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El día que Carl Lewis se pasó de listo

La Santísima Trinidad de la velocidad está compuesta por Jesee Owens, Carl Lewis y Usain Bolt. El paso del tiempo ha convertido a Owens en emblema de la lucha del mundo libre frente al racismo y la represión nazi. La realidad es que después de ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín, Owens regresó a un Estados Unidos segregacionista que lo ignoró hasta su muerte. Bolt personifica la ruptura de los convencionalismos, el poder de la imagen y de las relaciones públicas en el deporte actual y un cambio de paradigma entre las condiciones biomecánicas y el entrenamiento personal.

Carl Lewis se sitúa cronológicamente entre ambos. A diferencia de Owens y al igual que Bolt, fue capaz de exprimir su carrera durante una década, algo infrecuente en un atleta explosivo. Cálido y sonriente ante los medios, ha mostrado siempre facilidad de palabra y ha gozado y goza de buena prensa. Sin embargo, ‘El hijo del viento’ (como es conocido) está considerado un egocéntrico, un arrogante y un sobrado. Apenas cuenta con amigos en el mundillo del atletismo. Ben Johnson, su némesis en los 80, sigue siendo querido y admirado por los atletas de antes y de ahora a pesar de que varios de sus logros han sido invalidados por culpa del dopaje.

Owens fue el primer velocista en ganar cuatro medallas de oro en unos JJ.OO, hazaña que repitió Lewis en 1984. Bolt se tuvo que conformar con tres, eso sí, logrados en dos citas de forma consecutiva (Londres 2012 y Río 2016). Pero hay algo que diferencia a estas tres bestias en zapatillas. Jesse Owens fue poseedor de los récords de 100, 200 (no oficiales) y de salto de longitud al mismo tiempo. Usain Bolt lleva una década presumiendo de ser el ser humano más rápido en los 100 y los 200 metros lisos.

Carl Lewis sólo poseyó el récord del mundo de los 100 metros lisos durante tres míseros años.

Y a pesar de ganar una decena de medallas mundiales y olímpicas en salto de longitud y en los 200 metros lisos, jamás logró batir ningún récord mundial en ninguna de esas disciplinas.

Tuvo una ocasión para conseguirlo. Pero no le dio la gana. Se pasó de listo. Fue un vago. Fue de sobrado. Se pasó de arrogante.

En 1983, con 21 años, y meses antes de arrasar en los JJ.OO de Los Ángeles, Carl Lewis era la gran estrella en los campeonatos nacionales de atletismo de Estados Unidos. De hecho salió victorioso en las tres pruebas en las que decidió competir (100, 200 y longitud). Ni siquiera Owens había logrado una hazaña que no se repetía desde ¡1886! Las marcas que logró Lewis fueron extraordinarias, pero podrían haberlo sido mucho más.

En salto de longitud el récord del mundo era dominio de Bob Beamon con 8’90 metros. Se consideraba una marca inigualable porque había sido lograda en los JJ.OO de México. La capital azteca, a unos 2.200 metros de altura, fue una bicoca para los velocistas. Con la altura el aire es más liviano por lo que las pruebas anaeróbicas (velocidad y saltos) se ven favorecidas por la escasa concentración de oxígeno en el aire. Además, la resistencia del aire es menor por lo que los humanos podemos desplazarnos más rápido o más lejos. Por el contrario, en las pruebas de resistencia (fondo y medio fondo), que son aeróbicas, esa falta de oxígeno hace mella en los atletas que necesitan competir a baja altura para lograr sus mejores marcas.

Así pues, cuando Lewis realiza su primer salto y marca unos increíbles 8’79 metros batiendo con creces todo lo habido y quedando a escasos 11 centímetros de la estratosférica marca de Beamon la incredulidad se apodera del estadio. Para más inri, los campeonatos se celebraban en Indianápolis, ciudad cercana al nivel del mar, por lo que Lewis era moralmente el récord mundial. Sus 8’79 a ras de suelo eran más meritorios que los 8’90 de Beamon a más de 2.000 metros de altitud.

La sensación era que el récord iba a caer, pero en el segundo salto Lewis retrocedió varios centímetros en su marca. El cielo estaba encapotado y comenzaron a escucharse algunos truenos en la distancia. Con la victoria asegurada, Lewis decidió renunciar a los cuatro saltos que le quedaban y cerrar el concurso para descansar antes de la prueba de los 200 metros lisos.

Según contó después la revista ‘Sport Illustrated’, en el foso de la pista de longitud había un fotógrafo italiano que había estado presente en México cuando Beamon había roto todos los registros. Cuando vio que Carl Lewis renunciaba a seguir saltando fue corriendo hasta él, y al ser ignorado, se propuso parlotear con Bill Lewis, padre de la criatura. El fotógrafo le imploró que su hijo siguiese saltando ya que, según le explicó, las condiciones ambientales y la cantidad de energía electroestática que causaba la tormenta favorecía el salto. Bill Lewis se encogió de hombros y sólo acertó a decir que su hijo era joven y que ya batiría el récord en los JJ.OO del año siguiente. El fotógrafo no se dio por vencido y le reiteró la importancia de las condiciones meteorológicas que eran similares a las que tuvo Beamon cuando saltó. Minutos después el cielo se abrió y ya no pudo volver a saltar con la misma potencia.

Fue en vano. El padre no entró en razón y el hijo ni hizo caso. Preferían conseguir el récord en los Juegos Olímpicos.

Por la tarde tuvo lugar la final de los 200 metros. Efectivamente el fotógrafo tenía buen conocimiento, el cielo se abrió y la tormenta se alejó. Pero con nubes o sin ellas, Lewis lo que gozaba era de buenas piernas. Arrancó la final de los 200 con tal fuerza que al llegar a la curva ya tenía la prueba ganada. Parecía que el record se iba a batir, y así lo interpretó la grada poniéndose de pie, pero, en los últimos 25 metros Lewis se dedicó a sonreír, saludar y levantar los brazos para celebrar su triunfo.

Carl Lewis había corrido los 200 metros en 19’75’’, la segunda mejor marca de todos los tiempos, pero que no superaba los 19’72’’ del italiano Pietro Menea logrados también en la altitud mexicana. Nuevamente Lewis era el recordman de facto, pero nuevamente había dejado pasar la oportunidad de serlo realmente.

La única prueba que Lewis corrió con toda su alma fueron los 100 metros lisos. En las gradas, viendo atentamente el campeonato, estaba un varón negro de mediana edad y con cierto sobrepeso. Se trataba de Jim Hines, poseedor del récord mundial de los 100 metros con un registro de 9’95’’ y que, como no podía ser de otra forma, había sido registrado en 1968 en Ciudad de México.

Carl Lewis hizo una salida perfecta y corrió con toda su alma y con un ligero, y dentro del reglamento, viento a favor. Alguien le dijo en la grada a Hines que su récord había pasado a mejor vida. Este alzó la vista, bajó su sombrero, sonrió con sorna y señaló al marcador. 9’96’’. Por una centésima Carl Lewis no había batido el récord mundial.

Lewis era el primer triple campeón nacional estadounidense de atletismo del siglo XX pero no había logrado ningún récord. La atmósfera de aquella tarde parecía irrepetible y el paso de los años no hizo sino más que confirmar las sensaciones que se vivieron. “Ojalá no hubiese levantado los brazos. Pero no pasa nada. No puede decir que lo sienta. Estoy a 0,01 del récord mundial de los 100 y a 0,03 del récord de los 200. Estoy a 10 centímetros del récord de salto de longitud, así que esta incertidumbre me resulta fascinante. Hace que competir siga siendo divertido”, soltó al concluir los campeonatos.

Al año siguiente Lewis arrasaría en los JJ.OO de Los Ángeles pero no consiguió batir los tres récords, como era su objetivo. En los 100 metros ganó con unos discretos 9’99’’, en los 200 firmó 19’80’’ y en salto de longitud hizo unos mundanos 8’54 metros.

A Lewis nadie le quitará su colección de medallas. Los triunfos son eternos y los récords son efímeros. Pero un campeón egocéntrico como él sabe que su obra no fue completa, como si lo fueron las de Owens y las de Bolt. Quizás ‘El hijo del viento’ siga pensando que de no haber sido tan arrogante y si no se hubiese pasado de listo, aquel viento bien podría haber sido una tempestad.


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