hockey

Stanley Cup 1987

Desde 1971 no se llegaba al séptimo partido en las finales de la National Hockey League (NHL). En juego la Copa Stanley. El voluminoso trofeo lleva el nombre de Lord Stanley, Gobernador general de Canadá, quien donó la copa en 1892 para el campeón de la liga profesional de hockey sobre hielo de Estados Unidos y Canadá. Hoy equipos tan veraniegos como los Florida Panthers ganan la NHL, pero antes, cuando el deporte era deporte, la cosa era canadiense. Los Montreal Canadiens cuentan con 24 títulos y son los mandamases históricos de la competición. En la década de 1980 el tema estaba entre ellos, entre los también canadienses Edmonton Oilers y Calgary Flames y entre los estadounidenses New York Islanders y Philadelphia Flyers.

Decía que había séptimo partido. Seven game. Las dos palabras más bonitas del deporte norteamericano. Es 1987. El primer finalista proviene de Canadá. Es el gran favorito. Son los Edmonton Oilers. Son los dioses del hielo. Habían sido campeones en 1984 y 1985. Cuentan con Wayne Gretzky, considerado el mejor de todos los tiempos. Gretzky es un ajedrecista que juega al hockey. No cuenta con fuerza, ni tiene potencia, pero si un conocimiento del juego que le permite ver el pase antes que los demás. Es un prodigio desde la niñez, ya que con poco más de dos años ya patinaba cuatro horas al día.

Al mítico número ‘99’ lo acompañaba un equipo que se define a sí mismo como hermandad. Deportistas desconocidos para el profano y mitos para los seguidores de la NHL. Son Jari Kurri, Paul Coffey, el anotador Glenn Anderson y el portero Grant Fuhr, de fuerte personalidad y que daba el tono emocional al equipo. Como acompañante predilecto del gran Gretzky está Mark Messier, una bestia robusta y agresiva que cubría las espaldas del ‘99’.

El año anterior habían caído en las Finales de Conferencia ante Calgary por un autogol de Steve Smith, un habitual suplente. Se habían confiado. Se sabían los mejores. Para la temporada 1986/87 se habían conjurado para lograr el triunfo.

Gretzky con la Stanley Cup del 85

El rival en la final son los Philadelphia Flyers. Son una sorpresa. Habían perdido la final de 1985 ante los Oilers por un claro 4-1 y nadie contaba con verlos llegar nuevamente al momento decisivo. De hecho, necesitaron un séptimo choque para eliminar a los Islanders y poder acceder a la final. Se contaba con una victoria fácil de los Oilers y el 4-0 era el resultado más votado en las casas de apuestas.

En los dos primeros partidos los Oilers ganaron en casa con relativa suficiencia. En el tercer choque los canadienses lograron ponerse con un 0-3 a favor que virtualmente los hacía campeones. Los Oilers volaban. Triangulaban pases a velocidad de vértigo y su preciosismo era un imán para las cámaras. Los Flyers no estaban en lo alto de la montaña, sino al fondo del valle. Entendieron que había que bajar el ritmo e ir a degüello. Tocaron a rebato y con el apoyo de 19.000 almas enfervorizadas dieron la vuelta al choque a base de pundonor y malas artes para ganar por 5-3 el partido. Todo volvió a su cauce en el cuarto con victoria de los Oilers (3-1 en el parcial) que los dejaba con pie y medio como campeones.

La eliminatoria vuelve entonces a Edmonton, en donde una victoria local da la Stanley Cup. Se habla de desfile de la victoria. Al poco de finalizar los canadienses ganan 3-1 a los estadounidenses. Ocurre que los de Philadelphia vuelven a remontar, acaban venciendo por 3-4 y suman su segundo triunfo en la eliminatoria. Hubo que volver a Philadelphia para el sexto encuentro, en donde a falta de 86 segundos para el final el marcador es de 2-2. Entonces el local JJ Daigneault metió el disco en la portería derecha de los Oilers para dar la victoria a Philadelphia y lograr el 3-3 en la eliminatoria. El gol de Daigneault hizo temblar al Spectrum, el pabellón de Philadelphia, y aun hoy, cuarenta años después, sigue siendo el mayor registro de decibelios jamás registrado en un rectángulo de juego.

Oilers vs Flyers

Nos vamos así al séptimo partido. El primero en 17 años de finales. Las dos palabras más bonitas del deporte. Séptimo partido. Seven game. Si no sabes lo que eso significa es que estás muerto o estás en coma.

Los Oilers juegan el séptimo en casa. Pero tienen miedo. Mucho miedo. Recuerdan el fracaso del año anterior. Jugaban el séptimo de las Finales de Conferencia en casa. Y perdieron. Por un gol en propia puerta, pero, realmente, por un ejercicio de prepotencia y superioridad. Dominaban el choque y en vez de ir a por el rival dejaron pasar el tiempo hasta que cometieron un error fatal en un pase que acabó en una derrota que fueron incapaces de levantar.

Así pues, en Edmonton hay miedo. Mucho miedo. Y habrá más cuando Philadelphia se ponga por delante (0-1) en el primer periodo. Era la primera vez en toda la eliminatoria que Philadelphia anotaba un tanto en la primera de las tres partes con las que cuenta un partido de hockey. Por tanto, era la primera vez que los Oilers comenzaban un encuentro en desventaja.

Los Oilers responden. No lo harán con preciosismo. Lo harán con fuerza. Acusados de perder el quinto y el sexto partido por jugar como nenazas (expresiones de otros tiempos), apuestan por la lucha física y por enormes mensajes de fuerza. Aquello acaba como el rosario de la aurora y con dos jugadores excluidos temporalmente del partido. Comprenden entonces que deben jugar como saben y al poco de finalizar el primer periodo una pared entre Gretzky y Messier acaba con gol de este último (1-1).

Para el segundo período los Oilers son un vendaval. Una perfecta combinación de tamaño, velocidad, técnica y conocimientos. Son una sinfonía en movimiento. Y aun así no logran ponerse por delante. Una y otra vez disparan a puerta y una y otra vez todo acaba en nada.

La culpa la tiene un tal Ron Hexall.

Volvamos a 1985. Los Philadelphia Flyers son un equipo durísimo, ultradefensivo y el más odiado en toda la liga. Son también el equipo más joven. Pierden la final ante los Oilers. No obstante, su futuro es prometedor. El tótem del equipo es el sueco Pelle Lindbergh, el mejor portero del campeonato. La posición de guardameta es la más importante en el hockey, no solo por su impacto en el juego, sino por su impacto mental. Lindbergh lo tiene todo. Es el alma del equipo y es el último en su extirpe en jugar sin una máscara de fibra de video para proteger su cara de los impactos. El caso es que, tras el subcampeonato de 1985, Lindbergh tiene un accidente de coche por culpa de un exceso de alcohol en sangre y fallecerá a causa de muerte cerebral. Llegó a estar vivo gracias a la respiración artificial durante unos meses antes de dejar este mundo provocando un vacío inmenso en el vestuario y en la afición de los Flyers.

Fue entonces cuando accede a la portería de los Flyers un novato de 22 años llamado Ron Hexall. No era el mejor y no fue bien recibido, pero decidió recoger el legado de Lindbergh y unir en la desgracia a ese equipo. Hexall era un camorrista, un tipo que no se callaba nunca y que siempre buscaba pelea. Y era un excelente portero. Quizás no era el que tenía más reflejos, pero sí que era el que realizaba las salidas más arriesgadas y no rehusaba nunca la pelea. Pronto se convirtió en el favorito y pronto consiguió que Philadelphia renovase la ilusión.

Hexall ya había sido el héroe en la agónica victoria en el sexto encuentro, pero lo que iba a realizar en el séptimo superó todo lo conocido. Firmó un total de 40 paradas, cifra groseramente elevada. La intensidad del encuentro era tal que se podía tocar. Los dos equipos eran mejores que en el 85. Mucho mejores. Cada uno en la faceta del juego que dominaban. Uno en ataque y otro en defensa.

Sin embargo, el nivel de precisión y la velocidad de los Oilers se estaba haciendo inabarcable. Philadelphia le ponía pasión y trataba de bajar revoluciones a base de peleas y empujones, pero aquello tenía que partir en algún momento. El toma y daca acabaría con el 2-1 para los Oilers cuando el segundo período languidecía.

El tercer periodo fue una sinfonía de los Oilers coronada por una retahíla de paradas milagrosas de Hexall. Los que entienden de hockey dicen que fue el mejor periodo del mejor partido de la mejor final de la historia de la NHL. Hexall devolvía todos los golpes, sangre incluida, como cucaracha que se revuelve en mesa de domingo. A 2:35 del final llegó el 3-1 definitivo y el titulo se quedaba en Edmonton (4-3 en el global).

Gretzky vs Hexall (seven game)

En palabras de los protagonistas fue una final devastadora, tanto en lo físico como en lo mental. Los Edmonton Oilers repetirían título la siguiente temporada. Entre 1984 y 1990 consiguieron cinco trofeos en cinco finales disputadas. Cuentan con el mejor promedio goleador en la historia de la NHL y para los entendidos es el mejor equipo que ha existido en el hockey sobre hielo.

Los Flyers volvieron a Philadelphia y fueron recibidos como héroes. Ron Hexall lo hizo con el trofeo de MVP (Most Valuable Player) bajo el brazo. Uno de los contadísimos casos en los que se le da el premio al mejor jugador de una final a alguien que no se ha proclamado campeón. Nunca ganó un título con los Flyers, pero Hexall sigue siendo el jugador con más partidos disputados y el más querido en Philadelphia.

El tiempo pasa, pero los recuerdos permanecen.

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17 de junio de 1994

Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.

Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.

Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.

Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.

Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.

OJ Simpson y Nicole Brown

Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.

Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.

Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.

Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.

Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.

El adiós de Palmer

Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.

A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.

Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.

https://www.youtube.com/watch?v=EyAC4bPe0wY

— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —

Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.

Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.

Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.

Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.

La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.

Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.

Olajuwon (izq) y Ewing (dch)

Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.

En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.

En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.

Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.

¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.

El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.

OJ y los guantes de la discordia

P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.

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La aldea gala del hockey

Cuando Julio César conquistó la Galia y anunció al Senado su triunfo, olvidó (por su propio interés) mencionar que en la región de Bretaña quedaban una serie de pueblos a los que nunca llegó a dominar. De hecho, pasarían décadas antes de que fuesen romanizados. Bajo ese argumento, y con un toque de chauvinismo, se creó el maravilloso cómic de Astérix, en cuyas páginas un grupo de irreductibles galos se enfrentan a las hordas del ejército romano.

Aunque se considera que el hockey como deporte nació en Chicago, la modalidad sin hielo y sobre pista de madera (que es la que conocemos en estas latitudes) pronto se hizo muy popular en Francia y Suiza. Esto hizo que en el norte de Italia y en el norte de España (zonas limítrofes con estos Estados), pronto fuese aceptado en las villas fronterizas. De hecho, décadas antes de que se constituyese la Real Federación Española de Patinaje (RFEP) en 1946, ya en Cataluña existía una liga y una federación propia desde 1928. En otros lugares con larga afición y muy alejados geográficamente, caso de Portugal o Argentina, parece ser que influyeron mucho las corrientes migratorias que se produjeron a mediados del siglo XX.

El hockey a patines no es olímpico. No lo es debido a que es un deporte minoritario. Muy minoritario. Se estima que se practica en 30 países, menos de la sexta parte de los Estados en los que los humanos dividimos el globo terráqueo. Y únicamente cuenta con 70.000 licencias en todo el mundo. Para hacernos una idea de lo insignificante de esas cifras, consta saber que sólo en España hay más de 700.000 licencias para futbolistas.

Se debe destacar que más del 10% de esas licencias (9.000) están localizadas en Cataluña. Pero no son sólo jugadores, en Cataluña están las mejores fábricas de sticks, las empresas que proporcionan los patines y revistas de hockey que son traducidas a varios idiomas. Colapsan el mercado global.

Si hay un deporte en el que Cataluña es autosuficiente, ese es el hockey.

Más datos. De las 49 ediciones disputadas de la División de Honor (OK Liga) hasta la fecha, 42 se las han llevado equipos catalanes. Pero es que de las 76 ediciones que se han disputado de la Copa del Rey, 65 también han sido celebradas por conjuntos catalanes. Pero no es sólo eso. De las 54 ediciones de la Copa de Europa, la repartición por naciones es muy simple. 47 España, 6 Portugal y 1 Italia. No obstante, lo correcto sería decir que Cataluña ha ganado 41 títulos y 6 los ha ganado el resto del Estado.

Como le ocurría a Julio César con la aldea gala, hay un grano en el culo en el Imperio Romano del hockey. Esas 7 ligas restantes, 9 de las 11 Copas que faltan en el registro y las otras 6 Copas de Europa, han sido para un equipo gallego. Un equipo de la otra punta de la Península Ibérica, el Hockey Club Liceo de A Coruña.

¿Pero cómo es posible que una ciudad periférica situada a más de 1.000 kilómetros de la elite del hockey mundial haya creado un equipo tan poderoso?

El HC Liceo no nació como una idea publicitaria, ni fue el capricho de un nuevo rico. Es el nombre de un club fundado por cuatro amigos coruñeses en 1972, siendo el más conocido de todos Augusto César Lendoiro, que si bien no ostentaba el título de presidente, sí que lo era de facto. Su fundación coincidió en el tiempo con la organización en A Coruña del Mundial de Hockey. Y es que el deporte del stick tenía larga tradición en la ciudad. Parece ser que el catalán José María Sastre introdujo el hockey en A Coruña en los años 40 del siglo pasado mientras ejercía el servicio militar en la ciudad herculina. Pronto se hizo amigo de Vicente Cucarella, por aquel entonces director técnico del RC Deportivo, dando pie a la fundación de la sección de hockey del RC Deportivo. La sección se desintegrará definitivamente en 1979, precisamente el mismo año en el que el HC Liceo se convierte en el primer equipo gallego de la OK Liga.

El HC Liceo fue fundado en el colegio laico que lleva el mismo nombre. 15 años antes lo había hecho el AA Dominicos, en el colegio católico del mismo nombre y que junto al HC Liceo y el Cibeles de Oviedo son los únicos equipos no catalanes que han ganado la Copa del Rey.

En 1976 la plana liceísta se desplazó a Oviedo para presenciar varios encuentros del Mundial. Allí contactaron con Carlos Gil, máxima figura de la selección argentina. Tenía una oferta del FC Barcelona, pero, sorpresivamente, aceptó jugar en el HC Liceo que por aquel entonces militaba en la Segunda División. Y es que Gil era licenciado en electrónica y se le ofreció un puesto de profesor en el colegio, por lo que sacrificó sus opciones en el hockey para asegurarse un futuro más allá de las pistas de un deporte que era cuasi que amateur.

A partir de ahí, la perfecta combinación de audacia frente a temor, y de suerte frente a desgracia, tan necesaria en cualquier negocio próspero, hizo que el HC Liceo pasase de ser un club de colegio a una potencia mundial.

El año del ascenso, en 1979, el HC Liceo contrató a dos profesionales portugueses que residían en Porto y que los viernes se desplazaban a Coruña o a donde fuese menester para jugar el partido correspondiente de la jornada. Todo era artesanal y familiar. El equipo se salió y en varias ocasiones llenaron un pabellón con 6.000 espectadores, doblando la asistencia media en un partido de la OK Liga.

Al año siguiente, el HC Liceo se propuso contratar a los dos mejores jugadores del momento, el argentino Martinazzo y el portugués Cristiano. La osadía de sus directivos, el patrocinio de la recién creada Caixa Galicia y el apoyo de la masa social de A Coruña, ávida de éxitos deportivos, provocó que ganaran el título de Copa del Rey y en 1982 la Recopa de Europa.

Todo era anormalmente extraordinario. Con Martinazzo también llegó al equipo un nuevo entrenador, el catalán Pedro Gallén. Volaba regularmente a A Coruña los miércoles, pasando los lunes y los martes en su Voltregá natal para atender a la empresa familiar. Los entrenamientos del martes los dejaba a cargo de su ayudante. Tan sólo los dos fichajes mediáticos eran profesionales, el resto compaginaban el hockey con un trabajo rutinario.

La fiebre verdiblanca era incesante. En 1982 se consiguió lo inimaginable. El HC Liceo superaba en socios al RC Deportivo de la Coruña. Los niños tenían posters de deportistas con patines y palos de madera en sus habitaciones. La recaudación del Palacio de los Deportes triplicaba al del estadio de Riazor. Una ciudad de poco más de 250.000 habitantes competía de tú a tú con el FC Barcelona y hacía minúsculas a todas las villas catalanas donde el hockey era una religión. La envidia pronto se hizo evidente y el HC Liceo fue tratado con fogosa hostilidad en sus quincenales viajes a Cataluña. Era un equipo con argentinos, portugueses, el sevillano Carlos Figueroa (el raro del grupo) y el resto eran catalanes. Había un par de gallegos en el fondo del banquillo para hacerse la foto. No le pertenecía ganar. No tenía tradición.

Pero la fiebre seguía. En 1983 lograron la OK Liga, siendo el primer equipo no catalán en lograrlo. Las entradas para los encuentros ante el FC Barcelona se agotaban con un par de semanas de antelación y los choques eran seguidos con pasión en la recién estrenada Televisión de Galicia. Luego vendría la Copa de Europa de 1987 y la de 1988. Y empezó a crecer el gusanillo en los niños. Empezó a haber gallegos en la primera plantilla. Los clubes catalanes hacían ofertas a los jugadores del HC Liceo. Todas las tardes, los jugadores de la primera plantilla impartían clases gratuitas a los chavales y a las chavalas de A Coruña que se acercaban al Palacio de los Deportes de Riazor.

Hoy, el HC Liceo es el rival por antonomasia del FC Barcelona, aunque nunca han vuelto a Coruña aquellos años dorados de exaltación popular a caballo entre las décadas de los 80 y los 90. El boom por el hockey se fue apagando al mismo tiempo que el RC Deportivo se asentaba y triunfaba en el fútbol español. Sin embargo, aquellos niños de ayer hoy son adultos. Equipos como el Cerceda o el Ordes (poblaciones inferiores a los 10.000 habitantes) son asiduos en la segunda categoría y en ocasiones deben ceder su plaza en la élite cuando logran el ascenso ante la imposibilidad de costear un vuelo quincenal a Cataluña. El AA Dominicos pelea por recuperar recuerdos del pasado, y otros como el Club Hockey Compostela, suelen alcanzar las fases finales de las competiciones nacionales con sus equipos de cantera.

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