Israel

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.

Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.

Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.

Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.

¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.

Amos Oz

El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.

Pues no fueron suficientes.

El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.

La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.

Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.

También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.

Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.

Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.

Madrid 14/IX/25

Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).

¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?

Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.

Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.

Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.

Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.

Israel Premier Tech

Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.

Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.

¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.

Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.

Gaza

Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.

Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.

Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Por ahora no.

Por ahora.

“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.

“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.

«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
A media asta

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Cuando Mark Spitz ganó siete oros, escapó en helicóptero y creó una marca de bañadores

Cuando Mark Spitz apenas contaba con doce primaveras ya se entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento, en la soleada California. Al acabar cada sesión su padre le esperaba en la puerta del complejo acuático al volante de su coche para llevarlo a casa. Al salir del recinto, el progenitor siempre le preguntaba por el número de calles que tenía la piscina, a lo que Mark Spitz invariablemente tenía que contestar: “Tiene seis, pero sólo en una está la del ganador, que es la mía”.

El padre de Mark Spitz era húngaro y su madre era rusa. El patriarca de la familia era de origen judío y había escapado de la Europa cainita de la primera mitad del siglo XX. El nadador del bigote, el hombre de los siete oros olímpicos, aprendió a nadar antes que a caminar. Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella mundial. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. No era hombre de muchos amigos, ni de buenas conversaciones. Cuando se clasificó para los JJ.OO de México de 1968 quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Pero Spitz era muy bueno, y con animadversión o sin ella, tenía que estar en ese equipo. Mark Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él.

Aquel chico introvertido, egocéntrico, sobrado y prepotente que siempre soltaba aquello de “para mi nadar no lo es todo, sino ganar”, había quedado en entredicho. Un chico que nunca hizo pesas y que apenas media 1’76 metros, una estatura modesta para un nadador. Pero era un diamante en bruto que sólo había que pulir. Tenía por delante cuatro años para resarcirse.

Spitz se trasladó a la otra punta del país para entrar en el programa deportivo de la Universidad de Indiana bajo las órdenes de James Counsilman, el arquetipo de entrenador-sargento de hierro. Aquel equipo de natación logró entre 1968 y 1973 seis campeonatos nacionales de Estados Unidos seguidos, hazaña que aún hoy no ha sido superada. Por supuesto Spitz era la estrella, pero era un gran conjunto en el que también estaba el español Santiago Esteva.

Mark Spitz estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos en los JJ.OO de Múnich de 1972. Pero lo haría a su manera. En contra de la opinión de su técnico, justo antes de coger el vuelo dirección a Alemania, decidió tomarse tres semanas de vacaciones. Counsilman se cansó de llamarle vago, amenazarlo e insultarlo. Pero todo fue en vano. Spitz se presentó en Múnich fresco, o, en opinión de su entrenador, en mala forma.

Firmó siete medallas de oro con sus siete récords olímpicos. Siete. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Había destrozado los límites del ser humano. Aquel mes de agosto de 1972 Mark Spitz llegó a la Luna y se convirtió en el gran tiburón de la natación hasta que décadas más tarde apareciese un extraterrestre con aletas llamado Michael Phelps.

Además, su éxito no sólo fue deportivo. Spitz se convirtió en el ídolo olímpico por antonomasia y en mito sexual de los 70. Su poblado bigote, su sonrisa y su moreno, luciendo las siete medallas entre el pecho desnudo y el bañador ceñido de barras y estrellas, pasaron a empapelar las paredes de las jovencitas y de algún que otro jovencito.

Leyendas de los Juegos Olímpicos: Mark Spitz: El torpedo humano ...
Sex bomb

Apenas tenía 22 años, pero fue la última vez que se zambulló para competir en una piscina. “Ya he ganado todo lo que podía ganar”, espetó. Y más si ya tenía el futuro asegurado.

Tras ganar en los 200 metros libres, en la que fue su tercera medalla de oro, Spitz se presentó en el pódium para recibir la presea con los pies desnudos y unas ‘Adidas Gazelle’ sujetadas de una mano. Conviene recordar que por entonces el falso amateurismo olímpico impedía cualquier tipo de patrocinio o remuneración en beneficio de los atletas.

Cuando los acordes del himno estadounidense comenzaron a sonar, Spitz dejó las Adidas en el suelo, pero al acabar la música volvió a recogerlas, y con ellas en la mano, se dispuso a saludar al público y a abrazar a sus compañeros en el pódium. Al cabo de unos minutos Spitz atendió a las preguntas de los medios y aseguró que las zapatillas eran suyas, que no recibía ninguna contraprestación por parte de Adidas y que si las llevaba en la mano era porque no le había dado tiempo a calzárselas.

adidas gazelle olympic
Puro marketing

La realidad era que Horst Dassler, hijo de Adi Dassler -fundador de Adidas- firmó un acuerdo con Spitz para que llevase las zapatillas en la mano de manera que los pantalones no las tapasen y se distinguiesen lo mejor posible. Los 70 fueron la década en las que los patrocinadores de ropa y calzado deportivo hicieron su aparición y Adidas era la empresa líder del sector. No obstante, Horst Dassler afirmaría que si escogió a Spitz no fue sólo por su categoría como deportista sino porque era el único nadador que llevaba bigote, por lo que era muy fácil de diferenciar para el público televisivo.

Según los estatutos del Comité Olímpico Internacional (COI) había motivos para sancionar y descalificar a Spitz, pero ante el éxito de sus siete medallas de oro a nadie se le pasó por la cabeza acabar con un mito por culpa de unas zapatillas. Justo un año después de aquello Dassler fundaba ‘Arena’ la marca líder en la creación de artículos de natación, waterpolo y triatlón y cuyo primer deportista de referencia fue, como no, Mark Spitz.

Pero aún existe otra intrahistoria a mayores de aquella hazaña de los siete oros. Horas después de lograr su séptima presea, el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’ entró en la villa olímpica y tomó como rehenes a once atletas israelís. Este caso (que dará para otro artículo) acabó con un chapucero intento de rescate que se cobró un total de 17 vidas, la polémica continuación de los JJ.OO y un cambio radical en los sistemas de seguridad y control de aficionados en eventos deportivos de gran magnitud.

El caso es que el deportista más famoso de aquellos Juegos Olímpicos era judío. El Gobierno de Alemania puso un helicóptero y tres guardaespaldas a disposición de Mark Spitz, que fue sacado de Múnich en secreto para tomar de inmediato un avión que lo llevase a Inglaterra. Pasaron algo menos de 24 horas entre el asalto de los terroristas y el trágico final televisado. Cuando todo comenzó Mark Spitz dormía en su habitación de la villa olímpica. Cuando todo acabó estaba cenando en una suite de un hotel de Londres.

El posible secuestro de Spitz era causa de pánico para Alemania que estaba empeñada en usar los Juegos como muestra al mundo del poderío de su milagro económico y del lavado de cara llevado a cabo con su desnazificación. Nadie quería volver a hablar de matanza de judíos cuando apenas tres décadas antes, a unos 12 kilómetros al norte del estadio olímpico de Múnich, se situaba el campo de concentración de Dachau, donde se estima que fallecieron unas 40.000 personas.

Masacre de Múnich - Wikipedia, la enciclopedia libre
A pesar del funeral, los JJ.OO continuaron

P.D: Para los JJ.OO de Barcelona de 1992, sobrepasando la cuarentena, Mark Spitz disputó los preliminares estadounidenses sin bigote y con un bañador de la marca ‘Arena’. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando para él lo único importante era ganar.

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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