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Gran Premio de Estella. Guía de viaje

Lo cierto es que él no nació en estas tierras. Lo hizo hacia el noreste. En Villava. Entonces zona rural. De hecho, sus padres fueron agricultores. Hoy no. Hoy Villava ha sido engullida por Pamplona y tomada por solteros y familias que encuentran el suelo urbano más barato que en la capital de Navarra. Pero en definitiva Villava no es más que una muestra de lo que fue Navarra y de lo que es hoy. Carlista, agrícola, religiosa y española entonces. Federalista, industrial, atea y euskalduna en la actualidad. Miguel nació en Villava, pero hizo miles y miles de horas en bicicleta por tierras de Estella. No era de extrañar que la prueba fundada en 1951 pasase a rebautizarse en 1999 con el nombre de su vecino más ilustre.

Miguel Induráin.

Nacido como Campeonato Vasco-Navarro de Montaña, rebautizado como Gran Premio Navarra, Trofeo Jesús Galdeano, Trofeo Comunidad Foral de Navarra y finalmente como Gran Premio Miguel Induráin, esta prestigiosa carrera ciclista es conocida en el mundillo como Gran Premio Lizarra-Estella, ya que es organizada por el club ciclista de dicha localidad. Y así debe ser debido a que la prueba nace y muere en esta localidad navarra tras un recorrido zigzagueante por las tierras altas y bajas del oeste de Navarra.

En un meandro del Ega espera coqueta al visitante Estella. El río aquí parte caudaloso antes de regar de agua al siempre sediente Ebro. El Ega forma una primera frontera entre las montañas navarras y el camino a las tierras áridas del sur. Allí fundó el rey Sancho Garcés I una ciudad a la que dio nombre de Estella (estrella) y que pronto prosperó por su buen pan, su buen vino, por ser lugar de la primera imprenta navarra y por un agua dulce, sana y extraordinaria. Zapaterías, ebanisterías, alfarerías y hospederías pronto adornarán la llamada joya del románico navarro que velozmente se convertiría en enclave de importancia en el transcurso del Camino de Santiago.

Induráin no nació en Estella, pero no hay llamativas diferencias entre los distintos parajes navarros. Los alrededor de 200 kilómetros que deben afrontar los ciclistas se enmarañan en un recorrido plagado de ochos y en un continuo zigzagueo por tierras navarras. Una vez abandonada Estella los corredores remontan el Camino de Santiago en busca de Puente la Reina, abarrotada de peregrinos que aprovechan el inicio de la primavera para aprender más en el camino que en el propio destino.

En Puente la Reina lucharon navarros y castellanos y allí se junta el Camino francés con el que desde los Pirineos serpentea desde Jaca. Son 110 metros y 7 arcos donde se guardan imágenes de santos y crucifijos. La reina Muniadona mandó construir un puente que cruza el Río Arga, el otro gran curso de agua dulce que baña la huerta navarra. Bien sabido es que Ega, Arga y Aragón hacen al Ebro varón. Como no, Puente la Reina cuenta con iglesia dedicada al Apóstol Santiago, aunque su patrona es la Virgen del Txori (pájaro en euskera). Antaño la talla de la Virgen se encontraba sita en un arco del puente y cuenta la leyenda que todos los días un pajarito cogía agua del río con sus alas y lavaba el rostro de la Virgen.

Puente la Reina

Tras el paso por Puente la Reina el pelotón vira hacia el oeste y retoma el Camino de Santiago hasta llegar a Villatuerta, uno de esos tantos lugares donde el puente crea la villa y la iglesia le da sentido a su vida. Se adentra entonces el pelotón hacia el norte camino de la Sierra de Andía y de la sierra de Urbasa. Zona ideal para el que le guste montar a la burra. Zona de hayas y endrinos. De pacharán y de vinos. En el alto de Irache los ciclistas podrán contemplar los restos de la vía romana que unía Jaca con Logroño y el monasterio benedictino de Santa María la Real a los pies de Montejurra. En tiempos de la Guerra Civil fue usado como campo de concentración franquista. Hoy es un plácido lugar en el que brota constantemente un caño de vino procedente de las cercanas bodegas de Irache.

Tras el paso por Arroniz y por Murieta, los ciclistas afrontan el alto de Eraul (3,8 kilómetros al 5.5%). La cima da nombre a una de las pocas batallas ganadas por los carlistas durante las guerras del mismo nombre de mediados del siglo XIX. Y es que son estas tierras de carlistas y requetés. De Dios, Patria y Rey. Tras descender el alto de Eraul el pelotón vuelve a Estella en ese continuo viaje entre la Navarra Media montañosa y la Ribera estellana del Alto Ebro. Entre los valles y las sierras. Entre el cereal y la hortaliza. Entre la sopa estellesa untada de manteca de cerdo, arroz y leche y el cordero al chilindrón estofado con pimientos y espárragos.

Hasta años muy recientes el GP Miguel Induráin contó con presencia escasa de estrellas del pelotón internacional. Situado en el primer domingo de abril, cuando el calendario de clásicas europeas está más cargado, y con escaso puntaje y dotación económica, sólo en años recientes ha visto incrementado su pedigrí. A ello contribuye la presencia perenne del Movistar Team. Aunque patrocinado por la multinacional de telecomunicaciones, la estructura del conjunto es íntegramente navarra teniendo sus orígenes en la empresa de aluminios Reynolds (1980-1989), luego Banesto (1990-2003), Illes Balears (2004-2005) y Caisse d’Epargne (2006-2010), hasta que en 2011 se formó su actual estructura.

Es por ello que cualquier ciclista del Movistar, vaya o no vaya a ganar, tenga como obligación pasar al ataque en el alto de Guirguillano (2,8 km al 5,9%), a unos 60 kilómetros para línea de meta. Una vez acabado el descenso toca la subida al alto de Lezaun (3,9 km al 5,4%) para adentrarse entonces en los últimos cuarenta kilómetros de carrera. Vuelve entonces el pelotón a atravesar Estella siguiendo siempre la ruta Pamplona-Logroño entre encinas, hayas, romero y tomillo. Toca entonces avituallamiento para quien lo desee, aunque lástima que en las barritas y en los geles energéticos no se puedan introducir las alubias pochas, el chorizo o las tortas de chanchingorri, un dulce elaborado con los restos de la matanza del cerdo, pan y abundante azúcar.

La carrera puede decidirse al sprint en el centro de Estella. Existe la posibilidad de ascender al alto de la Basílica de Puy, llamada así porque en 1085 unos pastores acudieron a una colina atraídos porque unas estrellas lo señalaban. Allí encontraron en una cueva una imagen de la Virgen con el niño Jesús. Se la llamó Virgen del Puy, por haberse encontrado sobre una colina a semejanza de una advocación muy venerada en Francia conocida como Le Puy en Velay. Es del todo infrecuente que los organizadores tomen la decisión de llevar la carrera a ojos de la Virgen, por lo que el punto clave de la prueba está en el alto de Lezaun (3,9 km al 5,4%), a poco más de diez kilómetros del final.

Se llega entonces definitivamente a Estella, lugar donde se encuentran el palacio de los reyes navarros y los restos del castillo donde nació Juana II de Navarra, la cual entregó sus dominios a Francia al casarse con Felipe VI de Valois. No será hasta 1512 cuando Navarra pase a formar parte del Reino de España tras ser anexionada por Fernando el Católico. Llegados a este punto es cuando es conveniente que a la Estella profundamente clerical donde Tomás de Zumalacárregui fue nombrado comandante general en la I Guerra Carlista o donde Carlos VII tenía su corte durante la III Guerra Carlista, dejemos de llamarla Estella. Ahora es Lizarra (fresno en euskera), donde la derecha vasca conservadora y la izquierda abertzale intentaron unir fuerzas en un pacto para buscar una solución al llamado conflicto vasco dejando de lado los atentados y los asesinatos.

Eso es el Gran Premio Miguel Induráin. Un viaje paradisiaco alrededor de la naturaleza en uno de los parajes más contradictorios que ha parido España. Navarro, aragonés, castellano, francés, español y euskaldún. Conservador, religioso, campesino, industrial y revolucionario. Ese es el viaje en el que durante 200 kilómetros ciclistas y aficionados disfrutan cada año el primer domingo de abril.

Estella-Lizarra

Hasta cuatro ciclistas se han llevado la victoria en tres ocasiones. Entre ellos Juan Fernández o Miguel María Lasa, dos clásicos del ciclismo español de los 70. Tres triunfos también tiene Alejandro Valverde (2014, 2018 y 2021), quien supera en el palmarés a otras leyendas hispanas que cuentan con dos victorias caso de José Pérez-Francés (1961 y 1963) o Pedro Delgado (1988 y 1990). Simon Yates, Joaquim Rodríguez o Alex Zülle son otros de los que lograron vitorear en Estella en una ocasión, misma cantidad de veces que el hombre que le da el nombre a la prueba, quien se impuso en 1987 cuando aún no sabía lo que era ganar el Tour y el Gran Premio Miguel Induráin estaba muy lejos de llamarse Miguel Induráin.

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El extraño caso Caritoux

Los 80 fueron los años del boom del ciclismo en España. Es bien cierto que desde Trueba o Berrendero, gracias a Bahamontes, Julio Jiménez u Ocaña, el ciclismo siempre había sido uno de los deportes nacionales. Durante el Franquismo la trilogía del deporte hispano se conformaba a través del fútbol el boxeo y el ciclismo, todos deportes de reglas simples y de coste paupérrimo. La cosa no daba para más. Pero, y así con todo, si a finales de los 70 había dos equipos profesionales a inicios del siguiente decenio la cosa iba por once escuadras. En 1983 Ángel Arroyo había subido al pódium en Paris tras una década de ausencia española. Y no era sólo Arroyo. También era Marino Lejarreta, Alberto Fernández, Julián Gorospe y, especialmente, Pedro Delgado. El segoviano, apodado el loco del Peyresourde por una estruendosa etapa pirenaica en el famoso Tour de 1983, era el abanderado del equipo ‘Reynolds’ conjunto navarro dirigido por José Manuel Echávarri, quien entre bambalinas pulía a un fuera de serie llamado Miguel Induráin.

El caso es que en 1984 la Vuelta a España debía ser ganada por un español. La edición anterior había sido gobernada por Bernard Hinault, quien de paso se dejó las rodillas en las carreteras emulando a los generales napoleónicos que combatían con las tropas lideradas por el Empecinado. En esos tiempos tanto Giro como Vuelta (el Tour a la fuerza se iba convirtiendo en marca global) eran carreras chauvinistas. Los patrocinadores y los organizadores no ocultaban el deseo de que ganase un paisano y se hacía todo lo legalmente posible para favorecer esas ideas. Solía haber acuerdo entre equipos hispanos para desarbolar a los extranjeros y, para más inri, la aparición del periodista José María García y su colosal puesta en escena del ciclismo (con unidades móviles en motocicletas y helicópteros incluidas) hizo de obligado cumplimiento la victoria de un ciclista español.

Así pues, Pedro Delgado era el favorito al triunfo final. Aún no había ganado nada de renombre, pero era evidente que era un talento generacional. Marino Lejarreta (campeón en 1982 y segundo en 1983) y Alberto Fernández (tercero en la Vuelta y en el Giro de 1983) eran los otros candidatos. Después Julián Gorospe, Vicente Belda, Álvaro Pino o José Luis Laguía. Como extranjeros, subrayaba la presencia de Francesco Moser, excepcional clasicómano, y de un joven alemán formado en España llamado Reimund Dietzen.

Y nadie más.

Eric Caritoux llegó a su hotel de Jerez de la Frontera, donde se iniciaba la Vuelta, sin zapatillas. Se había olvidado de meterlas en su maleta. Había sido llamado a última hora por el director del conjunto francés ‘Skil’ para completar la terna de nueve ciclistas que durante tres semanas transitarían por tierras españolas. Caritoux, quien habitualmente hacía de lugarteniente de Sean Kelly, su jefe de filas, acudía a la Vuelta a cumplir el expediente. Sin Kelly, el objetivo del equipo ‘Skil’ era consumar una participación decente, intentar colarse en algunas escapadas que diesen minutos de televisión al patrocinador y tentar a la suerte con una victoria parcial de etapa.

David Guénel on Twitter: "En remportant la Vuelta 1984 avec seulement 6  secondes d'avance sur Alberto Fernandez, Eric Caritoux est le vainqueur de  Grand Tour avec la plus petite marge de l'histoire.
Eric Caritoux

Las ceras que resbalaban abrasadas sobre los adoquines de las calles de Jerez de la Frontera impidieron que Moser exhibiera el poderío que había mostrado batiendo el récord de la hora semanas atrás. Era Semana Santa. Entonces la Vuelta era en abril. Aun así, a Moser le bastó para ponerse de líder tras la contrarreloj inicial manteniendo el maillot amarillo durante una primera semana bordeando el Mediterráneo hasta llegar a Cataluña.

Llegó entonces la primera etapa de montaña. 16 kilómetros de ascensión en Rasos de Peguera, en el interior de la provincia de Barcelona. Allí Pedro Delgado se puso de líder tras un mano a mano con Alberto Fernández. La sorpresa vino del ganador de etapa. Eric Caritoux, el desconocido del equipo ‘Skil’, había aguantado las embestidas de los jefazos de la carretera y luego había aprovechado que nadie reparaba en su presencia para saltar en busca de la victoria de etapa. Aquello era un exitazo para Caritoux y una conquista totalmente inesperada.

Perico Delgado asomaba su radiante y pícara sonrisa, aquella que le haría, y aun lo hace, uno de los favoritos del gran público. Sino el más exitoso, si el ciclista español más conocido. A sus 24 años se erigía por vez primera como líder de la Vuelta y caminaba hacia la leyenda. Mas su atractivo radicaba en su actitud despreocupada, en ese aire quijotesco que tan pronto alumbraba una victoria como una catástrofe desmesurada.

Delgado era líder. A 11 segundos estaba el desconocido Caritoux. Alberto Fernández marchaba quinto a 40 segundos.

Seis días después tocaba ascender los Lagos de Covadonga. Con seis corredores en menos de sesenta segundos de diferencia, la etapa tenía que marcar forzosamente un antes y un después en una Vuelta sin claro dominador, sin una estrella de rango internacional. Primero se quedaba Álvaro Pino, luego Marino Lejarreta y a nueve kilómetros de meta el mismísimo Perico Delgado, para decepción de los fans. La gloria de Delgado se convirtió en pájara. Alberto Fernández tomó su testigo y asumió el mando de la carrera, pero la victoria fue para el alemán Dietzen…y el liderato para Caritoux (siempre de pie, nunca sentado) quien aguantó la rueda de Fernández hasta escasos metros para el final. Ahora el francés era líder con 32 segundos de ventaja sobre ‘El Galleta’.

Porque a Alberto Fernández se le conocía como ‘El Galleta’. Criado en Aguilar de Campoo, Alberto Fernández no era Perico Delgado. Cántabro de orígenes castellanos, ‘El Galleta’ era un tipo duro, serio, recio, acostumbrado a ganar carreras de una semana y fuerte como un tronco para soportar las grandes vueltas. Conservador y amable, era un tipo respetado pero huidizo con los focos. A sus 29 años sabía que aquella era su gran oportunidad.

Tocaba entonces una cronoescalada al Naranco, a las afueras de Oviedo. Doce kilómetros de ascensión. Llovía a mares. El agua rebota en el asfalto, golpea las ruedas y se adentra en los pómulos de los corredores. Gana Gorospe. Delgado ya no cuenta. Caritoux aguanta escupitajos, insultos, lanzamientos de botellas con agua helada y hasta intentos de hacerle caer al suelo. Acaba a cinco segundos de Alberto Fernández. Son 37 de ventaja.

¿Quién es este tipo? Se pregunta la gente. Ni entre los franceses es conocido. Cuando gana la etapa de Rasos de Peguera, es anunciado por TVE como un corredor suizo. Hijo de la Provenza, de familia con una humilde bodega, entrena habitualmente por las carreteras que llevan al icónico Mont Ventoux. Meses antes había ganado en la cima ventosa durante la Paris-Niza. Ese era su palmarés. Ni más ni menos.

Quedan cinco etapas para el final y apenas dos con enjundia. El penúltimo día una contrarreloj de 33 kilómetros y el día inmediatamente anterior una etapa de unos brutales 258 kilómetros por la sierra madrileña. Delgado atacó bajando y llego a ponerse a 30 segundos del liderato. Caritoux no tenía nada que hacer ni equipo que le echase una mano, pero fue Alberto Fernández quien cortó la emboscada. Delgado jamás se lo perdonó ya que, además, Fernández fue incapaz de distanciarse de Caritoux a pesar de sus repetidos ataques.

Cuando Gorospe ganó en el Naranco y Fernández se quedó a 37 segundos del francés, Caritoux llegó a declarar: “Tengo la Vuelta perdida, sé que Alberto me va a ganar en la contrarreloj final”. Caritoux estaba obsesionado con una conspiración nacional y creía que no tendría nada que hacer en los 33 kilómetros de la crono con salida y llegada a Torrejón de Ardoz. Caritoux no iba bien en la disciplina de la soledad, pero la crono del último día siempre es más una cuestión de fuerza que de técnica. Un equipo de la TF1 francesa se desplaza a España para seguir las hazañas del joven francés ante la inaudita posibilidad de que se haga con la victoria.

Frente a frente en Torrejón, junto a la base estadounidense, los dos observaban cómo sus rivales iban cayendo al suelo en las distintas curvas resbaladizas. Llueve. Mucho. Muchísimo. Una cortina de agua constante que es abierta en canal por las gomas de las monturas. Pedro Delgado, Francesco Moser, Julián Gorospe, Pello Ruiz Cabestany…todos al suelo. El recorrido pedía precaución, cuando lo que Fernández necesitaba era épica. Arriesgó todo lo que pudo mientras Caritoux esquivaba paraguazos e incluso recibía un puñetazo nada más cruzar la meta. Vergonzoso. Ganó Gorospe a pesar de la caída. Fernández acabó en quinto lugar de la etapa y Caritoux fue noveno.

Alberto Fernández recortó 31 segundos. Insuficiente.

Eric Caritoux ganaba la Vuelta a España por la exigua ventaja de seis segundos. Sigue siendo la diferencia más pequeña entre vencedor y segundo clasificado.

Treinta años de la muerte de Alberto Fernández | Todas las noticias de  Palencia
Alberto Fernández

En diciembre de ese año, Alberto Fernández se desplazó a Madrid para recoger en una gala el trofeo que le acreditaba como mejor ciclista español del año. Aquella noche, de vuelta camino de Santander, él y su mujer fallecían en un accidente de tráfico. Un Citroën CX de matrícula francesa se chocó en su camino y lo mató casi en el acto. El hombre que lideró la España ciclista que hizo de puente entre Ocaña y Delgado fallecía antes de cumplir la treintena.

El futuro de Caritoux no fue trágico en lo humano, pero si en lo deportivo. Acabó sexto en la Vuelta del año siguiente y en 1988 fue campeón de Francia. Y nada más. Sería gregario el resto de su carrera hasta que se retiró en 1994. Incluso con su jersey amarillo de vencedor de la Vuelta seguiría siendo un Don Nadie. El tiempo acabaría haciéndole justicia. Willy Voet, masajista de distintos equipos durante tres décadas, declaró en una sufrida biografía que en todos sus años como profesional tan sólo había visto a dos ciclistas que jamás supieron lo que eran las anfetaminas, los corticoides y, por supuesto, la EPO o las drogas duras. Uno de esos dos santos fue Eric Caritoux.

Aunque sólo sea por eso, valoremos con justicia la inesperada y extraña victoria de Eric Caritoux en la Vuelta a España de 1984.

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Compró por entonces Luis Ocaña un pastor alemán. La vida le sonreía. Tenía casa propia. A la finca le había puesto de nombre Orcieres-Merlette en honor a aquella calurosa tarde de julio de 1971. Tenía un hogar, una familia y, ahora también, un perro como mascota. No lo dudó. Le puso de nombre Merckx. Lo tenía clarísimo. Le gritaba a todas horas. ¡Ven a mis pies! ¡Merckx soy tu dueño! ¡Merckx túmbate! Hoy diríamos que Ocaña tenía un TOC. Estaba obsesionado. Estaba trastornado. Estaba encantado. Podía mandar en Merckx y Merckx le obedecía.

Para 1973 Eddy Merckx decide no correr el Tour. Quiere ganar la Vuelta a España. Es la única de las tres grandes que no tiene, más que nada, porque nunca la ha corrido. Por entonces Giro y Vuelta se solapaban en primavera y el prestigio de la ronda italiana era infinitamente superior a la de la carrera hispana. Merckx decide correr (y ganar, porque Merckx no corre para ser segundo) la Vuelta y el Giro. Entre la finalización de una y el inicio de la otra hay tan sólo cinco días de diferencia. Una locura.

Para asegurarse la presencia de ‘El Caníbal’, la organización de la Vuelta decide hacer un recorrido amable y así Merckx se anime a acudir. La idea es que regule sus fuerzas y pueda asaltar el Giro en plenitud de facultades. Se introducen muchos sprints bonificables, donde la punta de velocidad de Merckx y el buen hacer del equipo Molteni le facilitaran las cosas. Ganará la Vuelta con 3’46’’ sobre Ocaña, siendo mucho más conservador que de costumbre. Fue la única vez en la historia de la Vuelta en la que ha habido tres ganadores del Tour en el pódium (Merckx, Ocaña y Thevénet).

Ocaña lanzó sapos y culebras por la boca. Si su exhibición en Orcieres-Merlette y su posterior caída en Menté le habían colocado en el santoral de los españoles, de repente tras esa Vuelta volverá a ser considerado francés. Ocaña. Español en Francia y francés en España. Despotrica contra la organización por apoyar con el trazado a Merckx y a los aficionados por animar al belga. “La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que le pongan segundos a la puerta del hotel”. Eddy contesta. “Los sprints están para todos, sólo tiene que aprovecharlos”. En el pódium de San Sebastián (si, San Sebastián, entonces no se acababa en Madrid) la cara avinagrada de Ocaña es de las que quedan en el recuerdo. Años atrás en una Paris-Niza, Merckx pasa silbando al lado de Ocaña. “Silba, silba, que un día silbaré yo”, dicen que dijo por lo bajo el de Cuenca.

El caso es que, tras ganar la Vuelta, Eddy Merckx gana el Giro del 73 en otra hercúlea exhibición y, aunque recibe muchas presiones externas, decide tomarse el mes de julio como descanso. No correrá el Tour.

Es la oportunidad de Luis Ocaña.

En la primera etapa un perro se cruza delante del pelotón. Y Luis Ocaña se cae. Pero esta vez no. Esta vez no. Se viste de amarillo en la séptima etapa camino de los Alpes. No soltará la sagrada prensa. Su mujer lo acompaña día tras día preparándole tisanas para sus recurrentes problemas respiratorios. Pero es otro Ocaña. Sin Merckx, corre más relajado. Su pedaleo resulta hermoso, bello. Su victoria es exuberante. Gana seis etapas y deja a Bernard Thevénet, segundo clasificado, a más de quince minutos. Ocaña arrasa. Ocaña gana a lo Merckx.

Les Orres, Tour 1973: El gran choque de Ocaña y Fuente - Ciclo21
Fuente (i), Thevénet (c) y Ocaña (d)

En aquel Tour, en su Tour, ese del que ahora se cumple medio siglo, sólo se dio un capricho. Moutiers-Les Orres. 237 kilómetros. Telégraphe, Galibier, Izoard y Les Orres. Se van José Manuel Fuente ‘Tarangu’ y Ocaña. Si el conquense era terco, el asturiano era, si cabe, aún más tozudo. Ocaña le propone un acuerdo. La etapa para ti, la general para mí y si tu equipo me echa una mano en el llano yo os dejo ganar todas las etapas que queráis. El Tarangu dice que no. Al loco ni agua. Porque Fuente llamaba loco a Ocaña. El novelista Marcos Pereda dejó escrito que eso era tan irracional como que Miliki llamase payaso a Fofó. El caso es que los dos locos no se ponen de acuerdo. Quedan 150 para meta. Fuente ataca veintiuna veces. ¡21 veces! En todas respondió Ocaña. A la vigesimosegunda el niño del hambre, el niño de mirada taciturna, puso en marcha la burra. Luis Ocaña se fue sólo. Fuente llegó a un minuto, Thevénet a siete, Zoetemelk, sexto en la etapa, a más de 20 minutos. Es un exterminio. Ocaña acaba tan cansado que llega al hotel y se queda dormido con el maillot amarillo con el que es investido en el pódium.

Pero Ocaña no es feliz. Ocaña no está eufórico. Puede que haya ganado el Tour de 1973, pero su Tour era el de 1971. Meses después de su victoria, en julio del 73, tiene lugar el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Barcelona. Ocaña es bronce. Irradia felicidad. Mas que en el Tour. Se gana la plaza en el pódium por delante de Merckx al que supera en el sprint y quien finaliza cuarto. El oro es para Gimondi. El italiano aprovechó mucho mejor sus oportunidades y su currículo brilla más que el español. No es así en el corazón de los aficionados. “Siempre salgo a ganar, no estoy satisfecho”, dice a la prensa. Pero sus palabras no acompañan a sus gestos. Es una derrota dulce.

La temporada acaba y toca correr un critérium en Bélgica. En el avión, camino de Bruselas, Merckx y Ocaña comparten asientos. Hablan. Hacen las paces. Nunca fueron íntimos, pero si enterraron el hacha de guerra. Al llegar a tierra se van de copas. Al día siguiente había carrera. Ganó Merckx, quien si no. Pero por la noche no. Por la noche ganó Ocaña. “Siempre me ganó en la carretera, pero nunca me ganó tomando copas”, diría una vez retirado Ocaña sobre Merckx. Y es que Luis Ocaña tuvo una inmensa suerte y una enorme desgracia. Eddy Merckx. Merckx le privó de la gloria, pero sin Merckx jamás hubiese exprimido su talento.

Aquellas peleas de Merckx y Ocaña: sobre Orduña, Torrelavega y la Vuelta de  1973
Ocaña ataca a Merckx. Vuelta 73

Llegamos así a 1974. El año de la verdad. Ocaña contra Merckx. Los dos últimos ganadores del Tour frente a frente. Pero no fue así. Ocaña corre la Vuelta con sus eternos problemas respiratorios. Tose. Hace frío. Va a peor. Debe abandonar. Pero no abandona. Queda cuarto. Y queda tocado. No corre ninguna carrera hasta que reaparece a escasas semanas del Tour. Y entonces se cae. Ocaña siempre se cae. No correrá el Tour. Merckx gana el quinto. Se puso líder el primer día y le metió una minutada a Raymond Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y ese fue el fin. El Bic prescindió de Ocaña cansado de pagarle a un corredor que siempre estaba enfermo o lesionado. Ocaña vuelve a España y firma por el modesto SuperSer. Le dio para hacer otro pódium en la Vuelta y fin de la historia. Abandonó en el Tour del 75 y en el 76 quedó decimocuarto. Ese año brilló por última vez. En una etapa de los Pirineos decide tirar de orgullo y hacerle decenas de kilómetros a Lucien Van Impe mientras el belga va camino de ganar el Tour. ¿Por qué? Porque así le hacía la puñeta al otro aspirante, a Joop Zoetemelk, aquel neerlandés chuparuedas que se había caído encima de Ocaña en aquella cerrada curva de izquierdas bajando el Col de Menté.

Genio y figura.

El ocaso de Ocaña es aceleradísimo. Con 32 años está retirado. Está jubilado y tiene toda la vida por delante. Compra unos terrenos en Caupanne. Son 60 hectáreas. Instala una piscina en la finca y levanta los azulejos con sus propias manos acabando con un corte atroz que lo lleva a urgencias. Le dicen que contrate a unos profesionales y se niega en redondo. ¿Qué pensaría su padre? Dicen los que lo conocen que es más feliz que un niño con zapatos nuevos. Es el triunfo de su vida. Tiene casa y tierras. Ha conseguido lo que siempre había soñado. Lo que nunca había logrado su padre. Pero todo es un paripé. Luis no es feliz. Luis nunca es feliz.

Decide dedicarse al armagnac. Todos le dicen que está loco. Que el tiempo del cognac y del armagnac ha pasado. Que son bebidas que no interesan a los jóvenes. No hace caso. Se mantiene rebelde. Como siempre había sido y como siempre será. Llama a Merckx. Le pide ayuda para importar armagnac gracias a su nombre en Bélgica. Eddy acepta. Pero ni Eddy puede levantar un imposible.

Un temporal arrasa con las viñas. Durante tres años no se podrá cultivar. Y no tiene seguro. Luis no había asegurado las viñas. ¿Luis Ocaña con un seguro? No, gracias. Debe volver. Lo hace como director deportivo. Fracaso absoluto. Lo hace como comentarista radiofónico. Clarividente, pero demasiado sincero. Despotrica sin ton ni son. Se gana enemigos en cada esquina. Habla de Franco y asegura que el futuro de Francia es Le Pen.

Y luego está Merckx. La sombra de Merckx. “Nunca te perdonaré que no corrieras el Tour del 73”, le suelta cada vez que coincide con él. “Le doy más valor a lo que hice en el 71 que a la victoria del 73”, dice, melancólico, micrófono en mano. Merckx. Merckx. Siempre Merckx.

Tristón, mustio y abatido, Luis se consume por dentro. Tiene un accidente de coche. Tiene que ser hospitalizado. No pasa de susto, pero durante el susto le hacen una transfusión de sangre. Problema. Hepatitis C. Ocaña se hunde. Su mujer no lo reconoce. Es incapaz de animarlo. Los ataques de ansiedad son constantes.

Una mañana uno de esos ataques zozobra su existencia. Su mujer tiene miedo. Viene su médico de cabecera y también un par de agentes. Porque es un intento de suicidio. Y si es suicidio tiene que acudir la gendarmería. Lo tranquilizan. Su mujer pide internarlo. El médico le dice que no ha sido nada.

Dos días después, la mañana del 19 de mayo de 1994, a Luis Ocaña le da otro ataque de ansiedad. “Yo no pienso pasar mis últimos días sufriendo como mi padre”, cuentan que le dijo a su mujer. Su padre y Merckx. Merckx y su padre. Los demonios de su vida. Su mujer consigue tranquilizarla. Su mujer aprovecha para llamar al médico, pero Luis ha cortado el cable del teléfono. No hay móvil. Estamos en 1994. Pero hay una línea fija inalámbrica. Josiane, que así se llamaba la esposa de Luis, convence a su marido para que se retire a descansar a su despacho. Mientras, corre en búsqueda del inalámbrico. Llama al médico, pero llega tarde. Todo ha sido una artimaña de Luis. Como aquella vez que atacó a Merckx cuando pinchó una rueda. Ocaña lo tenía todo preparado. Aprovechó la ausencia de su mujer para descerrajarse un tiro en la sien.

Luis Ocaña, el español de Mont de Marsan, se suicidaba en el despacho de su casa antes de llegar al medio siglo de vida.

Luis Ocaña fue español en Francia y francés en España. Fue un incomprendido. Un ciclista incontenible y una persona insatisfecha. Ocaña era un orgullo desmedido incapaz de aceptar sumisión alguna. Nunca quiso que lo reconocieran como vencedor, sino como luchador. Esa obsesión fue su grandeza, pero también su condena.

CapoVelo.com - Luis Ocaña
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Los demonios de Ocaña (1ª parte)

1968 era el primer año como profesional de Luis. Aquel verano se dio a conocer logrando la victoria en el Campeonato de España. Obteniendo el jersey con la rojigualda, Luis volvió a cruzar los Pirineos y se encaminó a Mont de Marsan. Allí, equidistante de San Sebastián como de Burdeos, se consumía el señor Ocaña, el padre de Luis. Un cáncer lo absorbía, pero antes de hacerlo su hijo le puso en el regazo aquel maillot con la bandera española. Llorando, Luis recibió de su padre un simple gesto de afirmación con la cabeza. Era un gracias, un orgullo y una felicidad a partes iguales. Días después el padre de Luis Ocaña fallecía.

Luis Ocaña fue francés en España y español en Francia. Aquello le desquició de por vida. Había sido descubierto por Pierre Cescutti, un ex ciclista y un tipo con vida de novela. Cescutti formaba parte del batallón que entró en el Nido del Águila de Hitler escasos días antes del fin de la II Guerra Mundial. Cescutti no puso su vida en peligro, ni pegó un tiro, ni intentó quedarse para el recuerdo con algún enser del Führer. Cescutti se atrincheró en la bodega de la casita de Berchtesgaden y se pilló una cogorza de campeonato mientras los demás jugaban a ser héroes. El caso es que Cescutti habló con su amigo Antonin Magne, doble vencedor del Tour y entonces director del equipo Mercier, para meter en sus filas a Ocaña. Magne le dijo que vale, que sería gregario de Raymond Poulidor y que habría que nacionalizarlo francés. Ocaña dijo que naranjas de la china. Él no iba a ser el segundo de nadie y ni de coña se iba a nacionalizar francés. Sus otros tres hermanos acabarían haciéndolo con el tiempo. A Luis jamás se le pasó por la cabeza.

“Soy más español que Franco”, diría en cierta ocasión.

Luis Ocaña había nacido en Priego, un pueblecito del norte de Cuenca, en 1945. Tiempo de miseria y hambre. A los seis años a su padre le dan un trabajo en una central hidroeléctrica en el valle de Arán y allí se van los seis miembros de la familia. Era republicano. Y lo putearon todo lo que pudieron. Todos eran pobres, pero los Ocaña incluso eran un poco más pobres. Contaba Luis que no supo lo que era una merienda hasta que tuvo doce años, momento en el que sus padres decidieron cruzar la frontera por el puerto del Portillón y buscar una vida mejor. Luis lo cruzó con la cabeza gacha, tímida, y la mirada perdida en busca de las estrellas. Esa mirada acompañó a Luis Ocaña toda su vida. La mirada del desgraciado, del que avergonzado pide perdón allá por donde pasa. Morenísimo, su cuello era propenso a las collejas. Con los años aquella cara de lelo acabará siendo ocultada por unas soberanas patillas.

A los catorce Luis entra como aprendiz de ebanista en Mont de Marsan donde se instala la familia. Es entonces cuando dos días a la semana pasa a entrenar con una bicicleta que le compra Cescutti admirado por el talento del chaval de Priego. A Cescutti le cuesta horrores convencer a su padre para que le permita ser ciclista. Todo se definirá cuando Luis le tire un hacha a la cabeza al capataz de la carpintería al negarse a aceptar una orden. Severo, su padre jamás se lo perdonó. Ocaña nunca acató la autoridad. Ni la de sus jefes ni la de su padre. Con su progenitor nunca tuvo buena relación, aunque siempre lo admiró por su tenacidad. Lástima que el padre no viviese lo suficiente para ver que su hijo tenía el mismo par de huevos que su progenitor.

Porque Luis Ocaña no iba a aceptar la autoridad de nadie. Tampoco la de Eddy Merckx.

Tour de Francia: Victoria de Ocaña en Puy de Dome | RTVE Play
Ocaña (rojo) y Merckx (amarillo)

Luis Ocaña se hizo profesional con el equipo español Fagor. Lo hizo por razones sentimentales, pero también entendía que tenía más opciones de destacar y de progresar en el mercado hispano. En 1969 corrió su primer Tour, hecho que también haría Eddy Merckx. Como finalizó ese Tour marca lo que será una constante en la carrera de dos genios de la bicicleta. Ballon de Alsacia. Merckx ataca y se pone de líder. Primera de muchas. Ocaña se va al suelo durante el descenso, su barbilla choca contra el asfalto y su rostro sangra abundantemente. Es invitado por su director a abandonar. Se niega. Acaba haciendo unos cuantos kilómetros remolcado por sus compañeros. Inconsciente, cruza la línea de meta vomitando. Es entonces cuando cae maduro al suelo y es trasladado al hospital. Solo entonces Luis Ocaña decide abandonar. Merckx lo alaba ante la prensa. A Ocaña eso no le vale para nada.

Y Eddy sigue a lo suyo. Merckx lo que hace es ganar el Tour tal cual ganaba Atila sus batallas. Domina de principio a fin, vence en seis etapas y gana todas las clasificaciones complementarias de aquel 1969, algo que jamás se volverá a repetir. El ogro belga refrenda exhibición en 1970, donde Ocaña (que había firmado por el BIC francés) se desfonda en los Alpes y pierde sus opciones en la general, aunque logra ganar una etapa parcial en los Pirineos.

Eddy Merckx es el gran dictador del ciclismo. No es que gane, es que arrasa. Ya sean clásicas, carreras de una semana o grandes vueltas de veintiún días. Camina hacia su tercer Tour de Francia consecutivo y Luis Ocaña aparece otra vez como aspirante. El respeto hacia ‘El Caníbal’ es inmenso, pero el pelotón es consciente de que contra el crono Ocaña y Merckx son parejos, más en la montaña el español es ligeramente superior. La gran diferencia radicaba en que Eddy era un martillo pilón incasable al desaliento y Luis era al mismo tiempo genio como sumaba pájaras e infortunios de proporciones bíblicas.

Tour 1971. Tras unas etapas de fogueo por el norte de Francia se llega a la séptima jornada con Merckx de amarillo y 52’’ de ventaja sobre Ocaña. Ese día se sube el Puy de Dôme y el de Priego le saca 15’’ al bruselense tras un latigazo. Es exigua renta, pero es la primera vez en tres años que alguien logra aventajar a Merckx en una gran vuelta. Dos días después, rumbo a Grenoble, Merckx pincha, y en ese momento Ocaña aprovecha para atacar. Llegará a la meta junto a Thevenet y Zoetemelk, quien será el que se lleve el premio gordo del liderato, mientras que Merckx se dejará 1’40’’ en la meta.

Llegó entonces el 8 de julio. 134 kilómetros. Salida desde Grenoble y llegada a la estación alpina de Orcieres-Merlette.

“O yo entierro a Merckx o él me entierra a mí”, diría Ocaña.

Nadie cuenta con Zoetemelk que sale de líder. Luis Ocaña está a un segundo. Merckx es cuarto en la general a cerca de un minuto.

Era una etapa corta, cortísima para la época. Apenas dos puertos sin excesiva ostentación al poco de iniciar el día, antes de llegar a Orcieres. En la primera cota, alto de Laffrey, Ocaña ataca y se lleva con él a Van Impe, Agostinho y Zoetemelk. El que no está es Merckx. Ocaña huele la sangre y tira como un poseso. Nadie le da relevos. Tampoco los admite. En el col de Noyer se va solo. Irresistible. Camina o revienta. Quedan 60 para meta. 117 en total de escapada. Entonces no hay pinganillos, sino pizarras llevadas por motoristas que anuncian con tiza donde está el enemigo. Y el enemigo estaba lejos. Muy lejos. Merckx tiraba solo. Estaba sin equipo y nadie le ayudaba. Tanta tiranía tenía al fin cumplida venganza. Cuando la ventaja iba por los seis minutos el director de Ocaña le mandó contemporizar. “¿Por qué?”, cuentan que dijo Luis. “Si son seis, serán siete”, replicó.

Luis Ocaña dio una de las mayores exhibiciones jamás dadas en la larga y brillante historia del Tour de Francia. Con un sol abrasador, gana y se pone el maillot de líder con 8’43’’ sobre Zoetemelk. Merckx era cuarto a cerca de diez minutos. El Tour estaba sentenciado. “El más increíble alarde de poder visto. El emperador (Merckx) fusilado”, título ‘L’Equipé’. “Nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”, diría Eddy sobre Luis. En Francia lo adoran. Es uno de los suyos.

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
El Cordobés en bicicleta

Pero Merckx era Merckx. Y moriría matando. Al día siguiente 251 kilómetros aburridos rumbo a Marsella. Etapa llana. Ocaña firma autógrafos y atiende en la prensa a cola de pelotón, justo cuando se va a dar la salida. Se corta la cinta…y ataca Merckx. El Caníbal no olvida la afrenta de Ocaña cuando había pinchado. Fue una lucha sin cuartel en el llano y dos minutos recortados por el belga. El pelotón llego con horas de adelanto a Marsella. Fue tal el enfado que el alcalde juró que jamás volvería el Tour a tierras provenzanas. Hubo que esperar hasta 1989, justo un año después del fallecimiento del regidor marsellés. Luego viaje en avión rumbo a Albi para una contrarreloj. La organización coloca a Merckx y a Ocaña en asientos contiguos. No se hablan. Ni se miran. Merckx reduce en once lacónicos segundos la distancia.

Y se llega así al 12 de julio de 1971. Primera etapa de montaña de los Pirineos. Desde Revel a Luchon. Se sube el Aspet. Merckx ataca. El cielo es azul. Ocaña va a su estela. Se corona el puerto. Calma tensa. Toca ascender el Col de Menté. Merckx suelta otro latigazo. El cielo es gris. Ocaña se pega a su rueda. Le dicen que lo deje ir. Que queda mucho. Que la ventaja es amplia. Ocaña dice que no con la cabeza. Tiene una misión y no es el amarillo. Su misión es derrotar al hombre perfecto.

Al rebasar la cima del puerto el cielo gris se convierte en una fuerte tormenta de verano. El paraíso se torna en negro. Granizo, relámpagos y barro. Las carreteras no tienen buen asfalto. Cuando besan la cuneta pasan de pastizales a pistas de patinaje. Eddy baja jugándose la vida. Luis no iba a ser menos. Tumbados sobre la burra con los dedos pegados en las palancas de los frenos. Al poco una curva fortísima de izquierdas. Merckx pierde el equilibrio y aterriza sobre la hierba embarrada. Ocaña cae, pero lo hace sobre una piedra. Merckx se levanta y sigue la marcha. Ocaña lo intenta.

Pero entonces llega Joop Zoetemelk.

A Zoetemelk no le van los frenos y cae encima de Ocaña. Tras el neerlandés vienen en tropel Agostinho y después López Carril. Ocaña no puede mover el brazo derecho.

Saldrá del Tour en camilla y lo hará sobrevolando en helicóptero el alto del Portillón.

Precisamente el Col de Portillón.

Porque en aquella etapa camino de Luchon se subía el Portillón y se cruzaba a tierras españoles antes de volver a Francia para finalizar la jornada. Había cuarenta kilómetros de recorrido entre Menté y las primeras estribaciones del Portillón. Lo lógico era que Ocaña dejase marchar a Merckx y fuese precavido bajando por aquella pista de patinaje. Pero para Ocaña el maillot amarillo era lo secundario, lo importante era ganarle a Merckx. Demostrarle que era mejor que él.

Para Ocaña cruzar de amarillo el Portillón por delante de Merckx era enterrar sus recuerdos de la infancia. Demostrarle al Luis niño que su tormento había finalizado. Cruzar el Portillón y ser aclamado por cientos de españoles era indicarle a su padre que los tenía más grandes que él. “Merckx y yo habíamos decidido atacarnos en cada metro de la carrera. Sabíamos que uno de los dos no terminaría el Tour”, diría en la cama del hospital. Pero era mucho más que eso. Cruzar el Portillón en cabeza no era ciclismo. Era un exorcismo.

Era su vida.

Tour Look Back: Luis Ocaña - PezCycling News
C’est fini

José Manuel Fuente ‘El Tarangu’ ganó la etapa y Merckx dio un recital que le valió para recuperar el liderato. El belga recibió insultos y escupitajos subiendo el Portillón y al día siguiente decidió no vestir el maillot amarillo por respeto a Ocaña. “Yo no he ganado el Tour, lo ha perdido él”, diría a la prensa. “Yo quiero que se lo ponga”, contestará el conquense. Dos días después el Tour pasa por Mont de Marsan y Merckx es incitado por los medios para acercarse a casa de Ocaña y saludarlo. Se dan un apretón de manos y sonríen delante de los plumillas y los fotógrafos, pero ni se hablan. El odio mutuo es atroz.

Luis Ocaña fue un gran desafortunado. Como Sísifo empujaba la piedra cuesta arriba en la montaña para llegar a la cima y verla rodar hacia abajo. En 1972 da una exhibición en la Dauphiné Liberé, pero acaba enfermo. Se presenta en el Tour con una bronquitis, recuerdo de una infancia paupérrima en cuidados médicos. Aquel año llegaron primero los Pirineos antes de los Alpes. En el alto de Soulor Ocaña pincha y Merckx ataca. Recuerdos del pasado. Merckx jamás olvidaba los desagravios. Encorajinado, Ocaña inicia una feroz persecución y los riesgos hacen que en la bajada del Gran Cucheron su cuerpo se estampe contra el asfalto. Pierde dos minutos, tiene margen de mejora, pero en la primera etapa de los Alpes decide abandonar. Volverá a casa en coche conduciendo durante horas y tendrá que dar marcha atrás al darse cuenta de se ha dejado las llaves de su hogar en el hotel donde había dormido la noche anterior. Ocaña siempre genio y figura.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Raymond Poulidor aguanta mecha, Bernard Thevénet tendrá el honor de tumbar al Caníbal en su ocaso y Felice Gimondi será el gran rival generacional de Merckx. Gimondi aprovechará las ausencias de Merckx para lograr un palmarés majestuoso, mucho más glorioso que el de Ocaña, pero menos brillante a la hora de juzgar con el corazón. Ocala lo intenta siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Son cuatro Tours entre 1969 y 1972. Eddy Merckx los ha ganado todos. Luis Ocaña sólo ha logrado llegar a Paris en una ocasión de cuatro posibles.

Ocaña era un fatalista.

Y lo seguirá siendo también en la victoria.

Continuará.

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Pantani; una vida sin paracaídas (2ª parte)

A Pantani primero se le conoció como ‘Elefantino’. Era un sobrenombre que odiaba. Le recordaba a su niñez, cuando se metían con él por esas enormes orejas que al subir a la bici ejercían de acordeón frente al viento. Maduro, alguien le puso el mote de ‘Pollo’, porque esas interminables y atléticas piernas se coronaban por una cabeza que las más de las veces tan solo servía como investidura del cuerpo. Ese transitar sin sentido, esos ataques sin paracaídas, le hicieron ser conocido como ‘il pollo Pantani’.

Pero en 1999 Marco Pantani era ‘Il Pirata’. Era un ciclista colosal. Sus ataques sin sentido eran ahora alabados por arriesgados y valientes. El carácter guerrero de Pantani y esa estética de pelo rapado, bandana en la cabeza, perilla y pendientes le convertían en un auténtico pirata. Un corsario que luchaba contra las carabelas del ciclismo, dispuesto a cambiar el status quo establecido.

El Giro de Italia de 1999 recibió al entonces doble vencedor de Giro y Tour (1998) con un recorrido diseñado para vanagloriarle. Era un Giro repleto de alta montaña que rompía con la tendencia de la carrera en la última década. Pero este era un Pantani tan excepcional que ya desde principios de temporada había demostrado un progreso inaudito en las cronos y había puesto patas arriba la Milán-San Remo manteniendo un pulso en el llano frente a un pelotón lleno de rodadores.

Es tal la alfombra roja que se le pone a Pantani que hasta se le prepara un sprint en Cesanatico, donde Marco nació, para que ‘Il Pirata’ se dé un baño de multitudes. Pantani se había puesto líder muy pronto, en la octava etapa, tras 253 kilómetros que acabaron en el Gran Sasso. Mas tarde, en el Santuario de Oropa, salta a pie de puerto y por el camino se le sale la cadena. Es adelantado por el grupo de elegidos y, con una fuerza sobrehumana, sin bandana ni gafas, suelta a los compañeros que acudieron a arroparle, atrapa a los demás y acaba con Laurent Jalabert, quien le había quitado efímeramente el liderato en la contrarreloj impidiendo que su familia y sus amigos de Cesanatico lo hubiesen visto con la maglia rosa. “Tuve que apartarme para que no me arrollara”, comentaría el ciclista francés sobre el adelantamiento de Pantani.

A partir de ahí Pantani da un show y gana en la jornada con final en Madonna di Campiglio, vigilia de la última etapa de enjundia con paso por el Mortirolo. ‘Il Pirata’ lo hará con una amplísima renta sobre sus perseguidores a solo tres días de la llegada a Milán. Había demostrado una extraordinaria suficiencia. Concentrado, apenas saludaba a nadie al bajarse de la bicicleta. “Si veis que no os saludo no os lo toméis a mal, simplemente es que estoy compitiendo”, le había dicho a su guardia pretoriana antes de iniciar el Giro.

Tras dormir en uno de los hoteles de Madonna di Campiglio, en la jornada siguiente el Giro saldría desde la afamada estación de esquí rumbo a Aprica. Era primerísima hora del amanecer cuando un par de tipos aporrearon la puerta de la habitación donde descansaba Pantani. Eran dos ‘vampiros’. ‘Il Pirata’ hubo de levantarse de la cama medio adormecido, balbuceó un par de palabras inconexas y se dirigió al baño para llenar de orina un tubo que se le fue proporcionado.

Era un proceso más que extraño. Pantani ya había pasado dos controles antidopaje en lo que iba de Giro. De hecho, siempre se anunciaba con horas de antelación a quien le tocaba pasar revista. Ese día estaban citados los diez primeros de la general…pero ese día al acabar la etapa, no esa madrugada. En el fondo, en ese Giro hubo graves contradicciones a la hora de realizar los controles. La UCI (Unión Ciclista Internacional) abogaba por unos procesos más laxos. Era sabiduría popular que tomando salinas u aspirinas se lograba bajar los niveles de hematocrito antes de echar la meada. Pero tras el ‘escándalo Festina’ del Tour anterior, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una cruzada antidopaje de la que en la actualidad ha salido victorioso. Por entonces tenía las de perder, aunque contaba con el apoyo del CONI (Comité Olímpico Italiano).

El caso es que Pantani, además de capo en carrera era también capo del pelotón. Como representante de los ciclistas se opuso a los designios decretados por el CONI y la AMA en el asunto de los controles. Los ciclistas veían en esas redadas nocturnas una acusación sin pruebas y un trato despectivo sobre lo que sucedía en otras disciplinas deportivas. Consideraban que eran acusados de criminales, aunque el fondo de la cuestión era que esas redadas hacían saltar por los aires años de omertá.  

El resultado llegó rápido. La tasa de hematocrito de Marco en sangre era del 52%. Superaba en dos puntos el valor permitido. En otras palabras, había consumido EPO para mejorar su nivel de glóbulos rojos y así poder alargar en el tiempo su pico de esfuerzo. La noticia le llegó ‘aex aquo’ por boca de Martinelli y Zomegnan. Ambos, tanto el director del Mercatone Uno como el director del Giro, pudieron ver la incredulidad de Pantani al conocer la noticia y sus ojos desorbitados cuando con un puñetazo reviente de rabia el espejo de la habitación. Pero es en el momento en el que Paolo Pantani, padre de Marco, entre en la habitación cuando el silencio haga su aparición. Paolo no abre la boca. La cara de decepción de su progenitor adentró a Marco en un mundo de lágrimas del que tardará días en salir.

Zomegnan sugirió a Pantani salir del hotel por la salida de emergencia. Pantani se negó. Era inocente y no tenía nada que ocultar. Fue al baño, se limpió las lágrimas, se duchó, se vistió y salió por la puerta principal para contestar a las preguntas de la prensa que allí se agolpaba.

Fue una masacre.

Aunque más lo sería al día siguiente. No existía la presunción de inocencia, era Pantani quien debía demostrar que era no culpable. No habría forma de hacerlo. Era un caso visto para sentencia. No ayudó a Marco que días después saliese a la luz que cuando en el invierno de 1996 fue operado de la fractura de tibia y peroné un análisis de sangre revelara que su nivel de hematocrito estuviese en un exagerado 60%.

Fue propuesto a un año de sanción sin competir.

La Camorra falseó el hematocrito de Pantani | Marca.com
Juicio popular

No había dudas. Era ‘vox populi’ que el dopaje estaba más que extendido entre el pelotón. Apostar por la inocencia de Pantani era un acto de fe. Pero había muchos interrogantes en el asunto. El control fue totalmente ilegal. No se avisó al ciclista con antelación ni estuvo presente el médico del equipo. Además, el contranálisis fue hecho por el mismo laboratorio, cuando debía cotejarse el resultado con otro laboratorio. Hubo también quien dijo que pudo haber un cambio brusco de temperatura o una mala conservación del recipiente, o, simplemente, que Pantani no se había hidratado suficientemente. Todas teorías posibles, pero de rocambolesca probabilidad. Todo semejaba un intento desesperado de defender lo indefendible.

El caso es que la mala praxis en el control sí que era fehacientemente probada, por lo que la sanción de un año sin competir fue revocada. Daba igual. El daño estaba hecho. A Pantani lo sacaron del Giro cuando sumaba cuatro victorias de etapa y tenía el triunfo guardado bajo llave. Le dijeron de competir en el Tour. Ni ganas. Pantani se echó un par de semanas encerrado en su casa de Cesanatico llorando hora tras hora. Entró en una depresión de la que ya no podría escapar. Su credibilidad había saltado por los aires. Competir no tendría sentido para él.

Buscaba refugio.

Y lo encontraría en la cocaína.

Fue Felice Gimondi quien convenció a Pantani para volver a subirse a la burra. Gimondi era la gran leyenda viva del ciclismo italiano, el hombre que logró desafiar y hasta vencer a Anquetil y a Merckx. También el ‘Canibal’ había tenido una mancha con el dopaje, pero a base de victorias había dejado en el olvido aquel incidente. Solo con victorias podrás sacarte el estigma de encima, le había dicho Gimondi a ‘Il Pirata’.

Pero Pantani no era Merckx. Era débil. Un pollo sin cabeza. Vuelve para la temporada siguiente. Se arrastra en el Giro, donde se le niega ser líder de su equipo, y va al Tour del año 2000 como un muerto viviente. Físicamente era el mismo, pero moralmente era otra persona. Se dejó ir en las etapas llanas hasta que llegó el día del Mont Ventoux. Allí, en la montaña lunar, Pantani resucitó. Sacó su golpe de pedal y balanceó la bici como en sus mejores tiempos. Fue dejando atrás a uno tras otro para cabalgar a la cima de la sagrada montaña. Solo Lance Armstrong logró aguantar su rueda. El norteamericano era el dueño y señor de la carrera y lo quiso demostrar. Se ponía por delante de Pantani y abría unos metros de distancia. Frenaba. Se ponía al lado de ‘Il Pirata’ y volvía a adelantarse. Le estaba esperando para dejarle ganar. Aquello era humillante. Induráin había dejado ganar a muchos en sus años de reinado. Se ponía a rueda y se dejaba ir. Lo que hacía Armstrong era egocéntrico. Le enseñaba al mundo que podía, pero que no quería. No era solidaridad, era caridad. Y lo sería mucho más cuando en la línea de meta se pare para que Pantani gane.

Marco explotó. No era un cualquiera, un don nadie que necesitara migajas. Despotricó contra Armstrong. Y el texano no se iba a achantar. Usó a los medios como altavoz para llamar ‘Elefantino’ a Pantani, el mote que tanto odiaba.

Encendido, Pantani lanza un durísimo ataque en la etapa que acaba en Courchevel y que pasa el temible Izoard. Es el Pantani de los buenos tiempos. Poesía en movimiento. Armstrong se pega a su rueda, pero acabará cediendo a falta de tres kilómetros para la cima. Marco Pantani vuelve a ser un grande. Un dios sobre dos ruedas.

Sería el canto del cisne.

Mont Ventoux ⛰️ La trágica y épica montaña del Tour - Ciclismo Épico
Armstrong y Pantani

Al día siguiente a Pantani le da una voutada y ataca a 130 kilómetros de la meta. Lo acabarán cogiendo y se dejará una minutada en la línea de meta. Decide abandonar y no terminar el Tour.

Un sin sentido.

Ni otro Tour ni otro Giro, ni ninguna otra gran carrera. Pantani acumuló desde entonces abandono tras abandono. Siguió entrenando e inyectando cocaína a su cuerpo a partes iguales. Llevo su ser a un masoquismo autodestructivo. Se alejó de su familia y su novia se vio obligada a consumir para que lo aceptase a su lado. Siguió firmando autógrafos y sacando fotos con esos fans que le perdonaban todo porque les había hecho vivir alguno de los mejores momentos de su vida. Eran fotos en blanco y negro donde las sonrisas eran sueños del pasado.

El día de San Valentín de 2004 Marco Pantani se encontraba en un hotel de Rimini, una bella ciudad a orillas del Adriático, bulliciosa en verano y solitaria en invierno. Allí, en un decrépito hotel, Marco Pantani atrancó la puerta de su habitación con una cómoda y con una mezcla de antidepresivos y cocaína espero que su cuerpo fuese capaz de ascender de nuevo el Galibier.

No fue así.

Falleció por un paro cardíaco provocado por un edema pulmonar y cerebral. Dejó tras sí una suerte de testamento en el que se juntaban frases inconexas.

Desde aquella madrugada en Madonna di Campiglio hasta aquella otra madrugada de San Valentín de 2004 Marco Pantani no volvió a dar positivo. Curioso ante un hombre que se pasó el último lustro de su vida enganchado a la cocaína. De hecho, en su última exhibición, en su victoria en Courchevel (donde vibramos) lo hizo a pesar de la cocaína polvo. Solo por lo que hizo en Courchevel habría que poner a Pantani en el mismo pedestal en el que se encuentra Maradona. Lo que hizo Pantani fue grandioso, no gracias a la cocaína, sino a pesar de ella.

Apenas tenía 34 años. Eran ya cinco de penurias. Su novia confirmó que su primera raya de coca fue en octubre de 1999. Cuatro meses después del positivo de Madonna di Campiglio. Aquello rompió el corazón de muchos. Semanas atrás se había marchado José María Jiménez, otro ángel de la las montañas sin el tronío del italiano. La cocaína también se había llevado por delante al ‘Chava’ con 32 años.

Miles de aficionados al ciclismo despiden a Marco Pantani en Cesenatico, su  localidad natal | Deportes | EL PAÍS
El último adiós

Luego vino el perdón. En 2014 se reabrió la investigación sobre la muerte de Marco Pantani. Dos años después se demostró que la muestra del positivo de Madonna di Campiglio había sido manipulada por la mafia siciliana. Al parecer había ingentes sumas de dinero apostadas a la derrota de última hora de Marco en el Giro de 1999. También se supo que aquel día de San Valentín de 2004 Marco Pantani había sido golpeado y obligado bajo coacción a beber cocaína diluida en agua.

Marco era grandioso.

Pero estaba muerto.

Hoy, un coqueto museo rinde homenaje a ‘Il Pirata’ en Cesenatico, no muy lejos de aquel hotel que lo vio marchar. Pero es en el Galibier, en el punto exacto donde Pantani pegó una dentellada a Ullrich durante un aguacero caído en la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en donde una estatua se alza para honrar el recuerdo imperecedero de un escalador de tronío. El último pirata de las montañas.

“Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza” Lucien Van Impe, ganador del Tour de Francia y hexacampeón del maillot de la montaña.

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Pantani; una vida sin paracaídas (1ª parte)

Nueve días antes habíamos perdido la inocencia. Un tráiler del equipo Festina había sido parado en un control aduanero y lo que era un vehículo pesado de dos ruedas se convirtió en una farmacia en movimiento. Docenas de cajas de testosterona y de hormonas de crecimiento y más de 200 ampollas de Eritropoyetina (mundialmente conocida como EPO) trasmutaron a los ciclistas de héroes sacrificados en yonkis consentidos. Herido de muerte, el Tour de Francia de aquel año acabaría con diez ciclistas detenidos (entre ellos Richard Virenque, héroe nacional francés) y con siete equipos que abandonaron la carrera por solidaridad con los detenidos. Entre ellos estaban los cuatro conjuntos españoles (Banesto, ONCE, Kelme y Vitalicio Seguros), decisión, que, con el paso del tiempo, no deja en buen lugar a ninguno de ellos.

El caso es que, en medio de semejante panorama desolador, nueve días después de aquello, el Tour iba a presenciar una de sus jornadas más legendarias. Quizás, la mayor hazaña del último cuarto de siglo. Era la decimoquinta etapa del Tour 1998 y se recorrían 189 kilómetros entre Grenoble, capital de los Alpes franceses, y la cima de Les Deux Alpes tras transitar por la Croix de Fer y por el temible Galibier, este último a 50 kilómetros de la línea de meta.

Dossier – Recorridos históricos de las GV – 1995-2007 | Plataforma  Recorridos Ciclistas
Grenoble-Les Deux Alpes

Jan Ullrich había cogido el amarillo en la octava etapa tras ganar la contrarreloj de Correze. Era Ullrich una locomotora de impresionante pedalada y anchas espaldas que estaba llamado a ser el sucesor de Miguel Induráin. Era el vigente ganador del Tour y contaba con apenas 24 años. La magnificencia con la que había ganado el Tour el año anterior hacía sonrojar cualquier victoria del gigante navarro. Ullrich tenía igualmente controlada la edición de 1998. A la altura de esa decimoquinta jornada, el coloso alemán contaba ya con cinco minutos de ventaja sobre Marco Pantani, un irregular y excelente escalador que meses antes había salido triunfante del Giro de Italia.

Antes, en los Pirineos, primero en la etapa con final en Luchon y luego en la de Plateau de Beille, Pantani llegó a recortar minuto y medio ante un Ullrich que se limitaba a controlar el grupo principal y permitir márgenes poco preocupantes. Llegaron así los Alpes, y con ellos un radical cambio climatológico. Del sol de los Pirineos se pasó a la lluvia, al frío y a un ocasional y doloroso granizo.

Con las piedras de granizo cayendo de costado al pie del Galibier, Fernando Escartín lanzó dos latigazos. Ambos fueron contestados por Ullrich sin cambiar el rictus de su rostro. Al tercer intento Ullrich dejó marchar al pequeño escalador aragonés mientras mandaba a sus compañeros de equipo mantener un ritmo sosegado. Como en los tiempos de Miguel, nadie se atrevía a cuestionar al capo de la carrera, pero, al igual que a Induráin, a Ullrich le hacía mucho daño el frío. Donde otros vieron condescendencia, Pantani vio debilidad. ‘Il Pirata’ cambió de piñón, agarró la parte baja del manillar, dio un golpe seco y soltó un demarraje brutal. Ullrich se fue tras Pantani, pero reventó al poco de ponerse en pie. La pájara fue de época. En la cima del Galibier, a 2.642 metros de altitud, Marco Pantani aventaja a Jan Ullrich en 2’49’’. Por el camino fueron quedando Escartín y un grupo de valientes que marchaban escapados.

Fue un ataque sin sentido, una demostración de fuerza sobrehumana. Pantani era un lobo acosando a un rebaño. Una fiera desbocada demasiado endeble para vencer a la climatología. Solo aquel que alguna vez haya subido un puerto sabrá de la potencia que hay que imprimir para subir una montaña de pie con las manos bajas.

La bajada es de traca. Niebla, frío, dolor y cansancio. Pantani es un papel al que se lo lleva el viento, pero posee una determinación enfermiza. Al llegar a la falda de Deux Alpes no sólo ha conseguido mantener la ventaja, sino que ha logrado aumentarla hasta los cuatro minutos a pesar de los esfuerzos de los compañeros de Ullrich.

Comienza entonces una ascensión apoteósica. Cada golpe de pedal de Pantani es enfermizo. Favorecido por el aguacero, Pantani realiza uno de los ascensos más plásticos jamás filmados. Pedalada a pedalada asalta un golpe en el corazón de Ullrich que se deja en la meta 8’56’’. En la general la ventaja es de 5’56’’ a favor del italiano. Increíble. Al día siguiente, en la etapa de la Madelaine, Ullrich lo intentó todo, desesperado, pero no consiguió sacar a Pantani de su rueda. Llegaría a recortarle un par de minutos en la contrarreloj final, tiempo insuficiente para sacar a Marco de lo alto del pódium.

Jan Ullrich nunca sería el nuevo Induráin. Marco Pantani era el nuevo Coppi. Se convertía en el primer italiano en casi medio siglo en ganar el mismo año el Giro de Italia y el Tour de Francia. Tan sólo Fausto Coppi (1949 y 1952), Jacques Anquetil (1964), Eddy Merckx (1970 y 1972), Bernard Hinault (1982 y 1985), Miguel Induráin (1992 y 1993) y Marco Pantani (1998) han logrado semejante proeza.

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Tour 1998

Marco Pantani había nacido para volar. Su perfil cumplía el canon del escalador. Enjuto, frágil y delgado, uno de esos seres al que sólo la bicicleta le da el empaque suficiente para ser considerado un hombre. En la burra Pantani era un depredador, un pirata con carisma. Fuera de ella era un pollito asustado, pero honrado y sincero. Marco era de esas personas auténticas que no necesitaba papeles para certificar lo dicho. Llegaba con una mirada a los ojos y un sincero apretón de manos para justificar unas palabras.

Pantani había nacido ciclísticamente en el Giro de 1994. En una de esas etapas terroríficas que han pasado a mejor vida. Cinco colosos que ascender y 240 kilómetros sobre las piernas. Un trueno de apenas 24 años decidió apelar a la épica y lanzarse al vacío obteniendo una prestigiosa victoria. Al día siguiente tocaba subir el Stelvio y el Mortirolo antes de llegar a Aprica. Pantani pegó un hachazo en el Mortirolo y acabaría ganando una etapa que lo consagró como estrella, sucediendo en el corazón de los tifosi a Chiappucci el mismo día que Induráin dijo adiós a una grande por única vez en un lustro maravilloso.

Acabaría segundo aquel Giro por detrás de Eugeni Berzin y por delante de Induráin. Solo dos meses después el gigante de Villava corregía ese error y lograba su cuarto Tour consecutivo. Pantani no lograba esta vez ganar ninguna etapa, pero volvió a hacer la delicia de los aficionados. Con ataques imposibles lograba un meritorio tercer lugar en el cajón del Tour confirmándose como la gran promesa del ciclismo mundial.

Era ese un Pantani muy distinto al de años después. No había bandana en su frente. En su lugar una gorra calada en la cabeza o la frente despejada peleando con las inclemencias del tiempo. Marco intentaba luchar con su galopante alopecia peinando los escasos pelos que circulaban por su cabeza y no había visos de barba que adornaran su rostro. Por supuesto no había pendientes ni tatuajes. Solo su interminable sonrisa dotaba de juventud a un rostro que ya hacía tiempo había dejado la adolescencia.

The World of Cycling on Twitter: "Marco Pantani had his first victory as a  pro on Saturday 4 June 1994 stage 14 of the Giro d Italia.  https://t.co/gGSRuvn3Hf" / Twitter
Pantani. Giro 1994

Para 1995 era la alternativa. Era su año. Lo fue a medias. Un coche se lo llevó por delante en un entrenamiento. Se perdió el Giro. Llegó al Tour justo de forma. Ganó dos etapas, pero no brilló en la general. Dio una exhibición en Alpe d’Huez atacando a pie de puerto, cazando a Jalabert, Virenque y Escartín que marchaban escapados y metiéndole minuto y medio a Induráin en un abrir y cerrar de ojos. Pero días después su amigo Fabio Casartelli se caía descendiendo el Col de Aspet y se dejaba la vida. Pantani, hundido, desconecta y pierde una minutada. Meses después reaparece en el Mundial y logra la medalla de bronce tras Olano e Induráin tras otra portentosa exhibición montaña arriba y montaña abajo.

Con el bronce en el cuello Pantani se va a dar un baño de multitudes a Italia para acabar la temporada. Decide correr la Milán-Turín, una clásica que hoy se disputa en marzo, pero entonces tenía lugar en octubre. Tras salir de una curva, un todoterreno hace una aparición en la carretera y se lleva por delante a ‘Il Pirata’. Se trata de una fractura abierta de tibia y peroné de su pierna izquierda. El coche había surgido de un camino comunal y había atravesado la carretera sin que la organización hubiese previsto el desastre.

Eran cinco meses de baja. Fue más de un año. En el 96 no compite. El Carrera (textil) no renueva su contrato y deja el ciclismo. Se forma el Mercatone Uno (supermercados), un conjunto modesto que apuesta por Pantani como buque insignia jugándoselo todo a una carta. Unos 50 trabajadores dependen de que esa pierna izquierda vuelva a funcionar. Con la presión sobre sus hombros por primera vez en su vida, Marco comienza el Giro de 1997 de menos a más, pero en una etapa de transición un gato negro se cruza delante del pelotón y acaba besando el asfalto. Dolorido, se tiene que bajar de la burra.

No quiere correr el Tour, pero el patrocinador le obliga. Marcha a trompicones, un constipado le hace pensar en dejarlo, pero otra vez el Alpe d’Huez se convierte en su talismán. Realiza otra portentosa ascensión, se convierte en el cuarto ciclista de la historia en ganar dos veces en la montaña mágica y se llena de moral para acabar el Tour en tercera posición y volver a formar parte de la élite del ciclismo mundial.

Archivo:Marco Pantani, 1997.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Alpe d’Huez 1997

Y ese debía ser el techo de Pantani. Por entonces era inconcebible que un escalador pudiese ganar una vuelta de tres semanas. Había interminables etapas contrarreloj que levantaban un muro infranqueable para aquellos especímenes ligeros y soñadores que surcaban las montañas. El Giro o el Tour estaban diseñados para todoterrenos o para rodadores que sabían defenderse en las montañas. Lejos estaban los tiempos de Coppi, Bahamontes o Charly Gaul, escaladores con mayúsculas victoriosos en los años 50. Tan solo Pedro Delgado, vencedor en el Tour de 1988, podría ser considerado uno de esos aventureros. Era la excepción que confirmaba una regla que llevaba vigente un par de décadas.

Mas de 80 kilómetros contrarreloj y escasas etapas de montaña hacen que Marco Pantani estalle contra la organización del Giro 1998. En la primera crono ‘Il Pirata’ es doblado por Alex Zülle y adelantado por Pavel Tonkov. Otra vez a contracorriente y otra vez a ganar etapas de alta montaña que le permitan soñar con el pódium. Pero este Pantani es distinto. Se ha puesto un pendiente, se ha dejado perilla y definitivamente se ha rapado la cabeza. Aun no lleva la bandana en la cabeza, eso será una innovación que se vislumbrará en el Tour, pero ya es un pirata en toda regla.

Se sube entonces la Marmolada, uno de esos puertos dolomíticos donde el retroceso de los glaciares abre hojas de la historia. Era la primera vez que Marco asciende esos 2.050 metros. Jugando con los pedales le pregunta a un compañero de equipo cuando empieza lo más duro, a lo que éste contesta, incrédulo, que ya están en la parte más exigente. Pantani acelera el paso, arranca la moto y se escapa a 50 kilómetros de la meta. Se pone líder por vez primera en su vida. Es la maglia rosa. Dos días después vuelve a reventar la carrera y aumenta su ventaja en otra etapa dolomítica donde se quita el pendiente en medio de la ascensión para aligerar el peso, en otra icónica imagen que quedará en la retina de los aficionados.

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Maglia rosa

Llegaba Pantani a la crono final de 34 kilómetros con 1’28’’ sobre Pavel Tonkov. Insuficiente para aficionados, periodistas y ciclistas. No será así. Pantani no solo mantiene la ventaja, sino que la aumenta en un puñado de segundos. ‘Pantani è Dio’.  Es una celebridad al ancho y al alto de la bota italiana. Se le exige, se le suplica, que acuda al Tour a reeditar la hazaña lograda en tierras transalpinas. Pero Pantani no lo ve claro. Hay dos cronos de más de 50 kilómetros y las etapas que acaban en alto, aunque son durísimas, son escasas. Al final fue, y lo que allí sucedió, como ya contamos, es historia y poesía en movimiento.

‘Il Pirata’ cerraba el año 1998 con ese asombroso doblete Giro-Tour. Su reputación era planetaria. Acudía a saraos de todo tipo y se convertía en efigie de numerosas marcas publicitarias. Su imagen rebelde con perilla, bandana, pendiente y gafas de sol, lo convertían en imán para los adolescentes. Para celebrar el Tour se había teñido la perilla de amarillo, moda que muchos deportistas imitarán en los siguientes años para loar una victoria.

Marco Pantani se presentaba al Giro de 1999 como una estrella mediática. Como el hombre a batir. Y, sobre todo, como el patrón indiscutible del ciclismo de aventuras, del ciclismo espectáculo, que, esta vez sí, estaba sustentado con victorias.

Aquel 1999 se prometía feliz. Pero fue el año en el que Marco Pantani cayó a los infiernos.

Pero esa será otra historia.

Será el próximo viernes.

“Disfruto creando el vacío a mi espalda”. Marco Pantani.

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Amstel Gold Race. Guía de viaje

Son 17 millones los habitantes de los Países Bajos y son 23 los millones de bicicletas que pululan por sus calles y caminos. Son 1’3 bicicletas por habitante, por los 0’8 de Dinamarca y los, más que respetables pero inferiores, 0’6 de Japón. Ámsterdam es el paraíso de los ciclistas. Cuentan con aparcamientos de varias alturas para hacer dormitar a la burra. En las carreteras la preferencia es para la bicicleta. La cultura ciclista ya era existente antes de la II Guerra Mundial, aunque su cristalización se dio tras la crisis del petróleo de 1973 que trajo consigo un fuerte impulso público para el fomento del ciclismo.

Países Bajos, que geográficamente supera por poco el nivel del mar y cuyo punto más alto rebasa con dificultad los 300 metros, es un país loco por el ciclismo. Pero no contaba con una carrera de renombre. No es un país de gran extensión como Francia, Italia o España, los tres tenores del ciclismo, pero tampoco cuenta con la literatura y la épica de Bélgica, su mal avenida vecina. Hasta Suiza presumía de pruebas más respetadas en la historia del ciclismo.

En 1966 hubo ganas de cambiar con eso para siempre.

La Amstel Gold Race no tiene la dureza de la Lieja-Bastogne-Lieja, ni la mística del Tour de Flandes, ni es desgarradora como la Paris-Roubaix. No. La Amstel Gold Race es la menos esplendorosa del triodo de clásicas de las Ardenas, y, sin embargo, es al mismo tiempo la más bella. La Amstel Gold Race es la mayor carrera ciclista de Europa. Cerca de 20.000 cicloturistas compiten el día anterior por las mismas calzadas que serán invadidas por los profesionales al día siguiente. Son cerca de 260 kilómetros, 17 muros y 3.500 metros de desnivel asaltados por deportistas de todos los rincones del continente. Y con ese mismo entusiasmo, y con cerveza en mano, todos ellos se unirán a transeúntes, vecinos y nativos para, a golpe de cuneta, rendir pleitesía a los esforzados de la ruta. No existe prueba de un día con un ambiente tan perfecto como el de la Amstel, donde todo ocurre en una circunferencia de 40 kilómetros de diámetro. No existen los atascos, profesionales y aficionados conviven codo con codo y fiesta y pedaleo permanecen unidos e indivisibles para siempre.

Amstel Gold Race: Recorrido y equipos - Ciclo21
Amstel 2023

Fue Herman Kroft el que ideó la carrera. Kroft era el director del equipo ciclista Amstel, la cerveza que toma su nombre del río que discurre por la bella Ámsterdam. Hoy propiedad de Heineken, en su día Amstel fue la primera cerveza en usar la lata con envase o la primera que utilizó una botella sin abridor. El caso es que Kroft tenía entre ceja y ceja la creación de una carrera ciclista de corte internacional en los Países Bajos. Convenció a Amstel de la idea y la marca cervecera abandonó el patrocinio de un equipo ciclista para dar su nombre a una prueba de un día con salida en Maastricht. Era 1966.

Porque es entre Maastricht y Valkenburg donde se disputa la Amstel Gold Race. Un paseo por Limburgo, la región más meridional de los Países Bajos, una lengua de tierra encajonada entre Bélgica al oeste y Alemania al este. Se trata de un cumulo de curvas y continúas subidas y bajadas donde es ejercicio complicado encontrar una recta camino del horizonte. La Amstel es la primera del tríptico de las Ardenas. La antesala de la Flecha Valona y de la fiesta final de la Lieja-Bastogne-Lieja.

La carrera nace en Maastricht, centro de Europa, ciudad que forma un hinterland propio junto a Lieja y Aquisgrán. Tres países distintos a treinta kilómetros de distancia. Así Maastricht no es neerlandesa. Es la ciudad menos nórdica de los Países Bajos. La buena cocina y la moda salpican las esquinas de sus calles de realengo. Es Maastricht ciudad fundada por los romanos y cuenta con el puente y la iglesia más antigua del país. La Basílica de San Servando es venerada por la cristiandad por estar allí sepultado el hombre que convirtió a los germanos. Es Maastricht también Mastrique, la ciudad saqueada e incendiada por Alejandro de Farnesio, cuando aquellas tierras nombraban a Dios para sostener guerras en las que primaba el dinero. Y es Maastricht la ciudad donde una bala de mosquete desgarró la garganta del conde D’Artagnan, teniente de mosqueteros de Luis XIV y que luego fue mitificado por Alejandro Dumas, aquel hijo de una costurera negra que consiguió tener a la élite francesa a sus pies.

Maastricht coge su nombre del río Maas, Mosa en castellano. El trazado cabalga hacia el norte siempre bordeando el Mosa, la arteria comercial más importante de la Edad Media. Por el camino está Meersen, donde los hijos de Carlomagno dividieron el reino de su padre en tres partes creando formalmente Francia y Alemania. En el medio de los dos colosos quedó el heredero más débil y su legado ha sumido a Europa en guerras y disputas hasta que en 1992 se firmó el Tratado de Maastricht que unió a los europeos a fuerza de billetes. Es en el Mosa, en Maastricht o en Eisloo, donde está la frontera del Sacro Imperio Romano Germánico y donde los alemanes lloran en su himno la perdida de Alsacia y Lorena tras la Paz de Westfalia de 1648.

Siempre bordeando el Mosa, y tras cruzar el puerto interior de Stein, se da por finalizado el desafío a Bélgica y se llega a Sittard, donde se gira bruscamente hacia el sureste. A partir de ahí toca disfrutar de Limburgo. Los cien primeros kilómetros son tramos de fácil pedaleo. Tiempo de fotos por la campiña neerlandesa siempre y cuando el agua no haga acto de presencia. Bellas colinas, sorprendentes aldeas, granjas de entramado de madera, ermitas campestres y castillos medievales. Paisaje verde, salpicado de arroyos y milenarios depósitos de carbón. No olvidemos que estamos en uno de los lugares donde se inició la Revolución Industrial.

Poco a poco el camino se vuelve más complejo. Siempre sin grandes desniveles, pero nunca con descanso. En Simpelveld se encuentra la iglesia de San Remigio, obra culmen del catolicismo de perfecta piedra blanca. Justo después está Nijswiller, cuyo castillo era lugar de descanso para los católicos antes de adentrarse en tierras protestantes. Estamos llegando al centro de Europa y, aunque no cruzaremos la frontera alemana, sobre nuestras cabezas siempre se proyectará la sombra de Aquisgrán, desde cuya catedral la tumba de Carlomagno vigila nuestras pedaladas.

El trazado está acicalado por diferentes cotas que varían edición tras edición, aunque muchas de ellas son de obligado cumplimiento. Está Cauberg (1.200 metros al 6%), Kruisberg (700 metros al 7%) o Bemelerberg (1.000 metros al 4,4%) está ultima, más llevadera, a un paso de la línea de meta en las últimas ediciones. Tradicionalmente la carrera se decidía tras el ascenso a Cauberg y llegada a destino, aunque en los últimos años la línea de meta espera tras descenso de la misma. Sin embargo, la rampa más dura de la Amstel Gold Race es Keutenberg donde se llega al 22% de desnivel.

Pero no adelantemos acontecimientos. Con unos 170 kilómetros sobre las piernas llegaremos al lugar donde se unen la frontera de Bélgica, Países Bajos y Alemania. Vaalserberg es una colina de 321 metros de altitud que domina los tres países. ‘Drielandenpunt’ en neerlandés. A partir de entonces comienza la traca final.

Drielandenpunt – a craziest walk – Internationales Volunteersprojekt EVKKDO
Vaalserberg

Luego la carrera puede adentrarse hacia el sur o dirigirse directamente hacia el oeste buscando Valkenburg. Según el año la idea de la organización es diferente. Lo que nunca cambia es el paisaje. Castillos, granjas de vacas frisonas y casas de madera. Bucólico, Limburgo ofrece reposo, descanso y buena cocina a escasas dos horas para los habitantes de las ajetreadas Ámsterdam, Rotterdam o Eindhoven. Limburgo se conoce en los Países Bajos por ser la meca de la buena vida. Cervezas artesanas, espárragos, estofado de carne de caballo y el ‘Limburgse vlaai’, una tarta rellena de manzana, cerezas o albaricoque.

A 20 kilómetros, ya enfilada la recta final de la prueba, aparece Eys, conocida como la Toscana de Limburgo, y en cuya colina (1.100 metros al 8%) los ciclistas lanzan sus ataques cada mes de abril mientras que al llegar el verano los lugareños intentan hacer lo mismo con un saco de 100 kilos de arena sobre los hombros. Así es desde 1956 y el ganador es el rey de las fiestas del pueblo. Los falsos llanos post Keutenberg (22%, la colina más empinada de los Países Bajos) permiten llegar a Valkenburg antes de afrontar la llegada a Cauberg. Por entonces no existe bar en la zona cuyos aledaños no estén repleto de aficionados colmados de cerveza.

Valkenburg es una pequeña ciudad de vacaciones. Lugar de descanso desde que en el siglo XIX apareció en su vida el tren, cuenta con cuevas prehistóricas, hoteles neoclásicos, teatros al aire libre y catacumbas como las romanas. Molinos de agua, casas señoriales o modernos parques de atracciones la convierten en ideal para el verano, aunque su día grande es en primavera. Es en Valkenburg donde se decide la Amstel Gold Race y son las ruinas de su castillo las que dan la bienvenida al ganador de la carrera de la cerveza.

Pero antes de afrontar el kilómetro y medio a toda velocidad por las calles de Valkenburg tras 260 kilómetros de esfuerzo, los ciclistas deben desafiar la subida al cementerio de la ciudad, situado en el alto ya referido de Cauberg (1.200 metros al 6 %). Es en Cauberg donde en los últimos años los ciclistas dan el golpe de efecto, aunque Jan Raas solía hacerlo mucho antes. Raas se convirtió en uno de los clasicómanos más laureados y temidos del pelotón mundial a caballo entre los 70 y los 80 venciendo consecutivamente en tres ediciones de la Amstel Gold Race, que ya entonces se conocía como Amstel Gold Raas. Fueron cinco entorchados en total a lo que añadió una victoria en el Mundial de 1982 con final en su, para él conocidísimo, Valkenburg.

CapoVelo.com - Looking Back When Jan Raas Dominated the Amstel Gold Race
Jan Raas

Fue sin embargo Eddy Merckx, cómo no, el que le dio renombre a la prueba. Hasta entonces la Amstel Gold Race no tenía sitio fijo en el calendario y cambiaba continuamente su lugar de salida y llegada. Los organizadores prometieron una cifra desorbitada al Caníbal si vencía en la Amstel. Era 1973. Lo hizo con tres minutos de ventaja sobre el segundo y repitió triunfo en 1975. Aquello puso en el mapa a una carrera que tras Jan Raas tiene al belga Philippe Gilbert (4) como el ciclista más laureado. A día de hoy ningún español ha salido triunfante de la Amstel Gold Race, incluido Alejandro Valverde, quien ganó cinco veces la Flecha Valona y cuatro veces en Lieja, pero fue incapaz de vitorear en tierras neerlandesas.

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Milán-Turín. Guía de viaje

En 1876 aún no se había inventado el fonógrafo. Tampoco el coche ni el avión. No existía el cine ni tampoco las Coca-Cola. No había aspirinas ni tampoco termómetros. No teníamos lavadoras ni aspiradoras, tampoco ositos de peluche o cremalleras. Nadie sabía lo que era el acero inoxidable. 1876 queda muy atrás en el tiempo.

Pero en 1876 ya existía la Milano-Torino, la carrera ciclista más antigua del mundo aun en disputa. Siempre en marzo, una semana antes de la más famosa Milano-San Remo, salvo entre 1987 y 2005 donde fue trasladada a octubre. Es la Milán-Turín una lección de historia, un remonte a través del valle del río Po, un paseo por uno de los lugares más prolíficos de la industria y la agricultura europea.

Desde que en 1876 el ciclista, naturalista y explorador italiano Paolo Magretti completó los 150 kilómetros que separan a la capital de Lombardía con la del Piamonte son más del centenar las ediciones celebradas. Hasta la I Guerra Mundial fue imposible coser dos ediciones consecutivas. Aún habría un intervalo de paralización a finales de los años 20, pero desde 1930 la Milán-Turín fue fiel al calendario salvo contadas excepciones. En el 2000 el motivo fueron unas lluvias dantescas que anegaron el valle del Po. Lo curioso es que la Milán-Turín sobrevivió con dignidad a la hecatombe de la II Guerra Mundial, pero no así a la crisis financiera de 2008. Rehusados los patrocinadores alarmados por los escándalos de dopaje en el ciclismo y acumulando pérdidas millonarias, entre 2008 y 2011 hubo que mandar al cubo de la basura a la Milán-Turín.

Al igual que la Milán-San Remo, la Milán-Turín es el último paseo del invierno. Si la primera viaja al sur en busca del sol, la segunda cabalga hacia el oeste indagando los orígenes de Italia. La primera es conservadora y la segunda explora caminos más progresistas, pero ambas son el vivo ejemplo de un deporte que, en esa eterna pugna entre progresismo y conservadurismo, siempre ha escogido la cautela a pesar de la fuerza de los vatios y de las analíticas.

La Milán-Turín es ciertamente monótona, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero también para aventureros que apuestan todos sus créditos a dar la sorpresa en la subida final. Quizás para el aficionado inexperto el pedaleo es tedioso, pero para el amante de la cultura, la naturaleza y la arquitectura, la Milán-Turín, como tantas y tantas maravillas del ciclismo, es una amalgama de excitación para la percepción.

Fue el Club Ciclista de Milán quien promovió la primera edición. Hoy es la empresa RCS Sport la que se hace cargo de la organización de la carrera, así como también del Giro de Italia. Es de las pocas carreras de renombre que no deben sus inicios a la idea empresarial de un periódico, aunque hoy sí dependa de ello, ya que RCS Sport es el brazo organizativo de ‘La Gazzetta dello Sport’. Solo hubo ocho valientes en aquel 1876, y tan sólo el ya citado Magretti y tres aventureros más consiguieron llegar a Turín. Siempre fue una prueba muy italiana y su escasez de cotas montañosas hizo rehusar a los Merckx, Hinault y compañía de intentar hincarle el diente. Cavendish, Jalabert, Bugno, Saronni, de Vlaeminck o Magni son algunos de los insignes triunfadores.

Milano–Torino - Wikipedia

La prueba debería empezar en Milán, a los pies de la Madoninna. La Asunción de María vigila a devotos, paisanos y turistas cuando se acercan a la imperial Duomo milanesa o se arriman a pecar a las cercanas galerías de Vittorio Emanuele II. Lo cierto es que los viajeros comienzan la aventura más al norte, en un pueblo, hoy ciudad dormitorio de Milán, conocido como Novate Milanese. Allí nació Vicenzo Torriani, el hombre que se puso a cargo de ‘La Gazzetta dello Sport’ y reflotó el Giro de Italia o la Milán-San Remo tras el fin de la II Guerra Mundial. La tradición hoy es olvidada y a veces los ciclistas empiezan a rodar en las también próximas San Giuliano o Magenta, famosa ésta última por una batalla de la independencia italiana de 1859 que dio nombre al pigmento descubierto ese mismo año.

De Lombardía pronto se pasa al Piamonte. Los milaneses ya tienen San Remo. La Milán-Turín es más turinesa que milanesa. Pero la Milán-Turín es, por encima de todo, la carrera del Po. El valle del Po conforma un triángulo cuyas tres partes son idénticamente prósperas. Podrido el sistema político italiano, a inicios de los 90 a alguien se le iluminó la bombilla y le dio por decir que aquello era un ente propio. Padania independiente. Es el Po el que cruza ese paradisiaco lugar de prosperidad e inquina al mismo tiempo. De admiración y odio visceral a partes iguales. En el extremo inicial del triángulo, cuando el Po pasa de niño a adolescente, están Piamonte y Lombardía. En el invierno los días son duros, ventosos, fríos y propensos a la niebla. Encerrados por altas cordilleras y solo abiertos al este, los veranos son húmedos y asfixiantes. Podrán ser ricos y poderosos, pero opresivos e industriosos, los habitantes de Padania están rodeados de una de las capas de contaminación más vigorosas de toda Europa.

Decía entonces que la carrera remonta el valle del Po. Lo hace cuando es modesto y aún no es navegable, cuando el Ticino todavía no vierte sus aguas en él para volverlo descollante. Se remonta el Po y la carrera camina hacia el norte para buscar a algunos de sus afluentes. Traspasa la barrera de la Galia cisalpina y los ciclistas dejan de ser ciudadanos romanos y se convierten en bárbaros. La bienvenida a Piamonte la da Vercelli, una pequeña ciudad anclada entre Milán y Turín. Es hermosa y serena, y, rodeada de campos de arroz, es capital de comarca. La basílica de San Andrés saluda a los ciclistas con sus tres estilos, románico, gótico y lombardo, el propio de la zona y el que sirve de enlace entre la recatada y la luminosa. De Vercelli es también el Pro Vercelli, el primer gran campeón del fútbol italiano donde jugó Silvio Piola, aun hoy el máximo goleador histórico de la Serie A.

Se cruzan entonces el rio Sesia, uno de esos lagartos de agua que llenan las tripas del gran cocodrilo. A veces se cruza más al sur por el valle Lomellina, paraje de garzas y otras aves. Por allá también habrá viñedos de uva freisa, una uva italiana que da vinos tintos como el Canavese o rosados como el Monferrato. Todo es zona de iglesias hermosas, renacentistas y barrocas a partes iguales, y donde los elementos arquitectónicos se integran con colinas, bosques y lagos. Estatuas, frescos y campanarios conforman lugares que obedecen al culto mariano.

Otras veces se cruza Dora Baltea que da al Po truchas, percas y salmones. Por allí está el canal Cavour, que riega del agua necesaria al arroz con el que poder hacer un risotto paniscia, con sus judías, su tocino y su salami, siempre regado con una botella de vino tinto. Piamonte es uno de esos lugares donde nació el ‘slow food’, la apuesta por la alimentación sana, el turismo cultural y de tenedor, cuchillo y cuchara.

A unos 50 kilómetros de Turín se encuentra San Germano Vercellese y su iglesia de Santa Águeda con su campanario lombardo, su fachada en forma de panteón griego y los frescos en su interior. En vez de seguir hacia Turín la carrera da un rodeo dirección norte hasta encontrarse con Ivrea y así poder acercarse a los 200 kilómetros de recorrido. Eporedia en tiempos romanos, Ivrea vislumbra el paso del tiempo desde un cerro en el que se levanta un castillo del cual sobreviven tres torres quedando la cuarta inutilizada por un relámpago que acabó con el polvorín que se guardaba en su interior. Al pie del cerro, se conserva el edificio Olivetti, hoy Patrimonio de la Humanidad, donde a inicios del siglo XX se diseñaron no las primeras máquinas de escribir y calculadoras, pero si las primeras que combinaron funcionalidad con hermosura.

Luego ya se desciende dirección Turín dejando kilómetro a kilómetro lo rural por lo urbano y lo añejo por lo moderno. Son múltiples los pueblos por los que el tiempo parece haberse detenido y donde la plaza, el bar y la iglesia siguen siendo el centro comunitario. Para lugares como Rivarossa, la Milán-Turín es una fiesta y una afirmación de identidad. Todo el recorrido no será patrimonio de la humanidad, pero si lo es del ciclismo y de la vida.

Se entra entonces en el gran Turín por el noroeste. A poco más de 30 kilómetros está la abadía de San Michele, localización famosa por ser donde se rodó ‘El nombre de la Rosa’, película de Sean Connery que igualó o mejoró la novela de Umberto Eco. Se encuentra tan magno lugar en el valle del Susa donde más adelante estará el Venaria Reale, la residencia de la casa real de Saboya, hecha a imagen y semejanza del parisino de Versalles y cuya Galería de Diana pretendía rivalizar con la Galería de los Espejos francesa.

Turín es una señorita, refinada, distinguida y de gustos remilgados. Primera capital de la Italia cuando el yelmo de Escipión cubrió la cabeza, Turín nos recibe con largas avenidas, calles porticadas y vastas vistas a los Alpes. Atravesada por el Po, en Turín encontramos la Mole Antonelliana, una antigua sinagoga que hoy alberga el Museo Nazionale del Cinema y que en su momento fue la construcción de albañilería más alta de Europa. Formidable también es el arcón de madera que guarda la Sábana Santa, donde dice la tradición que fue enterrado Jesucristo y que preside majestuosa la catedral de fachada de mármol blanco de la ciudad.

En Turín los ciclistas también pueden circular y admirar la vía Roma, la vía Po o la vía Garibaldi, siendo ésta última la calle comercial más larga de Europa y que desemboca en la Piazza Castello que une a todas las anteriormente citadas. Allí está el fin de fiesta tras cerca de 200 kilómetros de ritmo elevado, codazos, destrucción, colocación y velocidad. Pero cuando la Milán-Turín revivió a inicios del siglo XXI se quiso darle un vuelco a la prueba acorde a los tiempos actuales.

La principal seña de identidad de la carrera es el alto de Superga, una ascensión de dificultad media situada a las afueras de Turín y que tras su descenso da por acabada la carrera. Aunque la Milán-Turín es una prueba para velocistas, la ascensión a Superga exigía un esfuerzo extra para con los sprinteres y daba la oportunidad de victoria a los valientes. Fue en el descenso de Superga donde Marco Pantani fue atropellado en 1995 dejándolo año y medio en el dique seco. Y fue a los pies de la basílica de Superga donde en 1949 la niebla hizo trizas el avión en el que viajaba el Torino FC de Valentino Mazzola acabando con uno de los mejores equipos de fútbol de todos los tiempos.

Pero en 2012 los organizadores escogieron un final más duro y mediático, realizando un doble paso por la vertiente más dura de Superga (4,3 km al 9,1%) y finalizando la prueba en lo alto de la cima. Un trazado sin mucha dureza global, siendo básicamente llano desde la salida hasta llegar a los alrededores de Turín, pero que de pronto contaba con veinte kilómetros sin respiro encadenando dos subidas a Superga. Desde entonces se ha mantenido con asiduidad el final en alto, aunque las variantes siguen siendo múltiples. A veces finaliza en Rivoli, bella ciudad situada al oeste de Turín y de Superga, y otras se apuesta por un final más llano y tranquilo.

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Milano-Torino

En aquel 2012 aquella renovada edición dio como vencedor a Alberto Contador. Miguel Poblet, Valentín Uriona, Igor Astarloa y el gallego Marcos Serrano son los otros españoles que han vencido en Turín. Por supuesto son los italianos con 73 triunfos de 103 posibles los plusmarquistas y el maravilloso Constante Girardengo el más laureado con cinco victorias (1915, 1915, 1919, 1920 y 1923). Piamontés, Girardengo fue una de las primeras estrellas mundiales del ciclismo y un icono italiano ganador en Lombardía, San Remo y en la clasificación general del Giro de Italia.

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Delio Rodríguez

Era el verano de 1986. Los vecinos de Ponteareas nunca habían visto nada semejante. El vendaval no procedía de los vientos del ‘Nordés’ ni de las lluvias del Atlántico. Esa ventolera estaba siendo provocada por las aspas de un helicóptero. Cuando la unidad móvil de Antena 3 Radio pilotada por el comandante Lucas tocó tierra, dos hombres de modesta talla bajaron del aparato. Uno era el periodista José María García. El otro era el ciclista Álvaro Pino, flamante vencedor de la Vuelta a España 1986.

Álvaro Pino se convertía en una celebridad nacional a la altura de Marino Lejarreta y sólo superado por Pedro Delgado. Su victoria, la de un gallego de Ponteareas, sirvió para sacar del olvido a otro gallego, y también de Ponteareas, que años atrás había ganado la Vuelta a España. Un hombre que vivía en el anonimato regentando una tienda de material deportivo en la cercana ciudad de Vigo. Ese hombre, poseedor de alguno de los récords más fastuosos de la Vuelta a España, era un tal Delio Rodríguez.

Fue en 1935 cuando Delio se hizo notar por vez primera. Tenía entonces 21 años. Formó parte de los contendientes en la Vuelta al País Vasco junto a figuras del momento como Gino Bartali o Mariano Cañardo. Luego, al año siguiente, pudo competir en la Vuelta a España quedando antepenúltimo de 26 participantes. Puede parecer causa menor, pero el simple hecho de conseguir participar en una gran carrera era digno de consideración. Es una época donde el número de plazas disponibles era limitado y era el propio deportista el que debía asumir el coste del desplazamiento sin saber si obtendría triunfos que le reportaran beneficios por el sacrificio.

Como le ocurrió a tantos otros, el año 1936 fue crucial para cortar una carrera deportiva que se antojaba prometedora. Delio debe cumplir con el servicio militar y quedará asignado al llamado bando nacional dado que Galicia pronto caerá a favor de las directrices de Franco. Son casi tres años de guerra de los que se librará el resto del clan Rodríguez. Emilio, Manolo, Pepe y Pastor nacerán en la década de 1920, por lo que conseguirán mantenerse en casa alejados de las balas. Todos ellos, con mayor o menor fortuna, acabarán siendo ciclistas. Incluso Eurita, la única mujer de la familia, llegará a ganar una carrera en 1943. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos.

Delio Rodríguez Barros retomará su carrera y será en el año 1940 cuando gane sus dos primeras pruebas, la Vuelta a Álava y la Madrid-Salamanca-Madrid, iniciando así una concatenación de triunfos que le llevará a sumar un total de 139 victorias totales o parciales hasta su retirada en 1950. 39 de esas 139 victorias serán logradas en únicamente seis ediciones de la Vuelta a España, un récord que se antoja inigualable.

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Delio Rodríguez

Su primera gran actuación tiene lugar en junio de 1941. Tan sólo 32 participantes se animan a competir en la primera Vuelta a España tras el fin de la Guerra Civil. Con medio mundo en armas, por supuesto no hay presencia foránea. Es una Vuelta pobre, de carreteras agrietadas, parajes secos y escasez de víveres en cada pueblo. Se canta el ‘Cara el Sol’ al inicio de cada etapa y no existen los patrocinios. La carrera es capicúa; se inicia en Madrid, da la vuelta al país y finaliza en la capital de España. Los ciclistas compiten como independientes, sin ordenes de equipo, ni más ayuda que la de sus escuálidas piernas.

El vencedor, tanto en 1941 como en 1942, es Julián Berrendero. En 1941 lo hace apenas tres meses después de salir de la cárcel, acusado de no afecto al Régimen. El escalador madrileño había ganado el premio de la montaña en el Tour en 1936 y había aprovechado para instalarse en Francia al iniciarse la Guerra Civil. Con el inicio de la II Guerra Mundial decidió volver a España y, aunque su fama le llevaría a la libertad, hubo de pasar unos meses entre cuatro paredes. Pero si Berrendero es el vencedor, Delio es la sensación. Gana 20 etapas (12 en 1941 y 8 en 1942) y logra vestir el maillot blanco de líder en muchas de ellas. En el 42 competirá defendiendo los colores del RC Deportivo, club de fútbol que junto a otros como el FC Barcelona o el RCD Español, deciden formar agrupaciones ciclistas ante el tirón del deporte de las dos ruedas.

El récord de doce triunfos de Delio en 1941 se mantuvo en pie durante 36 años hasta que fue superado por el belga Freddy Maertens. Se trataba Delio de un fantástico rodador, un tipo de ciclista poco común en España, capaz de ganar carreras tanto al sprint como en las pruebas contra el crono y capacitado para superar la media montaña (de hecho en su palmarés hay dos triunfos en la subida al Naranco). Su carrera se vio cercenada por coincidir en el tiempo con la etapa más aislacionista del Franquismo, pero no cabe duda que sería un gran opositor a competir en carreras de un día de ámbito internacional.

Con los años más duros de la II Guerra Mundial y con una España que se moría de hambre, la Vuelta no volvió a ponerse a rodar hasta 1945. Fueron tres años de sequía, pero de los que Delio se resarcirá con su triunfo más lustroso.

La Vuelta a España de 1945 comenzó el 10 de mayo, escasamente 48 horas después del fin de la guerra en Europa. En sentido contrario a las agujas del reloj se salía de Madrid para volver a la capital. Fueron 51 los participantes. 43 de la casa y ocho portugueses, el único país capaz, tanto por ideología como por logística, de enviar corredores a España. En la primera etapa Julián Berrendero se hace con el liderato al atacar en el Alto de los Leones, al poco de salir de Madrid, y sumar más de seis minutos de ventaja. No era situación ideal para el periódico católico ‘Ya’ el cual se había encargado de preparar y sufragar los gastos de organización. El favorito ya era líder destacado tras poco más de 200 kilómetros de los cerca de 4.000 que había que recorrer.

Y la situación inconcebible se refrendó en la segunda etapa. Camino de Cáceres, la lluvia arrecia con fuerza y hace barro unas carreteras en las que el asfalto escasea y los agujeros abundan. Delio Rodríguez se marcha fugado junto a otros corredores y con su potencia y su costumbre a rodar bajo esas condiciones se queda sólo en el Alto de Béjar. Ayudado por la diosa fortuna que se ceba con los demás favoritos a base de caídas y pinchazos, Delio vuela en el llano que le lleva a Cáceres y se viste de líder con cerca de media hora sobre el segundo clasificado.

A partir de ahí Delio se dedicará a ganar las etapas al sprint y a mantener a raya a los escaladores en las etapas de montaña. Podría parecer un triunfo menor, pero nada más lejos de la realidad. Delio mantiene la ventaja y gana la general con 29’58’’ de diferencia sobre Berrendero, quien fue incapaz de recortarle minuto alguno a Delio en toda la Vuelta. Aun hoy sigue siendo la mayor diferencia entre primero y segundo que se ha dado en la Vuelta a España. Y todo parece indicar que el registro se mantendrá inalterable con el paso del tiempo.

Loor de multitudes

Al año siguiente Delio no podrá repetir triunfo y se tendrá que conformar con un quinto puesto, aunque la familia Rodríguez Barros podrá celebrar el triunfo en el premio de la montaña de Emilio. Es Emilio muy distinto a Delio, en el sentido de que su fuerza está en las ascensiones y su debilidad se vislumbra a la hora de rodar con potencia. Ambos hermanos coexistirán durante unos cuantos años, de tal forma que en 1947 Delio acabe tercero en la general y sumando ocho etapas y Emilio finalice cuarto a un paso del pódium logrado por su hermano. Aquella Vuelta comenzó como Delio de líder hasta que en el Alto de Arrate fue incapaz de mantenerse con los mejores y se vio penalizado con diez minutos de sanción por agarrarse a un coche a un paso de coronar la cima del monte guipuzcoano.

Ese fue el fin deportivo de Delio (1916), el más grande del clan Rodríguez Barros. Su hermano Pastor (1922) consiguió meterse entre los quince primeros de la Vuelta en dos ocasiones. Manuel (1926) fue segundo en la Vuelta a España de 1950, la cual fue ganada por Emilio (1923), quien también sumó otro triunfo en el Gran Premio de la Montaña. Es Emilio, con esa victoria en la Vuelta y un total de seis etapas parciales, el hermano más laureado por detrás del gran Delio.

Parlamento Ciclista - Se cumplen 100 años del nacimiento de Delio Rodríguez  - El Baúl de los Recuerdos
Delio, Emilio, Manuel y Pastor

Pero tanto Emilio como Manuel puedan presumir de algo con lo que Delio nunca pudo soñar. En aquellos años de hambre y miseria en los que los corredores deambulaban por España en busca de vino para sus bidones porque el agua escaseaba, era impensable cruzar los Pirineos para cruzar el Tour. Cuando Francia vuelva al ruedo en 1946 a nadie se le ocurriría invitar a un equipo español para competir en el Tour. Los patrocinadores como Galindo o Pirelli se limitaban a dar material a sus ciclistas y poco más. Y la Federación Española de Ciclismo tenía vetada su presencia en Europa, al igual que cualquier otro organismo controlado por el aparato franquista.

Así que cuando en 1949 Jacques Goddet decida abrir la mano e invitar a un equipo español al Tour de Francia recordando a aquellos locos de la montaña que en la década de 1930 habían encandilado al público galo, será motivo de celebración en toda España. La Federación prometerá un saco de 75 kilos de azúcar para cada participante. Oro blanco para la España famélica de entonces. Ninguno de aquellos valientes recibirá compensación alguna. Ni en forma de monedas ni en forma de azúcar. El oro blanco se perdió en el mercado negro mientras los ciclistas surcaban las carreteras francesas. El caso es que Emilio fue uno de aquellos seleccionados (acabó corriendo el Tour tres veces y únicamente finalizando la prueba en una ocasión). Manuel lo haría en dos ocasiones a inicios de los años 50 (su mejor posición fue un 44º puesto). Mientras que Delio, ya al borde de la retirada, tuvo que dejar el ciclismo sin disputar nunca la prueba fetiche por excelencia.

Lo cierto es que fue tan nefasta la actuación española en el Tour de 1949 que al año siguiente la Federación decidió no enviar a ciclista alguno allende los Pirineos. Tocado el prestigio del ciclismo nacional, el diario ‘Ya’ decidió a finales de 1950 dejar de financiar y organizar la Vuelta a España. No volvió a haber prueba ciclista de tres semanas hasta 1955 cuando Alejandro Echevarría, director de ‘El Correo Español-El Pueblo Vasco’ asumió el control de la Vuelta y la dotó de modernidad. Instauró el maillot amarillo, buscó nuevas llegadas, asumió los patrones de exigencia del Tour, llevó la Vuelta a zonas turísticas y sacó el inicio y el fin de Madrid para llevar el fin de fiesta al País Vasco. Desde entonces, desde ese 1955, la Vuelta se ha celebrado de forma anual e ininterrumpida.

Nace así la edad de oro del ciclismo español. Con Bernardo Ruiz, Loroño, Bahamontes y más tarde Pérez Francés, Julio Jiménez, Fuente o Ocaña. Todo lo ocurrido antes de 1955 queda en el olvido. Delio decidió retirarse en 1950 y cuando en 1955 Emilio tenga su primera oportunidad de defender su título logrado un lustro atrás ya será un ciclista alejado de sus grandes años.

Cheste acoge la llegada de la carrera CIFESA – Bandú – Cheste
Recuerdos

Delio Rodríguez falleció en Vigo víctima de un cáncer de próstata en el año 1994. En 2019, para conmemorar el 25 aniversario de su fallecimiento, se organizó una marcha cicloturista desde Madrid a Valencia en recuerdo de una carrera que se disputó a inicios de los años 40 y que Delio logró ganar en tres ediciones consecutivas. Es el único recuerdo existente para el ciclista que más etapas ha ganado en la historia de la Vuelta a España y del que los organizadores actuales poco o nada quieren saber. Un ciclista de Ponteareas, localidad que con Delio (1945), Emilio (1950) y Álvaro Pino (1986) es la población española con más vencedores distintos de la Vuelta a España. Algo descomunal para un ayuntamiento de apenas 20.000 habitantes.

Palmarés Vuelta a España de Delio Rodríguez (cabe tener en cuenta que de 1936 a 1954 sólo se pudieron organizar ocho ediciones de la Vuelta)

Vuelta 1936 (24º) 0 etapas

Vuelta 1941 () 12 etapas y 2 días como líder

Vuelta 1942 () 8 etapas

Vuelta 1945 () 6 etapas y 18 días como líder

Vuelta 1946 () 5 etapas y 1 día como líder

Vuelta 1947 () 8 etapas y 11 días como líder

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Cuando Hinault ganó al sprint en los Campos Elíseos

Ambos con gorra calada en la cabeza. Ambos con visera en contra dirección. Uno con cuadro rosa y manillar en blanco, a juego con los colores del Ti-Raleigh. El otro con bicicleta azul, pantalón negro y ‘jaune’ resplandeciente, túnica sagrada al viento. Ambos, primero y segundo en la general, agotados por el esfuerzo, escudriñados por las miradas embobadas de cientos de conductores y motoristas, de miles de transeúntes y de algunos de los lugares más hermosos jamás concebidos por la mente y la capacidad técnica del ser humano.

Así rodaban, Campos Elíseos arriba y Campos Elíseos abajo, Bernard Hinault y Joop Zoetemelk, primero y segundo clasificado del Tour de Francia de 1979.

Tour de France : 5 arrivées de légende sur les Champs-Ely... - Télé Star
Zoetemelk e Hinault

Salvo que a los organizadores les dé por plantar una contrarreloj el último día (como en la memorable edición de 1989 en la que Lemond superó en ocho segundos a Fignon tras el famoso despiste de Perico en el prólogo) la etapa final del Tour consiste en un paseo turístico por el centro de París. La clasificación final ha quedado grabada en piedra la jornada anterior, por lo que ese día el Tour se convierte en una fiesta para cicloturistas. Una exhibición de héroes de las dos ruedas ante el caluroso publico galo.

En los primeros kilómetros de la etapa abundan las bromas. Hasta el champán corre entre los ciclistas mientras los unos y los otros posan para la posteridad. El más solicitado por los hacedores de retratos es el maillot amarillo, quien junto a sus compañeros de equipo lidera el pelotón en la primera de las muchas veces que el circuito pasa por la avenida más glamurosa sobre la faz de la Tierra. También hay sitio para los hombres del pódium, el maillot de topos rojos de la montaña o para el verde de la regularidad. Todos, en mayor o menor medida, reclaman su momento de gloria por ser alguno de los supervivientes que, tras tres semanas de agonía, son aclamados por la gente y sucumben ensimismados por la belleza de los Campos Elíseos.

No fue así en 1979. Lo de aquel 22 de julio de 1979 fue una locura. Una bendita locura.

El ganador de aquel Tour era Bernard Hinault. Por entonces era su segundo Tour. Con el tiempo vendrían tres más. A Hinault le apodaban ‘Le Blaireau’. En castellano, ‘El Tejón’. En nuestro mundo urbanita no somos capaces de apreciar el acento rural de tan acertado apodo antropomórfico. En los pueblos no se le tiene cariño alguno al tejón. Destroza los cultivos, entra en los gallineros y revienta los setos. Lo normal es juntarse con un grupo de lugareños y sus fieles perros y pasarse una mañana matando tejones.

Suceso inexplicable, sanguinario y horrendo para el ‘urban style’.

Pero el tejón, aún a regañadientes, es un animal respetado en el campo por su inmensa fuerza y tenacidad. Cuando le atacan vuelve a su madriguera, se recompone y vuelve a la carga. Y así era como competía Bernard Hinault, como un animal orgulloso e insoportable. A diferencia de Eddy Merckx (‘El Caníbal’) a Hinault (‘El Tejón’) había que azuzarlo para que fuese a por la victoria. Quizás Merckx sea el más grande, pero, en cuanto a fuerza bruta, en cuanto a competir por el simple hecho de competir para demostrar su valía, no ha habido nadie como Bernard Hinault.

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El Tejón

El Tejón’ llegó a los Campos Elíseos tras tres semanas de dominio absoluto y siete victorias de etapa. El segundo, a más de diez minutos, era el holandés Gerardus ‘Joop’ Zoetemelk, un hombre que iba a sumar por quinta vez un segundo puesto en el Tour. Tras haber soportado la tiranía de Merckx durante un lustro ahora le tocaba aguantar el absolutismo del irreductible Hinault. El tercero y el cuarto, el portugués Joaquim Agostinho y el neerlandés Hennie Kuiper respectivamente, acabaron a unos 27 minutos del francés. Las distancias que marcaba Hinault con los demás eran siderales.

No obstante, la diferencia entre Agostinho y Kuiper por el tercer cajón del pódium era escasa. Aunque el guion establecía un ‘pax romana’ no era la primera vez que alguien intentaba lo imposible durante los primeros kilómetros de la etapa final. Así que Kuiper demarró en cuanto pudo y Agostinho se pegó a su rueda como gato siamés. La carrera discurría por el valle de Chevreuse, al sur de Versalles, a unos 100 kilómetros de los Campos Elíseos. Pronto Kuiper entendió que el intento era infructuoso y que había que enterrar el hacha de guerra.

No fue así para el patrón del Tour. Fuese por el simple hecho de competir o fuese porque el tejón se había visto atacado, Hinault decidió que aquel día no habría paseo por Paris. Arrancó la moto y se balanceó con la furia de una manada rumbo al infinito.

Solo Zoetemelk consiguió aguantar la embestida y pegarse a su rueda. Era algo inaudito. Eran dos aficionados, en el buen sentido de la palabra. Dos chicos que estaban pasándoselo bien.

Hinault nunca fue un hombre de mantener las formas. Y aquella era la prueba. Consiguió una ventaja de unos cientos de metros y luego de más de un minuto. Simplemente decidió no parar. Esperó deliberadamente a que llegara a su rueda Zoetemelk para que el paseo fuese más divertido. “Dos tipos diminutos paseando en bicicleta por una avenida vacía no es algo que se ve todos los días”, diría después.

Hinault y Zoetemelk se reían y se atacaban mutuamente mientras el pelotón se hacía trizas y marchaba con la lengua de fuera. Eran dos adolescentes que se ponían rueda con rueda y esprintaban retándose a ver quién aguantaba más. Cuando uno conseguía marcharse inmediatamente frenaba y esperaba por el otro. Cyrille Guimard, el espartano director de Hinault, se llevaba las manos a la cabeza con aquel espectáculo, mientras el tejón ignoraba sus consejos.

En la última vuelta por el circuito parisino, cuando tocaba la última entrada triunfal a los Campos Elíseos, Zoetemelk se dirigió a Hinault y le dijo algo así como déjame ganar la etapa que total tú vas a ganar el Tour. Los ojos ya de por sí pequeños de Hinault se empequeñecieron aún más. Esbozó su media sonrisa de Tejón y dio comienzo el sprint.

No hizo falta foto finish.

Bernard Hinault ganó con claridad la etapa. El pelotón llegó hecho trizas. Una treintena de corredores llegó a más de dos minutos. El siguiente grupo lo hizo en más de siete. Aquellos dos tarados habían convertido en migajas a más de una centena de ciclistas profesionales en una etapa completamente llana y relativamente cómoda.

Fue un espectáculo igual de precioso como de surrealista. Aquel era el primer Tour que fue retransmitido por una televisión estadounidense. Los comentaristas yankees iban de un lado a otro preguntando qué era lo que estaba sucediendo. No entendían nada. Les habían dicho que la última etapa era un paseo cuyo fin era mostrar Paris al mundo. Era normal su incredulidad. Aquello ni tenía precedente ni explicación.

Hinault hizo una exhibición de poderío gratuita. Simplemente porque podía y porque le dio la real gana. Nadie había visto nunca a un maillot amarillo hacer algo así y nadie volverá a vérselo hacer nunca jamás. Por eso lo hizo Hinault. Porque era un reto. Porque le apetecía. Porque le gustaba competir.

¿He dicho que la hazaña nunca volverá a repetirse?

Pues hubo una vez más.

Fue en 1982. Era el cuarto Tour del ‘Tejón’. Esta vez Hinault cumplió con la tradición. Se hizo las fotos de rigor, rodó con el resto de pelotón y se tomó las cosas con calma. Hasta que llegó la ‘flamme rouge’, el último kilómetro, cuando los velocistas mandan a sus pretorianos poner un ritmo infernal para luego llevar a su rueda a esos locos que se jugarán la victoria a 70 kilómetros por hora con no más protección que su piel y sus huesos.

A Hinault se le cruzó el cable y le dijo a Charly Berard, uno de sus gregarios, que lo llevara hasta los últimos 500 metros. Berard no entendía nada, pero por supuesto hizo lo que su amo y señor mandaba. Luego la fuerza bruta de Hinault hizo el resto. Se metió en medio de los sprinters, recibió un codazo de bienvenida en las costillas por obra y gracia de Sean Kelly y mantuvo la velocidad suficiente para volver a salir vencedor en los Campos Elíseos. Era su segunda victoria en las calles de Paris. Es, por supuesto, el último ganador del Tour en ganar en la etapa fin de fiesta. Y es, por supuesto, el único que lo ha hecho en dos ocasiones.

Ganadores de Tour de Francia ganando al sprint en la llegada del Tour a  París desde 1947 - Ciclismo sin filtros
Campos Elíseos 1982

“Si alguien golpea a un tejón con una pala en la cara el tejón comenzará a roer esa pala. Es el único animal capaz de hacer algo así. Me considero totalmente de acuerdo con esa visión de mí mismo”. Bernard Hinault.

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