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FC Barcelona; un compromiso con el catalanismo

En cierta ocasión dicen que Aristóteles preguntó a su maestro como escribir un diálogo. Platón le contestó diciéndole que el comienzo es la parte más importante de la obra. Y es que todo tiene un inicio. Un alfa. Un arranque. Un principio. Una apertura. Para el FC Barcelona, el ejército desarmado de Cataluña, ese comienzo tuvo lugar el 14 de junio de 1925. En el estadio de Les Corts. Durante un partido amistoso para beneficio del Orfeó Catalá. Pero antes del comienzo, hay que ir al porqué de ese comienzo.

Un grupo de jóvenes liderados por el suizo Hans Gamper fundó el FC Barcelona en 1899. Como otros clubes de la época, tenía vetada la presencia de jugadores autóctonos y estaba integrado por extranjeros arraigados en la oligarquía de la ciudad. Es por ello que un año después se constituyó el RCD Español, entre otras razones para poder acoger en sus filas a cualquier futbolista barcelonés o catalán. De ahí su nombre, para expresar su diferenciación sobre los discriminatorios azulgranas. El proceso, por chocante que parezca, se dio en cuantiosas ciudades, siendo tal vez el caso más significativo el de la italiana Milán, donde el Internazionale hacía la función del RCD Español, mientras que el AC Milan vetaba la presencia de muchachos autóctonos del mismo modo que hacía el FC Barcelona en la Ciudad Condal.

Para 1910, el club decidió buscar un escudo. Hasta entonces competían bajo la insignia de la ciudad de Barcelona. Es entonces cuando se adopta el emblema actual con la Senyera y la Cruz de Sant Jordi. Es un compromiso claro por la catalanidad como lo es también la renuncia a solicitar el título de real, adoptado por numerosos conjuntos pero rechazado por el FC Barcelona como modelo de responsabilidad a la catalanidad y también para mantener un espíritu amateur ajeno a debates políticos. El club crecía a pasos agigantados y en tan temprana fecha como 1922 se erigió un nuevo estadio en el barrio de Les Corts con capacidad para 25.000 espectadores.

Existía una idea de catalanidad, pero no había nada que hiciese que el FC Barcelona fuese una institución deportiva significada políticamente. Lo de “més que un club” aún era ficción. No obstante el cambio de paradigma era inminente. Ante una España atrapada en una guerra en Marruecos y frente a una galopante crisis económica, el general Miguel Primo de Rivera proclamó en Barcelona el estado de guerra el 13 de septiembre de 1923 y ocupó con militares los edificios claves de la ciudad con el apoyo de buena parte de los industriales y de la burguesía catalana. A las pocas horas todas las ciudades aragonesas y catalanas secundaron el golpe de Estado. La indecisión y el beneplácito de Alfonso XIII y de buena parte del Gobierno en Madrid, hizo que el 17 de septiembre se depusiera la Constitución (todavía pseudodemocrática) de 1876 tras un golpe militar, en estas fechas es conveniente recordar, iniciado en Barcelona.

Primo de Rivera prometió acabar con la guerra y nacionalizó los servicios básicos. Se consideraba como una solución digna y transitoria su dictadura, forma de gobierno ampliamente aceptada en la época. Sin embargo, al año siguiente se eliminaron las diputaciones provinciales (lo más parecido a autonomías que había por aquel entonces) y poco después se persiguió y restringió el uso del catalán (también del vasco y el gallego) lo que unido a otras decisiones desafortunadas, incitó a que ese apoyo que tuviera en 1923 dejase de tener efecto menos de un año después.

Aquel 14 de junio de 1925 el ambiente estaba muy caldeado. El partido benéfico enfrentaba al FC Barcelona contra el CE Júpiter, un equipo del barrio industrial de Poble Nou y por aquel entonces el tercer equipo de la Ciudad Condal en enconada lucha con el CE Europa. Era un día caluroso en la antesala del verano en el que se superaban ampliamente los 30 grados. Cerca de 15.000 personas se congregaron en un partido reivindicativo a favor “de la lengua y de la cultura catalana”.

Entre los asistentes al encuentro estaba la tripulación de un buque de la Marina británica de maniobras por el Mediterráneo. La banda de música de la Royal Navy se ofreció a interpretar los himnos nacionales de Gran Bretaña y de España como agradecimiento por la invitación al partido. Primero sonó el God Save The King e inmediatamente después la Marcha Real. Con las notas del primero hubo silencio y respeto. Cuando sonaron los acordes del segundo, 15.000 personas hicieron sonido de viento. La pitada fue de órdago.

El partido se disputó sin mayores incidencias pero al acabar el mismo, Joaquín Milans del Bosch, gobernador civil de Barcelona y abuelo del Milans del Bosch que sacó los tanques en procesión el 23-F, convocó a los medios y expresó su malestar ante “la descortesía y desconsideración con la que se escuchó la Marcha Real, un acto de incalificable desafecto a la patria, con el agravante de producirse ante extranjeros”. La resolución fue fulminante. Se cerraba el campo de Les Corts y el FC Barcelona quedaba excluido de cualquier competición durante seis meses y se le imponía una fuerte multa económica.

Fue entonces cuando se le sugirió a Hans Gamper dejar la presidencia y abandonar España, invitándole a volver a su Suiza natal. En ese preciso momento Hans Gamper pasó a ser Joan Gamper. En ese instante el FC Barcelona pasó de ser un club de fútbol catalán a ser un club de fútbol con una marcada conciencia política catalana.

Finalmente la sanción se redujo a tres meses y el FC Barcelona recibió el apoyo económico de la Banca Jover y del Banco de Bilbao ante una situación de quiebra técnica. A Gamper le permitieron volver a Barcelona pero con la clara exclusión de ocupar cualquier puesto en el organigrama del club. Intentó salvar el veto argumentando que si la Marcha Real no se había escuchado correctamente se debía “a la mala sonorización del estadio”. Dio igual. Le resultó muy difícil vivir en el anonimato y alejado del fútbol y en julio de 1930 se disparó en la sien poniendo fin a sus días. Más de 20.000 personas acudieron a su entierro.

En 1955 el FC Barcelona quiso bautizar como Joan Gamper al Camp Nou cuya edificación estaba en marcha, pero la dictadura de Franco se opuso enérgicamente. Se trataba de un ciudadano extranjero, protestante, muerto bajo suicidio y catalanista. Esto último sorprendió a las nuevas generaciones, pero no a los viejos barcelonistas que en 1925 habían acudido a Les Corts a ver un encuentro amistoso en beneficio del Orfeó Catalá sin saber que daba comienzo la historia de un mito y del compromiso de un equipo de fútbol con el catalanismo.

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