grecia

La vida alternativa de David Rivers

Verano de 1986. Antes de su tercer año universitario David Rivers encontró trabajo en Portapit Barbacue, una empresa de catering de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta conducida por un amigo y también jugador universitario de Notre Dame. Iban por la Ruta 30 cuando un coche en dirección contraria invadió su carril. Kenny Barlow, así se llamaba su compañero, giró bruscamente el volante hacia la derecha para impedir el impacto y el coche cayó rodando por un terraplén, dio varias vueltas de campana por el aire y acabó destrozado a treinta metros de la calzada. Rivers, quien no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en medio de un campo de maíz.

Tenía una herida de cuarenta centímetros en el estómago.

Se le salían las entrañas.

Barlow puso una camisa encima del estómago de su amigo para intentar controlar el flujo de sangre. Mientras Barlow apenas tenía un par de cortes en las piernas, RIvers era un moribundo con el torso ensangrentado. Lo llamativo es que hablaba y razonaba con normalidad y apenas tenía dolor. Cogió con las dos manos sus órganos y se dispuso a aguantarlos mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Y fue mucho tiempo de espera.

Era un paraje desierto. No había teléfonos móviles y la circulación era escasa a esas horas de la madrugada. Barlow tardó quince minutos en encontrar ayuda y la ambulancia aún tardaría diez minutos más en llegar a la escena del accidente.

Trasladado al hospital, a David Rivers le dijeron que había sobrevivido por siete centímetros. Esa era la distancia que separaba al corte que tenía en el estómago de su corazón. Perdió un litro de sangre y, cuando tras la operación le preguntó al cirujano cuantos puntos le habían dado, éste ni se dignó en contestarle.

Pasó ocho días en el Hospital de Elkhart antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días de jugador de baloncesto parecían finiquitados, pero en una mezcla de determinación y cabezonería volvió con fuerza a Notre Dame promediando 15 puntos a su vuelta y 22 en su último curso.

Fue escogido en el puesto número 25 del draft de la NBA de 1988 por Los Ángeles Lakers. Pasaba de ser un moribundo a formar parte del mejor equipo de baloncesto del planeta.

Rivers en la Universidad

David Rivers era un jugador en peligro de extinción. En sus años de instituto fue elegido como uno de los mejores bases de Estados Unidos. Su futuro era prometedor. Era un base rapidísimo, con un excepcional manejo del balón y con un fantástico lanzamiento exterior. Pero era un jugador de apenas 183 centímetros y 77 kilos de peso. Eso no fue motivo para no destacar en la universidad. Su endiablada velocidad le seguía haciendo prácticamente infranqueable para cualquier defensor, pero aquel accidente de circulación pondría todo patas arriba. Rivers perdió rapidez, por lo que decidió suplirlo con fuerza y con una mayor eficacia en el lanzamiento. Aquello le valió para reinventarse y seguir progresando en la universidad. Sin embargo, fue su carta de defunción cuando dio el salto a la NBA.

Rivers botaba la pelota tan baja que no había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo, pero la faltaba intensidad, instinto defensivo y la estatura necesaria para defender a bases rivales. Rivers había llegado a la NBA en un momento donde los jugadores de su estatura ya comenzaban a ser una excepción. Su gran valor radicaba en su increíble velocidad, pero al perder ese punch inicial su suerte estaba echada. David Rivers era un pequeño diablo que podía anotar cualquier tiro en suspensión…

…dependiendo quien lo defendiera.

En su primer año entre profesionales, en la temporada 1988/89, David Rivers fue base suplente de Magic Johnson. Normal, dado que el genio de los Lakers era el mejor jugador de la NBA en esos momentos. Rivers apenas jugó nueve minutos por partido. Los Lakers llegaron a la final de la NBA y se enfrentaron a los Detroit Pistons. Quiso el destino que Magic sufriese una lesión en el muslo en la disputa del segundo partido de la serie lo que limitó sus minutos en el tercer choque e imposibilitó su presencia en el cuarto duelo. David Rivers sería el base titular de los Lakers en ese cuarto partido. La cima para cualquier jugador. Titular en los Lakers en la final de la NBA. Era la oportunidad de su vida. Enfrente tendría a Isiah Thomas, el base de los Detroit Pistons. Si Johnson medía 206 centímetros, Thomas era un base de los de antes de apenas 185 centímetros. Los 183 de Rivers frente a los 185 de Thomas. El duelo era igualado. Pero sólo lo fue sobre el papel. Rivers apenas pudo anotar una canasta y los Lakers perdieron el partido para ser barridos por 0-4 ante los Pistons.

Aquel verano los Lakers decidieron prescindir de Rivers quien encontró acomodo en el otro equipo de la ciudad. Sus minutos en los Clippers, un equipo de menor entidad, fueron tan limitados como en los Lakers, por lo que en el verano de 1990 se encontró sin equipo con apenas 25 años de edad. Ficharía por un par de conjuntos de ligas semiprofesionales de Estados Unidos antes de disputar un puñado de encuentros más con los Clippers cubriendo un par de bajas por lesión. No había mucho más que rascar. Tocaba vestirse de civil y buscar trabajo.

Y entonces su agente le hizo una llamada.

Le ofrecía un contrato de una temporada en Francia. El sueldo no era nada del otro mundo, pero le permitía continuar jugando al baloncesto. Además, el Olympique Antibes, que era el club interesado, correría con los gastos de alojamiento y le ponía un coche a su disposición. Rivers se negó en primera instancia. Ir a Europa era dar carpetazo a su sueño de volver a la NBA. Él había jugado en los Lakers. Había sido el suplente de Magic Johnson ¡Por el amor de Dios! Su agente fue claro. Con sus limitaciones físicas nunca conseguiría ser un jugador triunfante en la NBA. En Europa tenía la oportunidad de ser alguien. De labrarse una carrera. Y por si los motivos baloncestísticos no fueran suficiente, su agente le habló de Antibes, de la Costa Azul, del sol perpetuo, de las botellas de vino y de las chicas francesas. Tocaba pues, subirse al avión, y empezar una vida alternativa.

Rivers en Europa

Todas las limitaciones de Rivers en la NBA quedaron ocultas en su desembarco europeo. El motivo estructural era la altura. Los 183 centímetros de Rivers aún no eran rara avis en el Viejo Continente. Aquel año el Limoges ganó la final de la Euroliga ante el Benetton Treviso. En los italianos el base titular era Chris Corchiani de 1’85 de altura. Al año siguiente ganaría la Euroliga el Joventut de Badalona con los hermanos Rafael y Tomás Jofresa de bases, ambos de 183 centímetros sobre el suelo. Y en la temporada posterior sería el turno del Real Madrid con José Miguel Antúnez (1’83) ante el Olympiakos de Milan Tomic (1’90). El motivo coyuntural era el tipo de baloncesto que se practicó en la década de los 90. Posesiones largas, juego interior y ultradefensivo. Un baloncesto lentísimo, donde Rivers iba a destacar por su rapidez. Y un baloncesto donde toda la suerte en ataque se destinaba a los hombres altos, por lo que cualquier jugador exterior con buena mano iba a destacar sobremanera.

Así pues, David Rivers promedia 22 puntos y cerca de 6 asistencias en el Antibes, números antológicos en un baloncesto donde los equipos rondan los 60 puntos al final del partido. El primer año queda subcampeón de Liga y al siguiente consigue el título francés, algo inimaginable para el pequeño equipo de la Costa Azul. Es entonces cuando le llueve un contrato millonario y es fichado por el Olympiakos.

El gigante griego quiere ganar su primera Euroliga y convertirse así en el primer conjunto heleno en conseguir la corona continental. Rivers se convierte en el faro sobre la cancha de Olympiakos y los guía en la consecución de Liga y Copa, pero fracasa en Europa al perder en cuartos de final ante el Real Madrid. Para más inri es el Panathinaikos, su odiado rival, quien logra el entorchado europeo. Para la temporada siguiente el Olympiakos dobla la apuesta con un quinteto formado por Rivers, Tomic, Sigalas, Fassoulas y Tarlac donde el norteamericano es la estrella y el jugador mejor pagado. Tras deshacerse del Olimpia Ljubliana en semifinales de la Final Four toca partido por el título ante el FC Barcelona dirigido por Aleksandar Djordjevic (188 centímetros).

El Olympiakos pasó por encima del Barça en esa final y Rivers hizo lo propio ante Djordjevic, el mejor base europeo de su generación. Rivers anotó 26 puntos, cogió seis rebotes y robó tres balones para liderar a su equipo a una victoria por quince tantos de diferencia (73-58) la más amplia en 35 años y lograr la Euroliga 1997. Rivers fue elegido MVP de la Final Four llevando a su antojo el ritmo del partido en el tramo final del choque ante la impotencia azulgrana.

David Rivers había alcanzado la gloria. No era la gloria que se imaginaba cuando jugaba en las calles de Nueva Jersey. Tampoco era la gloria que esperaba cuando era elegido uno de los mejores jugadores de instituto de Estados Unidos. Y por supuesto no era la gloria que estaba en su mente cuando compartía vestuario con Magic Johnson y el resto de leyendas vivas de Los Ángeles Lakers. Pero era la gloria al fin y al cabo lo que había encontrado. Mucho más que lo que el destino parecía haberle reservado cuando sus entrañas peleaban por no escurrirse entre sus ensangrentados dedos.

Endiosado, David Rivers aceptó una mareante oferta de la Fortitudo Bolonia que lo juntó contiguo a Dominique Wilkins, Gregor Fucka y Carlton Myers. El proyecto fracasó y Rivers se marchó a continuar con su carrera a Turquía antes de volver con 35 años a ser un jugador residual en su querido Olympiakos. Por entonces Ken Barlow, aquel amigo que hizo girar el volante camino del averno en una aciaga madrugada, ya había colgado las botas. También había sido elegido por los Lakers en el draft, aunque en su caso no pasó de un par de entrenamientos a inicios del verano. Barlow también ganó la Euroliga (en Milán) y tuvo una consistente y larga carrera deambulando por numerosos equipos italianos dejando su mejor recuerdo de rendimiento y fidelidad en el Maccabi israelita.

A diferencia de su amigo, David Rivers no manejaba la opción de volver a Estados Unidos. Había quedado enamorado del sol y del buen comer de la Costa Azul y allí es a donde se destinarían sus pasos. Regreso a Antibes, un paraíso de tranquilidad tan diferente a su Nueva Jersey natal. Entonces el Antibes Basket estaba en la segunda categoría del modesto baloncesto francés. Era lo de menos. Rivers jugó hasta los 39 años y aun le daría tiempo a coger ocho rebotes en un partido y firmar marca personal camino de la cuarentena con sus 183 centímetros de altura.

Elegido mejor jugador europeo de 1997, siendo el primer estadounidense en recibir dicha mención, Rivers se instaló en Europa para ejercer como entrenador en categorías inferiores en diferentes equipos. Mantiene también un campus veraniego donde hace especial hincapié a aquellos niños cuyas excelencias con el balón no sean acordes con los centímetros con los que fueron agasajados por la madre naturaleza.

“No tengo quejas. Todo fue a pedir de boca” David Rivers

Otras historias de la Euroliga

Felipe Reyes (el último gran pívot europeo)

Bill Bradley (el hombre perfecto)

El Partizan de Fuenlabrada (la Copa de Europa ganada por Obradovic en el exilio)

Cuando Montero anotó una bandeja… (…y Vrankovic le puso un tapón)

Todos somos un poco del Joventut (cuando una peña de amigos se convirtió en campeón de Europa)

La autocanasta de Alocén (cuando Ferrándiz cambió las reglas del juego para ganar perdiendo)

Leer más

El equipo más aborrecido de todos los tiempos

Hay equipos que son queridos y otro que son aborrecidos. Lo son por varios motivos. La razón más primitiva para querer es el amor irracional inculcado desde la inocencia de la niñez. La razón más primitiva para aborrecer es el odio irracional inculcado desde la inocencia de la niñez. Pero hay muchos más motivos. Puedes recordar con afecto a un jugador, una alineación o a un club porque ganaban siempre o porque jugaban bien. O porque te parecen unos tipos serios y con principios. O porque te parecen gamberros y divertidos. Cuestión de gustos. Las mismas razones valen para odiar. Puedes odiarlos porque ganaban siempre, porque jugaban tan bien que repugnaban de lo perfectos que eran o simplemente porque aburrían a las ovejas. O porque eran caóticos y groseros. Hay un sinfín de gustos y hay un sinfín de razones.

Pero siempre hay uno que se lleva la palma. Que no gusta a nadie. Sólo tienen adeptos entre los suyos y hasta ellos lo hacen a escondidas, avergonzados de tan indigno amor. Existe cierto equipo que grabó su nombre a fuego junto a la realeza mundial del balompié. Ver su nombre en un palmarés o bien te deja incrédulo o bien te da nauseas. ¿En serio?, ¿cómo puede ser que estos tipos ganaran esta copa? Hay un equipo, concretamente una selección nacional, que está en el olimpo del sinsentido de los campeones. Un equipo que es aborrecido por todos los aficionados al fútbol. Por lo menos por aquellos que no son griegos de nacimiento. Hablamos, como no, de la selección griega campeona de la Eurocopa de 2004.

Tres lustros después seguimos sin entender como una selección con jugadores de medio pelo pudo ganar un título continental. Con esa misma base de jugadores Grecia no se llegó a clasificar ni para el Mundial de 2002 ni para el de 2006. Tampoco logró jugar la Eurocopa del año 2000 y para la de 2008, por lo menos, llegó a clasificarse para defender su título aunque, como era de esperar, quedó eliminada en primera ronda.

Pero en 2004 ganaron. Nikopolidis; Seitaridis, Kapsis, Dellas, Fyssas; Giannakopoulos, Zagorakis, Katsouranis, Basinas; Vryzas y Charisteas. El entrenador era el alemán Otto Rehhagel. No busquen estrellas del Barça, Madrid, Bayern, United, Juve o bichos de ese calibre. La mayoría fueron jugadores mediocres. Los más afortunados lograron ser relevantes en ligas de cierta importancia como la holandesa o la portuguesa.

Pero vayamos al inicio. La Eurocopa de 2004 se disputó en Portugal a lo largo y ancho de ocho ciudades. Se inauguraron estadios fastuosos y se remodelaron clásicos como el Da Luz lisboeta, donde se celebró la final. Participaron 16 selecciones en la fase final en las que entraron como sorpresas Letonia y Grecia. Los helenos ya dieron la campanada en la fase de clasificación al pasar como primeros de su grupo, relegando a España a una repesca en la que los ibéricos superaron con claridad a Noruega.

Los favoritos eran los de siempre. Francia defendía título, Alemania era la actual subcampeona mundial, Portugal era la anfitriona y luego estaban Países Bajos o Italia. Como outsider destacaba la República Checa con una generación irrepetible respaldada por Pavel Nedved. Inglaterra tenía más nombre que juego y España era un querer y no poder como de costumbre.

Grecia era candidata a perder todos sus partidos.

En el Grupo A había dos plazas para cuartos a repartir entre los favoritos Portugal y España, la peligrosa Rusia y los descartados de Grecia. Pues bien, en el partido inaugural del campeonato Grecia derrotó a una miedosa Portugal (1-2) aprovechando un gol al poco del inicio y un penalti. Consumada la sorpresa, cuando un remate de Charisteas certifique el empate ante España en el segundo partido (1-1) los helenos estarían ya clasificados para cuartos de final. Con Rusia fuera, España y Portugal se jugaron la última plaza en un fatídico encuentro decantado del lado luso gracias a un derechazo de Nuno Gomes.

Como España estaba acostumbrada a hacer aguachirri, más allá de los Pirineos la sorpresa fue relativa. En cuartos de final Grecia se midió a Francia. Tan sólo aquellos que quisieran tirar el dinero a la basura hubiesen apostado por los helenos. Rehhagel ordenó a sus chicos que se colgasen del larguero, pusiesen dos líneas de cinco jugadores más allá del área grande y a sufrir y a correr. Francia salió como una moto en la primera parte y Zidane, Henry y compañía tuvieron sus oportunidades, pero se estrellaron contra los espartanos. En la segunda parte el cansancio hizo mella y, en un saque de esquina, Charisteas conectó un violento cabezazo y daba el pase a semifinales a los griegos (0-1).

Aquello pasaba a ser una broma pesada. Una broma aburrida y detestable.

En semifinales el rival era la República Checa. Por nombre podría parecer un partido nivelado. Nada más lejos de la realidad. Los checos habían hecho trizas a Países Bajos (3-2) – tras remontar un 0-2 -, Alemania (2-1) y Dinamarca (3-0) con un fútbol primoroso. Todos los aficionados neutrales deseábamos la victoria centroeuropea. Nedved, Rosicky, Poborsky, Baros y Koller eran una máquina perfecta de ataque.

O lo eran hasta que se encontraron con el muro griego. Otra vez la misma táctica usada contra Francia y otra vez el mismo resultado. Los checos salieron en tromba hasta que poco antes del final de la primera parte Pavel Nedved se tuvo que retirar lesionado. Aun así tuvieron un par de ocasiones claras en la segunda mitad, pero el partido acabó con empate sin goles y se tuvo que jugar una prórroga. Fue entonces cuando Grecia, por primera y única vez en todo el torneo, decidió jugar al ataque. Rehhagel dio entrada a Tsartas, el único fantasista griego y habitual suplente. Grecia estiró líneas y la defensa checa (flojísima en comparación al ataque) hizo aguas. Tsartas botó un centro cerrado y el central de la AS Roma Traianos Dellas anotaba de cabeza el gol de la victoria (0-1).

Grecia no sólo se había cargado a una favorita, ahora se cargaba a la cenicienta. De traca. Y es que la República Checa era ese equipo querido, simpático y adorable que esperas que de la sorpresa. La victoria griega era la victoria del débil. Sí. Pero de un débil que vencía de forma sucia, soporífera y vergonzosa. Legítima, pero odiosa.

En la final el fútbol austero griego se volvía a medir a Portugal. Fue una Eurocopa capicúa con partido inaugural y final idéntico. Los lusos eran favoritos. Como no. Jugaban en casa y contaban con la base del FC Porto reciente campeón europeo (Carvalho, Maniche, Deco) y con dos fueras de serie, uno en el ocaso de su carrera (Figo) y otro en el inicio de su leyenda (Cristiano Ronaldo). Portugal había eliminado a Inglaterra y a Países Bajos y había ido de menos a más en el torneo. Grecia, como de costumbre, tenía la orden de maniatar y desesperar hasta el extremo al rival.

Sorprendentemente Grecia jugó con descaro, si se puede entender como descaro, cambiar su habitual 4-5-1 por un 4-4-2. Adelantó líneas y presionó en medio campo a Portugal. Al igual que en el partido inaugural los lusos no pudieron con los nervios. El partido fue horrible y apenas hubo ocasiones.

El gol fue otra vez a balón parado. Basinas botó un córner y Ricardo y Costinha se hicieron un lío a la hora de despejar. Angelos Charisteas aprovechó la indecisión para cabecear a puerta vacía y poner el 0-1 en el marcador en el minuto 57 de partido. Sin alardes, montados en la épica del estajanovismo, Grecia consiguió la Eurocopa. Rehhagel inculcó a su equipo mentalidad alemana de orden y eficacia y supo (aún no se sabe cómo) esconder sus defectos. Fueron siete partidos en un mes perfecto. Fue inaudito. Los marcajes defensivos individuales fueron pulcros y Kapsis y Dellas parecían la reencarnación de Beckenbauer y Baresi. Grecia fue la selección que menos remató a puerta entre todos los contendientes, pero su calma y su efectividad fue digna de elogio.

Theo Zagorakis fue elegido el mejor jugador del torneo porque había que elegir uno. Sería quinto en la votación del Balón de Oro de ese año. No era un niño. Estaba a punto de retirarse. Es un mito en el ‘poderosísimo’ AEK de Atenas. Fracasó en sus aventuras en el Calcio y en la Premier.

Michalis Kapsis, el tipo que secó a Pauleta, Raúl o Henry, hizo carrera en el Olympiakos y en el Apoel de Nicosia. Dellas, su compañero de zaga, fue apodado ‘el coloso de Rodas’, tuvo un año bueno en la AS Roma y luego se dedicó a deambular por la liga griega. Nikopolis, aquel portero con pinta de funcionario de correos, se convirtió en leyenda del Olympiakos al igual que el correoso Giannakopoulos. Basinas lo fue del Panathinaikos antes de intentar con escaso éxito triunfar en España en las filas del RCD Malllorca. Un pelín mejor le fue a Seitaridis en el Atlético de Madrid. Mucho peor le resultó a Vryzas, delantero titular, que no pasó de Segunda División con el RC Celta.

El hombre con más cartel de los griegos era Angelos Charisteas, el autor de gol de la victoria en la final. Era joven y con más de 1,90 era un delantero ideal para equipos amantes del fútbol directo. Se convirtió en un clásico de la Bundesliga y de la Eredivisie, pero siempre en papeles secundarios y con pobres registros goleadores.

Charisteas gol final 2004La Paradinha
Y Charisteas se convirtió en un dios

El artífice de semejante atentando contra el buen juego fue el verdadero triunfador de esta historia. Otto Rehhagel es, quizás, el único alemán que tiene barra libre en cualquier chiringuito de playa en Grecia. El ‘Rey Otto’ era un veteranísimo entrenador que cogió las riendas de la selección griega en una suerte de prejubilación para acabar logrando lo imposible.

Fue un verano inolvidable para el estatus social de los griegos. A la alegría colectiva por el triunfo en la Eurocopa se le unió la celebración de los Juegos Olímpicos en Atenas. Grecia, un país en continua crisis, eminentemente occidental pero geográficamente aislado en Oriente, entraba con honores en el siglo XXI. Cuando al año siguiente los griegos se proclamen campeones de Europa en baloncesto (el verdadero deporte rey en tierras helenas) el éxtasis será apoteósico.

“Me da igual que digan que somos defensivos. No puede ser casualidad que hayamos ganado dos veces en un mes a los portugueses (…) Este es un grupo con un espíritu competitivo inigualable y una increíble pasión (…) Sabemos que jugar al contraataque es el único camino a la victoria. En 2004 hubo un milagro. Y un milagro se repite cada 30 años, nada más”. Otto Rehhagel.

Eurocopa 2016: Euro '04: Grecia o cómo convertirse en campeón de Europa con  lo mínimo
Zeus, Poseidón, Hades…Charisteas, Zagorakis…

Otras historias de Eurocopas y Mundiales

Vacaciones (cuando Dinamarca cambió la playa por el título de la Eurocopa)

Clemente, Villar y la hecatombe de Chipre (un Mundial desastroso y una derrota bochornosa)

Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol (cuando 11 amateurs derrotaron a Italia)

De la gloría al ridículo (la tragedia de Inglaterra e Italia tras ser campeonas del mundo)

El partido del siglo (Goles y una prórroga legendaria en las semifinales del Mundial 70 en dos artículos)

Ohne worte ¡Alemania K.O! (Cuando Alemania perdió en Rusia su legendaria infalibilidad)

Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia (Las raíces del subcampeonato croata en 2018)

Rusia 2018 (Una mirada distinta al Mundial de 2018)

El asesinato de Andrés Escobar (narcotráfico, apuestas y fútbol en el autogol más trágico de la historia)

El Brasil del 70 (la delantera de los cinco ‘10’ a través de dos artículos)

Leer más

Cuando Montero anotó una bandeja y Vrankovic le puso un tapón

En el extenso museo del FC Barcelona hay espacio para infinidad de trofeos. Es lo que ocurre al ser el club polideportivo más exitoso del mundo. En la sección dedicada al baloncesto se exponen las, hasta el momento de escribir estas líneas, dos Euroligas (2003 y 2010). Junto a ellas aparece un balón de baloncesto adyacente a la reproducción de una carta que reza lo siguiente: “La FIBA admite, en razón de las anomalías producidas, el derecho que asistía al Barcelona en la reclamación ante el juez único a pesar de que fuera rechazada por este. La FIBA desea con esta declaración ofrecer una compensación moral por el posible perjuicio causado por los errores cometidos en la medida que podrían haber afectado al resultado final».

Dicha carta irrumpe el hueco que debería ocupar el trofeo de la Euroliga de 1996. Fue tan flagrante el error arbitral y tan espantosa la aplicación del reglamento que un mes después de los acontecimientos la FIBA (Federación Internacional del Baloncesto) tuvo que admitir que el Barça debía haber sido el campeón. Ese reconocimiento le da a los catalanes un vano triunfo moral, pero ni devuelve a Montero la honra ni le quita a Vrankovic la suya.

Esta es la historia de la bandeja de Montero. O la del tapón de Vrankovic. Las dos caras de una misma moneda.

Dirigido por Aíto García Reneses, a mediados de los 80 el Barça acabó con la tiranía del Real Madrid en la competición doméstica. Entrada la década de 1990 los azulgranas repitieron regicidio en el fútbol a lo que añadieron la ansiada Copa de Europa. La Copa de Europa en color frente a las seis en blanco y negro del eterno rival. En el básket pasaba tres cuartos de lo mismo. Por muchas ligas ACB que se lograsen la obsesión era conseguir el primer cetro continental. Una herida agrandada por las ocho coronas que poseían por entonces los de la capital del reino.

El Barça acumulaba unas cuantas Final Four y tres finales perdidas en una década. Y uno de los protagonistas de tales derrotas era José Antonio Montero. Se trataba de un base moderno. Superaba el 1’90, gran penetrador y defensor y eminentemente físico. Procedía del Joventut y había sido el segundo español tras Fernando Martín en ser elegido en el draft de la NBA. Tenía problemas con el tiro exterior, lo cual hoy sería una contrariedad para un jugador exterior pero entonces era irrelevante, pero cargaba con fiereza el rebote ofensivo y era capaz de hacer mates.

Conviene recordar este último apunte. Que un base de raza blanca hiciese mates era en aquel tiempo extravagante.

Roberto Dueñas (1997) - Fotogalería - MARCA.com | Jugadores de baloncesto,  Nba, Balonmano
Montero. 113º del draft de 1987

Stojan Vrankovic pertenecía a la fantástica generación yugoslava del momento. Con 2’18 era un pívot intimidador y algo lento que destacaba en la faceta defensiva. Había probado fortuna sin suerte en la NBA y, aunque quizás era el menos talentoso de los pívots yugoslavos, su envergadura y su intimidación no tenían parangón en Europa.

A pesar de sus problemas en ataque su capacidad para rebotear y taponar era maravillosa.  También conviene recordar este apunte.

Stojan "Stojko" Vrankovic, el hombre del tapón - Pivot World 9
Vrankovic. 218 centímetros de ser humano

El caso es que en París, allá por la primavera de 1996, el FC Barcelona se presenta en una nueva Final Four. El rival en semifinales es el Real Madrid. Los blancos fueron por delante durante casi todo el encuentro hasta que a minutos del final un triple de Ferrán Martínez y varias acciones de mérito de Karnisovas y Salva Díez voltearon el partido y dieron la victoria a los catalanes (76-66). En la otra semifinal el Panathinaikos venció con facilidad al CSKA de Moscú.

En una época donde sólo se podía tener a dos extranjeros por equipo, los griegos eran los grandes favoritos. Los helenos (Ekonomou, Alvertis, Giannakis) estaban un punto por encima de los cuatribarrados (Xavi Fernández, Montero, Andrés Jiménez), pero la diferencia estribaba en los foráneos. El Barça contaba con el extraordinario alero lituano Arturas Karnisovas, pero su pívot titular era un norteamericano blanco de muy bajo rango llamado Dan Godfread.

Además del citado Vrankovic, el Panathinaikos contaba con Dominique Wilkins, un alero anotador con muelles en los pies que fichara por el conjunto griego con 35 años, pero tras firmar 18 puntos por partido la temporada anterior en los Boston Celtics. Wilkins fue ocho veces ‘All-Star’ y una de las más rutilantes estrellas de la NBA en los 80. Su fichaje por el Panathinaikos fue una de las últimas ocasiones en las que Europa consiguió subyugar a la NBA para atraer a una ‘primma donna’ a golpe de talonario.

El favorito tomó pronto ventaja y al descanso ya ganaba de amplia diferencia al Barça (35-25). Gracias a la dirección de Galilea, el acierto exterior de Xavi Fernández y a algún destello de calidad de Karnisovas, los catalanes consiguieron llegar con vida a los últimos cinco minutos de partido. Entonces Wilkins decidió asumir la responsabilidad y tras un robo de balón, una bandeja y una suspensión situaba el 65-53 con tres minutos por disputar.

Aíto decide poner a dos bases y hacer presión a media pista y, no se sabe bien como, los experimentados griegos empiezan a perder balones sin ton ni son. De repente, parcial de 2-13 para el Barça y se ponen a un punto a falta de 36 segundos (67-66 para los griegos).

Faltan 36 segundos y la posesión es para el Panathinaikos. Korfas marca jugada. En 1996 son 30 los segundos de posesión. Korfas estira la posesión tanto como puede y penetra asustado por lo que decide enviar el balón a Vrankovic que recibe en el poste alto. El gigante de 2,18 no sabe qué hacer con el balón y busca a Giannakis que recibe una doble ayuda defensiva, se trastabilla y cae al suelo.

El balón rueda sin dueño.

En la marabunta el balón aparece como por arte de magia en las manos de Montero. Está sólo. Solísimo. Y está en campo griego. Quedan siete segundos de posesión. Montero sólo tiene que echar a correr y anotar una bandeja.

En aquel momento Montero suma 0 puntos en el partido. Había lanzado un triple y lo había fallado en apenas 10 minutos de juego. Recoge el balón encorvado, besando el suelo, y se eleva zancada a zancada hasta que se adentra en la zona helena. Un pie para coger impulso y otro para mantener el equilibrio con el codo y la muñeca. Es una bandeja fácil. Y detrás, por si acaso, sólo por si acaso, aparece como flecha Xavi Fernández ante un poco probable rebote ofensivo.

Montero suelta la bandeja. Quedan 4 segundos y 9 décimas.

Justo entonces aparece Vrankovic. Aquel pívot lento y pesado se las ha arreglado para cruzar la pista con sus 2,18 y llegar el primero. ¿Cómo? No se sabe. El caso es que el balón toca el tablero y Vrankovic con una zarpa lo barre alejándolo del aro. Los integrantes del banquillo azulgrana saltan como un resorte y piden la validez de la canasta. Los miembros de la mesa, los que llevan las cuentas de las faltas, los tiempos muertos y el cronómetro del partido se ponen nerviosos y, vete tú a saber el porqué, paralizan el reloj de posesión.

Con el crono congelado, Xavi Fernández recoge el balón y se lo envía a Galilea que, ante la parálisis del tiempo, no sabe si arrancar o quedarse quieto. En esta está el base del Barça cuando el crono vuelve a moverse. Galilea arranca e intenta a penetrar mientras una jauría de lobos se lanza sobre él. No hay falta. La bocina aúlla.

El Panathinaikos consigue la primera Euroliga de su historia. El MVP de la final es Dominique Wilkins (16 puntos y 10 rebotes) pero el héroe del partido es Stojan Vrankovic que, al igual que Montero, acabará el encuentro sin anotar un solo punto. Pero aportando la acción defensiva que decidió la final.

Reuven Virovnik de Israel y el afamadísimo colegiado francés Pascal Dorizon son los encargados del despropósito. Montero liderara la frustración, los gritos y las duras protestas, pero todo será en vano. La decisión está tomada. La confusión es generalizada.

La primera duda está en el motivo de la paralización del cronómetro. Al haberse agotado los 30 segundos de posesión que tenían los griegos, la mesa decidió paralizar el tiempo. Si ese fuese el caso, todo lo que sucedió desde que Korfas perdió la bola tendría que haber sido anulado y la posesión pasaría a ser del Barça. Por otro lado, en la alocada penetración de Montero se cuentan hasta tres pasos antes de elevarse para realizar la bandeja, por lo que la canasta nunca tendría que haberse permitido. Después, cuando Galilea inicia un último intento a la desesperada es barrido en una clarísima falta por Wilkins.

Y lo más desvergonzado. Si uno analiza el vídeo de la final se dará cuenta que aquellos 4,9 segundos fueron en realidad 12.

Pero todo ello son nimiedades ante el escándalo mayúsculo acometido al dar como válido el tapón de Vrankovic. La normativa es clarísima. Se considera tapón ilegal cuando el balón está en trayectoria descendente. Si, además, el balón impacta con el tablero ya no hay ningún tipo de duda. Una vez choca con el tablero, cualquier intento de taponar o impedir que el balón se introduzca en el aro se considera ilegal. La canasta siempre será válida. Incluso aunque hipotéticamente el balón no llegase a entrar.

Inexplicablemente ni Virovnik ni Dorizon fueron capaces de apreciar la infracción. No había ningún tipo de impedimento visual. De hecho, uno de los colegiados se encuentra justo detrás de los dos protagonistas. Lo que hubo fue miedo o incompetencia. Sobre lo segundo los hechos hablan por sí mismos. En relación a lo primero hay mucha tela que cortar.

Una vez sonó la bocina, una marabunta de griegos ocupó el parqué del Omnisport de París-Bercy para que a nadie se le pasara la cabeza rearbitrar la jugada o discutir el triunfo final. La confusión fue total y absoluta. El Barça hizo todo lo posible para cambiar el 67-66 final, pero de nada sirvieron todas las alegaciones. El presidente de la sección de básket del Barça, por aquel entonces Salvador Alemany, presentó un recurso justo después del encuentro que fue estudiado hasta las cuatro de la madrugada en el hotel Concorde Lafayette, donde tenía instalado su cuartel general la FIBA.

De nada sirvió que los árbitros admitieran su error delante del secretario general de la FIBA. La decisión estaba tomada. El tapón de Vrankovic era válido.

Aunque fue eliminado del acta arbitral.

¿?

El Barça había perdido a la griega.

Después de que Grecia ganase el Eurobasket de 1987 un boom por el baloncesto sacudió la península helena. El AEK, el Aris de Salónica o el Olympiakos estuvieron a punto de conseguir la Euroliga pero, por h o por b, se quedaron en el camino. De repente, en los 90 el dracma griego parecía el dólar estadounidense y los clubes griegos se convierten en los mejores del continente. Fichan a norteamericanos de renombre, atraen con casa, coche y buen clima a jugadores del bloque del Este y buscan abuelos y bisabuelos griegos a yugoslavos para nacionalizarlos en tiempo récord.

Son tiempos donde se vuelve habitual perder a la griega. Pabellones que incumplen las normativas con exceso de aforo, lanzamiento de objetos, sirenas y pitidos en medio del partido, acoso y amenazas a los árbitros, paradas sospechosas de los cronómetros…es el llamado infierno griego que durante décadas fue permitido y protegido por la FIBA. Hoy, en Grecia, Turquía o la antigua Yugoslavia el ambiente sigue siendo intimidante, pero sólo beneficia al equipo local en el aspecto moral.

El FC Barcelona impugnó el partido y desplegó toda su maquinaria. Consiguieron incluso la intermediación de Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional. No sirvió de nada y la apelación fue rechazada. El club no aceptó la derrota. El Barça encargó una reproducción de la Copa de Europa  para entregársela a cada jugador y los directivos del club mantuvieron el discurso victimista hasta conseguir que la FIBA admitiese su error y declarase al FC Barcelona campeón moral tal y como vimos en la carta citada al inicio del artículo.

El error arbitral fue admitido, la reparación moral aceptada, pero el campeón era el Panathinaikos. Las aguas se calmaron y de la indignación hacia los árbitros se pasó a la incomprensión por la acción de Montero. Le llovieron palos por todos los lados. ¿Se acuerdan que Montero era un base que hacía mates? Ya daba igual que los árbitros se hubiesen equivocado o que la FIBA hubiese prevaricado. La cuestión era; ¿por qué c*** Montero no hizo un mate?

El FC Barcelona repetiría final la temporada siguiente. Perdería con justicia y claridad ante el Olympiakos, el otro gran equipo griego. En esa final Montero no jugaría ni un minuto. Estaba relegado al fondo del fondo del banquillo. Decidió probar fortuna en Francia y poco después retirarse. Tenía 33 años. Tras el verano Vrankovic volvió a probar fortuna en la NBA, nuevamente sin demasiada suerte, mientras el Panathinaikos se instalaba en la elite y ganaba Euroliga tras Euroliga.

El Barça hubo de esperar a 2003 para romper el maleficio, pero el fantasma de la canasta de Montero sigue apareciendo de cuando en cuando.

Otras historias de baloncesto europeo

La orgía de puntos de Navarro (de cuando la Bomba puso patas arriba el Eurobasket 2011)

Felipe Reyes (el último pívot europeo)

Todos somos un poco del Joventut (la historia de un club singular)

La copa de Petrovic (el fugaz paso del Mozart del baloncesto por España)

Bullying a Toni Kukoc (el viacrucis de una estrella europea en la NBA en dos partes)

El Partizan de Fuenlabrada (Obradovic y el milagro de una Euroliga ganada en el exilio)

¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto? (el éxito mundial del pequeño país báltico)

La autocanasta de Alocén (de cómo Ferrándiz hizo cambiar una regla del baloncesto)

A los 20 años de la Copa de Gasol (la explosión de un extraterrestre durante un fin de semana)

Leer más