Noruega

Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

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Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

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Philip Boit: El esquiador que nunca había visto nevar

Como todo hijo del altiplano keniata, Philip Boit estaba predeterminado para correr. Desde niño lo hizo. El deber de hacerlo para ir al colegio o a la tienda o para acompañar a las vacas al verde, acabó transfigurándose en placer. El paso del tiempo hizo que esas piernas fortalecidas y endurecidas evolucionasen en las extremidades inferiores de un posible atleta olímpico. En uno de esos corredores de fondo que cada cuatro años convierten a Kenia en el centro del universo durante unos minutos.

Hijo de agricultores, Boit nació en Eldoret en 1971. Eldoret es una ciudad del oeste de Kenia de clima agradable y centro agropecuario de una extensa comunidad que se sitúa en el valle del Rift. En dicha comarca, un lugar de naturaleza fastuosa que supera los 2.000 metros de altitud, han nacido algunos de los mejores atletas de la historia como Kipchoge Keino, Bernard Lagat o Eliud Kipchogue.

Philip Boit corrió y compartió andanzas y rutinas con Henry Bitok, otro hijo de Kenia que buscaba en el atletismo el camino para salir del anonimato. Pero por mucho que corriesen y por mucho que lo intentasen, ambos amigos no pasaban de ser dos buenos atletas en un país donde sólo se premia a la excelencia. Philip llegó a sellar una muy respetable marca personal de 1:46.06 en los 800 metros. Con un registro sólo superado por cinco centésimas su tío Mike había ganado la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero a mediados de los 90 esa marca no era suficiente para desbancar a los tótems del atletismo africano.

El azar llamó a la puerta de Boit en 1996 cuando estaba camino de los 26 años. Por entonces Nike estaba en plena campaña mundial de su eslogan ‘Just do it’ (solo hazlo). La frase, una de las más icónicas en la historia del marketing, había sido creada a finales de los 80 en Estados Unidos tomando prestada la historia de un asesino que enfrentado a su pelotón de fusilamiento no dudó en soltarla antes de ser cosido a balazos. El caso es que a mediados de los 90 el ‘Just do it’ competía con el ‘Impossible is nothing’ (nada es imposible) de Adidas para hacerse con la hegemonía del ego adolescente en todo el planeta.

Así que comenzaron las aventuras imposibles y los patrocinios más extravagantes. Y uno de ellos iba a estar relacionado con Boit y con Bitok. Nike envió a un emisario a Kenia y escogió a aquellos dos jóvenes atletas como ratas de laboratorio para uno de sus experimentos deportivos más singulares. Iban a ser llevados a Finlandia para someterse a un duro entrenamiento de dos años para hacer de ellos esquiadores olímpicos.

El objetivo de Nike era convertirlos en los primeros africanos en competir en unos Juegos Olímpicos invernales. Ya en 1984 el senegalés Lamine Gueye había participado defendiendo la bandera de Senegal, pero Gueye llevaba desde los cuatro años viviendo en Suiza. La hazaña a la que Boit se iba a enfrentar era sobresaliente. Después vinieron unos cuantos afortunados de Zimbabwe, Togo, Etiopía, Madagascar o Camerún, pero en el instante en el que Boit se colocó los esquís, que un africano fuese a unos JJ.OO de invierno era ciencia ficción.

Nike puso un entrenador personal a tiempo completo a disposición de Boit y de Bitok. En un primer momento empezaron el experimento entrenando por las llanuras de Kenia usando esquís sobre ruedas. Tras ver que la extravagancia no daba resultado, Nike mandó a los dos keniatas a Finlandia para que conocieran la nieve. La idea era que compitieran en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo aprovechando sus innatas y extraordinarias condiciones para la resistencia. No se trasladarían de manera definitiva a Europa hasta bien avanzado 1996. Disfrutaban de poco más de un año para estar listos para los Juegos Olímpicos de Nagano que tendrían lugar en febrero de 1998.

Al principio no sabían ni ponerse las fijaciones de los esquís y las caídas se convirtieron en cotidianas. El primer día que Boit llegó a Helsinki el termómetro alcanzó los 17° bajo cero. En Eldoret, a pesar de estar a 2.000 metros de altitud, es asombroso bajar de los 10 grados positivos. Era un desafío inhumano. Además, la amistad y el buen rollo pronto se convirtieron en una lucha de egos. Kenia tenía una sola plaza de acceso a la prueba de esquí de fondo, por lo que sólo uno de los dos podría cumplir el sueño olímpico.

Del dúo, Philip fue el más rápido y consiguió el billete olímpico. Boit iba a viajar a Japón con poco más de doce meses de experiencia encima de la nieve, pero con más ilusión que el resto de competidores juntos.

—JUEGOS OLÍMPICOS DE NAGANO—

Como el único representante de Kenia, Boit fue el agraciado atleta que como abanderado lució la bandera de su país en el estadio olímpico, recibiendo la entusiasta ovación del público japonés. Sería la primera, pero habría más. Unos días más tarde 97 atletas iban a participar en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo. Y por supuesto Boit llevaría el número 97 amarrado a su espalda. Nadie esperaba que su puesto no fuese ese mismo.

La noche antes de la carrera Philip fue incapaz de pegar ojo. Pero no por culpa de los nervios. Cuando el día se apagaba empezó a llover con fuerza, y las nubes siguieron rociando agua al amanecer de la siguiente jornada. Boit nunca había esquiado bajo la lluvia. No sabía lo que era ponerse los esquís sobre nieve húmeda. La lluvia hace que la nieve se vuelva fango y el caminar se hace más lento y pesado. Más difícil todavía. La dificultad de la prueba pasaba a ser hercúlea.

La carrera comenzó y pronto Boit dejó de emerger en las pantallas televisivas. Empezó de último y acabaría de último. Por el camino se cayó en innumerables ocasiones. El caos fue el común denominador de la carrera. “Cuando iba cuesta arriba me sentía como si me hubiesen puesto tacones”, manifestó Boit al finalizar el recorrido. Tardó más de 47 minutos en transitar los 10 kilómetros cuando Bjorn Daehlie, ganador de la medalla de oro, tardó veinte minutos menos.

NAGANO 1998 10 km klassisch 12.02.98, Philip BOIT OLYMPISCHE... News Photo  - Getty Images
Orgullo africano. Experimento norteamericano

Lo maravilloso iba a llegar ahora.

Los Juegos Olímpicos de invierno no son el mastodonte de deportistas, patrocinadores y periodistas que abruman a su hermano veraniego. Hasta el torneo de los cuatro trampolines mueve tanta gente como la cita olímpica de la nieve. Siguen siendo manejables y la parafernalia es mucho menor que la que rodea a los de verano. No se tardan muchos minutos entre el fin de cada prueba y la entrega de medallas. Es todo más liviano.

Bjorn Daehlie se dispuso a recibir la medalla de oro (por entonces su sexta presea dorada en los Juegos Olímpicos) por su victoria en los 10 kilómetros de esquí de fondo cuando Boit aún no había finalizado la prueba. De repente la multitud comenzó a rugir y Daehlie se dio cuenta que no era por él. La ovación iba dedicada a Boit.

Boit estaba entrando en el recinto olímpico y se disponía a acometer los últimos metros de la prueba. Daehlie no lo dudó. Abandonó el pódium, ordenó paralizar la ceremonia y se acercó a la línea de meta para esperar la llegada de Boit.

En latitudes meridionales el nombre de Bjorn Daehlie no significa nada, pero al norte de Europa es un semidiós con esquís. Daehlie es el esquiador de fondo más laureado de la historia pasando con holgura de las 20 medallas acumuladas entre Juegos Olímpicos y Mundiales. En su Noruega natal es reverenciado con tal aprecio que dejaría en evidencia a las más grandes estrellas futboleras. Retirado hace ya un par de décadas, Daehlie es ahora un referente cultural con su propia marca de ropa y con continuas apariciones en el papel cuché y en la televisión al más puro estilo David Beckham.

Sí Bjorn Daehlie manda paralizar una ceremonia de medallas, se paraliza.

“Todos habíamos oído hablar de aquel chico. Escuché por el sistema de megafonía que casi había llegado al estadio y me impresionó que pudiera terminar la carrera en estas condiciones tan adversas. Quería esperarlo, ver a este valiente atleta africano terminar la carrera”, comentó a la prensa el fondista noruego. Boit apretó los dientes y encaró la recta final de meta ayudado por una atronadora multitud japonesa al grito de ¡Kenya go! y ¡Philip go! y con el mejor fondista de la historia esperándolo tras la línea de meta para fundirse con él en un sentido abrazo.

Boit había quedado el último. Pero la eternidad era suya.

Philip Boit, un Kényan aux Jeux Olympiques d'hiver de Nagano
Daehlie (i) y Boit (d)

¿Sabías quién era Bjorn Daehlie? Esa fue la primera pregunta de la prensa noruega. Y no era tan descabellada. “Mi entrenador me había hablado sobre él y lo había visto en la televisión. Es un honor que el mejor esquiador de fondo del mundo me haya felicitado”, dijo Boit. Fue el inicio de una buena amistad. Boit retó entre risas a Daehlie para los siguientes Juegos Olímpicos y cuando meses después tenga a su primer hijo le pondrá el nombre de Bjorn Boit en homenaje al fondista noruego. 

Días después Philip Boit regresó a Kenia como un héroe. Una multitud le esperaba en el aeropuerto de Nairobi y le acompañó cantando y bailando caminó de su casa familiar. Había llegado el último, pero había sido el primero. No había necesitado ganar medalla alguna para convertirse en una celebridad.

Todo eran flores, aplausos y felicitaciones y el patrocinio de Nike parecía no tener fin. La marca estadounidense había conquistado primero el mundo del atletismo, luego el del baloncesto y ahora iban a dar el salto a los deportes de invierno. Al año siguiente se celebró en Austria el Mundial de Esquí y tanto Boit como Nike querían ver que lo que el año anterior había sido una anécdota ahora era un buen resultado. No fue así. Boit se esforzó como nunca pero los progresos fueron ínfimos. Volvió a quedar el último. Lo que el año anterior eran abrazos y congratulaciones pasaron ahora al más crudo silencio.

Boit ya no era un experimento y Nike decidió romper el contrato. Se habían acabado los recursos económicos, pero ahora su ilusión se había multiplicado. Boit se creía fondista, se creía esquiador. Sin dinero, tuvo que abandonar definitivamente la opulenta Europa y tomar un billete de vuelta a Kenia. Se presentó en Eldoret y pidió ayuda a su familia. Exigió a su padre su parte de la herencia y vendió todas sus tierras y sus vacas para poder seguir financiando su carrera. Montó una pista de esquí sobre tierra y siguió entrenando sobre seco.

Boit consiguió competir en dos ediciones más de los Juegos Olímpicos, siendo en ambas ocasiones el abanderado, ya que nuevamente fue el único representante de Kenia en la competición. En Salt Lake City 2002 consiguió escalar hasta la posición 64º dejando a tres participantes por detrás. En Turín 2006 participó en la prueba de fondo de 15 kilómetros batiendo su propia marca al conseguir quedar por delante de cinco esquiadores.

Kenya's Philip Boit overjoyed to pass torch to Simader
Abanderado y solitario

Boit tenía la idea de retirarse disputando sus cuartos Juegos Olímpicos en 2010. Pero no logró clasificarse. Tenía entonces 39 años. Decidió alargar un año más su sueño y disputar el Mundial de 2011 en Oslo, pero, aunque logró clasificarse, no pudo disputar la final de los 15 kilómetros de fondo al quedar eliminado en la calificación.

En todo caso aquel viaje a Oslo no fue en vano. A la capital Noruega viajó con sus cuatro hijos, incluido Bjorn Boit que pudo conocer entonces a su ‘padrino’ Bjorn Daehlie. Ambos fondistas no pudieron coincidir ni en 2002 ni en 2006 porque el noruego ya se había retirado. Fue la primera aparición pública de los dos ídolos de Nagano que desde entonces habían mantenido el contacto y que hoy en día participan juntos en diversos actos caritativos relacionados con los deportes invernales.

Philip Boit disfruta hoy de una tranquila jubilación. El esquiador que nunca había visto nevar es ahora miembro del Comité Olímpico de Kenia y es director de la única escuela de esquí que existe en su país. Posee además una tranquila hacienda con vacas. Mantiene la amistad con Bjorn Daehlie, aunque aún no ha conseguido que lo vaya a visitar a Kenia porque el noruego le tiene fobia a las serpientes. Cuando se lo dice Boit se echa a reír y le recuerda que él también le tiene pánico a la nieve.

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