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México 70. El partido del siglo (2ª parte)

En el estadio Azteca, en la fachada principal, hay un muro en el que se concentran varias placas que recuerdan los hechos más significativos de uno de los recintos deportivos más señalados del planeta. Entre los recuerdos conmemorativos están el primer encuentro, el primer gol o del orgullo de haber sido sede de dos finales de la Copa del Mundo. No obstante, lo que más destaca es una placa que rememora que el 17 de junio de 1970 se disputó el partido más extraordinario jamás lidiado en un Mundial: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3) protagonistas en el Mundial de 1970, del “Partido del Siglo”.

Alemania.

En Alemania los padres apuntan a sus hijos a la práctica de un deporte con la convicción de que obtenga la victoria. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la finalidad de la práctica deportiva para los alemanes es trabajar el cuerpo y aprender a ganar como funcionamiento para el triunfo en la vida. Fue en Prusia donde se integró por primera vez la gimnasia como disciplina obligatoria en el ejército y donde mantener en perfecta forma física a la ciudadanía se convirtió en una obsesión tras las fulgurantes derrotas ante el ejército de Napoleón a comienzos del siglo XIX. Toda esa cultura de esfuerzo, de lucha, de organización y esa sensación de que los alemanes al final siempre acaban ganando, tiene su origen por aquel entonces.

Italia.

´Catenaccio´, algo así como cerrojazo, es la base del sistema futbolístico italiano. Está concebido para obtener la victoria por agotamiento, tras estrangular al rival y así aprovechar su impotencia física o mental. Para ello, Italia siempre cuenta con 2 o 3 jugadores de talento sideral y se ve ante la difícil tarea de escoger a sólo uno de ellos aguantando críticas internas y externas por privar al público de un auténtico espectáculo. Históricamente buenos financieros y comerciales, los italianos hacen gala de una extrema paciencia y de una explotación de sus virtudes aprovechando los defectos de los demás.

Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Alemania se clasificó en la primera fase arrollando a sus rivales. Era un grupo asequible pero aun así sorprendió su suficiencia. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. Lo mejor para ellos es que la columna vertebral era joven y además de un presente brillante también tenían un futuro esplendido.

En cuartos de final se enfrentaron a Inglaterra. Se repetía la final de cuatro años atrás en la que los ingleses salieron victoriosos tras una prórroga con varias jugadas polémicas. Ahora, en México, Alf Ramsey, seleccionador inglés, declaraba en la previa del partido: “Nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca nos ganó ni en el fútbol ni en la guerra”. Cuentan que es una letanía muy habitual usada por la flema inglesa en este tipo de partidos y que también Bobby Robson apelaría a ella en la semifinal de 1990. Pero lo cierto es que, (por lo menos hasta 2018), quienes ganan son los alemanes.

Y los alemanes estaban sedientos de venganza.

Inglaterra se puso en franca ventaja con 2-0 en el minuto 70. Ramsey sacó del campo a Bobby Charlton en un error que pagaría caro. Alemania recortó distancias y Seeler empató a poco del final. En la segunda parte de la prórroga un remate acrobático de Müller concluía la remontada y la venganza. La RFA esperaba rival en la semifinal.

En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Había tardado dos décadas en gozar de un plantel competitivo. En 1949 la plantilla del Torino (con 8 titulares de la selección abordo) había fallecido en un accidente de avión. Habían tardado mucho en recuperarse, pero la fantástica generación de los 60 ya les había dado un título, la Eurocopa de 1968. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol.

Italia consiguió el pase en la primera fase haciendo gala de un juego plomizo, en la que únicamente consiguió una victoria por la mínima ante Suecia. Valcareggi, seleccionador azzurro, ponía a Mazzola y Riva como titulares, mientras que Rivera era suplente colocando en su lugar al voluntarioso Domenghini. Cuando en cuartos de final Italia hubo de enfrentarse a la anfitriona México y los aztecas se adelantaron en el marcador, ni siquiera entonces Valcareggi cambió de táctica. Sustituyó en el descanso a Mazzola por Rivera, incapaz de juntar a los dos genios, pero dado que Italia arrolló a México tras el descanso con 2 tantos de Riva y otro de Rivera, el plan seguía dando los resultados previstos.

—El partido del siglo—

Italia-Alemania. Alemania-Italia. 17 de junio de 1970. 16:00 hora local. Fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable.

Italia formó con Albertosi; Burgnich, Rosato (Poletti), Cera, Facchetti; Bertini, De Sisti, Mazzola (Rivera), Domenghini; Boninsegna y Riva. Alemania alineó a Maier; Vogts, Patzke (Held), Schulz, Schnellinger; Overath, Beckenbauer, Grabowski; Seeler, Müller y Löhr (Libuda). El seleccionador transalpino era Ferruccio Valcareggi y el teutón Helmut Schön.

Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guión previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Seeler, capitán alemán, pedía calma a sus compañeros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro.

Pero aún quedaba toda la segunda parte.

Fue un bombardeo.

Liderados por Franz Beckenbauer, todavía por entonces un centrocampista con un excelente pase de larga distancia, los alemanes arrollaron la portería defendida por Albertosi. Bajo cerca de 40 grados y con la afición mexicana de su lado, los germanos estuvieron a punto de marcar en dos clarísimas ocasiones de Seeler y Grabowski , pero Italia siempre era capaz de apagar el fuego encendido. Se llegó al tiempo de descuento, y cuando todo parecía perdido, Alemania hizo gala de su fama y en la última ocasión del partido Grabowski envió un centro al área que fue empujado a la red por Schnellinger, que había abandonado su puesto defensivo para subir a la desesperada. Era gol. 1-1. Los italianos caían al suelo exasperados y alguno, caso de Boninsegna, vertía un par de lágrimas con el disgusto. La RFA celebraba el empate como un triunfo. Era el primer gol de Schnellinger con la selección y el único que anotó en sus 47 partidos internacionales. Alemania, una vez más, mostraba un absoluto dominio del tempo del partido.

Fin del partido. Descanso antes de la prórroga.

No hay cambios. Se habían agotado. Fiel a su rutina habitual, Valcareggi había introducido a Rivera por Mazzola en la media parte sin importarle nada más. Alemania había agotado los cambios cerca del minuto 75, justo antes de que en una internada espectacular de Beckenbauer, el central Cera cargara sobre él cual toro embistiendo a torero derribando al ‘Kaiser’ en el borde del área. Beckenbauer se levanta, pero visiblemente dolorido en su hombro derecho y, aunque renqueante, continua en el encuentro.

Ahora, antes de iniciarse la prórroga, y sin más cambios para realizar, Beckenbauer habla con los servicios médicos teutones, le vendan el brazo, y con una clavícula rota y el brazo en cabestrillo se dispone a jugar la media hora de la prórroga. Su estampa de valkiria sobre el abrasador sol mexicano se convertirá en icono de tan bello partido.

Comienzo de la prórroga.

En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Libuda envía un centro al área que es despejado por la defensa italiana. Sin embargo, en un error de coordinación entre un par de italianos, ‘Torpedo’ Müller aparece por detrás y en un escorzo tan característico del pequeño delantero, adelanta a Alemania. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo 4 minutos un balón bombeado al área enviado por Rivera es recogido por Tarcisio Burgnich (cuyo apellido dejaba bien clara la procedencia de su familia paterna) que con un disparo a bocajarro otorgaba el empate nuevamente para Italia. 2-2.

Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. Para entonces las cámaras de televisión sólo tenían ojos para un Beckenbauer que con el brazo derecho en cabestrillo no paraba de pedirle a sus compañeros que mantuviesen la calma agitando con vehemencia el izquierdo.

Descanso de la prórroga.

El cansancio y los calambres iban a propiciar un espectáculo inolvidable. El árbitro solicita a los equipos que vuelvan al campo pero los masajistas se afanan por realizar estiramientos. El calor abrasador hace que las botellas de agua rieguen los cuerpos tanto por dentro como por fuera. Gemelos e isquiotibiales parecen a punto de estallar. Los cuádriceps dejan de funcionar.

Segunda parte de la prórroga.

Con el 3-2 a su favor, Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. Nunca está muerta. Overath centra por enésima vez desde la banda izquierda y Seeler cabecea en picado obligando a Albertosi a un escorzo para desviar el balón por encima del larguero. Es saque de esquina. El propio Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller demostró porque, con permiso de Pelé, era el mejor goleador del momento. Con su estilo aparentemente tosco, consiguió poner la puntera y desviar un tiro previo paso por varias piernas de defensores italianos batiendo a un desesperado Albertosi. Era el décimo gol del que iba a ser el máximo goleador del Mundial. 3-3.

En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116, a 4 minutos de final, la elegancia de Rivera surgió cerca del área para con un precioso disparo con el interior batir a Sepp Maier y dar una nueva ventaja, esta vez parecía que definitiva, de 4-3 para Italia. El cancerbero teutón cierra los puños y golpea con rabia el suelo mientras Rivera y Riva se funden en abrazo.

El marcador corre hacia atrás.

Ni siquiera los correosos alemanes fueron capaces de volver a marcar, e Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron 7 goles, 5 de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Italia, totalmente extenuada, jugó la final ante Brasil físicamente destrozada. En otro partido para el recuerdo, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson, Jairzinho y Pelé arrollaron a los italianos por 4-1 convirtiéndose en campeones por tercera vez en su historia.

Para Italia fue el corolario de un lustro magnífico. No volvería a un Mundial hasta 1978. Para Alemania supuso un paso más para lograr el éxito que se le estaba resistiendo y que conseguiría venciendo en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial de 1974.

Fue un partido al que se le agotaron todos los calificativos y que permanece y permanecerá en la memoria. La emoción de la prórroga afectó no sólo a alemanes y a italianos sino a todos aquellos buenos aficionados al fútbol. Los funcionarios de prisiones de la cárcel mexicana de Tixtla estaban escuchando el partido por la radio. Era tal la emoción que decidieron desplazarse al otro lado de la calle para ver los instantes finales del partido por televisión en un bar. Debió ser tal la premura de su marcha, que 23 presos aprovecharon la falta de vigilancia para escaparse de la cárcel. Habían ganado su propio partido del siglo.

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Ohne worte. ¡Alemania K.O!

Esta semana me tocaba escribir la segunda y última parte del artículo sobre el llamado ‘Partido del siglo’, el partido más bello de la historia de la Copa del Mundo. Pero la actualidad manda y toca hablar de Alemania, mas, y esto es lo sorprendente, toca hablar mal de Alemania. Muy mal. Lamentablemente mal. Humillantemente mal. Toca hablar de la mayor sorpresa en 21 ediciones de la Copa del Mundo. La eliminación de Alemania, del aún vigente campeón, en la primera fase de Rusia 2018.

Y es que la sorpresa es morrocotuda. No es la primera vez que un campeón del mundo queda eliminado en la primera fase. No hay que irse muy atrás en el tiempo. Le sucedió a España en 2014 tras ganar el Mundial en 2010, le aconteció a Italia en 2010 tras ser campeón en 2006 o le ocurrió a Francia en 2002 tras proclamarse vencedor en 1998.

Pero es que Alemania es sinónimo de FIABILIDAD. Así, en mayúsculas. Nunca había quedado eliminada en una fase de grupos. Y antes era mucho más difícil clasificarse. Había 16 selecciones en un Mundial. Los grupos eran terroríficos. Alemania, Argentina, España, Suiza (1966). Cuando se subió a 24 participantes también. Alemania, Dinamarca, Uruguay, Escocia (1986). Con 32 no hay tanto miedo. Equipos como Alemania pasan seguro. Alemania es el Real Madrid de los Mundiales. Llega a cuartos siempre. Eso es fehaciente. Y a partir de ahí ya veremos. Su peor resultado hasta la fecha había sido en 1938, cuando quedaron eliminados en octavos de final ante Suiza. Ni los más viejos del lugar. Pero incluso aquella vez tenía truco. La Alemania nazi acababa de anexionarse a Austria (por entonces una potencia futbolística) y 6 de los titulares eran austriacos… Digamos que no pusieron mucho interés en el partido.

Alemania es un ogro que poco a poco se va acercando y te acaba devorando. Siempre ha sido así. Siempre. Hasta ahora. Hasta Rusia. No ha sido ésta una tierra santo de devoción de los alemanes. Federico el Grande acabó rindiendo Berlín ante los rusos y la maquinaria de guerra del III Reich se quedó a las puertas de Moscú. Definitivamente Rusia no es nación amiga.

Tuvieron los alemanes hasta 9 minutos de tiempo extra. Y pensábamos que lo conseguirían una vez más. Pero no. Hay un país donde la eliminación de Alemania fue celebrada con suma simpatía. Brasil. Y no por evitar un cruce con los germanos en octavos. La guasa y los memes han sido legendarios (con ataúdes con la bandera teutona incluidos) y todo para intentar borrar o contrarrestar de la memoria la chufla alemana por el 7-1 del pasado Mundial.

No es una exageración. Alemania sólo ha ido por delante durante 15 segundos en este Mundial. Tiro de raza y de su tradicional buena suerte para derrotar agónicamente a Suecia en la prórroga del segundo partido. En el primero los alemanes eran sombras ante el huracán mexicano. Y en el tercero, cuando todos, TODOS, esperábamos que Alemania ganase, como ha hecho siempre, se vio incapaz de derrotar a Corea del Sur con un juego ramplón y soporífero y con una alarmante falta de gol. Acabaron perdiendo por 2-0, con un último gol grotesco tras paseo por el campo cual Caperucita de Neuer. Por cierto, el gol surcoreano fue de Son quien, quizás, pueda librarse del servicio militar, porque Corea habrá acabado eliminada del Mundial pero la fiesta por ganar a Alemania ha sido apoteósica.

En un Mundial que ya es el del VAR, la tecnología también tuvo su momento de gloria al aumentar la incertidumbre y el suspense en la eliminación teutona. El otro día leí en un artículo que ahora el fútbol parece una película de Hitchcock. Las caras de los alemanes mientras esperaban que la ciencia dictaminase si el primer gol de Corea había sido en fuera de juego mostraban resignación y conformismo. No había atisbos de furia ni de deseo. La selección alemana no tuvo finura, pero tampoco tuvo vigor. No tuvo gracia ni chicha.

Sólo se recordaba un fracaso alemán. En la Eurocopa del año 2000, Portugal masacró a Alemania e Inglaterra dio la puntilla quedando los teutones eliminados en la primera fase. Pero era esa una Alemania de entretiempo, ya retirados jugadores como Brehme, Reuter o Klinsmann, con otros ya muy veteranos como Matthaüs, Scholl o Bierhoff y sin ninguna gran promesa exceptuando a Ballack. Esta Alemania de 2018 no tenía mala pinta. Combinaba jugadores veteranos con jóvenes promesas. Alemania llevaba cuatro semifinales seguidas de la Copa del Mundo y es la actual campeona de Europa sub-21.

Tras el citado fracaso del año 2000, y a pesar de la sorpresiva buena actuación en el Mundial 2002, la Federación Alemana inició un cambio en su modelo formativo. Joaquim Löw, seleccionador desde 2006, copió el exitoso modelo de toque iniciado en España siempre acompañado del tradicional golpe de arrebato germano. No ha habido nada de eso en Rusia. No ha sabido o no ha querido sustituir a Müller, Özil, Khedira o Neuer, como España no supo hacer lo propio con Xavi, Alonso, Torres o Casillas. Otros colgaron las botas como Lahm o Klose, y a pesar de tanto talento no ha habido nadie que ocupase esos huecos. Lenta en el repliegue, fracturada en el medio y sin mordiente ni movimiento en ataque, teniendo que recurrir a la desesperada por un jugador semiretirado como Mario Gómez. Y es que con tanto cambio de mentalidad Löw buscaba en el banquillo y no había panzers que variasen la dinámica de juego. No hay sitio en esta Alemania para Klinsmann, Völler, Briegel, Stielike, Seeler o Breitner. Y hacían falta. Mucha falta.

El propio Breitner, hoy comentarista, declaraba tras la hecatombe ante Corea que “estaría encantado en prescindir de los 15.000 pases de Kroos si lograse aprovechar una sola vez el espacio que genera con sus movimientos”. Ahora empezará el debate. El debate de abandonar las triangulaciones y los pases cortos por las arrancadas abriendo brechas en el centro del campo.

Supongo que Löw dimitirá o lo obligaran a dimitir. Y habrá bronco debate. Si ser toro o ser torero. En España el debate está finiquitado porque sólo hemos sido campeones siendo toreros. En Alemania no. Han ganado con técnica, han ganado con cojones, y han ganado con técnica y cojones. Imagino que la vieja guardia abandonará la selección y entrarán ideas nuevas, y dentro de esas ideas aparecerán panzers 2.0. Panzers de nueva generación. Hombres de pelo en pecho en un mundo feminizado.

Nunca es fácil administrar el éxito. Es muy costoso descuartizar lo que ha funcionado. A los técnicos les ocurre por una cuestión de ego y al aficionado por una cuestión de lealtad. Y los jugadores…bueno, los jugadores forman una sociedad exclusiva de campeones y miran con recelo a aquellos advenedizos que quieren beber de las mieles de su éxito. Es cierto que Löw prescindió de Götze, el autor del gol de la victoria en la final de 2014, pero Götze era un joven prometedor que tuvo su día de gloria y que ha acabado lastrado por una serie de problemas psicológicos. Los otros eran vacas sagradas. Neuer ha estado un año lesionado, Müller exigía ser titular, Khedira está pasado de kilos y Özil ha presumido de raíces turcas en pleno conflicto turcogermano. Otros como Gündogan, llamados a liderar a la nueva generación, se han dedicado a hacer campaña electoral a favor de Erdogan una semana antes de que empezase la Copa del Mundo.

Al acabar el encuentro, Hummels manifestaba en zona mixta que el último buen partido que habían jugado había sido en otoño. Concretamente fue en septiembre cuando machacaron a Noruega por 6-0 en la fase de clasificación. Y es verdad que antes del Mundial habían perdido con Austria o con Brasil en partidos amistosos, pero, sinceramente, no creo que nadie, NADIE, se hubiese esperado esto.

“Yo veía a Alemania como favorita en este campeonato (…) Hay un viejo respeto a Alemania, cuya fiabilidad me impone, tratase de una lavadora, un coche o un equipo de fútbol (…) Cuando Alemania falla nos falla a todos los europeos, no hablo sólo de fútbol, y no quiero extenderme más. Ya vale que no esté Italia (un amigo solía decirme que el Mundial empieza cuando se juega el primer partido de Italia) como para que nos quedemos sólo con Francia, Inglaterra y España como selecciones europeas con estrella en el pecho (…) Caída Alemania, en cierto modo nos falta el hermano mayor”. Alfredo Relaño.

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México 70. El partido del siglo (1ª parte)

La Copa Mundial de Fútbol es la mayor expresión balompédica existente y junto a los Juegos Olímpicos es el evento deportivo más seguido del planeta. Su magnetismo radica en que consiste en una lucha comprimida en el tiempo entre naciones de cualquier lugar del mundo, que, sobretodo antaño, permite conocer culturas, costumbres y razas distintas a las cotidianas. Contribuye a la seducción del evento que es cuatrienal lo que aumenta su excepcionalidad y su atractivo incluso para el que no es un gran aficionado al fútbol.

Ha habido grandes partidos en la historia del Mundial de Fútbol. Obviamente entre ellos están todas las finales disputadas. La más conocida por su anomalía fue la victoria de Uruguay ante Brasil (2-1) en 1950, el famoso ‘Maracanazo’, pero también fueron dignas de recuerdo la de 1954 (RFA 3-2 Hungría), la de 1986 (Argentina 3-2 RFA) o la de 2006 (Italia 1-1 Francia) por citar algunos ejemplos. En las fases previas, se han dado auténticos espectáculos futbolísticos. El más próximo en el tiempo fue el desastre de Brasil ante Alemania en las semifinales de 2014 (1-7). Pero hay multitud de choques que han quedado para el recuerdo. Algunos de los más recientes podrían ser el Italia 3-2 Brasil (1982), RFA 3-3 Francia (1982), Argentina 2-1 Inglaterra (1986), Brasil 1-1 Holanda (1998), Italia 2-0 Alemania (2006) o España 1-0 Alemania (2010).

Pero, si en algo hay consenso en el mundillo futbolístico, es que el mejor partido jamás disputado en una Copa Mundial de Fútbol tuvo lugar el 17 de junio de 1970 en el Estadio Azteca de México Distrito Federal y enfrentó en una de las semifinales a la República Federal Alemana (RFA) contra Italia.

Ni fue el primero, ni fue el último, mas quizás fue de uno los más famosos encuentros calificados como ‘Partido del Siglo´, magnificencia que aún se mantiene en Italia (Partita del Secolo) y en Alemania (Jahrhundertspiel) cuando se habla de un choque que va camino de la media centuria de antigüedad.

Fue un partido único, en un Mundial único. Y es que México 70 es para buena parte de los especialistas la más bella Copa del Mundo jamás celebrada. Aquel Mundial representa el juego del fútbol más puro que se ha visto, por plasticidad y por ejecución de un nivel técnico superlativo. Especialmente Brasil, que desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. A esto ayudó a que también fue el primer Mundial en el que se usaron las amonestaciones con el fin de acabar con el juego duro que había aflorado con éxito en la década de 1960. Consecuencia de ese tipo de fútbol y de las muchas lesiones, fue que por primera vez se permitieron realizar dos sustituciones que ayudaban a igualar los partidos, compensaban los cansancios y dotaban de una nueva arma a los entrenadores otorgando una mayor riqueza táctica al juego.

A nivel organizativo todo fue espectacular. Se utilizaron las infraestructuras desarrolladas para la organización de los JJOO de 1968 y México se volcó en un deporte que amaba poniendo en marcha todo el poder de una nación de 100 millones de habitantes que por entonces se encontraba en plena expansión económica.

Era el primer Mundial de fútbol que se retransmitía por televisión en color vía satélite y la final se iba a jugar en el Estadio Azteca, un coloso de 110.000 espectadores de capacidad. También fue la primera vez que se diseñó un balón de forma especial para el torneo, el bellísimo Telstar de Adidas, compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros, y que sustituyó para siempre los tradicionales balones marrones. Era tan hermoso, que cuando acababa en las gradas los espectadores se pegaban entre ellos para atraparlo y quedárselo como objeto de coleccionista. Era la primera vez que tal suceso tenía lugar.

Era un balón futurista (recogía el nombre del primer satélite de telecomunicaciones enviado al espacio, y, de hecho, haciendo un guiño a la histórica industria espacial soviética el del actual Mundial de Rusia fue bautizado como Telstar 18) y ahora es la base de cualquier pelota de fútbol actual. Pero aún más rompedor fueron los preciosos diseños de las camisetas de juego, los primeros proporcionados por marcas oficiales y que lucían resplandecientes con color y con la preciosa luz del verano mexicano.

La única pega que la comunidad internacional puso al país azteca en los meses previos al inicio del campeonato era la elevada altitud del país, ya que buena parte de las sedes rondaban los 2.000 metros de altitud. Además del Azteca, conocido coloquialmente como ‘El coloso de Santa Úrsula’ al estar ubicado en el barrio de dicho nombre, destacaba el estadio Jalisco de Guadalajara con capacidad para 60.000 almas. Los jugadores sufrirían en su capacidad pulmonar el inconveniente de jugar en altitud, pero, los encuentros estuvieron adornados de una épica irrepetible.

Participaron 16 selecciones encuadradas en 4 grupos. La ausencia más significativa fue la de Argentina. También falló Hungría (por entonces potencia europea) y por vez primera se reservó una plaza fija para un equipo africano, honor que cayó del lado de Marruecos tras batir en la eliminatoria definitiva a Egipto. Aunque seguramente el hecho más recordado de la fase de clasificación fue un encuentro entre El Salvador y Honduras al término del cual se producirían una serie de disturbios que sirvieron de chispa para iniciar una corta guerra entre ambos países que se saldaría con más de 2.000 muertos y que ha pasado a la historia como ‘La Guerra del Fútbol’.

Había dos grandes favoritos al título. El candidato principal era Brasil, que además contaba con el apoyo del público local. Sin embargo, meses antes del inicio del torneo, la prensa internacional se haría eco de un asunto que dejaría en nimiedad el reciente despido de Julen Lopetegui.

En 1970 Brasil estaba regido por una dictadura militar conservadora. El máximo dirigente era el general Médici, que como la gran mayoría de los brasileños era un fanático del fútbol. La Federación, tras su fracaso de cuatro años antes en Inglaterra, había designado seleccionador a Joao Saldanha, simpatizante comunista, aunque, cabalmente, prefería no manifestar sus ideas públicamente. Contaba Saldanha además con el apoyo de la afición, porque fue él el artífice de juntar en el mismo equipo y hacerlos funcionar cual reloj suizo a Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho, todos ellos números ‘10’ en sus equipos (mediapuntas) y que demostraron una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias. Esa disposición táctica hizo que Brasil prescindiera de un delantero centro puro. A pesar de los éxitos, Médici quería echar a Saldanha. Necesitaba un buen motivo y pronto iba a conseguirlo.

En la temporada del Mundial el máximo goleador brasileño fue Darío, fenomenal delantero centro del Atlético Mineiro que superó en goles al mismísimo Pelé. Era el jugador favorito del general Médici pero Saldanha prescindió de él al no necesitar un delantero centro en su esquema de juego. Esa era la excusa que el general necesitaba para despedir a Saldanha antes de que diera la convocatoria para el Mundial. Fue sustituido por Mario Zagallo, técnico simpatizante de la dictadura y que, obviamente, convocó a Darío a pesar de que no llegaría a disputar ni un mísero minuto en la Copa del Mundo.

El otro gran favorito era Inglaterra, vigente campeona mundial. Y también tuvo su ‘caso Lopetegui’ particular. Una semana antes del inicio del torneo, Inglaterra jugó un encuentro preparatorio ante Colombia. Al término del mismo, Bobby Moore, capitán anglosajón, fue esposado y llevado a comisaría acusado de robar un brazalete de oro en una joyería. El equipo viajó a México, mientras que a su capitán se le impedía salir de Colombia a la espera de juicio. Estuvo a punto de estallar un conflicto internacional, y la diplomacia, e incluso se dice que la realeza inglesa, tuvo que intervenir para sacar a Moore de Colombia y así poder llegar al partido inaugural, aunque con unos cuantos kilos de menos. Finalmente se descubrió que todo había sido un montaje del joyero que había simulado el robo para su propio beneficio.

El sorteo deparó que en la primera fase se enfrentaran los dos favoritos. Saldría vencedor Brasil (1-0), gracias a un extraordinario Pelé. Fue un Mundial bellísimo que dejó algunas jugadas para la posteridad, y en todas ellas intervino ‘O Rei’, que con su actuación en México se ganó el título para la posteridad de rey de reyes. En ese partido, su perfecto remate picado de cabeza elevándose desde los cielos fue despejado por el guardameta inglés Gordon Banks en la que para muchos es la mejor parada de la historia. Es curioso, porque hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad y ninguno fue gol. Antes, en el encuentro inaugural, había lanzado un tiro desde el centro del campo frente a Checoslovaquia (4-1) aprovechando que Viktor no se encontraba bajo palos: “Desgraciadamente el balón no rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, diría ‘O Rei’. En semifinales, ante Uruguay (3-1), amagó delante del portero dejando pasar el balón ante sus narices y volviendo tras sus pasos, pero tampoco consiguió marcar. Pelé hacia genialidades nunca vistas. Es probable que ya se hubiesen intentado antes, pero nunca en un escenario de tal magnitud.

Decía que en semifinales se enfrentaron Brasil contra Uruguay, dando la canarinha buena cuenta de los siempre defensivos y competitivos charrúas. Los primeros habían eliminado a Perú (4-2) en cuartos en un espectacular mano a mano entre Pelé y Teófilo Cubillas y los segundos habían derrotado a la URSS (1-0) con un gol agónico de Víctor Espárrago a pocos minutos del final de la prórroga.

Después de ganar a Inglaterra, Perú y Uruguay, Brasil esperaba rival para la final. El vencedor saldría del encuentro entre Alemania e Italia. Los dos equipos más laureados del Viejo Continente. El vigente subcampeón mundial contra el vigente campeón europeo.

Será el partido del siglo. Pero eso quedará para el siguiente capítulo.

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A propósito del VAR

Cada 4 años, entre finales del mes de mayo e inicios del mes de junio, se produce un pico en la venta de aparatos de televisión. Coincide en el tiempo con los avances tecnológicos en materia de definición de las distintas marcas comerciales. Primero el sonido estéreo, luego el color, más adelante la alta definición, más tarde la TDT y ahora el 4K. Y coincide en el tiempo con la celebración del evento deportivo más seguido en el mundo, la Copa Mundial de Fútbol. A los que se preparan para un mes de junio de `sillón-ball` conviene hacerles un par de aclaraciones. En esta edición habrá dos novedades; un cuarto cambio en caso de que el partido tenga prórroga, y la aparición del VAR (Video Assistant Referee).

Aún está por ver el sistema que se implantará en la Liga española. En el método más aceptado por la FIFA un colegiado instalado en el palco es el encargado de ver las jugadas conflictivas por circuito cerrado y a través de un sistema de escucha le dice al árbitro principal lo que ha sucedido. Tendrá a su disposición un total de 35 cámaras a las que podrá acceder desde el centro de mando. Existe un segundo método que es menos inclusivo y que es el que parece ser que se implantará en la Liga la próxima temporada. En éste, el árbitro para el partido y se dirige a la zona de los banquillos donde él mismo, con la ayuda de unos cascos y un aparato televisivo, examina la jugada y toma una decisión en compañía de sus jueces de línea.

La utilización del VAR se hará en cuatro supuestos; 1) validez de los goles, 2) señalización de penaltis, 3) amonestación por roja directa y 4) aclaración de duda ante que jugador ha cometido una falta. Los estudios de la FIFA esgrimen que el porcentaje de acierto es superior al 98% y que sólo representa un 1% de parálisis en el ritmo del partido. Los partidarios argumentan que con el VAR los árbitros podrán percibir todo lo que los aficionados ven desde su casa y que, además, será el colegiado el que tenga la última palabra sobre la decisión a tomar. Se dice que es justo darle una herramienta al árbitro para que no sea engañado. Y es cierto. Y es de justicia. Acabará con situaciones bochornosas por su claridad al ser vistas por televisión y que llevan a confusión y a improperios indiscriminados hacia el colegiado.

Pero a mí no me gusta.

En Derecho Civil existe la ‘teoría de la interpretación objetiva de la ley’. Se trata de una interpretación dinámica de la ley orientada al sentido que tienen las propias normas en el momento de ser aplicadas. Se basa en la creencia de que la ley, una vez promulgada y en vigor, adquiere vida propia y va conformando su contenido normativo en función de las circunstancias y necesidades sociales….Hagámoslo más fácil. Si no hubiese interpretación no habría ‘una primera vez` o ‘un primer caso’, ni haría falta contratar a un abogado. Sin interpretación, todos los casos serían idénticos. Con interpretación, existen condicionantes. Es más, si no hubiese interpretación no haría falta ni médicos, ni policías, ni profesores, ni jueces, ni periodistas. Cualquiera podría aprenderse la teoría y ejecutarla. No habría falta nadie especializado para interpretarla.

El problema se da en las jugadas opinables, donde la frontera entre el acierto y el error es muy fina. Donde la subjetividad es parte del arbitraje. Es aquel que estudia el reglamento el que tiene capacidad para adaptar la ley al contexto existente.

El reglamento arbitral está lleno de interpretaciones. Decisiones que no debe resolver la inteligencia artificial. En el fútbol, la infracción por tocar el balón con las manos está entre los tradicionales objetos de disputa. En España un pase interceptado con las manos suele ser tarjeta amarilla, en competición europea es raro que eso suceda. Ambas son decisiones correctas. El reglamento sugiere que es el colegiado el que debe interpretar si existe voluntariedad y si afecta al discurrir del juego. Lo mismo sucede con la, ya muy aceptada por el público, ley de la ventaja, acción totalmente interpretativa por el árbitro. Y así podríamos seguir con varios ejemplos más, como el tiempo añadido (el cuarto árbitro dictamina un tiempo estimativo informativo, pero el árbitro principal puede acortarlo o alargarlo a su antojo, por muchas protestas que haya) o el fuera de juego, donde es el colegiado el que tiene potestad para aplicarlo o no aplicarlo en caso de duda.

Y todo ello es lógico; ¿acaso un elemento de figuración compleja debe tener unilateralmente sólo un tipo de interpretación?

La UEFA ha probado con la utilización de los jueces de fondo, elevando el número de colegiados a cinco por encuentro. Es igual. Diez ojos no solucionan un problema de interpretación. Y 35 cámaras tampoco lo harán.

El VAR no sólo va a influir en la rectificación de posibles errores, sino en el ritmo de juego. Cada intervención del VAR será un parón y un reinicio. Aumentaran los arrebatos y las piruetas, se verán perjudicados los equipos que pregonan la posesión del balón, los que maduran poco a poco al contrario, distrayéndole con el balón de un lado para otro.

Y esto va a ser tremendamente perjudicial para el fútbol. Creará confusión. En Estados Unidos, donde el espectáculo deportivo dura varias horas, se están estudiando formas de acortar los tiempos de juego y de televisión, ya que están comprobando que los ‘millennials’ prefieren ver resúmenes con las mejores jugadas y no el partido entero. Las nuevas generaciones quieren información instantánea y no están dispuestos a sentarse delante del televisor durante un par de horas.

El fútbol es un juego dinámico en el que no hay goles. Hay otros deportes que tienen muchas interrupciones pero también muchos tantos. Infinidad de tantos. Si un partido de fútbol acaba sin goles y aún encima le quitas el dinamismo…difícilmente vas a enganchar a nuevos aficionados. Y corres el riesgo de provocar hartazgo en los viejos fans.

¿Hay que descartar entonces las nuevas tecnologías? Por supuesto que no. El ojo del halcón es una medida más que necesaria y que no requiere de un problema de interpretación. Es una ayuda tecnológica que determina si el balón cruza o no la línea de gol. Ahí no hay discusión posible.

Pero la solución sigue estando en mejorar la formación de los árbitros. Se dice que son unos ladrones, que están comprados. No. No es eso. Son malos. Y son humanos. Tienen sus equipos favoritos (como todos nosotros), les aflige la presión y el ambiente, y les afecta la importancia del encuentro y de los jugadores a los que están dirigiendo. Les falta personalidad.

Les falta profesionalización.

El arbitraje está regulado por la FIFA y sus distintas federaciones. No existe un mercado libre como ocurre con el de los futbolistas. De este modo, las distintas ligas europeas no pueden contratar a los mejores colegiados. Árbitros como el húngaro Victor Kassai, el suizo Massimo Busacca o el portugués Pedro Proença, todos ellos galardonados con el título de mejor colegiado del mundo, tuvieron que arbitrar en ligas menores. Lo lógico sería que arbitrasen en España, Inglaterra o Italia, con un sueldo millonario que les permitiese dedicarse en exclusiva al arbitraje y sin la sospecha de favorecer a uno u a otro equipo dado su condición de extranjero.

Esa sí que sería la verdadera revolución del arbitraje y no llenar el terreno de juego de cámaras y de colegiados. Porque a veces da la sensación de que nos olvidamos que el fútbol está pensado para los que juegan y para los que se acercan al campo a verlo, y no para los que nos sentamos en el sofá con el mando en la mano. Esos, aunque ahora ya no lo parezca, deberían ser los menos importantes.

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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1990. Italia, signora del calcio

La característica primordial de la prensa escrita frente a otros medios de comunicación es el tiempo de redacción. El hándicap en esta especialidad es que las noticias van con retraso, pero, a cambio, la reflexión y la documentación permiten elaborar un contenido de mayor calidad y que satisfaga al lector. La excepción se da cuando el suceso ocurre ya avanzada la tarde y se premia la celeridad, pues el diario tiene que cerrar su edición, para luego ir a la rotativa y más adelante a las furgonetas de distribución y, de este modo, estar en los quioscos al alba del día siguiente.

En los medios deportivos esto sucede cada dos por tres. Un partido de Copa de Europa, que finaliza a las 22:30, y al que hay que añadir declaraciones de los protagonistas en las postrimerías del encuentro, es uno de esos días en lo que lo esencial es la premura. La docena de páginas que hay que escribir sobre el choque deben estar preparadas. Asimismo, si uno observa detenidamente, en la crónica del partido hay muchas más referencias a la primera parte que a la segunda, ya que lo normal es que cuando falten 10 minutos para el final, el cronista ya la tenga preparada esperando que ningún cambio de última hora altere su escrito.

Los periodistas del partido del AS Roma contra el FC Barcelona tenían escrito la crónica antes del inicio del choque. Yo me incluyo entre ellos.

Los que redactaron la crónica del Madrid-Juve más de lo mismo. Esos tuvieron que hacer un ejercicio de prestidigitación y concebir hasta tres cambios en un mismo texto, uno de ellos en el minuto 98 del choque.

Este artículo estaba pensado para tratar este año 2018 como el ‘annus horribilis’ del fútbol italiano. Tras el estrepitoso empate de la selección ‘azzurra’ ante Suecia en el pasado mes de noviembre, Italia se perderá el Mundial de Rusia, y las eliminaciones de la Juventus y de la Roma en cuartos de final de la Liga de Campeones y de la Lazio en la segunda competición continental no hacían otra cosa más que reafirmar el declive general en el que está instalado el fútbol italiano.

Yo también tuve que cambiar la crónica. Tuve que darle una vuelta de tuerca a mi disertación.

La AS Roma no está eliminada. Quien quedó eliminado fue el Barça. Ningún cronista lo habría previsto. Son las segundas semifinales para la AS Roma en toda su historia. Las primeras tuvieron lugar en 1984. El que apostó una buena suma de dinero por la victoria de 3-0 del conjunto romano supongo que estará riéndose a carcajada limpia. La ganancia era de 81 euros por cada euro arriesgado.

La hazaña quizás sólo se pueda comparar a la ocurrida en estas mismas fechas en el año 2004. Por aquel entonces, el AC Milan era el vigente campeón, la Serie A la liga de fútbol más respetada del mundo, y alguno de los mejores jugadores del planeta eran ‘rossoneros’. Vencieron 4-1 en la ida al RC Deportivo, un buen equipo, pero sin pedigrí europeo y que había llegado al límite de sus posibilidades para expertos y aficionados. Sorpresivamente, en el partido de vuelta los gallegos pasaron por encima de Maldini, Seedorf, Kaká y compañía y vencieron por 4-0.

Si sustituimos al AC Milan por el FC Barcelona y al RC Deportivo por la AS Roma, tendremos una crónica válida para esta edición de los cuartos de final de la Liga de Campeones.

Aquel RC Deportivo, envalentonado por su victoria pensaba que ya había ganado el título. Lo creían los jugadores, los medios y los aficionados. Les había tocado el Oporto y pensaban que ya estaba todo hecho. Pronto sabremos si a la Roma le sucede lo mismo y menosprecian al Liverpool tras haber logrado la machada ante el Barça.

El caso es que este rotundo éxito no debería nublar la vista de los rectores del fútbol italiano, porque lo que hoy es una morrocotuda sorpresa, en el pasado era la regla general. Sólo la Juventus, fuerte y segura en sus convicciones y en su modelo empresarial, puede competir en mayor o menor medida con la elite europea. El Internazionale y el Milan profesan un dolor inmenso si comparamos sus plantillas actuales con las de antaño. La Roma (sí, a pesar de todo, que ganasen el título sería una sorpresa de dimensiones bíblicas) y el Nápoles quieren y no pueden, y otros, caso del Parma, la Fiorentina o la Sampdoria ni están ni se le esperan. Ningún jugador italiano es el favorito de los niños y pocos venden camisetas más allá de los barrios y los centros comerciales de sus respectivas ciudades. Buffon, a sus 40 primaveras y al borde de la retirada, sigue siendo el futbolista transalpino más venerado.

No hace mucho esto no era así. De hecho, era justamente al revés. En Italia el fútbol caló rápidamente y se integró en la cultura y las costumbres del país. Italia era bicampeona del mundo antes de la II Guerra Mundial. El clima, las costumbres, las raíces migratorias y el idioma propiciaron que cientos de sudamericanos se nacionalizasen italianos, lo que facilitó un salto de calidad de primer nivel frente a otras naciones europeas. Después, tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol (por muy industrializado que fuese, Italia seguía, y sigue, siendo un país del Sur de Europa, el país de la ´dolce vita´). Cazados ya argentinos, uruguayos o brasileños, los conjuntos italianos se dedicaron a reclutar jugadores en función del país que estuviese de moda. Así, a finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol). En los 70 se decidió prohibir el fichaje de jugadores extranjeros, pero cuando en 1980 se reabrió el mercado, una orgía de millones de liras inundó los campos italianos. Los mejores futbolistas del momento estaban en Italia, ya fuesen franceses (Platini, Zidane), argentinos (Maradona, Batistuta), brasileños (Zico, Ronaldo), alemanes (Rummenigge, Matthaüs), ingleses (Gascoigne), daneses (Laudrup), holandeses (Van Basten, Gullit)… De tal forma, que entre el año 1980 y 2007 todos los ganadores del Balón de Oro salvó el ucraniano Igor Belanov (1986) y el inglés Michael Owen (2001) jugaron en algún momento en la Serie A.

El cambio de tendencia se produjo en el año 2008 al abrigo de la mayor crisis financiera de la época moderna. Clasificados Roma (Italia), Liverpool (Inglaterra), Real Madrid (España) y Bayern (Alemania), las de esta temporada son las primeras semifinales en los últimos 10 años propiamente de Copa de Europa. A la antigua usanza. Con un equipo de cada país. Lo normal en esta década es encontrar a varias escuadras inglesas, españolas, alemanas e incluso francesas en estas rondas. Para Italia, con la excepción de la Juve, están siendo unos años muy dolorosos.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran ITALIANOS por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales, debido a su talento para lanzar una falta o para rematar a gol en espacios pequeños.

Pero, de pronto, el dinero escaseo, y los grandes jugadores emigraron a Inglaterra, incluso a Alemania o a Francia, y asimismo a España. En este último país también golpeó la crisis y escaseó el dinero, pero, a diferencia de Italia, los equipos modestos españoles realizan un fútbol atractivo que permite destacar a los jugadores de calidad. Así, muchos futbolistas prefieren disputar la Liga aun perdiendo dinero, soñando tener una tarde de gloria en un partido de domingo en el Camp Nou o en el Bernabéu.

—1990—

El cénit del fútbol italiano se produjo en 1990. Italia albergó el Campeonato del Mundo aquel verano. Quedó eliminada en semifinales y acabó en un honroso tercer puesto, pero la Serie A puede ser considerada la campeona moral. Aquel Mundial se recuerda como el más aburrido de la historia. Defensas de cinco zagueros, equipos jugando al fuera de juego y poco espacio a la imaginación. Todos jugaron como italianos. Alemania, país recién unificado, derrotó a Argentina en la final. 6 jugadores teutones jugaban en equipos italianos (Brehme, Matthaüs, Völler, Klinsmann, Hässler y Berthold) y lo mismo sucedía con 4 argentinos (Maradona, Dezotti, Lorenzo y Sensini).

Por aquel entonces se disputaban tres competiciones continentales. Las tres fueron a parar a Italia. En la extinta Recopa se retaron en la final la Sampdoria y el Anderlecht. Los genoveses se hicieron con el título gracias a los goles de Vialli y Mancini y las paradas de Pagliuca. La apoteosis tendría lugar en la Copa de la UEFA con final italiana a doble partido entre la Juventus y la Fiorentina. Para entender cómo ha cambiado el fútbol en este cuarto de siglo, aquel año ningún conjunto español se había clasificado para los octavos de final. El vencedor fue el equipo turinés, que aunque no contaba con ninguna estrella, mostró su siempre fiable solidez. En los florentinos destacaba Roberto Baggio, el jugador con más calidad de su generación.

Para la fiesta grande, la competición por excelencia, el Milan se proclamaba campeón de Europa y repetía el título del año anterior tras vencer al Benfica en una final disputada en Viena. Aquel Milan estaba dirigido por Arrigo Sacchi, un innovador de la táctica, liderado por un trio de holandeses descollantes con Van Basten por bandera, y levantado sobre una defensa que ha pasado a los anales del futbol, con un acento 100 x 100 italiano, formada por Tassotti, Costacurta, Baresi y Maldini.

Cuando en diciembre se cerró el curso futbolero de aquel año con la entrega del Balón de Oro, la fiesta no podía ser más italiana. El ganador, Lotthar Matthaüs era alemán, pero también era la estrella del Inter. El balón de plata fue Salvatore Schilliaci, delantero siciliano de la Juventus. Entre los 10 primeros clasificados había 3 jugadores italianos (al ya citado se sumaban Baresi y Baggio) y 7 de los 9 primeros jugaban en la Serie A. De hecho, el primer español en la clasificación (12º puesto), era Martín Vázquez, centrocampista del Torino, a donde había llegado tras abandonar el Real Madrid por unos cuantos millones de liras.

En aquellos tiempos el AC Milan fichó a Gianluigi Lentini (¿alguien lo recuerda?) procedente del Torino. Era el fichaje más caro de la historia por aquel entonces. Hoy, de los 25 fichajes más caros de la historia solo el de Higuain por la Juventus en 2016 pertenece a equipos de la Serie A.

Hace unos años, con motivo del 25 aniversario del mundial celebrado en Italia, la prensa transalpina publicaba especiales sobre el año 1990 bajo la frase: “Ricordare è di essere di nuovo felice” (recordar es ser feliz de nuevo).

Seguro que todos en Italia están de acuerdo. Excepto los ‘tiffosi’ de la Roma.

https://www.youtube.com/watch?v=LD16w001tHc

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Los huevos de Shelford

Cuando la mitad del invierno ya se ha ido, y la otra mitad aún queda por pasar, es tiempo de rugby en el hemisferio norte. Se inicia el Torneo de las 6 naciones. Competición anual de un mes de duración que es religión en Gran Bretaña y en la que para los puristas se juega el mejor rugby del planeta.

Durante décadas se intuía que en los antiguos territorios coloniales de Gran Bretaña el nivel del juego era más elevado, pero la ausencia de un campeonato mundial impedía saber si la Vieja Europa había sido superada por el hemisferio sur. El Seis Naciones (por aquel entonces Cinco Naciones) seguía siendo el torneo por excelencia, hasta que en 1987 se puso en marcha la Copa del Mundo de Rugby en la que los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda pasaron por encima del resto de naciones.

Los favoritos al título eran los franceses. Unos meses antes de que se disputase el campeonato, en el estadio de La Beaujoire de Nantes, galos y neozelandeses disputaron un encuentro de preparación. Digo de preparación y no amistoso, porque de amigable tenía poco. En el anterior partido entre ambas selecciones disputado en suelo francés, Nueva Zelanda había masacrado por 19-7 a los gales y el público local había despedido con una sonora pitada a sus jugadores. Los franceses clamaban venganza.

Siendo como es y siempre ha sido un deporte de contacto, en la década de 1980 el rugby se aproximaba a la violencia. Técnicas como aplastar dedos, retorcer testículos o golpear cabezas formaban parte del juego de forma tan cotidiana como un despeje o una melé. La selección francesa era considerada por todos como el equipo con más garra del planeta, o siendo más profanos, con más huevos del planeta.

En aquel partido debutó como internacional Wayne ‘Buck’ Shelford. Era un aborigen neozelandés miembro de la tribu maorí. Shelford era un jugador prácticamente desconocido en el rugby europeo. Era considerado demasiado pequeño para la posición que ocupaba en el campo, aunque era enérgico en sus formas y en el uso de la palabra.
En cierto momento del partido, Shelford recibió una patada en la cara que le costó escupir tres dientes. Una vez escupidos, sacudió la cabeza, pidió un poco de agua y continuó como si nada hubiese sucedido. Más tarde, estaría cerca de dos minutos inconsciente tras recibir un golpe en la cabeza tras un placaje. Nuevamente se levantó y continuó como si nada.

Después del descanso, Daniel Dubroca, capitán del equipo francés, cayó con el balón en el suelo. Shelford se lo arrebató tras una dura pugna, Dubroca se giró bruscamente y sacó la pierna a pasear. Shelford recibió una impresionante patada en los testículos. Se retorció en el suelo, pidió una botella de agua y nuevamente se levantó y continuó como si nada.

Francia ganó el partido por 16-3. Shelford no recuerda nada de lo que sucedió. Cuando ve el partido en vídeo no es capaz de evocar ningún suceso de aquel día.

Al acabar el partido, los ‘All Blacks’ se dirigieron al vestuario para ducharse. Shelford se quitó el uniforme y se bajó los calzoncillos y varios de sus compañeros empezaron a gritar asustados.

No le habían dado una patada en los testículos, le habían clavado los tacos en uno de ellos. Uno de los huevos sangraba profusamente y tenía trozos de piel esparcidos por la pierna. De hecho, le habían desgarrado el escroto y uno de los testículos colgaba cerca de la rodilla. Inmediatamente fue llevado a un quirófano, donde le tuvieron que dar 16 puntos y hubieron de volver a meter el huevo en su nido.

La historia convirtió a Shelford en un mito mundial, y a los ‘All Blacks’ en unos superhombres. Shelford se ganó el respeto del rugby neozelandés y fue él quien impulsó la práctica de la ‘haka’, la danza tribal maorí que todas las selecciones de Nueva Zelanda interpretan antes de sus encuentros internacionales. Las tradiciones británicas y blancas eran las comunes en el rugby de aquel entonces, y los aborígenes, como Shelford, eran minoría en la selección y en la sociedad.

Aquella historia del escroto sirvió para dignificar a un jugador y a un pueblo. Coincidió en el tiempo con la recuperación de las tradiciones indígenas y con el respeto de los mismos dentro del deporte. Shelford fue pieza trascendental para ganar el Mundial y sólo un año después fue elegido capitán por unanimidad por todos sus compañeros.

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De la gloria al ridiculo. De Italia a Inglaterra

Tras el empate en San Siro ante Suecia, el fútbol italiano vive y vivirá, al menos hasta el verano que viene, en un estado permanente de dolor y tragedia a partes iguales. Gianni Mura, leyenda viva del periodismo deportivo, escribía tras confirmarse que Italia se ausentará de un Mundial por vez primera en 60 años: “Si no es luto nacional, poco falta. Los suecos han eliminado a los inventores del catenaccio con un supercatenaccio (…) El complejo que gira en torno al fútbol en Italia ya no se sostiene. La culpa es del exceso de extranjeros, opinan muchos, entre ellos Salvini de la Liga Norte, por motivos electorales. Pero en 2006 también había extranjeros en el campeonato. De amos del mundo a bailarines de cuarta fila. Parece imposible, pero es cierto. Hemos olvidado que en 2006 Italia podía contar con verdaderos campeones (Pirlo, Del Piero, Totti, Buffon, Cannavaro), de los cuales hoy en día, aparte de Buffon no queda ni rastro. Basta con que Bellotti marque un gol de chilena para que lo proclamemos el nuevo Riva; si Donnnarumma hace dos paradas decentes, ya es el nuevo Buffon; Bonucci acierta dos tiros largos y es Beckenbauer. No es verdad, o aún no (…) En Italia la federación de fútbol tiene poco poder, y la liga demasiado. En Alemania hay 200 centros de formación. En Italia 30 (…) Hoy es fácil decirlo, pero también en el pasado, cuando no eran los grandes equipos, sino Eslovaquia, Nueva Zelanda o Costa Rica, los que mandaban a casa a la Italia de los fenómenos en la primera fase de los mundiales de 2010 y 2014. Hace tiempo que suena la alarma, pero hemos hecho como que no la oíamos”.

Es un proceso muy doloroso porque en la actualidad participan en la cita mundialista 32 selecciones frente a las 16 que lo hacían en el pasado. No obstante hay un cierto truco en esta afirmación. La ampliación ha democratizado el fútbol a nivel mundial, pero Europa siempre tuvo cierta barra libre para clasificarse. En la actualidad el cupo europeo está en 13 escuadras mientras que antaño quedaba en 9. Teniendo en cuenta que con la disgregación soviética y yugoslava el número de países creció en un tercio, la tan manida frase de que ahora es más fácil clasificarse que en tiempos pasados se puede tomar por falsa -en lo que al continente europeo se refiere-.

Con el de Rusia serán ya 21 las citas mundialistas. Brasil es el único país que hace pleno. Alemania (o en su defecto la RFA) ha fallado en dos ocasiones y Argentina en tres citas. México ha participado en 16 y Francia, España e Inglaterra en 15. Detrás de Brasil y de Alemania aparece Italia con 18 celebraciones. Falló en la edición inaugural de 1930, en 1958 y lo hará el año que viene en Rusia. Entre medias cuatro entorchados y dos subcampeonatos.

Realmente lo de Italia siendo tragedia no es una sorpresa morrocotuda. Quedó segunda de grupo ante España (probable) y la eliminó Suecia (posible). Casos como este los hay a borbotones. De hecho, Suecia pasó en su grupo por delante de una lamentable Holanda, la cual también falló en el 2002 ante Irlanda y en 1986 con Gullit, Van Basten y compañía frente a Bélgica. Sorprendente de igual forma fue la clasificación de Escocia ante la España de Di Stéfano en 1958 o la de la Bulgaria de Stoichkov y Kostadinov con un gol en el descuento en el partido decisivo ante Francia valedero para el Mundial de 1994.

Pero para tragedia nacional debemos trasladarnos a la década de 1970. Fue un caso muy parecido al de Italia. Inglaterra pasó de ganar el Mundial al fracaso absoluto en apenas diez años.

Inglaterra había salido campeona en 1966 y fuera eliminada cuatro años después ante Alemania en cuartos en una reedición de la final anterior. Las viejas glorias como Charlton, Moore o Banks se habían retirado pero Sir Alf Ramsey seguía siendo el seleccionador. Además, tras años de oscuridad en el continente, los equipos ingleses iban a enlazar durante esa década un título europeo tras otro gracias a Manchester City (1970), Chelsea (1971), Tottenham (1972), Liverpool (1973,1976,1977,1978), o Nottingham Forest (1979,1980). El futuro prometía.

Para la clasificación de 1974, Inglaterra quedó encuadrada en un grupo de tres equipos junto a Polonia y Gales. Los polacos eran los actuales campeones olímpicos y con Lato y Deyna tenían un buen conjunto, pero nunca se habían clasificado para una cita mundial. Inglaterra sacó 3 puntos (de aquella las victorias sumaban sólo dos puntos) ante los galeses, mientras que Polonia cayó en Cardiff por lo que sólo pudo sumar 2. No obstante, Polonia pasó por encima de Inglaterra en Varsovia por lo que los ingleses tenían que ganar en Wembley para clasificarse para el Mundial. A Polonia le valía el empate. La misma situación a la que se enfrentaron Italia y Suecia hace unos días.

Era el 7 de octubre de 1973. La clasificación se daba por hecha. De hecho la federación inglesa se negó a posponer la jornada liguera para dar descanso a los futbolistas anglosajones porque se consideraba innecesario.

Se empató. Tomaszewski, portero polaco, hizo un partido prodigioso. Sólo encajo un gol de penalti. Domarski había adelantado a los centroeuropeos antes de la pena máxima al iniciarse la segunda parte. Las paradas de Tomaszewski fueron numerosas. Se convirtió en héroe nacional. Inglaterra se quedó atónita. Era la primera vez que no iban a un Mundial desde que firmaran la paz con la FIFA en 1950. Era el final de una era. Pero la pesadilla aún no había acabado.

Cuatro años después los ingleses tenían un equipo formidable en el que destacaban Shilton, Paul Mariner o Kevin Keegan. Se contrató como entrenador a Don Revie, el hombre que había hecho grande a un equipo de provincias como el Leeds. La cosa ya empezó mal al no clasificarse para la Eurocopa de 1976, pero aún se puso peor cuando por los malos resultados Inglaterra dejó de ser cabeza de serie y tuvo que compartir grupo de clasificación con Luxemburgo, Finlandia…e Italia.

Italia sometió a Inglaterra en Roma por 2-0 gracias a Antonogni y Bettega y se optó por echar a Revie y contratar a Ron Greenwood, un entrenador de medio pelo. Habría que ganar en Londres en el partido de vuelta y rezar para que Italia pinchase sorpresivamente. Obviamente nada de eso sucedió. De hecho, Italia pasó por encima de Luxemburgo y de Finlandia mientras que los ingleses sufrieron para derrotar por la mínima a los fineses.

El problema era la diferencia de goles. Contaba la diferencia general y no la particular, por lo que Inglaterra debía vencer a Italia por 6-0. Los chicos de Greenwood hicieron su mejor partido en años pero sólo consiguieron dominar por 2-0. Habían igualado el resultado de la ida, pero resultó insuficiente.

El fracaso había sido doble, pero dado que esta vez el rival era la siempre respetable Italia y no la desconocida Polonia se aceptó con cierta resignación. Aún habría otra trágica fase de clasificación en 1994 con ridículo ante San Marino incluido, pero eso sería tema de otro artículo. Con lo que hay quedarse es que antes de Italia ya hubo una selección que pasó de la gloria mundial al ridículo nacional en apenas una década. Y no fue una selección cualquiera.

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Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol

Corea del Norte. ¡Qué gran país! Tiene mucho mérito. Cada uno de nosotros sobrevive en uno de los 194 estados soberanos que nos gobiernan y Kim Jong-Un ha conseguido que en un mundo interconectado sus conciudadanos vivan aislados de todo y de todos. De un asombroso supino. Nunca antes un gobernante había conseguido semejante cerrazón. Chapeau! Ni fibra óptica, ni twitter, ni Facebook, ni whatsapp. A Corea del Norte no llega ni Dios, y que Dios me perdone.

La televisión muestra a Corea cerrada como una tortuga, argumentamos usando una metáfora, o cerrada como un acordeón, si gusta más. Hay que fiarse de la caja tonta, porque saber no lo vamos a saber. Quizás vayamos de vacaciones a Fiji, a Groenlandia o a Sebastopol, pero a Corea va a ser que no. Y es probable que si fuéramos nunca veríamos Corea. Quizás nunca existió. Para que las cosas existan son necesarias dos cosas, que el hombre las vea y les ponga nombre. Y pocos la han visto.

Históricamente Corea fue un centro cultural y artístico bajo protección o dependencia de China. Sin embargo, su aislamiento geográfico y social hizo que en el siglo XIX pasara a un segundo plano ante el pujante Japón, que en 1905 se anexionó la península coreana para su por entonces emergente imperio. Al acabar la II Guerra Mundial, el quersoneso es dividido en dos zonas por el famoso paralelo 38, al norte los soviéticos y al sur los norteamericanos. Tres años después los soviéticos declinan celebrar elecciones y todo llevará a una guerra que oficialmente no ha acabado, ya que nunca se ha firmado la paz, sólo un armisticio.

La República Popular Democrática de Corea es desde 1953 un Estado tenebroso, en el mismo significado de la palabra; está en las tinieblas no porqué sea un país atrasado, que también, sino porque no sabemos lo que ocurre allí dentro. Hay quien lo considera un Estado comunista. No se debe insultar a los ideales, acertados o no, del marxismo. Lo de Corea es una dictadura familiar y autárquica controlada por un Estado militar. El día más importante del año es el del nacimiento de Kim Il-Sung (presidente eterno y fundador del país). Apaga y vámonos.

—Mundial de Inglaterra—

En 1966 los Mundiales no olían a la fiesta global y mediática que son en la actualidad. Aún no había borrachera de selecciones y sólo eran 16 las escuadras elegidas. Fue el primer campeonato con recogepelotas, mascota y retransmisión vía satélite. Sólo había una plaza para equipos que no fueran europeos o americanos. Era una fiesta con limitaciones.

Azar, carambola, destino o suerte. Llámenlo como quieran. Los equipos africanos decidieron reiterarse en bloque al no estar de acuerdo con el reparto de plazas hecho por la FIFA. En la zona asiática, todavía virgen en cuanto a fútbol se refiere, se inscribieron únicamente cinco conjuntos. Israel, por razones religiosas, fue adscrito a un grupo europeo y Siria decidió retirarse por solidaridad con la delegación africana. Quedaban Corea del Sur, que renunció por falta de interés y Filipinas, rechazada por deudas con la FIFA. De este modo, el destino, el azar o la suerte, dejó a Corea del Norte el camino expedito para enfrentarse por una plaza para el campeonato con la oceánica Australia (con un todavía más nobel fútbol, sí que aún podía ser más nobel) a la que destrozó en dos partidos.

El milagro se ha producido. Los norcoreanos comparten grupo en Middelsbrough y Sunderland junto a la URSS, Italia y Chile. O lo que es lo mismo; el actual subcampeón europeo, el próximo campeón europeo y el actual tercer clasificado mundial. En el primer partido ocurrió lo que todos imaginaban. Los soviéticos vencieron por 3-0 sin excesivos inconvenientes. En el segundo, a falta de dos minutos para el final, se produjo un acontecimiento inesperado. Corea marcó, y Chile y los norcoreanos empataron a un tanto.

Para el último partido a Italia le bastaba empatar para clasificarse para cuartos de final mientras que Corea del Norte debía ganar y esperar que la URSS derrotase a Chile. La pregunta era cuantos goles iba a encajar el portero Lee Chan-uyung. Pues ninguno. Y tampoco tuvo excesivo trabajo. “Vergüenza nacional”, titularía la prensa italiana la mañana posterior.

Park Doo-ik, dentista de profesión y militar por obligación, ponía a Corea del Norte en el mapa del fútbol, mientras que humillaba a Italia y la sacaba del torneo (1-0). El gol podría haber sido suyo o de Lee-Chan… o de Ping Pong o de Jackie Chan, para los occidentales tanto da como da lo mismo. De hecho, los italianos hicieron correr el rumor de que los coreanos cambiaron a sus once jugadores al descanso y que como son todos iguales nadie se había dado cuenta. Pecado occidental. Pregúntenle a un coreano que distinga a once italianos. Le dirá que son todos iguales; de piel morena y engominados hasta las cejas.

En Italia recibieron a sus jugadores a tomatazos en el aeropuerto mientras los coreanos viajaban rumbo a Liverpool (previo cambio de fecha en los billetes de vuelta a Pyongyang que ya habían sido sacados dos semanas antes) a jugar los cuartos de final contra Portugal.

Al minuto de juego se adelantaron los asiáticos y a mediados de la primera parte goleaban por 3-0. Inexplicable. En ese mismo instante eran la sensación futbolística mundial y estaban a dos días de distancia de jugar las semifinales de un Mundial ante Inglaterra y en Wembley, la cuna del fútbol. El sueño duró 42 minutos. Exactamente el tiempo que necesitó Eusebio para marcar 4 goles y darle la vuelta al partido. Un tanto postrero de José Augusto dejó el marcador en el definitivo 5-3 para los lusos.

Corea del Norte tuvo otro paso mundialista en 2010, ya con 32 equipos en liza. Perdió dignamente con Brasil (2-1) y frente a Costa de Marfil (3-0), para caer con estrépito en el último encuentro ante Portugal (7-0).

Tal vez los misiles dejen de apuntar a Guam y se aproximen a Madeira. Igual tienen más motivos.

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Propuesta de un Tour por Europa

Según datos de la Unión Europea, los deportes más practicados en el conjunto de la UE son gimnasia y atletismo (en sus distintas modalidades), fútbol, natación, ciclismo, baloncesto, tenis y esquí. En su vertiente profesional todas estas disciplinas tienen una característica en común: cuentan con un campeonato europeo periódico donde se pelea por la hegemonía individual o colectiva representando a un país.

Lo cierto es que hay un deporte que no cuenta con un campeonato europeo. Se trata del ciclismo. Sí, es cierto, en unos días comenzará el Tour, orgullo de los franceses, pero no es un campeonato continental. Y sí, es cierto, el año pasado se celebró en septiembre la primera edición, pero, ¿alguien lo sabía? Como acontece en los Juegos del Mediterráneo, si las estrellas no participan, no es un campeonato, es un sucedáneo.

De lo que yo hablo es de una prueba de tres semanas que recorra Europa de norte a sur y de este a oeste. Ahora que tanto se habla de la reconstrucción de la Unión Europea, siempre es bueno recordar que el deporte sirvió de unión, reconciliación e intercambio cultural entre países en una época de graves rencillas históricas.

El principal problema de una Vuelta Ciclista por Europa sería la logística, pero pensar que en 1903 se llevó a cabo un recorrido de seis días por Francia y que no se pueda realizar uno de 21 jornadas por Europa en 2017 parece un insulto a nuestra inteligencia. Realmente, los inconvenientes primordiales serían el calendario y la falta de tradición. Por cuestiones climatológicas tendría que tener lugar entre abril y septiembre, lo que implicaría eliminar o cambiar de fecha a alguna de las tres grandes. Además, hoy el ciclismo es un deporte mundial y no sólo hay que contentar a patrocinadores y a ciclistas europeos. Por otra parte, mientras que entre Italia, Francia y España hay más de 100 carreras anuales, los cuatro países escandinavos sólo cuentan con tres carreras profesionales. Llevar el Tour a los confines de Europa implica solicitar subvenciones o que la organización se haga cargo de los costes.

Existirían muchos otros problemas a mayores en este hipotético juego. La caravana ciclista sería enorme. Durante el Tour de Francia se mueven a diario alrededor de 4.000 personas. Pero no sólo son los que se mueven, sino los que nos acompañan desde casa.

El prime-time en Europa (y las horas de luz) es muy diferente si el televisor está en el Báltico o en el Mediterráneo. Esto implica que habría que ajustar la hora de la prueba en función del distinto peso de los mercados televisivos. Y lo mismo pasaría con la señal internacional. Actualmente la cadena pública de cada país envía la señal institucional al resto del mundo. Ante la inexistencia de una TV europea, cada país tendría que hacerse cargo de aquella etapa que finalice en su territorio, con la consabida complejidad en términos de derechos televisivos.

Tour de Europa

Con todo este batiburrillo vamos a hacer ciclismo ficción y a imaginarnos un Tour por Europa:

FECHA ETAPA KILOMETRAJE Y TIPO DE ETAPA
DÍA 1 Oslo – Oslo (NOR) 8,2 km                      Contrarreloj
DÍA 2 Särpsborg – Göteborg (SUE) 193 km                                  Llana
DÍA 3 Kungsback – Malmoe (SUE) 219 km                                  Llana
DÍA 4 Copenhague – Soro (DIN) 52 km            Crono por equipos
DÍA 5 Flensburg – Bremen (ALE) 201 km                                  Llana
DÍA 6 Osnabrück – Utrecht (HOL) 197 km                                  Llana
DÍA 7 Rotterdam – Roubaix (FRA) 172 km              Media montaña
DÍA 8 Bruselas – Luxemburgo (LUX) 190 km                                  Llana
DÍA 9 Luxemburgo – Metz (FRA) 59 km                        Contrarreloj
DÍA 10 DESCANSO
DÍA 11 Ginebra- Aix Les Bains (SUI) 179 km                            Montaña
DÍA 12 Chambery – L’ Alpe D’ Huez (FRA) 194 km                            Montaña
DÍA 13 Bourg d’Osains – Sestriere (ITA) 212 km                            Montaña
DÍA 14 Turín – Col de Tende (FRA) 175 km                            Montaña
DÍA 15 Niza – Aix en Provence (FRA) 176 km              Media montaña
DÍA 16 DESCANSO
DÍA 17 Barcelona – Fraga (ESP) 188 km                                  Llana
DÍA 18 Zaragoza – Guadalajara (ESP) 216 km                                  Llana
DÍA 19 Alcalá de Henares –Navacerrada (ESP) 193 km                            Montaña
DÍA 20 DESCANSO
DÍA 21 Porto – Santarém (POR) 208 km              Media montaña
DÍA 22 Amadora – Serra de Sintra (POR) 11,7 km                Cronoescalada
DÍA 23 Lisboa – Lisboa (POR) 152 km                                  Llana
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