historia

Carros de fuego

Verano. Tiempo de los Campeonatos de Europa de Atletismo. Turno de deporte en la calle. Época de correr. Calzarse las zapatillas y disfrutar de jardines, ríos, valles o de la brisa del mar. Insertamos los cascos en los oídos y ponemos nuestra lista de Spotify. Alguno prefiere techno, otros rock duro y los demás chill out o instrumental. Pero entre las canciones más memorables a la hora de quemar el asfalto ninguna como los sintetizadores y los teclados de Vangelis y su ‘Chariots of Fire’.

La banda sonora de la película ‘Carros de fuego’ (1981) ha pasado al imaginario colectivo como la canción por antonomasia para una carrera o para un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

De hecho, el filme no es fácil de digerir. Al contrario de lo que pueda parecer por la temática a tratar, es una película lenta, incidiendo, especialmente en la primera parte, en la formación de los dos jóvenes protagonistas, sus miedos, sus vivencias y sus inquietudes personales. En la segunda parte, la trama se centra más en el aspecto deportivo, pero lo que llevó a la película a la gloria fue el uso y la combinación de la cámara superlenta con la banda sonora y una perfecta ambientación, documentación (las escenas fueron rodadas en la pista del estadio olímpico de Colombes y coinciden las calles y los dorsales de todos los atletas) y vestuario de los años 20, cuando se desarrolla la trama. ‘Carros de fuego’, a semejanza de otras películas deportivas como ‘Rocky’ o ‘Evasión o victoria’, alcanzaron la aceptación de público y crítica porque son historias humanas de superación, amistad y compromiso en las que el deporte sólo aparece como instrumento secundario para convertir en éxito el drama social.

‘Carros de fuego’ cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Lidell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Lidell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Lidell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de porqué tan singular título para una película de atletismo, y es que ‘Carros de fuego’ hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

—Los JJ.OO—

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford y pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados.

Eric Lidell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Lidell tenía 6 años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le llevaría a licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar 2 torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams ya había participado en los JJ.OO de 1920 pero esperaba alcanzar la gloria en 1924. Lidell abandonó el rugby y decidió prepararse en exclusiva para la cita parisina. Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Pero Lidell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Lidell era un predicador protestante y cuando obtenía una victoria siempre exclamaba; “el Señor guía mis pasos”. Así, meses antes de los JJ.OO, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Lidell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Lidell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y era un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad.

En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un “religioso radical” a los JJ.OO. Otros, deslegitimaron a Lidell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Lidell estuvo en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra.

A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Lidell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Quedaba la final de los 400 metros.

Cuentan que antes de la final de los 400, Lidell recibió una nota anónima en su habitación que rezaba “aquel que me honra será honrado por mí”, cita del Libro de Samuel. Quien sabe que si con ayuda divina o no, pero Lidell, por la calle siete, sin referencias de sus rivales, corrió como nunca había hecho. Con un estilo poco académico, con la cabeza inclinada y la boca abierta, alcanzó la victoria logrando la medalla de oro y destrozando el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

Después de Paris, Lidell siguió los pasos de sus padres y se marchó a China a seguir con su labor evangelizadora. De hecho, Lidell es el gran protagonista de ‘Carros de fuego’ y su vida, antes y después de los JJ.OO, no necesita de Abrahams para ser digna de elogio (Abrahams se convirtió al catolicismo y hasta su muerte siguió ligado al mundo del atletismo como escritor, comentarista y directivo). En China, Lidell combinará los ejercicios espirituales con los atléticos, ya que también ejercerá de entrenador. Se casó con una canadiense y tuvo 3 hijos, pero su vida cambió radicalmente con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de China por tropas japonesas. Su familia emigró a Canadá pero Lidell decidió quedarse por lo que fue capturado y llevado a un campo de concentración. Allí era llamado por todos ‘el tío Eric’ porque estaba siempre levantando la moral de los presos y preparando pruebas deportivas que entretuvieran a los recluidos. Tuvo ocasión de lograr la libertad tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Japón y el Reino Unido, pero decidió ceder su plaza a una mujer embarazada y afrontar lo que le quedase de vida como cautivo. Allí fallecería en 1945, al parecer por culpa de un tumor cerebral, aunque su salud ya estaba quebrada a causa de las insalubres condiciones del campo.

“¡Ganemos! Pero luzcamos una corona de modestia.”

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (2ª parte)

En el discurrir del Macizo Central francés, en la región de la Auvernia, hay una serie de volcanes entrelazados lugar de ceremonias espirituales desde tiempos inmemoriales. Son volcanes, hoy dormidos y antaño tenebrosos, que conformaron una geografía de picos redondeados, pueblos encaramados en laderas y maravillosas sendas. El volcán más famoso de tan bella cordillera es el Puy de Dôme, notoriedad que le otorgaron Coppi, Bahamontes, Merckx o Delgado, pero por encima de todos ellos, Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en el Tour de Francia de 1964.

Eran los dos indiscutibles favoritos en el Tour de aquel año. Poulidor había ganado la Vuelta a España (por entonces se corría en mayo) la que sin todavía saberlo iba a ser su única grande. Anquetil acababa de triunfar en el Giro. Anquetil, el mejor contrarrelojista hasta la aparición de Induráin, era un insolente con una muy buena mano izquierda en los despachos, lo cual le ayudaba a conseguir unos trazados con escasas llegadas en alto que le permitían brillar. Poulidor no era ni tan bueno como Bahamontes en la montaña ni tanto como Anquetil en las cronos, pero era más joven, y sobre todo, atacaba sin descanso.

El Tour del 64 sigue el sentido de las agujas del reloj, pasando primero por los Alpes, luego por los Pirineos, para ascender dirección norte hacia el Macizo Central hasta llegar a Paris. Hay montaña, pero también 4 etapas contrarreloj. Poulidor sale reforzado en las etapas alpinas, gracias a la involuntaria ayuda de Bahamontes, que a sus 36 años todavía aspiraba a meterse entre los tres primeros. Anquetil recuperará terreno con una gran contrarreloj y así se llega a una etapa de media montaña que finaliza en el velódromo Louis II de Mónaco donde Poulidor (al igual que le había ocurrido en 1960) llega el primero a la línea de meta y levanta los brazos, sin saber que había que dar una vuelta al circuito y perdiendo la etapa que iba a parar a manos de Anquetil. Nuevamente el bonachón de ‘Pou Pou’ hacía gala de su mala fortuna.

Al día siguiente hay jornada de descanso y parece ser que Anquetil estuvo de fiesta hasta altas horas de la madrugada atiborrándose de langosta, cordero asado y champán. “Mañana le van a salir las langostas por los costados” diría Bahamontes, que, perro como pocos, ataca nada más salir en la siguiente etapa, en las faldas del puerto de Envalira. Salen tras él varios españoles, liderados por Julio Jiménez, y también Poulidor, batallador como pocos, pero sin el punto de maldad del toledano como para atacar él de primeras.

Tras el Puerto de Envalira llega el del Tourmalet, y a mitad de ascensión Julio Jiménez, Bahamontes y Poulidor le endosan 4 minutos a Anquetil, que da síntomas de vomitar la langosta en las curvas. Poulidor tiene el Tour a tiro. Hay muchísima niebla. Cuentan, sin televisión de por medio, que varios compañeros remolcan a Anquetil mientras sube el coloso pirenaico. Corona el puerto exhausto, pero en la bajada se recupera milagrosamente y se lanza por los escapados a tumba abierta como un poseso. Bahamontes, que siempre ha visto conspiraciones por todos los lados, diría que lo bajaron en coche. Julio Jiménez siempre sostuvo que eran chorradas del toledano. El caso es que durante la bajada nuevamente la mala suerte hace aparición en la vida de Poulidor y dos pinchazos seguidos le obligan a bajar el ritmo. En el segundo hasta tropieza con su mecánico que lo acaba tirando al suelo. Al final Poulidor conseguirá llevarse la victoria de etapa pero por un margen de tiempo ínfimo y que le permite a Anquetil mantener el liderato.

Llegamos así al 12 de julio de 1964. Última etapa de montaña, luego una corta contrarreloj y llegada a París. La etapa del día consta de 237 kilómetros con inicio en Brive la Gallarde y final en el Puy de Dôme. Es una cota que se corona a unos 1.400 metros de altitud tras 11 kilómetros de ascensión con unos últimos 4 kilómetros con un desnivel medio del 12%. Se bordea el volcán con una carretera que va en ascenso en forma de cono, desde la base hasta la cima, por lo que evita las características curvas de herradura más habituales en las cumbres de montaña.

Para muchos sigue siendo el mayor acontecimiento de la historia del Tour.

Anquetil aventajaba en 55 segundos a Poulidor. Ninguno de los dos era un gran escalador. La etapa es terrible y los gallos llegan juntos hasta el final. A 6 kilómetros de la meta se marchan Jiménez y Bahamontes para luchar por la etapa. El primero se hará con la misma y el segundo con el tercer escalón del pódium.

Pero el Tour se dirimía entre los dos franceses. Anquetil iba de amarillo con Poulidor a la rueda. Por los jadeos de Anquetil, Poulidor comprobó que su rival estaba sufriendo, pero no se atrevía a atacar. Fiel a su forma de ser, tenía miedo de reventar y demasiado respeto al por entonces patrón del Tour. Anquetil, listo como pocos, le enseña la rueda y se pone a su lado. No detrás, sino al lado, para no dar muestras de debilidad. Siempre consigue cerrar el hueco, por lo que ambos continuaron subiendo por el volcán a golpe de pedal intercambiando codazos.

Finalmente, a 4 kilómetros de la cima, ‘Pou Pou’ se decide a atacar. Anquetil, agonizando, hacía la goma. Jacques Goddet, patrón del Tour, declararía: “Durante 3 kilómetros, su aliento, su sudor y la lana de sus jerséis se mezclaron”. Finalmente en los últimos 1.000 metros Anquetil explota, y hasta es sobrepasado por el italiano Adorni, pero es demasiado tarde para Poulidor, que sólo consigue arañar 42 segundos quedando a 13 segundos del maillot amarillo.

`Pou Pou’ la había cagado una vez más.

Basta echar un vistazo a las fotos y a las imágenes televisivas. Poulidor parece cansado, pero dentro de unos límites humanos. No ha sabido arriesgar. Anquetil está destrozado. El hombre impoluto lo ha dado absolutamente todo. De hecho, nada más cruzar la línea de meta se derrumba y debe ser asistido con una bomba de oxígeno. Inmediatamente se apoya en el capó del coche de su director y saca fuerzas de flaqueza para espetar a la prensa: “Me sobraron 13 segundos”, y añade, en una actuación teatral fantástica “si hubiese perdido el liderato me hubiese retirado”. Inmediatamente los plumillas van a buscar a Poulidor que sólo acierta a decir sumiso: “Tenía que haber atacado antes”.

Dos días después (14 de julio, fiesta francesa) se desarrolla la etapa final, una crono de 27 kilómetros entre Versalles y Paris. ‘L’Equipe’ titula en español: “Mano a mano”. A mitad de recorrido, Poulidor llega a ponerse a 3 segundos del amarillo. Está más fuerte, pero la clase de contrarrelojista y de hombre calculador de Anquetil aparece en los instantes finales y gana la etapa endosando 21 segundos más a su rival. Con el tiempo añadido de las bonificaciones gana el Tour por 55 segundos, la ventaja más reducida jamás obtenida en un tiempo donde las distancias se medían por varios minutos. Y era, curiosidades del destino, exactamente los mismos segundos que separaban a Anquetil de Poulidor antes de ascender al Puy de Dôme. Más tarde, cuando en la Avenida de los Campos Elíseos Anquetil reciba el trofeo que lo acredite como ganador recibirá múltiples abucheos. Había demostrado tesón, pero su arrogancia siempre le pasaría factura a lo largo de su carrera.

La leyenda de la mala suerte de Poulidor seguiría agrandándose con el paso del tiempo, pero lo cierto es que nunca tuvo tan cerca la victoria en el Tour como aquella tarde en el Puy de Dòme. Aquel día quedó marcado como segundón a perpetuidad. Pero lo cierto es que no es el corredor que más veces ha sido segundo en el Tour, “honor” que recae en el holandés Zoetemelk que lo fue hasta en seis ocasiones, con la salvedad de que el neerlandés sí que consiguió el triunfo, en la edición de 1980.

Hasta en eso fue segundo ‘Pou Pou’.

Como suele pasar, una vez retirados, lo dos acérrimos enemigos acabaron convirtiéndose en dos buenos amigos. Pero el pique siempre perduró. Cuentan que cuando Anquetil agonizaba en el hospital por culpa de un cáncer, Poulidor se acercó a verlo. El siempre sarcástico Anquetil le espetó: “Amigo mío, incluso al cielo vas a llegar después de mí”.

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (1ª parte)

Todos los días del mes de julio, la ciudad (el pueblo en muchos casos) que da la salida o la llegada a una etapa del Tour de Francia se parece a un centro comercial. Es un hervidero de gente, patrocinadores, periodistas y ciclistas. Políticos, deportistas y personalidades varias. Durante el Tour, hay dos hombres, ya veteranos, que son siempre saludados y buscados por gente de todo tipo y condición. Uno es el pentacampeón Bernard Hinault, la gran leyenda del ciclismo francés, el otro, es un señor de pelo blanco, amplia sonrisa y mofletes de bonachón. Un abuelo con el que todo el mundo quiere sacarse un selfie; Raymond Poulidor.

Hace un par de generaciones una de las expresiones más empleadas, no sólo en el deporte sino en la vida, era ‘ser un Poulidor’. Hay un país donde esa expresión sigue usándose en la actualidad. De hecho, tiene acepción propia en el diccionario. Ese país es Francia, donde aún se sigue valorando el carácter de un político preguntándole si es de Anquetil o de Poulidor. Y es que el primero, frío y distante, fue el primer pentacampeón del Tour y orgullo de Francia. El segundo, cálido y humano, es uno de los personajes más aclamados y adorados por los franceses a pesar de no haber ganado nunca la más grande de las carreras ciclistas.

`Pou Pou’ (apodo con el que fue bautizado por la prensa francesa y que le daba un toque más ñoño si cabe al personaje) concurrió en 14 ocasiones en el Tour terminándolo en 12 ediciones y subiendo en hasta ocho veces al pódium. Correcto contrarrelojista y escalador de ritmo, hasta en tres fechas terminó en segundo lugar (1964, 1965 y 1974) y en cinco ocasiones en tercera posición (1962, 1966, 1969, 1972 y 1976), esta última vez a una edad imposible, con 40 años a sus cuestas. Se dio un baño de masas en Paris y colgó la bicicleta. Pocas carreras deportivas ha habido tan exitosas y tan longevas en el tiempo.

Pero nunca ganó el Tour. Ni siquiera logro vestirse de maillot amarillo a pesar de sumar 7 victorias de etapa. En 1973 quedó segundo en la etapa prólogo por 64 centésimas, acrecentando su ya legendaria mala suerte.

Dicen que coincidió en el tiempo con dos monstruos. Cuando era joven pero inexperto con Anquetil y cuando era veterano pero desgastado con Merckx. Pero también compitió contra sí mismo. Quizás esta última fue su peor derrota. En 1965 quedó segundo detrás de un por entonces desconocido Felice Gimondi. Le dejó marchar en las primeras etapas esperando recortar distancias en la montaña, especialidad donde el francés era superior, pero Gimondi logró aguantar todos los ataques y se alzó con la victoria. En 1966 hubo un complot contra él orquestado por buena parte de la prensa francesa para apoyar a Lucien Aimar, un joven francés antiguo gregario de Anquetil. Éste último hábilmente maniobró para que varios equipos apoyasen a Aimar en las etapas decisivas. Y en 1968, sin Gimondi ni Merckx, y como indiscutible favorito, Poulidor chocó con una moto descendiendo un puerto con tan mala suerte que se quemó el rostro con el tubo de escape teniendo que abandonar el Tour cuando era líder virtual de la carrera.

El hombre de la legendaria mala suerte.

La mala suerte de Poulidor está íntimamente ligada a la buena estrella de Jacques Anquetil. Para convertirse en un gran campeón es conveniente contar con una némesis, alguien que demuestre y ensalce tu valor. En la década de 1990 Miguel Induráin no contó con una némesis y su prestigio se vio resentido por ese motivo. Anquetil, el primer pentacampeón de la historia, tuvo más suerte. Le tocó convivir, y ganar, al eterno segundón, al bueno de ‘Pou Pou’.

Anquetil tenía un estilo relajado y sus esfuerzos eran calculados al milímetro. A menudo comentaba que para él el ciclismo era un trabajo que le permitía ganar dinero para gastar en placeres de la vida. Era elegante, un hombre selecto. Sin embargo, su honestidad y sus afirmaciones a pecho descubierto chocaban con los valores que reclamaban buena parte de los aficionados al deporte de las dos ruedas. Adjetivos como valeroso, luchador o generoso, eran del todo inexistentes en ‘Maître Jacques’.

Anquetil le había levantado la mujer a su médico. Poulidor estaba recién casado con el amor de su adolescencia. A Anquetil le gustaba el vino blanco y el marisco. A Poulidor los quesos y la pesca. Anquetil era guapo y esbelto, con un rictus señorial. Poulidor era bruto en las formas, de ceño fruncido, pero de franca sonrisa. Anquetil corría para extranjeros. Poulidor fue fiel al maillot malva de Mercier, la gran marca de bicicletas francesas. Anquetil era del norte, no muy lejos de Paris. Poulidor era de la parte más profunda del hexágono, la que sólo conoce de Paris por las postales. A la gente le gusta decir que Anquetil nació rico para acrecentar las diferencias. Pero los dos eran igual de humildes. Anquetil se sentía sólo a pesar de estar rodeado de la fama. Poulidor quería estar sólo y no entendía porque la gente le quería. Anquetil nunca entendió porque Poulidor era el niño mimado de Francia. Poulidor solía decir que él se tomaba más en serio las carreras.

Anquetil diría en una ocasión: “A veces me despierto de madrugada y no puedo conciliar el sueño angustiado en planificar hasta el mínimo detalle de una etapa. Sin embargo, sé que Raymond (Poulidor) duerme de un tirón durante toda la noche”. Poulidor diría una vez retirado: “Ser segundo no está tan mal. Si yo hubiera ganado un solo Tour, habría sido mucho menos importante, nadie se acordaría de mí”.

La fama de segundón de Poulidor nació en 1960, el año en el que se convirtió en profesional. Disputó una carrera de un día llamada “Las Boucles de la Seine”, hoy ya desaparecida. La prueba, de cerca de 300 km, finalizaba con una vuelta completa al velódromo del Parque de los Príncipes de Paris. El pobre de Poulidor pensaba que bastaba con llegar a la línea de meta y alzar los brazos. Evidentemente, le adelantaron, los demás dieron la vuelta correspondiente al velódromo y Poulidor se estrenaba en el profesionalismo evidenciando despiste y gafe de forma entrañable.

En el Tour de 1964, en una edición llena de hechos memorables, se daría una inolvidable lucha mano a mano entre aquellas dos formas de entender la vida y el ciclismo, entre Anquetil y Poulidor. Fue una carrera que merece capítulo aparte y que concluiría con la subida al Puy de Dome, en una de las batallas más hermosas jamás libradas, no sólo en el ciclismo, sino en el mundo del deporte.

Continuará.

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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=W0CVItfhkl0

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México 70. El partido del siglo (2ª parte)

En el estadio Azteca, en la fachada principal, hay un muro en el que se concentran varias placas que recuerdan los hechos más significativos de uno de los recintos deportivos más señalados del planeta. Entre los recuerdos conmemorativos están el primer encuentro, el primer gol o del orgullo de haber sido sede de dos finales de la Copa del Mundo. No obstante, lo que más destaca es una placa que rememora que el 17 de junio de 1970 se disputó el partido más extraordinario jamás lidiado en un Mundial: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3) protagonistas en el Mundial de 1970, del “Partido del Siglo”.

Alemania.

En Alemania los padres apuntan a sus hijos a la práctica de un deporte con la convicción de que obtenga la victoria. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la finalidad de la práctica deportiva para los alemanes es trabajar el cuerpo y aprender a ganar como funcionamiento para el triunfo en la vida. Fue en Prusia donde se integró por primera vez la gimnasia como disciplina obligatoria en el ejército y donde mantener en perfecta forma física a la ciudadanía se convirtió en una obsesión tras las fulgurantes derrotas ante el ejército de Napoleón a comienzos del siglo XIX. Toda esa cultura de esfuerzo, de lucha, de organización y esa sensación de que los alemanes al final siempre acaban ganando, tiene su origen por aquel entonces.

Italia.

´Catenaccio´, algo así como cerrojazo, es la base del sistema futbolístico italiano. Está concebido para obtener la victoria por agotamiento, tras estrangular al rival y así aprovechar su impotencia física o mental. Para ello, Italia siempre cuenta con 2 o 3 jugadores de talento sideral y se ve ante la difícil tarea de escoger a sólo uno de ellos aguantando críticas internas y externas por privar al público de un auténtico espectáculo. Históricamente buenos financieros y comerciales, los italianos hacen gala de una extrema paciencia y de una explotación de sus virtudes aprovechando los defectos de los demás.

Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Alemania se clasificó en la primera fase arrollando a sus rivales. Era un grupo asequible pero aun así sorprendió su suficiencia. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. Lo mejor para ellos es que la columna vertebral era joven y además de un presente brillante también tenían un futuro esplendido.

En cuartos de final se enfrentaron a Inglaterra. Se repetía la final de cuatro años atrás en la que los ingleses salieron victoriosos tras una prórroga con varias jugadas polémicas. Ahora, en México, Alf Ramsey, seleccionador inglés, declaraba en la previa del partido: “Nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca nos ganó ni en el fútbol ni en la guerra”. Cuentan que es una letanía muy habitual usada por la flema inglesa en este tipo de partidos y que también Bobby Robson apelaría a ella en la semifinal de 1990. Pero lo cierto es que, (por lo menos hasta 2018), quienes ganan son los alemanes.

Y los alemanes estaban sedientos de venganza.

Inglaterra se puso en franca ventaja con 2-0 en el minuto 70. Ramsey sacó del campo a Bobby Charlton en un error que pagaría caro. Alemania recortó distancias y Seeler empató a poco del final. En la segunda parte de la prórroga un remate acrobático de Müller concluía la remontada y la venganza. La RFA esperaba rival en la semifinal.

En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Había tardado dos décadas en gozar de un plantel competitivo. En 1949 la plantilla del Torino (con 8 titulares de la selección abordo) había fallecido en un accidente de avión. Habían tardado mucho en recuperarse, pero la fantástica generación de los 60 ya les había dado un título, la Eurocopa de 1968. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol.

Italia consiguió el pase en la primera fase haciendo gala de un juego plomizo, en la que únicamente consiguió una victoria por la mínima ante Suecia. Valcareggi, seleccionador azzurro, ponía a Mazzola y Riva como titulares, mientras que Rivera era suplente colocando en su lugar al voluntarioso Domenghini. Cuando en cuartos de final Italia hubo de enfrentarse a la anfitriona México y los aztecas se adelantaron en el marcador, ni siquiera entonces Valcareggi cambió de táctica. Sustituyó en el descanso a Mazzola por Rivera, incapaz de juntar a los dos genios, pero dado que Italia arrolló a México tras el descanso con 2 tantos de Riva y otro de Rivera, el plan seguía dando los resultados previstos.

—El partido del siglo—

Italia-Alemania. Alemania-Italia. 17 de junio de 1970. 16:00 hora local. Fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable.

Italia formó con Albertosi; Burgnich, Rosato (Poletti), Cera, Facchetti; Bertini, De Sisti, Mazzola (Rivera), Domenghini; Boninsegna y Riva. Alemania alineó a Maier; Vogts, Patzke (Held), Schulz, Schnellinger; Overath, Beckenbauer, Grabowski; Seeler, Müller y Löhr (Libuda). El seleccionador transalpino era Ferruccio Valcareggi y el teutón Helmut Schön.

Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guión previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Seeler, capitán alemán, pedía calma a sus compañeros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro.

Pero aún quedaba toda la segunda parte.

Fue un bombardeo.

Liderados por Franz Beckenbauer, todavía por entonces un centrocampista con un excelente pase de larga distancia, los alemanes arrollaron la portería defendida por Albertosi. Bajo cerca de 40 grados y con la afición mexicana de su lado, los germanos estuvieron a punto de marcar en dos clarísimas ocasiones de Seeler y Grabowski , pero Italia siempre era capaz de apagar el fuego encendido. Se llegó al tiempo de descuento, y cuando todo parecía perdido, Alemania hizo gala de su fama y en la última ocasión del partido Grabowski envió un centro al área que fue empujado a la red por Schnellinger, que había abandonado su puesto defensivo para subir a la desesperada. Era gol. 1-1. Los italianos caían al suelo exasperados y alguno, caso de Boninsegna, vertía un par de lágrimas con el disgusto. La RFA celebraba el empate como un triunfo. Era el primer gol de Schnellinger con la selección y el único que anotó en sus 47 partidos internacionales. Alemania, una vez más, mostraba un absoluto dominio del tempo del partido.

Fin del partido. Descanso antes de la prórroga.

No hay cambios. Se habían agotado. Fiel a su rutina habitual, Valcareggi había introducido a Rivera por Mazzola en la media parte sin importarle nada más. Alemania había agotado los cambios cerca del minuto 75, justo antes de que en una internada espectacular de Beckenbauer, el central Cera cargara sobre él cual toro embistiendo a torero derribando al ‘Kaiser’ en el borde del área. Beckenbauer se levanta, pero visiblemente dolorido en su hombro derecho y, aunque renqueante, continua en el encuentro.

Ahora, antes de iniciarse la prórroga, y sin más cambios para realizar, Beckenbauer habla con los servicios médicos teutones, le vendan el brazo, y con una clavícula rota y el brazo en cabestrillo se dispone a jugar la media hora de la prórroga. Su estampa de valkiria sobre el abrasador sol mexicano se convertirá en icono de tan bello partido.

Comienzo de la prórroga.

En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Libuda envía un centro al área que es despejado por la defensa italiana. Sin embargo, en un error de coordinación entre un par de italianos, ‘Torpedo’ Müller aparece por detrás y en un escorzo tan característico del pequeño delantero, adelanta a Alemania. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo 4 minutos un balón bombeado al área enviado por Rivera es recogido por Tarcisio Burgnich (cuyo apellido dejaba bien clara la procedencia de su familia paterna) que con un disparo a bocajarro otorgaba el empate nuevamente para Italia. 2-2.

Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. Para entonces las cámaras de televisión sólo tenían ojos para un Beckenbauer que con el brazo derecho en cabestrillo no paraba de pedirle a sus compañeros que mantuviesen la calma agitando con vehemencia el izquierdo.

Descanso de la prórroga.

El cansancio y los calambres iban a propiciar un espectáculo inolvidable. El árbitro solicita a los equipos que vuelvan al campo pero los masajistas se afanan por realizar estiramientos. El calor abrasador hace que las botellas de agua rieguen los cuerpos tanto por dentro como por fuera. Gemelos e isquiotibiales parecen a punto de estallar. Los cuádriceps dejan de funcionar.

Segunda parte de la prórroga.

Con el 3-2 a su favor, Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. Nunca está muerta. Overath centra por enésima vez desde la banda izquierda y Seeler cabecea en picado obligando a Albertosi a un escorzo para desviar el balón por encima del larguero. Es saque de esquina. El propio Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller demostró porque, con permiso de Pelé, era el mejor goleador del momento. Con su estilo aparentemente tosco, consiguió poner la puntera y desviar un tiro previo paso por varias piernas de defensores italianos batiendo a un desesperado Albertosi. Era el décimo gol del que iba a ser el máximo goleador del Mundial. 3-3.

En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116, a 4 minutos de final, la elegancia de Rivera surgió cerca del área para con un precioso disparo con el interior batir a Sepp Maier y dar una nueva ventaja, esta vez parecía que definitiva, de 4-3 para Italia. El cancerbero teutón cierra los puños y golpea con rabia el suelo mientras Rivera y Riva se funden en abrazo.

El marcador corre hacia atrás.

Ni siquiera los correosos alemanes fueron capaces de volver a marcar, e Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron 7 goles, 5 de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Italia, totalmente extenuada, jugó la final ante Brasil físicamente destrozada. En otro partido para el recuerdo, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson, Jairzinho y Pelé arrollaron a los italianos por 4-1 convirtiéndose en campeones por tercera vez en su historia.

Para Italia fue el corolario de un lustro magnífico. No volvería a un Mundial hasta 1978. Para Alemania supuso un paso más para lograr el éxito que se le estaba resistiendo y que conseguiría venciendo en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial de 1974.

Fue un partido al que se le agotaron todos los calificativos y que permanece y permanecerá en la memoria. La emoción de la prórroga afectó no sólo a alemanes y a italianos sino a todos aquellos buenos aficionados al fútbol. Los funcionarios de prisiones de la cárcel mexicana de Tixtla estaban escuchando el partido por la radio. Era tal la emoción que decidieron desplazarse al otro lado de la calle para ver los instantes finales del partido por televisión en un bar. Debió ser tal la premura de su marcha, que 23 presos aprovecharon la falta de vigilancia para escaparse de la cárcel. Habían ganado su propio partido del siglo.

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México 70. El partido del siglo (1ª parte)

La Copa Mundial de Fútbol es la mayor expresión balompédica existente y junto a los Juegos Olímpicos es el evento deportivo más seguido del planeta. Su magnetismo radica en que consiste en una lucha comprimida en el tiempo entre naciones de cualquier lugar del mundo, que, sobretodo antaño, permite conocer culturas, costumbres y razas distintas a las cotidianas. Contribuye a la seducción del evento que es cuatrienal lo que aumenta su excepcionalidad y su atractivo incluso para el que no es un gran aficionado al fútbol.

Ha habido grandes partidos en la historia del Mundial de Fútbol. Obviamente entre ellos están todas las finales disputadas. La más conocida por su anomalía fue la victoria de Uruguay ante Brasil (2-1) en 1950, el famoso ‘Maracanazo’, pero también fueron dignas de recuerdo la de 1954 (RFA 3-2 Hungría), la de 1986 (Argentina 3-2 RFA) o la de 2006 (Italia 1-1 Francia) por citar algunos ejemplos. En las fases previas, se han dado auténticos espectáculos futbolísticos. El más próximo en el tiempo fue el desastre de Brasil ante Alemania en las semifinales de 2014 (1-7). Pero hay multitud de choques que han quedado para el recuerdo. Algunos de los más recientes podrían ser el Italia 3-2 Brasil (1982), RFA 3-3 Francia (1982), Argentina 2-1 Inglaterra (1986), Brasil 1-1 Holanda (1998), Italia 2-0 Alemania (2006) o España 1-0 Alemania (2010).

Pero, si en algo hay consenso en el mundillo futbolístico, es que el mejor partido jamás disputado en una Copa Mundial de Fútbol tuvo lugar el 17 de junio de 1970 en el Estadio Azteca de México Distrito Federal y enfrentó en una de las semifinales a la República Federal Alemana (RFA) contra Italia.

Ni fue el primero, ni fue el último, mas quizás fue de uno los más famosos encuentros calificados como ‘Partido del Siglo´, magnificencia que aún se mantiene en Italia (Partita del Secolo) y en Alemania (Jahrhundertspiel) cuando se habla de un choque que va camino de la media centuria de antigüedad.

Fue un partido único, en un Mundial único. Y es que México 70 es para buena parte de los especialistas la más bella Copa del Mundo jamás celebrada. Aquel Mundial representa el juego del fútbol más puro que se ha visto, por plasticidad y por ejecución de un nivel técnico superlativo. Especialmente Brasil, que desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. A esto ayudó a que también fue el primer Mundial en el que se usaron las amonestaciones con el fin de acabar con el juego duro que había aflorado con éxito en la década de 1960. Consecuencia de ese tipo de fútbol y de las muchas lesiones, fue que por primera vez se permitieron realizar dos sustituciones que ayudaban a igualar los partidos, compensaban los cansancios y dotaban de una nueva arma a los entrenadores otorgando una mayor riqueza táctica al juego.

A nivel organizativo todo fue espectacular. Se utilizaron las infraestructuras desarrolladas para la organización de los JJOO de 1968 y México se volcó en un deporte que amaba poniendo en marcha todo el poder de una nación de 100 millones de habitantes que por entonces se encontraba en plena expansión económica.

Era el primer Mundial de fútbol que se retransmitía por televisión en color vía satélite y la final se iba a jugar en el Estadio Azteca, un coloso de 110.000 espectadores de capacidad. También fue la primera vez que se diseñó un balón de forma especial para el torneo, el bellísimo Telstar de Adidas, compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros, y que sustituyó para siempre los tradicionales balones marrones. Era tan hermoso, que cuando acababa en las gradas los espectadores se pegaban entre ellos para atraparlo y quedárselo como objeto de coleccionista. Era la primera vez que tal suceso tenía lugar.

Era un balón futurista (recogía el nombre del primer satélite de telecomunicaciones enviado al espacio, y, de hecho, haciendo un guiño a la histórica industria espacial soviética el del actual Mundial de Rusia fue bautizado como Telstar 18) y ahora es la base de cualquier pelota de fútbol actual. Pero aún más rompedor fueron los preciosos diseños de las camisetas de juego, los primeros proporcionados por marcas oficiales y que lucían resplandecientes con color y con la preciosa luz del verano mexicano.

La única pega que la comunidad internacional puso al país azteca en los meses previos al inicio del campeonato era la elevada altitud del país, ya que buena parte de las sedes rondaban los 2.000 metros de altitud. Además del Azteca, conocido coloquialmente como ‘El coloso de Santa Úrsula’ al estar ubicado en el barrio de dicho nombre, destacaba el estadio Jalisco de Guadalajara con capacidad para 60.000 almas. Los jugadores sufrirían en su capacidad pulmonar el inconveniente de jugar en altitud, pero, los encuentros estuvieron adornados de una épica irrepetible.

Participaron 16 selecciones encuadradas en 4 grupos. La ausencia más significativa fue la de Argentina. También falló Hungría (por entonces potencia europea) y por vez primera se reservó una plaza fija para un equipo africano, honor que cayó del lado de Marruecos tras batir en la eliminatoria definitiva a Egipto. Aunque seguramente el hecho más recordado de la fase de clasificación fue un encuentro entre El Salvador y Honduras al término del cual se producirían una serie de disturbios que sirvieron de chispa para iniciar una corta guerra entre ambos países que se saldaría con más de 2.000 muertos y que ha pasado a la historia como ‘La Guerra del Fútbol’.

Había dos grandes favoritos al título. El candidato principal era Brasil, que además contaba con el apoyo del público local. Sin embargo, meses antes del inicio del torneo, la prensa internacional se haría eco de un asunto que dejaría en nimiedad el reciente despido de Julen Lopetegui.

En 1970 Brasil estaba regido por una dictadura militar conservadora. El máximo dirigente era el general Médici, que como la gran mayoría de los brasileños era un fanático del fútbol. La Federación, tras su fracaso de cuatro años antes en Inglaterra, había designado seleccionador a Joao Saldanha, simpatizante comunista, aunque, cabalmente, prefería no manifestar sus ideas públicamente. Contaba Saldanha además con el apoyo de la afición, porque fue él el artífice de juntar en el mismo equipo y hacerlos funcionar cual reloj suizo a Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho, todos ellos números ‘10’ en sus equipos (mediapuntas) y que demostraron una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias. Esa disposición táctica hizo que Brasil prescindiera de un delantero centro puro. A pesar de los éxitos, Médici quería echar a Saldanha. Necesitaba un buen motivo y pronto iba a conseguirlo.

En la temporada del Mundial el máximo goleador brasileño fue Darío, fenomenal delantero centro del Atlético Mineiro que superó en goles al mismísimo Pelé. Era el jugador favorito del general Médici pero Saldanha prescindió de él al no necesitar un delantero centro en su esquema de juego. Esa era la excusa que el general necesitaba para despedir a Saldanha antes de que diera la convocatoria para el Mundial. Fue sustituido por Mario Zagallo, técnico simpatizante de la dictadura y que, obviamente, convocó a Darío a pesar de que no llegaría a disputar ni un mísero minuto en la Copa del Mundo.

El otro gran favorito era Inglaterra, vigente campeona mundial. Y también tuvo su ‘caso Lopetegui’ particular. Una semana antes del inicio del torneo, Inglaterra jugó un encuentro preparatorio ante Colombia. Al término del mismo, Bobby Moore, capitán anglosajón, fue esposado y llevado a comisaría acusado de robar un brazalete de oro en una joyería. El equipo viajó a México, mientras que a su capitán se le impedía salir de Colombia a la espera de juicio. Estuvo a punto de estallar un conflicto internacional, y la diplomacia, e incluso se dice que la realeza inglesa, tuvo que intervenir para sacar a Moore de Colombia y así poder llegar al partido inaugural, aunque con unos cuantos kilos de menos. Finalmente se descubrió que todo había sido un montaje del joyero que había simulado el robo para su propio beneficio.

El sorteo deparó que en la primera fase se enfrentaran los dos favoritos. Saldría vencedor Brasil (1-0), gracias a un extraordinario Pelé. Fue un Mundial bellísimo que dejó algunas jugadas para la posteridad, y en todas ellas intervino ‘O Rei’, que con su actuación en México se ganó el título para la posteridad de rey de reyes. En ese partido, su perfecto remate picado de cabeza elevándose desde los cielos fue despejado por el guardameta inglés Gordon Banks en la que para muchos es la mejor parada de la historia. Es curioso, porque hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad y ninguno fue gol. Antes, en el encuentro inaugural, había lanzado un tiro desde el centro del campo frente a Checoslovaquia (4-1) aprovechando que Viktor no se encontraba bajo palos: “Desgraciadamente el balón no rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, diría ‘O Rei’. En semifinales, ante Uruguay (3-1), amagó delante del portero dejando pasar el balón ante sus narices y volviendo tras sus pasos, pero tampoco consiguió marcar. Pelé hacia genialidades nunca vistas. Es probable que ya se hubiesen intentado antes, pero nunca en un escenario de tal magnitud.

Decía que en semifinales se enfrentaron Brasil contra Uruguay, dando la canarinha buena cuenta de los siempre defensivos y competitivos charrúas. Los primeros habían eliminado a Perú (4-2) en cuartos en un espectacular mano a mano entre Pelé y Teófilo Cubillas y los segundos habían derrotado a la URSS (1-0) con un gol agónico de Víctor Espárrago a pocos minutos del final de la prórroga.

Después de ganar a Inglaterra, Perú y Uruguay, Brasil esperaba rival para la final. El vencedor saldría del encuentro entre Alemania e Italia. Los dos equipos más laureados del Viejo Continente. El vigente subcampeón mundial contra el vigente campeón europeo.

Será el partido del siglo. Pero eso quedará para el siguiente capítulo.

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Jutta Kleinschmidt. Mujeres y deportes de motor

Si hay alguien que se toma la molestia semana tras semana en seguir este blog, o simplemente se detiene por interés a leer alguno de los artículos, comprobará que en las 67 reflexiones publicadas hasta el momento nunca he hablado acerca de deportes de motor. No hay sitio para la velocidad ni para la resistencia. Ni para coches ni para motocicletas. Ni para Senna ni para Rossi.

¡Y anda que no hay historias sobre ruedas dignas de ser contadas! Y muchas. Adelantamientos increíbles. Carreras ganadas por centésimas. Campeonatos conquistados en la última curva. Y muertes. Cuantiosas muertes. Pero es que considero que los deportes de motor no son deportes en un término estricto de la acepción. Deporte es toda aquella competición reglada en la que compiten al menos dos personas o equipos y en la que en igualdad de condiciones se realiza un esfuerzo físico y/o mental para lograr un resultado ante el rival o ante el cronómetro.

En los deportes de motor, la pieza clave es el vehículo. Es cierto que sólo un buen piloto es capaz de lograr una victoria, pero más cierto aún es que ningún piloto, por bueno que sea, es capaz de ganar si no tiene un vehículo adecuado. No existe igualdad y no es el deportista, sino los ingenieros y los mecánicos, los que marcan la diferencia. Tampoco es deporte la caza o la pesca, pero por distintos motivos, porque es una lucha entre un ser humano y un animal. Pero sí que es deporte el ajedrez, porque es una competición reglada entre iguales con un gran desgaste mental. De hecho, en el caso de los e-sports, que ni sigo, ni entiendo, ni me gustan (y hasta podría decir que me parecen odiosos) no me queda más remedio que admitir que son un deporte, porque el desgaste psicológico, y en algún caso físico, es evidente. En los deportes de motor también hay ese desgaste, obviamente, pero a diferencia de los e-sports, donde la máquina es la misma para los contendientes, en la F-1 o en Moto GP no se puede decir lo mismo.

El argumento que suelen utilizar los defensores de los deportes de motor es que los condicionantes externos existen en todos los deportes. Es cierto. Un futbolista de primer nivel tiene acceso a servicios médicos, materiales o métodos de entrenamiento superiores a los de un futbolista de categoría inferior. Es más, en los deportes de equipo la desigualdad es evidente porque a golpe de talonario se reúnen juntos los mejores jugadores imposibilitando la victoria de los equipos modestos. No obstante, sigue siendo una lucha entre iguales y con las mismas reglas. Utilizando como ejemplo del fútbol, se trata de 11 hombres contra 11 hombres vestidos con botas de fútbol y jugando dentro de un terreno de juego con medidas estándares. En la F-1 los pilotos pueden tener la misma preparación, el circuito y las reglas son las mismas para todos, pero los monoplazas son totalmente distintos. Y es el monoplaza el que determina las opciones de victoria. Un balón, una piragua o unas botas no son determinantes. Un vehículo sí que lo es.

He aquí mis razones, las cuales pueden o no pueden ser compartidas. Para gustos colores, que dice el refrán. Intentaré rizar más el rizo, aun sabiendo que me dispongo a entrar en arenas movedizas. Sólo hay un deporte en el que las mujeres pueden y deben competir de tú a tú con los hombres; los deportes de motor.

Las mujeres están en clara desventaja respecto a los hombres. De hecho, en pleno auge del movimiento feminista, pocos campos hay tan machistas como el del mundo deportivo. Las comparaciones sexistas, miradas lascivas o comentarios impropios en medios de comunicación están presentes en el día a día. Y no es justo. La mujer tiene, o debería tener, los mismos derechos que el hombre. Pero que deba existir igualdad de derechos no quiere decir que seamos biológicamente iguales. Eso es irrefutable.

Un mantra habitual es que los hombres y las mujeres deberían cobrar lo mismo. Y así debería ser en el ámbito público, en el deporte de base y en el deporte subvencionado. Otra cosa es en el deporte profesional, donde opera la ley de la oferta y la demanda (guste o no guste). A menudo se cita que en países como Noruega o Dinamarca los chicos de la selección de balonmano renunciaron a parte de su prima para aumentar la recibida por las chicas y equiparar así el sueldo entre la selección masculina y la femenina. Hecho más que loable. Lo que se suele omitir, es que las chicas deberían cobrar más, no lo mismo. Y es que en Noruega la audiencia televisiva y el aforo de los pabellones en los partidos femeninos son superiores a los masculinos.

Por lo tanto, es una falsa igualdad.

Biológicamente los hombres son más fuertes, altos o rápidos que las mujeres. Eso implica que un tenista golpeará la bola más lejos, un ciclista correrá más kilómetros y un atleta será más rápido. Y cuando un ser humano compra una entrada o paga un abono televisivo quiere ver a los mejores. Quiere ver a los que hacen lo extraordinario. Y por eso unos generan más dinero. Y si la tarta es más grande, el trozo que te llevas a casa también. ¡Pero lo mismo pasa al revés! Las gimnastas tienen contratos más elevados que los gimnastas. ¿Por qué? Porque ningún hombre por mucho entrenamiento que realice puede llegar al nivel de contorsión al que llega una mujer. Nunca será tan extraordinario.

Nunca nos referimos a técnica. La técnica es independiente a las condiciones físicas. La capacidad de anotar triples, de lanzar una bola curva de beisbol o de realizar un regate es unisex. En ese caso no existe diferenciación ninguna. La habilidad es de todos.

¿Por qué hay árbitros que son mujeres en competiciones masculinas y sin embargo hay ligas masculinas y femeninas de forma distinta? ¿Machismo? Existe, y mucho. Pero no es eso. Ese concepto es erróneo. No se puede hacer una liga unisex porque físicamente las diferencias son abismales. Existen los 100 metros lisos masculinos y los 100 metros lisos femeninos. Y también los 100 masculinos para discapacitados y los 100 femeninos para discapacitados. ¿Es machismo? ¿Es discriminación? ¿Es racismo? No. Es la naturaleza. Existen esas 4 competiciones distintas, porque existe la igualdad de derechos. Pero existen 4 competiciones distintas porque existe la desigualdad biológica.

—JUTTA KLEINSCHMIDT—

¿Dónde pueden competir en igualdad hombres y mujeres? En los deportes de motor. Dada la preeminencia de la máquina en estas disciplinas, las diferencias biológicas son inapreciables. Y es aquí donde debería estar la verdadera lucha del movimiento feminista y donde se debería permitir la coexistencia entre hombres y mujeres y desterrar un machismo recalcitrante con olor a gasolina.

Quizás, la pionera, fue la alemana Jutta Kleinschmidt. Física e ingeniera, fue la primera mujer que consiguió la victoria en el Rally Dakar en la categoría de coches.

Kleinschmidt trabajaba en el departamento técnico de BMW a finales de los años 80 y competía en alguna prueba de motos en su tiempo libre. Consiguió convencer a su empresa de que le pagase una moto de competición para competir en el rally Dakar, y así hizo. En 1993 recibió la oferta de Jean Louis Schlesser, uno de los grandes del Dakar de todos los tiempos, para ser su copiloto en la categoría de coches. Como el mundo es machista se hablaba más de la relación sentimental entre ambos que de las dotes de conducción de la alemana. Cuatro años después conseguiría ya con su propio coche su primera victoria parcial dejando atrás todas esas tonterías. Y para 2001, bajo los mandos de un Mitsubishi, Kleinschmidt lograría la victoria global en el París-Dakar.

Fue una victoria muy polémica, ya que antes de la etapa decisiva los líderes eran el japonés Masuoka y el francés Schlesser, pero un par de accidentes y unas sanciones por conducta antideportiva, otorgaron de rebote la victoria a Kleinschmidt. Daba igual. Había sido segunda y tercera en varias ocasiones. Su valía estaba demostrada. Era una victoria de pleno derecho.

En el periódico ´El Mundo´ se leía lo siguiente´. “Siempre se dijo que el Dakar era para hombres duros. Hasta que hoy Jutta Kleinschmidt ha sido la más dura. Más dura y más rápida que todos. Se acabaron los chistes machistas (…) ¿Dónde mejor que aquí, que somos hombres, hombres duros sin lavar ni afeitar, obligados a usar el suelo por servicio y a comer con las manos llenas de grasa? Pues se acabó. ¡Cualquiera se levanta ahora a hacer una broma sobre una mujer! Jutta nos ha ganado a todos (…) Tiene un coche muy rápido y unas manos portentosas para conducir. Es tan fría y agresiva dentro del coche como amable cuando se baja (…) se cuentan maravillas de ella como conductora y como persona (…) No sólo lo hace bien, sino que se emplea con una fuerza y una fiereza que ya hubiesen querido muchos. Le sobran energías para conducir (…) ¿sexo débil? ¿Débil Jutta? ¿En qué?”.

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La quinta Copa de Europa del Real Madrid

Cuando Santiago Bernabéu agonizaba en su casa de la calle Jericó de Madrid en la primavera de 1978, cuentan que mandó llamar a su esposa. En un momento de lucidez le comentó que dejaba esta vida con una única pena, no ver ganar a su Real Madrid la séptima Copa de Europa. Y es que el conjunto merengue había ganado 6 trofeos europeos en las 11 primeras ediciones (los 5 primeros de forma consecutiva), pero ya acumulaba 12 años fracasando en la gran competición continental.

Bernabéu siempre fue un hombre de principios. Visionario para algunas cosas, pero en el fondo un gentleman con valores del siglo XIX. Consideraba que ganar era una obligación y que los futbolistas no deberían tener sueldo. Para él, el Real Madrid como institución era sagrado. No permitía que sus pupilos gastasen ostensiblemente su dinero ni que obtuviesen beneficios publicitarios. En las comidas, sólo permitía una botella de vino a compartir entre 4 jugadores.

Parece ser que tan sólo en una vez consintió dar una prima a sus futbolistas. Fue en 1960. En la final de la quinta Copa de Europa que enfrentó el Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. Pero incluso en esa ocasión, Bernabéu se salió de la norma. Ofreció 25.000 pesetas de prima a aquellos jugadores que habían sido campeones de Europa con el Real Madrid en alguna de las cuatro anteriores ediciones, formasen parte o no del club. Pretendía que los veteranos (¡jugadores de otros equipos o ya retirados incluidos!) motivaran a la plantilla y les obligaran a ganar. Se dio la paradoja de que Miguel Muñoz recibiese 75.000 pesetas de prima como campeón en 1956,1957 y 1958, cuando en 1960 era el entrenador del club. No le quedó más remedio que repartirla con la plantilla, al igual que tuvieron que hacer los veteranos para no enemistarse con el resto.

Y es que la quinta Copa de Europa era el summun para el Real Madrid. Ya se sabe la predilección que tenemos los humanos para los números redondos. Como ante la volatilidad de la vida nos aferramos a cifras mágicas. 5 es un número mágico y 1960 es un número redondo. Excepto Paco Gento, todos los puntales del equipo sobrepasaban los 30 años y sabían que el final estaba cerca. Era el momento.

El Real Madrid había ganado las cuatro primeras ediciones de la Copa de Europa y, se podría decir, con cierta suficiencia. Durante esas cuatro temporadas y a pesar de disputar trepidantes e igualados encuentros contra el Stade de Reims, Partizan, Fiorentina, Rapid de Viena o Manchester United, quizás sólo el Atlético de Madrid en las semifinales de 1959 y el AC Milan en la final de 1958, estuvieron a punto de destronar a los merengues.

Pero para la temporada 1959/60 parecía que la hegemonía del Real Madrid tocaba a su fin.

El gran favorito era el FC Barcelona de Helenio Herrera, vigente campeón de Liga, Copa y Copa de Ferias (lo que hoy es la Europa League). El Real Madrid partía en un escalón inferior junto a AC Milan, Wolverhampton y Glasgow Rangers.

Ante la veteranía de Di Stéfano (33 años), Bernabéu fichó a Didí, estrella de la selección brasileña, pero éste ni siquiera llegó a debutar en Europa incapaz de aclimatarse al invierno madrileño y enfrentado a los pesos pesados del vestuario. A mitad de temporada hubo cambio de entrenador y Miguel Muñoz pasó a hacerse cargo del equipo devolviendo los galones a Di Stéfano, despidiendo a Didí y contratando a Luis del Sol, un talentoso interior del Betis.

Todo eso ocurrió en marzo, cuando empiezan a decidirse los campeonatos, pero antes de todo eso, el Madrid tuvo suerte, mucha suerte. Los favoritos se fueron enfrentando entre sí. El FC Barcelona se deshizo del AC Milan y del Wolverhampton inglés para plantarse en semifinales, mientras que el Real Madrid tuvo una plácida eliminatoria ante un desconocido equipo luxemburgués y otra ante el Niza francés. Se dice que los grandes necesitan de la suerte para triunfar. Y el Real Madrid la tenía.

El 13 de abril de 1960 tuvo lugar en el Santiago Bernabéu el enfrentamiento de ida de las semifinales entre el Barça y el Madrid. Todos los pronósticos daban como favorito a los azulgranas liderados por Luis Suárez (Balón de Oro de aquella temporada). Pero los pronósticos se olvidaban del orgullo de los blancos.

Di Stéfano tiró del equipo y anotó dos goles que ayudaron a la victoria por 3-1. Para el partido de vuelta, Helenio Herrera, técnico azulgrana, calentó el choque con comentarios despectivos respecto al arbitraje. Un partidazo de Gento ayudó a que el Madrid ganase por 1-3 en el Camp Nou y provocase que Herrera fuese cesado al día siguiente como técnico del FC Barcelona.

La final, disputada el 18 de mayo de 1960, desafiaba al Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. En esta ocasión los blancos eran los indiscutibles favoritos. El conjunto alemán había ganado su liga de forma sorpresiva y no contaba con estrellas de renombre.

130.000 espectadores según datos oficiales y cerca de 200.000 según datos oficiosos se reunieron en el estadio de Hampden Park de Glasgow para presenciar un partido que aún para muchos analistas está considerado como el mejor de todos los tiempos. Sentencia muy arriesgada, pero que no es más que una muestra de admiración a unos jugadores que practicaban un fútbol técnicamente avanzado y engrasado por una maquinaria de fraternidad y compañerismo tras años jugando juntos.

El Madrid comenzó perdiendo, pero acabó ganando por 7-3, con 4 goles de Puskas y 3 de Di Stéfano en una sana lucha para ver quien marcaba un tanto más que el compañero. Pero no fue el resultado, sino el juego lo que dio esplendor a aquel encuentro. Espuelas, rabonas, sombreros, pases de 40 metros, cambios de ritmo….acciones comunes en la actualidad pero vanguardistas hace 60 años.

Y todo en una incipiente televisión. Para muchos fue el primer partido de fútbol que presenciaron en sus vidas. Di Stéfano y compañía como primera vez. No está nada mal.

En las Islas Británicas, donde aún consideraban que podían dar lecciones de fútbol al resto del mundo, el partido fue retransmitido en directo por la BBC. No tuvieron más remedio que admitir que el nivel de aquel equipo era supremo y superior a lo que se veía de domingo a domingo en las Islas Británicas. El impacto fue de tal envergadura que durante muchos años, aquella final de Copa de Europa fue repetida por la BBC durante la programación especial de Navidad.

La prensa tampoco escatimó en adjetivos. “Cada futbolista del conjunto español fue un maestro en su demarcación y tarea a desempeñar, y el balón, su obediente esclavo. Este fútbol es a lo que estamos acostumbrados, lo que el caviar al pescado”, se escribió en el ´Daily Record´. Mientras, el ‘Daily Herald’ apuntaba que “fue un fútbol que en los pies de esos grandes jugadores era fácil, tan fácil que parecía un sueño. Fútbol que hace que el nuestro, el que se disputa en los campos de Gran Bretaña, parezca como de segunda categoría”. La crónica del francés ‘L’Equipe’, que es para el periodismo deportivo como la Biblia para los católicos, sentenciaba: “Alfredo di Stéfano, Puskas, Gento y la superclase del resto de jugadores del Real Madrid han barrido al Eintracht. Ha sido, sin duda alguna, el mejor y el más rico de los partidos disputados en la Copa de Europa”. Por último siempre es interesante rememorar las palabras de ´The Times´ que sirvieron para dar un nuevo apodo al equipo madrileño: “El Real Madrid se pasea por Europa como antaño se paseaban los vikingos, arrasándolo todo a su paso”.

En España, por supuesto, también se desató un clima de excitación sin precedentes. Por vez primera un equipo recorrió en coches descapotables las calles de su ciudad ofreciendo el trofeo a los aficionados en el centro de la misma. Dicen que la multitud igualó en número al del desfile de la victoria del General Franco, con la diferencia que ésta última era de parada obligatoria y la del Real Madrid era de carácter opcional.

Al año siguiente, el FC Barcelona se tomaría cumplida revancha ante el Real Madrid y eliminaría a los blancos con claridad en los octavos de final dando por finalizada su imbatibilidad en Europa. Pero con aquellas cinco Copas de Europa, y especialmente con el partido ante el Eintracht, quedó registrado para la posteridad el legado de grandeza del Real Madrid, lo que le ha valido ser el equipo más admirado y venerado en el mundo del fútbol.

“Conviene recordar, porque la victoria trastorna. Lo que se está haciendo en estos últimos cuatro años es normal porque lo hace el Madrid, y se volverá extraordinario después, cuando nadie lo haga y se recuerde, como hace sesenta años, quién fue el que pisó la hierba que no volvió a crecer”. Manuel Jabois

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Lou Gherig, el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra

El 4 de julio de 1939, el día de la Independencia en Estados Unidos, y una vez confirmada su mortal enfermedad, Lou Gherig tuvo el honor de ser el primer deportista al que le retiraban su camiseta. Su zamarra con el número 4 jamás volvió a manchar una camiseta de los Yankees. Estuvieron presentes todos sus compañeros de equipo, tanto los recientes como los del pasado, y más de 70.000 espectadores. El alcalde de Nueva York y el presidente del club le entregaron sendas placas conmemorativas y, cuando el acto ya acababa, el siempre discreto Gherig cogió por sorpresa el micrófono ante los vítores del público y se dirigió a todos los presentes: “Amigos, las dos últimas semanas han estado leyendo sobre la mala suerte que tengo. Sin embargo, hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. He jugado en estadios de béisbol durante 17 años y nunca he recibido más que bondad y ánimo (…) ¿Quién no consideraría un brillo de resplandor en su vida haberse puesto por un sólo día esta camiseta? Estoy seguro, soy un afortunado (…) Cuando los Yankees te quieren, eso es ser afortunado. Cuando los niños te recuerdan, eso es ser afortunado. Cuando tienes una suegra maravillosa, eso es ser afortunado. Cuando tienes un padre y una madre que trabajan toda tu vida para que puedas tener una educación, eso es ser afortunado. Cuando tienes una esposa que ha sido una torre de fuerza y ha demostrado más valor del que soñaba que existía, eso es ser afortunado (…) Así que termino diciendo que pude haber dado un mal paso, pero tengo un montón de cosas por las que vivir”.

El beisbol no es un deporte del que pueda presumir al hablar. De hecho, como la mayoría de los europeos, nunca he visto un partido de béisbol. Alguna jugada destacada en un resumen televisivo y fundamentalmente imágenes inconexas sacadas de películas y series de televisión norteamericanas. A pesar de todo, cualquiera que tenga unas nociones básicas sobre deporte o sobre la cultura del ocio contemporánea conocerá el logo o la camiseta a rayas de los New York Yankees y le sonará el nombre de Babe Ruth o de Joe DiMaggio.

Los Yankees adquirieron fama mundial en un mundo de alcohol, mafia y mujeres a caballo entre la I y la II Guerra Mundial y luego cimentaron su mito en los años 50. Son el equipo del Bronx, uno de los barrios duros de Nueva York, hogar de alemanes o italianos en aquel entonces y de latinos y negros en la actualidad. Entre 1923 y 1963 consiguieron 20 títulos de 40 disputados. Desde entonces, y hasta la actualidad, tan sólo han celebrado 7 campeonatos más. En los 8 primeros títulos (1923-1939) la gran figura del equipo fue Lou Gherig, un desconocido para el gran público europeo. En Estados Unidos es una leyenda. Fue elegido uno de los 10 mejores jugadores de beisbol de todos los tiempos y es, sobre todo, el hombre que hizo conocida una de las enfermedades más terroríficas de nuestra era. El hombre del discurso antes citado. El hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.

Hijo de emigrantes alemanes, Gherig se integró en los Yankees en 1923. Era un chico de familia humilde que pronto cautivo a la afición neoyorkina gracias a su fama de incansable y a su intensidad sobre el campo. Jugaba como primera base, uno de los puestos de mayor trascendencia en el beisbol, consiguiendo altos porcentajes de bateo. Pero lo más extraordinario en él era su dureza, su arrojo y su voluntad. Estableció una marca de 2130 partidos seguidos jugados que no fue superada hasta más de medio siglo más tarde. Se ganó el apodo de ‘The iron horse’ (el caballo de hierro).

Durante su carrera compartió vestuario con Babe Ruth, un hombre totalmente opuesto a Gherig. Ambos se complementaban como bateadores, pero fuera del terreno de juego no tenían nada en común. De hecho, no se hablaban. Ruth era un hombre espectáculo y sus escarceos amorosos, sus devaneos con la política y su aparición como invitado en actos, congresos y medios de comunicación lo convirtieron en un personaje admirado y odiado a partes iguales. Gherig era el yerno perfecto. Educado, reservado y tremendamente enamorado de su esposa, lo daba todo con el bate en las manos, siempre tenía una sonrisa para los fans y era el jugador predilecto para los más entendidos.

Gherig fue el capitán silencioso y el sostén de una época gloriosa para los Yankees y sirvió de puente entre Ruth (8 años mayor que él) y DiMaggio (9 años más joven). DiMaggio poseía una personalidad tan arrolladora como la de Babe Ruth y amaba los focos tanto como él, pero quien siempre sostuvo al equipo con su juego y con su firmeza era el bueno de Gherig.

Tras ganar su segundo MVP como mejor jugador de la Liga en 1936, tan sólo 2 años después, y ya con 35 años a sus espaldas, Gherig empezó a bajar notablemente su rendimiento. Con esa edad, era una opción que entraba dentro de las posibilidades de esfuerzo y dedicación del deporte profesional. Sin embargo, Gherig se mostraba preocupado porque notaba que las piernas le fallaban incluso aunque no realizase un gran esfuerzo. Le fue diagnosticado un problema de vesícula y se pensaba que estaría en plena forma para la temporada de 1939.

No fue así.

Pronto, con tan sólo 8 encuentros jugados, los aficionados observaron como Gherig no estaba recuperado y jadeaba constantemente sobre la pista. Se sentía inseguro y despistado y su juego era a la vez lento y fallón. Su porcentaje de acierto en el bateo se redujo considerablemente. Se dice que el punto de inflexión llegó en una jugada sin relativa dificultad en la que sus compañeros corrieron a felicitarle efusivamente como si hubiese hecho un `home-run`. Fue demasiado humillante para él. Decidió parar y realizar un exhaustivo chequeo médico.

De este modo, el 2 de mayo de 1939, en un partido ante los Detroit Tigers, el locutor de los Yankees pronunció unas palabras que quedaron grabadas en la historia del deporte norteamericano: “Damas y caballeros, ésta es la primera vez en 2130 partidos consecutivos que el nombre de Lou Gehrig no aparecerá en la alineación”. La ovación del respetable duró un buen puñado de segundos.

Lo que nadie imaginaba es que esas palabras también pasarían a formar parte de la historia de la medicina.

Tras varias pruebas en la prestigiosa Clínica Mayo, el 19 de junio de 1939 se le diagnosticó una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular, que progresivamente disminuiría sus capacidades físicas y que en procesos más avanzados provocaba la muerte. Se tenía constancia de la existencia de algún caso, pero era la primera vez que se diagnosticaba a un personaje público. Hoy dicha enfermedad es conocida como ELA (esclerosis lateral amiotrófica). En Estados Unidos no. En Estados Unidos se le conoce como ‘síndrome Lou Gehrig’.

Falleció 2 años más tarde, no llegando siquiera a los 3 años de esperanza de vida que le habían otorgado en la clínica. Eleanor, su esposa, no volvió a casarse. No tuvieron hijos. Hasta su fallecimiento en 1984, Eleanor siguió yendo periódicamente al Yankee Stadium y luchó incasablemente por obtener fondos para la investigación del ELA. La historia de este precioso matrimonio ha sido objeto de varios libros y de alguna que otra película.

El día del famoso discurso. Aquel 4 de julio, tan sólo habían pasado 15 días desde que fuera confirmado el fatal diagnóstico. Era un homenaje, pero todo el mundo esperaba ver a un hombre alicaído, derrotado y hundido. La gente se había reunido no para dar su apoyo, sino para dar su compasión a un moribundo. Lo que hizo Gherig fue extraordinario. Aquella arenga, improvisada y llena de firmeza y ternura a partes iguales, desmanteló a todos los presentes. Fue él, el moribundo, el que acabó animando a todos y dándoles esperanzas donde no las había. Aquel discurso, conocido en Estados Unidos como el discurso del ‘lucky man’ (hombre afortunado) está considerado como uno de los hitos deportivos del país y ha servido y servirá como elemento motivacional en clases de ‘coaching’ y de liderazgo. La ovación, la tremenda ovación del respetable, hizo llorar a Babe Ruth que se acercó a Gherig y le dio un abrazo sincero poniendo fin a años de rencor entre ambos.

“No cambiaría 2 minutos de mi vida con Lou por 40 años con otro hombre”. Eleanor Twitchell Gehrig.

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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