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¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta?

Camino del siglo del inicio del primer Mundial de fútbol, únicamente ocho naciones pueden presumir de ser campeonas mundiales. A la más reciente España (1), se le unen Inglaterra (1), Argentina (2), Francia (2), Alemania (4), Italia (4) y la plusmarquista Brasil (5). Falta uno en la lista; Uruguay. Tiene 2 Mundiales de fútbol (1930 y 1950) y sin embargo 4 estrellas están cosidas sobre el escudo que adorna su camiseta. Cualquier charrúa dirá que su país ha ganado 4 Copas del Mundo de fútbol. Y los más ‘frikis’ hasta argumentarán que tienen 5 títulos en su palmarés. De ser así, no habría nación más laureada en la historia del fútbol.

¿Cómo es que Uruguay tiene cuatro estrellas en su camiseta? Un viaje a la Wikipedia nos dará una rápida respuesta. Dos obedecen a sus títulos de la Copa del Mundo y las otras dos dan fe de sus triunfos en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Pero eso no es motivo suficiente. El fútbol fue por primera vez disciplina olímpica en 1908, repitió en 1912 (ambas con victoria de Gran Bretaña) y se refrendaría en Amberes 1920 con triunfo de la anfitriona Bélgica ante España. Así pues, ¿por qué se ha de reconocer las victorias de Uruguay en esos dos Juegos Olímpicos como victorias mundiales y no sucede lo mismo con las anteriores?

Debemos retroceder al año 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los JJ.OO de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Pero que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los JJ.OO de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos por el país sudamericano. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

Vigo, con la selección de Uruguay - Faro de Vigo
Vigo. 6-IV-24. Llegan los uruguayos

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos, Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir con los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público. Había nacido la ‘vuelta olímpica’. No sólo eso. Un par de meses después, Uruguay disputó un partido amistoso ante Argentina para conmemorar el triunfo. Al cuarto de hora de partido, el delantero argentino Cesáreo Onzari anotaba un gol directo desde saque de esquina. Era el primer tanto que Uruguay encajaba tras ser proclamada campeona olímpica y aquel gol fue bautizado por la prensa como “el gol a los olímpicos”. De ahí nació la expresión ‘gol olímpico’ para referirse al tanto anotado directamente desde saque de esquina. Un término que surgió de la admiración por esa gran selección.

Juegos Olímpicos 1924 - AUF
«Campeones del mundo». 1924

Tal y como afirmé líneas atrás, los jugadores uruguayos eran amateurs, aunque por todos es sabido que los casos de profesionalismo encubierto eran evidentes en muchas disciplinas. Donde más en el fútbol, que había crecido de tal manera que hacía sombra a los propios JJ.OO. Esto fue notorio en Ámsterdam en 1928. Los uruguayos volvieron a lograr la presea de oro tras vencer sucesivamente a Holanda (2-0), Alemania (4-1), Italia (3-2) y a Argentina (2-1) en el encuentro por el título y tras un partido de desempate, en una antesala de la final de la Copa del Mundo de dos años después. Sin embargo, fue esta una victoria mucho más costosa, ya que los equipos europeos acudieron con los mejores jugadores de sus ligas, todos ellos falsos amateurs.

El COI, consciente de que era imposible controlar el amateurismo en el fútbol, prescindió de la disciplina balompédica en 1932. Recuperó el fútbol en 1936 bajo la estricta norma de prescindir de futbolistas profesionales la cual se mantendría vigente hasta 1988 imponiendo, eso sí, unas restricciones de edad, convirtiéndose el fútbol en los JJ.OO en una especie de Mundial sub-23. La FIFA se desmarcó de esa decisión, dejo de considerar los JJ.OO como competición mundial y pudo poner en marcha el proyecto que tenía en mente.

Fue entonces cuando Jules Rimet decide crear una competición propia a celebrar cada cuatro años, que se alternase con los JJ.OO y que llevaría el nombre de Copa del Mundo. La aprobación del primer Mundial tuvo lugar en un Congreso Extraordinario de la FIFA celebrado en el salón del Consejo del Ciento de Barcelona en 1929. Dado que Uruguay era la vigente campeona olímpica se dio por hecho que sería el país organizador, aunque Hungría e Italia también presentaron su candidatura. Al final el Mundial de 1930 se celebraría en el país sudamericano con tan sólo 13 países inscritos. Las naciones europeas (excepto Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) se negaron a acudir esgrimiendo motivos económicos y de calendario.

El boicot no tuvo efecto. El Mundial de 1930 fue un éxito y detrás del primero vendrían todos los demás. La organización uruguaya fue ejemplar. Todas las fuerzas vivas de la nación y los cerca de 2 millones de habitantes que entonces tenía el pequeño país latinoamericano se volcaron en el Mundial y en la construcción del estadio Centenario, que fue bautizado con ese nombre porque en 1930 la competición futbolística iba a coincidir en el tiempo con los fastos por la celebración del centenario de la Independencia de Uruguay. Por cierto, las cuatro tribunas del estadio están bautizadas con los evocadores nombres de América, Colombes, Ámsterdam y Olímpica, un homenaje a los éxitos futbolísticos del país.

Uruguay ganó aquel Mundial de 1930 al igual que había vencido en los JJ.OO de 1924 y 1928. Pelé cuenta como el único jugador que ha ganado 3 Mundiales (1958, 1962 y 1970), pero es un dato no del todo cierto. Hasta 6 jugadores uruguayos fueron vencedores en las 2 ediciones de los JJ.OO y en el primer Mundial. El capitán del combinado era Jose Nasazzi, un fenomenal central apodado ‘El Mariscal’ y que era temido por los delanteros. La figura del equipo era Héctor Scarone, uno de los mejores puntas del mundo en la década de 1920 y que jugaría en Europa en el FC Barcelona y en el Inter de Milán. El acompañante de Scarone era Pedro Petrone, máximo goleador en los JJ.OO de Paris. El centro del campo era comandado por José Andrade, un mediocentro rocoso que está considerado por los historiadores como el primer gran jugador de raza negra. Y nos faltan dos extremos, ambos de origen español. Por un lado estaba Santos Urdinarán, apodado ‘Vasquito’. El otro extremo era Pedro Cea, uno de los jugadores más aclamados al desembarcar la expedición uruguaya en Vigo porque había nacido en el pueblo gallego de Redondela antes de emigrar con sus padres al país charrúa (también era nacido en Redondela Lorenzo Fernández, que fue campeón olímpico en 1928 y del mundo en 1930).

Pero aún hay más. Si el lector recuerda, en el primer párrafo de este artículo anunciaba que los más ‘frikis’ dan a Uruguay 5 títulos de la Copa del Mundo. Y éste último, además, vale doble.

Uruguay es el único país que cuenta con una Copa de Oro de Campeones Mundiales.

En diciembre de 1980, con motivo de los 50 años de la creación del primer Mundial, la FIFA organizó una competición a lo que solo podían acudir aquellos equipos que habían sido campeones mundiales (en aquel entonces eran Uruguay, Italia, Brasil, Alemania, Inglaterra y Argentina). Los ingleses, fieles a su legendaria flema, renunciaron a ir, por lo que la FIFA invitó a Holanda por haber sido subcampeona en 1974 y 1978. Se formaron dos grupos con tres equipos saliendo finalistas los vencedores de grupo. A la final se clasificaron Uruguay, que ejercía de país anfitrión, y Brasil. En la finalísima, disputada el 10 de enero de 1981, los uruguayos vencieron por 2-1 con goles de Barrios y Vitorino haciendo inútil el tanto del brasileño Sócrates.

He aquí el pentacampeonato uruguayo.

Según los estatutos de la FIFA en 2030 se debe celebrar una nueva Copa de Oro de Campeones Mundiales. El problema es que 2030 también es año de Mundial y el calendario internacional está mucho más saturado de lo que estaba en 1980. Veremos lo que Infantino y compañía inventan, pero mientras tanto, y a la espera de saber quién ganará el Mundial de Qatar, Uruguay puede seguir presumiendo de tener 4+1 Copa del Mundo de fútbol.

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La semana mágica de Paolo Rossi

29 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores en las gradas. 18:30 horas. Alrededor del minuto 60 de partido. Paolo Rossi, el delantero centro de la selección italiana, recibe en solitario al contraataque, se interna en el área pequeña y es incapaz de levantar el balón por encima de Fillol, cancerbero argentino. Es un mano a mano clarísimo. Era el cuarto partido consecutivo en el que Rossi salía de titular en el Mundial y el cuarto consecutivo en que abandonaba el encuentro sin anotar un tanto. Italia triunfa, pero Rossi fracasa, titula la prensa transalpina. Italia venció a Argentina y se jugará el pase a semifinales ante Brasil, la indiscutible favorita del torneo.

Con 14 años Luciano Moggi lo captó para la Juventus procedente de la Cattolica de Virtus. Era un delantero oportunista, no exento de técnica, pero que destacaba por estar en el lugar preciso en el momento justo. Paolo Rossi era una prometedora estrella pero sufre tres lesiones distintas de menisco antes de los 18 años. Se recuperaría, pero a los 30 ya estaría retirado. El caso es que la Juve se deshace de él y lo manda al Vicenza que estaba en la Serie B. El primer año es el máximo goleador de Segunda y asciende a Primera. La segunda temporada repite ‘Pichichi’ en la Serie A y deja a su modesto equipo en puestos europeos. Pablito había renacido.

Va al Mundial del 78 y se sale. Italia alcanza las semifinales. Y llega el escándalo. El Perugia, un modesto, ofrece una millonada. La Juve se echa atrás. Entonces los italianos sólo podían salir del país con el equivalente a 65 euros de la actualidad. El fichaje de Rossi cuesta 5 millones de hoy, pero el sueldo de Rossi sigue siendo modesto. Los jugadores exigen cobrar más. Los equipos pagar menos impuestos. Se rumorea que se amañan partidos. Nunca se probó que Paolo Rossi cobrara ninguna mordida, pero al igual que a la hora de meter goles estaba en el lugar preciso en el momento justo, el escándalo del ‘Tottonero’ le salpicará de lleno. Un coloso como el AC Milan es castigado con el descenso a la Serie B y una figura como Paolo Rossi estará dos años sancionada sin jugar. Era 1980.

Archivo:Paolo Rossi Vicenza.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Pablito

Enzo Bearzot siempre creyó en su inocencia. El seleccionador ‘azzurro’ lo estimaba como futbolista y como hombre. Fue su medicina durante dos largos años. Creía en ese delantero oportunista. Tras sólo tres partidos jugados en dos largos años decide convocarlo para el Mundial 82. Le da la posibilidad de forjarse un destino. Rossi jugará la primera fase del Mundial como un futbolista encadenado. La prensa quiere a Roberto Pruzzo y no a un chico tramposo y falto de forma. Bearzot decide que ningún jugador hable con los medios. Sólo hablará él. Dice que pone a Rossi de titular “por una cuestión moral”. El escándalo está servido. Italia está a punto de irse a casa en la primera fase. Las críticas son duras. Pero Rossi, con el 20 a la espalda, seguirá siendo el 9 titular.

5 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores. 17:20. Minuto 5 de partido. Centro al área, Rossi arranca una décima de segundo antes que su defensor y de cabeza cruza el balón. Es el gol más importante de la carrera de Pablito. El que le abre las puertas del paraíso tras 365 minutos en el averno. Luego vendría el segundo en el que Rossi volvió a ser Pablito el oportunista al ganarle el balón a Toninho Cerezo y anotar un gol de pillería. En el tercero demostró que nadie era capaz de defenderlo. Aquella tarde sólo un hombre podía entrometerse entre Brasil y las semifinales. Rossi anotó un ‘hat-trick’ en el que fue el partido más hermoso de todo el Mundial.

https://www.youtube.com/watch?v=fser8knw8Ws

Brasil del 82 era como el Brasil del 70 pero no tenía ni portero ni gol. Era como bailar con tu hermana. Todo era hermoso hasta que llegabas al final. Rossi, el proscrito, el delantero que había jugado tres partidos en dos años, que no había marcado ningún gol en el Mundial, volvió a ser Pablito. En una época donde se marcaba al hombre, Rossi era el delantero que se escabullía, el pillo que se escurría y bailaba con el balón hasta llevarlo a la línea de gol.

8 de junio de 1982. Barcelona. Camp Nou. 60.000 espectadores. 17:15 horas. Italia contra Polonia. Semifinales. Italia ya no tenía a un delantero. Tenía a un héroe nacional. Paolo Rossi anotó otros dos goles tocando apenas un par de balones. No podía haber escogido un mejor momento para resucitar. Italia volvía a la final de un Mundial tras haber perdido ante Brasil doce años antes.

Cuando Enzo Bearzot llegó a la ‘Nazionale’ siete años atrás decidió apostar por algunos jóvenes que conocía de las categorías inferiores. Concretamente dos de ellos se mostraron indispensables. Antonio Cabrini en la defensa y Paolo Rossi en la delantera. Esos dos futbolistas eran innegociables. Bearzot era un hombre culto. No era un entrenador al uso, era como un pintor que sabía cómo combinar colores. Y Paolo Rossi era como el azul, el azul de Italia, el azul del cielo y del mar. Como ese color que permite enlazar con los demás.

11 de junio de 1982. Madrid. Santiago Bernabéu. 90.000 espectadores. 20:00 horas. Italia contra Alemania Federal. Final del Mundial. El sueño de una vida. Minuto 57 de partido. Tardelli abre a la derecha, Gentile recibe el balón y centra al área donde cayendo y todo potencia aparece Rossi que entre su cabeza y su corazón abre el marcador. Esta vez solo fue un gol, pero se dice que en una final el primero vale por tres. Alemania venía de una extenuante prórroga ante Francia, Rummenigge estaba tocado y los teutones bajaron los brazos. Italia acabaría ganando 3-1 y lograría el que hasta el momento era su tercer Mundial.

Paolo Rossi jugó 7 partidos en aquel Mundial y anotó 6 goles distribuidos en apenas 230 minutos. Fue el máximo goleador. En dos años disputó únicamente 10 partidos oficiales marcando 7 tantos. Al acabar el Mundial firmó por la Juventus, su amor de adolescencia, tuvo un par de años mediocres y se apagó. Paolo Rossi fue una estrella fugaz. Fue un héroe que entró en combustión durante una semana mágica para ingresar en el olimpo de los dioses. Es uno de los únicos 8 futbolistas que han ganado la Copa de Europa, el Mundial y el Balón de Oro. Un Balón de Oro, aquel de 1982, que es uno de los más baratos de siempre, porque a Paolo Rossi tan sólo le hizo falta una semana para justificar un año. Para justificar una carrera. Para justificar una vida.

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Brasil del 70 (50 aniversario) 2ª parte

No hay discusión. El Brasil del 70 realizó la mejor fase final que nunca se ha hecho en un Mundial de fútbol. Fue un fogonazo sin continuidad. ¡Pero qué fogonazo! Hay quien dice que el fútbol que España realizó en el Mundial de Sudáfrica de 2010 se le asemejó. Pues no. España tocó y enamoró, pero no concretó. Brasil fue un terremoto. Tocó, enamoró y concretó. España jugó a lo ancho, Brasil a lo ancho y a lo largo. El Brasil del 70 lo ganó todo y nunca se dudó de su victoria. Vapuleó a todos. 6 de 6. 19 goles a favor y 6 en contra. Y todo esto venciendo a tres campeones del mundo (Inglaterra, Uruguay e Italia) incluyendo entre ellos al que entonces era el vigente vencedor. España ganó 6 de 7. 9 goles a favor y 2 en contra y tan sólo derrotó a Alemania entre los triunfadores mundiales. Pero lo más relevante es que aunque España tiñó el campo de flores nunca transmitió la suficiencia que mostró Brasil.

Brasil sedujo, convenció y conmovió con la pureza de un argumento sencillo. Una dicotomía basada en el toque de balón y en la combinación ofensiva. La simplicidad del juego, el jugar e improvisar, se convirtieron en creación y belleza. El equipo de los cinco dieces. De los cinco mediapuntas. Jairzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino. Todos ellos sostenidos por Clodoaldo, un imberbe de 20 años que ejercía de patrón de barco. Y es que por delante de Clodoaldo sólo había magia. Quizás semejante despropósito ofensivo no hubiera ganado una Liga, pero en un campeonato corto formaban una colección de ases indestructible.

Primer partido. 3 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Una bomba que superaba siempre los 30 grados de temperatura con una humedad procedente del Pacífico que cortaba la respiración. El primer partido del grupo era una repetición de la final de 1962. Brasil-Checoslovaquia. Los europeos habían declarado no tenerle miedo a la ‘canarinha’ abduciendo que Pelé estaba en la cuesta abajo de su carrera. Y lo cierto es que al poco de comenzar Brasil tocó y tocó hasta que le llegó el balón a Pelé que, a puerta vacía, envío el balón al segundo anfiteatro. Luego Petras le rompió la cintura a Brito y puso el 0-1 en el marcador a los diez minutos.

Fue un espejismo. Los acabados eran los checoslovacos. A partir de entonces Brasil fue un terremoto. Minutos más tarde Pelé cae en la media luna del área. Todo el mundo espera el lanzamiento de Pelé, pero es Rivelino el que dispara un misil con la zurda que se cuela en la base del poste izquierdo de la meta defendida por Ivo Viktor.

Con el 1-1 llegó una muestra de fragancia de ‘O Rei’. Pelé se había percatado de que Viktor tenía tendencia a salir del área, algo inusual en los porteros de entonces. Así que antes de pisar la línea del centro del campo, a unos 60 metros de distancia, Pelé quiso comprobar cuanto de miope tenía. Imprimió al balón la fuerza necesaria, pero el esférico se marchó lamiendo el palo derecho del portero. Fue prodigioso. Nunca antes se había visto algo semejante en un partido de tal envergadura. Y si antes alguien lo hubo hecho no tenía la televisión para darle pábulo. Fue el primer no-gol de Pelé en ese Mundial. Todo un shock. “Desgraciadamente el balón rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, señaló Pelé al acabar el choque.

La segunda parte fue un baño de juego brasileño que se saldaría con otros tres goles, uno de Pelé y dos de Jairzinho, el segundo de ellos tras un fenomenal disparo cruzado tras salvar las tarascadas de tres defensores.

Rivelino (11) formaba la media izquierda junto a Gerson. Era el hombre de la visión de juego, los regates y sobre todo el libre directo. Zurdo. Ser zurdo es al fútbol como nacer con una barra de pan en la punta de la bota. Dicen que tras un partido, mientras los jugadores se relajaban en la piscina de su hotel de Guadalajara, apareció Pelé. Tostao, Gerson y Rivelino se miraron entre sí como diciendo a ver cómo podían picar a ‘O Rei’. De repente Rivelino gritó: “Oye, ¿a ti te gustaría haber nacido zurdo, no?”, mientras los demás se meaban de la risa. Y es que Pelé era dios, pero Pelé era diestro. Rivelino tenía una siniestra asombrosa que convertía mandarinas en obuses. Su forma de golpear era tan ingeniosa que en plena Guerra Fría fue bautizada como ‘patada atómica’. De Rivelino se recordarán sus faltas, su bigote y su elástica, un regate hecho con piernas de chicle y botas de gelatina. Ronaldinho, antes de Ronaldinho.

Segundo partido. 7 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Otra tarde tórrida. Se jugaba al mediodía, tarde-noche en Europa. Cosas de los derechos televisivos. Brasil-Inglaterra. Los dos gallos del grupo luchando por el primer puesto. Inglaterra era el vigente campeón mundial.

La prensa inglesa no escatimó elogios: «Debía estar prohibido jugar un fútbol tan bello», clamaron los periódicos ingleses por los recitales de toque, movilidad y las incorporaciones sorpresivas de Carlos Alberto y Everaldo en los laterales. “No se escribe P-E-L-É, se escribe D-I-O-S”, clamó otro rotativo. Ese partido fue la prueba más fehaciente de que Brasil era todo coordinación, estética y hambre de victoria. Inglaterra, la gran Inglaterra de Moore y Charlton, puso el autobús. No fue un partido de fútbol, fue un frontón. Una humillación de clase y juego que se vio acolchada porque la ‘canarinha’ sólo consiguió anotar un gol.

Pero menudo gol. Tostao se atrae a tres ingleses, caño a Bobby Moore incluido, centra al punto de penalti y Pelé, con un control sublime y un giro de tobillo, tira a otros tres ingleses al suelo, hasta que aparece un Jairzinho que, acostumbrado a escabullirse en los arrabales de Río, no lo iba a tener complicado para sacar el cuchillo ante aquellos victorianos.

Antes, en la primera parte, vimos otro momento icónico del Mundial. Jairzinho centró desde la derecha y Pelé se elevó a los cielos para realizar un perfecto remate picado de cabeza. Entonces, de la nada, apareció Banks, que con un escorzo felino desvió el balón por encima del larguero. Aquella es considerada la parada de la historia, porque si ya de por sí era complicada, lo que es incomprensible es como Banks consiguió despejarla por encima del larguero cuando la lógica dictaba que el balón quedase muerto dentro del área.

Tostao (9) era técnicamente perfecto. Zurdo, como no. Lo tenía todo. Regate, visión de juego, coraje, personalidad, imaginación y disparo. Era un estilista. Tenía permiso para comprar la careta de Pelé en una fiesta de disfraces. Pero no le dio tiempo. Meses antes de iniciarse el Mundial, con apenas 22 años, Tostao recibió un balonazo en un ojo que le causó un desprendimiento de retina. Tuvo que ir a operarse a Estados Unidos y al Mundial llegó medio ciego. No necesitaba más que un ojo para sentar cátedra, pero tras cinco intervenciones quirúrgicas tuvo que quitarse la careta de Pelé con solo 26 años. Tostao fue, pero pudo haber sido.

Tercer partido. 10 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Más calor. Brasil está clasificada. Toca jugar un trámite ante Rumanía. Es el partido más flojo del Mundial. La ‘canarinha’ sale con exceso de confianza y se rompen con facilidad sus pocas costuras defensivas. Gana 3-2 en un partido sin historia. El choque da para ver como Pelé anota un gol de falta calcando la posición y el disparo de Rivelino ante Checoslovaquia. Aquí mando yo, parece que exclama. También sirve para que Jairzinho anote un doblete. Es su cuarto gol en el Mundial. Acabará con siete, siendo el primer y único jugador que ha anotado en todos y cada uno de los partidos de un Mundial desde la inauguración hasta la final.

Jairzinho (7) era el más terrenal de los cinco. Tuvo que sustituir a Garrincha tanto en el Botafogo como con Brasil, y eso hace terrenal a cualquiera. Era un huracán que se comía la banda a bocados y que tenía un disparo demencial que convertía a los porteros en mantequilla. Solía pegarse a la línea de cal y tras una finta disparar un fastuoso tiro cruzado a pierna cambiada. En México alcanzó el clímax de su carrera porque de los ‘cinco dieces’ era el único que estaba a gusto con la posición asignada.

Cuartos de final. 14 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Del calor ya no hablamos más. Brasil-Perú. El mejor partido de todo el Mundial. Ataque y más ataque. Pelé contra Cubillas. Dos equipos que no sabían defender. Fue un festival de juego, paredes y regates por parte de ambos equipos. Hubo 49 tiros a puerta entre los dos conjuntos. El entrenador del mejor Perú de la historia (Chumpitaz, Sotil, Cubillas) era Didí, una leyenda del fútbol brasileño que había ganado el Mundial de 1958 compartiendo delantera con un jovencísimo Pelé.

Cuando uno contempla un resumen del choque (4-2) ve que los goles de Rivelino, Tostao (2) y Jairzinho son preciosos (así como los de Perú, con la inestimable ayuda de Félix), pero más lo son las jugadas que los preceden y las que no acaban en gol. Al poco de empezar hay una clásica jugada de Pelé que mata el balón con el pecho al borde del área tras un pase perfecto de Gerson, usa la rodilla como guante para tumbar a un defensor, y, sin bajar de revoluciones, remata a la base del poste. No es gol. Pero de repente aparece Pelé para pasar por encima de un defensor e intentar revivir la jugada con un taconazo. ¡Qué más da que no fuese gol! «Si un marciano preguntase qué es el fútbol, un vídeo del partido Brasil-Perú del Mundial de México de 1970 lo convencería de que se trata de una elevada expresión artística», diría el escritor escocés Alastair Reid.

Gerson (8) era otro genio, y como genio que era, también era zurdo. Aportaba la pausa, la cautela, pero fundamentalmente el carácter. De los cinco dieces Gerson era el que tenía el carácter más agrio, el que reñía y vociferaba cuando el golpeo no era el adecuado. Le llamaban papagayo porque no paraba de graznar y protestar ejerciendo de profesor tanto fuera como sobre el tapete. Era el delineante del grupo. El que con escuadra y cartabón colocaba suavemente el balón a los pies de su dueño. Atacado por las lesiones se perdió un par de partidos, pero reapareció ante Perú y ya lo jugó todo hasta la final.

17 de junio. Semifinales. Estadio Jalisco de Guadalajara. Brasil-Uruguay. Era la primera vez que ambos conjuntos se enfrentaban en un Mundial desde el ‘Maracanazo’. Había tensión. Muchísima tensión. La junta militar exhortó a los futbolistas para ganar. Los periodistas estaban muy encima, y el sentir de la afición y de los jugadores denotaba miedo. Uruguay era competitividad pura. Ya en el sorteo de campos los uruguayos se pusieron a gritar la palabra Maracaná para sembrar el terror en la ‘canarinha’. Brasil comenzó el partido de forma irreconocible, dando malos pases y sin imponerse en el juego. Y Uruguay domina físicamente, con dureza y patadas, y también en el marcador.

En el minuto 19 Brasil comete un error en la entrega y en un rápido contraataque Uruguay se adelanta. Por primera vez se ve a los brasileños discutiendo entre ellos. Los nervios afloran mientras las patadas se suceden permitidas por el árbitro español Ortiz de Mendibíl (el de los tebeos de Zipi y Zape). Pero en el descuento del primer tiempo Clodoaldo sube al ataque, algo que nunca hacía, y tras una pared con Tostao anota el empate. 1-1. Gol psicológico.

A partir de ahí cambia el partido. Brasil vuelve a ser Brasil en la segunda parte. Controla el juego, imprime velocidad y actúa con inteligencia. Primero Pelé ataca cual gacela dejando con hambre a varios leones, hasta que suelta el balón para que Jairzinho anote. Y luego en el 89 se adentra dentro del área, para el tiempo y decide que sea Rivelino el que ajusticie a Uruguay. 3-1 y a la final.

Y en el descuento la apoteosis. El otro no-gol. Con Uruguay volcado al ataque Tostao lanza un contraataque. Pelé va a recibir el balón ante la salida de Mazurkiewicz, pero en vez de tocar el esférico decide dejarlo pasar como si fuese el hombre invisible. Pelé lleva el circo al fútbol y decide rodear a Mazurkiewicz en vez de encararlo. Vuelve hacia atrás para rematar su obra, pero otra vez la diosa fortuna considera que la imperfección es más bella que la perfección. Es el arte sin gol. “A lo mejor Pelé falló el gol porque yo le forcé a escorarse”, replicaba un dolido Mazurkiewicz al finalizar la semifinal. Hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad en México 70, pero ninguno acabó en gol.

Pelé (10) era la poesía. Era el fútbol hecho hombre. Contaba con diversas velocidades. En la primera era capaz de romper las defensas cual cuchillo. En la segunda tenía la capacidad de parar el tiempo e hipnotizar a los rivales con giros inclasificables de su tobillo. Dicen que una vez le preguntaron a Menotti como se podía marcar a Pelé, y el técnico argentino contestó; “con una tiza”. Pelé dejó para el recuerdo algunas de las jugadas más inverosímiles que se han visto en un campo de fútbol y la sensación de que su juego pervivirá en la inmortalidad. El hombre de los 1.000 goles es más recordado por sus no-goles que por los que convirtió. En aquel Mundial los hizo de falta, de cabeza, con la derecha y con la izquierda, pero inconformista, siempre dijo que los hubiese cambiado todos por hacer anotado una chilena en un Mundial.

21 de junio. Final. Estadio Azteca. México Distrito Federal. El coloso de Santa Úrsula. 110.000 almas. Hace calor, pero menos. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. La noche anterior tocó rezar. Pelé fue también el impulsor de una tradición que aún hoy en día mantiene la ‘canarinha’. Ferviente católico, Pelé promovió que todos los días tras la cena se realizara una oración de forma conjunta. Nunca se hacía un rogo sobre el fútbol. Siempre era por un familiar enfermo, un amigo o los más necesitados. No era obligatorio, pero creyentes o no, acabaron todos formando parte del ritual.

Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con ‘O Rei’ en esa jugada, lo explicó así: «Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo: Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado». Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina.

Los 45 minutos finales fueron una exhibición ‘canarinha’. «Italia se enfrentó a monstruos de otro planeta. Auténticos tiranos del fútbol que juegan a ritmo de samba”, escribió ‘La Stampa’. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimetrados a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho.

Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro ‘jogo bonito’. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria.

El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear el primer Mundial en color de la historia. Un periodista carioca entró al vestuario brasileño de rodillas y pidió perdón a toda la plantilla a lágrima viva por sus críticas a los futbolistas antes del Mundial. “Cuando llegó el Mundial nos encontramos todos números diez. Entonces tuvimos que adaptarnos para poder jugar juntos. Y todo salió a la perfección. Conformamos la mejor delantera de la historia del fútbol brasileño y creo que del mundo,” declaró Jairzinho.

Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con 7 tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Camino de cumplir los 30 años dio su último recital y se consolidó como el mejor jugador de todos los tiempos para la mayor parte de los expertos y el único con tres títulos mundiales en su palmarés.

 “Con aquel equipo hubiésemos ganado tres Mundiales más seguidos. No había jugadores como Pelé, Tostao, Jairzinho, Rivelino o yo. No los ha habido y no los va a volver a haber nunca”. Gerson.

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Brasil del 70 (50 aniversario) 1ª parte

Abril de 1970. Faltaban apenas un par de meses para el inicio del Mundial de México y la selección brasileña se disponía a jugar su penúltimo partido de preparación en Sao Paulo. El rival era la débil y desconocida selección de Bulgaria. Se esperaba una plácida y fácil goleada. El resultado final fue de 0-0, mismo marcador que el cosechado quince días antes en otro amistoso ante Paraguay. Las sensaciones no eran buenas. Pero la gota que colmó el vaso no fue el empate, sino que en aquel encuentro de preparación el seleccionador Saldanha dejó en el banquillo a ‘O Rei’ Pelé.

Hace justo ahora medio siglo una fugaz aparición en el planeta fútbol expresó la técnica en términos renacentistas. El Brasil del 70 es al fútbol lo que Picasso a la pintura o Mozart a la música. Hipérboles de los amantes del balón, pero que no son más que la admiración por un equipo que hizo del juego colectivo algo extraordinario a través de maravillosas individualidades. Su famosa delantera formada por cinco dieces era un conjunto de virtuosos técnicos enamorados del gol. Brasil desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. Era hipnótico ver como los brasileños acariciaban el balón incluso cuando lo golpeaban con fiereza.

El Brasil del 70 es para algunos el mejor equipo de la historia del fútbol. Es mucho decir, porque, como nos hemos cansado de repetir en este blog, no es coherente comparar distintas épocas. Además, entre la prematura retirada de Pelé y las lesiones que castigaron a Gerson y a Tostao, ese equipo de ensueño no tuvo continuidad. Lo que sí que se puede decir sin discusión es que es el Brasil del 70 es el conjunto que ha unido la victoria con el brillo y la estética de forma más hermosa.

Al mito del Brasil del 70 lo ayuda la perfección del Mundial de México. Un Mundial único. Y es que México 70 representa el juego del fútbol más puro que se ha visto por plasticidad y por ejecución, junto a un nivel técnico superlativo. Todo era nuevo, todo era hermoso. Era la primavera del fútbol. Se usaron por primera ocasión las tarjetas para beneficiar a los futbolistas de ataque. Consintieron dos sustituciones por equipo, otorgando mayor riqueza táctica al juego y oxigenando a los futbolistas fantasistas. Se retransmitió el Mundial a color y vía satélite por vez primera, y se diseñó un bellísimo balón de fútbol de nombre Telstar compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros que desterraría al baúl de la historia a la bola de cuero de color marrón tradicional.

Preciosas también eran las camisetas de juego que inauguraron una década icónica y rompedora. Aquellos cuellos anchos, melenas al viento y ese color tan puro que percutía en el iris de la gente a través del televisor diseñó algunas de las indumentarias más recordadas del fútbol. Las primeras zamarras proporcionadas por marcas oficiales y que lucían resplandecientes en color y con la preciosa luz del verano mexicano. Nunca antes se habían fabricado camisetas diseñadas para evitar la acumulación de transpiración en el cuello. Elásticas hechas a medida como si de un traje de tweed se tratase.

Y por supuesto Mexico 70 fue el Mundial del partido del siglo. Una agónica victoria en la prórroga de Italia ante Alemania en una electrizante semifinal. La epopeya más grande jamás vista en cerca de cien años de historia de los mundiales de fútbol.

Pero volvamos al mes de abril de 1970. Al partido de Brasil ante Bulgaria. ‘O Rei’ saltó al campo en la segunda parte con el número 13 en la espalda. Si la suplencia ya hacía daño, lo del número 13 era de juzgado de guardia. Daba la sensación de que los jugadores, los mismos que en la fase de clasificación pasaron por encima de sus rivales, le hacían la cama al seleccionador. La prensa estalló. Se acusaba a Saldanha de loco visionario, pero también se culpaba a los jugadores por falta de carácter y por tener actitud de divos. Gerson, uno de los acusados, fue taxativo: “Este Mundial lo va a ganar Brasil. La única manera de que no lo ganemos será rompiéndole una pierna a Pelé, un brazo a Tostao, la cabeza a Rivelino o quebrando mis rodillas”.

Tres días después Joao Saldanha era destituido y se elegía como seleccionador a Marío Zagallo.

¿Qué había pasado?

Pelé y Brasil habían fracasado en 1966. ‘O Rei’ acabó el campeonato cosido a patadas y, viendo que la generación victoriosa de 1958 y 1962 se apagaba, decidió dejar la selección brasileña. 1966 fue el año en el que anotó menos goles. Apenas tenía 26 años, pero daba la sensación de que estaba cansado y había perdido la magia por el juego.

Por entonces Pelé era un animal de circo explotado por el Santos. En una ocasión el Santos FC realizó una gira por África con parada en Nigeria. Los nigerianos estaban enfrascados en una guerra con Biafra, una región que proclamaba su independencia. Fue llegar Pelé al país e inmediatamente se decretó una tregua de una semana para que ‘O Rei’ y su equipo pudiesen realizar la gira. Más estrambótico fue la parafernalia que rodeó a Pelé el día en el que marcó su gol número 1.000, con una cantidad de festejos que harían palidecer al carnaval de Río.

En aquellos años Brasil estaba regido por una dictadura militar. Como había restricción de libertades, el fútbol era uno de los pocos campos donde la crítica era libre. Y había motivos para criticar. No sería hasta 1968 cuando Pelé decidió volver, pero aun así Brasil no carburaba y pocos daban como favorita a la ‘canarinha’ para el Mundial de 1970. Uno de los más críticos era Joao Saldanha, un polémico ex entrenador y ahora periodista de filia comunista. Joao Havelange, entonces máximo mandatario de la federación brasileña, creyó que si le daba el cargo de seleccionador acallaría las críticas, e hizo suya la máxima bélica de que si no puedes con tu enemigo lo mejor es unirte a él.

Pelé nunca fue un hombre de política. Dicen que la diferencia entre Brasil y Estados Unidos, los dos países desarrollados más poblados del mundo con mayor porcentaje de población negra, radica en que los primeros tienen un deporte común para todos y los segundos tienen cosificados sus deportes según la raza. El caso es que el fútbol en Brasil es religión, y aun habiendo problemas raciales, existe un consenso comúnmente aceptado de que su éxito reside en que está ajeno de polémicas. Pelé siempre siguió al dedillo esa máxima. En su vocabulario sólo hubo fútbol. “Llegó donde los negros nunca llegan, pero nunca regaló un minuto de su tiempo ni nunca se le cayó una moneda del bolsillo”, dijo de él Eduardo Galeano.

Saldanha se reunió con Pelé y ofreció el reinado absoluto. Le juró que sería el alma del equipo como siempre había sido y le prometió un juego ofensivo total. También le dijo que al haberse establecido las tarjetas los defensas no serían tan duros. Pero lo que cambió la idea de ‘O Rei’ fue la posibilidad de ser el primer futbolista en ganar un tercer Mundial y poder hacerlo disputando todos y cada uno de los partidos. En 1958 empezó como suplente y tanto en 1962 como en 1966 acabó lesionado al poco de comenzar el torneo.

Brasil se clasificó para el Mundial arrasando a Paraguay, Colombia y Venezuela en la fase eliminatoria. Sumó 23 goles en 6 partidos. Faltaba aún un año para el Mundial pero parecía que todo marchaba sobre ruedas.

El problema radicaba en que Saldanha era una mosca cojonera. Y a una mosca le encanta la mierda. Empezó a soltar declaraciones gratuitas a la prensa. Se decía que los futbolistas eran tan buenos que jugaban solos (lo cual no era del todo incorrecto) y que se había vendido a los gerifaltes de la federación brasileña. Así que empezó a decir lindezas. Primero sostuvo que Leao, el portero suplente, era un deformado y tenía los brazos cortos. En otra ocasión criticó los actos de rabia de Gerson y le recomendó públicamente que fuera a un psicólogo. Pero la traca fue cuando dijo que Pelé ofrecía un bajo rendimiento porque era miope. Pelé ya era miope cuando con 17 años asombró al mundo en el Mundial de 1958 pero, ahora, siempre según Saldanha, su miopía le impedía rendir a buen nivel.

Y Saldanha tenía otro problema a mayores. En una entrevista, el general Medici, presidente de Brasil, manifestó que su jugador favorito era Darío, un delantero del Atlético Mineiro que aquella temporada había anotado más goles que el mismísimo Pelé. Cuando fue preguntado si Darío iría al Mundial, Saldanha fue rotundo: “El presidente dirige al país y yo dirijo a la selección”.

Así que cuando a Saldanha le da un ataque de entrenador y decide poner de suplente a Pelé ante Bulgaria ya había cavado su propia tumba. Mario Zagallo sería el nuevo técnico.

— LOS CINCO DIECES —

Zagallo había sido campeón del mundo en 1958 acompañando a Pelé en la delantera y también había resultado victorioso en 1962, aunque relegado ya al rol de suplente. Zagallo era un hombre honesto pero inexperto en tácticas, y escogió como segundo a un veinteañero desconocido, pero obseso por el fútbol, llamado Carlos Alberto Parreira, y que décadas después sería un célebre entrenador. El caso es que Zagallo tenía la autoridad moral y la cercanía necesaria para mandar sobre aquellas estrellas, pero también sabía que a las estrellas no se les manda. En medio de un ambiente enrarecido, y a escasas semanas del inicio del Mundial, Mario ‘Lobo’ Zagallo llamó a seis de sus jugadores a una habitación del hotel Das Palmeiras de Río de Janeiro. Jairzinho, Gerson, Pelé, Tostao, Rivelino y Clodoaldo. Los cinco cracks y el cerebro. Y allí, tras un par de horas de debates técnicos, se produjo el gran pacto. Los cinco dieces de Brasil jugarían todos juntos para formar la delantera más célebre y temible de todos los tiempos. El talento de Jairzinho se desplazaría al extremo derecho, Pelé de interior derecho, Tostao de punta, Gerson de interior izquierdo y Rivelino en el costado izquierdo. Clodoaldo, que era un ciclón y había pasado unas semanas en la NASA aprendiendo técnicas límites de entrenamiento, quedaría relegado a labores de contención.

Era una revolución. Eran cinco mediapuntas creativos y goleadores que ocupaban la misma posición en sus clubes y realizaban el mismo papel de líderes y genios. Eran cinco dieces. Pelé en el Santos, Gerson en el San Paulo, Tostao en el Cruzeiro, Rivelino en el Corinthians y Jairzinho en el Botafogo. Todos eran ‘10’. Eran cinco galácticos.

El esquema era simple, que no es lo mismo que sencillo. En la portería estaba Félix, que como buen portero brasileño del siglo XX era de todo menos buen portero. Los laterales eran más bien extremos profundos que aguijoneaban continuamente los costados del enemigo. Por la derecha percutía Carlos Alberto, un malabarista de técnica exquisita que además ejercía de capitán tanto en el Santos de Pelé como con la ‘canarinha’. Carlos Alberto era por la derecha lo que años después sería Roberto Carlos por la izquierda. Por la siniestra penetraba Everaldo, más disciplinado defensivamente, pero igual de molesto en la ofensiva. En el centro de la zaga se mostraba Piazza, que en realidad era un volante pero que en el Brasil del 70 iba a ser un central que rivalizaría en clase con Beckenbauer. Su acompañante era Brito, el jugador más criticado de toda la selección, porque era el más parco en técnica. Brito era contundente y duro y aportaba la fiereza que todo grupo necesita.

Por delante, con toda la zona ancha para sí, se situaba Clodoaldo, el de la NASA, que tenía la obligación de ejercer de apagafuegos mientras los laterales atacaban sin cesar. Tostao quedó como el delantero centro, sacrificando su creatividad para jugar de pivote, continuamente de espaldas, ejerciendo de fijante de los centrales. Pelé alternaba de organizador y de delantero, realizando funciones de interior derecho e inmolando su posición de hombre dominante en detrimento de Gerson, que ejercía la misma función desde el centro o desde el carril izquierdo. Jairzinho, escorado a la banda, fue el más feliz de todos, porque Rivelino tenía que pisar el freno cada vez que intentaba asomarse a la zona de creación.

(ABAJO) Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino

Brasil formó una estructura invencible. Tan sólida e impenetrable y de una potencia ofensiva tan descomunal que hasta podía haber jugado sin arquero.

En la citada reunión en el hotel Das Palmeiras se determinó también que Carlos Alberto sería el capitán, y que todas las decisiones que se tomasen tendrían que estar aprobadas tanto por él, como por Pelé y por Gerson. Un trío que sería conocido como ‘los cobras’. Cualquier disposición que tomase Zagallo debería contar con el beneplácito del trío elegido.

Cuentan que en una de las primeras noches que la selección pasó concentrada en México antes del inicio del Mundial, ‘los cobras’ pidieron permiso a Zagallo para hablar. Éste accedió y se dispuso a escuchar. Hubo un debate filosófico de varias horas con el objetivo de concienciar al grupo de la importancia del reto, del objetivo de lograr que Brasil fuese el primer país en lograr tres títulos mundialistas. Pero no lo iban a conseguir de cualquier forma. Debatieron sobre fútbol. Según ‘las cobras’ había tres tipos de fútbol; el físico, el resultadista y el fútbol arte, el llamado ‘jogo bonito’. Expresaron que ganarían realizando un fútbol arte, y que, de ninguna manera, iban a cambiar de estrategia.

Pasaron tres semanas en México para acostumbrarse a la altura y al calor. En general todo fueron risas y buen ambiente, pero como en toda buena historia hubo un momento desagradable. Una mañana se despertaron con la noticia de la detención de dos venezolanos que la noche anterior fueron cazados preparando el secuestro de Pelé. Pasado el susto, volvió la alegría.

Zagallo había formado un equipo de genios, pero ahora esos genios tenían que funcionar cual línea de ensamble. Jarzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino, todos ellos números ‘10’, todos ellos mediapuntas, que tenían que demostrar una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias en apenas 540 minutos de juego.

El Brasil del 70 fue un cometa fugaz que pervive en el recuerdo y al que se le espera su regreso. Ningún otro equipo dejó tal marca en tan poco tiempo. Una disposición táctica única que tuvo que prescindir del delantero centro para ser una trama ofensiva inigualable. Y es que Zagallo no tenía los arrestos de Saldanha y convocó a Darío. El punta del Atlético Mineiro se proclamaría campeón del mundo, eso sí, sin llegar a disputar ni un mísero segundo en todo el Mundial.

Pero eso, quedará para la segunda parte.

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Los siete balones de oro de Pelé

El Balón de Oro es una idea surgida de las cabezas pensantes del periodismo deportivo. Para ser más preciso de los plumillas de ‘France Football’ (semanario futbolístico parido por el diario L’Equipé) que idearon el trofeo como refuerzo de la recién creada Copa de Europa. Para escudriñar sus inicios tenemos que retroceder al año 1956. En un comienzo se entregaba a inicios de enero para premiar al mejor jugador europeo del año anterior. Año natural y nunca año futbolístico, lo que desde el principio creo controversias y confusiones. Entre los más laureados por esencial lógica están los más grandes, empezando por Di Stéfano y acabando con Messi, y en medio Cruyff o Platini. Pero en el palmarés del Balón de Oro chirría la falta de dos futbolistas. Ni Maradona ni Pelé han catado el más preciado galardón individual del más preciado de los deportes.

En un principio el Balón de Oro iba constreñido al mejor jugador europeo, pero eso no fue óbice para que un argentino como Alfredo Di Stéfano ganase dos de ellos (1957 y 1959). La ‘Saeta rubia’ pronto compitió como nacionalizado español al igual que el también argentino Omar Sívori resultó vencedor en 1961 con el pasaporte italiano bajo el brazo. En 1995 se abrió el premio a jugadores de cualquier continente con el triunfo del liberiano George Weah. Aunque el Balón de Oro ha perdido a zancadas respeto y solemnidad, su influencia es más palpable que nunca en un deporte, que como tantos otros, está dejando lo colectivo de lado para apostar por lo individual.

La FIFA intentó primero imitarlo, luego absorberlo, para más tarde claudicar y rendirse a lo evidente. Igual deberían tomar nota aquellos que quieren crear una liga europea privada a base de dinero y derechos televisivos sin tener en cuenta la herencia, el legado y la tradición de la Copa de Europa.

El que caso es que Pelé nunca obtuvo el Balón de Oro, más que nada porque nunca pudo formar parte de la terna de posibles vencedores. Cuando en 1995 el Balón de Oro derribó las fronteras, Diego Maradona, agasajando su retirada, recibió uno honorífico. Antes, en 1989, Alfredo Di Stéfano también había sido distinguido con uno honorífico, en este caso con uno gigante que dieron en llamar Superbalón de Oro y que lo consideraba como el mejor jugador ‘europeo’ del último medio siglo. Pues hubo que esperar bastante más, hasta tan tardía fecha como 2013, para que Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’ recibiese su Balón de Oro conmemorativo.

Allá por 1956 el primer ganador fue el extremo inglés Stanley Matthews. Por entonces contaba con 40 años y el galardón se vendió como un homenaje a los británicos inventores e impulsores del fútbol. Desde entonces cada uno de los corresponsales de ‘L’Equipé’ desperdigado por el mundo (hoy son más de 200 periodistas los que votan –siempre con un máximo de uno por país- y no tienen por qué trabajar directamente para el rotativo parisino) votan atendiendo a tres criterios de mayor a menor importancia. Sólo conociendo esos tres criterios puede uno juzgar con conocimiento de causa a los distintos vencedores.

Según las bases del Balón de Oro el criterio fundamental son las acciones individuales y colectivas del jugador durante el año en disputa. El segundo criterio a tener en cuenta es la clase del jugador, y el último, y menos relevante, es la carrera del futbolista. Traducido al román paladino lo primero que se tiene en cuenta son los trofeos individuales o de equipo ganados en ese año natural, en segunda instancia el talento y la limpieza del futbolista –clara consideración a los jugadores ofensivos-, y en tercer y último lugar la trayectoria del deportista. Éste último axioma se considera el definitorio en caso de duda o desempate.

De este modo, atendiendo al criterio del palmarés se pueden razonar discutidos trofeos como los de Bobby Charlton (1966), Paolo Rossi (1982), Fabio Cannavaro (2006) o Luka Modric (2018), pero de la misma forma es inexplicable que Jimmy Johnstone (1967) Paolo Maldini (1994) o Andrés Iniesta (2010) no lo ganasen siguiendo esos mismos razonamientos. Respecto a la clase del jugador, pero no a los trofeos ganados, se entienden los galardones de Denis Law (1964), Kevin Keegan (1978) o Lionel Messi (2019), empero se siente la ausencia de los Bergkamp, Totti, Ibrahimovic y muchos otros antes que ellos de técnica exquisita pero sin suerte a la hora de conjugar trofeos importantes en el mismo año natural con su club y con su selección. Y por último, y atendiendo a los largos años de excelencia de un futbolista, son de entender los galardones de Lev Yashin (1963) o Marco Van Basten (1992), pero no que nunca se diera el Balón de Oro a goleadores incasables como Puskas, defensas longevos como Baresi o arquitectos perennes como Xavi Hernández.

El caso es que de una forma u de otra el Balón de Oro no es ajeno a la controversia. Y no hay más controversia que dos de los más grandes, sino lo más grandes, no cuenten con ningún Balón de Oro en su palmarés. Por lo que había que ponerse a ello, y, de paso, arrojar un poco más de luz sobre si nos quedamos con Pelé o nos quedamos con Maradona.

En el año 2015, con motivo del sexagésimo aniversario del Balón de Oro, las cabezas pensantes de ‘France Football’ y ‘L’Equipe’ decidieron hacer una votación extraordinaria, analizar los resultados, encerrarse en sus despachos y reescribir la historia del Balón de Oro sin restricciones geográficas.

Y resultó que ‘Pelé’ era o ‘O Rei’.

Pelé tendría que contar con 7 trofeos. Según los nuevos criterios saldría ganador en cuatro ediciones consecutivas (1958, 1959, 1960, 1961) sustituyendo en el palmarés a Raymond Kopa, Alfredo Di Stéfano, Luis Suárez y Omar Sívori sucesivamente. Pelé volvería a ganar el Balón de Oro en 1963 (en lugar de Lev Yashin) y en 1964 (en sustitución de Denis Law). Son los años del gran Pelé, de sus dos primeros triunfos mundiales con Brasil, de su hegemonía en Sudamérica con el Santos y de sus continuas exhibiciones en sus giras europeas.

Durante ese reinado entre 1958 y 1964, tan sólo dejaría de vencer en el Balón de Oro en el año 1962. Aquel verano su compatriota Garrincha tirará de regates, amagos, fintas y goles para, en ausencia de un lesionado Pelé, darle a Brasil la victoria en el Mundial de Chile al conquistar la final ante Checoslovaquia. Fue Josef Masopust, el líder de los europeos, quien ganó el Balón de Oro de aquel año que, según esta historia revisionista, tendría que haber sido para Garrincha.

Son años en la que la supremacía brasileña es abrumadora y que dejaran un legado que se ha perpetuado hasta la actualidad. La obra maestra de aquella década fue también el canto del cisne de Pelé que en 1970 dio un concierto futbolístico ganando el Mundial de México y logrando un ficticio séptimo Balón de Oro (en lugar de Gerd ‘Torpedo’ Müller), lo que le convierte en el futbolista más laureado con el tan afamado balón dorado.

En la sesión retrospectiva de chapa y pintura hay lugar para dos campeones del mundo más. En 1978 el argentino Mario Kempes le quitaría el galardón al inglés Kevin Keegan y en 1994 el carioca Romario haría lo propio con el búlgaro Hristo Stoichkov.

Nos queda Diego Armando Maradona. El astro argentino resultaría vencedor en 1986 (Igor Belanov) y en 1990 (Lotthar Matthaus). A pesar de su extraordinaria clase no podría competir con el talento y los títulos de sus coetáneos Michael Platini o Marco Van Basten.

Así pues Pelé con 7 títulos superaría -al menos de momento- a Messi (6), Cristiano Ronaldo (5), Cruyff (3), Platini (3), Van Basten (3) y, por descontado, al arrollador pero intermitente Maradona (2).

Pelé sigue siendo ‘O Rei’.

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El último partido de la RDA

En agosto de 1989 el gobierno húngaro decidió abrir sus fronteras durante un periodo de tres horas. Se esperaba temida respuesta desde Moscú. Y la hubo. Pero no la que se rumiaba. Mijaíl Gorbachov dio el visto bueno y días después miles de personas aprovecharon la ocasión para introducirse en Austria vía Hungría. Para escapar del bloque comunista y probar fortuna en el bloque capitalista. Donde el agujero fue más considerable fue en la RDA (República Democrática Alemana). Al otro lado del muro (una barrera física que abarcaba mucho más que la ciudad de Berlín) había un país con las mismas costumbres y la misma lengua y en el que vivían amigos y familiares. En un par de semanas más de 10.000 personas cambiaron la RDA por la RFA (República Federal Alemana).

Ante la presión ciudadana todo se aceleró el 7 de noviembre. Esa mañana la RDA promulgó un decreto que permitía los viajes turísticos a países de la órbita capitalista. La medida fue comunicada al público mediante una rueda de prensa en la tarde del 9 de noviembre. Fue entonces cuando Ricardo Ehrmann, periodista de la agencia de noticias italiana ANSA, preguntó a partir de cuando entraba en vigor la medida. Günter Schabowski, miembro del Politburó, contestó tras un breve titubeo: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin presentación de un justificante, motivo de viaje o lugar de residencia. Los responsables de los visados y del registro han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje”. Tras un profundo murmullo en la sala alguien volvió a reformular la pregunta y Schabowski sólo acertó a añadir; “de inmediato”.

Se acababa de abrir la espita.

Miles de personas se dirigieron a los puntos fronterizos. Ante tal acumulación de gente, y poco antes de la medianoche, los controladores decidieron levantar las barreras y permitir que los ciudadanos de Berlín Este y los de Berlín Oeste se abrazaran, se tocaran, se gritaran y se besaran 28 años después.

Era la noche del 9 de noviembre y el Muro de Berlín pasaba a formar parte de otra época.

Pero la unión de las dos Alemanias no se iba a resolver de un día para otro.

Un mes antes de la caída del Muro de Berlín, la selección de fútbol de la RDA derrotaba por 2-1 a la URSS en un encuentro disputado en Chemnitz (por entonces ciudad rebautizada como Karl-Marx Stadt). Esa victoria unida a la derrota de Austria ante Turquía en Estambul estimulaba la ilusión de la RDA que tan sólo necesitaba un empate en el siguiente partido ante los austriacos para clasificarse para el Mundial de Italia 1990. De hacerlo sería la segunda vez en su historia en la que la RDA participase en un Mundial de fútbol.

La selección de fútbol de la RDA jugó y perdió su primer partido ante Polonia (3-0) en Varsovia en 1952. Desde entonces y hasta su disolución casi 40 años más tarde disputó cerca de 300 encuentros y ninguno más trascendental como la victoria por 1-0 con gol de Sparwasser ante sus vecinos de la RFA en Hamburgo durante el Mundial de 1974. Historia que daría y dará para un artículo en el futuro.

La RDA había destacado en las pistas de atletismo y en la piscina olímpica. Años más tarde se sabría que en gran medida gracias al dopaje de Estado. Pero en fútbol no pasaba de ser una selección menor. Irónicamente tan sólo logró clasificarse para el citado Mundial organizado por Alemania del Oeste. Con la base de ese equipo lograrían ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1976. A parte de eso, poco más. Sin embargo, a finales de la década de 1980 la RDA podía presumir de contar con la mejor selección de su historia. Con el sistema comunista a punto de estallar los germanos oriéntales tan sólo necesitaban un empate en el Prater de Viena ante Austria para clasificarse para el Mundial y volver a estar en el mapa.

Hacía casi un mes que el partido se había programado para el miércoles 15 de noviembre de 1989 a las 18:00 horas.

Pero una semana antes el Muro de Berlín había caído.

Y el mundo cambió.

Y la vida de esos futbolistas lo hizo más rápidamente que la de cualquier otro alemán.

La selección estaba citada la tarde del día 10 en Berlín para iniciar la preparación del decisivo encuentro. Aquellos futbolistas pasaron del amateurismo al profesionalismo en un breve lapso de tiempo. Ese mismo día, horas después de la caída del Muro, los teléfonos de las habitaciones del hotel de concentración se colapsaron de llamadas de agentes y presidentes de clubes de la RFA poniendo precio a los sueños de esos futbolistas. En el entrenamiento vespertino decenas de periodistas rodeaban las líneas del terreno de juego y señores de oscuras gafas y valiosos trajes departían con los jugadores a la salida de los vestuarios.

La semana transcurrió con idas y venidas de agentes y escapadas a destiempo de los futbolistas. El día 14 el equipo viajó hasta Viena. Con la expedición también iba un misterioso hombre al que pronto se le identificó como un directivo del Eintracht de Frankfurt. La noche anterior al señalado partido Andreas Thom y Ulf Kirsten, la pareja de delanteros de la RDA, firmaron un precontrato con el equipo del águila bicéfala. Al día siguiente, en el banquillo de los suplentes, junto a los jugadores y el cuerpo técnico, aquel directivo ataviado con una oscura gabardina se sentaba al lado de la expedición de la RDA. Se trataba de aquel intrépido empleado del Eintracht.

La RDA formó con Hayne; Kreer, Stahmann, Lindner, Schössler, Döschner; Sammer, Stubner, Steinmann; Thom y Kirsten. Desde el banquillo partieron Doll y Weidemann. El seleccionador era Hans-Jürgen Dörner.

Con el Estado en plena descomposición, la selección germano oriental buscaba su pase al Mundial en medio de la incertidumbre. Fue un desastre. La derrota no pudo ser más contundente. Austria se impuso por un rotundo 3-0. Un triplete de Anton Polster, entonces delantero del Sevilla, les dio el billete para el Mundial. Matthias Sammer, Andreas Thom, Ulf Kirsten o Thomas Doll, las grandes estrellas de la RDA, deberían esperar por otra oportunidad.

La derrota supuso un alivio para la FIFA que en años venideros tendría que hacer malabares para aceptar o denegar el acceso a sus competiciones a los nuevos países surgidos por el fin del comunismo. Aquel verano la RFA ganó el Mundial de Italia de 1990 bajo un clima de exaltación, arrebato y fervor que se extendió a la frontera oriental del país. Franz Beckenbauer, seleccionador y mito viviente del fútbol alemán, afirmaría en los fastos de la celebración por la victoria que “con la reunificación la selección alemana sería invencible”.

El feliz acontecimiento tuvo lugar el 3 de octubre de 1990. Desde ese día Alemania volvió a ser oficialmente un país unido. Un par de semanas antes, el 12 de septiembre, la RDA disputó un encuentro amistoso ante Bélgica en Bruselas en lo que fue la despedida oficial de tan especial selección. Los federativos prepararon un fin de fiesta lleno de melancolía, pero estrellas como Ulf Kirsten o Andreas Thom declinaron volver a jugar para la RDA. Otros como Rainer Ernst sí que decidieron participar, pero manifestaron su disconformidad por el sinsentido del choque. Y alguno como Uwe Rösler, que debutaba como internacional, mostró su orgullo por jugar un partido que pasaría a la historia.

En un principio el encuentro era un choque de clasificación para la Eurocopa de 1992. Así lo había dictaminado el sorteo celebrado en febrero de aquel año, pero una vez que se vio que nunca más habría dos Alemanias pasó de ser oficial a oficioso. Pocos jugadores querían arriesgarse a jugar un partido sin sentido en el que podrían sufrir una desafortunada lesión que mermara sus nuevos y lucrativos contratos.

Se concentraron en Berlín y en un principio sólo había 10 jugadores disponibles. Muchos, como Rösler, aún jugaban en Alemania Oriental y confiaban en que una buena actuación les abriese las puertas de la Bundesliga. Hubo una excepción notabilísima entre las vedettes, el capitán Matthias Sammer, quien ya jugaba en el Stuttgart de la RFA y que estaba considerado uno de los mejores centrales del mundo. Pero lo cierto es que su presencia fue casual. Llegó a Berlín con la idea de encontrarse con otras estrellas como Kirsten o Thom, pero cuando le dijeron que éstos habían declinado la convocatoria decidió coger un vuelo de vuelta a Stuttgart. Desafortunadamente para él era muy tarde y tendría que esperar a la mañana siguiente para volver a casa. Aquella noche, Eduard Geyer, seleccionador de la RDA, lo convenció de la importancia histórica del choque y logró que Sammer capitanease a un equipo en el que al final habría de tener 14 integrantes, de los cuales 3 eran debutantes.

El partido, pasmosamente, fue un éxito. La RDA jugó con una pasión y un compromiso inesperado y venció por 0-2 con goles de Rösler y de Sammer. Rösler ganó mucho dinero en el Manchester City y en el Kaiserlautern pero nunca llegó a ser internacional con la Alemania unificada. Matthias Sammer llegó a ser capitán de la nueva Alemania que ganó la Eurocopa de naciones de 1996 así como vencedor de la Copa de Europa con el Borussia Dortmund en 1997 tras un desafortunado paso por el Inter de Milán.

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Una vez se supo que para la temporada 1991/92 habría una única liga alemana hubo que preparar un plan de choque para unificar las dos competiciones. Para los clubes de la RDA fue una hecatombe. No existió una unión. Fue una absorción. El músculo financiero de la Bundesliga de la RFA fagocitó a la paupérrima Oberliga de la RDA. Los dos primeros de la liga comunista (Hansa Rostock y Dinamo Dresde) pasarían a integrarse a una Bundesliga que ampliaba a 20 sus integrantes. Los seis siguientes clasificados recalaban en la Bundesliga 2 y el resto de los equipos transitarían por las categorías regionales del fútbol alemán.

Poco a poco varios internacionales del Este se sumaron al bloque que había ganado el Mundial de 1990. Fue el caso de Sammer, Doll, Andreas Thom o Kirsten. Curiosamente los dos primeros debutaron en marzo de 1991 ante una Unión Soviética ya moribunda. Pero los equipos de la RDA fueron incapaces de levantar el vuelo. El Dinamo de Berlín, el conjunto vinculado a la Stasi y gran dominador de la Oberliga, malvive hoy en campos de regional. Situación similar al Rot-Weiss Essen, el Carl Zeiss Jena o el Lokomotiv Leipzig, éste último finalista de la Recopa de 1987 y todos ellos equipos mitificados por aquellos que hoy frisan los 60 o los 70 y que en su juventud presumían de leer a Marx o a Bakunin.

Beckenbauer había afirmado con fanfarria que la nueva Alemania sería invencible pero su bravuconada no se cumplió. Después de que en 1996 los alemanes ganasen su tercer cetro continental (el primero como un único país) la selección teutona entró en una profunda crisis derivada del envejecimiento, la ausencia de estructuras de cantera adecuadas, metodologías anticuadas y crisis financieras que afectaron por igual a los clubes del Este por falta de liquidez y a los del Oeste por haber gastado mucho más de lo que tenían. El cambio de siglo se tornó complicado y en ellos futbolistas nacidos en la RDA como Ballack, Schneider, Linke, Jancker o Jeremies tuvieron un peso importante a la hora de lograr el subcampeonato mundial de 2002. Sin embargo, la falta de un patrón de juego claro y la irregularidad fueron una tendencia que no remontaron hasta la llegada al banquillo años más tarde de Joachim Löw.

En la actualidad tan sólo hay dos equipos del Este en la Bundesliga. El más destacado es el RB Leipzig, propiedad de la multinacional Red Bull, en una alegoría que trae a la memoria la escena de la película ‘Goodbye Lenin’ en la que un joven trata de convencer a su madre de que la RDA sigue en pie y que si ve tanta Coca-Cola en los supermercados es porque la multinacional se ha convertido en una empresa comunista. En el combinado nacional apenas hay futbolistas nacidos en los territorios de la antigua RDA. En la victoria de Alemania en el Mundial de Brasil en 2014 tan sólo Toni Kroos había nacido en la Alemania comunista.

«El Muro seguirá existiendo dentro de 50 y de 100 años si las condiciones que se dieron para que se erigiera no se combaten». Erich Honecker, presidente de la RDA en declaraciones a la prensa en febrero de 1989, apenas diez meses antes de la caída del Muro de Berlín.

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El asesinato de Andrés Escobar

Corría el minuto 13 del partido cuando John Harkes avanzó por el carril central y armó la pierna izquierda para arrojar un centro al interior del área colombiana. El balón voló sin aparente riesgo, pero Andrés Escobar se deslizó a ras de césped para despejar el esférico con tan mal tino que introdujo el balón en su propia portería, pillando desprevenido a Óscar Córdoba. La selección colombiana no supo reponerse de tal desgracia y cayó por sorpresa ante Estados Unidos por 1-2 quedando eliminada del Mundial de 1994 en la fase de grupos. Antes de empezar el torneo Colombia era la tercera favorita para alzarse con el título para la mayoría de las casas de apuestas.

Era el 22 de junio de 1994. Apenas diez días después, en la madrugada del 2 al 3 de julio, Andrés Escobar era abatido a tiros dentro de su coche a la salida de una discoteca. El central de 27 años, capitán de la selección colombiana, fallecía minutos más tarde.

Hasta mediados de los años 80 el fútbol colombiano era secundario en América Latina. Falto de infraestructuras y recursos, los pocos jugadores de renombre emigraban a las más potentes ligas argentina y brasileña. Pero en esos años Colombia experimenta un fuerte crecimiento económico a través del narcotráfico. El más fiero exponente de los años de la coca es Pablo Escobar (sin ningún parentesco con Andrés), un hombre que se hizo archimillonario primero a través del contrabando y luego con la introducción de cocaína tanto en Estados Unidos como en Europa. Pablo llegó a crear un Estado paramilitar que se ganó el corazón de buena parte de los colombianos invirtiendo indecentes sumas de dinero en casas, alumbrado, carreteras o servicios sanitarios en los barrios más pobres de Colombia. Concretamente en Medellín, la ciudad que controlaba a su antojo.

Esas obscenas sumas de dinero tenían que ser ‘lavadas’ de alguna forma. Y que mejor forma que hacerlo que a través del fútbol. Antes de las tarjetas de crédito o de las compras online, las taquillas de los partidos se hacían con billetes. Con el fútbol se podía inflar al antojo del capo la recaudación de un partido. Es así como Pablo Escobar se convierte en el dueño del Atlético Nacional de Medellín o como Miguel Orejuela hace lo propio con el América de Cali.

El narcofútbol se encargó de comprar árbitros, pagar millonadas a jugadores que en condiciones normales emigrarían a otros países e invertir en infraestructuras. Futbolistas como Leonel Álvarez o René Higuita fueron formados en su juventud en campos de fútbol construidos con dinero donado por Pablo Escobar.

En esas circunstancias los Higuita, Álvarez o Arango, dirigidos por Pacho Maturana, logran con el Atlético Nacional el título de la Copa Libertadores de 1989, siendo el primer equipo colombiano en alzarse con el mayor honor futbolero de Sudamérica.

En aquel equipo destacaba un joven central de apenas 22 años llamado Andrés Escobar. Apodado ‘el caballero de la cancha’ era un chico formal, educado y serio, que a diferencia de la mayoría de sus compañeros no procedía de las clases más humildes de Medellín. Andrés era un joven de clase acomodada que no comulgaba con el narcofútbol.

Estos futbolistas junto a otros como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla o Adolfo ‘El tren’ Valencia formaron una selección irrepetible que causó furor en el panorama internacional. Practicaban un fútbol imprevisible, con continuos cambios de ritmo y de velocidad que convirtieron a Colombia en la selección de moda a inicios de los 90, una época donde la defensa de cinco, el uso de la trampa del fuera de juego y el fútbol control reinaban en buena parte del mundo.

Entre 1991 y 1994 Colombia disputó 26 partidos internacionales encajando una sola derrota. Por el camino derrotaron en Buenos Aires a Argentina por 0-5 en un encuentro que aún hoy está considerado una hazaña en Colombia y una tragedia a orillas del Río de la Plata. La ovación de la afición albiceleste a los cafeteros al término del choque aún pone los pelos de punta a los seguidores colombianos.

Pero durante esos mismos años, mientras el fútbol colombiano daba una imagen de felicidad de cara el exterior, Colombia estaba sumida en una cruenta guerra civil. El índice de criminalidad en el país entre 1985 y 1995 fue el más elevado del mundo. Los cadáveres en las calles podían esperar días antes de ser retirados. Estados Unidos solicitó la extradición de Pablo Escobar, por lo que el capo de la droga decidió intervenir en política para blindarse. Se sucedieron los asesinatos de políticos, jueces, policías o civiles. Y el Estado contraatacó matando a soldados de Escobar y de otros jefes de la mafia, e incluso atacando a familiares del propio Pablo Escobar.

Escobar (el capo) llegó a estar encarcelado. Durante su cautiverio, jugadores como Higuita fueron a visitarlo con frecuencia. Pablo organizaba partidos en la cárcel e invitaba a futbolistas de renombre. Apostaba grandes sumas de dinero y pagaba millones a esos futbolistas para que jugaran delante de él. Incluso en una ocasión la selección colombiana fue hasta la cárcel para disputar un partido de exhibición delante de Pablo. Había futbolistas que iban encantados. Otros, como Andrés Escobar, lo hacían por obligación. Pero no había alternativa. El poder de la mafia era superior al del Estado. Además, Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, tenía negocios en el mundo de la cocaína, por lo que era él mismo el que ordenaba a sus chicos que jugasen esos encuentros en la cárcel.

Como no podía ser de otro modo, Pablo Escobar sobornó a varios funcionarios y consiguió escapar de la cárcel para finalmente ser abatido en diciembre de 1993. El Estado había sobornado a otros capos para conseguir a la presa mayor.

Al entierro de Pablo acudieron miles de personas, pero aunque se había descabezado a la bestia el problema estaba lejos de haber finalizado. Durante las siguientes semanas se sucedieron las detenciones y, muerto el gran capo, dio la sensación de que en Colombia comenzaba una nueva era. A ello ayudó que a los pocos meses tendría lugar el inicio del Mundial de Estados Unidos donde Colombia partía como uno de los candidatos al triunfo.

Colombia estaba encuadrada en un grupo previo junto a Rumanía, Suiza y Estados Unidos. Los dos primeros se clasificaban para octavos de final junto al mejor tercero. Se daba por hecho la clasificación de los cafeteros. Andrés Escobar, con el número 2 en la camiseta, era el capitán y el líder de los sudamericanos. Contaba con un precontrato con el AC Milan para sustituir al legendario Franco Baresi al frente de la zaga del por entonces campeón de Europa. El acuerdo se haría efectivo al término del campeonato.

El primer partido enfrentaba a Colombia y a Rumanía. Los hombres dirigidos por Pacho Maturana dominaron el partido con autoridad y tuvieron numerosas ocasiones desde el inicio del choque. Pero en una jugada aislada, Florin Raducioiu aprovechó un despiste de la zaga para anotar el 0-1. A partir de ese momento Colombia entró en colapso y Hagi anotó después el 0-2 en un extraordinario lanzamiento lateral desde fuera del área. El partido finalizaría con un claro 1-3 a favor de los europeos.

Con una derrota en el casillero, Colombia estaba obligada a ganar en el siguiente partido a Estados Unidos para tener opciones de llegar a octavos de final. Ambos equipos se habían enfrentado en numerosas ocasiones en la última década y todos los encuentros habían acabado o en empate o en victoria colombiana.

Pero los de Maturana estaban psicológicamente muertos.

Viendo que el cerco sobre los narcos era cada vez más estrecho, los grandes capos decidieron apostar ingentes sumas de dinero en el Mundial para tratar de recuperar buena parte del efectivo perdido. Tras la derrota ante Rumanía muchos perdieron millones, por lo que amenazaron a varios miembros del equipo con la muerte si no ganaban a Estados Unidos. Maturana recibió una llamada anónima amenazante horas antes del inicio del choque y poco después entró llorando a los vestuarios para comunicarle a sus chicos la noticia. La mafia también ordenó que Barrabás Gómez, titular en el primer partido, no volviese a jugar en el Mundial, culpándolo de la derrota ante Rumanía.

Y por supuesto no volvió a jugar. De hecho, el encuentro ante los rumanos fue su último choque como profesional. Al acabar el campeonato decidió colgar las botas.

En estas circunstancias era de esperar que Colombia hiciese un partido espantoso ante Estados Unidos. Y así fue. Apenas tuvieron ocasiones claras y tras el ya comentado autogol de Andrés Escobar una nube negra se posó sobre la cabeza de los colombianos. Fue el primer gol en propia puerta de Escobar en toda su carrera. Se dice que su sobrino de nueve años, que estaba viendo el partido en casa junto al resto de su familia por la televisión, comentó; “por culpa de este gol van a matar al tío”.

Colombia, favorita a la victoria, había quedado eliminada a las primeras de cambio. Se ganó un último e intrascendente partido ante Suiza (2-0) y se tomó un avión de vuelta a Bogotá.

Al volver a su casa de Medellín a Andrés se le presentaba una disyuntiva. Mientras que el Mundial estuviese en liza el AC Milan no iba a dar el paso definitivo, pero quedarse en Colombia implicaba poner su vida en peligro. Su familia le imploró que se marchase a vivir a un hotel milanés a la espera de acontecimientos, pero Andrés no quería esconderse y decidió seguir haciendo su rutina habitual.

Diez días después, a la salida de la citada discoteca, los hermanos Gallón Henao se acercaron a Escobar y empezaron una acalorada discusión. Ambos eran conocidos narcotraficantes que habían perdido más de 3 millones de dólares por la temprana eliminación de Colombia en el Mundial. Andrés Escobar intentó calmarlos, a lo que los hermanos respondieron taxativamente; “no sabes con quien te estás metiendo”. Instantes después se acercó el lugarteniente de los hermanos Gallón, un pistolero llamado Humberto Múñoz, que descargó su revólver sobre el cuerpo de Escobar mientras gritaba: “¡Gracias por el autogol”. Minutos más tarde una ambulancia trasladaba a Andrés a un hospital cercano donde certificaron su defunción al poco de llegar.

Más de 120.000 personas acudieron al funeral de Andrés Escobar. Entre ellos sus compañeros de la selección colombiana que durante las siguientes semanas contaron con escolta policial proporcionada por el gobierno cafetero.

A partir de entonces el narcotráfico y el fútbol vivieron de la mano un lento declive. Miguel Orejuela, ex presidente del América de Cali, cumple hoy condena de 30 años en una cárcel de Estados Unidos. Juan José Bellini, ex presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, pasó presidio entre 1995 y 2001. Carlos Castaño, el hombre que sucedió como gran capo a Pablo Escobar tras su muerte, fue asesinado en 2004. Humberto Múñoz, el verdugo de Andrés, fue condenado a 30 años aunque ya salió de prisión por buen comportamiento. Y los hermanos Gallón Henao estuvieron encarcelados en Colombia y en estas fechas se está negociando su extradición a Estados Unidos.

Hoy, en buena parte de las ciudades de Colombia se pueden encontrar camisetas o libros sobre la vida de Pablo Escobar como un icono de la lucha de clases a imagen y semejanza del Ché Guevara. Junto a estas, en las tiendas de recuerdos y de mercadotecnia deportiva, se pueden localizar camisetas de Andres Escobar, ‘el caballero de la cancha’.

Pablo y Andrés. Dos Escobar. Dos países en uno.

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Sergio Scariolo

La intención en el artículo de esta semana era escribir en relación a la victoria de la selección española de baloncesto en el Mundial de China. Concretamente la intención era disertar sobre Sergio Scariolo. Nacido en Brescia, casado con una baloncestista española y entrenador de élite desde los 29 años, antes de ganarse los elogios de toda España y ser considerado un gurú de los sistemas ofensivos, Scariolo fue vilipendiado y odiado a partes iguales. Fue censurado por su aire chulesco de italiano engominado. Fue criticado por sus continuos aspavientos en la banda cuando era joven. Fue desacreditado por sus ruedas de prensa técnicas y por el uso de un lenguaje culto odiado por gran parte de la prensa especializada. Y fue difamado por falta de compromiso desde su primera etapa en la selección (2009-2012) cuando compaginó el cargo con el de entrenador del Khimki de Moscú.

Lamentablemente esta semana el que aquí escribe no ha tenido tiempo para sentarse delante del ordenador por culpa de una pequeña enfermedad. Así que ante la falta de tiempo y de ganas, no me ha quedado más remedio que acudir al “corta y pega”. Os dejo con un artículo de Guillermo Ortiz publicado en la revista ‘Jot Down’ justo antes del inicio del Eurobasket de 2015. España acabaría ganando el título contra pronóstico, iniciándose una relación de amor con Scariolo que hasta entonces no existía.

“Al final del partido contra Estados Unidos en Londres 2012, probablemente el mejor que nadie haya disputado jamás en unos Juegos Olímpicos, los jugadores del equipo campeón rinden pleitesía al derrotado (…) España ha competido como un león y casi todo es mérito de sus jugadores pero también del equipo técnico que cierra con ese partido cuatro años triunfales en el banquillo. De hecho, entre tanta épica ha pasado desapercibida una auténtica genialidad táctica: después de recibir un contundente parcial en contra al inicio del último cuarto —los únicos minutos, casi segundos, de descanso para Pau Gasol—, Scariolo decide poner en el campo una insospechada defensa de cuatro en zona y uno al hombre: el base, Sergi Llull, contra el alero rival, Kevin Durant.

La diferencia entre ambos jugadores es de veinte centímetros, así que la decisión parece una locura, pero funciona. Funciona tanto que Durant, autor de treinta puntos en otros tantos minutos, no vuelve a anotar. La defensa de Llull es perfecta y a nadie se le ocurre en Estados Unidos jugar con el máximo anotador de la liga en el poste bajo, y así España se acerca y se pone a cuatro y los nervios vuelven a la garganta de Krzyzewski hasta que llega LeBron James y manda parar con un mate estratosférico y un triple asesino.

La lógica se impone, pero queda tiempo para un último gesto: en el tiempo muerto que pide España, a poco menos de dos minutos para el final, Marc Gasol aún tiene fuerzas para echarle lo que parece una bronca enorme al propio Scariolo. Gesticula, bracea, se desespera… todo cuando el adiós está a solo un suspiro y hay centenares de millones de espectadores viendo una tensión que refleja claramente una lucha por el estatus que sigue latente después de todo un ciclo olímpico.

No es el único problema de Scariolo ni mucho menos el mayor: Ibaka ni siquiera le dirige la palabra. No se la dirige casi a nadie, de hecho. Se siente marginado y arrinconado por la jerarquía de los hermanos Gasol. Cree que es mejor que ellos y más joven y debería tener más minutos. Probablemente, se equivoca. Ibaka se cabrea y se marcha al autobús a escuchar música y Marc Gasol llena el epílogo de aspavientos. Scariolo queda en medio: dos oros europeos, una plata olímpica y la incómoda sensación de que nadie va a venir a darle ni una palmada en la espalda (…).

Todo empieza mucho antes: tres años atrás, en Polonia. Quedan doce segundos para el final del importantísimo partido de fase previa ante Turquía, y España pierde por un punto. La situación, en caso de derrota, empieza a ser preocupante: después de perder ante Serbia en el debut, la selección tendría que ganar de manera consecutiva a Lituania y Polonia solo para cumplir con el trámite y llegar a cuartos de final. Para la última jugada, Scariolo diseña una jugada que tiene como alternativa, si no sale nada, el uno para uno de Llull contra Ilyasova hacia la canasta.

Dicho hoy en día, confiar en Llull para un último tiro parece algo hasta normal, pero en 2009 no lo es. Llull, de entrada, ni siquiera contaba en un principio para Scariolo (…) es un chico rápido y valiente, todo lo que se necesita para una última posesión (…) Solo que no lo consigue (…) Es la hora de los cuchillos largos. Basta una derrota para ir preparando la mecha y unas declaraciones para encenderla: las de Marc Gasol justo al final del partido, en directo, para La Sexta. «Estando Pau en cancha, jugarse la última con el chaval que ha llegado el último… Pues, bueno, pasan a veces estas cosas». Algunos —muy pocos— lo entienden como un reproche a Llull. La mayoría, como un ataque directo al seleccionador, que es el que ha puesto a Llull en ese brete. Se produce una tormenta perfecta: los críticos del «Método FEB» tienen material para cebarse con el estado del equipo, los críticos de Scariolo tienen una excusa para mandarle de vuelta a su país.

Y es que Scariolo nunca ha conseguido ser querido en España: llevó al Tau a su primera final de ACB, le dio al Madrid su primer título de liga desde la marcha de Sabonis y consiguió con el Unicaja de Málaga un título que llevaba casi veinte años esquivándolo. No, Scariolo, no ha caído bien nunca (…) Scariolo está en el disparadero nacional desde antes de llegar a la selección pero ahora todo el mundo lo tiene claro: es un paquete. No solo lo piensa la masa enfurecida sino que lo piensa también Marc Gasol, así que no hay más preguntas, señoría. Con todo en contra, el italiano reúne a los chicos, hace terapia de grupo, juntos aplastan a Lituania, luego a Polonia, en cuartos a Francia, en semifinales a Grecia y en la final a Serbia, en una primera parte apoteósica, de lo mejor que se ha visto nunca en un campeonato europeo para lograr el primer oro de la historia.

Los gritos de «Scariolo, dimisión», sin embargo, no cesan.

Y tampoco cesarán durante la Copa del Mundo de 2010, en la que, plagada de bajas, España se queda a un triple de las semifinales, ni en el Eurobasket de 2011, donde la selección repite título superando a Francia en la final con exhibición defensiva de Serge Ibaka. Incluso cuando llegan los Juegos Olímpicos y España pierde en primera fase contra Rusia, los titulares son unánimes: David Blatt le ha dado un baño táctico a Scariolo (…) Hay algo injusto en esa afirmación: Scariolo no puede ser Blatt porque no tiene los jugadores de Blatt ni tiene la ascendencia de Blatt sobre el equipo. Cuando se menciona la «autogestión» de la selección española desde la llegada de los Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Felipe Reyes y compañía, se dice una verdad matizable: son jugadores con vicios adquiridos y virtudes que no van a negociar. Todo seleccionador que ha intentado cambiar esas rutinas ha fracasado. Blatt, por ejemplo, no duraría cinco días. ¿Quiere decir eso que el entrenador español es un pelele arrinconado en la banda? Ni mucho menos. Tienes a las estrellas, tienes sus zonas de comodidad y hay que gestionarlas para llegar al éxito.

En esas, el italiano se va y a la Federación se le ocurre poner a su segundo, Juan Antonio Orenga, al mando. Con Orenga el mito de la «autogestión» se viene abajo. Sus dos años, especialmente el segundo, con todas las estrellas en la plantilla, son un ejemplo de cómo se puede desperdiciar el talento ajeno por falta de recursos propios. Orenga llega al Eurobasket de 2013 como novato y pierde todos los finales igualados, aunque gana para España una meritoria medalla de bronce. Un año más tarde, en la gran cita del baloncesto español, la culminación del proyecto que la FEB ha iniciado muchos años antes, el fracaso es absoluto ante Francia en cuartos de final.

Enfrentado con buena parte de los jugadores, en un ambiente de «viva la vida» y en medio de una evidente falta de concentración, rozando la falta de profesionalidad en ocasiones, Orenga no sabe reconducir la nave como lo consiguió Scariolo durante cuatro años (…) lo complicado es gestionar las necesidades de un grupo y hacerles competir siempre al máximo nivel.

Si las críticas sobre Scariolo habían sido feroces, Orenga se convierte directamente en una piñata popular a la que medios y aficionados se turnan para darle palos (…) Consumada su dimisión o su cese, nunca quedó claro, la Federación se pone a buscar candidatos: suena con mucha fuerza Pablo Laso, al igual que Xavi Pascual, pretendido desde tiempo atrás… pero la ACB se niega a retirar la cláusula que impide a cualquier entrenador de la liga ser a la vez seleccionador nacional.

En el último momento, y ante la ausencia de candidatos con el perfil adecuado, Sáez y Ángel Palmi se decantan por Sergio Scariolo. El italiano puede que no sea perfecto, puede que no sea el más querido por los críticos… pero sabe dónde va y sabe cómo llevar al grupo sano y salvo (…) El método Scariolo, con el que los jugadores se sienten más cómodos y que hace sufrir del corazón a prensa y aficionados, consiste en empezar el torneo a un ritmo muy bajo, ir subiéndolo poco a poco y llegar a las eliminatorias frescos y motivados”.

P.D: El próximo viernes prometo no hacer un corta y pega.

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Rusia 2018. Balance

Los griegos reconocen la existencia de Macedonia y entretanto la UE hace aguas. En Italia no dejan entrar a los inmigrantes y en España no dejan entrar a un ‘ex president’ que se pasea por Europa autoproclamándose mártir cuando vive en un hotel de 100 euros la noche. ETA anuncia su disolución con más de 800 asesinatos a cuestas y sin lograr nada a cambio. El presidente de Corea del Norte visita Corea del Sur por primera vez en 65 años. Donald Trump y Vladimir Putin hablan de imperios y, entretanto ellos sueñan, China está a punto de alcanzar el 20% del PIB mundial.

Se celebra el bicentenario de la independencia de Chile, mientras al presidente Nicolás Maduro le hacen el vacío sus colegas sudamericanos y para remediarlo decide acuñar una nueva moneda para Venezuela. Hay elecciones parlamentarias en Cuba y Miguel Diaz-Canel es elegido presidente con 603 votos a favor de 604 posibles, porque él tuvo la decencia de no votarse a sí mismo.

Las mujeres se manifiestan por medio mundo exigiendo igualdad y respeto. En el otro medio celebran como un logro que en Arabia Saudí se les permita sacar un permiso de conducción. Fallece el escritor Tom Wolfe y el astrofísico Stephen Hawking, el descubridor de los agujeros negros. Negro era el vestido de Audrey Hepburn en ‘Breakfast at Tiffany’s’ diseñado por el también fenecido Hubert de Givenchy. En una cueva de Tailandia rescatan a un grupo de niños y a su monitor de una muerte segura en un evento seguido a nivel planetario por las llamadas redes sociales. El príncipe Carlos va camino de los 70 años y ya son 66 los que lleva esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Participaron 32 países entre los cuales había dos debutantes; Panamá e Islandia. Roman Torres, capitán panameño de 99 kilos de peso, fue acusado de gordo por un par de periodistas a lo que contestó levantando la camiseta y enseñando una tableta que ya le gustaría tener a la mayor parte de los plumillas. Halldorsson es un director de cine islandés que en su tiempo libre se dedica a ser portero para así poder pararle un penalti al mejor jugador del mundo. Cuando Messi falló, el que fuera mejor jugador del mundo, y que estaba viendo el partido en el palco, se lamentaba de la eliminación de Argentina dando un bochornoso espectáculo cimentado con el consumo de sustancias prohibidas.

Inglaterra causa sensación con los chalecos de su entrenador, mientras que Japón asombra al mundo no por su fútbol, sino por su exquisita educación y lo impoluto que dejan los vestuarios al acabar un partido. En Nigeria juega de titular un portero de 19 años que es suplente en el equipo filial del RC Deportivo, de la tercera categoría española. En Egipto ponen a jugar a un cancerbero de 43 años que podría ser padre del africano.

No fue el Mundial de Messi ni tampoco el de Cristiano. Cristiano le metió 3 goles a España y no hizo nada más. Fue su modo de decir, españoles me vais a echar de menos. Ahora se va a Italia. España empezó el Mundial con ansias de ser campeona del mundo y lo acaba en depresión y con un nuevo seleccionador que es odiado por la mitad del país. Italia empezó el Mundial deprimida y lo termina llena de ánimo con el fichaje más importante en la Serie A en lo que va de siglo.

Se estrenaron nuevas reglas. El VAR, que causo menos problemas de los esperados, y un cuarto cambio en las prórrogas, lo cual no impidió las lesiones simuladas y el miedo atroz a atacar en el tiempo extra para amarrar la tanda de penaltis. El cese de Lopetegui y los peinados y las caídas de Neymar hicieron la delicia de los hacedores de memes. Con las nuevas tecnologías también topo Alemania, ya que dicen que sus jugadores le dedicaban más tiempo al fútbol virtual de la Play que al real del terreno de juego.

Fue un Mundial sin chicha, aunque con muchos goles, el 43 por ciento de ellos a balón parado. Europa ganó los primeros puestos del torneo, aunque ningún país ganó el trofeo a un fútbol de ensueño que quedara para el recuerdo. Los fogosos belgas con Lukaku, De Bruyne y Hazard eliminaron a una encorsetada Brasil en un precioso encuentro de cuartos de final. Después, unas pinceladas de Croacia, y un precioso duelo entre Francia y Argentina con destellos de superclase de un imberbe Mbappe, un negro del extrarradio parisino símbolo de la Francia del siglo XXI y al que comparan con una tortuga de dibujos animados que tiene nombre de genio del Renacimiento.

La Copa del Mundo fue para Francia que derrotó a una sorprendente Croacia por 4-2 en la final más goleadora desde 1966. Fue la primera vez en la historia que en unas semifinales de un Mundial no estaban ni Alemania, ni Brasil, ni Argentina ni Italia (los italianos de hecho ni estuvieron en Rusia). Ganó la Francia del eléctrico Mbappé, del vigoréxico Pogba, del colosal Umtiti y de Griezmann, la última esperanza de los franceses rubios, pequeños e insolentes. Pero el gran vencedor del Mundial fue Vladimir Putin, que supo controlar a los hooligans y a los terroristas y que dejo una imagen global de una Rusia moderna y civilizada.

El máximo goleador fue el inglés Harry Kane, con 6 goles. Empezó como un tiro y acabó sin pólvora, al igual que su selección, que a pesar de acabar en un meritorio cuarto puesto sólo consiguió ganar en el Mundial a las temibles selecciones de Túnez, Panamá y Suecia. El mejor jugador del Mundial fue el croata Luka Modric y en la final el honor recayó en el galo Antoine Griezmann.

https://www.youtube.com/watch?v=s87MnWLUOOc

“El juego se ha convertido en un espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”. Eduardo Galeano.

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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=W0CVItfhkl0

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