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La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 1ª parte

A mediados de los 90 un afamado jugador de la NBA, aún en activo, citaba a los medios y a los fanáticos en una librería neoyorkina de la Quinta Avenida. Los motivos eran dos. Por un lado la presentación de su biografía y por otro lado la celebración de su boda. A pesar de ser una archiconocida estrella de la NBA, nadie sospechaba quien podría ser la afortunada que pasaría por la vicaría. Dennis Rodman apareció vestido de blanco, envuelto en un precioso velo y sentado en un carruaje que arrejuntó a miles de personas por las calles más céntricas de Nueva York. Se había teñido de rubio, y para la ocasión acicaló su pelo con una media melena ligeramente rizada y una perfecta manicura de uñas.

Dennis Rodman se iba a casar consigo mismo.

Quizás esa estrafalaria idea le hubiese venido a la cabeza al recordar su lacónica infancia. Dennis Rodman fue un niño extremadamente tímido. No llegó a conocer a su padre y su madre malvivía para darle de comer a él y a sus hermanas. Rodeado de mujeres, Rodman se acostumbró a jugar con muñecas, a las cocinas y a vestirse con ropa de niñas. Lo que hoy va camino de ser aceptable, para un niño de finales de los 60 era sentencia de bullying. El que años más tarde sería un bigardo de dos metros de altura, era entonces un mocoso débil que tenía que acudir a sus hermanas mayores cada vez que recibía una paliza en el colegio mientras le llamaban maricón.

Además de tímido, Rodman no era muy agraciado. Tenía orejas de soplillo y una piel llena de manchas y pecas, algo no muy frecuente en un negro. Sus hermanas eran bastante más guapas y además unas excelentes deportistas que destacaban en el baloncesto. Por simple imitación, Rodman decidió apuntarse en el equipo del instituto. No destacaba en absoluto, pero era un nervio con patas. Era pura energía. Una vez jugando en los recreativos un paisano se quedó con ese movimiento continuo y le dijo que se movía como un gusano. A Rodman le gustó el apodo y se le quedó ‘in perpetuum’.

Sin amigos y sin aptitudes ni para los estudios ni para el baloncesto, Dennis se convierte en un ‘ni-ni’. Se pasa el día de la cama al sofá y del sofá a la cama. Es un bicho raro y su madre no aguanta más. Le dice que o se pone a trabajar o lo echa de casa. Dicho y hecho. Rodman tiene 20 años cuando pasa su primera noche a la intemperie.

Tardará cerca de una década en volver a ver a su madre. Y, a día de hoy, sigue resentido con aquel ultimátum.

El ‘gusano’ pasará cerca de dos años encadenando trabajos con despidos, multas con pequeños hurtos y durmiendo debajo de puentes y en estaciones de ferrocarril. Como buen gusano se arrastrará por la mierda hasta que el destino le prepare una sorpresa. En el plazo de un año Rodman crecerá cerca de 20 centímetros hasta sumar 2’01 metros de altura. Es una rareza asombrosa y más al suceder una vez pasada la adolescencia.

De vez en cuando, Rodman aparece en una cancha de baloncesto y pide jugar. Es entonces cuando un entrenador de la modestísima universidad estatal de Oklahoma del Sur le ofrece una beca deportiva. Aunque Dennis no había acabado sus estudios secundarios, el hecho de ser una universidad de tercera fila le permite jugar para ellos. En un principio Rodman no acepta, pero es convencido por sus hermanas para trasladarse a la OSU y jugar en su equipo.

Rodman aterriza en una de esas ciudades echas con escuadra y cartabón del medio oeste norteamericano. Es un negro en una tierra de blancos, ganado y escopetas. No tiene ni idea de las reglas básicas del baloncesto. Pero es pura pasión. Se convierte en el mejor anotador y en el mejor reboteador del equipo. Especialmente es en esta última disciplina donde destaca. Se convierte en un maníaco del rebote. Salta, saca los codos, mete el culo. Es la hiperactividad personificada.

Aun así sigue siendo un pobre chico tímido y solitario. Al poco de llegar conoce a un niño de 13 años fan del baloncesto que le invita a pasar la noche a su casa. Rodman, por entonces de 21 años, acepta sin dudarlo. Para él no hay diferencia de edad. Sencillamente es un amigo. Los padres del chaval tienen una plantación a las afueras de la ciudad con un total de 250 cabezas de ganado. Son un matrimonio blanco y tradicional. Quedan impactados cuando ven a aquel armario negro de dos metros de altura, pero acceden a regañadientes. 

Fue la primera de muchas noches. Durante los tres años que Rodman pasó en Oklahoma vivió con aquella familia, durmiendo y comiendo en aquella casa y ayudando como uno más en las tareas agrarias. Con el tiempo hasta llegó a pedir que lo adoptasen y aún hoy son para él su verdadera familia.

En su último año de universidad promedio más de 25 puntos y 15 rebotes y fue escogido como ‘All-American’ en su categoría. Cuando le dieron el premio Rodman tuvo que preguntar qué significaba porque no sabía que ‘All-American’ era un reconocimiento por ser el mejor en su deporte. Nunca había sido el mejor en nada. Fue escogido en el número 27 del draft de la NBA de 1986 por los Detroit Pistons. Tenía 25 años, tres o cuatro años más que la mayoría de los novatos que debutan en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Por entonces los Pistons eran una fuerza emergente de la NBA después de años claudicando ante los Celtics de Larry Bird. Contaban con Isiah Thomas, Joe Dumars o Bill Laimbeer, tipos de gran clase pero muy duros. Mientras que la mayoría de equipos practicaban un juego alegre y ofensivo, los Pistons pregonaban el espíritu de equipo, la defensa y el control del ‘tempo’ del partido. Rodman llegó a un vestuario donde no encajaba. Era tímido, tenía miedo y apenas no hablaba. Era como una pieza de arcilla que había que moldear. A todo el mundo le daba pena porque parecía dulce e inocente. Dicen que cuando salía con los compañeros a tomar algo después de los partidos siempre pedía un vaso de leche.

En la Navidad de 1986, la primera de Dennis en Detroit, Chuck Daly, el entrenador de los Pistons, le ofreció pasarlas en su casa. Al igual que no vio diferencia de edad en el niño de Oklahoma tampoco está vez la vio con su entrenador. Daly se convirtió en su amigo, en su padre, en su general y en su confidente. A partir de entonces pasaría decenas de veladas con Daly y le juró fidelidad absoluta.

En un equipo donde había excelsos anotadores, Daly solo le pidió una cosa; que rebotease. El general mandó y el soldado obedeció. La NBA iba a conocer al ‘gusano’. Había nacido el estilo de juego Dennis Rodman. Consistía en salir del banquillo, correr toda la cancha, pelearse por los rebotes y agitar al público pidiendo su apoyo. Él contra el mundo. El juego de Dennis se disparó y cuando los Pistons ganaron su primer título de la NBA en 1989 él era uno de los favoritos del equipo.

Por primera vez en su vida se sentía querido. Se sentía parte importante de una comunidad. Dicen que estuvo tres días sin quitarse la camiseta de campeón de 1989. Pero a diferencia de sus compañeros, el motivo de la alegría de Rodman no era el título en sí, era el hecho de encajar dentro de un grupo. Cuando al año siguiente repita título y le den el premio de mejor defensor de la NBA, Rodman romperá a llorar de agradecimiento. Durante esos años, cada vez que la emoción de la victoria aflore, las lágrimas de Dennis estarán presentes.

Por primera vez encajaba. Por vez primera era feliz.

Dennis Rodman pensaba que la ciudad de Detroit era su casa y los Pistons su familia. Pero no era así. En el 91 los Pistons cayeron en playoffs ante los Bulls de Michael Jordan. El equipo envejecía, se realizaron varios traspasos y en el verano de 1992 Chuck Daly era cesado como técnico del equipo. Rodman, quien pensaba que aquello duraría para siempre, se derrumbó. Su padre adoptivo se marchaba y su familia se rompía. Es en aquel verano cuando el chico bueno y tímido, el que pedía un vaso de leche en las discotecas, se hará el primero de lo que luego serían muchos tatuajes.

Desnortado y desubicado, en la temporada 1992/93 el rendimiento de Rodman cae a proporciones mínimas. Él mismo declara estar desmotivado y sin ganas de jugar al baloncesto. Los aficionados de Detroit lejos de apoyarle comienzan a abuchearlo. La energía del ‘gusano’ pasa de los aspectos deportivos a los aspectos extradeportivos. Acumula rebotes y rebotes, pero también faltas técnicas, peleas con rivales, ausencias en los entrenamientos y lloros e insultos ante las cámaras de televisión.

Está a punto de estallar.

El 11 de febrero de 1993 Dennis Rodman se acercó al pabellón de los Pistons en una camioneta. Era noche cerrada y Rodman estacionó su vehículo en el aparcamiento principal. No había un alma alrededor. Vestido con camisa de cuadros, cogió una escopeta de la parte de atrás de la camioneta, apoyó la culata entre los pies, prescindió del seguro y colocó el cañón debajo de la mandíbula.

A la mañana siguiente unos trabajadores del club lo encontraron durmiendo en el asiento del conductor mientras agarraba la escopeta.

No hubo forma de tapar el intento de suicidio. Hubo que dar parte a la prensa y hubo que obligar a Dennis a acudir a un psicólogo. Rodman no paraba de sonreír y de decir que estaba bien cada vez que los periodistas le preguntaban. Pero no estaba bien.

Aquella noche había muerto el viejo Dennis. Aquella mañana había nacido el nuevo Dennis.

Y el mundo no estaba preparado para lo que el nuevo Dennis Rodman le iba a ofrecer.

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Kobe (2ª parte): Respeto

El respeto que Kobe Bryant llevaba años demandando tiene fecha de inicio. 22 de enero de 2006. La fórmula yo contra el mundo no había funcionado. El Kobe definitivo, el que emergió después del asunto de Colorado, era el dueño de los Lakers. Era su equipo. El equipo de Kobe. Pero los Lakers no carburaban. Así que decidió que si no podía destacar colectivamente lo haría de forma individual. En la temporada 2005-06 la bestia se iría hasta los 35’4 puntos por partido y aquella tarde de enero alcanzaría los 81 puntos, dejando la sensación de que habría superado los 100 si le hubiese dado la gana. Ese fue el partido. Pero hubo muchos más. Desatado, aquella campaña sumó 27 partidos con más de 40 puntos y hasta 6 superando los 50.

Aun así tuvo que esperar hasta el 2008 para lograr un merecido MVP de la temporada y ganarse el respeto definitivo del mundo del baloncesto. Aquel año sería el de la unión con Pau Gasol, una coalición gestada el verano anterior cuando coincidió con el pívot catalán en Barcelona. Fue entonces cuando Bryant tanteó su traspaso a los Bulls de su venerado Jordan harto de la incompetencia de los Lakers. Fue entonces cuando pidió el traspaso en una entrevista y horas más tarde rectificaba y juraba amor eterno a los Lakers. Fue entonces cuando por primera vez en su vida fue pitado por el público angelino, a lo que el angelito contestó con 45 puntos. Finalmente se quedó en Los Ángeles y en febrero de 2008 Gasol recalaba en los Lakers para ser pieza esencial en la nueva época dorada del club. En su primer partido en California Pau Gasol sumó un triple-doble de 24 puntos, 12 rebotes y 12 asistencias, ante un Bryant que inteligentemente se quedó en un segundo plano anotando 8 puntos, su puntuación más baja en mucho tiempo.

Tras la travesía por el desierto Kobe comprendió que si quería ser Batman necesitaba a un Robin. Habría dos anillos más en 2009 y 2010, éste último en una épica serie ante los Celtics. En el séptimo y definitivo partido de la final Kobe Bryant se fue hasta los 23 puntos y 15 rebotes y Pau Gasol sumó 19+18. Kobe jugó series de playoffs estratosféricas. Antes, en 2008 fundió a los Nuggets con fases de juego incontrolables y selladas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. En 2009 sumó en la final ante Orlando Magic 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche.

El Kobe Bryant de la primera etapa había sido definido por Phil Jackson, su entrenador – y, cómo no, el ex entrenador de Jordan – como “una piedra en el riñón porque no hay manera de que pase”. El Kobe Bryant de los anillos de 2009 y 2010 comprendió la importancia de no acaparar el balón más de lo necesario y de implicar a los demás compañeros en el juego si quería ser un líder que alcanzase la grandeza en virtud de sus triunfos colectivos. Para llegar al éxtasis Bryant había tenido que tirar de psicología. “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”, comentó en una ocasión. Tras perder la final de 2008, precisamente ante los Celtics, Bryant dejó colgada la medalla de oro que Estados Unidos había logrado ante España en la final olímpica de Pekín en la taquilla de Gasol, para así recordarle al catalán que ser segundo no valía para nada.

Como Jordan, el Bryant de la segunda etapa, el del número 24, se alejó del aire y potenció la tierra. Se hizo obsesivo y desterró la palabra imposible de su diccionario. Afinó el pase, se convirtió en un perro de presa en defensa, aprendió a devorar al rival en el poste y se acostumbró a gobernar el tempo de los partidos. Como Jordan, se convirtió en un experto en recibir de espaldas y buscar el contacto. Hizo del ‘fade away’ su seña de identidad, un demoledor tiro a 5 o 6 metros que los Warriors de Curry han hecho desaparecer de la faz de la tierra. Pero si Jordan realizaba el ‘fade away’ de manera académica con la espalda recta y con una suspensión angelical, Bryant lo hacía tras un ligero encorvamiento y una sensación de sufrimiento que lo hacía más imperfecto, pero al mismo tiempo más humano.

Después del odio y de la envidia vino la redención. Después de la explosión vino el respeto. En unos Lakers en decadencia y con un Bryant enfilando los 35 años el escolta angelino se rompió el talón de Aquiles. Se apostaba por su retirada, pero tras casi un año en blanco volvió y el respeto se convirtió en admiración. Con cerca de 37 años e infinidad de golpes y lesiones entre pecho y espalda promedió más de 22 puntos por partido, mismos números que firmó con 21 años cuando logró su primer título de la NBA.

El día que se retiró, Shaquille O’Neal, su mayor aliado y a la vez su mayor enemigo en un vestuario, le pidió que anotase al menos 50 puntos en un directo televisivo. Kobe sonrió y le dijo que eso era imposible. Llevaba meses dando vueltas de honor y agradeciendo cumplidos por todas las canchas de Estados Unidos, pero el depósito de gasolina estaba en la reserva.

Al final no fueron 50, fueron 60 puntos. La mayor anotación de un jugador en la temporada 2015-2016. El rival fueron los Utah Jazz. El mismo equipo contra el que en su primera visita a los playoffs en 1997 llegó a lanzar cuatro tiros sin tocar aro uniendo la palabra descarado con la de chupón a su carnet de identidad.

Antes de reclamar su lugar en la eternidad a Kobe le dio tiempo a ganar un Óscar hollywoodiense con un precioso documental que él mismo escribió y que acertó en llamar ‘Querido baloncesto’. Se había embarcado también en la literatura infantil y había cautivado a un genio como Paulo Coelho para escribir junto a él un libro sobre baloncesto para niños.

Todo no es más que el resultado del amor por el juego. “Cuando alguien te desafía es que se preocupa por ti. Cuando alguien te ignora es que no le importas”, acertó a decir. Kobe Bryant forma parte de la terna de los mejores de todos los tiempos y hasta el mismo Magic Johnson ha llegado a decir que es el “mejor jugador de la historia de los Lakers”. Y eso es mucho decir si además de Magic la camiseta de púrpura y oro la han vestido bestias como Baylor, Chamberlain, West, Abdul-Jabbar u O’Neal.

Kobe pasó de egoísta a chupón, de chupón a mal compañero, de mal compañero a sobrevalorado y de sobrevalorado a mal líder. Al final no es más que la búsqueda de la crítica a tipos que hacen cosas extraordinarias de forma tan sencilla que nos acaban pareciendo rutina. Casi solapados en el tiempo, Bryant quedó por detrás de Jordan en todos los medidores numéricos y fue incapaz de igualar su carisma y su aurea de imbatibilidad. Kobe ganó una tonelada de partidos con volúmenes de tiro imprudentes, pero también perdió muchos más de los que perdió Jordan. “Mi puesto es shooting guard (escolta). Lleva en su nombre la palabra shoot (tirar), así que no voy a dejar de hacerlo”, contestaba enfadado en una ocasión.

Pero la gran victoria de Kobe, el respeto que se ha llevado a la eternidad, es el ser Kobe. Hasta el encumbramiento de Lebron James, Kobe fue la imagen de la NBA durante el siglo XXI. Ha sabido dejar un legado que bebe del respeto y de la admiración hacia Michael Jordan, pero que tiene sello propio. El sello de Kobe Bryant. El sello de la ‘mamba negra’.

Quizás el discípulo no superó al maestro, pero ha conseguido ser el maestro de muchos otros discípulos.

https://www.youtube.com/watch?v=1vzBFmRYyE0

“Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta (…) pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso (…) En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? ¡Por favor! ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir ‘bueno, lo ha vuelto a hacer’. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”. George Karl, entrenador de Denver Nuggets tras caer ante los Lakers en los playoffs de 2012 con 43 puntos de Kobe Bryant.

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Kobe (1ª parte): Odio

Quizás cuando el odio a Kobe Bryant alcanzase su punto álgido fuese en el verano de 2003. Una chica de 19 años acudió a un pequeño pueblo del estado de Colorado para presentar una denuncia ante el escolta de Los Ángeles Lakers por agresión sexual. Bryant fue puesto en libertad bajo fianza y acabaría admitiendo la relación extramatrimonial, pero jamás la violación. Cuando apenas unos meses más tarde tenía lugar el inicio del juicio varias cadenas de televisión por cable se encargaron de retransmitirlo. En esos momentos Kobe Bryant era el villano número 1 de Estados Unidos.

La temporada 2003-2004 fue el fin del inicio y el inicio del fin para Kobe. Había ganado tres anillos consecutivos con los Lakers (2000, 2001 y 2002) pero él sabía que había sido Robin en una epopeya donde Batman había sido Shaquille O’Neal. Tras caer humillados ante San Antonio al año siguiente para la campaña 03-04 los Lakers ficharon a los veteranos Gary Payton y Karl Malone. Aquel equipo fue conocido como los ‘Fantastic Four’. Los cuatro fantásticos, coetáneos de los galácticos del Real Madrid e igual de odiados que las estrellas blancas.

El asunto acabó como suele en estos casos, con una disculpa pública del denunciado, con una lluvia de millones para la denunciante y con promesas de perdón para la esposa humillada (en el caso de Vanessa Bryant a razón de un pedrusco de cuatro millones de dólares). Pero lo extraordinario fueron las exhibiciones semanales del señor Bryant. En casa era un cordero que buscaba el perdón de su familia. En la pista era una serpiente venenosa. Una mamba negra, apodo que, caso insólito, él mismo acuñó para sí y que era digno del mejor redactor deportivo del país.

El nombre había sido usado en la película de culto ‘Kill Bill’ para referirse a Uma Thurman, la protagonista, la anti heroína que clama venganza y que debe asesinar a todo el que se interpone en su camino. Eso es lo que hizo Kobe. Todos los días saltaba a la pista para demostrar que el juicio no influía en su juego. Su trabajo era destruir a todo aquel que tenía enfrente. Todos sus rivales iban a lamentarlo. Durante toda la temporada 2003-2004 Kobe Bryant tuvo que volar prácticamente cada semana a Colorado para declarar en el juicio de su presunta violación. Nunca tomó un día libre. A menudo llegaba a los partidos con ellos empezados, pero eso no apaciguaba su rendimiento. Dio la vuelta a varios encuentros él sólo. Otros días acumulaba fallos cual escopeta de feria. Entonces llegaban las críticas, y al siguiente encuentro decidía dimitir y no tirar a canasta repartiendo asistencias a sus compañeros o simplemente aplicándose en defensa para desaparecer en ataque. En un partido ante Orlando anotó un mísero punto en la primera parte para acabar el choque con 38, incluidos 24 en el último cuarto. La tensión en el vestuario era inaguantable.

https://www.youtube.com/watch?v=JBGw_7ZsY-8

Lo más extraordinario llegó durante los playoffs. Los Lakers acabaron la temporada como un ciclón sumando 11 victorias consecutivas. En el quinto partido de la primera ronda tocaba ir a los juzgados. Durmió durante el vuelo entre Colorado y California, continuó en brazos de Morfeo en el posterior trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta el Staples Center y con el partido empezado llegó a la pista y anotó 31 puntos para batir a los Rockets. En segunda ronda, y con los Spurs por delante (2-1), llegó al pabellón con los Lakers perdiendo de 10 puntos. El equipo angelino acabaría ganando por 8 de ventaja con 42 puntos de Kobe Bryant. Aún tendría tiempo de anotar un triple milagroso en la final ante los Pistons, pero Kobe acabó evaporándose ante los de Detroit – 17% en triples y casi más pérdidas (18) que asistencias (22) – y los Lakers, a pesar de todos los esfuerzos, perderían aquella final dando por concluida una época.

Pocas derrotas fueron tan celebradas en el mundo del baloncesto. Los vanidosos cuatro fantásticos habían caído y con ellos Kobe Bryant, el más odiado de todos ellos.

Pero el odio había empezado mucho antes. Cuando con 17 años Kobe llamó a la puerta de la NBA saltando directamente desde el instituto. Michael Cooper, por entonces en el ocaso de su carrera y en los 80 uno de los mejores defensores de la NBA, había estado entrenando con él semanas antes de presentarse al draft de la NBA. “Es mejor que cualquiera de nosotros”, espetó a los ojeadores de los Lakers. Kobe era un talento ya conocido, pero sobretodo tenía unos fundamentos desorbitados para un adolescente de 17 años.

Chico callado y frugal en su vida personal en contraste con lo descarado y arrollador que era en la cancha, Bryant no era un adolescente negro al uso. Había pasado su infancia en Italia donde su padre había sido una estrella del basket europeo. Chapurreaba italiano, tenía un acervo cultural exquisito, era un apasionado del fútbol y disfrutaba de la buena comida europea. Era un chico solitario y reservado que en su infancia se destrozaba los ojos analizando VHS de sus jugadores favoritos. Desde niño decidió concentrarse en el baloncesto sin permitirse ningún tipo de distracción externa. Era la perfecta simbiosis entre un padre loco por el baloncesto que le puso a su hijo el nombre de Kobe en honor a su plato favorito del restaurante asiático que frecuentaba, y a una madre que no dio su brazo a torcer hasta que estudió la historia de Japón, el significado del nombre y la importancia que aquel filete tenía en la cultura nipona.

Era un tipo tan inusual que desde un principio fue visto como antipático, como un bicho raro. Al poco de llegar la pedía a su entrenador que diseñara jugadas para él. “No sale, no va a clubs, no tunea su coche. Es un chico muy sofisticado. Creo que demasiado maduro para su edad”, declaraba Shaquille O’Neal cuando le preguntaban por su joven compañero. Apenas un par de partidos después de su debut, el debut de un niño, los Lakers jugaron ante los Rockets. Otoño de 1996. Fueron apenas cinco minutos y una canasta para Bryant. Llegó al hotel infladísimo y vio en la tele como Allen Iverson metía 35 puntos a los Knicks. Tiró las sillas y la mesa al suelo y destrozó a patadas la televisión del hotel. Dormía solo. Como los genios. Y como los genios no quería compañía. En marzo se enfrentaron a los Sixers de Iverson que se salió con 41 puntos. La comparación era odiosa. Iverson era el otro prodigio. El que había ido a la universidad y estaba destacando. Bryant era el niño mimado del instituto que se había equivocado y que estaba fracasando. Vio mil y un partidos de Iverson aquel verano. Leyó artículos, entrevistas. Buscó debilidades. Se armó de paciencia. Tardaría años en aprender que los tiburones blancos cazan a las focas a base de esperar. Pero lo acabaría consiguiendo. Unos años más tarde Bryant dejaría a Iverson sin anotar en toda una mitad.

Pero si por algo Bryant fue odiado al principio de su carrera, la del número 8 a la espalda, es por su descaro a la hora de compararse con Michael Jordan.

Como el Jordan joven, el Kobe joven era un derroche de explosividad y plasticidad. Como Jordan, Kobe ganó un concurso de mates. Por aclamación popular fue elegido como titular para el All-Star de 1998. Tenía 18 años y ni siquiera era titular en los Lakers. La primera vez que se habían enfrentado, Jordan cogió el balón en la línea de fondo y con un ligero movimiento se escabulló de Bryant. Kobe quedó hechizado y comprendió que primero tocaba trabajar. El partido fue ganado por la Conferencia Este y Jordan fue elegido el MVP gracias a sus 23 puntos. Bryant defendió durante muchos minutos a su ídolo y acabó con 18 puntos. Lanzó más veces a canasta que dos vacas sagradas como Malone y O’Neal juntas. Por supuesto eso no gustó. Y por supuesto eso generó más odio y más rencor. Pero lo cierto es que Kobe crecía a pasos agigantados. Unas semanas más tarde los Bulls y los Lakers se enfrentaron con victoria de los primeros con 36 puntos de Jordan y derrota de los segundos con 33 de Bryant saliendo desde el banquillo. Era su mejor anotación en la NBA hasta ese momento.

Pero aun siendo odiado a Kobe Bryant nunca pareció importarle. Su fe en sí mismo iba más allá del sentido común. Su objetivo era ser él mismo. Como a su ídolo, a Kobe le gustaban los desafíos. Hacer sentir al rival incómodo. Retarlo para buscar lo mejor de sí mismo. En eso, al menos, igualó al maestro. En el amor por el juego. Buscar las fortalezas del rival y analizar cuáles eran sus debilidades. Sus dudas. Tocar el nervio correcto de cada compañero para que diera más de sí. Despertar su mentalidad asesina. Ejercer de concepción dominante. Demostrar liderazgo. Usar las emociones de los demás para hacerlos crecer. Aprender del fracaso y nunca del éxito, porque el halago debilita. Utilizar ese fracaso como combustible para encender el fuego competitivo.

Como Michael Jordan, Kobe Bryant lo sabía todo sobre el juego. Conocía la historia de la NBA, sus récords, los grandes jugadores, los grandes momentos, los fundamentos y el respeto por el legado. Y a diferencia de Jordan sentía un profundo respeto por el baloncesto del resto del mundo y por los grandes jugadores del basket europeo gracias a sus años de vivencia en Italia.

Jordan tuvo que ganar su primer anillo para ser respetado. Bryant tenía tres campeonatos con apenas 24 años, pero era una simple copia del original. Para pasar del odio al respeto necesitaba ser distinto. Tenía las condiciones, pero sobretodo tenía el hambre. Abundan los jugadores con grandes condiciones físicas. Abundan los baloncestistas inteligentes. Pero Bryant, como Jordan, tenía no sólo una plasticidad y una exuberancia juvenil, sino un exacerbado deseo competitivo unido a un gran sentido del juego. Kobe tenía la virtud de hacer lo necesario en cada momento. De intervenir con un triple, un pase, una penetración o un robo en el momento necesario. Hay muy pocos deportistas capaces de controlar el juego. Y Kobe lo hacía mejor que nadie.

Pero para eso necesitó paciencia. Para eso habría que esperar al Kobe de la segunda etapa.

“Si tuviese el poder de viajar en el tiempo jamás lo usaría. Entonces cada momento que viviste pasa a ser absolutamente nada. Podrías volver a hacerlo de nuevo, pero perdería su sabor, su belleza. Las cosas tienen un final. Revivir esos momentos es una tontería para mí.” Kobe Bryant.

“Me siento igual que creo que se debe sentir toda la ciudad de Los Ángeles. Donde pensamos que había una gran y sólida pared, ahora hay un enorme agujero (…) Mi asiento me quedaba justo detrás de él cuando tiraba desde su lado izquierdo. Sólo con verle levantarse ya sabía si el tiro iba a ir dentro.” Jack Nicholson, actor ganador de 3 premios Óscar y asiduo a los partidos de los Lakers desde hace cerca de medio siglo.

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¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En la prehistoria del baloncesto, cuando la técnica aún estaba en pañales, el componente morfológico era el primordial. Los países de la Europa septentrional, alta y bien alimentada, dominaban el básquet. Pero sólo en uno de esos lugares, en una esquina del Mar Báltico, la técnica del baloncesto evolucionó con celeridad, lo que unido a las excelentes condiciones físicas convirtió al baloncesto en su seña de identidad. En Lituania el `krepsinis’ (baloncesto) es sagrado. Lituania comparte etnia y lengua con los letones. Pero en Letonia pocos juegan al baloncesto. Lituania comparte cultura con Suecia o Estonia. Pero pocos en Suecia o en Estonia juegan al baloncesto. Lituania comparte historia, religión y glorioso pasado en común con Polonia. Pero pocos juegan al baloncesto en Polonia. Entonces, ¿por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En 1937 y 1939 Lituania se coronó como bicampeona de Europa antes de que la pequeña república báltica perdiera su independencia frente a la URSS. El padre del básquet lituano fue un californiano llamado Frank Lubin. Era un pívot que frisaba los dos metros y que había ganado la medalla de oro en los JJ.OO de Berlín de 1936 honrando los intereses de Estados Unidos. Frank era hijo de inmigrantes lituanos y recibió una invitación para defender la camiseta de Lituania en la II edición del Eurobasket que tendría lugar en 1937. Frank Lubin transcribió su nombre al lituano quedando para la posteridad el nombre de Pranas Lubinas como el héroe que condujo al pequeño país de cerca de 3 millones de habitantes a la victoria en los Eurobasket de 1937 y 1939. Al año siguiente, y tras la anexión del país a la URSS, Lubinas volverá a ser Lubin y retornará a Los Ángeles donde fallecerá en 1999.

Esos son los años en los que el baloncesto pasa a ser un deporte sagrado para los lituanos. En esa época los católicos lituanos vivían acomplejados frente a sus vecinos protestantes de Estonia y Letonia. Aunque en Occidente tenemos la simple idea de que las tres repúblicas bálticas son uniformes la realidad es mucho más cruenta. El Eurobasket de 1937 se había celebrado en la vecina Letonia y la victoria en el país fronterizo fue celebrada con algarabía por los lituanos. Se cuenta que el tren que traía a la selección de vuelta a casa tuvo que parar en cada población para que en cada pueblo se felicitase y se aplaudiese a sus héroes.

Pero el alboroto popular duró poco tiempo. En 1940 las tropas de la URSS invadieron Lituania iniciando una ocupación del país que duraría medio siglo. Los oponentes políticos y los grandes pensadores y empresarios fueron asesinados o deportados a Siberia. Los fantásticos jugadores de baloncesto lituanos pasaron a integrarse en las filas de la URSS. Hasta entonces Rusia no se había fijado demasiado en el básquet, pero a partir de los años 50 lo convertiría en uno de sus pilares deportivos.

Lituania iba a ser rusificada. Pero encontró en el baloncesto la fórmula de escape. Apresada por Rusia, amenazada históricamente por Alemania e hija de un pasado grandioso con Polonia, ninguna de esas tres grandes naciones había desarrollado un baloncesto de élite capaz de competir con la pequeña Lituania. Además, Lituania era un país desarrollado. Tuvo siempre la renta per cápita más alta de toda la URSS y aún hoy tiene un nivel de vida superior a países como Polonia o Grecia y similar a otros como Portugal o Chequia. Los hijos de la clase alta lituana que lograron escapar a Estados Unidos se formaron en universidades norteamericanas y, aún hoy, los proyectos de baloncestistas en Lituania prefieren formarse en la NCAA estadounidense que en cualquiera de las canteras más potentes del básquet europeo.

Y aun con todo, durante las cinco décadas de comunismo el CSKA de Moscú dominó la liga soviética con mano de hierro.

Desde 1954 y hasta que la norma fue abolida en 1987 el CSKA podía reclutar a los mejores promesas del país para que hicieran el servicio militar en Moscú mientras defendían la camiseta roja del CSKA. A excepción de 1968 (Dinamo de Tiblisi) y 1976 (Spartak de Leningrado) el CSKA ganó la liga soviética en todos esos años. De entre las grandes figuras del momento, tan sólo Aleksandr Belov consiguió jugar toda su carrera en el Spartak de Leningrado de su ciudad natal debido a los servicios prestados a la patria al anotar la canasta que doblegó a los Estados Unidos en los JJ.OO de 1972.

La excepción estaba en Lituania. Para mantener a los revoltosos lituanos tranquilos, las autoridades soviéticas permitieron que los jugadores lituanos permanecieran fieles a sus equipos. Rebeldes e inconformistas hicieron del Statyba de Vilna y especialmente del Zalgiris de Kaunas un reducto a prueba de bombas, un componente indisociable de la identidad lituana.

Siempre en un segundo o un tercer lugar, el Zalgiris alimentará en la década de los 80 a una generación irrepetible que el destino querrá que coincida en el tiempo con el desmantelamiento y putrefacción de la URSS. Homicius, Iovaisha, Kurtinaitis y sobre todo Arvydas Sabonis, harán que el Zalgiris acabe con el dominio del CSKA para vanagloria del nacionalismo lituano.

El Zalgiris conquistará la liga soviética en 1985, 1986 y 1987. Mención especial para este último título que se decidió con una victoria épica en un partido a vida o muerte disputado en Moscú. Más de 5.000 lituanos se trasladaron a la capital rusa sin entradas para asistir a ese choque definitivo. Ante la llegada de esa horda de lituanos, Aleksandr Gomelsky, entrenador del CSKA, exigió que todos los asientos se distribuyeran a aficionados locales. Pero los seguidores del Zalgiris se apelotonaron en las inmediaciones del pabellón y cambiaron a los rusos sus entradas por botellas de vodka. Así fue como el Zalgiris se alzó con el título en Moscú con un pabellón lleno de lituanos gritando por su libertad. La leyenda dice que Serguei Tarakanov, capitán del CSKA, encontró su taquilla llena de zurullos de mierda cuando acabó el choque y se retiró al vestuario.

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Sabonis y Tkachenko. Dos gigantes. Dos mundos

Meses después de la caída del Muro de Berlín, Lituania declara unilateralmente su independencia. A diferencia de lo que había ocurrido con los países de la órbita comunista, Gorbachov no consiente que ninguna república soviética se independice. Nuevamente Lituania vuelve a mirar al baloncesto para autoafirmarse. Ningún lituano participará como jugador de la URSS en el Mundial de baloncesto de 1990. Sabonis, la estrella más famosa del básquet europeo, declara públicamente que sólo volverá a jugar una competición si es vistiendo la camiseta verde de Lituania. Sin la presencia de los bálticos, la URSS recibirá una paliza ante Yugoslavia en la final del torneo.

Meses más tarde, y ya con la independencia en el bolsillo, un puñado de lituanos rubios y desgarbados, con sus bufandas verdes y amarillas, y millones de ellos a través del televisor, contemplarán como Lituania derrotará a los restos del Imperio Soviético en el partido por la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En aquellos Juegos, tras los inalcanzables estadounidenses, consiguieron subirse al pódium Croacia y Lituania. Para ambos países, recién independizados, esos Juegos Olímpicos son una suerte de fiesta nacional.

Hoy, la selección de baloncesto de Lituania es una habitual en el medallero de las competiciones internacionales. El básquet es el único deporte que está subvencionado por el Estado y recibe continuas ayudas públicas para el fomento de las diferentes categorías inferiores. Las banderas y las bufandas amarillas, verdes y rojas que antaño surgían clandestinas por debajo de las chaquetas hoy pululan con orgullo por cada región del país. Cada aldea cuenta con su humilde cancha de baloncesto jalonada por su bandera tricolor.

«No tenemos intención de jugar más con la URSS. Sólo defenderemos la camiseta de Lituania. Somos una nación distinta a la que durante muchos años se le ha privado de libertad y de sus señas de identidad, como la bandera, el himno o la lengua. La integración en la URSS fue fruto de una guerra, no del acuerdo de nuestro pueblo. No somos rusos, somos lituanos”, Arvydas Sabonis y Valdemaras Homicius en unas declaraciones conjuntas a la prensa en marzo de 1990 renunciando a competir en el Mundial de 1990 y a volver a vestir la camiseta de la URSS.

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Sergio Scariolo

La intención en el artículo de esta semana era escribir en relación a la victoria de la selección española de baloncesto en el Mundial de China. Concretamente la intención era disertar sobre Sergio Scariolo. Nacido en Brescia, casado con una baloncestista española y entrenador de élite desde los 29 años, antes de ganarse los elogios de toda España y ser considerado un gurú de los sistemas ofensivos, Scariolo fue vilipendiado y odiado a partes iguales. Fue censurado por su aire chulesco de italiano engominado. Fue criticado por sus continuos aspavientos en la banda cuando era joven. Fue desacreditado por sus ruedas de prensa técnicas y por el uso de un lenguaje culto odiado por gran parte de la prensa especializada. Y fue difamado por falta de compromiso desde su primera etapa en la selección (2009-2012) cuando compaginó el cargo con el de entrenador del Khimki de Moscú.

Lamentablemente esta semana el que aquí escribe no ha tenido tiempo para sentarse delante del ordenador por culpa de una pequeña enfermedad. Así que ante la falta de tiempo y de ganas, no me ha quedado más remedio que acudir al “corta y pega”. Os dejo con un artículo de Guillermo Ortiz publicado en la revista ‘Jot Down’ justo antes del inicio del Eurobasket de 2015. España acabaría ganando el título contra pronóstico, iniciándose una relación de amor con Scariolo que hasta entonces no existía.

“Al final del partido contra Estados Unidos en Londres 2012, probablemente el mejor que nadie haya disputado jamás en unos Juegos Olímpicos, los jugadores del equipo campeón rinden pleitesía al derrotado (…) España ha competido como un león y casi todo es mérito de sus jugadores pero también del equipo técnico que cierra con ese partido cuatro años triunfales en el banquillo. De hecho, entre tanta épica ha pasado desapercibida una auténtica genialidad táctica: después de recibir un contundente parcial en contra al inicio del último cuarto —los únicos minutos, casi segundos, de descanso para Pau Gasol—, Scariolo decide poner en el campo una insospechada defensa de cuatro en zona y uno al hombre: el base, Sergi Llull, contra el alero rival, Kevin Durant.

La diferencia entre ambos jugadores es de veinte centímetros, así que la decisión parece una locura, pero funciona. Funciona tanto que Durant, autor de treinta puntos en otros tantos minutos, no vuelve a anotar. La defensa de Llull es perfecta y a nadie se le ocurre en Estados Unidos jugar con el máximo anotador de la liga en el poste bajo, y así España se acerca y se pone a cuatro y los nervios vuelven a la garganta de Krzyzewski hasta que llega LeBron James y manda parar con un mate estratosférico y un triple asesino.

La lógica se impone, pero queda tiempo para un último gesto: en el tiempo muerto que pide España, a poco menos de dos minutos para el final, Marc Gasol aún tiene fuerzas para echarle lo que parece una bronca enorme al propio Scariolo. Gesticula, bracea, se desespera… todo cuando el adiós está a solo un suspiro y hay centenares de millones de espectadores viendo una tensión que refleja claramente una lucha por el estatus que sigue latente después de todo un ciclo olímpico.

No es el único problema de Scariolo ni mucho menos el mayor: Ibaka ni siquiera le dirige la palabra. No se la dirige casi a nadie, de hecho. Se siente marginado y arrinconado por la jerarquía de los hermanos Gasol. Cree que es mejor que ellos y más joven y debería tener más minutos. Probablemente, se equivoca. Ibaka se cabrea y se marcha al autobús a escuchar música y Marc Gasol llena el epílogo de aspavientos. Scariolo queda en medio: dos oros europeos, una plata olímpica y la incómoda sensación de que nadie va a venir a darle ni una palmada en la espalda (…).

Todo empieza mucho antes: tres años atrás, en Polonia. Quedan doce segundos para el final del importantísimo partido de fase previa ante Turquía, y España pierde por un punto. La situación, en caso de derrota, empieza a ser preocupante: después de perder ante Serbia en el debut, la selección tendría que ganar de manera consecutiva a Lituania y Polonia solo para cumplir con el trámite y llegar a cuartos de final. Para la última jugada, Scariolo diseña una jugada que tiene como alternativa, si no sale nada, el uno para uno de Llull contra Ilyasova hacia la canasta.

Dicho hoy en día, confiar en Llull para un último tiro parece algo hasta normal, pero en 2009 no lo es. Llull, de entrada, ni siquiera contaba en un principio para Scariolo (…) es un chico rápido y valiente, todo lo que se necesita para una última posesión (…) Solo que no lo consigue (…) Es la hora de los cuchillos largos. Basta una derrota para ir preparando la mecha y unas declaraciones para encenderla: las de Marc Gasol justo al final del partido, en directo, para La Sexta. «Estando Pau en cancha, jugarse la última con el chaval que ha llegado el último… Pues, bueno, pasan a veces estas cosas». Algunos —muy pocos— lo entienden como un reproche a Llull. La mayoría, como un ataque directo al seleccionador, que es el que ha puesto a Llull en ese brete. Se produce una tormenta perfecta: los críticos del «Método FEB» tienen material para cebarse con el estado del equipo, los críticos de Scariolo tienen una excusa para mandarle de vuelta a su país.

Y es que Scariolo nunca ha conseguido ser querido en España: llevó al Tau a su primera final de ACB, le dio al Madrid su primer título de liga desde la marcha de Sabonis y consiguió con el Unicaja de Málaga un título que llevaba casi veinte años esquivándolo. No, Scariolo, no ha caído bien nunca (…) Scariolo está en el disparadero nacional desde antes de llegar a la selección pero ahora todo el mundo lo tiene claro: es un paquete. No solo lo piensa la masa enfurecida sino que lo piensa también Marc Gasol, así que no hay más preguntas, señoría. Con todo en contra, el italiano reúne a los chicos, hace terapia de grupo, juntos aplastan a Lituania, luego a Polonia, en cuartos a Francia, en semifinales a Grecia y en la final a Serbia, en una primera parte apoteósica, de lo mejor que se ha visto nunca en un campeonato europeo para lograr el primer oro de la historia.

Los gritos de «Scariolo, dimisión», sin embargo, no cesan.

Y tampoco cesarán durante la Copa del Mundo de 2010, en la que, plagada de bajas, España se queda a un triple de las semifinales, ni en el Eurobasket de 2011, donde la selección repite título superando a Francia en la final con exhibición defensiva de Serge Ibaka. Incluso cuando llegan los Juegos Olímpicos y España pierde en primera fase contra Rusia, los titulares son unánimes: David Blatt le ha dado un baño táctico a Scariolo (…) Hay algo injusto en esa afirmación: Scariolo no puede ser Blatt porque no tiene los jugadores de Blatt ni tiene la ascendencia de Blatt sobre el equipo. Cuando se menciona la «autogestión» de la selección española desde la llegada de los Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Felipe Reyes y compañía, se dice una verdad matizable: son jugadores con vicios adquiridos y virtudes que no van a negociar. Todo seleccionador que ha intentado cambiar esas rutinas ha fracasado. Blatt, por ejemplo, no duraría cinco días. ¿Quiere decir eso que el entrenador español es un pelele arrinconado en la banda? Ni mucho menos. Tienes a las estrellas, tienes sus zonas de comodidad y hay que gestionarlas para llegar al éxito.

En esas, el italiano se va y a la Federación se le ocurre poner a su segundo, Juan Antonio Orenga, al mando. Con Orenga el mito de la «autogestión» se viene abajo. Sus dos años, especialmente el segundo, con todas las estrellas en la plantilla, son un ejemplo de cómo se puede desperdiciar el talento ajeno por falta de recursos propios. Orenga llega al Eurobasket de 2013 como novato y pierde todos los finales igualados, aunque gana para España una meritoria medalla de bronce. Un año más tarde, en la gran cita del baloncesto español, la culminación del proyecto que la FEB ha iniciado muchos años antes, el fracaso es absoluto ante Francia en cuartos de final.

Enfrentado con buena parte de los jugadores, en un ambiente de «viva la vida» y en medio de una evidente falta de concentración, rozando la falta de profesionalidad en ocasiones, Orenga no sabe reconducir la nave como lo consiguió Scariolo durante cuatro años (…) lo complicado es gestionar las necesidades de un grupo y hacerles competir siempre al máximo nivel.

Si las críticas sobre Scariolo habían sido feroces, Orenga se convierte directamente en una piñata popular a la que medios y aficionados se turnan para darle palos (…) Consumada su dimisión o su cese, nunca quedó claro, la Federación se pone a buscar candidatos: suena con mucha fuerza Pablo Laso, al igual que Xavi Pascual, pretendido desde tiempo atrás… pero la ACB se niega a retirar la cláusula que impide a cualquier entrenador de la liga ser a la vez seleccionador nacional.

En el último momento, y ante la ausencia de candidatos con el perfil adecuado, Sáez y Ángel Palmi se decantan por Sergio Scariolo. El italiano puede que no sea perfecto, puede que no sea el más querido por los críticos… pero sabe dónde va y sabe cómo llevar al grupo sano y salvo (…) El método Scariolo, con el que los jugadores se sienten más cómodos y que hace sufrir del corazón a prensa y aficionados, consiste en empezar el torneo a un ritmo muy bajo, ir subiéndolo poco a poco y llegar a las eliminatorias frescos y motivados”.

P.D: El próximo viernes prometo no hacer un corta y pega.

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Los años negros de Estados Unidos (2002-2006)

Con poco más de ocho minutos para el final del partido, Mike Krzyzewski, seleccionador de Estados Unidos, solicitó un tiempo muerto. España se había colocado a dos puntos (91-89) y cabalgaba bajo una inercia positiva que amenazaba la hegemonía del trono estadounidense. Comandados por Kobe Bryant y Lebron James, los 12 jugadores de la plantilla se unieron en torno a su entrenador solícitos para recibir las últimas indicaciones. Durante dos semanas de competición y otras tantas de concentración, Krzyzewski había creado una familia dispuesta a recuperar el orgullo norteamericano. “Representamos al mejor baloncesto del mundo y al mejor país del mundo”, espetó a sus pupilos. La final de los JJ.OO de Pekín representaba una prueba de amor para el baloncesto estadounidense. Representaba pasar página y olvidar los años negros. Los años negros del baloncesto para Estados Unidos.


En 2002 el Mundial de baloncesto se disputó en Indiana, en la capital oficiosa del baloncesto de Estados Unidos. Un lugar de grandes llanuras, plantaciones de trigo y maíz y canastas en cada pueblo. Quizás no tenían un conjunto extraordinario pero Estados Unidos reunió un grupo competitivo y lleno de jugadores ‘All Star’ liderados por el héroe local Reggie Miller, el mejor triplista del mundo por aquel entonces, y jugadores como Baron Davis, Paul Pierce, Shawn Marion, Michael Finley o Ben Wallace, todos instalados en la élite de la NBA y alguno de ellos futuros campeones de la competición.


Desde que el 21 de septiembre de 1991 la selección formó por vez primera con jugadores de la NBA, lo que desde entonces pasó a ser conocido como ‘Dream Team’ encadenó 58 partidos invictos cosechando las victorias en los Juegos Olímpicos de 1992, 1996 y 2000, así como en el Mundial de 1994. Tan sólo en 1998 no consiguieron el título debido a un cierre patronal en la NBA que imposibilitó la presencia de las estrellas norteamericanas. Aunque fueron 58 partidos invictos, competición tras competición el brillo de las estrellas se fue apagando y muchos consideran solo ‘Dream Team’ al original y como mucho a la réplica de 1996. A partir de entonces disminuyó el nivel de los reclutados, pero sobre todo cambió la actitud. Los que en 1992 era una aplastante superioridad basada en el respeto al rival fue convirtiéndose en soberbia, pereza y lujuria. Era inevitable que desde que en 1992 Estados Unidos se embarcara en una estrategia para ganar y vender la superioridad de su baloncesto las distancias se acortasen. Pero con lo que no se contaba era que Estados Unidos cambiase la supremacía por la superioridad, la superioridad por la supervivencia, y la supervivencia por la sumisión.


Estados Unidos comenzó el Mundial de 2002 como de costumbre, pasando a la segunda fase arrasando a Argelia, China y Alemania antes de ingresar en una segunda ronda eliminatoria donde hicieron lo propio frente a Rusia y Nueva Zelanda. Ya clasificados para cuartos de final, los norteamericanos debían competir contra Argentina para dilucidar que selección sería la campeona del grupo.


Argentina, que en los 50 había sido potencia mundial, había bajado hasta las catacumbas del baloncesto hasta que a finales de los 90 germinaron una serie de jugadores comandados por Luis Scola, Fabricio Oberto, Andres Nocioni y especialmente Emmanuel Ginobili. En un pabellón semivacío y ante la indiferencia del público local, un vendaval de determinación y juego esplendoroso pasó por el Conseco Fieldhouse de Indianápolis. Sin prejuicios y con descaro, Argentina pasó por encima de los atónitos NBA’s y llegaron a ponerse con 18 puntos de ventaja antes del descanso. La incredulidad era más acusada en los rostros argentinos que en los norteamericanos. Cada vez que Argentina recibía una canasta en contra el pesimismo y el pavor se apoderaba del banquillo albiceleste que temblaba cuando la ventaja bajaba de 10 puntos. Sólo a falta de un minuto, tras una bandeja de Pepe Sánchez, Argentina y el mundo baloncestístico creyeron como Santo Tomás y contemplaron la proeza conseguida (80-87).



200 aficionados argentinos, la mayoría barras bravas, festejaron la victoria tirando papelitos sobre la pista del pabellón como si de la Bombonera se tratase. “El baloncesto nunca más volverá a ser el mismo” tituló ‘ESPN’. “Una derrota inevitable”, según ‘The New York Times’. “Argentina destroza el mito” endosó `USA Today’.


El mito había muerto. Los cimientos se habían movido. Pero no en Estados Unidos. No era un partido trascendental. Daba igual ganar o perder. Sólo era un choque para saber quién sería campeón de grupo. George Karl, seleccionador yanqui, que antes del torneo dijo a los medios que eran los mejores, admitía en la rueda de prensa postpartido que “el mundo ha llegado al nivel de la NBA”. Pero no era una eliminatoria. Estados Unidos no iba a perder un partido a vida o muerte.


La inesperada derrota provocó que el rival en cuartos de final de Estados Unidos fuese Yugoslavia. Era la final anticipada. La última gran generación yugoslava (ya entonces sólo Serbia y Montenegro) era la vigente campeona mundial. Si había algún equipo que podría plantarle cara a los NBA era el yugoslavo y si algún equipo tenía tanto ego, tanta confianza y al menos tanta soberbia como el estadounidense, ese era el yugoslavo. Y la victoria de Argentina les dio un plus de confianza. Les permitió saber que se podía hacer.


El partido fue igualado desde el comienzo, pero siempre dio la sensación de que Estados Unidos jugaba con el freno de mano puesto. Paul Pierce llevaba el mando de las operaciones y Wallace y O’Neal controlaban el rebote. Un parcial de 12-22 puso a Estados Unidos con 10 de ventaja al inicio del último cuarto y pareció finiquitar el partido. Sin embargo, Yugoslavia hizo un último cuarto rozando la perfección. Y lo hizo a través de tres jugadores de ensueño que no tenían nada que envidiar a los archiconocidos de enfrente. Pero sobre todo lo hizo a través de un arma tan sencilla como básica, tan mortífera como fácil de ejecutar. El ‘pick and roll’. El divide y vencerás.


En la NBA, donde la defensa en zona con ayudas está sancionada y donde el juego posicional se basa en el uno contra el uno, el ‘pick and roll’ es una jugada del pasado. Por entonces, sólo los Utah Jazz de los veteranísimos John Stockton y Karl Malone basaban sus éxitos en esa sencilla acción de ataque. Estados Unidos iba a pagar cara su falta de preparación y su soberbia sobre los fundamentos del juego.


El ‘pick and roll’ se inicia con el base moviendo el balón en la parte alta de la zona (Dejan Bodiroga) mientras solicita la ayuda al pívot, generalmente el jugador más alto del equipo (Vlade Divac) que establece una pantalla para efectuar un bloqueo en el camino del defensor. Entonces el base cambia de dirección. Lo normal es que el defensor del hombre alto acuda a cubrirlo, por lo que pasa el balón a su compañero que tiene vía libre para anotar con facilidad. Si la defensa rival es buena y el cambio defensivo se hace correctamente, el pívot opta por abrir el balón a la línea exterior desde donde el hombre abierto (Pedja Stojakovic) puede anotar de tres con facilidad. Un ‘pick and roll’ bien ejecutado es la base del baloncesto 3×3, del trabajo en equipo, y si el base es agresivo y con buena visión de juego es causa de éxito asegurado.


Durante diez minutos, durante una y otra vez, Bodiroga, Stojakovic y Divac martillearon el aro rival ante la impotencia estadounidense. Ni desde el banquillo ni desde la pista se obtuvieron respuestas para una fórmula que se enseña en las escuelas de baloncesto. Yugoslavia anotó 29 puntos en el último cuarto y se llevó la victoria por 78-81. Ahora si el mito de la imbatibilidad de Estados Unidos había fenecido inexorablemente.


Estados Unidos aún tuvo tiempo de poner un clavo más en su ataúd al perder su tercer partido del torneo ante España en el duelo por el 5º puesto. Ese encuentro de perdedores, un sinsentido de la FIBA, sirvió para que España lograse una victoria histórica (75-81). Durante dos semanas Estados Unidos acusó su falta de profesionalidad y humildad. Sobrevaloraron su ventaja física, su calidad y su capacidad atlética frente a la inteligencia táctica, el esfuerzo y el compañerismo. Fueron humillados y abandonados en su propia casa, en la ciudad considerada la cuna del baloncesto purista.


—JUEGOS OLÍMPICOS DE ATENAS 2004—


A pesar de la hecatombe de 2002 en Estados Unidos no se temía una repetición para los JJ.OO de Atenas de 2004. Al ganador de la NBA se le reconoce como el mejor equipo del mundo. Traducido al román paladino significa que todas las competiciones que traspasan las fronteras estadounidenses no tienen trascendencia alguna. Salvo una. Los Juegos Olímpicos. Es la única competición fuera de la NBA que es admirada y respetada para los yanquis.


Para 2004, y a pesar de las ausencias de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal, Estados Unidos conformó un quinteto de ensueño con Allen Iverson, Stephen Marbury, Richard Jefferson, Lamar Odom y Tim Duncan, quizás el mejor jugador del momento. Contaban también con los jovencísimos Carmelo Anthony, Dwyane Wade y Lebron James, tres chicos llamados a liderar el baloncesto internacional. Y en el banquillo estaba Larry Brown, reciente ganador de la NBA, campeón olímpico como jugador en 1964, conocedor del baloncesto internacional y especialista en el juego posicional típico de los europeos en contraprestación a las defensas a media pista y las transiciones rápidas propias de la NBA.


La vergüenza fue mayúscula.


Había dos grupos de competición y Estados Unidos partía como el favorito del segundo de ellos. Sólo Lituania podría causarle algún apuro a aquella pléyade de estrellas. El primer partido era contra Puerto Rico. El país boricua es un Estado Libre Asociado que mantiene su autonomía de los Estados Unidos en la forma, pero que está bajo control del Congreso norteamericano. Que una cuasi colonia pudiese no sólo ganar sino competir contra el autoproclamado mejor país del mundo se antojaba irrisorio.
Con un estilo de juego basado en el lanzamiento tras carrera y el uno contra uno a imagen y semejanza de sus mayores, Puerto Rico destrozó a Estados Unidos (73-92) en una paliza, que con permiso de la hazaña de Argentina dos años atrás, es la sorpresa más grande en la historia del baloncesto contemporáneo. Los héroes boricuas fueron dos jornaleros de la canasta llamados Larry Ayuso y Carlos Arroyo. Ese mismo equipo puertorriqueño había caído por 50 puntos ante España en un amistoso unas semanas atrás.


Las estrellas de la NBA, como de costumbre, no se alojaban en la Villa Olímpica. Lo hacían en el Queen Mary II atracado en el puerto ateniense de El Pireo. Era una tradición que se remontaba a los Juegos Olímpicos de Barcelona y que permitía el anonimato y la relajación de costumbres. Según se cuenta, en Atenas no hubo fiesta alguna sobre las aguas. Fue un golpe durísimo del que nunca se repusieron.


Ganaron a la anfitriona Grecia con dificultad (77-71), luego a Australia (89-79) y volvieron a perder contra Lituania (90-94). A diferencia de lo ocurrido contra Puerto Rico, Estados Unidos completó un buen partido ante los lituanos. Liderados por Allen Iverson y Tim Duncan, apretaron en defensa, cortaron las líneas de pase y corrieron el contraataque, pero se vieron superados por un rival que sencillamente fue superior. A la arrogancia y a la vanidad típica de los yanquis hubo que sumar una asombrosa fragilidad en el lanzamiento de tres (31% en los JJ.OO), faceta en la que el resto del mundo se había especializado ante la incompatibilidad de competir contra la exuberancia física norteamericana en la búsqueda del rebote y en las posiciones interiores.


Esta serie de resultados hizo que Estados Unidos acabase en última posición de su grupo y tuviese que enfrentarse con el primero del otro grupo, España. La selección española había empezado el torneo como un tiro y por resultados y prestaciones partía con un cuerpo de ventaja. En cualquier circunstancia sería la favorita para la victoria, salvo si enfrente no estuviese Estados Unidos. Y Estados Unidos tenía la línea de flotación tocada, pero no estaba hundido.


España defendió en zona, evitó los pases arriesgados que provocasen contraataques y cerró el rebote defensivo, pero perdió. Aquellas estrellas que no sabían tirar triples, resucitaron cuando tenían que hacerlo. Lebron James hizo el mejor partido del campeonato y Stephon Marbury que llevaba un 2/16 en triples en el torneo acabó el choque contra España con un 6/9. Estados Unidos ganó por 102-94 y se clasificó para semifinales.


Esto eran los Juegos Olímpicos, el único torneo importante, y aquí no había hueco para el fracaso. No había lugar para la derrota. Pero como dos años antes la derrota fue harto dolorosa. Y como dos años atrás el verdugo fue Argentina.


Como si de un tango se tratase, Argentina volvió a bailar a su rival al igual que había hecho en Indianápolis. La diferencia es que ahora todo el mundo se lo creyó. Ya no hubo respeto. Además de juego colectivo, solidaridad y acierto exterior, en esta ocasión Argentina aplicó el juego duro. Adiós al acatamiento. Se acabó el desprecio. Hubo muchos golpes y muchos encontronazos, y en todos salió ganando la albiceleste. Manu Ginobili con 29 puntos demostró a su amigo Tim Duncan porque era uno de los mejores jugadores del planeta y Argentina se clasificó para la final en busca del oro (81-89).


Estados Unidos salvó la honrilla ganando la medalla de bronce ante Lituania (104-96), pero el ‘Dream Team’ había fenecido definitivamente. El equipo olímpico estadounidense de 2004 pasaría a la historia no como el equipo de ensueño, sino como el equipo pesadilla (‘Nightmare Dream’).


—LA REDENCIÓN—


El día después del punto y final a la catástrofe en que se había convertido la selección estadounidense, Jerry Colangelo asumió el mando de la federación de baloncesto y meses después ofreció el cargo de seleccionador nacional a Mike Krzyzewski. ‘Coach K’ era un genuino patriota. Había estudiado en la academia militar de West Point y llevaba 25 años dirigiendo a la Universidad de Duke, el proyecto de baloncesto universitario más afamado del país. Ambos tomaron una decisión trascendental. El que quisiera jugar en la selección debía comprometerse a cumplir tres años consecutivos cubriendo un ciclo olímpico y mundialista. Así los jugadores formarían un grupo de compañeros, de amigos, y se podría trabajar con tiempo en formaciones tácticas.


La renovada selección norteamericana se presentó con nuevos bríos al Mundial de Japón de 2006. Sólo Kobe Bryant por culpa de una lesión se perdió la cita. De los demás estaban todos. Chris Paul, Dwyane Wade, Lebron James, Carmelo Anthony, Dwight Howard o Joe Johnson. Y no solo eran estrellas, eran estrellas comprometidas.


Esta vez sí. Estados Unidos ganó los cinco partidos de la primera fase y lo hizo con solvencia, incluyendo una cumplida venganza ante Puerto Rico y dos victorias convincentes ante las competitivas Italia y Eslovenia. En octavos de final apalearon por 40 puntos a Australia y en cuartos a Alemania por 20 de diferencia. Tocaba Grecia en semifinales antes de enfrentarse en la final al ganador del duelo entre Argentina y España. Por razones obvias había un notable deseo de que el ganador fuese Argentina. Pero antes tocaba la correosa selección griega.


Ya Alemania había hecho sudar a Estados Unidos durante media parte al establecer una defensa zonal, pero los alemanes, por mucho que tiraran de Nowitzki, no tenían talento suficiente para plantarles cara. Pero Grecia iba a dejar al descubierto todas las vergüenzas norteamericanas. Falta de rigor, incapacidad para aprender y, sobretodo, despreció por el juego colectivo. Cada uno por su cuenta eran oro, todos juntos eran paja.


Grecia planteó el partido con ambición, trabajo e inteligencia. Perdió el primer cuarto con cierta claridad, hasta que salió a la cancha Theo Papaloukas. El base griego gustaba de empezar los partidos desde el banquillo para analizar las virtudes y defectos del rival. Grecia contaba también con Sofoklis Schortsianitis, un pívot de 160 kilos de peso que era el único capaz de competir físicamente y tirar al suelo a Howard y a las demás bestias de la NBA. Y Papaloukas vio el filón.


Una y otra vez, y como hiciera Yugoslavia en 2002, Grecia empleó el ‘pick and roll’ en todos y cada uno de sus ataques. Papaloukas (12 asistencias) botaba el balón, Schorsianitis (14 puntos con 6/7 en tiros) subía a la parte de la zona a bloquear, y si la continuación del bloqueo fallaba el balón se abría a Spanoulis (22 puntos) que desde fuera martilleaba a Estados Unidos. Grecia ganó el choque (95-101) y los jugadores de Estados Unidos enfilaron el túnel de vestuarios sin acercarse a felicitar a los helenos. Las estrellas de la NBA fracasaban por tercera vez consecutiva y en el corrillo formado por los periodistas la frase que más se escuchaba era “estos tíos son muy buenos pero no saben jugar al baloncesto”.



El tiempo muerto finalizó y Krzyzewski dirigió su mirada hacia Kobe Bryant. La estrella de los Lakers se había comprometido a jugar para su país en los Juegos de Pekín de 2008 y llevaba la voz cantante del ‘Redeem Team’ (equipo de la redención). Bryant le había dicho a sus compañeros que quizás no fuesen un ‘Dream Team’, pero que podían ser el mejor equipo defensivo de la historia del baloncesto. Durante todo el torneo, uno de los más grandes anotadores de la historia se había olvidado de anotar y se había centrado en defender a la estrella rival. Durante los ocho minutos de final que restaban ante España, y con el citado 91-89 en el electrónico, Estados Unidos dio una exhibición de compañerismo, compromiso y defensa como nunca antes se había visto. Y cuando España más apretaba, Bryant dejó la defensa a un lado y se sacó un par de triples imposibles demostrando que el talento no está reñido con el sacrificio. Estados Unidos derrotó a España por 118-107 y se llevó la medalla de oro poniendo fin a los años negros de su baloncesto. Desde entonces, desde aquel mes de agosto de 2008, la imbatibilidad norteamericana vuelve a ser inexpugnable.


“Si perdemos un partido sólo, aunque ganemos el oro, nuestros compañeros de la NBA no nos miraran más a la cara”. Paul Pierce (10 veces All-Star de la NBA) en declaraciones a la prensa el día antes de la inauguración del Mundial de 2002.

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Bill Bradley (el hombre perfecto)

Bill Bradley nació en 1943 en Missouri, en una villa del Medio Oeste de Estados Unidos llamada Crystal City cuyo nombre proviene de la industria del vidrio pujante en la región. Desde pequeño destacó por su facilidad tanto para el estudio como para con el deporte y, además, con los 1’96 metros que llegó a desarrollar en la adolescencia se convirtió en celebridad tanto por su intelecto como por su físico. Tenía facilidad de palabra, era simpático, bien parecido, virtuoso, un buen ciudadano y su fama era conocida en kilómetros a la redonda. El hombre de Vitruvio hecho carne. A la hora de plantearse que estudiar y a que universidad acudir, Bill Bradley llegó a tener hasta 75 ofertas de universidades que buscaban su excelencia ya fuese en las aulas o en el baloncesto.

Y es que Bill había destacado en el instituto como un extraordinario alero. Eso le abrió las puertas de los más prestigiosos centros baloncestísticos del país como Duke, North Carolina, Kentucky o UCLA. Pero como sus notas eran tan o más extraordinarias que sus cualidades con el balón también fue tentado por los más prestigiosos centros académicos del país entre los que destacaban Harvard, Yale o Columbia. Al final se decidió por la universidad de Princeton a caballo entre Philadelphia y Nueva York y alma mater de presidentes de Estados Unidos como John. F. Kennedy o Woodrow Wilson y matemáticos como Alan Turing o John Nash.

Bradley comenzó su doble licenciatura en historia y políticas en el otoño de 1961 a la vez que compaginaba entrenamientos y partidos con el equipo de baloncesto y también con el de béisbol. En el verano de 1964 fue seleccionado para participar con el equipo de Estados Unidos en los JJ.OO de Tokio. Por aquel entonces acudían a la convocatoria los jugadores de último año antes de dar el paso a la NBA. Bill Bradley lo hizo a mitad del ciclo universitario siendo en aquel momento el jugador más joven en ir convocado con la selección. Como no podía ser de otra forma Estados Unidos ganó la medalla de oro en baloncesto en tierras japonesas.

La temporada siguiente llevó a Princeton a la Final Four de la NCAA algo inaudito para una universidad de prestigio académico pero sin peso en el baloncesto. Promedió más de 30 puntos por partido y fue elegido como ‘All American’, un galardón que premiaba a los cinco mejores jugadores de Estados Unidos y que ya había recibido en su época de instituto. En la Final Four la Universidad de Princeton cayó contra Michigan, pero Bill Bradley se llevó el trofeo de MVP a pesar de la derrota al haber anotado 58 puntos.

Por aquel entonces Bill estudiaba unas ocho horas al día y dedicaba otras cuatro a entrenar. Poseía una increíble visión periférica que le permitía contemplar el juego en toda su perfección y adelantarse a los movimientos de sus rivales a pesar de no ser demasiado rápido. Según contaba, entrenaba con pesos en las zapatillas para atenuar su lentitud y potenciar el uso de su cerebro y así poder ganar a rivales más dotados físicamente. Esa capacidad unida a una verborrea y una simpatía innata era la que aplicaba bajo los focos de un aula.

Ya licenciado Bradley se presentó al draft de la NBA donde los New York Knicks lo escogieron como su primera elección. Pero Bill tenía más alternativas al baloncesto para dirimir que hacer con su futuro. Ese verano es seleccionado y galardonado con una beca Rhodes que incluía gastos de viaje, estancia y manutención para realizar una tesis doctoral en la prestigiosa Universidad de Oxford.

Se le presentaba una disyuntiva entre mente y cuerpo. Y sabedor de que la segunda opción es finita, Bradley optó por la primera. Aparcó la NBA temporalmente y viajó a Inglaterra para hacer un máster sobre diplomacia internacional y una tesis sobre el ex presidente estadounidense Harry Truman.

Pero no abandonó el baloncesto. Un directivo del Olimpia Milano, que frecuentaba Estados Unidos buscando jugadores para el equipo, viajó hasta Oxford y convenció a Bradley para que se enrolase en el conjunto italiano. ‘Dollar Billy’, como empezaba a ser conocido por sus habilidades en los negocios, aceptó jugar únicamente con el Olimpia los partidos de la Copa de Europa. Bradley disputó un total de 12 partidos con los transalpinos. El día antes del encuentro cogía un avión en Londres, entrenaba un par de horas con sus compañeros y saltaba a la pista. En la temporada 1965/66 Bill Bradley se convertía en campeón de Europa de baloncesto como quien no quiere la cosa.

Para el verano de 1966 los Knicks no quisieron esperar más y exigieron a Bradley que se integrara en su plantilla. Pero Bill supo jugar sus cartas. Dado que tenía que hacer el servicio militar obligatorio pidió una excedencia especial para hacerlo en Inglaterra en una de las bases castrenses que Estados Unidos mantenía en Europa y de paso acabar su tesis y especializarse en diplomacia internacional. A los Knicks no les quedó más remedio que esperar un poco más, pero la espera valió la pena.

A mitad de su primer año con los Knicks, Bill Bradley era titular, al segundo ya estaba considerado el mejor especialista defensivo de la liga y en el tercero ya era un ‘All Star’ y ayudaba a los New York Knicks a ganar su primer título de la NBA en la temporada 1969/70. A la hora de escribir estas líneas Bill Bradley es junto al argentino Manu Ginobili el único baloncestista que ha ganado el oro olímpico, la Copa de Europa de baloncesto y la NBA.

En 1976, en el que iba a ser su último año en la NBA y ya con 34 primaveras a sus espaldas, Bill Bradley preparó su asalto a la política. Consiguió un puesto de ayudante del director de la oficina de oportunidades económicas de Washington, algo así como un secretariado de industria y de inversiones. Cuando al año siguiente cuelga las botas (con dos campeonatos y su camiseta retirada en el Madison Square Garden de Nueva York) ‘Dollar Bill’ anuncia su candidatura como senador por el Estado de Nueva Jersey para las elecciones de 1978. Consigue la victoria con más del 60% de los votos y mantendrá el cargo ininterrumpidamente hasta 1999.

Aunque demócrata, siempre fue un verso libre dentro del partido. Fue un izquierdista si se puede ser de izquierdas dentro del acérrimo capitalismo americano. Durante dos décadas fue un abanderado en la reducción del control de armas y tendió puentes con la Unión Soviética. Aprovechó sus contactos en Europa para estrechar lazos con la Unión Europea. Destacó por sus ingestas sumas de dinero en programas de fomento del deporte entre niños y fue uno de los adalides en la década de los 90 de la creación de un sistema de Seguridad Social. Sin embargo, fue siempre una mosca cojonera para los demócratas al apoyar a los republicanos en temas de defensa nacional y al rechazar la doctrina de partido.

A Bill Bradley, al hombre perfecto, le faltaba poco para llegar a la cima. Para las elecciones del año 2000, Bradley se enfrentó a Al Gore como candidato del Partido Demócrata. El vencedor buscaría la presidencia frente al republicano George. W. Bush.

Al Gore basó su campaña en el despertar del ecologismo y en el papel de Estados Unidos como garante de la paz y del bienestar económico mundial. Apoyado por el expresidente Bill Clinton y por el aparato del partido, contaba con el favoritismo de las encuestas. Bill Bradley hizo campaña abogando por el reforzamiento de las ayudas sociales y el derecho de las minorías. Contaba con el apoyo del voto de latinos y de negros. En unas primarias ajustadas, Al Gore consiguió el 56% de los sufragios y lograba ser elevado a categoría de presidenciable.

‘Dólar Bill’ comprendió entonces que su exitosa vida pública se había acabado. Se retiró a su casa de Nueva Jersey y se propuso disfrutar de su jubilación junto a sus recuerdos y a su familia, escribir sus memorias y dar conferencias en empresas de primer nivel y charlas en organizaciones deportivas. Y así fue hasta que en el año 2007 un senador de Chicago llamado Barack Obama lo llamó de su retiro para que lo apoyase en la campaña para las elecciones de 2008. Así fue como ‘Dollar Bill’, el alero de 1’96 metros de la poco baloncestística Universidad de Princeton, se recorrió de Oeste a Este el país pidiendo el voto para el que iba a ser el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos.

“Convertirse en el número uno es más fácil que seguir siendo el número uno” Bill Bradley.

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El anillo perdido de Larry Bird

En 1985 Larry Bird era el mejor jugador de baloncesto en el mundo. Había ganado el MVP (Most Valuable Player) en 1984, lo ganaría en 1985 y repetiría por tercera y última vez en 1986. Era el jugador más arrogante, más orgulloso y más soberbio del equipo más arrogante, más orgulloso y más soberbio de la NBA. Los Boston Celtics habían logrado el campeonato en 1984 y pocos dudaban de que volvieran a lograr el título en 1985. Sólo los Lakers de Magic Johnson aparecían en el horizonte como una amenaza plausible, pero a mediados de la temporada el nivel de Larry Bird estaba rozando lo paranormal.

A poco más de un mes para finalizar la temporada regular, los Celtics encabezan la NBA con un margen de victorias sobre los Lakers que oscila entre los 6 y los 8 partidos. Habían puesto velocidad de crucero y Bird estaba demostrando porque era el mejor jugador del momento. Encadenaba triple-doble tras triple-doble e incluso batió el récord de anotación en la historia de los Celtics al anotar 60 puntos a Atlanta Hawks con una exhibición de lanzamientos desde todas las esquinas de la pista que rozaba lo obsceno. En otro encuentro encestó 47 puntos con la mano izquierda, a pesar de ser diestro, porque según él “estaba aburrido de tirar con la derecha y de vez en cuando necesita descansar”. Los Celtics finalizaron la liga regular con un total de 63 victorias y Bird se convirtió en el primer jugador que, sin ser pívot, alcanzaba el título de MVP de forma consecutiva.

A pesar de su arrogancia, Bird era querido y respetado por todos sus compañeros. Como todos los grandes líderes deportivos Bird era el primero en llegar a los entrenamientos y el último en irse, el que siempre competía a pesar del dolor y el que estaba dispuesto a reducir su sueldo si con ello podía favorecer a otros compañeros. Ante tal ejemplo, y a pesar de sus gritos y de su fuerte exigencia, no había nadie que estuviese en disposición de replicar a Bird. Los Celtics se preparaban para afrontar unos playoffs que se antojaban un paseo militar.

En primera ronda los Celtics ganaron a Cleveland (3-1) y acto seguido despacharon a los Pistons (4-2). La final de la Conferencia Este iba a ser contra los Philadelphia 76rs. Boston ganó cómodamente sus dos primeros partidos en casa. El tercero tendría lugar en la ciudad del amor fraterno.

Entre el segundo (martes) y el tercer partido (sábado) había cuatro días de diferencia. K.C. Jones, técnico de los Celtics, decidió que el jueves sus chicos tuviesen el día libre. Todo iba bien y marchaba según lo previsto.

Aquel jueves Larry Bird decidió pasar la tarde con Nick Harris, un vendedor de coches que había trabado una fuerte amistad con el alero de Indiana. Con unas cuantas cervezas encima se unió a la tertulia Quinn Buckner. Éste último había sido oro olímpico y un jugador aceptable en la NBA, pero en 1985 ocupaba el último lugar en el fondo del banquillo de los Celtics.

Trago tras trago la noche hizo su aparición y el terceto abandonó la casa de Bird para acercarse al centro de Boston a tomarse la última. Todo iba con total normalidad hasta que Harris le echó el ojo a una atractiva mujer que estaba en el local. Al parecer Harris entendió que había motivos para acercarse a ella e invitarla a tomar algo, pero, o bien no entendió las señales, o, lo más probable, se pasó de listo. Más tarde trascendería que Harris, además de vendedor de coches, tenía a sus espaldas pequeños delitos de falsificación y de posesión de drogas.

El caso es que la joven apartó a Harris de su lado y pidió socorro a un hombre de anchas espaldas que servía copas en el local y que resultó ser el novio de la chica en cuestión. Inmediatamente Harris fue noqueado de un derechazo y Bird no pudo reprimir sus instintos. Se abalanzó sobre el desconocido para proteger a su amigo y los 2,06 metros de altura y 100 kilos de peso de un deportista profesional de 29 años de edad cayeron de golpe sobre el púgil, que, en buena lógica, acabó ingresado en el hospital.

Bird, Buckner y Harris se marcharon corriendo de allí. Aquella misma noche la víctima pondría una denuncia contra Larry Bird.

Nada de esto se sabría hasta un par de meses después. Pero aún muchas cosas tendrían que ocurrir hasta entonces.

Bird se metió en la cama, pero era incapaz de dormir. Tenía el dedo índice de la mano derecha completamente deformado y el dolor saltaba como un resorte por todo el brazo. A la mañana siguiente el equipo tomó un avión rumbo a Philadelphia y Bird lo hacía con una seriedad inquietante y con la mano derecha siempre tapada por una sudadera.

Hubo dos partidos en Philadelphia. En el primero Bird estuvo gris, pero en el segundo sencillamente dio asco. La actuación de Larry Bird en aquel partido fue lamentable. Firmó un pobre 4/12 en el tiro y perdió ocho balones. No robó ningún balón cuando promediaba más de tres por partido, y apenas capturó un triste rebote. En las imágenes televisivas los comentaristas llamaban a su dedo “polish sausage”, un tipo de salchicha típico de la zona de Indiana. Bird estuvo todo el partido botando con la mano izquierda y llevándose la derecha al estómago de forma instintiva.

Por supuesto al final del encuentro hubo lluvia de preguntas y por supuesto Larry Bird, fiel a sí mismo, contestó con retranca y con evasivas. Los Celtics cerraron filas con su estrella y se limitaron a decir que había sufrido un golpe sin importancia en el calentamiento.

Así las cosas los Celtics regresaron a Boston para el quinto encuentro y los rumores no cesaban. Un día antes del choque Bird hizo de Bird y decidió tirar de orgullo y marcar el ‘tempo’ del conflicto. Escogió como diana a Dan Shaughnessy, un periodista del ‘Boston Globe’ que había escrito un artículo insinuando que el dedo hinchado del alero de Indiana había sido fruto de un incidente fuera de la cancha de entrenamiento. Bird había repetido hasta la saciedad que era inquebrantable al dolor y que el dedo hinchado no afectaba a su rendimiento y retó al plumilla a tirar 100 tiros libres con las dos manos vendadas.

El periodista podría tirar libre de vendajes. Naturalmente.

El periodista aceptó la apuesta y anotó un digno 60/100.

Larry Bird, con las dos manos rodeadas de cinta adhesiva y esparadrapo, se marcó un 79/100.

Cuando la prensa marchó, Bird se quitó los vendajes y según se supo más tarde anotó 161 tiros libres sin fallo. Puede que el dedo estuviera hinchado, pero su orgullo lo estaba mucho más.

Los Celtics ganaron el quinto partido a los 76rs gracias a un robo decisivo de Bird y, por lo menos visualmente, parecía que la inflamación había bajado. Aun así Larry Bird seguía lejos de sus porcentajes habituales y firmó un discreto 6/17.

En esos tres partidos con el dedo hinchado ante Philadelphia el flamante MVP había bajado del 40% en porcentaje de tiro por primera vez en toda la temporada y había visto reducida su producción de puntos (-8) y de rebotes (-3).

— CELTICS vs LAKERS—

El primer partido de la final de la NBA demostró porque los Celtics eran superiores a los Lakers y los grandes favoritos al título. Humillaron a los angelinos por 148-114 en un partido que pasaría a la posteridad como ‘Memorial Day Massacre’. Sin embargo, el partido de Bird fue otra vez discreto. Por primera vez en todo el año encadenó su tercer partido consecutivo por debajo de los 20 puntos. En el segundo se consumó la sorpresa y los Lakers ganaron en otro mal partido de Bird, pero sería en el tercero disputado en Los Ángeles donde la serie definitivamente se inclinó para los de California. Magic Johnson y compañía devolvieron la paliza (136-111) y Bird firmó un horrendo encuentro con un 8/21 en el tiro y varias pérdidas de balón decisivas. “No puedo jugar peor que hoy. Tú lo habrías hecho esta noche mejor que yo”, sentenció Bird ante la pregunta de un periodista.

En el cuarto partido los Celtics tiraron de su legendario orgullo y consiguieron empatar la serie (2-2) a base de casta. El duelo se decidió en la última jugada. Todo estaba preparado para que Bird lanzase el tiro decisivo como en él era habitual, pero en el último momento dobló el balón para que Dennis Johnson anotara con facilidad. Es cierto que Bird tenía dos defensores encima, pero también lo era que si no tuviese el dedo hinchado hubiese encontrado la manera de lanzar él el tiro definitivo.

Los Lakers ganarían el quinto encuentro en casa y sellarían el título ganando el sexto partido en el Boston Garden (2-4). Era la primera vez que los Celtics perdían una final de la NBA en casa. Kareem Abdul-Jabbar fue elegido MVP con 38 años y Magic Johnson ya tenía su vendetta tras la derrota del año anterior. En los Celtics tan sólo Kevin McHale elevó su nivel de la temporada regular. Larry Bird no había jugado unas malas finales, pero no había demostrado la excelencia de la temporada regular. No al nivel que había demostrado antes de aquella funesta noche de cervezas con un par de amigos.

Antes del aciago puñetazo Larry Bird promediaba 28’7 puntos, 10’5 rebotes y 6’6 asistencias. Después del guantazo 23’8 puntos, 8’8 rebotes y 5 asistencias. Pero lo más significativo eran los porcentajes. Antes del puñetazo tenía un 52’2 % en tiros de dos y un espectacular 42’7 % en tiros de tres. Después de la famosa noche los porcentajes bajaron al 44’9% en los de dos y al 33’3 % en triples.

Dos días después de la debacle, el médico de los Celtics declaraba a los medios que Bird tenía una lesión en el codo y que después de varias pruebas médicas se había determinado que lo mejor para la recuperación era el reposo, descartando cualquier intervención quirúrgica. Era todo mentira. No se hizo mención alguna al dedo ni se había hecho prueba alguna.

No sería hasta dos meses después cuando el asunto saldría a la luz. Aún hubo que esperar a noviembre, con la siguiente temporada ya en marcha, para que Larry Bird asumiese su culpa públicamente y pagara una multa de 20.000 dólares al denunciante, dando por finiquitado para siempre el incidente.

Larry Bird y los Celtics volverían a reinar en la NBA en 1986 y perderían la final ante los Lakers en 1987. A partir de ahí, problemas de espalda y en los talones hicieron que el alero nacido en Indiana tuviese que acortar su carrera prematuramente.

Larry Bird ganó tres anillos de la NBA y Magic Johnson logró cinco. En su fuero interno Bird sabía que el título de 1985 era suyo y que aquella disputa entre archirrivales tendría que haber acabado en empate a cuatro.

Cuando más de 20 años después un periodista le preguntó por la famosa pelea, Bird dio por zanjada la entrevista y se levantó de su asiento. En ninguna de sus biografías autorizadas hay mención alguna al asunto. Bird habla abiertamente en todas ellas de su infancia en la indigencia, del suicidio de su padre, de sus problemas de sociabilidad o de su miedo a la muerte. Pero en ninguna de esas biografías y en ninguno de los documentales televisivos en los que ha participado jamás hace mención alguna sobre aquella infausta pelea.

Sólo aquella noche y aquel anillo perdido consiguieron doblar el orgullo de Larry Bird.

“No importa lo bueno que soy, sigo siendo un paleto de Indiana.” Larry Bird sobre sí mismo.

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Obradovic y el Partizan de Fuenlabrada

Una agradable mañana de mayo de 1991 Zelimir ‘Zeljko’ Obradovic recibió una llamada telefónica. Al otro lado del aparato estaba Dragan Kikanovic, leyenda y director deportivo del Partizan de Belgrado. Éste le sobresaltó ofreciéndole el cargo de entrenador para la siguiente temporada. Por entonces Obradovic era el base titular del Partizan. Contaba con 31 años de edad, estaba en plenitud física, era un especialista defensivo de primer nivel y el verano anterior había formado parte de la plantilla yugoslava que había ganado el Mundial de 1990. Por el camino había pasado cerca de un año en prisión por homicidio involuntario al atropellar a una mujer con su coche. La única condición que le impuso Kikanovic era la de colgar las botas y dedicarse en exclusiva a la faceta de entrenador. Eso implicaba que Obradovic tendría que renunciar a acudir con su selección al Europeo de ese verano (donde Yugoslavia era la virtual ganadora) y dedicar los meses estivales a preparar tácticas y métodos de entrenamientos.

Obradovic aceptó, y hoy, a las puertas de disputar como el Fenerbahçe su 18ª Final Four de la Euroliga y optar a su décimo título, es el técnico más laureado del Continente. En el momento de escribir estas líneas Obradovic posee 9 títulos de Euroliga. Si Obradovic fuese un club sería el segundo más triunfante de Europa tan sólo por detrás del Real Madrid. Ha ganado títulos con todos los equipos a los que ha entrenado e incluso le ha dado tiempo a conquistar un Mundial como técnico en un breve interludio que se tomó para dirigir a la ya desmembrada selección de Yugoslavia. Obradovic es un zorro con mil trucos. Patentó los entrenamientos con grabaciones de chillidos y gritos a todo volumen para que sus jugadores se adaptasen al ruido ensordecedor de las canchas de basket más temibles de Europa.

Pero antes de toda esta retahíla de títulos hubo una primera vez. Su primera vez. Con sólo 31 años, con una guerra en perspectiva y dirigiendo al equipo de sus amores, el Partizan de Belgrado. O lo que es lo mismo, el Partizan de Fuenlabrada.

Tras un verano ajetreado Obradovic se puso a los mandos del Partizan. El equipo serbio se había clasificado para la Euroliga de la temporada 1991/92, pero tras el estallido de la Guerra de los Balcanes su participación en la competición estaba en entredicho. En junio de 1991 Eslovenia y Croacia declaraban unilateralmente su independencia y se iniciaba una guerra que ‘grosso modo’ iba a enfrentar a Serbia y a Croacia por la hegemonía de lo que durante siete décadas había sido Yugoslavia. Vista la escalada de violencia, en septiembre la FIBA decidió que los partidos de los equipos yugoslavos de Euroliga se tendrían que disputar en otros países debido al “clima de inseguridad reinante”. En el plazo de una semana, Partizan de Belgrado (Serbia), Cibona de Zagreb (Croacia) y KK Split (Croacia y vigente campeón) tendrían que comunicar a la FIBA donde iban a jugar como locales con la amenaza de expulsión de la competición sobre sus cabezas.

La casualidad hizo que el mismo día del comunicado en una ciudad dormitorio al sur de Madrid se inaugurase un pabellón con el nombre de Fernando Martín, la joven estrella del basket español que unos años atrás había fallecido en un accidente de tráfico. Un pívot serbio llamado Milenko Savovic que jugaba en España acudió a ver aquel partido inaugural. Allí coincidió con un representante de Dorna, una empresa de gestión y representación deportiva que había financiado la construcción del pabellón y que acababa de adquirir los derechos del Mundial de Motociclismo. Hablaron sobre la posibilidad de que el Partizan jugase sus partidos en España. Al acabar la charla Savovic cogió el teléfono y llamó a Obradovic, amigo de la adolescencia, y le dijo que aquel pabellón era perfecto para disputar la Euroliga.

Había nacido el Partizan de Fuenlabrada.

Era la época de esplendor del baloncesto yugoslavo y solo la guerra pudo desgajar a una generación que era descollante. Dorna se encargó de trasladar a aquellos genios de la canasta de la ruina de la guerra del fin de semana al oasis de felicidad hispano entre semana. Durante aquella temporada europea de 1991/92 los vecinos de Fuenlabrada pudieron disfrutar con el Partizan de Belgrado, los habitantes de A Coruña con el KK Split, mientras que los gaditanos de Puerto Real vibraron con la Cibona de Zagreb.

La comunión entre la grada del Fernando Martín y el Partizan fue instantánea. Para Fuenlabrada era un acontecimiento sideral y para los chicos era una forma de evadirse de los horrores de la guerra. “La cancha se convirtió en nuestra salvación”, declaró Sasha Djordjevic, base de aquel equipo. “Nadie de nosotros sintió nostalgia de Belgrado”, contaba Danilovic, la otra estrella yugoslava.

Cuando tocaba partido europeo la expedición del Partizan cogía un vuelo en Belgrado y se desplazaba a Madrid. Desde allí un corto viaje en autobús hasta Fuenlabrada. Obradovic tenía miedo a que en los partidos no hubiese gente que los apoyase por lo que trazó un plan que contó con el beneplácito de las autoridades de la ciudad. Antes de cada partido concurrían a colegios e institutos donde la plantilla acudía a firmar autógrafos y regalar gorras o camisetas.

El pabellón era coqueto pero ni siquiera estaba homologado por la FIBA. Durante la primera semana de entrenamiento del Partizan en Fuenlabrada se dieron cuenta de que las canastas no cumplían con los requisitos mínimos. Eran de quita y pon. Por las noches la plantilla asistía a un bingo para pasar el rato, pero con la aguda intención de aprender los números en castellano. Esperaban que salieran las bolas del bombo con el objetivo de conocer la pronunciación en su país de acogida de los números que llevaban tras sus espaldas.

Así, sin darse cuenta, en el primer partido de la Euroliga había 4.000 fuenlabreños en el Pabellón Fernando Martín vitoreando a un equipo de Belgrado, una ciudad distante en unos 2.500 kilómetros.

El primer partido se disputó el 7 de noviembre ante el Racing de Malinas, la cenicienta del grupo. Se ganó con suma facilidad y la gente se marchó encantada a sus casas. Muchos consideran que el equipo de Fuenlabrada que hoy es un habitual de la Liga ACB nació aquella noche de comunión con aquel equipo de baloncestistas yugoslavos.

El Partizan no era favorito para ganar la Euroliga. La competición estaba formada por dos grupos de ocho equipos de los que los cuatro primeros se clasificaban para cuartos de final. El Partizan compartía cuadro con el Joventut y el Estudiantes. Los conjuntos españoles se clasificaron con facilidad mientras que el Partizan lo hizo en la cuarta y última posición con un balance de 9-5.

Fueron siete partidos en tierras madrileñas y ganaron todos salvo el que disputaron ante el Estudiantes. En el duelo ante el ‘Estu’ la afición se decantó por el equipo colegial, pero el choque más especial fue ante el Joventut. El Partizan ganó por 76-75 gracias a un tiro libre en el último segundo. Ese día el pabellón Fernando Martín fue una caldera hirviendo de apoyo al Partizan de Fuenlabrada con abucheos continuos a los jugadores del Joventut. Al día siguiente la prensa española se echó encima y criticó el apoyo a un equipo extranjero. El Joventut era por entonces el equipo de moda en España y Badalona sede del torneo olímpico de baloncesto del verano siguiente que iba a contar con la rutilante presencia de las estrellas de la NBA.

Todos los jugadores del Partizan eran serbios excepto el ala-pívot croata Ivo Nakic. Decidió quedarse en el equipo a pesar de las presiones y de las continuas amenazas que sufrió su familia. Se encontraba en territorio enemigo. Sólo pudo jugar la Euroliga porque le fue vetada su presencia en los partidos ligueros para evitar altercados. Otros, como Danilovic, que era serbiobosnio, trataron de evacuar a su familia de la zona de conflicto con escaso éxito.

En la eliminatoria de cuartos de final el Partizan se iba a enfrentar a los archifavoritos de la Virtus Bolonia. Se daba la curiosidad de que el base titular de los italianos era Juri Zdovc, el hombre que sustituyó a Obradovic en el Europeo de año anterior cuando decidió colgar las zapatillas. Era al mejor de tres partidos. El primero se iba a disputar en Fuenlabrada pero la FIBA hizo una excepción y permitió que se jugase en un Belgrado ya azotado por las bombas. El Partizan quiso tener un detalle con la ciudad que le había acogido e invitó a una nutrida delegación madrileña a Serbia. La fiesta fue completa porque el Partizan ganó el partido. Cayeron en el segundo disputado en Bolonia, pero dieron la campanada y vencieron en el tercero y último también disputado en tierras italianas. El Partizan se había clasificado para la Final Four.

Nuevamente el Partizan partía como cenicienta. En aquel fin de semana de baloncesto estaba sólo ante el peligro. Por motivos obvios en las gradas del Abdi Ipekci de Estambul había una ridícula presencia de aficionados serbios. En la semifinal se iban a enfrentar al Olimpia Milano, un equipo hecho a golpe de talonario liderado por Darryl Dawkins un ex número 1 del draft de la NBA. Ganó el Partizan (82-75) con un estelar Sasha Danilovic con 22 puntos y 10 rebotes. Fue la puesta de largo de un chaval de 22 años que estaba llamado a ser el gran escolta europeo de la década.

La final enfrentó al Partizan de Belgrado contra el Joventut de Badalona. Dos novatos frente a frente. Ninguno sabía lo que era coronarse como campeón de Europa, pero los catalanes partían con un cuerpo de ventaja. La final fue igualadísima y se decidió en los instantes finales. A falta de nueve segundos Tomás Jofresa encara a su derecha y finta a la izquierda. Penetra e intenta una bandeja que a falta de fuerza se queda en un lanzamiento corto que entra llorando. 68-70 en el marcador a favor del Joventut. Koprivica saca de fondo con rapidez y pone el balón en las manos de Djordjevic. El Joventut decide no hacer falta y defender el posible triple del Partizan. Djordjevic corre la línea lateral próxima a los banquillos con rivales y compañeros con pie y medio dentro del campo. Bota con la derecha mientras se protege con la izquierda. A falta de tres segundos se cuadra, salta cual conejo y lanza en escorzo con los dos pies juntos y los brazos perfectamente alineados en uno de los lanzamientos más icónicos de la historia del baloncesto europeo. 71-70. El Partizan de Belgrado. El Partizan de Fuenlabrada acababa de proclamarse campeón de la Euroliga.

“Aquel tiro nos cambió la vida a todos. La emoción que sentí con aquel título no la he vuelto a sentir en mi vida”. Zeljko Obradovic.

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El experimento Nowitzki

Con toda la fastuosa y emotiva parafernalia del ‘show business’ estadounidense esta semana el mundo del baloncesto despedía a Dirk Nowitzki. Lo hizo tras un emotivo homenaje de los directivos, empleados y seguidores de los Dallas Mavericks, club en el que ha militado de forma ininterrumpida durante 21 temporadas, récord absoluto en la NBA. Lo hizo tras un soberbio partido con 30 puntos, uno de esos encuentros diseñados para el lucimiento del homenajeado. Nowitzki se retira con 1 título de la NBA (2011), 1 título de MVP de la temporada (2007. Primer y único europeo en lograrlo), 13 presencias en el All-Star, 4 presencias en el mejor quinteto de la NBA y entre otras muchas cosas como uno de los tres únicos jugadores en la historia que han sido capaces de promediar más de 25 puntos y 10 rebotes durante los playoffs, el momento en el que se separa el grano de la paja.

Se retira Nowitzki y se retira el primer jugador de baloncesto del siglo XXI. Nowitzki fue el primer jugador híbrido. Grandes que juegan por fuera, pequeños que juegan por dentro. El basket del siglo XXI. El baloncesto multiplataforma. Fue el primer siete pies (más de 2’10 metros) cuyo radio de acción se encontraba fuera de la zona. Jugador con excelso lanzamiento de tres puntos y soberbio tiro a contrapié a 5-6 metros, fue el primer jugador alto que huyó del poste para buscar el exterior. Indefendible para hombres altos y pesados por fuera e indefendible para hombres rápidos y pequeños por dentro. Nowitzki también fue el primer jugador de élite que triunfó sin pasar por ninguna universidad americana ni por ninguna cantera del baloncesto europeo. Nowitzki fue un producto de laboratorio, un chaval hecho a sí mismo que fue descubierto por el mundo en un torneo de verano y que fue modelado por un semidesconocido llamado Holger Geschwindner, que, como si de un plan quinquenal soviético se tratase, diseñó un método para convertir a aquel espigado chaval alemán en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

En 1993, a punto de cumplir los 50 años, Geschwindner mataba el tiempo jugando en la tercera división alemana de baloncesto. Había llegado a disputar los Juegos Olímpicos de Münich con la selección germana, pero ni había sido un gran jugador ni Alemania era nada en el mundo de la canasta por aquellos tiempos. El caso es que en uno de esos partidos de tercera coincidió con Dirk Nowitzki, por entonces un flaco y larguirucho adolescente de 15 años hijo de un padre voleibolista y una madre baloncestista. Geschwindner engatusó a los padres de Dirk y los convenció de lo arriesgado de mandar a su hijo a una universidad estadounidense (California) o de ingresar en las filas de la cantera de un gran club (FC Barcelona). Según Geschwindner lo que iban hacer con los 2’13 metros de Nowitzki era enterrarlos debajo de la canasta, obligarlos a hacer pesas para ganar masa muscular y convertirlos en un tosco pívot.

Geschwindner tenía otros planes. Se ofreció a cuidarlo como si fuese su hijo y se propuso convertirlo en un jugador total. En algo nunca visto. Comenzó así una relación que ya dura un cuarto de siglo y por la que Geschwindner se ha negado siempre a cobrar ni un céntimo. Nowitzki tan sólo le paga la estancia y la manutención allá donde vaya.

El experimento de Geschwindner fue criticado hasta la saciedad. Comenzó a diseñar entrenamientos técnicos pensados en mantener el equilibrio. Nowitzki se pasaba horas tirando sobre una pierna y con un peso en la otra. Después era obligado a elevar el balón lo máximo viable a través de un arco imposible que alcanzara el cielo antes de iniciar su descenso hacia el aro. Le llamaron el tiro del arcoíris. Cuando al año siguiente el Wurzburg, equipo de segunda división de la ciudad natal de Dirk, intentó ficharlo, Geschwindner puso dos condiciones; él tendría que ser el entrenador y Nowitzki tendría que jugar de alero tirador, nunca como pívot.

El experimento se dio en llamar ‘Institute of applied nonsense’ (Instituto del sinsentido aplicado). En los ratos libres Nowitzki tenía prohibido hacer pesas. En los 90, tiempos del baloncesto ultradefensivo, de jugadores hipermusculados y de gemelos como rocas, Geschwindner se empeñó en pulir la técnica de Dirk y olvidarse de sus pectorales. Por las noches dormía sobre el parqué para adaptarse al tacto de una pista de baloncesto y por la mañana temprano cogía una barcaza y remaba por un lago durante horas mientras Geschwindner le daba lecciones de historia, música, filosofía y sobre todo física.

Amante de los ordenadores, de la física y de la tecnología, Geschwindner había calculado que el tiro perfecto tenía que tener un arco de 60 grados. Ya lo había establecido con papel y lápiz cuando él era un base de 1’92 metros, pero cuando pudo plasmar sus ideas en un programa informático y vio los 2’13 metros de Nowitzki se sintió como san Pablo cuando cayó del caballo y comprendió cual era el sentido de su existencia. Durante años pulió el lanzamiento de Dirk a capa y espada. Todo estuvo milimetrado, desde el roce con el balón, la resistencia del viento, la presión de los pulgares o la longitud de los brazos. Ese tiro, ese bello lanzamiento de arco imposible le dio el apodo a Nowitzki de ‘Robin Hood’, porque con aquellos enormes y largos brazos extendidos la plasticidad del lanzamiento se asemejaba a la de un arco del medievo en plenitud de su tensión.

La idea de Geschwindner era clara. Nowitzki tendría que lanzar decenas, cientos, miles, millones de tiros con la mano derecha. Cuando fuese capaz de tener un porcentaje de aciertos próximo a la perfección debería a empezar a hacer lo mismo con la mano siniestra. Su razonamiento era simple. Si no era capaz de anotar sin oponentes, ¿cómo iba a ser capaz de encestar rodeado de rivales en un partido? Por ello, cuando el tiro ya estuvo perfeccionado, Geschwindner obligaba a cambiar a Nowitzki el arco de su lanzamiento con continuos golpes, pisotones y empujones para que se adaptase a la realidad de un partido.

Lo de remar durante horas era asueto en comparación con otras pruebas a las que era sometido Nowitzki. En verano, Dirk trabajaba durante un mes en una granja de sol a sol con el objetivo de aprender el valor del sacrificio y fortalecer grupos musculares que no se ejercitaban en el baloncesto. Cuando un par de años más tarde llegó a Estados Unidos, Geschwindner llevó a Nowitzki a escalar el Gran Cañón del Colorado. Una vez en la cima le dijo que en vez de mirar hacia abajo mirase hacia la inmensidad del cielo. Era su forma de decirle que aunque estuviese en la NBA el sacrificio estaba lejos de finalizar. Siempre había más por lo que luchar.

Todo ese arduo entrenamiento dio como resultado un lanzamiento antológico que más que una técnica deportiva se asemejaba a un paso de baile. El apodo que triunfaría sería el de ‘Robin Hood’, aunque a mí siempre me gustó más el menos conocido de ‘Flamingo’. Y es que, tirando de imaginación, el icónico tiro a una pierna de Nowitzki es la viva imagen de la silueta de un flamenco. Como diría años más tarde el bicampeón de la NBA Kevin Durant: “Tiene muchísimos movimientos que intento robar, sobretodo su paso de baile del flamenco.”

Y es que Nowitzki bailaba sobre una pista de baloncesto. Según se cuenta, en el programa de Geschwindner había ideas tomadas prestadas de violinistas y de pianistas. Al parecer gustaba de que Nowitzki lanzara a canasta mientras por los altavoces sonaban piezas de jazz con el objetivo, según él, de “darle al baloncesto sentido científico para liberarlo de su belleza natural”. Años después Nowitzki tocaría la guitarra en la boda de su hermana. Geschwindner le había obligado a aprender a tocarla durante su entrenamiento. Entiende el baloncesto como una suerte de danza con música de fondo. Un paso hacia adelante y otro hacía atrás. Giros continuos, dribblings y lanzamientos quirúrgicos. Desplazamientos laterales y arranques verticales. El deporte como ciencia y como arte. “El baloncesto es música. Cinco muchachos pueden ser reyes en su instrumento pero deben hacerlos sonar juntos para tocar una pieza. Uno de ellos puede ser clave, pero si no escucha a los demás no conseguirá nada”, comentó el mentor en una de sus escasas entrevistas.

Las comparaciones con Larry Bird fueron constantes, aunque las diferencias entre ambos fueron siempre mayores que las similitudes. “Tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, corre más que yo, pero no es mejor jugador que yo”, contestó el siempre irónico Larry Bird cuando le preguntaron por Nowitzki. Lo cierto es que el alemán fue un arma ofensiva imparable por su combinación de lanzamiento exterior y movimientos al poste. En lugar de ir al choque, ‘Robin Hood’ usaba su increíble capacidad de equilibrio para alejarse de su defensor y anotar con facilidad. Quizás adolecía de capacidad de pase y, según muchos críticos norteamericanos, de capacidad defensiva, si bien, para el mundo NBA, el arquetipo de jugador europeo blanco es una máquina de fundamentos ofensivos con fallos estructurales en defensa.

Nowitzki no fue Bird porque no fue una estrella, fue una antiestrella. Espécimen tímido, huidizo de los focos, de esos que a través del silencio cimentan su liderazgo. Nunca soberbio, querido por todos. Sin ser humilde, siempre respetuoso. Se ha convertido en un hombre respetado y respetable en Dallas. Integrado en la vida norteamericana es frecuente verlo en actos benéficos, apoyando luchas sociales e interesándose vivamente y no de palabra por el futuro de su ciudad. Cuando en 2010 acordó un nuevo contrato a razón de 20 millones de dólares anuales lo hizo con un simple apretón de manos y le dijo a Mark Cuban (presidente de los Dallas Mavericks) que no hacía falta firmar nada, que con su palabra era más que suficiente. Geschwindner también hizo un excelente trabajo en el aspecto humano.

Nowitzki se va. Y lo hace como el mejor jugador europeo por trayectoria NBA, como uno de los mejores ¿ala-pívots? de la historia, y, sobre todo, como el primer jugador del siglo XXI, como el Usain Bolt del baloncesto, el primer siete pies que gobernó el baloncesto siendo alto pero sin precisar de su altura para gobernar.

“Lo que más agradezco de aquellos tiempos es que Geschwindner me llevó un día a ver Parsifal de Wagner al festival de Bayreuth” Dirk Nowitzki.

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