Se han celebrado los Juegos del Mediterráneo en la bella ciudad italiana de Tarento. Si usted no se ha enterado, no tiene de qué preocuparse. Entra dentro de lo razonable. Los JJ. OO del Mediterráneo se pusieron en marcha en 1951 bajo el auspicio del Comité Olímpico de Grecia y el beneplácito del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea era celebrar una fiesta deportiva bajo la unión histórica, comercial, ideológica y cultural de todos los países bañados por el Mediterráneo.
Aquello tiene repercusión según el país. Si para Libia o para Albania un éxito en los Juegos del Mediterráneo es fiesta nacional, para otros como Francia o como Turquía es una nota a pie de página en el año deportivo. Lo cierto es que para países como España los Juegos del Mediterráneo eran una bombona de oxígeno en tiempos oscuros. Hoy, la representación hispana está plagada de meritorios, universitarios y segundos espadas. Con todo, siguen siendo una fiesta y permite que ciudades de tamaño manejable caso de Tarragona, Almería o la citada Tarento puedan llevar la fiesta y la parafernalia olímpica a un mayor número de ciudadanos.
Mediterráneo 2026
Los Juegos del Mediterráneo, como los Asiáticos o los Panamericanos, son aceptados e impulsados por el COI. No sucedió lo mismo cuando a finales de la década de 1960 se pongan en marcha los Games of de New Emerging Forces. Los Juegos de la GANEFO.
La cosa resultó que en Tokio 1964 compitió Alemania como un único país. A partir de entonces la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA) lo harían por separado. Tras la II Guerra Mundial el territorio teutón había sido dividido en una parte occidental, regida por un sistema democrático capitalista, y una oriental, controlada por una dictadura comunista. Sin embargo, esa separación era inexistente en el deporte. A partir de México 1968 la Guerra Fría también haría su aparición con la división de los alemanes.
Por entonces tampoco acudía China a la festividad olímpica. No era una novedad. Así había sido desde que Mao alcanzase el poder en 1949. China, por cierto, no se sumó a la rueda del olimpismo hasta 1984 en Los Ángeles rechazando acudir a la cita de 1980 en Moscú, apostando claramente como alternativa a la URSS y nunca como aliada. Tampoco acudía por entonces a los Juegos Olímpicos Taiwán, protestando por el hecho de que China no la reconociese como un ente independiente. Había pues, corrientes subterráneas que al calor de la Guerra Fría amenazaban con boicotear los Juegos. En 1962 el mundo estuvo por vez primera en situación de DEFCON 2, el nivel inmediatamente inferior al máximo del desastre nuclear.
La cosa estaba calentita.
En ese 1962 Indonesia había sido la sede de los Juegos Asiáticos y había desafiado al COI al excluir a Israel de los mismos, lo que hizo que los hebreos solicitasen su presencia en las instituciones deportivas europeas obviando que geográficamente están en Asia. Aquello fue una vulneración estrepitosa de la Carta Olímpica. India terció en el tema, ya que su embajador en Yakarta era miembro del Comité Olímpico, pero todo acabó con la precipitada huida del embajador cuando una turba rodee a la comitiva diplomática. La respuesta del COI fue suspender por perpetuidad a Indonesia, decisión sin precedentes.
Fue entonces cuando Indonesia dobló la apuesta. Convocó para 1963 la primera edición de los Juegos de la GANEFO. Entonces dirigía el país con mano de hierro Kusno Sukarno. No fue una broma. Concurrieron más de 2.000 atletas de un total de 51 naciones distintas, la mayoría de ellos con regímenes comunistas y muchos de los cuales habían alcanzado recientemente la independencia durante el proceso de descolonización. Contaron con el evidente apoyo económico de la República Popular de China. En su reto al COI, con su declarado antiimperialismo, el líder indonesio Sukarno convenció incluso a las selecciones universitarias de fútbol de Argentina, Chile y Uruguay y reclutó a deportistas de Angola, que por entonces aún era un ente colonial perteneciente a Portugal.
Inaugurados el 10 de noviembre de 1963, la duración de los Juegos de la GANEFO fue de doce días. Su desarrollo fue bastante confuso y anárquico por la falta de una carta que reglamentara y regulara el sistema de competición. Por ejemplo, el fútbol se resolvió con un cara o cruz tras la trifulca, publico incluido, en que acabó la final entre Arabia Saudí y Corea del Norte. China, que había sido la gran auspiciadora de estos Juegos que sustentó con una gran aportación de recursos y material, fue la gran dominadora con 66 medallas, doblando a los soviéticos, quienes habían enviado una delegación de segundo nivel para no indisponerse con el COI, que había amenazado con sancionar a los deportistas que participasen en ellos. Países capitalistas como Finlandia, Francia, Bélgica, Países Bajos o Italia también se sumaron a la iniciativa y decidieron enviar una delegación de deportistas, usando la misma táctica de enviar atletas de segunda fila ante la amenaza del COI de suspensión a perpetuidad.
El caso es que las amenazas no se cumplieron y todos los países participantes de los Juegos de la GANEFO también participaron en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La única excepción fue Corea del Norte que decidió no acudir en muestra de solidaridad con Indonesia. No hubo más deserciones salvo la de Sudáfrica, país que no acudió al no querer enviar a una delegación multirracial como le sugería el COI.
GANEFO 1963
Los Juegos de la GANEFO nunca tuvieron continuación. Se proyectó una segunda edición para Egipto en 1967 y una tercera en Corea del Norte para 1970 pero nunca llegaron a celebrarse. El COI, bajo la presidencia de Avery Brundage, fue firme en su determinación de acabar con la deserción. Ayudó que el COI se abriera a repartir el pastel olímpico con las nuevas naciones y que éstas fuesen conscientes de que los Juegos Olímpicos eran la mejor forma de darse a conocer y de lograr reconocimiento social. También el Politburó de la Unión Soviética, por entonces superando ya a Estados Unidos en el medallero, comprendió que el deporte era la mejor arma para ganar la batalla de la Guerra Fría.
Resulta que el país más montañoso de Europa es Andorra. Dado que Andorra es un microestado con menos habitantes que la ciudad de Lugo, vayamos al siguiente de la lista. El país más montañoso de Europa es Armenia (1.792 metros de altitud media) y el siguiente es Georgia (1.432 metros). Como habrá quien diga que estos dos estados son europeos con calzador y lo mismo se dirá de Turquía (1.132 metros), diremos que la clasificación está liderada por Suiza (1.350 metros), seguida de Montenegro, Austria, Albania y España (660 metros).
Obsérvese que no hay ningún país escandinavo entre los más montañosos. Si que están entre los más ricos. Exceptuando casos similares al andorrano, véase Mónaco o Luxemburgo, el país con mayor renta per cápita de Europa es Suiza. Le siguen, por este orden, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Islandia y Suecia. España se encuentra en el 15º lugar de la tabla con Lituania pisándole los talones.
España es un país situado al suroeste de Europa, lo que le otorga una posición estratégica protegida por tres fronteras naturales que son el Océano Atlántico, los Pirineos y el Mar Mediterráneo. A pesar de ello posee un talón de Aquiles en el estrecho de Gibraltar, hito geográfico que ha sido paso de distintas civilizaciones con el transcurrir de los siglos. Sin embargo, el mayor desafío geográfico de España se encuentra en su interior. Hay extensas mesetas y sierras que abarcan gran parte del país. La mayor contrariedad es el Sistema Ibérico, región de las menos pobladas de Europa debido a su terrible complejidad geográfica. Esto ha llevado a que el 70% de la población hispana viva cerca de la costa aislada de Madrid (la capital). Coincide que el Sistema Ibérico, con forma de cuña y cercado por los Pirineos, es el que contribuye a separar a Madrid de dos de las puntas del triángulo influyendo al aislamiento cultural de unos territorios semiautónomos que son, como es fácil de adivinar, Cataluña y el País Vasco.
El caso es que es que el entramado montañoso de España adolece de dos condiciones; falta de nieve al ser un país sureño (dentro del hemisferio norte) y sin poderío económico (en comparación con el norte de Europa). Tan sólo las zonas pirenaicas catalanas pueden combinar ambos factores. No obstante, no son más que una pequeña muestra de la diversidad geográfica española. España suma únicamente 32 pistas de esquí. Suiza cuenta con 275 pistas. Austria presume de 392 estaciones de esquí.
Es fácil entender que en más de un siglo de existencia de los Juegos Olímpicos de Invierno la delegación española únicamente haya sumado dos medallas de oro. Fue el esquiador Paco Fernández Ochoa quien logró el éxito en Sapporo 1972. Ahora, en 2026, recién salida del horno, es la presea dorada en esquí de montaña de Oriol Cardona. Dos décadas más tarde que Paco Fernández Ochoa, sería su hermana Blanca quien se colgase una medalla de bronce en el cuello. Contamos también con una plata en snowboard de Queralt Castellet (2022) y un bronce en la misma disciplina de Regino Fernández (2018). Por último, una medalla de bronce más en 2018 gracias a Javier Fernández en patinaje artístico y otra también en 2026 de Ana Alonso en esquí de montaña.
Son siete medallas por las 197 que se han conseguido en los Juegos Olímpicos de Verano.
Es de entender que al inicio de este siglo el Comité Olímpico Español buscase un milagro.
La España blanca
En 1970 nacía en Suabia, una región alemana al pie de los Alpes, un niño al que pusieron de nombre Johann Mühlegg. El muchacho comenzó a practicar esquí de fondo desde muy joven con tal éxito que se proclamó campeón del mundo juvenil en la prueba de los 30 kilómetros. Participaría en los Juegos de 1992, en los de 1994 (fue cuando el COI decidió escalonar bianualmente los invernales de los veraniegos) y en los de 1998 logrando diploma olímpico en todos ellos en la disciplina de los 50 kilómetros de esquí de fondo.
Frustrado por rozar la medalla en hasta tres ocasiones, al parecer Mühlegg comenzó a tener desavenencias con la federación alemana de esquí. La cosa fue in crescendo hasta que a finales de 1998 Mühlegg decidió denunciar a su entrenador por daños morales. Hoy calificaríamos aquello de mobbing. Expulsado del equipo germano, Johann decidió buscar alternativas.
Como cualquier alemán con posibles, Mühlegg veraneaba en la costa mediterránea y no se sabe bien como recibió la visita del presidente de la federación territorial de deportes de invierno de Murcia….si….de Murcia. El caso es que a finales de 1999 la Real Federación Española de Deportes de Invierno hacía los trámites correspondientes para dotar a Mühlegg de la nacionalidad española. Automáticamente España contaba con una opción real de medalla para los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002.
Mühlegg
Capital del estado mormón de Utah y ciudad que debe su nombre a un gigantesco lago salado, Salt Lake siempre fue pertinaz candidata a los Juegos Olímpicos. La elección de una ciudad estadounidense parecía un hecho consumado, dado que las anteriores citas habían sido en Asia (Japón) y Europa (Francia y Noruega). Y sin embargo el escándalo estalló cuando se supo que los organizadores habían pagado estudios en universidades norteamericanas a hijos e hijas de federativos africanos para influir positivamente en el voto. Como suele ocurrir en estos casos, se cogió la escoba y se guardó todo debajo de la alfombra.
Acudieron más de 2.000 deportistas y el pebetero fue encendido por los integrantes de la selección estadounidense de hockey sobre hielo que en 1980 derrotaron a la Unión Soviética en un partido legendario que fue llevado a la gran pantalla bajo el nombre de ‘Milagro sobre el hielo’. En los 1.000 metros de patinaje de velocidad los cuatro primeros chocaron entre sí al borde de la línea de meta, lo que le dio la medalla de oro al australiano Steven Bradbury, quién en ese momento marchaba quinto. El biatleta noruego Ole Einar Bjorndalen ganó cuatro oros que sumará a los cuatro ganados en ediciones anteriores y que ganará en ediciones posteriores. Por último, la croata Janica Kostelic conseguirá tres oros y una plata en esquí alpino.
¿Y España? España acudirá a Salt Lake City con únicamente siete deportistas. Se espera que la esquiadora María José Rienda consiga un buen puesto, aunque únicamente una carambola le podría hacer subirse al pódium. Pero el as bajo la manga es Johann Mühlegg. Tras su nacionalización exprés había logrado el oro en 50 kilómetros y la plata en los 20 kilómetros en el Mundial de Esquí de 2001. Fue entonces cuando Johann pasó a ser conocido por prensa y aficionados como Juanito y ser adoptado como uno de los nuestros.
Para otros muchos no lo era. Su nacionalización fue duramente criticada por Paco Fernández Ochoa, el oro y mito del esquí español. A su juicio, la tarea de la Federación Española era fomentar el esquí en España y no el nacionalizar a posibles medallistas del extranjero. Los defensores argumentaban que precisamente las medallas ayudarían a impulsar los deportes de invierno en el territorio español. El caso es que no era extraño el asunto. En los Juegos Olímpicos de Verano de Sídney 2000 un total de 17 deportistas nacionalizados compitieron bajo bandera española. Así que Juanito era uno más en una tendencia imparable.
Por lo tanto, Juanito creó entusiasmo. Logró de forma consecutiva el oro en 30 kilómetros de esquí de fondo libre, 20 kilómetros persecución y los 50 kilómetros en estilo libre. ¡3 medallas de oro! La cara de Juanito con la baba congelada rodando por una montaña llena de nieve inundó las televisiones españolas en el invierno de 2002. Su sonrisa, su pelo rubio y su español macarrónico hacían las delicias de los periodistas. España era un clamor.
Juanito era uno de los nuestros. Juanito era un regalo caído del cielo.
¡Juanito!
Los entendidos avisaban entre líneas. Nunca había tenido resultados tan elevados y contaba con 32 años. No era un chaval que a base de entrenamientos hubiese mejorado su rendimiento. Era un deportista que ya tendría que haber llegado al cénit y que debía iniciar la cuesta abajo en su carrera. Su entorno era raro. Nunca convivió con otros miembros de la Federación ni residió en España. Vivía con su hermano y con una novia portuguesa en una cabaña en el interior de Brasil donde no había nieve ni se le aguardaba. Luego viajaba a Austria para entrenar, previo paso por Portugal, para luego desaparecer en semanas. Era todo muy extraño, pero se le consentía. Los resultados acompañaban y era lo único que importaba.
Y entonces saltó el escándalo. Menos de 24 horas después de lograr la tercera presea Juanito Mühlegg daba positivo por dopaje. Luego se sabría que Alemania lo había expulsado años atrás porque Mühlegg se había negado a ser controlado medicamente. Lo del mobbing era todo mentira. Lo cierto es que Juanito dio positivo por un alto nivel de darbepoetina, se le retiraron sus tres medallas de oro y fue suspendido dos años de la alta competición por dopaje.
La imagen de España en el concierto internacional fue vergonzosa. Por entonces el país ya tenía fama de encubrir el dopaje y aquello fue la gota que colmó el vaso. Juanito pasó a ser conocido para siempre como Johann y se le culpó de todo como si los federativos no tuviesen su parte de responsabilidad por dejarle hacer y permitir que Mühhlegg viviese fuera de España ajeno a controles médicos y entrenamientos.
¡Ay! ¡Juanito!
Pasados los dos años de sanción pretendió ser seleccionado para los Juegos de Turín 2006. Sus marcas, obviamente inferiores a sus mejores años, seguían siendo infinitamente superiores a las de cualquier otro fondista español, por lo que prontamente fue seleccionado. La Federación, increíblemente, aceptó el órdago, pero serían los propios deportistas españoles, ayudados por el altavoz de la prensa, los que abortaron lo que hubiese sido otro colosal error. Así que, con el rabo entre las piernas, Johann volvió a Alemania, dejó los esquís y años más tarde se instaló en Brasil. A orillas del Atlántico cambió los esquís por las tablas de surf y creó una inmobiliaria que construye casas turísticas en la costa brasileña para europeos que, como él, quieren dejar atrás su pasado.
“A caballo regalado… no se le miran los dientes”. Refranero español.
“El que no está contento con lo que tiene, no merece lo que desea”. Refranero español.
El Real Madrid había ganado la Liga con holgura. Fueron 18 puntos de ventaja sobre un Barça que acabaría tercero. En Europa las cosas no le fueron bien a ninguno de los dos. El caso es que los azulgranas llevaban dos años sin hincarle el diente a trofeo alguno. Ese año el Madrid les había metido un 4-1 en el Bernabéu y luego, tras un empate sin goles en el Camp Nou ante el Getafe FC y una derrota ante el Madrid también en casa, hubo un levantamiento de los socios que proclamaron una moción de censura ante Joan Laporta.
Hubo más noes que síes ante Laporta, pero para descabalgar al presidente del caballo había que lograr 2/3 de los votos. No fue así. El 61% de los socios votó a favor de la moción de censura, números importantes pero insuficientes. Laporta recibió una bombona de oxígeno y decidió apelar a los sentimientos. Tenía cerrada la contratación de José Mourinho, antiguo ayudante azulgrana y por entonces sin equipo tras su exitoso paso por Porto y Chelsea. Cambió de idea como quien cambia de chaqueta. Tenía a buena parte de la masa social encima y decidió hacer de tribunero.
José Mourinho acabaría marchándose a vivir a Milán y Joan Laporta decidió ascender del filial a Pep Guardiola y convertirlo en entrenador del FC Barcelona. No creía en él, sin embargo, decidió seguir el consejo de Johan Cruyff, quien fue el que le convenció de dar el arriesgado paso. Laporta, fiel cruyffista (para Joan ni Guardiola ni Messi estarán nunca a la altura de Cruyff), decidió apostar por alguien que le haría ganarse al público…siempre y cuando hubiera resultados.
Guardiola entró en el vestuario con la guadaña preparada. No necesitó más que un par de días para darse cuenta de que la piedra angular para su proyecto era Lionel Messi. Exigió la marcha de Ronaldinho, Deco y Eto’o, los tres bicharracos que le habían dado la segunda Copa de Europa al Barça apenas dos temporadas antes. Laporta, atado de pies y manos, hubo de claudicar. Los dos primeros se marcharon por la puerta de atrás y Eto’o conseguiría hacer cambiar de opinión a Guardiola a base de sudor en los entrenamientos.
Entonces surgió un problema. Leo Messi fue convocado por la selección argentina para disputar el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de Pekín. Verano del 2008. Messi está loco por la música. Tiene veinte primaveras y sabe que es la única y la última ocasión de su vida para ir a unos Juegos. El Barça no tenía intención alguna de cederlo dado que se trataba de una competición del COI (Comité Olímpico Internacional) al margen de la FIFA. En estos casos los clubes ceden a jugadores sub-21 que o bien son promesas o bien no son trascendentales para el primer equipo. Ese no era el caso de Messi. Aquel verano le habían dado las llaves del castillo y su obligación era defender el escudo azulgrana contra viento y marea.
Messi se enfurruñó. Se empeñó en ir a Pekín. Estaba insoportable y no le dirigía la palabra a Guardiola. El asunto acabaría en los tribunales deportivos (TAS) con el silencio cómplice de la prensa barcelonesa. El TAS fue claro en su veredicto y le dio la razón al FC Barcelona, poseedor de los derechos sobre el jugador.
Aquello se enquistó de tal manera que Guardiola decidió reunirse con Laporta. Mejor un Messi feliz durante nueve meses que uno infeliz durante once mensualidades. Sería la primera vez de muchas en las que los deseos de Messi se excedan sobre lo deseado por el club.
Valdría la pena.
Messi viajó a China con la selección argentina. Eso sí, lo haría con un acompañante a tiempo completo del staff técnico del FC Barcelona. Se trataba de Pepe Costa cuya misión, primordialmente, fue la de vigilar la alimentación de Messi. Por entonces, Leo abusaba de las pizzas y de los asados, lo que le provocaba frecuentes problemas musculares. Si algo buscaba Guardiola era que Messi ascendiese tan a lo alto como Ronaldinho pero que no sufriese se brusca caída. Uno de sus primeros objetivos es que Messi pasase a controlar sus comidas. Leo recibió el OK apenas una semana antes del inicio de los Juegos. Voló a Barcelona desde Italia, donde el club había jugado un amistoso, para obtener el visado y puso rumbo a China previó acuerdo entre Argentina y el FC Barcelona de un seguro millonario que cubriese una posible lesión del astro sudamericano durante el torneo.
El oro de Lionel Messi
Argentina, vigente campeona olímpica, presentó un equipo extraordinario. Además de Messi estaban Lavezzi, Gago, Agüero, Di María y los mayores de 23 años Riquelme y Mascherano. Entrenaba Marcelo Bielsa. Messi anotó ante Costa Rica en el partido inaugural, para luego ganar a Costa de Marfil, Australia y Serbia. En cuartos eliminaron a Holanda y en semifinales tocó duelo ante Brasil. Ganaron los argentinos por 3-0 con dos de Agüero y un gol de Riquelme.
La final fue ante Nigeria. En 1996 los africanos habían tumbado sorprendentemente a Argentina en la que hasta la fecha es el gran triunfo del fútbol africano. En 2008 la victoria fue para los sudamericanos por 1-0 con tanto de Ángel Di María a pase de Leo Messi. Con el oro bajo el cuello, Messi fue a ver un partido de la selección estadounidense de baloncesto, le pidió un autógrafo a Kobe Bryant y cogió un vuelo a Barcelona con una sonrisa de oreja a oreja.
En Barcelona lo esperaban con los brazos abiertos. El Barça de Guardiola había perdido el primer partido de Liga ante el Numancia. Tardaría mes y medio en encaramarse a puestos de Liga de Campeones y no será hasta la novena jornada cuando alcance el primer puesto. A partir de entonces el éxtasis. El Barça ganó del tirón Liga, Copa, Copa de Europa, Supercopa española y europea y Mundial de Clubes. A esa hazaña se le dio en llamar el Sextete. Y la gesta tuvo a Lionel Messi como estrella. Se perdió el inicio de la competición y no obstante le bastaría para anotar 38 goles y dar 17 asistencias en 51 partidos de azulgrana entre Liga, Copa y Copa de Europa.
Al finalizar la temporada 2008/09 ganará el Balón de Oro con el mayor margen logrado frente al segundo clasificado.
Acabará sumando ocho.
Ya lo había dicho Guardiola; mejor nueve meses de un Messi feliz que once meses de un Messi enfadado.
Cuando en 1896 se ponen en marcha los Juegos Olímpicos lo hacen con una prueba de nuevo cuño. De viejo cuño eran cinco. Tiro, esgrima, lucha, gimnasia y atletismo. Tal y como habían sido concebidos los Juegos en la Antigua Grecia. Dentro de la disciplina del atletismo, a los nuevos griegos se les ocurrió crear una prueba que tenía un cóctel que empezaba por lo mitológico, se barnizaba de histórico y contaba con tintes nacionalistas. Se trató de una carrera de 42 kilómetros bautizada con el nombre de Maratón, en honor a la batalla de dicho nombre en la que una coalición de fuerzas helenas venció a los invasores persas en el año 490 a.C.
Su origen se basa en la historia sobre el soldado griego Filípides, quien murió de un infarto provocado por la fatiga de haber corrido los aproximadamente 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad, Filípides recorrió el camino hasta Atenas, donde descansó, y luego retomó la marcha hasta Esparta para pedir refuerzos, sumando otros 200 kilómetros al asunto. Dicha carrera, de un total de 246 kilómetros, también se realiza anualmente bajo el nombre de Spartathlon, aunque afortunadamente nadie ha tenido la osadía de incorporarla al programa olímpico.
El caso es que nunca antes se habían corrido 42 kilómetros en una prueba cronometrada. La primera vez tendría lugar en los aclamados Juegos de 1896. El coronel Papadiamantopoulos, cual Filípides a caballo, dio la noticia de que un griego iba en cabeza. Se trataba de Spiridon Louis, quien se proclamó el primer campeón olímpico de maratón tras casi tres horas de carrera, un tercio más de lo que lleva en la actualidad. De profesión aguador, en una Atenas que entonces no contaba con agua corriente, Spiridon Louis recibió como regalo por parte del rey de Grecia una mula y un carro para poder facilitar su trabajo. Con el tiempo, Louis conseguiría una plaza como policía y se le regalarán servicios como peluquería o zapatos gratis de por vida en mérito a lo conseguido.
Spiridon. El primer maratoniano
Y es que Spiridon Louis se convirtió en leyenda. Inmediatamente fue percibido que el espectador se embobaba a partes iguales por saber quién era el campeón de los 100 metros lisos y el vencedor en el maratón. El más rápido sobre la faz de la tierra y también el más resistente.
Para el año 1900 se clasificaron 19 valientes de cinco países distintos para disputar la maratón de los Juegos de París. El recorrido partía del Palacio de Versalles para finalizar en la antigua Lutecia, en un trayecto que más tarde repetirá varias veces el Tour de Francia para su contrarreloj final. Sucedió que como hacía un calor infernal se cambió el trazado el día anterior para recorrer en varias vueltas el Bois de Boulogne. Aquello no gustó. Hubo que descalificar a un francés que conocía el parque e hizo trampas saltándose varios tramos. A un estadounidense lo atropelló una bicicleta de un transeúnte, dado que la organización se había olvidado de acotar el bosque y avisar a la gendarmería para evitar la entrada de los lugareños. El ganador fue un tal Newton, también norteamericano, quien siguió corriendo una vez llegó a meta, dado que nadie le comunicó que había sido vencedor hasta minutos más tarde.
Pierre de Coubertin estaba apenado. Lo que fuera un éxito en Atenas se había tornado en fracaso en París. Tenían lugar ahora los Juegos Olímpicos de 1904 en Saint Louis, en el corazón de Estados Unidos. Volverán a ser descafeinados y, de hecho, sino llega a ser por el éxito de Londres 1908 es más que probable que el invento olímpico hubiese finalizado para siempre con el estallido de la I Guerra Mundial. Comentaba pues, que los Juegos de 1904 fueron un desastre organizativo y de público, a excepción hecha del maratón, cuya celebración empezaba a tener condición de leyenda por su condición de desafío descomunal para la condición humana.
El 30 de agosto de 1904 participan 32 valientes, de los cuales 19 son estadounidenses y 9 de ellos griegos. Es un duro trazado con subida a diferentes colinas y que tras cinco vueltas finaliza en el estadio olímpico. Todo el recorrido estará abarrotado de público. Única vez que ocurre en estos Juegos Olímpicos de Saint Louis.
En el kilómetro 15 un tal Fred Lorz decide retirarse y se sube a un coche de la organización. El vehículo se dirige al estadio para que Lorz pueda ducharse y recoger su ropa de paisano. No obstante, en un punto del recorrido, exactamente a siete kilómetros del final, revienta una rueda del coche, el cual queda varado en una cuneta. Lorz, ya descansado, comienza a caminar y más tarde a trotar. Los jueces son conscientes de lo que está a suceder, pero Lorz replica que únicamente va al estadio a recoger su ropa y que llegará antes trotando que si espera a un nuevo coche escoba.
Fred Lorz. El impostor
¿Qué sucedió? Lo que todos imaginamos. Lorz llegó al estadio, la gente comenzó a vitorearlo, y él alzó las manos proclamándose vencedor. No había información al instante. No había televisión y tampoco contábamos con la radio. Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, bajó del palco para felicitar al campeón.
El caso es que la voz de la conciencia surge en un momento dado y entre foto y foto Lorz se escapa al vestuario con la excusa de ir al baño. Allí se ducha, se viste y se escapa por una puerta de emergencia mientras el resto de deportistas empiezan a entrar en el estadio olímpico.
Quince minutos después llega Thomas Hicks, el verdadero vencedor, cual piltrafa y apunto de desmallarse. El público y la señorita Roosevelt no entienden nada. Mientras los jueces corren en dirección a los vestuarios para dar un escarmiento a Lorz quien por entonces ya ha tomado las de Villadiego. Al mismo tiempo, Hicks cruza la línea de meta y cae inconsciente.
Tardará tres horas en recuperarse.
La argucia de Lorz le causará una sanción a perpetuidad. Semanas después, ante el Comité Olímpico, se desguazará en excusas, soltará miles de lágrimas, pedirá indulgencia…y al año siguiente correrá y ganará el maratón de Boston.
Entre el desastre de 1900 en el Bois de Boulogne y la argucia de Lorz parecía que el maratón olímpico estaba herido de muerte… pero contábamos con Hicks, el héroe que había logrado el oro para luego caer inconsciente en la línea de meta.
¿Quién era Thomas Hicks? Nacido en 1876 en Inglaterra, había emigrado de niño a Estados Unidos donde ejercía como trabajador febril y payaso de circo a partes iguales. Conseguirá una beca deportiva en la YMCA de Cambridge debido a su infatigable labor como atleta.
En la maratón de Sant Louis, Hicks va en cabeza desde la tercera de las siete vueltas al circuito. El sol aprieta y los caminos sin asfaltar hacen que el polvo se introduzca en los ojos y en las bocas de los atletas provocando una molesta sequedad. A la altura del kilómetro 24, Hicks nota que sus piernas comienzan a flaquear. Su entrenador, desde el coche de la YMCA, le da un vaso con una clara de huevo. No es suficiente. Tiene que parar. En ese momento se acerca al vehículo y una jeringuilla asoma tras la puerta del bólido. Le inyectan un gramo de estricnina, sustancia que estimula el sistema nervioso.
Sigue.
Llega el kilómetro 29. Nueva crisis. Dos claras de huevo con agua extraída del radiador del coche. Nada. Lo remolcan en una pendiente tirándole de los brazos mientras su entrenador saca una mano por la ventanilla agarrándole de la muñeca.
Tampoco.
En el kilómetro 34 Hicks se para. No puede más. Va a abandonar. Le inyectan otro gramo de estricnina y le animan a continuar dado que va en cabeza. Tiene un amago de desmayo y pone las manos en el suelo, pero lo levantan y continuará corriendo hacia la meta.
Llegará a meta entre empujones y ánimos y como moribundo, pero se proclamará campeón olímpico con un tiempo notablemente superior a los registrados por los hasta entonces únicos dos vencedores olímpicos del maratón.
Como comenté líneas atrás, se tardaron tres horas en reanimar a Thomas Hicks. El médico que lo atendió advirtió de que una tercera dosis de estricnina le hubiese causado la muerte.
La estricnina es un estimulante.
También es la base química para elaborar los raticidas.
Aquel fue el primer caso de ayuda química registrado en el deporte.
El primer campeón olímpico dopado.
A partir de su caso se establecieron las primeras, aunque muy ligeras, medidas contra las sustancias químicas en el deporte.
Thomas Hicks. Remolcado.
P.D: Cuarto clasificado finalizó un cubano llamado Félix Carvajal. Pobre, de apenas 155 centímetros de altura, mendigó en su La Habana natal para costearse un pasaje a Estados Unidos. Llegó a Sant Louis como polizón en vagones de ganado, robando fruta para comer y ayudado por buenas gentes. Corrió con un pantalón de trabajo y sin camiseta. Se convirtió en un héroe y Coubertin pagó de su bolsillo el pasaje de vuelta a Cuba en donde fue recibido con vítores y ejerció de cartero hasta su fallecimiento.
El Comité Olímpico Internacional explotó en los años siguientes la historia de Félix Carvajal hasta la saciedad y ocultó lo máximo posible el nombre de Thomas Hicks como campeón olímpico.
Hicks fue el primer dopado y también el primer proscrito.
El poder, para reafirmarse, contaba con elementales redes de comunicación y reducidos comandos militares centralizados. El soberano, cuando deseaba mostrarse como rey, asignaba tierras muy alejadas de su corte a sus mejores guerreros exigiendo lealtad y protección militar cuando fuese necesario. Esa fue la base del feudalismo. Con esos mimbres derivó la idea de que para ser soldado se debía pertenecer a la alta sociedad.
Ser un caballero medieval.
El caballero era una persona lo bastante acaudalada como para construir un castillo para él y su familia, comprar y mantener caballos para su personal auxiliar y poseer tierras que alquilar a campesinos a los que poder reclutar en nombre de Dios y del Rey. La iconografía clásica de las batallas medievales se reduce a contingentes minúsculos formados por caballeros bien pertrechados y donde la armadura y las armas son mejores en cuanto más fluye el dinero. Así fue durante lo que damos en conocer la Edad Media. Si en la Edad Antigua las grandes formaciones de infantería camparon a sus anchas, es el medievo el tiempo de la caballería.
Ocurre que a partir del siglo XIII en Europa se fueron formando pequeñas ciudades por motivos que aquí no vienen al caso. En ellas surgen profesiones liberales. Son burgueses. Con el tiempo ciudadanos. Gentes que no son adineradas, pero que tienen cierta libertad. Gentes que ven al rey como máxima autoridad, lo que es utilizado por el monarca para no depender de los nobles y conseguir de este modo el poder absoluto. El problema para el rey es que si prescinde de los caballeros, debe volver a optar por la infantería. Y a la infantería hay que armarla.
Un caballero necesitaba un equipo completo y dos monturas, dado que una de ellas hacía de animal de carga y acompañaba a sus sirvientes. La parte más pesada e incómoda era el yelmo del que había que desprenderse en el combate cuerpo a cuerpo para optar a mayor movilidad. Con el tiempo, lo que era un escudo y una espada, se convirtieron en unos treinta kilos de peso dispuestos al combate.
Será entonces cuando resurgen del olvido las ballestas o los arcos y se crean las alabardas. Son débiles, pero los caballeros se han armado tanto y han perfeccionado tanto su armadura que son pesados. Muy pesados. Y los caballos no pueden con tanto peso. Poco a poco, de forma casi imperceptible con el paso de los años, se han vuelto inexpugnables, pero también lentos. Lentísimos.
Y llegamos así a 1415.
El arco no había sido modificado en miles de años de historia. Era un instrumento pobre y fácil de producir en comparación a una espada. No obstante, los ingleses, en algún momento del siglo XIII, crearon un arco largo de dimensiones superiores a la altura del arquero. Era un arco menos potente, que requería cuidados cuando no estaba en uso, pero que, como ventaja, permitía la carga y el disparo de flechas a mayor velocidad. Los arcos largos eran capaces de atravesar una cota de malla a 200 metros de distancia.
En 1415 los ingleses desembarcaron en Francia. Comenzaba el momento decisivo en la larguísima contienda entre ingleses y franceses que se dio en conocer como Guerra de los Cien Años. Antes de llegar a Calais, se encontraron con un cuello de botella en un aldea ubicada entre dos frondosos bosques llamada Azincourt, donde se encontraba el grueso del ejército francés. El 25 de octubre de 1415 lo mejor del ejército francés recibiría a los invasores. Los franceses cuadriplicaban en número a los bretones. No sólo eso. Francia había dispuesto a 12.000 caballeros y los ingleses no contaban ni con un millar. Por el contrario, había unos 5.000 arqueros ingleses sobre el terreno, mientras que los franceses habían prescindido completamente de ellos.
La formación inglesa se puso en movimiento al alba, se situaron a unos 250 metros del enemigo, plantaron una estaca en el suelo con la punta afilada para protegerse del cuerpo a cuerpo e iniciaron una lluvia de flechas hacia el cielo para que los proyectiles describiesen un arco infinito. Los franceses intentaron contestar cargando con la caballería, pero las estacas, el suelo embarrado y la lentitud frente a la lluvia de flechas, impidieron un contraataque efectivo.
Morirían más de 10.000 franceses frente a apenas 1.500 ingleses. Carlos VI de Francia hubo de ceder el trono de Francia a Enrique V de Inglaterra. Comenzó entonces una guerra civil que aún se alargaría un par de décadas más.
Pero ya por entonces la caballería había dado un paso al lado. Azincourt fue el fin del medievo militar. Los arqueros eran ahora los admirados y se iniciaba una nueva era comandada por la infantería.
Azincourt. 1415
Y así se nos ha contado la Historia. Al menos a este lado del planeta. En Oriente la Historia es otra. En Oriente el arco nunca perdió su importancia. Es cierto que las hordas esteparias tenían en la caballería su razón de existencia, no obstante, poderosos imperios se mantuvieron en pie gracias a los arqueros. Ese es el caso de Corea. Los coreanos crearon murallas y torres vigías en la que instalaron a arqueros profesionales para defenderse de los mongoles. Lo hicieron con éxito. No sólo eso. Sus nobles sustituyeron el yelmo y la coraza por el arco y las flechas y se convirtieron en expertos arqueros a caballo. Así se defendieron desde que hay registros y a finales del siglo XIV, antes de Azincourt, Taejo de Joseon, un tirador de élite de tiro con arco, se convertía en rey de Corea.
Luego los japoneses invadieron Corea. De una forma u otra gobernaron Corea en los siguientes siglos hasta el fin de la II Guerra Mundial. Los japoneses lograron la hegemonía a través de su superioridad naval y numérica y con el uso maestro de la espada. De esta forma, el arco con flechas, símbolo coreano, quedó arrinconado y luego olvidado con la proliferación de la pólvora.
— IM DONG-HYUN —
Pero el tiro con arco volvió. Y volvió con los Juegos Olímpicos. Su primera aparición tuvo lugar en 1900 coincidiendo en el tiempo con los incipientes movimientos independentistas en Corea. Estuvo en vigor en las siguientes tres ediciones para volver definitivamente en 1972. Desde entonces Corea (del Sur para ser más exactos) es la completa dominadora de la disciplina. Cuando se nombre a Seúl como sede olímpica de 1988 se preparará un programa de captación infantil con jornadas de 14 horas diarias de entrenamiento para lograr la excelencia entre la excelencia. No es de extrañar pues que Corea del Sur lidere el medallero histórico olimpico en tiro con arco doblando en metales a Estados Unidos y sextuplicando a rivales asiáticos como China o sus odiados vecinos japoneses. Entre sus leyendas está Kim Woo-Jin ganador de cinco medallas de oro entre los Juegos de 2016 y 2024 y que espera ampliar palmarés en 2028.
No es de extrañar que las pruebas clasificatorias para los Juegos Olímpicos sean al menos tan duras como la propia competición olímpica. Al igual que ocurre con los velocistas jamaicanos o estadounidenses, los arqueros coreanos deben pasar por unas rondas clasificatorias durísimas en las que corren el riesgo de quedarse sin sueño olímpico. Es normal, dado que igual hay cinco o seis arqueros entre los diez mejores del mundo, pero únicamente tres de ellos pueden acudir a los Juegos dado que hay cupo limitado por nacionalidades.
Y entre todos estos fenómenos tenemos a Im Dong-Hyun.
Nacido en 1986, apenas un par de años antes de los Juegos Olímpicos de Seúl, empezó a practicar tiro con arco a los diez años de edad. Su progresión fue meteórica y con 18 años ya era olímpico y lograba una medalla de oro por equipos. Era Atenas 2004. Después, en Pekín 2008, logaría otro oro y en Londres 2012 se retiraba de la competición olímpica con un bronce. Por el camino se proclamó campeón mundial en 2007 y en 2017 justo antes de abandonar el deporte profesional.
Un palmarés extraordinario. Y mucho más cuando consideramos que Im Dong-Hyun es prácticamente ciego. Concretamente cuenta con el 10% de visión en su ojo izquierdo y el 20% en su ojo derecho. Comenzó a perder la vista de niño por culpa de una enfermedad rara y a los 15 fue declarado oficialmente ciego.
Im Dong-Hyun es incapaz de leer a media distancia, no distingue las letras del ordenador salvo que clave los ojos en el teclado y no se le está permitido sacar el carnet de conducir. Im Dong-Hyun debería competir en los Juegos Paralímpicos y sin embargo fue campeón olímpico ante la incredulidad general.
En la competición de tiro con arco la diana está situada a unos 70 metros del arquero. Para hacernos una idea representa unas tres cuartas partes de un campo de futbol, algo así como desde tu portería hasta el inicio del área rival. La diana tiene un diámetro de 122 centímetros y el centro, el círculo donde se obtiene una puntuación máxima si se acierta de pleno, cuenta con un diámetro de 12’2 centímetros. Volvamos al símil del campo del fútbol. Es como si en el vértice del área grande del campo rival colocamos una diana e intentamos impactar en el centro que tiene el mismo diámetro que un plato de postre. Es decir, darle con una flecha a un plato de postre situado a 70 metros de distancia.
Im Dong-Hyun no usa la vista. Usa el instinto. Y el pulso. El pulso lo tiene intacto. No distingue los números y mucho menos los números que separan la diana. Percibe colores “como una masa diluida en el agua”, según sus propias palabras. Ocurre que esencialmente distingue el amarillo, el cual resulta ser el color del centro de la diana, el color de la puntuación máxima. Dong-Hyun hace del defecto una virtud, y enfoca su escasa visión al único color que es capaz de distinguir, buscando siempre el amarillo y con ello yendo siempre en busca de la matrícula de honor.
En su día los federativos le ofrecieron un perro lazarillo. Se negó en rotundo. Luego intentó competir con unas gafas de dioptrías exorbitadas. Lo intentó, pero le resultaban incómodas. Acabó aceptando usarlas de cuando en cuando para su vida diaria, pero jamás para competir.
Cuando a Im Dong-Hyun le preguntan como lo hace recuerda a su padre. Y recuerda las palabras que su progenitor le dedicó el mismo día que un papel gubernamental lo declaró ciego en plena adolescencia:
“Llevas practicando desde los diez años. Has sido arquero durante cinco años y eso es mucho tiempo en la vida de una persona como para abandonarlo todo ahora. Intenta recordar lo que sentiste la primera vez que disparaste una flecha con un arco y vuelve a disfrutar. El tiempo es demasiado valioso como para darse por vencido.”
Im Dong-Hyun
Kim Woo-Jin, el ídolo nacional de los cinco oros olímpicos antes citado, tiene el récord del mundo en el mundial de tiro en lanzamiento de 72 flechas con 700 puntos sobre 720 posibles. Le quitó el récord a Im Dong-Hyun quien contaba con 699 puntos, o lo que es lo mismo, un 97% de eficacia en el lanzamiento.
1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.
1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.
1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.
1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.
1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.
17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.
19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.
20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.
27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.
Zátopek en cabeza
1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…
1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.
Defendiendo la libertad
1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.
1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.
Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.
La locomotora humana
“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.
Otras historias de fondistas
Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriera)
Era primavera. Burdeos. Aquitania. Francia. El día amaneció despejado. Tras desayunar el matrimonio se dispersó. No hizo falta ni preguntar. Eran muchos años. Más de medio siglo de convivencia. Monique empezaría con sus quehaceres domésticos antes de preparar el almuerzo. Para Jean tocaba ir al jardín. Le había dicho a su mujer que tenía que podar un par de árboles que adornaban la modesta parcela que rodeaba la casa. Uno de ellos tenía una rama que atentaba con adentrarse en terreno del vecino.
La escalera falló. Jean cayó y allí pereció. Contaba con 76 años de vida. Cuando Monique llegó a su auxilio era demasiado tarde. Lloró a lágrima viva. Habían sido 57 largos y felices años de matrimonio. Un matrimonio que se gestó una gloriosa tarde del verano de 1952.
Un matrimonio que se gestó gracias a una medalla de oro.
Jean había nacido en 1933 en un pueblo marinero cercano a Marsella. Su padre obedecía al nombre de Gastón y su madre al de Bibienne. El padre había sido nadador y la madre no sólo había sido nadadora, sino que había llegado a representar a Francia en los Juegos Olímpicos de 1924 y en los de 1928. Y aún había más. Un tío de Jean también había llegado a ser olímpico. No es pues extraño que en la granja familiar perteneciente a la familia Boiteux se instalase en una de las naves una piscina improvisada donde los cuatro hijos de la familia (Jean incluido) practicasen natación de forma cotidiana.
De los cuatro retoños fue Jean el que manifestó excelentes aptitudes para la práctica profesional. Representaba el arquetipo de nadador moderno con anchas espaldas, cintura de avispa y pies grandes. Con 14 años se unió a su primer club de natación y a los 16 se convirtió en campeón nacional de 400 metros. El cielo era su techo, pero entonces tuvo un accidente de esquí lo que le obligó en los meses subsiguientes a nadar únicamente usando la parte superior del cuerpo. La ironía es que tal esfuerzo hizo que aumentase considerablemente su masa muscular y así, en 1951, con apenas 18 años, batía el récord europeo de 200 y 400 metros y ganaba la medalla de oro en 400 y 1.500 metros en los Juegos del Mediterráneo.
Al año siguiente tocaban Juegos Olímpicos de Helsinki.
Pero entonces apareció Monique.
Monique era preciosa. Sus piernas eran interminables y su sonrisa hacía palidecer a la luz del sol. Monique era de Argel, por entonces colonia francesa, y combinaba la palidez gabacha con la luminosidad africana. Así lo sentía Jean quien quedó perdidamente enamorado. La vida no era sólo entrenar, también era pasear con Monique, tomar un helado con Monique, ir a ver una película con Monique o darle unos cuantos besos furtivos a Monique a la espera de que la Santa Madre Iglesia diese la autorización para conocer cada uno de los recovecos de su fastuoso cuerpo.
Y eso era algo que Gastón no iba a permitir.
El padre de Jean comprobaba que su hijo podría conseguir el sueño familiar en Helsinki. Una medalla olímpica. Y no estaba dispuesto a que su hijo tirase por la borda tantos años de entrenamiento. Estamos en 1952. La autorización paterna para una boda no se torna en indispensable, pero si en muy necesaria.
Así que Gastón es tajante.
O hay medalla de oro o no hay boda.
Jean Boiteux
Antes de jugarse el amor de Monique en menos de cinco minutos, Jean formo parte del cuarteto francés en el relevo 4×200. Salió en la última posta cuando el equipo francés iba en la cuarta posición y logró adelantar al sueco Johansson en los últimos metros para que Francia lograrse la medalla de bronce.
Días después tocaba la final de los 400 metros libres. 30 de julio. El favorito indiscutible es el recordman estadounidense nacido en Hawai Ford Konno. Como segundo espada está el sueco Östrand. Durante la primera mitad de carrera los dos citados marchan en cabeza con Boiteux en un segundo plano. Sin embargo, en el quinto largo de piscina Boiteux pone una marcha más y se sitúa en cabeza. Konno intenta seguirlo en vano mientras Östrand pierde comba con rapidez.
Jean Boiteux logra la victoria estableciendo un nuevo récord olímpico. Consigue el triunfo con 19 años siendo el primer francés en lograr el oro en natación en la historia del olimpismo, hazaña que no volverá a repetirse hasta los Juegos de Pekín más de medio siglo después.
Apenas tocó el muro cuando su padre Gastón, con camisa, corbata y boina, saltó al agua para felicitar con alegría a su hijo, produciendo una imagen icónica que fue capturada por los fotógrafos y circuló por todo el planeta. La imagen pasó a ser portada en periódicos de medio mundo y Coca-Cola pagó por los derechos de la misma para hacer un anuncio televisivo con ella. Lo cierto es que no fue del todo improvisada, dado que Gastón había apostado diez dólares con un fotógrafo a que se tiraba a la piscina vestido si su hijo ganaba la medalla de oro. Fuese como fuese, el momento ha pasado a la historia colectiva del olimpismo.
Al día siguiente Boiteux disputó las series del 1.500 y ni siquiera consiguió clasificarse para la final. Daba igual. Confesaría que no le importaba en demasía. Había ido con un objetivo claro. Un objetivo que iba a mucho más allá de una medalla de oro.
Padre e hijo
Jean Boiteux se retiraría como nadador en 1961, casi una década después de su éxito dorado en Helsinki. Logró medallas de oro en los Juegos Mediterráneos, pero jamás logró vencer en un campeonato europeo. En los Juegos Olímpicos volvería a repetir experiencia en 1956, no obstante, apenas pudo alcanzar un sexto puesto. Con 19 años había logrado la cima. Había logrado ser campeón olímpico. Jamás pudo igualar ese éxito.
Normal. Jamás volvió a tener motivación igual.
Dos semanas más tarde Jean y Monique pasaban por la vicaría. Decidieron instalarse en Argel hasta que el estallido de la Guerra de Argelia hizo que dejasen la antigua colonia francesa para establecerse en Burdeos donde, una vez retirado, Jean se convirtió en el presidente del club de natación de la ciudad atlántica hasta su fallecimiento. Antes había sido nombrado oficial de la Legión de Honor. En 1990, con 57 años, firmó en un torneo de natación en Burdeos 1’11’’ en los 100 metros libres.
El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.
Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.
Quevedo. Mr. Culo
Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.
Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.
Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.
Joe Kleine es uno de esos.
Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.
A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).
Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.
De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.
Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.
Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.
Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.
Joe Kleine
Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.
Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.
Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.
Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.
“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.
El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.
Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.
Kleine y Jordan
Bien, ¿no?
Indaguemos un poco más en el currículo.
No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.
Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.
Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.
Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.
Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.
Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.
Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:
1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.
2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.
3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.
4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.
5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.
6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.
7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.
8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.
9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.
10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.
11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.
12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.
13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.
14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.
15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.
16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.
Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.
Joe Kleine sí.
Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.
Joe Kleine sí.
Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.
Joe Kleine sí.
Charles Barkley y Joe Kleine en 2025
“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.
Otras historias muy personales de la NBA
Jo Jo White (el mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca)
Bullying a Toni Kukoc (como Jordan y Pippen le hicieron la vida imposible a Kukoc en dos mitades)
Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.
Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.
Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.
Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.
En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.
Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.
El Versalles nazi
Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.
Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.
Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.
Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.
Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.
Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.
Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.
Aquello era digno de dioses.
Olympiastadion
Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.
Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.
81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.
Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.
Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.
Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.
Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.
Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.
Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.
Hirohito (1901-1989)
El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.
De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.
The Beatles
Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.
Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.
El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.
Max Schmeling
El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.
La ceremonia había finalizado.
¡Sieg heil!
Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.
Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.
Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.
Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.
– La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.
– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.
Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.
– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.
Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.
20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.
No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.
Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.
El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.
Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.
Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.
Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.
El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.
Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.
Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.
¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.
Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.
Germania
Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.
La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.
Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.
Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.
También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.
Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.
Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:
¡Sieg Heil!
Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.
Hitler en 1972
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