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Contador; un ciclismo sin vatios

En la película Sully, Clint Eastwood cuenta la historia real de Chesley Sullenberger (Sully) un canoso piloto de aviación que tras un fallo en los dos motores de un Airbus salvó la vida de todo el pasaje al realizar una maniobra arriesgada planeando sobre el río Hudson. Con ese estilo lento, artesanal, antiguo, alejado de la rapidez y el sin sentido de la vida y del cine actual, Eastwood esgrime su magia de dinosaurio tras la cámara para a través de largos silencios, puesta en escena clásica y diálogos interesantes, ponernos en la piel del experimentado piloto estadounidense.

A pesar de lo increíble de su hazaña, Sully tiene que presentarse ante un tribunal que juzgará si debe ser inhabilitado y sancionado por realizar una maniobra imprudente y temeraria. Todos los simuladores electrónicos sugieren que tenía tiempo para buscar una pista de aterrizaje alternativa y que se arriesgó a realizar la maniobra sobre el río por orgulloso y por incompetente. Dicho de otra forma, un loco en busca de gloria. Sully argüirá que los ordenadores no son humanos por lo que son incapaces de tener en cuenta emociones, cansancio, despistes o cualquier otro inconveniente surgido en el momento. Argumenta que desde el momento en el que descubre que los motores están parados hasta que la mente humana se pone a reaccionar y decide que hacer a golpe de nervios corren decenas de segundos. Eso es algo que ningún ordenador tiene previsto.

La comisión acepta retrasar la respuesta informática medio minuto y, ¡voilá!, accidente asegurado. En todas las simulaciones los 155 pasajeros acaban calcinados. Sully los salvó a todos. “Sólo hice mi trabajo”, dice al salir de los juzgados ante el tumulto formado por periodistas y curiosos.

Es el factor humano. A veces nos olvidamos que somos nosotros los que creamos los ordenadores.

Los vatios son una medida de potencia que refleja la fuerza que aplica el ciclista para mover su bicicleta. Dicha medida es variable. En una carretera llana el peso prácticamente no influye, por lo que los corredores más pesados van más rápido por tener más fuerza y mover más vatios. Por el contrario, en una subida influye la fuerza de la gravedad, por lo que cuanto menos peso menos vatios tienes que mover a la misma velocidad.

Los medidores de vatios llegaron al pelotón al mismo tiempo que otras tecnologías como el GPS a finales de los años 90, aunque su uso no se hizo habitual hasta el lustro 2005-2010 con el surgimiento del equipo británico Sky. El equipo patrocinado por Rupert Murdoch y dirigido por Dave Brailsford se vanagloria de informatizar el deporte del sacrificio por antonomasia.

La década de 1990 fue la época de la barra libre del dopaje en el ciclismo. Nuevas sustancias indetectables, una profesionalización y globalización del ciclismo galopante y la aspiración de llevar el cuerpo humano al límite fueron las principales causas. Destapada la trama y sancionada por el aficionado, desde hace una década se fomenta un ciclismo limpio en el que la tecnología cada vez tiene mayor peso e intenta extender la capacidad humana al infinito. Ahí entra en juego el Sky y su paraíso de los vatios, las cámaras hiperbáricas y los geles de astronautas.

Alberto Contador no se rige por vatios. No es aburrido. Su ciclismo no se basa en datos. Se base en sensaciones. Cuenta con la audacia. Con la valentía. Con la imaginación. Con la experiencia. Con el griterío del público. Con la climatología. Para Contador cuenta el factor humano.

Se ha cansado de repetir que no le importan los triunfos, que a él lo que le gusta es que la gente se acuerde de sus grandes gestas en etapas de montaña. No nos engañemos. Si no hubiese ganado siete grandes vueltas, nadie se acordaría de Contador dentro de 30 años. Ganar en el deporte es importante. Muy importante. Pero el legado se deja en cómo se gana. De Contador nos acordaremos porque ganó, porque ganó atacando. De Indurain nos acordamos porqué ganó, pero no tenemos ninguna etapa en la retina. Esa es la gran diferencia. De Indurain nos enamoramos el día que sufrió en Les Arcs y no pudo ganar su sexto Tour. El factor humano. Descubrimos que no sólo eran vatios. Que no era un robot. Que sudaba y relinchaba.

De Contador llevamos enamorados desde que puso la bici a saltar hace casi 15 años. De Froome admiramos sus victorias, pero nos preguntamos porque no ataca, porque no mira hacia arriba, porque no pide ayuda a sus compañeros, porque no se levanta de la bicicleta, porque no suda, porque no ríe, porque no se deja llevar por sensaciones como todo ser humano. Porque no siente lo mismo que nosotros. Porque no siente lo mismo que Contador.

No hay nada más humano y menos matemático que “querer es poder”. Contador quiso en Mende, en Fuente Dé, en el Mortirolo o en el Anglirú. Quiso, y por eso nos enamoró. Y pudo, y por eso será recordado.


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