brasil

Explicando a Pelé (2ª parte)

Coruña 1959. Riazor. Junio. Trofeo Teresa Herrera. Partido único. Santos FC vs Botafogo FR. Pelé frente a Garrincha. Siete campeones del mundo sobre el campo. Se cuenta que había gente situada encima de la torre de maratón. Otros parecían gravitar sobre el voladizo de la grada de preferencia. 38.000 fue la cifra oficial. De 50.000 no bajaba según las crónicas. El Santos ganó por 4-1 incluyendo un soberano gol de Pelé deshaciéndose de varios contrarios. Fue lo nunca visto. El mejor partido de la historia del torneo. Días antes el Santos había colgado el cartel de no hay billetes en el Bernabéu en el que fue el único enfrentamiento entre Di Stéfano y Pelé y que acabó con victoria del Real Madrid por 5-3.

Paris 1960. Colombes. Junio. El Santos viene de jugar cinco amistosos en diez días. Está en Paris. Es un triangular. Los paulistas frente al Stade Reims y el Racing de Paris. Pelé está lesionado. No puede jugar, pero tiene que jugar. Su caché es el que le da vida al equipo. Dorval tiene una idea. Es joven y es negro como ‘O Rei’. Junto a Mengalvio, Coutinho y Pepe formaban la delantera del ballet blanco del Santos. Todos excelentes, pero sin Pelé el brillo del ballet se desvanece. El caso es que Dorval sugiere ponerse el ‘10’ pensando que la multitud será incapaz de reconocer a un garoto al que solo han visto en fotos. Dicen que hay 80.000 personas apiladas, el doble de la capacidad permitida. Dorval salta al campo, el juego se inicia, pero hay que pararlo. La pitada es demencial. No hay distrito de Paris que no se estremezca ante tales silbidos. Pelé salta al campo. El embuste es descubierto. Juega lesionado los noventa minutos. El Santos domina por 5-3. Dos días después vuelve a ganar, en este caso al Racing de Paris, por 4-1. Pelé juega ambos choques.

Era y es Paris capital del mundo. Lugar multicultural, brillante, vanguardista, donde el fútbol no es nada, apaciguado por la infinidad de ofertas que la megalópolis ofrece a los sentidos. Era Coruña ciudad pequeña, modesta, arrojada en una esquina del Atlántico para uso mundano, donde el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Pero el efecto de Pelé fue el mismo, tanto en una ciudad como en la otra. Aquel atleta de velocidad sostenida, sonrisa perenne e ingenio máximo, ejercía la misma fascinación por grande o pequeño que fuese el escenario preparado para sostener su grandeza.

Una galaxia llamada Riazor
7 campeones del mundo en Coruña

Pelé era un circo. Desde que con 17 años fue coronado como ‘O Rei’ tras salir victorioso en Suecia, fue transformado en mito viviente. Para los brasileños Pelé es el summum. Es el hombre que hizo que un país pobre y olvidado pasase a ser conocido en todo el mundo. Pelé fue y será el embajador más trascendental del país del orden y el progreso. El fútbol en Brasil lo es todo, porque solo en fútbol puede presumir Brasil de ser vanguardia. Y lo es porque aquel chico de 17 años proclamó a Brasil campeón por encima de todos en 1958. Luego vendrían otras dos veces más. Y desde entonces Brasil es el rey del planeta fútbol. El rey del ‘jogo bonito’.

Pelé fue explotado hasta la saciedad. Llegó a jugar dos partidos en menos de 24 horas. Y no ocurrió en una ocasión aislada. Hasta nueve veces tuvo lugar tal aberración. Pero el culmen del paroxismo fue cuando se le contabilizaron tres partidos en 48 horas. En 1959 se le contaron 22 partidos amistosos con el Santos en 14 países diferentes en el plazo de seis semanas.

Y no eran partidos amistosos. Eran partidos a muerte. Partidos en los que había que salir a ganar. Pelé no jugaba en Europa. Pelé no jugaba la Copa de Europa. La oportunidad de ver a Pelé frente a Di Stéfano, Cruyff, Eusebio o Best era fascinante. Lo era para los aficionados, para el espectáculo, para el negocio y para los propios jugadores. Si Pelé quería demostrar que era el mejor, sólo tenía el Mundial y los amistosos para ejercer su dominio.

Y tenía que jugarlo todo. Todo. Los noventa minutos. No eran amistosos. Eran compromisos ineludibles. En todos y cada uno de los partidos que el Santos de Pelé jugó por medio mundo, en más de 300 partidos amistosos, siempre se colgó el cartel de no hay billetes. Perenemente. Pero siempre tenía que estar Pelé presente. Pelé no se podía permitir un descanso. Tenía que jugar y tenía que jugar bien. Ese chico que había ahorrado hasta el último céntimo para poder ver a Pelé no iba a tener otra oportunidad en su vida. Y Pelé lo sabía. Era una responsabilidad que llevaba grabada a fuego en su corazón.

Pelé forjó su leyenda sobre campos embarrados, secos o pelados. Con patatas redondas como balones, como leí acertadamente en la prensa en estos días. Y lo hizo cada cuatro años con la selección brasileña, pero también semana tras semana con el Santos. River, Boca, Benfica, Anderlecht, Sporting Lisboa, Inter, Real Madrid o Barça. Todos se midieron a Pelé, un abrepuertas de alcance internacional. En 1959 fueron hasta 36 los partidos amistosos con solo cuatro derrotas a cuestas. El Santos venció a la selección de Bulgaria (2-0), al Anderlecht (4-2), al Feyenoord (3-0) o al Inter (7-1). La victoria ante los italianos corregía una derrota acontecida apenas quince días antes. Aquel día a Pelé le dio por meter cuatro goles en apenas un cuarto de hora de juego.

Pelé había marcado en el Bernabéu, aunque había claudicado ante el entonces tetracampeón europeo. También anotó en el Camp Nou, donde el Santos bailó a un Barça sin Ramallets y Luis Suárez por 1-5. Como el caballo de Atila. Así pasaba Pelé por los campos europeos. La experiencia española se repitió en 1960. Aquí fueron menos amistosos, un total de 20, saldados con únicamente dos derrotas. Se venció a la selección de Polonia (5-2), a la de Bélgica (3-1) o a la Roma (3-2). Una de las dos derrotas tuvo lugar en el Camp Nou. En la revancha del año anterior el Barça se puso 4-0 al descanso con goles de Luis Suárez y Kubala. Era el cuarto partido del Santos en ocho días. Estaban muertos. El Camp Nou pitaba a los brasileños en una noche veraniega pasada por agua. ‘O Rei’ no podía consentir la afrenta y en la segunda parte descargó un torrente de fútbol que los más veteranos aun consideran de lo mejor que han visto en el coliseo azulgrana. Pelé cogió el balón y empezó a trazar jugadas imposibles. Le dio dos goles hechos a Pepe y metió el 4-3 a diez minutos del final. Solo los postes impidieron que el Santos empatase el partido. Pero daba igual. El Santos perdió, pero la ovación a Pelé fue escandalosa.

Durante el primer quinquenio de la década de 1960 Pelé fue de largo el mejor futbolista del mundo. Fueron unos años brutales donde Pelé jugaba cerca de noventa partidos anuales a razón de noventa minutos por choque. El caché de Pelé duplicaba al del resto del equipo y no podía ser sustituido salvo que hubiese lesión de por medio. El Santos era un equipo pequeño. Vila Belmiro, el lugar donde Pelé construyó su mito y donde fue velado en su entierro, apenas acogía a 20.000 almas, palideciendo ante bestias de hormigón y cemento como Morumbí, Porto Alegre, Mineirào o Maracaná. Ante Corinthians, Flamengo, Fluminense, Palmeiras o Botafogo.

Pele - Santos Futebol Clube, 8x10 Color Photo | eBay
‘O Rei’

Extenuado, Pelé duró hasta 1966. Ese fue el año en el que pensó en dejar el fútbol. Tenía 26 y había sido cosido a patadas en el Mundial de Inglaterra. Allí fracasó, pero con el Santos viajó por vez primera a Estados Unidos para jugar un triangular ante el Benfica y el Inter, los dos colosos europeos del momento. Salió victorioso. Pelé era ‘O Rei’.

A partir de entonces los amistosos pasaron de ser duelos a cara de perro a jornadas festivas. Pero tampoco podemos entender la magnitud de Pelé sin esos viajes por medio mundo. Fueron 72 países y 17 pasaportes distintos. En mayo de 1967 se fueron de gira por el África subsahariana para partir más tarde a Italia y Alemania. En 1969 regresó a África por una nueva gira en la cual estuvo esta vez en el Congo y Nigeria. Allí en Biafra llegó a parar una guerra. Hubo que decretar un día de tregua para que el Santos pudiese jugar. Rodeado de soldados, Pelé jugó un extraño partido en Lagos. Verlo jugar valía una tregua y mucho más. En otra ocasión fue expulsado por un árbitro en un amistoso en Colombia. Habían anulado un gol a Pelé y ‘O Rei’’, enfadado, insultó al trencilla. De repente hubo que parar el partido ante la cantidad de objetos que el respetable lanzaba al césped. Pelé salió de los vestuarios y volvió al campo. El colegiado hubo de marcharse del recinto. El partido continuó hasta el final sin árbitro de por medio.

En 1967 visitó Gabón, Congo y Costa de Marfil antes de volar a Alemania e Italia, para luego ir a Estados Unidos y regresar a Europa. En 1969 estuvo en Yugoslavia antes de volar a Marruecos. Fueron cuatro partidos en seis días. La locura era la misma. Pero el rendimiento no lo era tanto. Pelé era entonces un objeto de feria, pero seguía llenando estadios, colapsando aeropuertos y deslumbrando a rivales. No eran partidos colapsados de magia, pero siempre había un destello, una finta, un gesto, un gol, que cambiaba todo lo antes conocido. En esos años Pelé también ejerció de portero. Cuando el rival era débil, especialmente si era africano, a Pelé le daba por jugar un tiempo como guardameta. Y era excelente. El Santos nunca tuvo portero suplente. Pelé, que debe su ‘apelido’ a Bilé un arquero brasileño al que Edson idolatraba de niño, era un fantástico guardameta. Celebre es una semifinal de copa ante el Gremio en la que Pelé tuvo que jugar de portero por la expulsión de Gilmar. En la primera parte como delantero ‘O Rei’ metió dos goles. En la segunda como portero salvó un par de ellos al poco del final.

Por el camino llegó el gol 1.000. En otro elogiado encuentro. Santos vs Vasco. Maracaná. Penalti. Los compañeros de Pelé esperaban en el centro del campo para felicitarlo. A nadie se le pasaba por la cabeza que pudiese fallarlo. Nunca antes estuvo tan nervioso. Ni en un Mundial. El árbitro confesaría más tarde que pitó el penalti porque deseaba ser protagonista de la historia. Pelé no quería tirarlo. Quería que el gol 1.000 fuera mágico, que los defensas se dieran la vuelta y miraran a la red para contemplarlo. No quería que fuese desde el punto fatídico. Pero 100.000 personas se lo reclamaron. Se hizo silencio en el estadio más bullanguero del mundo. Fueron doce pasos eternos hasta que el mundo saltó de alegría.

O milésimo": la historia detrás del gol 1.000 de Pelé
El gol 1.000

Para la temporada del 73 Pelé acababa contrato con el Santos. Contaba con 33 años, y tras su advenimiento como leyenda a color en México, apuraba sus últimos partidos. El Santos se embarcó en su última gira. Durante esos últimos doce meses el Santos se propuso que ningún país del mundo se quedase sin ver a Pelé. Se viajó a Sudamérica, Caribe, Norteamérica, Europa, Asia y finalmente Australia. Volvieron a Brasil para jugar compromisos oficiales y luego vuelta al avión. Viajaron por el Golfo Pérsico, África, Alemania, Bélgica, Francia e Inglaterra. Luego cruzaron el Atlántico a Estados Unidos para jugar ante el Baltimore Bays. En ese partido Pelé anotó el único gol olímpico de toda su carrera. En otro encuentro un defensa alemán sacó un tiro de Pelé bajo palos. La afición local reprochó el desagravio. Pitado y hundido, el teutón pidió a su entrenador salir del campo apenado por osar contradecir a su majestad.

Luego vino el último partido en España. Trofeo Carranza. Barça vs Santos. Cruyff contra Pelé. Ganaron fácil los azulgranas por 4-1. Pelé anotó de penalti. Cuando era joven aborrecía tirarlos. El lanzador era Pepe, aquel fino volante bautizado como José Macia hijo de ourensanos. “El penalti es el gol de los cobardes”, decía ‘O Rei’. Ahora ya no lo era. Cansado, viejo, destrozado por viajes y patadas, Pelé debe aferrase al más cobarde de los actos para dar brillo a sus actos.

Pelé tenía 17 cuando se convirtió en rey. Una veintena cuando fue declarado tesoro nacional y se impidió su exportación. Ganó tres Mundiales. En su apogeo era un cuchillo y los defensas se perdían en los laberintos que su trazo dibujaba. “Antes del partido pensé que era de carne y hueso como yo. Luego comprendí que estaba equivocado”, diría Burgnich tras aquel gol ante Italia en México en el que Pelé se suspendió en el aire como si en una escalera se apoyase. Todo eso es Pelé. Pero si queremos entender como Pelé hizo universal su corona, no existe mejor forma que explicando el porqué de aquellas exhaustas giras del Santos por todo el planeta.

https://www.youtube.com/watch?v=qQNr9EkOPa0

“Pelé te hacía las tres. La fácil, la difícil y la imposible”. Roberto Perfumo, defensa argentino.

“Nunca habrá otro Pelé, porque mis padres cerraron la fábrica”. Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’.

Otras historias sobre Pelé

Explicando a Pelé (primera parte del artículo)

Desglosando al mejor de la historia (sobre el eterno debate en relación al más grande en varios artículos)

Los siete balones de oro de Pelé (una corrección histórica sobre los balones de oro que ‘O Rei’ no pudo ganar)

Brasil del 70 (el equipo más hermoso que el fútbol haya parido a través de dos artículos)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (Pelé, Ronaldinho, Zico, Bebeto y demás apodos que adornan a los ases del balón)

Benfica 2-5 Santos (Eusebio contra Pelé en una apasionante final de la Copa Libertadores)

Evasión o victoria (Stallone, Caine y Pelé en la película de fútbol más famosa de todos los tiempos en dos partes)

Leer más

Explicando a Pelé (1ª parte)

Se ha escrito tanto, se está escribiendo y se escribirá tanto sobre Pelé que poco o nada podré aportar. De hecho, yo ya he escrito sobre ‘O Rei’. Sobre su legendario partido ante el Benfica de Eusebio, sobre sus hipotéticos siete balones de oro, sobre el eterno debate acerca de quién es el mejor de todos los tiempos, en relación a aquel icónico equipo de Brasil en 1970 y hasta sobre su película con Stallone. Y se puede hablar de muchas más cosas. Del Mundial que ganó con 17 años, de sus no goles, de su aventura estadounidense o hasta de sus zapatillas Puma. De lo que ya he escrito tendréis referencia al final de este artículo. De lo que se puede escribir no sabemos lo que nos deparará el futuro. Pero de todo lo que se ha publicado a lo largo de esta semana me quedo con un video. El video que demuestra que Pelé lo inventó todo. Antes de que todos los demás lo hicieran, Pelé ya lo había hecho.

https://www.youtube.com/watch?v=iCbLUc-QKJw

Pelé era ‘O Rei’. El apodo se lo puso ‘France Football’ tras ganar el Mundial de 1958 con 17 años. Un garoto que empezó como suplente y anotó seis goles en cuatro partidos. Pero ya llevaba el ‘10’. Ojo. Ese año metió 66 goles en 46 partidos oficiales. Todo el mundo sabía lo que allí se cocía. Uno de los goles que anotó en Suecia fue antológico, con sombrero incluido. Lo curioso de Pelé es que sus goles más recordados son aquellos de los que no tenemos constancia. Cuentan que en 1959 hizo el más bello de sus más de 1.200 chicharros. Hizo hasta tres sombreros seguidos, el último de ellos al portero rival, antes de colocar la pelota en la red. No hay imágenes. Solo testigos. Como el que anotó ante Fluminense en el que cogió el balón en el área propia y regateó hasta a siete rivales a lo largo de 80 metros para anotar el tanto. Ese es ‘el gol de placa’, porque, a la falta de imágenes, una placa atestigua la proeza acontecida una tarde de 1961 en Maracaná.

Tenía entonces Pelé 21 años y estaba en el apogeo de su carrera. Entre 1957 y 1961 metió 355 goles. Era el futuro. Delicado y voraz. Frugal y hambriento. Tenía el talento y también la determinación. Era mágico. Luchaba por la pelota con la misma ansía con la que luchaba por el pan cuando era niño. Porque Pelé pasó hambre. Mucha hambre. Poseedor de toda clase de trucos, su fútbol no era espumoso sino concreto. Lo daba todo en cada partido y era valiente al contacto. Recibía, pero también daba. Alto, fuerte, era rata como Messi y león como Cristiano. Rehuía de marcar de penalti para aumentar sus estadísticas. “Es un gol de cobardes”, decía. Y era magnífico de cabeza, algo, que, en su opinión, ponía fin al eterno debate: “El único gol que marcó Maradona de cabeza fue con la mano”.

Pelé ganó el debate porque brillaba tanto dentro como fuera del campo. Era un encanto de persona, la alegría personificada. Jamás decía que no a un periodista, a un aficionado o a una foto. Y siempre, siempre, saludaba a todos y cada uno de los presentes en una estancia. Desde el gran ejecutivo hasta al que pasaba la mopa. Era un ídolo, un icono, y le encantaba. Pero nunca con soberbia, siempre con elegancia. “¿El mejor jugador del mundo? Para ser el mejor jugador del mundo habría que rendir bien en todas las posiciones, y eso es imposible”, decía. En cierta ocasión, en 1979, Pelé coincidió con Maradona. Entonces el ‘Pelusa’ era un adolescente prodigioso que tenía al brasileño como ídolo. Luego vendrían los desencuentros. El caso es que un retirado Pelé compartió unas horas con él y de paso le dio unos cuantos consejos. Maradona se grabó a fuego aquello de que negociase bien sus contratos porque la vida del futbolista era corta. A lo que no hizo mucho caso fue al otro gran consejo de ‘O Rei’: “Acepta los aplausos, pero no vivas de ellos. Nunca hagas caso cuando te digan que eres el mejor. El día que te sientas el mejor, dejarás de serlo para siempre”.

Murió Edson, pero Pelé es eterno. Lo es por sus no goles. Por aquellas tardes de México en 1970. Hastiado de tantas patadas, apenas tiene 26 años, pero ya es un jubilado. En el 66 le dieron tanto que Eusebio tuvo que regañar a sus propios compañeros de selección para que parasen. Fue cuando Portugal venció a Brasil. Los 60 se habían iniciado con el ‘jogo bonito’ y acabaron con el cénit del catenaccio. Nunca antes y nunca después como en los 60 se pegó tanto y con tanta impunidad. Antes porque el fútbol era caballeroso y después porque la televisión imposibilitó tales atropellos. Pelé no es el que era. Entre 1966 y 1969 es un ex futbolista. 11 goles en 29 partidos el año del Mundial. La FIFA decide cambiar el reglamento. Introduce las tarjetas. Por vez primera se protege al artista. Pelé vuelve en 1970. Con 29 años. Nadie cree en él. Nadie. Lo que hace es divino. Deja al menos una perla en cada partido. El goleador se convierte en hacedor. Sus no goles en México son obras de arte eternas. Tanto como un cuadro de Rubens o un poema de García Lorca. Porque Pelé lo que hizo es dotar al fútbol de belleza. Siempre jugó y compitió. Siempre por ese orden.

Pelé era un ‘10’. Al igual que Di Stéfano o Messi siempre rehusó de la etiqueta de delantero. Por muchos goles que anotase, Pelé era un facilitador del juego. Uno de esos seres que pululan por el campo como el león por la selva. Adormilado, pero despierto. Capaz de reinar, dentro y fuera del área, con balón y sin balón. “Cuando duermo nunca sueño en meter goles, siempre estoy corrigiendo a mis compañeros y pasándoles el balón en buena posición”, dijo en una ocasión. Siempre se debatirá quien es el mejor. Nunca quien porta la corona.

Fallece Pelé, el mito más grande del fútbol mundial - Prensa Latina
‘O Rei’

Pelé es ‘O Rei’ por unanimidad. Porque fue el primer futbolista universal. El origen. El primero que cautivó a aficionados de todo el mundo. Pelé surgió en un mundo donde la palabra claudicó por vez primera ante la imagen. Los 60 marcan la divisoria entre el fútbol antiguo y el moderno. Entre el antes y el después. No es extraño que tres de los cinco más grandes coincidieran en el espacio de una década. Cuando Cruyff debutaba, Di Stéfano se apagaba y Pelé reinaba. Entonces la imagen llevó el fútbol a los cinco continentes. Y fue en México, en 1970, cuando el color impregnó de emoción y discurso a la imagen. Y allí estaba Pelé. Para tomar posesión de todas sus tierras a lo largo y ancho del planeta.

En ocho años se han ido los cuatro fantásticos. Queda Messi, aun en activo. Luego, un escalón por debajo, están Puskás, Ronaldo, Zidane o Cristiano. Pero los cuatro bichos que dominaron el fútbol desde mediados del siglo XX, desde que el fútbol es global, ya se encuentran en el olimpo. Entonces, en el siglo pasado, Pelé era ‘O Rei’. Mas hoy hay escepticismo. Dicen que Pelé no jugó en Europa, que solo ganó dos Copas Libertadores con el Santos y que, si bien venció en tres Mundiales, en el segundo de ellos apenas jugó por culpa de una lesión. Que Brasil saliese campeona en Chile 1962 sin el concurso de Pelé es la muestra palpable de que su importancia está magnificada.

Pero lo que más chirria a los críticos son los amistosos. Por entonces no existía la liga brasileña. La inmensidad del país era tal que era imposible gestionar una competición semanal. El Santos de Pelé competía en el Paulistâo. Y era el Santos de Pelé, porque el Santos no era nada. Con Pelé lo fue todo. Pero no era suficiente. El Santos sabía que tenía a la gallina de los huevos de oro y durante más de una década programó cientos de partidos amistosos por todo el mundo para sacar la mayor rentabilidad a su estrella.

Hay quien dice que son esos partidos los que restan credibilidad al mito. Yo no estoy de acuerdo. A Pelé no se le entiende ni por los títulos, ni por sus goles. A Pelé se le entiende por la belleza de los mismos y por su inventiva sobre el césped. Pero, sobre todo, la mejor forma de explicar que fue y que es Pelé es a través de esos amistosos que movían millones de personas hastiadas por contemplar lo que un ángel podría hacer con una pelota.

Continuará…

“El futbolista más grande que ha habido es Di Stéfano. Me niego a calificar a Pelé como jugador. Estaba por encima de eso”. Ferenc Puskás.

“Pelé fue el único jugador que sobrepasó los límites de la lógica”. Johan Cruyff.

Pelé: El Rey que brilló en México 70 y 'deslumbró' al Estadio Azteca
Pelé

Otras historias sobre Pelé

Desglosando al mejor de la historia (sobre el eterno debate en relación al más grande en varios artículos)

Los siete balones de oro de Pelé (una corrección histórica sobre los balones de oro que ‘O Rei’ no pudo ganar)

Brasil del 70 (el equipo más hermoso que el fútbol haya parido a través de dos artículos)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (Pelé, Ronaldinho, Zico, Bebeto y demás apodos que adornan a los ases del balón)

Benfica 2-5 Santos (Eusebio contra Pelé en una apasionante final de la Copa Libertadores)

Evasión o victoria (Stallone, Caine y Pelé en la película de fútbol más famosa de todos los tiempos en dos partes)

Leer más

El padre del fútbol

Por el antiguo testamento el partido duraba noventa minutos según el reloj del árbitro, que sólo lo detenía por causas visibles y aceptadas por todos. Cuando había una interrupción extraordinaria el árbitro paraba el reloj y lo reactivaba al resolverse el problema. El tiempo real de juego venía a ser de algo menos que una hora (..) Aquello era sencillo, pero eran otras circunstancias. No había cambios, salvo el del portero en caso de lesión y en la Copa de Europa ni eso. Llegaron los cambios y fueron subiendo: dos, tres, cinco por la pandemia que ya quedaron, uno más en la prórroga… Apareció la moda de echar el balón fuera cada vez que uno se cae o se tira. Vino el cuarto árbitro y trajo las broncas con los banquillos. Más el VAR, con las pelmazas reflexiones de sus sexadores de pollos en la sala brumosa. Y las pausas para hidratación, que camuflan tiempos muertos para los entrenadores (..) No me olvido del árbitro advirtiendo en todos y cada uno de los córners a los jugadores de que no pueden, cosa que ya saben desde pequeñitos (…) Todas esas adherencias en mayoría absurdas con que se ha ido cargando el fútbol desbordan la capacidad del árbitro. Y el final es difuso. Por el antiguo testamento, el tiempo terminaba en la muñeca del árbitro (…) La vieja sencillez del fútbol ha sido batida por muchos flancos en un proceso de autolesión continua (…) De un tiempo acá el fútbol viene tomando muchas cosas del baloncesto y otros deportes americanos: cambios, números fijos en las camisetas, proliferación de árbitros, estadísticas, revisión tecnológica, entrenador de pie dando gritos, volatilidad de las plantillas, bloqueos, sobeteo continuo de reglas… Lo siguiente será la medición del tiempo”. Alfredo Relaño, director del Diario AS (1996-2019).

Al principio de los tiempos el fútbol obedecía a su origen rural. Se juega en hierba, el objetivo está en el horizonte y un árbitro (una suerte de cura o juez de paz) dicta las normas. El partido dura lo que dura, hasta que alguien meta pongamos diez goles. Si, fueron los hijos de Eton, Harrow o Winchester los que crearon las reglas, pero fueron esos campesinos convertidos en obreros que buscaban una identidad grupal los que hicieron del fútbol una religión. Aquellos campesinos que formaban comunidades fuertes fundadas gracias a lazos familiares se convirtieron en individuos anónimos bajo el control de la ciudad y el Estado. El fútbol sirvió como argamasa para construir una nueva identidad asociativa.

El fútbol era rural. El baloncesto es urbanita. Se juega en espacio menor y suelo artificial, el objetivo está arriba, como los edificios, lo controla una tropilla de burócratas, con sistemas de alta tecnología, en lugar del viejo reloj del viejo árbitro de fútbol. Los jugadores entran y salen frenéticamente, registrados en una estricta contabilidad estadística.

Pues el fútbol esta yendo a eso. Esta perdiendo irremediable y tristemente su esencia. Sus reglas, inmutables desde 1925, que eran tan impasibles como los 10 mandamientos de Moisés se retocan año a año con novedades que dicen resolver problemas de los que no teníamos constancia. Decía Relaño en el fin del texto al que hago referencia al inicio de este artículo que no es de los que piensan que el pasado fue mejor, salvo en el caso de la fruta. Pero lo cierto es que aunque los balones, las botas, la tele en la que vemos el fútbol o los propios futbolistas sean mejores todos los cambios en el reglamento están destrozando una religión que se mantenía fuerte e inalterable.

Historia de las Reglas del Fútbol - El fútbol y más allá
Los origenes

Sir Frederick Wall era el secretario de la FA (Football Association – Federación Inglesa -). Había sido un notable jugador amateur en los albores del balompié y su rango abolengo le hacía ser desdeñoso ante los jóvenes advenedizos que se lucraban jugando al fútbol. Al finalizar la I Guerra Mundial decidió poner en marcha una iniciativa solidaria para ayudar con 200 libras a futbolistas y exfutbolistas que hubiesen sufrido penurias durante la contienda. Fue tal el caso de Frederick Pentland, quien pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Alemania y que años después se convertiría en Míster Pentland, el afamado técnico con el que el Athletic ganó 2 ligas y 5 copas antes de la Guerra Civil.

Pero Wall odiaba a los pusilánimes. Y en su opinión Jimmy Hogan era un pusilánime. Hogan residía en Austria cuando comenzó la guerra. Era 1914. Tenía entonces 32 años. Al igual que Pentland, Hogan fue encarcelado, pero pasaría pocos días en prisión. Llegó a un acuerdo con sus carceleros para entrenar al MTK Budapest durante los años de conflicto llevando una existencia cuanto menos plácida. Al finalizar la guerra, hablamos de 1918, Hogan volvió a Inglaterra, pidió cita con Wall y solicitó la ayuda de 200 libras. Es cierto que no había estado en primera línea de combate ni había sido víctima de alemanes o austrohúngaros, pero también lo era que estaba en la miseria. Ante su solicitud, Wall se levantó de su asiento, abrió un cajón y sacó un par de calcetines de color caqui. “Para ti. Es lo mismo que enviábamos a los muchachos en el frente y ellos estaban agradecidos”.

Hogan fue considerado un traidor y tuvo que volver a buscar cobijo en Austria.

La historia del fútbol estaba a punto de cambiar.

Sir Frederick Wall, secretary of the FA (Photos Prints, Framed, Posters,  Cards,...) #23150498
Sir Frederick Wall

Antes, mucho antes, de la transición defensiva, de la profundidad ofensiva, del marcaje en zona, del bloque bajo o de la presión alta, estaba Jimmy Hogan. Antes, mucho antes, de Guardiola, Ferguson, Cruyff o Sacchi también estaba Jimmy Hogan. Y antes, mucho antes, de la España del 2010, de la Francia champagne de los 80, de la Naranja mecánica o del Brasil del 70, estaba Jimmy Hogan.

Y es que Jimmy Hogan es el apóstol que sacó una veta madre de una isla y desparramó su esencia por todo el globo.

Ya bien avanzado el siglo XIX, el fútbol tenía dos concepciones ideológicas; la inglesa y la escocesa. Los primeros se decantaban por el ‘kick and run’ (patear y correr) y los segundos por el ‘passing game’ (juego de pases). Quiso el destino que triunfase la concepción inglesa ya que desde 1888 el fútbol pasó a ser un deporte profesional en el que los resultados se convirtieron en más importantes que el buen juego. Por contra, fue el sistema escocés de juego socializado y colectivo fundamentado en la asociación a través del balón lo que convirtió al fútbol en el deporte de más éxito a nivel mundial. Fueron los marinos escoceses, militares y empresarios mercantes, los que llevaron el ‘passing game’ por toda Europa y por Sudamérica remontando el Río de la Plata. La gambeta argentina jamás hubiese existido si no fuese por sus padres escoceses.

Jimmy Hogan estaba cerca de la treintena cuando apuraba sus últimos años de profesional como centrocampista del Bolton Wanderers. Había nacido en Inglaterra, pero de padres irlandeses y criado futbolísticamente en Escocia, su concepción del fútbol se basaba en el ‘passing game’. En el verano de 1910 el Bolton Wanderers iba a disputar una serie de partidos amistosos en los Países Bajos como una forma de dar a conocer el progreso del fútbol por el Viejo Continente. Hogan no era un futbolista muy reconocido, y, de hecho, su forma de entender el fútbol no era aceptada en Inglaterra. Por ello aprovechó el viaje para ofrecerse a la selección neerlandesa, colgar las botas y ejercer de entrenador.

Por aquel entonces que un inglés se ofreciese a dirigir tu selección era como si un alto cargo de Inditex se ofreciese a pilotar tu empresa. Así que Hogan tenía carta blanca para hacer lo que le viniese en gana. Se olvidó de la fuerza y de la resistencia y empezó a moldear la técnica individual de los futbolistas a través de los ejercicios con balón. Los pases y la movilidad pasaron a ser vitales en las pizarras de cualquier entrenamiento.

En los Países Bajos permanecerá apenas un par de temporadas, en las que la diminuta y desconocida Holanda acabará derrotando por vez primera a Alemania. La estancia de Jimmy Hogan fue breve, pero al marchar recomendó para el puesto a un amigo suyo llamado Jack Reynolds. Éste pasaría a ser tras la I Guerra Mundial técnico de un club judío de Ámsterdam conocido como AFC Ajax y ostentaría el cargo hasta finales de los años 40. En su última temporada dirigiría a un delantero centro llamado Rinus Michels, el ideólogo del ‘fútbol total’ comandado por Johan Cruyff.

Todo encaja.

AFC Ajax on Twitter: "Already 15 years without one of the greatest coaches  ever… Rinus Michels. ♥️💫 https://t.co/sKwsiqevvc" / Twitter
Michels (Mr. Mármol)

Pero volvamos a Jimmy Hogan. Tras ese par de años de voluntario exilio vuelve a Inglaterra con la intención de encontrar un puesto de entrenador en un equipo de la Premier. No tendrá éxito. En la cuna del fútbol el estilo de pase largo y dominio físico del partido es aún innegociable. Entonces Hogan se pone en contacto con Hugo Meisl, presidente de la OFB (Asociación Austriaca de Fútbol), visionario y padre de la Copa Mitropa, embrión de la futura Copa de Europa.

Y es aceptado. En 1913 Jimmy Hogan pasa a tener el control total del fútbol austríaco, desde los profesionales hasta los conjuntos infantiles. Y lo hace con pasión. Todos los equipos bajo sus órdenes pasan a tener el pase y la pared como elementos básicos del juego. Los problemas comienzan a resolverse a través del regate y la ocupación de espacios, desechando la fuerza física y el juego duro. El control al primer toque se convierte en innegociable para todos y cada uno de los integrantes de la plantilla.

Pero cuando aún no se había asentado en su puesto, la I Guerra Mundial estalla y Jimmy Hogan pasa a ser un enemigo. Gran Bretaña y el Imperio Austrohúngaro están en guerra y la presencia de un inglés en Viena no es bien recibida. Hogan es encarcelado, pero su buena fama hace que pronto sea dado en libertad y enviado a Hungría. Allí, es puesto al mando del MTK de Budapest, y en medio de la guerra se encargó de hacer entender a los futbolistas húngaros la importancia de la creatividad y el fin lúdico y estético del fútbol.

Al igual que había pasado en los Países Bajos, la estancia de Hogan en Hungría se limitó a un par de temporadas, pero al igual que había sucedido con la selección Orange no se puede entender el éxito de los magiares mágicos sin Jimmy Hogan. “Jimmy nos enseñó todo lo que sabemos”, contó Sandor Barcsl presidente de la MLSZ (Federación Húngara de Fútbol) cuando Hungría infrinja a los ingleses la primera derrota en casa de su historia, un doloroso 3-6 en Wembley en 1953. Aquel equipo conocido como el ‘equipo de oro’ estaba dirigido por Gusztav Sebes, el técnico inventor del llamado ‘fútbol socialista’, un sistema colectivo de pases que encumbró a Puskás y compañía.

Nuevamente todo encaja.

Equipo de oro - Wikipedia, la enciclopedia libre
La fabulosa Hungría de los 50

Una vez terminada la guerra, siendo un proscrito en su país y un extranjero en Budapest, Hogan cogió nuevamente las maletas y puso rumbo a la neutral suiza. Allí impartió cátedra durante un par de años llevando a Suiza a la medalla de plata en los JJ.OO. de 1924, un hecho que se antoja irrepetible para la pequeña selección helvética. La huella de Hogan en Suiza no parece profunda teniendo en cuenta la trayectoria de los clubes suizos y de su selección a lo largo de la historia, pero quizás si lo es si nos fijamos en quien era el segundo entrenador de Hogan en aquellos Juegos Olímpicos.

Su segundo era un amigo húngaro llamado Dori Kurschner. Éste, ejerció de entrenador del Grasshoppers hasta que en 1937 decidió cruzar el charco y probar fortuna primero en el Flamengo y luego en el Botafogo. Kurschner llevó a Brasil las ideas de Hogan, germen de lo que hoy es el ‘jogo bonito’. De hecho, fue él quien introdujo en el país la táctica WM (3-2-3-2) y el hombre que impulsó la explosión de los delanteros negros en la selección para que luego pudiesen surgir los Ademir, Didí, Garrincha o Pelé.

Todo encaja. Por enésima vez.

Jimmy Hogan, el primer romántico del fútbol - La Opinión de Málaga
Jimmy Hogan

Volvamos al bueno de Jimmy Hogan. Tras triunfar en Suiza fue llamado nuevamente por el MTK de Budapest, antes de ser contratado por la DFB (Federación Alemana de Fútbol) para dar charlas y seminarios por todo el país. Y es que Alemania, por increíble que parezca hoy en día, era insignificante cuando de fútbol se trataba. Allí no dirigió a ningún equipo, pero se encargó de explicar tácticas a jóvenes entrenadores y explorar las esencias del juego con adolescentes que pretendían ser grandes futbolistas. Uno de aquellos chicos fue Helmut Schön, seleccionador alemán en los 60 y 70, que tras alzarse victorioso en el Mundial de 1974 le dedicó el triunfo a Jimmy Hogan al que llamó “padre del fútbol moderno”.

Es inevitable repetirse. Todo encaja.

Pero la Alemania de inicios de los 30 pasaba por momentos convulsos, así que cuando Meisl llamó a la puerta de Hogan para volver a Viena, no se lo pensó ni dos veces, y más sabiendo que contaba con una generación de oro, el llamado ‘Wunderteam’.

Un adelantado a su tiempo - Panenka
Hogan y el Wunderteam

Aquella selección austriaca estaba conformada por una serie de exquisitos jugadores coronados por un incomprendido que respondía al nombre de Matthias Sindelar. Era un delantero frágil, pero con un endiablado cambio de ritmo, una exquisita técnica y, sustancialmente, una gran conducción del balón y una bellísima estética. Sindelar fue conocido como ‘Der Papierene’ (el hombre de papel) y se convertiría en el primer delantero centro que cambió la ortodoxia y bajaba al centro del campo para ayudar a construir el juego y echar un capote al generar situaciones de desequilibrio en la ofensiva.

La llamada ‘Escuela del Danubio’ que Jimmy Hogan había sembrado entre Viena y Budapest tendría su culmen con un equipo que sería conocido como el ‘Wunderteam’ (equipo maravilla) y que durante tres años se mantendría invicto salvo por una derrota en Stamford Bridge ante los poderosos y profesionales ingleses. Pero más allá de los triunfos, aquel equipo maravillaba por su querencia a jugar a ras de césped y por el ensalzamiento de la colectivización del juego frente a las acciones individuales.

Austria se presentó como gran favorita para ganar el Mundial de 1934 de Italia, pero cayó ante los anfitriones en semifinales tras un encuentro bronco en el que los transalpinos dispusieron de enormes ayudas arbitrales. El palo fue duro para los austriacos que aun así siguieron maravillando durante un par de años hasta que en la final de los Juegos Olímpicos de 1936 volvieron a caer ante los italianos y, esta vez sí, de manera justa.

Fue el canto del cisne de un equipo y del estilo de juego de Hogan. No había ganado, pero aquel equipo pasaría a la historia por su influencia en el enriquecimiento del fútbol y las nuevas alternativas que había aportado. Quizás por vez primera en la historia, el fútbol pasaba a ser algo más que un juego y la derrota era considerada como bella. Cuando un par de años después la Alemania de Hitler se anexione Austria, el ‘Wunderteam’ quedará desmantelado y su recuerdo perecerá ante la ausencia de imágenes televisivas.

Pero quedará su impronta. El logro final es lo más importante, pero también el camino para recorrido para alcanzarlo.

Jimmy Hogan volvió a Inglaterra y, esta vez sí, logró acomodo en un club. Era 1936 y sus éxitos con la selección austriaca le fueron reconocidos en las Islas Británicas. Firmó por el Aston Villa, y tras la II Guerra Mundial se convirtió en el entrenador de su fútbol base. Por primera vez un club inglés instauraba la idea del pase-movimiento-pase e introducía el juego con balón en los entrenamientos. Su interrelación con la pelota influiría en una generación de futbolistas ingleses que a finales de los 60 desterraría –aunque sólo en parte- la idea prehistórica de la concepción del juego que se defendía en Inglaterra. Su alumno más aventajado en el Aston Villa fue Ron Atkinson quien nunca llegó a debutar con el primer equipo de los villanos, pero que se convirtió en un respetado técnico de longeva trayectoria, de escaso éxito, pero siempre considerado el entrenador con el libreto más atractivo de toda Gran Bretaña.

Salvó en Argentina y en Uruguay donde fueron los empresarios, soldados y marinos escoceses de entre siglos los que llevaron el regate y el juego de pase al fútbol sudamericano (Alexander Watson Hutton, sería el Hogan del Río de la Plata), todos los demás países le deben a Jimmy Hogan la autoría de un nuevo tipo de fútbol. E incluso al otro lado del Atlántico le deben mucho a Hogan, ya que Imre Hirschl, un grande en los banquillos de River Plate o Peñarol de Montevideo, era un húngaro que había sido discípulo de Hogan.

Como siempre. Todo encaja.

Brian Little on Twitter: "A visit to Burnley today .. where a new Headstone  was Unveiled for Former Aston Villa Manager, Burnley Player and Legendary  Hungarian Coach..Jimmy Hogan.. https://t.co/gqeB7oSS4k" / Twitter
Jimmy Hogan (1882-1974)

El caso es que, de una forma u otra, todos los equipos que han perdurado en la memoria por una innovación táctica ofensiva y por un tipo de fútbol que ha trascendido más allá del resultado le deben su origen a Jimmy Hogan.

De Países Bajos a España: Jimmy Hogan, Jack Reynolds, Rinus Michels, Johan Cruyff, Pep Guardiola. Del fútbol total al ‘tiki-taka’.

De Hungría a Brasil: Jimmy Hogan, Dori Kurschner, Gustav Sebes, Vicente Feola, Bela Guttmann. Del equipo de oro al ‘jogo bonito’.

Alemania: Jimmy Hogan, Helmut Schön, Hennes Weismeller.

Inglaterra: Jimmy Hogan, Ron Atkinson.

Austria: Jimmy Hogan, Hugo Meisl.

Argentina y Uruguay: Jimmy Hogan, Imre Hirschl.

“Estaba viendo el partido, pero no en el palco, sino en las gradas rodeado de los juveniles del Aston Villa. Inglaterra tuvo que reflexionar sobre la complejidad del ataque-defensa. Habíamos dejado atrás el talante presuntuoso y triunfamos con un fútbol comunicativo”. Jimmy Hogan, ya anciano, hablando con orgullo sobre la victoria inglesa en el Mundial de 1966.

Otras reflexiones sobre la evolución del fútbol

Como escoger el nombre de un equipo de fútbol (de sportings, spartaks y rápidos)

A propósito del VAR (el invento que acabó con la tradición en el fútbol)

Fútbol postnacional (relaciones culturales e identidades grupales a través de un balón)

Expresiones del lenguaje deportivo (golpes bajos, farolillos rojos o ganar sin bajarse del autobús)

El fútbol en el futuro (una ojeada al fútbol allá por 2050)

La España vacía (el fútbol como la única forma de salir del anonimato en el interior de España)

Una historia del catenaccio (idea, evolución y éxito de la corriente defensiva)

El aficionado al fútbol (una ojeada distinta sobre aquellos que mantienen en pie la pasión por el balón)

¿Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista? (¿ganaba más Di Stéfano o Leo Messi?

Cuando los goles fuera de casa tenían valor doble (una historia sobre los desempates con goles en campo contrario)

De los tres puntos por victoria (la idea de Jimmy Hill para favorecer a los atacantes)

Leer más

A los 30 años de la Copa Confederaciones

Fah Bin Abdulaziz conoció Marbella en la década de los 70. Pronto se enamoró del lugar. Tierra Santa. Así bautizó a la costa malagueña. Allí cultivó excesos tras excesos. Atracaba su yate en Puerto Banús y desplegaba por calles malacitanas su séquito de cientos de personas. Los de aquí encantados, con sueldos que superaban los 3.000 euros de la época y jugosas propinas aparte. La mansión manaba oro en una finca de mil hectáreas. Por el camino donaciones astronómicas para construir viviendas y crear jardines. Por las noches partidas de póker con champán y tapitas de caviar Beluga en pocillos de oro. Fah Bin Abdulaziz no era otro que el Príncipe Fahd. Y desde 1982 el Rey Fahd de Arabía Saudita.

En España el Rey Fahd también cultivó una pasión desmedida por el fútbol. Dicen que, entre otras muchas cosas bastante pecaminosas, el Rey Fahd y el Rey Juan Carlos I compartían noches de fútbol. Así que, podrido de dinero y con voz y mando para hacer lo que le viniese en gana en su despótico país, el Rey Fahd decidió crear un torneo de fútbol.

Por lo tanto, a mediados de octubre de 1992 tres selecciones sucumbieron a los encantos del dinero y arribaron a Riad para disputar un torneo de fútbol de corte internacional. Se trataban de Costa de Marfil, vigente ganador de la Copa de África, Estados Unidos, reciente vencedor de la Copa de Oro y Argentina, flamante campeón de la Copa América. Inmersos en el vertiginoso calendario futbolístico, el Rey Fahd fue incapaz de convencer a ningún país europeo para participar en su capricho. Además, en los Países Bajos no hacia especial gracia la oferta dado que los siempre hinchados neerlandeses eran uno de los países más beligerantes con el régimen saudita. Y los Van Basten, Gullit y compañía ostentaban entonces el trono europeo.

Por consiguiente, la modesta selección de fútbol de Arabía Saudita sería la cuarta en discordia. El torneo se disputó en el estadio Rey Fahd (lógicamente), un modernísimo recinto que en su día fue el primero en ser totalmente cubierto y que contaba con 70.000 asientos. Y lo cierto es que el Rey Fahd vio cumplido su sueño, porque Argentina se deshizo con facilidad de Costa de Marfil (4-0) en una semifinal mientras que Arabía Saudí derrotó con inusitada y suma destreza a Estados Unidos (3-0) en la otra semifinal. Los argentinos vencieron a los saudís en la final (3-1) y se coronaron campeones con goles de Leonardo Rodríguez, Caniggia y Simeone.

Era un 20 de octubre de 1992. Hace ahora treinta años.

El invento tuvo cierto éxito y en 1995 el Rey Fahd repitió la operación poniendo la guinda al pastel. A Arabía Saudita, como anfitrión, se le unieron los campeones de la Conmebol, UEFA, Concacaf, AFC y CAF. Es decir, todos los habidos y por haber con perdón de Australia y la Antártida, si es que los pingüinos alguna vez se animen a jugar al fútbol. En esta ocasión hasta hubo dos grupos clasificatorios y en la final por todos esperada la Dinamarca de Michael Laudrup batió por 2-0 a la Argentina de Batistuta.

Por entonces el mandamás de la FIFA era el brasileño Joao Havelange. El llamado por algunos ‘Padrino’ del fútbol había convertido al balompié en un negocio milmillonario a cambio de sobornos y otros hechos no probados de los que es más conveniente no hablar. El caso es que Havelange vio otra oportunidad de hacer caja e hizo suya la Copa Rey Fahd. A partir de 1997 tendría carácter bianual y pasaría a llamarse Copa Confederaciones.

La primera edición oficial tendría lugar en Arabía Saudita para contentar al Rey Fahd. El torneo tendría dos grupos de cuatro equipos para un total de ocho participantes. Estaban los seis campeones de las seis confederaciones de la FIFA (ya contaban los pobres oceánicos) y Brasil como vigente vencedor del Mundial. Dado que Arabía Saudita además de anfitrión era vencedor de la Copa de Asia se invitó asimismo a Emiratos Árabes Unidos por entonces subcampeón. Habría semifinales, tercer puesto y final. Ganó Brasil…a Australia (que había tumbado a Uruguay) por 6-0 con ‘hat-trick’ de Ronaldo y otro de Romario.

Copa Confederaciones 1997: el Brasil de "Ro-Ro" mató el sueño australiano -  VAVEL España
Ro y Ro

El torneo tenía su aquel y se jugaba en diciembre apenas días antes de que se disputase la Copa Libertadores. No molestaba mucho en un calendario por entonces no excesivamente saturado y en una época donde las grandes ligas bajaban el pistón. Tras esa edición México logró un trofeo y Francia se proclamó bicampeón. Éste último triunfo, en 2003, es terriblemente recordado por el fallecimiento en medio de un partido del camerunés Marc-Vivien Foé víctima de un paro cardiaco.

En 2005 la FIFA decidió darle una vuelta de tuerca al torneo. La Copa Confederaciones pasó a ser cuatrienal y se celebraría en años impares, exactamente en el año anterior a la celebración al Mundial. El torneo pasaba a tener quince días de duración y se disputaría en junio. El anfitrión sería el país organizador del Mundial de doce meses más tarde. La intención de la FIFA era ganar dinero, pero también testar las sedes, la capacidad hotelera y los estadios que albergarían uno de los eventos más mediáticos del planeta.

La idea era buena. Y la Copa Confederaciones pasó a tener una enjundia de alto copete. En 2005 Alemania ejerció de anfitrión en un torneo que ganó Brasil. Los cariocas repitieron triunfo en Sudáfrica en 2009 y nuevamente ganaron en 2013 esta vez en Maracaná tras pasar por encima de España. Para 2017 el ganador fue Alemania en la final disputada en Moscú ante Chile. Eran diez las ediciones disputadas en total y Brasil se mostraba como la selección más laureada con cuatro entorchados. No en vano también son el país con más Mundiales a pesar de que suman dos décadas de sequía.

Por qué Alemania ganó la Copa Confederaciones? | CNN
Confederaciones 2017

Pero en 2019 a la FIFA le dio por inventarse un nuevo torneo. Le dio en llamarlo Mundial de Clubes y tendría lugar en el verano anterior al Mundial, justo cuando se celebraba la Copa Confederaciones. La FIFA veía más interesante reunir a 24 equipos de todo el planeta en lugar de a ocho selecciones.

¿Por qué? Buena pregunta sin más respuesta que el bendito dinero.

Pero es que la Copa Confederaciones estaba herida de muerte. La edición de 2021 se debería haber disputado en Qatar. ¿Cuándo? En junio, algo totalmente inviable en un país cuyos veranos coquetean permanentemente con los 50 grados centígrados. Y una cosa es cambiar el calendario del fútbol internacional para que el Mundial se dispute en diciembre (y ya bastantes quebraderos de cabeza ha provocado) y otra cosa es hacer lo propio para competir en la Copa Confederaciones.

Total, que la FIFA pensó en llevar la Confederaciones a otro país. Pero en estas apareció el coronavirus y el tema quedó en un cajón pudriéndose de polvo. La Eurocopa y la Copa América que se iban a disputar en 2020 pasaron a celebrarse en 2021, por lo que el Mundial de Clubes que tendría lugar en 2021 pasó a aplazarse también y quedó fijado para 2022. A la hora de escribir estas líneas sigue sin tener fecha fijada.

Y mientras todo esto sucedía y la Copa Confederaciones quedaba olvidada, la Conmebol y la UEFA, que son hijas de la FIFA pero que tienen al menos tanto poder como la madre, decidieron crear la ‘Finalissima’, que enfrenta a los campeones de América y de Europa y que viene a continuar la herencia de la Copa Artemio Franchi, que ya intentó sin demasiado éxito hacer lo propio en la década de 1980.

Finalissima: Argentina vs. Italia, un duelo con la historia y el recuerdo  de Diego Maradona - CONMEBOL
Finalissima

Asi que la Copa Confederaciones quedará en el recuerdo como un torneo que tuvo un fugaz pero fructífero pasó por el calendario gracias a la iniciativa del Rey Fahd. Brasil (4), Francia (2) y Argentina, Mexico, Alemania y Dinamarca en una ocasión podrán presumir de lucir en sus vitrinas un trofeo que ha pasado a mejor vida. Con ello feneció la maldición que decía que ningún ganador de la Copa Confederaciones ha logrado vencer en el Mundial posterior. Fue también la Copa Confederaciones el primer torneo oficial FIFA donde se implantó el VAR. Y es también la Copa Confederaciones donde allá por 1997 Roberto Carlos marcó uno de los goles más legendarios jamás anotados.

Otros torneos del pasado

Desglosando al mejor de la historia (un repaso sobre los más grandes a través de varios artículos)

Templos del fútbol (coliseos del balón del pasado y del presente)

Cuando la UEFA eliminó las semifinales de la Liga de Campeones (una Champions con pase directo a la final)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo? (cuando ganar los Juegos Olímpicos era como ganar el Mundial)

Copa Mitropa (la Copa de Europa de antes de la II Guerra Mundial)

Tiranos olvidados por el paso del tiempo (sobre grandes campeones que vivieron tiempos mejores)

Leer más

La búsqueda de la felicidad de Alexandre Pato

Aun se abalanzaban sobre los asientos del Camp Nou los socios que habían salido esa tarde de trabajar, los que siempre llegan tarde o los que, aun siendo metódicos en su preparación, se habían visto atrasados por culpa de un atasco. El caso es que los rossoneros sacaron de centro y los azulgranas iniciaron una profunda presión que obligó a los primeros a retrasar el balón a los pies de Abbiati. El portero del AC Milan envió el balón de una fuerte patada al círculo central. Alexandre Pato recibió por delante de Keita y con un inteligente golpeo con el interior se adelantó el balón. En un parpadeo se llevó por delante a dos defensas del Barça, se plantó en un mano a mano delante de Víctor Valdés y batió al cancerbero catalán con un fuerte disparo que se arrojó por debajo de sus piernas.

Por entonces Alexandre Pato acababa de cumplir 22 años. Su presente y su futuro eran esplendorosos. Semanas atrás el Chelsea había puesto encima de la mesa 85 millones de euros para hacerse con sus servicios. Esa fue la cima de la carrera de Pato. Días después de marcar aquel gol ante los azulgranas tuvo la primera de las muchas lesiones que le han atormentado desde entonces. Cuando al final de esa temporada, la 2011/12, el AC Milan repita enfrentamiento ante el FC Barcelona, en esta ocasión en los cuartos de final de la Copa de Europa, Alexandre Pato, suplente, saldrá al terreno de juego mediada la segunda mitad y apenas podrá aguantar diez minutos sobre el campo antes de retirarse lesionado bajo un mar de lágrimas.

Pato tenía 17 años cuando escogió al AC Milan por delante del Real Madrid. Los italianos eran los vigentes campeones europeos y confiaban en ese niño brasileño para acompañar a Pirlo, Seedorf o Kaká y sustituir a ya un veteranísimo Filippo Inzaghi. Meses atrás había estallado en el firmamento exhibiéndose en la final del Mundial de clubes en la que el Internacional de Portalegre derrotó al Barça de Ronaldinho. Rápido, técnico y de una elegancia pasmosa, su futuro era el futuro del fútbol.

Todo iba sobre ruedas. Nadie sospechaba entonces que los rossoneros iban camino de una larga decadencia. El Inter había tomado el mando de la Serie A, pero no existía promesa mayor que Pato en el horizonte. A Alexandre le había tocado lidiar con ser bandera milanesa y de la canarinha. Junto a Neymar, estaba destinado a reemplazar a Ronaldo y a Ronaldinho en las esperanzas de la verdeamarela que en 2014 debía ganar un Mundial cuya final tendría lugar en Rio de Janeiro. Para entonces, con 24 años, Pato debía ser el delantero total de un Brasil con el que ya había debutado a los 18 y a quien lideró en la punta de ataque en la Copa América de 2011.

No fue así.

No fue así porque desde el año 2011 Alexandre Pato encadenó lesión tras lesión. En los dos años siguientes apenas jugó 15 encuentros con el AC Milan antes de intentar recuperar su mejor nivel en Brasil. De ahí un par de intentos fallidos con vuelta en Europa, primero con el Chelsea y luego en Villarreal, un retiro antes de tiempo en China y una segunda juventud en Estados Unidos, donde sigue ya bien cumplidos los 30.

Antes, lágrimas. Unas cuantas. Antidepresivos, lloros, enfados y discusiones. Pato entraba al campo con miedo, con terror a lesionarse cada vez que tocaba el balón. Cada vez que se recuperaba de un problema muscular, otro surgía en su cabeza. Incomprendido, llegó a ocultar sus lesiones para que nadie lo tildase de blando. Jugaba con el tobillo hinchado y abusaba de los corticoides para intentar complacer a los que le rodeaban.

Tampoco es que fuese la primera vez. Con once años dejó su pueblo natal para asentarse en Portalegre. Nunca había jugado al fútbol grande. Siempre al fútbol sala. Dio igual. Un cazatalentos del Internacional les dijo a sus padres que aquel niño era una veta gigante de la que se podría extraer un filón de oro. Era causa menor que el chico se rompiera el brazo izquierdo por el mismo lugar en dos ocasiones. El dolor era tremendo y se descubrió que allí habitaba un tumor. El médico propuso la amputación, pero el Internacional buscó una segunda opinión. El tumor era benigno. El brazo estaba salvado.

Pato había salvado el brazo, pero hubo de vender su alma.

Fue entonces cuando ese niño se convirtió en hombre y hubo de saber lo que era la presión. Tuvo que sacar un hueso de la cadera para convertirlo en su nuevo brazo izquierdo. Inyecciones e inyecciones a cambio de una promesa de cientos de goles. Quizás entonces comenzaron los problemas en algún lugar de su cerebro.

Internacional se hacía cargo de las costosas operaciones, pero no del alojamiento. A fin de cuentas, Pato era un paciente, no un jugador. Los padres de Pato no tenían mucho dinero. Su madre estaba enferma y el padre apenas ganaba lo suficiente para mantenerla a ella y a sus dos hijos. Decidieron alojar a su hijo en un motel con vistas al estadio Beira-Rio, coliseo del Internacional. Allí, mientras aquel niño peleaba para recuperar una de sus extremidades, en las habitaciones de al lado hombres hechos y derechos soltaban unos cuantos dólares a cambio de dar rienda suelta al más significativo músculo masculino.

A los 17 Pato llegó a Italia. Carletto lo acogió como a un hijo. El técnico sin libreto, el hombre exitoso sin método científico, tiró de su mano izquierda para adoptar a un diamante falto de un joyero que le diese brillo. Ancelotti incluso llamo Pato a su perro. Llevaba a Alexandre a casa y allí cenaba un buen plato de pasta casero elaborada por su esposa. En otras ocasiones Alex se iba de fiesta y acudía presto a la ayuda de papá Carlo para aguantar una mala cara, pero un presto desayuno. No es que Carlo fuera como un padre, más bien era como un abuelo que todo lo consentía con tal de ver feliz a su nieto.

Aquel niño había sufrido tanto que ahora vivía en un mundo de fantasía. Hasta que Carletto dejó el AC Milan. Fue en 2009. El año que Pato ganó el Golden Boy, el Balón de Oro del futuro. La imaginación de Alexandre viajó a lugares inhóspitos. La noche se hizo su dueño. Empezó a salir con Bárbara, la hija de Silvio Berlusconi. El gran jefe. Dicen que había más cuernos que en una ganadería. De ambos lados de la pista. Enfados, besos y sobredosis. Pero seguía habiendo goles. No pasaba nada. Viva la vida.

Alexandre Pato: "Sería un sueño volver al Milan"
¿Balón de Oro?

Pero aquellos dos años plagados de dolores quebraron la voluntad de aquel chaval. Tobillo, aductor, tendón de Aquiles y decenas de lesiones musculares. Todo empezó a pasar factura y no se vislumbraba el fin. En enero de 2013 se marchó al Corinthians en busca de una vuelta al inicio. Viajaba por Sao Paulo con guardaespaldas. Falló un penalti que le costó a su equipo un título por lanzarlo a lo Panenka. Escapó al Sao Paulo FC. Al otro lado de la ciudad. Hubo bates, cuchillos y hasta bombas lacrimógenas. Su vida se convirtió en un infierno. No disfrutaba jugando.

Pero en el Sao Paulo FC pasó una temporada sin lesionarse. Todo un logro. Se acordó de él el Chelsea FC. Parecía una segunda oportunidad. Pero la cosa no iba. Banquillo tras banquillo. Pequeño paso atrás hasta El Madrigal castellonense. Mas de lo mismo. Toca ir a ganar millones a China. Pato apenas tiene 27 años.

Mientras todos esto sucedía Alexandre Pato rompe con Rebeca, una vieja amiga brasileña convertida en fugaz novia. Viaja a China con un colega. Los dos vivirán solos en un lujoso apartamento a cuerpo de rey. Pato mete goles, cumple con el bajo nivel exigido y se dedica a disfrutar de su soltería. Las mejores copas, los mejores coches, los mejores hoteles, las mejores compañías.

Cierto día decide coger un vuelo privado y dar una vuelta por la noche de Los Ángeles. Allí, rodeado de lujo nocturno, tiene una revelación. Sentado, junto a una espectacular rubia de escote interminable, Pato esnifa una raya de coca. Una de tantas. Pero aquella no era una dosis más. Algo en su interior despertó. De repente se levantó y salió del local. Sentado, miró al cielo estrellado y se hizo una promesa a sí mismo.

Envió un WhatsApp a su amiga Rebeca. Quedaron para tomar un café. En cuestión de segundos le prometió una vida limpia y feliz a su lado. Lo hizo tras comprarse una Biblia. Le hizo una promesa inquebrantable. A Dios, a ella y a sí mismo.

E iba a cumplirla.

Vuelve a Tianjin y decide visitar a un fisioterapeuta. Amablemente invita a su amigo a salir de su vida. A ese, y otros tantos como ese. Aprovecha el anonimato de China para escapar a la calle y jugar al fútbol clandestinamente en parques y plazas. Vuelve a ser feliz. Recupera una infancia que le fue arrebatada. Aprende chino en unos meses, cuando antes había sido incapaz de hablar italiano tras dos años. Hace rollitos de primavera, arroz de distintos tipos y se convierte en un experto de los fideos.

Mete 30 goles y vuelve al Sao Paulo FC. No lo hace mal, pero la presión le exige demasiado. Llega el Covid. Escapa a Estados Unidos. Se lesiona la rodilla. Pero le da igual. Es otro Pato. Es feliz. Tiene novia y pretende tener hijos. Su salud mental es excelente.

Pato nunca llegó a ser Balón de Oro. Ni fue el sucesor de Ronaldo. Ni pudo ser la estrella del Mundial de Brasil. De hecho, nunca ha jugado un Mundial. Pero Alexandre Pato es hoy un hombre feliz. Tiene 32 años, juega al fútbol profesional en Orlando y cuenta con una familia a la que adora. Le ofrecieron una cantidad indecente de dinero por jugar al fútbol en Irak. Le ofrecieron una oportunidad por volver al escaparate del fútbol europeo. Ambas veces dijo que no. No es tiempo de fiesta. Ni tampoco es tiempo de ambiciones. Es tiempo de vivir. Es tiempo de ser feliz. Es tiempo de volver a ser niño.

La lujosa camioneta con la que Alexandre Pato sacude a la MLS | TORK Autos  de Lujo
Pato

Otras historias de futbolistas brasileños

Los siete balones de oro de Pelé (los premios que le fueron arrebatados a ‘O Rei’)

Brasil del 70 (la historia de la mejor selección de todos los tiempos a través dos artículos)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (el origen de los apelidos de los Ronaldos, Ronaldaos, Ronaldinhos y compañía)

Ronaldinho y el partido del gazpacho (como un encuentro en la medianoche abrió una nueva era de ilusión en Can Barça)

Cuando Jairzinho fichó por Wilstermann (el rocambolesco fichaje de una estrella del Brasil del 70 por un modesto club boliviano)

Leer más

Cuando Jairzinho fichó por Wilstermann

Por entonces Jair Ventura contaba con 36 años. Estaba de vuelta de todo. De una forma u otra llevaba cinco años deambulando como profesional. Hacía un lustro que no era convocado por la selección brasileña. Cambiaba de club cada año buscando un contrato que le permitiese alargar una carrera que tiempo atrás había sido espectacular. No en vano Jair Ventura Filho ‘Jairzinho’ era uno de los ‘cinco dieces’ que encandilaron al mundo en la espectacular victoria de Brasil en el Mundial de 1970.

Quizás Jairzinho era el más terrenal de los cinco (Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino eran los otros fenómenos) pero, escorado en la banda derecha, posiblemente fue el que más a gusto estuvo de los ‘cinco dieces’, porque aceptó de buen grado la posición asignada. Jairzinho había tenido que sustituir a Garrincha tanto con el Botafogo como con Brasil, y eso hace terrenal a cualquiera. Era un huracán que se comía la banda a bocados y que tenía un disparo demencial que convertía a los porteros en mantequilla. Solía pegarse a la línea de cal y, tras una finta, disparar un fastuoso tiro cruzado a pierna cambiada. Jairzinho jugó tres Mundiales (1966, 1970 y 1974) pero sería en el segundo de ellos, el disputado en México, donde se convirtió en una leyenda del fútbol. Anotó siete goles, uno por cada partido contendido en un hecho aún no repetido, incluidos una espectacular carrera llevándose por delante a cuatro defensores checoslovacos o el tercer tanto de la canarinha en el 4-1 de la final ante Italia.

Lejos quedaban aquellas alhajas. A la altura de 1980 Jairzinho buscaba destino. Sería el séptimo en siete años, incluido un paso con más pena que gloria en Francia y viajes a lugares futbolísticamente estrambóticos como Sudáfrica o Venezuela.

Su siguiente destino también sería insólito.

El Club Deportivo Jorge Wilstermann es uno de esos clubes sudamericanos de nombre excéntrico y fuerte arraigo social. El club fue fundado en 1949 en Cochabamba, tierra fértil y de buen comer y cuarta ciudad en número de habitantes de Bolivia. De casaca roja y pantalón azul, el nombre de la escuadra se le debe a un piloto cochabambino hijo de alemán que se graduó como primer aviador del país hasta fallecer en un accidente aéreo tras ser héroe de la Guerra del Chaco. El caso de Wilstermann es similar al de Vasco da Gama, Godoy Cruz o Guillermo Godoy, clubes sudamericanos con nombre que sirve de homenaje a personajes que nada tienen que ver con el balón.

El caso es que Wilstermann poco ara en el planeta fútbol. El fútbol boliviano es un actor de reparto en el fútbol sudamericano y Wilstermann ni siquiera es el primer espada en Bolivia. Al amparo de sus cerca de 4.000 metros de altura es La Paz, la capital económica y política del país, la que da cabida a los dos grandes de Mamallaqta. Son el Club Bolívar y The Strongest. Ambos son cabezas de ratón (nunca han llegado a la final de la Copa Libertadores) pero son los ejes sobre los que gira el fútbol boliviano. The Strongest no sólo es eso. Es un símbolo nacional. Conocido como ‘El Tigre’ por sus colores negro y amarillo, el equipo da nombre a la única batalla ganada por los bolivianos ante los paraguayos en la Guerra del Chaco, donde decenas de jugadores y centenares de socios perdieron la vida en mayo de 1934. En el tercer escalón, como outsider de los grandes, se encuentra Wilstermann, y tras el club de apellido alemán aparecen otros conjuntos como Oriente Petrolero o Club Blooming, todas ellas escuadras desconocidas para cualquier aficionado europeo e incluso irrelevantes para forofos sudamericanos.

Club Deportivo Jorge Wilstermann - Wikipedia, la enciclopedia libre
CD Jorge Wilstermann

Isaac Nogueira era el representante de Jairzinho. Se trataba de un empresario brasileño que también tenía negocios audiovisuales en Bolivia. Por entonces estaba llevando a varias artistas de su país a la entonces incipiente televisión boliviana. El caso es que aprovechó sus contactos para ofrecer a varios futbolistas brasileños desconocidos al semiprofesional fútbol del país andino. Todos totalmente anónimos, hasta que en ese listado apareció Jairzinho. Parece ser que un tal Joaquim Alencar se comprometió en hacer de intermediario entre Bolívar y Strongest, los Madrid y Barça bolivianos, para ver si estarían interesados en firmar a Jairzinho.

Podría parecer coser y cantar, pero no fue así. Primero se hubo de convencer a Jairzinho. Cobraría poco, pero sería un semidios. Le darían coche y alojamiento y viviría a cuerpo de rey. Podría jugar a medio gas, y aun así marcaría la diferencia. Con pantalón negro y camisa floreada y un espectacular pelo a lo afro arribó al aeropuerto de La Paz tras meses sin tocar un balón. Lo sorprendente es que llegaba a Bolivia con la promesa de firmar un contrato que aún no había sido redactado. Es más, ni siquiera se sabía en que equipo iba a jugar.

Primero se pusieron en contacto con Club Bolívar, pero sin obtener respuesta. El presidente, un tal Mario Mercado, estaba de viaje en Estados Unidos y en tiempos donde no existía la mensajería instantánea no había ni tiempo ni ganas a esperar una vuelta a casa. Luego se acercaron a departir con Jaime Pando, máximo dirigente de The Strongest. Hubo sonrisas, buena comida y buena educación, pero la respuesta fue negativa. Pando consideraba a Jairzinho un viejo fuera de forma.

Los dos mejores clubes del país habían rechazado, o bien por acción o bien por omisión, a todo un campeón del mundo brasileño. Toca el plan C. Toca llamar a la puerta de Wilstermann cuyo presidente, Alfredo Salazar, estaba a punto de presentar su dimisión, lo cual tampoco era de extrañar ya que por entonces el club cambiaba de dirigente prácticamente cada doce meses. Salazar ve el cielo abierto y acepta encantado la oportunidad que se le presenta ante sus ojos.

Jairzinho llegó a Cochabamba ciudad de la que, por supuesto, no sabía nada. A él le habían dicho que jugaría en La Paz y nada sabía de aquella ciudad de provincias (de cerca de millón de habitantes, eso sí). El recibimiento no fue acorde a lo esperado. Salazar podría estar muy contento, pero la prensa cochabambina no era tan entusiasta. Al contrario. Calificaron a Jairzinho de acabado, de viejo, de abuelete, y lamentaron el grave error del presidente. Consideraban que sería incapaz de aguantar el ritmo de los partidos en La Paz o en Potosí, donde los 4.000 metros de altura hacían incapaces a los más expertos futbolistas.

Nada más bajar del avión juega un amistoso ante un equipo brasileño de segunda fila. Se sale. La prensa le da cierto chance. Pasan un par de semanas, y Jairzinho se ejercita, pero poco, prefiere conocer la ciudad en la que le ha tocado vivir. Por entonces la liga boliviana se disputaba de mayo a noviembre. Así que, con algún que otro entrenamiento a medio gas y con la sensación de estar fuera de forma, a Jairzinho le tocó debutar. Y sería en Potosí ante Independiente Unificada. A 4.000 metros de altura, donde la presión del oxígeno es menor y la dificultad para respirar es hercúlea.

Y pasó lo que tenía que pasar. Que Jairzinho era lo mejor que jamás han visto y verán los modestos campos de fútbol bolivianos.

Sin despeinarse marcó un gol en su primer partido. Hubo lleno. Como en el siguiente encuentro. Y el siguiente del siguiente. Anotó un gol. En otro encuentro marcó otro. En otro marcó dos y en otro dio un par de asistencias. O gol o asistencia de Jairzinho, así acababan todos los partidos de Wilstermann. Quedan las fotos y las crónicas, porque la liga boliviana de 1980 no era televisada (existía torneo desde 1950 pero sólo era profesional desde 1977). Pero todo lo que se cuenta de su estancia en tierras andinas es legendario. En cierta ocasión dio tres asistencias de gol en apenas medio tiempo de un encuentro. En otra jornada decidió hacer huelga de brazos caídos alarmado por el horripilante viaje en carretera que tuvo que hacer en el autobús del equipo. Le prometieron viajar en avión y, una vez hubo volado, respondió con gratitud marcando un gol y dejando boquiabierto al respetable con una sarta de regates.

‘El rojo’ es campeón cuando nadie se lo espera y revoluciona todo lo antes conocido en Bolivia. Wilstermann ganó la liga con 22 victorias en 26 partidos y un récord de puntos jamás superado. Jairzinho anotó 17 goles y asistió en incontables ocasiones a sus compañeros entre ellos un tal Gastón Taborga, un chaval de 19 años surgido de la cantera y que con el tiempo se convertirá en emblema del club. Taborga acabará metiendo un póker de tantos en un partido, todos ellos a pase de Jairzinho.

Más alucinante fue la actuación de Jairzinho en la Copa Libertadores de la temporada siguiente. Wilstermann eliminó al Barcelona de Ecuador y a The Strongest para convertirse en el primer equipo boliviano en la historia que llegaba a la ronda semifinal de la Libertadores. Allí nada pudieron hacer ante el Flamengo de Zico, a la postre campeón, pero por entonces Jairzinho ya había abandonado Cochabamba. Había recibido la llamada del Botafogo que estaba atravesando un mal momento. Jairzinho no dudó en aceptar el socorro del club de sus amores donde disputó una última temporada antes de colgar las botas.

Jairzinho fue talento, pero también sonrisa, ingenio y compromiso. No fue a Bolivia a buscar su particular cementerio de elefantes sino a liderar y enseñar a base de generosidad y claridad con el balón. Dejó admiración, recuerdos y ansía de victoria en un grupo de jugadores que repetirían campeonato ya sin Jairzinho en sus filas. Pero Jairzinho lo que dejó sobre todo fue una retahíla de recuerdos imborrables que convirtieron a Cochabamba en una de las ciudades capitales del planeta fútbol durante unos legendarios meses.

Wilstermann. Los clubes, capítulo 6 | Historia del Fútbol Boliviano
Jairzinho

“Jairzinho había aprendido a desmarcarse cuando se buscaba la vida en el arrabal más duro de Rio de Janeiro”. Eduardo Galeano.

Otras historias del futbol sudamericano

Benfica 2-5 Santos (Eusebio contra Pelé en una batalla legendaria)

El caso Di Stéfano (de como ‘La Saeta’ firmó por el Madrid para desgracia del Barça a través de dos artículos)

Cuando la Intercontinental era una carnicería (el fútbol-boxeo sudamericano que espantó a los europeos a finales de los 60)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (de como el Bernabéu acogió una final de la Copa Libertadores)

River Plate-Boca Juniors (una reflexión sobre el superclásico)

El asesinato de Andrés Escobar (fútbol, apuestas y drogas en un autogol que se tornó en dramático)

Los siete balones de oro de Pelé (lo que hubiese ganado ‘O Rei’ si le hubiesen dejado)

El Brasil del 70 (a través de dos artículos una oda a la mejor selección de siempre)

Maradona: ángel y demonio (dos post sobre la muerte del Diego)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (una explicación a la tan arraigada costumbre de los ‘apelidos’)

Cuando Abdón Porte decidió suicidarse (honor y locura en un icono del fútbol charrúa)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta? (cuando Uruguay ganó dos Juegos Olímpicos con sello mundial)

El largo camino a casa de Isidro Lángara (la increíble historia del mejor goleador español de todos los tiempos a través de dos artículos)

Leer más

Ronaldinho y el partido del gazpacho

En el verano de 2002 el FC Barcelona era un club con un cuadro clínico de profunda depresión. En la temporada recién finalizada el Barça había acabado en una vergonzosa sexta posición, su peor clasificación en década y media, y había quedado eliminado de la Copa del Rey ante el modestísimo Novelda FC. Pasarían hasta tres entrenadores distintos por un Camp Nou en el que apenas se alcanzaba la media entrada. En febrero, Joan Gaspart había presentado su dimisión tras una vicepresidencia victoriosa de dos décadas y un bienio negro como presidente que se iniciara con la fuga de Luis Figo rumbo a Madrid.

En julio se iban a celebrar elecciones. Se necesitaba un revulsivo. El Barça llevaba un lustro sumido en el desánimo a lo que no ayudaba una nueva edad de oro del Real Madrid que aquel año logró su tercera Copa de Europa en color. El total ya era de nueve. El Barça vivía del recuerdo de Wembley 92.

Joan Laporta no era el favorito para ganar las elecciones. Pero al igual que había hecho Florentino con Figo años atrás para conseguir el trono madridista, Laporta hizo una promesa electoral que le garantizaría la victoria. Repitió por activa y por pasiva que si ganaba David Beckham sería futbolista del FC Barcelona. Además de guapo y una máquina expendedora de dinero, el centrocampista inglés era un volante de exquisita técnica que estaba considerado uno de los mejores jugadores del mundo.

En realidad todo era un farol. Sabedor de que Beckham era objetivo del Madrid, Laporta lo que hizo fue torpedear la operación y encarecer la compra. El Manchester United llega a un acuerdo con el FC Barcelona, pero Beckham prefiere firmar por el Madrid. A los merengues no les quedaría más remedio que subir la oferta para llevarse finalmente al centrocampista inglés. Pero mientras todo esto sucedía Laporta ya era presidente del Barça. Todo había salido tal y como había planeado.

El objetivo de Laporta era otro. Su vicepresidente era Sandro Rosell, el cual gestionaba los intereses publicitarios de Nike con la selección brasileña. Rosell tenía una excelente relación con Ronaldinho, un descomunal talento que por entonces militaba en el Paris Saint Germain. Había ganado el Mundial, pero eclipsado por futbolistas como Ronaldo y Rivaldo y militando en un equipo que por entonces era menor, tenía menos cartel que Beckham. Curiosamente el Barça hubo de luchar con el United para firmarlo, pero la resistencia fue mínima. Ronaldinho era nuevo jugador azulgrana.

Se cumplen 18 años de la presentación de Ronaldinho
Un nuevo ’10’

Ronaldinho será un desfibrilador que reviva el corazón de un club moribundo. El vestuario es otro. Ronaldinho es alegría, risas e infinidad de bromas. Es un artista que hace malabarismos con el balón mientras se ducha. Es un soñador que pone música en el vestuario y da toques al balón mientras saborea una caipirinha.

Ronaldinho debutó el sábado 30 de agosto de 2002 en San Mamés. Habría victoria azulgrana, pero con actuación individual decepcionante. Días después, el miércoles 3 de septiembre, tendría lugar el debut liguero en el Camp Nou. Aquella jornada se había adelantado porque el siguiente fin de semana había compromisos internacionales de selecciones. Brasil tenía una cita en Barranquilla ante Colombia la madrugada del sábado 6 al domingo 7 según el horario europeo.

Aunque el choque se tenía que disputar el miércoles, el FC Barcelona solicitó su adelanto para el martes. La decisión estaba falta de lógica dado que así los jugadores tendrían un día menos para descansar. Era un mal mayor. El miércoles Ronaldinho debía viajar a Brasil para incorporarse con su selección. No podría estar en el Camp Nou. Era indispensable su presencia. Se esperaba un Camp Nou lleno. Algo nunca visto en toda la temporada anterior. De hecho, en muchos choques no se había llegado ni al tercio de la entrada. Ronaldinho era el mesías. Habría que jugar el martes sí o sí. Sin la estrella no habría fiesta.

El problema es que el Sevilla FC, rival del Barça para aquella jornada entre semana, venía de vencer la tarde noche del domingo anterior al Atlético de Madrid en el Sánchez Pizjuán. Según la normativa vigente tenía que pasar un mínimo de 48 horas antes de poder disputarse otro encuentro. Así pues, el sueño del Barça era irrealizable. Ronaldinho no estaría aquella noche en el Camp Nou.

Pero ya se sabe que un hombre con una nueva idea es un loco hasta que la idea triunfa. Y Laporta tuvo una idea de loco. O al menos fue de loco hasta que se hizo real. Dado que el choque del Sevilla y el Atleti había terminado entorno a las 23:50 horas del domingo la junta directiva lo tuvo claro. Todo consistía en programar el choque para las 00:00 del miércoles, cumpliendo así con las 48 horas de rigor establecidas. Para evitar suspicacias y problemas alguien comentó que mejor programarlo para las 00:05 horas, no fuera a ser que la Liga considerase que las 00.00 horas seguía siendo un horario prohibido.

Dicho y hecho. El partido entre FC Barcelona y Sevilla FC tendría lugar a las 00:05 horas del miércoles 3 de septiembre cumpliendo con las 48 horas de descanso que establecía la Liga y permitiendo que Ronaldinho jugase el encuentro antes de coger un avión rumbo a Río de Janeiro. Tres días después de defender al Barça, Ronnie vestiría la verdeamarela en tierras cafeteras y así todos acabarían contentos.

Pero ya se sabe que a la masa no se le convence con consignas, sino con la satisfacción de sus necesidades.

Fue un partido especial, único. Diferente a todos los demás. Fue el inicio de todo. Pero no bastaba con Ronnie. Hacía falta algo más. Era un día de semana y el partido finalizaría a las dos de la madrugada. La mayoría no se abrazaría a la almohada hasta bien pasadas las tres del alba. Hacía falta un buen cebo.

Se organizaron un par de conciertos y actividades de ocio familiares en los aledaños del Camp Nou. Las entradas rebajaron su precio considerablemente y todo aquel que resolvió acudir al coliseo azulgrana recibió un vaso con su ración de gazpacho. Aquel día el Barça decidió homenajear a su rival andaluz, y de paso a los miles que desde las largas tierras de labranza se aventuraron a mejorar su fortuna en la industrial y cosmopolita Barcelona, regalando a todos los presentes una sopa fría con tomate, pimiento, ajo y pan.

Barcelona-Sevilla, el partido del gazpacho
Si la vida te da tomates…¡gazpacho!

Al que pasaría a la posteridad como el partido del gazpacho acudieron algo más de 81.000 espectadores. No se llenó el Camp Nou, pero fue una entrada colosal teniendo en cuenta el delirante horario. De todo ello nos hubimos de enterar al día siguiente, porque ningún canal de televisión quiso pujar por un partido que se antojaba deficitario. Lo disfrutaron los allí presentes. Como disfrutaron del gazpacho…y del pan, del chocolate, del fuet, del jamón y de la crema catalana. Porque todo era bueno para combatir el insomnio. Y el gazpacho refresca. Pero sólo con gazpacho no se llena el estómago.

Quedaba saber si Ronaldinho cumpliría con las expectativas.

Y Ronnie no falló.

El duelo ‘after hours’ no defraudó. Se adelantaron los sevillistas poco antes del minuto 10 tras un penalti transformado por el hoy malogrado y entonces imberbe José Antonio Reyes. Era aquel un Sevilla de corte menor, comandado por Caparrós en el banquillo y con Javi Navarro y Alfaro dando estopa en el campo, pero en el que los brotes verdes surgían por las esquinas. El Barça acusó el golpe, pero a medida que la primera mitad avanzaba recuperaba el mando por medio de Xavi, mientras los más hambrientos agotaban sus reservas sin esperar siquiera al descanso para tomar el postre.

Cuando la segunda parte hizo su aparición de Ronaldinho se sabía poco. Había dejado un taconazo en dirección a Luis Enrique que el asturiano malogró con un mal control. Como el buen dulce, el gusto por el taconazo fue efímero pero sus consecuencias terribles. El público esperaba algo más que un gesto técnico y sólo los estómagos agradecidos evitaban los murmullos.

Corría el minuto 59 cuando a Ronaldinho se le ocurrió demostrar que la entrada valía algo más que un vaso de gazpacho. Recogió el balón a la altura del círculo central, escorado en la banda izquierda. El brasileño montó el contraataque encarando a Martí, al que dribla con un golpe de cintura. Conduce con la derecha y con un cambio de ritmo deja atrás a otro sevillista para soltar un latigazo a 30 metros de la portería defendida por Notario. El balón describe una parábola perfecta y se cuela por la escuadra derecha del meta andaluz tras golpear el larguero.

Eran la 1:26 de la madrugada. El Instituto Geográfico Nacional detectó un breve movimiento sísmico en el barrio barcelonés de Les Corts. Más de 81.000 personas se levantaron de sus asientos. Dio exactamente igual que el Barça no marcase más goles y que el partido no pasase del empate. Aquel día se produjo un flechazo entre el Camp Nou y Ronaldinho. Ronnie iba a ser más que un jugador. Era una inyección anímica. Aquel día los socios del Barça dejaron el Prozac.

Lo cierto es que jugando de madrugada lo anormal era que Ronnie no jugase bien. Aquel malabarista de eterna sonrisa era un adicto a los partidos de la NBA e intentaba copiar jugadas realizadas con las manos a través de sus pies. Ronnie jugaba para divertirse y para que la gente se divirtiese. Era un funambulista del balón. Un pícaro con botas.

Tras estirar, ducharse y suponemos que cenar algo, Ronaldinho se acercó hasta el aeropuerto del Prat donde a las 07:00 de la mañana de aquel 3 de septiembre cogió un vuelo rumbo a Brasil para cumplir con su selección. La ‘canarinha’ vencería por 1-2 en Bogotá y Ronaldinho no llegaría a vestirse de corto.

Tanta historia para nada.

Ronaldinho sacó de la UCI al Barça y puso los cimientos para la época más gloriosa de su historia. Con el tiempo hubo que sacarlo de Barcelona para que sus devaneos nocturnos no corrompiesen a aquel enjuto argentino criado en La Masía que miraba a Ronnie con ojos embobados. Pero antes de que Messi dominase el fútbol contemporáneo, Ronaldinho fue durante un par de años el mejor futbolista del mundo liderando al FC Barcelona a la conquista de su segunda Copa de Europa y exhibiéndose hasta el punto de que el Bernabéu acabaría aplaudiendo su genio.

Otras historias del FC Barcelona

El caso Di Stéfano (como el Madrid arrebató al Barça a Di Stéfano en dos partes)

Cuando Puyol secó a Figo (la ensordecerá vuelta del pesetero Figo al Camp Nou)

Gerard Piqué (tan bueno, como políticamente incorrecto)

Zamora; ¿rojo o facha? (los devaneos políticos del mejor futbolista español de la primera mitad del siglo XX)

Iniesta y Navarro (dos formas distintas de despedir a dos ídolos azulgranas)

FC Barcelona; un equipo sin una Liga (reflexiones sobre la independencia de Cataluña)

FC Barcelona; un compromiso con el catalanismo (los orígenes del ‘més que un club’)

FC Barcelona; la Guerra Civil (luces y sombras en la época más oscura de la historia reciente de España)

FC Barcelona; una historia de la Transición (la posición política del club azulgrana tras la muerte de Franco)

Neymar; diario de mi verano (crónica de un fichaje que batió todos los registros)

De la final de las botellas al caso Guruceta (Madrid-Barça en el tardofranquismo)

La Liga del Dépor (la historia de la no liga del Dépor que acabó siendo la cuarta del Barça de Cruyff)

Leer más

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos?

Pelé, Garrincha o Rivaldo. Todos ellos son sobrenombres. Son todos motes. ¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? A decir verdad no son sólo los brasileños, también entre portugueses anda el juego. Y lo cierto es que no es cosa sólo de futbolistas. Es raro que en portugués no se ponga apodo a cualquiera. Da igual que se deportista, ministro o mediopensionista.

El idioma portugués está considerado una lengua dulce y agradable. Es el séptimo idioma mundial en número de hablantes maternos. Lo que en castellano es un apodo en portugués es un ‘apelido’. Prácticamente todo el mundo tiene un ‘apelido’, sea por una característica física, un rasgo familiar, un nombre o por una cualidad o condición psicológica.

Pero la pregunta no tiene respuesta certera más allá de la famosa sonoridad del portugués. Hay estudiosos que lo atribuyen a la dulzura típica de Brasil. Según estos filólogos, fue a través del mestizaje como esa proliferación de apodos se hizo un hueco en el uso del lenguaje. Otros argumentan que el origen está en la madre Portugal, donde era tradición poner nombres compuestos a los recién nacidos (uno escogido por los padres y otro por los padrinos), por lo que en ocasiones era necesario buscar un apodo que contentara a las cuatro partes.

Lo de los apellidos resulta algo lioso, ya que la mujer, al casarse, cambia su nombre y adopta algunos de los apellidos de su marido. Aún ya andado el siglo XXI continúan siendo minoría las mujeres que no lo hacen. Hay que tener en cuenta que el último apellido que aparece en el carné de identidad es el del padre, el llamado, por los lusos, nombre de familia. Es decir, que una hipotética mujer portuguesa llamada Paula María Rodrigues Teixeira Gomes, acaba por ser tratada como Paula Gomes, de forma simplificada. Su marido se podría llamar perfectamente Rui Pedro Bento Teixeira Gomes, al que llaman Rui Gomes. En este posible caso la mujer guarda el apellido Rodrigues de su familia y ha adoptado otros dos de su esposo.

Pero la fama mundial de los apodos, de los ‘apelidos’, se la dio el triunfo brasileño en el Mundial de 1958. Aquel equipo estaba liderado por dos fenómenos, un imberbe llamado Edson Arantes y un adolescente que respondía al nombre de Manoel dos Santos. El primero no era otro que Pelé, que tenía ese apodo porque cuando era pequeño admiraba al portero del equipo donde militaba su padre, que no era otro que un tal Bilé. Como de Bilé se pasó a Pelé ya es un misterio.

Y sí, Pelé de pequeño quería ser portero.

A Manoel le pusieron el apodo de Garrincha, que no es más que un pájaro amazónico grotesco y en apariencia torpe, pero que es desesperadamente veloz. Manoel, uno de los mejores regateadores de la historia en buena medida gracias a sus piernas torcidas, se ajustaba como anillo al dedo a dicho ‘apelido’. En aquel Mundial disputado en Suecia, los periodistas bromeaban con que la alineación carioca estaba formada por Dida, Dadé, Didí, Dodó y Dudú ante tal cantidad de apodos y nombres impronunciables. Además de por su calidad, una de las razones del éxito de Pelé es que fue aceptado rápidamente por los suecos porque Pelle (con dos eles) es un nombre común en Suecia, mucho más fácil de recordar (para los nórdicos) que los Dida y Didí de turno.

Un lío, ¿verdad?

No obstante hubo un tiempo en el que los apodos pasaron a ser clandestinos. Durante la travesía en el desierto del fútbol brasileño (1970-1994) hubo voces poderosas que pidieron eliminar los ‘apelidos’ por considerarlos infantiles y humillantes. Eran tiempos donde la boca se llenaba al escuchar en las crónicas periodísticas a los majestuosos Marco Van Basten, Karl-Heinz Rummenigge o Diego Armando Maradona. Felizmente la idea no llegó a buen puerto. Y en ciertos casos hasta sería contraproducente. Junior, lateral izquierdo de la ‘canarinha’ en los 80, era el apodo de Leovegildo Lins.

Cumple diferenciar apodos de diminutivos. Los Zé Roberto, Zé Elías o Zé Castro no son más que pepes. Zé es Pepe, al igual que Chico es Fran, Mané es Manu, Drica es Adri, Beto es Rober o Binho es Robson. Aunque sí, éste último es mucho más rebuscado.

También hay una serie de apodos que tuvieron que contraerse o expandirse para conseguir su lugar en el mundo. Ronaldo Nazario nació futbolísticamente como Ronaldinho hasta que explotó y se convirtió en Ronaldo. Ronaldinho (el del Barça) era jugador de tronío para ser Ronaldo, pero como ya había uno contemporáneo, y tan bueno o más que él, se quedó con el sufijo –inho. Al mismo tiempo surgió otro Ronaldo, este central y de menor enjundia, y se quedó en Ronaldao.

Al igual que Ronaldos hay decenas de Luisaos. Otra opción es añadir al ‘apelido’ un apellido en función de su lugar de nacimiento. Gaucho, Paulista, Pernambucano… Una vuelta de tuerca a esta idea fue la de ex delantero del AC Milan Alexandre Rodrigues, que se puso Alexandre Pato en honor al pueblo donde nació (en España existe el archiconocido caso de Carlos Alonso, que pasó a ser Carlos Santillana, preciosa población cántabra).

Los hay bastante divertidos. Carlos Caetano Blenidorm fue el capitán de la selección carioca durante la victoria en el Mundial de 1994. Dunga, apodo del personaje, recibe el nombre por su parecido con Mudito, uno de los siete enanitos. Dopey en su versión original en inglés, Mudito en castellano y Dunga en portugués. Cuando Dunga asumió el cargo de seleccionador brasuca en 2006 un canal de televisión brasileño envió a una periodista disfrazada de Blancanieves y a los otros seis enanitos para entrevistarlo y darle la enhorabuena.

Más jugosos son los de Vágner Silva, el delantero del amor. Este clásico del fútbol de inicio de siglo pasó a ser conocido como Vágner Love cuando en una de sus primeras convocatorias con el Palmeiras fue sorprendido en plena faena por su entrenador en la habitación de su hotel. A Ricardo Izecson le pusieron Kaká porque su hermano era incapaz de pronunciar la palabra Ricardo y le hizo gracia llamarle Kaká. A Givanildo Vieira le quedó el apodo de Hulk por su parecido con la bestia verde. A José Roberto da Gama en cambio le pusieron Bebeto por su cara angelical que resiste al paso del tiempo.

Para la opinión pública, fuera de casos puntuales, no existen conflictos intergrupales y florecen los chistes, los estereotipos o las obscenidades. Pero desde arriba lo políticamente incorrecto avanza a pasos agigantados. Si lo de Hulk para muchos pudiese ser hoy ofensivo, imagínense con unos clásicos del siglo pasado. Ricardo Rogerio (Alemao, por ser rubio), Claudio Ibrahim Vaz (Branco –obvio-), Antonio Carlos (Negro –obvio-), Joao Ferreira (Bigode, por su estrafalario mostacho) o Nilton Pinheiro (Batata, con problemas para la contención de peso por culpa de las patatas fritas).

Eduardo Gonçalves no es otro que Tostao, uno de los héroes del Brasil del 70. Se dice que era tan bueno que cuando era un niño jugaba contra adolescentes y los volvía locos con sus regates. Por eso aquellos chavales le pusieron el apodo de Tostao, una moneda medieval de plata, pequeña en tamaño pero de inmenso valor.

Son sólo varios ejemplos. Pero hay muchos más. Los portugueses son más comedidos, pero también han aportado parte a este galimatías. Manuel Gomes (Nené), Luis Filipe Madeira (Figo), Luis Carlos Almeida (Nani) o Pedro Miguel Carreiro (Pauleta) son algunos ejemplos.

Los ’apelidos’ perviven, pero la globalización hace sus efectos. En el Mundial de 2018 la selección brasileña mostró diminutivos, pero no así apodos. El diario ‘O Globo’ escribió un bonito editorial lamentando la ausencia de ‘apelidos’, en su buen juicio,  “una muestra más de que el fútbol brasileño es cada vez más corporativo y menos irreverente”. Y añadía que “en un país que siempre fue creativo en colocar apodos, un nombre común no sobrevive a una carrera mediocre”.

Este verano el Benfica ha fichado a Éverton Sousa Soares. Procedente del Gremio, internacional con Brasil, fue máximo goleador de la Copa América de 2019 y ha dado el salto a Europa este verano a los 24 años. Cuando con 18 años debutó con el Gremio nadie sabía quién era ese tal Éverton. Su ‘apelido’ era Cebolinha, por su cara redonda en forma de chupa chups similar a un dibujo animado popular en Brasil.

Ahora que quiere triunfar en Europa, prefiere ser conocido como Éverton. De la ‘cebolinha’ no queda ni la ‘raicinha’.

Leer más

Brasil del 70 (50 aniversario) 2ª parte

No hay discusión. El Brasil del 70 realizó la mejor fase final que nunca se ha hecho en un Mundial de fútbol. Fue un fogonazo sin continuidad. ¡Pero qué fogonazo! Hay quien dice que el fútbol que España realizó en el Mundial de Sudáfrica de 2010 se le asemejó. Pues no. España tocó y enamoró, pero no concretó. Brasil fue un terremoto. Tocó, enamoró y concretó. España jugó a lo ancho, Brasil a lo ancho y a lo largo. El Brasil del 70 lo ganó todo y nunca se dudó de su victoria. Vapuleó a todos. 6 de 6. 19 goles a favor y 6 en contra. Y todo esto venciendo a tres campeones del mundo (Inglaterra, Uruguay e Italia) incluyendo entre ellos al que entonces era el vigente vencedor. España ganó 6 de 7. 9 goles a favor y 2 en contra y tan sólo derrotó a Alemania entre los triunfadores mundiales. Pero lo más relevante es que aunque España tiñó el campo de flores nunca transmitió la suficiencia que mostró Brasil.

Brasil sedujo, convenció y conmovió con la pureza de un argumento sencillo. Una dicotomía basada en el toque de balón y en la combinación ofensiva. La simplicidad del juego, el jugar e improvisar, se convirtieron en creación y belleza. El equipo de los cinco dieces. De los cinco mediapuntas. Jairzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino. Todos ellos sostenidos por Clodoaldo, un imberbe de 20 años que ejercía de patrón de barco. Y es que por delante de Clodoaldo sólo había magia. Quizás semejante despropósito ofensivo no hubiera ganado una Liga, pero en un campeonato corto formaban una colección de ases indestructible.

Primer partido. 3 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Una bomba que superaba siempre los 30 grados de temperatura con una humedad procedente del Pacífico que cortaba la respiración. El primer partido del grupo era una repetición de la final de 1962. Brasil-Checoslovaquia. Los europeos habían declarado no tenerle miedo a la ‘canarinha’ abduciendo que Pelé estaba en la cuesta abajo de su carrera. Y lo cierto es que al poco de comenzar Brasil tocó y tocó hasta que le llegó el balón a Pelé que, a puerta vacía, envío el balón al segundo anfiteatro. Luego Petras le rompió la cintura a Brito y puso el 0-1 en el marcador a los diez minutos.

Fue un espejismo. Los acabados eran los checoslovacos. A partir de entonces Brasil fue un terremoto. Minutos más tarde Pelé cae en la media luna del área. Todo el mundo espera el lanzamiento de Pelé, pero es Rivelino el que dispara un misil con la zurda que se cuela en la base del poste izquierdo de la meta defendida por Ivo Viktor.

Con el 1-1 llegó una muestra de fragancia de ‘O Rei’. Pelé se había percatado de que Viktor tenía tendencia a salir del área, algo inusual en los porteros de entonces. Así que antes de pisar la línea del centro del campo, a unos 60 metros de distancia, Pelé quiso comprobar cuanto de miope tenía. Imprimió al balón la fuerza necesaria, pero el esférico se marchó lamiendo el palo derecho del portero. Fue prodigioso. Nunca antes se había visto algo semejante en un partido de tal envergadura. Y si antes alguien lo hubo hecho no tenía la televisión para darle pábulo. Fue el primer no-gol de Pelé en ese Mundial. Todo un shock. “Desgraciadamente el balón rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, señaló Pelé al acabar el choque.

La segunda parte fue un baño de juego brasileño que se saldaría con otros tres goles, uno de Pelé y dos de Jairzinho, el segundo de ellos tras un fenomenal disparo cruzado tras salvar las tarascadas de tres defensores.

Rivelino (11) formaba la media izquierda junto a Gerson. Era el hombre de la visión de juego, los regates y sobre todo el libre directo. Zurdo. Ser zurdo es al fútbol como nacer con una barra de pan en la punta de la bota. Dicen que tras un partido, mientras los jugadores se relajaban en la piscina de su hotel de Guadalajara, apareció Pelé. Tostao, Gerson y Rivelino se miraron entre sí como diciendo a ver cómo podían picar a ‘O Rei’. De repente Rivelino gritó: “Oye, ¿a ti te gustaría haber nacido zurdo, no?”, mientras los demás se meaban de la risa. Y es que Pelé era dios, pero Pelé era diestro. Rivelino tenía una siniestra asombrosa que convertía mandarinas en obuses. Su forma de golpear era tan ingeniosa que en plena Guerra Fría fue bautizada como ‘patada atómica’. De Rivelino se recordarán sus faltas, su bigote y su elástica, un regate hecho con piernas de chicle y botas de gelatina. Ronaldinho, antes de Ronaldinho.

Segundo partido. 7 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Otra tarde tórrida. Se jugaba al mediodía, tarde-noche en Europa. Cosas de los derechos televisivos. Brasil-Inglaterra. Los dos gallos del grupo luchando por el primer puesto. Inglaterra era el vigente campeón mundial.

La prensa inglesa no escatimó elogios: «Debía estar prohibido jugar un fútbol tan bello», clamaron los periódicos ingleses por los recitales de toque, movilidad y las incorporaciones sorpresivas de Carlos Alberto y Everaldo en los laterales. “No se escribe P-E-L-É, se escribe D-I-O-S”, clamó otro rotativo. Ese partido fue la prueba más fehaciente de que Brasil era todo coordinación, estética y hambre de victoria. Inglaterra, la gran Inglaterra de Moore y Charlton, puso el autobús. No fue un partido de fútbol, fue un frontón. Una humillación de clase y juego que se vio acolchada porque la ‘canarinha’ sólo consiguió anotar un gol.

Pero menudo gol. Tostao se atrae a tres ingleses, caño a Bobby Moore incluido, centra al punto de penalti y Pelé, con un control sublime y un giro de tobillo, tira a otros tres ingleses al suelo, hasta que aparece un Jairzinho que, acostumbrado a escabullirse en los arrabales de Río, no lo iba a tener complicado para sacar el cuchillo ante aquellos victorianos.

Antes, en la primera parte, vimos otro momento icónico del Mundial. Jairzinho centró desde la derecha y Pelé se elevó a los cielos para realizar un perfecto remate picado de cabeza. Entonces, de la nada, apareció Banks, que con un escorzo felino desvió el balón por encima del larguero. Aquella es considerada la parada de la historia, porque si ya de por sí era complicada, lo que es incomprensible es como Banks consiguió despejarla por encima del larguero cuando la lógica dictaba que el balón quedase muerto dentro del área.

Tostao (9) era técnicamente perfecto. Zurdo, como no. Lo tenía todo. Regate, visión de juego, coraje, personalidad, imaginación y disparo. Era un estilista. Tenía permiso para comprar la careta de Pelé en una fiesta de disfraces. Pero no le dio tiempo. Meses antes de iniciarse el Mundial, con apenas 22 años, Tostao recibió un balonazo en un ojo que le causó un desprendimiento de retina. Tuvo que ir a operarse a Estados Unidos y al Mundial llegó medio ciego. No necesitaba más que un ojo para sentar cátedra, pero tras cinco intervenciones quirúrgicas tuvo que quitarse la careta de Pelé con solo 26 años. Tostao fue, pero pudo haber sido.

Tercer partido. 10 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Más calor. Brasil está clasificada. Toca jugar un trámite ante Rumanía. Es el partido más flojo del Mundial. La ‘canarinha’ sale con exceso de confianza y se rompen con facilidad sus pocas costuras defensivas. Gana 3-2 en un partido sin historia. El choque da para ver como Pelé anota un gol de falta calcando la posición y el disparo de Rivelino ante Checoslovaquia. Aquí mando yo, parece que exclama. También sirve para que Jairzinho anote un doblete. Es su cuarto gol en el Mundial. Acabará con siete, siendo el primer y único jugador que ha anotado en todos y cada uno de los partidos de un Mundial desde la inauguración hasta la final.

Jairzinho (7) era el más terrenal de los cinco. Tuvo que sustituir a Garrincha tanto en el Botafogo como con Brasil, y eso hace terrenal a cualquiera. Era un huracán que se comía la banda a bocados y que tenía un disparo demencial que convertía a los porteros en mantequilla. Solía pegarse a la línea de cal y tras una finta disparar un fastuoso tiro cruzado a pierna cambiada. En México alcanzó el clímax de su carrera porque de los ‘cinco dieces’ era el único que estaba a gusto con la posición asignada.

Cuartos de final. 14 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Del calor ya no hablamos más. Brasil-Perú. El mejor partido de todo el Mundial. Ataque y más ataque. Pelé contra Cubillas. Dos equipos que no sabían defender. Fue un festival de juego, paredes y regates por parte de ambos equipos. Hubo 49 tiros a puerta entre los dos conjuntos. El entrenador del mejor Perú de la historia (Chumpitaz, Sotil, Cubillas) era Didí, una leyenda del fútbol brasileño que había ganado el Mundial de 1958 compartiendo delantera con un jovencísimo Pelé.

Cuando uno contempla un resumen del choque (4-2) ve que los goles de Rivelino, Tostao (2) y Jairzinho son preciosos (así como los de Perú, con la inestimable ayuda de Félix), pero más lo son las jugadas que los preceden y las que no acaban en gol. Al poco de empezar hay una clásica jugada de Pelé que mata el balón con el pecho al borde del área tras un pase perfecto de Gerson, usa la rodilla como guante para tumbar a un defensor, y, sin bajar de revoluciones, remata a la base del poste. No es gol. Pero de repente aparece Pelé para pasar por encima de un defensor e intentar revivir la jugada con un taconazo. ¡Qué más da que no fuese gol! «Si un marciano preguntase qué es el fútbol, un vídeo del partido Brasil-Perú del Mundial de México de 1970 lo convencería de que se trata de una elevada expresión artística», diría el escritor escocés Alastair Reid.

Gerson (8) era otro genio, y como genio que era, también era zurdo. Aportaba la pausa, la cautela, pero fundamentalmente el carácter. De los cinco dieces Gerson era el que tenía el carácter más agrio, el que reñía y vociferaba cuando el golpeo no era el adecuado. Le llamaban papagayo porque no paraba de graznar y protestar ejerciendo de profesor tanto fuera como sobre el tapete. Era el delineante del grupo. El que con escuadra y cartabón colocaba suavemente el balón a los pies de su dueño. Atacado por las lesiones se perdió un par de partidos, pero reapareció ante Perú y ya lo jugó todo hasta la final.

17 de junio. Semifinales. Estadio Jalisco de Guadalajara. Brasil-Uruguay. Era la primera vez que ambos conjuntos se enfrentaban en un Mundial desde el ‘Maracanazo’. Había tensión. Muchísima tensión. La junta militar exhortó a los futbolistas para ganar. Los periodistas estaban muy encima, y el sentir de la afición y de los jugadores denotaba miedo. Uruguay era competitividad pura. Ya en el sorteo de campos los uruguayos se pusieron a gritar la palabra Maracaná para sembrar el terror en la ‘canarinha’. Brasil comenzó el partido de forma irreconocible, dando malos pases y sin imponerse en el juego. Y Uruguay domina físicamente, con dureza y patadas, y también en el marcador.

En el minuto 19 Brasil comete un error en la entrega y en un rápido contraataque Uruguay se adelanta. Por primera vez se ve a los brasileños discutiendo entre ellos. Los nervios afloran mientras las patadas se suceden permitidas por el árbitro español Ortiz de Mendibíl (el de los tebeos de Zipi y Zape). Pero en el descuento del primer tiempo Clodoaldo sube al ataque, algo que nunca hacía, y tras una pared con Tostao anota el empate. 1-1. Gol psicológico.

A partir de ahí cambia el partido. Brasil vuelve a ser Brasil en la segunda parte. Controla el juego, imprime velocidad y actúa con inteligencia. Primero Pelé ataca cual gacela dejando con hambre a varios leones, hasta que suelta el balón para que Jairzinho anote. Y luego en el 89 se adentra dentro del área, para el tiempo y decide que sea Rivelino el que ajusticie a Uruguay. 3-1 y a la final.

Y en el descuento la apoteosis. El otro no-gol. Con Uruguay volcado al ataque Tostao lanza un contraataque. Pelé va a recibir el balón ante la salida de Mazurkiewicz, pero en vez de tocar el esférico decide dejarlo pasar como si fuese el hombre invisible. Pelé lleva el circo al fútbol y decide rodear a Mazurkiewicz en vez de encararlo. Vuelve hacia atrás para rematar su obra, pero otra vez la diosa fortuna considera que la imperfección es más bella que la perfección. Es el arte sin gol. “A lo mejor Pelé falló el gol porque yo le forcé a escorarse”, replicaba un dolido Mazurkiewicz al finalizar la semifinal. Hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad en México 70, pero ninguno acabó en gol.

Pelé (10) era la poesía. Era el fútbol hecho hombre. Contaba con diversas velocidades. En la primera era capaz de romper las defensas cual cuchillo. En la segunda tenía la capacidad de parar el tiempo e hipnotizar a los rivales con giros inclasificables de su tobillo. Dicen que una vez le preguntaron a Menotti como se podía marcar a Pelé, y el técnico argentino contestó; “con una tiza”. Pelé dejó para el recuerdo algunas de las jugadas más inverosímiles que se han visto en un campo de fútbol y la sensación de que su juego pervivirá en la inmortalidad. El hombre de los 1.000 goles es más recordado por sus no-goles que por los que convirtió. En aquel Mundial los hizo de falta, de cabeza, con la derecha y con la izquierda, pero inconformista, siempre dijo que los hubiese cambiado todos por hacer anotado una chilena en un Mundial.

21 de junio. Final. Estadio Azteca. México Distrito Federal. El coloso de Santa Úrsula. 110.000 almas. Hace calor, pero menos. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. La noche anterior tocó rezar. Pelé fue también el impulsor de una tradición que aún hoy en día mantiene la ‘canarinha’. Ferviente católico, Pelé promovió que todos los días tras la cena se realizara una oración de forma conjunta. Nunca se hacía un rogo sobre el fútbol. Siempre era por un familiar enfermo, un amigo o los más necesitados. No era obligatorio, pero creyentes o no, acabaron todos formando parte del ritual.

Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con ‘O Rei’ en esa jugada, lo explicó así: «Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo: Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado». Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina.

Los 45 minutos finales fueron una exhibición ‘canarinha’. «Italia se enfrentó a monstruos de otro planeta. Auténticos tiranos del fútbol que juegan a ritmo de samba”, escribió ‘La Stampa’. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimetrados a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho.

Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro ‘jogo bonito’. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria.

El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear el primer Mundial en color de la historia. Un periodista carioca entró al vestuario brasileño de rodillas y pidió perdón a toda la plantilla a lágrima viva por sus críticas a los futbolistas antes del Mundial. “Cuando llegó el Mundial nos encontramos todos números diez. Entonces tuvimos que adaptarnos para poder jugar juntos. Y todo salió a la perfección. Conformamos la mejor delantera de la historia del fútbol brasileño y creo que del mundo,” declaró Jairzinho.

Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con 7 tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Camino de cumplir los 30 años dio su último recital y se consolidó como el mejor jugador de todos los tiempos para la mayor parte de los expertos y el único con tres títulos mundiales en su palmarés.

 “Con aquel equipo hubiésemos ganado tres Mundiales más seguidos. No había jugadores como Pelé, Tostao, Jairzinho, Rivelino o yo. No los ha habido y no los va a volver a haber nunca”. Gerson.

Leer más

Brasil del 70 (50 aniversario) 1ª parte

Abril de 1970. Faltaban apenas un par de meses para el inicio del Mundial de México y la selección brasileña se disponía a jugar su penúltimo partido de preparación en Sao Paulo. El rival era la débil y desconocida selección de Bulgaria. Se esperaba una plácida y fácil goleada. El resultado final fue de 0-0, mismo marcador que el cosechado quince días antes en otro amistoso ante Paraguay. Las sensaciones no eran buenas. Pero la gota que colmó el vaso no fue el empate, sino que en aquel encuentro de preparación el seleccionador Saldanha dejó en el banquillo a ‘O Rei’ Pelé.

Hace justo ahora medio siglo una fugaz aparición en el planeta fútbol expresó la técnica en términos renacentistas. El Brasil del 70 es al fútbol lo que Picasso a la pintura o Mozart a la música. Hipérboles de los amantes del balón, pero que no son más que la admiración por un equipo que hizo del juego colectivo algo extraordinario a través de maravillosas individualidades. Su famosa delantera formada por cinco dieces era un conjunto de virtuosos técnicos enamorados del gol. Brasil desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. Era hipnótico ver como los brasileños acariciaban el balón incluso cuando lo golpeaban con fiereza.

El Brasil del 70 es para algunos el mejor equipo de la historia del fútbol. Es mucho decir, porque, como nos hemos cansado de repetir en este blog, no es coherente comparar distintas épocas. Además, entre la prematura retirada de Pelé y las lesiones que castigaron a Gerson y a Tostao, ese equipo de ensueño no tuvo continuidad. Lo que sí que se puede decir sin discusión es que es el Brasil del 70 es el conjunto que ha unido la victoria con el brillo y la estética de forma más hermosa.

Al mito del Brasil del 70 lo ayuda la perfección del Mundial de México. Un Mundial único. Y es que México 70 representa el juego del fútbol más puro que se ha visto por plasticidad y por ejecución, junto a un nivel técnico superlativo. Todo era nuevo, todo era hermoso. Era la primavera del fútbol. Se usaron por primera ocasión las tarjetas para beneficiar a los futbolistas de ataque. Consintieron dos sustituciones por equipo, otorgando mayor riqueza táctica al juego y oxigenando a los futbolistas fantasistas. Se retransmitió el Mundial a color y vía satélite por vez primera, y se diseñó un bellísimo balón de fútbol de nombre Telstar compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros que desterraría al baúl de la historia a la bola de cuero de color marrón tradicional.

Preciosas también eran las camisetas de juego que inauguraron una década icónica y rompedora. Aquellos cuellos anchos, melenas al viento y ese color tan puro que percutía en el iris de la gente a través del televisor diseñó algunas de las indumentarias más recordadas del fútbol. Las primeras zamarras proporcionadas por marcas oficiales y que lucían resplandecientes en color y con la preciosa luz del verano mexicano. Nunca antes se habían fabricado camisetas diseñadas para evitar la acumulación de transpiración en el cuello. Elásticas hechas a medida como si de un traje de tweed se tratase.

Y por supuesto Mexico 70 fue el Mundial del partido del siglo. Una agónica victoria en la prórroga de Italia ante Alemania en una electrizante semifinal. La epopeya más grande jamás vista en cerca de cien años de historia de los mundiales de fútbol.

Pero volvamos al mes de abril de 1970. Al partido de Brasil ante Bulgaria. ‘O Rei’ saltó al campo en la segunda parte con el número 13 en la espalda. Si la suplencia ya hacía daño, lo del número 13 era de juzgado de guardia. Daba la sensación de que los jugadores, los mismos que en la fase de clasificación pasaron por encima de sus rivales, le hacían la cama al seleccionador. La prensa estalló. Se acusaba a Saldanha de loco visionario, pero también se culpaba a los jugadores por falta de carácter y por tener actitud de divos. Gerson, uno de los acusados, fue taxativo: “Este Mundial lo va a ganar Brasil. La única manera de que no lo ganemos será rompiéndole una pierna a Pelé, un brazo a Tostao, la cabeza a Rivelino o quebrando mis rodillas”.

Tres días después Joao Saldanha era destituido y se elegía como seleccionador a Marío Zagallo.

¿Qué había pasado?

Pelé y Brasil habían fracasado en 1966. ‘O Rei’ acabó el campeonato cosido a patadas y, viendo que la generación victoriosa de 1958 y 1962 se apagaba, decidió dejar la selección brasileña. 1966 fue el año en el que anotó menos goles. Apenas tenía 26 años, pero daba la sensación de que estaba cansado y había perdido la magia por el juego.

Por entonces Pelé era un animal de circo explotado por el Santos. En una ocasión el Santos FC realizó una gira por África con parada en Nigeria. Los nigerianos estaban enfrascados en una guerra con Biafra, una región que proclamaba su independencia. Fue llegar Pelé al país e inmediatamente se decretó una tregua de una semana para que ‘O Rei’ y su equipo pudiesen realizar la gira. Más estrambótico fue la parafernalia que rodeó a Pelé el día en el que marcó su gol número 1.000, con una cantidad de festejos que harían palidecer al carnaval de Río.

En aquellos años Brasil estaba regido por una dictadura militar. Como había restricción de libertades, el fútbol era uno de los pocos campos donde la crítica era libre. Y había motivos para criticar. No sería hasta 1968 cuando Pelé decidió volver, pero aun así Brasil no carburaba y pocos daban como favorita a la ‘canarinha’ para el Mundial de 1970. Uno de los más críticos era Joao Saldanha, un polémico ex entrenador y ahora periodista de filia comunista. Joao Havelange, entonces máximo mandatario de la federación brasileña, creyó que si le daba el cargo de seleccionador acallaría las críticas, e hizo suya la máxima bélica de que si no puedes con tu enemigo lo mejor es unirte a él.

Pelé nunca fue un hombre de política. Dicen que la diferencia entre Brasil y Estados Unidos, los dos países desarrollados más poblados del mundo con mayor porcentaje de población negra, radica en que los primeros tienen un deporte común para todos y los segundos tienen cosificados sus deportes según la raza. El caso es que el fútbol en Brasil es religión, y aun habiendo problemas raciales, existe un consenso comúnmente aceptado de que su éxito reside en que está ajeno de polémicas. Pelé siempre siguió al dedillo esa máxima. En su vocabulario sólo hubo fútbol. “Llegó donde los negros nunca llegan, pero nunca regaló un minuto de su tiempo ni nunca se le cayó una moneda del bolsillo”, dijo de él Eduardo Galeano.

Saldanha se reunió con Pelé y ofreció el reinado absoluto. Le juró que sería el alma del equipo como siempre había sido y le prometió un juego ofensivo total. También le dijo que al haberse establecido las tarjetas los defensas no serían tan duros. Pero lo que cambió la idea de ‘O Rei’ fue la posibilidad de ser el primer futbolista en ganar un tercer Mundial y poder hacerlo disputando todos y cada uno de los partidos. En 1958 empezó como suplente y tanto en 1962 como en 1966 acabó lesionado al poco de comenzar el torneo.

Brasil se clasificó para el Mundial arrasando a Paraguay, Colombia y Venezuela en la fase eliminatoria. Sumó 23 goles en 6 partidos. Faltaba aún un año para el Mundial pero parecía que todo marchaba sobre ruedas.

El problema radicaba en que Saldanha era una mosca cojonera. Y a una mosca le encanta la mierda. Empezó a soltar declaraciones gratuitas a la prensa. Se decía que los futbolistas eran tan buenos que jugaban solos (lo cual no era del todo incorrecto) y que se había vendido a los gerifaltes de la federación brasileña. Así que empezó a decir lindezas. Primero sostuvo que Leao, el portero suplente, era un deformado y tenía los brazos cortos. En otra ocasión criticó los actos de rabia de Gerson y le recomendó públicamente que fuera a un psicólogo. Pero la traca fue cuando dijo que Pelé ofrecía un bajo rendimiento porque era miope. Pelé ya era miope cuando con 17 años asombró al mundo en el Mundial de 1958 pero, ahora, siempre según Saldanha, su miopía le impedía rendir a buen nivel.

Y Saldanha tenía otro problema a mayores. En una entrevista, el general Medici, presidente de Brasil, manifestó que su jugador favorito era Darío, un delantero del Atlético Mineiro que aquella temporada había anotado más goles que el mismísimo Pelé. Cuando fue preguntado si Darío iría al Mundial, Saldanha fue rotundo: “El presidente dirige al país y yo dirijo a la selección”.

Así que cuando a Saldanha le da un ataque de entrenador y decide poner de suplente a Pelé ante Bulgaria ya había cavado su propia tumba. Mario Zagallo sería el nuevo técnico.

— LOS CINCO DIECES —

Zagallo había sido campeón del mundo en 1958 acompañando a Pelé en la delantera y también había resultado victorioso en 1962, aunque relegado ya al rol de suplente. Zagallo era un hombre honesto pero inexperto en tácticas, y escogió como segundo a un veinteañero desconocido, pero obseso por el fútbol, llamado Carlos Alberto Parreira, y que décadas después sería un célebre entrenador. El caso es que Zagallo tenía la autoridad moral y la cercanía necesaria para mandar sobre aquellas estrellas, pero también sabía que a las estrellas no se les manda. En medio de un ambiente enrarecido, y a escasas semanas del inicio del Mundial, Mario ‘Lobo’ Zagallo llamó a seis de sus jugadores a una habitación del hotel Das Palmeiras de Río de Janeiro. Jairzinho, Gerson, Pelé, Tostao, Rivelino y Clodoaldo. Los cinco cracks y el cerebro. Y allí, tras un par de horas de debates técnicos, se produjo el gran pacto. Los cinco dieces de Brasil jugarían todos juntos para formar la delantera más célebre y temible de todos los tiempos. El talento de Jairzinho se desplazaría al extremo derecho, Pelé de interior derecho, Tostao de punta, Gerson de interior izquierdo y Rivelino en el costado izquierdo. Clodoaldo, que era un ciclón y había pasado unas semanas en la NASA aprendiendo técnicas límites de entrenamiento, quedaría relegado a labores de contención.

Era una revolución. Eran cinco mediapuntas creativos y goleadores que ocupaban la misma posición en sus clubes y realizaban el mismo papel de líderes y genios. Eran cinco dieces. Pelé en el Santos, Gerson en el San Paulo, Tostao en el Cruzeiro, Rivelino en el Corinthians y Jairzinho en el Botafogo. Todos eran ‘10’. Eran cinco galácticos.

El esquema era simple, que no es lo mismo que sencillo. En la portería estaba Félix, que como buen portero brasileño del siglo XX era de todo menos buen portero. Los laterales eran más bien extremos profundos que aguijoneaban continuamente los costados del enemigo. Por la derecha percutía Carlos Alberto, un malabarista de técnica exquisita que además ejercía de capitán tanto en el Santos de Pelé como con la ‘canarinha’. Carlos Alberto era por la derecha lo que años después sería Roberto Carlos por la izquierda. Por la siniestra penetraba Everaldo, más disciplinado defensivamente, pero igual de molesto en la ofensiva. En el centro de la zaga se mostraba Piazza, que en realidad era un volante pero que en el Brasil del 70 iba a ser un central que rivalizaría en clase con Beckenbauer. Su acompañante era Brito, el jugador más criticado de toda la selección, porque era el más parco en técnica. Brito era contundente y duro y aportaba la fiereza que todo grupo necesita.

Por delante, con toda la zona ancha para sí, se situaba Clodoaldo, el de la NASA, que tenía la obligación de ejercer de apagafuegos mientras los laterales atacaban sin cesar. Tostao quedó como el delantero centro, sacrificando su creatividad para jugar de pivote, continuamente de espaldas, ejerciendo de fijante de los centrales. Pelé alternaba de organizador y de delantero, realizando funciones de interior derecho e inmolando su posición de hombre dominante en detrimento de Gerson, que ejercía la misma función desde el centro o desde el carril izquierdo. Jairzinho, escorado a la banda, fue el más feliz de todos, porque Rivelino tenía que pisar el freno cada vez que intentaba asomarse a la zona de creación.

(ABAJO) Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino

Brasil formó una estructura invencible. Tan sólida e impenetrable y de una potencia ofensiva tan descomunal que hasta podía haber jugado sin arquero.

En la citada reunión en el hotel Das Palmeiras se determinó también que Carlos Alberto sería el capitán, y que todas las decisiones que se tomasen tendrían que estar aprobadas tanto por él, como por Pelé y por Gerson. Un trío que sería conocido como ‘los cobras’. Cualquier disposición que tomase Zagallo debería contar con el beneplácito del trío elegido.

Cuentan que en una de las primeras noches que la selección pasó concentrada en México antes del inicio del Mundial, ‘los cobras’ pidieron permiso a Zagallo para hablar. Éste accedió y se dispuso a escuchar. Hubo un debate filosófico de varias horas con el objetivo de concienciar al grupo de la importancia del reto, del objetivo de lograr que Brasil fuese el primer país en lograr tres títulos mundialistas. Pero no lo iban a conseguir de cualquier forma. Debatieron sobre fútbol. Según ‘las cobras’ había tres tipos de fútbol; el físico, el resultadista y el fútbol arte, el llamado ‘jogo bonito’. Expresaron que ganarían realizando un fútbol arte, y que, de ninguna manera, iban a cambiar de estrategia.

Pasaron tres semanas en México para acostumbrarse a la altura y al calor. En general todo fueron risas y buen ambiente, pero como en toda buena historia hubo un momento desagradable. Una mañana se despertaron con la noticia de la detención de dos venezolanos que la noche anterior fueron cazados preparando el secuestro de Pelé. Pasado el susto, volvió la alegría.

Zagallo había formado un equipo de genios, pero ahora esos genios tenían que funcionar cual línea de ensamble. Jarzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino, todos ellos números ‘10’, todos ellos mediapuntas, que tenían que demostrar una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias en apenas 540 minutos de juego.

El Brasil del 70 fue un cometa fugaz que pervive en el recuerdo y al que se le espera su regreso. Ningún otro equipo dejó tal marca en tan poco tiempo. Una disposición táctica única que tuvo que prescindir del delantero centro para ser una trama ofensiva inigualable. Y es que Zagallo no tenía los arrestos de Saldanha y convocó a Darío. El punta del Atlético Mineiro se proclamaría campeón del mundo, eso sí, sin llegar a disputar ni un mísero segundo en todo el Mundial.

Pero eso, quedará para la segunda parte.

Leer más