natación

Jean Boiteux (oro a cambio de boda)

Era primavera. Burdeos. Aquitania. Francia. El día amaneció despejado. Tras desayunar el matrimonio se dispersó. No hizo falta ni preguntar. Eran muchos años. Más de medio siglo de convivencia. Monique empezaría con sus quehaceres domésticos antes de preparar el almuerzo. Para Jean tocaba ir al jardín. Le había dicho a su mujer que tenía que podar un par de árboles que adornaban la modesta parcela que rodeaba la casa. Uno de ellos tenía una rama que atentaba con adentrarse en terreno del vecino.

La escalera falló. Jean cayó y allí pereció. Contaba con 76 años de vida. Cuando Monique llegó a su auxilio era demasiado tarde. Lloró a lágrima viva. Habían sido 57 largos y felices años de matrimonio. Un matrimonio que se gestó una gloriosa tarde del verano de 1952.

Un matrimonio que se gestó gracias a una medalla de oro.

Jean había nacido en 1933 en un pueblo marinero cercano a Marsella. Su padre obedecía al nombre de Gastón y su madre al de Bibienne. El padre había sido nadador y la madre no sólo había sido nadadora, sino que había llegado a representar a Francia en los Juegos Olímpicos de 1924 y en los de 1928. Y aún había más. Un tío de Jean también había llegado a ser olímpico. No es pues extraño que en la granja familiar perteneciente a la familia Boiteux se instalase en una de las naves una piscina improvisada donde los cuatro hijos de la familia (Jean incluido) practicasen natación de forma cotidiana.

De los cuatro retoños fue Jean el que manifestó excelentes aptitudes para la práctica profesional. Representaba el arquetipo de nadador moderno con anchas espaldas, cintura de avispa y pies grandes. Con 14 años se unió a su primer club de natación y a los 16 se convirtió en campeón nacional de 400 metros. El cielo era su techo, pero entonces tuvo un accidente de esquí lo que le obligó en los meses subsiguientes a nadar únicamente usando la parte superior del cuerpo. La ironía es que tal esfuerzo hizo que aumentase considerablemente su masa muscular y así, en 1951, con apenas 18 años, batía el récord europeo de 200 y 400 metros y ganaba la medalla de oro en 400 y 1.500 metros en los Juegos del Mediterráneo.

Al año siguiente tocaban Juegos Olímpicos de Helsinki.

Pero entonces apareció Monique.

Monique era preciosa. Sus piernas eran interminables y su sonrisa hacía palidecer a la luz del sol. Monique era de Argel, por entonces colonia francesa, y combinaba la palidez gabacha con la luminosidad africana. Así lo sentía Jean quien quedó perdidamente enamorado. La vida no era sólo entrenar, también era pasear con Monique, tomar un helado con Monique, ir a ver una película con Monique o darle unos cuantos besos furtivos a Monique a la espera de que la Santa Madre Iglesia diese la autorización para conocer cada uno de los recovecos de su fastuoso cuerpo.

Y eso era algo que Gastón no iba a permitir.

El padre de Jean comprobaba que su hijo podría conseguir el sueño familiar en Helsinki. Una medalla olímpica. Y no estaba dispuesto a que su hijo tirase por la borda tantos años de entrenamiento. Estamos en 1952. La autorización paterna para una boda no se torna en indispensable, pero si en muy necesaria.

Así que Gastón es tajante.

O hay medalla de oro o no hay boda.

Jean Boiteux

Antes de jugarse el amor de Monique en menos de cinco minutos, Jean formo parte del cuarteto francés en el relevo 4×200. Salió en la última posta cuando el equipo francés iba en la cuarta posición y logró adelantar al sueco Johansson en los últimos metros para que Francia lograrse la medalla de bronce.

Días después tocaba la final de los 400 metros libres. 30 de julio. El favorito indiscutible es el recordman estadounidense nacido en Hawai Ford Konno. Como segundo espada está el sueco Östrand. Durante la primera mitad de carrera los dos citados marchan en cabeza con Boiteux en un segundo plano. Sin embargo, en el quinto largo de piscina Boiteux pone una marcha más y se sitúa en cabeza. Konno intenta seguirlo en vano mientras Östrand pierde comba con rapidez.

Jean Boiteux logra la victoria estableciendo un nuevo récord olímpico. Consigue el triunfo con 19 años siendo el primer francés en lograr el oro en natación en la historia del olimpismo, hazaña que no volverá a repetirse hasta los Juegos de Pekín más de medio siglo después.

Apenas tocó el muro cuando su padre Gastón, con camisa, corbata y boina, saltó al agua para felicitar con alegría a su hijo, produciendo una imagen icónica que fue capturada por los fotógrafos y circuló por todo el planeta. La imagen pasó a ser portada en periódicos de medio mundo y Coca-Cola pagó por los derechos de la misma para hacer un anuncio televisivo con ella. Lo cierto es que no fue del todo improvisada, dado que Gastón había apostado diez dólares con un fotógrafo a que se tiraba a la piscina vestido si su hijo ganaba la medalla de oro. Fuese como fuese, el momento ha pasado a la historia colectiva del olimpismo.

Al día siguiente Boiteux disputó las series del 1.500 y ni siquiera consiguió clasificarse para la final. Daba igual. Confesaría que no le importaba en demasía. Había ido con un objetivo claro. Un objetivo que iba a mucho más allá de una medalla de oro.

Padre e hijo

Jean Boiteux se retiraría como nadador en 1961, casi una década después de su éxito dorado en Helsinki. Logró medallas de oro en los Juegos Mediterráneos, pero jamás logró vencer en un campeonato europeo. En los Juegos Olímpicos volvería a repetir experiencia en 1956, no obstante, apenas pudo alcanzar un sexto puesto. Con 19 años había logrado la cima. Había logrado ser campeón olímpico. Jamás pudo igualar ese éxito.

Normal. Jamás volvió a tener motivación igual.

Dos semanas más tarde Jean y Monique pasaban por la vicaría. Decidieron instalarse en Argel hasta que el estallido de la Guerra de Argelia hizo que dejasen la antigua colonia francesa para establecerse en Burdeos donde, una vez retirado, Jean se convirtió en el presidente del club de natación de la ciudad atlántica hasta su fallecimiento. Antes había sido nombrado oficial de la Legión de Honor. En 1990, con 57 años, firmó en un torneo de natación en Burdeos 1’11’’ en los 100 metros libres.

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Team Hoyt

El 10 de enero de 1962 fue miércoles. Un día como otro cualquiera. No para Dick. Ese mismo día nació Rick. Fue el mayor de tres hermanos. El primer hijo de Dick. El padre de todos ellos. El apellido era Hoyt. El caso es que el nacimiento de Rick Hoyt fue del todo menos fácil. Llegó al mundo con el cordón umbilical enrollado al cuello.

El oxígeno no pudo llegar al cerebro del pequeño.

Rick Hoyt nacía con una severa e irreversible lesión cerebral.

Viviría en estado vegetativo el resto de sus días.

Sus padres se negaron a aceptar lo inevitable y volcaron todo su amor, tiempo y dedicación en su hijo mayor. Fue duro. Durísimo. Con los años pudieron advertir que su hijo los seguía con la mirada. No era poco para un ser humano en estado vegetal. Y, por supuesto, ningún médico pensó que pudiese llegar a hacerlo.

Ningún médico animó ni apoyó a los padres de Rick.

Fueron considerados unos locos.

Con 11 años Rick Hoyt ya reaccionaba a las bromas con una mueca de satisfacción y, tras una larga lucha y una notable cantidad de dinero, lograron que unos ingenieros de la Universidad de Tufts (Massachusetts) crearan una especie de ordenador como el que luego haría famoso el celebérrimo Stephen Hawking. La primera palabra de Rick fue ‘¡Go Bruins!’, el grito de guerra de los Boston Bruins, el equipo de hockey de la capital de Massachusetts.

De esta forma Rick pudo comunicarse con el mundo y matricularse en la universidad con el paso de los años. Una vez licenciado se convirtió en un hombre de mediana edad que ejercía como profesor y que, aún con ayuda, vivía en casa propia.

Sólo esto que acabo de contar está al alcance de unos pocos seres humanos.

Unos poquísimos seres humanos.

Pero hay más.

Mucho más.

Rick (silla) y Dick (padre)

Cuando Rick contaba con quince años un compañero suyo de instituto sufrió un accidente que lo dejaría paralítico. Se celebró entonces una carrera benéfica para recaudar fondos en esa escuela y en otras de la contorna para ayudar al chico y a su familia. Rick sintió que era necesario que él también participase en la carrera para demostrar que la vida podía ser igual de satisfactoria aun viviéndola en una silla de ruedas.

Es entonces cuando Dick, el abnegado padre, entra en escena. A estas alturas es bueno apuntar que Dick era un teniente coronel del Ejército de Estados Unidos. Caminaba cerca de los 40 años, pero su condición física era extraordinaria. Así que no lo dudó ni un instante. Cogió a su hijo, lo subió a una silla de ruedas y juntos corrieron la carrera benéfica. Fueron ocho kilómetros en los que Dick no paró de sonreír y donde descubrió que paso a paso su deficiencia desaparecía.

Acaba de nacer el Team Hoyt.

Desde 1977 hasta 2005 el Team Hoyt participó en un total de 911 eventos, incluyendo 206 triatlones (6 de los cuales fueron competiciones Ironman) y 64 maratones, incluyendo 24 Maratones de Boston consecutivas. Dick ha empujado y tirado de su hijo por todo Estados Unidos, pasando por cientos de líneas de meta. Cuando Dick corre, Rick está en una silla de ruedas que Dick va empujando. Cuando Dick va en bicicleta, Rick está en un asiento especial sujeto al frente de la misma. Cuando Dick nada, Rick está en una pequeña balsa, estabilizada firmemente, que es empujada por Dick. En cierta ocasión, en 1992, el Team Hoyt corrió más de 4.000 kilómetros en bicicleta durante mes y medio.

Durante más de tres décadas, Dick, desde los cuarenta hasta pasados los setenta, empujó y tiró de su hijo por todo el país.

Y Dick no se había subido a una bicicleta desde que tenía seis años. Y Dick nadaba al estilo perrito. En su época no era obligatorio saber nadar para entrar en el Ejército de Tierra.

Empezó de cero. Empezó de la nada.

Al inicio los demás atletas le hacían el vacío al Team Hoyt. Con el tiempo no había corredor que no se acercase a hacerse una foto con los miembros del Team Hoyt. El gran cambio se dio cuando compitieron en 1981 en su primera maratón de Boston. Creada en 1897 y disputada siempre el tercer lunes de abril, los 42’195 kilómetros de Boston son la competición de larga distancia más antigua del planeta llegándose a correr ininterrumpidamente a pesar de la I Guerra y la II Guerra Mundial y sólo cancelada en 2020 por culpa del Covid. El caso es que a inicios de los 70 se había creado una carrera paralela para personas en silla de ruedas. En 1981 los Hoyt se negaron a participar en ella y exigieron competir en la abierta a todo tipo de personas. Todos los miraban, todos cuchicheaban, pero el Team Hoyt no sólo acabó la carrera, sino que quedó entre los 5.000 primeros en una prueba en la que se superan las 25.000 inscripciones.

Team Hoyt

Dick Hoyt falleció a los 80 años de edad en 2021. Su hijo Rick lo hizo dos años más tarde a los 61 años. El caso, es que, en 2005, cuando dejaron de competir, lo hicieron porque a Dick le había dado un infarto leve durante un maratón. Los médicos descubrieron que una de las arterías de Dick estaba completamente obstruida e inutilizada. Le comentaron a Dick que de no haber estado en tan buena forma probablemente hubiese fallecido una o dos décadas más atrás.

Así que se puede decir que el padre salvó al hijo.

Y también que el hijo salvó al padre.

“Cuando Rick tenía ocho meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetal toda su vida, ese tipo de cosas. Bueno, esos doctores ya no están vivos ahora, me gustaría que pudieran ver a Rick en este mismo momento”. Dick Hoyt en 2005 tras su última competición.

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Paris 2024. Balance

En Gaza continúa un conflicto (así lo llaman) entre judíos y musulmanes creado por la torpeza occidental hace ochenta años y que lleva doce guerras y otras tantas treguas y las que quedan por venir. En Ucrania siguen esperando a que las negras de los chinos o las blancas de los americanos se cansen de mandar armas y alguien decida firmar unas tablas en la partida de ajedrez. Mientras, Arabía Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Unidos e Irán forman un G5 alternativo y ponen en alerta a Estados Unidos y a China a la vez que Europa se dedica a mirar para otro lado. Eso sí, la Unión Europea aprueba la Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco legal y regulatorio integral del mundo futuro. Ya se sabe que Estados Unidos inventa, China copia y Europa legisla.

En Irlanda deciden clausurar los tiempos del IRA escogiendo como presidente a Simon Harris, un joven político de 36 años líder del Sinn Fein. En el estado estadounidense de Minnesota deciden retirar de su bandera a un indio cabalgando en una pradera por una insulsa pero políticamente correcta estrella de ocho puntas. En Rusia Vladimir Putin es reelegido con el 87% de los votos y lo llaman dictadura mientras que en El Salvador escogen a Nayib Bukele con el 84% de las papeletas y lo llaman democracia. Edmundo González es el tercer presidente electo de la República de Venezuela que viajará por medio mundo encantado de conocerse mientras Nicolás Maduro ejercerá por tercera vez la presidencia de Venezuela desde el Palacio de Miraflores. En el Viejo Continente la extrema derecha da zancadas camino del éxito mientras los mandamases de la Unión Europea siguen sin saber darle la vuelta a una decadencia que comenzó en 2008 y los europeos de a pie seguimos sin entender que se puede ser ateo y defender los valores del humanismo cristiano, a menos que queramos pegarnos un tiro en el pie a medio plazo.

Un streamer de 13 años que responde al nombre de Willis Gibson se convierte en la primera persona del mundo en vencer en el videojuego de Tetris al llegar al nivel 157 y hacer resetear la Nintendo. Un vuelo a Singapur acaba con 321 heridos y un fallecido por culpa de unas turbulencias y después de un siglo de revoloteos por los aires descubrimos el sentido de ponerse un cinto de seguridad a 40.000 pies de altura. Desde el aire cazas de Corea del Sur lanzan panfletos a favor de la democracia y Corea del Norte responde enviando una flota de 260 globos llenos de basura y estiércol para que caigan al sur del paralelo 38.

El Madrid gana la Champions por decimoquinta vez con un delantero gallego llamado José Luis, pero decide fichar a un parisino llamado Kylian Mbappé que no puede asegurar títulos, pero si cientos de millones de euros. Al Papa Francisco se le va la lengua y dice que hay demasiados homosexuales y en Cataluña el gobierno progresista, solidario, europeísta y vanguardista de la Generalitat decide negarse a acoger a 31 menores inmigrantes no tutelados para seguir haciéndole chantaje al superviviente de Pedro Sánchez, mientras que el molt honorable Carles Puigdemont se hace un Arsène Lupin con el beneplácito de La Moncloa.

Fallecen Donald Sutherland y también Paul Auster, conocido por todos y leído por ninguno. Se nos va Akira Toriyama, leído por muchos y visionado por muchísimos más. Toriyama era a Son Goku como Glynis Johns era a Mary Poppins. Personaje, pero de carne y hueso, era también Manuel Ruiz de Lopera quien nos dejó al igual que Mario Zagallo y el Káiser Franz Beckenbauer. En España cambiamos de Káiser dictatorial a uno democrático y aquella crónica de la Transición nos fue relatada por la también finada Victoria Prego.

No fallecieron, pero un atentado estuvo cerca de acabar con la vida del desconocido presidente de Eslovaquia y otro atentado estuvo a punto de acabar con la oreja del archiconocido ex presidente y posible nuevo presidente de Estados Unidos. Los yankees podrán escoger entre Donald Trump, condenado en firme por 34 cargos judiciales diferentes y que supera en tres años la esperanza media de hombres en Estados Unidos, y entre Kamala Harris, una negra rica hija de jamaicano e hindú que le hizo la cama a su mentor porque dentro de su partido se tenía miedo de que en caso de que Joe Biden fuese escogido presidente dentro de cuatro años no se hubiese acordado de haber sido escogido como tal.

Y sí, Carlos Felipe Arturo Jorge, dos años más joven que Trump y seis años más joven que Biden, ya es Carlos III rey de Inglaterra. Tan sólo le quedan 68 años de reinado para igualar a su madre.

¡Al fin!

En Paris tuvieron lugar entre el 26 de julio y el 11 de agosto los Juegos de la XXXIII Olimpiada. La mascota fueron unos gorros frigios, símbolo de la Revolución Francesa. Se vieron poco. Poco o nada. ¿Alguien se acuerda de la mascota? Fueron unos Juegos urbanos y jóvenes fiel imagen de un mundo que desdeña lo rural y desestima a los viejos. Unos Juegos donde convergieron las ideas de la posmodernidad. La ceremonia de inauguración fue una procesión náutica por el Sena. Atrás, como una idea envejecida, queda el estadio olímpico. La llama, espectacular, flotó en globo en los jardines de las Tullerias durante quince días en el mismo lugar en el que los hermanos Montgolfier elevaron artefacto similar en 1782. Un lugar, hermoso, mágico, pero lugar donde hubo paseantes, pero nunca deportistas. El atletismo ya hacía tiempo que había dejado de ser el pivote olímpico, pero en Paris fue sustituido con amargura por calles y monumentos.

Los Juegos fueron devueltos a la gente tras ser enjaulados por culpa de una pandemia. La ceremonia fue una exaltación de una ciudad que es la exaltación con mayúsculas. Fue una postal bellísima donde ni siquiera la lluvia fue capaz de restarle majestuosidad. Pero fue también una ceremonia excesiva donde los deportistas eran simple decorado y se diluyeron como bancos de peces en medio de una red gigantesca. Fue tal el protagonismo de Paris que lo de menos eran los Juegos. La complejidad pensada para el disfrute televisivo y para la excitación de la inclusión acabó con el enfado de millones de católicos y con el gasto de 1.400 millones de euros para que Ana Hidalgo se bañase en el Sena cual Fraga en Palomares y hubiera que suspender por dos veces las pruebas del triatlón por el mal estado de las aguas del maltrecho río parisino.

Durante dos semanas una Francia exhausta por fracturas políticas y años de atentados mandó un mensaje de universalidad, algo que lleva haciendo desde hace 250 años. Y con todo hubo tropezones. Y unos cuantos. 5.000 sin techo fueron enviados a Orleans, Marsella o Lyon en una operación que nada tiene que envidiar a cuando 600 gitanos fueron expulsados de Berlín camino de un campo de concentración en 1936. Sudan del Sur consiguió una histórica participación en baloncesto empañada porque la organización hizo sonar el himno de Sudán en su primer partido (con Corea del Sur y Corea del Norte pasaría lo mismo). Los récords escasearon en la natación porque las piscinas tenían 2’25 de profundidad, cuando el estándar olímpico es 2’95. Por vez primera hubo igualdad de atletas machos y hembras en la Villa Olímpica, la cual estaba provista de centro de estética y un lugar de rezo para siete religiones…pero no contaba con aire acondicionado y sus paredes de cartón impedían dormir a aquel al que no le apeteciese una noche de fiesta, una noche de sexo o ambos placeres combinados.

El judoca argelino Messaoud Dris se retiró de los Juegos para no combatir contra un atleta israelí. A la triple ganadora olímpica Charlotte Dujardin no le permitieron competir por un vídeo suyo en el que le pegaba 24 latigazos a un caballo. Por el contrario, un tal Van de Velde sí que pudo disfrutar de los Juegos por haberse finiquitado su pena por haber violado a una niña de 12 años tiempo atrás. La selección de fútbol de Argentina empata en el último instante su partido contra Marruecos y 196 minutos después, previa invasión de campo, el VAR invalida el tanto del empate. Tom Daley gana la plata en santos de trampolín tras dos años retirado y sin realizar entrenamiento alguno para liberar la mente como si de un libro de autoayuda se tratase.

Una velocista nigeriana no pudo competir en los 100 metros lisos porque su federación se olvidó de hacer la inscripción. El italiano Gianmarco Tamberi perdió su anillo de casado en el Sena y no dudó en pedirle a su esposa que tirase el suyo al agua parisina antes de suplicarle nuevamente matrimonio. La egipcia Nada Hafez llegó a octavos en esgrima embarazada de siete meses y a la brasileña Ana Vieira la expulsaron de los Juegos por visitar la Torre Eiffel en sus horas de entrenamiento. Rayssa Leal sumó dos medallas en skateboard con apenas 16 años y se lo agradece a Jesucristo con lenguaje de signos…Pero para Jesucristo el de Gabriel Medina caminando sobre las aguas en Tahití a más de 10.000 kilómetros de la Villa Olímpica. La imagen de los Juegos.

Jesucristo sobre las aguas

El archiconocido Rafa Nadal fue un ex atleta que brilló en la ceremonia de inauguración mientras que el desconocido Mijain López se convirtió en el único atleta individual de la historia en ganar cinco oros en cinco ediciones consecutivas de los Juegos al participar en lucha grecorromana. Sydney McLaughlin ganó el oro en 400 metros vallas tras batir el récord del mundo dos veces en apenas mes y medio. Sorprendente fue la victoria de un jamaicano en lanzamiento de peso o la del botswano Letsile Tobogo en 200 metros, siendo el primer africano en vencer en pruebas de velocidad. El futuro ya está aquí.

El belga Remco Evenepoel se convirtió en el primer ciclista capaz de ganar los oros en ciclismo en carretera y en ciclismo contrarreloj. Lo hizo en un circuito urbano hermoso donde sorprendió la ascensión a Montmartre. Paris estuvo incrustada hasta los huesos en la competición. Maratón camino de Versalles, baloncesto 3×3 en la Concordia, judo en el Campo de Marte. ¿Qué quieren que les diga? La magia de Europa. Barcelona, Atenas, Londres, Paris…no será lo mismo Los Ángeles y mucho menos Brisbane. Pero volvamos a Paris, que aún estamos con el balance. El baloncesto masculino ganó el oro con sufrimiento gracias al extraterrestre Stephen Curry. Pero el verdadero Dream Team es el femenino, que sufrió más de la cuenta, pero donde Diana Taurasi, su capitana, sumó su sexta medalla áurea.

Hubo quien contaba con el oro y se llevó la nada. Podría ser el caso de la delegación española que sumó casi tantas medallas de chocolate como medallas en total. Una de ellas fue firmada por Carolina Marín en la imagen más desgraciada y dolorosa que nos ha legado estos Juegos. Medalla de chocolate también firmó el noruego bicampeón mundial Jakob Ingebrigtsen, quien hizo de liebre en el 1.500 para que los tres primeros hiciesen la carrera de su vida. Quien no tuvo problema para ganar el oro fue el sueco Mondo Duplantis, el cual regaló a la Torre Eiffel su noveno récord del mundo. Con 1,81 de altura, registro modesto para un saltador de pértiga, Duplantis es un ovni de una fuerza descomunal que usa una pértiga más larga que los demás, entra a tabla más rápido que el resto y hace la batida más cerca que cualquiera. Es perfecto, y es el único ser humano capaz de subirse a un segundo piso con un palo y lanzarse sin red al vacío.

Mondo Duplantis

Hubo varias reinas en los Juegos y un único rey. Entre las damas Katie Ledecky se convirtió en la mujer con más oros de la historia (9) y en el tercer atleta con más metales (14). Ledecky destaca en la natación de fondo y es de lo poco a lo que se puede agarrar Estados Unidos que únicamente sumó 8 oros de 34 posibles en la piscina, su peor porcentaje de éxitos desde 1956. Pero Estados Unidos puede presumir de Simone Biles. Recuperada psicológicamente tras su espantada en Tokio, Biles volvió de los infiernos para ganar tres medallas de oro más después de las ganadas ocho años atrás (una longevidad sideral para una gimnasta) en Río de Janeiro. Biles también demostró que es humana al caerse de la viga de equilibro. Pero dio igual. Biles es el equilibrio del exceso. Sus imprecisiones al recepcionar se deben a la dificultad de controlar tanta potencia. La diferencia con las demás es que Biles vuela y la elevación a la hora de ejecutar los elementos es fascinante. Majestuosa es en suelo, donde ejecuta dos movimientos que llevan su nombre y que son de máxima dificultad. En atletismo Sifan Hassan tocó metal en 5.000, 10.000 y en la maratón. Entre la carrera de los 42.000 metros y la de los 10 kilómetros apenas habrían 33 horas de distancia. No consiguió los tres oros de Zatopek de 1952 pero sí sumó un oro y dos bronces. Una salvajada. Hassan fue etíope en su infancia hasta que se convirtió en neerlandesa a los 15 años. Una prueba más de un mundo donde las fronteras cada vez son más liquidas.

Sifan Hassan

El rey de los Juegos no estuvo en la pista de atletismo, tan secundaria en esta cita parisina. El rey hay que buscarlo en la piscina. El éxtasis francés hizo de todos los recintos magia y en todos La Marsellesa era un cántico que surgía de las gargantas del pueblo. Los parisinos, y los franceses, aparcaron los lamentos y se entregaron a los Juegos con tal pasión que la resaca puede ser fenomenal. Pues no hubo lugar más exaltado que la piscina olímpica. Allí Léon Marchand hizo lo nunca visto. Firmó cuatro oros y cuatro récords olímpicos. Sus rivales eran Spitz, Lochte, Thorpe o Phelps. Estaban en la historia, nunca en el presente. Marchand es un nadador bajo (1,85) sin un físico extraterrestre pero capaz de brillar en las cuatro especialidades de la natación. Ganó los 200 mariposa y los 200 braza en apenas dos horas de diferencia. Ningún nadador había ganado un par de pruebas en el mismo día y mucho menos en dos disciplinas tan diversas. 17.000 franceses enfervorizados (Macron en mangas de camisa a la cabeza) vieron como ganaba sobrado los 200 braza (piernas) y culminaba un milagro en 200 mariposa (brazos) remontando en el último 50 ayudado por una vuelta a la piscina perfecta donde vio pasar el tiempo buceando debajo del agua.

El medallero fue liderado por Estados Unidos con 40 medallas áureas, en una durísima pugna que se resolvió el último día a favor de los norteamericanos frente a los chinos. Ambos gigantes sumaron la misma cantidad de preseas de oro. La diferencia radicó en que Estados Unidos sumó un total de 126 y China se quedó en 91 entre oro, plata y bronce. Francia sumó 64 medallas, un éxito descomunal dado que ya habían batido su registro histórico con ocho días de competición por delante. España firmó 18 medallas y una vez más no pudo superar su marca histórica de Barcelona 92. Y no habrá otra ocasión igual. Hubo un país que cuatro años atrás firmara 71 preseas. En Paris 2024 únicamente llevó a 15 deportistas a la competición olímpica. Fueron 0 medallas. Cero. Ese país es Rusia. Se supone que dentro de cuatro años no habrá guerra en Ucrania (se supone) y esas 50, 60 o 70 medallas volverán al cauce original.

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Alfred Hajos

Fue Temístocles quien otorgó el mar a Atenas. Paladín de la democracia, a Temístocles le tocó gobernar la polis griega en tiempos de guerra ante los persas. A través de su agraciada oratoria consiguió convencer a los nobles y al pueblo ateniense de la necesidad de construir una flota de 200 trirremes, lo que equivaldría a paralizar o cancelar todas las demás medidas de gasto público de la polis. Aquello era inaudito. Atenas no tenía ni tiene mar. Se creó un puerto y unos astilleros en El Pireo, a once kilómetros de la capital, y se diseñaron unos muros largos, una suerte de dos murallas que debían impedir el paso de los invasores y permitir un tránsito libre entre Atenas y El Pireo. Aquella controvertida decisión consiguió que Atenas y sus aliados doblegasen a un rival diez veces superior en número, pero que fracasó al enfangarse primero en las Termópilas y luego en la batalla naval de Salamina, donde los pasos estrechos marítimos beneficiaron sobremanera a la rápida y pequeña flota diseñada por Temístocles.

Dos milenios más tarde la antaño prospera y legendaria Atenas iba a ser la sede de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Era la primavera de 1896. Eran diez los deportes que formarían parte de la competición. Y uno de esos deportes tenía que ser la natación, disciplina que, junto al atletismo, forma parte del alfa y omega de los Juegos Olímpicos.

El caso es que en 1896 no existían las piscinas olímpicas. Tardarían aún un par de décadas en hacerse realidad. Los problemas de construcción eran inmensos ya que era complejo crear estructuras capaces de soportar dimensiones tan grandes de agua y al mismo tiempo que fuesen impermeables en sus exteriores. El coste era elevadísimo y no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando Estados Unidos las popularizase. Así pues, la competición de natación de 1896 no tendría lugar en piscina alguna, sino en mar abierto. Concretamente en el puerto de El Pireo.

Seguía siendo entonces El Pireo un pueblo marinero instalado en un promontorio rocoso con un gran puerto natural protegido de las inclemencias del normalmente tranquilo Mar Mediterráneo. Habría tres pruebas en liza, todas ellas masculinas. 100, 400 y 1.200 metros. El pronóstico era nadar en un mar tranquilo y caluroso, sin más complicaciones que la del flujo del agua al entrar y salir del puerto. Nada más lejos de la realidad. Un inusual temporal azotó la costa griega el día anterior a la celebración de la competición. El mismo día de autos las olas llegaban a los cuatro metros y la temperatura descendió hasta los 13 grados, unos diez menos de los considerados ideales para practicar natación.

Entre los participantes se encontraba un chico húngaro de 18 años que respondía al nombre de Alfred Hajos. Había nacido como Arnold Guttmann en el seno de una familia judía. Contaba con 13 años cuando decidió cambiarse de nombre. Fue entonces cuando su padre murió ahogado en el Danubio. Aquel fatídico día tomó dos decisiones; cambiarse el apellido para no ser insultado y menospreciado como huérfano judío y aprender a nadar para no acabar con el mismo destino que su progenitor.

Hajos en húngaro quiere decir marinero.

Hajos estudiaba arquitectura cuando se presentó en los Juegos Olímpicos. Era un excelente deportista. Uno de esos chicos entusiastas que en los albores del deporte destacaba en cualquier modalidad. Llegaría a ser campeón húngaro de 100 metros lisos, 400 metros vallas, lanzamiento de disco, árbitro internacional y delantero y capitán de Hungría del primer partido internacional de fútbol disputado por los húngaros en Viena que acabaría con triunfo austriaco por 5-0. Tal cantidad de éxitos, que hoy serían loados hasta la saciedad, se tornaban en vulgares en la época. Tras incorporarse a las aulas una vez finalizados los Juegos Olímpicos recibiría un sonoro aplauso de sus compañeros de estudios a los que el decano de la Universidad Politécnica de Budapest contestó con un rotundo: “Sus medallas no me interesan, lo que me interesan son sus respuestas en su próximo examen”.

El caso es que Hajos logró la victoria con facilidad en los 100 metros libres. Horas después intentaría lograr el oro en los 1.200 metros, prueba de resistencia con gran desgaste físico. El mar estaba embravecido y el viento comenzaba a azotar con fuerza. No había ni rastro del tan cacareado sol griego.

Los organizadores llevaron en tres lanchas a los nueve participantes para luego subirlos a un barco anclado exactamente a 1.200 metros de la costa. El frío era tal que Hajos decidió embadurnarse el cuerpo de grasa, algo más propio de aquellos nadadores que lo hacen en mar abierto en el Atlántico y en el norte de Europa. La carrera comenzó y la altitud de las olas hacían complicado el resistir. A mitad de recorrido Hajos decidió retirarse, pero, ante su sorpresa, las lanchas de rescate no hacían acto de aparición. Frente el mal tiempo decidieron vergonzosamente ir a resguardarse en el puerto de El Pireo. Exhausto, Alfred Hajos decidió continuar nadando con tal fuerza que acabaría llegando a la costa al borde del ahogamiento, pero también como primer y heroico clasificado con un tiempo de 18’22’’. Una eternidad que le servía para encaramarse al olimpo de los vencedores.

“Mi deseo de vivir era superior a mis ansias de ganar”, declaró a la prensa cuando recuperó el aliento con los pies en la arena de la playa de El Pireo. El miedo a morir pudo mucho más que la posibilidad de lograr la gloria olímpica. Al fondo, las lanchas de rescate hacían con tardanza su trabajo y rescataban a los supervivientes. Únicamente tres de los nueve participantes consiguieron finalizar la prueba. El segundo, el griego Ioannis Andreou, llegó a más de tres minutos de Hajos.

La proeza de Hajos impactó a la sociedad de la época. En la gala fin de fiesta organizada por la casa real griega para honrar a todos los vencedores de la medalla de oro, el entonces príncipe Constantino, luego rey, se acercó a Alfred Hajos y le preguntó a viva voz para que le oyeran todos los presentes: “Dígame, muchacho, ¿dónde aprendió usted a nadar de esta manera?”. Hajos, manteniendo el tono elevado, contestó con retranca: “En el agua”.

Alfred Hajos

Contaba antes que Hajos retornó a sus estudios de arquitectura. Por entonces, una vez acabada la carrera, no se concebía seguir practicando el deporte. No existía el profesionalismo en ninguna disciplina salvo en el fútbol y éste con muchos matices. Así pues, aquel joven de pelo engominado y de bigote ridículamente perfecto tal y como marcaba la moda de entonces, acabó sus estudios y se dedicó a ejercer la arquitectura.

Primero entró en un estudio como asociado, aunque rápidamente decidió ejercer por libre. El gusanillo del deporte no se le había olvidado a Alfred Hajos quien decidió presentarse a los Juegos Olímpicos de Paris, pero no como deportista. Lo haría como arquitecto. Desde 1912 a 1952 en el programa olímpico se habilitó lo que se dio en llamar competencias artísticas. La profesionalización y el negocio actual ha llevado al olvido la consideración del deporte como arte. Arquitectura, escultura, literatura, pintura y música hacían su aparición en los Juegos con la intención de unir a estas artes con el deporte.

En la edición de 1924 Alfred Hajos ganaría la medalla de plata (la de oro quedaría desierta) con el proyecto de creación de un estadio olímpico en una gran ciudad. De estilo Art Nouveau en sus estructuras, con el tiempo decidiría encajar un formalismo más modernista en sus planteamientos. Sus ideas y su amor por el deporte se vieron plasmados con la construcción del Complejo Acuático Deportivo de Hungría, con sede en la isla Margaret, una instalación verde enclavado en el Danubio entre Buda y Pest. Fue aquella la primera piscina cubierta del país y, en la actualidad, reformada y ampliada, sigue celebrando competiciones internacionales rebautizada como complejo deportivo Alfred Hajos.

Hajos y su Complejo Deportivo

Los años de la II Guerra Mundial significaron para Hajos un exilio forzoso por su condición de judío, pero su arte fue reclamado una vez finalizada la contienda. Sus éxitos como deportista le libraron de la cárcel y llegaría a refugiar a varios deportistas en su casa para librarse primero de los fascistas y más tarde de las purgas estalinistas. Tras la contienda recuperará honores y se convertirá en el arquitecto deportivo de referencia en Centroeuropa. En su Budapest natal diseñará el coqueto estadio de Ujpest, un velódromo y en sus últimos años de vida el cementerio y memorial del Holocausto judío.

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Tokio 2020. Balance

En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.

En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.

Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.

Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.

Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.

Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.

Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.

Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.

Tokyo 2020: Naomi Osaka fue la encargada de encender el pebetero olímpico -  Los Pleyers
Empieza la fiesta

‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.

Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.

Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.

Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.

La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.

Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.

Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.

Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.

Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.

Las mejores imágenes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos -  Infobae
Arigato

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Desglosando al mejor futbolista de la historia (Di Stefáno, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi)

Escogiendo al mejor ciclista de la historia (De Coppi a Froome con permiso de Merckx)

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Rusia 2018. Balance (una reflexión sobre el último Mundial de fútbol)

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PSG vs Bayern (nuevos ricos contra ricos de toda la vida en una final en año de pandemia)

Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City en la final de la Copa de Europa de 2021)




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Cuando Mark Spitz ganó siete oros, escapó en helicóptero y creó una marca de bañadores

Cuando Mark Spitz apenas contaba con doce primaveras ya se entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento, en la soleada California. Al acabar cada sesión su padre le esperaba en la puerta del complejo acuático al volante de su coche para llevarlo a casa. Al salir del recinto, el progenitor siempre le preguntaba por el número de calles que tenía la piscina, a lo que Mark Spitz invariablemente tenía que contestar: “Tiene seis, pero sólo en una está la del ganador, que es la mía”.

El padre de Mark Spitz era húngaro y su madre era rusa. El patriarca de la familia era de origen judío y había escapado de la Europa cainita de la primera mitad del siglo XX. El nadador del bigote, el hombre de los siete oros olímpicos, aprendió a nadar antes que a caminar. Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella mundial. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. No era hombre de muchos amigos, ni de buenas conversaciones. Cuando se clasificó para los JJ.OO de México de 1968 quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Pero Spitz era muy bueno, y con animadversión o sin ella, tenía que estar en ese equipo. Mark Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él.

Aquel chico introvertido, egocéntrico, sobrado y prepotente que siempre soltaba aquello de “para mi nadar no lo es todo, sino ganar”, había quedado en entredicho. Un chico que nunca hizo pesas y que apenas media 1’76 metros, una estatura modesta para un nadador. Pero era un diamante en bruto que sólo había que pulir. Tenía por delante cuatro años para resarcirse.

Spitz se trasladó a la otra punta del país para entrar en el programa deportivo de la Universidad de Indiana bajo las órdenes de James Counsilman, el arquetipo de entrenador-sargento de hierro. Aquel equipo de natación logró entre 1968 y 1973 seis campeonatos nacionales de Estados Unidos seguidos, hazaña que aún hoy no ha sido superada. Por supuesto Spitz era la estrella, pero era un gran conjunto en el que también estaba el español Santiago Esteva.

Mark Spitz estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos en los JJ.OO de Múnich de 1972. Pero lo haría a su manera. En contra de la opinión de su técnico, justo antes de coger el vuelo dirección a Alemania, decidió tomarse tres semanas de vacaciones. Counsilman se cansó de llamarle vago, amenazarlo e insultarlo. Pero todo fue en vano. Spitz se presentó en Múnich fresco, o, en opinión de su entrenador, en mala forma.

Firmó siete medallas de oro con sus siete récords olímpicos. Siete. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Había destrozado los límites del ser humano. Aquel mes de agosto de 1972 Mark Spitz llegó a la Luna y se convirtió en el gran tiburón de la natación hasta que décadas más tarde apareciese un extraterrestre con aletas llamado Michael Phelps.

Además, su éxito no sólo fue deportivo. Spitz se convirtió en el ídolo olímpico por antonomasia y en mito sexual de los 70. Su poblado bigote, su sonrisa y su moreno, luciendo las siete medallas entre el pecho desnudo y el bañador ceñido de barras y estrellas, pasaron a empapelar las paredes de las jovencitas y de algún que otro jovencito.

Leyendas de los Juegos Olímpicos: Mark Spitz: El torpedo humano ...
Sex bomb

Apenas tenía 22 años, pero fue la última vez que se zambulló para competir en una piscina. “Ya he ganado todo lo que podía ganar”, espetó. Y más si ya tenía el futuro asegurado.

Tras ganar en los 200 metros libres, en la que fue su tercera medalla de oro, Spitz se presentó en el pódium para recibir la presea con los pies desnudos y unas ‘Adidas Gazelle’ sujetadas de una mano. Conviene recordar que por entonces el falso amateurismo olímpico impedía cualquier tipo de patrocinio o remuneración en beneficio de los atletas.

Cuando los acordes del himno estadounidense comenzaron a sonar, Spitz dejó las Adidas en el suelo, pero al acabar la música volvió a recogerlas, y con ellas en la mano, se dispuso a saludar al público y a abrazar a sus compañeros en el pódium. Al cabo de unos minutos Spitz atendió a las preguntas de los medios y aseguró que las zapatillas eran suyas, que no recibía ninguna contraprestación por parte de Adidas y que si las llevaba en la mano era porque no le había dado tiempo a calzárselas.

adidas gazelle olympic
Puro marketing

La realidad era que Horst Dassler, hijo de Adi Dassler -fundador de Adidas- firmó un acuerdo con Spitz para que llevase las zapatillas en la mano de manera que los pantalones no las tapasen y se distinguiesen lo mejor posible. Los 70 fueron la década en las que los patrocinadores de ropa y calzado deportivo hicieron su aparición y Adidas era la empresa líder del sector. No obstante, Horst Dassler afirmaría que si escogió a Spitz no fue sólo por su categoría como deportista sino porque era el único nadador que llevaba bigote, por lo que era muy fácil de diferenciar para el público televisivo.

Según los estatutos del Comité Olímpico Internacional (COI) había motivos para sancionar y descalificar a Spitz, pero ante el éxito de sus siete medallas de oro a nadie se le pasó por la cabeza acabar con un mito por culpa de unas zapatillas. Justo un año después de aquello Dassler fundaba ‘Arena’ la marca líder en la creación de artículos de natación, waterpolo y triatlón y cuyo primer deportista de referencia fue, como no, Mark Spitz.

Pero aún existe otra intrahistoria a mayores de aquella hazaña de los siete oros. Horas después de lograr su séptima presea, el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’ entró en la villa olímpica y tomó como rehenes a once atletas israelís. Este caso (que dará para otro artículo) acabó con un chapucero intento de rescate que se cobró un total de 17 vidas, la polémica continuación de los JJ.OO y un cambio radical en los sistemas de seguridad y control de aficionados en eventos deportivos de gran magnitud.

El caso es que el deportista más famoso de aquellos Juegos Olímpicos era judío. El Gobierno de Alemania puso un helicóptero y tres guardaespaldas a disposición de Mark Spitz, que fue sacado de Múnich en secreto para tomar de inmediato un avión que lo llevase a Inglaterra. Pasaron algo menos de 24 horas entre el asalto de los terroristas y el trágico final televisado. Cuando todo comenzó Mark Spitz dormía en su habitación de la villa olímpica. Cuando todo acabó estaba cenando en una suite de un hotel de Londres.

El posible secuestro de Spitz era causa de pánico para Alemania que estaba empeñada en usar los Juegos como muestra al mundo del poderío de su milagro económico y del lavado de cara llevado a cabo con su desnazificación. Nadie quería volver a hablar de matanza de judíos cuando apenas tres décadas antes, a unos 12 kilómetros al norte del estadio olímpico de Múnich, se situaba el campo de concentración de Dachau, donde se estima que fallecieron unas 40.000 personas.

Masacre de Múnich - Wikipedia, la enciclopedia libre
A pesar del funeral, los JJ.OO continuaron

P.D: Para los JJ.OO de Barcelona de 1992, sobrepasando la cuarentena, Mark Spitz disputó los preliminares estadounidenses sin bigote y con un bañador de la marca ‘Arena’. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando para él lo único importante era ganar.

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Los límites del ser humano

Los deportes individuales tienen un hándicap frente a los colectivos. Estos últimos representan un sentimiento de identidad unitario a los que jamás podrá llegar un único deportista por sí mismo. Ergo, el llanero solitario otorga un plus al aficionado; no sólo compite contra otros, también lo hace contra el tiempo. La gracia del atletismo o de la natación no sólo está en ganar. La emoción, la leyenda y la atención del público radican en batir récords, acabar con lo nunca visto. Luchar contra la historia. Luchar contra el tiempo.

Hace unos años los científicos del Instituto de Investigación Biomédica del Deporte en Francia aseveraron que en dos décadas, allá por 2030 o quizás 2040, la raza humana alcanzará el límite de sus capacidades fisiológicas. No se podrá correr más rápido, saltar más alto ni ser más fuerte. Se analizaron más de 3000 récords mundiales de atletismo, natación, ciclismo y patinaje y testificaron que entre 1896 (año de los primeros Juegos Olímpicos) y 1968 se superaron frecuentemente y con notable margen las diferentes marcas deportivas. Desde entonces esa diferencia se produce de forma más lánguida y paulatina. Consideraron que a comienzo del siglo XX el ser humano funcionaba con el 75% de sus capacidades fisiológicas frente al 99% de la actualidad. Con estos datos científicos aseveraron que en 2027 sólo se mejoraran las marcas mundiales en un 0,05%. Desarrollaron para ello una curva matemática llamada asíntota que llegará al 100% de rendimiento humano en un cuarto de siglo.

Bajo este prisma se supone que en 2050 tendremos que medir los récords del mundo de maratón en centésimas, los de levantamiento de pesas en gramos y para los 100 metros lisos tendremos que decirle al Iphone 50 que nos calcule los nanosegundos de rigor.

¿Se nace o se hace? A grandes rasgos somos todos iguales, pero unos resaltamos más que otros en función de las barreras genéticas. Ahí se nace. Luego existen diferentes barreras alimenticias, de hábitat, sociales y de entrenamiento. Ahí se hace. La superélite necesita nacer y hacerse, fundamentalmente en los deportes contranatura. En las disciplinas de equipo (fútbol) o cara a cara (tenis) es más importante el hacerse que el nacer. En aquellas contra la naturaleza (atletismo) es más importante el nacer que el hacerse.

Tras casi 150 años de historia del deporte moderno, la evolución y profesionalización de los entrenamientos y de los utensilios de apoyo para la competición ha ido borrando e igualando las barreras del hacerse. Cualquier nadador o ciclista aficionado puede igualarse en alimentación o en régimen de entrenamiento con un deportista de élite. Sólo cuestiones económicas pueden impedírselo, pero el hiperprofesionalizado e hiperpublicitario mundo deportivo es quizás el único ámbito de la vida que puede convertir a un pobre en millonario. Todo ello ha eliminado barreras y facilitando que aquellos dotados genéticamente maximicen su potencial y logren la máxima eficacia en una disciplina.

Según el citado estudio francés, se argumenta que mientras se mantengan las actuales reglas y no se permitan que las drogas aumenten la capacidad de los deportistas y los cuerpos no sean modificados con órganos y músculos artificiales, no veremos más récords del mundo. Pero como siempre el ser humano se guarda la capacidad de sorprendernos y de llevarle la contraria a la ciencia. No estaba previsto un Usain Bolt y apareció. Y otro nuevo aparecerá. Porque el ser humano no es sólo cerebro, también es alma.

Mike Powell saltó 8,95 en 1991 batiendo la legendaria marca de Bob Beamon de 8,90. Inalcanzable. Dicen. Se batirá. Claro que se batirá. Se pasará de los 9 metros. Los velocistas practicaban la longitud en tiempos pasados. La falta de interés del público y su menor repercusión económica han dañado a las disciplinas de saltos y de lanzamientos. Ahora mismo no interesan. Pero volverá su momento. Y un patrocinador sabrá aprovecharlo y exprimir los genes de un atleta que salte más de 9 metros.

https://www.youtube.com/watch?v=aU4sT-fqXts

Pero hay otros factores diferenciales. Muchos otros que los científicos franceses no valoraron. Ya se sabe que los profesionales del raciocinio se olvidan frecuentemente del poder del corazón.

La cabeza. El deseo. La voluntad. El arresto. La fe. La ambición. La presión. En definitiva, la psicología. Poder con lo que se te viene encima. Tener avaricia por conseguir lo inalcanzable. Y el rival. Sin un rival no puedes exprimir tus virtudes. Sin rival no hay presión ni ambición. Todo gran campeón necesita su némesis, alguien que le lleve al límite.

Y el tercer factor es la suerte. Ante la dictadura de la tecnología nos olvidamos de que el deporte es un juego de azar. Y todo componente de azar se puede preparar y prevenir pero nunca eliminar. Una caída, una lesión, o una enfermedad pueden trastocar años de preparación. Y `un buen día´ puede convertirte en leyenda.

En un simposio celebrado en 1982 la holandesa Wil van Breukelen, entrenadora de natación, afirmó que “las chicas con las uñas pintadas no ganan nunca”. Entendía que ese aspecto revelaba un interés ajeno al deporte que les convertía en débiles. Evidentemente es una tontería. Pero es el aspecto psicológico de la aseveración lo que hay que analizar. Si la chica en cuestión piensa que si pinta las uñas no va a ganar, no va a ganar. Si el deportista está convencido de que si come una barra energética va a ganar, va a ganar. Si está convencido de que si come un pastel de crema va a ganar, va a ganar. La ciencia seguirá avanzando, los entrenamientos mejorando, los genes serán seleccionados y los caballos continuarán ganando y los asnos perdiendo. Pero una cosa debe quedar clara. Si el asno tiene fe posiblemente no le llegue para ganar, pero un pura sangre – por muy pura sangre que sea- si no tiene fe tampoco ganará.

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Una historia de agua y sangre en la Guerra Fría

Los JJOO de Melbourne de 1956 iban a ser los de la confraternidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Londres acogió una cita olímpica marcada por la ausencia de los perdedores de la contienda. Fueron unos JJOO austeros. Para 1952 en Helsinki entró en la competición olímpica la URSS (con victoria en el ránking de medallas) pero el ambiente estaba enrarecido entre soviéticos y norteamericanos por culpa de la Guerra de Corea. La elección de la ciudad australiana en 1956 y su impecable organización pretendía dar una aire neutral y de amistad a la competición.

1956 fue un año duro en Hungría. Un grupo de intelectuales y estudiantes se manifestaron, con el apoyo de parte de la población, para pedir libertades democráticas. La policía abrió fuego y provocó decenas de muertos. La revuelta se extendió por todo el país y Moscú movilizó sus recursos para sofocar a los exaltados. El 4 de noviembre los tanques soviéticos desfilaron por Budapest y dejaron casi 3.000 muertos en la capital húngara. Hubo una purga, y quien pudo marchó del país. Los casos de Puskás y Kócsis son muy conocidos en España.

La delegación húngara fue recibida con aplausos y cada uno de sus integrantes era animado por la afición australiana durante los JJOO. La simpatía del bloque occidental con los húngaros era notoria.

Hungría era una potencia en waterpolo masculino. Junto a la URSS y Yugoslavia, la otra favorita, se clasificó para una liguilla final de seis equipos en donde los dos primeros clasificados disputarían un último encuentro para dilucidar quien se llevaría el oro. La penúltima jornada estaba previsto un choque entre húngaros y soviéticos.

Aquel 6 de diciembre (los Juegos se disputaban en el verano austral) los espectadores en el Westpac Centre de Melbourne vieron un partido de waterpolo que más bien parecía un combate de lucha libre. Agarrones, golpes, insultos y puñetazos se sucedieron durante toda la primera parte ante la incapacidad de los árbitros, que influenciados por el ambiente y por la política, dejaban pegar un poco más a los húngaros.

Al poco de concluir, Hungría iba ganando por 4-0. Con todo decidido, Valentín Prokopov (URSS) abrió un pómulo a Ervin Zador (Hungría) y comenzó una tangana que acabó con la piscina bañada en sangre. En las fotos a color de la época se observa que no es una hipérbole.

Pronto la policía australiana se tira a la pileta a intentar poner orden. A la trifulca también se suman los miembros de los banquillos de cada equipo, en este caso para alterar el orden. El público saltó de las gradas y al final miembros de la organización consiguieron evacuar al equipo soviético a un vestuario. El partido fue suspendido a falta de un minuto para el final dándose como vencedor a los magiares.

Hungría venció en el encuentro definitivo a Yugoslavia y se alzó con el oro ante la algarabía popular. Zador, sancionado, no pudo jugar la final. Él y la mayoría de sus compañeros decidieron no volver a Budapest y se exiliaron en diferentes países. Zador emigró a Estados Unidos y se convirtió en profesor de natación. Además de por su porte atlético y su acento europeo, era un hombre que imponía en la distancias cortas debido a una cicatriz en su pómulo derecho. Uno de aquellos alumnos que le tenían pánico era un niño de 10 años que pronto lograría la fama olímpica. Se llamaba Mark Spitz.

Las imágenes son de una recreación para un documental estadounidense de 2006 titulado Freedom’s Fury.

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