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La Copa de Petrovic

En el verano de 1988 un terremoto sacudió los cimientos del baloncesto FIBA. Drazen Petrovic, el jugador europeo más carismático del momento, decidía firmar por el Real Madrid y plantar al FC Barcelona con el que ya se había comprometido verbalmente. Contrariamente a lo que dictaría la lógica, la decisión provocó un cataclismo en la casa blanca. Petrovic era el enemigo público número 1 de los merengues. Más bien era el enemigo público número 1 de medio Continente. Durante un lustro había sometido y humillado al Real Madrid en varias ediciones de la Copa de Europa con escupitajos, manotazos y vaciles varios. Cuando el partido ya estaba ganado gustaba de inventar malabares con el balón en el medio campo mientras hacía muecas al banquillo rival. Un hombre correcto, educado y disciplinado como Corbalán llegó a perder los nervios y declarar que le gustaría arrancarle la cabeza a Petrovic tras la victoria de la Cibona de Zagreb ante el Real Madrid en la final de la Copa de Europa de 1985. No sonaba a creíble. Un desaliñado lituano de 2’21 metros de altura declaró lo mismo meses más tarde cuando perdió ante los croatas la final de 1986. Era un pívot del Zalguiris llamado Arvydas Sabonis y su amenaza más valía tomarla en serio.

Por eso, cuando Petrovic decidió fichar por el Madrid y abandonar a la odiada Cibona hubo desbandada en el vestuario merengue. Del Corral, Iturriaga y Corbalán decidieron marcharse. Otros, caso de Fernando Martín, resolvieron quedarse, pero pasarían un año de perros al lado del genio croata.

Petrovic solo estuvo un año en el Real Madrid. En el verano de 1989 dispuso probar fortuna en la NBA y colocó sobre la mesa los dólares necesarios para jugar en Portland Trail Blazers. Así pues, sólo estuvo un año en España. Pero fue una temporada muy intensa en la que compaginó luces y sombras. En el haber, los 62 puntos logrados en la final de la Recopa ante el Caserta en una borrachera de lanzamientos y juego de pies del escolta de Sibenik. En el debe, la derrota en la final de la Liga ACB (la llamada ‘Liga de Petrovic’) ante el FC Barcelona por un global de 3-2, en una serie en la que Petrovic fue secado en defensa por el dueto azulgrana formado por Nacho Solozábal y Chicho Sibilio.

Pero antes de todo eso tuvo lugar la fase final de la Copa del Rey, el torneo más atractivo del baloncesto español con siete partidos a vida o muerte comprimidos en un largo fin de semana. El formato de 1989 presentaba la novedad de celebrarse en función multisede. Con la llegada de los fondos europeos de cohesión, los distintos gobiernos autonómicos decidieron promocionarse de diferentes formas. Aquel año, la Xunta de Galicia dispuso impulsar el Xacobeo, una festividad religiosa en honor a Santiago Apóstol que desde entonces ha pasado a ser también turística. La Copa (al igual que ocurriría en el también Año Santo de 1993) se paseó por la geografía gallega para promocionar a la vieja Gallaecia por los distintos rincones de la llamada piel de toro.

Los cuartos de final se repartieron entre Santiago, Ourense y Vigo, ésta última urbe con ración doble. Todos los favoritos ganaron con facilidad. El Real Madrid venció al Huesca (88-64), el Joventut al Estudiantes (86-71), el FC Barcelona al Fórum de Valladolid (91-80), y el partido más entretenido fue el que enfrentó al CAI Zaragoza contra el Caja de Ronda de Málaga (115-110). -Nota: Este tipo de viajes al pasado siempre es útil para recordar como el deporte español ha vivido de subvenciones públicas en las que las cajas de ahorro han tenido un papel primordial-.

La primera semifinal enfrentó en la naval y militar ciudad de Ferrol a Real Madrid y Joventut de Badalona. Los catalanes tenían un excelente conjunto de jóvenes apunto de eclosionar liderados por Jordi Villacampa, un excelso y fornido tirador, un cerebral base que respondía al nombre de Rafa Jofresa y una pareja interior constituida por Reggie Johnson y Juanan Morales, un pívot español de más de siete pies, algo infrecuente en el baloncesto hispano. Se contaba con que el encuentro fuese igualado, pero el Real Madrid pasó por encima del Joventut y venció con suma facilidad (99-74).

La segunda semifinal tuvo lugar en la agropecuaria y romana ciudad de Lugo y enfrentó al FC Barcelona y al CAI Zaragoza. Los aragoneses eran los más flojos semifinalistas pero tenían en sus filas a Mel Turpin, una fuerza de la naturaleza que había tenido que renunciar a la NBA por problemas de peso. De hecho, se le conocía como ‘Mel Dinner Bell’ (Mel hora de cenar). El CAI llegó a ir por delante en la primera mitad e incluso consiguió acercase a pocos minutos del final, pero finalmente el Barça ganó con solvencia (88-78).

La final tuvo lugar el 17 de noviembre de 1988 en A Coruña, la ciudad de cristal donde según la leyenda Hércules derrotó a Gerión y edificó sobre su calavera la famosa Torre que contempla la inmensidad del Atlántico. Algo más de 8.000 personas se reunieron en el Palacio de los Deportes de Riazor para presenciar la lucha entre el Real Madrid y el FC Barcelona. El quinteto de los blancos estaba integrado por Drazen Petrovic, Chechu Biriukov, Johhny Rogers, Fernando Martín y el coruñés Fernando Romay. Por parte de los azulgranas saltaron a la pista Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’, Andrés Jiménez, Granville Waiters y Audie Norris. En una época donde los titulares superaban con facilidad los 30 minutos por partido, los suplentes prácticamente no tenían incidencia. Por parte madrileña José Luis Llorente como base sustituto y Pep Cargol como alero defensor tenían minutos, y por parte barcelonesa importaban el base suplente Quim Costa y el escolta tirador Xavi Crespo. El Real Madrid contaba con la baja por lesión de Antonio Martín y el FC Barcelona no podía alinear ni a Chicho Sibilio ni al ala-pívot Steve Trumbo. Las bajas azulgranas eran mucho más sensibles y, de hecho, la ausencia de Trumbo había posibilitado el fichaje de Waiters, uno de tantos temporeros que pueblan el mundo del baloncesto. El entrenador del Real Madrid era Lolo Sainz, leyenda como jugador y como técnico. El entrenador del FC Barcelona era Aíto García Reneses, modesto jugador, pero que con el tiempo pasaría a ser considerado el mejor técnico en la historia del baloncesto hispano.

El partido se televisó por el segundo canal de TVE a las 20:30 horas. Fue uno de los programas más vistos de la década. Estaban el Madrid y el Barça. Estaba Petrovic. Y el baloncesto vivía sus años dorados aquí y allende los mares. Tras el éxito de la selección española en los Juegos Olímpicos de 1984 y hasta el estrepitoso fracaso en los de Barcelona en 1992, el baloncesto compitió y hasta en ciertos momentos llegó a superar al fútbol. Los sábados de finales de la década de 1980 la programación radiofónica giraba en torno al deporte de la canasta con enviados especiales y narraciones de todos los partidos de la ACB.

El partido comenzó con Petrovic anotando los cuatro primeros puntos del choque. Parecía que se iba a repetir la exhibición de la tarde anterior cuando el croata le endosó 34 al Joventut, pero el Barça era un equipo con muchas más tablas. Aito diseñó un partido lento donde Norris y Jiménez llevasen la iniciativa debajo de los aros. Los azulgranas consiguieron un parcial de 0-10 y se pusieron por delante. Norris anotaba con facilidad delante de Fernando Martín y ampliaba la diferencia (10-19) y (21-29), mientras que Solozábal coceaba a Petrovic y hasta le sacaba las uñas dejando un rastro de sangre en el escolta blanco.

Fue entonces cuando Petrovic demostró porque era ese tipo de jugador que forma parte de una estirpe especial. Estaba realizando un discreto partido y el Barça se estaba escapando, pero en un fogonazo anotó un par de triples que acercaban al Madrid a cinco puntos antes de irse al descanso (43-48).

En la reanudación, Petrovic volvió a sacar la artillería para poner un parcial de 7-0 y adelantar al Real Madrid en el marcador. Fue ahí cuando el Barça perdió el partido. Liderado por José Luis Llorente, los blancos pusieron una marcha más y anotando Petrovic desde el exterior y Rogers desde el interior desarbolaron al Barça. Los catalanes notaron en exceso el cansancio y la falta de dos jugadores clave para poco a poco desconectarse del partido (75-66). Luego Petrovic se dedicó a juguetear con el balón como tantas veces en el pasado había hecho y aseguró la victoria a base de tiros libres para un definitivo 85-81.

Al final Petrovic acabó con 27 puntos y Johhny Rogers con 23, mientras que en el Barça Epi se fue hasta los 20 y Audie Norris dominó el juego interior con 15 puntos y 15 rebotes hasta que sus rodillas le dijeron basta.

Era noviembre, y parecía el primero de muchos triunfos para Petrovic. La realidad es que fue el inicio del fin. Sólo iban tres meses de temporada. Hasta entonces Petrovic se había esforzado por integrarse en el vestuario blanco. Había aceptado que Fernando Martín llevase la voz cantante y que el juego basculase entre él y el pívot madrileño. Aquella Copa del Rey rompió con tan frágil proyecto. Petrovic fue amo y señor del choque ante el Joventut y ante el Barça amasó el balón en los momentos decisivos y prefirió confiar en el americano Johnny Rogers en vez de con Martín a la hora de doblar el balón. Rogers era un recién llegado como Petrovic y ambos abandonarían el equipo al finalizar la temporada. Era un genio, pero no había quien fuese capaz de lidiar con semejante ego.

“Drazen Petrovic se convertirá con toda seguridad en una figura (…) Ahora bien, si para ser tan buen jugador hay que ser tan indeseable, prefiero jugar como un mediocre. Y sin tener que sacar la lengua ni poner ese careto.” El entonces madridista Juan Manuel López Iturriaga evaluando a Petrovic cuando aún tenía 22 años y jugaba en la Cibona de Zagreb.

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Bullying a Toni Kukoc (2ª parte)

Tras conseguir el título de la NBA en la temporada 1990/91, los Chicago Bulls repitieron hazaña en la campaña 1991/92. Michael Jordan estaba a un nivel sideral y Scottie Pippen se había convertido en uno de los mejores jugadores del mundo. Mientras tanto, Toni Kukoc era el líder que permitía a la Benetton de Treviso ganar la primera liga italiana de su historia. Todo iba bien para unos y para otros, y en todo aquel año no hubo movimiento alguno para que Kukoc fuese a la NBA. El asunto se daba por concluido. Jordan y Pippen no lo querían allí y a Kukoc le daba pánico cruzar el charco y recalar en los Chicago Bulls.

Llegó el verano, y al acabar la temporada de 1992 se disputaron en Barcelona los Juegos Olímpicos. En el torneo de baloncesto, el sorteo fue caprichoso he hizo que en primera ronda coincidieran en el mismo grupo Estados Unidos y Croacia. Ambos equipos estaban ya matemáticamente clasificados para cuartos de final cuando les toco medirse, pero Pippen consideró el encuentro como el más importante de su carrera. Pidió expresamente cubrir a Kukoc y midió sus minutos en pista en función de los del alero croata. Por si fuese poco, Pippen contaba con la inestimable ayuda defensiva de Jordan para ejecutar un 2 contra 1 cuando le hiciese falta. El bullying a Kukoc pasaba de las declaraciones a la prensa a la pista de juego. Kukoc, asfixiado y atosigado, acabó con un paupérrimo 2/11 en el tiro y acumuló 7 pérdidas de balón ante la satisfecha sonrisa de Pippen que, visiblemente contento, mandaba un recado a la directiva de los Bulls al término del choque: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viese por televisión. Quería avergonzar a Kukoc ya que no puedo jugar contra Krause y la directiva. Le di la mano a Kukoc antes y después del partido. No se me puede reprochar nada”, declaró. Lo cierto es que tanto Jordan como Pippen eran dos consumados defensores, pero mientras que Jordan era un competidor nato, en raras ocasiones se había visto a Pippen comportarse con tal agresividad ante un rival. Sus ojos irradiaban odio.

Sin embargo, unos días después Estados Unidos y Croacia volvieron a enfrentarse con motivo de la final olímpica. En esta ocasión el fuego era real y los estadounidenses volvieron a ganar con claridad, cómo era lo esperado, pero Kukoc completó un gran encuentro con 16 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes. Consiguió zafarse de Pippen y hasta tuvo un par de buenas acciones en las que consiguió rebasar a Jordan.

Debió ser tan buena la actuación del croata, que al acabar el encuentro Jordan, en el éxtasis del triunfo, se acercó a Kukoc, le estrechó la mano, y tras darle un abrazo le dijo que le gustaría que jugase con él en Chicago.

Michael Jordan había separado las aguas turbias del Mar Rojo y Kukoc tenía el camino libre para acceder a la NBA. Pero la aceptación de Jordan no hizo otra cosa sino aumentar la cólera de Pippen.

Aún pasaría un año más, pero en el verano de 1993 Kukoc decidió que no tenía nada más que ganar en Europa y con 25 años resolvió rescindir su contrato italiano y probar fortuna en los Chicago Bulls. Tenía el beneplácito de la directiva, pero lo que era más importante, mucho más importante, tenía el beneplácito de ‘Air’ Jordan en persona.

El problema es que Jordan no iba a estar allí para recibirlo. En el mes de julio el padre de Jordan fue víctima de un atraco, tras el cual fue abatido a tiros por sus asaltantes. El shock fue tan colosal que Jordan anunciaba su primera retirada del baloncesto profesional. Los Bulls de Jordan pasaban a ser los Bulls de Pippen.

Como ya sabemos, había varios jugadores en la plantilla que no querían a Kukoc. Y había uno que lo odiaba en lo más profundo de sus entrañas. Y ese era Scottie Pippen.

La temporada 1993/94, la primera de Kukoc en la NBA, fue la temporada de Pippen. Sin Jordan a su lado, Pippen asumió toda la responsabilidad y se erigió en el líder del equipo llevándolo al tercer puesto de la liga regular, cuando en algunos mentideros de la liga se asumía la caída en picado de los Bulls. Para Toni Kukoc fue una temporada muy complicada. Saliendo desde el banquillo tuvo que pelear minuto a minuto se participación en el equipo, y no sería hasta bien entrada la temporada cuando su peso en la rotación pasase a ser definitorio. Aun así, raras eran las veces en las que Pippen y Kukoc coincidían en pista y más raro aún era ver una asistencia del estadounidense para canasta del europeo. A fin de cuentas uno era una estrella y el otro era un novato. Kukoc lo pasó mal. Muy mal. Y no sólo en el aspecto deportivo. Los peores años de la guerra en Croacia habían acaecido, pero seguía temiendo por su familia a miles de kilómetros de casa. Había roto relaciones con jugadores como Djordjevic, Divac o Danilovic, amigos y ex compañeros de origen serbio, y recientemente había fallecido en accidente de tráfico Drazen Petrovic, el alma mater de la selección croata y el jugador europeo más relevante de la NBA.

Estaba muy solo.

A trompicones con la llegada de la primavera también llegaron los playoffs y los Chicago Bulls se enfrentaban a los New York Knicks. Por vez primera en un lustro los primeros no eran los favoritos. Los Knicks ganaron los dos encuentros inaugurales en casa y se disponían a sentenciar la serie en el tercer encuentro a domicilio. A falta de 17 segundos para el final de ese choque Scottie Pippen dispuso de una oportunidad para ganar el partido, pero fue incapaz de zafarse de su defensor y acabó lanzando a la desesperada por encima del tablero. Su frustración, como no, fue a parar a Kukoc al que le recriminó que no le apoyara con un bloqueo. En la siguiente posesión Ewing empató para New York. A falta de 2 segundos para el final el marcador era 102-102 con posesión para los Bulls.

Tiempo muerto.

Todo hacía indicar que el partido iría a la prórroga si Pippen no lo remediaba con un lanzamiento salvador.

Eso es lo que dictaba la lógica, pero Phil Jackson, entrenador de los Bulls, preparó un aclarado para que el último tiro corriera a cargo de Toni Kukoc. Cuando Pippen observó en la pizarra lo que había dibujado su entrenador se sentó en el banquillo y en una mezcla de ataque de petulancia y pataleta infantil soltó: “Si esa es la jugada, yo no juego más. Me quedo aquí sentado”. Jackson perdió los nervios y le llamó de todo, pero Pippen se mantuvo en sus trece y en la última jugada del partido la estrella de los Bulls no iba a estar presente.

Es cierto que Kukoc ya había anotado un tiro ganador contra Indiana en esa temporada, pero que fuese el elegido en un partido de playoffs era toda una declaración de intenciones por parte de Phil Jackson.

Y así, con sólo 13 minutos de juego en el partido, con un estado de ánimo próximo a la depresión y bajo la gélida mirada de Pippen, Toni Kukoc recibió el balón en la parte superior de la bombilla, y, tras un escorzo de 180 grados, anotaba una increíble canasta que hacía estallar de júbilo al pabellón y que daba la victoria a los Chicago Bulls.

A partir de ahí todo cambió para Kukoc. Fue aceptado de pleno por el resto de la plantilla, mientras que Pippen pasó a ser el villano para los medios. Los Bulls acabarían perdiendo la serie ante los Knicks tras una estúpida falta intencionada de Pippen en el quinto partido. No le quedó más remedio que pedir perdón, aunque lo hizo a su manera: “Pedí disculpas a Phil (el entrenador) y al resto del equipo. No creo que deba pedírselas a nadie más”.

A mediados de la temporada siguiente Michael Jordan decidió que el duelo por su padre ya se había acabado y retornó a la NBA. Los Chicago Bulls consiguieron tres títulos de forma consecutiva (1996, 1997 y 1998) con un equipo legendario formado por el mejor jugador de todos los tiempos, Ron Harper, Dennis Rodman y, por supuesto, Scottie Pippen y Toni Kukoc.

Kukoc nunca llegó a ser el jugador que había deslumbrado en Europa. En Estados Unidos fue obligado a aumentar en casi 15 kilos su peso corporal y perdió en movilidad y plasticidad. Fue reciclado a jugar como alero alto y se convirtió en un especialista en el tiro, aunque mantuvo intacta su extraordinaria visión de juego. Fue jugador capital en los 3 títulos de los Bulls y alargó su carrera hasta los 38 años manteniéndose como un hombre de rotación importante en la NBA. Pippen no consiguió sacarse el estigma de escudero de Jordan y aunque el paso del tiempo le hizo ganarse el respeto de público y crítica, nunca llegó a ser el macho alfa ni en los Bulls, ni en posteriores aventuras en los Rockets y en los Trail Blazers.

Hoy en día Kukoc y Jordan son buenos amigos y pareja habitual en torneos de golf. Pippen y Kukoc limaron asperezas y, aunque no tienen gran amistad, mantienen una relación cordial e incluso coincidieron en labores de despacho en los Bulls una vez retirados.

Kukoc: “Jordan y Pippen me torturaron, pero no cambiaría ni una sola cosa de mi carrera en la NBA. Ni siquiera la experiencia de pasar por esos primeros momentos duros. Ganar títulos es impagable”.

Pippen: “Nos aprovechamos de un chico muy joven. Y creo que habíamos escuchado tanto sobre Kukoc que pensamos que teníamos mucho que demostrarle. Tenía claro que iba a darle duro (…) No fui justo con él, pero realmente creo que fue bueno para él todo por lo que pasó”.

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Bullying a Toni Kukoc (1ª parte)

Los triples no llegaron a la NBA hasta tan tardía fecha como 1979 y aún tardarían otros cinco años más hasta llegar al baloncesto FIBA. Aunque tenemos en la cabeza los icónicos lanzamientos de Larry Bird en los 80, lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1990 el triple no fue usado como arma cotidiana de ataque. Por eso, cuando en el Mundial juvenil de 1987 un larguirucho espécimen anotó 11/12 ante los todopoderosos norteamericanos la noticia causó conmoción y corrió como la pólvora en el planeta baloncestístico. Un desconocido había masacrado a Estados Unidos, la realeza del deporte de la canasta.

Toni Kukoc era un jugador nunca visto. Con 2’10 metros de altura y una extrema delgadez se movía cual gacela por todas las partes de la pista. Era un excelso anotador, tenía criterio en la dirección y era capaz de asistir y rebotear con la misma diligencia. Era llamado ‘la pantera rosa’ por su frágil constitución, aunque pronto fue comparado con ‘Fido dido’, el personaje de la bebida espirituosa ‘7up’, muy de moda en esos años. Por si fuera poco era un jugador altruista. Era difícil de odiar. Era imposible no quererlo. En sus años de gloria en Europa gustaba de quedarse en el banquillo cuando su equipo iba ganando para que sus compañeros disfrutasen del partido. Solo pedía a su entrenador saltar a pista cuando observaba que su presencia era necesaria.

En Estados Unidos se habían dado cuenta de que con sus universitarios no era suficiente para ganar al baloncesto europeo en los Juegos Olímpicos y habían empezado a mirar con buenos ojos abrir las fronteras y captar talento extranjero para la NBA. Y en Europa no había más talento que en Yugoslavia. Destacaban Vlade Divac, Drazen Petrovic, Zarko Paspalj, Dino Radja o Aleksander Djordjevic. Pero ninguno tenía un balance talento-coordinación tan excelso como Toni Kukoc.

Así pues, en junio de 1990, poco después de ganar su segunda Copa de Europa con la Jugoplastika de Split y meses antes de ganar el Mundial de baloncesto con Yugoslavia, Toni Kukoc era elegido en el puesto 29 del draft de la NBA por Chicago Bulls. La posición, poca glamurosa con la perspectiva de la actualidad, era magnífica para un jugador europeo de entonces. El equipo, los Bulls de Michael Jordan, el mejor destino posible. La elección fue una decisión personal de Jerry Krause, manager general del equipo, que desde el famoso día del 11/12 en triples estaba obsesionado con fichar a Kukoc.

El problema es que aparte de Krause no había nadie más en los Bulls que quisiese a Kukoc.

En 1990 los Chicago Bulls eran el equipo de Michael Jordan. Pero era un Jordan perdedor. Año tras año la franquicia caía en los playoffs y año tras año los medios se cebaban con Jordan tildándolo de egoísta y de simple matador, obviando todas sus otras excelsas cualidades. Los Bulls aún no habían ganado ningún título. Ni siquiera sabían lo que era jugar una final de la NBA. Jordan exigía refuerzos y amenazaba con marcharse del equipo si la directiva no cumplía con sus demandas. El problema no eran los fichajes en sí. Era el trato. Krause era el típico millonario gordo y seboso de condición sumisa y de carácter débil que no gustaba a nadie. Vale la pena echar un vistazo en Google para ver fotos del personaje. Jordan lo odiaba. Krause presumía ante empresarios y políticos de que gracias a él los Bulls generaban millones de dólares y eran conocidos en todo el mundo. Jordan quería más dinero, más fichajes, pero, sobre todo, más respeto.

Así pues, cuando ese verano Krause comenzó con la caza de Kukoc, Jordan se puso manifiestamente en contra del yugoslavo. Rechazó colaborar con Krause en un viaje de promoción que hizo por Europa y contestaba a los medios con evasivas y con rechazo cuando le preguntaban por aquel desconocido jugador croata. Un día, cuando vio unas imágenes de ‘La Pantera Rosa’ se echó a reír y le auguró un máximo de una semana en Estados Unidos hasta que recibiera los primeros empujones y codazos en la NBA. En otra ocasión, Krause le entregó a Jordan unas cintas de vídeo con imágenes de partidos de Kukoc para que observara por sí mismo su extraordinario potencial. Una vez vistas, le pidió que lo llamase y le dijera que le encantaría que jugase con él en los Bulls.

Jordan levantó la mirada del suelo con asco y ni siquiera contestó a la sugerencia de Krause. Las cintas siguieron guardadas en la misma caja con el logo de los Bulls en las que venían empaquetadas.

Todo esto llegó a oídos de Toni Kukoc, un joven talento de 22 años, pero también un inseguro baloncestista sin la determinación, el deseo y la convicción que podía tener su compatriota Drazen Petrovic. Por si fuera poco, y con la guerra civil yugoslava a punto de estallar, Kukoc se veía incapaz de alejarse de su familia, por lo que declinó firmar por los Bulls y continuar una temporada más en la Jugoplastika de Split.

Pasado el verano, la temporada 1990/91 comenzó, pero Krause no quería dar su brazo a torcer. Tenía 2 millones de dólares de masa salarial reservados para fichar a Kukoc en cualquier momento, por lo que en enero de 1991 nuevamente viajó a Croacia para tratar de meter en vereda al alero de Split. De hecho, se llevó a Europa a un intérprete y a un representante de la comunidad yugoslava de Chicago. Nuevamente fue en vano. Kukoc dijo que no. Que sabía que no sería bien recibido en ese vestuario.

Y ahí todo se torció un poco más.

No hay nada que fastidie más a un deportista que obtenga por negativa la petición de un aumento de sueldo a sabiendas que el club tiene liquidez. Y eso es lo que pasaba en los Chicago Bulls. Se posponían renovaciones y subidas de salario, porque había 2 millones de dólares en reserva para un semidesconocido yugoslavo. El base titular John Paxson y el pívot Bill Cartwright sufrieron negativas por respuesta ante la demanda de ampliación del contrato. Pero el caso más doloroso era el de Scottie Pippen, uno de los valores emergentes en la NBA y además lugarteniente de Jordan. Para más inri, Pippen compartía muchas cualidades con Kukoc y ocupaba el mismo lugar en la pista.

El caso es que Pippen terminaba su contrato en 1991 y veía pasar los meses sin que los Bulls le ofreciesen la renovación, por lo que cuando el viaje de Krause a Croacia de enero trascendió a los medios, la plantilla en bloque decidió tomar cartas en el asunto. Los jugadores se negaron a aparecer en actos oficiales y dejaron de dirigirle la palabra a Krause. El más explícito de todos fue Michael Jordan, quien comunicó a la directiva que abandonaría los Bulls si se fichaba a Kukoc, mientras dejaba un duro recado ante la prensa: “La directiva no está interesada en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mí costa. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese chico”.

A pesar del mal ambiente la temporada siguió su curso y lo hizo con notable éxito para los Bulls, que iban embalados hacía el primer puesto de la temporada regular. Aún hubo un último intento de fichar a Kukoc en marzo, antes de los playoffs. En este caso fue Phil Jackson, entrenador de los Bulls, quien, persuadido por la directiva, llamó telefónicamente a Kukoc prometiéndole un papel importante en el equipo. Pero Kukoc volvió a decir que no. Preguntó por Jordan y Pippen, no obtuvo respuesta, y dijo que no. Había incluso otro problema a mayores. Kukoc tenía una oferta de la Benetton de Treviso que superaba económicamente a la de los Bulls. En aquella época las ‘vedettes’ europeas aún podían darle algún susto a un equipo de la NBA. Y además la ciudad italiana de Treviso tenía la ventaja de estar solo a unas horas en coche de Croacia. Kukoc intentaría en lo sucesivo sacar a sus padres de un país en guerra, pero ante la negativa de sus progenitores, siempre pretendió estar lo más cerca posible de su familia.

Así pues, y tras un último viaje a Europa en primavera con visita a los padres de Kukoc incluida, Krause tuvo que aceptar que no habría fichaje. Llamó a Pippen y le ofreció la renovación, aunque a la baja, y le prometió que si la siguiente temporada Kukoc tampoco aceptaba jugar en la NBA se le subiría el sueldo. Pippen aceptó a regañadientes, pero la ya manía que le tenía al croata se convirtió en un odio visceral. Los Bulls estaban jugando los playoffs por el título cuando se confirmó que Kukoc había firmado por la Benetton. Scottie Pippen fue claro y rotundo con la prensa: “Me parece fantástico. Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato”, soltó de inmediato, mientras Jordan esbozaba una amplia sonrisa detrás de las cámaras.

Tan solo tres semanas más tarde los Chicago Bulls conseguían ganar el título de la NBA al derrotar en la final a Los Ángeles Lakers de Magic Johnson por un claro 4-1. Michael Jordan dejó de tener detractores y se convirtió en el nuevo rey del baloncesto. Scottie Pippen recibía un merecido aumento de sueldo y el resto de jugadores titulares veían ampliados sus contratos. Y mientras, a miles de kilómetros de distancia, Toni Kukoc ganaba por tercer año consecutivo la Copa de Europa y por segunda vez el premio MVP al mejor jugador.

Parecía que el asunto Kukoc había pasado para no volver. Pero a Toni Kukoc aún le quedaba mucho por sufrir.

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El partido prohibido. Negros contra blancos

En 1944 los estadounidenses de raza negra eran seres humanos de segunda categoría. Sí, es cierto, desde 1865 eran libres, pero no tenían los mismos derechos que el resto de sus compatriotas. No sólo le sucedía a los negros, también a los latinos, a los asiáticos e incluso a algún que otro eslavo. Y no sólo ocurría con los negros de Estados Unidos, sino también con los que residían en otras partes del globo. Pero el hecho de que la tierra de la libertad, la nación que enarbolaba y enarbola la bandera de la democracia hiciera tal distinción entre seres iguales, era algo, cuanto menos, chirriante.

Por entonces negros y blancos compartían país pero no vida. Escuelas, tiendas, restaurantes, trenes o lavabos estaban segregados evitando en la medida de lo posible que negros y blancos se relacionasen. Concretamente la ley establecía de forma tajante que “quedaba prohibida la actividad compartida entre seres humanos de raza blanca con los de raza negra”.

Obviamente lo mismo ocurría en el deporte. No es que no pudiesen jugar entre ellos, es que ni siquiera se podían enfrentar blancos contra negros. Negros contra blancos.

Jack Burgess era un estudiante de Montana, uno de los estados menos poblados de EE.UU. Montañoso y fronterizo con Canadá tenía y tiene una paupérrima densidad de habitantes por kilómetro cuadrado. En Montana no existían leyes raciales, básicamente porque apenas había negros. Por eso Burgess no podía tener una educación racista y por eso Burgess no entendía porque blancos y negros no podían competir en un partido de baloncesto, su deporte favorito.

Tras acabar el instituto Burgess se trasladó a la ciudad de Durham, en Carolina del Norte, en la otra punta del país, para comenzar sus estudios universitarios. Joven de familia acomodada, Burgess se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Duke. A parte de hincar los codos, Jack formaba parte del equipo de baloncesto de Duke, uno de los programas formativos de basket más relevantes del mundo. A mediados de la temporada 1943-44 estaban invictos.

Ferviente creyente, Burgess tenía contacto con varios alumnos del otro centro de estudios de la ciudad, la Universidad para Negros de Carolina del Norte (hoy en día Universidad Central de Carolina del Norte). Ambos, blancos y negros, se reunían en la iglesia y compartían confidencias en el único lugar donde ambas razas se podían mezclar sin el repudio social. A través de esos fructíferos contactos a Burgess se le ocurrió organizar un partido de baloncesto entre ambas universidades.

Las dos partes estaban de acuerdo. Los blancos estaban invictos en la liga universitaria de blancos. Los negros llevaban un récord de 28-1 aquella temporada de la liga universitaria de negros. Ambos querían enfrentarse y ambos conjuntos pensaban que eran los mejores.

El problema era como disputar un partido en el más absoluto secreto. Era un partido prohibido. Era 1944.

Se puso como fecha el domingo 12 de marzo a las 12.00 de la mañana. Se escogió ese momento porque se pensaba que la mayoría de la población de la ciudad (incluidos los agentes de policía) o bien estarían durmiendo o bien estarían en la iglesia. El pabellón elegido fue el de la Universidad para Negros. Hubo que robar las llaves para poder entrar en las instalaciones. Ningún chaval tenía los arrestos necesarios para pedírselas a un miembro de la junta académica.

El gran problema era como aquellos chicos (sobre todo los visitantes de Duke) se iban a acercar al pabellón sin ser vistos. Declinaron hacerlo en autobús y resolvieron ir en varios coches alquilados. Tuvieron que dar varias vueltas por la ciudad para no ir por la ruta habitual. Cuando bajaron de los vehículos llevaban sombreros y sudaderas tapándoles la cara para que nadie los reconociese.

Una vez dentro cerraron el pabellón y bajaron las luces. En el interior estaban los jugadores, entrenadores, el árbitro y un periodista de ´The Carolina Times´ bajo promesa de no publicar nada al respecto. El plumilla estaba en aquel pabellón para hacer de testaferro.

Según lo que contaron años más tarde, tanto unos como otros, el encuentro fue un cúmulo de nervios y sentimientos exacerbados. Nadie sabía lo que podía pasar si había un golpe o un enfrentamiento. Los blancos no querían hacerle faltas a los negros porque temían las consecuencias. Lo mismo sucedía en el lado opuesto de la pista. Todos, absolutamente todos, dijeron que el resultado era lo de menos.

Pero el resultado no era lo de menos.

Universidad Negra de Carolina del Norte 88-44 Universidad de Duke.

Los negros corrían, driblaban, saltaban y eran agresivos. Los puristas blancos, acostumbrados a dar pases y más pases y a hacer lanzamientos seguros, minusvaloraban un tipo de baloncesto calificado de circense. Una vez que unos y otros jugaron entre sí se demostró que el espectáculo además de circense era efectivo. Muy efectivo.

Para aquellos jóvenes fue un shock. Pero fue un shock pasajero. No se puede decir que hubiese un antes y un después porque el encuentro fue clandestino. Pasarían años antes de que un negro jugase en la NBA y décadas antes de que un negro fuese entrenador de una escuadra profesional.

Pero, lo gordo, lo verdaderamente gordo, ocurrió al finalizar el encuentro. Comprobada la superioridad de los negros, alguien lanzó la pregunta más esperada, ¿y si jugamos otro partido y nos mezclamos para que sea más igualado? Todas las barreras raciales estaban a punto de saltar por los aires.

Jugaron una pachanga todos contra todos, blancos con negros y negros con blancos. Al acabar el encuentro, los negros (los anfitriones) invitaron a los blancos (los visitantes) a tomar unas cervezas. Por supuesto en los vestuarios y a escondidas. Era inviable salir a la luz del día. “Fue un día de alegría. Todos éramos hijos de Dios”, manifestó uno de los chicos.

Todo esto estuvo en el más absoluto secreto hasta cinco décadas más tarde. Hasta la década de 1990. Fue entonces cuando el historiador Scott Ellsworth decidió entrevistar a John McLendon en un estudio sobre la historia del baloncesto negro. McLendon era una leyenda por haber sido el primer entrenador negro en una universidad blanca, el primer entrenador negro en unos Juegos Olímpicos, uno de los primeros entrenadores profesionales….y también había sido el entrenador de la Universidad Negra de Carolina del Norte en 1944.

McLendon habló largo y tendido de lo que ocurrió aquella mágica mañana en la que varios chavales decidieron romper con los cánones establecidos. El partido secreto salió de la clandestinidad y de pronto se convirtió en un mito. Los chicos que quedaban vivos empezaron a dar entrevistas y la NBA difundió la historia y cumplió haciéndoles varios homenajes.

“Los deportes tienen el poder de cambiar el mundo. Tienen el poder de inspirar. Tienen el poder de unir a la gente. Puede crear esperanza donde antes solo hubo desesperanza. El deporte es más poderoso que el gobierno para acabar con el racismo”. Nelson Mandela

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Iniesta y Navarro. Dos formas de decir adiós

Se dice que una leyenda es un relato maravilloso que tiene origen en un hecho histórico. El paso del tiempo y las fuentes orales contribuyen a ensalzar los hechos y a añadir datos que no son ciertos. Con el paso de los años, que bien pueden ser siglos, la leyenda se convierte en relato, y ese relato se entremezcla con la historia. Esta semana, he leído en múltiples artículos que Juan Carlos Navarro ya es leyenda. Lo correcto sería decir que lo será, porque aún están muy recientes todas sus hazañas, pero lo cierto es que ha metido tantas canastas y de formas tan diversas con rachas imposibles y penetraciones anárquicas, que en el imaginario colectivo de su carrera ya hemos mezclado la realidad con la ficción y lo hemos convertido en leyenda.

El adiós de Juan Carlos Navarro ha coincidido con el de Andrés Iniesta, ambos iconos del FC Barcelona, del deporte español y del baloncesto europeo en el caso del primero y del fútbol mundial en el caso del segundo. Son dos deportistas admirados dentro y fuera de nuestras fronteras. Por su juego y por su forma de expresarse y de ver la vida. Es preciso indicar que Iniesta no se ha retirado y sigue dando clases magistrales de fútbol en Japón, pero para los efectos es como si lo estuviera. No está en el foco ni está para alardes.

Manchego uno y catalán el otro, ambos ingresaron en las categorías inferiores del FC Barcelona con 12 años. El primero debutó con la primera plantilla con 18 años y con 22 ya era campeón de Europa. El segundo se estrenó un poco antes, con 17, pero también con 22 era campeón de Europa. Y ambos fueron decisivos para que España ganase su primer Mundial tanto en fútbol como en baloncesto.

Hay muchas similitudes entre Iniesta y Navarro. La primera es cuantificable; el palmarés. Iniesta ha logrado hasta el momento (a expensas de lo que haga en Japón) 32 títulos con el FC Barcelona y 3 con España. Navarro ha colgado las botas con 23 títulos con su club y 3 con España a mayores de 3 medallas olímpicas. La segunda similitud sólo se mide con intangibles, y es la huella que han dejado en el deporte y en la sociedad.

El éxito de estos dos genios radica en que son dos de los nuestros. Dos chicos corrientes que han hecho de lo normal algo extraordinario. Iniesta (1,71) y Navarro (1,93), deportistas vulgares para sus disciplinas que se han hecho grandes al perfeccionar un elemento técnico y convertirlo en arte para así poder competir ante gigantes.

¿Quién no ha intentado nunca lanzar una bomba? Es un tiro que nace de la necesidad. Del pobre ante el rico. Del pequeño ante el grande. Todos hemos hecho ese lanzamiento alguna que otra vez pero sólo Navarro lo convirtió en arte. Nunca estaba quieto. Trote cansino, búsqueda de espacios, cambio de ritmo y canasta cual relámpago. Veía toda la pista y al galope paraba y escogía la mejor opción. Los rivales le agarraban de la camiseta y del pantalón, le aplicaban llaves de lucha libre o le tiraban codazos de carga policial, pero nunca pudieron pararlo porque jamás fueron capaces de cortarle las alas.

¿Quién no ha soñado con zafarse de su defensor con un simple gesto? Cuando no hay velocidad y cuando no hay fuerza todos hemos exprimido el cerebro para hacer realidad un gol o un pase. En eso se basa el control orientado, en ingenio y en horas y horas de entrenamiento, para, con un simple gesto técnico, acabar con la resistencia de uno o dos defensores en un instante. Hay muchos futbolistas que dominan ese arte, pero ninguno ha convertido `la croqueta´ en arte como Iniesta. Cuando Iniesta iba a la carrera parecía cuchillo a través de sus defensores. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Iniesta trataba al balón con cariño y el balón le obedecía, y la única vez que lo maltrató, el balón besó la red y puso en pie a 45 millones de personas.

Son, fueron y serán dos deportistas de valor incalculable. Son y serán valiosos. Pero lo que antes era un valor activo ahora es un valor pasivo. Y la clave está en cómo tratar un pasivo a través del raciocinio y dejando al margen la sensibilidad.

Se está criticando y mucho la forma en que la directiva del FC Barcelona ha dado carpetazo a la carrera de Navarro. En 2017 el escolta de Sant Feliú renovó su contrato por 10 temporadas a cambio de una considerable rebaja de su sueldo. El acuerdo implicaba que Navarro podía colgar las botas cuando desease y en ese momento pasaría a formar parte de la dirección técnica del club. Con 38 años, y en claro declive, el Barça quería que este fuese el verano en el que Navarro diese un paso atrás, pero el escolta no se dio por aludido. Al final, a escondidas, sin un acto de homenaje y de forma impropia, el Barça ha “invitado” a Navarro a colgar las botas.

Contrasta con la despedida de Andrés Iniesta en el pasado mes de mayo. Homenajes de club y compañeros, ovaciones en cada estadio de Primera División, acto institucional en el Camp Nou, ceremonias en la sede del club y un largo etcétera. Todo perfecto, con su justa mezcla de formalidad y sentimiento.

El último gran baile de Navarro se produjo en 2014. Aquel año lideró la victoria liguera del FC Barcelona ante el Real Madrid en la final de la Liga ACB. A partir de entonces diversas lesiones y el paso de los años hicieron que se convirtiera en muchas ocasiones en un jarrón chino tanto en el club azulgrana como en la selección española. Para Iniesta (cuatro años más joven) el declive no hizo su aparición hasta hace un par de temporadas, pero fue un declive diferente. En el baloncesto, a pesar de ser un deporte de equipo, cada jugador debe mantener un cierto equilibrio individual tanto en ataque como en defensa. En el fútbol, hay jugadores que pueden brillar en una de las dos facetas sabiendo que en aquella en la que flojean serán escoltados por otros compañeros. Durante estas dos últimas temporadas, Iniesta, destrozado y agotado, rara vez ha jugado los 90 minutos de un partido y apenas ha presionado o intimidado la salida del balón del rival, pero siempre ha estado protegido en el centro del campo por alguno de sus compañeros, por lo que su talento ha seguido gobernando partidos.

Iniesta meditó y consideró que no estaba en condiciones de jugar a fútbol de primer nivel y el FC Barcelona vio la luz y le agasajó con todos los honores mientras le abría la puerta de salida. Para los románticos el sueño era que Iniesta se retirara de azulgrana. Para los que son muy románticos (como yo) lo ideal era que jugase un añito más en Barcelona y luego se retirara en el Albacete, aunque fuese en Segunda División. Decidió marcharse a Japón, porque es un país que le atrae tanto a él como a su mujer. Lo pasará pipa. Le van a pagar muy bien por jugar al fútbol sin presión y disfrutando como cuando era un niño.

Navarro creía (y seguramente cree) que podía seguir jugando en el Barça. Hace apenas un par de meses manifestó que se quería retirar con un gran título (Liga o Copa de Europa) y que se veía con fuerzas para seguir. Pero su cuerpo no respondía a lo que decía su mente. El problema para Navarro es que no había alternativa. En el baloncesto la panacea de marcharse a Asia a ganar millones sólo existe para los jugadores de la NBA (en China pocos sabrán quien es Navarro). Además, ni Navarro ni su mujer Vanessa quieren marcharse de Barcelona. Cuando el escolta catalán probó fortuna en la NBA en 2007, solo tardo una temporada en dar marcha atrás y volver a España, y no por falta de interés en seguir con su carrera en Memphis, sino porque tanto él como su familia fueron incapaces de adaptase a la vida en Estados Unidos.

Como leí recientemente en un artículo, Navarro tenía que haberse retirado con un balón en las manos y recibir cariño y ovación a partes iguales, al estilo de la marcha que los Lakers le profesaron a Kobe Bryant. Lo cierto es que ni la cultura ni la competición estadounidense se parecen a la europea, y si bien en la primera es bien recibido perder si ello implica un impulso para volver a ganar, en Europa los títulos son efímeros.

En la NBA, un club puede hincharse a perder partidos mientras su estrella se pasea por las canchas de todo el país y es recibido como un César del baloncesto para aumentar el ego del protagonista y los ingresos de la franquicia. En Europa un club debe ganar, o al menos intentarlo, y eso implica decisiones antipopulares que no dejan hueco para giras nostálgicas.

https://www.youtube.com/watch?v=VEBExbL9n4I

“Un referente como jugador y como persona. Una auténtica pasada verle jugar al baloncesto todos estos años. ¡Siempre gracias amigo! Andrés Iniesta sobre la retirada de Juan Carlos Navarro.

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Los años de Jordan en Washington

Entre sus anillos de campeón, sus suspensiones imposibles y sus mates con la lengua de fuera, Michael Jordan hizo dos altos en el camino. En el primero de ellos, hastiado de la fama, con problemas de adicción al juego y sin retos a los que enfrentarse en las canchas, decidió echarse a un lado en su plenitud como baloncestista y dejar la NBA. Durante año y medio, aprovechó para rodar `Space Jam` junto a Bugs Bunny y a deambular por las canchas de béisbol mientras lloraba la pérdida de su padre.

La segunda retirada parecía la definitiva. Había ganado su sexto título con los Chicago Bulls tras una canasta majestuosa en los últimos segundos del encuentro por el título ante Utah Jazz. Era 1998, tenía 35 años y renunciaba al baloncesto en lo más alto con la vitola de ser el mejor jugador de la historia, y, para muchos, también el mejor deportista de todos los tiempos.

Aquel verano la NBA se enfrentaba a una huelga de jugadores, quienes solicitaban un aumento de sus contratos en relación a los crecientes beneficios de patrocinio de la competición. Una huelga provocada en parte por Jordan, porque fue él, junto a Magic y Bird, el que convirtió la NBA en un negocio. Así, con la NBA paralizada, aún tendrían que pasar varios meses hasta que en enero de 1999 Jordan anunciase oficialmente su adiós. A partir de entonces, largas noches en el casino, compromisos publicitarios por medio mundo y días enteros fumando habanos y jugando al golf.

Pero `Air` Jordan, espécimen competitivo por antonomasia, no soportaba estar lejos de la acción. En el año 2000 se hizo cargo de la mayoría de las acciones de los Washington Wizards y se convirtió en propietario de la franquicia de la capital de Estados Unidos. Jordan pronto demostró que como propietario era un desastre con una serie de decisiones catastróficas. No obstante, a la plantilla de los Wizards le traía sin cuidado. De cuando en cuando, `Air` se quitaba la corbata, se enfundaba unas zapatillas y jugaba una pachanga con los que eran sus empleados.

En abril del año 2001 se dispararon las especulaciones cuando Jordan declaró en un programa de radio que estaba perdiendo peso y entrenando por su cuenta. Meses después, en plenas vacaciones estivales, se le caza jugando partidos de entrenamiento contra jugadores universitarios y también frente a jugadores de la NBA de distinto pelaje. Al parecer tiene diversos problemas musculares pero, aún así y a pesar de su larga inactividad, sigue manejando los partidos a su antojo y domando a los rivales en la pista.

Aunque era un rumor muy extendido, el 26 de septiembre de 2001, casi 3 años después de su segunda retirada, y ya con 38 años a sus espaldas, Michael Jeffrey Jordan anunciaba en rueda de prensa su vuelta a la NBA simple y llanamente por su “amor al baloncesto”. Estaba aburrido. Así de simple. Cuentan que un directivo de los Wizards cazó a Jordan con la mirada perdida en la ventana de su despacho durante cerca de un cuarto de hora. Cuando le preguntó que estaba mirando, Jordan, de forma melancólica, sólo acertó a decir que había visto pasar a un niño botando una pelota de baloncesto y se estaba preguntando a donde iría a jugar. Volvía por aburrimiento. Y no volvía con los Bulls, sino con los Wizards, el equipo del que era copropietario. La NBA rebuscó en sus estatutos y le obligó a vender sus acciones. No entraba en la mollera que alguien fuese directivo y jugador al mismo tiempo.

En Washington la gente enloqueció. Se empezó a hablar de campeonato, aunque cualquiera que entendiese un poco de baloncesto sabía que eso era imposible. Los Wizards eran un equipo que deambulaba por la competición. Entre sus compañeros estaban Chris Whitney, Kwame Brown, Hubert Davis o Popeye Jones, nombres y apellidos que son simples retales en el libro de los recuerdos de la NBA. ´Air´ firmó por dos temporadas a razón de 1 millón de dólares por campaña (el sueldo mínimo para veteranos) que donó a las víctimas de los atentados del 11-S.

Volvió a las pistas ante los New York Knicks y se vio a un Jordan con unos cuantos kilos de más y sin pizca de agilidad. No obstante, mantenía intacta su técnica y su precisión quirúrgica en los lanzamientos. Anota 19 puntos, pero también aporta 6 asistencias, 5 rebotes y 4 robos de balón. Su talento y su competitividad estaban indemnes.

En todos y cada uno de los encuentros que Jordan disputó en esta segunda etapa recibía una sonora ovación cada vez que soltaba a la cancha. En la segunda y definitiva campaña, tuvo que salir a saludar al público en todos los encuentros, y en el último, disputado en Philadelphia, recibió una ovación que duró cerca de diez minutos. Por el camino también fue seleccionado para disputar su último ´All-Star Game´, que se planteó como un homenaje a su carrera. En Washington, pasaron a ser el segundo equipo más taquillero de la NBA aumentando cerca de un 40% los ingresos por venta de entradas.

Pero todo fue mucho más complicado de lo que él pensaba.

Jordan hizo dos buenas temporadas. Defensivamente era el Jordan de siempre. Intenso en la custodia exterior, de manos rápidas y siempre al quite a la hora de poner tapones como segundo defensor. En ataque, la fórmula de jugar cambió ostensiblemente. Aunque siguió marcando territorio y amasando el balón, se prodigó en lanzamientos de 5-6 metros (rango de tiro casi en desuso en la actualidad), sin hacer entradas a pecho descubierto y evitando fajarse bajo los aros como había hecho a lo largo de su carrera. Aunque dejo algún mate para el recuerdo, el Jordan de Washington era un cuarentón que no quería ser carnaza para los veinteañeros.

Atormentó a su cuerpo, pero su mente estaba tan clara como de costumbre. En vez de ese primer paso rápido que aniquilaba a su defensor, perfeccionó el ´fade-away´, un lanzamiento con paso hacia atrás que funciona cual asesino silencioso.

El 27 de diciembre de aquel año, a dos meses de cumplir 39 castañas, Jordan anotó 6 puntos, la primera vez en su carrera en la que bajaba de los dos dígitos. Al acabar el encuentro le preguntó a Doug Collins, el entrenador, sí todavía creía que podía jugar. Collins, buen amigo y conocedor de la psique de Jordan, le contestó afirmativamente aunque era una opinión falta de verdad. Dos días después le endosó 51 a los Charlotte Hornets y luego metió 45 ante los Nets. Con problemas en las rodillas se perdió 22 partidos de la temporada pero aun así promedió 22’9 puntos, 5’7 rebotes y 5’2 asistencias, cifras lejanas a sus números en los Bulls, pero dignas de un jugador de primerísimo nivel. Al año siguiente, ya con 40 años a sus espaldas, firmó 20 puntos, 6’1 rebotes y 3’8 asistencias. Y por supuesto dejó un récord difícilmente superable, ser el primer jugador de más de 40 años en anotar más de 40 puntos en un encuentro, concretamente 43 en un duelo ante los New Jersey Nets.

Pero no consiguió ser un líder. Por primera vez en su vida, Michael Jordan tuvo que jugar a la defensiva. Algo a lo que no estaba acostumbrado. Algo a lo que no sabía jugar.

Varios de sus compañeros de equipo se quejaban de que no recibían la atención que merecían y que estaban asfixiados por la presión y las constantes comparaciones. Las críticas más duras las pronunció Larry Hughes, por entonces un escolta muy prometedor y que vio como sus minutos se reducían drásticamente. En la segunda temporada se apreció como en algunos partidos los compañeros no obedecían las instrucciones de Collins y decidían no pasar el balón a ´Air´ en algunos ataques posicionales.

Jordan se llevaba bien con Rip Hamilton (luego campeón de la NBA con los Pistons) y con viejos conocidos como Charles Oakley, Courtney Alexander o Jerry Stackhouse. Pero cuentan que fue muy duro con los novatos, especialmente con Kwame Brown, número 1 del draft, y al que Jordan hacía llorar constantemente en los entrenamientos enervado por su falta de agresividad. La plantilla admiraba la capacidad de sacrificio y de trabajo de un hombre que lo había ganado todo, pero no soportaban los gritos ni las malas caras de un Jordan cuya vida profesional había estado basada en la adulación continua.

Hoy, 20 años después, en los mentideros de la NBA se dice que Jordan se arrepiente de haber jugado aquellas dos temporadas en los Wizards. Que emborronaron su legado. Que nunca tendría que haber vuelto. Es cierto que no se retiró como un héroe. De hecho, fue un final un tanto moñas, con exceso de homenajes. Pero no fue un mal final. Para nada.

Basta con dejar a un lado los recuerdos que uno tenga de Jordan y los Bulls. Una vez hecho este ejercicio de reflexión, llega con apreciar lo que es capaz de hacer una persona de 40 años, con unas rodillas machacadas tras un cuarto de siglo en el deporte de élite, compitiendo en la liga de baloncesto más física y atlética que existe.

https://www.youtube.com/watch?v=ozcoNo_IFJ4

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Todos somos un poco del Joventut

La Penya Spirit of Badalona, nombre original del Joventut, ha estado a punto de desaparecer. Realmente sigue estando a punto de desaparecer. No es un estar a punto en plan me crucé con un pibón y estuve a punto de acostarme con ella. No. Está a punto de desaparecer en plan, me despeñé con la bici por un barranco di tres vueltas de campana y estuve a punto de no contarlo. Así, sí. En ese punto está el Joventut. En ese punto de que están la cosas ´mu mala´, como diría el malogrado Chiquito. Como cualquier otra sociedad anónima, por muy deportiva que sea, el Joventut tiene que presentar una cuenta de resultados, que año tras año es negativa. La deuda aumenta, los patrocinadores escasean y sólo acuerdos arriesgados con administraciones públicas y entidades bancarias le permiten sobrevivir. Parece que lo va a hacer una vez más, pero el acuerdo pende de un hilo por cuestiones deportivas. Al Joventut le queda algo menos de dos meses para evitar el descenso y dejar de formar parte de la élite del baloncesto español por vez primera en 90 años de historia.

El Joventut es un poco de todos. Como el Estudiantes. Es la esencia del deporte amateur que se vuelve profesional. De unos niños jugando en el patio de un colegio que acaban viajando por Europa jugando en pistas infectadas de bengalas y de odio. El Joventut es el equipo de los abuelos y de los nietos. De fotos en blanco y negro, de recortes de prensa en color sepia y de cintas VHS de imagen granulada. Es el baloncesto como caos. El contraataque y los tiros en el último segundo. De la garra y la lucha y los fallos decisivos en la última jugada. Del jugamos como nunca y perdimos como siempre.

Cuando llegó la época de patrocinios nunca hubo nombre mejor que el del anunciante del Joventut. Ron Negrita. Hoy estaría prohibido por ley, y si no fuese por ley lo estaría por la moral, la decencia y lo políticamente correcto. Un club de cantera fomentando el botellón, leeríamos en twitter. En los 80, en la época del todo vale, no había club más molón. Las camisetas eran preciosas. El negro, poco usado en España en comparación con el resto de Europa, da un toque de seriedad y aplomo en una zamarra tan poco lustrosa como la del baloncesto. Una camiseta escotada y sin mangas, propia de usar durante una semana en tus vacaciones en la Costa del Sol y meterla en el trastero hasta el año siguiente. El verde y el negro son poderosos, y aquellas letras de Ron Negrita le quedaban como un guante.

Con el viento de cola de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el Joventut tuvo un lustro dorado en el que se codeó con los mandamases del baloncesto europeo. Abandonaron el viejo y frio pabellón Ausiás March (hoy pabellón de los Països Catalans) por el grandioso Palau Olímpic, donde Larry Bird, Magic Johnson, Michael Jordan y compañía cabalgaron hacia el olimpo de la posteridad comandando al Dream Team. ¡Hasta estuvieron a minutos de derrotar a los Lakers en un partido de pretemporada, cuando los equipos de la NBA parecían espectros del espacio exterior!

El cénit llegó en 1994. Faltaban 16 segundos para el final y los verdinegros perdían por un punto ante el Olympiakos. Final de la Copa de Europa. 56-57. Eran los tiempos del basket control. Corney Thompson se elevó por encima de sus 2,03 metros de altura y clavó un triple que parecía definitivo. 59-57. Era Thompson uno de esos americanos buenazos que te imaginas sentados en el sofá con un whopper de queso y que de no haber sido tan alto seguro que hubiese acabado trabajando en la General Motors y arreglando el porche de su jardín los domingos ataviado con una camisa de cuadros. Quedaba tiempo para que el Olympiakos buscase el triunfo. Parecía que la victoria sería para los que siempre ganan, pero la historia le tenía reservada un pedazo de gloria a aquel equipo de chavales. Paspalj tuvo un par de tiros libres, pero el pívot serbio falló. El rebote salió disparado y Tomic aún tuvo una última oportunidad. Pero el dios del baloncesto se había empeñado en que ganara la Penya y el título europeo viajó a Badalona.

El Joventut es uno de esos equipos que ante las adversidades pone la otra mejilla. El equipo de la anarquía organizada. El del modelo de cantera que sirve para reforzar a otros equipos. De los 7 jugadores que disputaron aquella final, exceptuando a los 2 norteamericanos, los otros 5 eran chicos de la zona (Juan Antonio Morales, actual presidente, nació en Bilbao pero se formó en la cantera del Joventut).

Ahora, entre rumores de disolución, el Joventut se aferra a la vida en las catacumbas de la ACB, llorando por conseguir un euro extra allá donde lo halle. Y puede que sobreviva. Y todo porque invierte más de 1 millón de euros en cantera, en formación y en educación de miles de niños. Por eso las empresas y los políticos escuchan las súplicas y les permiten pagar las deudas en plazos muy flexibles. Por eso debe sobrevivir. No por aquella Copa de Europa, ni por los lanzamientos de Margall, los pases de Rafa Jofresa, los tapones de Ferrán Martínez, los triples de Villacampa, las fintas de Ricky Rubio o los mates de Rudy Fernández. No. Debe sobrevivir por su labor pedagógica y por sus 90 años de historia en defensa de los valores del deporte y de la educación.

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Jo Jo White. El mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca

Tras unos años en el olvido por la combinación de un tumor cerebral y la afectación del alzhéimer, la semana pasada fallecía Jo Jo White. Uno de los mejores jugadores de baloncesto de una de las peores épocas para ser jugador de baloncesto. La década de 1970 es tiempo de cocaína en los vestuarios, apuestas extradeportivas, problemas raciales, peleas en las pistas y pabellones vacíos. Cuando el basket volvió a despegar, Jo Jo ya no formaba parte de la magia.

White era un base fiable, elegante, pulcro y correcto. De esos que adoran los entrenadores y que calan en los vestuarios. Recaló en los Celtics en 1969, cuando los miembros del equipo victorioso de los 60 ya habían colgado las zapatillas. Dicen los historiadores que cuando una institución es fuerte la persona no es relevante. Es decir, cuando la monarquía tiene buenos cimientos el objeto de las críticas es el rey como persona. El problema se da cuando se venera al individuo y se critica a la institución. En la España actual a esto se le llamó ‘Juancarlismo’. Jo Jo White era el base del equipo de las leyendas. Era el base de los Boston Celtics, una de las entidades deportivas más enérgicas de los Estados Unidos. Jugar en ese equipo te convierte en leyenda. No importa quien seas, sólo eres una pieza más de una institución inquebrantable. Año tras año tuvo que luchar contra un fantasma. No era un jugador que dignificó a un equipo. Él era el dignificado por vestir de blanco y verde.

White ganó dos títulos con los Celtics, en 1974 y 1976. Fue siete veces ‘All Star’ y los Celtics le hicieron un homenaje después de su retirada en 1981. Era un caballero dentro y fuera de la pista y se ganó minuto a minuto el respeto de la franquicia y de la NBA. Pero Jo Jo White será recordado para siempre por ser el mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

En la final de la NBA de 1976 se enfrentaron los Boston Celtics y los Phoenix Suns. Los primeros eran y son el equipo más condecorado de los Estados Unidos. La leyenda verde. Los segundos eran una joven franquicia con apenas un lustro de existencia y que habían logrado alcanzar la final tras derrotar en las eliminatorias a los Seattle Supersonics y a los Golden State Warriors, vigentes campeones y grandes favoritos. Los Suns tenían dos baloncestistas destacados en sus filas; un exjugador de Boston llamado Paul Westphal y a un ala-pívot novato que respondía al nombre de Alvin Adams. Por su parte, en los Celtics destacaba Jo Jo White, el pívot Dave Cowens y John Havlicek, máximo anotador del equipo, y todos ellos mitos del baloncesto.

Las finales de la NBA se disputan al mejor de 7 partidos. Los dos primeros encuentros fueron ganados con solvencia por Boston y los dos siguientes, diputados en Phoenix, resultaron ser mucho más reñidos y conquistados por los Suns por un margen muy estrecho. Para el quinto partido de la serie, con 2-2 de parcial, nuevamente la ciudad costera de Nueva Inglaterra iba a servir de anfitriona.

Arropados por su público, los Celtics se pusieron rápidamente 20-5 para acabar llegando al descanso con una clara ventaja de 61-45 bajo la fulgurante actuación de John Havlicek. Tras el intermedio, los Suns, comandados por Westphal, se fueron aproximando poco a poco hasta que un tiro libre a escasos segundos del final les daba una ventaja de 94-95.

Tras una jugada trastabillada, con sólo 3 segundos para el final, Havlicek tuvo dos tiros libres para lograr la victoria. Anotó el primero, pero falló el segundo. Tras recoger el rebote de ataque lanzó a canasta y nuevamente el balón golpeó en el hierro. La estrella de Boston había fallado y el partido tendría una prórroga. 95-95.

En la prórroga el partido se convirtió en una sucesión de canastas, y aunque los Celtics llegaron a tener una ventaja de 4 puntos, los Suns recortaron poco a poco. Otra vez tuvieron los de Boston la oportunidad de ganar. Jo Jo White falló una última posesión y el electrónico permaneció inalterable. 101-101. Y segunda prórroga.

Durante esa segunda prórroga sucedieron dos hechos imprescindibles para entender el devenir de los acontecimientos. Dave Cowens, el pívot titular de los Celtics, fue eliminado por faltas con 26 puntos y 19 rebotes en su casillero. Al mismo tiempo John Havlicek había sufrido un esguince de tobillo y cojeaba por la pista.

En el último minuto, Jo Jo White se echó el equipo a la espalda y tras una espectacular entrada a canasta colocó una ventaja de 3 puntos a falta de 19 segundos para el final. Dado que por aquel entonces no había línea de triples, parecía una distancia insalvable. Rápidamente, los Suns sacan de banda y Van Arsdale en una preciosa suspensión anota. 109-108. Los Celtics tienen todo bajo control. Siguen un punto por delante y tienen la posesión del balón. El suplente de Cowens, Jim Ard, saca de fondo y con los nervios hace un horrendo pase que es cortado en el aire por Westphal. El base de los Suns asiste a un compañero que falla en primera instancia, pero tras un agónico rebote anota en un segundo esfuerzo. En un abrir y cerrar de ojos, los Phoenix Suns dan la vuelta al partido y se ponen 1 punto por delante a falta de 5 segundos.

Los Celtics solicitan tiempo muerto. En la pizarra la primera opción es Jo Jo White. Sin embargo, asfixiado por el marcaje no puede recibir y el balón fue a parar a manos de John Havlicek. Él mismo lo explicaría años después: “Estaba lesionado y no fue mi mejor partido. Recibí el balón y fui corriendo hasta la canasta y me levanté en suspensión con un giro de 45 grados. Lancé a tabla porque a esa velocidad sabía que el tiro iba muy fuerte y rebotaría en el aro”. El balón entró y la gente invadió la pista. Los Celtics habían ganado 111-110.

A partir de entonces la locura. En medio de las celebraciones los jugadores de los Suns acudieron a la mesa de arbitraje reclamando que cuando Havlicek anota todavía quedaba 1 segundo de posesión. El árbitro, Richie Powers, pide calma y solicita el apoyo de la policía. Entremedias es zarandeado por varios aficionados. Tras casi 10 minutos de discusiones, se decide conceder a los Suns una última posesión de 1 único segundo de duración.

Mientras todo esto sucedía, los jugadores de los Celtics estaban en el vestuario celebrando el triunfo. De hecho, Jo Jo White se había quitado las vendas y los protectores de los tobillos y estaba desnudo en frente de la ducha. Se volvió a vestir a regañadientes mientras todo el mundo se preguntaba, ¿qué puede suceder durante 1 segundo?

Lo que vino a continuación, con el público pisando parte de la pista, forma parte de la historia del deporte.

Paul Westphal tuvo una idea. Pidió tiempo muerto. A los Suns no le quedaban. El árbitro se quedó extrañado y le preguntó si estaba seguro. Dijo que sí. Era falta técnica y se castigaba con un tiro libre. Jo Jo White anotaba y el marcador era favorable a Boston por 112-110. ¿Qué había sucedido? Tras la técnica, los Suns podían sacar desde medio campo en vez de hacerlo desde línea de fondo. Con 1 segundo por disputarse si alguna opción tenían los de Arizona de empatar era con un tiro rápido. A mayor cercanía de la canasta, mayores posibilidades de acierto. Westphal sacrificó un improbable lanzamiento de la victoria, por un posible lanzamiento para el empate.

Con un ambiente que rozaba la agresión, el alero Garfield Heard recibió el balón en lo que hoy sería la línea de triple. Tras darse media vuelta en décimas de segundo lanzó una suspensión sumamente arqueada que increíblemente entró dentro. El silencio en el Boston Garden fue sepulcral. Habría tercera prórroga.

El partido iba camino de los 63 minutos y con muchos jugadores eliminados por faltas o al borde del agotamiento. Aquel período fue el momento de gloria de Glen McDonald, un suplente de los Celtics que anotó varias canastas decisivas. Aun así los Suns llegaron a ponerse a dos puntos a falta de 20 segundos, e incluso Westphal estuvo a punto de robar otro balón decisivo, pero Jo Jo White supo esconder la pelota y conseguir al final la victoria por un ajustado 128-126 tras tres prórrogas.

Otra vez hubo invasión de pista, aunque esta vez resultó definitiva. En el vestuario varios jugadores tuvieron que recibir atención sanitaria ante el esfuerzo acometido. Tom Heinsohn, entrenador de los Celtics, hubo de ser intervenido por problemas cardíacos al igual que varios aficionados en Boston y en Phoenix. Varios fans tuvieron que ser ingresados en el hospital por ataques de nervios. El partido había durado casi 5 horas y, de hecho, el comentarista televisivo había llegado a decir; “hoy es viernes. No se preocupen, mañana no hay colegio. Chicos pedid otra Coca Cola a vuestro padre”, lenguaje inaudito en la televisión de aquel entonces.

El partido acabó de madrugada, otro problema televisivo, en una época donde no se veía la caja tonta más allá de las 22:00 horas. De hecho, y ante el temor de que algo así volviese a suceder, la CBS, propietaria de los derechos, programó el sexto partido de la final para el domingo a las 09:00 de la mañana. Física y psicológicamente agotados, ambos equipos disputaron un encuentro lleno de errores del que Boston salió victorioso consiguiendo un nuevo título de la NBA.

Jo Jo White fue el héroe de la eliminatoria. La noche de las tres prórrogas jugó 60 minutos y anotó 33 puntos y 9 asistencias. Promedió 21,7 puntos, 5,8 asistencias y 4,3 rebotes en los 6 partidos de la final. Y se ganó para la historia el título honorífico de ‘hombre de hierro’ y mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

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Felipe Reyes; el último pivot europeo

En 1995 el Real Madrid de baloncesto alcanzó la gloria europea por octava vez en su historia. Lo hizo en una final defensiva ante el talonario del Olympiakos y con un equipo plano en el que cada jugador cumplía una función determinada pero en la que la calidad no era uno de sus fuertes. La rotación estaba formada por ocho hombres. Antúnez, Santos y Lasa en línea exterior controlaban y defendían a las estrellas rivales. Cargol y un veteranísimo Biriukov aportaban tiro exterior y por dentro Antonio Martín daba cera mientras Arlauckas martilleaba el aro rival. Aquel equipo giraba en torno a una estrella; Arvydas Sabonis. El gran pívot europeo.

Sabonis fue el último gran pívot que disputó lo mejor de su carrera en Europa. Desembarcó en la NBA con 31 años, cuando ya había ganado todo y físicamente estaba en la cuesta abajo. Desde entonces ningún otro pívot ha sacrificado su aventura norteamericana por dejar su huella en la Euroliga.

Tras la caída del Muro de Berlín y con la globalización de la NBA, el éxodo de jugadores europeos al campeonato norteamericano ha ido creciendo año a año. Desde Estados Unidos no hay reticencias por captar talento extranjero, y desde Europa la quimera se ha convertido en sueño y jugar (lo de ganar pasa a ser secundario) en la NBA es el objetivo del adolescente talentoso.

En el baloncesto la altura es parte intrínseca del juego. Las posibilidades de éxito son mayores cuanto más cerca del aro esté tu cabeza. De esta forma todavía en Europa podemos contar con talentos exteriores que o bien no han sido tentados por la NBA o bien prefieren hacer carrera en Europa, lo que denominaríamos en el siempre sabio refranero popular ser cabeza de ratón y no cabeza de león. Sin embargo, la altura es un bien preciado, por lo que aquellos que superan los dos metros y unas condiciones técnicas y tácticas relevantes no tienen otro camino que el de cruzar el Atlántico.

Desde Sabonis todos los grandes pívots europeos han pasado con mayor o menor fortuna por la NBA. Los hay que se han convertido en leyendas como Pau Gasol (con diferencia el mejor desde el lituano, aún sin ser un cinco puro), otros han combinado buenas carreras en Europa y en Estados Unidos (Rebraca o Kristic), otros aún tienen mucho que hacer en América (Pekovic, Vucevic o Saric) y otros ni siquiera han llegado a jugar en la élite europea (Porzingis).

Pivotes europeos de referencia en lo que va de siglo XXI y que no hicieran ni el mero intento de competir en la NBA hay dos, y ambos son croatas; Nikola Vujcic y Ante Tomic.

Vujcic era un cinco de 2,11 de grandísima calidad y movilidad con un excelente tiro a media distancia y con facilidad para el rebote ofensivo. Algo lento y con problemas físicos cotidianos no llegó a acometer la aventura estadounidense pero fue con diferencia el mejor pívot de la Euroliga en la primera década de este siglo. Ante Tomic, con 2,18, no ha llegado ni por asomo a ser la referencia en Europa que llego a ser su compatriota, pero quizás es el hombre alto de mayor calidad que queda en esta parte del planeta.

Lo que diferencia a Felipe Reyes de ambos es que hablamos de un baloncestista bajo. De un pívot bajo. De poco más de dos metros. Un fajador. Uno de esos que aúnan dureza, orgullo y cojones. Ya se sabe que los bemoles enamoran al aficionado. Bajo las lorzas se esconde la capacidad atlética y tras la muñeca que sujeta la cerveza esta la técnica individual. Pero tenerlos bien puestos no requiere entrenamiento.

Hasta la revolución del tiro y de los cinco jugadores móviles (small ball) puesta en marcha por los Warriors e imitada a ambos lados del charco, un equipo de baloncesto ganador necesitaba un base cerebral, un alero anotador y necesariamente un pívot decisivo en ataque y en defensa. Durante 20 años por el Real Madrid han pasado blufs como Hamilton, Sekulic, Sinanovic, Zidek, Moiso o Burke, jóvenes promesas que quedaron en nada como Velickovic, Begic, Lampe o Kambala, buenos jugadores que no tuvieron nivel suficiente para el Madrid como Hervelle, Papadopoulos, Lavrinovic o Mijailov y otros que por unas cosas o por otras rindieron más fuera de la casa blanca que en el Palacio de los Deportes como Tomic, Alston o Fotsis.

Felipe Reyes es el denominador común año tras año. Un pívot duro, no excesivamente alto, sin gran condición física, sin rango de tiro exterior, sin capacidad de salto. Pero con clase, luchador, valioso, profundo, con gran capacidad de colocación para el rebote y con vasto nivel defensivo. Un interior clásico. Un pívot. En la propia acepción.

Quizás el rebote es su argumento de mayor peso. Sabe manipular su cuerpo y es astuto para conquistar la posición. Es un maestro de los rebotes de ataque. Ante la falta de muelles y de salto vertical, Felipe manifiesta excelentes movimientos al poste y unos convincentes lanzamientos de gancho y a tabla bajo aro.

Del jugador rústico pero efectivo de sus inicios en Estudiantes ha evolucionado en un cinco con movilidad, fundamentos e inteligencia para desplegar sus propios tiros. De hecho su progreso en el tiro libre y en el lanzamiento exterior ha sido notorio, acorde con el tipo de baloncesto que se juega en la actualidad. Y su durabilidad es digna de elogio. Fue escogido mejor jugador de la ACB y mejor pívot de la Euroliga con 35 años a sus espaldas. Y la temporada pasada, con 37 a sus cuestas, anotó 23 puntos y capturó 14 rebotes en un partido ante el Fuenlabrada. Y con poco más de 20 minutos de juego.

Obviamente Felipe no es Sabonis. Esa es otra liga. Ni siquiera es Vujcic. Y por supuesto no es Gasol. Incluso otros que no hemos nombrado como Lorbek o Smodis quizás tengan mayor calidad y capacidad ofensiva que Felipe Reyes. Pero lo que se le puede dar al menor de los hermanos Reyes, y sin discusión, es el título honorífico de mejor fajador y reboteador europeo de los últimos 20 años. El título de mejor pívot europeo a la antigua usanza.

https://www.youtube.com/watch?v=t2VNo7pcdjc

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La orgía de puntos de Navarro

Para septiembre de 2011 se iba a celebrar en Lituania una nueva edición del Campeonato Europeo de Baloncesto Masculino. O dicho de otra forma el Eurobasket. Como en todos los torneos continentales que la selección ha disputado en lo que va de siglo, España era, sino la máxima favorita, una de las dos o tres selecciones candidatas a lograr el título.

Era el campeonato de Felipe Reyes. Su padre acababa de fallecer y la conjura entre ese maravilloso equipo, y sobretodo grupo de amigos, era dedicarle la victoria al cordobés. Sin excesivos problemas España solventó la primera fase con una única derrota ante Turquía con la primera plaza del grupo ya asegurada. En la segunda fase, con el rodillo en funcionamiento, avasalló a Alemania, Serbia y Francia. Ante los galos (96-69) la exhibición fue de época. Empezaba lo trascendental. Para cuartos de final tocaba la siempre incómoda Eslovenia.

Juan Carlos Navarro tenía por aquel entonces 31 años. Estaba en la plenitud física y mental en su carrera. Aquella temporada había sido elegido el mejor jugador de la Euroliga y de la final de la Liga ACB. Era una delicia verlo jugar. De la irrepetible generación dorada era el chico con mayor elegancia y calidad del grupo. Una delicia para la vista. Un icono baloncestístico. Uno de esos por los que vale la pena pagar la entrada.

A España le costó arrancar ante Eslovenia y tanto Pau como Marc Gasol no conseguían hacerse un hueco a la zona. Todo cambió tras el descanso. En un vendaval ofensivo, los españoles anotaron 36 puntos en un solo cuarto. Navarro dio un clínic y las metió de todos los colores. Esa frase hecha, muchas veces exagerada, aquí fue real y en toda su magnitud. Porque hubo canastas de decenas de formas distintas. Fueron 26 puntos con 7/8 en tiros de dos y 4/8 en triples.

¿De todos los colores? Sí, de todos los colores. Asistencias con bote. A una mano. A dos manos. Triple lateral con un defensor. Triple frontal con defensor. Triple a pie cambiado saliendo de bloqueo. Canasta de seis metros desde la esquina. Bandeja ante dos defensores. Bandeja a mano cambiada. Entrada a canasta corriendo a toda pista. Triple desde ocho metros con un pie en el aire. Triple desde ocho metros parando a pies juntos tras carrera. Canasta tras rectificado. Canasta tras fadeaway. Triple tras finta. Canasta tras amago de pase. Tiros libres (que también hay que meterlos). Asistencia entre las piernas. Y bombas. Muchas bombas. Una detrás de otra.

Un jugador pasa al recuerdo de una generación por su grandeza. Y la hay de dos tipos; la del palmarés y la de la excelencia. Si eres capaz de aunar las dos ya no estarás en el recuerdo de una generación sino que formarás parte del olimpo y de la leyenda. Traspasarás generaciones. Navarro tiene la suerte de contar con ambas características, pero aún sin títulos su lugar estaría gravado en la excelencia del baloncesto por un único movimiento. Kareem Abdul Jabbar popularizó y perfeccionó el gancho y le dio nombre propio; “skyhook” (gancho del cielo). Navarro no inventó el tiro con parábola ante el defensor más alto, pero lo popularizó y lo perfeccionó. “La Bomba” es tan bella y transmite tal sincronía entre el brazo, la muñeca y el balón, que no da nombre a un arte del juego, sino al propio ejecutor.

“La Bomba Navarro” dio el recital definitivo en las semifinales ante Macedonia. Anotó 35 puntos (5/9 en triples), de los cuales 19 fueron en el tercer cuarto. Al descanso España caía de un punto. Al inicio del último parcial vencía por nueve tantos. La demostración en el lanzamiento fue excepcional. En la final endosó 27 a Francia. Al igual que ante Eslovenia y Macedonia volvió a entrar en trance en el tercer cuarto, pero Batum y Parker ahogaron al escolta catalán con su marcaje. Bendito problema. Se dedicó a dar asistencias y a proporcionar canastas fáciles para Pau Gasol.

Navarro fue elegido mejor jugador del Eurobasket con un promedio de 29,3 puntos en los tres partidos decisivos (18,7 en todo el torneo) y un 50% en los lanzamientos de tres puntos. Compartió plaza en el quinteto ideal junto a Parker (Francia), McCalebb (Macedonia), Kirilenko (Rusia) y Pau Gasol. Nunca antes ni nunca después un jugador español que no fuera Gasol lidero a la selección en anotación estando el pívot catalán disputando un torneo.

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