Italia

Maradona (2ª parte): Demonio

Diego Armando Maradona Franco era de ascendencia gallega. Algunos buscaron a los Maradona por Ribadeo, pero es el Franco (que deriva de los franceses que en el medievo se asentaron en Santiago y alrededores al hacer el Camino) lo que le delata. Ya se sabe que gallegos hay en todas partes. Y en Galicia triunfa un dicho para aquellos que deambulan por la vida con enfermedad perpetua. ‘Nunca gastou salud’, se dice. Maradona no es que no gastara salud. La tenía toda, pero la derrochó, la precipitó por el retrete y se encargó de tirar de la cadena. No hizo daño a los aficionados. Lo que hizo fue hacerse daño a sí mismo.

Maradona fue ángel, pero también fue demonio. Sin el balón todo en él fue pelearse con la vida. Mejor hubiese sido que se fuese joven. Ahora ya no habrá más noticias malas. El Maradona entrenador, el Maradona presentador, el Maradona directivo, el Maradona embajador. Todos fueron parodias. Ojalá no hubiesen existido. El ángel de cara sucia pasó a ser un demonio con rabo. Y sus tonterías y sus desmanes, que antes sólo le dañaban a él, pasaron a dañar a quienes le idolatraban.

Vergüenza ajena.

Arremetió contra gigantes y molinos. Llamó corrupta, mafiosa, loca y ladrona a la FIFA (lo peor es que tenía razón). Dicen que era izquierdista. Fue amigo de Chávez, de Maduro y de Fidel Castro. Del comandante cubano tenía un tatuaje en la pierna de meter goles. Se creía un caudillo, un guerrero del pueblo, un hombre venido del cielo. Digo que se decía izquierdista pero es harto dudoso ponerle dicho calificativo. Era un hombre perdido que iba a contracorriente y que tenía la mordacidad justa para la respuesta veloz.

Le han cantado Sabina, Manu Chao, Calamaro o Los Chikos del Maíz, grupo de cabecera del vicepresidente Pablo Iglesias. Son todos simpatizantes de izquierdas. Lo cual es normal porque todos, incluyendo Maradona, han defendido, con mayor o menor vehemencia, la igualdad social, el control estatal de la economía, el pacifismo o el anticonsumismo. Eso sí, resulta más que chocante esa oda al Maradona persona, cuando Maradona fue homófobo, misógino, corrupto y violento. Hasta era creyente. Mientras ellos creen en D10S, Maradona creía en Dios. “Y eso que sé que lo puteé”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

De todas las habidas, la más célebre de las canciones dedicadas al Pelusa es una maravillosa cumbia de un tal Rodrigo, un joven cantante argentino que falleció antes de cumplir la treintena. La canción, como no podía ser de otro modo, se llama ‘La mano de Dios’.

El gol de la mano de Dios es una oda al rencor, a la falsedad y a la pillería. Es pura viveza criolla. Es el fin justificando los medios. “Me sentí como si le robara la billetera a los ingleses”. Ni ya fallecido podrán en la anglicana Inglaterra perdonar semejante desvergüenza. Maradona fue como el soldado que aparece en las películas con la bandera y la clava en medio del bombardeo. Arriba las Malvinas. Arrima el puño a la cabeza tan veloz y tan rápido que hubiese que haber tirado de VAR para que el demonio no su hubiese llevado por delante al ángel.

Con VAR no existiría la mano de Dios.

Al haber leído esto tú mismo has sentido una punzada en el corazón y te ha dado pena.

Somos ángeles y también demonios.

https://www.youtube.com/watch?v=M4nOe6P77kA

Sus amistades fueron fruto del interés. Chupópteros que se aprovecharon de un politoxicómano. Mafiosos que le pasaron el brazo por encima del hombro y acabaron clavándole un cuchillo por la espalda. Líderes de izquierdas que le pagaron una y otra vez su estancia en una clínica de rehabilitación a cambio de propaganda mundial.

No se sabe las veces que cayó y se volvió a levantar. Dicen que el Pelusa era un barrilete cósmico, que estaba gordo. La realidad es que los kilos nunca fueron carga para gambetear. La carga de Diego se llamaba Maradona. “Necesito que me necesiten”, dijo en cierta ocasión. Todos aquellos en los que confió le engañaron. Cuando era pequeño dormía abrazado al balón, no porque le gustara, sino porque tenía miedo a que se lo robaran.

Maradona es víctima, sí, pero sobretodo es culpable. Maradona es demonio. A veces porque fue incapaz de vencer a la tentación, pero en su mayoría porque quiso. “Tengo dos hijas legítimas, los demás son hijos de la plata o de la equivocación”. Media vida se la ha dejado como politoxicómano. La otra media se la llevaron los tribunales. Ha tenido litigios por culpa de sus hijos ilegítimos, por golpear a sus parejas, por un intento de violación, por compañías espurias con menores y por evadir impuestos. Hemos visto videos del Pelusa dormido, exaltado o borracho. Ha mandado a muchos a mamarla y nos ha enseñado un par de veces sus posaderas. Otras ha intentado hablarnos, pero no hemos entendido nada de lo que su boca se había propuesto contar.

“Me cortaron las piernas”, señaló cuándo dio positivo por cocaína en el Mundial de Estados Unidos. Jugó, venció, meó y perdió, dijo de él Eduardo Galeano. El mundo enteró arremetió contra la FIFA. En lugares tan lejanos como Bangladesh se enarboló la bandera argentina y hubo barricadas en las calles. Pocos recordaban que un par de años antes la FIFA había puesto dinero de su bolsillo para buscarle acomodo en Sevilla e intentar que el genio volviese a salir de la lámpara. Fue el primero de muchos e infructuosos intentos.

Tiempo atrás ya la había liado en Buenos Aires y en Barcelona. Antes de ser ídolo en Boca pisoteó la camiseta xeneize porque sus compañeros no se la pasaban. En Barcelona le pusieron un investigador privado y él les recompensó con unos cuantos regates, un puñado de goles inverosímiles y una parodia de Bruce Lee en una final de la Copa del Rey. “Cataluña es un gran lugar para vivir, pero no para ser futbolista”.

En Nápoles fue rey aunque antes fue proscrito. Su vida en Nápoles excedió el mundo de las celebridades. El recorrido de humano a mito lo dividió en dos, porque fue mito en vida, cumplió sus sueños, pero no fue dueño de su destino. Pero un rey no sólo es digno de elogio y de admiración, también tiene obligaciones y responsabilidades. Y Maradona las obvió todas.

Y es que Maradona fue un circo. Fue trapecista, acróbata, escapista, pero también elefante, payaso, tragafuegos y hasta hombre bala. Una vez acabó disparando con un rifle a un grupo de periodistas que le esperaban a la puerta de su casa. Por supuesto no fue detenido.

Maradona no es ejemplo de nada. Pudo tener un retiro feliz, rodeado de familia y de amigos y quizás con un cargo en Argentina para llevar el Mundial a Sudamérica o como embajador de la FIFA por el tercer mundo. Podría haber sido presidente honorífico de Boca o reinventarse como analista deportivo. Pero a la inversa ha sido un buen ejemplo. Es el ejemplo de como una adicción te hace sufrir a ti y a los tuyos y acaba quebrándote la vida. Maradona es el ejemplo de los males de la droga, de cómo te acorta la vida. Porque Maradona se fue a los 60, pero hacía 20 años que estaba muerto. Maradona había fagotizado a Diego.

También podríamos ser indulgentes. Desde niño fue una esperanza, desde adolescente fue estrella. No es fácil domar a semejantes leones, pero eso no lo exime de su culpa. Menotti dijo que Maradona fue como un gato al que subieron a un árbol y nadie le dijo como bajar. Puede ser verdad y quizás sea el más grande, pero su idolatría no puede, no debe, salir del rectángulo de juego.

La muerte no hace prisioneros, pero pronto se olvidarán las broncas, las peleas, los insultos o las detenciones y quedarán las rabonas, los caños y los goles. Porque cuando Maradona resuene volveremos a la brillantez y comprobaremos en cada vídeo que Maradona cada día juega mejor.

Con la muerte lo malo se olvida y lo bueno prospera. Queda el ángel y se olvida al demonio.

Lamentablemente. ¿O no?

Maradona en Sinaloa, la capital de la cocaína en América Latina; ¡atascado!  - Libertad Bajo Palabra
Demonio

“Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha. ¿Sabes qué jugador hubiera sido yo de no haber tomado drogas? Fui, soy y seré drogadicto”. Diego Armando Maradona.

Leer más

Maradona (1ª parte): Ángel

Se ha dicho, se está diciendo y se dirá tanto sobre Maradona que tejer un nuevo camino en una selva de conocimiento se antoja imposible. Para intentar comprender como un futbolista de una nación secundaria ha sido capaz de abrir informativos y copar portadas de periódicos generalistas de medio mundo quizá nada mejor que trasladarse a Rosario, una ciudad situada al noroeste de Buenos Aires. Allí, hace un par de décadas, se fundó la iglesia Maradoniana y ha ido creciendo hasta sumar más de 500.000 fieles que rinden culto a D10S, rezan el padrenuestro del Diego y siguen los diez mandamientos en los que el súmmum es amar a Maradona sobre todas las cosas.

De todo lo que he leído sobre D10S lo que más me impactó son unas palabras de Emilio Butragueño en un reportaje sobre México 86 que vi hace ya unos cuantos años. Butragueño, descollante estrella en aquella cita con un póker de goles ante Dinamarca, declaraba que la superioridad de Maradona era tan apabullante que hubiese sido campeón del mundo con cualquiera de las selecciones octavo finalistas. Parece una bravuconada teniendo en cuenta que en ese grupo de 16 selecciones estaban Paraguay, Bulgaria o Marruecos, pero si uno repasa los vídeos de aquel Mundial descubrirá que lo imposible se hizo carne. Maradona practicó un fútbol tan sublime que sus compañeros tuvieron que defenderse y pedir perdón por no ser lo suficientemente buenos.

Quizás Maradona es el más grande. Es cierto, no se debe comparar épocas distintas. Pero la grandeza del Pelusa, su mote favorito puesto por su madre debido a su frondosa mata de pelo, radica en que ganó él sólo. Ni en Nápoles ni en Argentina (por favor, echen un vistazo a la plantilla albiceleste de finales de los 80 y compárenla con la de inicios del 2010) tuvo acompañantes que al menos fuesen capaces de amamantar sus ubres. Pelé ganó con cómplices excelentes, Cruyff fue dueño de un estilo pero no sometió con su fútbol y tan sólo Di Stéfano convirtió en grande a un equipo. Pero es que Maradona lo hizo por partida doble. Lo hizo al sur de Italia y lo hizo convirtiéndose en prócer de una nación. Fue Di Stéfano, pero al mismo tiempo fue Carlos Gardel y Evita Perón.

Cuando se quiere comparar a Messi con Maradona en Argentina se llevan las manos a la cabeza. El principal axioma es que Leo es un pecho frío, gambetea, pero no enamora. Pero el problema de fondo es otro. Messi fue moldeado en una de las mejores escuelas futbolísticas del mundo y ha estado rodeado de los mejores jugadores del planeta. Maradona aprendió sólo, en un barrio privado de luz y de agua corriente y tuvo que cargar a sus espaldas con compañeros que sin él hubiesen naufragado. El debe del Pelusa es que su brillo fue efímero mientras que el de Messi es extraordinariamente longevo. Maradona tuvo 20 años de carrera. Siete fueron de crecimiento, cinco de esplendor y en el resto hubo más de demonio que de ángel.

Maradona tenía la pata izquierda más sensible que ha parido el fútbol. Le hemos visto dar toques a llaveros, bolas de papel de aluminio, botellas y, dicen, que hasta cartones de leche. Una vez se le contaron 79 golpecitos a una naranja. Decía Di Stéfano que el baloncesto no le interesaba porque no tenía nada de especial acariciar un balón con una mano. Maradona tenía en su pie siniestro más sensibilidad que la mayoría de los mortales en su mano derecha. Sus calentamientos son tan recordados como sus exhibiciones en los partidos. El deplorable año que pasó en Sevilla dejó pinceladas de su arte, pero quizá ninguna como una legendaria durante una tarde napolitana de 1989.

https://www.youtube.com/watch?v=s7ZjU-6iSwk

Maradona es D10S porque jugaba en un fútbol donde los entrenamientos se hacían con espinilleras, los partidos se bailaban alrededor del barro y los defensas en vez de piernas tenían tijeras. La colección de patadas que guardaba Maradona en sus tobillos es enciclopédica. Y no se caía. Seguía y seguía. Un pecho caliente. Era como Messi, pero más gordo (barrilete cósmico), más visceral, más humano. “Pelé es Beethoven, pero yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono, todos juntos. Porque yo soy la pasión del fútbol”, dijo el Pelusa en una ocasión.

Dejó goles increíbles. Seguramente el más famoso de todos los tiempos. Una carrera contra la historia bajo un sol abrasador donde un ser escuálido, diminuto y a la vez gigantesco durmió la pelota con su empeine hasta llevarla a las redes inglesas. Jorge Valdano diría que a medida que pasaban los segundos pasó de reclamar un pase a rezar para que no le llegara el balón, y así poder apreciar aquella sonrisa de un niño, aquella camiseta azul de un rey y aquel pantalón negro que tumbaba cinturas inglesas.

Maradona es Argentina, es Nápoles, pero también es Boca. Pocos recuerdan que se hizo famoso en Argentinos Juniors, primero como pibe que gambeteaba, hacía malabares en los descansos de los partidos de los mayores y anotaba tantos lanzando desde detrás de la portería. Después, de adolescente, como competidor y goleador implacable. Hugo Gatti lo llamó pequeño gordito y al domingo siguiente Maradona le metería cuatro goles en un partido. Fue su último año en Argentinos. La temporada siguiente Gatti le rendirá pleitesía cuando el Pelusa se convierta en el faro de Boca.

Era un genio salvaje, en palabras de Santiago Segurola. Fantasía con botas, pura imaginación. No ganó el Balón de Oro, de aquella no podías ganarlo si no eras europeo, pero ni falta que hizo. Platini, el chico perfecto, el otro ’10’ que le discutía su reinado en los 80 ha sido taxativo: “Zidane hacía con un balón lo que Maradona hacía con una naranja”. Conviene recordar que cuando Zizou se retiró Platini se apresuró a decir que Zidane había sido mejor futbolista que él. También es preciso acordarse que cuando Maradona y Platini se retaban en un rectángulo de juego el Calcio era, y con amplia diferencia, la liga más fuerte del mundo.

En Nápoles Maradona sustituyó a San Gennaro. Dio orgullo a los ‘terroni’, a los inferiores, a los olvidados del sur de Italia, y todo a pesar de cambiar las jornadas de entrenamiento por los días de fiesta. Los perros iban con pelucas del Pelusa y la estatua de Dante llevaba una camiseta del 10. Nos quedan sus vídeos, una colección de diferentes maravillas. Como aquella vaselina imposible ante el Estrella Roja o aquella parábola perfecta dentro del área en un duelo trascendental ante la Juve.

Su estela en el fútbol, en el deporte, es colosal. Elevó lo extraordinario a lo cotidiano y por vez primera lo hizo a color y con todos y cada uno de sus partidos televisados. Era fuerte, ágil, felino. Era un futbolista que hacía realidad los sueños. No sé si fue un napolitano o fue un argentino, pero alguien tuvo la fortuna de decir que a Maradona no se le juzga por lo que hizo en su vida, se le ama por lo que hizo en las nuestras.

La gente que quiere al fútbol quiere a Brasil. La gente que ama el fútbol ama a Argentina. Sus ojos maliciosos, su cabello descuidado y su sonrisa descarada lo convirtieron en un cara sucia. La gente lo adora igual que adoró a Lady Di. La gente lo quiso a pesar de sus defectos. Gracias a sus defectos. Porque era humano. Maradona es la perfección de la imperfección. En Argentina es el pibe lindo. El chico de la calle. Habilidad, picardía y diversión antes de que la responsabilidad matase al fútbol.

Una vez que los primeros europeos se asentaron en Sudamérica y soltaron amarras con la patria, los sudamericanos (los criollos) comenzaron a autogobernarse y a luchar por su prosperidad siguiendo sus propias reglas. En la psique del sudamericano nunca se va a confiar en las leyes como un código benigno que promete seguridad, sino como algo a evadir. Por eso Messi nunca será Maradona. Porque además de gambetear, hay que protestar, hay que luchar. Hay que ser un ángel con cara sucia.

Los 10 mejores goles de la carrera de Maradona
El Diego

“Sólo por lo que hizo en esos 100 metros por 70 le valió la pena la vida. A él y a la gente. Toda Argentina le llora y todo aquel al que le gusta el fútbol también. Hasta la pelota llora.” Jorge Valdano, compañero de Maradona en el Mundial de México 1986.

Leer más

Luigi Malabrocca y la maglia nera. Cuando el último es el primero

Win Vansevenant fue un ciclista profesional a comienzos del siglo XXI. Gregario entre otros del vencedor del Tour Cadel Evans, sólo a los más fanáticos del ciclismo les sonara su nombre. Hoy es granjero en Flandes, la tierra sagrada del ciclismo. A aquellos vecinos que se le acercan para que les relate sus historias, jamás oirán de su boca ni escapadas kilométricas, ni ataques centelleantes ni descensos fulgurantes. Vansevenant puede contar como en una etapa del Tour se bajó de la bici a falta de 5 kilómetros para ver por la tele a un compañero ganar al sprint. Como se puso a rueda de otro ciclista en una contrarreloj para llegar el último o como en el Tour de 2008 competía con otro corredor en ir lo más despacio posible por los Campos Elíseos para así poder acabar último en el Tour. Y es que Vansevenant finalizó en última posición en el Tour de 2006, 2007 y 2008. Fue el farolillo rojo. La maglia nera. Y lo fue porque quiso. Tal y como habría hecho el legendario Luigi Malabrocca.

La Italia que amaneció tras el fin de la II Guerra Mundial era un país sin carreteras y sin puentes, pero también sin alma. Urgía una rápida reconstrucción física, pero también una reconstrucción de las almas. Es ahí donde el deporte se presta para avivar ilusiones y agitar corazones. Y es también cuando entre la escasez y la falta de preparación surgen las mentes inquietas y brota la picaresca.

En el Giro de Italia de 1946 y 1947 se enfrentaron Fausto Coppi y Gino Bartali, dos iconos del ciclismo y dos antagonismos que eran amados u odiados según a que italiano le preguntases. Pero en el fondo de la clasificación, lejos de los honores y de las alabanzas, también se enfrentaron dos ciclistas italianos. Uno se llamaba Sante Carollo, quien además de aceptable escalador era albañil. El otro respondía al nombre de Luigi Malabrocca y, además de buen rodador, era pescador.

Por entonces el Giro decidió introducir una nueva camiseta en la prueba. Se trataba de una ‘maglia nera’, un distintivo de color negro para distinguir al último clasificado del Giro. Así, los espectadores conseguirían diferenciar perfectamente desde las cunetas tanto al primero de la clasificación general (rosa) como al último (negro). El hecho podría parecer vejatorio, pero nada más lejos de la realidad. Cuando un aficionado coge el periódico para ver la clasificación lo normal es que se fije en los cinco o los diez primeros… y después eche un vistazo al último clasificado. La ‘maglia nera’ aportó un interés mayor a la prueba y dio a los periodistas una nueva y fabulosa historia que contar etapa tras etapa.

Y vaya si había historia.

Luigi Malabrocca se convirtió en un revolucionario, en un héroe popular capaz de rivalizar con Coppi y Bartali. Había sido dos veces campeón nacional de ciclocross, pero aunque no era un mal ciclista sabía que no tenía opciones de ganar el Giro. Así que dejó de un lado las piernas y se dedicó a explotar su cerebro. Mas no sólo era muy listo, también era ausente de vergüenza. Hizo sus cálculos y observó que al vestir día tras día la ‘maglia nera’ ganaría tanto dinero en premios como el quinto o el sexto de la clasificación general. Y se construyó un personaje. Decidió que iba a llegar el último.

Malabrocca esperaba agachado en las cunetas a que pasaran todos los ciclistas, pinchaba sus propias ruedas para perder tiempo o entraba en un bar a tomarse una cerveza. Eran otros tiempos. No había cámaras de televisión, no existía el avituallamiento, y los propios ciclistas tenían que buscarse la manutención y arreglar su propia bicicleta. Las distancias no se medían por segundos, sino por minutos, y, entre los menos afortunados, por horas. En una ocasión Malabrocca llegó a agacharse en un pozo y en otra ocasión cogió una caña y se puso a pescar mientras el pelotón seguía su curso.

Luigi Malabrocca contó que en 1946 ganó 280.000 liras (1.500 euros de la época, todo un fortunón) por quedar el último, cuando por subsistir entre los diez primeros te daban 250.000. Pero no eran sólo premios en metálico. Cada vez que la caravana del Giro paraba en una villa y tenía que subir al pódium para recibir la ‘maglia nera’ a Malabrocca le agasajaban con un producto local. Que si salami, que si un cabrito, que si un reloj, que si una escultura, que si un queso, que si tabletas de chocolate, que si tubulares para la bicicleta… Hoy podría parecer irrelevante, pero en la Italia de posguerra eso era oro puro.

Malabrocca era el héroe de los niños, de los trabajadores, de los humildes. Mientras los primeros llegaban llenos de ampollas, cicatrices, barro y apretando los dientes, él llegaba sonriendo a todos los que le vitoreaban. Y lo hacía reluciente como un pincel. Era el más lento y el más tramposo. Pero paradójicamente era el más digno. Hubo un año en el que la ‘maglia nera’ fue un ciclista que se empeñó en acabar el Giro por puro orgullo tras partirse el brazo en una de las primeras etapas. Nadie le hizo puñetero caso. Porque Malabrocca no era un derrotado al uso. No se arrastraba ni producía compasión. Se pavoneaba y exhibía sonrisas. Estaba orgulloso de ser el último, de ser un don nadie. Y en una sociedad pesimista y que acababa de salir del infierno, eran tan necesarios los héroes como Coppi a las personas orgullosas de no ser nadie como Malabrocca.

Malabrocca no sólo fue un ídolo en Italia, su fama traspasó fronteras. Corría numerosas carreras en Yugoslavia, aprovechando que era un reconocido comunista. Y Malabrocca no desaprovechaba la oportunidad. Entraba en Yugoslavia con unas bicicletas y volvía a Italia con otras. Compraba barato y vendía caro. Lo más curioso es que en las carreras de exhibición que disputaba, la gente le silbaba si iba en cabeza. Lo que el vulgo quería era ver cuán lento podía llegar a ser un ciclista.

Malabrocca era amigo de Coppi. Ambos eran vecinos y se conocían desde jóvenes. Digo conocer, porque Malabrocca pronto comprendió que lo de salir a entrenar con el gran Fausto era harina de otro costal. Cuando, ya anciano, la RAI le hizo a Malabrocca su última entrevista conocida, el periodista le hizo entrega de un paquete en nombre de Faustino Coppi, el hijo de Fausto. Luigi Malabrocca abrió el presente delante de las cámaras y fue incapaz de contener las lágrimas al ver una ‘maglia rosa’ del campeonísimo Coppi. Tras unos segundos en los que la vista se le nubla, Luigi se escapa a su habitación y vuelve con una ´maglia nera´ que le entrega al periodista bajo orden de que se la regale al hijo de Fausto Coppi. “Llévasela a Faustino – le dice al plumilla-, seguro que su padre nunca tuvo una de estas”.

Genio y figura.

Coppi tenía apreció por Malabrocca, aunque nunca vio con buenos ojos esa manía suya de quedar el último. Entendía que a la gente le hiciese gracia, pero nunca pudo razonar como sus aplausos eran al menos tan sonoros como los dedicados a sus gestas.

—SANTE CAROLLO Y EL OCASO DE LA MAGLIA NERA—

Siempre cómplice del reloj, Malabrocca tuvo en Sante Carollo a su gran rival. Ambos jugaban con el tiempo. La organización de cualquier prueba ciclista establece un máximo de retraso en cada etapa para evitar la eliminación. En 1947 Sante Carollo parecía que iba a ganarle la batalla de la picaresca a Malabrocca, pero se pasó de frenada y llegó fuera de control en una de las etapas, por lo que quedó automáticamente eliminado.

Pero Malabrocca no era infalible. En 1949 Carollo ganó la batalla por la lentitud. Aquella edición fue apoteósica, con un mano a mano entre los dos para ver quien ajustaba más el cronómetro para entrar al límite del cierre de control. Carollo llegó a terminar una etapa subido a la bici de un niño, porque según dijo él (vete tú a saber si era verdad), la suya se había roto. Al día siguiente Malabrocca quiso replicarle e hizo más de 100 kilómetros con una bicicleta de niña con cesta argumentado la misma excusa. Lo mejor fue cuando el dueño del vehículo cazó al bueno de Luigi sustrayendo la bicicleta y le preguntó que hacía. “Estoy corriendo el Giro de Italia”, contestó Malabrocca. El arte de ganar perdiendo.

Parecía que aquel duelo en las catacumbas de la clasificación iba a tener a Carollo como vencedor. Sacaba más de dos horas (por detrás) a Malabrocca. Nada imposible, pensó el bueno de Luigi. Se metió en un bar y departió con los parroquianos. Incluso fue hasta casa de uno de ellos a comer algo. El lugareño daba bebida y comida y Malabrocca regaba la mesa con cientos de anécdotas. Después se despidió y cogió la bici rumbo a la meta de Milán, pero con tan mal tino que no había ni meta, ni jueces, ni afición. Se había pasado de listo. Había llegado fuera de tiempo y Carollo conservó la ‘maglia nera’. Ese fue su último gran día en el Giro. Había ganado la ‘maglia nera’ en 1946 y 1947, en 1948 no pudo participar por una lesión, y la derrota ante Carollo en 1949 lo dejó tan tocado que decidió dejar de competir. Volvió efímeramente en 1952, cuando apenas aguantó un par de etapas desmotivado por la decisión de la organización de suprimir la ‘maglia nera’.

The slowest rider, the fastest bike: the story of Pinarello and the Maglia  Nera (Black Jersey) - Cycling Passion
Malabrocca. El arte de quedar último

Y es que la ‘maglia nera’ sobrevivió en el pelotón durante un lustro. En 1951 el Giro la puso en liza por última vez. A nadie se le escapaba que crear una ‘maglia nera’ justó al acabar la II Guerra Mundial era una manera de dar una patada hacia adelante y reírse un poco de un pasado reciente tan tenebroso. El negro era el color de los fascistas. Los camisas negras de Mussolini. Pero pasado un lustro, el chiste pasó a tener mal gusto.

Como decía, ya sin Malabrocca, en 1951 tuvo lugar la última edición del Giro en la que se puso en liza la ‘maglia nera’. Y también tuvo su miga. El vencedor de la prueba fue Florenzo Magni y la ‘maglia nera’ un tal Giovanni Pinarello. A diferencia de Malabrocca, Pinarello había quedado el último por pura incompetencia. No buscó quedar en el fondo de la clasificación, pero el destino lo quiso así.

En aquella época la etapa final del Giro terminaba en el velódromo Vigorelli de Milán. Una oda al ciclismo nostálgico en forma ovalada. Y había dos figuras que tenían que dar la vuelta de honor juntas ante el clamor popular. Magni y Pinarello. La ‘maglia rosa’ y la ‘maglia nera’. En un momento dado Pinarello le preguntó a Magni si quería cambiarle la camiseta, a lo que éste le respondió con desdén. La gracia radicaba en que Magni había sido un camisa negra fascista durante la guerra y no era demasiado querido por un público que vitoreaba con fuerza a Pinarello.

Al año siguiente el Giro decidió suprimir la ‘maglia nera’, por lo que Pinarello no pudo retener el título. En todo caso tampoco pudo disputar aquel Giro. En un principio estaba seleccionado para correrlo por su equipo, pero días antes de comenzar le quitaron el puesto para dárselo a otro chico. Como compensación, el equipo le dio a Pinarello un cheque de 100.000 liras. Con aquel dinero Pinarello montó en un garaje la fábrica de bicicletas que lleva su nombre y que en la actualidad tienen fama de ser las mejores que hay en el mercado. La ‘Espada’ de Induráin lleva su sello.

Hoy, Fausto Pinarello, hijo de Giovanni, es el director de la fábrica de bicicletas de Treviso fundada por su padre. En su despacho tiene enmarcada la ‘maglia nera’ que a su padre le dio notoriedad y fortuna. Fausto (el nombre recuerda al gran Coppi) consiguió hace unos años que el Giro volviese a introducir la ‘maglia nera’ de manera puntual y sigue luchando día a día para que se recupere un título deshonroso, que Luigi Malabrocca convirtió en arte.

 “Lo digo con todo el respeto. Si Jesucristo me pide cambiar la bici por la cruz, no se la cambio.” Fernando Quevedo, último clasificado en el Tour de Francia de 1992.

Leer más

Las cuatro primas de Jacques Anquetil

Al momento de publicar estas líneas quedan escasas horas para que Primoz Roglic se proclame ganador de la 107ª edición del Tour de Francia. Lo hará si consigue sostener la ventaja de 57 segundos sobre Tadej Pogacar que tiene que defender en la cronoescalada de 36 kilómetros a la Planche des Belles Filles. Gane quien gane será la victoria de un escalador, porque las contrarrelojes largas y llanas han pasado a mejor vida. Se antoja complicado que ciclistas como Jan Ullrich pudiesen ganar el Tour de 2020 y sería una quimera que Miguel Induráin o Jacques Anquetil sumasen cinco Tours con un perfil semejante al actual.

Cuando Induráin ganó el primero de sus cinco Tours en 1991 hubo cerca de 170 kilómetros contra el crono, incluida una epopeya de 73 kilómetros en la que Induráin aventajó a Gianni Bugno, segundo clasificado, en 3’36’’ (mayor diferencia que entre los ganadores del Tour 2020). En época de Anquetil, a caballo entre los 50 y los 60, el kilometraje era semejante. Y la palma se la lleva la edición de 1978 donde Bernard Hinault (otro de los peces gordos) se alzó con el triunfo tras unos 340 kilómetros contrarreloj, entre ellos una inhumana crono por equipos de ¡153! Kilómetros.

El caso es que a mediados del siglo XX las pruebas contrarreloj estaban a la orden del día. Había numerosas carreras de un día destinadas a los grandes rodadores. La más prestigiosa del momento era el Gran Premio de las Naciones, una especie de campeonato del mundo oficioso, que se disputó en los humedales del Mosa y el Mosela desde 1932 hasta 2004. En su apoteosis se llegaron a sumar hasta 140 kilómetros de pedaleo en solitario y, en hasta nueve ocasiones, Jacques Anquetil demostró que el autismo al manillar era su gasolina.

Otra de esas pruebas, hoy desaparecidas, era el Gran Premio de Lugano, lugar donde ocurrió la historia que nos ocupa.

Lugano es una de esas divinas ciudades que en las que el ser humano no ha logrado derrotar a la naturaleza. Se encuentra al sur de Suiza, en una lengua de tierra que se besa con Italia y con un cristalino lago con el mismo alias que compite en fama con el vecino de Como. El Gran Premio de Lugano es de nombre helvético, pero de corazón latino. En Lugano se habla, se piensa y se come en italiano. En los cerca de 90 kilómetros contra el crono del terreno bucólico y cadencioso GP de Lugano se pisaba suelo suizo. En las cunetas, los improperios y los gritos de ánimo eran de los tifosis azzurri.

En dichas pruebas la organización contrataba a las estrellas en función de su caché. Aunque el ciclismo es un deporte colectivo, en este tipo de disciplinas contrarreloj tan demandadas antaño no existían las escuadras comerciales ni los compañeros de equipo. El sistema era similar al que hoy obedece en el circuito tenístico o en el del golf. Había una prima fija sólo por participar y luego la bolsa aumentaba en función de la clasificación.

Para 1962 Jacques Anquetil ya acumulaba cuatro victorias consecutivas en el Gran Premio de Lugano. Conocido como ‘Monsieur Crono’ por su  escandaloso dominio de las contrarrelojes, también había ganado 2 Tours de Francia (acabaría con cinco en el zurrón) y era, sin discusión, la gran estrella del momento. Demasiado tardío para Louison Bobet y demasiado precoz para Eddy Merckx, Anquetil sólo mantuvo un duelo real durante su reinado con Raymond Poulidor, que alcanzaría su clímax en la legendaria subida codo con codo en el Puy de Dôme.

Los organizadores estaban maravillados con que el más grande corredor del momento hubiese decidido intentar lograr su quinto triunfo consecutivo en Lugano. Pero por otro lado estaban angustiados por la continua repetición del ganador. Pensaban, y con razón, que la competición carecía de interés si Jacques Anquetil se presentaba en la línea de salida.

Total, que las mentes pensantes decidieron que no se presentase en Lugano para favorecer la variedad y, a ser posible, buscar un vencedor que fuese italiano. Anquetil, francés de Normandía, fue receptivo al problema y solicitó la prima correspondiente por correr. Como le pagaron igualmente aceptó la decisión sin amargura.

Chained Revolution - Jacques Anquetil Hour Record (Bianchi) bike | Bike,  Bicycle track, Bicycle race
Monsieur Crono

Semanas después los organizadores comprendieron el error. Anquetil ganó su tercer Tour y seguía acumulando triunfos por doquier, multiplicaba sus proezas y parecía evidente que ganase las veces que ganase era más prestigiosa sus participación que su ausencia. Así que los mandamases tuvieron que dar marcha atrás, bajar las orejas e implorarle a Anquetil que se presentase en Lugano. ‘Monsieur Crono’ no lo dudó, pero afiló el colmillo y pidió la correspondiente prima por participar. Hombre no, ya la tienes, se supone que le dijo el trajeado de turno. Pero Anquetil, ofendido y despechado, sacó el ave de rapiña que llevaba dentro.

El trato se cerró por teléfono. Jacques Anquetil prometió estar en la línea de salida a cambio de recibir dos primas. Doble ganancia por una misma carrera.

El otoño daba sus primeros pasos desperezándose bajo un tímido sol, cuando el Gran Premio de Lugano de 1962 se afanaba con los preparativos. Aún faltaban un par de horas para el inicio de la prueba cuando tuvo lugar una rocambolesca conversación. El escritor francés Paul Fournel, por entonces un joven adolescente loco del ciclismo allí presente, reprodujo un diálogo que según su testimonio se asemejó bastante a lo siguiente:

GP Lugano: Estamos muy contentos por tenerle en la salida, querido Jacques, es un gran honor, pero ya conoce a los tifosi italianos, tienen la sangre caliente y sueñan con ver ganar a uno de ellos…

Anquetil: ¿Quiere que pierda una contrarreloj?

GP Lugano: Perder es mucho decir, quizás no desplegar la magnitud de su inmenso talento.

Anquetil: Perder.

GP Lugano: Ser derrotado por alguien igual de bueno no es realmente perder.

Anquetil: ¿Igual de bueno? ¿Cuánto?

GP Lugano: Por supuesto estaremos encantados de pagarle una prima suplementaria.

Anquetil: Me lo imagino. Lo único que les pido es que me paguen en la salida, porque quiero escabullirme al final para no tener que hablar con los periodistas. Quiero cuidar mi reputación.

Tercera prima. Anquetil acababa de triplicar sus ganancias y todavía no había dado una pedalada.

Jacques llama a Janine, su mujer, pero también su representante, para que guarde el sobre. Se coloca las gafas de sol y da un paseo relajado por el control de firmas atendiendo a curiosos y aficionados. El paisaje sobre la carretera que bordea el lago es precioso y por una vez podrá disfrutar del bronceado del sol sobre sus pantorrillas.

En un momento dado observa que Janine charla con Ercole Baldini. No es nada extraño porque el matrimonio Anquetil y el ciclista italiano son buenos amigos, compañeros de esporádicas cenas y frecuentes partidas de cartas. Ganador del Giro cuatro años atrás, Baldini es un gran contrarrelojista pero nunca llegará a la excelencia porque es incapaz de superar la alta montaña. Es el segundo en la terna de favoritos, pero sabe que con Anquetil en liza no tiene nada que hacer en el GP de Lugano.

Anquetil lo aprecia como contrarrelojista, pero sobretodo como persona, por lo que decide hacerle una oferta que sabe que no podrá rechazar.

Estoy harto de ganar, me aburro, así que si quieres la victoria es tuya. Así, como elefante en cacharrería entra Anquetil a escena. Baldini no se traga el cuento, pero Anquetil insiste y le dice que no tiene ganas de competir. Baldini recula y la incredulidad se transforma en curiosidad. ¿Dónde está el truco?

Dame tu prima por participar y la victoria es tuya.

Así es como Jacques Anquetil consigue su cuarta prima por participar en el Gran Premio de Lugano.

Sin responsabilidad sobre el sillín, y con la promesa de Baldini de que el acuerdo se mantendrá en secreto, Anquetil se dispone a disputar una de las carreras más plácidas de su vida y también una de las más lucrativas. Empezará fuerte, pero se dejará ir para no acabar ni entre los cinco primeros. Está bajo de forma, diría la prensa.

El triunfador fue el suizo Rolf Graf, pero era nativo del cantón de Argovia, limítrofe con Alemania y concretamente lugar de origen de la dinastía de los Habsburgo. Así que no está muy claro que ni los organizadores del GP de Lugano ni los tifosi quedasen muy contentos con el resultado.

A Ercole Baldini le faltaron cinco segundos. Cinco míseros segundos en una prueba de 77 kilómetros contra el crono de cerca de dos horas de duración.

Quedó segundo.

Mͨeͪrͬsͥˢcͭhͥᵃᶰ 🇪🇺🌍🇱🇺 en Twitter: "#Giro 1959: le luxembourgeois  Charly Gaul (leader en rose), Jacques Anquetil et Ercole Baldini (maillot  arc-en-ciel)… "
Baldini (izq) y Anquetil (centro)

“Si estás jugando una partida de póquer, miras a los demás jugadores y si no sabes quién es el pardillo entonces es que eres tú.” Paul Newman, en ‘El Golpe’.

Leer más

Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

https://www.youtube.com/watch?v=qxUQaBkgJRE

A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

Leer más

Milán-San Remo. Guía de viaje

La pandemia del coronavirus se ha llevado por delante la edición 2020 de la clásica ciclista Milán-San Remo. El dichoso virus es el causante del aplazamiento (y en los eventos modestos el cancelamiento) de la totalidad de los eventos deportivos del mundo y ha dejado en el aire (y más que probable aplazamiento) la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokio. Una pandemia que si bien no es virulenta en mortandad, podría llegar a afectar a más de la mitad de la población mundial si no se tomasen las medidas oportunas y que ha colapsado los sistemas sanitarios y las economías más potentes del mundo. 

La Milán-San Remo fue parida en 1907 sin saber siquiera si era posible completar los 300 kilómetros sin avituallamiento ni apoyo mecánico. La idea fue del rotativo ‘La Gazzetta dello Sport’ en una suerte de ensayo general antes de poner en marcha el Giro de Italia (otra prueba aplazada/cancelada). Los empresarios de San Remo, una ciudad que había crecido fulgurantemente gracias al turismo y al juego, apoyaron entusiasmados una carrera que diera prestigio a la ciudad en temporada baja. Se decidió que tuviese lugar al inicio de la primavera, como pistoletazo de salida del buen tiempo y del periodo vacacional.

Y tan sólo el coronavirus ha conseguido doblegarla. Incluso la guerra no fue tan dura para esta clásica como lo fue para los otros monumentos ciclistas. La Lombardía y la Liguria se mantuvieron alejadas de la primera línea de frente en las contiendas mundiales y tan sólo en 1916, 1944 y 1945 hubo que cancelar la ‘Classicissima’.

Hasta hoy. Sirva este post como homenaje a una prueba que tendría que celebrarse este 22 de marzo. Y sirva también, guste o no el ciclismo, como homenaje a una tierra hoy apestada, pero que pronto volverá a hacer las delicias de los mochileros y de los ‘bon vivant’ de medio mundo.

La guía de viaje de la Milán-San Remo es una delicia para los sentidos. Como la París-Niza o la Tirreno-Adriático, la ‘Classicissima’ es un canto a la primavera, al romanticismo y a la explosión de la naturaleza. La también llamada ‘carrera de las flores’ es de los cinco monumentos ciclistas el de mayor longitud rondando los 300 kilómetros de recorrido. En la Milán-San Remo no hay adoquines como en Flandes ni se cambia frecuentemente el recorrido como en el Giro de Lombardía. Si en Flandes o en Lombardía la prueba muda asiduamente de recorrido para beneficio y gloria de la región que le da su nombre, en la Milán-San Remo es sota, caballo y rey. Un clasicismo en la ‘Classicissima’, que lejos de restarle brillantez no hace más que resaltarla.

La Milán-San Remo es el más rectilíneo de todos los monumentos, por lo que las montañas apenas se asoman en su camino. Inalterable al paso del tiempo, desde 1946 se ha mantenido prácticamente inquebrantable. Es el vivo ejemplo de un deporte que en esa eterna pugna entre progresismo y conservadurismo siempre ha escogido la cautela a pesar de la fuerza de los vatios y de las analíticas.

Es la prueba de los velocistas contra las velocistas. Es un paseo brillante entre curvas cerradas, mares de plásticos con frondosas hortalizas, eléctricos acantilados y lustrosa vegetación. Es monótono, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero demanda la dureza y la concentración de un paseo sobre la bicicleta de más de 7 horas a lo largo de 300 kilómetros.

Quizás para el aficionado inexperto el pedaleo es tedioso, pero para el amante de la cultura, la naturaleza y la arquitectura, la ‘Classicissima’ es una amalgama de excitación para la percepción.

La carrera empieza en la maravillosa plaza que alberga el Duomo de Milán, una espectacular catedral gótica desde cuyos tejados se saluda a los Alpes. Una vez se abandona esta cuna del arte, los ciclistas toman dirección sur entre campos de labranza hasta alcanzar Pavía, famosa en Italia por su cultivo del arroz y célebre en España por la victoria de la tropas de Carlos I ante Francisco I de Francia en la batalla del mismo nombre. Tras superar Pavía se transita por diversas localidades hasta llegar al ‘Passo del Turchino’, una estribación montañosa que dice adiós a la Lombardía antes de iniciar el descenso hacia el mar y adentrarse en tierras genovesas. Hoy un túnel la ha humanizado, pero en tiempos de Coppi y Bartali era una incómoda ascensión en camino de tierra.

Llegamos pues a la Liguria. Tierra de banqueros, franja dorada disputada por franceses, aragoneses y milaneses, su caída en desgracia vino de la mano del fin del Imperio Español. Para los italianos los ligures son parte esencial de su mito fundacional, porque de allí eran Víctor Manuel y Giuseppe Garibaldi, padres de la reciente República Italiana.

La Liguria es una vorágine de color y calor para los sentidos. Una estrecha franja de tierra que inicia su recorrido en Génova y que rivaliza con la Costa Azul francesa en un canto al lujo y a la belleza. La ‘Riviera ligure di ponente’ saluda a los ciclistas y a los telespectadores a través de las fastuosas playas de Arenzano o de Varacce, los viñedos y olivos que rodean al balneario de Albissola, las ruinas romanas en Andora o las calles de cuento que rodean el castillo y la catedral de Noli, de donde Dante sacó su ingenio para escribir la Divina Comedia. Hay también tiempo de ver pueblos ficticios como Imperia, una localidad de pescadores y hoy ciudad de vacaciones diseñada en tiempos de Mussolini y puesta en marcha en plena vorágine democrática del turismo.

La Liguria es tierra de pequeños pueblos turísticos coronados por una pequeña ciudad de nombre Savona, lugar de nacimiento del sabón, o lo que es lo mismo, del jabón. Savona es el puerto del Piamonte, tierra de cerámicas, pero donde antes atracaban los barcos que abastecían la industria turinesa hoy es lugar de atraque para los cruceros de lujo que se adentran a descubrir la Liguria. En Savona, Ceriale o Albenga se puede conocer la historia de los papas Sixto IV y Julio II mecenas de Miguel Ángel e impulsores de la Capilla Sixtina.

En la ‘Riviera ligure di  ponente’ podemos saborear un excelente aceite de oliva, un atractivo vino vermentino y un buen chupito de grappa. Pero es sobre todo cuna de la focaccia, otra de esas delicias que el ingenio humano ha desarrollado a través de la harina de trigo. Y es también el lugar de nacimiento del pesto, una deliciosa salsa a base de albahaca, aceite, piñones, queso y ajo que acompaña a un buen plato de espaguetis.

Y tras todo ello queda la llegada a San Remo, la única aglomeración urbana de cierta importancia a excepción de Savona. Pero antes de arribar a San Remo los ciclistas deberán superar las legendarias ascensiones a Cipressa y Poggio di San Remo, dos tramos asequibles pero que se convierten en un verdadero drama tras más de 250 kilómetros de recorrido que hacen del final un auténtico enigma.

Antes hay unas pequeñas tachuelas como Capo Male o Capo Cervo, que se atacan al escapar de la costa para tomar aliento, para rápidamente caer de nuevo sobre el Mediterráneo. Después llegará la Cipressa. Se trata de una suave subida de 5,6 kilómetros al 4,1% de media con alguna trampa del 9%. Situada a 22 kilómetros de la meta, es el lugar en el que los que se saben más lentos hacen su apuesta y cabalgan hacia la victoria. Los más comedidos prefieren disfrutar un poco más de las vistas y esperar para ejecutar el hachazo final en al alto del Poggio.

Cada monumento tiene sus símbolos, y en una carrera tan plana como la Milán-San Remo su símbolo es el Poggio. La carretera que lleva al Poggio ha tenido momentos mejores. A pesar de lo benigno del clima, el invierno hace mella y continuos deslizamientos de tierra causan desgaste y daños en tan sinuosa carretera. En el Poggio es donde en 1946 Fausto Coppi dio brillo a una Italia oscura que aún se lamía de las heridas de la guerra. La Italia de hoy exhibe músculo de palabra, pero la realidad económica pasa factura y las imágenes actuales de la carretera suelen ser más pobres que las exhibidas hace apenas dos o tres décadas.

El alto del Poggio de San Remo es una escueta subida de apenas 3,7 kilómetros en la que la rampa más dura únicamente alcanza el 8%. Pero el Poggio es durísimo porque llega tras casi 300 kilómetros con la lengua de fuera. En una carrera de velocistas contra velocistas es el lugar donde separar el grano de la paja. Tras coronar toca vertiginoso y alarmante bajada suicida rumbo al glorioso final situado en la meta de la Vía Roma de San Remo.

Aunque durante unos cuantos años la ‘Classicissima’ finalizó en la avenida Italo Calvino, es en la vía Roma donde la tradición manda que acabe la carrera. La Vía Roma no es más que el culmen del glamour de una ciudad glamurosa. San Remo es una enorme cala protegida por montañas que hace del lugar un paraíso con un clima envidiable. Los ciclistas esprintan rodeados de celebridades, edificios modernistas y a escasos metros de los envidiables yates.

Aunque es el monumento más accesible para los más rápidos, el palmarés de vencedores de la ‘Classicissima’ cuenta tanto con velocistas como con clasicómanos. Entre los primeros destacan Erik Zabel (4) o el español Óscar Freire (3) y entre los segundos Roger de Vlaeminck (3). Pero la Milán-San Remo ha sido tradicionalmente coto italiano gracias a Girardengo (6), Bartali (4), Coppi (3) o a las más recientes victorias de los Moser, Bugno, Cipollini, Bettini o Nibali. Aunque el más laureado es el de siempre, el belga Eddy Merckx. El caníbal cuenta con 7 triunfos (1966, 1967, 1969, 1971, 1972, 1975 y 1976).

“Es la carrera más fácil de terminar y la más difícil de ganar”. Mark Cavendish, ganador de la Milán-San Remo en 2009.

Leer más

Antes de que Nápoles amase a Maradona

La historia es conocida incluso para buena parte de la gente a la que no le interesa el fútbol. Maradona es un dios terrenal y no hay lugar del mundo más sagrado para su culto que Nápoles. Existe un mural con su rostro en el barrio de Teduccio, conocido como ‘el Bronx de Nápoles’, con una leyenda que reza ‘Dios umano’. En la ciudad italiana, descrita por el escritor Jimmy Burns como “una Babilonia sin salida al mar, tan mística como pagana”, Diego Armando Maradona compite en popularidad y en devoción con San Genaro, el patrón napolitano. Pudo haber escogido cualquier otro destino pero se decantó por una ciudad maltratada por la historia y por un equipo sin pedigrí. En sus siete años en Nápoles, Maradona consiguió 2 títulos ligueros, 1 copero y 1 Copa de la UEFA. No es un palmarés extraordinario para un futbolista de ese calibre, pero su valía no se mide en trofeos. ‘El pelusa’ otorgó a los ‘terroni’ italianos vanidad, orgullo y dignidad, adjetivos con los que no estaban familiarizados.

Empero, lo que los napolitanos no suelen o no quieren recordar es que hubo un tiempo en el que no estaban enamorados de Maradona. Un tiempo en el que perdieron la ilusión por sus andanzas. El ‘10’ argentino tuvo un cuatrienio glorioso (1986-1990), pero en sus dos primeros años en Italia (1984-1986) las muestras de que fuera el genio que se presumía que era se exhibían en dosis chicas.

Maradona fue presentado en el estadio San Paolo de Nápoles el 5 de julio de 1984. Hizo su aparición cual estrella hollywoodiense al aterrizar en helicóptero en el centro del terreno de juego. Otros dirían que había sido un mesías que había bajado del cielo. Había tal cantidad de curiosos y periodistas en el aeropuerto que hubo que preparar un señuelo para despistarlos. Mientras el cebo marchaba dirección Capri, Maradona y su séquito avanzaba por carreteras secundarias hasta dar con el descampado donde estaba el helicóptero. Una vez en tierra bajó al vestuario. Ataviado con un chándal anti glamuroso, una camiseta Puma y una bufanda del Nápoles, subió las escaleras del foso que llevaban al césped y más de 70.000 personas observaron con atención como daba toques de balón de un pie a otro. Antes, con el estadio aún vacío, había estado jugueteando con un globo terráqueo. Quizás una metáfora de lo que pretendía conseguir.

Maradona había dejado el FC Barcelona con veladas percepciones de problemas con la cocaína. Había espantando a entrenadores y directivos azulgranas por su falta de disciplina y por lo que se dio en llamar ‘el clan Maradona’, un grupo de familiares y amigos que vivían con el astro en su mansión de Pedralbes y que eran conocidos por sus incidentes nocturnos en la noche barcelonesa. Solo con esos antecedentes era entendible que un jugador de esa dimensión no firmase por uno de los grandes transatlánticos europeos y tuviese que fichar por un modesto como el Nápoles. Días antes de su presentación, Maradona dijo que lo único que sabía de la ciudad es que se comía pizza.

Lo que es más difícil de explicar es de dónde sacó el club napolitano los 13 millones de euros (cifra récord en la época) para fichar a Maradona. El mismo día de la presentación un periodista francés hizo esta misma pregunta. Por supuesto obtuvo evasivas como respuesta. ‘Vox populi’ era sabido que la Camorra, la mafia napolitana, había financiado el fichaje con dinero conseguido de la extorsión, negocios inmobiliarios fraudulentos y con ‘donaciones voluntarias’ de los napolitanos.

Gracias a la visión de su representante, Maradona era de los pocos futbolistas que poseía el beneficio y explotación de sus derechos de imagen. Pero eso no iba a suceder en Nápoles. Había miles de objetos del ‘10’, desde llaveros a esculturas a tamaño real, a la venta en las calles de la ciudad, así como camisetas y vídeos con sus mejores jugadas. Cyterszpiler, representante de Maradona, tuvo que llegar a un acuerdo con la Camorra. Los derechos de imagen serían del jugador en el mercado internacional. En el mercado nacional sería cosa de la mafia.

Así es como se iba a pagar su fichaje.

En Nápoles Maradona pudo dar rienda suelta a su vida disoluta con total tranquilidad. Sus amigos se mezclaron con naturalidad en los bajos fondos napolitanos. Nadie cuestionaba sus salidas nocturnas e incluso se sentía integrado en el barrio de primerísimo nivel en el que vivía. Una pareja de policías locales le abrían paso cuando viajaba en coche y los locales de ropa o de restauración adaptaban sus horarios en función de sus necesidades. Cuando un turista argentino era víctima de uno de los frecuentes robos que asolan a la ciudad de Nápoles tan sólo tenía que acudir a la policía. Por el simple hecho de ser argentino se le ponía en contacto con Gabriel ‘El Morsa’, cuñado de Maradona, que al cabo de unas horas se hacía con lo sustraído y se lo devolvía a su compatriota.

En Barcelona era visto como un niño rico e ignorante en las vecindades colindantes. En Nápoles sus compañeros de parcela solían ocultar secretos más turbios que los suyos.

Pero la paciencia tiene un límite. Maradona era un genio, pero entrenaba poco y estaba pasado de peso. A mitad de su primera temporada el Nápoles estaba en puestos de descenso. Comenzó a ser criticado en la prensa y los aplausos de los aficionados se tornaron en indiferencia. Dado que los periodistas no se atrevían a hablar de sus asuntos con la droga y con la Camorra, comenzaron a publicitar sus escarceos amorosos. Sea como fuese, Diego le vio las orejas al lobo y consiguió remontar el vuelo en la segunda vuelta y colocar al Nápoles en mitad de la tabla. Además acabó siendo el tercer máximo goleador del Calcio.

Había salvado un ‘match-ball’, pero estaba lejos de conseguir lo que los napolitanos esperaban de él. Era el verano de 1985. Maradona rompió con Cyterszpiler, quien además de representante era su amigo desde la infancia, y contrató como nuevo representante a Guillermo Coppola, un empresario argentino de pasado turbio y que inmediatamente claudicó con la Camorra. La temporada comenzó y el rendimiento del Nápoles, si bien mejor que el del año anterior, seguía siendo mediocre. En la prensa se empezó a publicar sin tapujos sobre la vida social de Maradona y sus fiestas regadas de excesos. La gente lo seguía queriendo, pero en las segundas partes, cuando Maradona era víctima del cansancio y de la mala preparación, llegaba el runrún de la grada.

La Camorra, viendo peligrar a la gallina de los huevos de oro, mandó a dos emisarios al entrenamiento del Nápoles. Era enero de 1986. Se le comunicó que estaba invitado a una fiesta que organizaba Luigi Giuliano, el padrino de la mafia napolitana. Por supuesto que a Maradona no le quedaba otra alternativa que acudir a esa celebración.

Nunca se supo que pasó aquella noche. Años más tarde Maradona negó relación con Giuliano y sostuvo que no sabía quién iba a acudir a aquella fiesta y que la Camorra se había aprovechado de su fama para sacarse fotos con él. Sea como fuere, todo cambió a partir de esa noche. Maradona comenzó una relación extramatrimonial con una joven napolitana llamada Cristina Sinagra, con la que años más tarde tendría un hijo ilegítimo. La relación fue breve pero la chica consiguió que ‘el Pelusa’ dejase la cocaína, abandonase temporalmente el alcohol y volviese a entrenar con fiereza.

Por su parte la prensa dejó de criticar a Maradona, presumiblemente por influencia del clan de los Giuliano. Y así, con ‘el 10’ centrado y sin injerencias externas, el Nápoles acabó la temporada 1985/86 en una excelente tercera posición. Aunque Maradona había bajado su producción de goles y de asistencias, se había convertido en referente y en líder de un equipo, que a pesar de ser inferior a sus rivales, ya creía en sus posibilidades de éxito.

Y por supuesto la afición lo adoraba.

Aquel verano Maradona se vistió de superhéroe y ganó el Mundial con Argentina en la mayor demostración de dominio personal que se ha visto en la historia de la Copa del Mundo. Desde entonces, y hasta su debacle en el siguiente Mundial celebrado en Italia cuatro años más tarde, Maradona fue con una insulsa superioridad el mejor jugador del planeta, dejó las drogas y el alcohol para ocasiones especiales y jamás fue criticado hiciese lo que hiciese por el público napolitano.

Luego vendría la segunda caída. Pero esa sería otra historia.

https://www.youtube.com/watch?v=-kYToi45fts

Leer más

El secreto de Gino Bartali; el Schindler de la bicicleta

En un pueblo cualquiera, a caballo entre Toscana y Umbría, cientos de pasajeros esperan impacientes la llegada de un tren. Entre todos los transeúntes destaca la figura de un hombre moreno, de anchas espaldas y con nariz de púgil. Aparecía siempre en el andén acompañado de una preciosa bicicleta dorada que apoyaba cuidadosamente en el muro de piedra que separaba el apeadero de la cafetería de cualquier estación. Rápidamente todos los presentes se giran para darle la bienvenida y saltar en busca de un saludo, de una sonrisa o de un autógrafo, o de las tres cosas, si había un golpe de suerte. El hombre en cuestión se llama Gino Bartali, por entonces doble ganador del Giro de Italia y flamante vencedor del Tour de Francia. Tras deslumbrar a los presentes con su sonrisa se dirige a un vagón determinado y con la confusión del sube y baja se esconde entre la muchedumbre. Pasados unos segundos se retira y grita a los cuatro vientos “pasado mañana vuelvo”.

Parecía una frase de cortesía hacía los aficionados, pero en realidad lo que fijaba era una cita para intercambiar unos documentos furtivos que estaban destinados a salvar cientos de vidas.

Bartali era una fuerza de la naturaleza que con sólo 22 años había ganado el Giro de Italia de 1936 y que al año siguiente repetiría victoria sin demasiado esfuerzo. Era la estrella ciclista del momento y eso era mucho decir en los años en los que el ciclismo era el ‘santo sactorum’ del deporte. Se le conocía como el hombre de hierro. Fumaba abundantemente y era habitual del whisky y del brandy, el doping de aquel entonces. Era un enamorado del esfuerzo y cuando los rivales tiritaban ante la tormenta y el frío, Gino retozaba con alegría. Bartali había nacido en un pueblecito de los arrabales de Florencia, en una casa que hoy es un museo dedicado a su memoria. Nació en el seno de una familia humilde, conservadora y trabajadora que le inculcó los caminos de la fe católica. No en vano su apodo más célebre era el de “monje volador”. Pero Bartali iría más allá. Cuando su hermano muera atropellado por un coche en una carrera ciclista, Bartali se encerrará durante semanas junto a su bicicleta en el sótano de su casa para llorar su muerte. La tragedia reforzó su fe y no encontró mejor camino para llegar a ella que a través de las dos ruedas.

La II Guerra Mundial mutiló el palmarés de un ciclista excepcional que logró 3 Giros de Italia (1936, 1937, 1946) y 2 Tours de Francia (1938, 1948) dejando yermos los años de madurez y de mayor fortaleza física. Un talento quebrado en una época rota. Los duros tiempos de los ismos también dañaron su imagen. En 1938 Benito Mussolini le obligó a no presentarse en el Giro para que preparase a conciencia el Tour de Francia. Para ‘il Duce’ era una cuestión de Estado que un italiano triunfase en la prueba ciclista de referencia. Bartali vio, llegó y venció, y pronto lo catalogaron como ciclista del Régimen y emblema del fascismo, a pesar de que no existe documento cinematográfico o fotográfico en el que se le vea haciendo el saludo fascista.

Bartali murió en el año 2000, con 84 años de edad, y siempre vivió bajó la tirria y la animadversión de media Italia. A ello contribuyó su rivalidad con Fausto Coppi en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. Bartali representaba a la Italia campesina, católica y tradicional. Coppi era el futuro, la elegancia, la ciudad. Era el tergal contra el esmoquin. El primero representaba a los fascistas, el segundo a los comunistas. La realidad era mucho más simple. Sencillamente eran estereotipos. Ni se llevaban mal ni eran tan radicales en sus ideas. En el Tour de 1952 ambos intercambiaron un sorbo de agua camino de los Pirineos. La mística de aquella instantánea aún retumba en el presente. En la Italia de hoy se sigue discutiendo quien le dio el agua a quien. Ellos siempre mantuvieron el secreto. Aquella imagen simboliza la solidaridad entre las dos italias.

Porque aquella Italia estuvo al borde de una guerra civil. Con la mitad de la población votando a Democracia Cristiana (DC) y la otra mitad al Partido Comunista (PC), el 14 de julio de 1948 un pistolero atenta contra Palmiro Togliatti, presidente del PC. Con buena parte de la izquierda exaltada en las calles, Alcide de Gasperi, presidente de Italia y líder de DC, telefonea a Cannes, en la Costa Azul francesa, al hotel donde se encuentra Gino Bartali quien está disputando el Tour de Francia. De Gasperi le pide a Bartali que gane el Tour para evitar una guerra civil. Aún faltaban por ejecutarse las etapas alpinas, pero Bartali estaba a más de 21 minutos de Louison Bobet el líder de la carrera. Bartali le promete a de Gasperi que será el ganador de la etapa, aunque no se aventura a prometerle la conquista global.

Aunque en el ciclismo de entonces la distancias se medían por minutos y no por segundos, es de locos pensar que Bartali pueda ganar el Tour.

Al día siguiente, a lo largo de cerca de 300 kilómetros de frío, lluvia y barro, Bartali lanza su ataque en el Izoard y gana la etapa con cerca de 20 minutos de ventaja sobre Bobet. En la siguiente etapa rematará su hazaña venciendo en Aix les Bains y alzándose con un liderato que ya no abandonará hasta París. Las radios (aún no había televisión) se pasan las horas hablando del Tour de Francia. La noticia que abre los noticiarios es la victoria de Bartali dejando en segundo plano las declaraciones de un Togliatti que se recupera milagrosamente de sus heridas en la cama de un hospital. Tras dar las gracias a los médicos, el líder del PC solicita calma a la población y a sus compañeros del Partido Comunista mientras se congratula por los éxitos del católico Bartali.

—EL SECRETO DE GINO BARTALI—

Cuando enterraron a Bartali lo vistieron con el sallo franciscano. Consideraba que no había mejor vestimenta para dejar este mundo, porque el traje capuchino no tiene bolsillos. En la otra vida no hay dinero y sin bolsillos no hay donde guardarlo. Con esa misma humildad falleció guardando un secreto que ni insinuó ni contó a su familia. Tan sólo su nieta desvelaría años después que su abuelo siempre le decía que sería más querido en muerte que en vida, algo que no lograba comprender. Bartali había pasado a la eternidad como un hombre amado por media Italia y que había logrado el respeto de la otra media que lo odiaba con su legendaria victoria en el Tour de 1948.

Lo que muy pocos sabían es que sus pedaladas más heroicas fueron anónimas.

Entre el otoño de 1943 el cardenal Elia Dalla Costa, amigo de Bartali, le puso en conocimiento de un plan que estaba tramando. Había organizado una red clandestina formada por frailes franciscanos, monjas y laicos que ayudaban a escapar a cientos de judíos amenazados por las deportaciones a Europa del Este ordenadas por los fascistas a instancias de la Alemania nazi. El plan estaba bendecido por el Papa Pio XII pero necesitaba de un correo que transportase los documentos de identidad falsificados, dinero y fotografías sin llamar la atención.

Ese hombre era Gino Bartali.

Entre otoño de 1943 y la primavera de 1944 se estima que Gino Bartali ayudó a salvar la vida de más de 800 personas. Cada uno o dos días, Bartali pedaleaba entre pastos y cipreses, desde Florencia a Asís, sorteando en los días de mayor ajetreo unos 185 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Por el camino paraba en una estación o en otra, según le indicasen, tomando nota de los retenes alemanes, sorteando controles fascistas y saludando a todo aquel que se sorprendía de verlo aparecer cada mañana. Él, alargaba el cuello, esbozaba una sonrisa, repartía autógrafos y tan sólo acertaba a decir que estaba entrenando, manteniéndose en forma para volver a competir cuando acabase la guerra.

La misión de Bartali consistía en pedalear hasta Asís, donde se imprimían los documentos falsos en una vieja imprenta. Allí, en un convento, mientras la resistencia trabajaba en pleno funcionamiento las monjas cantaban y gritaban con toda la fuerza de sus pulmones para ocultar el ruido del traqueteo de las máquinas. Después llevaba todos esos impresos clandestinos al punto convenido ocultos dentro del tubo de su legendaria y preciosa bicicleta Legnano dorada.

Al parecer en uno de esos trayectos apoyó la bicicleta en la fachada de un bar para descansar y pedir un vaso de agua. Un avión aliado, quizá cegado por el resplandor del sol en la bicicleta, descargó una ráfaga de disparos sobre la bici dejándola inservible. Una vez arreglada decidió llevarla siempre sucia y le sustituyó el color dorado por uno marrón que despistase al ojo ajeno.

Todo esto fue revelado hace poco más de una década, cuando el hijo de uno de esos judíos florentinos felizmente salvados descubrió en el desván de la casa de sus padres un diario que relataba con detalle cómo funcionaba la red clandestina y el papel desempeñado por Gino Bartali en que se llevase a cabo con acierto. Fue entonces cuando la nieta de Bartali comprendió lo que su abuelo le había contado entre bambalinas. Fue entonces cuando Italia comprendió el valor de un hombre que además de fuerza física tenía una gran fuerza interior. De un hombre del que dicen que a través de su humilde generosidad consiguió salvar a un país de una guerra civil. “Él consideraba que esas cosas se hacen, pero no se cuentan. Se lo pidieron, se lo pensó, y simplemente dijo que sí”, diría de él uno de los pocos franciscanos que seguían con vida cuando todo esto se supo. Luego, un par de años después, cuando la curiosidad hacia el mito fue creciendo, también se supo que en el sótano de su casa ocultó a una familia de judíos durante cerca de un año.

https://www.youtube.com/watch?v=8_45M8nMD6U

“¿La fe católica? No, fue una cuestión de humanidad”. Luigi Bartali, hijo de Gino Bartali y director del museo del mismo nombre.

Leer más

La tragedia de Superga

Recientemente hemos asistido a la desaparición de una avioneta en la que viajaba el futbolista argentino Emiliano Sala. Suceso trágico, doloroso y punzante por infrecuente, saltó a noticiarios de todo el mundo debido a la jerarquía mediática del deportista. Su familia contrató a un equipo de rastreo para intentar localizarlo en la inmensidad del Canal de la Mancha mas todo concluyó en un funesto final. La misma conclusión que se vivió en las afueras de Turín en 1949. Este 4 de mayo se cumplen 70 años de la llamada tragedia de Superga, un accidente aéreo que conmocionó a medio planeta. Desde entonces, pase lo que pase, cada 4 de mayo cientos de personas peregrinan hacia la Basílica de Superga y, tras una admirable ceremonia, un grupo de aficionados finaliza el acto instalando una corona de flores al pie del monumento que perpetúa al ‘Il Grande Torino’.

En los años 40 no existían los torneos europeos por lo que los calendarios de los equipos eran mucho más ligeros que en la actualidad. Era común que se celebrasen giras y partidos amistosos entre los clubes más respetables del momento. Era una ocasión única para ver en directo a las grandes estrellas del planeta de las que limitadamente se tenía constancia por reseñas periodísticas. También era motivo de algarabía poder ver distintos modelos de fútbol, formas de juego y, en definitiva, salir de la rutina habitual a través de las patadas dadas a un esférico.

Uno de esos encuentros amigables tuvo lugar el 3 de mayo de 1949. La directiva del Benfica decidió celebrar un partido de homenaje en honor a Francisco ‘Xico’ Ferreira quien llevaba una década ejerciendo de capitán del conjunto lisboeta. Se trataba de una práctica habitual en la época para ayudar a la jubilación de los futbolistas más significativos, ya que el dinero de la taquilla iba íntegramente para el homenajeado. El rival escogido fue el Torino FC, quizás el equipo más fuerte de Europa en esos momentos y en dura pugna con los argentinos de River Plate por la hegemonía mundial.

¿De dónde había salido el Torino FC?

El Torino FC era una máquina ofensiva de primerísima magnitud. Había ganado cinco campeonatos italianos consecutivos y si hubiese existido la Copa de Europa estaríamos inmortalizando a un ilustre campeón. A finales de la década de 1940 al menos ocho (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonte) de los 11 titulares de la selección italiana pertenecían al Torino FC, aunque no era descabellado que ese número se ampliara hasta los diez. Tan sólo el portero ‘azzurro’ solía ser de otro equipo, aunque, por supuesto, el guardameta del Torino FC era el habitual suplente. Cabe recordar que por aquel entonces Italia era la vigente campeona mundial, y si bien es cierto que la II Guerra Mundial había provocado un impase en la celebración de los Mundiales, también lo era que los transalpinos habían vencido tanto en 1934 como en 1938. Semanas antes de la tragedia de Superga, Italia bailó a Hungría –por entonces potencia internacional- en un choque en el que ‘Il Grande Torino’ dotó a la selección de diez titulares. El partido acabó 3-2, pero no fue el resultado sino un fútbol vistoso con continuos cambios de posiciones de ataque y de sincronía entre defensores y atacantes, lo que hizo que fuese alabado por aficionados y periodistas.

‘Il Grande Torino’ es considerado como el antecesor del Ajax. Conjunto de altísima calidad técnica en el que las posiciones en el terreno de juego no importaban. Sus dos centrales, Aldo Ballarín y Virgilio Maroso, conducían el balón desde área propia y a menudo ingresaban en el centro del campo para distribuir el juego, algo muy poco frecuente por entonces. Conformaban una perfecta máquina ofensiva en la que el hábil artista era Ezio Loik y el virtuoso finalizador Valentino Mazzola. Juntos formaban una brutal dupla ofensiva que ayudó a que en la temporada 1947/48 el Torino FC anotase 125 goles en tan sólo 40 partidos.

Lamentablemente no tenemos imágenes en movimiento, tan sólo fotografías y bellas líneas escritas, pero todos los cronistas coinciden en considerar a Valentino Mazzola como el antecesor de Johan Cruyff. Figura y capitán tanto del Torino FC como de la selección italiana, Mazzola era un delantero de gran talento y notable técnica, de porte magistral, escurridizo y de fuerte carácter. Los que lo vieron jugar dirían de su hijo Sandro (también leyenda en el fútbol italiano como capitán y líder del Inter de Milán) que encarnaba los valores de su padre. Y de Sandro, afortunadamente, tenemos imágenes.

Así pues, aquel 3 de mayo, con un estadio da Luz a rebosar, portugueses e italianos disputaron un entretenido choque que se saldó con la victoria del Benfica por un ajustado 4-3.

Tras la disputa del partido, la mañana del miércoles 4 de mayo de 1949 los 18 integrantes de la plantilla italiana, personal técnico, tripulación y tres periodistas, para sumar un total de 31 pasajeros, surcaron el aire en un vuelo de cuatro horas con destino a Barcelona. El vuelo transcurrió con normalidad y los jugadores aprovecharon las dos horas muertas de escala que tenían para almorzar con la plantilla del AC Milan, que también hacía escala en la capital catalana tras haber jugado otro amistoso, en este caso en Madrid.

A las 14.50 horas el avión puso rumbo a Turín sin novedad alguna. Al superar la Costa Azul y acercarse a la frontera italiana el tiempo se tornó adverso y comenzaron a registrarse alguna que otra turbulencia. A la altura de Génova, el piloto, el teniente coronel Meroni, fue informado de que en Turín había fuertes ráfagas de viento, visibilidad prácticamente nula y enérgicos chubascos. Dado que el aeropuerto de Turín está al norte de la ciudad, Meroni contestó que haría un rodeo dirección Sur para luego remontar dirección Este a la altura de Superga.

Superga. La Basílica de Superga.

Al este de Turín, antes de avanzar a las llanuras del Po, la ciudad cuenta con un pulmón verde en forma de colina que está coronado por una iglesia. La Basílica de Superga es un precioso santuario neoclásico en el que están enterrados los miembros de la casa de Saboya. Entre los finados está Amadeo I, rey de España durante un par de tumultuosos años tras la proclamación de la I República.

A las 16.59 horas la torre recibió la comunicación de que el avión estaba a nueve millas de la pista de aterrizaje perfectamente alineado para aterrizar.

La pista está a 305 metros sobre el nivel del mar. La Basílica de Superga asciende a una altitud de 669 metros.

No hubo más comunicaciones.

El FIAT G-212 de la Avio Linee Italiane se estrelló a las 17.03 horas en la parte trasera de la colina sobre la que se levanta la Basílica. La única parte de la nave que permaneció intacta fue la cola. Los 31 pasajeros fallecieron en el acto.

18 futbolistas; Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti y Giulio Schubert. 3 miembros del cuerpo técnico; Egri Erbstein, Leslie Levesley y Osvaldo Cortina. 3 directivos; Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civalleri y Andrea Bonaiuti. 3 periodistas; Renato Casalbore, Renato Tosatti y Luigi Cavallero. Y por último los 4 miembros de la tripulación; Pierluigi Meroni, Celeste D’Inca, Antonio Pangrazi y Cesare Biancardi.

Era tal el estado tan desolador de los cuerpos que los miembros policiales y sanitarios se vieron incapaces de identificar a los cadáveres a pesar de que muchos de ellos eran personajes conocidos por el gran público y que sus fotografías eran de circulación frecuente en la prensa. Se tomó la decisión de llamar al seleccionador italiano Vittorio Pozzo para tan desagradable misión. Pozzo vivía en Turín y se acercó hasta Superga junto a Sauro Tomá, el único futbolista de la plantilla del Torino FC que no había viajado a Lisboa. Tomá estaba convaleciente de una fractura de menisco por lo que no pudo trasladarse con sus compañeros a Portugal. El destino le reservó la agridulce noticia de ser el único jugador vivo después del accidente. Tomá falleció en 2018 a los 92 años de edad. Tocado de por vida, necesitó ayuda psicológica durante años y cuando en 1989, cuatro décadas después del accidente, apareció llorando en la televisión pública italiana durante un reportaje de la tragedia sus lágrimas impactaron a aquellos que no conocían el suceso.

Paradojas de la historia, además de Tomá otro hubo superviviente del que poco se sabía entonces. Ladislav Kubala era un delantero húngaro que había huido de su país escapando del comunismo. Tras pasar unos meses en un campo de refugiados cerca de Roma, una semana antes de la tragedia viajó hasta Turín para firmar por el Torino FC. Aunque no estaba previsto que jugase, la idea era que viajara con el resto de sus futuros compañeros hasta Lisboa. La fortuna quiso que tanto su mujer como su hijo estuviesen enfermos en aquellos días por lo que finalmente se decidió que permaneciese en Turín.

El resto es historia. Kubala acabó firmando por el FC Barcelona siendo el buque insignia de la primera edad de oro del club catalán.

La consternación en Italia fue inconmensurable. Los documentales cinematográficos de la época enseñan como los ataúdes iban entrando en la catedral de Turín en el mismo orden con el que los jugadores ingresaban en el campo. De hecho, desde la megafonía eclesiástica se vitoreaba a los futbolistas como si del ‘Stadio Filadelfia’ se tratase. Se dice que hubo más de medio millón de personas que acudieron al entierro comunitario. Aún hoy, en el museo del Torino FC, se pueden ver las bolsas de viaje de tres de aquellos desafortunados chavales, incluida la del gran Valentino Mazzola. Junto a otros enseres también está la hélice del avión y a los pies de la Basílica de Superga no faltan nunca los ramos de flores.

Quedaban cuatro jornadas para el final de la Serie A pero se decidió que el Torino FC fuese proclamado campeón de Liga. En los partidos restantes los equipos rivales alinearon a sus juveniles para mitigar el impacto de los resultados. Semanas más tarde, River Plate se desplazó con todas sus figuras, incluyendo a Ángel Labruna y a Alfredo Di Stéfano, para jugar un partido amistoso en Turín a beneficio de los familiares de las víctimas. Desde entonces, y hasta que la mercadotecnia destrozase las buenas costumbres, la segunda zamarra del Torino FC pasó a ser blanca con franja roja en homenaje a los argentinos y River adoptó como segunda camiseta el color vino de los turineses.

La tragedia de Superga supuso un cambio total de paradigma en el fútbol italiano. A corto plazo provocó una crisis de resultados. Sin la base turinesa, la selección italiana pasó 20 días en un barco camino de Brasil para disputar el Mundial de 1950 por miedo a subirse a un avión. Quedarían eliminados en la primera fase del torneo al igual que sucedería en la cita de 1954. Para el Mundial de Suecia de 1958 ni llegaron a clasificarse. A largo plazo provocó un cambio de estilo. A finales de los 40 Italia era un equipo ofensivo, poderoso, ganador, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Tras la tragedia de Superga, muertos sus jugadores más técnicos, Italia se convirtió en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. Cuando una vez pasada la crisis de los 50 la selección italiana y los equipos de Milán alcancen éxitos a través del catenaccio el cambio ya estaba hecho. No habrá nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Para el Torino FC no hubo cambio de paradigma. Para el Torino FC la tragedia de Superga supuso el fin. Jamás llegó a recuperarse. ‘Il grande Torino’ dejó paso a la ‘Vecchia Signora’. El equipo de la Cinzano claudicó ante el de la Fiat.

En 1949 el Torino FC pugnaba con la Juventus, no sólo por ser el mejor club de la ciudad, sino de Italia. La Juve contaba con 6 trofeos mientras que los granates tenían 5 entorchados. Empataban con títulos con el Inter de Milan (5), y superaban al AC Milan (3) y a los capitalinos de la AS Roma (1). Desde aquella fatídica tarde de 1949, el Torino FC sólo logró el `scudetto’ de 1976, mientras que la Juventus cuenta con 35 entorchados ligueros amén de sus conquistas europeas.

Siete décadas más tarde los hinchas del ‘Toro’ siguen lamentado aquella trágica tarde del 4 de mayo a los pies de la Basílica de Superga.

Leer más

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea

Según un estudio del Real Instituto Elcano lo que conocemos de África se puede resumir en diez palabras; pobres, patera, niños, negros, hambre, Nilo, Kilimanjaro, Cataratas Victoria, hachís y esclavitud. Si arqueamos las cejas y echamos un vistazo a la noticias sólo veremos desgracias. La última de ellas la de un avión que viajaba de Nigeria a Etiopía al que le echamos el ojo con escarnio. Como si en Occidente no tuviésemos accidentes aéreos y como si el Boeing 737 estrellado no hubiese sido fabricado en Estados Unidos.

Si los africanos quieren salir en las agendas de los medios por un buen motivo deben, como no, recurrir al deporte.

Es curioso comprobar como si bien el atletismo se ha convertido en una seña de identidad de muchos países africanos, no ha sucedido lo mismo con el ciclismo. Se podrá argumentar que correr es deporte de pobres. En lo único que nos diferencia de unos a otros es en el tamaño del bíceps femoral, del soleo y de los gemelos. Sí, es cierto, para andar en bicicleta hace falta una bicicleta, valga la redundancia. Utensilio asequible en Occidente y prohibitivo en lo que hemos llamado Tercer Mundo. No obstante, si en vez de bicicleta de competición nos referimos a una bici como medio de transporte constataremos como proliferan por doquier por las llanuras y estepas africanas. Y si el chico desdentado que corre descalzo se convertirá en récordman mundial calzando zapatillas Nike, ¿por qué ese mismo chico con bici sin marchas no se puede convertir en ganador del Tour de Francia con una Trek de 10.000 euros?

No ha sido el ciclismo un deporte que haya arraigado en el continente africano. Muy pocos conocían este deporte hasta que el eritreo Daniel Teklehaimanot se colocó líder de la montaña en el Tour de Francia de 2015. Ese mismo ciclista se había convertido en los Juegos Olímpicos de 2012 en el primer eritreo que representaba a su país en una disciplina que no fuese el atletismo.

Unos cuantos años antes, concretamente en 2007, se fundó en Sudáfrica el Dimension Data, el primer club africano de categoría élite dentro del ciclismo. En sus estatutos se compromete a tener la mitad de su plantilla compuesta por ciclistas africanos y a fomentar la práctica del deporte de las dos ruedas por todo el continente. Se estima que dota de unas 5.000 bicicletas anuales a diferentes clubes infantiles de norte a sur de África.

En los últimos dos decenios han proliferado distintas carreras. La más reseñable es la Vuelta a Ruanda, que sigue asombrando a propios y extraños con imágenes de miles de personas amontonadas por carreteras que combinan el asfalto con la grava y la tierra. En la citada Ruanda, en Sudáfrica o en Kenia la fiebre por el ciclismo sigue creciendo, pero no hay país donde existía mayor arraigo que en Eritrea.

Eritrea es un país perfecto para un ciclista. Bañado por el mar, en su interior está atravesado por una cadena montañosa que no baja de los 2000 metros de altitud. Entre la masa de agua salada y las altas cumbres se conforma el majestuoso Gran Valle del Rift. Para un ciclista esto es oro puro. Puede entrenarse a grandes altitudes realizando el mismo esfuerzo con menos oxígeno para luego retirarse y descansar al nivel del mar. Ni más ni menos que es el mismo truco que durante más de un siglo han utilizado los ciclistas de elite que fijan su referencia en el arco que va desde Cataluña hasta la Liguria, a escasos kilómetros de los Pirineos y de los Alpes.

Eritrea es un país de cerca de seis millones de habitantes situado al noreste de África, una de las regiones más pobres del mundo y limítrofe a Sudan y Etiopía. Como indicaba, al este está bañada por el Mar Rojo, lo que hizo que fuese apetecible para Italia cuando se anexionó la región en 1890 en plena época de carroñaría imperial.

Debido a la pobreza y a lo dificultoso del terreno, los miembros del ejército italiano se desplazaban en bicicleta de un destacamento a otro.

Existía un problema cultural. Para los africanos la bicicleta era sinónimo de pobreza y marginación. Los colonizadores franceses o británicos viajaban en motocicletas o en coches. En su defecto se desplazaban a caballo. Los italianos se lanzaron al juego de los imperios con una mano delante y otra detrás. Ellos mismos se desplazaban en bicicleta, por lo que los eritreos vieron con buenos ojos tan maravilloso medio de transporte.

Así pues, a diferencia de lo que ocurría en las colonias inglesas donde la elite se desplazaba por fuerza animal por motivos de rango, en Eritrea a los italianos no les importaba hacerlo en bicicleta. Para los eritreos fue un shock. Viajar en bicicleta no era cosa de negros pobres, era cosa de blancos ricos. No pasarían muchos años hasta que se celebrasen las primeras carreras y en 1937 tendría lugar en Asmara el primer campeonato nacional, eso sí, sin la presencia de nativos.

Al parecer, en 1939, se permite por presión popular la presencia de dos eritreos saliendo vencedor uno de ellos, un tal Ghebremariam Ghebru. Aún hoy, aquella victoria se considera un triunfo patriótico, una fiesta nacional y una muestra de igualdad racial ante los colonizadores europeos.

Finalizada la II Guerra Mundial, Eritrea pasa a formar parte del botín de guerra que el Imperio Británico arrebata a la derrotada Italia. En 1946 se celebra por primera vez el Tour de Eritrea. Es un hito morrocotudo para el África negra. La prueba consta de cinco etapas y participarán 33 ciclistas siendo la victoria para el transalpino Nunzio Barilá. A pesar del éxito y de que el ciclismo ya estaba muy arraigado entre los eritreos, los británicos cancelan la prueba y al año siguiente dejará de disputarse.

De repente el ciclismo desaparece del mapa.

En los 60, Gran Bretaña, que previamente había unido territorialmente Eritrea con Etiopía, abandona prematuramente la región. Es lo que se dio en llamar descolonización, pero si bien en los territorios donde había intereses económicos se hizo con acierto y responsabilidad, donde no había intereses se hizo con prontitud e ineptitud. Ese fue el caso de Eritrea que se sumó en guerras civiles y guerras de independencia contra Etiopía hasta 1991. Fueron décadas pérdidas en las que a nadie se lo ocurriría hablar de ciclismo.

Recobrada la independencia y las necesidades básicas, los eritreos rescataron su amor por las bicicletas. Proliferaron los clubes ciclistas (a diferencia de Kenia, Uganda o Etiopía donde hay clubes de atletismo) y el gobierno diseñó un plan de reabastecimiento de bicicletas por todo el país como medio de transporte. En el año 2001 volvió a ponerse en marcha el Tour de Eritrea, una prueba de 10 etapas y con rango de segunda categoría para la UCI. Es muy apreciada por los ciclistas de todo el mundo porque combina costa, desiertos y montañas. En el campeonato nacional compiten cada año cerca de 200 ciclistas. Y en el 2015 al ya citado Teklehaimanot se le unió Merhawi Kudus como primeros africanos negros, y por supuesto eritreos, en disputar el Tour de Francia.

Sólo es cuestión de tiempo que alguno de ellos triunfe en una de las grandes pruebas europeas. Como dijo el pentacampeón del Tour Bernard Hinault: “Los africanos son los nuevos colombianos”.

Leer más