URSS

El partido de la muerte

A inicios 1942 gran parte de la Rusia europea estaba ocupada por la Alemania nazi. Uno de esos territorios era Ucrania, una inmensa y rica planicie industrial y agrícola del tamaño de España con capital en la esplendorosa Kiev. Para Occidente aquello fue, era y es Rusia. Nada más lejos de la realidad. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética como una de sus repúblicas y, aunque sus vínculos con Rusia eran tanto reales como ficticios, tenía, y tiene, una autonomía histórica independiente de Moscú.

Fue en el siglo IX cuando una masa de escandinavos estableció, con epicentro en Kiev, un territorio que ocupaba buena parte de lo que hoy es Ucrania y atravesaba el río Dniéper hasta llegar al actual noroeste de Rusia. Ese territorio era conocido como Rus e iría creciendo de tal manera que acabaría teniendo dos ciudades principales, una al sur y otra al norte.

Tras la invasión mongola el Rus fue absorbido por los súbditos de Genghis Kahn. Cuando en el siglo XV los mongoles sean un recuerdo, la realidad a la que se enfrentará el Rus será muy diferente a la de sus orígenes. El Rus se habrá dividido en dos. El rus (los ucranianos) formarán un amplio territorio llamado Gran Ducado de Lituania. Al norte estará el Gran Principado de Moscú. Con el tiempo, unos y otros se irán enemistando dado que el Gran Ducado de Lituania procesará el catolicismo y el Gran Principado de Moscú la fe ortodoxa. Debido a que los ucranianos eran ortodoxos y los polacos (los otros integrantes del Gran Ducado de Lituania junto a los propios lituanos) católicos era cuestión de tiempo que la unión se rompiese. De este modo Catalina la Grande iniciará una serie de campañas militares que convertirán a Moscú (ya de facto el Imperio Ruso) en la potencia dominante de la zona y absorberá los territorios ucranianos.

Para entonces ya se hablaba de Ucrania y de Rusia. El problema es que para los rusos el territorio ucraniano era el corazón de su Imperio. No en vano la palabra ‘Rus’ tiene su origen en Ucrania. Es más, la única salida posible al Mediterráneo de los rusos estaba en Crimea, una península a los pies de Ucrania. Sin Crimea, los mercantes y los buques de guerra rusos estarían inmovilizados por culpa del hielo invernal y estarían a expensas de los alemanes y del embudo que forma el Mar Báltico en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XVIIII Catalina inició una política de rusificación que continuaron sus sucesores expulsando a los cosacos de Ucrania (sí, los cosacos son ucranianos) y a los tártaros de Crimea (si, los tártaros tampoco son ‘rusos’).

El mapa político de Ucrania - Mapas de El Orden Mundial - EOM
Ucrania

Así pues, cuando en 1917 triunfa la Revolución Bolchevique y la familia del Zar es asesinada, los ucranianos verán el cielo abierto y proclamarán su independencia. Será un movimiento efímero ya que, abandonados por Occidente, no les quedará más remedio que aceptar lo inevitable y Ucrania será una de las repúblicas autónomas que formarán parte de la URSS. Pero Rusia no olvidará la afrenta y Stalin mandará matar por hambre a más de cuatro millones de ucranianos en la década de 1930 al confiscar las reservas de cereales ucranianas para llevarlas a los territorios más dóciles de la Unión Soviética.

Volvamos pues a 1942. Decía que Ucrania estaba ocupada por Alemania. En un primer momento los ucranianos vieron a los alemanes como libertadores. Fue una ficción. Para Hitler todo aquello más allá del Oder formaba parte del ‘Lebensraum’. Para el pensamiento nazi tanto polacos como rusos o ucranianos eran lo mismo, subhumanos que había que eliminar o esclavizar para que los arios tuviesen el espacio vital que necesitaban para existir.

Tras la debacle de Stalingrado, y ante el más que probable colapso del Reich, los nazis enarbolaron banderas nacionalistas para intentar poner de su lado a la población autóctona. Nació así el Ejército Ruso de Liberación de Andrei Vlasov y la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Los esfuerzos fueron en vano, dado que, aunque estos grupos querían librarse de los comunistas, también eran conscientes de que la alternativa no era ni la democracia ni la independencia, sino el exterminio nazi. El fracaso de estas iniciativas se contempla con los números. Apenas 300.000 soldados integraron la Organización de Nacionalistas Ucranianos, mientras que se estima que unos seis millones (muchos de ellos forzados) formaron las filas del Ejército Rojo.

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Kiev. 1942

— EL PARTIDO DE LA MUERTE —

Entre aquellos chicos obligados a combatir en el Ejército Rojo estaban los futbolistas del Dinamo de Kiev. Fundado en 1927 como el equipo de la policía soviética, el Dinamo gozaba de gran reputación, aunque su nivel era inferior al de los equipos de Moscú. Cuando en septiembre de 1941 los alemanes ocupen Kiev varios de aquellos futbolistas acabarán en un campo de concentración, bien por servir al Ejército Rojo o bien por formar parte de la defensa civil de la ciudad.

Los meses pasaron, el invierno llegó y el hambre hizo su aparición. A inicios de 1942 Mykola Trusevych, portero del Dinamo, fue liberado de prisión y deambulaba por la ciudad en busca de un trabajo. En uno de esos días aciagos se tropezó con Iosif Kordik, un fanático del Dinamo de Kiev que lo reconoció enseguida. Trusevych estaba demacrado y extremadamente delgado por lo que Kordik no dudó en ofrecerle trabajo en la panadería que regentaba un par de manzanas más allá. Kordik había podido mantener su negocio intacto al ser de ascendencia alemana.

A Kordik se le cayó el alma a los pues cuando vio a Trusevych. Lo que antes era un hombre fornido y elástico era hoy un amasijo de huesos. Lo empleó como barrendero en la tienda, la mayoría de las veces sin sueldo, pero lo que nunca le faltaría sería que comer. Pronto Trusevych comenzó a ganar peso y a Kordik se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol patrocinado por la panadería.

Trusevych se mostró encantado con la idea. Aquel panadero le había dado trabajo, pero sobre todo le había devuelto la dignidad. Comenzó a recorrer los barrios de Kiev puerta con puerta buscando a sus antiguos compañeros. No era tarea fácil. Alguno estaba preso, otros fallecidos y el resto estaban desperdigados por la ciudad.

Al cabo de unas semanas Trusevych había reunido a un grupo heterogéneo formado por ocho antiguos futbolistas del Dinamo de Kiev y tres jugadores del Lokomotiv de Kiev. Todos se reunían en la panadería estatal número 3, el establecimiento regentado por Kordik, para charlar de la vida, de fútbol…y para comer.

Aquellos chicos formaron el FC Start.

Su historia pasaría a ser legendaria.

Los nazis, en su intento por dar normalidad a la ocupación, organizaron un campeonato de liga en la ciudad. Participarían un total de seis equipos. Dos conjuntos alemanes y otros dos formados por las guarniciones rumana y húngara de la ciudad. Las otras dos escuadras serían el FC Start y el conjunto hecho con los colaboracionistas ucranianos. Éstos últimos serían los únicos que podrían jugar como locales en el antiguo estadio nacional.

El primer partido del FC Start fue contra los colaboracionistas ucranianos y se saldó con una clara victoria (7-2). La siguiente víctima fueron los húngaros que, al igual que los rumanos, eran aliados de los nazis y solían ocuparse de las zonas ya conquistadas, dado que el Alto Mando alemán confiaba poco de sus dotes en el campo de batalla. Decía que el FC Start se enfrentó a los húngaros logrando una fácil victoria (6-2). Más apabullante sería la siguiente ante la guarnición rumana (11-0) o la lograda ante los militares alemanes (9-1).

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La única foto conocida del FC Start

Por entonces la fama del FC Start ya era conocida en Kiev y en buena parte de Ucrania. Estaba claro que los rivales eran simples aficionados y que el FC Start estaba formado por futbolistas de verdad, pero cada pequeña victoria henchía el orgullo de los ucranianos, los cuales veían cada gol como una patada a la vanidad de los ocupantes.

Conscientes de que las victorias del FC Start podían inspirar a los ucranianos y disminuir la moral de las tropas del Eje, las autoridades nazis tenían la esperanza en que el Flakeif lograse vencer a esos rebeldes. El Flakeif era el equipo de la Luffwaffe, las fuerzas áreas, y allí era donde servían la mayoría de los antiguos futbolistas alemanes. Antes el FC Start volvió a vencer a rumanos y húngaros por 6-0 y por un ajustado 3-2 respectivamente. Cabe señalar que por entonces Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, y aunque solo se tratasen de futbolistas aficionados, la victoria contaba con cierto prestigio.

Que aquellos futbolistas desarrapados humillasen al Reich era inaceptable. Y lo fue mucho más cuando el FC Start derrotó al Flakeif por un clarísimo 5-1. Mal equipados y alimentados, aquellos futbolistas ucranianos estaban poniendo en tela de juicio tanto el orgullo alemán como las teorías raciales nazis. Sin apenas tiempo para recuperarse, apenas 72 horas más tarde se programó la revancha entre el Flakeif y el FC Start. El partido se jugaría en el estadio nacional Zenit de Kiev, antes conocido como Estadio Rojo y en la actualidad renombrado Estadio Olímpico de Kiev. Se trataba de un coloso de cemento capaz de acoger a cerca de 70.000 espectadores a pesar de sufrir diversos desperfectos por culpa de varios bombardeos.

Ya no era un partido de campeonato. Era una revancha a vida o muerte.

Los días previos la comida comenzó a llegar en tropel a la parte de atrás de la panadería de Kordik. Junto a la carne o los huevos llegaban también mensajes de ánimo y lágrimas de orgullo ante lo que aquellos chicos estaban haciendo. Aparecieron también nuevas camisetas y hasta alguna bota de fútbol usada.

El 9 de agosto el FC Start y el Flakeif saltaron al césped del Olímpico de Kiev ante una multitud callada, pero con el pecho henchido de júbilo. En el palco varios gerifaltes alemanes. En el circulo central, el colegiado. Un oficial de las Waffen-SS, el cuerpo de élite del entramado nazi, sin más conocimiento del reglamento que el de ayudar lo máximo posible a los suyos. Los ucranianos sabrían que el arbitraje sería tendencioso y mucho más cuando minutos antes del partido reciban la visita de un miembro de las SS que les advertiría de las funestas consecuencias de una nueva victoria.

Como era de esperar el Flakeif hizo gala de su poderío físico ante la impasibilidad del árbitro. Así llegaría el primer tanto. Trusevych recibió una patada en la cabeza en un tumulto en el área, y mientras el portero ucraniano se recuperaba, los alemanes anotaron el primer gol a puerta vacía.

El partido transcurrió y las fuentes orales hablan de tirones de pelos, agarres de camiseta, puñetazos en el estómago y violentas patadas en la espinilla, todas con el beneplácito del colegiado. Aun así, el FC Start logró anotar tres goles antes del descanso, uno de ellos tras un precioso zig-zag entre varios defensores de Makar Goncharenko, seguramente el futbolista con mayores cualidades técnicas de los allí presentes.

En la segunda parte el FC Start acusó los golpes y el cansancio. Llegó a anotar dos tantos más, que rápidamente fueron contrarrestados por los nazis. El marcador señalaba un 5-3 a favor de los ucranianos cuando Kimilenko, defensa central de los locales, avanzó con la pelota, sorteó a varios rivales y se plantó delante del portero alemán engañándole con un golpe de cadera hasta encontrarse con la portería vacía. Fue entonces, cuando en lugar de anotar un gol, decidió darse la vuelta y pegar un pelotazo dirigido al público mientras alzaba los brazos en señal de victoria.

Los casi 70.000 espectadores rugieron como si no hubiese un mañana.

Faltaban aún unos minutos para el final del encuentro, pero el árbitro decidió pitar la conclusión antes de tiempo.

Aquello iba a tener consecuencias. Ya habían sido advertidos.

La afrenta resquebrajó la sonrisa hierática de los ocupantes nazis. Sí, el FC Start era un equipo de ex futbolistas. Pero eran seres humanos mal alimentados, con profundas cicatrices por la represión y con el miedo azuzando sus cabezas. Era subhumanos que habían vencido a la élite del ejército más poderoso jamás visto.

Una semana más tarde, el 16 de agosto de 1942, el FC Start venció a otro equipo alemán por 8-0. Al día siguiente los jugadores ucranianos fueron arrestados por orden de la Gestapo acusados de ser espías soviéticos. En realidad, todos eran miembros del Partido Comunista porque para jugar al fútbol en la Unión Soviética era obligatorio afiliarse al partido. Nikolai Korotkykh murió torturado mientras el resto de la plantilla fue enviada a un campo de concentración. Cuatro compañeros más acabarían falleciendo, entre ellos el portero Mykola Trusevych, el impulsor de esta epopeya.

A finales de 1943 los soviéticos liberarían Kiev de la ocupación nazi y la historia saldrá a la luz por vez primera. Lo hará con sordina, dado que serán acusados por Moscú de “confraternizar con el enemigo” por aceptar jugar partidos de fútbol contra los nazis. Los tres supervivientes tuvieron que callar hasta que tras la muerte de Stalin el régimen comunista decida abrir algo la mano. Fue entonces cuando gracias al esfuerzo de Makar Goncharenko, uno de los tres supervivientes, la historia pase a ser ‘vox populi’ debido a la publicación de un libro. Inmediatamente aquellos chicos del Dinamo de Kiev se convirtieron en héroes nacionales ucranianos y en héroes soviéticos en Rusia y en el resto de la Unión Soviética. Fue tal la fama que en 1981 se inauguró un grupo escultórico conmemorativo a las puertas del Estadio Olímpico de Kiev, que durante unos años fue rebautizado como Estadio FC Start.

Mitos y verdades sobre el "partido de la muerte": el día que un equipo  ucraniano venció a soldados nazis - Infobae
Estatua en los aledaños del Estadio Olímpico de Kiev

Por entonces ya Crimea formaba parte de Ucrania. Tras la muerte de Stalin en 1953 y la llegada al poder de Nikita Kruschev se inició un proceso de Desestalinización. Kruschev pidió perdón por el genocidio cometido en Ucrania durante los años 30 y, como medida de distensión, decretó que la península de Crimea formase parte de la República Soviética de Ucrania. Cuando la URSS se desmiembre en 1991 y Ucrania consiga al fin su independencia, aquella decisión se verá como errónea cuando Rusia y Ucrania peleen por el territorio más codiciado del Este de Europa. El desatino acabará con una guerra iniciada en 2014 y todavía inconclusa a la hora de escribir estas líneas.

Mientras, el Dinamo de Kiev se recompuso y en 1961 obtuvo su primera liga soviética. A partir de entonces se erigió en el equipo más importante de la Unión Soviética, practicando siempre un fútbol técnico y ofensivo. Al igual que los equipos lituanos sobrepasaron a los moscovitas en baloncesto, el Dinamo de Kiev hizo lo mismo en el deporte rey. En 25 años ganó 13 ligas de la URSS, se convirtió en el único equipo soviético en lograr títulos internacionales y parió al mejor entrenador que ha dado el Este de Europa (Valeri Lobanovsky) y a dos Balones de Oro (Oleg Blokhin e Igor Belanov). Sí, Lev Yashin, el jugador más legendario de la URSS, era ruso, pero si bien en la victoria soviética en la Eurocopa 1960 había siete rusos por tan sólo un ucraniano, cuando en 1988 queden subcampeones de la Eurocopa habrá tan sólo dos rusos en el once inicial frente a siete ucranianos. El influjo del fútbol ucraniano y del Dinamo de Kiev llegó incluso al siglo XXI, cuando Andrey Shevchenko y compañía siguieron demostrando la superioridad del balompié en el antiguo Rus de Kiev.

P.D: A Hollywood le dio por convertir la historia en una película. Stallone fue Trusevych y Pelé fue Goncharenko. En lo único en que se parecía ‘Evasión o Victoria’ al ‘Partido de la Muerte’ es en que todo estaba poblado de nazis. Todo lo demás es pura, y deliciosa, ficción.

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Copa Mitropa; el torneo que tuteó a una guerra

Antes, mucho antes, de la creación por parte de la UEFA de la Copa de Europa existía la Copa Mitropa. Y antes, mucho antes, de que se creara el Campeonato Europeo de la UEFA (por todos conocido como Eurocopa) ya existía la Copa Mitropa. Y, por supuesto, antes de que se creasen competiciones de dudoso interés como la Liga Europa Conferencia de la UEFA o la Liga de Naciones de la UEFA, también existía la Copa Mitropa. Y, desde luego, antes de que una pandemia obligase a aplazar partidos y torneos ya había guerras que ponían patas arriba al mundo, y por ende, al planeta fútbol.

La Copa de la Europa Central fue creada en 1927 impulsada por Hugo Meisl, afamado entrenador y arquitecto del ‘Wunderteam’ austriaco que asombraría al mundo en la década de 1930. Hasta entonces los clubes tenían que demostrar su valía internacional en encuentros amistosos. La idea de la Copa Mitropa era crear un torneo entre los mejores equipos de Europa Central. Los motivos eran dos. Por un lado, el nivel del fútbol centroeuropeo era entonces sobresaliente y ya reputadas voces consideraban que al menos igualaba al británico. Por otro parte, la excelente red de ferrocarriles de la zona y la escasa distancia entre las principales capitales centroeuropeas permitían desarrollar un campeonato de corta duración.

En las dos primeras ediciones participaron los campeones y los subcampeones de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. En 1929 los italianos reemplazaron a los yugoslavos, quienes estaban a punto de iniciar una guerra civil, y en 1934 se decidió la ampliación del torneo a cuatro escuadras por país. En 1936 entró en liza Suiza, y la última reforma data de 1937 cuando se unieron los clubes de Rumanía y se reincorporaron los de Yugoslavia. La Copa de la Europa Central pronto pasó a ser conocida como Copa Mitropa por la empresa que la patrocinaba. Mitropa era la compañía de restauración que operaba en las líneas férreas de Centroeuropa. De hecho, Mitropa no es más que el acrónimo de ‘Mittleuropa’, que es el término alemán para definir la Europa central.

Durante la década de 1930 la Copa Mitropa vio desfilar a algunos de los mejores futbolistas del momento. Ganadores en esos años fueron el Sparta de Praga de Nejedly (máximo goleador del Mundial de 1934), el Bolonia FC de Schiavo, Andreolo o Ceresoli (bicampeones en el Mundial de 1934 y 1938), el Slavia de Praga de Josef Bican (futbolista con el mayor número de goles de la historia) y, especialmente, el Austria Viena del maravilloso e icónico Matthias Sindelar. El sistema de participación era simple. Campeones ligueros como cabezas de serie y eliminatorias a ida y vuelta hasta quedar un único contendiente.

MATTHIAS SINDELAR, el futbolista que desafió a Hitler.
Sindelar; el Mozart del fútbol

Para 1939 la Copa Mitropa comenzó con una ausencia significativa. Tras el ‘Anschluss’ del año anterior, Austria pasaba a ser una provincia más del Tercer Reich alemán. Sindelar aparecería muerto en su casa por culpa de una intoxicación por monóxido de carbono. Aún hoy se discute si fue un accidente, un suicidio o el asesinato de un futbolista judío. Pero la historia de Sindelar no es la que nos ocupa hoy. El caso es que en 1939 ningún equipo austriaco pudo participar en la que fue la última Copa Mitropa antes del inicio de la guerra.

Y es que en septiembre de 1939 estallaba la II Guerra Mundial.

Con Europa en guerra lo normal es que la competición se parase.

Pero no fue así.

El torneo ocupaba dos meses en el calendario, generalmente junio y julio, a imagen de los torneos internacionales de selecciones de la actualidad. En el verano de 1940 Austria y Chequia eran provincias alemanas, Italia empezaba a lamentarse de haber retado a Gran Bretaña por la hegemonía del Mediterráneo y Suiza se dedicaba a contemporizar. La Copa Mitropa de 1940 contó con ocho equipos y, entre los participantes en esos cuartos de final, sólo había escuadras húngaras (3), yugoslavas (3) y rumanas (2).

Copa Mitropa | Wanderers
Copa Mitropa

Cuando el 17 de junio se disputan los partidos de ida de los cuartos de final, Francia estaba a punto de capitular ante el fulgurante avance de las tropas alemanas. Cinco días después Alemania controlaba un territorio que iba desde Hendaya, a orillas del Cantábrico, hasta Memel, bañado por el Mar Báltico. La intención de los alemanes para ese verano de 1940 era reorganizarse y preparar el asalto de Gran Bretaña por mar y aire.

Así, la relativa calma de Europa central permitía continuar con la Copa Mitropa aunque fuese bajo mínimos. Rumanía había sido el país más beneficiado en Europa central tras el fin de la I Guerra Mundial. Prácticamente había doblado su territorio. Favorecido además por la existencia de pozos petrolíferos, el rey Carol II firmó un acuerdo con los nazis para suministrarles crudo a cambio de su neutralidad. Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades, la Unión Soviética, con la que Rumanía compartía frontera, exigió a los rumanos la devolución de la Besarabia, una región que había sido adquirida por Rumanía al término de la I Guerra Mundial. Todavía nazis y comunistas mantenían la paz, pero era obvio que Rumanía iba a tener que elegir bando.

En cambio, Hungría había sido la gran derrotada en la I Guerra Mundial. Lo que antes había sido un inmenso Imperio ahora era un pequeño Estado sin voz ni voto en las decisiones importantes de Europa. Hungría alcanzó la II Guerra Mundial con un régimen fascista que simpatizaba con los nazis, pero sin atreverse a aliarse con ellos. El gran escollo era Eslovaquia. Tras considerar Chequia provincia alemana, los nazis crearon Eslovaquia como un país títere bajo su control. Sin embargo, el territorio que había servido para crear Eslovaquia era reclamado por Hungría como propio. Para complicar más la situación los húngaros exigían también la devolución de parte del territorio rumano. Lo cierto es que los nazis estaban de acuerdo con los húngaros, pero no estaban dispuestos a perder el apoyo de los rumanos y, con ello, perder también el control de los pozos petrolíferos.

Yugoslavia era en 1940 un paraje de paz en medio de la tormenta. Pero era un país débil. Estaba gobernado por una regencia con apoyo militar en la que había que hacer malabares para contentar a serbios y a croatas, a anglófilos y filonazis. A medida que los designios de la guerra iban dando vencedor a los alemanes, era más que evidente que el país iba a estallar en mil pedazos.

Un ‘cacao maravillao’. Pero conviene explicar el contexto histórico para entender lo que sucedió después.

Europa ocupada por la Alemania nazi - Wikipedia, la enciclopedia libre
Europa 1941. El triunfo nazi

Cuando Rapid de Bucarest, Gradanski Zagreb (antecesor del Dinamo de Zagreb), Ferencvaros y OFK Belgrado se clasifican para semifinales, los alemanes están haciendo el Desfile de la Victoria a los pies del Arco del Triunfo parisino. Alarmados ante el éxito de los nazis y sabedores de que sus tropas están ocupadas en el oeste, la Unión Soviética decide dar un paso al frente. El 26 de junio de 1940 Stalin lanza un ultimátum a Rumanía exigiéndole la devolución de la Besarabia, a sabiendas de que Hitler no se interpondrá por ahora en su camino al necesitar la Wehrmacht un más que evidente descanso.

Rumanía pide ayuda a Alemania. Los teutones se hacen los suecos y recomiendan a los rumanos que pidan una prórroga a los soviéticos para responder al ultimátum. Mientras todo esto ocurre tienen lugar las semifinales. El Ferencvaros se clasifica derrotando por un global de 2-1 al OFK Belgrado. En el otro duelo Rapid de Bucarest y Gradanski tienen que jugar un tercer partido de desempate en la yugoslava ciudad de Subotica al acabar en empate sin goles los dos partidos.

El desempate está fechado para el 10 de julio. Pero ya entonces la Besarabia es parte de la URSS tras una rápida intervención militar. También lo son Lituania, Letonia y Estonia. Hitler tiene los ojos puestos en Gran Bretaña y deja hacer a Stalin. En el ámbito futbolístico el partido de desempate también acaba en tablas (1-1), por lo que hay que dictaminar por sorteo quien se clasifica para la final. La diosa fortuna sonríe al Rapid que se convierte en el primer equipo rumano en disputar una final de la Copa Mitropa.

La final entre Rapid de Bucarest y Ferencvaros estaba programada para el 21 y el 28 de julio de 1940. El partido de ida sería en Rumanía y el de vuelta en Hungría.

Fue entonces cuando Hungría decidió dar un paso al frente. Viendo la debilidad rumana, los húngaros contemplaron la posibilidad de hacerse con la Transilvania, el territorio que demandaban desde el fin de la I Guerra Mundial a Rumanía. Hungría consideraba que, si la URSS podía recuperar la Besarabia, ellos también podrían hacer lo propio con Transilvania.

Ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Transilvania (oeste) y Besaravia (este)

Rumanía se niega y moviliza sus tropas. Hungría hace lo mismo. En Alemania estalla la preocupación. Hitler ve como sus dos aliados, uno por su petróleo y el otro por razones étnicas e ideológicas, están a punto de estallar en guerra. Los diplomáticos van y vienen y se establece un arbitraje tras reunión a tres bandas para el 30 de agosto en Viena. Hitler manejaba con destreza la lisonja. Cuando tenía formada una opinión sobre un asunto, consultaba con aquellos que sabía que la compartían. Cuando tenía tomada una decisión en firme, la persona que había sido consultada, halagada por haber sido llamado por Hitler, se sentía doblemente agradecida al pensar que había influido en la decisión del Führer. También tenía la cualidad extraordinaria de memorizar pasajes de libros y datos estadísticos, utilizando el viejo truco de halagar a los subordinados conociendo pasajes de su vida profesional y personal.

El caso es que el partido se aplaza y se fijan como fechas alternativas el 18 y el 25 de agosto. Pero en estas el Ferencvaros se niega a jugar en Rumanía, por lo que hay que buscar una solución de compromiso. Se decide celebrar una final en campo neutral en Viena…el 30 de agosto.

Justo el 30 de agosto.

No hubo final.

A primera hora de aquel 30 de agosto se dividió en dos Transilvania. El norte pasó a pertenecer a Hungría y el sur a Rumanía. Lejos de resolver el problema lo enquistó. Más de 1.000.000 de rumanos pasaron a ser ciudadanos húngaros y medio millón de húngaros siguieron siendo rumanos. A partir de ahí Hitler actuaría con inteligencia contentando los deseos de unos y de otros. El temor de que Alemania cediese la totalidad de la Transilvania a uno de los dos bandos ayudó a que en 1941 rumanos y húngaros se conviertan en aliados activos de los nazis y participen en la invasión de la URSS.

El partido entre Ferencvaros y Rapid de Bucarest nunca llegó a disputarse. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Transilvania volvió a ser rumana. Besarabia hubo de esperar a 1991 para lograr su independencia. La mayoría de su territorio forma hoy Moldavia, aunque otras zonas se reincorporaron a Ucrania en el norte y a Rumanía en el sur. Por su parte Rumanía tuvo que ceder territorio a Bulgaria, Hungría se quedó como estaba y Yugoslavia se volvió a unir tras fragmentarse en mil pedazos. Todo, por supuesto, bajo control de Moscú, que desde 1945 sustituyó a Berlín como centro de decisión de la zona.

La Copa Mitropa no volvería a disputarse hasta 1951, aunque a partir de entonces su interés y su nivel registraron un constante declive. En 1949 se había creado la Copa Latina que contaba con conjuntos españoles, portugueses, italianos y franceses, cuyo nivel de fútbol estaba en continua progresión y que pronto iba a dejar muy atrás al de Centroeuropa. Después, la creación de la Copa de Europa en 1955 acabaría por enterrar definitivamente a este tipo de competiciones.

La Copa Latina feneció en 1957 tras ocho ediciones, mientras que la Copa Mitropa sobrevivió hasta 1992. Lo hizo de mala manera, con equipos de segunda fila, muchos de ellos no profesionales. Acabó siendo un torneo amateur exactamente igual a aquellos que pretendía sustituir. Pero lo que nadie le podrá quitar a la Copa Mitropa es ser la competición pionera en la construcción de una cohesión europea a través del fútbol. Y, sobre todo, la Copa Mitropa seguirá siendo esa competición capaz de tutear a una guerra y estar a un único partido de vencerla.

Blog Vintage: De la Mitropa Cup a la Copa Angloamericana - Eurosport
Vasas de Budapest. 6 títulos de Copa Mitropa

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¡No tinc por! (el terrorismo en el mundo del deporte)

¿Por qué Israel juega en Europa? (de como los judíos pasaron a ser de apestados a protegidos por la élite europea)

Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco (ETA y los duros años de la Transición a golpe de pedal)

De cuando se perdonó al rugby en Irlanda (católicos y protestantes; fútbol y rugby; república y monarquía)

Obradovic y el Partizán de Fuenlabrada (de como un club de exiliados ganó una Copa de Europa de baloncesto)

Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país (Mandela y el poder del rugby para impedir una guerra civil)

Berlín 1916 (de como la I Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1916)

De Helsinki a Tokio (de como la II Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1940 y 1944)

A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (la perspectiva deportiva de la última guerra europea del siglo XX a través de dos artículos)

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La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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Cuando Italia ganó una Eurocopa gracias a una moneda

En el momento de escribir estas líneas Italia e Inglaterra están a 48 horas de disputar la final de la Eurocopa. Para los italianos sería la segunda. Para los ingleses la primera. Será el fin de fiesta de una Eurocopa que empezó mal. Aplazada un año por la pandemia, con restricciones de público y dispersa en distintas sedes por culpa de una mala idea de Michel Platini. Después se enderezó con partidos entretenidos, buen juego, igualdad absoluta y eliminatorias al borde del colapso cardiaco.

Finlandia y Macedonia del Norte fueron las debutantes de una Eurocopa en la que Cristiano Ronaldo batió el récord de goles de la competición. No destacó por su juego de pies el astro portugués, sino por un juego de manos que le costó a Coca-Cola una pérdida de 4.000 millones de dólares en bolsa. Portugal se fue a casa antes de tiempo, como Alemania y Francia. Los tres conformaron un grupo con 12 títulos europeos y mundiales que daba miedo, pero acabó dando pena.

Suiza pasó a ser noticia por mor del fútbol por vez primera desde 1954 y Escocia consiguió llegar al siglo XXI. La UEFA dejó reivindicar a Ucrania sus derechos sobre Crimea. Muy a su pesar también dejó a Neuer reivindicar los derechos LGTBI a pesar de la negativa húngara. Austria brilló liderada por un futbolista negro mientras su máximo goleador era sancionado por un gesto racista.

Holanda ya no es Holanda. Ahora es Países Bajos. Holanda maravillaba con sus extremos. Países Bajos intenta agradar con tres centrales y dos laterales. En Bélgica destaca el otro Hazard, pero el resultado es igual de decepcionante que de costumbre. El mejor jugador del mundo en los últimos 18 meses mete 3 goles pero su Polonia se va para casa a las primeras de cambio. El eterno futuro jugador del Real Madrid no marca ningún gol, falla un penalti, pero sigue siendo el ídolo de la Francia futbolística.

Del Real Madrid no hay jugador alguno en España. La selección cambió Bilbao por Sevilla, anduvo llorando vacunas, empezó sin Busquets y con un seleccionador insoportablemente chulesco y ha acabado ilusionando con unas semifinales y tres prórrogas antológicas. Morata pasó de Salinas a Villa y de Villa a Salinas de un día para otro.

Inglaterra y Dinamarca dieron más de lo que se esperaba. Fuera de las islas los ingleses nunca ilusionan, pero por una vez parece que han cumplido con las expectativas que tenían dentro de sus fronteras. Dinamarca ha ilusionado y ha sobrepasado expectativas dentro y fuera de sus límites. Estuvieron a punto de llorar a un muerto y acabaron siendo semifinalistas con un seleccionador que igual no sabe mucho de bloque bajo ni de bloque alto, pero que se sacó el doctorado en coaching durante la Eurocopa.

Gane o pierda la final, para Italia la Eurocopa es un punto de inflexión en su tradición futbolística. Suma más de 30 partidos sin perder y juega los partidos con un extraño optimismo. Ha abandonado el ‘catenaccio’, aunque mantiene el espíritu y el oficio si es menester.

Decía al inicio que puede ser la segunda Eurocopa para Italia. Sea lo que sea, ninguna podrá ganar en originalidad a la primera. Una Eurocopa en la que el triunfo se logró gracias a una moneda.

— ITALIA Y LA MISTERIOSA MONEDA DE LA EUROCOPA 1968 —

La fase final de la Eurocopa 1968 se disputaría en Italia, con semifinales en Florencia y Nápoles y finalísima en Roma. Eran tiempos de apogeo del ‘catenaccio’. Tiempos en los que primaban los sistemas defensivos, los marcajes al hombre y se había reforzado sobremanera la preparación física. Era el llamado fútbol fuerza. Fue el último gran torneo sin tarjetas, las cuales pronto se harían indispensables ante un juego que rayaba la violencia.

Por entonces la fase final sólo contaba con cuatro equipos. La Eurocopa era un fin de fiesta comprimido en cuatro días. Antes había grupos de clasificación y una ronda de cuartos de final a ida y vuelta. En uno de esos duelos Inglaterra vencería a España con claridad con victoria en Wembley y en el Bernabéu. Los otros clasificados eran Italia, la Unión Soviética y Yugoslavia, que pasó por encima de Francia en cuartos y había vencido a Alemania en el grupo de clasificación.

Yugoslavia repetiría machada en semifinales al eliminar a Inglaterra, por entonces vigente campeón mundial, con un gol de Dzajic. En Nápoles Italia y la URSS se enfrentaban ante la presencia de más de 75.000 tifosis. A pesar de jugar en casa los italianos partían como víctimas. Habían sido humillados por Corea del Norte en el Mundial anterior mientras que la URSS había jugado las semifinales mundialistas dos años atrás y era la vigente subcampeona europea.

Eurocopa 1968 | Semifinales | Italia fue finalista ante la URSS porque en  el sorteo salió 'cara' - AS.com
Italia vs URSS. 1968

Las dos selecciones completaron un partido aburridísimo en el que ambas escuadras se dedicaron a eliminar al rival, por lo que el resultado final fue un esperado 0-0. La media hora de prórroga tampoco sirvió de nada y el marcador se tornó en inamovible.

Como comentaba fue éste el último gran torneo sin tarjetas. También fue el último sin sustituciones. Los once iniciales, salvo el portero lesionado, eran intocables y tenían que resistir hasta el fin. Tal fue el caso de Gianni Rivera que aguantó tocado en el campo como simple figura decorativa.

Fue también el último gran torneo sin tanda de penaltis. Tras un empate lo habitual era jugar un segundo encuentro tras 48 horas. En este caso la organización decidió que tras 120 minutos de igualada fuese el azar el que designara al finalista. Tschenscher, el colegiado alemán, reunió en el vestuario de San Paolo a Facchetti y a Shesternev, capitanes de Italia y la URSS respectivamente. La moneda salió del bolsillo del español Agustín Pujol, que ejercía de delegado de la UEFA en el encuentro. La moneda voló y cayó al suelo y Facchetti gritó triunfalmente ¡testa!. Había salido cara. Los jugadores de Italia volvieron exultantes al terreno de juego y el público napolitano comprendió con rapidez que su selección jugaría la final. La prensa titularía ‘otro milagro de San Gennaro’.

Sobre la moneda se han escrito mil historias. Unos dijeron que era una pieza de coleccionista con una cara con un balón y otra con una portería. Otros que era un franco francés en desuso y los más que era una moneda de 100 liras. La versión oficial es que era una moneda de cinco francos suizos con la figura de Helvetia (la imagen femenina que representa Suiza en la cara) y la cruz de la bandera en la otra inscripción.

Tampoco hay acuerdo acerca de si la moneda se lanzó al aire una o dos veces. Lo que sí parece cierto es que el árbitro no la cazó al vuelo y cayó al suelo, desde donde fue recogida y mostrada a los capitanes. Otra versión indica que la primera pieza se perdió en las rendijas de una ducha. De ahí que unos digan que se usó una segunda moneda. Quizá la de 100 liras o quizá la pieza de coleccionista.

Final de la Eurocopa 1968 - Wikipedia, la enciclopedia libre
Shesternev (i) y Facchetti (d)

Shesternev comentaría que no entendió nada de lo que se habló durante ese trascendental sorteo. Se torna creíble por las lenguas allí presentes, más poco verosímil porque la elección de un sorteo a cara o cruz es un idioma universal. Las suspicacias quedaron instaladas en el imaginario colectivo para la posteridad cuando años después, en un reportaje realizado por la UEFA, Facchetti comentó que él había escogido cruz. Si escogió cruz, ¿por qué saltó al campo gritando ¡Testa, testa! Abbiamo vinto? (¡Cara, cara! Hemos ganado).

Un simple lapsus de la edad. Un serpenteo de la memoria.

Tras el milagro, apenas 72 horas después, Italia y Yugoslavia se vieron las caras en Roma. Desde el primer momento el juego ofensivo de los eslavos se impuso antes unos italianos que estaban exhaustos tras los 120 minutos napolitanos. Al descanso, Yugoslavia vencía por 0-1 con otro gol de Dzajic y sumaban numerosas ocasiones. En la segunda parte los plavi reclamaron hasta tres claros penaltis que el colegiado decidió omitir. No hizo lo mismo con una falta más que dudosa al borde del área al poco del final que Italia, por obra de Domenghini, aprovecharía para lograr el empate definitivo.

Esta vez no había moneda de la suerte. Dos días después ambos equipos se volvieron a citar en el Olímpico de Roma en la repetición de la final. Era un día de semana y apenas se cubrió la media entrada. El seleccionador italiano cambió a la mitad del once inicial mientras que su homólogo yugoslavo solo modificó a uno de sus hombres. Lo pagaría caro. Gigi Riva adelantó a los ‘azzurri’ a los 12 minutos en un evidente fuera de juego que otra vez fue omitido por un claro arbitraje casero. El causante, en este caso, el español Ortiz de Mendíbil.

A la media hora Anastasi ponía el 2-0 con un latigazo desde fuera del área. Fue el fin del partido. Yugoslavia tendría la posesión y las ocasiones desde entonces hasta el fin de los 90 minutos, pero las buenas paradas de Dino Zoff y el peso del cansancio, al prácticamente calcar la alineación del encuentro anterior, pasaron factura.

https://www.youtube.com/watch?v=Sg1dAqaaeNs

Italia se proclamaba por vez primera en su historia campeona de la Eurocopa. Lo hizo ante su público, con arbitrajes caseros y con un juego compacto y ultradefensivo. Pero ni los ánimos de la afición italiana, ni los colegiados tendenciosos, ni la oda al ‘catenaccio’ fueron los principales causantes del triunfo. Fue el azar, reencarnado en moneda de cinco francos suizos, la que hizo a Italia campeona de la Eurocopa.

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1990. Italia signora del calcio (el culmen del fútbol italiano)

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La tragedia de Superga (como un accidente de avión se llevó por delante al Grande Torino)

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¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En la prehistoria del baloncesto, cuando la técnica aún estaba en pañales, el componente morfológico era el primordial. Los países de la Europa septentrional, alta y bien alimentada, dominaban el básquet. Pero sólo en uno de esos lugares, en una esquina del Mar Báltico, la técnica del baloncesto evolucionó con celeridad, lo que unido a las excelentes condiciones físicas convirtió al baloncesto en su seña de identidad. En Lituania el `krepsinis’ (baloncesto) es sagrado. Lituania comparte etnia y lengua con los letones. Pero en Letonia pocos juegan al baloncesto. Lituania comparte cultura con Suecia o Estonia. Pero pocos en Suecia o en Estonia juegan al baloncesto. Lituania comparte historia, religión y glorioso pasado en común con Polonia. Pero pocos juegan al baloncesto en Polonia. Entonces, ¿por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En 1937 y 1939 Lituania se coronó como bicampeona de Europa antes de que la pequeña república báltica perdiera su independencia frente a la URSS. El padre del básquet lituano fue un californiano llamado Frank Lubin. Era un pívot que frisaba los dos metros y que había ganado la medalla de oro en los JJ.OO de Berlín de 1936 honrando los intereses de Estados Unidos. Frank era hijo de inmigrantes lituanos y recibió una invitación para defender la camiseta de Lituania en la II edición del Eurobasket que tendría lugar en 1937. Frank Lubin transcribió su nombre al lituano quedando para la posteridad el nombre de Pranas Lubinas como el héroe que condujo al pequeño país de cerca de 3 millones de habitantes a la victoria en los Eurobasket de 1937 y 1939. Al año siguiente, y tras la anexión del país a la URSS, Lubinas volverá a ser Lubin y retornará a Los Ángeles donde fallecerá en 1999.

Esos son los años en los que el baloncesto pasa a ser un deporte sagrado para los lituanos. En esa época los católicos lituanos vivían acomplejados frente a sus vecinos protestantes de Estonia y Letonia. Aunque en Occidente tenemos la simple idea de que las tres repúblicas bálticas son uniformes la realidad es mucho más cruenta. El Eurobasket de 1937 se había celebrado en la vecina Letonia y la victoria en el país fronterizo fue celebrada con algarabía por los lituanos. Se cuenta que el tren que traía a la selección de vuelta a casa tuvo que parar en cada población para que en cada pueblo se felicitase y se aplaudiese a sus héroes.

Pero el alboroto popular duró poco tiempo. En 1940 las tropas de la URSS invadieron Lituania iniciando una ocupación del país que duraría medio siglo. Los oponentes políticos y los grandes pensadores y empresarios fueron asesinados o deportados a Siberia. Los fantásticos jugadores de baloncesto lituanos pasaron a integrarse en las filas de la URSS. Hasta entonces Rusia no se había fijado demasiado en el básquet, pero a partir de los años 50 lo convertiría en uno de sus pilares deportivos.

Lituania iba a ser rusificada. Pero encontró en el baloncesto la fórmula de escape. Apresada por Rusia, amenazada históricamente por Alemania e hija de un pasado grandioso con Polonia, ninguna de esas tres grandes naciones había desarrollado un baloncesto de élite capaz de competir con la pequeña Lituania. Además, Lituania era un país desarrollado. Tuvo siempre la renta per cápita más alta de toda la URSS y aún hoy tiene un nivel de vida superior a países como Polonia o Grecia y similar a otros como Portugal o Chequia. Los hijos de la clase alta lituana que lograron escapar a Estados Unidos se formaron en universidades norteamericanas y, aún hoy, los proyectos de baloncestistas en Lituania prefieren formarse en la NCAA estadounidense que en cualquiera de las canteras más potentes del básquet europeo.

Y aun con todo, durante las cinco décadas de comunismo el CSKA de Moscú dominó la liga soviética con mano de hierro.

Desde 1954 y hasta que la norma fue abolida en 1987 el CSKA podía reclutar a los mejores promesas del país para que hicieran el servicio militar en Moscú mientras defendían la camiseta roja del CSKA. A excepción de 1968 (Dinamo de Tiblisi) y 1976 (Spartak de Leningrado) el CSKA ganó la liga soviética en todos esos años. De entre las grandes figuras del momento, tan sólo Aleksandr Belov consiguió jugar toda su carrera en el Spartak de Leningrado de su ciudad natal debido a los servicios prestados a la patria al anotar la canasta que doblegó a los Estados Unidos en los JJ.OO de 1972.

La excepción estaba en Lituania. Para mantener a los revoltosos lituanos tranquilos, las autoridades soviéticas permitieron que los jugadores lituanos permanecieran fieles a sus equipos. Rebeldes e inconformistas hicieron del Statyba de Vilna y especialmente del Zalgiris de Kaunas un reducto a prueba de bombas, un componente indisociable de la identidad lituana.

Siempre en un segundo o un tercer lugar, el Zalgiris alimentará en la década de los 80 a una generación irrepetible que el destino querrá que coincida en el tiempo con el desmantelamiento y putrefacción de la URSS. Homicius, Iovaisha, Kurtinaitis y sobre todo Arvydas Sabonis, harán que el Zalgiris acabe con el dominio del CSKA para vanagloria del nacionalismo lituano.

El Zalgiris conquistará la liga soviética en 1985, 1986 y 1987. Mención especial para este último título que se decidió con una victoria épica en un partido a vida o muerte disputado en Moscú. Más de 5.000 lituanos se trasladaron a la capital rusa sin entradas para asistir a ese choque definitivo. Ante la llegada de esa horda de lituanos, Aleksandr Gomelsky, entrenador del CSKA, exigió que todos los asientos se distribuyeran a aficionados locales. Pero los seguidores del Zalgiris se apelotonaron en las inmediaciones del pabellón y cambiaron a los rusos sus entradas por botellas de vodka. Así fue como el Zalgiris se alzó con el título en Moscú con un pabellón lleno de lituanos gritando por su libertad. La leyenda dice que Serguei Tarakanov, capitán del CSKA, encontró su taquilla llena de zurullos de mierda cuando acabó el choque y se retiró al vestuario.

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Sabonis y Tkachenko. Dos gigantes. Dos mundos

Meses después de la caída del Muro de Berlín, Lituania declara unilateralmente su independencia. A diferencia de lo que había ocurrido con los países de la órbita comunista, Gorbachov no consiente que ninguna república soviética se independice. Nuevamente Lituania vuelve a mirar al baloncesto para autoafirmarse. Ningún lituano participará como jugador de la URSS en el Mundial de baloncesto de 1990. Sabonis, la estrella más famosa del básquet europeo, declara públicamente que sólo volverá a jugar una competición si es vistiendo la camiseta verde de Lituania. Sin la presencia de los bálticos, la URSS recibirá una paliza ante Yugoslavia en la final del torneo.

Meses más tarde, y ya con la independencia en el bolsillo, un puñado de lituanos rubios y desgarbados, con sus bufandas verdes y amarillas, y millones de ellos a través del televisor, contemplarán como Lituania derrotará a los restos del Imperio Soviético en el partido por la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En aquellos Juegos, tras los inalcanzables estadounidenses, consiguieron subirse al pódium Croacia y Lituania. Para ambos países, recién independizados, esos Juegos Olímpicos son una suerte de fiesta nacional.

Hoy, la selección de baloncesto de Lituania es una habitual en el medallero de las competiciones internacionales. El básquet es el único deporte que está subvencionado por el Estado y recibe continuas ayudas públicas para el fomento de las diferentes categorías inferiores. Las banderas y las bufandas amarillas, verdes y rojas que antaño surgían clandestinas por debajo de las chaquetas hoy pululan con orgullo por cada región del país. Cada aldea cuenta con su humilde cancha de baloncesto jalonada por su bandera tricolor.

«No tenemos intención de jugar más con la URSS. Sólo defenderemos la camiseta de Lituania. Somos una nación distinta a la que durante muchos años se le ha privado de libertad y de sus señas de identidad, como la bandera, el himno o la lengua. La integración en la URSS fue fruto de una guerra, no del acuerdo de nuestro pueblo. No somos rusos, somos lituanos”, Arvydas Sabonis y Valdemaras Homicius en unas declaraciones conjuntas a la prensa en marzo de 1990 renunciando a competir en el Mundial de 1990 y a volver a vestir la camiseta de la URSS.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

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Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

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Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

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