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Elogio desmesurado de Alejandro Valverde

Valverde ha ganado 4 vueltas este año. Y la temporada ciclista aún acaba de empezar. Actualmente acumula 117 victorias como profesional. Termina de cumplir 38 años. En su primer año en profesionales competía contra Roberto Heras, Erik Zabel o Joseba Beloki. Ahora lucha frente a Bob Jungels, Mikel Landa o Fabio Aru. Todos intuimos que Valverde fue una de tantas victimas / cómplices / beneficiados / por el dopaje sistemático que azotó al pelotón desde finales de los 80 hasta bien entrado el siglo XXI. Todos sabemos que aquella bolsa de sangre con el rótulo ‘Piti’ tenía que ser suya. Pero igual que todos sabemos que políticos, empresas y particulares vivieron de cajas B y dinero negro y sólo unos pocos pasaron por el banquillo, Valverde por H o por B, por suerte o por ‘omertá’, se libró más bien que mal de aquello (Si es que tuviese que haber pagado por ello, cosa que yo, -y esto es harina de otro costal-, tampoco tengo muy claro).

Valverde es un fuera de serie. El ciclismo es un deporte cruel. Si no es el que más, tiene muchos votos para estar en el pódium de los más sufridos. Requiere un dominio de diferentes músculos como ningún otro deporte y exige un esfuerzo extendido en días continuos y durante 10 meses de temporada. Es por ello que los ciclistas se preparan para competir en diferentes momentos de la campaña, con diferentes picos de exigencia, seleccionando minuciosamente las carreras en las que combatir.

Valverde no. Valverde lucha por la victoria desde febrero hasta noviembre. Y no es que luche. Es que gana. Es tremendo.

Alejandro Valverde nunca ha sido un ciclista venerado. Dotado de una capacidad física excepcional es capaz de rendir al máximo nivel en diferentes disciplinas. Es un correcto contrarrelojista, un maravilloso llegador, un buen escalador e incluso un brillante gregario. Es, asimismo, un aventajado mentalmente capaz de triunfar en carreras de un día, preparar estrategias para pruebas de una semana, o sufrir y aguantar el dolor para llegar con opciones a una carrera de tres semanas. A una grande.

Y ese es el problema. Las grandes. El Tour (en el mundo), el Giro (en Europa) y la Vuelta (en España) son las varas de medir de un ciclista en el siglo XXI. Y Valverde, grande como pocos, es un 9 en todo, pero no es un 10 para los mitos de la carretera. Es cierto. Todos vemos el Tour y pocos vemos la Flecha Valona. Todos somos culpables. Pero eso no quiere decir que seamos correctos. Y mucho menos que seamos justos. Valverde no es Induráin. Ni siquiera es Contador. Pero su grandeza, cuanto menos, se asemeja a la de este último.

Quizás el error fue considerar a Valverde eso, un Induráin, un Perico o un Contador. Quedó tercero en la Vuelta de 2003 con 23 años y nos empeñamos en encasillarlo como un corredor de grandes. Así pasó amargado varias temporadas sucumbiendo ante Sastre, Purito o Contador. Un bluff. Decíamos que no era para tanto. Un dopado. Un niño mimado. Siempre igual. Te ilusionas y al final llega el primer puerto de categoría especial y fracasa.

Ahora, con el paso de los años, no nos queda más que pedirle perdón.

Ataca. Finta. Corre. Se descuelga. Pedalea como los ángeles. Aprieta los dientes. Baja bien. Contonea el manillar de una forma excelsa. Y siempre con una sonrisa. Siempre atiende a los medios (que es atender a la gente), siempre está cuando se le solicita, y, hasta el carácter, con los años también le ha mejorado.

El 1 de julio de 2017 se cayó en la etapa prólogo del Tour. Estuvo más de 200 días sin competir por culpa de la fractura de la rótula de la rodilla izquierda. Un ser humano, uno como el que escribe, estaría cerca de un año de baja y dependiendo del trabajo que uno desarrolle, del esfuerzo físico al que someta su cuerpo en su puesto laboral, hasta tendría papeletas para pedir una incapacidad. Valverde, con 37 castañas, volvió y ganó en Abu Dhabi, Valencia, Catalunya y se paseó en el Gran Premio Miguel Induráin.

Tiene un idilio con la Flecha Valona, una de las maravillosas carreras del circuito primaveral del norte de Europa. En 2016 ganó con una suficiencia abrumadora. En el Muro de Huy, con un desnivel superior al 20% a lo largo de 1 km, esperó a que Joaquim Rodríguez lanzase un ataque sin inmutarse. Después, fue el turno de Dan Martin y cuando el joven Alaphilippe hizo lo propio, Valverde no le dejó enseñar rueda para, a falta de 100 metros, lanzar un hachazo mientras sus rivales cerraban los puños y golpeaban con frustración el manillar. La Flecha Valona es la carrera del murciano. Regala sonrisas por doquier y firma autógrafos como si fuese una estrella de fútbol. Ha sido cinco veces campeón.

Las clásicas de Primavera son su especialidad, aunque también el Mundial, donde suma 6 medallas, marca que constituye un récord aún no superado. Pero Valverde no sólo son trofeos, sobretodo es sentimiento. Un ciclista de la vieja escuela, de sensaciones y no de potenciómetros. Nunca ha ganado el Tour de Flandes, una de las clásicas que se le resisten. Pero es que tampoco lo puede intentar. Coincide en el calendario con el Gran Premio Miguel Induráin de Pamplona, una prueba de rango menor, pero de enorme importancia para Eusebio Unzué, su técnico y jefe de equipo, y para José Miguel Echávarri, fundador de la estructura ciclista que encumbró a Delgado, Induráin, Olano o al propio Valverde. Ni siquiera rechista. Sabe que obligación es estar en Navarra.

Creo que esto lo escribí en un artículo sobre Lebron James y creo que es válido para cualquier deportista que está al final de su carrera. Aquel joven insolente y despreciable por ocupar, o intentar ocupar el sitio de nuestros ídolos, se ha convertido en un deportista respetado y admirado al que poco a poco echaremos de menos. Aquel que sabemos que más pronto que tarde se va a descolgar en el último puerto. Pero, cuando eso suceda, nos gustará ver como se desfonda mientras lo animamos en el sofá, porque sabemos que el día que no esté en la carretera, lo vamos a echar mucho de menos.


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