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Bullying a Toni Kukoc (1ª parte)

Los triples no llegaron a la NBA hasta tan tardía fecha como 1979 y aún tardarían otros cinco años más hasta llegar al baloncesto FIBA. Aunque tenemos en la cabeza los icónicos lanzamientos de Larry Bird en los 80, lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1990 el triple no fue usado como arma cotidiana de ataque. Por eso, cuando en el Mundial juvenil de 1987 un larguirucho espécimen anotó 11/12 ante los todopoderosos norteamericanos la noticia causó conmoción y corrió como la pólvora en el planeta baloncestístico. Un desconocido había masacrado a Estados Unidos, la realeza del deporte de la canasta.

Toni Kukoc era un jugador nunca visto. Con 2’10 metros de altura y una extrema delgadez se movía cual gacela por todas las partes de la pista. Era un excelso anotador, tenía criterio en la dirección y era capaz de asistir y rebotear con la misma diligencia. Era llamado ‘la pantera rosa’ por su frágil constitución, aunque pronto fue comparado con ‘Fido dido’, el personaje de la bebida espirituosa ‘7up’, muy de moda en esos años. Por si fuera poco era un jugador altruista. Era difícil de odiar. Era imposible no quererlo. En sus años de gloria en Europa gustaba de quedarse en el banquillo cuando su equipo iba ganando para que sus compañeros disfrutasen del partido. Solo pedía a su entrenador saltar a pista cuando observaba que su presencia era necesaria.

En Estados Unidos se habían dado cuenta de que con sus universitarios no era suficiente para ganar al baloncesto europeo en los Juegos Olímpicos y habían empezado a mirar con buenos ojos abrir las fronteras y captar talento extranjero para la NBA. Y en Europa no había más talento que en Yugoslavia. Destacaban Vlade Divac, Drazen Petrovic, Zarko Paspalj, Dino Radja o Aleksander Djordjevic. Pero ninguno tenía un balance talento-coordinación tan excelso como Toni Kukoc.

Así pues, en junio de 1990, poco después de ganar su segunda Copa de Europa con la Jugoplastika de Split y meses antes de ganar el Mundial de baloncesto con Yugoslavia, Toni Kukoc era elegido en el puesto 29 del draft de la NBA por Chicago Bulls. La posición, poca glamurosa con la perspectiva de la actualidad, era magnífica para un jugador europeo de entonces. El equipo, los Bulls de Michael Jordan, el mejor destino posible. La elección fue una decisión personal de Jerry Krause, manager general del equipo, que desde el famoso día del 11/12 en triples estaba obsesionado con fichar a Kukoc.

El problema es que aparte de Krause no había nadie más en los Bulls que quisiese a Kukoc.

En 1990 los Chicago Bulls eran el equipo de Michael Jordan. Pero era un Jordan perdedor. Año tras año la franquicia caía en los playoffs y año tras año los medios se cebaban con Jordan tildándolo de egoísta y de simple matador, obviando todas sus otras excelsas cualidades. Los Bulls aún no habían ganado ningún título. Ni siquiera sabían lo que era jugar una final de la NBA. Jordan exigía refuerzos y amenazaba con marcharse del equipo si la directiva no cumplía con sus demandas. El problema no eran los fichajes en sí. Era el trato. Krause era el típico millonario gordo y seboso de condición sumisa y de carácter débil que no gustaba a nadie. Vale la pena echar un vistazo en Google para ver fotos del personaje. Jordan lo odiaba. Krause presumía ante empresarios y políticos de que gracias a él los Bulls generaban millones de dólares y eran conocidos en todo el mundo. Jordan quería más dinero, más fichajes, pero, sobre todo, más respeto.

Así pues, cuando ese verano Krause comenzó con la caza de Kukoc, Jordan se puso manifiestamente en contra del yugoslavo. Rechazó colaborar con Krause en un viaje de promoción que hizo por Europa y contestaba a los medios con evasivas y con rechazo cuando le preguntaban por aquel desconocido jugador croata. Un día, cuando vio unas imágenes de ‘La Pantera Rosa’ se echó a reír y le auguró un máximo de una semana en Estados Unidos hasta que recibiera los primeros empujones y codazos en la NBA. En otra ocasión, Krause le entregó a Jordan unas cintas de vídeo con imágenes de partidos de Kukoc para que observara por sí mismo su extraordinario potencial. Una vez vistas, le pidió que lo llamase y le dijera que le encantaría que jugase con él en los Bulls.

Jordan levantó la mirada del suelo con asco y ni siquiera contestó a la sugerencia de Krause. Las cintas siguieron guardadas en la misma caja con el logo de los Bulls en las que venían empaquetadas.

Todo esto llegó a oídos de Toni Kukoc, un joven talento de 22 años, pero también un inseguro baloncestista sin la determinación, el deseo y la convicción que podía tener su compatriota Drazen Petrovic. Por si fuera poco, y con la guerra civil yugoslava a punto de estallar, Kukoc se veía incapaz de alejarse de su familia, por lo que declinó firmar por los Bulls y continuar una temporada más en la Jugoplastika de Split.

Pasado el verano, la temporada 1990/91 comenzó, pero Krause no quería dar su brazo a torcer. Tenía 2 millones de dólares de masa salarial reservados para fichar a Kukoc en cualquier momento, por lo que en enero de 1991 nuevamente viajó a Croacia para tratar de meter en vereda al alero de Split. De hecho, se llevó a Europa a un intérprete y a un representante de la comunidad yugoslava de Chicago. Nuevamente fue en vano. Kukoc dijo que no. Que sabía que no sería bien recibido en ese vestuario.

Y ahí todo se torció un poco más.

No hay nada que fastidie más a un deportista que obtenga por negativa la petición de un aumento de sueldo a sabiendas que el club tiene liquidez. Y eso es lo que pasaba en los Chicago Bulls. Se posponían renovaciones y subidas de salario, porque había 2 millones de dólares en reserva para un semidesconocido yugoslavo. El base titular John Paxson y el pívot Bill Cartwright sufrieron negativas por respuesta ante la demanda de ampliación del contrato. Pero el caso más doloroso era el de Scottie Pippen, uno de los valores emergentes en la NBA y además lugarteniente de Jordan. Para más inri, Pippen compartía muchas cualidades con Kukoc y ocupaba el mismo lugar en la pista.

El caso es que Pippen terminaba su contrato en 1991 y veía pasar los meses sin que los Bulls le ofreciesen la renovación, por lo que cuando el viaje de Krause a Croacia de enero trascendió a los medios, la plantilla en bloque decidió tomar cartas en el asunto. Los jugadores se negaron a aparecer en actos oficiales y dejaron de dirigirle la palabra a Krause. El más explícito de todos fue Michael Jordan, quien comunicó a la directiva que abandonaría los Bulls si se fichaba a Kukoc, mientras dejaba un duro recado ante la prensa: “La directiva no está interesada en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mí costa. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese chico”.

A pesar del mal ambiente la temporada siguió su curso y lo hizo con notable éxito para los Bulls, que iban embalados hacía el primer puesto de la temporada regular. Aún hubo un último intento de fichar a Kukoc en marzo, antes de los playoffs. En este caso fue Phil Jackson, entrenador de los Bulls, quien, persuadido por la directiva, llamó telefónicamente a Kukoc prometiéndole un papel importante en el equipo. Pero Kukoc volvió a decir que no. Preguntó por Jordan y Pippen, no obtuvo respuesta, y dijo que no. Había incluso otro problema a mayores. Kukoc tenía una oferta de la Benetton de Treviso que superaba económicamente a la de los Bulls. En aquella época las ‘vedettes’ europeas aún podían darle algún susto a un equipo de la NBA. Y además la ciudad italiana de Treviso tenía la ventaja de estar solo a unas horas en coche de Croacia. Kukoc intentaría en lo sucesivo sacar a sus padres de un país en guerra, pero ante la negativa de sus progenitores, siempre pretendió estar lo más cerca posible de su familia.

Así pues, y tras un último viaje a Europa en primavera con visita a los padres de Kukoc incluida, Krause tuvo que aceptar que no habría fichaje. Llamó a Pippen y le ofreció la renovación, aunque a la baja, y le prometió que si la siguiente temporada Kukoc tampoco aceptaba jugar en la NBA se le subiría el sueldo. Pippen aceptó a regañadientes, pero la ya manía que le tenía al croata se convirtió en un odio visceral. Los Bulls estaban jugando los playoffs por el título cuando se confirmó que Kukoc había firmado por la Benetton. Scottie Pippen fue claro y rotundo con la prensa: “Me parece fantástico. Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato”, soltó de inmediato, mientras Jordan esbozaba una amplia sonrisa detrás de las cámaras.

Tan solo tres semanas más tarde los Chicago Bulls conseguían ganar el título de la NBA al derrotar en la final a Los Ángeles Lakers de Magic Johnson por un claro 4-1. Michael Jordan dejó de tener detractores y se convirtió en el nuevo rey del baloncesto. Scottie Pippen recibía un merecido aumento de sueldo y el resto de jugadores titulares veían ampliados sus contratos. Y mientras, a miles de kilómetros de distancia, Toni Kukoc ganaba por tercer año consecutivo la Copa de Europa y por segunda vez el premio MVP al mejor jugador.

Parecía que el asunto Kukoc había pasado para no volver. Pero a Toni Kukoc aún le quedaba mucho por sufrir.


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