Italia

El salto que nunca existió

Verano de 1987. Se celebra la II edición del Mundial de Atletismo. Roma. La internacionalización del atletismo ya es un hecho, aunque en Roma la Vieja Europa aún mantiene sus constantes vitales. Kenia, Marruecos, Jamaica o Cuba asoman la patita, pero los países europeos siguen liderando el medallero. La hermética y dopada República Democrática Alemana (RDA) consigue 31 medallas, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética suman entre ambas 45 preseas. Después Bulgaria, Reino Unido, Finlandia, Portugal, Suecia, Francia y la Alemania buena, la RFA. Entre todas ellas Italia, la anfitriona. Con un magnífico resultado de 5 metales (dos oros, dos platas y un bronce).

Competir en casa siempre es un plus en cualquier disciplina, pero mucho más lo es en atletismo. Son dos los motivos fundamentales; uno cuantitativo y otro cualitativo. En primer lugar, el hecho de organizar un evento internacional permite contar con atletas en todas y cada una de las disciplinas en liza. Se consigue así mayor exposición, visibilidad y capacidad de lograr éxitos. Por otro lado, al ser el atletismo un deporte en muchos casos semiprofesional, la organización de un Mundial implica una dotación de recursos económicos tanto públicos como privados que los atletas nunca antes y nunca después vivirán, por lo que doblegan sus esfuerzos en los entrenamientos para conseguir sus mejores marcas y puestos al calor de su público.

Así pues, la expedición italiana en el Mundial de 1987 iba con la firme intención de mejorar sus resultados (de hecho, doblaron sus resultados de cuatro años antes y cuadriplicaron sus resultados de cuatro años después) por su propio bien y por el bien, tanto del erario público como por el de todas las empresas que apostaron por publicitar el evento.

Con estos mimbres no es de extrañar que la victoria de Giovanni Evangelisti fuese una cuestión de Estado.

Evangelisti era una estrella de su época. Competía en salto de longitud, quizás la disciplina más glamurosa de aquel entonces. En ello el bueno de Evangelisti tenía poco que ver. La culpa era de Carl Lewis. El Hijo del Viento, además de pulverizar registros en los 100 metros lisos, tenía entre ceja y ceja batir el monstruoso récord de Bob Beamon cosechado en la altitud de México allá por 1968. Lewis ganaría más de 60 concursos consecutivos y tendrá 15 de las mejores 20 marcas de todos los tiempos y, sin embargo, será incapaz de batir el registro de Beamon. El caso es que Lewis venció con suficiencia tanto en el Mundial de 1983 como en los Juegos Olímpicos de 1984. Sus saltos eran seguidos por millones de espectadores en busca del récord imposible. Y detrás, cerca, pero a la vez lejos, estaba Evangelisti. Plata europea, bronce mundial y bronce olímpico, Evangelisti llegaba a la cita de Roma a punto de cumplir 26 años y habiendo pulverizado su registro personal apenas semanas atrás firmando un salto de 8’43 metros.

Hay un sueño en el Olímpico de Roma. Se programa el salto de longitud en horario de máxima audiencia. Se desea que Carl Lewis consiga batir el récord del mundo y que Evangelisti le acompañe a su diestra al subir al pódium. En la terna está el soviético Robert Enmiyan, el hombre que habitualmente arrebata a Evangelisti la gloria europea, y el estadounidense Larry Myricks.

Cerca de 80.000 almas comenzaron a tocar palmas cuando Giovanni inició su carrera hacia la eternidad. El salto fue bello, pero su pie talonado pisó espacio prohibido. Salto nulo. El concurso de salto de longitud consta de seis intentos. Los tres primeros sirven para separar la paja del grano y seleccionar a los ocho finalistas. Los tres últimos sirven para arriesgar al talonar y poder ir ascendiendo progresivamente en la clasificación. La perversión del sistema radica en que el nivel de fatiga física y emocional va en aumento, por lo que suele ser más sencillo realizar un buen salto al inicio de la competición que al final de la misma.

Tras un nuevo error al saltar, en el tercer intento Evangelisti voló hasta los 8’19. Era un buen brinco, pero insuficiente para tocar metal. Lewis, Enmiyan y Myricks, por dicho orden, le precedían, por lo que en aquel momento Evangelisti era cuarto y medalla de chocolate.

La cuarta ejecución de Giovanni fue lamentable. Fue un salto con miedo que apenas superó por escasos centímetros los siete metros y medio. En el quinto el pánico ya era atroz. El bueno de Giovanni decidió arriesgar y se volvió a equivocar al poner el pie en el firmamento. Nulo. Al mismo tiempo Myricks había mejorado sus prestaciones y había puesto el listón de la medalla de bronce en una respetable marca de 8’33 metros. Mientras Lewis se aseguraba el oro con 8’67 y Enmiyan la plata con 8’53 metros.

Quedaba el sexto y último salto de Evangelisti. Firmando su marca personal, aquella registrada apenas semana atrás, sería medalla de bronce. Camiseta azul, pantalón blanco, bronceado extremo, Evangelisti inicia la carrera hacia la gloria. Son dos decenas de zancadas que finalizan con un precioso aspaviento de brazos y piernas camino de la arena. Giovanni cae sobre seguro y de un respingo se levanta. Alza la mano derecha y con gesto serio saluda al público que agradece el esfuerzo y aplaude el amargo cuarto puesto. Luego Giovanni espera la medición oficial mientras observa en el videomarcador la repetición de su salto. Se ha dejado unos cuantos centímetros al talonar y el salto no ha llegado a los ocho metros.

Fue entonces cuando el videomarcador anuncia lo inesperado. Son 8’38 metros. El público estalla de alegría y Evangelisti se une a la fiesta lanzado al aire una toalla y arrojándose las manos a la cara. Nadie esperaba que ese salto fuese tan largo. Aquel brinco le daba a Evangelisti y a Italia una medalla de bronce.

El salto que nunca existió

Nadie entendía lo que había sucedido. Por entonces no se contaba más que con la cámara fija de televisión y con lo que los fotógrafos aportasen a pie de pista. Era obvio que aquel salto no engañaba a los ojos. El brinco no había superado los ocho metros. Pero la tecnología de entonces no era palabra de Dios. La palabra del Altísimo era la palabra de los jueces. Dada la complejidad y la precisión del asunto, hasta ocho jueces eran necesarios para validar una caída. Así que si dieciséis ojos consideraban que el vuelo era de 8’38 metros no habría nada que objetar.

A Evangelisti le dieron el bronce, pero el run-run no cesaba. Las evidencias eran tan abrumadoras que el escándalo no concluía. Era por entonces presidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) el italiano Primo Niebolo y conocía de sobra lo que había sucedido. En un momento de ardor nacionalista, los jueces decidieron inflar el salto de Evangelisti para darle una medalla de bronce a Italia. Niebolo no tenía culpa alguna como actor de la película, pero sí que era responsable por omisión, ya que conoció de primera mano el escándalo e hizo todo lo posible por ocultarlo.

Primo Niebolo

Al final era cuestión de tiempo que el remordimiento de conciencia surgiese en algún interfecto. Fue el caso de Sandro Donati, responsable de entrenamientos de la selección italiana, quien confesó en una entrevista lo que a todas luces era evidente. Inmediatamente se abrió una investigación que acabó con ocho culpables y con la entrega, nueve meses después, de la medalla de bronce a Larry Myricks tras habérsela retirado a Giovanni Evangelisti.

Entre los condenados estaba Luciano Berra, quien tuvo que dimitir de su cargo de secretario general de la Federación Italiana de Atletismo. A pesar de ser mano derecha de Primo Niebolo, éste salió de rositas de todo este asunto. Fallecería en 1999 víctima de un ataque al corazón ocupando la presidencia de la IAAF, cargo al que había accedido en 1981 y en el que se mantuvo a pesar del griterío. Peor suerte corrió Sandro Donati, el entrenador con cargo de conciencia, quien fue despedido de su puesto en la Federación Italiana. Tras varios años olvidado del mundo, se convirtió en un activista antidopaje y acabaría siendo un mandamás del Comité Olímpico Nacional Italiano con un férreo mandato en contra de las trampas por doping.

¿Y qué pasó con Evangelisti? Quedo exculpado de todo el proceso. Fue el tonto útil. Confesaría que siempre fue consciente de que era imposible que aquel salto fuese de 8’38 metros, pero que no iba a ser él quien negase la mayor. Al año siguiente acabaría cuarto en los Juegos Olímpicos de Seúl y en el siguiente Mundial apenas alcanzó un séptimo puesto. Se retiró en 1994 con un bronce olímpico y tres bronces mundiales (en pista cubierta), pero siempre será recordado por aquel salto de 7’89 metros que unos jueces convirtieron en un 8’38.

Giovanni Evangelisti

“No tengo nada en contra de Evangelisti. Él fue una víctima igual que yo. Sabía que algo estaba pasando, no sólo en el salto de Evangelisti, sino en muchos otros. Me alegra verlos admitir que algo se hizo mal. No es consuelo suficiente, pero sí algo de consuelo (…) Si obtengo la medalla ahora todo estará bien. Pero estar allí con el estadio abarrotado, con toda la gente en casa mirándolo por la televisión, es un momento que nunca voy a tener. Evangelisti aprovechó el momento. Esa es una oportunidad que para mí ya no existe”. Larry Myricks tras serle otorgada la medalla de bronce que Evangelisti le había arrebatado injustamente.

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Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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A los 50 años de la última Copa de Europa del Varese

Resultó que a inicios de los 60 iban juntos al colegio una serie de chavales. Por un lado, estaban Anastasi, Bettega y Gentile. Representaban la realidad de Italia. Eran todos de Varese, pequeña ciudad cercana a Suiza, pero todos tenían su historia. Fulvio Anastasi era hijo de sicilianos emigrados al norte en busca de fortuna. Roberto Bettega era de Varese de toda la vida y Claudio Gentile había nacido en Trípoli, a dónde su padre había ido a trabajar cuando Libia pertenecía a Italia. Todos acabarían siendo estrellas en la Juventus, en dónde cualquier chaval de Lombardía aspira a jugar.

No era así en el caso del baloncesto. En la masificada Turín el baloncesto era un pasatiempo del todo irrelevante. En Varese no. En Varese el baloncesto era religión. El culpable de todo era el empresario Giovanni Borghi. Cuando llega a la presidencia del Varese el equipo está en la segunda categoría y juega al aire libre, en una pista de cemento. Todo iba a cambiar de forma radical.

Aprendiz en una fábrica de Milán que acabó siendo destruida durante un bombardeo en la II Guerra Mundial, a la altura de 1943 Giovanni Borghi decidió emigrar a la coqueta Varese. Allí, junto a su padre, fundaría una pequeña empresa de cocinas industriales a la que bautizaron como Ignis. Resultó que en la posguerra Ignis sería una de las firmas señeras del boom económico italiano. Se convirtió en el mayor productor nacional de electrodomésticos y su éxito se trasladó a toda Europa Occidental. Su mayor triunfo radicó en un frigorífico con aislamiento térmico que pasaría a exportarse a gran escala. A mediados de los 60 era raro el hogar que no contase con una nevera Ignis.

Borghi, un hombre paternalista que saludaba todos los días a los empleados de su fábrica, pasó a tener en 1964 el control del Pallacanestro Varese, el club de baloncesto de la ciudad. Los colores del club, hasta entonces rojiblancos, cambiaron al amarillo y azul de Ignis y poco a poco Borghi comenzó a interesarse por la gestión del equipo con la idea de convertirlo en un gigante europeo. Ignis, un bicharraco que producía 8.000 neveras al día y que contaba con más de 7.000 empleados, sería absorbido por la neerlandesa Philips en 1969 con la complacencia de un Borghi que ya entonces había acabado rendido al baloncesto. De hecho, Ignis dejará de patrocinar al equipo en 1975 cuando Borghi fallezca. Después el equipo tendrá su canto del cisne bajo el patrocinio de Mobilgirgi (empresa de muebles) y Emerson (radios y televisores).

Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos a los años 60.

Resultó que además de Anastasi, Bettega y Gentile había otro compañero de colegio. Se llamaba Dino Meneghin y era alto, muy alto. Antes de llegar a la veintena había alcanzado los 2’06 de altura. Y aún había más. Un alero llamado Edoardo Rusconi y un base cerebral que respondía a la llamada de Aldo Ossola. Esos tres chicos se decidieron por el baloncesto. Seis internacionales, tres en fútbol y tres en baloncesto, criados en el mismo espacio de tiempo en una pequeña ciudad de apenas 80.000 habitantes.

Los tres últimos cambiarán la historia del baloncesto italiano para siempre.

En 1969 el Ignis Varese conseguirá por vez primera el doblete liga-copa. Lo hará cuatro veces seguidas más para sumar a mayores un total de siete ligas italianas entre el citado 1969 y 1978. Siendo esos logros extraordinarios, lo será aún más el encadenar un total de diez finales consecutivas de Copa de Europa entre 1970 y 1979, un hito nunca antes alcanzado y que nunca después será igualado.

En la temporada 1969-70 el Ignis Varese debutaba en la máxima competición continental. Como rivales, bicharracos de la época como el Slavia Praga y otros de toda la vida como el Estrella Roja, el Real Madrid o el CSKA Moscú. Serán los soviéticos los rivales de Varese en la final a celebrar en Sarajevo. Dino Meneghin anotaría 20 puntos y sumaría 13 rebotes mientras que Manuel Raga firmaría 19 puntos y el pívot suplente Ottorino Flaborea otros 14 tantos. El CSKA de Sergei Belov se tomaría la revancha al año siguiente, pero en 1972 el Ignis Varese volvería a ocupar el trono al vencer a Panathinaikos en semifinales y a la Jugoplastika Split en la final con 20 puntos de Raga y 21 tantos y 11 rechaces de un Meneghin, que había hecho olvidar la baja por una fractura de muñeca del ala-pívot titular Ivan Bisson. Con todo, la canasta ganadora (70-69) fue del suplente TonI Gennari.

Dino Meneghin

Aquel Varese estaba compuesto por el quinteto Aldo Ossola-Edoardo Rusconi-Manuel Raga-Ivan Bisson y Dino Meneghin. Como suplentes estaban Marino Zanatta y Ottorino Flaborea, quién era íntimo de Meneghin y quién le enseñó a pivotar en la zona. Dino Meneghin era conocido como Il monumento nazionale. Se trataba de un armario empotrado de 206 centímetros, competidor como pocos, que no estaba exento de coordinación y talento ofensivo. El gran Dino había debutado con 16 años con el Varese y estiraría su carrera hasta los 45 años para compartir cancha con su hijo. Sumará siete títulos europeos (plusmarca histórica) con Varese y Olimpia Milano. Físico e intimidador, de barbilla habsburgiana, con unas medidas antropomórficamente perfectas e insólitas en un latino de la época, promedió 6’3 rebotes en su carrera, un dato más que destacable teniendo en cuenta los parámetros del baloncesto FIBA y su extensa longevidad. En sus años en Varese superaba con creces los 9 rechaces por encuentro.

Aunque hubo norteamericanos que pasaron por Varese, el toque internacional del equipo lo ponía un alero mexicano, un rara avis desproporcional. Se trataba de Manuel Raga, un fino alero de lanzamiento extraordinario quién había masacrado desde la larga distancia a Italia durante los Juegos Olímpicos mexicanos de 1968. Con dos muelles por pies, su lanzamiento en suspensión era precioso y además le permitía capturar múltiples rebotes en ataque y acometer el aro continuamente. Apodado Indio, por sus rasgos aborígenes, renunció a la NBA para triunfar en Europa, donde maravillaría con el Varese en seis exitosas temporadas.

Manuel Raga 80 años (núm.15)

Con todo es en la campaña 1972-73 cuando el Ignis Varese alcanza la perfección. Aquellos éxitos tenían dueño. El patrón respondía al nombre de Alexander ‘Aza’ Nikolic. Serbio, ex jugador internacional, es considerado el padre del baloncesto yugoslavo. Profesionalizó el baloncesto europeo y se hizo famoso por unos entrenamientos perfeccionados y por una preparación física desmesurada en la que se sabía cuándo se comenzaba, pero nunca cuando se acababa. “Vosotros cuando entráis en el gimnasio sois como los obreros que van a la fábrica. Ficháis, se trabaja, se suda, no se bromea. Cuando se acaba hacéis lo que os dé la gana”, decía a sus pupilos antes de entrenamientos que muchas veces superaban las tres horas. En los partidos cambiaba de táctica frecuentemente y tenía un libro de jugadas extenso cuando aquello era una rareza que tan sólo se practicaba en las universidades norteamericanas. Y será en Estados Unidos donde Nikolic encuentre al violín que haga al Varese alcanzar las notas musicales perfectas dentro del rectángulo de juego.

El Varese había contado con estadounidenses como el saltarín alero Rich Jones, el bostoniano John Fultz y tendrá en el futuro a otros como el fantasioso base Charly Yelverton o el pívot blanco Bill Campion. Pero el golpe de efecto, el momento que llevará a la perfección al Pallacanestro Varese, se dará cuando en 1972 fichen el alero Bob Morse.

Bob Morse había sido elegido en el Draft de la NBA por los Buffalo Braves. Le ofrecían un contrato de 40.000 dólares y un puesto como suplente. Resultó que Morse tenía como agente a Bill Madden, quien se había hecho famoso llevando a norteamericanos a Europa. Madden le habló de Varese, una pequeña ciudad italiana que le ofrecía 32.000 anuales pero la posibilidad de la gloria europea. Morse viajó una semana a Italia con los gastos pagos y anotó 35 puntos en un partido de preparación. Firmó por los varesinos con la idea de estar un par de años en Italia, acabar sus estudios de medicina y volverse a Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad.

Morse era un alero blanco de 2’03 metros con un fabuloso lanzamiento a media distancia. En Europa tendría que jugar de ala-pívot en múltiples ocasiones saliendo continuamente de la zona para perdición de su defensor. Los inicios no fueron sencillos. Raga y Morse podrían jugar en Copa de Europa. No así en la liga italiana que entonces sólo permitía un extranjero por equipo. Nikolic hizo jugar uno contra uno al final de cada entrenamiento entre las dos estrellas. Saltaron chispas, pero la mayor altura y la mayor capacidad de rebote de Morse le hizo ser el elegido. Aquello no gustó. En su primer partido los varesinos lo abuchearon mientras pedían la vuelta de Raga. Bob Morse falló sus primeros seis tiros presa del pánico, pero acabaría rehaciéndose para anotar 45 tantos.

Fin del debate.

Morse anotaría 33 puntos en el partido de ida y 32 en el de vuelta en la semifinal italiana que enfrentó al Ignis Varese y al Olimpia Milano. En la final derrotaron por 71-66 al CSKA de Moscú con 25 puntos de Manuel Raga que hicieron inútiles los 36 de Belov. Con tres Copas de Europa el profesor Nikolic deja el banquillo ocupando su lugar el italiano Sandro Gamba en su primera experiencia como entrenador jefe. Si Nikolic ofrecía entrenamientos largos e intensos y una relación inexistente con los jugadores, Sandro Gamba fomenta una relación personal con sus pupilos y, especialmente, con Morse.

Aleksandar Nikolic

Si los 70 son del Varese, los 60 habían concluido con siete finales para el Real Madrid de las que había levantado cuatro títulos. En 1974 ambos contendientes se enfrentarán por vez primera en una final que se repetirá cuatro veces en los siguientes cinco años. En parte será un duelo entre Bob Morse y Walter Szczerbiak. Dos americanos, dos excelentes tiradores y dos jugadores que compartían posición. Su rivalidad está olvidada por el paso del tiempo y la escasez de imágenes en movimiento, pero marcó una época en el baloncesto europeo. En 1974 vencerá el Real Madrid (a pesar de los 25 de Meneghin y los 24 tantos de Morse), gracias a la entrada a diez minutos del final por vez primera en el partido de un base de 18 años que responde al nombre de Juan Antonio Corbalán. La revancha tendrá lugar al año siguiente, ya sin Manuel Raga en el equipo, pero sí con el atlético Charlie Yelverton, en la que el Mobilgirgi Varese (Ignis acababa de dejar el patrocinio del equipo) se presentaba sin Meneghin por una rotura de muñeca. Con Ivan Bisson haciendo de ala-pívot y con Yelverton eliminado por faltas, Sandro Gamba tuvo que tirar del desconocido Sergio Rizzi para los últimos minutos de partido. Rizzi, al igual que Corbalán lo fuese para el Madrid el año anterior, fue el elemento sorpresa que con 13 puntos en 13 minutos, que sumados a los 29 de Bob Morse, le daban la cuarta Copa de Europa al Pallacanestro Varese en 1975.

Antes de afrontar la temporada 1975-76 Bob Morse provocaba un cataclismo al anunciar que volvía a Estados Unidos. Intentaría conseguir una plaza en la NBA y, de no lograrlo, se centraría en su carrera de medicina. El Varese fichó a Bill Campion, un pívot grande pero inmóvil y aquello empezó muy mal al descolgarse de inmediato de la lucha por el título en Italia. Miembros de la directiva italiana hubieron de viajar a Estados Unidos y ofrecerle a Morse el doble de lo que ganaba. Bob aparcó la medicina y estiraría su carrera en Italia durante cinco años más.

Así que tocó repetir final. Real Madrid-Varese en Ginebra. En esta ocasión, por obra y gracia del nuevo patrocinador, el Mobilgirgi Varese viste con una preciosa camiseta blanquinegra reversible de la marca Fila que hoy en día se cotiza a precio de oro a través de internet. Al descanso se llegó con empate, pero un parcial de 0-7 con tantos de Meneghin hizo que los italianos se adelantasen en el marcador. El Madrid logró volver a acercarse, pero tres canastas consecutivas de Bob Morse le dieron el empujón final a un Varese que logró su quinta Copa de Europa al vencer al Real Madrid por 81-74 con 28 puntos de Morse (13/19 en tiros), 23 de Meneghin añadiendo 9 rebotes (y dejando a Luyk con apenas un par de puntos) y una perfecta defensa de Ossola sobre Cabrera y Corbalán.

Bob Morse

Fueron cinco trofeos en seis temporadas. Un dominio absoluto del que ahora se cumple medio siglo. Aun alcanzaría Pallacanastro Varese otras tres finales de Copa de Europa. En 1977 el Maccabi Tel-Aviv supera de manera sorprendente a los italianos por un punto tras un error de Ossola quién, presionado, fue incapaz de darle el balón a Morse para que lanzase a la desesperada en busca del triunfo. El 1978, ya sin Sandro Gamba que había sido nombrado seleccionador italiano, el Varese cae ante el Real Madrid en una noche aciaga de Morse y maravillosa de Walter Szczerbiak, quién anota 26 puntos. Por último, en 1979, el Varese volverá a caer y en este caso de forma más sorprendente que ante el Maccabi. El rival en la final era el modestísimo Bosna de Sarajevo quién dependía de dos hombres, dado que todos los demás eran accesorios. Uno era el genial escolta Mirza Delibasic (30 puntos) y otro el ala-pívot Zarko Varajic (45 puntos y récord en una final). El KK Bosna venció por 96-93, a pesar de los 30 puntos de Bob Morse y en parte por culpa de la baja por lesión de Dino Meneghin.

Y ese fue el final. Cinco títulos en diez finales. Diez consecutivas. De 1970 a 1979. A Mobilgirgi le sucedió el patrocinio de la marca de electrónica Emerson y a partir de ahí la pequeña ciudad de Varese poco iba a poder hacer ante las gigantes Bolonia, Milán o Roma. Aldo Ossola se retiró en 1980 y Bob Morse lo dejó en 1981, mismo año en el que Dino Meneghin fichó por el Olimpia Milano. Desde entonces el Varese tan sólo ha sumado una liga italiana en 1999 bajo el liderazgo de Andrea Meneghin, nacido en Varese e hijo del Gran Dino. El club incluso ha pasado por la segunda categoría del baloncesto transalpino y sigue jugando en el pequeño y vetusto pabellón Lino Oldrini que se puso en pie gracias a la iniciativa de Giovanni Borghi, el dueño de Ignis, allá por 1964.

Hoy, medio siglo después de la consecución de su quinta y última Copa de Europa, el Pallacanestro Varese aún se mantiene como el quinto club con más títulos europeos y el cuarto en número de finales. Sus cinco títulos sólo son superados por los 11 del Real Madrid (3’5 millones de habitantes), los 8 del CSKA Moscú (13 millones), los 7 del Panathinaikos de Atenas (900.000 habitantes) y los 6 del Maccabi de Tel-Aviv (550.000 habitantes).

Y luego está el milagro setentero del Varese y sus humildes 80.000 habitantes.

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¿Favoritos o sorpresas? ¿Qué países ganaron el Mundial cumpliendo con los pronósticos?

En el momento en el que estas líneas salen a la luz se están a dirimir las últimas plazas mundialistas. Ayer, en Bérgamo, Italia derrotó a Irlanda del Norte en el primero de los dos partidos de repesca necesarios para acudir al Mundial. La tetracampeona del mundo lleva dos citas (2018 y 2022) sin acudir a la fiesta grande del fútbol. De no hacerlo por tercera vez consecutiva sería la vez primera que un campeón mundial se ausenta ¡12! años (que serían ¡16! en el 2030) del torneo de referencia. Sería una catástrofe para Italia con el agravante de que para esta edición se ha ampliado a 48 el número de participantes.

A quien no le ha hecho falta jugar repesca es a España. Desde 1978 no ha faltado a la cita del fútbol universal. En el caso de Argentina la racha hubo de comenzar en 1974 y ya supera el medio siglo de éxito. Con todo, tal día como hoy, 27 de marzo de 2026, se iba a disputar un partido entre España y Argentina en Qatar. Se le dio en llamar Finalísima como un enfrentamiento intercontinental entre los vigentes campeones de América y de Europa. El estallido de la Guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y la negativa de los argentinos de disputar el partido en territorio europeo, al ser imposible de celebrar en Qatar, ha hecho cancelar el encuentro. Lo cierto es que, millones al margen, había ciertos recelos para un enfrentamiento entre las máximas favoritas a menos de cien días para que empiece el Mundial. ¿Quién sería capaz de levantarse de una dura derrota a tres meses de desafiarse en una hipotética final? En este momento es España (6 euros por euro jugado) el preferido en las casas de apuestas seguida por Argentina y Francia (8 euros por euro apostado). Una victoria o una derrota en la Finalísima hubiese significado el fortalecimiento de uno y un jarro de agua fría para el perdedor.

Finalísima cancelada

Hay constancia de que en la Antigua Grecia ya se hacían apuestas deportivas en los Juegos Olímpicos. Los romanos lanzaron un órdago sobre el asunto y apostaban por todo. Desde carreras de cuadrigas a muertos en la arena. Las apuestas eran un negocio en sí mismo. No obstante, hay que esperar a finales del siglo XVIII para que la costumbre se vuelva a retomar en Gran Bretaña alrededor de las carreras de caballos y de galgos.

En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas deportivas supera los 150.000 millones de dólares anuales de los cuales un 70% se realiza de forma online. El fútbol es el deporte que más dinero mueve en este mercado. Se estima que 1/6 parte de esos 150.000 millones provienen del fútbol. El beisbol es el segundo deporte más demandado por los apostantes.

Así que cuando se celebró en 1930 el primer Mundial de fútbol de la historia había favoritos y aspirantes. Había apuestas dobles y sencillas, algún afortunado y muchos fracasados. Cojamos la máquina del tiempo y analicemos las apuestas deportivas del pasado. ¿Quién o quiénes eran los favoritos para ganar el Mundial de 1930, el de 1954 o el de 1998? ¿Se cumplieron los pronósticos? ¿Hubo sorpresas? Comprobaremos que campeones que hoy nos parecen obvios no lo eran entonces y también reafirmaremos que hay casos donde el favorito no deja lugar alguno a la sorpresa. Para ello bucearemos en la base de datos de William Hill y veremos cual ha sido la tasa de éxito.

URUGUAY 1930

Favorito: Uruguay. Uruguay había ganado con suficiencia la competición de fútbol en los dos anteriores Juegos Olímpicos. Tal éxito hizo que la FIFA crease el Mundial de fútbol cada cuatro años (siempre alternos con las Olimpiadas) y otorgó a los charrúas la organización como muestra de respeto. Hubo desbandada europea. Y algo más. Inglaterra no aceptaría jugar un Mundial hasta 1950 en una muestra de soberbia y suficiencia. Sólo Argentina, vigente vencedor de la Copa América, parecía poder hacer frente a los uruguayos.

Campeón: Uruguay. Argentinos y uruguayos arrasaron como era de esperar. Ambos ganaron sus respectivas semifinales por 6-1. En la final se jugaría media parte con un balón propiedad de la federación uruguaya y la otra con un esférico propiedad argentina. La primera mitad, con pelota argentina, se la anotarían los visitantes por 1-2. En el segundo periodo, con balón charrúa, Uruguay anotaba tres tantos para vencer por 4-2, hacer buenos los pronósticos y convertirse en el primer país campeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Uruguay 30

ITALIA 1934

Favorito: Austria. Los uruguayos decidieron aplicar la ley de talión. El boicot de cuatro años atrás se repetía ahora a la inversa. Sin Uruguay, la indiscutible favorita era Austria. El Wunderteam (equipo maravilla) sumaba 14 partidos invicto con sonoras goleadas a Escocia (5-0), Alemania (5-0) o Hungría (8-2) por el camino. Dirigidos por Hugo Meisl y liderados en el campo por Matthias Sindelar, conocido como Mozart del fútbol, nadie dudaba de la victoria austriaca. Su juego de movilidad posicional en el que Sindelar abandonaba su puesto de delantero centro para organizar el juego desde el centro del campo era algo tan poco frecuente como indefendible.

Campeón: Italia. Benito Mussolini puso todo su empeño para que el Mundial fuese perfecto. Construyó estadios, arregló carreteras, agasajó a periodistas extranjeros, metió a disidentes en la cárcel y nacionalizó a varios futbolistas argentinos (alguno de ellos subcampeones mundiales) buscándoles padres y abuelos italianos. Con todo, su influencia fue más notoria en dos aspectos; motivar a los integrantes de la selección italiana diciéndoles que la victoria era cuestión de vida o muerte (literalmente) y pagando bajo cuerda a los árbitros para obtener un beneficio arbitral. Así logró Italia superar a España en cuartos de final tras un partido tan escandaloso que la FIFA decidió prohibir arbitrar de por vida al suizo que se prestó a dirigir aquel choque. En semifinales Italia jugó contra Austria. Los transalpinos anotaron tras falta no señalada al poco de iniciar, pero en los siguientes 80 minutos de partido el trencilla no tuvo culpa de la derrota austriaca. Italia demostró que no tenía la calidad en las piernas de su adversario, pero si una solidaridad y una fortaleza colectiva que se convertirá en su seña de identidad perpetua. Austria perdería también en el partido por el tercer puesto e Italia se proclamará campeón al vencer en la final a Checoslovaquia por 2-1.

Veredicto: Error.

Italia: Vencer o morir

FRANCIA 1938

Favorito: Italia y Austria. Las casas de apuestas daban favorita a Austria. Aunque envejecido, el Wunderteam seguía siendo formidable. Ocurrió que con el sorteo del Mundial ya celebrado, las tropas alemanas ocuparon territorio austriaco y lo anexionaron al III Reich por orden de Adolf Hitler. El partido de octavos de final que debía celebrarse en Lyon entre Suecia y Austria jamás tendría lugar. Se les ofreció a los austriacos ingresar en las filas de la selección alemana pero la mayoría de ellos declinó la invitación, incluido un Matthias Sindelar que aparecerá muerto en su apartamento meses después en circunstancias nunca aclaradas. Sin Austria el favorito indiscutible era Italia, vigente campeón mundial y olímpico, escuadra que ya no contaba con nacionalizados en su once ideal. Había ganado en automatismos y jugaba un fútbol más alegre.

Campeón: Italia. En un ambiente hostil (una Francia gobernada por el Frente Popular) y sin ninguna ayuda arbitral por el camino, Italia se reconcilió con el planeta fútbol y se convirtió en bicampeón mundial. Liderados por el fantástico Giuseppe Meazza vencieron a Noruega y aplastaron a Francia antes de enfrentarse a Brasil en semifinales, en la que fue la final anticipada. Meazza contra Leónidas. Un duelo en el que vencieron con autoridad los europeos quienes acabarían siendo despedidos por aplausos por un público que hora y media antes los había recibido con una sonora pitada. En la final Italia venció por 4-2 a Hungría, los cuales se habían beneficiado de no tener a Austria por su lado del cuadro.

Veredicto: Acierto.

Giuseppe Meazza

BRASIL 1950

Favorito: Brasil. El año anterior los brasileños habían ganado la Copa América anotando en un año natural 48 goles a favor por tan sólo 7 en contra. Contaban con Zizinho y Ademir y habían construido un descomunal estadio en el que entraban unas 150.000 almas que era conocido como Maracaná. Jugaban en casa y eran archifavoritos. Italia había perdido a 10 de sus 11 titulares en la tragedia aérea de Superga del año anterior e Inglaterra era una incógnita dispuesta a participar en su primer Mundial.

Campeón: Uruguay. La FIFA tuvo la estúpida idea (nunca jamás repetida y esperemos que nunca jamás rescatada) de sustituir la final por una liguilla semifinal de cuatro equipos en formato todos contra todos. A esa liguilla llegaron Suecia, Uruguay, España y Brasil. Inglaterra había caído humillada ante Estados Unidos e Italia no tenía ni fútbol ni moral. Brasil venció a Suecia (7-1) y luego a España (6-1). Uruguay sufrió ante Suecia (3-2) y empató ante España (2-2). A Brasil le valía el empate, aunque se contaba con ganar. En siete de los últimos nueve enfrentamientos entre Brasil y Uruguay los brasileños habían resultado vencedores. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tenía en el bolsillo de su chaqueta escrito el discurso que tendría que dar en la fiesta posterior preparada para Brasil, el más que seguro ganador. No fue así. Brasil se adelantó, pero Uruguay remontó con goles de Schiaffino y Ghiggia. “Sólo Sinatra, el Papa y yo hemos conseguido silenciar Maracaná”, diría años más tarde Alcides Ghiggia. Fue la sorpresa del siglo. Si por entonces se pudiesen hacer apuestas minuto a minuto algún valiente se habría hecho de oro apostando por Uruguay cuando caía por 1-0 mediada la segunda parte.

Veredicto: Error.

Gol de Ghiggia: Maracanazo

SUIZA 1954

Favorito: Hungría. Si el Wunderteam era favorito en 1934 que decir del Aranycsapat (Equipo de oro) húngaro en 1954. Nunca ha habido tan claro favorito en un Mundial como en la edición de 1954. Hungría sumaba 32 partidos consecutivos sin perder, había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1952 y había asombrado a medio mundo al vencer por 3-6 en Wembley para luego machacar por 7-1 a Inglaterra en Budapest. Kocsis, Hidegkuti, Czibor y Ferenc Puskás representaban una revolución futbolística. El fútbol total antes del fútbol total. Movimiento continuo con y sin balón. Tan sólo Uruguay, vigente campeón, rivalizaba con los húngaros. No se consideraba a nadie más por el título.

Campeón: Alemania. Uruguay y Hungría se enfrentaron en semifinales. Fue catalogado como el mejor partido en los primeros 25 años de Mundiales. Vencieron los húngaros por 4-2 con dos tantos de Kocsis en la prórroga. Para llegar a ese momento Hungría había vencido a Brasil (4-2), Corea del Sur (9-0) y Alemania (8-3). En aquel partido de la primera fase los germanos habían jugado con suplentes sabedores de que iban a perder de cualquier manera. Los alemanes habían vencido a Austria en semifinales (por entonces una sorpresa) y se presentaban como víctimas en la final. Hungría se adelantó por 2-0 a los ocho minutos bajo un manto de lluvia. Ocurre que los alemanes estrenaban unas botas de tacos extraíbles inventadas por Adidas que se adaptaban a los campos encharcados. Los alemanes danzaban y los húngaros resbalaban. Del 2-0 se pasó al 2-3 con un tanto de Helmut Rahn a falta de seis minutos para el final. Puskás, que jugó todo el partido visiblemente cojo por un esguince de tobillo, empataría con el tiempo cumplido. El gol sería anulado por fuera de juego. Hungría nunca más volverá a estar en condiciones de jugar una final y Alemania recuperará el orgullo perdido tras la caída de la II Guerra Mundial e iniciará un idilio con los dioses del fútbol basado en la fiabilidad y la invencibilidad.

Veredicto: Error.

El milagro alemán

SUECIA 1958

Favorito: Alemania. Como vigentes campeones los teutones eran los favoritos. Con todo, sus estrellas estaban envejecidas, por lo que asomaban dos aspirantes. Uno era la Unión Soviética del portero Lev Yashin. Los soviéticos afrontaban su primera participación mundialista tras décadas haciendo de menos un deporte que consideraban capitalista. Sin embargo, desde que acudieron por vez primera a los Juegos Olímpicos en 1952, habían apostado por la competición deportiva como una forma de vencer en el discurso ideológico de la Guerra Fría. El otro outsider era Yugoslavia que había arrasado en la fase clasificatoria a Italia (6-1) e Inglaterra (5-0).

Campeón: Brasil. Alemania despachó en cuartos a una Yugoslavia que decepcionó durante el torneo. En semifinales Alemania caería sorprendentemente ante los anfitriones, quienes disponían de un buen equipo comandado por Gren, Liedholm y Hamrin, todos ellos con fructíferas carreras en la Serie A italiana. Los suecos, por cierto, habían derrotado a la Unión Soviética en cuartos de final en un partido que dominaron con autoridad. El otro lado del cuadro estaba mucho más abierto. El choque entre Gales y Brasil iba camino del empate sin goles hasta que el técnico brasileño metió en el partido a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años), quién anotó el gol de la victoria. En semifinales, con los dos chicos en el campo ante la insistencia del vestuario y a pesar de la negativa de Feola (así se llamaba el entrenador), Brasil venció por 5-2 a Francia en una de las mayores exhibiciones de fútbol ofensivo en la casi centenaria historia del Mundial de fútbol. En la final Brasil repitió resultado ante Suecia (5-2) en la que fue la coronación de un adolescente como O Rei del fútbol. Brasil lograba su primera corona y desde esa edición en adelante, Pelé y sus sucesores siempre pasarán a estar entre los favoritos al triunfo.

Veredicto: Error.

O Rei

CHILE 1962

Favorito: Brasil. La canarinha sumaba 14 partidos seguidos con victoria cuando arribó a Santiago de Chile. Pelé era el mejor jugador del planeta a años de luz de los demás. Brasil era, pues, indiscutible favorito. La Unión Soviética, vigente campeona europea, y Yugoslavia volvían a aparecer como aspirantes.

Campeón: Brasil. Ocurrió que, en el segundo partido, un empate sin goles ante Checoslovaquia, Pelé es cazado con una brutal entrada y se marchará cojeando del campo. No volverá a jugar en lo que resta de Mundial. En su lugar emergió el suplente Amarildo (tres goles en el torneo) y, esencialmente, Garrincha. El ángel de las piernas torcidas hará un torneo descomunal, una exhibición legendaria antes de que el alcohol y las mujeres le hagan abandonar prematuramente su carrera. Garrincha bailará a Inglaterra en cuartos (3-1) y a Chile (4-2) en semifinales. Chile había eliminado sorprendentemente a la URSS en cuartos con arbitraje favorable y fallo inesperado de Yashin. Una ronda más aguantará Yugoslavia, que perderá ante Checoslovaquia en semifinales. En la final, y aunque Masopust (Balón de Oro) adelante a los europeos, Brasil remontará con facilidad para proclamarse bicampeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Garrincha en movimiento

INGLATERRA 1966

Favorito: Brasil. No podía ser de otra manera que Pelé y Brasil repitiesen como favoritos en las casas de apuestas. O Rei tenía ganas de resarcirse del Mundial anterior. Como alternativas se tenía fe en Inglaterra, por el hecho de ser anfitriona, y de Portugal. Los lusos, con Eusebio de referente y con la base del Benfica que sumaba dos entorchados europeos y dos subcampeonatos en el lustro anterior, habían eliminado a Checoslovaquia, vigente subcampeón, en la fase clasificatoria.

Campeón: Inglaterra. A Pelé volvieron a cazarlo como animal en campo abierto. En este caso Brasil no tuvo forma de levantarse del golpe. Hungría venció a Brasil en fase de grupos, por lo que el último partido de dicha ronda era en la práctica un octavo de final entre Brasil y Portugal. Pelé marchó llorando del campo y dos años después la FIFA implantará las tarjetas para intentar frenar el juego violento tan habitual durante los años 60. El caso es que un imperial Eusebio lidera a Portugal (3-1) y elimina a los favoritos en primera ronda. Portugal camina hasta las semifinales donde, con un Wembley a rebosar, Inglaterra vence (2-1) en duelo entre Bobby Charlton y Eusebio. En el otro lado del cuadro la Alemania de Uwe Seeler y de un joven Beckenbauer despacha a la URSS en semifinales (2-1) para acceder a la final. El duelo, tan sólo 20 años después del fin de la II Guerra Mundial, es mucho más que fútbol. Ingleses y germanos empatan en los 90 minutos de juego y será en la prórroga cuando Inglaterra venza (4-2) con gol polémico de Hurst tras balón que golpea en el larguero y bota en la línea de meta. No fue gol, y no lo pareció, pero el árbitro, a instancias del linier, lo daría por bueno. Según se dice Tofik Bakhramov, el juez de línea soviético culpable del asunto, en su lecho de muerte susurró al oído de su nieto; “Stalingrado” cuando le preguntó si aquel gol concedido a los ingleses fue o no fue real. El caso es que entonces no había VAR y los ingleses festejaron el que, hasta la fecha, es su único entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Los inventores del fútbol

MEXICO 1970

Favorito: Brasil e Inglaterra. Inglaterra contaba con un combinado incluso mejor que el que se había proclamado vencedor cuatro años antes. Italia sumaba dos años invicto tras vencer en la Eurocopa de 1968 gracias a Facchetti, Rivera, Mazzola y Riva. Alemania rebosaba talento y era clara aspirante al título. Las tres selecciones estaban muy bien valoradas, pero por encima de todos volvía a estar Brasil. Gerson, Tostao, Jairzinho, Rivelino y Pelé. Cinco ‘10’ de primerísimo nivel. La única duda era si un balón sería suficiente para todos ellos.

Campeón: Brasil. Inglaterra y Brasil coincidieron en la primera fase. El vencedor tendría un recorrido más favorable camino de la final. Fue un duelo de poder a poder que fue solventado por Brasil el día de la famosa parada de Gordon Banks a cabezazo de Pelé. En cuartos, sin Banks por una gastroenteritis, Inglaterra vencía a Alemania por 2-0 en el minuto 70 cuando Alf Ramsey decidió sustituir a Bobby Charlton para darle descanso. Los germanos forzaron la prórroga y doblegaron a los ingleses en el añadido. En semis, en el llamado partido del siglo, Italia fue quien venció a Alemania en la prórroga por 4-3 tras un empate a un tanto en los primeros 90 minutos. Brasil, pues, tuvo el camino más favorable al vencer a Perú y a Uruguay. La final no tuvo color y Brasil pasó por encima de Italia (4-1) en la que fue la última obra de arte de Pelé, quién sumaba su tercer Mundial (récord inigualado) con apenas 29 años.

Veredicto: Acierto.

Brasil del 70

ALEMANIA 1974

Favorito: Alemania. En los últimos cinco torneos los germanos encadenaban victoria, semifinales, cuartos, final y semifinales. Eran vigentes campeones de Europa y jugaban en casa. Beckenbauer, Netzer, Müller y Maier eran archifavoritos. Brasil, envejecida y sin Pelé, iniciaba un duro proceso de transición. Como alternativa en las casas de apuestas aparecía Holanda, primeriza en un Mundial y que había sufrido para lograr clasificarse. Los holandeses eran una apuesta arriesgada a pesar de sumar sonoros triunfos (9-0 a Noruega y 4-1 a Argentina) meses antes de iniciarse el Mundial.

Campeón: Alemania. La final fue la esperada. Alemania vs Holanda. El camino, no obstante, no tuvo nada de esperado. Alemania había maravillado en la Eurocopa de 1972. En 1974 Alemania era un transatlántico encallado. Pasó la primera fase sufriendo tras perder contra sus vecinos de la RDA, y luego vencieron a Suecia y a Polonia sin merecer el triunfo en ninguno de los dos partidos. Por su parte, Holanda fue una bocanada de aire fresco pocas veces antes disfrutada. El fútbol total, con diez jugadores presionando por todo el campo y alternando sus posiciones, maravilló a espectadores y a televidentes. Holanda destrozó a las naciones sudamericanas que se orgullecían de ser las garantes del espectáculo frente a la rigidez europea. Países Bajos humilló a Uruguay (2-0), Argentina (4-0) y en semifinales despachó a Brasil (2-0) en la que seguramente es la mayor diferencia de nivel que se ha visto en un partido de poder a poder en un Mundial. El resultado no refleja la impotencia de unos brasileños que acabaron desquiciados corriendo tras un balón que apenas tocaron. En la final, Cruyff se escapó de cuanto defensor tuvo y provocó un penalti que ponía a Holanda por delante antes del minuto de juego. Holanda lo tenía en la mano, pero entró en pánico. Beckenbauer y compañía pusieron a funcionar el rodillo, dieron la vuelta al encuentro y Holanda clamará para siempre que nadie se acordará del ganador y sí del vencido.

Veredicto: Acierto.

Cruyff y Beckenbauer

ARGENTINA 1978

Favorito: Alemania. Los actuales campeones del mundo volvían a ejercer de favoritos en las casas de apuestas. Era un equipo más industrial ya sin Netzer, Müller ni Beckenbauer, pero contaban con Karl-Heinz Rummenigge y ese colmillo asesino de las grandes ocasiones. Dado que nunca un país europeo había vitoreado en Mundial jugado en América también contaba en los pronósticos como aspirante Brasil, que mantenía a Rivelino y contaba con el extraordinario Zico. La que estaba a años luz en los pronósticos era Argentina que no había superado los cuartos de final de un Mundial desde 1930, llevaba dos décadas sin ganar la Copa América y no había conseguido vencer en ninguno de los cuatro amistosos disputados antes del Mundial.

Campeón: Argentina. Liderada por un central de apenas 174 centímetros llamado Daniel Passarella, los argentinos arañaron un empate ante Brasil a golpe de raza, coraje y alguna mala arte que les daba la llave para llegar a la final siempre y cuando venciesen a Perú por cuatro goles de diferencia. Con un arbitraje casero y una actitud escasamente interesada de los peruanos, la sombra del amaño por parte de la dictadura militar argentina siempre planeará sobre dicho encuentro. Cierto o no, Argentina venció a Perú (6-0) y se clasificó pasmosamente para la final. En el otro lado del cuadro, Holanda (sin Cruyff) sorprendió a Italia, mientras que Alemania caía con estrépito ante la Austria de Krankl dejando que los tulipanes repitiesen final cuando nadie contaba con ellos. En el duelo definitivo, un partido malo y lleno de nervios, se llegaría a la prórroga. Emergió entonces Mario Alberto Kempes (dos goles en la final y seis en el torneo) para darle la victoria a Argentina cuando pocos contaban con ella.

Veredicto: Error.

Argentina 78

ESPAÑA 1982

Favorito: Brasil. A España 82 acudió Brasil con un equipo que recordaba al fabuloso de 1970. Zico era el Pelé blanco y Falcao, Sócrates y Toninho Cerezo acompañaban al director de orquesta. Brasil sumaba 20 partidos sin perder incluyendo victorias en Londres ante Inglaterra, en Paris ante Francia y ante Alemania en Stuttgart. Como aspirantes estaban la Francia de Platini y la Alemania de Rummenigge, vigente campeona europea. Con todo, aquello que no fuese una victoria brasileña sería considerada una sorpresa. 

Campeón: Italia. Brasil pasó como elefante en una cacharrería por delante de Escocia y la Unión Soviética antes de ganar con facilidad a la Argentina de Maradona. En un simulacro de cuartos de final (realmente era un grupo de segunda fase) le tocó Italia. Los europeos habían pasado la primera fase de carambola tras empatar sus tres partidos y antes del Mundial habían perdido con Suiza, Dinamarca y la RDA. Ya era un milagro que se hubiesen clasificado. Paolo Rossi, su delantero centro, estuvo dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y por entonces sumaba cuatro partidos y cero goles. El caso es que, en una preciosa tarde veraniega en Barcelona, Claudio Gentile secó a Zico y Paolo Rossi revivió con un hat-trick. Brasil abandonaría para siempre el jogo bonito e Italia, tras deshacerse de Polonia en semifinales, se clasificaba para el partido decisivo. En el otro lado del cuadro era Francia la que enamoraba, pero será Alemania la que se lleve el gato al agua. En otro memorable partido, en este caso bajo la noche estrellada de Sevilla, hasta cuatro goles en la prórroga llevarán el partido a los penaltis donde los teutones se mostrarán más acertados. En la final, una Alemania fundida tras 120 minutos a casi 40 grados en Andalucía no tendrá opción ante una hipermotivada Italia que sumará su tercer título cuando nadie lo esperaba.

Veredicto: Error.

Paolo Rossi

MEXICO 1986

Favorito: Brasil. Tocaba Mundial en América y todos los favoritos provenían del Nuevo Continente como mandaba la tradición. Junior, Falcão, Sócrates y Zico ya superaban la treintena y estaban ante su última oportunidad. Tele Santana seguía de seleccionador, pero había cambiado de táctica y apostaba por un 3-5-2 mucho más conservador que el 4-2-2-2 con laterales ultraofensivos de cuatro años atrás. Como outsider aparecía Uruguay, vigente campeona americana, y que había reverdecido viejos laureles gracias a Enzo Francescoli. Muy por detrás asomaban Francia, Alemania y una Argentina que contaba con Maradona, pero que acumulaba resultados pobres tanto en los amistosos previos como en la fase de clasificación.

Campeón: Argentina. Los brasileños avanzaron hasta cuartos de final de forma inmaculada sin brillar, pero también sin encajar un tanto. Tocó entonces encuentro ante Francia. Fue el mejor partido de aquel Mundial. Un choque de poder a poder entre Zico y Platini que se decantó del lado europeo en la tanda de penaltis. En semifinales los galos eran favoritos ante Alemania, que nuevamente sacó el rodillo cuando hacía falta tras haber sufrido, y mucho, en las rondas previas ante Escocia, Marruecos o México. En el otro lado del cuadro Uruguay decepcionaría al caer en octavos ante Argentina. Emilio Butragueño, delantero español, declararía que cualquier clasificada para octavos que hubiese contado en su plantilla con Maradona se hubiese proclamado campeón del Mundial. Lo cierto que es el Pelusa hizo cuatro partidos seguidos pluscuamperfectos que le darían a Argentina el triunfo con un equipo mediocre en muchas de sus posiciones. Maradona dirigió la victoria ante Uruguay, luego se convirtió en un dios ante Inglaterra (al cielo siendo un barrilete cósmico y al infierno con una mano divina), más tarde aplastó a Bélgica con su pie izquierdo y en la final dirigió la orquesta albiceleste ante los fieros alemanes. Argentina venció a Alemania por 3-2 ganando su segunda corona y haciendo que Rummenigge se despidiese del fútbol con dos derrotas consecutivas en la final del Mundial.

Veredicto: Error.

D10S

ITALIA 1990

Favorito: Italia. La Nazionale tenía un equipazo. Su línea defensiva era imponente con Ferri, Baresi, Bergomi y Maldini y Walter Zenga en la portería. Llegaron al Mundial con ocho partidos sin recibir un gol en contra. Arriba tenían a Giannini, Vialli y al magnífico Roberto Baggio. Jugaban en casa y eran indiscutibles favoritos. Como alternativa en las casas de apuestas estaban Holanda y Alemania. Los tulipanes eran vigentes campeones europeos y tenían a Koeman, Gullit, Rijkaard y Van Basten. Los germanos acababan de reunificarse y estaban en plena efervescencia nacional. Quizás no contaban con un equipo tan redondo como el de ediciones anteriores, pero la unificación parecía llevar en volandas a toda la nación.

Campeón: Alemania. Italia fue el ciclón que todos esperaban. Sumó otros cinco partidos sin encajar un gol antes de plantarse en semifinales. Cierto es que el camino no fue sumamente complicado, pero cumplieron con el objetivo. Quien no cumplió con su cometido fue Países Bajos que, tras empates con Egipto e Irlanda, pasó con la soga al cuello a octavos. Así pues, tocó enfrentamiento prematuro Alemania-Países Bajos en octavos de final. Frank Rijkaard fue expulsado por escupir en la cara a Rudi Völler y Alemania pasó con justicia a cuartos. En su semifinal Alemania fue inferior a Inglaterra que, liderada por Gascoigne, hizo su mejor fútbol en años. Ocurre que, fiel a la tradición, fueron los alemanes los que se clasificaron para su tercera final consecutiva tras vencer en la tanda de penaltis. En la otra semifinal, en un partido terriblemente aburrido, Italia encajaba su primer gol (1-1) y también perdía en los penaltis en este caso ante Argentina. La final comenzó precedida por una sonora pitada a Maradona, verdugo italiano, quien en semifinales había pedido a su público napolitano que apoyase a su dios en vez de a la Nazionale. Como era de esperar los espectadores fueron con Italia y no con Argentina y aquello hizo que Maradona cavase su propia tumba al llamar hijos de puta a los napolitanos. Así pues, con 75.000 romanos animando a Alemania, en otro partido terriblemente malo, Lotthar Matthaüs y sus compañeros superaron a los argentinos para lograr la victoria mundialista.

Veredicto: Error.

Alemania unificada

ESTADOS UNIDOS 1994

Favorito: Brasil y Alemania. Las casas de apuestas daban un empate técnico entre el eterno favorito y el vigente campeón. Brasil contaba con una dupla de ataque con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Sin embargo, en el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera.

Campeón: Brasil. Hubo dos gigantescas sorpresas en el Mundial de Estados Unidos. Una fue Bulgaria. Un 10 de julio de 1994 en Nueva York los de Hristo Stoichkov eliminaban a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales, tras haber echado previamente en octavos a Nigeria y en cuartos a España. La otra sorpresa la dio Suecia que consiguió meterse en semis con un calendario favorable. Allí fue eliminada por un gol de Romario, pero la verdadera prueba de fuego de los brasileños había tenido lugar una eliminatoria antes cuando en un precioso choque lograron superar a Holanda por 3-2 el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo. La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Allí, Franco Baresi falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.

Veredicto: Acierto.

Mazinho, Bebeto y Romario

FRANCIA 1998

Favorito: Brasil. No había discusión alguna. Brasil era favorita por mayoría aplastante. Era un equipo compacto que había añadido como arma ofensiva a un chico de 21 años que esa temporada sumó 50 goles. Se trataba de un Ronaldo Nazario que opositaba para ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. No existía alternativa alguna al dominio brasileño. Alemania tenía el peor equipo en años, Inglaterra e Italia no eran gran cosa y Argentina contaba con un buen equipo, pero era sabido que a la hora de la verdad solía fallar. Hasta España se asomaba por el retrovisor al sumar 31 partidos sin conocer la derrota. La opción más aceptada para el otro puesto de finalista era Francia, pero más por ser anfitriona que por creer de verdad en sus posibilidades. Los galos eran tremendamente irregulares y había un run-run constante entre la titularidad de Zidane o bien de Djorkaeff en la mediapunta.

Campeón: Francia. Como era de esperar España decepcionó. Incluso más de lo habitual dado que feneció en la primera fase. Inglaterra caería en octavos ante Argentina y Argentina hizo lo propio en cuartos ante Holanda. Para Alemania la derrota fue aún más dura. Tras caer ante la advenediza Bulgaria en 1994 en esta ocasión hubo de soportar un humillante 0-3 ante Croacia, entonces en su primera participación en un Mundial. Así pues, la final esperada por anfitriones y aficionados parecía lista para hacerse realidad. Brasil tumbó a Chile (4-1), Dinamarca (3-2) y a Holanda en los penaltis (1-1) con un Ronaldo imperial para llegar a la final. Francia perdió a Zidane por una estúpida expulsión y sudó sangre para echar a Paraguay (1-0) en octavos. Ya con Zidane, volvió a sufrir ante Italia (0-0 y penaltis) para voltear un 0-1 ante Croacia y ganar por 2-1 con dos tantos de Thuram, sus dos únicos goles en 142 partidos internacionales, en semifinales. Horas antes de la final Ronaldo sufrió un ataque epiléptico y, aunque estuvo presente en cuerpo, su mente y su alma no jugaron la final del Mundial. Si lo hizo Zidane, quién se convirtió en héroe nacional (marsellés de padres magrebís) al anotar dos cabezazos que, junto al gol de Petit, le dieron el triunfo a Francia (3-0) y su primer entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Francia multicolor

COREA Y JAPÓN 2002

Favorito: Argentina y Francia. La Francia de Zidane era una máquina arrolladora. Vigente campeona mundial y europea tenía mejor equipo que en 1998 dado que había incorporado a la delantera a un Thierry Henry en el mejor momento de su carrera. Con todo compartía favoritismo con Argentina que había ganado la fase clasificatoria sudamericana con 12 puntos de ventaja sobre el segundo. Justo antes del Mundial, Argentina salió victorioso de un amistoso ante Italia en Roma y de otro ante Alemania en Stuttgart. Zanetti, Simeone, Verón, Aimar, Hernán Crespo o Batistuta. Más atrás en los pronósticos estaba Brasil, con un Ronaldo mermado que venía de jugar una decena de partidos en dos años y medio víctima de dos devastadoras lesiones de rodilla.

Campeón: Brasil. El primer Mundial en Asia estuvo lleno de cataclismos. Francia perdió con Senegal y Dinamarca y se fue para casa en la fase de grupos. Lo mismo le ocurrió a Argentina, aunque de forma mucho más cruel tras empatar a puntos con Suecia y tener peor diferencia de goles. Hubo más. Corea del Sur llegó a semifinales tras echar a Italia y a España con arbitrajes caseros. Allí fueron frenados por una Alemania de entretiempo que se benefició de las escabechinas francesa y argentina. Por el otro lado del cuadro el momento estrella tuvo lugar en cuartos con el duelo entre Brasil e Inglaterra. Por entonces ya se sabía que Ronaldo quizás no tenía las rodillas de antes, pero seguía siendo igual de extraordinario como lo era antes. La tripleta Ronaldinho-Ronaldo-Rivaldo fue demasiado para un más que decente conjunto inglés. En semis Ronaldo ajustició a Turquía y en la final se disputó el primer Brasil-Alemania en 72 años de Copa del Mundo. Vencieron los brasileños (2-0) en parte gracias a una pifia de Oliver Kahn, quién con sus paradas había sostenido a los alemanes durante todo el torneo, pero que emborronó su trayectoria con un tachón en el día decisorio.

Veredicto: Error.

La resurrección de Ronaldo

ALEMANIA 2006

Favorito: Brasil. Otra vez Brasil era favorito. Y otra vez lo hacía como indiscutible favorito. Ronaldinho era Balón de Oro, un Ronaldo pasado de peso seguía goleando y el sitio de Rivaldo era ocupado por el sensacional Kaká. Por si fuera poco, en el banquillo aguardaban Robinho y Adriano, siendo este último una versión 2.0 del Ronaldo antes de la lesión de rodilla. Todo lo que no fuera un triunfo de la verdeamarela era una sorpresa. Como aspirante asomaba Alemania, no tanto por su capacidad futbolística, sino por su competitividad y por el hecho de jugar como anfitriona. Bastante más atrás en las apuestas aparecían Inglaterra y Portugal, con un formidable cuarteto atacante formado por Cristiano Ronaldo, Deco, Figo y Pauleta.

Campeón: Italia. Ocurrió que en la primera fase Suiza superó a Francia. Eso tuvo dos efectos colaterales. Por un lado del cuadro permitió que Italia tuviera un camino favorable (aunque, fiel a su estilo, sufrió ante Australia) hasta semifinales. Allí se encontró con una Alemania que antes había superado a Argentina en un duelo memorable. Igual de memorable fue esta semifinal que se resolvería en la prórroga y que llevó a Italia al partido decisivo con un gol en el minuto 119 y otro en el 120. Por el otro lado del cuadro, la derrota de Francia le llevó a enfrentarse con primmas donnas en las que siempre partía como víctima. En octavos tocó España. Los hispanos eran jóvenes y los galos unos viejos. Zidane, quien se retiraba al finalizar el Mundial, hizo magia y Francia venció a España (3-1). En cuartos tocaba Francia-Brasil. Ronaldinho nunca llegó a carburar en ese Mundial y ni Ronaldo ni Kaká dieron ni la mitad de su valor. Dos veteranos Zidane y Henry sí que dieron lo mejor de sí mismos y Francia pasó de ronda sorpresivamente. En semis Francia fue inferior a Portugal, pero tiraría de oficio, veteranía y alguna decisión arbitral polémica para colarse en la final. Allí, Zidane adelantó a Francia con un penalti a lo Panenka y luego Materazzi empató de cabeza. Precisamente una cabezada de Zidane a Materazzi tras una provocación verbal del central italiano acabó con Zidane expulsado el día de su último partido. Zizou tuvo que sufrir desde los vestuarios una tanda de penaltis que le dio a Italia su cuarto título mundialista.

Veredicto: Error.

¡Qué tiempos! ¡Cuándo Italia ganaba!

SUDAFRICA 2010

Favorito: España. Sumó entonces la selección española 35 partidos sin conocer la derrota incluyendo la victoria en la Eurocopa 2008. Realizaba un juego fabuloso de combinación que se dio a bautizar como tiki-taka. Contaba con Casillas, Puyol, Ramos, Xavi e Iniesta seguramente los mejores del mundo en sus correspondientes puestos. Por vez primera España iba de favorita a un Mundial y no se vislumbraba respuesta alguna a su reinado. En un segundo escalón, pero muy lejos en las apuestas, aparecía una Brasil que asustaba más por sus cinco estrellas en el pecho que por su plantilla, la Argentina de Leo Messi en el campo y los bemoles de Maradona desde el banquillo e Inglaterra. Era la última oportunidad de una brillante generación capitaneada por Beckham y en la que maravillaban Terry, Ferdinand, Gerrard, Lampard y Rooney.

Campeón: España. Con más de un 70% de posesión España avasalló a Suiza, pero un contraataque aislado les daría el triunfo a los helvéticos. El pánico se apoderó de la opinión pública, sin embargo, los pilares de la selección eran sólidos y dieron pronta vuelta a la situación. Se ganó con solvencia a Chile, Portugal y Paraguay, aunque siempre por la mínima al no ser capaces de trasladar en goles un dominio insultante. En semifinales un gol de cabeza de Carles Puyol tumbó a una Alemania que venía de jubilar a Beckham en octavos (4-1) y de invalidar el carnet de entrenador de Maradona en cuartos (4-0). En el otro lado del cuadro Holanda superó a Brasil antes de deshacerse de la mejor Uruguay en medio siglo (Forlán, Cavani y Luis Suárez) por 3-2. En la final Holanda fue del todo menos fiel a su memoria. Se dedicó a encerrarse atrás y salir al contraataque cediéndole el balón a España. Una milagrosa parada de Casillas en un mano a mano ante Robben y un gol de Iniesta en la prórroga le otorgó el primer Mundial a España en la que fue la primera Copa del Mundo disputada en África.

Veredicto: Acierto.

Tiki-taka

BRASIL 2014

Favorito: Argentina y Brasil. Brasil jugaba en casa y contaba con la mejor línea defensiva que había producido en su larga historia; Alves, David Luiz, Thiago Silva y Marcelo. En la delantera contaban con Neymar, pero tenían graves problemas a la hora de crear juego en el centro del campo. Con todo ello; ¿quién podría dudar de Brasil? Argentina tenía un equipo de ensueño con Agüero, Di María, Higuain y Leo Messi. La Pulga estaba en el mejor momento de su vida anotando 60 goles y dando 30 asistencias por temporada. Era evidente que el Mundial, de una forma u otra, tendría que quedarse en Sudamérica. La única opción real de victoria procedente de Europa era la selección española que encadenaba victoria en Eurocopa-Mundial-Eurocopa.

Campeón: Alemania. España cayó con estrépito en la primera fase incluyendo un 1-5 ante Países Bajos. También Italia e Inglaterra fueron incapaces de meterse en octavos. Quien se metió en las rondas eliminatorias como un ciclón fue Argentina, aunque la gasolina se le acabó al pasar a octavos de final. Prevaleció por la mínima ante Bélgica, necesitó de una prórroga ante Suiza y superó en los penaltis a Holanda en semifinales, en la que fue la despedida internacional de Sneijder, Van Persie y Robben. En el otro lado del cuadro Neymar bailó a México y a Camerún, pero un golpe ante Chile lo dejó fuera del Mundial a la altura de cuartos de final. Sin su faro ofensivo, Brasil sufrió para vencer a Colombia y fue un pelele en manos de una Alemania que vencía por 0-5 a la media hora del inicio de la semifinal. Aquello acabó con un 1-7 y pasó a ser conocido como Mineirazo, tragedia nacional que una década después sigue sin ser superada. Antes de soberana paliza, los alemanes ya había dado cuenta de Portugal (4-0) o Francia (1-0) con un imperial Manuel Neuer bajo palos, un Philip Lahm haciendo de todo campista y una dupla perfecta formada por Miroslav Klose y Thomas Müller. Ocurrió que fue, Mario Götze, habitual suplente, el que dio el triunfo en la final a los alemanes con un gol en la prórroga tras varios errores groseros de los argentinos comandados por una tarde aciaga de Gonzalo Higuain.

Veredicto: Error.

Primer europeo que conquista América

RUSIA 2018

Favorito: Alemania y Brasil. Alemania había ganado la Copa Confederaciones del año anterior con una plantilla de 23 jugadores alternativa formada en su mayoría por sub-21 ¡Qué no iba a hacer con su equipo titular! Se contaba con un paseo militar germano. La alternativa venía del otro lado del Atlántico. A pesar del bochorno del Mineirazo, Brasil seguía contando con una línea defensiva fortísima, tenía portero (Allison), ahora también un mediocentro (Casemiro) y Neymar era mejor jugador que cuatro años atrás. Tite, el seleccionador, jugaba a la defensiva y les iba bien. Arrasaron en la fase de clasificación. Como outsiders las apuestas hablaban de Argentina (con Messi, pero con peor equipo que en 2014), Francia (con un equipazo enclaustrado en el corsé de su entrenador) y Bélgica, que encandilaba con su fútbol ofensivo comandado por el tridente Hazard, De Bruyne y Lukaku.

Campeón: Francia. Alemania se convirtió en el tercer campeón vigente en caer en una fase de grupos. El descalzaperros germano perdió ante México y Corea del Sur. A Brasil le fue bien hasta que en cuartos de final le tocó enfrentarse a Bélgica. Los europeos demostraron que, independiente de las modas, un centro del campo técnico siempre debe primar sobre el físico y se llevaron el duelo por 2-1. El camino de la sorprendente Bélgica se frenó en seco ante Francia en semifinales. Antes, en octavos, un explosivo Francia-Argentina (4-3) parecía encumbrar a Mbappé y jubilar a Leo Messi. En el otro lado del cuadro, los ingleses se beneficiaban de la caída alemana para abrirse paso hasta las semifinales. Su rival, una Croacia que venía de ganar en los penaltis a Dinamarca y a Rusia. En este caso Inglaterra perdió su enésima oportunidad al caer en la prórroga ante Croacia (1-2) gracias a un gol decisivo de Mandzukic. La epopeya croata liderada por Luka Modric (Balón de Oro) finalizó en el duelo definitivo al perder ante la Francia de Pogba, Griezmann y Mbappé por 2-4. El gallo sumaba su segundo kikiriki mundialista.

Veredicto: Error.

Mbappé y compañía

QATAR 2022

Favorito: Francia. Las casas de apuestas daban como favorito a Francia, vigente campeón mundial. El equipo era fortísimo y Mbappé era un jugador maduro y mucho más completo que cuatro años atrás. Había problemas por la exclusión de Benzema del equipo nacional, pero pocos podían competir en técnica y en fortaleza física con los galos. Por vez primera la Inteligencia Artificial hizo un pronóstico y el suyo fue que Brasil seria la selección vencedora. Parecía poco probable, especialmente por la falta de un delantero de tronío, pero la realidad es que los brasileños sumaban victoria tras victoria antes del Mundial. Como alternativas estaban España, dirigida por el polémico Luis Enrique, e Inglaterra, reciente subcampeona europea y con una joven generación ilusionante. Mucho más detrás estaba la Argentina de un Leo Messi que se había borrado los últimos meses de sus responsabilidades en el PSG en su última oportunidad para ganar el Mundial.

Campeón: Argentina. Aquel raro Mundial que se disputó en diciembre lo hizo con Alemania, Bélgica y Uruguay cayendo en la primera fase. En octavos se despidió España tras perder en los penaltis ante Marruecos. Los africanos doblegarán en cuartos a Portugal y a un lloroso Cristiano Ronaldo. El sueño magrebí feneció en semifinales al perder ante Francia (0-2), que antes se había cepillado a Inglaterra en un precioso partido de cuartos de final sentenciado por el infatigable Oliver Giroud. Por el otro lado del cuadro, Brasil venció a Corea (verdugo de Uruguay) pero tropezó con una Croacia que volvió a aferrarse a los penaltis para plantarse por segunda edición consecutiva en las semifinales. Ahí ya Messi olía sangre. Tapando sus carencias físicas propias de los años y atrasando su posición para ser organizador, Messi dirigió la orquesta argentina que sufrió ante Holanda (2-2 y penaltis) pero que apabulló a Croacia (3-0). En la final, la más hermosa en medio siglo, los franceses remontaron un 2-0 para llevar el partido a la prórroga. Un tanto más de Messi y otro de Mbappé (tres en la final) firmaron un 3-3 en el que el semidesconocido arquero Emiliano Martínez le regaló a Messi un Mundial para, quizás, darle el trono de mejor futbolista de todos los tiempos.

Veredicto: Error.

¿El más grande?

NORTEAMERICA 2026

Favorito: España y Argentina. Vigente campeona europea, España parte en la primera posición entre los favoritos. Los españoles suman 30 partidos invictos, tienen dos jugadores intercambiables por posición y cuentan con Lamine Yamal, una rutilante estrella que aún no ha cumplido los 20 años de edad. Argentina va al Mundial como vigente campeona. Scaloni ha dotado al grupo de una moral de hierro. Messi ejerce como organizador escoltado por De Paul y McAllister y arriba la dupla formada por Lautaro Martínez y Julián Álvarez es formidable. Como outsiders están la Portugal del incasable Cristiano Ronaldo y un poco más atrás se espera que en algún momento explote la fantástica generación de jóvenes de Inglaterra o que Carlo Ancelotti resucite a Brasil de sus cenizas.

Campeón: En unos meses lo sabremos.

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Los mejores partidos de la historia: Las 10 mejores palizas en partidos de selecciones de todos los tiempos

No son frecuentes las goleadas entre las selecciones de primerísimo nivel. La igualdad es manifiesta y la tensión intrínseca a los encuentros de grandes campeonatos hacen que las precauciones defensivas se sitúen por encima de las cualidades ofensivas. Con todo ello, hay resultados escandalosos que hicieron sonrojar a equipos de tronío y causaron profundo pesar en el país derrotado. Otros resultados no son tan llamativos al ser leídos, pero supusieron un baile futbolístico de tal calibre que la exhibición ha traspasado los umbrales del tiempo para permanecer perpetuamente y con letras de oro en la historia del fútbol.

Para clasificarse para la Eurocopa de 1984 la selección española debía ganar por once goles de diferencia a Malta y así superar en la diferencia de tantos a Holanda, país con el que estaba empatado a puntos. Fue un 12-1 total, un 9-0 tras el descanso. Aquel frío día navideño en Sevilla está en la memoria de cualquier español y sólo las victorias europeas y mundialistas del siglo XXI le han restado importancia. Pero eso no es una paliza. Al menos no es el tipo de paliza que buscamos. Los aquí presentes son aquellos duelos de poder a poder, de igual a igual, que sorprendentemente acabaron decantándose de manera clara y notoria por uno de los dos contendientes. Muchos de estos partidos significan el inicio de una dinastía gloriosa o el cénit de esa misma dinastía en caso de los vencedores. Para los perdedores es el principio del fin o la fecha de defunción de lo que hasta entonces era una trayectoria gloriosa.

Entre los partidos descartados encontramos un encuentro amistoso del que sólo nos quedan relatos y fotografías. Ocurrió en 1932 y enfrentó a Austria contra Hungría. Los magiares eran entonces el mejor equipo de Europa. Los austriacos eran los aspirantes. Fue el nacimiento del llamado Wunderteam (equipo maravilla) liderado por Matthias Sindelar. El denominado Mozart del fútbol anotó un hat-trick y lideró a su equipo tras un legendario baile de futbol ofensivo que acabó con un 8-2. Sólo los nazis pudieron acabar con aquella sinfonía ofensiva al anexionar Austria al III Reich un lustro más tarde. Aquello fue el inicio del Wunderteam. Lo que sucedió en 2008 fue el punto y final de la escuela soviética de juego solidario, robotizado y efectivo. A la URSS de 1960, o al Dinamo de Kiev de 1986 le sucedió la Rusia de 2008. Aquel equipo perdería en semifinales de la Eurocopa 2008 ante España para diluirse para siempre en la historia. Antes había bailado a Países Bajos (3-1) en cuartos. El choque se resolvería en la prórroga tras un empate a un tanto, pero durante los 120 minutos del duelo el dominio fue total por parte rusa. Un fútbol rápido y desenfadado liderado por Andrey Arshavin.

Nos quedaran otros dos choques en el tintero y con los mismos protagonistas, aunque con los papeles cambiados. En 1972 Inglaterra y Alemania se enfrentaron en Wembley en cuartos de la Eurocopa. Los teutones vencieron por 1-3 en el que es considerado el mejor encuentro que Beckenbauer y compañía firmaron en aquella década dorada. A su rigor táctico y a su fortaleza física añadieron un juego de combinación exquisito liderado por un Netzer, quien realizó el mejor partido de su vida. Tres décadas más tarde, en 2001, Inglaterra asaltó Múnich en partido clasificatorio para el Mundial 2002, al vencer a Alemania por 1-5. Los británicos manejaron el partido con autoridad insultante y a varias velocidades; con posesión elaborada y paciencia por un lado y al contraataque cuando le interesaba hacerlo. Michael Owen anotó tres goles aquella noche y se aseguró ganar un Balón de Oro que muchos siguen clamando para Raúl.

El día grande de Owen

Vamos pues con las 10 grandes palizas entre selecciones de todos los tiempos. Resultados llamativos y apabullante juego frente a un adversario que antes del choque era considerado un igual a igual.

10 Australia 31-0 Samoa (clasificación Mundial 2002): Vale. Estoy de acuerdo. Este partido no tendría que aparecer en esta lista. No tiene el pedigrí suficiente. Pero es la madre de todas las palizas. La mayor goleada jamás registrada en un partido oficial. Un gol cada 180 segundos. No solo eso. El discreto delantero Archie Thompson anotó 13 tantos, por supuesto, también récord no igualado e inigualable. Ese 31-0 cambió el fútbol. Al menos lo cambió al otro lado del globo, aunque en la vieja Europa no fuésemos conscientes de ello. El abuso de los aussies fue tal que la Federación Australiana de Fútbol renunció a formar parte de la Confederación de Oceanía y desde entonces forma parte de la AFC (Confederación Asiática de Fútbol) disputando las fases de clasificación para el Mundial frente a Japón o Irán y la Copa de Asia contra Corea, Arabia Saudí o China. Todos salieron ganando. Australia ha mejorado notablemente su nivel, Nueva Zelanda tiene ahora muchísimas más opciones de jugar un Mundial (como ocurrirá en 2026) y la historia de los samoanos saltó en 2023 al celuloide con el título Next goal wins (El peor equipo del mundo).

31 goles encajados…

9 Brasil 5-2 Francia (semifinal Mundial 1958): Just Fontaine respondió en el minuto nueve al gol anotado por Vavá al poco de empezar el encuentro. Era la final anticipada. Francia contaba con Jonquet en el centro de la zaga, Piantoni hilando el juego y una dupla terrible formada por Fontaine y Kopá. Brasil había sufrido al inicio del torneo, pero en cuartos de final el seleccionador Feola dio su brazo a torcer y ante el clamor popular colocó como titulares a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años). Entonces todo cambió. En aquella semifinal fueron treinta minutos de igualdad. En el minuto 39 un zambombazo de Didí, la estrella de Brasil (con permiso del imberbe Pelé), ponía por delante a la canarinha. Desde ese instante sólo hubo un equipo sobre el campo. La segunda parte fue un baile de Brasil dirigido por Pelé. Aquel niño bajaba a recibir el balón al centro del campo, corría la banda, filtraba un pase y aparecía en el punto de penalti para armar la pierna. Y todo lo hacía con elegancia. Y todo lo hacía con alegría. Fue un hat-trick de un adolescente que al acabar el partido ya será O Rei. Luego Piantoni maquilló el resultado final dejándolo en un 5-2. Brasil pasará a la final y repetirá resultado ante Suecia. 5-2. Pelé anotó dos tantos, uno de ellos de una plasticidad inigualable. Control con el pecho tras centro, sombrero al defensor y remate con la derecha sin dejarla caer al palo corto del portero. El jogo bonito venía para quedarse.

El nacimiento de O Rei

8 Alemania 3-0 URSS (final Eurocopa 1972): Entre 1972 y 1976 la República Federal Alemana fue un torbellino. Selección compacta, fiable, de tremenda exuberancia física y con una pegada bestial. No dominaban ni era bellos, pero eran ganadores. Así fue en el Mundial 1974, pero no fue el caso de la Eurocopa 1972. Ese año Alemania fue todo eso y además una máquina preciosista en el juego. Tras una exhibición ante Inglaterra en Wembley, Alemania echó a Bélgica en semifinales y se plantó en la final ante la temida Unión Soviética (tres finales de cuatro posibles en Eurocopa). Alemania dominó de principio a fin. Fueron tres goles, pero pudieron ser el doble o el triple. Hasta cuatro lanzamientos teutones acabaron en los postes. Maier fue un espectador más en un estadio de Heysel abarrotado por los miles y miles de alemanes que afrontaron la cercanía con Bruselas. Beckenbauer armaba desde atrás y Heynckes y Müller (que anotó un doblete en la final) ajusticiaban en el ataque. Pero la diferencia entre esa Alemania y la de dos años después radicaba en el centro del campo. El partido ante la URSS encumbró a Günter Netzer como el mejor mediocentro del mundo. Barría el balón, pasaba en corto o en largo y marcaba el tempo del partido. Netzer sufrió marcaje doble y hasta triple en algún momento del choque, por lo que el entonces jugador del Gladbach retrasó inteligentemente su posición para sacar de sitio natural a sus marcadores y darle total libertad a Wimmer, el otro mediocentro teutón. Ese año Beckenbauer, Müller y Netzer ocuparían por este orden los tres primeros puestos en la ceremonia del Balón de Oro.

Perfección germana

7 España 3-0 Rusia (semifinal Eurocopa 2008): Si entre 1972 y 1976 Alemania fue un torbellino, la selección española entre 2008 y 2012 fue un huracán. Y si los rusos cayeron por 3-0 el día del encumbramiento de Netzer, otra vez los rusos cayeron por 3-0 en este caso para el encumbramiento de Xavi Hernández. La segunda parte de aquel partido fue un rondo perfecto liderado por el metrónomo catalán. A aquella forma de jugar sobando el balón hasta gastarlo en un continuo movimiento por el campo a base de triangulaciones y primer toque se le dio en llamar tiki-taka. Su promotor fue el comentarista deportivo Andrés Montes. Aficionados y compañeros de profesión renegaron en primera instancia de tal ocurrencia, pero finalmente ha pasado a definir una forma de jugar en el que la posesión es innegable y la defensa siempre se hace con el balón. Lástima que Montes falleciese antes de que su ingenio se hiciese universal. El caso es que Luis Aragonés había apostado en darle el poder a Xavi y acompañarlo de unos locos bajitos que respondían al nombre de Andrés Iniesta y David Silva. España, que siempre había basculado entre ser toro o torero, finalmente decidía ser torero. Luis Aragonés había detectado con sabiduría que en su equipo abundaban los artistas y creó una obra de arte. En la primera parte la lesión de Villa y algún fogonazo de Arshavin hicieron que el marcador no pasase del empate a cero. La bestia se desató tras el descanso. La sinfonía fue interpretada en la segunda mitad gracias a los tantos de Xavi, Güiza y Silva, todos ellos tras jugadas bordadas con cariño y esmero.

Y Xavi dirigió la orquesta

6 Argentina 0-5 Colombia (clasificación Mundial 1994): Argentina acababa de ganar la Copa América de 1993 a la que sumó el triunfo de 1991. Llegó a sumar 33 partidos consecutivos sin perder. Colombia no llegaba a semejante racha, pero sumaba doce meses sin conocer la derrota. Maradona no estaba (acusado de drogadicto), pero sí Ruggeri, Redondo, Simeone y un colosal Batistuta. Colombia no contaba con René Higuita (acusado de camello), pero sí con Valderrama, Rincón, Valencia y Asprilla. A Colombia le bastaba el empate para clasificarse para el Mundial. Argentina necesitaba el triunfo. El perdedor tendría que jugar un repechaje en la otra punta del mundo. El encuentro se celebra en el Monumental de Buenos Aires. Argentina llevaba seis años invicta en casa. Fue un baile. Una cumbia colombiana. 0-5. Freddy Rincón anotó el 0-1 al filo del descanso gracias a una asistencia de Valderrama. En la reanudación los argentinos se lanzaron al ataque sin demasiada precisión y Colombia desparramó sus encantos basados en la precisión técnica y una excelsa velocidad para lograr una victoria histórica. Freddy Rincón anotaría otro tanto más y Faustino Asprilla firmaría un doblete de ensueño con un gol tras burlar al portero y un segundo tras una vaselina inolvidable. Pero sería el quinto el que quedaría en la retina de todos los colombianos. El balón paso de uno a otro jugador cafetero siempre bajo las órdenes de Valderrama hasta que Asprilla le dé un pase filtrado a Adolfo Valencia quien bate con suma ligereza a Sergio Goycoechea. Fue la primera derrota en casa de Argentina en una eliminatoria de clasificación para el Mundial. Nunca más Colombia ha vuelto a ganar un partido en territorio albiceleste. Valderrama y compañía regalaron una obra de arte a una nación destrozada por la violencia y donde apenas tres meses después sería abatido el narcotraficante Pablo Escobar. Luego, tras el Mundial de 1994, el cártel de la droga asesinaría al defensa Andrés Escobar por meter un gol en propia puerta ante Estados Unidos.

Once héroes cafeteros

5 Inglaterra 3-6 Hungría (amistoso 1953): El PARTIDO. Así. Con mayúsculas. Fue la primera derrota inglesa en Wembley ante un equipo no británico. Es difícil de comprender en la actualidad, pero aquello marcaba un fin ya intuido y aquella noche confirmado. Los inventores del fútbol ya no eran los dueños del juego. Inglaterra había renunciado a jugar el Mundial hasta 1950 y allí cayó ante Estados Unidos y frente a España. Quedaba claro que algo sucedía, pero se le echó la culpa a lo pesado del viaje y a cierta relajación. Hungría, por su parte, era el gran equipo del momento. Una máquina de juego ofensivo, posiciones cambiantes y victorias estruendosas (20 victorias y 3 empates en sus últimos 23 partidos) lideradas por Ferenc Puskás. Así que, en 1953, para conmemorar el 90 aniversario del nacimiento del fútbol, se programó un Inglaterra-Hungría en Wembley. Inglaterra jugaba un rígido 3-2-5 popular en la época. Hungría no. Hungría era vanguardista. Hidegkuti era un nueve que bajaba a ofrecerse al centro del campo mientras que Budai y Czibor eran dos extremos que se convertían en laterales en posición defensiva. Arriba, tanto Kocsis como Puskás eran del todo menos inmóviles. Hidegkuti anotó al minuto de juego, los ingleses empataron, pero a la media hora del duelo el marcador ya era de 1-4 con dos tantos de Puskás. Recortó Inglaterra antes del descanso, sin embargo, el público ya era consciente de estar viendo algo diferente y despidieron a Hungría con una sonora ovación. En el minuto 55 el resultado era de 2-6. Pero no era el resultado. Era la forma de jugar. Algo diferente. El fútbol total antes del fútbol total. Uno de los tantos de Puskás se produjo tras un control tras pase largo al primer toque, finta para dejar sentado al capitán inglés Billy Wright y disparo seco al poste de la meta inglesa. Aquel control y aquella finta, grabada por la BBC en un tiempo donde la televisión era muy incipiente, quedó para la posteridad como el primer frame de un gesto técnico diferente. Claro que antes había habido regates, recortes y delicatessen varias, pero aquello se podía ver y no solo leer y escuchar. ¡Y era en Wembley y frente a Inglaterra! No sólo eso. Puskás anotaría un gol olímpico lanzando el córner con el exterior de su pie izquierdo. Los ingleses no daban crédito. Al final el resultado fue de 3-6. Y gracias. Inglaterra tiró a puerta cinco veces y anotó tres goles. Hungría lanzó 35 veces (21 a portería) para sumar seis tantos. Aquello fue un estruendo mundial. Meses después Inglaterra devolvería visita en Budapest y caerá por 7-1. Luego perdería el Wolverhampton (campeón inglés) frente al Honved (campeón húngaro). Inmediatamente se creó la Copa de Europa de clubes. Y cuando en 1958 Inglaterra se clasifique para el Mundial nadie la contará ya entre los favoritos al título.

El partido del siglo

4 Brasil 4-1 Italia (final Mundial 1970): México Distrito Federal. 110.000 almas. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con O Rei en esa jugada, lo explicó así: “Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo; Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado”. Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina. Los 45 minutos finales fueron una exhibición canarinha. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimétricos a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho. Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro jogo bonito. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria. El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear al primer Mundial en color de la historia. Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con siete tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Todos eran dieces en sus equipos, pero todos revolotearon por el campo cual artistas para goce y disfrute del pasar del tiempo.  

Y gol de Carlos Alberto

3 Brasil 1-7 Alemania (semifinal Mundial 2014): La tarjeta de visita no indica lo que ocurrió aquella noche en Belo Horizonte, Brasil lanzó 18 veces (8 a puerta) por las 14 de Alemania (10 a puerta). La posesión fue 53-47 a favor de los teutones y en pases, regates, saques de esquina y demás variables del Big Data la igualdad era lo imperante. Pero el fútbol es mucho más que números. Son sensaciones. Y lo que sucedió en Belo Horizonte, lo que se dio en llamar Mineirazo, fue un cataclismo psicológico pocas veces visto. A la media hora de juego el marcador era de 0-5 (Müller, Khedira, Klose y dos tantos de Kroos). Brasil había comenzado presionando y generando ocasiones, pero un despiste defensivo tras un saque de esquina originó el primer tanto a los diez minutos de juego. Al poco Klose anotó el tanto que le convertía en el máximo goleador de la historia del Mundial y a partir de entonces lo que se sucedieron fueron una suerte de errores groseros acompañados del silencio y de los lloros del público brasileño allí presente. En la segunda parte Alemania bajó descaradamente el ritmo y aun así en el minuto 69 el marcador era de 0-7. Un tanto de Óscar al poco del final dejaba el resultado en un histórico 1-7. La probabilidad de que Alemania ganara a Brasil por más de seis goles de diferencia era de un 0,025%. El encuentro significó la peor derrota de la selección de Brasil en su historia futbolística. Y tuvo que ser en casa. Y en las semifinales de un Mundial. De su Mundial. Sólo dos de los 23 seleccionados brasileños para el Mundial fueron convocados para la Copa América del año siguiente. Desde entonces los brasileños no han parado de producir porteros y defensas y en todas las grandes competiciones en las que han competido el miedo ha hecho mella en los planteamientos de los partidos, todos excesivamente conservadores para lo que el jogo bonito significó para el fútbol en el siglo XX. Desde 2014 Brasil nunca ha vuelto a ser Brasil.

O Mineirazo

2 España 4-0 Italia (final Eurocopa 2012): Durante un lustro inolvidable España se convirtió en el rey del fútbol Mundial. Los Casillas, Xavi, Iniesta, Villa y compañía confirmaron una realidad inexorable; España detenta la hegemonía del balompié en el siglo XXI. El caso es que toda esa superioridad nunca se vio reflejada en el marcador. Es conocido que el tiki-taka logró con brillo vitorear en Sudáfrica, pero todo a base de 1-0. Así que la final de la Eurocopa de 2012 es considerado el partido más redondo de esa generación dado que al dominio aplastante y a la belleza del juego se le sumó la efectividad frente al arco rival. Aquella España jugaba con dos laterales abiertos que, cuando eran poseedores del balón, se convertían en centrocampistas. Esto hacía de España de un equipo insuperable. Arbeloa y Jordi Alba apoyaban a Busquets en primera fase y dejaban total libertad para armar y crear a Xavi y a Xabi Alonso. España renunciaba a las bandas conscientemente, ya que sabían que nadie sería capaz de quitarles la pelota. Ellos dos junto a Silva, Cesc e Iniesta deleitaban con un rondo inmortal que acabó desquiciando a Italia. La imagen de Iniesta haciendo su icónica croqueta rodeado de cinco italianos forma parte de la esencia de este bendito deporte. España no necesitó de delanteros para marcar cuatro goles. En realidad, el 4-0 refleja lo que fue el partido. Alonso, Xavi, Iniesta y Silva frente a Andrea Pirlo. La batalla estaba decidida antes de empezar. Al descanso el resultado era de 2-0. Si en la primera mitad los transalpinos aun tuvieron algo de vergüenza torera, en el segundo tiempo fueron un pelele. Visiblemente agotados de correr tras el balón no tuvieron capacidad de asustar a un invisible Casillas. Con el partido controlado, los minutos fueron pasando en la segunda parte hasta llegar la sentencia en dos arreones finales. Silva, Jordi Alba, Fernando Torres y Mata fueron los firmantes de un encuentro que le daba a España su tercera Eurocopa enlazando victorias europeas en 2008 y 2012 junto al Mundial de 2010.

La final perfecta

1 Países Bajos 2-0 Brasil (semifinal Mundial 1974): No es el resultado. Es el simbolismo. Brasil era dueña del fútbol. Tanto en resultados como en juego. Holanda era una advenediza. Era su primer Mundial. Eran dos concepciones similares y a la vez diferentes. Brasil proponía un juego vistoso y de toque y Holanda rizaba el rizo al proponer lo mismo, pero a través del orden y el cambio posicional. Aun contaba Brasil con dos de los cinco dieces del mágico México 1970. A Rivelino y a Jairzinho se les había unido Dirceu. Por la banda izquierda se mostraba el excepcional Marinho Chagas. En Holanda, también por la izquierda avanzaba de cuando en cuando Ruud Krol, en el medio dirigía Neeskens, arriba amenazaba Resenbrinck y como jefe de todo estaba Johan Cruyff. Con esos mimbres Holanda ya había avasallado a Argentina (4-0). Roberto Perfumo, capitán albiceleste, dejaría una frase para la posteridad: “Nunca he sentido tanta impotencia. La única forma de parar a los holandeses es con una pistola”. Con todo Brasil seguía siendo favorito. Lo que ocurrió cambió para siempre la forma de ver el fútbol de los brasileños. Holanda dominó de principio a fin. Sus jugadores de ataque cambiaban de posición constantemente y los defensores neerlandeses aparecían de tanto en tanto cerca del área rival. Brasil tuvo que echarse atrás y jugar al contraataque. Lo nunca visto. A pesar de las numerosas ocasiones el marcador no registró goles hasta el minuto 50 cuando Neeskens finiquitaba un excepcional pase de Cruyff. Los siguientes cuarenta minutos están catalogados por muchos periodistas y aficionados como el mejor fútbol practicado por una selección en un Mundial. Tras salida de balón parado una masa de jugadores neerlandeses iba cual hienas en busca del rival con balón. Las jugadas al primer toque de los oranges se sucedieron una tras otra y, aunque únicamente lograron anotar un tanto más (Cruyff a pase de Krol), el daño infligido era mucho mayor que el que irradiaba el electrónico. Brasil tiró la toalla y se conformó con no sufrir una goleada. Brasil dejó de ostentar la hegemonía de la vanguardia en el fútbol y comenzó, aun con muchas reticencias, a defender, a tener miedo. Tardó dos décadas en ganar otro Mundial y lo hizo con muchísimas precauciones defensivas. Holanda perdió la final ante Alemania, pero dio igual. Holanda portaría desde entonces la bandera de la creatividad y del juego ofensivo, bandera que mantiene, a pesar de que la han mancillado en numerosas ocasiones.

Baile neerlandés

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¿Qué es un partido épico? Aquel con resultado incierto hasta el final, con multitud de goles y ocasiones y aquel en que ambos equipos mostraron un juego excelso tanto en ataque como en defensa. Son aquellos partidos en los que tanto el vencedor como el derrotado son recordados y son aquellos que elevan al fútbol a la categoría de arte y donde tanto la razón como el corazón hacen acto de aparición.

Sin ningún género de dudas es en este listado donde más partidos he tenido que dejar fuera de la lista con todo el dolor de mi corazón. Tras mucho seleccionar me quedé con una categorización de 23 encuentros de selecciones épicos y ha sido harto difícil considerar tan sólo una decena de ellos. De hecho, dado que soy yo quien escribe y quien dictamina las reglas podría haber seleccionado los 23. Pero, en fin, quedémonos con 10 de ellos.

¿Cuáles se han quedado fuera? Son tantos que vayamos por orden cronológico. A los albores del juego nos tenemos que ir para encontrar el Escocia 0-0 Inglaterra de 1872. Fue el primer partido entre selecciones de la historia y por ello es épico. El encuentro acabó sin goles y eso que el dibujo táctico de ambos contendientes era un 1-1-8. Una prueba como tantas otras de que hay que ver más allá de los números. Donde hubo goles fue en el Suiza 5-7 Austria de cuartos de final del Mundial de 1954. La mayor orgía de goles jamás vista en una Copa del Mundo. Los helvéticos llegaron a ir ganando por 3-0, aunque al descanso ya perdían 3-5. El partido, disputado a más de 40 grados de temperatura, dio el pase a Austria a semifinales del Mundial.

Ese mismo año, en una de las semifinales, Hungría venció por 4-2 a Uruguay tras una prórroga en el que fue catalogado como el mejor partido de los primeros 25 años de la historia del Mundial. Hidegkuti, Czibor o Kocsis frente a Andrade o Schiaffino. Fue la primera derrota charrúa en la Copa del Mundo y certificó la coronación de Hungría como mejor equipo del planeta gracias a un juego de pases y movilidad nunca antes visto que sumó treinta encuentros imbatidos. Hungría perdió ese Mundial jugando como los ángeles al igual que Holanda lo perdió ante Alemania (1-2) en 1974 en un partido en el que tuvieron múltiples ocasiones. Salieron dominando la final, ocurrió que se confiaron en exceso ante una escuadra teutona que supo mantener la calma con Maier en portería, Beckenbauer de mariscal y Müller en ataque para darle la vuelta al choque.

Gerd Müller fue el hombre de aquella final al igual que Kylian Mbappé fue el hombre del partido en el 4-3 de Francia ante Argentina en octavos de final del Mundial 2018. Aquel correcalles coronado con un estratosférico gol de Pavard encumbró al imberbe Mbappé ante el que por entonces parecía acabado Leo Messi. Los franceses también se llevaron la gloria en otro épico encuentro de cuartos de Mundial ante Brasil (1-1) en 1986 con Platini y Zico danzando como cisnes por el terreno de juego antes de que los penaltis dictasen sentencia. Francia resultó vencedora como también lo fue en las semifinales de la Eurocopa 2000 ante Portugal (1-0) en el que fue el mejor partido en el mejor torneo que jamás jugó el excepcional Zinedine Zidane. Antes, en 1984, en la misma ronda (semifinales) y ante el mismo rival, Michel Platini había dictado sentencia. El 1-1 dio paso a una prórroga donde Portugal se puso por delante. A falta de siete minutos para cumplir los 120 de juego, el galo Domergue empató y con el tiempo añadido Platini anotaba el tanto de la victoria que clasificaba a Francia (3-2) rumbo a su primer título continental.

Sigamos con la Eurocopa y volvamos a la edición de 2000. Alemania e Inglaterra se estrellaron en la primera fase ante una superlativa Portugal. Los lusos vencieron a los ingleses (3-2) al remontar un 0-2 en contra gracias a un excepcional Luis Figo quien anotó uno de los mejores goles jamás vistos en competición continental. Cuatro años más tarde volveríamos a ver otra remontada de un 0-2. Esa era la ventaja de Holanda frente a Chequia a los veinte minutos de juego. Entonces el seleccionador checo decidió quitar a un central para meter a un delantero. Aquello fue una orgía de fútbol ofensivo comandada por Pavel Nedved y Tomas Rosicky que acabó con 3-2 para los centroeuropeos en esa primera fase de 2004. Y antes, allá por 1988, los dioses del fútbol se redimían y daban a Holanda su primer y único título oficial. Holanda venció por 2-0 a la Unión Soviética en la final de la Euro en una exhibición coral de dos equipos ofensivos y que hacían del pase la exaltación del juego. Y, aun con todo, lo que queda del choque es una perla individual, un escorzo inverosímil de Marco Van Basten para la posteridad.

Dos perlitas más para acabar. La agónica semifinal del Mundial de 2006 entre Alemania e Italia (0-2) donde los transalpinos demostraron que también podían jugar al ataque y que acabó con dos tantos seguidos en el último minuto de la prórroga. Y por último la gran victoria del fútbol africano. Fue la de Nigeria ante Argentina (3-2) en los Juegos Olímpicos de 1996. Los africanos remontaron por dos veces el marcador antes de llevar el duelo a la prórroga. Tras una falta lateral Amunike daba la victoria al continente negro tras haber eliminado en semifinales al Brasil de Roberto Carlos, Bebeto, Ronaldo y Rivaldo y en la final a la Argentina de Ayala, Zanetti, Simeone o Crespo. Casi nada al aparato.

Las águilas nigerianas

Vamos pues con los 10 mejores partidos épicos de selecciones de todos los tiempos. No es más que un listado. No es nada. Y a la vez lo es todo. Diez instantes igual de mágicos y emocionantes que son recordados por los aficionados al fútbol con independencia de sus filias y sus fobias.

10 Uruguay 1-1 Ghana (cuartos Mundial 2010): El que más me ha costado introducir en la clasificación. A fin de cuentas, no es más que un cuarto de final de un Mundial. Pero fue el lloro de África. El único hasta la fecha (y tiene pinta que el único en mucho tiempo) en el más pobre de los continentes. Y es que sí. Marruecos alcanzó las semifinales en 2022. Pero el Magreb no es el África negra. El África profunda. Y Ghana lo tuvo en la mano. Lo rozó con los dedos. Arrancó eléctrico el partido con claro dominio uruguayo que se fue nivelando poco a poco hasta que Muntari fusiló a Muslera y puso el 0-1 a favor de los africanos. Forlán respondería de falta en la segunda parte y lo que siguió fue un maravilloso correcalles que duró prórroga incluida. Entonces, abocados a los penaltis, en el minuto 120, un remate de cabeza de Ass a puerta vacía encontró la mano de Luis Suárez, quien en vez de delantero ejercía de portero. Era gol. Sería penalti y roja directa para el entonces delantero del Ajax. 85.000 espectadores sudafricanos empujaban a Asamoah Gyan para que anotase el penalti y llevase a África por vez primera a las semifinales de un Mundial. El disparo, seco y fuerte, se estrelló en el travesaño. Habría penaltis y ahí Gyan, valiente, lanzará y anotará el primero, pero dos compañeros suyos no conseguirán batir a Muslera. Sebastián Abreu, a lo Panenka, anotará el quinto y definitivo para dar carpetazo a un encuentro legendario.

El Loco Abreu tumbó a África

9 Checoslovaquia 2-2 Alemania (final Eurocopa 1976): Lo del penalti a lo Panenka nació precisamente en esta final de la Eurocopa. Antonín era el nombre de este checoslovaco irreverente. Aquella Eurocopa estaba destinada a un postrero duelo entre Cruyff y Beckenbauer. Sería la última oportunidad del genio neerlandés y de muchos de su grupo de locos melenudos de convertir en un título su fastuoso fútbol total. Para la RFA, con sus mitos superando la treintena, era el fin de fiesta a un ciclo que los había coronado como campeones mundiales un par de años antes. Los naranjas contaban con hacer lo mismo, pero cayeron en la prórroga ante Checoslovaquia en semifinales. La sorpresa fue mayúscula. Quiso el destino que la final tuviese un guion parecido al de la semifinal. Checoslovaquia se adelantó pronto y, aunque Alemania recortó al descanso, los checos vencían por 2-1. Como de costumbre los teutones iban a trompicones y como siempre pusieron el rodillo a funcionar doblegando a Ivo Viktor tras innumerables intentos gracias a un gol en el último minuto. Hubo prórroga y luego penaltis. Hoeness lo mandó al limbo y Panenka tenía en sus manos darle la victoria a Checoslovaquia. El silbato suena. Pequeña carrerilla. Antonín avanza. Maier dobla las rodillas hacía su izquierda. Panenka acaricia el balón. Su bota atrapa el esférico como cuchara en plato de sopa. En lugar de sacar un cañonazo de sus botas, Panenka orientó su cuerpo hacia la derecha y lanzó un balón bombeado por el centro de la portería. Con un ligero toque el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos. Sabía que sería gol. Lo sabía mucho antes de haber lanzado. Había pasado a la historia.

El Panenka original

8 Italia 3-2 Brasil (cuartos de final Mundial 1982): A Brasil le faltaba un goleador. Tampoco le hacía falta. Sócrates, Falcao y Zico se bastaban. Aquello era un espectáculo. Fútbol ofensivo sin red. No tenían portero. Eso sí. Italia daba pena. Enfrentados a la prensa, los italianos habían pasado de carambola la primera fase sin haber ganado ningún partido. Su delantero titular había estado dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y aun no se había estrenado en el Mundial. Aquella tórrida tarde barcelonesa anotaría tres tantos. Italia jugó un partido valiente, ofensivo, algo que nadie se esperaba. Fue un partido precioso. Los italianos se adelantaron por dos veces y por dos veces empataron los brasileños. Luego, en el minuto 74, Paolo Rossi marcaba el tercero personal y el tercero para Italia. El partido, como dije, fue precioso e igualado. El colorido y la pasión de las gradas, el encanto de Barcelona y la demolición del estadio de Sarriá, han convertido el partido en mítico. En los últimos minutos Italia anotó un cuarto gol que fue anulado, pero ahí sí que el dominio fue íntegramente brasileño. Los transalpinos pusieron el autobús y defendieron como ellos sólo saben. Zico, Falcao y, especialmente, Serginho en un mano a mano que falló ante Dino Zoff pudieron darle la vuelta al marcador. Italia pasó a semifinales y luego ganaría la final a Alemania para llevarse un Mundial con el que nadie contaba. Para Brasil fue tal la decepción (a tragédia do Sarriá) que dio carpetazo para siempre al jogo bonito. Desde 1982 los porteros, los centrales y los mediocentros defensivos forman parte del ideario brasileño tal y como lo forman en el ideario futbolero del resto del mundo.

Y Paolo Rossi resucitó en Sarriá

7 Alemania 3-2 Hungría (final Mundial 1954): En la primera fase ambas escuadras se habían enfrentado. 3-8 ganó Hungría. Los magiares eran el mejor equipo del mundo. Sumaban 33 partidos consecutivos sin perder. No sólo eran los triunfos. Era la manera de lograrlos. A través de un 4-2-4 con continuos movimientos, Hungría tenía un portero que jugaba el balón al pie, defensas que armaban y barrían y delanteros que bajaban a recibir el balón al medio campo. Era el fútbol total antes de que existiese el fútbol total. Hidegkuti organizaba una bacanal ofensiva que remataba Puskás. Ocurrió que en la final llovió. Y llovió mucho. Y Alemania contaba con unas botas Adidas de tacos regulables, una innovación de la época. Los húngaros se resbalaban y cuantiosas eran las caídas. Y Puskás, lesionado en el tobillo, era incapaz de correr. Los alemanes, además, contaban con Fritz Walter, un excepcional centrocampista que rendía bien en los días lluviosos, ya que una malaria contraída en tiempos de la II Guerra Mundial le impedía rendir bien cuando el sol abrasaba. Al principio nada de eso se notó. A los diez minutos el marcador ya era 0-2 para los magiares. Aquello estaba visto para sentencia. Tenía pinta de masacre. Pero no sería así. Antes del descanso los alemanes empataban. En la segunda mitad el agua golpeaba con fuerza los cuerpos de los jugadores y el balón se asemejaba a una roca. Hungría salió con todo tras el descanso a sabiendas que el depósito de gasolina estaba quedándose seco. Un lanzamiento al poste de Kocsis, un paradón de Turek a tiro de Puskás, otro lanzamiento al poste de Hidegukti y otro paradón de Turek a cabezazo de Kocsis.  A base de ganas, orgullo y algo de suerte Alemania sobrevive y se mantiene en pie. Por entonces el campo es un barrizal. Es el minuto 84 de la final cuando Rahm lanza un latigazo con la zurda que bate a un Grosics que resbala cuando va a atajar el balón. Un Puskás cojo aun conseguiría empatar el encuentro, pero el gol era anulado por fuera de juego. Hungría perdió la final y se diluyó como un azucarillo en los anales de la historia. Para Alemania fue la primera vez que se cantaba el himno con orgullo desde tiempos del III Reich y el inicio un carácter indomable y una fortaleza de hierro que los hará grandes en el fútbol mundial.

El nacimiento de la Alemania invencible

6 Inglaterra 4-2 Alemania (final Mundial 1966): Alemania se aventajó al poco de comenzar e inmediatamente Hurst puso el empate en el marcador. A doce minutos del final los ingleses se adelantaron y, cuando ya se veían celebrando su primer Mundial, el teutón Weber empató el encuentro en el minuto 89. Prórroga. El partido lo tenía todo. Apenas dos décadas atrás ingleses y alemanes estaban matándose en el campo de batalla. Quien más y quien menos tenía padres que habían ido a la guerra, tanto los que estaban sobre el césped como los que veían el choque desde las gradas. Lo que vino después es celebérrimo. Alan Ball pone un balón franco para Hurst que dispara con fiereza. El esférico golpea ferozmente en el larguero y en el rebote el balón botó sobre la línea de portería. No parece que la haya traspasado. O sí. O no. El árbitro da el gol por válido. 3-2. Los alemanes montan en cólera. Los ingleses lo celebran eufóricos. El colegiado era suizo, pero el culpable de la validez del tanto fue un juez de línea soviético que respondía al nombre de Tofiq Bahramov. Luego vino la leyenda. Se dijo que tras el partido la Reina Isabel II le regaló a Bahramov un silbato de oro por sus servicios. Y la cosa tomó tintes míticos en octubre de 1993. Estando Bahramov en su lecho de muerte fue preguntado cómo pudo saber si el balón había traspasado o no la línea de gol. Al parecer, el ex colegiado respondió: “Stalingrado”. El caso es que sin VAR no había mucho más que hacer. Aún le daría a Geoff Hurst tiempo a meter otro gol en el minuto 120, firmar el primer hattrick que se ha logrado en la final de un Mundial y convertir a la orgullosa Inglaterra, aunque fuese por una única ocasión, en rey del planeta.

El ¿gol? de Hurst

5 Argentina 3-3 Francia (final Mundial 2022): Fue un Mundial tan extraño que comenzó con una derrota de Argentina frente a Arabía Saudí. Era diciembre. Y era en Qatar. Y aun con todo, Argentina se plantó en la final. Leo Messi tenía que haber salido campeón en 2010 o en 2018. Y lo tuvo en su mano en 2014. Era su año. Nadie contaba con 2022, pero el destino lo quiso así. Un Messi crepuscular, más organizador que finalizador, pero que manejó los partidos a su antojo con su clarividencia habitual y con una fiereza nunca antes vista. En la final tocaba enfrentarse con la ultrafísica Francia dirigida por el talento de Mbappé. Argentina se trabajó la tercera estrella en la pechera. Durante 80 minutos impecables sumó dos tantos y mostró una superioridad absoluta. El segundo de Di María, tras jugada colectiva, fue un tanto maravilloso. Pero fue que a diez minutos del final Kylian Mbappé anotó de penalti. 95 segundos después el mismo protagonista puso el empate, en esta ocasión tras una volea perfecta. 2-2. Entonces los europeos crecieron y tuvieron varias para llevarse el Mundial antes de la prórroga, pero tocaba media hora más de espectáculo. El tiempo extra fue precioso. Inolvidable. Lautaro Martínez tuvo un par de ellas y en la tercera despejada por el meta Lloris anotó tras rechace para adelantar otra vez a Argentina. Otros 100 segundos tardó Francia. Penalti clarísimo que anota Mbappé. 3-3. Tres goles de Mbappé que empataba a tantos en una final con el inglés Hurst. Kolo Muani tendría un mano a mano en el último instante, pero tocaba penaltis. Apareció entonces en escena un tal Emiliano Martínez, un portero semidesconocido con pinta de soldador que había jugado en ocho equipos distintos en los anteriores ocho años. Atajó un lanzamiento, Tchouamení mandaba otro fuera y Leo Messi adelantaba por la derecha a Diego Maradona.

Éxtasis Messianico

4 Alemania 3-3 Francia (semifinal Mundial 1982): Se puede catalogar como la mejor prórroga que jamás se ha jugado. Preciosa. Un duelo sin red al ataque. El culmen de un partido épico cuyo momento álgido no fue ningún gol, sino un golpe. Sevilla. Sánchez Pizjuán. Era el minuto 62. Alemania había dominado el encuentro que, de todos modos, se mantenía igualado (1-1). Platini recibe el balón y envía al espacio para la carrera de Battiston. Frontal del área. Toni Schumacher, meta alemán, sale con todo a despejar, se olvida del balón e impacta de lleno contra Battiston. La cadera de uno impacta contra la cabeza del otro. Battiston cae el suelo inconsciente. No hay roja. Ni penalti. Y Battiston no se levanta. Sale en camilla del campo sin recuperar la consciencia. Platini sale de la mano con él. Y, mientras, Schumacher ni se inmuta, masca chicle y juguetea con el balón en su área. Luego dirá que tuvo miedo de acercarse a preguntar. Para todo el mundo será siempre el villano de Sevilla. El caso es que los franceses, que hasta entonces no habían tenido la iniciativa, le meten una marcha más al partido. Tendrán varias ocasiones, la más clara un remate al larguero de Amorós. Prórroga. En el segundo minuto se adelanta Francia con una volea de Tresor y luego Giresse anota el 1-3. Alemania está desbordada. Todo parece decidido. Pero no. Rummenigge, quien acaba de entrar al campo a la desesperada dado que estaba lesionado, recorta distancia con un escorzo. Descanso. Y en la segunda mitad de la prórroga el rodillo teutón coloca el 3-3 final. En los penaltis todos anotan hasta que Stielike lanza al muñeco. Francia lo vuelve a tener en su mano, pero Schumacher detiene el penalti lanzado por Didier Six. Luego el villano de Sevilla aun pararía otro más. Alemania había alcanzado la final gracias a las paradas de Toni Schumacher, el villano de Sevilla.

Battiston y Platini

3 Argentina 2-1 Inglaterra (cuartos de final Mundial 1986): Sin lugar a dudas el partido del que más se ha escrito en la historia. La literatura sobre este duelo es soberbia, tanto en castellano como en inglés. El contexto era inmejorable. Cuatro años antes los argentinos habían ocupado las Malvinas, un archipiélago insignificante en la costa argentina, pero de soberanía inglesa. En apenas un mes los ingleses barrieron la ocupación sudamericana. La derrota hizo caer a la dictadura militar y en 1983 se celebraron elecciones libres en Argentina. Para 1986 la herida aun sangraba. Y Maradona estaba presente. Maradona era el potrero. El niño sonriente, pícaro, el gambeteador que creía en la ley de la calle. Un cara sucia. Un irrespetuoso del poder. Y no existe más rectitud y más poder que el anglosajón. Así que aquello no era un partido más. El encuentro fueron dos instantes. ¡Qué dos instantes! Valdano no logró controlar un pase y el balón atrás de un defensa inglés iba a ser despejado por Shilton cuando Maradona se levantó de un salto y golpeó el balón con su mano izquierda simulando que le había dado con la cabeza. “Lo hice con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios”, diría Diego Armando. Seis minutos después el Barrilete Cósmico cogió un balón en el centro del campo, hizo un giro sobre sí mismo y comenzó una carrera prodigiosa con el balón pegado en su pie izquierdo en el que se llevó por delante a cinco defensores ingleses y al arquero Peter Shilton. Fue la esencia del fútbol. El fútbol como juego, como un pasatiempo azaroso en el que gana el más fuerte o el más listo y donde el resultado es imprescindible. La belleza de la trampa y el arte hecho carne. El fútbol de la infancia. Un fútbol que hoy ya no existe…Volvamos al juego. Bobby Robson realizó un par de cambios ofensivos y los ingleses tomaron el control del choque hasta que a diez minutos del final Gary Lineker, un delantero excepcional pulcro y académico antítesis de Maradona, recortaba distancias. Inglaterra siguió presionando y atacando y los argentinos pusieron en marcha otra treta callejera perdiendo tiempo y simulando calambres. Final. 2-1. Maradona daba otro paso hacia el Olimpo. ¡Malvinas argentinas! se cantaba en el vestuario albiceleste tras la victoria.

La mano de Dios

2 Brasil 1-2 Uruguay (final Mundial 1950): La FIFA tuvo la estúpida y terrible idea de suprimir la final del Mundial. En su lugar programó un cuadrangular final con los cuatro semifinalistas en formato de liguilla. Pero quiso el destino que el último partido enfrentase a Brasil y a Uruguay. No era una final, pero se le asemejaba. Si Brasil ganaba o empataba era campeón. A los charrúas sólo les valía la victoria. Más de 200.000 espectadores en Maracaná, cifra jamás igualada en un campo de fútbol. Se habían vendido más de medio millón de camisetas felicitando al campeón brasileño y todos los actos oficiales de celebración estaban programados. Había banda de música en el campo y se habían acuñado monedas con el rostro de los futbolistas brasileños. Jules Rimet, presidente de la FIFA, llevaba en el bolsillo de su americana un papel con un discurso en portugués en honor a Brasil. Antes del partido el embajador uruguayo se acercó al vestuario charrúa y exhortó a sus compatriotas a sufrir una derrota digna. Ese era el panorama. Brasil dominó el choque y a los dos minutos del segundo tiempo se adelantó en el marcador. La explosión de júbilo fue estruendosa. Obdulio Varela, capitán uruguayo, cogió el balón con las manos y se acercó al árbitro a reclamar un fuera de juego del todo inexistente. El negro Varela, un mestizo de madre gallega y padre africano, sabía de sobra que no había sido fuera de juego, pero su intención eran ralentizar al máximo el partido y no volver a poner el balón en el centro del campo hasta que público y jugadores se calmasen. Con inteligencia logró su objetivo y lejos de desmoronarse Uruguay tomó las riendas del encuentro. Un cuarto de hora después un remate de Schiaffino firmaba el 1-1. Con ese resultado Brasil era campeón, pero el miedo recorrió las entrañas de todos los brasileños allí presentes. Paralizados los cariocas, Uruguay empezó a acumular ocasiones hasta que en el minuto 79 un remate de Ghiggia al palo corto del arquero brasileño puso el 1-2 definitivo. Aquello pasaría a ser conocido como Maracanazo. 200.000 presentes lloraban a lágrima viva y Jules Rimet tuvo que darle la copa de campeón a Obdulio Varela a escondidas. Brasil abandonó para siempre su camiseta blanca y la cambió por la verdeamarela. Barbosa, portero brasileño, se acercó, ya anciano, un día de 1993 a presenciar un entrenamiento de la selección brasileña. Se le fue negada la entrada porque creían que les daría mala suerte. “La pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida”, declararía a los medios.

Y 200.000 brasileños lloraron

1 Italia 4-3 Alemania (semifinal Mundial 1970): El partido del siglo. Y punto. Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol. El choque fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable. Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guion previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro. Recibieron entonces un bombardeo con infinidad de ocasiones desperdiciadas, hasta que en el tiempo de descuento Alemania hizo gala de su fama y Schnellinger marcaba. 1-1. Su primer gol en 47 partidos internacionales. Prórroga. No hay cambios. Ya se habían agotado. 40 grados de temperatura. Beckenbauer juega el tiempo extra con una clavícula rota y brazo en cabestrillo tras ser derribado minutos antes. Es la imagen del partido. En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Gerd Müller adelanta a Alemania tras un fallo defensivo transalpino. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo cuatro minutos firmaban el 2-2. Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. 3-2. Segunda parte de la prórroga. Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. En un saque de esquina Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller volvió a anotar. 3-3. En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116 la elegancia de Rivera surgió cerca del área para, con un precioso disparo con el interior, batir a Sepp Maier. Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron siete goles, cinco de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Échenle un ojo en Youtube…
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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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Limoges

Bozidar Maljkovic era reacio a irse a Francia. Tras tocar el cielo con la Jugosplastika Split había fichado por el FC Barcelona de donde se había ido por la puerta de atrás. Su idea era pasar un año sabático en Estados Unidos perfeccionando su inglés y viendo técnicas de entrenamiento. Pero por el camino se topó con el ofrecimiento del CSP Limoges. Era un grande en Francia, sin embargo, eso en baloncesto era poca cosa. Limoges era, además, una ciudad provinciana. De apenas 140.000 habitantes, enclaustrada en el interior de Francia, sin vida más allá de la porcelana, Limoges no es que fuera demasiado atractiva. Para un joven Limoges era sinónimo de aburrimiento. Ocurre que allí había dinero. Los propietarios habían hecho una fuerte apuesta por el baloncesto y tiraron de avión privado para convencer a Bozidar Maljkovic de las bondades del proyecto.

Maljkovic aterrizó en enero de 1992 en Limoges, por lo que tuvo seis meses para empaparse de la ciudad, del baloncesto francés y de confeccionar altas y bajas. Solicitó el fichaje de Michael Young, un alero de dos metros que venía de hincharse a meter puntos en Italia. Luego pidió el fichaje del veterano base esloveno Jure Zdovc, quien fue fácil de conseguir dado que deseaba alejarse lo más posible de una Yugoslavia consumida en una cruenta guerra civil. El resto de la plantilla era producto nacional francés. Físico y comprometido. Doce guerreros que obedecían a Maljkovic y se tiraban al suelo si era necesario. El pívot titular era Jim Bilba, quien apenas llegaba a los dos metros de puntillas.

El factor extra era la tranquilidad de Limoges. No había nada que hacer. La ciudad, desconocida para toda Europa, estaba volcada con su club y su coqueto pabellón de apenas 5.000 espectadores. Los jugadores combatían el aburrimiento con largos entrenamientos, la mayoría de ellos por voluntad propia. No es época de Play Station y en Limoges llueve día si día también. En Limoges no hay nadie a las siete de la tarde de un sábado. Es una ciudad maravillosa para jubilarte.

El Limoges había ganado la liga francesa como tantas otras veces y veía como un suceso hercúleo la consecución de la Euroliga. Por eso habían fichado a Maljkovic. Pero no se esperaba mucho. El Limoges perdió sus primeros dos partidos de Euroliga y saltaron todas las alarmas. Maljkovic se dio cuenta de que contaba con dos aleros que eran excelentes cargando el rebote ofensivo. Se trataba de Michael Young y de Richard Dacoury. Tuvo una reunión con el equipo y les hizo ver una nueva forma de jugar al baloncesto.

Se estima que de cada diez posesiones se conseguirá anotar en cinco de ellas. Teniendo en cuenta la plantilla de jugadores atléticos y capaces al rebote, Maljkovic estimó que de los cinco errores previstos sus chicos serían capaces de hacerse con el rebote ofensivo de dos de esos tiros fallados. Son 7 tiros anotados de 10 intentos. Con esos números nadie te gana un partido.

Nacía el basket control.

Tras una década plagada de imaginario ofensivo encabezada por los Lakers en la NBA y por el baloncesto yugoslavo en Europa, el basket entraba en nueva fase donde el físico cobraba una importancia nunca antes vista. En Estados Unidos los Detroit Pistons pusieron el pistoletazo de salida a un baloncesto donde el reloj de posesión se agotaba al máximo y donde la búsqueda del error del rival era más importante que el acierto propio. La tendencia estaba ahí. Pero lo que iba a hacer el Limoges en la temporada 1992/93 marcaría un antes y un después.

Todo el quinteto del Limoges era extremadamente físico. Zdovc quedaba siempre el primero en las pruebas de resistencia en la selección de Yugoslavia. En el Limoges siempre finalizaba el cuarto o el quinto. Todos eran especialistas en el pick and roll, defendían a muerte y corrían y reboteaban cómo si les fuese la vida en ello. Y lo aceptaban. Lo aceptaban porque ansiaban ganar. Y Maljkovic sabía cómo ganar.

Michael Young

Tras pasar segundos de grupo (7-5) al Limoges le tocó enfrentarse a Olympiakos en cuartos de final. El primer partido en Atenas y los dos siguientes, en caso necesario, en Francia. Favoritos eran los helenos a pesar de no contar con ventaja de campo. En el primer choque gana Olympiakos con solvencia gracias a los 27 puntos de Zarko Paspalj. En la vuelta tocó asfixia a la francesa. 59-53 para el Limoges en un duelo durísimo en el que Young anotó 20 puntos con un paupérrimo 5/16 en tiros de campo. En el tercer partido Zdovc anotó un tiro ganador a falta de tres segundos y Paspalj falló el que hubiese sido la canasta de la victoria ateniense a falta de 0’8 segundos para el final. 60-58 fue el resultado final. El Olympiakos había metido 76 puntos por encuentro en la Euroliga y aquí había sumado dos partidos seguidos sin llegar siquiera a 60.

El Limoges se había clasificado para la Final Four y las críticas arreciaron. Tocaba semifinales contra el Real Madrid. Se criticaba ese baloncesto. La distancia entre atacante y defensor se acortó. La agresividad era brutal. Los jugadores del Limoges entraban al estómago del atacante con balón. La prioridad era desgastar al equipo rival y que fallase sus tiros, luego, apoyado por el físico de sus jugadores, intentar anotar una canasta que les diese ventaja y ponerle cloroformo al partido. Posesiones ofensivas en las que se avanzaba a campo contrario andando y no se lanzaba a canasta hasta que quedasen un par de segundos para el final de la posesión.

El Madrid de Sabonis sufrió lo indecible. Apenas anotó 52 puntos y firmó un triste 2/12 en triples. Sabonis acabó desquiciado por la docena de golpes bajos que recibió de M’Bahia y Bilba, pívots que median veinte centímetros menos que el lituano pero que eran un incordio para su cadera y sus tobillos. El Madrid fue incapaz de anotar un mísero punto en los últimos cuatro minutos y el Limoges venció por 62-52 con 20 puntos de Young y 14 de Dacoury.

El Real Madrid había promediado 83 puntos por encuentro en esa Euroliga. Se quedó en 52 en la semifinal de la Final Four.

La final fue contra la Benetton Treviso. Allí jugaba el mejor jugador de Europa. Se trataba del croata Toni Kukoc, quien al acabar esa temporada pondría rumbo a los Chicago Bulls de Michael Jordan. Y defender a Kukoc no era fácil. Nada fácil. El Limoges volvió al basket control, pero Kukoc doblaba el balón a compañeros liberados. A once minutos del final los italianos vencían por 34-43, pero el cansancio comenzó a hacer mella en la Benetton. Cuando quedan sesenta segundos para el fin el marcador es 55-55. Con 59-57 un Kukoc cansadísimo perdió el balón cuando intentaba levantarse para anotar un triple y en la jugada consecuente Zdovc anotaba dos tiros libres que ponían un 59-55 insalvable.

El Limoges era campeón de Europa. Pese a la derrota, Toni Kukoc fue elegido mejor jugador de la final, hecho sin precedentes. El triunfo del Limoges era el triunfo del colectivo. La Benetton anotó 55 puntos en la final. Había promediado 80 tantos en esa Euroliga.

Si consideramos los mejores momentos del deporte francés, y exceptuando las victoria futbolera en el Mundial de 1998 y 2018, el triunfo de Limoges está en el pódium de los mejores momentos galos junto al triunfo del Olympique de Marsella en fútbol y de Yannick Noah en Roland Garros de 1983. Que las victorias del Limoges y del Marsella ocurrieron en ese mismo año 1993 hacen de esa temporada inolvidable en el país del hexágono.

Al Limoges se le acusó de haber traicionado al juego, de llevar la defensa al límite, de apostar por los ataques largos y de destrozar el ritmo a base de faltas. Es cierto. Como también es cierto que Maljkovic había entrenado a Toni Kukoc cuando dirigía a la Jugoplastika y lo había hecho basándose en un primoroso baloncesto ofensivo.

Un equipo con escasos recursos ofensivos y limitado mercado económico había ganado la Copa de Europa. El Limoges dejó un legado de racanería, pero también de lucha, entrega e intensidad nunca antes visto. Dio esperanza a la victoria del pequeño ante el grande. Con la planificación adecuada y un fuerte desarrollo táctico y físico se podría lograr lo imposible.

CSP Limoges

Tuvieron que pasar seis años para que un equipo volviese a anotar 80 puntos en una final de la Euroliga. La aberración máxima tendría lugar en 1998 cuando Virtus Bolonia se proclamase vencedor al derrotar 58-44 al AEK Atenas. Ese mismo año los Chicago Bulls ganaban el segundo partido de las finales de la NBA dejando a los Utah Jazz en apenas 54 puntos en 48 minutos de juego. Se puede aventurar sin temor a equivocarse que tal registro negativo nunca será superado.

Afortunadamente para el aficionado aquellos tiempos pasaron. Ocurre que eso no es motivo para restarle mérito alguno al milagroso triunfo de un pequeño club del interior de Francia. Al CSP Limoges.

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Cuando Juary fue vaca camino de la subasta

Un día del verano de 1966 once desconocidos norcoreanos batieron a Italia, por entonces doble campeona mundial. Aquello fue una debacle que recorrió la bota de norte a sur. Los aficionados, azuzados por la prensa, clamaron por una solución ante la afrenta. Los directivos, en tiempos de chovinismo nacionalista, quisieron encontrar la respuesta cerrando las fronteras nacionales. Tirando de intervencionismo y aislacionismo a lo Donald Trump, en la temporada 1966/67 se prohibía la contratación de futbolistas extranjeros con el objetivo de potenciar al jugador nacional.

Para sus defensores la medida fue efectiva. Fueron 14 años de prohibiciones en los que Italia vitoreó en la Eurocopa (1968), fue subcampeona del Mundial (1970) y tanto el AC Milan como la Juventus de Turín lograron títulos europeos. Para sus detractores el nivel del fútbol italiano cayó en picado. De los títulos europeos logrados por clubes transalpinos ninguno era la Copa de Europa e Italia había caído en la primera fase del Mundial 1974 y ni siquiera se clasificó para la Eurocopa de 1976 tras perder ante Países Bajos y Polonia. El nivel de juego era paupérrimo y los equipos difícilmente podían competir con la potencia de los equipos ingleses y alemanes. Así pues, en el verano de 1980 se reabrió el mercado internacional y se permitió fichar un futbolista extranjero por equipo.

En aquella temporada 1980/81 uno de los 16 contendientes de la Serie A era la Union Sportiva Avellino. Se trataba de un club muy modesto que había ascendido a la primera categoría en 1978 por vez primera y donde se mantendrá durante una década hasta nunca más volver a reverdecer laureles. Avellino es una pequeña ciudad de 50.000 habitantes del interior de la Campania. Se trata de una zona volcánica a escasos 40 kilómetros de Nápoles, capital de la región y su nombre, como es fácil de presuponer, se debe a la multitud de avellanos que pueblan la zona.

Avellino

La vida de Juary da para un libro. Bautizado como Jorge Dos Santos Filho en 1959, al pequeño Juary se le daba bien al fútbol. Entre favela y favela jugaba a la pelota con tanto ímpetu que día tras día acababa con las uñas rotas. Ocurre que, aunque con buenas condiciones, era pequeño y liviano (apenas 1’68 de adulto) y tenía otras inquietudes. Un tío suyo había sido asesinado por un par de policías que buscaban a una banda de delincuentes y, por equivocación, abatieron a la persona equivocada. Había sido un homicidio, involuntario, pero homicidio, pero el policía salió indemne sin ni siquiera realizarse un juicio. Fue entonces cuando Juary decidió estudiar con el objetivo de convertirse en abogado. Sus padres eran muy humildes, pero Juary era buen estudiante y con sus notas podría optar a una beca de estudios.

Pero quiso el destino que en uno de sus múltiples partidos en descampados un tal Babá, jugador del Santos FC, viese a Juary driblar defensas y marcar goles a diestro y siniestro. El tal Babá convenció al padre de Juary para llevarlo a hacer una prueba a las instalaciones del club que Pelé había hecho grande. Así, pues, sería la primera vez que Juary fuese una vaca camino de la subasta. Su padre lo cogió del brazo, tomaron un autobús y allí se presentaron sin que Juary supiese ni a dónde iba ni qué iba a hacer.

Destacó y allí quedó en el internado del Santos. Tampoco tuvo opción alguna. Su padre lo dejó y marchó para nunca más volver. De hecho, no volvió ni a su casa. Abandonó a Juary, mas también a su esposa y al resto de su prole. Escapó para nunca saber más sobre él.

Tras destacar en Brasil, lo mandaron un año cedido al Universidad de Guadalajara mexicano en una jugosa operación financiera para ambos clubes y nunca para el pobre de Juary. A lo poco de volver a Sao Paulo lo llamó el presidente del Santos. Le ordena que haga la maleta y que lo acompañe en un viaje a Italia. Le comenta que quiere ver a un par de jugadores y le pide su ayuda para detectar talento. A Juary, entonces un chaval de apenas 20 años, le resulta sumamente extraño, pero la posibilidad de disfrutar de unas vacaciones pagadas en Italia le convence para subirse al avión.

Total, que en aquel vuelo Sao Paulo-Roma van Juary, y el presidente y el secretario técnico del Santos. Al poco de subir beben un vaso de vino y Juary comienza a hacer preguntas. El mutis por respuesta. Segundo vaso de vino. Silencio. Tercer vaso. Nada. Cuarto. Ni mú. Así que Juary se bebe un par de botellas y borracho perdido agarra al presidente por la pechera y exige una explicación. El secretario del Santos lo agarra por un brazo y le dice que lo han vendido al Avellino por una suma descomunal de dinero. Juary no sabe dónde está Avellino. No sabe ni si eso es un club de fútbol y pide volver a Brasil. El presidente, con voz calmada, le dice: “No hay paracaídas. No puedes escapar. Eres jugador del Avellino”.

Una vaca camino de la subasta.

Juary

La fama de Juary provenía de un triplete que le había metido al Sao Paulo. Eso le había dado la posibilidad de jugar un amistoso con Brasil para después formar en un encuentro de la Copa América. Era rápido y menudo, un segundo delantero más que apañado, pero no tan llamativo como para llamar la atención de una prima donna. Para el US Avellino era un futbolista accesible teniendo en cuenta el poder de la lira italiana frente a los reales brasileños.

Juary llega a una ciudad que no tenía ni idea de quién era Juary. Mucho peor. Antonio Sibilia, presidente del US Avellino, también desconocía su existencia. Y es que Antonio Sibilio era dueño del club como un anexo a otros muchos quehaceres. Sibilia era un patrón. Era Don Antonio. Había llevado el equipo a la Serie A tras múltiples ascensos con un método, al menos, extravagante. Traje oscuro, camisa abierta con pelo al pecho, bigote de galán de telenovela barata y barriga más que interesante, Sibilia era un don nadie que había pasado de ser paleta en la obra a hacerse dueño de la ciudad. Era íntimo amigo de Raffael Cutolo, capo de la Camorra, y se daba por hecho que Sibilia era el hombre encargado de blanquear los asuntos de Cutolo. El empresario Sibilia paseaba siempre custodiado por dos guardaespaldas y era un imán para los problemas y para el dinero a partes iguales.

Así pues, Sibilia no tenía idea alguna de quien era Juary. Seguramente el fichaje fuese una que otra forma de Cutolo para blanquear dinero. El caso es que cuando Sibilia reciba a Juary en el despacho su sorpresa será morrocotuda al ver a aquel escuálido brasileño de piernas torcidas. Allí, Sibilia, mirará a su entrenador y a sus guardaespaldas y les preguntará en dialecto napolitano si ese chico era de verdad un futbolista. Según se supo después dijo que si en tres meses no funcionaba echaría a técnico y futbolista y les reclamaría a los dos los 800.000 dólares de la época del traspaso. 

Pero funcionó. Y funcionó muy bien. En el segundo partido ya era el ídolo del Avellino. Y aquella gente necesitaba alegrías. La tarde del 23 de noviembre de 1980 la tierra tembló, después se abrió y lo engulló todo. Murieron 3.000 personas y muchos miles más perdieron sus casas. Fue justo después de una victoria del Avellino ante el Ascoli. Juary salvó la vida dado que buscó refugio tras escuchar un estruendo a lo lejos. Luego salió corriendo de casa y se metió en el coche pensando, bendita ignorancia, que estaría más a salvo que dentro de sus cuatro paredes. El caso es que resultó ileso y se lo agradeció a la vida dándole felicidad a todo Avellino. Las siguientes jornadas marcó domingo tras domingo dejando una icónica celebración en la que bailaba en círculos alrededor del banderín de córner.

Juary es a pequeñísima escala lo que Maradona será en la cercana Nápoles. Sibilia lo sabe y ahora lo trata como a un hijo. Un día el presidente sube a su pupilo a un Mercedes. Al igual que el día que se subió a un avión para cruzar el Atlántico obtiene el silencio como respuesta. En esta ocasión no hay vino ni preguntas. Pasan los kilómetros y al llegar a Nápoles observa cómo van camino de los juzgados. Comenzaba el juicio contra Raffaele Cutolo (con el tiempo a su organización se le acusara de tráfico de drogas y cientos de asesinatos) y a éste le interesaba la presencia de Juary como amigo de cara a la opinión pública. Hubo besos entre Sibilia y Cutolo, intercambio de agasajos y fotografías con Juary.

Nuevamente como vaca que va camino de la subasta.

Entre visitas al juzgado y asesinatos varios, entre ellos el de Luigi Necco, periodista de la RAI que comentaba los partidos de SSC Nápoles y de US Avellino y quien denunciaba públicamente a Cutolo y Sibilia, Juary sigue marcando goles para ayudar a la permanencia de su equipo en la Serie A. Así llegamos al verano de 1982 cuando es traspasado al Internazionale. La transacción fue acometida poco antes de que Juary fuese al despacho del presidente a pedir un aumento de sueldo por su buen rendimiento. Sibilia le contestó posando un revólver encima de la mesa mientras asentía con la cabeza.

En el Inter ganó paz y estabilidad, pero deportivamente fue un fracaso. Apenas anotó cuatro tantos y encadena varias cesiones antes de ser traspasado en 1985 al Porto FC. Allí alterna titularidades con suplencia y, aunque tiene un buen desempeño, no alcanza nunca la excelencia que llegó a mostrar en Avellino. Con todo formará parte de la historia dorada del club del norte de Portugal por su buen hacer en la Copa de Europa.

Fueron dos estallidos. La primera vez al poco de llegar. En noviembre de 1985. El Barça había ganado en octavos de Copa de Europa al Oporto por 2-0. Tocaba la vuelta en Das Antas. Juary saltó al campo en el minuto 60 y en media hora le hizo un hat-trick a Urruti en medio de una lluvia torrencial. Lástima que un tanto de Archibald a última hora clasificara al Barça camino de la final a celebrar en el Sánchez Pizjuán. Camino de las cuatro décadas, a la hora de escribir estas líneas, sigue siendo la última victoria del Oporto ante los azulgranas.

El destino le reservaba un momento mucho mejor.

Mayo de 1987. Estadio Práter de Viena. Juary es otra vez suplente. Entra en el descanso. Gana el Bayern por 0-1. Es la final de la Copa de Europa. El modesto Oporto contra el Bayern de Matthäus y Rummenigge. A falta de un cuarto de hora para que muera el encuentro un quiebro de Juary dentro del área sirve para darle el balón a Madjer que lo convierte en un precioso gol de tacón. Tres minutos después el argelino le devuelve el favor con un pase medido que Juary convierte en un tanto que le da al Oporto su primera Copa de Europa.

Gol de la victoria

El héroe del Práter había conseguido lo máximo tras una vida digna de película. Ahí se acabó su historia. Tenía apenas 28 años, pero apenas jugaría tres partidos más con el Oporto. Una grave lesión prácticamente lo inhabilitó para el fútbol. Volvió a Brasil a intentarlo, pero acabo colgando las botas poco después. Con el tiempo se convertirá en entrenador de categorías inferiores hasta que en 2010 se haga cargo de los juveniles del US Avellino, con el equipo deambulando en la Serie C.

Por entonces Antonio Sibilia, el presidente que lo hubo fichado treinta años atrás, era un anciano de 90 años que pasaba sus últimos días en una suntuosa mansión. Cuando se enteró del retorno de Juary a Italia le hizo llegar una invitación para que lo visitase en su casa.

Juary declinó amablemente el ofrecimiento.

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¿Usted que haría?

Fulvio Bernardini era un pedazo de futbolista. Nacido en Roma, había debutado con la SS Lazio con tan sólo 13 años, registro nunca superado. Lo hizo anecdóticamente como portero, aunque se posición en el campo era la de mediocentro. De exquisita técnica y fuerte carácter, fue capitán de la Lazio, luego pasó al Internazionale y más tarde fue también capitán de la AS Roma durante diez temporadas.

Con los años sería también un gran entrenador, siendo seleccionador nacional y convirtiéndose en el primer técnico en ganar el Scudetto con dos equipos diferentes, la AC Fiorentina (con la que también alcanzó una final de Copa de Europa que terminaría perdiendo ante el irresistible Real Madrid) y con el Bolonia FC, ninguno de los dos sospechosos de ser habituales logrando títulos. El gusanillo como técnico ya le venía de lejos. Cuando militaba en el Inter, allá por 1926, insistió al húngaro Arpad Weisz, técnico milanés, en que pusiese a un chaval de 16 años del filial llamado Giuseppe Meazza. Bernardini apostó tanto por Meazza que llegó a ofrecer su suplencia para que Meazza pudiese jugar como titular. Su desinteresada apuesta por aquel querubín dio al Inter el futbolista más influyente de su historia.

Bernardini (izq) y Meazza (dch)

Bernardini era una estrella. Zurdo, como todos los genios, lento, pero capaz de acariciar el balón sin aparente esfuerzo. Sus ojos de halcón le permitían enviar el balón allí donde quisiese y su mente le permitía predecir donde colocarse y suplir con ello su baja estatura. Fulvio Bernardini era un referente del fútbol de entreguerras.

El caso es que Fuffo, como era conocido, era un referente en la selección italiana. En 1932, cuando contaba con 26 años, sumaba el mismo número de internacionalidades. Puede parecer poca cosa a ojos de hoy, no obstante, si nos ponemos las gafas de la historia, la cifra es fascinante. Entonces no había cambios y las selecciones jugaban unos cuatro, cinco o seis partidos en todo el año. Ricardo Zamora, quien durante muchas décadas fue el plusmarquista español, necesitó 16 años para alcanzar 46 internacionalidades. Y eso que era guardameta.

Entrenaba entonces a la selección italiana Vittorio Pozzo. Había cogido el cargo de seleccionador en 1929 y no lo soltaría hasta dos décadas más tarde. Entremedias las victorias en el Mundial de 1934 y 1938 y el oro en los Juegos Olímpicos de 1936. Para lograr semejante cantidad de éxitos Pozzo tuvo que tirar de oriundos, estrellas del fútbol argentino con antepasados transalpinos que no dudaron en cambiarse de nacionalidad a golpe de talonario. Raimundo Orsi o el espectacular Luis Monti fueron campeones con Italia tras defender antes los colores de la albiceleste.

Pero Pozzo también hizo a Italia campeona por culpa de un excelso trabajo táctico. Por entonces la mayoría de los conjuntos formaban con la WM. Ideada en Inglaterra por Herbert Chapman distribuía a los futbolistas en un 3-2-2-3 (3-2-5 en ataque) que fomentaba el juego directo. Pozzo, al igual que otros técnicos de Centroeuropa, consideró que dos de los defensores podían abrir el campo y ejercer como protolaterales y que un jugador del centro del campo, un mediocentral como fue llamado, podía corregir esas marchas de los defensas a los laterales y al mismo tiempo servir como primer eslabón en la creación del juego ofensivo. En Sudamérica eso será un ‘4’, por ello tantos mediocentros llevan allí ese número, mientras en Europa es cifra reservada a los defensas centrales. El particular sistema de Pozzo fue rotulado como WW (2-3-2-3), donde la primera línea de 3 está conformada por los “dos laterales” y el mediocentro. En defensa, los dos laterales vuelven a su sitio y la táctica se convierte en 4-3-3. En contraposición a la WM, la WW era más lenta y requería futbolistas más capaces de aguantar la posesión del balón y replegarse con rapidez tras pérdida del esférico.

Para que una idea funcione hacen falta jugadores que la secunden. Y Pozzo sabía cuáles eran los jugadores que necesitaba. Bernardini no era uno de ellos. Toda Italia consideraba a Bernardini el mejor mediocentro del país. Y realmente lo era. Pero Bernardini no tenía la capacidad y el despliegue físico necesario para bascular su posición cada vez que los dos defensas se abrían para iniciar el juego desde los laterales. Para esa labor de pulmones estaba Luis Monti, conocido como Doble Ancho, por su increíble capacidad física que le hacía parecer dos hombres en vez de uno.

Pozzo intentó acompañar a Monti con Bernardini, pero ambos se solapaban y no congeniaban. En la AS Roma, Bernardini era dueño y señor dentro de la táctica de la WM. Su misión era aguantar la posición y dar perfectos pases de 30 o 40 metros para que los extremos corriesen al espacio. En el esquema de la selección italiana Bernardini debía bajar a recibir el balón y esforzase más en defensa. Pozzo encontró en el juventino Luigi Bertolini al hombre ideal para acompañar a Monti. Trabajador, comprometido y sin aires de grandeza.

El problema ahora era cargarse a Bernardini sin que prensa y afición lo tomasen con él.

Fue un amistoso en octubre de 1932. Praga. Checoslovaquia vs Italia. Se adelantan los centroeuropeos de penalti y empata Italia al inicio de la segunda mitad. Poco después anota Nejedly y Checoslovaquia gana por 2-1.

Bernardini es titular. Será su último partido como internacional. Vittorio Pozzo jamás volverá a convocarlo. Lo que sucedió tras el encuentro pasará a formar parte de la vasta historia del fútbol. Muchos años después Fulvio Bernardini nos hará partícipe de tan bella anécdota a través de su autobiografía.

Simplemente es deliciosa.

Vale la pena transcribir lo que técnico y jugador conversaron tras el fin del partido:

Pozzo: Ha sido un buen partido.

Bernardini: Pero hemos perdido.

Pozzo: Escuche Fulvio. No ha sido culpa suya, pero voy a tener que dejarle fuera del equipo. Lo dejo fuera porque usted es mucho mejor que el resto. Sus compañeros no alcanzan la concepción del juego que tiene usted. Es demasiado superior a todos los demás. Casi tendría que pedirle que jugase usted mal para estar al nivel del resto del equipo.

Bernardini: No entiendo míster.

Pozzo: No es una razón personal, es una razón táctica. Es usted demasiado bueno. No tengo elección. O prescindo de usted o tengo que prescindir de todo el equipo. ¿Usted que haría?

Cuenta Bernardini que sin abrir la boca comenzó a vestirse mientras asentía con la cabeza y Pozzo le daba un par de palmadas en la espalda.

Nunca más jugaría con la selección italiana.

Bernardini en su época como entrenador

Fulvio Bernardini, el mejor centrocampista italiano del momento, nunca jugó un partido de un Mundial. Ni siquiera fue convocado para los victoriosos triunfos en 1934 y 1938. No estuvo ni entre los elegidos.

La picardía y la ascendencia de Pozzo logró convencer a Bernardini de lo inconvencible. Años después, siendo ya entrenador de éxito, Bernardini decía comprender lo que Pozzo le requería. Los buenos jugadores no hacen un equipo, sino que es el equipo el que convierte a los jugadores en buenos.

¿Usted que haría?

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