidos a una intoxicación alimentaria. Por delante quedaban 264 kilómetros que se convirtieron en una diarrea colectiva. El pelotón se partió en dos y Jalabert consiguió más de 5 minutos de ventaja sobre sus rivales, entre ellos su jefe de filas, Álex Zülle, quien virtualmente perdió la carrera. El llamado `día del papel higiénico´ se llevó por delante a Pantani, Rijs (que aguantó hasta la contrarreloj) o a Ugrumov, y dejaba la carrera al poco de empezar en un mano a mano entre el francés y Abraham Olano.

Olano recortó tiempo en la contrarreloj colocándose a 6 segundos del francés de la ONCE, pero en una preciosa etapa por la sierra madrileña con final en la amurallada y adoquinada ciudad de Ávila, Jalabert atacó con saña y tras 60 kilómetros de escapada le endosó más de 4 minutos a un Olano que tuvo que cabalgar en el llano en solitario ante la endeblez de sus compañeros de equipo del Mapei.

Jalabert daría una exhibición día tras día hasta el pódium de Madrid. Sumó cinco victorias parciales, añadiendo a las citadas una de alto tronío en Luz Ardiden y otra al sprint en Barcelona. Aquella primera Vuelta a España de septiembre sería la Vuelta de Jalabert, quien logró el maillot de líder, el maillot de la montaña y el maillot de la regularidad. Completaron el pódium Abraham Olano y Johan Bruyneel, compañero de Jalabert en la ONCE. La única estrella invitada que estuvo a la altura fue Richard Virenque, el cual acabó en un digno quinto lugar.

A pesar de la victoria de un ciclista extranjero y de la ausencia de Induráin, el traslado de la Vuelta a España a septiembre se consideró un éxito. La UCI estaba encantada con el cambio y los datos de audiencia televisiva indicaban que el seguimiento había sido mucho mayor que el de años anteriores. El problema radicaba en aquellos que se acercaban a las cunetas a ver las etapas, ya que el número era mucho más reducido, lo cual se hacía más conflictivo en el sur de la península, donde la menor tradición ciclista, los duros paisajes secos del verano y la ausencia de público, no contribuían a mejorar el espectáculo.

Tras casi 25 años, el cambio se ha notado, y para bien, en la nómina de ciclistas extranjeros. Antes de 1995 las grandes vedettes del ciclismo declinaban la invitación de la Vuelta para acudir al Giro de Italia. Ahora, asisten a España a conseguir sus primeros éxitos futuras estrellas del pelotón (Zülle, Nibali), corredores que meses antes fracasan en el Tour (Ullrich, Quintana) o ciclistas que quieren completar la gran hazaña de ganar las tres grandes (Froome, Contador).

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (2ª parte)

En el discurrir del Macizo Central francés, en la región de la Auvernia, hay una serie de volcanes entrelazados lugar de ceremonias espirituales desde tiempos inmemoriales. Son volcanes, hoy dormidos y antaño tenebrosos, que conformaron una geografía de picos redondeados, pueblos encaramados en laderas y maravillosas sendas. El volcán más famoso de tan bella cordillera es el Puy de Dôme, notoriedad que le otorgaron Coppi, Bahamontes, Merckx o Delgado, pero por encima de todos ellos, Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en el Tour de Francia de 1964.

Eran los dos indiscutibles favoritos en el Tour de aquel año. Poulidor había ganado la Vuelta a España (por entonces se corría en mayo) la que sin todavía saberlo iba a ser su única grande. Anquetil acababa de triunfar en el Giro. Anquetil, el mejor contrarrelojista hasta la aparición de Induráin, era un insolente con una muy buena mano izquierda en los despachos, lo cual le ayudaba a conseguir unos trazados con escasas llegadas en alto que le permitían brillar. Poulidor no era ni tan bueno como Bahamontes en la montaña ni tanto como Anquetil en las cronos, pero era más joven, y sobre todo, atacaba sin descanso.

El Tour del 64 sigue el sentido de las agujas del reloj, pasando primero por los Alpes, luego por los Pirineos, para ascender dirección norte hacia el Macizo Central hasta llegar a Paris. Hay montaña, pero también 4 etapas contrarreloj. Poulidor sale reforzado en las etapas alpinas, gracias a la involuntaria ayuda de Bahamontes, que a sus 36 años todavía aspiraba a meterse entre los tres primeros. Anquetil recuperará terreno con una gran contrarreloj y así se llega a una etapa de media montaña que finaliza en el velódromo Louis II de Mónaco donde Poulidor (al igual que le había ocurrido en 1960) llega el primero a la línea de meta y levanta los brazos, sin saber que había que dar una vuelta al circuito y perdiendo la etapa que iba a parar a manos de Anquetil. Nuevamente el bonachón de ‘Pou Pou’ hacía gala de su mala fortuna.

Al día siguiente hay jornada de descanso y parece ser que Anquetil estuvo de fiesta hasta altas horas de la madrugada atiborrándose de langosta, cordero asado y champán. “Mañana le van a salir las langostas por los costados” diría Bahamontes, que, perro como pocos, ataca nada más salir en la siguiente etapa, en las faldas del puerto de Envalira. Salen tras él varios españoles, liderados por Julio Jiménez, y también Poulidor, batallador como pocos, pero sin el punto de maldad del toledano como para atacar él de primeras.

Tras el Puerto de Envalira llega el del Tourmalet, y a mitad de ascensión Julio Jiménez, Bahamontes y Poulidor le endosan 4 minutos a Anquetil, que da síntomas de vomitar la langosta en las curvas. Poulidor tiene el Tour a tiro. Hay muchísima niebla. Cuentan, sin televisión de por medio, que varios compañeros remolcan a Anquetil mientras sube el coloso pirenaico. Corona el puerto exhausto, pero en la bajada se recupera milagrosamente y se lanza por los escapados a tumba abierta como un poseso. Bahamontes, que siempre ha visto conspiraciones por todos los lados, diría que lo bajaron en coche. Julio Jiménez siempre sostuvo que eran chorradas del toledano. El caso es que durante la bajada nuevamente la mala suerte hace aparición en la vida de Poulidor y dos pinchazos seguidos le obligan a bajar el ritmo. En el segundo hasta tropieza con su mecánico que lo acaba tirando al suelo. Al final Poulidor conseguirá llevarse la victoria de etapa pero por un margen de tiempo ínfimo y que le permite a Anquetil mantener el liderato.

Llegamos así al 12 de julio de 1964. Última etapa de montaña, luego una corta contrarreloj y llegada a París. La etapa del día consta de 237 kilómetros con inicio en Brive la Gallarde y final en el Puy de Dôme. Es una cota que se corona a unos 1.400 metros de altitud tras 11 kilómetros de ascensión con unos últimos 4 kilómetros con un desnivel medio del 12%. Se bordea el volcán con una carretera que va en ascenso en forma de cono, desde la base hasta la cima, por lo que evita las características curvas de herradura más habituales en las cumbres de montaña.

Para muchos sigue siendo el mayor acontecimiento de la historia del Tour.

Anquetil aventajaba en 55 segundos a Poulidor. Ninguno de los dos era un gran escalador. La etapa es terrible y los gallos llegan juntos hasta el final. A 6 kilómetros de la meta se marchan Jiménez y Bahamontes para luchar por la etapa. El primero se hará con la misma y el segundo con el tercer escalón del pódium.

Pero el Tour se dirimía entre los dos franceses. Anquetil iba de amarillo con Poulidor a la rueda. Por los jadeos de Anquetil, Poulidor comprobó que su rival estaba sufriendo, pero no se atrevía a atacar. Fiel a su forma de ser, tenía miedo de reventar y demasiado respeto al por entonces patrón del Tour. Anquetil, listo como pocos, le enseña la rueda y se pone a su lado. No detrás, sino al lado, para no dar muestras de debilidad. Siempre consigue cerrar el hueco, por lo que ambos continuaron subiendo por el volcán a golpe de pedal intercambiando codazos.

Finalmente, a 4 kilómetros de la cima, ‘Pou Pou’ se decide a atacar. Anquetil, agonizando, hacía la goma. Jacques Goddet, patrón del Tour, declararía: “Durante 3 kilómetros, su aliento, su sudor y la lana de sus jerséis se mezclaron”. Finalmente en los últimos 1.000 metros Anquetil explota, y hasta es sobrepasado por el italiano Adorni, pero es demasiado tarde para Poulidor, que sólo consigue arañar 42 segundos quedando a 13 segundos del maillot amarillo.

`Pou Pou’ la había cagado una vez más.

Basta echar un vistazo a las fotos y a las imágenes televisivas. Poulidor parece cansado, pero dentro de unos límites humanos. No ha sabido arriesgar. Anquetil está destrozado. El hombre impoluto lo ha dado absolutamente todo. De hecho, nada más cruzar la línea de meta se derrumba y debe ser asistido con una bomba de oxígeno. Inmediatamente se apoya en el capó del coche de su director y saca fuerzas de flaqueza para espetar a la prensa: “Me sobraron 13 segundos”, y añade, en una actuación teatral fantástica “si hubiese perdido el liderato me hubiese retirado”. Inmediatamente los plumillas van a buscar a Poulidor que sólo acierta a decir sumiso: “Tenía que haber atacado antes”.

Dos días después (14 de julio, fiesta francesa) se desarrolla la etapa final, una crono de 27 kilómetros entre Versalles y Paris. ‘L’Equipe’ titula en español: “Mano a mano”. A mitad de recorrido, Poulidor llega a ponerse a 3 segundos del amarillo. Está más fuerte, pero la clase de contrarrelojista y de hombre calculador de Anquetil aparece en los instantes finales y gana la etapa endosando 21 segundos más a su rival. Con el tiempo añadido de las bonificaciones gana el Tour por 55 segundos, la ventaja más reducida jamás obtenida en un tiempo donde las distancias se medían por varios minutos. Y era, curiosidades del destino, exactamente los mismos segundos que separaban a Anquetil de Poulidor antes de ascender al Puy de Dôme. Más tarde, cuando en la Avenida de los Campos Elíseos Anquetil reciba el trofeo que lo acredite como ganador recibirá múltiples abucheos. Había demostrado tesón, pero su arrogancia siempre le pasaría factura a lo largo de su carrera.

La leyenda de la mala suerte de Poulidor seguiría agrandándose con el paso del tiempo, pero lo cierto es que nunca tuvo tan cerca la victoria en el Tour como aquella tarde en el Puy de Dòme. Aquel día quedó marcado como segundón a perpetuidad. Pero lo cierto es que no es el corredor que más veces ha sido segundo en el Tour, “honor” que recae en el holandés Zoetemelk que lo fue hasta en seis ocasiones, con la salvedad de que el neerlandés sí que consiguió el triunfo, en la edición de 1980.

Hasta en eso fue segundo ‘Pou Pou’.

Como suele pasar, una vez retirados, lo dos acérrimos enemigos acabaron convirtiéndose en dos buenos amigos. Pero el pique siempre perduró. Cuentan que cuando Anquetil agonizaba en el hospital por culpa de un cáncer, Poulidor se acercó a verlo. El siempre sarcástico Anquetil le espetó: “Amigo mío, incluso al cielo vas a llegar después de mí”.

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (1ª parte)

Todos los días del mes de julio, la ciudad (el pueblo en muchos casos) que da la salida o la llegada a una etapa del Tour de Francia se parece a un centro comercial. Es un hervidero de gente, patrocinadores, periodistas y ciclistas. Políticos, deportistas y personalidades varias. Durante el Tour, hay dos hombres, ya veteranos, que son siempre saludados y buscados por gente de todo tipo y condición. Uno es el pentacampeón Bernard Hinault, la gran leyenda del ciclismo francés, el otro, es un señor de pelo blanco, amplia sonrisa y mofletes de bonachón. Un abuelo con el que todo el mundo quiere sacarse un selfie; Raymond Poulidor.

Hace un par de generaciones una de las expresiones más empleadas, no sólo en el deporte sino en la vida, era ‘ser un Poulidor’. Hay un país donde esa expresión sigue usándose en la actualidad. De hecho, tiene acepción propia en el diccionario. Ese país es Francia, donde aún se sigue valorando el carácter de un político preguntándole si es de Anquetil o de Poulidor. Y es que el primero, frío y distante, fue el primer pentacampeón del Tour y orgullo de Francia. El segundo, cálido y humano, es uno de los personajes más aclamados y adorados por los franceses a pesar de no haber ganado nunca la más grande de las carreras ciclistas.

`Pou Pou’ (apodo con el que fue bautizado por la prensa francesa y que le daba un toque más ñoño si cabe al personaje) concurrió en 14 ocasiones en el Tour terminándolo en 12 ediciones y subiendo en hasta ocho veces al pódium. Correcto contrarrelojista y escalador de ritmo, hasta en tres fechas terminó en segundo lugar (1964, 1965 y 1974) y en cinco ocasiones en tercera posición (1962, 1966, 1969, 1972 y 1976), esta última vez a una edad imposible, con 40 años a sus cuestas. Se dio un baño de masas en Paris y colgó la bicicleta. Pocas carreras deportivas ha habido tan exitosas y tan longevas en el tiempo.

Pero nunca ganó el Tour. Ni siquiera logro vestirse de maillot amarillo a pesar de sumar 7 victorias de etapa. En 1973 quedó segundo en la etapa prólogo por 64 centésimas, acrecentando su ya legendaria mala suerte.

Dicen que coincidió en el tiempo con dos monstruos. Cuando era joven pero inexperto con Anquetil y cuando era veterano pero desgastado con Merckx. Pero también compitió contra sí mismo. Quizás esta última fue su peor derrota. En 1965 quedó segundo detrás de un por entonces desconocido Felice Gimondi. Le dejó marchar en las primeras etapas esperando recortar distancias en la montaña, especialidad donde el francés era superior, pero Gimondi logró aguantar todos los ataques y se alzó con la victoria. En 1966 hubo un complot contra él orquestado por buena parte de la prensa francesa para apoyar a Lucien Aimar, un joven francés antiguo gregario de Anquetil. Éste último hábilmente maniobró para que varios equipos apoyasen a Aimar en las etapas decisivas. Y en 1968, sin Gimondi ni Merckx, y como indiscutible favorito, Poulidor chocó con una moto descendiendo un puerto con tan mala suerte que se quemó el rostro con el tubo de escape teniendo que abandonar el Tour cuando era líder virtual de la carrera.

El hombre de la legendaria mala suerte.

La mala suerte de Poulidor está íntimamente ligada a la buena estrella de Jacques Anquetil. Para convertirse en un gran campeón es conveniente contar con una némesis, alguien que demuestre y ensalce tu valor. En la década de 1990 Miguel Induráin no contó con una némesis y su prestigio se vio resentido por ese motivo. Anquetil, el primer pentacampeón de la historia, tuvo más suerte. Le tocó convivir, y ganar, al eterno segundón, al bueno de ‘Pou Pou’.

Anquetil tenía un estilo relajado y sus esfuerzos eran calculados al milímetro. A menudo comentaba que para él el ciclismo era un trabajo que le permitía ganar dinero para gastar en placeres de la vida. Era elegante, un hombre selecto. Sin embargo, su honestidad y sus afirmaciones a pecho descubierto chocaban con los valores que reclamaban buena parte de los aficionados al deporte de las dos ruedas. Adjetivos como valeroso, luchador o generoso, eran del todo inexistentes en ‘Maître Jacques’.

Anquetil le había levantado la mujer a su médico. Poulidor estaba recién casado con el amor de su adolescencia. A Anquetil le gustaba el vino blanco y el marisco. A Poulidor los quesos y la pesca. Anquetil era guapo y esbelto, con un rictus señorial. Poulidor era bruto en las formas, de ceño fruncido, pero de franca sonrisa. Anquetil corría para extranjeros. Poulidor fue fiel al maillot malva de Mercier, la gran marca de bicicletas francesas. Anquetil era del norte, no muy lejos de Paris. Poulidor era de la parte más profunda del hexágono, la que sólo conoce de Paris por las postales. A la gente le gusta decir que Anquetil nació rico para acrecentar las diferencias. Pero los dos eran igual de humildes. Anquetil se sentía sólo a pesar de estar rodeado de la fama. Poulidor quería estar sólo y no entendía porque la gente le quería. Anquetil nunca entendió porque Poulidor era el niño mimado de Francia. Poulidor solía decir que él se tomaba más en serio las carreras.

Anquetil diría en una ocasión: “A veces me despierto de madrugada y no puedo conciliar el sueño angustiado en planificar hasta el mínimo detalle de una etapa. Sin embargo, sé que Raymond (Poulidor) duerme de un tirón durante toda la noche”. Poulidor diría una vez retirado: “Ser segundo no está tan mal. Si yo hubiera ganado un solo Tour, habría sido mucho menos importante, nadie se acordaría de mí”.

La fama de segundón de Poulidor nació en 1960, el año en el que se convirtió en profesional. Disputó una carrera de un día llamada “Las Boucles de la Seine”, hoy ya desaparecida. La prueba, de cerca de 300 km, finalizaba con una vuelta completa al velódromo del Parque de los Príncipes de Paris. El pobre de Poulidor pensaba que bastaba con llegar a la línea de meta y alzar los brazos. Evidentemente, le adelantaron, los demás dieron la vuelta correspondiente al velódromo y Poulidor se estrenaba en el profesionalismo evidenciando despiste y gafe de forma entrañable.

En el Tour de 1964, en una edición llena de hechos memorables, se daría una inolvidable lucha mano a mano entre aquellas dos formas de entender la vida y el ciclismo, entre Anquetil y Poulidor. Fue una carrera que merece capítulo aparte y que concluiría con la subida al Puy de Dome, en una de las batallas más hermosas jamás libradas, no sólo en el ciclismo, sino en el mundo del deporte.

Continuará.

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Elogio desmesurado de Alejandro Valverde

Valverde ha ganado 4 vueltas este año. Y la temporada ciclista aún acaba de empezar. Actualmente acumula 117 victorias como profesional. Termina de cumplir 38 años. En su primer año en profesionales competía contra Roberto Heras, Erik Zabel o Joseba Beloki. Ahora lucha frente a Bob Jungels, Mikel Landa o Fabio Aru. Todos intuimos que Valverde fue una de tantas victimas / cómplices / beneficiados / por el dopaje sistemático que azotó al pelotón desde finales de los 80 hasta bien entrado el siglo XXI. Todos sabemos que aquella bolsa de sangre con el rótulo ‘Piti’ tenía que ser suya. Pero igual que todos sabemos que políticos, empresas y particulares vivieron de cajas B y dinero negro y sólo unos pocos pasaron por el banquillo, Valverde por H o por B, por suerte o por ‘omertá’, se libró más bien que mal de aquello (Si es que tuviese que haber pagado por ello, cosa que yo, -y esto es harina de otro costal-, tampoco tengo muy claro).

Valverde es un fuera de serie. El ciclismo es un deporte cruel. Si no es el que más, tiene muchos votos para estar en el pódium de los más sufridos. Requiere un dominio de diferentes músculos como ningún otro deporte y exige un esfuerzo extendido en días continuos y durante 10 meses de temporada. Es por ello que los ciclistas se preparan para competir en diferentes momentos de la campaña, con diferentes picos de exigencia, seleccionando minuciosamente las carreras en las que combatir.

Valverde no. Valverde lucha por la victoria desde febrero hasta noviembre. Y no es que luche. Es que gana. Es tremendo.

Alejandro Valverde nunca ha sido un ciclista venerado. Dotado de una capacidad física excepcional es capaz de rendir al máximo nivel en diferentes disciplinas. Es un correcto contrarrelojista, un maravilloso llegador, un buen escalador e incluso un brillante gregario. Es, asimismo, un aventajado mentalmente capaz de triunfar en carreras de un día, preparar estrategias para pruebas de una semana, o sufrir y aguantar el dolor para llegar con opciones a una carrera de tres semanas. A una grande.

Y ese es el problema. Las grandes. El Tour (en el mundo), el Giro (en Europa) y la Vuelta (en España) son las varas de medir de un ciclista en el siglo XXI. Y Valverde, grande como pocos, es un 9 en todo, pero no es un 10 para los mitos de la carretera. Es cierto. Todos vemos el Tour y pocos vemos la Flecha Valona. Todos somos culpables. Pero eso no quiere decir que seamos correctos. Y mucho menos que seamos justos. Valverde no es Induráin. Ni siquiera es Contador. Pero su grandeza, cuanto menos, se asemeja a la de este último.

Quizás el error fue considerar a Valverde eso, un Induráin, un Perico o un Contador. Quedó tercero en la Vuelta de 2003 con 23 años y nos empeñamos en encasillarlo como un corredor de grandes. Así pasó amargado varias temporadas sucumbiendo ante Sastre, Purito o Contador. Un bluff. Decíamos que no era para tanto. Un dopado. Un niño mimado. Siempre igual. Te ilusionas y al final llega el primer puerto de categoría especial y fracasa.

Ahora, con el paso de los años, no nos queda más que pedirle perdón.

Ataca. Finta. Corre. Se descuelga. Pedalea como los ángeles. Aprieta los dientes. Baja bien. Contonea el manillar de una forma excelsa. Y siempre con una sonrisa. Siempre atiende a los medios (que es atender a la gente), siempre está cuando se le solicita, y, hasta el carácter, con los años también le ha mejorado.

El 1 de julio de 2017 se cayó en la etapa prólogo del Tour. Estuvo más de 200 días sin competir por culpa de la fractura de la rótula de la rodilla izquierda. Un ser humano, uno como el que escribe, estaría cerca de un año de baja y dependiendo del trabajo que uno desarrolle, del esfuerzo físico al que someta su cuerpo en su puesto laboral, hasta tendría papeletas para pedir una incapacidad. Valverde, con 37 castañas, volvió y ganó en Abu Dhabi, Valencia, Catalunya y se paseó en el Gran Premio Miguel Induráin.

Tiene un idilio con la Flecha Valona, una de las maravillosas carreras del circuito primaveral del norte de Europa. En 2016 ganó con una suficiencia abrumadora. En el Muro de Huy, con un desnivel superior al 20% a lo largo de 1 km, esperó a que Joaquim Rodríguez lanzase un ataque sin inmutarse. Después, fue el turno de Dan Martin y cuando el joven Alaphilippe hizo lo propio, Valverde no le dejó enseñar rueda para, a falta de 100 metros, lanzar un hachazo mientras sus rivales cerraban los puños y golpeaban con frustración el manillar. La Flecha Valona es la carrera del murciano. Regala sonrisas por doquier y firma autógrafos como si fuese una estrella de fútbol. Ha sido cinco veces campeón.

Las clásicas de Primavera son su especialidad, aunque también el Mundial, donde suma 6 medallas, marca que constituye un récord aún no superado. Pero Valverde no sólo son trofeos, sobretodo es sentimiento. Un ciclista de la vieja escuela, de sensaciones y no de potenciómetros. Nunca ha ganado el Tour de Flandes, una de las clásicas que se le resisten. Pero es que tampoco lo puede intentar. Coincide en el calendario con el Gran Premio Miguel Induráin de Pamplona, una prueba de rango menor, pero de enorme importancia para Eusebio Unzué, su técnico y jefe de equipo, y para José Miguel Echávarri, fundador de la estructura ciclista que encumbró a Delgado, Induráin, Olano o al propio Valverde. Ni siquiera rechista. Sabe que obligación es estar en Navarra.

Creo que esto lo escribí en un artículo sobre Lebron James y creo que es válido para cualquier deportista que está al final de su carrera. Aquel joven insolente y despreciable por ocupar, o intentar ocupar el sitio de nuestros ídolos, se ha convertido en un deportista respetado y admirado al que poco a poco echaremos de menos. Aquel que sabemos que más pronto que tarde se va a descolgar en el último puerto. Pero, cuando eso suceda, nos gustará ver como se desfonda mientras lo animamos en el sofá, porque sabemos que el día que no esté en la carretera, lo vamos a echar mucho de menos.

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Contador; un ciclismo sin vatios

En la película Sully, Clint Eastwood cuenta la historia real de Chesley Sullenberger (Sully) un canoso piloto de aviación que tras un fallo en los dos motores de un Airbus salvó la vida de todo el pasaje al realizar una maniobra arriesgada planeando sobre el río Hudson. Con ese estilo lento, artesanal, antiguo, alejado de la rapidez y el sin sentido de la vida y del cine actual, Eastwood esgrime su magia de dinosaurio tras la cámara para a través de largos silencios, puesta en escena clásica y diálogos interesantes, ponernos en la piel del experimentado piloto estadounidense.

A pesar de lo increíble de su hazaña, Sully tiene que presentarse ante un tribunal que juzgará si debe ser inhabilitado y sancionado por realizar una maniobra imprudente y temeraria. Todos los simuladores electrónicos sugieren que tenía tiempo para buscar una pista de aterrizaje alternativa y que se arriesgó a realizar la maniobra sobre el río por orgulloso y por incompetente. Dicho de otra forma, un loco en busca de gloria. Sully argüirá que los ordenadores no son humanos por lo que son incapaces de tener en cuenta emociones, cansancio, despistes o cualquier otro inconveniente surgido en el momento. Argumenta que desde el momento en el que descubre que los motores están parados hasta que la mente humana se pone a reaccionar y decide que hacer a golpe de nervios corren decenas de segundos. Eso es algo que ningún ordenador tiene previsto.

La comisión acepta retrasar la respuesta informática medio minuto y, ¡voilá!, accidente asegurado. En todas las simulaciones los 155 pasajeros acaban calcinados. Sully los salvó a todos. “Sólo hice mi trabajo”, dice al salir de los juzgados ante el tumulto formado por periodistas y curiosos.

Es el factor humano. A veces nos olvidamos que somos nosotros los que creamos los ordenadores.

Los vatios son una medida de potencia que refleja la fuerza que aplica el ciclista para mover su bicicleta. Dicha medida es variable. En una carretera llana el peso prácticamente no influye, por lo que los corredores más pesados van más rápido por tener más fuerza y mover más vatios. Por el contrario, en una subida influye la fuerza de la gravedad, por lo que cuanto menos peso menos vatios tienes que mover a la misma velocidad.

Los medidores de vatios llegaron al pelotón al mismo tiempo que otras tecnologías como el GPS a finales de los años 90, aunque su uso no se hizo habitual hasta el lustro 2005-2010 con el surgimiento del equipo británico Sky. El equipo patrocinado por Rupert Murdoch y dirigido por Dave Brailsford se vanagloria de informatizar el deporte del sacrificio por antonomasia.

La década de 1990 fue la época de la barra libre del dopaje en el ciclismo. Nuevas sustancias indetectables, una profesionalización y globalización del ciclismo galopante y la aspiración de llevar el cuerpo humano al límite fueron las principales causas. Destapada la trama y sancionada por el aficionado, desde hace una década se fomenta un ciclismo limpio en el que la tecnología cada vez tiene mayor peso e intenta extender la capacidad humana al infinito. Ahí entra en juego el Sky y su paraíso de los vatios, las cámaras hiperbáricas y los geles de astronautas.

Alberto Contador no se rige por vatios. No es aburrido. Su ciclismo no se basa en datos. Se base en sensaciones. Cuenta con la audacia. Con la valentía. Con la imaginación. Con la experiencia. Con el griterío del público. Con la climatología. Para Contador cuenta el factor humano.

Se ha cansado de repetir que no le importan los triunfos, que a él lo que le gusta es que la gente se acuerde de sus grandes gestas en etapas de montaña. No nos engañemos. Si no hubiese ganado siete grandes vueltas, nadie se acordaría de Contador dentro de 30 años. Ganar en el deporte es importante. Muy importante. Pero el legado se deja en cómo se gana. De Contador nos acordaremos porque ganó, porque ganó atacando. De Indurain nos acordamos porqué ganó, pero no tenemos ninguna etapa en la retina. Esa es la gran diferencia. De Indurain nos enamoramos el día que sufrió en Les Arcs y no pudo ganar su sexto Tour. El factor humano. Descubrimos que no sólo eran vatios. Que no era un robot. Que sudaba y relinchaba.

De Contador llevamos enamorados desde que puso la bici a saltar hace casi 15 años. De Froome admiramos sus victorias, pero nos preguntamos porque no ataca, porque no mira hacia arriba, porque no pide ayuda a sus compañeros, porque no se levanta de la bicicleta, porque no suda, porque no ríe, porque no se deja llevar por sensaciones como todo ser humano. Porque no siente lo mismo que nosotros. Porque no siente lo mismo que Contador.

No hay nada más humano y menos matemático que “querer es poder”. Contador quiso en Mende, en Fuente Dé, en el Mortirolo o en el Anglirú. Quiso, y por eso nos enamoró. Y pudo, y por eso será recordado.

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