Jean Van de Velde nació en Mont-de-Marsan, en las Landas, no muy lejos de la frontera con España. Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña plantó raíces y lugar en el que decidió dejar este mundo con un disparo a bocajarro. Ocaña es apellido español al igual que Van de Velde es un apellido neerlandés. Podríamos traducirlo por ‘Del Campo’. No se le conocen antepasados de Holanda al Van de Velde que nos ocupa. Jean era uno de los hijos de un empresario francés. La familia contaba con una casa en la playa, cerca de Biarritz. Colindante al jardín de la vivienda había un campo de golf y, desde la ventana de la habitación del pequeño Jean, se veía el hoyo 4 y el hoyo 6 del campo. Así Jean se pasaba las horas mirando a través del cristal.
Con seis años Jean Van de Velde se convirtió en el único niño socio del club. Jugaba rodeado de mayores y con palos de adulto, dado que entonces no existían ni hierros ni maderas para infantes. Su padre no entendía nada de lo que él consideraba un capricho infantil. Ocurre que Jean decidió declinar la oferta paterna de introducirse en la empresa familiar y resolvió hacerse profesional del golf. Contaba con veinte años cuando se convirtió en el golfista número 1 en Francia.
La cosa pintaba bien, aunque no demasiado. A la altura de 1999 Jean Van de Velde llevaba un lustro liderando al golf francés, pero apenas era el 152º del mundo. Decir que era un completo desconocido suena a eufemismo, aunque no resulte exagerado. Lo cierto es que, tras casi una década de carrera, apenas había disputado un puñado de grandes torneos y su mejor clasificación en un major es un modestísimo 34º puesto. Tampoco es cuestión de tildar a Van de Velde de incompetente. Ningún golfista francés ganaba un gran torneo desde 1907 y no se atisbaba cambio alguno a la hora de celebrarse el British Open del citado 1999.
El British Open no es otra cosa que el Abierto Británico. Hablamos del torneo más antiguo (1860) y con más solera del golf internacional. Se celebra en un campo de golf británico que puede variar, pero que siempre está en línea de costa y dónde las dunas y el viento deben formar parte de la esencia del juego. El lugar más conocido y con más abolengo es Saint Andrews, aunque para la edición de 1999 el campo elegido fue el de Carnoustie, sito en Escocia, cuna del golf. Se trata de un campo con pocos lagos y menos árboles. Es tremendamente molesto para el golfista por culpa del viento y con un recorrido con múltiples trampas. Golfear en Carnoustie se considera toda una proeza.
Carnoustie
El sistema de juego es una ronda diaria de 18 hoyos con varios cortes hasta la jornada final de la mañana del domingo. Quien acumule menos golpes al llegar a la mañana final se proclama vencedor del torneo. Van de Velde tuvo un discreto inicio tras el primer día para acabar en el puesto 24º. Poca cosa, más teniendo en cuenta que nos referimos al 152º del mundo se trata de un éxito morrocotudo.
Durante aquellos cuatro días Carnoustie estará envuelto en una tormenta de viento y agua de donde gran parte de los favoritos irán cayendo cansados de pelear contra los elementos. Tiger Woods, David Duval o Sergio García ya claudican al poco de empezar. La sorpresa se convirtió en realidad en el segundo día. Van de Velde suma una tarjeta prodigiosa de 68 golpes y se coloca segundo provisional tras el español Ángel Cabrera. En la rueda de prensa posterior los pocos periodistas presenten no saben ni cuál es su nombre de pila. El propio Van de Velde es el primer sorprendido y da por hecho que al día siguiente finalizará el cuento de hadas.
Así tendría que haber sido. Ocurre que no fue así. Despreocupado al golpear, con un estilo agresivo qué le beneficiaba por las condiciones inhóspitas de un campo donde el viento arreciaba con fuerza, se coloca en primera posición y se convierte en el máximo favorito al triunfo. Golpea sin miedo, fuerte, sin nada que perder, y la moneda siempre cae de cara.
Tras esa tercera ronda hay más de 200 periodistas en la sala de prensa. Los juntaletras franchutes han cogido un vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle y se han plantado en Escocia. Es sábado por la noche. Van de Velde no pegará ojo. Se pasará la tenebrosidad haciendo la tostada. Vuelta y vuelta. Y vuelta a empezar.
Amanece. Llega el domingo. Jean Van de Velde lo hace bien. A la altura del hoyo 18 lleva tres golpes de ventaja sobre el segundo. El par del hoyo está en cuatro golpes.
Si hace un doble bogey y emboca la pelota en el hoyo con dos golpes más de los que se establecen será campeón igualmente.
Vayan enfriando el champán.
Jean Van de Velde
Para iniciar el golpeo lo más recomendable en el hoyo 18 de Carnoustie es utilizar un driver para enviar la bola bien lejos. Sin embargo, con tres golpes de ventaja, lo más inteligente hubiese sido ser conservador. Con un viento arrollador como el de aquella mañana, más todavía. Van de Velde decidió arriesgar. Todos los comentaristas se llevaron las manos a la cabeza. Tras el impacto, la bola se elevó y Van de Velde la mandó al otro lado del campo, cerca del hoyo 17.
La jugada había sido catastrófica. Van de Velde mira al público, hace un gesto que parece decir con los hombros qué no todo puede ser perfecto y el público le ríe la gracia.
Podemos arreglarlo.
Con todo, con un buen golpe, usando un hierro largo, aún podría mandarla al green y recuperar parte de lo perdido. Van de Velde tomó impulso con su estilo elegante y napoleónico, impactó con la bola…y escuchó un ruido sordo. La bola chocó en algún punto de la grada, rebotó contra la valla que separa al campo de los espectadores, aporreó un muro y fue a parar a 57 metros del hoyo 18 en medio de un montículo de hierba alta.
Aquello era un desastre.
Amplio suspiro.
Van de Velde había dilapidado su ventaja. Ahora necesitaba acertar con el tercer golpe si no quería ver comprometida su victoria. Con la mirada perdida y sin parecer comprender nada de lo que estaba a suceder, golpeó la bola para sacarla de su prisión con tal mal tino que cayó en el arroyo que la separaba del green. La bola pasó a hundirse en el fondo del agua. Y ese no era el único problema. Ya no sólo había que sacarla del agua, sino superar un muro que había enfrente del líquido elemento.
Van de Velde decidió remangarse el pantalón y comprobar la magnitud del desastre.
Aquella imagen forma parte de la mitología del desastre deportivo.
El hundimiento
Van de Velde ya no sabe ni lo que está haciendo. La gente lo ovaciona con más pena que ganas. Repasemos un instante. Le bastaba con hacer seis golpes en un par de 4 (sencillísimo para un golfista profesional) para lograr un torneo que nunca hubiese imaginado haber ganado. De repente se encuentra con que ya ha dado tres… y su bola está en el agua. Entra en pánico. Empieza en su cerebro una cuenta atrás frenética; ¿Cuántos golpes me quedan para ganar el torneo? Tres. Si consigo meter la pelota en el hoyo después del tercer golpe ganaré el British Open.
La televisión enfoca a su esposa. Tiene las manos tapándose la cara.
Ante la imposibilidad de golpear la bola en el agua, Van de Velde decide cogerla con la mano y colocarla sobre el césped para golpearla. Ese movimiento es lícito en el golf, aunque supone sumar un golpe más en la tarjeta del golfista. Se sienta en el borde, se quita los zapatos y los calcetines, se arremanga los pantalones como un percebeiro y baja al riachuelo para tomar la decisión. Si lo que quería era ser recordado, lo está consiguiendo. Otra imagen que dará la vuelta al mundo. Son pues cinco golpes. Uno sobre el par. Peligro.
O percebeiro
A 45 metros del hoyo Van de Velde se juega el todo por el todo. Al salir de la ría, se seca con una toalla los pies y las piernas, vuelve a bajarse el pantalón, ponerse las zapatillas con clavos e intenta parecer un jugador de golf. El golpe es elegante y balanceado…y es horrible. La bola se va a la arena. Y desde allí comprueba como Craig Parry hace el hoyo 18…en tres golpes. En ese momento Parry queda en quinta posición, Cabrera en cuarta y Van de Velde ya no tiene opciones matemáticas de ser campeón. El escocés Paul Lawrie y el estadounidense Justin Leonard lideran el British Open. Van de Velde únicamente puede empatar con ellos si emboca la bola en su séptimo golpe.
Séptimo golpe. Van de Velde bambolea los brazos…y el golpe es perfecto. La bola sale de su prisión, enfila el green y entra en el hoyo. Hay triple empate.
Toca una ronda final de tres hoyos para un desempate.
Apenas hay tres cuartos de hora de descanso antes de poner rumbo a esa ronda final. Para Van de Velde no es tiempo suficiente para tomar conciencia de lo sucedido. Ha perdido el British Open cuando lo tenía ganado. Tres golpes de ventaja en el último hoyo es como ir ganando 3-0 en un partido de fútbol a diez minutos del final. No hay opción para Van de Velde en el playoff. No compite. Deambula. Paul Lawrie gana el British Open.
Van de Velde ni siquiera es segundo. Finalizará tercero.
Van de Velde ha quedado asociado para siempre como ejemplo de fracaso deportivo. Se retiró en 2008 y nunca jamás estuvo ni cerca de proclamarse vencedor de ningún gran torneo de golf. Y, con todo, su legado es más que positivo. Siempre contestó con una sonrisa a las preguntas, a las burlas o a las mofas sobre su desgracia. Extremadamente educado, hoy en día se gana la vida dando conferencias sobre como aprender de los fracasos. Tiene también una escuela de golf para niños. Es la más destacada de Francia. En la actualidad Francia cuenta con unas 300.000 licencias de golf, diez veces más que cuando el niño de Mont-de-Marsan miraba desde su ventana hacia el infinito. El crecimiento es continuo desde que Van de Velde decidió convertir un domingo de ensueño en una pesadilla de época.
Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.
Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.
Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.
Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.
Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.
OJ Simpson y Nicole Brown
Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.
Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.
Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.
Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.
Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.
El adiós de Palmer
Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.
A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.
Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.
https://www.youtube.com/watch?v=EyAC4bPe0wY
— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —
Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.
Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.
Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.
Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.
La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.
Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.
Olajuwon (izq) y Ewing (dch)
Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.
En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.
En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.
Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.
¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.
El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.
OJ y los guantes de la discordia
P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.
Otras historias típicamente estadounidenses
Jim Thorpe (un camino iluminado por un gran relámpago)
Bobby Jones tenía entonces 19 años. Era la primera vez que estaba en Saint Andrews, camino de las Tierras Altas de Escocia. Iba a participar en el British Amateur, uno de los cuatro grandes. En esa época había una clara distinción entre golfistas amateurs y profesionales. Los dos grandes torneos eran el US Open y el British Open. Eran torneos abiertos donde podían competir los que se tomaban el golf como diversión y los que lo usaban como medio de vida. Los otros dos grandes en tiempos de Bobby Jones eran el British Amateur y el US Amateur. Jones ganó los cuatro en 1930. Sigue siendo el único golfista de la historia capaz de completar el Grand Slam en el mismo año. Después estos dos torneos amateurs, aun en funcionamiento, fueron sustituidos en la cúpula del golf por el PGA Tournament y por el Masters de Augusta. Éstos dos últimos, junto al US Open y al British Open, forman en la era profesional el Grand Slam. Pero esa es otra historia.
Volvamos a 1921.
Decía que Robert ‘Bobby’ Tire Jones contaba entonces con 19 años. Jones había encandilado al público durante las dos primeras vueltas. Era la primera vez que el georgiano cruzaba el charco, pero su fama le precedía. Con 14 años había llegado a liderar el US Amateur, aunque los nervios le traicionaron en los hoyos finales dejando el triunfo para un futuro no muy alejado en el tiempo. Aquel día estaba en el campo un tal Grantland Rice, uno de los primeros mandamases del periodismo deportivo, que calificó a aquel niño como ‘potro desbocado’ capaz de obtener lo que quisiera si controlaba sus nervios. Pero Jones, tan genial como insensato, no solo tenía clase, sino que enamoraba al público. Sonreía a diestro y siniestro, se paraba a tomar un refresco u ofrecía chicle a sus descolocados rivales, patidifusos ante un comportamiento tan impropio de un deporte tan rígido como el golf.
El caso es que en 1921 Bobby Jones ya era un hombre hecho y derecho. Tenía el British Amateur a sus pies, pero un vendaval de aire propio de Escocia lo sumió en el fango y hubo que abandonar el liderato de la prueba. Pese a que Jones aún optaba al título, la serie de catastróficas desdichas prosiguió en el hoyo 10, de donde salió con un aparatoso doble bogey (es decir, dos golpes por encima del par del hoyo), y continuó en el hoyo 11, donde la bola se fue a la arena. Cuatro veces lo intentó y las cuatro veces la pelota, terca, volvió hasta su ser. Explotó entonces Bobby Jones. Cogió la bola, la guardó en el bolsillo, rompió la tarjeta de juego donde apuntaba sus golpes y la tiró al río para que la corriente del Mar del Norte hiciese el resto del trabajo. Los escoceses no daban crédito. Nadie abandonaba nunca un torneo de golf, y muchos menos en Saint Andrews. Era como escupirle a tu madre en la cara. Lo de potro desbocado fue lo más bello que le llamaron. Fue como Jesucristo en la cruz. Humillación tras humillación. El escarnio al que fue sometido Jones fue diabólico.
Nunca más volvería a pasar.
Bobby Jones se iba a convertir en el epitome de la caballerosidad, la educación y el buen comportamiento. Bobby Jones iba a ser el mejor jugador tanto dentro como fuera de un campo de golf. Iba a establecer una forma de ser imitada y venerada con el paso del tiempo.
Bobby Jones
Bobby Jones nunca llegó a jugar de forma profesional porque nunca quiso. Se retiró a los 28 años. Ganó el British Amateur (1930), el US Amateur (1924, 1925, 1927, 1928 y 1930), el US Open (1923, 1926 y 1930) y el British Open (1926, 1927 y 1930). Luego, tras ese año 1930 perfecto, se retiró. Tras librar una batalla contra sus impulsos, Bobby Jones encarnó la perfección. Todas sus victorias fueron exquisitas. Todas sus derrotas fueron legendarias. Se cuentan por varias las veces que renunció al triunfo por considerar que no se había comportado de forma correcta. “El golf competitivo se juega en un campo de unos quince centímetros. El espacio que separa tus orejas”, diría en cierta ocasión. Era un caballero, y los caballeros no cobran por jugar. Así que decidió poner fin a su exitosa pero corta carrera.
Y decidió dedicarse a otra cosa.
Bobby había sido un niño enfermizo. A su padre, un reputado abogado de Atlanta, le recomendaron que su hijo practicase deporte para fortalecerse. Así nació la pasión de Bobby por el golf. Con seis años ganó su primer torneo y de adolescente jugaba partidos de exhibición para recaudar fondos para las tropas norteamericanas que combatían en los campos de Europa durante la I Guerra Mundial. Luego, entre victoria y victoria, tuvo tiempo de sacarse dos carreras; una en ingeniería mecánica, otra en literatura inglesa, además de hacer un máster en derecho para unirse al bufete de abogados de su padre.
Cuento todo ello porque Bobby Jones, además de gran deportista, era inteligente y aplicado. Y vivía bien. Muy bien. Por ello no quiso hacerse profesional. Por eso entendía el golf como un pasatiempo. Pero era un pasatiempo caro. Costoso y elitista.
Y Bobby Jones estaba decidido a hacerlo democrático.
En septiembre de 1930, un mes después de su última victoria, Bobby Jones se hizo profesional. Mas su intención no era competir, sino diseñar. Lo primero que hizo fue entablar conversaciones con la empresa de material deportivo Spalding. Les presentó el diseño de unos palos de golf con varillas de acero emparejadas. Hasta entonces los palos eran de madera y aquello era revolucionario. Tuvo tal éxito que aquel juego de palos se mantuvo como el favorito de los profesionales hasta bien entrada la década de 1970.
Su siguiente objetivo fue convertir al golf en una causa popular. Y comprendió con tino como hacerlo. Era entonces la era dorada de Hollywood. Los actores eran nuevos ricos deseosos de obtener estatus social, pero también eran iconos sociales de renombre. A diferencia de empresarios, políticos o gente de alta alcurnia, los actores eran millonarios bien vistos por la sociedad. Gente sencilla a la que admirar e imitar. Jones supo ver más allá y comprender que convertir Hollywood en un campo de golf aumentaría en miles de personas los aficionados de un deporte considerado elitista.
Asociado con Warner Brothers, Bobby Jones apareció en un total de 18 cortos y largometrajes de carácter instructivo en los que tenían protagonismo algunos de los actores y actrices más famosos del momento. Los cortos se emitían en los cines justo antes de la emisión de otros largometrajes de la Warner bajo un sencillo y efectivo eslogan: “Los posibles golfistas del país pueden recibir las instrucciones de Jones por el precio de una entrada de cine”.
Pero la gran obra de Jones iba a ser otra. Durante años buscó una propiedad hasta que su amigo Clifford Roberts dio con ella. Se trataba de una plantación de añil situada en Augusta, Georgia, de donde era su suegra. Donde antiguamente se recogía flor para el tinte de ropa ahora yacía abandonada una inmensidad de tonos verdes. Bobby Jones puso 70.000 dólares para comprar la propiedad y convertirla en un campo de golf. Era 1933.
Un año después nació el Masters de Augusta. Con el tiempo el mejor torneo de golf del planeta.
Jones, conjuntamente con Roberts, concibió innovaciones que pronto fueron imitadas por el resto de torneos. Apostó cuerdas para controlar el flujo de multitudes y separar a golfistas de público. Instaló marcadores en todos los puntos clave del campo a los que añadió colores rojos y verdes para indicar puntajes por encima y por debajo del par. Creó un sistema de invitaciones internacionales para traer al torneo a golfistas de otras partes del planeta y se ofreció gratuitamente a las incipientes televisiones para darle cobertura al evento. Instituyó también el patrocinio y los pases VIP con los jugadores para obtener mayores ingresos.
Jones y Roberts
El campo es único. Todas sus distancias son milimétricas y se miden de cero a cinco. El recorrido es siempre el mismo, algo nada habitual en los torneos donde se hacen cambios en los green o reformas en los hoyos. Aquí no. Aquí los 18 hoyos son inalterables. Los hoyos están todos engalanados con numerosas flores que esperan pacientemente su turno en invernaderos y que son retiradas una vez fenece el torneo. Se dice que es un homenaje de Jones al antiguo valor que tenía aquella plantación. Las flores también rodean los búnkeres, los cuales no son de arena, sino partículas de cuarzo procedentes de las minas de Georgia.
En el Masters de Augusta no se puede correr, ni tomar el sol, ni sentarte en la hierba (hay bancos para ello). Tampoco se puede llevar la gorra del revés, ni dar propinas, ni enseñar la marca de tu ropa de manera visible ni llevar tu propia bebida. Son todo normas anacrónicas, pero son todo normas que casan con la idea de caballerosidad, elegancia y estilo que implantó Bobby Jones allá por 1934.
Augusta
Pero si hay algo que distingue al Masters de Augusta es su chaqueta verde. Su túnica sagrada. Los socios del Augusta National Golf Club ascienden a 300. Ni uno más ni uno menos. Solo cuando fallece uno puede acceder otro. A estos hay que añadir a los ganadores del torneo, que automáticamente forman parte del club y pueden jugar allí siempre que lo deseen. Jones y Roberts decidieron que los socios vistiesen una chaqueta verde como símbolo de distinción. Inicialmente la idea era que los socios pudieran ser claramente identificados durante la celebración del Masters cuando, en sus primeras ediciones, recibían exclusivamente un público selecto, de este modo, si alguien necesitaba orientación o asistencia, sabía a quien tenía que dirigirse. La idea fue copiada por Bobby Jones del Royal Liverpool Club Golf cuando asistió a una cena donde los capitanes de campo llevaban americanas a juego, para ser fácilmente identificables por los demás asistentes.
Así la chaqueta verde fue acumulando valor hasta que, en 1949, década y media después de la fundación del Masters de Augusta, Bobby Jones decidiese entregar una chaqueta verde al vencedor anual. Fue Jones quien adjudicó esa primera chaqueta y desde entonces es el vencedor destronado el responsable del acto de entrega al nuevo ganador. Hoy la ceremonia, televisada, se realiza dentro de las instalaciones del torneo y luego al aire libre frente a patrocinadores y público asistente.
La chaqueta solo puede ser usada dentro de las instalaciones del Masters, por lo que nadie puede llevársela como souvenir o como trofeo. La excepción se da entre aquellos que cuentan con más de una chaqueta, caso del español Severiano Ballesteros, pero siempre conservándola de forma privada y jamás vistiéndola o luciéndola en público.
Jack Nicklaus, 6 chaquetas verdes
Bobby Jones aparece siempre en la lista de los mejores golfistas de todos los tiempos. Pero su legado va más allá. Democratizó el juego, lo hizo popular y creó el torneo de golf más conocido y respetado de todo el planeta. Solo una mancha se cernía sobre él cuando falleció en 1971 a los 69 años de edad. Ningún negro había pisado hasta entonces los terrenos del Masters. No sería hasta tres años más tarde, en 1974, cuando Lee Elder se convirtió en el primer afroamericano en competir en Augusta.
Pero esa es otra historia.
“El golf es el juego más parecido de eso que llamamos vida. Usted obtiene mala suerte de buenos golpes y obtiene buenas oportunidades de tiros malos; pero hay que jugar la pelota tal y como te la encuentras”, Bobby Jones.
La Ryder Cup nació en 1927 como un enfrentamiento entre Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos países que aglutinaban el interés mundial por el golf en aquella época. Para ser más precisos, los orígenes del golf tienen sus raíces en Escocia y la Costa Este de Estados Unidos. Y es que fue en tierras escocesas donde juegos similares al golf o al hockey sobre hierba empezaron a practicarse desde la Edad Media y sería en Edimburgo donde a mediados del siglo XVIII se crearon las reglas del golf moderno. Luego los emigrantes escoceses introducirían el nuevo deporte en las colonias británicas, que más tarde serían el germen de los Estados Unidos.
En la década de 1920 el golf ya era un deporte preponderante entre la alta sociedad y a cada lado del Atlántico se jactaban de practicar el mejor golf conocido. En ese debate entre jugadores y aficionados surgió la idea de Samuel Ryder, un empresario del maíz residente en Londres. La afición de Ryder al golf comenzó cuando ya frisaba los 50 años. Fue debido a una recomendación médica cuando la práctica del deporte se convirtió en cotidiana para él. Comenzó con poco gusto, pero al poco tiempo se había convertido en un fanático. Su acomodada posición económica le permitió contratar a un golfista profesional como tutor personal y construirse un campo de golf en su mansión situada en Wessex.
Samuel Ryder
Dicho tutor era un tal Abe Mitchell al que había conocido en 1926 durante un torneo benéfico disputado en Sant Albans, al norte de Londres, con participación de deportistas de ambos continentes. Fascinado por la calidad de los contendientes, Samuel Ryder decide financiar un torneo que enfrente a Estados Unidos con Gran Bretaña bianualmente. Su idea y su forma de estructurar la competición a través de un duelo hoyo a hoyo (‘match play’) revolucionó el golf. Ryder puso en juego una copa de oro de 12 quilates que aún hoy se mantiene en liza.
En aquella primera edición celebrada en Massachusetts en junio de 1927 los estadounidenses demostrarían una superioridad que mantendrían con el transcurrir de los años. El barco ‘Aquitania’ llevó a los británicos al Nuevo Continente tras seis días de travesía en la que no pudo participar Mitchell por una inoportuna apendicitis. Mitchell había sido designado por Samuel Ryder como capitán del equipo británico, pero tendría que esperar a la siguiente edición disputada en Europa para lucir capitanía.
Y es que esas son las dos grandes señas de identidad de la Ryder Cup. Por un lado, es un torneo grupal en el que cada escuadra cuenta con 12 golfistas a los que hay que añadir un capitán. La fórmula de competición (la ya citada forma del ‘match play’) se basa en el juego por hoyos durante tres días, en los que primero se compite por parejas y en la jornada del domingo se finaliza con 12 duelos individuales. En la modalidad de juego por parejas cada miembro del dúo alterna las salidas (uno sale en los hoyos pares y otro en los impares) y los golpes hasta acabar el hoyo. Para puntuar cuenta el mejor resultado de uno de los miembros de la pareja en cada hoyo.
La segunda característica es su sistema bianual rotatorio entre continentes Tan sólo el periodo entre 1939 y 1945, cuando tuvo que ser cancelada debido a la Segunda Guerra Mundial, y la edición del año 2001, que tuvo que ser retrasada un año porque iba a tener lugar pocos días después de los atentados del 11-S, alteraron su curso. Es por eso que desde el año 2002 el torneo se celebraba en los años pares, hasta que el coronavirus hizo retrasar la edición de 2020. De esta forma en 2021 se ha vuelto al sistema de años impares.
En 1973, tras un dominio arrollador por parte estadounidense en el que los británicos tan sólo lograron una victoria en cuatro décadas, se decidió ampliar a Irlanda el equipo europeo. Sería con la aparición fulgurante del español Severiano Ballesteros cuando todos los golfistas de la Europa Continental optaron a entrar en el equipo de la Ryder. Gracias a la influencia de Ballesteros la Ryder Cup salió por vez primera de las Islas Británicas para disputarse en Valderrama (Cádiz) en 1997. En 2018 sería turno de Paris. Desde ese 1979 el torneo es mucho más interesante, ya que el número de victorias se ha igualado (Europa 12- Estados Unidos 10).
El torneo asume sus particularidades. Cuenta con ceremonia de inauguración y desfile con izada de banderas y entonación de himnos. Más tarde tiene lugar la cena de gala con los equipos al completo en compañía de sus parejas, si es menester. Asisten también invitados de renombre, patrocinadores y grandes personalidades. Los 24 jugadores que forman parte de la Ryder Cup están obligados a visitar al sastre y vestir impecablemente, tanto dentro como fuera del campo de golf, durante toda la semana.
Para la mayoría de los entendidos no existe Ryder más legendaria que la de 1969. El duelo iba empatado en el último hoyo del último enfrentamiento, cuando el estadounidense Jack Nicklaus dio por finalizado el choque antes de que el británico Tony Jacklin golpease la bola. ‘La concesión’, como así quedó el hecho reflejado para la posteridad, permite que un golfista de por acabada para su rival la disputa de un hoyo antes de embocar definitivamente. Se da por hecho que el golfista va a embocar y así se le libra del mal trago de fracasar. Jacklin tenía que meter la bola a menos de un metro para empatar, pero en caso de fallar su equipo perdería el torneo y, de paso, su reputación quedaría tocada de por vida. “No creo que hubieses fallado, pero mejor no darte la oportunidad”, le comentó Nicklaus a su oponente.
Lo cierto es que desde aquel primer torneo de 1927 en el que Samuel Ryder donó una copa de oro como premio al equipo ganador, la Ryder Cup ha crecido de tal forma que hoy es un monstruo que genera cientos de millones de euros y tiene una audiencia planetaria estimada en 600 millones de telespectadores. Curiosamente, los golfistas no perciben ni un euro, siendo la Ryder Cup el único torneo del circuito en el que la gloria y el honor sustituyen al profesionalismo.
Ceremonia Ryder 2018
“El golf es un juego en el que se coloca una bola de unos centímetros de diámetro sobre otra bola de 12.000 kilómetros de diámetro. Todo consiste en darle a la bola pequeña sin tocar la grande”. Charles Chaplin, actor y golfista aficionado.
«En el tenis, el número uno del mundo pasa el 90 por ciento de su tiempo ganando, mientras que el golfista número uno del mundo se pasa el 90 por ciento de su tiempo perdiendo. El golf es el juego de los grandes perdedores». David Feherty, golfista profesional.
No es el golf un deporte de ricos, pero sí que es un deporte de élites. Es un juego sencillo en su concepción y complicado en su ejecución. Es abierto y libre de pensamiento, pero enclaustrado y rígido de concepto. Cada golpe es un reto en un entorno incomparable. El olor del césped recién cortado, el silencio y la simbiosis con la naturaleza es formidable. Por lo general es sosegado y pocas veces apasionado. Y una de esas pocas veces es durante la celebración de la Ryder Cup.
La Ryder Cup se trata de un torneo ‘match play’ en el que ‘grosso modo’ se combinan partidos individuales con encuentros por parejas para sumar un total de 28 partidas, siendo vencedor el equipo que suma un mayor número de victorias parciales. La historia de la Ryder Cup comienza en 1927 y, a excepción del interludio provocado por la II Guerra Mundial, enfrenta a los mejores golfistas de Estados Unidos contra los de Gran Bretaña. La gracia del evento es que se trata de una competición por equipos cuando el golf, al igual que el tenis, es un deporte que rezuma individualismo.
A pesar de que durante el fin de semana de la Ryder las imágenes televisivas nos abruman con excitantes anuncios de BMW, Rolex, Emirates y otras marcas sinónimas de lujo y ostentosidad, la gracia de la Ryder es que se trata de la única competición que no reparte premios. Los jugadores sólo compiten por la gloria. Obviamente la estancia y los viajes corren a cargo de los patrocinadores, pero no existen las primas ni el dinero en metálico. Sólo el goce y la honra. Los 24 golfistas que forman parte del torneo están impecablemente uniformados tras una tradicional visita al sastre y en ningún momento lucen publicidad de la casa de ropa con la que tienen firmado un contrato.
Vendido como una competición entre el regio y elegante golf británico y el potente y cautivador golf americano, lo cierto es que la Ryder perdió poco a poco interés ante el insultante dominio de los yankees. Entre 1947 y 1977, Estados Unidos únicamente dejó que Gran Bretaña consiguiese ganar el trofeo en una ocasión. Entre medias, la vida y el golf cambiaron. 6 días tardaron en llegar a Nueva York los integrantes del equipo británico que se subieron a un transatlántico para disputar la primera edición. 60 años después, en apenas 4 horas, el supersónico Concorde estaba listo para dejar a los europeos en la pista de aterrizaje de un aeropuerto norteamericano.
Tras la enésima victoria de EE.UU en 1977, se empezaron a buscar fórmulas para relanzar el torneo. El hombre que más ansia puso en llevar a cabo ese cambio fue Jack Nicklaus, quizás el mejor jugador de golf de siempre y 5 veces ganador del trofeo. Nicklaus consideraba que el dominio de sus compatriotas estaba devaluando el torneo y sabía quién podía relanzarlo. Estaba cautivado por el juego de un chaval de 20 años, con un descaro y un desparpajo impropio de un deporte serio, reservado y atado a normas de cortesía. Ese chaval no era ni de Ohio ni de Lancaster. Era un español de Cantabria y se llamaba Severiano Ballesteros.
Cualquier golfista, tanto del presente como del pasado, considera que fue Ballesteros quien lanzó un torpedo en la línea de flotación del golf tradicional. Seve trajo la pasión al golf. Los arrebatos, la magia y la insolencia. Lo liberó de su corsé. En palabras del escocés Colin Montgomery, “Ballesteros simboliza al golf europeo”. El circuito estaba lleno de jugadores con carisma, pero Seve le inyectó de espíritu y de simpatía.
En 1979, los españoles Severiano Ballesteros y Antonio Garrido formarán parte del primer equipo europeo que competirá en la Ryder Cup. Perdieron. Y claramente. Hasta 1985 no lograrían su primera victoria, con un Ballesteros en plan imperial. A partir de entonces alemanes, suecos, franceses, daneses o italianos contribuirán a mejorar el palmarés y la competitividad de la Ryder, que desde aquel año presenta un balance mucho más igualado de 11-8 a favor de los europeos. Cuando en 1987 Europa ganó por primera vez la Ryder en suelo estadounidense, Jack Nicklaus, por entonces capitán del equipo norteamericano, sentenciaría: “Yo no tengo en mi equipo a un Severiano Ballesteros”.
Ballesteros aportaba salsa a la Ryder. Tuvo problemas extradeportivos con Paul Azinger, rival norteamericano durante muchos años. Solía hacer comentarios irónicos y despectivos a la prensa que encantaban en Gran Bretaña. Allí adoraban a Seve. Veían indecoroso que un británico fuese lenguaraz y socarrón, por lo que les encantaba que un europeo se lanzase al fango para defender el orgullo británico.
Como en tantas otras ocasiones, la unión deportiva de Europa estaba muy por delante de la unión política. Se trata de una lógica cultural y geográfica presente en multitud de pruebas deportivas. En aquella Ryder de 1979 formaron ambos equipos contendientes antes de empezar a patear las bolas. Tras un breve silencio una banda de música comenzó a interpretar ‘The Star-spangled banner’, o lo que es lo mismo, el himno de Estados Unidos. Luego fue el turno de ‘An die Freude’, que no es otra cosa que la antesala de la 9ª Sinfonía de Beethoven el himno (por entonces oficioso) de la Unión Europea. Lo curioso es que fue la primera vez que los británicos tuvieron que escuchar los acordes de Beethoven y lo hicieron por culpa de dos españoles, que, geográfica y culturalmente estaban en los bordes de Europa y que políticamente aún veían Europa en la lejanía.
“Querer a Seve era inevitable, salvo un fin de semana cada dos años”. Paul Azinger, jugador estadounidense de la Ryder Cup (1989-2002).