Wimbledon

Boris Becker

1985. Boris le pega tan fuerte a la bola que siempre parece que va a salir por fuera de la pista. Tiene 17 años. Su saque es pura potencia. Su volea es perfecta. Un potro salvaje que parece a punto de despeñarse. Rubio. Guapo. Con cara de no haber roto nunca un plato. El futuro es suyo. Se le otorga el apodo de ‘Boom boom Boris’, dado que sólo necesita dos derechazos para noquear a su oponente.

1978. Leimen. Alemania Occidental. Boris es campeón nacional. Cuenta con once años. Lo hace todo a lo grande. Con las victorias se muestra eufórico hasta rozar la demencia. Con las derrotas se llena de rabia y se vuelve impredecible. Para Boris no hay término medio. O el todo o la nada.

1985. Wimbledon. John McEnroe, el gran favorito, queda eliminado en cuartos de final. A la final llega el sudafricano Kevin Curren, cabeza de serie número 8. Su rival es un chico de 17 años y 7 meses que responde al nombre de Boris Becker. Toda Alemania se pega a la televisión. Boris es una fuerza imparable al subir a la red. Su celebración cerrando los puños y dando pasitos con los pies hacia adelante causa sensación. Visceral, en su tenis no hay respeto alguno por su cuerpo. Se tira al suelo por la bola como muñeco de trapo. Pide aplausos al público por doquier. Es tribunero hasta la saciedad. Y gana. Es histórico. El jugador más joven en vencer en Wimbledon. El primer alemán que gana en la casa del tenis británico. Becker es un héroe nacional y es recibido como tal a su vuelta a Alemania. En las siguientes semanas recibirá más de 50.000 cartas de admiradoras con peticiones entre románticas y de sexo explícito. No es tiempo de redes sociales.

2005. Boris Becker reside en Miami. Conoce allí a Lilly. Boris es halagador, carismático, guapo y tiene mucho dinero. Muchísimo dinero.

1986. Boris es captado por Ion Tiriac, un exjugador ahora convertido en agente. Tiriac decide hacer millonario a Becker y de paso hacerse millonario él mismo. Boris se instala en Londres y vende exclusivas sobre su vida cada dos por tres. El alemán Bild se harta de sacar fotos de Boris y sus amigas. Todo forma parte de un acuerdo. No son robadas. Son pactadas. Él mismo perdió la oportunidad de hacer una vida normal. Por ahora le va bien. Gana Wimbledon por segundo año consecutivo. Becker es sinónimo de éxito. También es una superestrella sin valores.

Boris Becker

1987. Se muda de nuevo. Ahora vive en Montecarlo. La idea es no pagar impuestos. Pero la mina de oro gripa al entrar en una pista de tenis. Cae a las primeras de cambio en Australia. Su entrenador, aquel que lo conoce desde niño, decide renunciar ante los aires de divo de su antaño protegido.

2008. Zúrich. Boris lleva unos meses saliendo con una chica de la nobleza alemana mucho más joven que él. Llama por teléfono a Bild y anuncia que se va a casar. Lilly, su novia desde hace tres años, se entera por la prensa. Se entera de que Boris va a contraer matrimonio…con otra.

1989. Boris vuelve. Gana su tercer Wimbledon ante Stefan Edberg y logra el triunfo en el US Open. En el mes de enero de 1990 vence en el Open de Australia y obtiene el número 1 mundial. Recibirá honores ante los fotógrafos acompañado de su nueva conquista.

1992. Open de Australia. Boris aparece con su nueva novia. Se llama Bárbara. Es negra. Y es la buena. Un año después contraen matrimonio. El noviazgo marca un hito en tierras teutonas. Es la primera pareja interracial de renombre que se recuerda en Alemania. Su boda es televisada. Boris se convierte en papá y su rendimiento cae en picado. Parece otro y deja de un lado el tenis.

1996. Boris es la sexta raqueta en el ránking mundial. Es el número uno en el ránking de los mejores pagados. 125 millones de dólares en nueve años. Tiene propiedades en Londres, Múnich, Miami y Montecarlo. Todas son casas de lujo. El fisco alemán le reclama. Nunca ha pagado impuestos. Comenzará un largo juicio y Boris renegará de los alemanes. Envidia me tienen, dice. Cae de los 100 primeros del mundo y en 1998 se retira. Apenas cuenta con 29 años.

1999. Boris va a ser padre por segunda vez y decide volver a las pistas acuciado por sus problemas fiscales. Entrena como nunca. Pero su vuelta es terrible. Cae en primera ronda de Wimbledon por tres sets a cero ante Patrick Rafter. Lo deja definitivamente. Está destrozado. Se siente viejo e inútil. Esa noche deja a su mujer embarazada en casa y se va a cenar y a bailar a un local de lujo en el barrio de Mayfair londinense. Acabará acostándose con una empleada del restaurante.

2000. Annus horribilis. El Bild publica fotos de un recién nacido que es idéntico a Boris. Es su hijo ilegítimo. Nacido de aquella noche en Mayfair. Boris otorga una entrevista donde cuenta la surrealista historia de que aquella mujer le había drogado para luego hacerle una felación y quitarle el esperma con la intención de inseminarse. Sin embargo, eso no fue lo peor. La condena del fisco alemán es firme y Boris no puede enfrentarse a ello. Por un lado, toca pagarle al Estado alemán y por otro pagarle un multimillonario divorcio a su hasta entonces esposa.

2003. Boris está en Nueva York. Había sido condenado a dos años de cárcel de los que se libró. Hubo de pagar más de dos millones al fisco.

2008. Boris comunica a Bild que no se casa. Apenas ha pasado un mes desde que anunció que pasaría por la vicaría en segunda ocasión. Vuelve con Lilly y al poco ambos aparecen en un programa de máxima audiencia de la televisión alemana para anunciar su compromiso. En 2009 son matrimonio. Es el segundo de ‘boom boom’. Y otra vez es televisado. La boda es televisada. Para Becker la fama es una droga. Sino conseguía ser famoso por algo que hacía bien, lo iba a seguir siendo por hacer el ridículo. Aparece en shows televisivos bailando, cocinando, cantando o, simplemente, riéndose de sí mismo. Invierte en negocios de diferente calado y todos caen en desgracia. Pone dinero en la construcción de pozos petrolíferos en Nigeria que no van para arriba y en torres en Dubái que no se levantan.

2017. Arbuthof Bank, el banco que había financiado con intereses escandalosos la lujosa vida de Boris, reclama a su cliente 4.000.000 de dólares. Becker redobla sus exclusivas, sus ridículos y sus apariciones en fiestas privadas. Está perdido.

2013. Djokovic confía en Becker para ser su entrenador. Boris encarga su biografía. Le va bien. Compra una finca en Mallorca y encomienda una casa cuyo coste asciende a 15 millones de dólares. No les paga a los trabajadores y acumula una deuda de medio millón de euros con el constructor. Es demandado y recibe una visita de la justicia española. Le ordenan subastar la propiedad. El día del peritaje mete dos caballos purasangres en el dormitorio principal para que el perito no los encuentre. Necesita dinero rápido y lo consigue con un particular que le da 1.200.000 dólares al 25%. El particular se cubre las espaldas con una entidad bancaria llamada Arbuthof Bank.

2018. A Becker le piden el divorcio. El segundo. Otra vez una infidelidad. Y otra vez se publica en Bild. Y sigue sin ser el principal problema. El fisco está al acecho. Ahora la cárcel sí que es una realidad. De la primera se salvó por no tener antecedentes. Ahora no tiene salvavidas. Le paga a un alto funcionario de la República Centroafricana un pastizal para conseguir el cargo de agregado de deportes y así lograr la inmunidad diplomática. Es una estafa. Es todo falso. Está acabado. Le quitan sus propiedades en Estados Unidos y en Inglaterra y tras un largo litigio es condenado a tres años de cárcel en 2022.

2022. En diciembre, tras ocho meses en una prisión londinense, Becker sale de la cárcel por buen comportamiento y bajo la premisa de no volver a pisar nunca más el Reino Unido. Un helicóptero lo espera en la puerta del presidio y de allí lo lleva a su casa de Múnich. Al día siguiente da una entrevista en exclusiva en la televisión alemana por la que se lleva 250.000 euros.

Tres meses después presenta un documental sobre su vida y es cazado por los fotógrafos con su nueva y jovencísima novia mientras sigue aferrándose a la fama con la misma fiereza con la que golpeaba pelotas cuando apenas contaba con diecisiete años.

Becker saliendo de la cárcel

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El 68 de Arthur Ashe

Actualmente formamos parte de lo que los historiadores dieron en llamar Historia Contemporánea. Hay quien argumenta que, en tiempos futuros, 1989 marcará el fin de esa etapa para darle paso a una nueva que está por nombrar. La caída del Muro de Berlín es la pauta a marcar para el común de los mortales. Pero hay algo más. En 1989 Tim Berners-Lee comenzó a desarrollar la página web que haría realidad en 1991, el mismo año en el que la bandera de la hoz y el martillo dejó de ondear en el Kremlin. Sólo el futuro nos dirá si 1989-1991 marcará una nueva era. No obstante, hay historiadores que van más allá. Según sus teorías el mundo futuro (nuestro presente) comenzó en 1968. Ese año, por vez primera en la Historia de la Humanidad, los jóvenes pasaron a tomar el control de la sociedad substituyendo a la experiencia y al respeto de los más ancianos a los que siempre se les había considerado como garantes de sabiduría.

La mujer arrinconada en su casa dio un salto triple mortal hacia la libertad. Y el hombre por vez primera se rebeló ante la guerra. Todas las generaciones de varones debían afrontar la posibilidad de morir en el campo de batalla. Aquellos nacidos en la década de 1940 se rebelaron contra el futuro establecido. En 1968 los jóvenes occidentales desaprobaron al sistema, rechazaron a la autoridad y renegaron del mundo que había sido construido. La tradición, la religión y la familia dieron paso, y para quedarse para siempre jamás, al ocio, a la libertad individual y a lo que se daría en llamar disfrutar de la vida.

Arthur Ashe es una de esas personas a las que 1968 les cambió la vida.

Arthur Robert Ashe fue un niño del sur. Nacido y criado en Richmond, capital de Virginia. O lo que es lo mismo. Capital de los Estados Confederados de América. De la América del algodón y de la esclavitud. Su padre trabajaba como chapuzas para un reputado médico…reputado médico blanco. Ashe y su padre eran negros. El señor Ashe era humilde, pero se afanó por ofrecerle a su hijo una educación exquisita. Ante todo, le mostró que podría conseguir lo que desease mientras se manifestase sereno. Si era inteligente, si tenía un comportamiento impecable y si usaba el cerebro y nunca los puños, lograría prosperar.

Arthur Ashe se aplicaría a rajatabla las enseñanzas de su padre. En la vida y en el tenis. Y es que Arthur comenzó a practicar en el jardín de la casa del doctor Johnson. Sus progresos fueron extraordinarios. Jugaba vestido de blanco, con una pelota blanca, con líneas blancas y rodeado de blancos. Y era el mejor entre todos ellos. Y se reían de él, y le insultaban y le escupían. Y Arthur contestaba con una sonrisa.

Si se mostraba sereno podría conseguir lo que querría. Lo tenía grabado a fuego.

Era un Tío Tom.

El Tío Tom es el personaje de una célebre novela del siglo XIX que cuenta la historia de un esclavo y su familia, quienes a pesar de las múltiples desgracias que les acontecen, aceptan su destino y su situación con respecto a los blancos. Malcolm X llamaba Tío Tom a Martín Luther King.

Los negros estadounidenses llaman Tío Tom a aquellos otros negros que consideran sumisos con los blancos o, simplemente, poco reivindicativos.

Arthur Ashe era un Tío Tom de manual.

Arthur Ashe

Lo que es seguro que era Arthur era un tenista extraordinario y mejor persona. Como tenista tenía una derecha descomunal. Era rápido y agresivo. Delgado, desgarbado y con un gran revés y un mejor saque. Pudo saltar al mundo profesional, pero recibió varias becas deportivas y decidió matricularse en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA). Allí estudió economía y aprovechó su tiempo libre para viajar. Se echó una novia blanca y aprovechó la libertad y el anonimato que le daba California para convertirse en ciudadano del mundo.

Arthur era in intelectual. Jugaba al tenis con gafas de pasta. Le gustaba vestir bien y llevar ropa de marca. Frecuentaba los clubes elitistas de la América blanca. No era para nada el estereotipo del afroamericano. Los blancos cumplían con el cupo y los negros no entendían que hacía rodeado de blanquitos. Arthur el Cagón le llamaban. Había dudas y desprecio. Pero él no apreciaba nada de ello. Su padre no sabía leer y le había inculcado una obsesión por la disciplina y por el respeto hacia los blancos. Si él lo tenía hacía ellos, ellos lo tendrían hacía él.

Había guerra en Vietnam. Los negros renegaban de ella. Era una guerra de blancos. Si en Estados Unidos no había libertad no iban a ir ellos a luchar para defenderla en un remoto rincón de Asia. Ashe no pensaba así. Renunció nuevamente a su carrera profesional, cambió de universidad y se matriculó en la Academia Militar de West Point. Su hermano estaba en Vietnam. Desde el fin de la II Guerra Mundial se estableció que dos hermanos no podrían combatir en la misma guerra. A Arthur le dio igual. Se alistó en los marines y allí estuvo. Es cierto que no fue un recluta al uso. Fue tratado en palmitas y no estuvo nunca en primera línea de combate. Pero allí estuvo.

Muhammad Ali perdió su título de los pesados y fue encarcelado por negarse a ir a Vietnam. Arthur Ashe hizo todo lo contrario.

Arthur era un Tío Tom.

Fue vilipendiado por sus hermanos negros.

Era 1968. Y entonces mataron a Luther King. El hombre que creía en la reconciliación entre razas. Fue un golpe para Ashe. Por vez primera sintió la necesidad de dar un paso adelante. Dio un discurso en una marcha en Washington DC.

Meses después mataron a Bobby Kennedy. El pequeño del clan era candidato a la presidencia. Era un rico blanco de la Ivy League, pero creía en la igualdad de razas. Aquello supuso un golpe total para Ashe. Todos sus ideales estallaron en mil pedazos.

Y fue asaltado.

Y fue presionado.

Tenía que dar un paso al frente.

Tenía que convertirse en activista.

Era tiempo del US Open. Su primer US Open. Su primer gran torneo como profesional.

“Todos quieren que hable. Será la raqueta la que hablará por mí”.

Fueron las únicas palabras de Ashe en todo el torneo.

Ashe fue el único negro participante en todo el torneo. El único entre 128 candidatos. Venció en la final al neerlandés Tom Okker en cinco sets. Al día siguiente, un lunes lluvioso en Nueva York, decenas de ciudades estadounidenses registraron disturbios raciales que se saldaron con varios muertos. Ashe dio su primera entrevista en semanas. Habló de tenis y por vez primera habló de lo que estaba sucediendo en Estados Unidos. Nuevamente fue ambiguo. Fue calmado. Fue el Luther King de la raqueta. No gustó ni a unos ni a otros. “Soy un campeón negro. Se me escuchará y utilizaré las palancas del poder para hablar. Pero lo haré a mi manera, no a la manera que quieren los demás. Yo no me reprimo. Yo interiorizo las cosas”.

Ashe comenzó a frecuentar programas de radio y de televisión y a conceder entrevistas a periódicos y revistas influyentes. Lo hacía siempre sin levantar la voz, con una calma pasmosa. Iba bien vestido y se mostraba afable a la vez que beligerante. Usaba siempre gafas de pasta de distintos colores que lo hacían agradable a la cámara. Comenzó a cartearse con Nelson Mandela, quien desde una cárcel sudafricana propugnaba el perdón entre negros y blancos en lugar de la venganza. Ashe renunció a jugar la Copa Davis o a ganar dinero en grandes torneos para poder competir en Sudáfrica, un lugar donde los negros tenían prohibido empuñar una raqueta. Le negaron por tres veces el visado hasta que a la cuarta logró entrar en el país. Se dedicó a visitar barrios negros, jugar al tenis con niños pobres o regalar material deportivo a cualquiera que se lo pidiese. Después jugó el torneo de Johannesburgo ante miles de espectadores blancos. Él era el único negro presente en el recinto. Perdió frente a su compatriota Jimmy Connors, la genuina expresión del blanco rico y arrogante.

En Estados Unidos fue criticado. Su derrota era una vergüenza para los negros. Su exposición en Sudáfrica era un sinsentido para los blancos. No era querido ni por unos ni por otros. Pero Ashe estaba haciendo algo distinto. Algo que poco a poco iba a calar entre la sociedad estadounidense. Arthur Ashe fue la primera persona pública que hizo comprender a los negros que la ortodoxia negra no era sustituta del racismo blanco institucionalizado. No es negros contra blancos. No es venganza. Se trata de que la gente tenga libertad para tomar sus propias decisiones. Ese es el objetivo.

Ashe en Sudáfrica

Los años pasan y la figura de Ashe es cada vez más respetada. Ashe lleva tiempo lejos de su mejor nivel. La raqueta ya no es su prioridad. Estamos en 1975. Wimbledon. Jimmy Connors es el gran favorito. No pierde set alguno hasta plantarse en la final. Connors había demandado a Ashe años atrás, cuando lo de Sudáfrica, por antipatriota al renunciar a jugar la Copa Davis. No pierde set alguno. Ashe, ya con 32 años, había vencido contra pronóstico a Björn Borg anteriormente.

En la final Ashe cambia se habitual juego directo y agresivo por uno de ritmo lento donde usa y abusa de los globos. La idea es bajar el ritmo para que Connors no se muestre cómodo. Arthur utiliza la cabeza y no los músculos, tal y como le hubo inculcado su padre. Vencería por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4 poniendo un colofón majestuoso a su carrera.

Wimbledon 1975

Una vez retirado Arthur Ashe se convertiría en capitán estadounidense de la Copa Davis. No le tembló el pulso para meter en vereda a John McEnroe por sus desplantes e hizo las paces con Jimmy Connors por el bien del equipo. Cuando Ashe se cuadraba ante el himno nacional todos callaban. Por entonces ya era un hombre reverenciado por negros y por blancos a lo ancho y largo de Estados Unidos. Se casó con una fotógrafa negra y siempre se jactó de anteponer la carrera profesional de su mujer por encima de todo lo demás. También luchó para incrementar los premios en los torneos femeninos para igualarlos al de los hombres.

En 1983 sufrió un ataque al corazón y en 1988 se hizo público que era portador de Sida. Su hija de cinco años se enteró a través del USA Today que filtró la noticia con un gusto deplorable. Fiel a su estilo, Ashe cerró la boca e invitó a su hija a un helado. Nunca más volvería a dar una entrevista a ese diario, pero de su boca tampoco salió jamás palabra malsonante alguna. Viviría cinco años más y aun tendría tiempo, visiblemente enfermo, para viajar a Sudáfrica y darle un abrazo a Nelson Mandela cuando éste salió de la cárcel.

«Sé que nunca me habría perdonado si hubiera elegido vivir sin un propósito humano, sin tratar de ayudar a los pobres y desafortunados, sin reconocer que, quizás, el goce puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros». Arthur Ashe.

“Demasiados negros sueñan con ser deportistas y pocos sueñan con ser médicos, abogados, ingenieros, periodistas o profesores”. Arthur Ashe.

“En el mundo 50.000.000 de chicos comienzan a jugar al tenis, 5.000.000 aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran al circuito, 5.000 alcanzan jugar un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando estaba levantando el trofeo en Wimbledon nunca le pregunté a Dios; ¿Por qué a mí? Y hoy con el Sida, tampoco le debería preguntarle; ¿Por qué a mí?”. Arthur Ashe.

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Las lágrimas de Martina Navratilova

A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.

Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.

Navratilova (i) y Evert (d)

El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.

Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.

Pero había algo más.

Algo más trascendental.

Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.

Y menuda bomba.

A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.

Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.

Fue un shock.

Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.

En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.

En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.

Faltaban casi veinte años.

En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.

Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.

Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.

Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.

Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.

Las lágrimas de Martina

Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.

En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.

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La marcha de los campeones

Wimbledon 1980. John McEnroe vs Björn Borg. El supermocoso contra el hombre de hielo. El aspirante contra el gran campeón. El volátil contra el reflexivo. El mejor resto y contraataque contra el saque y volea perfecto. El partido fue épico, glorioso. Adjetivos usados con cierta profusión, con tanta profusión que pierden su propio valor. En este caso no. Expertos, jugadores y aficionados lo catalogaron como la mejor final del siglo XX. Hasta que Nadal y Federer contrastaron estilos en la hierba londinense allá por 2008 no se volvió a ver nada igual. Pero volvamos a 1980. McEnroe pierde por un set a dos ante Borg. Lo tiene perdido. No obstante, se levanta. Gana el cuarto set por 18-16 en el tiebreak. Lo tiene en su mano. Pero se le escurre entre los dedos y pierde el quinto y definitivo. (6-1; 5-7; 3-6; 18-16 (tiebreak), 6-8).

John McEnroe lo había dado todo. Y todo no era suficiente. En el quinto set Borg había cambiado el ritmo. Había dado una marcha más. Años después McEnroe denominó la diferencia entre la élite y el olimpo “la marcha de los campeones”. Y esa marcha era algo que John todavía no tenía.

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John se había hecho tenista por Borg. Era su ídolo. Su modelo a seguir. Lo cierto es que apenas se llevaban un puñado de años. Concretamente el sueco le sacaba un trienio al estadounidense. Ambos crecieron en los 70, década en la que el tenis dio el salto al profesionalismo y con ello al prestigio, la fama y el dinero. Es el tenis un deporte individualista y, por ende, profundamente estadounidense. Y John McEnroe quería ser uno de esos triunfadores.

Hijo de abogado con carrera militar, intensamente respetuoso y buen estudiante, el niño McEnroe pronto se convirtió en rebelde adolescente. Era una estrella del rock en potencia. Su padre se había graduado como abogado como número dos de su promoción y no se cansaba de repetir a su hijo que él no podía ser número dos en nada a lo que quisiese dedicarse. Su objetivo tenía que ser siempre el número uno. Cuando John se hizo profesional su padre pasó a llevarle sus asuntos empresariales. No lo hacía gratis y, de hecho, le cobraba a su hijo las horas extras. Con esos mimbres, disciplina y ética de trabajo por un lado y presión y falta de cariño por el otro, el cóctel resultante resultó fascinante.

En un mundo en expansión, arrogante y necesitado de estrellas, aparece un neoyorkino de 18 años que se planta en cuartos de final de Wimbledon con pocos músculos y gran variedad de golpes perfectamente sincronizados. Su carácter volcánico le lleva a insultar al árbitro, a romper raquetas y a acordarse de la madre de su rival o de cualquier elemento del público que osase mirarle mal.

Es 1977. En semifinales se enfrenta ante Jimmy Connors, compatriota y entonces mejor jugador del mundo. Perderá McEnroe. No es su momento. Pero la anécdota tendrá lugar antes del inicio. Los modales del niño disciplinado surgen cuando McEnroe se aproxime a la gigantesca figura de Connors. “Encantado de conocerle, señor Connors”, le dice. Obtendrá el silencio como respuesta.

A partir de entonces la guerra será el pan de cada día.

John McEnroe o gusta o no gusta. No hay término medio. Gana su primer grande en casa. Es 1979. Open USA. Lo celebra con una noche de rock, drogas y sexo por Nueva York. John encanta al público neoyorkino. Amortigua la pelota con ingenio y presiona constantemente a su rival para buscar su error. No para quieto e, incluso cuando está quieto, no para de hacer aspavientos con su raqueta.

No para ni dentro ni fuera de la pista. Maniático, pero con mil rutinas. Un bicho raro. Una vez llamó gordo a un tipo que comía gustosamente un perrito caliente durante un partido. Otra vez hizo un comentario sobre el sugerente escote de una mujer que, según afirmó, le impedía concentrarse en el partido. Todo ello podía tener su pizca de gracia en el desenfadado Nueva York, pero era absolutamente reprobable en la tradicional Londres. “Wimbledon es una anciana con una taza de té bebiendo”, diría en cierta ocasión.

John McEnroe - Wimbledon 1981 | Tennis legends, Tennis, John mcenroe
John McEnroe

Si. McEnroe era persona non grata en Wimbledon. Todo el mundo celebró su derrota ante Borg en 1980. Björn era el niño mimado. Elegante, educado, serio, respetuoso y guapo. Guapísimo. Su éxito con las chicas era más envidiado por McEnroe que sus triunfos con la raqueta. Sueco y monárquico. Lo tenía todo para ser adorado en Londres. Y lo curioso es que Borg había sido un niño travieso y movido. Mal estudiante. A base de golpes y castigos pasó a ser un adolescente reservado en la pista capaz de controlar sus propias emociones. Afrontó justo el proceso inverso que había vivido John. Borg era la antítesis de McEnroe.

Volvamos a Wimbledon 1980. Semifinales. McEnroe vs Connors. Éste último logra un punto de saque directo. McEnroe protesta y dice que la bola ha salido fuera. Hace el amago de irse de la pista. Pero no lo hace. Ha madurado. Gana los dos siguientes sets y se clasifica para la final. Y piensa que va a ganar. Pero no lo hace. Pierde en esos cinco famosos sets. En el partido del siglo. Y reflexiona. ¿Qué tiene Borg que no tiene él?

La marcha de los campeones.

John McEnroe decide buscar la grandeza. Ser el número uno. Entrena como nunca. Se centra. Deja las drogas y el alcohol. Deja la fiesta. Su padre le diseña un campus de entrenamiento pseudomilitar.

Meses después llega el Open USA 1980. John se coloca con ventaja de dos sets. Pero Borg empata. Vuelven los miedos. Pero todo cambia. McEnroe gana el quinto y con ello el título (7-6; 6-1; 6-7; 5-7; 6-4). Es la primera vez desde 1974 que Björn Borg pierde un partido a cinco sets.

La confirmación tiene lugar al año siguiente. Wimbledon 1981. Por el camino un famosísimo cabreo de tres pares de pelotas por una bola que según él había entrado (ver vídeo al final). Pierde el primer set ante Borg, pero luego tira de templanza para levantar varias bolas complicadas y hacerse rey de Londres (4-6; 7-6; 7-6; 6-4) McEnroe gana…y explota. Vuelve a ser él mismo. Arrogante, vulgar y totalmente falto de empatía. Es su esencia. Necesitaba ganar para mandar a todo el mundo a la mierda. Declina ir al baile de los campeones. Renuncia a los actos oficiales organizados en Wimbledon.

Las siguientes semanas vuelve a las andadas. La marihuana y la cocaína a la orden del día. Decide tomarse un descanso y marcharse una semana de gira musical con Bruce Springsteen. Con el tiempo dirá que, al igual que Maradona, podría haber ganado mucho más de no haberse drogado. No son los estupefacientes los que aumentaron su rendimiento. Al contrario. Cuestionará siempre a los que duden de él.

Sin saberlo el duelo estaba llegando a su fin. Open USA 1981. Gana John. Borg se va de la pista durante la entrega de trofeos. Como Federer ante Nadal, Borg está destrozado. Ha encontrado a su némesis. Y Borg revienta. Anuncia su retirada con 26 años de edad. Busca paz y alivio. También desenfreno tras tantos años reprimido. Se introducirá en un túnel oscuro con los sospechosos habituales (alcohol y drogas), pero en unos años volverá al redil y será feliz. Mucho más feliz que cuando jugaba al tenis.

“Me sentía vacío. Es más fácil llegar a la cima que mantenerse. Ganaba, pero no me importaba. Lo único que deseaba es que Borg anunciara su vuelta. Era lo único que me hacía feliz”; entonaría años después John McEnroe.

Sin Borg, McEnroe pierde el rumbo. Combina derrotas bochornosas con actuaciones portentosas. Es irregular. Muy irregular. Y su carácter se avinagra mucho más. Necesita ayuda psicológica. 1982 y 1983 son para olvidar. En 1984 resucita. Vuelve a dejar la noche durante unos meses. Un clic asoma en su cabeza. Es la marcha de los campeones. No compite en Australia porque no está preparado, pero se propone ganar los otros tres grandes en 1984. Su tenis es excelso. El mejor de su carrera. Es el número 1 del mundo tanto en individuales como en dobles. Arrasa en Wimbledon y en el US Open, pero pierde la final de Roland Garros. Cae ante Ivan Lendl, el nuevo chico malo del tenis. Gana los dos primeros sets y luego llega la debacle (6-3; 6-2; 4-6; 5-7; 5-7). Lendl es un bicho de tierra y McEnroe sabe que no volverá a tener otra oportunidad igual. Nunca ganará en Paris.

Falto de motivación, McEnroe se apaga. Acabará haciéndose amigo de Borg. Hablaran de la presión de las pistas y de sus complicadas infancias. McEnroe fue excepcional, pero solo llegó al olimpo en determinados momentos. La marcha de los campeones fue efímera en su trayectoria. Orgulloso como pocos, McEnroe no se retiró. Las siguientes ocho temporadas deambuló por el circuito convirtiéndose en una caricatura histriónica de sí mismo. Intentando recuperar una marcha que ya estaba perdida.

“Algún día lo entenderás”. Las cuatro palabras que Borg le dijo a McEnroe cuando éste último le pidió explicaciones por su abrupto retiro.

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El largo adiós de Roger Federer

Fue la Alemania de Otto von Bismarck la que a finales del siglo XIX desarrolló un sistema nacional de pensiones. Era opcional y semiprivado. Pero era algo. A España llegó en 1908, todo gestionado a través de los bancos y las cajas de ahorro. Pero será tras la II Guerra Mundial cuando las pensiones se vuelvan globales y universales. Ahí los pioneros fueron los británicos, creando un sistema que a través del impuesto sobre la renta costeaba la educación, la sanidad y las pensiones. En un contexto de expansión laboral y familias numerosas el sistema nacía con el éxito garantizado. Por vez primera en la historia una persona podía llegar a sus últimos años de vida con la tranquilidad de que no necesitaría trabajar para subsistir. La idea era que, si todo niño debía crecer bajo el paraguas de la felicidad, todo anciano debía dejar este mundo protegido por el mismo paraguas.

Viva alegría. Así define la Real Academia Española de la Lengua (la RAE) la palabra júbilo. De júbilo pasamos a estar jubiloso. Y uno está jubiloso cuando está jubilado. O debería. Pero no siempre es así. Hay gente que vive con más estrés cuando dejan de trabajar que cuando están trabajando.

Se dice que la clave consiste en la planificación. La hay de dos tipos. Primero la del día a día. Decidir cuáles serán tus ocupaciones cotidianas cuando llegue la senectud. Segundo los planes a largo plazo. Los proyectos que uno quiere acometer antes de que la guadaña haga su aparición. Los críticos argumentan que si planear es un error cuando se es joven mucho más lo es cuando el ocaso hace su aparición. Lo real es que planificar es indispensable para tener un proyecto de vida, pero siempre sabiendo que los planes raramente se cumplen. Sin planes no hay ilusión. Pero sin improvisación no hay felicidad. Planificar, replanificar y volver a planificar. Así funciona la vida. Si pensamos que tenemos que comprar en el supermercado para comer el próximo domingo, ¿Cómo no pensar en que hacer los siguientes 10 años de vida? ¿20 años? ¿30 años, quizás?

Los años de estudios y tus prácticas podrían contar para tu jubilación! -
La rueda de la vida

Cuando uno se jubila habitualmente tiene una luna de miel consigo mismo, pero pasadas las primeras semanas hay quien no es capaz de soportar los cambios sociales (y económicos) de la etapa final. El trabajo lo ocupa casi todo, cuando, en realidad, es un tiempo de la vida. Muchas personas son asociadas al trabajo que se desempeñan. Peor aún. Cuando esa persona ha triunfado en su trabajo, su vida es el trabajo. Son militantes de una empresa. Son incapaces de jubilarse porque su estado de felicidad no está en su tiempo libre. Su felicidad es trabajar e intentarán alargar ese momento hasta las últimas consecuencias.

Ese es el caso de Roger Federer.

Roger Federer no ha estado en Londres. Lo que antaño era su jardín ahora es meramente un recuerdo. En 2021 logró avanzar hasta cuartos de final de Wimbledon. Lo hizo favorecido por una organización que lo adora y que le seleccionó un cuadro amable no acorde con su ranking presente. No gana Wimbledon desde 2017. Hace ahora cinco años. Estaba a punto de cumplir 36. A la hora de escribir estas líneas camina hacia los 41. Su última victoria en un Grand Slam fue en Australia en enero de 2018. También tenía 36. En 2021 jugó ocho partidos. En 2022 aún no ha debutado.

Pero Roger Federer no se ha retirado. Se espera que regrese en octubre para disputar el Open de Basilea. Pocos cuentan con que ese sea su último torneo.

Federer se ha ganado a pulso cuando y como irse, pero al decidir alargar de forma interminable su carrera ha humanizado al mito. Lo que en otros podría ser virtud en Federer se torna en defecto. Si hay quien cincela su estatua a base de exuberancia física y superioridad moral, Federer lo hace a base de aptitud, eficacia, calidad y elegancia. El mito de Federer se basa en una bondad indestructible que lo convierte en faro y guía incluso para aquellos que nunca lo han visto jugar. Cuando otros bajan del pedestal carcomidos por el paso del tiempo ganan en moralidad. Para Federer bajarse del pedestal es emborronar una carrera pluscuamperfecta.

Durante un cuatrienio inolvidable (2004-2007) Roger Federer ganó 11 Grand Slams. Son los años en los que el suizo era más grande que el Sistema Solar. Durante la primera década del siglo sólo la relación amorosa de Nadal con Paris hacía que el dominio de Federer no fuese definitorio. Pero no era la retahíla de títulos sino la forma de ganar lo que hacían del suizo algo nunca antes visto.

De Rod Laver hay muy poco material audiovisual. Bjorn Börg es un ídolo intergeneracional, pero al igual que le sucede a Rafa Nadal su tenis sólo está al alcance de superhéroes con raqueta. Jimmy Connors, Ivan Lendl y sobre todo John McEnroe eran una delicia para la vista, pero eran infinitamente más insoportables que Novak Djokovic. Pete Sampras era elegante pero incompleto y frío y André Agassi acumulaba triunfos y fracasos a partes iguales.

Nadie ha tenido la magnificencia de Roger Federer. La capacidad de jugar grandes golpes durante cada punto de cada set. En sus años de gloria Federer dejó una cantidad tal de raquetazos geniales como cualquier otro campeón en toda su carrera y todo, y ahí está el quid de la cuestión, con una naturalidad pasmosa, ya fuese con un agresivo saque y volea o con un golpe desde fuera de la pista en su tan poca querida tierra batida.

La marcha de Federer es dolorosa para el tenis. Porque no solo se acaba un gran campeón. Lo que se acaba es la connotación de un tenis perfecto. Tiene la estética, el repertorio de recursos y ha establecido el listón de la excelencia para generaciones venideras.

Roger Federer da señales sobre su regreso al tenis tras lesión en rodilla
Federer

2011 fue la primera vez en nueve años que Federer no conseguía un Grand Slam. Al año siguiente volvió a ganar en Wimbledon. Era la séptima vez y hacía un total de 17 Grand Slams. Por entonces Rafael Nadal contaba con 11 y Novak Djokovic coleccionaba cinco. El lugar del suizo en el Olimpo de los dioses parecía asegurado.

Aquejado de problemas de espalda anuncia que en 2013 acudirá a torneos seleccionados y aligerará notablemente su calendario. No conseguirá ganar ningún grande. Y lo mismo sucedería en los siguientes tres años. Ni siquiera en su tan querido Wimbledon conseguirá alzarse con la victoria sucumbiendo ante la eficacia y la perseverancia de Novak Djokovic. En 2014 juega un increíble partido en el que acaba pereciendo ante el serbio en el quinto set tras más de cuatro horas de infatigable toma y daca. En 2015 vuelve a caer tanto en Londres como en el US Open estadounidense y ve como la vejez hace su aparición y anuncia un tiempo nuevo.

Se opera de una rotura de menisco de la rodilla. Es la primera vez. Sale del Top-10 de la ATP tras catorce años. Sigue con 17 grandes, pero Nadal cuenta con 14 y Djokovic tiene 12 y viene como un cohete. Cierra el año sin ningún título. Deja de competir en el mes de agosto. Tiene 35 tacos. La retirada planea por su cabeza.

No es así. Resurge. Gana en Australia batiendo en otra épica lucha a Nadal. Gana Wimbledon por octava vez y se convierte en plusmarquista del torneo. Es otro Federer. Más suelto, con un revés ultra definido y que minimiza esfuerzos. Es más lento, pero incluso más grácil. Al año siguiente vuelve a ganar en Australia. Es enero de 2018. Vuelve a ser el número 1 del mundo.

Es el canto del cisne.

Entonces Roger Federer llevaba 20 Grand Slams. Un Nadal ya renqueante con su pie maltrecho sumaba 16 y al cohete Djokovic se le había frenado en los 12 títulos. Se suponía que Nadal ganaría Roland Garros (cosa que hizo) y Federer debería sumar el número 21 en Wimbledon antes de colgar la raqueta y dejar la cosa finiquitada para ser el más grande de todos los tiempos. En cuartos de final se enfrenta al sudafricano Kevin Anderson al que gana 6-2 y 7-5 y llega a tener un punto de partido en el tercer set. Sorprendentemente acaba perdiendo el duelo por 6-2, 7-5, 5-7, 4-6 y 11-13. El resto de la temporada es un fracaso, pero vuelve a sacar su clase al año siguiente para matar a Nadal en semifinales y plantarse en la final de Wimbledon donde cae ante Djokovic en cinco horas y tras desperdiciar dos bolas de partido en la que, ahora sí, parece la última oportunidad.

https://www.youtube.com/watch?v=KU_Fuc6c0dM

Ahí sí que la suerte de Federer está echada. Cuenta con 20 grandes. Nadal, con cinco años menos, tiene 18 y Djokovic suma un total de 16 con seis años menos. A partir de ahí se acumulan los despropósitos. Lesión en la ingle, segunda intervención en la rodilla y pandemia del coronavirus. Camino de los 40 se anuncia una retirada día tras día.

Pero no se produce.

Vuelve. Juega un torneo y queda eliminado. Juega otro y se retira lesionado. Se vuelve a operar del cartílago tras perder en Wimbledon, donde compite con una visible cojera, con el semidesconocido Hubert Hurkacz que le endosa un rosco. Algo inimaginable. Algo humillante. Pero sigue sin anunciar su retirada. Y mientras Nadal y Djokovic siguen ganando.

Hace hoy justo 365 días de aquella derrota. Roger Federer lleva un año entero sin pegar un raquetazo. No está oficialmente retirado. Pero como si lo estuviera. En agosto de 2021 anunció que volvería a pasar por el quirófano para operar su maltrecha rodilla. Era su tercera operación en la misma articulación en 18 meses. Acababa de llegar a la cuarentena. Su idea era despedirse en Wimbledon 2022, pero no ha sido posible. Debería decir adiós dentro de unos meses en Basilea, en casa, en el torneo donde hace ya tres décadas empezó como recogepelotas.

Nadie es perfecto. Ni siquiera Federer. Incluso a pesar de lucir una resplandeciente chaqueta blanca con sus iniciales y un bolso dorado en el All England Club de Wimbledon. Pensar que podría volver a ganar un Grand Slam es una quimera. Pero allí sigue. Negándole la oportunidad a la jubilación. Soñando con volver a la juventud.

“No dividí mi vida en días, sino mis días en vidas, cada día, cada hora, toda una vida”. Juan Ramón Jiménez.

LOS LOOKS DE FEDERER EN WIMBLEDON
Mr. Perfecto

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Algunas curiosidades del tenis

Durante la Edad Media se practicaba en Europa un deporte muy popular entre las clases nobles, con cierta similitud a la pelota vasca, y que está considerado como predecesor de nuestro tenis. Para puntuar, aquellos participantes idearon un sistema de medición sexagesimal, el utilizado en la época. Al tomar con base el número 60 (para medir tiempos o ángulos) se asegura una gran cantidad de opciones divisibles. No existe número más pequeño que sea divisible por 1,2, 3, 4, 5 y 6.

Ese sistema sexagesimal seguirá vigente hasta finales del siglo XIX. De hecho, aunque el sistema métrico decimal fue creado en la Francia napoleónica, hasta 1884 no fue aceptado, y con muchas reticencias, por Gran Bretaña, por entonces primera potencia mundial. Y justamente con el transcurrir de aquel siglo la mano fue sustituida por la raqueta. Con ello, y con la aparición de la nueva cultura postindustrial del ocio, el tenis moderno nacería tal y como hoy lo conocemos.

He aquí el nacimiento del tenis y su peculiar forma de puntación para unos. Aquellos lores de flema británica tenían que establecer las reglas de su nuevo juguete. Y coincidió que esos jóvenes de rancio abolengo formaban en su mayoría parte de la Royal Navy. Contaban entre sus asuntos de debate establecer o no el sistema métrico decimal en la navegación o mantener la medición en millas náuticas.

Y, por supuesto, aquellos caballeros iban a defender la tradición y la idiosincrasia del Imperio Británico a capa y espada. Así pues, decidieron inspirarse en el sextante para establecer la puntuación del tenis. El sextante, por cierto, es un aparato inventado en Inglaterra en el siglo XVIII para medir la elevación del sol y conocer así su latitud. Hoy, con las satélites y el GPS, queda para los nostálgicos, pero durante cerca de dos siglos fue el utensilio más preciado de la imperial Royal Navy británica.

El sextante está dividido en cuatro partes que atañen a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Posteriormente, los 45º fueron sustituidos por 40, porque su pronunciación inglesa (‘forty’ frente a ‘forty five’) hacía más fácil al árbitro cantar los puntos. Esta es la teoría más aceptada, pero hay muchas más.

Como producto snob y caballeresco, para los inventores del tenis la belleza del juego tenía que ser más importante que la victoria. Y en geometría pocas cosas hay más hermosas que una circunferencia. Símbolo de la perfección, una circunferencia tiene 360º y equivale a un set, el cual se divide en seis partes iguales (60º) que corresponden a cada juego del partido. Estos 60º se dividen en cuatro partes dando lugar a los diferentes tantos. El vencedor no sea el que consiga más puntos, sino el que antes llegue a la perfección.

Cabe señalar que el tenis es de los pocos deportes, sino el único, en el que el ganador no tiene por qué ser el que ha conseguido más puntos a lo largo de un partido.

Pero como las cosas a veces son mucho más simples, también deambula por los pasillos de la historia la teoría de que había un duque que no era muy ducho en matemáticas. Propuso contar de 15 en 15, pero como siempre sumaba mal, fuese la cantidad que fuese, al final la puntuación se quedó en los ya conocidos 15, 30 y 40.

Tenis proviene del francés ‘tenez’ y su uso deriva de que cuando el jugador ponía la pelota en movimiento gritaba ¡tenez!, que en castellano podríamos traducir por ‘¡ahí va! Luego los zapatos de corte deportivo que usaban los tenistas pasarían a ser conocidos como zapatos de tenis y así, como tenis, conocemos en buena parte del orbe a las bambas, zapatillas o playeras.

Antes de que se inventara la raqueta, los prototenistas golpeaban la pelota con un palo de golf. Ni que decir tiene que aquello era ardua tarea. No obstante, lo de sacudir a la bola con un madero común es la base del cricket. Mas es cierto que en el tenis el golpeo es constante y continuo y requiere de un utensilio con mayor área de recepción.

Al principio las pistas eran de hierba. De los cuatro Grand Slam tan sólo el parisino Roland Garros se disputaba sobre tierra batida. Podría parecer que mantener un cancha de hierba es más costoso que conservar una de polvo de arcilla, pero sucede justo lo contrario, y es la pista verde la más económica. Esto fue así hasta que aparecieron las pistas duras hechas a base de asfalto, plástico o cemento, y que hoy pueblan la mayoría de los torneos al ser las más baratas de construir y mantener.

Uno de los grandes problemas del tenis en el siglo XXI es la duración de los partidos. Para satisfacer a los ‘millennials’ se han ido ofreciendo modificaciones en los ‘tie-break’ para que los partidos no se conviertan en interminables. El objetivo es establecer un tope de puntos por el que no sea necesario ganar por dos de diferencia al rival para conquistar el ‘tie-break’. Experiencias de más de once horas de duración como las de John Isner y Nicolas Mahut en Wimbledon 2010 se antojan pavorosas (6-4, 3-6, 6-7, 7-6 y 70-68).

Las normas estandarizadas del tenis fueron probadas por vez primera en 1877 en el ‘All England Lawn Tennis and Croquet Club’, situado en Wimbledon, una pequeña y aristocrática población emplazada al suroeste de Londres. El torneo de Wimbledon es el alfa y el omega de la tradición tenística y sus ritos darían para un artículo por sí solo. En sus instalaciones sólo puede usarse el verde, púrpura y blanco. El blanco es el color obligatorio de la vestimenta de los tenistas y la tradición -o el machismo según se mire- se mantiene en el calificativo ‘Miss’ o ‘Mrs’ cuando el árbitro se refiere a una tenista. Al tenista, por supuesto, se le interpela por el apellido.

Y como no, si tanto en Francia, Estados Unidos y Australia al vencedor masculino y al femenino se les entrega una copa de campeones, en el torneo londinense a la copa de los hombres hay que contraponer una bandeja de plata que es concedida a las mujeres….

…para los que ven en esto connotaciones machistas, nada mejor que la historia de la ensaladera de la Copa Davis. Dicen que cuando Dwight Davis propuso crear una competición internacional entre los mejores tenistas de Estados Unidos y Gran Bretaña se olvidó de encargar un trofeo y tuvo que coger prestada una ensaladera de plata de casa de su abuela. No es más que una leyenda, porque la realidad es que Davis encargó a un joyero de Boston la confección de un trofeo de plata. Al parecer el orfebre, aunque residente en Estados Unidos, era un aristócrata británico. Quizás la bandeja de plata de Wimbledon fuera motivo de su extraña inspiración.

El trofeo de la Davis es uno de los más voluminosos del mundo. A su extraordinario tamaño contribuye un pedestal de madera que fue creado en 1932 para recoger el nombre de todos los campeones. Por ahora se le han añadido un total de tres pedestales y se espera que en 2036 haya que fabricar un cuarto pedestal.

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105 kilos de trofeo

Blancas, e incluso negras, eran las pelotas hasta la década de 1970. Fue entonces cuando la televisión pasó a interesarse por el deporte de la raqueta y obligó a pintar las bolas de amarillo o de amarillo verdoso, una tonalidad mucho más visible para el telespectador. La norma se hizo obligatoria en 1972, pero en Wimbledon, dónde sino, no lo sería hasta 1986.

Seguimos en Londres. A los afortunados que consiguen entrada o invitación para presenciar el torneo de Wimbledon se les invita a una taza de fresas con nata, ya que antes de que el Gran Londres arrasara con todo, las tierras de Wimbledon eran lugar de cultivo de una dulcísima variedad de fresas.

Sesudos estudios universitarios también se han preguntado porque los tenistas gritan. Los expertos concluyen que el tenista debe inhalar con la nariz y exhalar con la boca. A menudo, sin embargo, ocurre que el tenista, tras largos peloteos, ya no respira bien y emite gritos todavía más fuertes de lo habitual. Con esta técnica se imprime más fuerza al golpe y se relajan los músculos. Otros expertos, sin necesidad de estudios universitarios, sostienen que lo de los gritos es una técnica de intimidación y distracción ante el oponente a modo de hordas de bárbaros asaltando legiones.

Las primeras raquetas eran más pequeñas que las actuales y estaban fabricadas con cuerdas procedentes del intestino de una oveja y con carátula y mango de madera. Pronto lo de la oveja pasó a mejor vida, pero la madera siguió presente hasta finales de los 70. A finales del siglo XX tocó el turno del aluminio y en la actualidad las raquetas son de fibra de carbono y las cuerdas ultrarresistentes son sintéticas.

Los cuatro torneos más importantes (Open de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) configuran el ‘Grand Slam’. En categoría masculina conforman los únicos torneos donde se juega al mejor de cinco sets. El nombre proviene del bridge, un juego de cartas medieval y muy en boga entre las elites inglesas de inicios del siglo XX, y da nombre a una jugada victoriosa. Originalmente un tenista lograba el ‘Grand Slam’ cuando se alzaba con los cuatro torneos en el mismo año natural, aunque en la actualidad se acepta para el que lo consiga aun de forma alterna. Únicamente la alemana Steffi Graf ha logrado el ‘Golden Slam’, es decir, triunfar en el mismo año en los cuatro grandes torneos y lograr a mayores la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.  

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Graf. Golden Slam 1988

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La retirada de Björn Borg

A finales de la década de 1970 Björn Borg era el mejor tenista del mundo. Poseía un revés a dos manos que era inquebrantable y una profesionalidad y meticulosidad no conocida hasta entonces. Sus golpes liftados desde el fondo de la pista y su colocación en los saques mostraron el camino para el tenis moderno. Era conocido como ‘Iceberg’ porque no mostraba emoción alguna ni en la pista ni fuera de ella. Era como un bloque de hielo impertérrito a golpes externos que navegaba con extrema seguridad por la inmensidad del océano. Contaba con más de treinta raquetas que tenían que ser tensadas noche tras noche, no se afeitaba si estaba en medio de un torneo, usaba las mismas toallas partido tras partido y nunca variaba de hotel, comida o transporte mientras obtuviese la victoria. Sus manías rozaban el paroxismo.

Durante tres años consecutivos (1978, 1979, 1980) hizo doblete en Roland Garros y en Wimbledon, proeza jamás igualada y que difícilmente se volverá a lograr dado el extremadamente difícil cambio entre la superficie lenta de arcilla a la rápida de hierba en poco más de treinta días. Años atrás había ganado la Copa Davis para Suecia, por entonces primer equipo europeo con la excepción de Francia en lograrlo.

Y sin embargo, en 1982, a los 26 años de edad y en plena efervescencia física, Björn Borg, vigente campeón de Roland Garros y finalista de Wimbledon y del Open de Estados Unidos anunciaba su retirada del tenis.

¿Por qué? En 1979 surgió de la nada un joven neoyorquino llamado John McEnroe. En su habitación contaba con un poster de Borg, pero no podía ser más opuesto al sueco. Explotaba durante los partidos, contestaba bruscamente en las ruedas de prensa, se reía de sus rivales cuando los derrotaba e insultaba al público y al juez de silla cuando tomaba decisiones controvertidas. McEnroe había tenido una disciplina espartana desde niño y el tenis era su válvula de escape. Borg había sido un niño rebelde y gracias al tenis se convirtió en un hombre meticuloso.

En 1980 Borg y McEnroe se enfrentaron en la final de Wimbledon. El primero perseguía conseguir ser el primer tenista en enlazar 5 títulos consecutivos. El segundo buscaba su primer trofeo en Londres. El choque fue considerado el mejor partido en la historia del tenis hasta que Nadal y Federer se enfrentaron en la final de 2008. Tras perder claramente el primer set y tras un interminable ‘tie-break’ en el que McEnroe llegó a tener 7 puntos de partido, Borg se llevó el título tras cinco agotadores mangas (1-6, 7-5, 6-3, 6-7, 8-6).

https://www.youtube.com/watch?v=oRign2Pkhes

Borg se había llevado el título, pero había acabado mentalmente exhausto. Durante años se había propuesto ser el mejor y ocultar sus dudas y frustraciones ante rivales y aficionados. Por el camino se había vuelto introvertido y lloraba a escondidas mientras miles de jovencitas y afilados publicistas llamaban a su puerta. Era una estrella del pop. El primer tenista con entrenador personal y con un batallón de guardaespaldas. Y ahora, por primera vez, tenía un rival enfrente al que creía que no podría derrotar.

Meses después ambos tenistas se enfrentaron en el Open de Estados Unidos. Borg nunca había ganado en Nueva York y en 1980 tampoco iba a lograrlo. McEnroe se llevó el triunfo y otra vez fueron necesarios cinco agotadores sets (7-6, 6-1, 6-7, 5-7, 6-4).

Por el camino Borg se casó con su novia, una joven rumana que había surgido de la nada, y empezó a barajar abandonar el tenis mientras era tentado una y otra vez a jugar en torneos de exhibición y los patrocinadores le llevaban de un estudio a otro a grabar anuncios.

Así pues, la temporada de 1981 dio comienzo y Borg volvió a barrer en Roland Garros logrando su sexto título en tierra batida. Poco después tocaba el turno de obtener el doblete y vencer en la hierba de Wimbledon. Pero esta vez el ganador fue McEnroe en cuatro ajustados sets. Borg salió de la pista central convencido de que todo había acabado. Para McEnroe la felicidad no fue completa, porque se convirtió en el primer campeón de la historia que no era invitado a la cena oficial debido a sus exabruptos durante el torneo.

Aún hubo una última vez para Borg. Nuevamente en la final del Open de Estados Unidos y nuevamente con McEnroe como rival. El estadounidense se proclamó vencedor con cierta comodidad. Borg jugaría un par de torneos más y tras cuatro meses de ausencia reapareció por sorpresa en Montecarlo en abril de 1982 para anunciar en rueda de prensa que dejaba el tenis profesional a los 26 años.

Borg sabía que podía competir físicamente con McEnroe y con otros jóvenes colosos como Lendl o Connors. Pero mentalmente estaba muerto. Le tocó ser una ‘vedette’ cuando sólo quería jugar al tenis. Llevaba desde los 15 años siendo controlado 24 horas al día los 365 días del año y tenía ganas de ser libre.

Fue una decisión que nadie entendió. Y el que menos la entendió fue McEnroe. Nada más enterarse de la noticia, McEnroe convocó una rueda de prensa con el único fin de pedirle a Borg que no se retirase, que quería seguir jugando contra él. Necesitaba a su némesis. Aquel año no ganaría ningún título de Grand Slam. Perdió la estimulación de luchar contra un campeón y aunque en 1984 tendría un año estratosférico logrando 13 títulos, lo cierto es que siempre dio la sensación de que si Borg hubiese estado en pista su tenis habría sido de más quilates.

Borg quiso recuperar el tiempo perdido y cual volcán entró en erupción una vez retirado. Acumuló bodas y divorcios con la misma facilidad con la que golpeaba la bola, empezó a practicar orgias con prostitutas, intentó suicidarse y fue un adicto al juego y a la cocaína. Acabó arruinado y tuvo que volver a las pistas cuando contaba con 35 primaveras para enjuagar su cuenta corriente. Fue un rotundo fracaso porque quiso jugar con su antigua raqueta de madera en vez de utilizar las modernas de aluminio. En 2006 pretendió subastar sus trofeos de Wimbledon para conseguir liquidez y sólo la intervención telefónica de McEnroe consiguió paralizar la venta.

“Sé que podría haber ganado más títulos. Me retiré con 26 años y podía haber estado cinco años más entre los 10 mejores del mundo y habría ganado algún Grand Slam más. Pero perdí la motivación. Si hubiese venido alguien a hablar conmigo y me hubiese dicho que no me retirase, le hubiese escuchado”. Björn Borg.

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La revolución feminista de Suzanne Lenglen

El llamado techo de cristal se está resquebrajando a pasos agigantados. En pocos sitios esa grieta es tan vasta como en el deporte. La importancia de las mujeres deportistas en unos Juegos Olímpicos no tiene nada que envidiar a la expresada hacia los hombres. Los patrocinadores advierten como invertir en competiciones femeninas es sinónimo de aceptación popular. Las ligas de fútbol, balonmano o baloncesto forman parte de la agenda de los medios con mayor asiduidad. Es un triunfo de la mujer.

Un arduo triunfo que tiene su base en las pioneras. La pionera no es la mejor, pero si la que debe ser recordada y reverenciada. Es aquella que fue la primera en sacar los codos y estirar el cuello. Es aquella que consiguió lograr lo prohibido. Revolución feminista. Pioneras hay muchas. En España surgen rápido en cualquier conversación nombres como los de Blanca Fernández Ochoa, Lydia Valentín o Carolina Marín. A nivel mundial son pioneras Annika Sorenstam (golf), Alice Coachman (atletismo) o Lucy Harris (baloncesto).

Si hay un deporte donde se le ha dado popularidad a la mujer desde hace décadas ese es el tenis. Pero no siempre fue así. Existe una mujer que se puede considerar pionera, pero no únicamente como pionera con la raqueta. Es la primera deportista que fue ídolo de masas, que superó en relevancia y notoriedad a los hombres, que fue un referente para niños y niñas de todo el mundo y que fue respetada por políticos, hombres de negocios y por la jet-set de su tiempo. Se trata de Suzanne Lenglen y su particular revolución feminista.

Lenglen vino al mundo cuando el siglo XIX estaba a punto de fenecer. Era una niña parisina acomodada. La empresa de transportes de la familia había sustituido los caballos por el coche a motor y se presagiaba un futuro esplendoroso. Sin embargo, Suzanne se pasaba las semanas en la cama aquejada de diversas dolencias de índole respiratorio. El padre de Suzanne, un hombre de mundo, decidió comprarle una raqueta a su hija alentándole de los beneficios del deporte y en contra de las recomendaciones de reposo de los médicos. Habilitó una pista en la mansión de la casa familiar y colocaba en la otra punta palos de madera a los que Suzanne tenía que acertar desde el otro lado de la cancha. Con 15 años recién cumplidos, Suzanne era una muchacha fuerte y sana que ganaba contra pronóstico Roland Garros.

Conquistó la final en tres sets y al mes siguiente estalló la I Guerra Mundial. En ese interludio bélico de cinco años Suzanne pasaría de ser una niña a una mujer.

Después de más de 20 millones de muertos el mundo que surgió tras el fin de la guerra no podía ser el mismo. Las mujeres estaban en lucha por la consecución del derecho al voto y, tras haber salido de la cocina de su hogar para mantener en pie la economía de sus países durante el conflicto, no estaban dispuestas a dar marcha atrás. Cuando en el verano de 1919 se vuelve a poner en marcha el torneo de Wimbledon nada es ya lo mismo.

Lenglen apareció en las pistas del ‘All England Club’ con una cinta en la cabeza, un vestido en el que dejaba los hombros al descubierto y las pantorrillas al aire. El escándalo fue inmenso. Hasta ese momento las tenistas jugaban con un vestido que les tapaba todo el cuerpo, a excepción de los tobillos, y la mayoría saltaban a la pista con sombrero. Los jueces se miraron incrédulos sin saber qué hacer. Las normas de Wimbledon tan sólo especificaban que las tenistas tenían que jugar de blanco impoluto. Suzanne cumplía con las norma, por lo que no les quedó más remedio que aceptar lo evidente.

La sorpresa se convirtió en estupor cuando, en un descanso para el cambio de set, Suzanne se sentó en el banco y sacó de su bolsa de deportes una botella de coñac, se pegó un par de lingotazos y volvió a la pista. Eso fue el terremoto total. La gente comenzó a cuchichear y la fama de Suzanne subió como la espuma.

Pero claro, nada de esto importaría si no fuese una buena tenista. Y lo era. Según las crónicas se movía en la pista cual mariposa. De pequeña además de tenis había practicado ballet y dado que era bajita parecía que jugueteaba flotando en el aire. Consiguió llegar a la final y derrotar a la británica Dorothea Douglass en la que durante muchos años fue considerada la gran final de todos los tiempos (10-8; 4-6; 9-7). A pesar de que su rival era inglesa, el público londinense dio una sonora ovación a Lenglen al término del choque. Fue la primera vez en su vida que jugaba un torneo sobre hierba. Su leyenda había comenzado.

A partir de entonces todos los torneos se desvivieron para tener a Suzanne en su cuadro de participantes. Los niños y las niñas esperaban al término de los partidos para pedirle un autógrafo, un recuerdo o simplemente para saludarla. Era un ídolo de masas en todo el mundo, pero especialmente en Francia. Los galos, masacrados por la guerra, necesitaban algo a lo que aferrarse y Suzanne era un cúmulo de alegrías constantes suscitando, por supuesto, la envidia de los deportistas masculinos.

Amiga del modisto Jean Patou, abanderó el llamado movimiento ‘flapper’ con el que las mujeres reivindicaban su independencia a través de una ruptura con el vestuario tradicional. Suzanne aparecía siempre con el pelo corto, blusas sin mangas y chaquetas de punto. Aflora en traje de baño en revistas de moda como Vogue. ‘Le divin’ (la divina), como fue bautizada por la prensa francesa, era un torbellino dentro y fuera de la pista. En la década de 1920 llegó a contar con una línea de zapatillas con su nombre y por supuesto era perseguida por la prensa rosa en busca de romances. Que los tenía. Y a pares. En los torneos menores exigía jugar sus partidos en horario vespertino y así poder salir a bailar y a beber hasta altas horas de la madrugada.

Suzanne ganó dos medallas de oro (individual y dobles mixtos) y una de bronce (dobles femeninos) en los Juegos Olímpicos de Amberes. Triunfó en Wimbledon cinco años seguidos (1919, 1920, 1921, 1922 y 1923) y durante tres años hizo doblete con Roland Garros (1921, 1922, 1923). Acumuló 181 partidos consecutivos sin perder. Era tan digna y competitiva que obligó a cambiar las reglas. Hasta 1920 la vigente campeona de Wimbledon pasaba directamente a la final. Lenglen se negó en rotundo y exigió disputar todas las rondas de aquella edición. A partir de entonces la regla fue abolida.

Nunca triunfó en Estados Unidos. En 1921 hizo un pesado viaje en barco hasta el otro lado del Atlántico para jugar una serie de partidos propagandísticos y recaudar fondos para la reconstrucción de Francia. Por el camino contrajo la tosferina y cuando le propusieron jugar el Open de Estados Unidos no le quedó más remedio que aceptar por imperativo de la Federación Francesa de Tenis. Se tuvo que retirar en segunda ronda con fuertes dolores. El público estadounidense la despidió con abucheos mientras la prensa norteamericana la llamaba “niña consentida”.

La salud de Suzanne, ya de por si débil (también padecía de migrañas crónicas), no llegó nunca a recuperarse del todo de aquel episodio. En 1924 no logra ningún Grand Slam, pero se rehace en 1925 para volver a lograr el doblete Roland Garros-Wimbledon. Al año siguiente vuelve a vencer en el torneo parisino y, como era menester, decide celebrarlo a lo grande.

Al mes siguiente, durante la celebración del torneo de Wimbledon, Suzanne no se encuentra bien. La vida nocturna y su mala salud no son buenas compañeras. Cuando iba a disputar un partido de tercera ronda se encontraba tan indispuesta que llegó una hora tarde a la pista. La mala suerte para ella es que en la tribuna estaba la reina María de Inglaterra deseosa de verla en acción. Al llegar al estadio Lenglen comunicó que no estaba en condiciones de jugar, se desmayó y se tuvo que retirar del torneo. Por primera vez fue abucheada en Londres y recibió sonoras críticas. Incluso el Gobierno de Francia le exigió que se disculpase públicamente. Así, entre rabiosa y avergonzada, Lenglen decidió retirarse y emigrar a Estados Unidos para disputar lucrativos partidos de exhibición. Tenía tan sólo 27 años.

A partir de entonces se le consideró una suerte de proscrita en Europa. Eso no haría más que aumentar su rebeldía. Y en Estados Unidos encontró el país ideal para sus propósitos. En 1928 disputó cerca de 40 partidos de exhibición con los que ganó 75.000 dólares, una cifra desorbitada para la época. Era la primera mujer que vivía, y se hacía inmensamente rica, gracias al deporte.

En Estados Unidos se carisma y su ‘glamour’ la convertirán en una asidua de los estudios hollywoodienses. Aparecerá en anuncios publicitarios y tendrá breves papeles en películas. Entabló profunda amistad con el matrimonio de Douglas Fairbank y Mary Pickford, el más famoso en el mundo del celuloide de la época.

A los 35 decide dejar la raqueta y vuelve a Paris para montar una escuela de tenis (que hoy es la residencia oficial de cientos de niños y niñas que sueñan con ser profesionales) y escribir varios libros de iniciación al tenis. Por desgracia, en junio de 1938 anuncia que padece de leucemia. De aquella no había trasplante de médula ni Fundación Carreras, por lo que al mes siguiente fallece en su casa a los 38 años de edad. Su funeral en Notre Dame fue apoteósico y su traslado al cementerio parisino de Saint Ouen estuvo seguido de miles de compatriotas.

Después de que Lenglen rompiese las convenciones, en la década de 1930 se dieron nuevos pasos revolucionarios para la mujer. En 1931 la española Lili Álvarez compitió en Roland Garros con una suerte de falda-pantalón y un par de años después Eileen Bennett se atrevió a llevar un pantalón de hombre en Wimbledon.

Hoy, como no podía ser de otro modo, una estatua de Suzanne con la falda al aire, la cinta en la cabeza y a punto de finiquitar un juego con su implacable revés irradia la entrada de la pista de Roland Garros bautizada con su nombre.

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La primera vez de Federer

En el 2003 empezaba a asomar un estilo de música llamado reggaetón, considerado una horterada ante el techno, el trance o el Italia-disco. Matrix era lo más parecido al futuro que jamás íbamos a conocer y devorábamos televisión en directo viendo Los Serrano. En cosas más mundanas, los españoles disfrutábamos de una era económica dorada mientras en Europa se debatía sobre una Constitución para todos. Lula da Silva aún era la esperanza de un mundo mejor y EEUU bombardeaba Irak para acabar para siempre con el terrorismo yihadista.

En Italia estaba el mejor fútbol del mundo y en Grecia el mejor baloncesto de Europa. En el país heleno se preparaban para maravillar con unos fastuosos JJOO cuando aún era un honor y un privilegio organizarlos. Lance Armstrong dominaba el Tour ayudado por la EPO y entre los diez mejores de cada carrera siempre había cuatro o cinco españoles. De España también era el habitual campeón europeo de balonmano, Schumacher y Ferrari no se cansaban de ganar y Kim Collins conquistaba los 100 metros lisos con un discretísimo 10’07’’.

Lo que no ha cambiado en tres lustros es el señor que domina el arte de jugar al tenis con una clase y una suficiencia inigualable. Roger Federer tuvo su primera vez en 2003. Analizándolo fríamente, poco ha cambiado el suizo en quince años. Su juego se basa en la colocación, la derecha, el saque y la capacidad de minimizar esfuerzos para ganar con un exiguo número de golpes. Es un depredador que espera pacientemente a su presa cansándola y petrificándola hasta que decide dar el golpe de gracia. Sí, es cierto que en esta nueva reinvención de Federer el revés a la altura de la cintura es un arma mucho más mortífera, pero la base sigue siendo la misma.

El año anterior Federer había sido eliminado en primera ronda por Mario Ancic, de aquellas un imberbe de 18 años. Para el torneo de 2003 el suizo se presentaba como cuarto favorito. No tuvo excesivos problemas hasta semifinales cuando le tocó luchar ante Andy Roddick, el sucesor de Sampras y Agassi en la hegemonía estadounidense del tenis. La suerte para Federer es que el propio Agassi, Ferrero y Hewitt, gran favorito y número uno del mundo, ya hacía tiempo que no estaban en competición.

El suizo destrozó a Roddick en una exhibición que pocos esperaban. La fluidez en su juego, la elegancia de sus derechas y la efectividad de su saque encandilaron a todos los espectadores de Wimbledon. Federer estaba camino de los 22 años y era considerado un buen jugador pero inferior al norteamericano. Era impensable que llegara a ser el mejor de la historia. Había explotado tarde para los cánones tenísticos del momento.

Su rival en la final fue un especialista en hierba, el australiano Mark Philippoussis. Visto y no visto. En tres rápidos sets, Federer acabó con el australiano que no llegó a tener ni una bola de break.

Había nacido una estrella, y pocos lo esperaban. Se sabía que Ferrero ganaría Roland Garros, pero los expertos daban por hecho que llegaría ser un tirano en la tierra. Se esperaba que la fortaleza mental de Hewitt lo llevara a la dominación del tenis de la década y se creía que el potencial de Safin nos haría disfrutar de un tenis de incomparable calidad. Nada de eso ocurrió. Aquel torneo de Wimbledon hizo sospechar que Roger Federer podría ganar cualquiera de los Grand Slam y que la habilidad y el ingenio de su juego eran muy superiores al de sus coetáneos. Su futuro se presentaba brillante. Y su presente lo sigue siendo.

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En Wimbledon se gana de blanco

Reino Unido es un país con un gran orgullo colectivo. A diferencia de otros imperios, nominal o moralmente, su presencia se mantiene muy viva entre nosotros porque sus años de gloria tuvieron lugar en la época contemporánea, cuando se moldeó el mundo en el que vivimos. Aquel período se conoce como “la época victoriana” y para la posteridad quedó como una fase de refinamiento, integridad, honor y buena educación…mientras en las fábricas inglesas los niños eran explotados y en las colonias se llevaba a cabo una reeducación de los nativos.

El caso es que costumbres como tomar el té con las mejores galas, la extrema puntualidad o una educación desmesurada forman parte de la idiosincrasia del pueblo inglés. Esas tradiciones son llevadas al mundo del deporte –prácticamente creado por ellos- y por supuesto al tenis, la crème de la crème del refinamiento deportivo.

A parte de la hierba, convertida en tierra al cabo de quince días, si algo diferencia a Wimbledon del resto de los grandes torneos es la pulcritud y lo blanquísimo de las prendas de todos sus participantes. Da igual que te vista Nike, Reebok o Adidas o que seas un veinteañero desmelenado o un treintañero refinado. El blanco es impoluto, como de marinerito de comunión.

La plana mayor del All England Lawn Tennis and Croquet Club Wimbledon hasta llamó la atención a Roger Federer en 2013 debido a que la suela de sus zapatillas Nike eran de color naranja. La paranoia comenzó en 1963 cuando ante el aumento de los colores y las melenas propio de la moda pop se reguló por escrito la obligatoriedad del blanco. Hasta el irreverente Agassi tuvo que claudicar después de renunciar tres años a competir en la hierba londinense. Cuando volvió apareció a su manera; con unos vaqueros totalmente blancos.

Realmente el uso del blanco por parte de los tenistas tiene un fuerte componente social. A mediados del siglo XIX vestir de blanco era sinónimo de pureza y de alta clase social. El obrero y el campesino tenían sus ropas manchadas por el trabajo y en los empleos liberales quizás no se manchaba el atuendo, pero sí que se sudaba, impacto que es minimizado por el blanco. Además, la jet set tenística de la época (cabe recordar que el torneo de Wimbledon nació en 1877 y el tenis no fue enteramente profesional hasta 1968) estableció el blanco por su capacidad para repeler los rayos solares.

La locura ha llegado hasta el punto de que a las mujeres se les ha prohibido llevar sujetadores que no sean blancos. Y es que el buen decoro no permite ni blanco sucio, ni color crema, ni blanco roto. Vamos, que Agatha Ruiz de la Prada lo tendría en crudo para diseñar la vestimenta de Rafa Nadal.

https://www.youtube.com/watch?v=sdXgqW7wYEM

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