Tour de Francia

Cuando Hinault ganó al sprint en los Campos Elíseos

Ambos con gorra calada en la cabeza. Ambos con visera en contra dirección. Uno con cuadro rosa y manillar en blanco, a juego con los colores del Ti-Raleigh. El otro con bicicleta azul, pantalón negro y ‘jaune’ resplandeciente, túnica sagrada al viento. Ambos, primero y segundo en la general, agotados por el esfuerzo, escudriñados por las miradas embobadas de cientos de conductores y motoristas, de miles de transeúntes y de algunos de los lugares más hermosos jamás concebidos por la mente y la capacidad técnica del ser humano.

Así rodaban, Campos Elíseos arriba y Campos Elíseos abajo, Bernard Hinault y Joop Zoetemelk, primero y segundo clasificado del Tour de Francia de 1979.

Tour de France : 5 arrivées de légende sur les Champs-Ely... - Télé Star
Zoetemelk e Hinault

Salvo que a los organizadores les dé por plantar una contrarreloj el último día (como en la memorable edición de 1989 en la que Lemond superó en ocho segundos a Fignon tras el famoso despiste de Perico en el prólogo) la etapa final del Tour consiste en un paseo turístico por el centro de París. La clasificación final ha quedado grabada en piedra la jornada anterior, por lo que ese día el Tour se convierte en una fiesta para cicloturistas. Una exhibición de héroes de las dos ruedas ante el caluroso publico galo.

En los primeros kilómetros de la etapa abundan las bromas. Hasta el champán corre entre los ciclistas mientras los unos y los otros posan para la posteridad. El más solicitado por los hacedores de retratos es el maillot amarillo, quien junto a sus compañeros de equipo lidera el pelotón en la primera de las muchas veces que el circuito pasa por la avenida más glamurosa sobre la faz de la Tierra. También hay sitio para los hombres del pódium, el maillot de topos rojos de la montaña o para el verde de la regularidad. Todos, en mayor o menor medida, reclaman su momento de gloria por ser alguno de los supervivientes que, tras tres semanas de agonía, son aclamados por la gente y sucumben ensimismados por la belleza de los Campos Elíseos.

No fue así en 1979. Lo de aquel 22 de julio de 1979 fue una locura. Una bendita locura.

El ganador de aquel Tour era Bernard Hinault. Por entonces era su segundo Tour. Con el tiempo vendrían tres más. A Hinault le apodaban ‘Le Blaireau’. En castellano, ‘El Tejón’. En nuestro mundo urbanita no somos capaces de apreciar el acento rural de tan acertado apodo antropomórfico. En los pueblos no se le tiene cariño alguno al tejón. Destroza los cultivos, entra en los gallineros y revienta los setos. Lo normal es juntarse con un grupo de lugareños y sus fieles perros y pasarse una mañana matando tejones.

Suceso inexplicable, sanguinario y horrendo para el ‘urban style’.

Pero el tejón, aún a regañadientes, es un animal respetado en el campo por su inmensa fuerza y tenacidad. Cuando le atacan vuelve a su madriguera, se recompone y vuelve a la carga. Y así era como competía Bernard Hinault, como un animal orgulloso e insoportable. A diferencia de Eddy Merckx (‘El Caníbal’) a Hinault (‘El Tejón’) había que azuzarlo para que fuese a por la victoria. Quizás Merckx sea el más grande, pero, en cuanto a fuerza bruta, en cuanto a competir por el simple hecho de competir para demostrar su valía, no ha habido nadie como Bernard Hinault.

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El Tejón

El Tejón’ llegó a los Campos Elíseos tras tres semanas de dominio absoluto y siete victorias de etapa. El segundo, a más de diez minutos, era el holandés Gerardus ‘Joop’ Zoetemelk, un hombre que iba a sumar por quinta vez un segundo puesto en el Tour. Tras haber soportado la tiranía de Merckx durante un lustro ahora le tocaba aguantar el absolutismo del irreductible Hinault. El tercero y el cuarto, el portugués Joaquim Agostinho y el neerlandés Hennie Kuiper respectivamente, acabaron a unos 27 minutos del francés. Las distancias que marcaba Hinault con los demás eran siderales.

No obstante, la diferencia entre Agostinho y Kuiper por el tercer cajón del pódium era escasa. Aunque el guion establecía un ‘pax romana’ no era la primera vez que alguien intentaba lo imposible durante los primeros kilómetros de la etapa final. Así que Kuiper demarró en cuanto pudo y Agostinho se pegó a su rueda como gato siamés. La carrera discurría por el valle de Chevreuse, al sur de Versalles, a unos 100 kilómetros de los Campos Elíseos. Pronto Kuiper entendió que el intento era infructuoso y que había que enterrar el hacha de guerra.

No fue así para el patrón del Tour. Fuese por el simple hecho de competir o fuese porque el tejón se había visto atacado, Hinault decidió que aquel día no habría paseo por Paris. Arrancó la moto y se balanceó con la furia de una manada rumbo al infinito.

Solo Zoetemelk consiguió aguantar la embestida y pegarse a su rueda. Era algo inaudito. Eran dos aficionados, en el buen sentido de la palabra. Dos chicos que estaban pasándoselo bien.

Hinault nunca fue un hombre de mantener las formas. Y aquella era la prueba. Consiguió una ventaja de unos cientos de metros y luego de más de un minuto. Simplemente decidió no parar. Esperó deliberadamente a que llegara a su rueda Zoetemelk para que el paseo fuese más divertido. “Dos tipos diminutos paseando en bicicleta por una avenida vacía no es algo que se ve todos los días”, diría después.

Hinault y Zoetemelk se reían y se atacaban mutuamente mientras el pelotón se hacía trizas y marchaba con la lengua de fuera. Eran dos adolescentes que se ponían rueda con rueda y esprintaban retándose a ver quién aguantaba más. Cuando uno conseguía marcharse inmediatamente frenaba y esperaba por el otro. Cyrille Guimard, el espartano director de Hinault, se llevaba las manos a la cabeza con aquel espectáculo, mientras el tejón ignoraba sus consejos.

En la última vuelta por el circuito parisino, cuando tocaba la última entrada triunfal a los Campos Elíseos, Zoetemelk se dirigió a Hinault y le dijo algo así como déjame ganar la etapa que total tú vas a ganar el Tour. Los ojos ya de por sí pequeños de Hinault se empequeñecieron aún más. Esbozó su media sonrisa de Tejón y dio comienzo el sprint.

No hizo falta foto finish.

Bernard Hinault ganó con claridad la etapa. El pelotón llegó hecho trizas. Una treintena de corredores llegó a más de dos minutos. El siguiente grupo lo hizo en más de siete. Aquellos dos tarados habían convertido en migajas a más de una centena de ciclistas profesionales en una etapa completamente llana y relativamente cómoda.

Fue un espectáculo igual de precioso como de surrealista. Aquel era el primer Tour que fue retransmitido por una televisión estadounidense. Los comentaristas yankees iban de un lado a otro preguntando qué era lo que estaba sucediendo. No entendían nada. Les habían dicho que la última etapa era un paseo cuyo fin era mostrar Paris al mundo. Era normal su incredulidad. Aquello ni tenía precedente ni explicación.

Hinault hizo una exhibición de poderío gratuita. Simplemente porque podía y porque le dio la real gana. Nadie había visto nunca a un maillot amarillo hacer algo así y nadie volverá a vérselo hacer nunca jamás. Por eso lo hizo Hinault. Porque era un reto. Porque le apetecía. Porque le gustaba competir.

¿He dicho que la hazaña nunca volverá a repetirse?

Pues hubo una vez más.

Fue en 1982. Era el cuarto Tour del ‘Tejón’. Esta vez Hinault cumplió con la tradición. Se hizo las fotos de rigor, rodó con el resto de pelotón y se tomó las cosas con calma. Hasta que llegó la ‘flamme rouge’, el último kilómetro, cuando los velocistas mandan a sus pretorianos poner un ritmo infernal para luego llevar a su rueda a esos locos que se jugarán la victoria a 70 kilómetros por hora con no más protección que su piel y sus huesos.

A Hinault se le cruzó el cable y le dijo a Charly Berard, uno de sus gregarios, que lo llevara hasta los últimos 500 metros. Berard no entendía nada, pero por supuesto hizo lo que su amo y señor mandaba. Luego la fuerza bruta de Hinault hizo el resto. Se metió en medio de los sprinters, recibió un codazo de bienvenida en las costillas por obra y gracia de Sean Kelly y mantuvo la velocidad suficiente para volver a salir vencedor en los Campos Elíseos. Era su segunda victoria en las calles de Paris. Es, por supuesto, el último ganador del Tour en ganar en la etapa fin de fiesta. Y es, por supuesto, el único que lo ha hecho en dos ocasiones.

Ganadores de Tour de Francia ganando al sprint en la llegada del Tour a  París desde 1947 - Ciclismo sin filtros
Campos Elíseos 1982

“Si alguien golpea a un tejón con una pala en la cara el tejón comenzará a roer esa pala. Es el único animal capaz de hacer algo así. Me considero totalmente de acuerdo con esa visión de mí mismo”. Bernard Hinault.

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El show de Perico

El Tour de 1989 comenzaba con un gran favorito. No era otro que Pedro Delgado. El escalador segoviano era el vigente campeón del Tour y apenas un par de meses atrás había vitoreado en la Vuelta. Había progresado notablemente en las contrarrelojes y mantenía su mística relación con la alta montaña. De hecho, su triunfo en España se finiquitó en una clara victoria en la crono final de Medina del Campo. En la lista de notorios también estaban tres campeones del Tour; Laurent Fignon (1983 y 1984), Greg Lemond (1986) y Stephen Roche (1987), pero todos ellos parecían por detrás del español porque, ya fuese de una forma u otra, las lesiones habían cercenado sus carreras. Ya más lejos quedaban el francés Charly Mottet o el irregular escalador colombiano Lucho Herrera.

Aquel año el Tour realizaba un recorrido contrario a las agujas del reloj. Se salía de Luxemburgo para pasar las primeras etapas en tierras belgas. Luego traslado aéreo hasta Normandía para recorrer la costa atlántica dirección sur hasta tropezar con los Pirineos. Transición por la Provenza, los colosos de los Alpes y fin de fiesta en Paris. La salida tendría lugar el 1 de julio en Luxemburgo. Era la primera vez que la ‘Gran Depart’ se acometería en el Gran Ducado, un minúsculo país incrustado entre Alemania, Bélgica y Francia.

Se trataba de una etapa prólogo. Una contrarreloj de 7.800 metros de longitud con salida en una rampa con cabina acristalada colocada en la Plaza de Paris y meta en la amplía Avenida de la Libertad. El cielo es gris, pero es capaz de contener la lluvia. Como vigente ganador del Tour, Pedro Delgado saldrá el último. Lo hará con el número 1 a la espalda de su maillot. Su turno será a las 17.17 hora local.

Justo antes que Perico el corredor que tiene que salir es el irlandés Sean Kelly. Lo hace un minuto antes que Delgado. En ese momento lo normal es que el ciclista del Reynolds estuviese cercano a la rampa, en la escalerilla que da acceso al soporte desde donde dos jueces lo mantendrían en vertical antes de liberarlo.

Pero Pedro no está.

En la escena se ve a un hombre haciendo aspavientos. Se trata de Carlos Vidales, su mecánico de confianza, desesperado al no encontrar por ningún lado al vigente ganador del Tour. También exasperado, pero básicamente con un cabreo de tres pares de c… está José Miguel Echávarri, director del equipo, y que espera al volante del coche que va a seguir durante toda la etapa el recorrido del ciclista segoviano.

Los segundos pasan volando.

Y Perico sigue sin aparecer.

Son las 17.17 horas. Los jueces ponen el crono en marcha. Un señor de llamativa americana de color rojo encoge los hombros en señar de incredulidad. Detrás de él otro juez de corte marcial echa un vistazo a su reloj mientras dicta sentencia con su mirada. Echávarri sale del coche como pollo sin cabeza y pega gritos a los cuatro vientos. Vidales había desaparecido de la escena mientras proclamaba el nombre de ¡Perico! con la ayuda de las decenas de periodistas que salen tras él.

El caso es tremebundo. Aparece también en escena Arturo Romaní, vicepresidente del Banco Español de Crédito (Banesto), que estaba en el Tour para firmar el acuerdo por el que Reynolds, el equipo navarro del papel de aluminio, se iba a convertir en el gigante Banesto. Romaní no entiende nada. ¡Pero es que nadie entiende nada!

De pronto una estela amarilla ilumina el plomizo día luxemburgués. Con pelo ensortijado, cinta envolviendo la cabeza y bicicleta con rueda lenticular trasera, se abre paso Pedro Delgado. Atolondrado, se enfrenta a las cámaras de televisión y a los fotógrafos de la prensa. Hay codazos, insultos y kilos y kilos de tensión hasta que Perico aparece en la rampa.

Se baja de la bici y sube con ella a cuestas la escalerilla. Se sienta. Recibe el empujón del juez principal y comienza la etapa.

Lo hace a las 17.19 horas de la tarde y 26 segundos. O lo que es lo mismo. Con dos minutos y 26 segundos de retraso.

La bronca que le cayó a Vidales debió ser de aúpa. Lo cierto es que había sido Delgado el que le había dicho al mecánico que quería estar solo, por lo que Vidales se acercó a atender a William Palacio, colombiano del equipo Reynolds. Aunque peor debió de ser la diatriba que Romaní hubo de echarle a Echávarri preguntándose donde narices estaba invirtiendo su dinero.

El neerlandés Erik Breukink ganó el prólogo y se vistió con el maillot amarillo. Entre los favoritos los mejores situados fueron Greg Lemond y Laurent Fignon, ambos a seis segundos de Breukink. A la misma distancia también quedó Sean Kelly. Mottet llegó nueve segundos más tarde e Induráin lo hizo a 10 segundos del vencedor de la etapa. Con todo lo sucedido, los nervios, la rabia y la tensión, Pedro Delgado no hizo mala contrarreloj al acabar a 14 segundos de distancia del vencedor.

A 14 segundos si no se tiene en cuenta el retraso inicial.

Pedro Delgado, el vigente ganador del Tour, comenzaba el Tour de 1989 como farolillo rojo a 2’40’’ del maillot amarillo.

Una auténtica burrada tras menos de ocho kilómetros de Tour a sus espaldas.

Delgado cruza la línea de meta y una horda de periodistas acude a su encuentro. Se muestra sonriente, sereno. Podría ser una cara de póker, pero para aquellos que conocen a Perico no es más que su pose habitual. Simpático y cercano, su éxito lleva años fraguándose tanto dentro como fuera de las carreras. Lo que en otros podría parecer impostura, en Perico es naturalidad. Atiende a Televisión Española con una media sonrisa y explica que lo sucedido ha sido un despiste. Un estúpido despiste del que sólo él tiene culpa. Mas se muestra confiado y tranquilo a pesar del tiempo perdido y argumenta que por delante hay 21 etapas y más de 3.000 kilómetros de recorrido para darle la vuelta a la situación.

Pocos hubiesen tomado con tal naturalidad semejante error. Pero así era Delgado. Jocoso, simpático, despistado y alocado. ‘Le fou’. Ese fue el apodo que años atrás le pusieron en Francia tras un descenso a tumba abierta por los Pirineos a más de 90 km/h con la cabeza besando la rueda delantera. Perico era una celebridad por su forma de correr y por valorar con la misma naturalidad las victorias y las derrotas.

Pero tan sencilla explicación no era válida en un mundo racional. ¿Cómo narices va a llegar tarde a la salida el deportista principal del mayor espectáculo ciclista jamás realizado? Lo cierto es que entonces no existía una separación estricta entre deportistas, prensa y espectadores como ocurre en la actualidad. La delimitación con vallas era precaria. Además, el caos solía ser especial cuando las etapas salían o llegaban fuera de Francia, donde los países se veían superados por el volumen de gente y mercancías que mueve el Tour. Era la primera vez que el Tour salía de Luxemburgo y no existía ni el rigor ni la disciplina ni la meticulosidad necesaria para llevar todo a buen puerto.

No obstante, la culpa era de Perico. Tampoco había que darle más vueltas. En una contrarreloj en una Paris-Niza estuvo a punto de pasarle lo mismo. Entonces no existían los rodillos para hacer calentamiento, por lo que a Delgado le gustaba estirar las piernas y forzar el tiempo al máximo. Como había hecho su tocayo, estuvo jugando con el lobo hasta que acabó comiéndose a las ovejas.

Perdidos: cuando el ciclista no llega
Inexplicable

Durante esos primeros días la prensa se hizo eco de varias posibles causas del famoso despiste intentando dar explicación a lo inexplicable. Se dijo que Perico había llegado tarde porque estaba tomando un café. También se comentó que el retraso se debía a una amenaza de atentado por parte de ETA. Fuera de España se insinuó que la tardanza había sido pactada con la organización del Tour para compensar el cerrar de ojos por un positivo por dopaje en la edición del año anterior, donde Perico había salido victorioso. Otra parte de la prensa aceptó las explicaciones de Perico y sencillamente se dedicaron a llamar tonto al segoviano. Lo cual, por cierto, no era faltar a la verdad.

Con los años la versión oficial de que simple y llanamente había sido un despiste salió victoriosa. No obstante, hubo un ‘casus belli’ que permitió a Delgado salir del paso. El día anterior Romaní había traído un obsequio en nombre de Mario Conde, director de Banesto, para todos los componentes del equipo. Se trataba de un reloj con tres agujas en forma de B, una blanca, otra azul y la última roja, cumpliendo con los colores del nuevo patrocinador. Era original, pero no era demasiado práctico para conocer la hora. Ni a Delgado ni al resto del equipo les entusiasmaba el reloj, pero se vieron en la obligación de usarlo durante el prólogo como acto de buena fe. El caso es que Delgado intuyó en esas agujas que tenía diez minutos de margen…y el resultado es historia.

Sonriente y despreocupado Delgado dejó pasar la tarde esperando que el trascurrir del tiempo volviese poner todo a su sitio. Error. Llegó el ocaso y la tensión hizo estallar todo en mil pedazos. Jodido, no pegó ojo en toda la noche. Primero serio, después triste y finalmente lloroso, se dio cuenta de que la cagada había sido hercúlea. La culpa se hizo suya. Porque jamás culpó a nadie del estropicio. Siempre se culpó a sí mismo. Aquella larguísima noche de insomnio se vio entre la espada y la pared. Se le ofreció un somnífero, pero lo rechazó. Ya había probado la medicina de Morfeo cuando abandonó el Tour de 1986 tras el fallecimiento de su madre y tras la acusación de dopaje del Tour del año anterior, pero en este caso rechazó la pastilla. Tenía que mantener hacia el exterior la imagen de que estaba bien, de que no había ningún problema.

Sin pegar ojo, un Delgado con muy mala cara se presenta la mañana del 2 de julio para disputar la segunda etapa del Tour. Nadie cuenta con que vaya a ganar la carrera, pero sí en que se convierta en el agitador oficial, en el hombre que a base de espectáculo determine quién y cómo la ganará. La prensa acorrala al segoviano, pero esta vez sin éxito. No hay sonrisas ni contestaciones dicharacheras. Solo respuestas secas y rostro circunspecto.

La segunda etapa contaba con dos sectores. Práctica habitual en el Tour de hace décadas, consistía en una etapa en línea matutina y en una contrarreloj vespertina. En este caso era una vuelta por el Gran Ducado de unos 150 kilómetros y una crono por equipos por los alrededores de la ciudad de Luxemburgo de 46 kilómetros. Y será en la crono donde se le vean las costuras a Perico. La tensión y la falta de sueño harán que a diez kilómetros del final se quede. El Reynolds tiene que aflojar el ritmo e Induráin y Gorospe se ponen a su lado para protegerlo. La carretera tiende ligeramente a bajar y parece que el problema se soluciona, pero en el siguiente repecho Delgado vuelve a quedarse. Es el quinto ciclista el que marca el tiempo en la crono por equipos y existía la opción de abandonarlo a su suerte. Pero por entonces nadie se planteaba dar todos los galones a Induráin. A fin de cuentas, Delgado seguía siendo el vigente ganador del Tour.

Parlamento Ciclista - Pedro Delgado Robledo - El Baúl de los Recuerdos
Reynolds 1989

Total, que sus compañeros le esperan y traspasan la línea de meta con Delgado formando parte de los nueve ciclistas del Reynolds. El equipo navarro es el último en la contrarreloj. A 4’32’’ del Super-U de Laurent Fignon. El francés le sacaba ya a Perico 7’20’’ en la general. Era la segunda etapa y el Tour era una quimera.

Y aun hubo más. Antes de la jornada de descanso de tres días después, el Tour tenía que afrontar dos larguísimas etapas de 250 kilómetros por tierras belgas. Fignon se encargaría de colocarse en paralelo de Delgado para hacer ‘trash-talking’ y recordarle una y otra vez al español que había tirado el Tour por la borda. Todo aquello minaba la moral de un Delgado que malgastaba fuerzas en ataques sin sentido contra el pelotón buscando la heroica ante las risas del parisino.

Tras la jornada de descanso, Delgado realizó una descomunal contrarreloj en la que prácticamente igualó los tiempos de Lemond y Fignon, dos consumados especialistas. Después llegaron los Pirineos con exhibiciones día sí y día también de Delgado y con victoria de etapa de un Induráin que pedía paso. Luego Perico se consolida como el mejor en la subida al Alpe d’Huez, culminando una prodigiosa remontada desde el último puesto de la clasificación que lo lleva al tercer lugar de la clasificación general.

Greg Lemond gana el Tour de Francia de 1989 tras una emocionante contrarreloj final por tan solo ocho segundos de ventaja a Laurent Fignon. Pedro Delgado es tercero a 3’34’’ del estadounidense. Les ha quitado más de tres minutos a ambos si descontamos lo perdido en las dos primeras etapas.

Aquel Tour tenía que haber sido de Perico.

Perico más fuerte y Lemmond más listo. Fignon el pupas - La Grada Sports
Fignon, Lemond y Delgado

Cuando al año siguiente Pedro Delgado se presente en Poitiers, en el parque temático de Futuroscope, para acometer el prólogo del Tour de 1990 las preguntas son inevitables. Con esa actitud desenfadada, delgadiana, podríamos decir, ante la vida, comenta ante los medios que había pedido salir ese año a la organización del Tour con 2’40’’ de ventaja. Con el tiempo el propio Delgado fabricará sus propios memes en cada una de las entrevistas que le hagan. Una vez diría que le había detenido la policía por culpa de una infracción de tráfico. Otra vez que se había ido a calentar con una chica. En cierta ocasión dijo que había sido abducido por un OVNI. Daba igual si tenía gracia o no, pero Pedro Delgado siempre consiguió darle normalidad a un suceso del todo anormal.

“Nunca me sentí tan bien como aquel año, ni siquiera el año que gané el Tour. Fue mi ocasión perdida. Me encontraba tan bien físicamente que andaba con una pierna”. Pedro Delgado sobre el Tour de Francia de 1989.

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El nacimiento del Caníbal (2ª parte)

Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

Puertos de Montaña - HISTORIA DEL TOUR. La Grande Bouclé. - Le Tour
Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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El divorcio de Fausto Coppi (2ª parte)

‘Un uomo solo è al comando’. Fue el periodista Mario Ferrer el que popularizó una expresión que aún en la Italia del siglo XXI se reconoce como distintivo de Fausto Coppi. El término obedecía a las kilométricas escapadas alpinas de Coppi, que nunca fueron tan continuas como tras el fallecimiento de su hermano Serse. Porque Fausto era ‘un uomo solo’. Era un héroe trágico que buscaba la soledad. Coppi logró el doblete Giro-Tour de 1952 bajo la penumbra de la tristeza y atacando sin contemplación. Nunca la rabia de su pedaleo fue tan voraz como en su victoria sobre la carretera sin asfaltar del Pordoi en el Giro de aquel año. Si Bartali era un coronel, Coppi era un general. Nunca antes la afirmación fue tan rotunda como cuando ‘Il Campionissimo’ ganó el Tour de aquel año con media hora de ventaja sobre el segundo, incluyendo la primera victoria de etapa en un Alpe d’Huez rodeado de un río de gente. Prueba de la grandeza de Fausto es que la organización del Tour decidió incrementar el premio para el segundo a mitad de Tour a sabiendas que la victoria de Coppi era incontestable.

Además del triunfo en Alpe d’Huez, Coppi logró otra gran victoria en Sestriere. Quiso el destino que a aquel final de etapa se acercase Bruna, cosa extraña, ya que la mujer de Coppi no solía acudir a las carreras. Quien sí que solía ir era Giulia, su por entonces más que presumible amante. Lo que pasó en aquel final de etapa sólo lo saben ellos, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que una vez finalizó el Tour, Coppi decidió tomarse el resto del año de asueto en compañía de su mujer y de su hija.

Esa fue la versión oficial.

La realidad es que Coppi no volvió a su casa y se pasó los siguientes meses en compañía de Giulia.

Tras la muerte de su cuñado, Bruna suplicaba a su marido que dejase de correr. Le obligaba a llevar coderas y chichonera, en una época donde la seguridad era sinónimo de falta de virilidad. Pero el abismo en el matrimonio era mucho más profundo que eso. Bruna era la hija de un tendero de provincias que no conocía mundo. Apenas veía a su marido, el cual estaba todo el año de viaje entre carrera y carrera, y tenía que deducir como se encontraba por las fotos que veía en la prensa. Bruna era la misma persona de siempre, pero Fausto había evolucionado. Cuentan que tras el triunfo del Tour de 1952, Bruna vio en los noticiarios a su marido contestando a un periodista en inglés. El impacto fue inmenso porque Bruna no sabía que Fausto dominaba idiomas. El matrimonio estaba roto.

Bruna Ciampolini (moglie di Fausto Coppi) con la figlia Marina, 1947  Fotografía de stock - Alamy
Bruna y Marina Coppi

Si ya de por si era retraído, tras la muerte de su hermano los silencios de Fausto se hicieron interminables. Giulia Locatelli era un torbellino precioso y de incomparable estilo que se podía hacer cargo de esos silencios. La familia Coppi se trasladó a Nova Liguri y se instalaron a menos de 10 kilómetros de la familia Locatelli y, ante la sorpresa general, sus respectivos callaban o ignoraban.

Todo estalló en el Giro de Italia de 1953. Aunque Coppi no lo sabía, esa iba a ser su última victoria en una grande. La cimentó tras una impresionante exhibición en el Stelvio, un coloso próximo a la frontera con Austria con una de las carreteras más hermosas que ha otorgado la ingeniería. Coppi se fue abriendo pasó entre la multitud y la nieve hasta lograr la victoria. Allí, en la línea de meta, estaba Giulia, y ambos marcharon a la habitación del campeón para celebrarlo. Apenas un mes después Coppi renunciará al Tour, pero viajará hasta Francia en una caravana para seguirlo como espectador en compañía de unos amigos…entre los que estaba Giulia Locatelli.

Giulia Occhini e Fausto Coppi, 1955 | Coppie
Giulia y Fausto

El código penal italiano, vigente hasta 1968, establecía un año de cárcel para la esposa o el esposo en caso de adulterio. En la práctica no se dictaba. Pero si, y sólo en el caso de las mujeres, el escarnio público, la ruina económica y la perdida de la custodia de los hijos. Incluso el marido cornudo podía matar a la esposa o al amante sin miedo a recibir una pena carcelaria siempre y cuando los pillara ‘in fraganti’ en el lecho conyugal.

En esa Italia Fausto Coppi también estaba manteniendo un pulso con el Vaticano. Aunque a menudo se considera a Coppi un ateo, lo cierto es que era creyente. Había sido recibido en un par de ocasiones por el Papa Pio XII, el cual era tan fanático del ciclismo que usaba símiles ciclistas en sus homilías.

Pero que Fausto Coppi, el hombre más famoso de Italia, engañara a su mujer era inconcebible. El ciclismo era un deporte misógino y era más que habitual que las estrellas pusiesen los cuernos a sus esposas, pero siempre conservando las apariencias. Todo hombre tenía que mantener a su familia. Si un famoso tenía una aventura no pasaba nada si era capaz de conservarla en secreto, y, siempre y cuando, pudiese mantener económicamente a ambas parejas. El problema para Fausto es que Giulia era la antítesis de lo que por entonces se consideraba una buena mujer. Ni era abnegada, ni era bondadosa, ni era dócil. Ni Fausto ni Giulia iban a hacer nada por mantener en secreto su aventura. Habían declarado la guerra a la Iglesia.

Aunque las revistas del corazón ya llevaban tiempo desvelando la realidad, la confirmación oficial del escándalo tuvo lugar durante el Giro de 1954. Hasta entonces Giulia llevaba a su hija Lolli, de ocho años, a las carreras como tapadera, y, mientras la pareja retozaba en la habitación del hotel, alguno de los gregarios de Coppi ejercía de canguro de la pequeña. Pero durante una etapa en los Dolomitas, Giulia Locatelli se presentó en la línea de meta con una espectacular trenca de color blanco. Al día siguiente las portadas de los periódicos obviaron a los ciclistas y dejaban para la foto principal a aquella mujer que para la posteridad iba a ser conocida como la ‘Dama Bianca’, la hechicera que había hipnotizado a Coppi. Al día siguiente se producirá un hecho inaudito, cuando la ‘Dama Bianca’ siga a Coppi durante una contrarreloj en el asiento del copiloto de su equipo. Aquello era la gota que colmó el vaso.

Un par de semanas más tarde Fausto Coppi recibirá en su casa una carta con el sello del Vaticano. En ella el Papa Pio XII le pide que se reconcilie con su familia, pero cuidándose mucho de no utilizar la palabra adulterio y siempre hablando de los rumores que salen en la prensa. Coppi tirará la carta al fuego, ganándose para la posteridad la fama de ateo, y decidirá contraatacar. Firma a Giulia como su secretaria personal y se compra una casa para vivir con su enamorada, oficialmente, su empleada. Es entonces cuando el doctor Locatelli, que o bien estaba ciego o bien era tonto, se da cuenta del affaire y decide denunciar a su mujer por adulterio.

El Vaticano publicará los archivos de Pío XII, papa durante la Segunda  Guerra Mundial
Pio XII. El Papa Pacelli

La madrugada del 8 de septiembre de 1954 los carabinieri asaltaron la casa de Coppi y arrestaron a Giulia, que pasaría los siguientes días en el calabozo. Tras pagar la fianza, se le prohibió ver a su hija y se le retiró el pasaporte, al igual que a Coppi, a la espera del juicio.

Comenzó entonces una demolición pública del personaje.

La salsa rosa del juicio era digna de las mejores producciones hollywoodienses. La ‘Dama Bianca’ fue públicamente machacada. Se le prohibió ver a su hija hasta que ésta cumpliese los 18 años, momento en el que le tendría que leer una carta admitiendo su adulterio y su abandono de la familia. El juicio, seguido minuto a minuto por los italianos a través de la radio y la prensa, daba detalles del fornicio. Peor aún. La patética comparecencia de Lolli y Marina, las hijas de los dos proscritos, dando detalles íntimos de la pareja cuando ni siquiera habían cumplido los 10 años de edad fue el acabose. Giulia (ya para siempre la ‘Dama Bianca’) quedó como una furcia y Coppi como un analfabeto que había sido engatusado. A la causa no ayudo que los dos amantes decidiesen compartir habitación de hotel durante el juicio.

Fausto Coppi y Bruna tuvieron que pedir permiso a la Iglesia para separarse. Costó lo suyo, pero lo lograron, a cambio de que Coppi mantuviese la manutención de su esposa y su hija, la cual, por cierto, prácticamente dejó de ver. En cambio, el doctor Locatelli se negó a separarse de Giulia e impidió el fin del matrimonio. Esto implicaba que cualquier hijo entre Fausto y Giulia sería legalmente del doctor Locatelli.

De este modo, la ‘Dama Bianca’ marchó a Argentina para dar a luz a Faustino, el hijo que había concebido con Fausto, porque en el país sudamericano podía inscribir como padre a Coppi a pesar de no estar casados. En el momento de dar a luz, Coppi estaba corriendo el Giro de Italia, carrera en la que, por vez primera, el Papa Pio XII se negó a dar la bendición al pelotón por estar entre los ciclistas una oveja descarriada.

Por entonces Fausto Coppi tenía 36 años y sus mejores años habían pasado. Estuvo arrastrándose unas cuantas temporadas más porque necesitaba el dinero para mantener a dos familias, pero sobre todo para soportar el alto tren de vida que mantenía con Giulia. A la ‘Dama Bianca’ se le acusó de mujer fatal, un cliché común y que denota connotaciones machistas. Lo cierto es que Coppi también disfrutaba de la buena vida y, con la ‘Dama Bianca’ o sin ella, su toque excelso de pedal había pasado a mejor vida.

Pero es indudable que Giulia disfrutaba de la fama y gustaba de ser famosa. La pareja viajaba en cruceros de lujo, compraba coches ostentosos o alquilaba hoteles enteros para que nadie los molestase. Sin embargo, otras veces Giulia llamaba a la prensa rosa para dar entrevistas y enseñar los rincones de su casa en el ‘Oggi’. Fuerte, impulsiva, impetuosa y ambiciosa, disfrutaba de los lujos y la ostentosidad. Comían en cubertería de plata, el servicio cambiaba las sábanas todos los días y estrenaba modelo a diario.

Coppi decidió centrarse en las pruebas de velódromo buscando el dinero fácil. No había lugar donde se respirase más glamour que allí. Antes de que la televisión fuese común a los hogares, el ciclismo en pista era un deporte de masas. Solo en el velódromo se podía admirar a los ases del pedal a los que apenas podías ver durante un par de segundos en la cuneta de una carretera. El champán, los buenos trajes y las buenas comidas eran habituales en las tournés invernales que Coppi y otras estrellas hacían por los velódromos europeos. Ahí es donde se veía la clase y el poderío de Guilia. El contraste con Bruna que, a pesar de tener posibles, era incapaz de comprar una prenda cara pensando en el qué dirán, era infinito.

Parecía que Fausto Coppi había recobrado la felicidad, pero todo se desvaneció a finales de 1959. Empezó a echar de menos a sus amigos del mundillo ciclista, muchos de los cuales no tragaban a la ‘Dama Bianca’. Pero el principal problema es que tenía un hijo que no era suyo (Faustino no llevaría el apellido Coppi de forma legal en Italia hasta 1978) y una hija (Marina) a la que apenas veía. Imploró a Bruna poder ver a su hija y, al cabo de un tiempo, Coppi escapaba de casa de su amante para tener relaciones esporádicas con su mujer.

Para más inri la Iglesia decidió acercarse nuevamente a Coppi tras el fallecimiento de Pio XII. Su sucesor, Juan XXIII, modernizador de la curia, usó al piadoso Bartali para acercarse a Coppi e intentar reconciliarlo con su familia. Cuando su viejo rival y el enviado del Papa fueron a hablar con Fausto, éste su hundió y cayó en un mar de lágrimas.

Así estaban las cosas cuando Coppi aceptó disputar una carrera de exhibición para las navidades de 1959 en Burkina Faso. Otros corredores como Anquetil o Riviere aprovecharon para hacer turismo con sus parejas, pero Coppi viajó solo mientras la ‘Dama Bianca’ se quedaba en Italia, un claro indicio de que algo iba mal en la relación. La mala suerte quiso que en una noche de risas entre amigos, un mosquito picase a Coppi y éste contrajese la malaria. Coppi volvió a su casa con una fuerte fiebre que, según los médicos, no era más que una gripe. Fallecería apenas 72 horas después, el 2 de enero de 1960, a los 40 años. Raphael Geminiani, un corredor francés que fue con él a Burkina Faso, se salvó de la muerte porque 48 horas antes su médico dedujo que el mal era la malaria.

Por supuesto hubo quien culpó a la ‘Dama Bianca’ de su muerte y aún hay quien lo mantiene en la actualidad. Se dice que el día anterior alguien llamó desde la casa de Geminiani para advertir de la presencia de la malaria pero que se hizo caso omiso de la llamada. Nunca se investigó. Está claro que hubo negligencia médica, pero tampoco nadie se explica como Coppi o Giulia no le contaron al médico que ‘Il Campionissimo’ había estado en Burkina Faso.

Fausto Coppi: el mito de Italia | ctxt.es
Un uomo solo

La polémica no solo se quedó ahí. Horas antes de su muerte, el obispo de Tortona se acercó a la habitación de un moribundo Coppi para darle la extremaunción. El prelado cogió la mano de Coppi y le preguntó si quería confesar sus pecados. Fausto contestó apretando las manos. Para Bruna eso significaba que volvían a ser una familia. Para Giulia no era más que una vil manipulación. Porque si, por increíble que parezca, ambas mujeres pululaban por el hospital al mismo tiempo.

Más de 50.000 personas acudieron a Castellania a un entierro que, como no, tuvo su dosis de polémica. En los pueblos italianos, como aún ocurre hoy en los españoles, es costumbre que la familia coloque en cada aldea una esquela informativa del evento. Hubo una oficial realizada por Bruna y por la madre de Coppi. También una extraoficial que encargó imprimir la ‘Dama Bianca’.

El día que Castellania lloró a Fausto Coppi
El adiós de ‘Il Campionissimo’

El entierro fue el último reflejo de cómo eran ambas mujeres. Bruna salió por la puerta de atrás de la casa familiar de los Coppi y esperó la llegada del féretro dentro de la iglesia. Giulia se puso detrás de los compañeros de equipo que portaban el ataúd y caminó detrás de ellos en soledad. Bruna se retiró discretamente al acabar el sepelio. A Giulia hubo que sacarla arrastras cuando todo el mundo ya se había ido. Antes, en medio de la misa, el cura habló de la confesión de Fausto en el hospital, momento en el que la ‘Dama Bianca’ se desmayó. O hizo que se desmayaba.

Todo esto está perfectamente documentado porque los diarios y las revistas italianas nos lo dejaron escrito para la posteridad. Décadas más tarde la RAI haría una serie sobre los hechos.

Arrasó en los medidores de audiencia.

Tras la muerte de Coppi la ‘Dama Bianca’ tardó sólo una semana en dar su primera exclusiva periodística. Pasaría los siguientes años de su vida concediendo entrevistas y buscando notoriedad. Sin embargo, hasta su muerte en 1993, 33 años más tarde, aquella mujer decidida y aparentemente fría se acercaba cada sábado a Castellania para llevar flores frescas a la tumba de Coppi. Su hija Lolli Locatelli, con la que nunca más tuvo contacto, fallecería antes que ella víctima de un cáncer.

Bruna Coppi, fiel a sí misma, volvió a la monotonía de su vida tras el fallecimiento de su marido y nunca más se supo de ella hasta su muerte en 1979 víctima de una parada cardiaca. Hubo que esperar al año 2000, en una carrera de homenaje a Coppi, para que Marina y Faustino, los dos hermanastros, se conociesen en persona.

Fausto Coppi murió joven, en el esplendor de la vida. Pero antes tuvo tiempo de convertirse en la primera estrella internacional del ciclismo. Gianni Mura, uno de los grandes periodistas deportivos de la historia, dijo de Coppi que era el mito perfecto, porque es la suma de muchos. El mito total, libre de cualquier ambigüedad, porque su influencia en la estética, en el organigrama, en el entrenamiento y en el glamour de la competición hacen que haya un antes de Coppi y un después de Coppi en la historia del ciclismo.

https://www.youtube.com/watch?v=BJ1ImeJzWwI

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El divorcio de Fausto Coppi (1ª parte)

60 años después de su muerte Fausto Coppi sigue siendo un héroe nacional en Italia. Su mito tiene vida propia. Coppi el mito. Coppi el héroe. Coppi vive. Arriba Coppi. ‘Un uomo solo è al comando’. Para muchos el más grande ciclista de todos los tiempos. ‘Il Campionissimo’, un título que algunos portaron antes, pero que ninguno llevó después. Al cruzar la recepción en el edificio ‘La Gazzetta dello Sport’ aparece su fotografía decorando la estancia. No lo hace un futbolista, ni tampoco un piloto de Ferrari. Es la instantánea de Coppi. La imagen del mejor deportista italiano del siglo XX. Todas las carreteras del norte del país están llenas de memorias de un hombre cuyo recuerdo obsesivo solo es igualado por el de Marco Pantani, otro ciclista que hizo doblete Giro-Tour y otro James Dean que falleció antes de tiempo.

Fausto Coppi era un chico sencillo criado en Castellania, una aldea del Piamonte en el noroeste de Italia. Provenía de una familia que rozaba la pobreza y que, como tantas otras, vivía de la agricultura de subsistencia. Cuando Coppi ganó su primera carrera profesional le regaló a su ‘mamma’ un frigorífico. Aquella nevera jamás conoció el tendido eléctrico. Aquel aparato era ideal para almacenar la leña.

Y es que muchos de los grandes, caso de Coppi, Hinault o Induráin, provienen del campo. El ciclismo era y es sinónimo de libertad, posibilidad de conocer mundo y, además, ganar dinero y salir de las limitaciones. Ver a hijos de herreros, albañiles, granjeros o pastores ganarse la vida a través del ciclismo era inspirador. La bici era una necesidad básica como el pan o el agua. En tiempos de Coppi el coche era un bien impensable y aún no se había creado la Vespa. La bici era status. Era glamour.

Fausto Coppi era uno de esos soñadores que querían ampliar su mundo más allá de las montañas que rodean su pueblo. Era un chico torpe, escuálido, excesivamente delgado y con nariz un tanto aguileña. Alguien acertó a compararlo con una garza, porque era mostrenco en tierra, pero ascendiendo cumbres parecía que volaba. Y es que todo lo que aparentaba en la primera impresión se desvanecía al cabo de unos segundos. Su postura, su pedaleo y el arco de su espalda eran perfectos. Lo mismo ocurría cuando se bajaba la camiseta. Siempre con gafas de sol para ocultar su timidez, tenía una clase natural al vestir y al andar. Sí, era un campesino, pero tenía porte de galán.

Fausto | Jersey de ciclismo, Ciclismo, Historia del ciclismo
‘Il Campionissimo’

Con apenas 20 años se presentó en el Giro de Italia de 1940 enrolado en el equipo Legnano. El jefe de filas era Gino Bartali, el ciclista más laureado del momento. En la segunda etapa Bartali tuvo una caída y Coppi, sorpresivamente, se convirtió en el capo de la carrera. Cuando a Fausto se le pinche una rueda ascendiendo los Dolomitas, Bartali pondrá pie en tierra para darle su bicicleta a su joven gregario. Coppi acabará convirtiéndose en el más joven vencedor del Giro de Italia mientras Bartali proclamará a los cuatro vientos que había sido un triunfo falso y que en igualdad de condiciones Coppi nunca habría sido el vencedor.

Acababa de iniciarse una de las rivalidades deportivas más enconadas de la historia que se prolongaría durante algo más de una década.

Apenas dos días después del triunfo de Coppi, Italia declaraba la guerra a Francia y Mussolini unía su destino al de Hitler al introducir a su país en la II Guerra Mundial. Coppi sería llamado a filas y enviado a Túnez, donde al cabo de un mes ya había sido hecho prisionero por los británicos. Al ser ya una celebridad tuvo un cautiverio llevadero en el que ejerció de mecánico, transportista y de voluntario de la Cruz Roja. Cuando en mayo de 1945 fue liberado se encontraba en Nápoles, a más de 800 kilómetros de su casa. Se disponía a recorrer una Italia desbastada en bicicleta, llegar a Castellania y casarse con Bruna, su novia de la adolescencia, y vivir una vida tranquila pegado al campo y a la tierra.

No fue así. Fausto tenía un hermano pequeño que se llamaba Serse. Si bien Fausto, que jamás habló de política ni de su experiencia en combate, era simpatizante izquierdista, Serse había combatido con convencimiento a favor de la causa fascista. Ninguno sabía si el otro había sobrevivido, pero el azar quiso que se encontrasen en Roma. Allí Serse se sacaba unas liras compitiendo en carreras con una vieja bicicleta y enfundado con la maglia rosa que su hermano había ganado cinco años atrás. Serse era la antítesis de Fausto. Dicharachero, optimista, ligón y decidido, convenció a Fausto para que volviese a las carreras y de inmediato se convirtió en su confidente, su psicólogo y también en su gregario más fiel.

De este modo a finales de 1945 Fausto se casaba con Bruna y con el dinero que había ganado en varias pruebas de exhibición se compraba un pequeño piso en Sestri Ponente, en los arrabales de Génova, para iniciar una nueva vida. A pesar de los años de contienda, la fama de Fausto era tal que los aficionados se encargaban de subirle la bici del rellano al cuarto piso sin ascensor donde vivía para evitar que gastase fuerzas innecesarias después del entrenamiento.

Así en 1946 el mundo ciclista se reanuda. Es el llamado Giro de la reconstrucción, que merecería artículo propio. El recorrido pasaba por todos los lugares destrozados en la guerra incluida una marcha por Trento, que entonces estaba en disputa entre Italia y Yugoslavia. Habrá manifestaciones, huelgas y muertos por el camino, antes de que Bartali se proclame campeón gracias a su regularidad y Coppi acabe segundo pero venciendo en las etapas alpinas más relevantes. Antes, en primavera, Coppi había dado una exhibición en la Milán-San Remo. Aquella había sido la primera gran prueba tras la guerra, y cuando la radiante cadencia de Coppi atreviese en solitario el túnel del Turchino, sin luz eléctrica y sin asfaltar, para dejar atrás las montañas y poner rumbo al sol de San Remo en ‘La Gazzetta dello Sport’ se escribirá que “Coppi en 24 minutos a dado luz a un túnel que llevaba 6 años en la oscuridad”.

Por entonces Coppi ya era el líder del equipo Bianchi, mientras que Bartali seguía en Legnano. Coppi se llevó a Bianchi a su hermano Serse, así como a un masajista y a un mecánico personal, algo inaudito por entonces. Coppi fue el inventor del entrenamiento centrado y sistemático. Era la clase, mientras que Bartali era la fuerza bruta. Aunque nunca fueron enemigos, ambos supieron explotar esas diferencias para crear dos personajes antagónicos que apasionaron a la prensa y a la afición italiana en un momento donde el ciclismo era el deporte de masas e Italia estaba sumida en un caos político absoluto.

Coppi era tímido y educado, pero también desconfiado y distante. Siempre lacónico hablando, siempre con silencios largos. Era frágil, pero también muy estudioso. Por su parte Bartali era duro como el mármol. Un ciclista a la antigua usanza. Comía abundantemente antes o durante las carreras y era aficionado a la vida nocturna. Coppi experimentó con una dieta vegetariana (¡en los años 40!) y obligaba a sus gregarios a que cargasen con su comida para minimizar esfuerzos. Modernizó el ciclismo con sus maillots Bianchi celeste, sus guantes a juego y sus Ray-Ban. Se preocupaba por el material en una época donde los ciclistas ejercían de mecánicos sobre la marcha. Siempre buscaba innovaciones y con su trabajo ayudó a convertir las fábricas del norte de Italia en la vanguardia del ciclismo internacional. Cuentan que una vez se levantó a medio comer de un restaurante. El dueño se acercó y le preguntó si no le gustaba la comida. “Me gusta demasiado” -contestó Coppi-, “por eso me tengo que marchar”. 

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco
¿Quién dio la botella de agua a quién?

Tras cerrar 1947 con el nacimiento de su hija Marina, 1948 fue un año para olvidar para Fausto Coppi. Se cayó en el Giro y no pudo correr el Tour, donde el triunfador fue Gino Bartali, que con su victoria salvó a Italia de una Guerra Civil. Pero aquel año 1948 también dejó un encuentro que marcaría el futuro de Fausto. A orillas del Adriático un médico de provincias llamado Enrico Locatelli seguía sin cesar las hazañas de Coppi. Coincidiendo con que Coppi iba a disputar una carrera cerca de su casa, Locatelli se acercó al inicio de la prueba para obtener un autógrafo de su ídolo. Junto a él, iba su esposa, una decidida y brillante morena llamada Giulia. Ésta no entendía la obsesión de su marido con el ciclismo, pero decidió ir con él. Era una mujer ambiciosa, que se sentía constreñida en el papel de ama de casa abnegada que la sociedad le demandaba, así que aceptó con gusto el proyecto de viaje. Mucho más decidida que su marido, fue ella quien asaltó a Coppi para pedirle un autógrafo. Fuese por lo que fuese, aquella mujer se sintió atraída por aquel mundillo y al cabo de unas horas compartía el fanatismo de su marido por el mundo del ciclismo.

Concretamente por la figura de Fausto Coppi.

Para 1949 Fausto Coppi iba a realizar una hazaña nunca vista. El doblete Giro-Tour. En la carrera transalpina consiguió una legendaria victoria en una de las etapas de montaña más duras de la historia. Eran 254 kilómetros con un desnivel de más de 4.000 metros pasando por cinco colosos alpinos. Coppi atacó a ¡192! Kilómetros de meta y ganó la etapa con 12 minutos sobre Bartali.

El Tour se corría por equipos nacionales, por lo que Coppi y Bartali tendrían que compartir equipo. Tuvo que intervenir Alcide de Gasperi, presidente de Italia, para que los dos egos fuesen de la partida. Al final cada uno eligió a sus gregarios y corrieron por libre. Llegaron a la etapa decisiva del Izoard prácticamente pegados y el seleccionador los obligó a trabajar en equipo, pero cuando al día siguiente en el descenso del Iseran (2.800 metros) Bartali se caiga, a Coppi le darán barra libre para marchar. Aunque Coppi sentenciaría la prueba en una contrarreloj de ¡137 kilómetros! en la que sacó 7 minutos a Bartali, aun hoy se debate en Italia si de verdad a Coppi le mandaron o no esperar a Bartali.

Aquel doblete lo convirtió en leyenda, y mucho más cuando en 1952 lo vuelva a repetir. Solo Hinault e Induráin lo han hecho en dos ocasiones, mientras que el caníbal de Merckx lo hizo en hasta tres oportunidades.

Pero antes de la gloriosa temporada de 1952, Coppi pasó el año 1950 en blanco por una fractura de clavícula que se produjo a los pocos días de comenzar una nueva edición del Giro. Pasó un par de meses hospitalizado. Entre sus visitas una de las más habituales era la del matrimonio Locatelli. Por entonces se había trabado una amistad entre seguidores e ídolo y Fausto ya contaba con ellos dentro de su círculo de confianza. Dado que el doctor Locatelli tenía que atender su consulta, las más de las veces era Giulia la que acudía al hospital, siempre acompañada de su hija o de alguna amiga que ejerciera de carabina para mantener las formas.

Era evidente que algo estaba surgiendo entre Fausto y Giulia. Al año siguiente el matrimonio Locatelli se trasladó a Novo Ligure, a menos de una hora de distancia de la residencia de los Coppi. Con la excusa de salir a entrenar, Fausto se acercaba a casa de Giulia aprovechando las ausencias de su marido. Por si fuera poco, Coppi volvió a sufrir una fuerte caída y las visitas de Giulia al hospital empezaron a tornarse en más que sospechosas. A diferencia de la tímida y humilde Bruna –la esposa de ‘Il Campionissimo’-, Giulia era una mujer decidida a comerse el mundo y que, más que atemorizada, disfrutaba con el qué dirán.

Por entonces el círculo de confianza de Coppi sabía que su matrimonio estaba a punto de romperse. Entre ellos su hermano Serse, quién era el que evitaba que la cosa fuese a mayores. Como ya comenté, Serse no sólo era su gregario más fiel, sino su confidente y el hombre que ejercía de guía y de apoyo psicológico. Con Serse de por medio, Fausto no se atrevía a dar el paso adelante.

Fue entonces cuando todo cambió. Una tarde de verano, Serse Coppi estaba disputando el Giro del Piamonte cuando en una curva introdujo el neumático de su rueda delantera en la vía del tranvía, iniciándose una caída que le llevaría a impactar la cabeza con el asfalto. A pesar del susto Serse se levantó y se marchó a su habitación del hotel para descansar. Únicamente contaba con un fuerte dolor de cabeza, pero, camino del anochecer, se dispuso a darse un baño quedando totalmente inconsciente. A pesar de que el equipo llamó a una ambulancia, Serse Coppi fallecía víctima de una hemorragia cerebral.

ROSSELLA SPINOSA: TRIBUTO A COPPI | Ikki Lab
Serse (i) y Fausto Coppi (d)

La desolación de Fausto fue brutal. No sólo había perdido a su hermano pequeño, también a su mejor amigo y guía espiritual. A los cuatro días del fallecimiento, Fausto tuvo que acudir al Tour de Francia porque le obligaron los patrocinadores. Perdió más de media hora durante la primera semana. Día tras día acumulaba sobre la bicicleta las vomitonas, los lloros y la rabia. Pero fue Gino Bartali, su gran rival, y compadre de correrías nocturnas de Serse, quien le animó a acabar el Tour para honrar la memoria de su hermano. Coppi acabaría en un digno décimo puesto y ganando una etapa de prestigio en los Alpes, pero ya nada volvería a ser lo mismo.

Todo estaba servido para que la vida de Fausto Coppi pasara a ser un infierno…

Continuará…

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (2ª parte)

Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.

Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.

Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.

Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.

Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.

Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.

Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.

David Walsh described Tom Humphries as 'a great, great man' after child sex  allegations
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong

En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.

Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.

Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.

En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.

Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.

Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.

Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.

Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.

Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.

Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.

Floyd Landis monta un equipo con el dinero del cannabis y de delatar a  Armstrong | Marca.com
Landis (d) quiso morir matando

Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.

Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.

La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.

Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.

Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.

https://www.youtube.com/watch?v=9SV4K1nBIwA

Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.

Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.

En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.

Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.

En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.

Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.

Pero es que Maquiavelo era católico.

“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (1ª parte)

En el año 2004 Lance Armstrong estaba en la cúspide de su existencia. Se preparaba para acudir en julio a Francia, darle una vuelta al hexágono galo y ser el primer ser humano en sumar seis Tours en su palmarés. La temporada siguiente remataría semejante hazaña logrando un séptimo y definitivo título para autoproclamarse el más grande de todos los tiempos. Pero antes, al inicio de aquel año, presentó en la sede de ‘Livestrong’, su fundación contra el cáncer, una pulsera amarilla de plástico que se pondría a la venta por 1 euro y cuya recaudación iría íntegramente al estudio e investigación de proyectos oncológicos.

‘Livestrong’ contaba con vender cinco millones de pulseras en todo el planeta. Se estima que fueron ochenta los millones de ellas que adornaron las muñecas de medio mundo, incluidas las de los más grandes deportistas durante los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Y es que Lance Armstrong era un héroe. Era el hombre que había vencido al cáncer. Fue en octubre de 1996, cuando apenas contaba con 25 años de edad. Aquel verano ya había renunciado a correr por una complicada bronquitis, aunque la realidad es que tenía molestias al sentarse en el sillín porque uno de sus testículos estaba hinchado sobremanera. Por vergüenza calló, hasta que pasados unos meses comenzó a esputar sangre. Era un cáncer testicular de estadio 4 con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Al día siguiente del diagnóstico ya estaba tumbado en la mesa de operaciones con menos de un 20% de posibilidades de supervivencia según le expresó su urólogo.

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Duro golpe de juventud

Pero pocos enemigos tan implacables iba a tener el cáncer como Lance Armstrong. Aquel joven texano, que no aceptaba las reglas y que siempre vivía al límite, se iba a defender con uñas y dientes. Como cuando falsificó su fecha de nacimiento para poder competir en su primer triatlón. O como cuando salpicaba a sus rivales en la piscina para lograr la victoria. Era el mismo chico que insultaba a sus compañeros de equipo cuando subía un puerto y los llamaba nenazas porque no eran capaces de seguir su diabólico ritmo.

Lance era un bocazas y un irresponsable, pero también una bestia parda que encontró en el triatlón una forma de desahogo y que vio en el ciclismo una manera de hacerse millonario. Con 18 años se pasó a las dos ruedas y decidió quedarse con el apellido Armstrong de un padre adoptivo al que detestaba, porque lo consideraba más comercial que el Gunderson de un progenitor biológico que le abandonó al poco de nacer. Desde niño aprendió a odiar y a afilar un colmillo competitivo que es santo y seña de los grandes campeones.

Por eso era evidente que si alguien podría formar parte de ese 20% de supervivencia tenía que ser Lance. Apenas dos meses después de operarse, y con los pulmones aún encharcados, se volvió a subir a la burra. A finales del año siguiente ya formaba parte de un nuevo equipo norteamericano de ciclismo, el US Postal, dirigido por un ex corredor belga llamado Johan Bruyneel. Pero Armstrong tuvo que empezar de cero. Todo el respeto que se había ganado como ciclista había sido sustituido por cautela y escepticismo.

El Lance Armstrong de antes de la operación había sido campeón del mundo en 1993 por delante del mismísimo Miguel Induráin. Armstrong era el macho alfa del equipo americano Motorola, un ‘rara avis’ en el ciclismo, un deporte eminentemente europeo. Y si bien los españoles suelen ser humildes, los belgas metódicos, los italianos astutos y los franceses arrogantes, a los estadounidenses ni se les conocía ni se les esperaba. Armstrong resultó ser lo que es. Un texano de pura cepa. Odioso, ilógico y sin pelos en la lengua. Podría ganar muchas carreras, pero Lance Armstrong nunca podría ganar un concurso de popularidad.

Armstrong no era una persona equilibrada. Ni antes ni después. Pero cuando uno está a punto de morir cambia de principios. Si no tiene algo, lo quiere. Y lo quiere rápido. Así que Armstrong no iba a aceptar ser un don nadie. Lance Armstrong quiso volver a ser grande.

Concretamente decidió que iba a ser el más grande.

Y no existía camino más rápido para lograrlo que a través del dopaje.

El dopaje. Ah, el dopaje. El doping es tan intrínseco al ciclismo como los Alpes o los Pirineos. Desde el comienzo de los tiempos, desde que a alguien se le ocurrió recorrer más de 4.000 kilómetros sobre una bicicleta subiendo y bajando montañas en apenas unos días, se hizo necesaria la ayuda externa para afrontarlo. Eso es lo conocido como dopaje legal. Al principio fueron chorros de alcohol, para, poco a poco, sofisticar el asunto. La burra cabalga a través de los analgésicos, las anfetaminas, la cortisona, y, sí, también, cocaína.

Antes del cáncer Armstrong ya se dopaba. Y como él todos. O casi todos. No vaya a ser que alguien se ofenda. Cortisona y anfetaminas estaban a la orden del día. Eso era lo permitido. Lo otro o pasó de moda (alcohol) o era rotundamente ilegal (cocaína). Pero he aquí que a finales de los 80 un médico italiano llamado Michele Ferrari empieza a experimentar con la eritropoyetina, más conocida como EPO. Se trata de una sustancia que aumenta la capacidad para transportar oxígeno amplificando la cantidad de glóbulos rojos en sangre. Esto implicaba que a través de una transfusión se podía minimizar la fatiga y aumentar el rendimiento en altitud. A mediados de los 90 era práctica común en el pelotón internacional. Todos lo intuían, pero, y aquí está el matiz, se trataba de dopaje ilegal. No estaba permitido.

Para 1998 la burbuja estalló cuando en un control rutinario de la policía durante el Tour se descubrieron en los tráileres de varios equipos sustancias dopantes a nivel industrial. El llamado ‘caso Festina’ fue algo semejante al salvaje oeste. Una carnicería deportiva, pero, y aquí está el quid de la cuestión, un escándalo con consecuencias legales y penales. Se creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el ciclismo prometió limpieza. No obstante ya se sabe que tanto la justicia como la ciencia son lentas, por lo que aún tendría que pasar una década para que los vampiros fuesen por delante de los ciclistas.

Y mientras todo esto sucedía, mientras el ciclismo se asomaba al averno, Lance Armstrong se convertía en un icono de la lucha contra el cáncer y creaba su propia fundación para ayudar a los pacientes oncológicos testiculares. Así fue en un principio, pero su fulgurante éxito convirtió en pocos años a ‘Livestrong’ en un gigante de la investigación contra todo tipo de cáncer y de apoyo asistencial a pacientes en Estados Unidos.

Ah, pero mientras todo esto sucedía, mientras Lance Armstrong decidía volcar sus esfuerzos para luchar contra el cáncer, determinó dar el paso y viajar a orillas del Lago Como para visitar al doctor Ferrari. Era 1998, y entretanto el ciclismo mundial entraba en una espiral de autodestrucción, Lance Armstrong comenzaba a suministrarse con regularidad la famosa EPO.

Para 1999 Estados Unidos volvía al Tour de Francia a través del equipo US Postal. Era el Tour de la redención. Se redujeron los kilómetros y las etapas de montaña para minimizar los esfuerzos de los ciclistas. Pero la realidad es que la EPO seguía siendo indetectable. No había forma de averiguar su consumo en competición. El Tour de la redención, el Tour más humano, resulta que fue el Tour más rápido de la historia. Y fue el Tour de Lance Armstrong, que lideró la carrera con absoluta suficiencia.

Era el gran héroe americano. El hombre que había derrotado al cáncer ahora ganaba la prueba ciclista más dura del mundo. Era el mesías del ciclismo. Pero había fraude. Y se sabía. Y la gran diferencia es que mientras a mediados de los 90 se estaba al tanto de que los ciclistas de elite usaban EPO, igualándose mutuamente en términos de fuerza y estafa, después de 1998 había una clara línea que separaba a los que hacían trampa de los que no. El problema era averiguar quién era cada cual.

A punto se estuvo.

A mediados de aquel Tour la prensa francesa desvelaba que Lance Armstrong había dado positivo en cortisona en una prueba de orina. La cortisona, aceptada antes de 1998, pasaba ahora a ser prohibida salvo para dolores intramusculares justificados. Hein Verbruggen, presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), defendió públicamente a la gallina de los huevos de oro. Absolución total. El ciclismo tenía a su redentor, a la gran estrella del deporte mundial, y nada ni nadie iba a impedir que Lance Armstrong se coronase en los Campos Elíseos de Paris.

El problema es que Lance Armstrong también habría dado positivo en EPO si se hubiesen podido detectar las muestras de eritropoyetina por aquel entonces.

Dos años después la AMA ya estaba en condiciones de detectar la EPO en cada control. Para 2002 nadie podría inyectarse EPO sin ser detectado.

No habría más fraude. Los tramposos iban a ser cazados.

Y sin embargo Lance Armstrong ganó sus siete Tour de Francia sin dar jamás positivo. En 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004 y 2005.

Continuará…

Armstrong presume en una foto en su twitter de sus 7 Tours - AS.com
Y dos más que no salen en la foto

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Luigi Malabrocca y la maglia nera. Cuando el último es el primero

Win Vansevenant fue un ciclista profesional a comienzos del siglo XXI. Gregario entre otros del vencedor del Tour Cadel Evans, sólo a los más fanáticos del ciclismo les sonara su nombre. Hoy es granjero en Flandes, la tierra sagrada del ciclismo. A aquellos vecinos que se le acercan para que les relate sus historias, jamás oirán de su boca ni escapadas kilométricas, ni ataques centelleantes ni descensos fulgurantes. Vansevenant puede contar como en una etapa del Tour se bajó de la bici a falta de 5 kilómetros para ver por la tele a un compañero ganar al sprint. Como se puso a rueda de otro ciclista en una contrarreloj para llegar el último o como en el Tour de 2008 competía con otro corredor en ir lo más despacio posible por los Campos Elíseos para así poder acabar último en el Tour. Y es que Vansevenant finalizó en última posición en el Tour de 2006, 2007 y 2008. Fue el farolillo rojo. La maglia nera. Y lo fue porque quiso. Tal y como habría hecho el legendario Luigi Malabrocca.

La Italia que amaneció tras el fin de la II Guerra Mundial era un país sin carreteras y sin puentes, pero también sin alma. Urgía una rápida reconstrucción física, pero también una reconstrucción de las almas. Es ahí donde el deporte se presta para avivar ilusiones y agitar corazones. Y es también cuando entre la escasez y la falta de preparación surgen las mentes inquietas y brota la picaresca.

En el Giro de Italia de 1946 y 1947 se enfrentaron Fausto Coppi y Gino Bartali, dos iconos del ciclismo y dos antagonismos que eran amados u odiados según a que italiano le preguntases. Pero en el fondo de la clasificación, lejos de los honores y de las alabanzas, también se enfrentaron dos ciclistas italianos. Uno se llamaba Sante Carollo, quien además de aceptable escalador era albañil. El otro respondía al nombre de Luigi Malabrocca y, además de buen rodador, era pescador.

Por entonces el Giro decidió introducir una nueva camiseta en la prueba. Se trataba de una ‘maglia nera’, un distintivo de color negro para distinguir al último clasificado del Giro. Así, los espectadores conseguirían diferenciar perfectamente desde las cunetas tanto al primero de la clasificación general (rosa) como al último (negro). El hecho podría parecer vejatorio, pero nada más lejos de la realidad. Cuando un aficionado coge el periódico para ver la clasificación lo normal es que se fije en los cinco o los diez primeros… y después eche un vistazo al último clasificado. La ‘maglia nera’ aportó un interés mayor a la prueba y dio a los periodistas una nueva y fabulosa historia que contar etapa tras etapa.

Y vaya si había historia.

Luigi Malabrocca se convirtió en un revolucionario, en un héroe popular capaz de rivalizar con Coppi y Bartali. Había sido dos veces campeón nacional de ciclocross, pero aunque no era un mal ciclista sabía que no tenía opciones de ganar el Giro. Así que dejó de un lado las piernas y se dedicó a explotar su cerebro. Mas no sólo era muy listo, también era ausente de vergüenza. Hizo sus cálculos y observó que al vestir día tras día la ‘maglia nera’ ganaría tanto dinero en premios como el quinto o el sexto de la clasificación general. Y se construyó un personaje. Decidió que iba a llegar el último.

Malabrocca esperaba agachado en las cunetas a que pasaran todos los ciclistas, pinchaba sus propias ruedas para perder tiempo o entraba en un bar a tomarse una cerveza. Eran otros tiempos. No había cámaras de televisión, no existía el avituallamiento, y los propios ciclistas tenían que buscarse la manutención y arreglar su propia bicicleta. Las distancias no se medían por segundos, sino por minutos, y, entre los menos afortunados, por horas. En una ocasión Malabrocca llegó a agacharse en un pozo y en otra ocasión cogió una caña y se puso a pescar mientras el pelotón seguía su curso.

Luigi Malabrocca contó que en 1946 ganó 280.000 liras (1.500 euros de la época, todo un fortunón) por quedar el último, cuando por subsistir entre los diez primeros te daban 250.000. Pero no eran sólo premios en metálico. Cada vez que la caravana del Giro paraba en una villa y tenía que subir al pódium para recibir la ‘maglia nera’ a Malabrocca le agasajaban con un producto local. Que si salami, que si un cabrito, que si un reloj, que si una escultura, que si un queso, que si tabletas de chocolate, que si tubulares para la bicicleta… Hoy podría parecer irrelevante, pero en la Italia de posguerra eso era oro puro.

Malabrocca era el héroe de los niños, de los trabajadores, de los humildes. Mientras los primeros llegaban llenos de ampollas, cicatrices, barro y apretando los dientes, él llegaba sonriendo a todos los que le vitoreaban. Y lo hacía reluciente como un pincel. Era el más lento y el más tramposo. Pero paradójicamente era el más digno. Hubo un año en el que la ‘maglia nera’ fue un ciclista que se empeñó en acabar el Giro por puro orgullo tras partirse el brazo en una de las primeras etapas. Nadie le hizo puñetero caso. Porque Malabrocca no era un derrotado al uso. No se arrastraba ni producía compasión. Se pavoneaba y exhibía sonrisas. Estaba orgulloso de ser el último, de ser un don nadie. Y en una sociedad pesimista y que acababa de salir del infierno, eran tan necesarios los héroes como Coppi a las personas orgullosas de no ser nadie como Malabrocca.

Malabrocca no sólo fue un ídolo en Italia, su fama traspasó fronteras. Corría numerosas carreras en Yugoslavia, aprovechando que era un reconocido comunista. Y Malabrocca no desaprovechaba la oportunidad. Entraba en Yugoslavia con unas bicicletas y volvía a Italia con otras. Compraba barato y vendía caro. Lo más curioso es que en las carreras de exhibición que disputaba, la gente le silbaba si iba en cabeza. Lo que el vulgo quería era ver cuán lento podía llegar a ser un ciclista.

Malabrocca era amigo de Coppi. Ambos eran vecinos y se conocían desde jóvenes. Digo conocer, porque Malabrocca pronto comprendió que lo de salir a entrenar con el gran Fausto era harina de otro costal. Cuando, ya anciano, la RAI le hizo a Malabrocca su última entrevista conocida, el periodista le hizo entrega de un paquete en nombre de Faustino Coppi, el hijo de Fausto. Luigi Malabrocca abrió el presente delante de las cámaras y fue incapaz de contener las lágrimas al ver una ‘maglia rosa’ del campeonísimo Coppi. Tras unos segundos en los que la vista se le nubla, Luigi se escapa a su habitación y vuelve con una ´maglia nera´ que le entrega al periodista bajo orden de que se la regale al hijo de Fausto Coppi. “Llévasela a Faustino – le dice al plumilla-, seguro que su padre nunca tuvo una de estas”.

Genio y figura.

Coppi tenía apreció por Malabrocca, aunque nunca vio con buenos ojos esa manía suya de quedar el último. Entendía que a la gente le hiciese gracia, pero nunca pudo razonar como sus aplausos eran al menos tan sonoros como los dedicados a sus gestas.

—SANTE CAROLLO Y EL OCASO DE LA MAGLIA NERA—

Siempre cómplice del reloj, Malabrocca tuvo en Sante Carollo a su gran rival. Ambos jugaban con el tiempo. La organización de cualquier prueba ciclista establece un máximo de retraso en cada etapa para evitar la eliminación. En 1947 Sante Carollo parecía que iba a ganarle la batalla de la picaresca a Malabrocca, pero se pasó de frenada y llegó fuera de control en una de las etapas, por lo que quedó automáticamente eliminado.

Pero Malabrocca no era infalible. En 1949 Carollo ganó la batalla por la lentitud. Aquella edición fue apoteósica, con un mano a mano entre los dos para ver quien ajustaba más el cronómetro para entrar al límite del cierre de control. Carollo llegó a terminar una etapa subido a la bici de un niño, porque según dijo él (vete tú a saber si era verdad), la suya se había roto. Al día siguiente Malabrocca quiso replicarle e hizo más de 100 kilómetros con una bicicleta de niña con cesta argumentado la misma excusa. Lo mejor fue cuando el dueño del vehículo cazó al bueno de Luigi sustrayendo la bicicleta y le preguntó que hacía. “Estoy corriendo el Giro de Italia”, contestó Malabrocca. El arte de ganar perdiendo.

Parecía que aquel duelo en las catacumbas de la clasificación iba a tener a Carollo como vencedor. Sacaba más de dos horas (por detrás) a Malabrocca. Nada imposible, pensó el bueno de Luigi. Se metió en un bar y departió con los parroquianos. Incluso fue hasta casa de uno de ellos a comer algo. El lugareño daba bebida y comida y Malabrocca regaba la mesa con cientos de anécdotas. Después se despidió y cogió la bici rumbo a la meta de Milán, pero con tan mal tino que no había ni meta, ni jueces, ni afición. Se había pasado de listo. Había llegado fuera de tiempo y Carollo conservó la ‘maglia nera’. Ese fue su último gran día en el Giro. Había ganado la ‘maglia nera’ en 1946 y 1947, en 1948 no pudo participar por una lesión, y la derrota ante Carollo en 1949 lo dejó tan tocado que decidió dejar de competir. Volvió efímeramente en 1952, cuando apenas aguantó un par de etapas desmotivado por la decisión de la organización de suprimir la ‘maglia nera’.

The slowest rider, the fastest bike: the story of Pinarello and the Maglia  Nera (Black Jersey) - Cycling Passion
Malabrocca. El arte de quedar último

Y es que la ‘maglia nera’ sobrevivió en el pelotón durante un lustro. En 1951 el Giro la puso en liza por última vez. A nadie se le escapaba que crear una ‘maglia nera’ justó al acabar la II Guerra Mundial era una manera de dar una patada hacia adelante y reírse un poco de un pasado reciente tan tenebroso. El negro era el color de los fascistas. Los camisas negras de Mussolini. Pero pasado un lustro, el chiste pasó a tener mal gusto.

Como decía, ya sin Malabrocca, en 1951 tuvo lugar la última edición del Giro en la que se puso en liza la ‘maglia nera’. Y también tuvo su miga. El vencedor de la prueba fue Florenzo Magni y la ‘maglia nera’ un tal Giovanni Pinarello. A diferencia de Malabrocca, Pinarello había quedado el último por pura incompetencia. No buscó quedar en el fondo de la clasificación, pero el destino lo quiso así.

En aquella época la etapa final del Giro terminaba en el velódromo Vigorelli de Milán. Una oda al ciclismo nostálgico en forma ovalada. Y había dos figuras que tenían que dar la vuelta de honor juntas ante el clamor popular. Magni y Pinarello. La ‘maglia rosa’ y la ‘maglia nera’. En un momento dado Pinarello le preguntó a Magni si quería cambiarle la camiseta, a lo que éste le respondió con desdén. La gracia radicaba en que Magni había sido un camisa negra fascista durante la guerra y no era demasiado querido por un público que vitoreaba con fuerza a Pinarello.

Al año siguiente el Giro decidió suprimir la ‘maglia nera’, por lo que Pinarello no pudo retener el título. En todo caso tampoco pudo disputar aquel Giro. En un principio estaba seleccionado para correrlo por su equipo, pero días antes de comenzar le quitaron el puesto para dárselo a otro chico. Como compensación, el equipo le dio a Pinarello un cheque de 100.000 liras. Con aquel dinero Pinarello montó en un garaje la fábrica de bicicletas que lleva su nombre y que en la actualidad tienen fama de ser las mejores que hay en el mercado. La ‘Espada’ de Induráin lleva su sello.

Hoy, Fausto Pinarello, hijo de Giovanni, es el director de la fábrica de bicicletas de Treviso fundada por su padre. En su despacho tiene enmarcada la ‘maglia nera’ que a su padre le dio notoriedad y fortuna. Fausto (el nombre recuerda al gran Coppi) consiguió hace unos años que el Giro volviese a introducir la ‘maglia nera’ de manera puntual y sigue luchando día a día para que se recupere un título deshonroso, que Luigi Malabrocca convirtió en arte.

 “Lo digo con todo el respeto. Si Jesucristo me pide cambiar la bici por la cruz, no se la cambio.” Fernando Quevedo, último clasificado en el Tour de Francia de 1992.

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El infierno en vida. Tour de Francia 1926

Desde un primer momento el Tour de Francia se planteó como una prueba de resistencia, un sacrificio y una hazaña hercúlea. No sólo las etapas doblaban o triplicaban las distancias actuales sino que discurrían en su mayoría por caminos sin asfaltar, máxime en las grandes cumbres donde el alquitrán era rara avis. Las velocidades alcanzadas distaban mucho de las actuales, pero también es cierto que aquellos pesados velocípedos de hierro contaban con solo dos o cuatro piñones que hacían saltar la cadena si se abusaba al juguetear con ellos. Pinchazos, patinazos y roturas de radio eran de dolor frecuente esencialmente cuando se descendía un puerto a tumba abierta y la grava y el barro hacían su aparición.

Cuando uno lee las burradas que se perpetraban en los inicios del más duro de los deportes no puede uno más que asombrarse y admirarse. Era un mundo distinto y un deporte diferente. En la actualidad los ciclistas completan etapas que rara vez superan los 200 kilómetros y que incluso sobresalen por poco los 100. Tras 21 etapas los deportistas suelen completar entre 3.000 y 3.500 kilómetros sobre el sillín. Durante las primeras décadas del siglo XX los ciclistas superaban los 5.000 kilómetros acumulados con etapas que raramente bajaban de los 300 kilómetros concentradas en una media de 15 jornadas. Pero en el Tour de 1926 tendría lugar el no va más. 5.745 kilómetros en 17 etapas. La plusmarca de etapa más larga había tenido lugar años atrás cuando en 1920 se completaron 482 kilómetros en una salvaje jornada cercana a las 20 horas de pedaladas. Pero el Tour de Francia de 1926 no sólo pasó a la historia por su bestial kilometraje. Según todos los expertos, el Tour de 1926 está considerado el Tour de Francia más duro de la historia.

El Tour de 1926 constó de 17 etapas con una media de 338 kilómetros por jornada. Comenzó en Evian, una preciosa ciudad balneario situada en la frontera con Suiza, para bordear la totalidad del hexágono francés en sentido contrario a las agujas del reloj. Tras completar el círculo y pasar entre otros lugares por Metz, Dunkerque, Brest, Burdeos, Perpignan o Niza, con los imprescindibles pasos por los Pirineos y los Alpes, la carrera volvía a Evian para después enfilar el camino a los Campos Elíseos de Paris.

Era un ciclismo kilométrico y ausente de profesionalidad. Había paradas para comer, para beber, para mear o para cambiar una rueda, ya que estaba prohibida la asistencia. Si las etapas duraban más de 12 horas (lo habitual) se daba a los ciclistas un día de descanso antes de reanudar la competición. Lo que no ha variado es la necesidad imperiosa del organismo para superar tan dantesca proeza. Los ciclistas usaban productos que aumentaban su rendimiento y, sobre todo, mitigaran su dolor y su fatiga. En 1926 no existía el ciclista que prescindiese del cloroformo para las encías, analgésicos de todo tipo, coca para los ojos o linimento para las rodillas. Cerveza, vino, brandy y whisky por doquier. Y algunos, los menos, tiraban de anfetaminas, la EPO de los locos años veinte.

Fue la primera vez que el Tour de Francia no salió desde Paris. El favorito a la victoria era el italiano Ottavio Bottecchia, ganador de las últimas dos ediciones y que aspiraba a ser el primer ciclista en sumar tres victorias consecutivas. El otro distinguido en las apuestas era el belga Lucien Buysse, subcampeón del año anterior. Ambos compartían los colores blanco y azul oscuro del conjunto italiano Automoto que contaba con un total de seis miembros. La prensa francesa confiaba en la victoria del joven Adelin Benoit, que aunque nacido en Bélgica residía en Francia. Los más atrevidos apostaban por el luxemburgués Nicolas Frantz, líder del equipo francés del Alcyon, que al igual que el Automoto representaba a una casa de bicicletas y motocicletas.

Ottavio Bottecchia acaparaba las portadas de la prensa no sólo por ser el favorito sino porque su historia de superación encantaba al gran público. Ottavio era hijo de la pobreza y contaba que aprendió a leer ya de adulto. Cuando empezó a ganar carreras se aficionó a comprar ‘La Gazzetta dello Sport’ y se obligó a sí mismo a aprender a leer para saber lo que los periódicos decían sobre él. Bottecchia sirvió de correo en la I Guerra Mundial llevando noticias de un lado al otro del frente gracias a su bicicleta. Hasta los 28 años no compitió con los profesionales y lo hizo arrasando. Era, sin dudas, el mejor ciclista Tour de su época.

Los corredores estaban citados en Lyon. Los esforzados de la ruta llegaron a la bella ciudad portando sus maillots y sus bicicletas y fueron hacinados en un tren rumbo a Evian. Saldrían 130 corredores y tan sólo 41 de ellos conseguirían llegar a Paris.

Al igual que Bottecchia, Lucien Buysse también había combatido en la guerra. Lucien contaba con otros dos hermanos ciclistas, y fue el pequeño de ellos, de nombre Jules, el que se alzaría con el primer maillot amarillo de líder tras una larga escapada en la primera etapa rumbo a Mulhouse. Tras abandonar Alsacia y dirigirse en dirección a las playas del Mar del Norte, la carrera vivió un par de llegadas al sprint hasta que Gustaaf van Slembrouck se convirtió en el primer líder sólido de la carrera. Lo fue tras recorrer los ¡433! Kilómetros de distancia que unen las localidades de Metz y Dunkerque, en la que fue la etapa más larga de aquel Tour de proporciones hercúleas.

Ese mismo día, el día que Slembrouck se vistió de amarillo en la meta de Dunkerque, Lucien Buysse recibió la trágica noticia de que su hija había fallecido por culpa de una enfermedad respiratoria. Escalador de tronío, perseverante y tenaz, ‘bulldog’ como nombre de guerra, pero ya con 34 años a sus espaldas, a Lucien se le presenta la disyuntiva del que hacer. Es su mujer la que le anima a seguir adelante y afrontar el reto del Tour como una forma de homenajear a su hija. Con el tiempo sus otros tres hijos, todos varones, se harían también ciclistas.

En las siguientes seis etapas no hubo cambios significativos. Todas ellas acabaron al sprint. Pero hay que ponerse las gafas de la historia y contemplar aquellas seis etapas llanas con la perspectiva de 1926. Fueron media docena de jornadas cercanas a los 400 kilómetros por día con más de 14 horas sobre la bicicleta. Y por si fuera poco, aquel verano fue prodigioso en lluvias en Francia y a la gravilla y al esfuerzo hubo que sumar el adherente y pegajoso barro que se enganchaba a los neumáticos de la bicicleta.

—LA DÉCIMA ETAPA. LA ETAPA MÁS DURA DEL TOUR MÁS DURO—

Llegamos así a la décima etapa. 326 kilómetros entre Bayona, capital del País Vasco francés, y la villa pirenaica de Luchon. Se ascendería el Aubisque, Litor, Soulor, Tourmalet, Aspin y Peyresourde. En total más de 6.000 metros de ascensión bajo un temporal de viento y lluvia que azotaba al suroeste de Francia aquel martes 6 de julio de 1926.

Van Slembrouck era el líder. El primero de los favoritos era Lucien Buysse a más de 22 minutos de distancia. Iba a dar comienzo la que es calificada como la etapa más dura en la historia del Tour de Francia.

Y eso es mucho decir.

La etapa comenzó a las 02.00 de la madrugada con fuertes vientos, frío helador y un aguacero tremebundo que golpeaba desde el Atlántico. Aún era noche cerrada cuando los ciclistas se acercaron a las faldas del Aubisque, la primera estribación de la jornada. Lucien Buysse, a unos ¡200 kilómetros! para el final aceleró la marcha y se llevó tras de sí a otros dos ciclistas. Bottecchia trató de enlazar y, aunque en primera instancia pareció quedarse, finalmente se soldó a la rueda de los tres escapados. El que no puede seguir la juerga de los fugados es el otro favorito, Benoit, que con un fuerte constipado pone pie a tierra y decide abandonar el Tour.

Cuando los escapados se apresuran a coronar el Aubisque, la aguanieve arreció con ímpetu y a los ciclistas no les quedó más remedio que bajarse de la bicicleta. El camino es infernal y las ruedas de las motos y los coches de la organización han contribuido a hacerlo aún más diabólico. Pie a tierra tuvieron que empujar los toscos aparatos de hierro mientras la goma del neumático se ahogaba por culpa del barro. A Bottecchia, sentado en la cuneta, se le escapan unas cuantas lágrimas. En internet podemos encontrar sobrecogedoras fotografías de la ascensión. Más que imágenes parecen cuadros impresionistas de trazos gruesos en las que a lo lejos se vislumbran las formas inexactas y gruesas de los titanes de la carrera.

Tras el Aubisque llegaron los turnos de Litor y de Soulor que se solventaron sin excesivos cambios en la clasificación provisional. Pero después llegó el Tourmalet. Ya en 1926 el Tourmalet (cuyo significado es ‘camino del mal retorno’) formaba parte de la mitología del Tour de Francia desde que en 1910 se subiera por vez primera tras una de las mentiras más famosas del deporte. Un ayudante de Henri Desgrange, impulsor y patrón del Tour, viajó hasta el Tourmalet desde Paris, descubrió que el camino que llevaba a la cima era impracticable e imposible de subir en bicicleta pero decidió obviar la realidad para complacer a su jefe.

A los pies del coloso pirenaico de 2.100 metros de altitud la temperatura no llegaba a los cero grados centígrados y el viento no cesaba. En la cima los aficionados esperaban a los ciclistas acampados alrededor de fogatas. Buysse aceleró y se quedó sólo en cabeza mientras que por detrás se formaba un grupo de seis ciclistas entre los que destacaban los italianos Bottecchia y Aimo. Una lluvia insoportable y una ventisca gélida hurgaban sobre los ciclistas que trataban de avanzar sobre un lodazal impracticable, tratando de no resbalar entre una niebla de escarcha. Empapados y ateridos, muchos se refugiaron en albergues. Otra de las estampas icónicas que los fotógrafos cincelaron para la posteridad es la de Buysse, sólo, en un melancólico blanco y negro, de pie, arrastrando su bicicleta en la inmensidad de las montañas. Para la generación actual, a la que se le está diciendo que hay que aprender jugando, es difícil de comprender el valor de la voluntad. La fotografía da sentido a la palabra voluntad. El rostro de Buysse está ausente de vida. La fatiga brota como aguja afilada. Con los molestos e inquietos tubulares colgados del cuello y la mirada buscando con desesperación el fin del sufrimiento, Buysse aparece sólo, completamente sólo y pequeño en la inmensidad de los Pirineos.

E iba el primero.

Cómo irían los demás.

Abatido por el esfuerzo Buysse redujo el ritmo en el descenso y se bajó de la bici durante un par de minutos para comer algo. En el interludio fue superado por Tailleu, pero víctima de un cólico éste tiene que abandonar al llegar al llano. Es en el llano, justo antes de comenzar el ascenso al Aspin, cuando Buysse está a punto de ser cazado por el resto de perseguidores pero el belga volvió a aumentar el ritmo y como un John Wayne en bicicleta comenzó a cabalgar de nuevo. Ahora sí, abrió una brecha definitiva. Otra vez tenemos que tirar de fotografías para ver el cielo encapotado y los relámpagos salpicando las cunetas. Una tormenta descomunal precedió a una tromba de agua de proporciones bíblicas. El camino pasó de barrizal a ciénaga.

A la altura del Peyresourde, el último coloso de la jornada, Bottecchia, el favorito y actual bicampeón, que se encontraba ya a más de 20 minutos de la cabeza de carrera, se bajó de la bici y se juró a sí mismo que jamás volvería a tan inhumana prueba. Se pasaría las siguientes cinco semanas luchando en la cama de un hospital contra una neumonía. Otros seguirán en carrera pero a costa de mear sobre sus manos para hacer funcionar el cambio de la bicicleta al tener los dedos congelados por culpa del frío.

Buysse llegó en solitario a la meta de Luchon a las 19:17 horas, o lo que es lo mismo, 17 horas, 12 minutos y 4 segundos después de subirse a la burra la madrugada anterior en Bayona. Aimo llegó en segunda posición a casi 25 minutos de distancia del belga y Van Slembrouck, el líder provisional, lo hizo a casi 2 horas del vencedor. El último en llegar fue un tal Fernand Besnier cerca de la 01:00 de la madrugada, es decir, estuvo casi 24 horas encima de la bicicleta.

De los 76 ciclistas que comenzaron la etapa tan sólo llegaron a meta 54. La organización tuvo que eliminar el fuera de control para no quedarse sin corredores ya que sólo 31 lo hicieron dentro del horario previsto. Aún de madrugada miembros de la organización recorrían las cunetas y los caminos buscando a ciclistas que habían abandonado. La improvisación fue tal que Desgrange se olvidó de pagarle al conductor del autobús que hacía de coche escoba y éste amenazó con marcharse a casa y dejar a los ciclistas abandonados en plenos Pirineos. Lo más extraordinario es que tras 326 kilómetros, la subida de seis puertos de primera categoría, la lluvia, el viento, el barro, el miedo y el frio, Buysse finalizó la etapa a una media de 18’9 km/h, una velocidad que aún hoy, con carreteras asfaltadas, un precioso día primaveral, una bicicleta de carbono y una dieta rica en carbohidratos, está al alcance de muy pocos.

Con una sonrisa bordada de fango, Lucien Buysse se vistió de amarillo. Era la primera y hasta la fecha la única vez que dos hermanos portarían el maillot amarillo en el mismo Tour. Lucien ya no soltaría la prenda dorada hasta su llegada a Paris.

La siguiente etapa completaba la locura pirenaica de aquella dantesca edición. 323 kilómetros con cinco ascensiones de primera categoría entre ellas el Col de Aspet y el Col de la Perche antes de una rápida bajada en dirección a Perpignan. Fue en las rampas del Aspet donde Lucien Buysse atacó, esta vez acompañado de su hermano Jules. Aunque la lluvia seguía siendo abundante, a medida que los ciclistas dejaban atrás el Atlántico y se aproximaban al Mediterráneo la temperatura aumentaba y la etapa se hacía más llevadera. Jules tiró de su hermano con todas sus entrañas hasta que en el último puerto se abrió, miró atrás y dejó paso a Lucien que llegó en solitario a la meta de Perpignan con más de 7 minutos de ventaja sobre su hermano tras más de 12 horas subido a su bicicleta.

El Tour estaba acabado y sentenciado. No así el sufrimiento.

Faltaban los Alpes.

A falta de cuatro jornadas para el final los ciclistas afrontaron otra tremenda paliza entre Niza, a orillas del Mediterráneo, y la villa alpina de Briançon, pasando por el temible Izoard a más de 2.300 metros de altitud. El sol lucía y picaba con nervio, pero las fuerzas eran reducidas. Hubo múltiples ataques mientras Buysse dejaba hacer sabedor de su amplísima ventaja. Aimo ganó la etapa y se colocó tercero de la general a escasos segundos del luxemburgués Frantz tras el enésimo abandono masivo, esta vez de 10 ciclistas.

La siguiente etapa iba a discurrir entre Briançon y Evian. Era el escenario perfecto para la épica. Había que decidir los puestos del pódium y se esperaba una hombrada para buscar la victoria final. Se trataba de 303 kilómetros con la presencia de Galibier, Telegraphe y Aravis, puertos por encima de los 2.000 metros de altitud y con senderos de cabras como sucedáneos de carretera. Nuevamente la previsión climatológica no acompañaba y para más inri la organización tenía previsto suprimir las 24 horas de descanso, por lo que los ciclistas tendrían que enlazar con la siguiente etapa sin apenas dormir.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Los supervivientes se pusieron de acuerdo para no disputar la etapa. Decidieron viajar todos juntos y dar por buena la clasificación general. Completaron con parsimonia los 303 kilómetros y sólo al final decidieron resolver la victoria al sprint. Henri Desgrange fumaba en pipa y amenazó con descalificar a todos los corredores. Obviamente no cumplió con las amenazas y dos días después los ciclistas llegaron a Paris sin cambios en la general.

Lucien Buysse ganó su primer y único Tour de Francia invirtiendo más de 238 horas sobre la bicicleta, unas tres veces más que en la actualidad. El luxemburgués Nicolás Frantz fue segundo a 1hora, 22 minutos y 25 segundos y, lo curioso, es que el italiano Bartolomeo Aimo, tercero en discordia, quedó a tan sólo 26 segundos de distancia de Frantz en un Tour de dimensiones extraordinarias. André Drobecq, el último de los 41 infelices que consiguió llegar a Paris, lo hizo con más de 24 horas de retraso sobre el tiempo marcado por Buysse.

Al día siguiente Lucien Buysse viajó a Bélgica y fue recibido en Bruselas como un héroe nacional. Satisfecho por lo logrado, aparcó la bicicleta y no volvería al Tour de Francia hasta 1929 cuando dio una exhibición escalando el Aubisque, pulverizando el récord de la ascensión y abandonando sorpresivamente el Tour al coronar. Hombre hogareño y perfeccionista se retiró definitivamente en 1931.

Ottavio Bottecchia había jurado y perjurado que nunca volvería a correr el Tour. Y lamentablemente no lo hizo. La vida del italiano se cortó en 1927, a los 31 años de edad. Un paisano encontró su cadáver en una cuneta acompañado de su bicicleta. Se dijo que había tenido un accidente entrenando, pero los rumores apuntaban a un asesinato político. A Bottecchia no se le permitía correr el Giro de Italia porque era un firme opositor al régimen fascista de Mussolini. La realidad fue mucho más prosaica. Veinte años después un campesino, en su lecho de muerte, confesó a un sacerdote que había golpeado con una piedra en la cabeza a un ciclista porque estaba comiendo uvas cogidas de sus viñas. Cuando se dio cuenta de que lo había matado, dejó el cuerpo abandonado.

Para Henri Desgrange aquel Tour significó la derrota de Francia. En su opinión el ciclista francés se había acomodado y no era capaz de sufrir como hacían los belgas o los italianos. Pero a pesar de que estaba dolido por la sentada del pelotón, Desgrange sabía que tenía que hacer más humano el Tour. Aunque no se redujeron los kilómetros, al año siguiente dividió el recorrido en etapas más cortas formando un total de 24 e implantando, para la posteridad, la longitud de tres semanas para la disputa del Tour de Francia. Por otra parte, y para evitar las llegadas al sprint, concibió las pruebas contrarreloj. Y lo hizo a lo bestia. En el Tour de Francia de 1927 tan solo la última etapa rumbo a Paris fue llana. Hubo un total de 16 contrarrelojes y 7 etapas de montaña. Pero a pesar de tantos cambios, Desgrange aún tendría que esperar hasta 1930 para ver a un francés reinando en el Tour.

P.D: Lamentablemente no hay videos de aquel tremendo Tour. Os dejo con un documental sobre la historia del Tour y los Pirineos.

https://www.youtube.com/watch?v=lLVOgRwXX4c

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