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Los Juegos de la GANEFO

Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.

Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.

Mediterráneo 2026

Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.

La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.

Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.

La cosa estaba calentita.

En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.

Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.

Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.

El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.

GANEFO 1963

Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.

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La conquista del Polo Sur

Nacido en 1872, hijo de un capitán de la marina, Roald Amundsen decidió que su futuro pasaría por ser explorador polar. En 1905 se convertiría en el primer ser humano en cruzar el gran paso del Noroeste que conecta el Océano Pacífico con el Océano Atlántico. Aquello no tenía entonces utilidad práctica, dado que la mayor parte del año aquella ingente masa de agua estaba bloqueada por el hielo. Era lo de menos. Se trataba de alcanzar la gloria y progresar en el conocimiento y en la manifestación simbólica de la capacidad humana de abarcar el mundo.

La historia había comenzado años antes, cuando el joven Amundsen leía sobre exploradores en la casa que sus padres habían construido al borde de un precipicio. Y es que Roald Amundsen era noruego y vivía en la entrada de uno de los muchos fiordos que embellecen la costa noruega. Aquella casa, por cierto, hubo de ser hipotecada cuando la Sociedad Noruega de Geografía hubiese de aceptar la loca expedición de Amundsen. Aquel intrépido explorador vendió sus pertenencias y solicitó donaciones populares para lograr su objetivo. Tuvo la suerte de que Noruega había obtenido su independencia en 1905 y la realeza noruega puso todo su empeño en que la aventura acabase en buen puerto como una forma de reconocimiento internacional del joven país. Noruega había aprobado el derecho al voto femenino y había creado un seguro sanitario. Era un país vanguardista, pero necesitaba un objetivo que revalorizara su nombre.

El objetivo era plantar la bandera noruega en el Polo Norte.

Pero no.

Había llegado la hora del deporte de masas. Empiezan a construirse estadios de futbol y velódromos en buena parte de Europa y se crean ligas profesionales de fútbol americano, hockey sobre hielo y beisbol en Estados Unidos. Al avanzar el último cuarto del siglo XIX, los periódicos dedican páginas a la información deportiva y promueven y patrocinan competiciones variopintas. Ese fervor de la prensa respondía a una lógica empresarial para vender el relato deportivo. Esto era esencial en el ciclismo, en donde ningún espectador podría contemplar una carrera en su totalidad. En ese contexto, el relato de una carrera de exploradores en competición para ser el primero en llegar a los polos era fascinante.

Y es que era una carrera. En 1904 un tal Adolf Nordenskjöld fue el primero en intentarlo. Naufragó. Pero su expedición tuvo un éxito enorme. Un periodista francés llamado Gaston Leroux, tuvo la feliz idea de ir a su encuentro al puerto español de Vigo a donde fueron remolcados Nordenskjöld y el resto de su tripulación. Fueron tres semanas de convivencia antes de que los aventureros llegasen a Noruega. Aquel relato fue vendido a un periódico francés por fascículos y se considera la primera exclusiva de la historia de la prensa deportiva.

Cuando Nordenskjöld llegó a Noruega ya no tenía nada nuevo que contar. Ya no era noticioso.

A partir de entonces hubo una carrera contrarreloj para llegar al punto abstracto donde la inclinación magnética terrestre es igual a 90º. Esa carrera fue ganada un 9 de abril de 1910 por un ingeniero de la marina estadounidense llamado Robert Peary, quien plantó la bandera de las barras y estrellas sobre el casquete polar. Sin embargo, a su regreso descubrió que otro estadounidense llamado Frederick Cook afirmaba haber llegado al Polo Norte meses antes. Aunque las pruebas de Peary parecían irrefutables e incluso el Congreso de Estados Unidos le había dado el reconocimiento de su hazaña, Cook era multimillonario y pagó a diversos periódicos para ser nombrado vencedor de la carrera. La polémica no cesaría durante varios años y es una de las primeras muestras del poder del sensacionalismo mediático.

Robert Peary

Fuese Peary o fuese Cook, lo que era irrefutable es que Noruega no podría llegar al Polo Norte, lugar que geográficamente le pertenecía. Amundsen pidió audiencia con el rey y lanzó un órdago. El objetivo sería el Polo Sur.

La Antártida.

Amundsen había comprado en Groenlandia cien perros de tiro que podrían servirle tanto como bestias de carga como de alimento. Junto a una veintena de tripulantes se embarcó en el Fram, nombre con el que había bautizado su barco, con el objetivo de llegar al centro geográfico del Polo Sur. Pero hizo algo más. Comprendiendo el valor de los medios de comunicación, hizo llevar a bordo a un camarógrafo profesional para realizar fotografías y grabar películas. El cine acababa de ser inventado y era la prueba más fehaciente de credibilidad.

Pero había que llegar a la Antártida.

La Antártida.

La Antártida es el último continente. Fue el último en bautizarse, el último en representarse y el último en conquistarse. Si en nuestros mapamundis aparece apretujado es solo porque lo vemos en una escala distinta con el sistema clásico de proyección. La realidad es que su tamaño es enorme y representa una décima parte de la masa terrestre del planeta. A principios del siglo XX era el único lugar de la Tierra que permanecía aislado de la voracidad de los Imperios.

Durante siglos lo que se conocía como Terra Incógnita se consideraba un continente utópico poblado por gentes felices. A partir del siglo XVIII se comprendió que lo que allí había eran ballenas y focas felices que pronto dejarían de serlo por las ballestas y barcos de hombres no tan felices.

La conquista del Polo Sur era una epopeya que pretendía rellenar el último espacio en blanco del mapa mundial. También era una expedición científica, pero, esencialmente, era una ambiciosa conclusión a la Era de los Descubrimientos que los europeos habían iniciado en el siglo XV poniendo las bases para el dominio de Occidente y que pretendían cerrar con la Antártida a inicios de siglo XX.

Noruega tenía un poderosísimo rival. El Reino Unido. Los británicos dominaban el mundo. Habían dedicado el siglo XIX a cubrir los espacios en blanco del mapamundi. Si lo que se conocía de África y hasta de ciertas partes de Asia, América y Oceanía eran las costas y tierras próximas, ahora tocaba adentrarse en el corazón de los continentes. A todos nos viene a la cabeza Stanley y Livingstone, pero no fue hasta tan tardía fecha como 1902 cuando una expedición angloamericana redescubriese el Machu Picchu, lugar de esplendorosa belleza al que no consiguieron llegar los españoles con el transcurrir de los siglos.

El Reino Unido estaba en su apogeo. Acaba de finalizar la Era Victoriana. La conquista del Polo Sur era el último refugio en la cultura de la exploración y cautivó al súbdito británico. Era una conquista sin dominación, sin exterminio, sin derramamiento de sangre. Era una conquista dotada de pureza y eso, para la rígida, monolítica y puritana sociedad británica, era música para sus oídos.

Además de británicos y noruegos, también japoneses y franceses se sumaron a la competición. Y eso gustaba. Gustaba a la gente y a los medios. En 1896 se habían puesto en marcha los Juegos Olímpicos y, aunque esa no había sido la idea inicial, pronto se vio que era escenario ideal para fomentar las rivalidades nacionales. Los anillos olímpicos representaban los cinco continentes y había un sexto que conquistar. En 1908 se habían celebrado en Londres. Para 1912 tendrían lugar en Estocolmo. Los países escandinavos y el Imperio Británico presumían de logros. Y la Antártida era lugar ideal para demostrarlo.

Cuando Amundsen se puso en marcha decidió escribir un diario de a bordo. Tanto las fotografías, como las películas, como el diario no tenían valor científico, pero le podrían hacer ganar el valor del relato. Amundsen traza recetas de pingüino con bechamel o de ragú de foca, describe amaneceres prodigiosos, pero se cuida mucho y bien de hablar de que los tripulantes del Fram que llegaron a comerse a sus propios perros. Escribía por y para la audiencia.

En el otro lado del ring estaba Robert Falcon Scott, oficial de la Royal Navy británica, naturalista y geofísico. Su expedición era meramente científica y había llegado a un acuerdo con Amundsen para apoyarse mutuamente. En teoría Amundsen iría primero al Polo Norte para coger unas muestras naturales que luego habría que comparar en el Polo Sur. Una vez hecho el trabajo, Amundsen y Scott irían codo con codo y ambos ostentarían el honor de ser los primeros en pisar el centro geográfico del Polo Sur. Se plantarían banderas de Reino Unido y Noruega tras un acuerdo apalabrado por las casas reales de Londres y Oslo.

Ese era el plan general.

No era el plan de Amundsen.

Amundsen nunca se planteó ir al Polo Norte y puso rumbo a la Antártida de inmediato. Su objetivo era llegar al Polo Sur antes que nadie. Y nadie tenía que saberlo. Ni siquiera Scott.

El 17 de enero de 1912 los hombres de la expedición de Scott llegaron al Polo Sur. Meses atrás les habían informado de la traición de Amundsen y se habían puesto manos a la obra en solitario. Con mucho sufrimiento habían cumplido con el objetivo. Extenuados por un viaje durísimo, no pudieron más que sollozar cuando vieron a lo lejos ondeando una bandera noruega. Roald Amundsen había llegado antes. Concretamente dos meses antes. El 14 de diciembre de 1911. En un alarde de crueldad, Amundsen les había dejado una carta al pie del mástil de la bandera en la que felicitaba a Scott por ser segundo y le pedía que comunicara a todos su hazaña, porque él había decidido tomarse la vuelta con calma y darse un largo paseo por la Antártida.

La conquista del Polo Sur

Scott nunca tendría tiempo a propinarle a Amundsen un puñetazo en la cara dado que tanto él, como todos los miembros de su expedición, perecerían víctimas del frío durante el camino de vuelta. Scott maldeciría haber escogido ponis de Mongolia en vez de perros de Groenlandia. Apostó por la velocidad, en lugar de por la durabilidad. Los caballos de Scott tenían que cargar sacos con avena para su alimentación, lo cual aumentaba su peso y sus posibilidades de hundirse en la nieve. Otra desventaja era que a los caballos el sudor se les congela en la piel, mientras que los perros son capaces de regular su temperatura corporal sin sudar.

Todo esto se sabrá muchos meses más tarde cuando se localice el cadáver congelado de Scott junto a varias fotografías y la carta de Amundsen. En 1913 se le hizo un funeral conmemorativo en la catedral de San Pablo de Londres y su trágica historia de héroe británico de los hielos pasaría a ser lectura escolar de carácter obligatorio.

¿Y Amundsen? 

Ante la falta de premura en las comunicaciones, el éxito de Amundsen no fue anunciado públicamente hasta marzo de 1912, cuando su expedición arribó en Australia. Todo su viaje sería narrado en un libro y semanas después sería recibido como un héroe en Noruega donde fue agasajado por el rey con esplendidos honores. En el Reino Unido, lo que en esos momentos cabía decir que era medio mundo, Amundsen fue tildado de sádico, pero su labor propagandística y el éxito de su libro hicieron que pronto se olvidase su egoísmo.

Amundsen vs Scott

Convertido en celebridad, Amundsen cambió el mar por el aire. Junto al ingeniero italiano Umberto Nobile se propuso sobrevolar en dirigible tanto el Polo Sur como el Polo Norte. Como no podía ser de otra forma pronto surgieron las desavenencias y la pareja separó sus caminos. Ambos se disputarían el honor de ser los primeros en haber surcado el Ártico en un Zeppelin hasta que Nobile desaparezca en el viaje de vuelta. Quién sabe si con remordimiento de conciencia por lo sucedido con Scott, el caso es que Amundsen formará parte del equipo de rescate que salió en un hidroavión en busca de Nobile y que el 18 de junio de 1928 se estrellará en una isla del mar de Barents. El cuerpo de Amundsen nunca será encontrado. No así el de Umberto Nobile, quien fue arrastrado por el mar a la costa noruega y que increíblemente se salvaría de la muerte.

Lo que está destinado para ti, tarde o temprano llega a tu vida.

Polo Sur

Fue en 1911. El fin. Fue cuando se rellenaron los últimos espacios en blanco del mapa. Desde entonces el mundo es finito. La conquista del Polo Sur fue un hito que coincidió en el tiempo con la invención de las prácticas deportivas reguladas y los relatos novelescos periodísticos. Coincidió al mismo tiempo con la invención del cinematógrafo y del avión. El mundo era distinto. Completamente distinto en el espacio-tiempo.

Al ser el mundo finito, se comenzó a mirar hacia las estrellas. La fe comenzó a perder adeptos a velocidad constante y el hombre pasó a ser el centro del universo. La vuelta al mundo (a vela, en coche, andando o hasta en avión) pasó a ser la nueva aventura. El ser humano se dispuso a conquistar el tercer polo, el polo en vertical, su punto más alto, y en 1953 se llegó al Everest. Dieciséis años más tarde el ser humano ponía el pie en la Luna. La conquista de los Polos fue el inicio del fin del mundo inexplorado. Inauguró una nueva era de conocimiento de la Tierra.

Fue la conquista del Polo Sur y la aceptación de que el mundo es finito y diminuto en comparación con la inmensidad del universo lo que ayudó a un cambio en el paradigma. Desde entonces se crearon los primeros parques naturales para conservación de la naturaleza y se crearon comunidades geopolíticas de ámbito global como la Sociedad de Naciones. Fue, en fin, cuando comenzaron a derretirse los casquetes polares y el ser humano comprendió que forma parte de una comunidad con un mismo destino y enfrentada a una misma amenaza, para lo cual es necesario una unidad de acción.

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El cumpleaños de Hitler (2ª parte)

Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.

Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.

Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.

Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.

En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.

Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

El Versalles nazi

Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.

Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.

Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.

Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.

Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.

Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.

Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.

Aquello era digno de dioses.

Olympiastadion

Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.

Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.

81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.

Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.

Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.

Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.

Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.

Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.

Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.

Hirohito (1901-1989)

El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.

De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.

The Beatles

Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.

Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.

El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.

Max Schmeling

El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.

La ceremonia había finalizado.

¡Sieg heil!

Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.

Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.

Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.

Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.

–  La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.

– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.

Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.

– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.

Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.

Adolf Hitler había muerto.

¡Sieg Heil!

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El cumpleaños de Hitler (1ª parte)

20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.

No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.

Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.

El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.

Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.

Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.

Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.

El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.

Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.

Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.

¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.

Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.

Germania

Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.

La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.

Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.

Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.

También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.

Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.

Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:

¡Sieg Heil!

Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.

Hitler en 1972

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Team Hoyt

El 10 de enero de 1962 fue miércoles. Un día como otro cualquiera. No para Dick. Ese mismo día nació Rick. Fue el mayor de tres hermanos. El primer hijo de Dick. El padre de todos ellos. El apellido era Hoyt. El caso es que el nacimiento de Rick Hoyt fue del todo menos fácil. Llegó al mundo con el cordón umbilical enrollado al cuello.

El oxígeno no pudo llegar al cerebro del pequeño.

Rick Hoyt nacía con una severa e irreversible lesión cerebral.

Viviría en estado vegetativo el resto de sus días.

Sus padres se negaron a aceptar lo inevitable y volcaron todo su amor, tiempo y dedicación en su hijo mayor. Fue duro. Durísimo. Con los años pudieron advertir que su hijo los seguía con la mirada. No era poco para un ser humano en estado vegetal. Y, por supuesto, ningún médico pensó que pudiese llegar a hacerlo.

Ningún médico animó ni apoyó a los padres de Rick.

Fueron considerados unos locos.

Con 11 años Rick Hoyt ya reaccionaba a las bromas con una mueca de satisfacción y, tras una larga lucha y una notable cantidad de dinero, lograron que unos ingenieros de la Universidad de Tufts (Massachusetts) crearan una especie de ordenador como el que luego haría famoso el celebérrimo Stephen Hawking. La primera palabra de Rick fue ‘¡Go Bruins!’, el grito de guerra de los Boston Bruins, el equipo de hockey de la capital de Massachusetts.

De esta forma Rick pudo comunicarse con el mundo y matricularse en la universidad con el paso de los años. Una vez licenciado se convirtió en un hombre de mediana edad que ejercía como profesor y que, aún con ayuda, vivía en casa propia.

Sólo esto que acabo de contar está al alcance de unos pocos seres humanos.

Unos poquísimos seres humanos.

Pero hay más.

Mucho más.

Rick (silla) y Dick (padre)

Cuando Rick contaba con quince años un compañero suyo de instituto sufrió un accidente que lo dejaría paralítico. Se celebró entonces una carrera benéfica para recaudar fondos en esa escuela y en otras de la contorna para ayudar al chico y a su familia. Rick sintió que era necesario que él también participase en la carrera para demostrar que la vida podía ser igual de satisfactoria aun viviéndola en una silla de ruedas.

Es entonces cuando Dick, el abnegado padre, entra en escena. A estas alturas es bueno apuntar que Dick era un teniente coronel del Ejército de Estados Unidos. Caminaba cerca de los 40 años, pero su condición física era extraordinaria. Así que no lo dudó ni un instante. Cogió a su hijo, lo subió a una silla de ruedas y juntos corrieron la carrera benéfica. Fueron ocho kilómetros en los que Dick no paró de sonreír y donde descubrió que paso a paso su deficiencia desaparecía.

Acaba de nacer el Team Hoyt.

Desde 1977 hasta 2005 el Team Hoyt participó en un total de 911 eventos, incluyendo 206 triatlones (6 de los cuales fueron competiciones Ironman) y 64 maratones, incluyendo 24 Maratones de Boston consecutivas. Dick ha empujado y tirado de su hijo por todo Estados Unidos, pasando por cientos de líneas de meta. Cuando Dick corre, Rick está en una silla de ruedas que Dick va empujando. Cuando Dick va en bicicleta, Rick está en un asiento especial sujeto al frente de la misma. Cuando Dick nada, Rick está en una pequeña balsa, estabilizada firmemente, que es empujada por Dick. En cierta ocasión, en 1992, el Team Hoyt corrió más de 4.000 kilómetros en bicicleta durante mes y medio.

Durante más de tres décadas, Dick, desde los cuarenta hasta pasados los setenta, empujó y tiró de su hijo por todo el país.

Y Dick no se había subido a una bicicleta desde que tenía seis años. Y Dick nadaba al estilo perrito. En su época no era obligatorio saber nadar para entrar en el Ejército de Tierra.

Empezó de cero. Empezó de la nada.

Al inicio los demás atletas le hacían el vacío al Team Hoyt. Con el tiempo no había corredor que no se acercase a hacerse una foto con los miembros del Team Hoyt. El gran cambio se dio cuando compitieron en 1981 en su primera maratón de Boston. Creada en 1897 y disputada siempre el tercer lunes de abril, los 42’195 kilómetros de Boston son la competición de larga distancia más antigua del planeta llegándose a correr ininterrumpidamente a pesar de la I Guerra y la II Guerra Mundial y sólo cancelada en 2020 por culpa del Covid. El caso es que a inicios de los 70 se había creado una carrera paralela para personas en silla de ruedas. En 1981 los Hoyt se negaron a participar en ella y exigieron competir en la abierta a todo tipo de personas. Todos los miraban, todos cuchicheaban, pero el Team Hoyt no sólo acabó la carrera, sino que quedó entre los 5.000 primeros en una prueba en la que se superan las 25.000 inscripciones.

Team Hoyt

Dick Hoyt falleció a los 80 años de edad en 2021. Su hijo Rick lo hizo dos años más tarde a los 61 años. El caso, es que, en 2005, cuando dejaron de competir, lo hicieron porque a Dick le había dado un infarto leve durante un maratón. Los médicos descubrieron que una de las arterías de Dick estaba completamente obstruida e inutilizada. Le comentaron a Dick que de no haber estado en tan buena forma probablemente hubiese fallecido una o dos décadas más atrás.

Así que se puede decir que el padre salvó al hijo.

Y también que el hijo salvó al padre.

“Cuando Rick tenía ocho meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetal toda su vida, ese tipo de cosas. Bueno, esos doctores ya no están vivos ahora, me gustaría que pudieran ver a Rick en este mismo momento”. Dick Hoyt en 2005 tras su última competición.

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Las zapatillas de Jordan

La cita tendría lugar una agradable mañana de agosto en Portland. Un audaz responsable de marketing llamado Rob Strasser haría de guía. Las sencillas instalaciones de Nike serían escrutadas tanto por Michael Jordan como por su agente, antes de que el trío decidiese tomar un refresco y centrarse en los detalles de la oferta. Strasser le propuso a Mike (por entonces Michael era Mike) crear una línea propia de calzado con su imagen, las Nike Jordan, y el jugador tendría un porcentaje de las ventas que se estimaba en 250.000 dólares de la época. Si la cosa iba bien, de la línea propia de calzado se pasaría a una línea de ropa deportiva, incluyendo camisetas, sudaderas y accesorios.

La idea era novedosa y la cifra era todo un fortunón para un jugador, que por excelente que fuese, aún no había disputado ni un partido en la NBA. Pero Jordan no estaba impresionado. Al contrario, era puro escepticismo. El sueño de adolescente de Michael era firmar con Adidas, por lo que miró a los ojos a Strasser y se tiró un farol: “Muy bien, ahora me voy a ver a los de Converse y luego a Alemania a la sede de Adidas”.

Por entonces todo el mundo usaba las Converse All-Star. Creadas hace más de un siglo, la fama de las Converse se las dio un ex jugador metido a empresario llamado Chuck Taylor, quien fue el ideólogo de su famoso acabado y de su estrella lateral. Hasta bien finalizada la década de 1960 raro era ver un deportista norteamericano sin sus Converse. Y hasta todo soldado del ejército estadounidense llevaba un par de ellas para cuando estaban de permiso.

Michael Jordan usaba las zapatillas Converse de rigor. Las mismas que usaban todos y cada uno de los jugadores de la NBA, incluidos sus dos grandes iconos; Magic Johnson y Larry Bird. Converse era la marca del baloncesto y era la casa comercial de las zapatillas de Jordan cuando empezaba a deslumbrar vistiendo la camiseta de la Universidad de North Carolina.

Así que todo el mundo usaba las mismas zapas blancas con la estrella en negro o su alternativa opuesta. La única variedad radicaba en la citada estrella. Por ejemplo, en las de Jordan y sus compañeros de North Carolina la estrella era celeste haciendo honor a los colores del equipo. Aun así, la tradicional y elitista Converse se dio cuenta de que debía de cambiar si no quería quedarse atrás, por lo que en los 80 se permitió un par de cambios. Unas All-Star amarillas y moradas y otras verdes y blancas. Las de Magic Johnson y las de Larry Bird. Curiosamente fue en la grabación de ese spot publicitario donde dos enemigos como Magic y Bird se conocieron y se hicieron grandes amigos. Pero esa es otra historia.

A Michael Jordan jamás le gustaron las Converse. Jamás. Años más tarde, cuando su nombre estaba ya asociado per secula seculorum con Nike, confesaría que su sueño era vestir unas zapatillas Adidas. Para un hombre místico, serio y disciplinado como él, la marca de las tres rallas alineadas parecería la opción perfecta.

Pero Jordan nunca vistió Adidas.

La temporada comenzaba en noviembre, pero en el verano Jordan lideró a un extraordinario conjunto universitario a la victoria de Estados Unidos en los JJ.OO. de Los Ángeles 1984. Díaz Miguel, entrenador español y rival de los norteamericanos en la final, llegaría a declarar que cambiaría a todos sus pupilos por tener la opción de dirigir a Michael Jordan. De esta forma, y antes de dar el salto a la NBA, a la rutilante estrella que ya estaba en boca de todos le esperaba un verano lleno de ofertas y compromisos publicitarios.

Días después de ganar el oro, David Falk, agente de Jordan, recibió una invitación para acudir a Portland, ciudad sede de la firma deportiva Nike. La hoy colosal multinacional distaba entonces de serlo. Se había convertido en un icono contracultural y había logrado un hueco entre los urbanitas estadounidenses a través del atletismo y de la cultura del running, pero la prematura muerte de Steve Prefontaine dio un hachazo a sus aspiraciones. Prefontaine, plusmarquista estadounidense en siete distancias distintas del medio fondo, falleció a los 24 años víctima de un accidente automovilístico. Nike necesitaba un nuevo icono y unos nuevos objetivos.

Como hemos visto, por muy jugosa que fuese la oferta, Jordan no estaba por la labor de calzarse unas Nike. La realidad es que Falk trató de usar su diplomacia para convencer a su representado de la bondad de la oferta de Nike, pero Jordan era todo terquedad. Converse le había hecho la misma oferta estándar que presentaba a todos los novatos, muy por debajo de lo prometido por Nike. Y Adidas, que no hubiese tenido que ofrecer gran cosa para convencer a Jordan, ni estaba ni se le esperaba. Por entonces el baloncesto y la NBA era terreno inexplorado por la marca alemana.

Total, que Falk tuvo que llamar a mamá Jordan para que hiciese entrar al chico en razón. No se sabe la cantidad de gritos e improperios que esa buena mujer soltaría a su vástago, pero el caso es que Jordan agachó las orejas, llamó a Strasser y el acuerdo se cerró a los pocos días.

El resto es historia.

Air

El matrimonio de Nike con Jordan fue como cuando al jamón ibérico se le ocurrió juntarse con el tomate y el aceite de oliva. Nike se decidió a romper todos los códigos establecidos y fabricar unas botas rojas y negras, bastante horteras, pero muy aceptadas en la cultura urbana, que impactaron en la juventud blanca y negra y que desbancaron para siempre a los zapatos como prenda cotidiana para el americano medio.

Las Air Jordan I fueron un shock. Jordan osaba equipararse a Bird y a Magic al tener sus propias zapatillas. Eran rojas y el código de vestimenta de la NBA exigía que fuesen blancas o negras. Rápidamente llegaron las multas. Primero fueron 1.000 dólares por partido, después 3.000 y en el siguiente 5.000. Nike daba palmas con las orejas. Para tener un impacto similar tendrían que haber gastado millones de dólares en campañas de promoción. Que hablen de ti, aunque hablen mal, reza el dicho.

Converse contraatacó y pidió su prohibición. Se decía que eran ilegales, que tenían una cámara de aire que hacía que Jordan saltase más. El efecto fue contraproducente. Michael Jordan fue a partir de entonces Air Jordan, un jugador con un salto sobrenatural y una estética perfecta que hizo que durante unos segundos pensásemos que el hombre podía volar. Las Air Jordan I siguen fabricándose en la actualidad y continúan siendo las zapatillas más vendidas de la historia.

Air Jordan I

Las ventas se dispararon y Nike pasó a convertirse en el gigante que es en la actualidad. Michael Jordan transitó de jugador de baloncesto a mito, y a medida que el mito crecía también lo hacía su propia industria, lo que podríamos llamar Jordan S.A. Fue el negocio del siglo, y el momento exacto en el que el deporte pasó a ser un business profesional y una verdadera industria capitalista del entretenimiento. Al año siguiente la NBA permitió que cada equipo llevase las Converse con los colores correspondientes a su equipo. Daba igual. Converse jugaba con las cartas marcadas. Su suerte estaba echada.

Jordan empieza a rodar anuncios televisivos con Nike que son prohibidos por la NBA y que no hacen más que aumentar las ventas. Se investiga si la famosa cámara de aire es motivo de doping tecnológico y eso no hace más que avivar el fuego. Las Air Jordan III rompen con todos los cimientos habidos y por haber. Son las zapatillas del famoso concurso de mates. Las de la saga icónica de Jordan saltando. Las de Jordan en movimiento. El jumpman desde la línea de tiros libres.

Fue el movimiento y la televisión lo que multiplicó exponencialmente esa realidad. Una vez que la NBA se dio cuenta del filón que era Michael Jordan inmediatamente del enfado se pasó al beneplácito. Nike se hinchó a grabar anuncios que se escuchaban y se movían. Contrató para ello a Spike Lee, un cineasta negro estampa de la cultura urbana neoyorkina. La publicidad alcanzó un nuevo estándar, mientras Jordan ganaba concursos de mates y volaba en las canchas.

No son anuncios. Es cine.

En total son 35 las Air Jordan que han salido al mercado. Además de las citadas, conviene destacar las Air Jordan VI (el primer anillo, últimas con referencia a Nike y con lengüeta reflectante), las Air Jordan VII (las de Barcelona 92, las primeras globales), las Air Jordan XI (las únicas azules, las que llevó junto a Bugs Bunny en Space Jam, las de las 72 victorias y, según los frikis, las más bonitas de todas), las Air Jordan XIII (las que parecían un Ferrari -personalmente mis favoritas- totalmente negras con el jumpman en rojo y que fueron las calzadas en su último tiro ante los Utah Jazz), las Air Jordan XVIII (las de su última temporada en Washington y que venían con un CD y un maletín para guardarlas) y las Air Jordan XXXIII (las primeras sin cordones).

Air Jordan XIII

Aquellos 250.000 dólares acabaron convirtiéndose rápidamente en más de 30 millones anuales, y, aún hoy, Jordan sigue facturando gracias a Nike. Se estima que Michael lleva ganado más de 1.000 millones de dólares gracias a la firma de Oregón, con diferencia el mayor ingreso de patrocinio deportivo de la historia. De hecho, ni siquiera sumando sus ingresos como jugador y el resto de sus contratos publicitarios se llegaría a igualar la indecente cifra que ha cobrado gracias a Nike.

Michael Jordan lo cambió todo. Si antes todos llevaban pantalones ceñidos, Jordan impuso la tendencia de llevarlos largos y más holgados hasta las rodillas. Al cabo de un lustro ya no quedaba un mísero pantalón ajustado. Mas adelante la cabeza afeitada de Jordan tuvo un impacto planetario. Cuando la alopecia comenzó a afectarle, se afeitó lo que le quedaba de pelo y empezó a darse cera en la calva (una cúpula aerodinámica que parecía futurista, dijo su biógrafo). Logró lo impensable, que ser calvo fuese algo guay.

Hoy Jordan tiene su propia marca, Jordan Brand, que se ha desligado de su matriz. En cifras pre pandemia facturaba más de 3.000 millones de dólares anuales. Antes de que fuese traspasado a los Lakers, le habían hecho una oferta descomunal a Luka Doncic, el nuevo prodigio del baloncesto, a razón de 20 millones anuales y la promesa de una línea propia de calzado y ropa en función de ciertos parámetros deportivos. No es el primero al que se le ofrecen ni será el último. Da lo mismo. Haga lo que haga jamás hará saltar el mercado por los aires como un día de 1984 hicieron Nike y Michael Jordan.

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Charles de Gaulle

196 centímetros de imponente ser humano avanzan hacía mí. Mirada fría, ojos firmes y rictus serio. Un junco tieso se afana por estrecharme la mano desde esa atalaya vestida de general, ataviada de decenas de medallas y coronada por un sencillo y elegante kepi. Charles André Joseph Marie De Gaulle me recibe en su despacho adornado con una bandera de Francia y una gigantesca Cruz de Lorena. El hombre que lideró la resistencia francesa en la II Guerra Mundial y que fundó la Quinta República bajo la máxima de que Francia es De Gaulle y De Gaulle es Francia, me recibe para charlar sobre deporte. Realmente hablaremos de lo que a él le guste, ya que lo que es seguro es que De Gaulle no se dejará vencer.

De Gaulle

Míster Dato (P): ¡Feliz año nuevo Président!

De Gaulle (R): ¡Magnifiqué!

P: Président, géneral… ¿Cómo prefiere?

De Gaulle (R): Président de la République Française o Géneral de la France Libre. Sí quiere decirlo, dígalo usted bien. Francia no puede ser Francia sin grandeza. Recuérdelo. Y si usted es un ignorante puede llamarme simplemente Francia. ¡Yo soy Francia! Pero entiendo que usted es un ignorante así que se lo serviré en bandeja. Mi esposa siempre me llamó Mon Géneral. Mis hijos suponen que me llamaba así hasta dentro de la alcoba. Como comprenderá eso lo dejo a su libre interpretación.

P: No es necesario. Géneral entonces. Su figura ha perdurado con el paso del tiempo a pesar de ser un hombre extremadamente frío. Tanto que hasta un ego inmenso como el de Churchill tuvo que humanizarle para que fuese comprendido por el común de los franceses. Frío hacia fuera, pero me dicen que cálido en la intimidad.

De Gaulle (R): Durante mi década como presidente de la V República nunca me ausenté de una cena en casa con mi mujer por mucho trabajo que tuviese. Si mis obligaciones me hacían viajar y pernoctar en un hotel allí estaría Yvonné para acompañarme en el dormitorio. Tres veces al año organizaba en el Elíseo una cena con toda mi descendencia y prohibía tajantemente a un hijo o nieto mío faltar a la cita. Si había que tirar de Concorde, se tiraba. Sé que he tenido fama de solitario, pero mi familia lo era todo para mí. Cuando mi hija falleció al poco de cumplir veinte años fueron muchas horas de lloros, pero todos en soledad y en la intimidad de mi habitación. ¡No sería digno con mis conciudadanos si me mostrase débil! Para mí fue el fin del mundo. ¡Para Francia el fallecimiento de mi hija no fue nada!

P: Su hija tenía síndrome de Down. Dicen que ni siquiera lloró en el entierro de su hija. Pero usted me confirma entonces sus lágrimas.

De Gaulle (R): Mis hijos sólo me han visto sin uniforme militar o sin traje y corbata en la playa. Siempre me ha parecido una desvergüenza que tus hijos te vean en pijama. Sólo lo consentí cuando me operaron de la próstata y porque mi mujer me lo pidió como un favor personal. ¡Imagínese que alguien me viese llorar! La dificultad atrae al hombre de carácter, porque es en la adversidad que el verdadero hombre se conoce a sí mismo.

P: Vamos a ver si entramos en materia. En este caso el deporte. Usted es un bigardo de casi dos metros. Supongo que un privilegiado desde niño en el aspecto deportivo.

De Gaulle (R): ¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?

P: ¿Qué dice?

De Gaulle (R): Perdone mi diatriba, pero me resulta inevitable. He sido un hombre que vivió sumido en una crisis histórica. No he parado nunca de luchar por Francia y siempre me viene a la mente aquellas palabras de aliento con las que levanté la moral de los franceses desde los micrófonos de la BBC en mi exilio londinense.

P: Ya me advirtieron que preguntase lo que le preguntase usted me iba a comentar lo que le diera la real y santa gana.

De Gaulle (R): Churchill no me soportaba, ¿sabe? Decía que detrás de mis palabras no había ejército ¡Mon Dieu! Cuando tengo razón, me enojo. Churchill se enoja cuando se equivoca. ¡Estamos enojados el uno con el otro la mayor parte del tiempo! ¡A mí me dispararon en una pierna en la Gran Guerra! ¡Estuve dos años en una prisión alemana! ¿Y Roosevelt? ¡Ese inválido presuntuoso! Él enviaba telegramas mientras yo conducía tanques ante Rommel antes del desastre de 1940.

P: Se dice que nunca le dio las gracias a nadie. Dicen que es un maniaco depresivo. Otros sugieren que es un narcisista constructivo.

De Gaulle (R): ¿Con qué fin? El general Leclerc le dijo a su esposa que bajaba a comprar tabaco y regresó cinco años después a París con una división de negros francófonos, franceses libres y republicanos españoles. ¿Y tengo que darle las gracias? ¡Jamás! ¡Lo hizo por Francia y por eso nunca hay que dar las gracias! Si ser patriota es ser arrogante lo soy. Si construir una Francia atómica, si vetar a Inglaterra para entrar en la Unión Europea, si pactar con el general Masu para controlar África o si menospreciar a los estadounidenses es ser un narcisista, pues vale, lo soy. ¡Yo soy Francia! ¿Estadounidenses? Puede estar seguro de que los estadounidenses cometerán todas las estupideces que usted pueda imaginar, además de algunas que están más allá de la imaginación.

P: ¿Racista? ¿Nacionalista exacerbado?

De Gaulle (R): ¡Cómo se atreve! Yo soy un patriota. El patriotismo es cuando el amor a tu propia gente es lo primero. El nacionalismo es cuando el odio hacia personas distintas a las tuyas es lo primero. Defiendo Francia porque no existe nada mejor que Francia. ¿Bélgica? Un país inventado por los británicos para molestar a los franceses. ¿La Unión Europea? Ningún estadista europeo conseguirá unir a Europa. Serán los chinos quienes lo hagan.

P: Lo que es innegable es su capacidad de liderazgo. Quizás uno de los mejores ejemplos que podemos encontrar en la historia.

De Gaulle (R): Lo cierto es que mi francés es excepcional, con un vocabulario inabarcable.

P: Baja modesto, que sube De Gaulle.

De Gaulle (R): Yo no doy conferencias de prensa sino conferencias a la Prensa. ¡No es culpa mía! ¡Francia me adora! Y ustedes no se atreven a hacerme preguntas. Yo siempre estoy preparado para las respuestas a mis preguntas.

P: Querría hablar de una santa vez de deporte. Hacemos un trato si lo desea. Le dejo que me suelte alguna de sus soflamas y luego contesta a un par de preguntas sobre deporte. ¿Le parece bien?

De Gaulle (R): De acuerdo. Pero los tratados son como rosas y chicas jóvenes. Duran mientras duran. Así que apúrese.

P: Pues eso. Suelte un alegato final.

De Gaulle (R): Francia no tiene amigos, sólo intereses. Cuando me pregunto qué piensa Francia, me pregunto a mí mismo. Por eso llego a la conclusión de meterme en política. Es un asunto demasiado complejo y serio como para dejárselo a los políticos. Sentí la llamada de Francia y Francia necesitaba grandes hombres. Yo estaba decidido a serlo.

P: Venga. Ahora me toca a mí. En muchos aspectos usted es un pionero. No es un hombre cuyos hechos evoquen las páginas deportivas, pero en verdad usted ha contribuido a la grandeur del hecho deportivo. Explíquenos como fue aquello de recibir a los deportistas olímpicos.

De Gaulle (R): ¡Los deportistas representan la grandeur de un país! ¡La grandeur en tiempos de paz! Fue en los Juegos Olímpicos de 1964 cuando como Président de la République Française decidí condecorar a los héroes olímpicos franceses con la Orden Nacional del Mérito o con la Legión de Honor según la medalla obtenida.

P: Hecho que parece impropio de un géneral como usted.

De Gaulle (R): Los cementerios están llenos de hombres indispensables.

P: Usted también fue el primer político que se acercó a las cunetas para recibir a la caravana del Tour de Francia.

De Gaulle (R): El Tour es grandeur. Es tradición e historia. Es un elemento imprescindible de la cultura francesa que da a conocer a miles y miles de pueblos de nuestra amada tierra al resto del mundo. Mi deber como Président era estar allí y así decidí hacerlo.

P: Tengo entendido que fue fiel a su estilo. No se lo dijo a nadie y hubo que parar la carrera durante unos minutos para atenderlo.

De Gaulle (R): Fue en 1960. Creo que era la penúltima etapa. Yo estaba pasando unos días en Colombey-les-Deux-Églises donde tenía una propiedad familiar y sabía que el Tour iba a pasar por allí. Así que decidí ir al encuentro de los ciclistas. La verdad es que fue un año triste porque Anquetil no estaba y el resto de los franceses lo hicieron bastante mal. Creo que ganó un italiano sino recuerdo mal. Así que decide subir la moral de Francia con mi súbita presencia.

P: Gastone Nencini fue el vencedor.

De Gaulle (R): Nencini. Eso es. El caso es que me acerqué a una cuneta en el centro del pueblo para ver el paso del Tour. Entonces no había eso que ustedes llaman redes sociales. Faltaban unos veinte kilómetros para que pasase el pelotón cuando Jacques Goddet, que entonces era el patrón del Tour, recibe el aviso de que iba a aparecer. Y luego, en una demostración de júbilo por la presencia de su Président, el pelotón se paró y Goddet se acercó a saludarme. Yo recuerdo ir a darle un apretón de manos al señor Nencini. También vino a saludarme Darrigade, que entonces era campeón del mundo. Fue la primera vez que el Tour se paró para saludar a un espectador. Créame que la gente aplaudió más a su Président que al maillot amarillo.

P: Le crea o no lo crea, quien podría osar contradecirle. Lo cierto es que usted instauró una costumbre. Desde entonces año a año hay visita presidencial en un ritual que puede darse a pie de carretera o en un vehículo en pleno corazón de la carrera.

De Gaulle (R): Recuerdo que aquel día ganó un chico llamado Pierre Beuffeuil. Se había quedado cortado del pelotón por culpa de un pinchazo y aprovechó la parada para saludarme para regresar al pelotón. Luego, unos cuantos kilómetros más tarde, atacó y ganó la etapa en solitario en la meta de Troyes. ¡Dijo que siempre había votado por De Gaulle! Fuese cierto o no, sino llega a ser por mi aparición nunca hubiese ganado la etapa.

P: Creo que Pompidou se saltó la norma, pero luego Giscard d’Estaing fue el primero en entregar en persona el maillot amarillo al vencedor en el pódium de los Campos Elíseos.

De Gaulle (R): ¡Típico de d’Estaing! Siempre me tildaba a mí de monárquico y ¡mire! ¡Qué hay más monárquico que coronarse en los Campos Elíseos! Llegué a respetarlo, no como a Pompidou, pero tuve que acabar defenestrándolo por sus ideas europeístas. Siempre respeto a los que se me resisten, pero no puedo tolerarlos ¡La France c’est la France!

P: Tengo entendido que es buen aficionado al fútbol. Por supuesto jamás confesará sus inclinaciones. Usted es aficionado a todos los equipos de Francia. Ya me ahorro la respuesta. El caso es que usted también instauró la costumbre de acudir al palco en todas las finales de la Copa de Francia. Creo que en la final de 1967 se saltó el guion, algo impropio de usted.

De Gaulle (R): Cierto es. Y no se crea que estoy orgulloso de ello. Jugaban el Olympique de Lyon y el FC Sochaux. Ganaba el Lyon, se echaron atrás y despejaban como podían cualquier acometida del Sochaux. En uno de esos despejes el balón cayó en mi regazo. Lo recibí impasible, me puse en pie y desde mi asiento lo devolví al campo en una pose ortodoxa de saque de banda de jugador profesional. El público rompió en una ovación, reconociendo este gesto como un signo de respeto al fútbol. Mi foto lanzando el balón, con toda formalidad y seriedad, a dos manos, dio la vuelta al mundo. Mis asesores dijeron que aquello me humanizaba. Yo le diré que al día siguiente me mostré apesadumbrado por mi comportamiento.

P: Es usted más recto que la Cruz de Lorena.

De Gaulle (R): Hay que serlo. ¿Cómo puede alguien gobernar una nación que tiene doscientos cuarenta y seis tipos diferentes de queso? Le recomiendo que siempre elija la forma más difícil de hacer las cosas. En ella no encontrará oponentes. El carácter es la virtud de los tiempos difíciles.

P: Volvamos al fútbol. Una parte que no es muy recordada del mayo del 68 es que los futbolistas también se sublevaron. Hubo huelga revolucionaria secundada por centenares de futbolistas y por periodistas de la revista Miroir du football de tintes comunistas. Creo que ocuparon la sede de la Federación Francesa e intentaron montar una cooperativa.

De Gaulle (R): Se solventó con firmeza. Fue una semana. Tuve que hablar con Just Fontaine y también con Raymond Kopa para que apaciguasen los ánimos. Ya sabe usted que convoqué elecciones y desactivé el movimiento obrero y estudiantil. Luego gané las elecciones con claridad absoluta y Francia volvió a ser Francia. Le diré dos cosas para que las tenga en cuenta. La primera es que no hay arma más definitiva en el poder que el silencio. Que hablen y griten que luego yo tomaré las decisiones.

P: La segunda…

De Gaulle (R): Cuanto mejor conozco a los hombres, más me encantan los perros.

P: Vamos finalizando ya general. Tengo entendido que en sus últimos años entre los vivos se dedicó a recorrer España con la intención de escribir un libro sobre las campañas de Napoleón por la Península Ibérica. Me dicen que le encantó Galicia.

De Gaulle (R): Por mis venas corre sangre bretona y siempre había querido conocer la tierra celta de Galicia. Fui a presentarle mis respetos al Apóstol Santiago y recuerdo con gran cariño varias comidas donde el marisco era excepcional. Fui a ver a Franco también. Lo hice porque como militar le tenía profundo respeto por haber sabido mantener a España lejos de la II Guerra Mundial. Lo que me encontré fue un anciano decrépito que se aferraba en el poder. Fue decepcionante.

P: Ha sido un placer general.

De Gaulle (R): He de confesarle que para mí ha sido mejor de lo esperado. Hay que hacer tiempo hasta la tarde para ver qué espléndido fue el día. No se puede juzgar la vida hasta la muerte y no se habría podido juzgar esta entrevista hasta su final. ¡Vive la France!

Président

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Especial Navidad: Entrevista a Schwarzenegger

Fue campeón de culturismo, héroe de acción, gobernador de California y camino de los 80 años se ha convertido en activista contra el cambio climático. A Arnold Alois Schwarzenegger le acaban de poner un marcapasos tras someterse a tres cirugías de corazón abierto. Porque es humano. Arnold es humano. El tipo que encarnó a Conan a El último gran héroe y quien fue Depredador y Terminator es humano. No lo parece al contemplar sus 188 centímetros de altura y sus 110 kilos de músculo. Solo con estrechar su mano con la tuya convierte tu autoestima en un valor que oscila entre el cero y la nada. Pero después Arnold tira de sonrisa y te desarma con la mirada. Así nos recibe en su despacho de su mansión a las afueras de Los Ángeles.

Arnold

Mister Dato (P): ¡Felices Fiestas!

Arnold Schwarzenegger (R): ¡Igualmente para ti y todos tus lectores!

P: Me siento sobrecogido. Temo que si le hago alguna pregunta incómoda me pegue un guantazo que me obligue a pasar las fiestas con mi dentista.

Schwarzenegger (R): (Ríe). No te preocupes. De hecho, es una pregunta que me molesta, pero no pienso matarte a hostias. Puedes quedarte tranquilo.

P: ¿Por qué le molesta?

Schwarzenegger (R): Es que no soy un tipo duro. Soy un tipo fuerte. ¿Recuerdas mis películas? ¿Cuándo hago de malo?

P: En Terminator…pero luego Terminator es bueno.

Schwarzenegger (R): Exacto. Fui Hércules, Conan o Terminator. Bestias físicas de noble corazón. ¿Y Mentiras arriesgadas? Un marido abnegado. Y seguro que recuerdas cuando hacía comedias tronchantes con Danny De Vito. Soy fuerte, pero no soy malo. Hice una de Navidad en la que tenía que ir hasta el Polo Norte a buscarle un regalo a mi hijo.

P: Oído cocina. ¿Sabe qué? Es la primera persona que entrevisto en estos especiales navideños que está viva. Siempre me voy al otro mundo para buscar al entrevistado, pero con usted he hecho una excepción.

Schwarzenegger (R): ¡Poco ha faltado! He sobrevivido a tres cirugías a corazón abierto. En todo caso lo que me acabas de decir no sé si tomarlo como un honor. Te diré algo. La muerte no me intimida. Lo que apesta definitivamente es la vejez. Y creo que, tal vez, estoy sufriendo por eso más que nadie, porque me miro en el espejo y recuerdo que fui alguien que hacía flexiones de banca con 500 kilos de peso sobre mis hombros.

P: ¡Si está usted hecho un chaval! ¡Con el dedo meñique podría tumbarme a mí al suelo y me dobla en la edad!

Schwarzenegger (R): Es muy sencillo, si se sacude, es grasa. Y a ti se te sacude.

P: ¡Hombre, gracias!

Schwarzenegger (R): Es la verdad. Yo estoy viejo y tú eres joven y no estás en forma. Lo cierto es que de repente llegas a una edad en la que ves que tu cuerpo ya no tiene esa forma, aunque tal vez esté mejor que otras personas de mí misma edad. ¿Y qué? Eso me afecta aún más porque sabía lo que podía hacer antes. Todos los días entreno aferrándome a eso, pero también sé que cuando se produce menos testosterona en el cuerpo masculino se engendra menos músculo y, por lo tanto, se necesita mucho más esfuerzo y te lesionas con facilidad. Cuando envejeces, de repente, tienes pequeños problemas de salud y mi vulnerabilidad siempre ha sido el corazón. Lo tengo que vigilar con mucho cuidado. Sin embargo, me siento afortunado de estar en forma y de poder hacer ejercicio todos los días. Me encanta montar en bicicleta todas las mañanas.

P: ¿Por qué sigue machacándose en el gimnasio? Entiendo que quiera estar en forma, pero los tiempos de Míster Olympia ya pasaron. Además, su última operación de corazón ha sido hace apenas unos meses.

Schwarzenegger (R): ¿Por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace diez años, ¿por qué sigo desayunando? ¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace veinte años, dormí hace diez años. Todavía duermo todos los días y todas las noches. El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera.

P: ¿No tiene debilidades?

Schwarzenegger (R): Todos los días escucho a alguien decir que está gordo pero que no es capaz de adelgazar. Me odiaría a mí mismo si yo tuviera ese tipo de actitud, si yo fuese tan débil. Sólo se triunfa en la vida con constante esfuerzo.

P: Me han dicho que fuma un puro al día. Eso es una debilidad.

Schwarzenegger (R): No lo considero una debilidad. Será malo para mi salud, nunca para mis músculos. Me gusta el dulce, pero tampoco lo considero una debilidad. ¡Soy austríaco! Helado, strudel de manzana, galletas, chocolate negro con nueces crujientes… Si viene alguien de visita y me trae dulces, estoy en el cielo (ríe).

P: Nacido en Austria, pero asentado en Estados Unidos. No se puede ni imaginar la de veces que he tenido que rectificar al escribir su apellido.

Schwarzenegger (R): Nací en un pueblecito austriaco. Fui un niño pobre. Mi padre era policía, pero durante la guerra había servido a los nazis. Tenía problemas mentales. Supongo que una mezcla de lo que le hicieron pasar y lo que él le hizo pasar a otros. El favorito era mi hermano mayor porque además siempre hubo dudas de si yo era hijo legítimo. El caso es que tanto mi padre como mi hermano eran alcohólicos enfermizos y ambos murieron jóvenes. No teníamos nada. Recuerdo la alegría de mi madre cuando compramos nuestro primer frigorífico. Yo tuve claro mi destino desde siempre. Quería una vida diferente. Tenía ambición y no quería respirar ese ambiente nocivo el resto de mi vida. ¡Quería ser rico! Y para eso hay que ir a Estados Unidos.

P: Sin embargo, fue su exigente padre el que le convino a hacer deporte. Deseaba que siguiera sus pasos y se formase para militar o policía.

Schwarzenegger (R): Mi madre quería que estudiase, pero seguí el consejo de mi padre. El ejercicio se convirtió en una obsesión, al punto de sentir que me enfermaría si me perdía un entrenamiento. Pero no te engañes. Mi padre quería que jugara al fútbol. Cuando vio lo de las pesas frunció el ceño. Pensaba que era asunto de homosexuales.

P: ¿Iba para futbolista?

Schwarzenegger (R): Soy austriaco. A mí no me hables de fútbol americano o de béisbol. Nunca he acabado de entender cómo funciona el fútbol americano. De joven practiqué curling y fútbol. No se me daba mal, pero cuando contaba con quince años mi entrenador me dijo que tenía las condiciones idóneas para fortalecerme en el gimnasio. Fue entrar y descubrir las pesas y sentí que ese era el camino que me iba a llevar a América. Había entonces culturistas que triunfaban en Hollywood haciendo películas de romanos y de aventuras. Mi objetivo era convertirme en el hombre más fuerte del mundo y así poder llegar a ese mundo.

P: Debutó en el cine haciendo de Hércules y fue Míster Olympia siete veces seguidas en los años 70. Hizo que el fisiculturismo fuese reconocido y hoy el Arnold Classic que usted promociona es un evento planetario. ¿Cómo le explicaría a un mundano que es eso del culturismo?

Schwarzenegger (R): El culturismo es como cualquier otro deporte. Para tener éxito, debes dedicarte cien por cien al entrenamiento físico, mental y a la dieta. Las últimas tres o cuatro repeticiones son las que hacen que el músculo crezca. Esa área del dolor divide el campeón de alguien que no es un campeón. Eso es lo que la mayoría de las personas no tienen, las agallas para seguir adelante y decir que van a pasar por el dolor sin importar lo que pase.

P: Y la fortaleza mental.

Schwarzenegger (R): Claro. Tu mente es el límite. Mientras que la mente puede imaginar el hecho de que puedes hacer algo, lo puedes hacer, siempre y cuando realmente lo creas. La fuerza no viene de ganar. Cuando pasas por dificultades y decides no rendirte, eso es la fuerza. Lo peor que puedo ser es lo mismo que los demás. Lo odio.

P: Parece usted un manual de autoayuda. Aprovechando esto último que me acaba de decir me viene al pelo para hablar de su carrera política. Es usted un ferviente liberal y un luchador implacable contra el socialismo y, sin embargo, es abierto en cuestiones sociales y un activista contra el cambio climático.

Schwarzenegger (R): Fui gobernador de California y sólo el haber nacido en Austria me ha impedido ser presidente estadounidense. Antes, la gente se burlaba de mi acento y ahora es mi marca registrada; no tienen que verme para saber que soy yo quien habla. Pero recuerdo mis inicios en los que todo el mundo se burlaba de mí por ser austriaco. ¡Y fíjese ahora! Tengo una fortuna de 450 millones de dólares ¡Eso sólo se consigue en Estados Unidos! ¡Adoro este país! Me gustaría asegurarme de que un niño negro que vive en Atlanta o un latino de Baltimore pueda tener las mismas oportunidades que yo tuve cuando vine a este país. Yo disfruté de un gran sistema educativo, pude obtener un préstamo, comprar un apartamento y echar raíces.

P: No parece el discurso del líder de su partido, el señor Donald Trump.

Schwarzenegger (R): Soy un hombre hecho a mí mismo y eso es un cumplido. Pero a la vez quiero dejar claro que ser un hombre hecho a sí mismo no quiere decir que nadie me ayudase. Mis padres me ayudaron. Mis maestros me ayudaron. Mis entrenadores me ayudaron. Cuando llegué a Estados Unidos me dejaron dinero y un piso, también me ayudaron los agentes y los productores con los que me introduje en el mundo del cine y también me ayudaron los casi seis millones de votantes que me convirtieron en Gobernador de California. ¿Cómo podría decir que me hice Gobernador yo solo? Esto no es una dictadura.

P: Reitero. Parece usted demócrata y no republicano.

Schwarzenegger (R): Lo más importante del liderazgo es tener una visión muy clara de hacia dónde quieres llegar. Esto lo experimenté de primera mano en el fisiculturismo; siempre tuve una visión muy clara de la competencia, los premios y como aumentar el respeto por los culturistas. Y lo mismo se aplica en la política. La clave es dejarle claro a la gente lo que sientes y lo que te apasiona. Trump es sólo una persona. El Partido Republicano tiene un problema de liderazgo. Si yo me pudiese presentar mi liderazgo sería claro. Liberalismo económico a ultranza, respeto a las minorías y luchar contra el cambio climático.

P: Usted es aficionado al Sturm Graz, un modesto club austriaco. Rebautizaron el estadio con su nombre en 1997, pero apenas nueve años más tarde le retiraron el honor. Creo que la política tuvo algo que ver con ello.

Schwarzenegger (R): Las ideas socialistas tan comunes en Europa. Eso fue lo que pasó. El asunto es que en California tenemos pena de muerte y en 2005 tuvimos que ejecutar a un preso. Me tildaron de bárbaro en una campaña contra mi persona liderada por los comunistas. Ellos lo quisieron así. Cuanto más inteligentes nos volvemos, más tontos nos sentimos. Hay algunas personas que se quejan de la privacidad cuando se vuelven famosas, pero yo nunca me he sentido incómodo. Mucha gente se muere de ganas por tener atención. Yo estoy recibiendo toda la atención del mundo sin necesidad de ir al psiquiatra para ello.

P: Siguiendo con el tema fútbol. Me han dicho que simpatiza con el Barça, pero que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo.

Schwarzenegger (R): Jugué a fútbol hasta los 15 años, de portero, de centrocampista y de defensa. No sé hasta dónde habría llegado, pero por muy bueno que sea un futbolista necesita apuntalar los músculos de su espalda o de sus piernas. Cristiano Ronaldo es el Terminator del fútbol. Tiene un cuerpo perfecto y una musculación que le permitiría practicar cualquier deporte. Pero sí, amo a la ciudad de Barcelona, sus playas y el Camp Nou.

P: Lo suyo no es el baloncesto, pero en Conan compartió escenas con Wilt Chamberlain, el afamado ex jugador de la NBA. Tengo entendido que nunca antes se había sentido tan pequeño.

Schwarzenegger (R): ¡Ya lo creo! Era 1984. Chamberlain medía más de 2’10. Era un hombre de gimnasio. No me podía creer que tuviera casi 50 años. Tenía tanta fuerza que jugueteaba con la espada como quien juega con un cuchillo.

P: ¿Cómo era su entrenamiento entonces? Ya sé que ahora sigue yendo al gimnasio, pero como era el día a día de Arnold Schwarzenegger cuando tenía 30 años y era el hombre más fuerte del mundo.

Schwarzenegger (R): Cinco horas de entrenamiento diario, practicar las poses y aprender sobre nutrición. Creo que la fuerza física no me viene a la mente cuando pienso en mí. Es más bien un producto secundario de haber sido levantador de pesas y fisiculturista. Pienso que todo lo que he logrado se debe al poder de mi voluntad y a mi capacidad de visualizar los objetivos con mucha claridad y luego ir tras ellos sin descanso. Ahora es distinto. No tengo que seguir una rutina inamovible. La única ventaja de envejecer es que te vuelves más amable y menos egoísta. Cuando uno es joven siempre piensa en su propio mundo y luego, de repente, empieza a pensar en los demás. Te aseguras de que otras personas también puedan mejorar sus vidas.

P: La nutrición es ahora un mantra. Cuando usted comenzó no era así.

Schwarzenegger (R): Para nada. En mi época todo consistía en comer filetes y huevos. Buscar una ingente cantidad de proteínas. Yo lo cambié todo. Quemaba miles y miles de calorías por lo que no importaba tanto si comía comida basura. Luego descubrí que era crucial. Estuve una vez en una granja de cocodrilos en Louisiana y me dijeron que les daban comida de calidad porque así los animales eran más mansos, no se peleaban entre ellos y no se rascaban la piel. Fue entonces cuando descubrí que lo que comemos tiene un impacto tremendo en nuestra vida.

P: Una última antes de despedirnos. Algo de lo que arrepentirse ahora que estamos en época de perdón y buenas voluntades.

Schwarzenegger (R): Sí. En primer lugar, serle infiel a mi mujer. En segundo haber tomado esteroides. En mi época de culturista no estaban prohibidos. Conozco a compañeros que fallecieron por culpa de ellos. Yo siempre lo hice bajo supervisión médica, pero me alegra que ahora se considere dopaje y animo a todos los que hagan deporte a que nunca usen las drogas. Es el camino fácil.

P: Sayonara, baby.

Schwarzenegger (R): Hasta la vista, baby.

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Paris 2024. Balance

En Gaza continúa un conflicto (así lo llaman) entre judíos y musulmanes creado por la torpeza occidental hace ochenta años y que lleva doce guerras y otras tantas treguas y las que quedan por venir. En Ucrania siguen esperando a que las negras de los chinos o las blancas de los americanos se cansen de mandar armas y alguien decida firmar unas tablas en la partida de ajedrez. Mientras, Arabía Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Unidos e Irán forman un G5 alternativo y ponen en alerta a Estados Unidos y a China a la vez que Europa se dedica a mirar para otro lado. Eso sí, la Unión Europea aprueba la Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco legal y regulatorio integral del mundo futuro. Ya se sabe que Estados Unidos inventa, China copia y Europa legisla.

En Irlanda deciden clausurar los tiempos del IRA escogiendo como presidente a Simon Harris, un joven político de 36 años líder del Sinn Fein. En el estado estadounidense de Minnesota deciden retirar de su bandera a un indio cabalgando en una pradera por una insulsa pero políticamente correcta estrella de ocho puntas. En Rusia Vladimir Putin es reelegido con el 87% de los votos y lo llaman dictadura mientras que en El Salvador escogen a Nayib Bukele con el 84% de las papeletas y lo llaman democracia. Edmundo González es el tercer presidente electo de la República de Venezuela que viajará por medio mundo encantado de conocerse mientras Nicolás Maduro ejercerá por tercera vez la presidencia de Venezuela desde el Palacio de Miraflores. En el Viejo Continente la extrema derecha da zancadas camino del éxito mientras los mandamases de la Unión Europea siguen sin saber darle la vuelta a una decadencia que comenzó en 2008 y los europeos de a pie seguimos sin entender que se puede ser ateo y defender los valores del humanismo cristiano, a menos que queramos pegarnos un tiro en el pie a medio plazo.

Un streamer de 13 años que responde al nombre de Willis Gibson se convierte en la primera persona del mundo en vencer en el videojuego de Tetris al llegar al nivel 157 y hacer resetear la Nintendo. Un vuelo a Singapur acaba con 321 heridos y un fallecido por culpa de unas turbulencias y después de un siglo de revoloteos por los aires descubrimos el sentido de ponerse un cinto de seguridad a 40.000 pies de altura. Desde el aire cazas de Corea del Sur lanzan panfletos a favor de la democracia y Corea del Norte responde enviando una flota de 260 globos llenos de basura y estiércol para que caigan al sur del paralelo 38.

El Madrid gana la Champions por decimoquinta vez con un delantero gallego llamado José Luis, pero decide fichar a un parisino llamado Kylian Mbappé que no puede asegurar títulos, pero si cientos de millones de euros. Al Papa Francisco se le va la lengua y dice que hay demasiados homosexuales y en Cataluña el gobierno progresista, solidario, europeísta y vanguardista de la Generalitat decide negarse a acoger a 31 menores inmigrantes no tutelados para seguir haciéndole chantaje al superviviente de Pedro Sánchez, mientras que el molt honorable Carles Puigdemont se hace un Arsène Lupin con el beneplácito de La Moncloa.

Fallecen Donald Sutherland y también Paul Auster, conocido por todos y leído por ninguno. Se nos va Akira Toriyama, leído por muchos y visionado por muchísimos más. Toriyama era a Son Goku como Glynis Johns era a Mary Poppins. Personaje, pero de carne y hueso, era también Manuel Ruiz de Lopera quien nos dejó al igual que Mario Zagallo y el Káiser Franz Beckenbauer. En España cambiamos de Káiser dictatorial a uno democrático y aquella crónica de la Transición nos fue relatada por la también finada Victoria Prego.

No fallecieron, pero un atentado estuvo cerca de acabar con la vida del desconocido presidente de Eslovaquia y otro atentado estuvo a punto de acabar con la oreja del archiconocido ex presidente y posible nuevo presidente de Estados Unidos. Los yankees podrán escoger entre Donald Trump, condenado en firme por 34 cargos judiciales diferentes y que supera en tres años la esperanza media de hombres en Estados Unidos, y entre Kamala Harris, una negra rica hija de jamaicano e hindú que le hizo la cama a su mentor porque dentro de su partido se tenía miedo de que en caso de que Joe Biden fuese escogido presidente dentro de cuatro años no se hubiese acordado de haber sido escogido como tal.

Y sí, Carlos Felipe Arturo Jorge, dos años más joven que Trump y seis años más joven que Biden, ya es Carlos III rey de Inglaterra. Tan sólo le quedan 68 años de reinado para igualar a su madre.

¡Al fin!

En Paris tuvieron lugar entre el 26 de julio y el 11 de agosto los Juegos de la XXXIII Olimpiada. La mascota fueron unos gorros frigios, símbolo de la Revolución Francesa. Se vieron poco. Poco o nada. ¿Alguien se acuerda de la mascota? Fueron unos Juegos urbanos y jóvenes fiel imagen de un mundo que desdeña lo rural y desestima a los viejos. Unos Juegos donde convergieron las ideas de la posmodernidad. La ceremonia de inauguración fue una procesión náutica por el Sena. Atrás, como una idea envejecida, queda el estadio olímpico. La llama, espectacular, flotó en globo en los jardines de las Tullerias durante quince días en el mismo lugar en el que los hermanos Montgolfier elevaron artefacto similar en 1782. Un lugar, hermoso, mágico, pero lugar donde hubo paseantes, pero nunca deportistas. El atletismo ya hacía tiempo que había dejado de ser el pivote olímpico, pero en Paris fue sustituido con amargura por calles y monumentos.

Los Juegos fueron devueltos a la gente tras ser enjaulados por culpa de una pandemia. La ceremonia fue una exaltación de una ciudad que es la exaltación con mayúsculas. Fue una postal bellísima donde ni siquiera la lluvia fue capaz de restarle majestuosidad. Pero fue también una ceremonia excesiva donde los deportistas eran simple decorado y se diluyeron como bancos de peces en medio de una red gigantesca. Fue tal el protagonismo de Paris que lo de menos eran los Juegos. La complejidad pensada para el disfrute televisivo y para la excitación de la inclusión acabó con el enfado de millones de católicos y con el gasto de 1.400 millones de euros para que Ana Hidalgo se bañase en el Sena cual Fraga en Palomares y hubiera que suspender por dos veces las pruebas del triatlón por el mal estado de las aguas del maltrecho río parisino.

Durante dos semanas una Francia exhausta por fracturas políticas y años de atentados mandó un mensaje de universalidad, algo que lleva haciendo desde hace 250 años. Y con todo hubo tropezones. Y unos cuantos. 5.000 sin techo fueron enviados a Orleans, Marsella o Lyon en una operación que nada tiene que envidiar a cuando 600 gitanos fueron expulsados de Berlín camino de un campo de concentración en 1936. Sudan del Sur consiguió una histórica participación en baloncesto empañada porque la organización hizo sonar el himno de Sudán en su primer partido (con Corea del Sur y Corea del Norte pasaría lo mismo). Los récords escasearon en la natación porque las piscinas tenían 2’25 de profundidad, cuando el estándar olímpico es 2’95. Por vez primera hubo igualdad de atletas machos y hembras en la Villa Olímpica, la cual estaba provista de centro de estética y un lugar de rezo para siete religiones…pero no contaba con aire acondicionado y sus paredes de cartón impedían dormir a aquel al que no le apeteciese una noche de fiesta, una noche de sexo o ambos placeres combinados.

El judoca argelino Messaoud Dris se retiró de los Juegos para no combatir contra un atleta israelí. A la triple ganadora olímpica Charlotte Dujardin no le permitieron competir por un vídeo suyo en el que le pegaba 24 latigazos a un caballo. Por el contrario, un tal Van de Velde sí que pudo disfrutar de los Juegos por haberse finiquitado su pena por haber violado a una niña de 12 años tiempo atrás. La selección de fútbol de Argentina empata en el último instante su partido contra Marruecos y 196 minutos después, previa invasión de campo, el VAR invalida el tanto del empate. Tom Daley gana la plata en santos de trampolín tras dos años retirado y sin realizar entrenamiento alguno para liberar la mente como si de un libro de autoayuda se tratase.

Una velocista nigeriana no pudo competir en los 100 metros lisos porque su federación se olvidó de hacer la inscripción. El italiano Gianmarco Tamberi perdió su anillo de casado en el Sena y no dudó en pedirle a su esposa que tirase el suyo al agua parisina antes de suplicarle nuevamente matrimonio. La egipcia Nada Hafez llegó a octavos en esgrima embarazada de siete meses y a la brasileña Ana Vieira la expulsaron de los Juegos por visitar la Torre Eiffel en sus horas de entrenamiento. Rayssa Leal sumó dos medallas en skateboard con apenas 16 años y se lo agradece a Jesucristo con lenguaje de signos…Pero para Jesucristo el de Gabriel Medina caminando sobre las aguas en Tahití a más de 10.000 kilómetros de la Villa Olímpica. La imagen de los Juegos.

Jesucristo sobre las aguas

El archiconocido Rafa Nadal fue un ex atleta que brilló en la ceremonia de inauguración mientras que el desconocido Mijain López se convirtió en el único atleta individual de la historia en ganar cinco oros en cinco ediciones consecutivas de los Juegos al participar en lucha grecorromana. Sydney McLaughlin ganó el oro en 400 metros vallas tras batir el récord del mundo dos veces en apenas mes y medio. Sorprendente fue la victoria de un jamaicano en lanzamiento de peso o la del botswano Letsile Tobogo en 200 metros, siendo el primer africano en vencer en pruebas de velocidad. El futuro ya está aquí.

El belga Remco Evenepoel se convirtió en el primer ciclista capaz de ganar los oros en ciclismo en carretera y en ciclismo contrarreloj. Lo hizo en un circuito urbano hermoso donde sorprendió la ascensión a Montmartre. Paris estuvo incrustada hasta los huesos en la competición. Maratón camino de Versalles, baloncesto 3×3 en la Concordia, judo en el Campo de Marte. ¿Qué quieren que les diga? La magia de Europa. Barcelona, Atenas, Londres, Paris…no será lo mismo Los Ángeles y mucho menos Brisbane. Pero volvamos a Paris, que aún estamos con el balance. El baloncesto masculino ganó el oro con sufrimiento gracias al extraterrestre Stephen Curry. Pero el verdadero Dream Team es el femenino, que sufrió más de la cuenta, pero donde Diana Taurasi, su capitana, sumó su sexta medalla áurea.

Hubo quien contaba con el oro y se llevó la nada. Podría ser el caso de la delegación española que sumó casi tantas medallas de chocolate como medallas en total. Una de ellas fue firmada por Carolina Marín en la imagen más desgraciada y dolorosa que nos ha legado estos Juegos. Medalla de chocolate también firmó el noruego bicampeón mundial Jakob Ingebrigtsen, quien hizo de liebre en el 1.500 para que los tres primeros hiciesen la carrera de su vida. Quien no tuvo problema para ganar el oro fue el sueco Mondo Duplantis, el cual regaló a la Torre Eiffel su noveno récord del mundo. Con 1,81 de altura, registro modesto para un saltador de pértiga, Duplantis es un ovni de una fuerza descomunal que usa una pértiga más larga que los demás, entra a tabla más rápido que el resto y hace la batida más cerca que cualquiera. Es perfecto, y es el único ser humano capaz de subirse a un segundo piso con un palo y lanzarse sin red al vacío.

Mondo Duplantis

Hubo varias reinas en los Juegos y un único rey. Entre las damas Katie Ledecky se convirtió en la mujer con más oros de la historia (9) y en el tercer atleta con más metales (14). Ledecky destaca en la natación de fondo y es de lo poco a lo que se puede agarrar Estados Unidos que únicamente sumó 8 oros de 34 posibles en la piscina, su peor porcentaje de éxitos desde 1956. Pero Estados Unidos puede presumir de Simone Biles. Recuperada psicológicamente tras su espantada en Tokio, Biles volvió de los infiernos para ganar tres medallas de oro más después de las ganadas ocho años atrás (una longevidad sideral para una gimnasta) en Río de Janeiro. Biles también demostró que es humana al caerse de la viga de equilibro. Pero dio igual. Biles es el equilibrio del exceso. Sus imprecisiones al recepcionar se deben a la dificultad de controlar tanta potencia. La diferencia con las demás es que Biles vuela y la elevación a la hora de ejecutar los elementos es fascinante. Majestuosa es en suelo, donde ejecuta dos movimientos que llevan su nombre y que son de máxima dificultad. En atletismo Sifan Hassan tocó metal en 5.000, 10.000 y en la maratón. Entre la carrera de los 42.000 metros y la de los 10 kilómetros apenas habrían 33 horas de distancia. No consiguió los tres oros de Zatopek de 1952 pero sí sumó un oro y dos bronces. Una salvajada. Hassan fue etíope en su infancia hasta que se convirtió en neerlandesa a los 15 años. Una prueba más de un mundo donde las fronteras cada vez son más liquidas.

Sifan Hassan

El rey de los Juegos no estuvo en la pista de atletismo, tan secundaria en esta cita parisina. El rey hay que buscarlo en la piscina. El éxtasis francés hizo de todos los recintos magia y en todos La Marsellesa era un cántico que surgía de las gargantas del pueblo. Los parisinos, y los franceses, aparcaron los lamentos y se entregaron a los Juegos con tal pasión que la resaca puede ser fenomenal. Pues no hubo lugar más exaltado que la piscina olímpica. Allí Léon Marchand hizo lo nunca visto. Firmó cuatro oros y cuatro récords olímpicos. Sus rivales eran Spitz, Lochte, Thorpe o Phelps. Estaban en la historia, nunca en el presente. Marchand es un nadador bajo (1,85) sin un físico extraterrestre pero capaz de brillar en las cuatro especialidades de la natación. Ganó los 200 mariposa y los 200 braza en apenas dos horas de diferencia. Ningún nadador había ganado un par de pruebas en el mismo día y mucho menos en dos disciplinas tan diversas. 17.000 franceses enfervorizados (Macron en mangas de camisa a la cabeza) vieron como ganaba sobrado los 200 braza (piernas) y culminaba un milagro en 200 mariposa (brazos) remontando en el último 50 ayudado por una vuelta a la piscina perfecta donde vio pasar el tiempo buceando debajo del agua.

El medallero fue liderado por Estados Unidos con 40 medallas áureas, en una durísima pugna que se resolvió el último día a favor de los norteamericanos frente a los chinos. Ambos gigantes sumaron la misma cantidad de preseas de oro. La diferencia radicó en que Estados Unidos sumó un total de 126 y China se quedó en 91 entre oro, plata y bronce. Francia sumó 64 medallas, un éxito descomunal dado que ya habían batido su registro histórico con ocho días de competición por delante. España firmó 18 medallas y una vez más no pudo superar su marca histórica de Barcelona 92. Y no habrá otra ocasión igual. Hubo un país que cuatro años atrás firmara 71 preseas. En Paris 2024 únicamente llevó a 15 deportistas a la competición olímpica. Fueron 0 medallas. Cero. Ese país es Rusia. Se supone que dentro de cuatro años no habrá guerra en Ucrania (se supone) y esas 50, 60 o 70 medallas volverán al cauce original.

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La torre más alta del mundo (Torre Eiffel)

Caminada por millones de pies y gastada por miles de ruedas surge tras un enjambre de edificios perfectamente alienados la única batalla donde la luna saca bandera blanca y se retira desconsolada. Lugar de bulevares tan sublimes como crédulos, de museos fastuosos y restaurantes obscenos, de bosques magníficos y museos aparatosos, de colinas bohemias y puentes dispendiosos, de actores presuntuosos y de enmascarados sublimes, de piedra bañada en perfume y poetas que guardan guillotinas, de monárquicos republicanos y de ciudadanos del mundo de divino chovinismo.

Allí, donde el poeta dijo que todos tendríamos que ser enterrados porque es fiesta, allí, donde Enrique IV consideró que bien valía una misa, allí, donde los ojos café de Bogard nos aseguraron que siempre nos quedará, allí, donde la playa brotaba debajo de los adoquines, allí, donde quien no la visita nunca podrá ser considerado elegante. Allí es Paris. Dicen del que nace en Viena qué lo hace para vivir en Paris. Hay quien osa decir que morir de hambre en una calle de Paris es un arte. Y los hay, al otro lado del Atlántico, quienes sostienen que un buen estadounidense resucitará de entre los muertos para vivir en Paris.

Añádele tres letras y tienes paraíso, dijo Jules Renard.

Paris 2024

Paris era un universo dentro de un país. Sin embargo, era hueco, sucio y esquivo. Napoleón lo dotó de sueños, derechos y universalidad. Su sobrino era tan liberal como romántico, tan socialista como tradicionalista y tan ambicioso como incapaz. Y lo que su sobrino Napoleón III era, sin ningún género de duda, peor emperador que su tío. En cambio, fue mejor alcalde. Apoyado en el urbanista George Haussmann dotó a Paris de edificios altos y perfectos, iglesias mágicas y grandes alamedas que acabaron con las angostas, sinuosas e inmutables calles medievales.

Todo fue abrazado por unas gentes volátiles y complacidas que disfrutaban de su recién estrenada libertad en las galerías, en los teatros y en los cafés dando luz al genio, a la filosofía, a la frivolidad, al arte y, ¿por qué no?, también a la santidad y a la guerra. Todo el mundo fuera de esta realidad se hundía en la oscuridad y quería acercarse a ella, porque todo Paris era bueno, era bello y era esencial.

Los árboles majestuosos se afeitaban y se acicalaban para proteger con sus ramas a unas calles en las que los desamparados y los descarriados guardaban sus esperanzas en las aguas ensangrentadas y sudorosas del Sena. En Paris la conciencia era igual de corazón que de razón. Era Paris el lugar elegido por Dios para bajar a la Tierra. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Todo Paris agita a las naciones del mundo y las guía”, dirá Víctor Hugo cuando el plan urbanístico de la ville lumière termine en 1867 y escriba la que es considerada primera guía moderna de la ciudad.

Y fue entonces cuando apareció ella.

Para 1889 Paris iba a albergar la Exposición Universal y de paso celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Hoy suceso menor, entonces se trataba de un acontecimiento extraordinario en el que se presentaban inventos, nuevos materiales y nuevas ideas desde un marco incomparable. En apenas unos kilómetros cuadrados se concentraban algunas de las mentes más brillantes del planeta en una época en la que los grandes desplazamientos seguían siendo una quimera.

En la Exposición de Paris 1889 más de 30 millones de visitantes en seis meses contemplaron maravillados los progresos en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. También observaron con curiosidad la nueva cerveza de la casa neerlandesa Heineken, al temido Buffalo Bill convertido en una atracción de circo con indígenas, frutas exóticas como la piña y hasta música hawaiana, la cual cautivaría a un Claude Debussy quien semanas después compone Claro de Luna.

No obstante, la Expo de 1889 es la exposición del ferrocarril. Las locomotoras diseñadas en Gran Bretaña hacen las delicias de los visitantes, pero Francia guarda un as bajo la manga. Francia quiere demostrarle a los británicos que está preparada para rivalizar con ellos por el mando del mundo. Se crean galerías coronadas con cúpulas monumentales y pabellones dispersos por los jardines de todo Paris. La joya de la corona es la Galería de las Máquinas, con una extensión de 420 metros por 110 metros sin ningún punto de apoyo y que entonces es el edificio más grande del mundo.

Mas eso no era suficiente. El Gobierno francés quería algo majestuoso para conmemorar el centenario. En aquellos días los avances industriales y científicos son acelerados. Es lo que se dará en llamar la Segunda Revolución Industrial. Se desarrolla el capitalismo, se acepta el darwinismo, surgen los barcos de vapor, aparece la organización del tiempo del trabajo, los fertilizantes multiplican el rendimiento del campo y el acero y el aluminio cambiarán el sistema de producción. Semejantes avances hacen que el ser humano comience a cuestionar la existencia de un dios y pasa a creerse por sí mismo un dios propio. Y no hay mejor formar que conmemorar el progreso y mostrar tu divinidad que llegar a los cielos.

Y eso es lo que Francia se propone hacer para la Exposición de 1889.

No olvidemos que Julio Verne ya había ido a la Luna, recorrido 20.000 leguas en submarino y había dado la vuelta al mundo en 80 días. No había escritor más leído en el mundo en aquel momento y sus fantasías pseudocientíficas fascinaban de igual manera a los hombres que pisaban moqueta que a aquellos que pasaban hambre. Todos los países industrializados soñaban con construir un edificio de 1.000 pies, una frontera que se consideraba inabarcable para el ser humano. Esos 1.000 pies (300 metros) era el reto que Francia iba a presentar al mundo.

Se presentaron dos proyectos tan costosos como dificultosos. El primero era una torre de granito de 1.000 pies de forma circular y que en su cima tendría unos focos gigantescos que servirían para iluminar de noche buena parte de Paris a través de un sistema de espejos. Edison acaba de presentar un sistema de iluminación eléctrico que sustituía al gas y a las velas de las calles neoyorkinas. Era, pues, una idea con todos los visos de victoria. Era útil, arquitectónicamente perfecta, pero se tenían ciertas dudas sobre su viabilidad.

El otro proyecto consideraba una torre de hierro forjado de tres niveles con la posibilidad de crear dos terrazas a distintas alturas para que los visitantes pudiesen contemplar Paris a vista de pájaro. Para salvar la altura del segundo al tercer nivel se construirían un grupo de ascensores, invención presentada por Elisha Otis, y que permitía por vez primera hacer viable la construcción de rascacielos. Esta idea fue presentada por el ingeniero civil Gustave Eiffel y era de una perfección técnica envidiable. El problema es que era inútil y costosa.

Y fea.

El hierro era visto como un material de construcción. En las construcciones se usaba en vigas y se escondía para no dañar a la vista. Su uso ornamental era inexistente. Todos los intelectuales de Paris criticaban la construcción de una torre que haría minúsculo Notre Dame o el Arco del Triunfo y que destrozaba la estética clásica que Haussmann le había dado a Paris. Eiffel tiene todas las de perder, pero el Gobierno francés no quiere gastar miles de millones de francos en un proyecto del que no tiene la seguridad de que funcione, así que descarta la torre de granito y decide negociar con Eiffel.

La construcción

Eiffel recibirá un crédito que tendrá que devolver en un plazo de diez años. A cambio Gustave Eiffel tendrá el total control de los beneficios de explotación en los siguientes 25 años. No podrá construir la torre en el Campo de Marte para no dañar la estética parisina, por lo que tendrá que ensamblar las piezas en su taller de las afueras de Paris y trasladarlas de cuanto en cuanto a lo largo de dos años y gracias a la ayuda de 250 obreros. Un contratiempo que hará aumentar los costes. Por último, le imponen al arquitecto Charles Garnier, un firme opositor de la Torre Eiffel, para que ejerza de mano derecha y asesore a los ingenieros en términos de hermosura.

Con 330 metros la Torre Eiffel es inaugurada en marzo de 1889. Fue durante cuatro décadas el edificio más alto del mundo hasta que en 1930 se construyó el Edificio Chrysler de Nueva York. En tres años Gustave Eiffel recuperó el dinero invertido gracias al éxito obtenido. Un día se registraron más de 400.000 visitantes. Para entender la magnitud de la cifra basta recordar que en la actualidad el número medio de afluencia es de 25.000 por jornada.

La Torre Eiffel le permitió al hierro formar parte de la vida urbana, no sólo como material de construcción, sino también de ornamento. Mas no fue fácil. Poco antes de acabar la concesión se daba por hecho que se desmantelaría. Fue entonces cuando un alto mando del Ejército Francés se puso en contacto con Eiffel para instalar en lo alto un sistema de radio que permitiese salvar amplias distancias y poner en contacto inmediato a Paris con los cuarteles militares de la frontera francogermana. Eiffel aceptó de buen grado, corrió él con los gastos y la Torre siguió en pie. A partir de la década de 1960 recuperó el brillo de antaño resistiendo a los efectos de la corrosión y se convertirá en un éxito masivo y constante para el turismo además del símbolo universal de Francia tan bello como cualquiera de los bulevares y de los edificios diseñados por el Barón Housemann.

Ohh la lá!

El resplandor de Paris no necesita del deporte. Entonces tampoco necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 23 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán y Mánchester tienen dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Mánchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

La excepción a la regla es Londres (Chelsea FC) y no lo fue hasta 2012 por el empeño de un magnate ruso de los hidrocarburos llamado Roman Abramovich. Es decir, por causas externas. Exceptuando Londres (la segunda), las otras tres capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Paris y Berlín. La quinta en la clasificación es Madrid, quince veces victoriosa. Pero la sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol. Y si seguimos bajando en la escala nos encontramos a Viena, otra ciudad huérfana de éxitos con el balompié. Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Mánchester es (o era) el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ha ganado la Copa de Europa para Londres! ¡Y dos veces! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX, cuando Hausemann diseñaba buhardillas, apartamentos y palacetes, mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo que se hacía en los palacetes en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain. El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandarán a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos y luego asaltarán el mercado mundial a base de petrodólares. Pero no funciona. La máquina gripa. El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es très chic. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. ¿Cuándo? No se sabe. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlín si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

¿Quién quiere fútbol?

Por eso en Paris 2024 la Ceremonia de Inauguración no tuvo lugar en un estadio olímpico. No. Transcurrió en Paris. En sus calles. Bordeando el Sena. Paris no tiene que crear grandes instalaciones deportivas, ni rehabilitar barrios deprimidos ni engalanar sus aceras. No hace falta. Sólo tiene que decidir si hoy viste de Givenchy, mañana de Dior y el domingo de Chanel. Por eso el mejor escenario de los Juegos está en la calle.

Y no existe mejor lugar que a los pies de la Torre Eiffel.

El Campo de Marte es uno de los espacios verdes más reconocidos en todo el mundo. Encajonado entre la Escuela Militar al sur y la Torre Eiffel y el Sena al norte, esta explanada verde fue utilizada durante siglos como terrenos de entrenamiento y marcha por el ejército francés y hoy es lugar de sándwiches y refrescos para parisinos de diario y parisinos de vuelos baratos.

Todos los años se aprovecha el lugar para celebrar una competición de hípica, aunque curiosamente la vieja dama de hierro no vera caballos bajo sus pies. En el Campo de Marte se edificó un recinto temporal de 10.000 metros cuadrados que albergó las competiciones de judo y de lucha libre. Mientras, la arena cubrió el césped para darle a los competidores en vóley-playa las mejores vistas de todos los Juegos.

La playa de Paris

La Torre Eiffel gana a los lejos y pierde de cerca como una vieja dama bien arreglada. Lo que es inalterable al asombro humano es su fastuosa altura. Desde los orígenes ha sido escenario de múltiples hazañas deportivas. En 1905 tuvo lugar la primera competición que premiaba a aquel que subiese en menor tiempo los 674 peldaños de la Torre. Luego dejarán subir los 1665 completos. Los casi 1.000 de diferencia están cerrados al gran público y sólo se pueden salvar vía ascensores. Antes ya se había circundado la Torre Eiffel a base de dirigibles y motocicletas y después se hará con aviones y automóviles.

La Torre Eiffel también ha sido escenario de competiciones paracaidistas y de descensos y ascensos en bicicleta. En 1964, para celebrar su 75 aniversario, dos montañeros franceses treparon por sus remaches de hierro y años después se permitirán hazañas de equilibrismo desde la Vieja Dama. No pasará lo mismo con el puénting, que es penado por ley. Sin embargo, sí que se han organizado cursos de buceo en piscinas instaladas en la planta baja de la Torre o se han celebrado competiciones de patinaje en el mismo lugar.

En el año 2015 se da una vuelta de tuerca con la celebración de La Verticale, una carrera que se disputa subiendo a pie las escaleras de la torre hasta la cima. Fue un éxito y su crecimiento es exponencial año tras año. La Verticale invita a los aspirantes a subir los escalones del monumento hasta el tercer piso, donde se encuentra la línea de llegada, tras trepar 1665 escalones para llegar a su cima y sobrepasar los cerca de 300 metros de desnivel. Los candidatos al trofeo superan la centena y se enfrentan al reto por turnos siguiendo un orden establecido por la organización. La carrera se celebra en marzo y su salida se programa a las 20.00 horas cuando la noche ya le gana al día y termina más de dos horas después coronando al rey de la Torre Eiffel.

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