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Buenos Aires

Brown, Buchanan, Watson Hutton o Moore. Esos eran los nombres de los futbolistas rioplatenses a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Británicos que llegaron a Sudamérica para trabajar, cuyos hijos fueron a colegios ingleses y cuyos nietos acabarán siendo criollos. Por ende, sus bisnietos cien por cien rioplatenses. En el cauce suroeste del río fueron en busca de progreso italianos, húngaros y hasta brasileños, combinando una maraña de sangres e ideas. Los argentinos, quienes habitaban esa ribera del estuario de La Plata, mezclaron lo propio con lo foráneo e inauguraron un estilo criollo (elegante e improvisado) que combinaron con el británico (fuerza y disciplina). A este estilo le llamaron jugar a la argentina y ya en el siglo XXI el marketing hizo lo suyo y pasó a llamarse jugar a la nuestra.

El fútbol pronto se convirtió en el deporte nacional en Argentina. Al juego táctico se le unió el de potrero. Al británico fuerte y corpulento el criollo enjuto y habilidoso. Al tiro largo, el regate interminable. El Río de la Plata era una marmita de creatividad sin igual y en cada barrio de Buenos Aires iba a surgir un club. Cada equipo tiene su estadio, una peculiaridad que comparten con las escuadras ingleses evitando así su dependencia del poder público. Además, cada club tiene su sede social y deportiva. Las sedes sociales, en muchos casos con bibliotecas o salas de teatro, articularon la actividad cultural y recreativa de cada barrio durante gran parte del siglo XX. Bailes populares, bodas, bautizos y comuniones, carnavales o fiestas regionales de los distintos emigrados serán usados en los espacios de estos clubes deportivos.

Argentina es Buenos Aires. Y Buenos Aires es el Rio de la Plata. Tras zarpar de A Coruña, Diego García de Moguer descubrió para los europeos un inmenso estuario navegable donde años después se fundó la ciudad de Buenos Aires, asentada en torno a una plaza principal, hoy conocida como Plaza de Mayo. Los españoles le dieron vida, los italianos la reanimaron y los ingleses la capitalizaron. Sus hijos, los criollos que de allí surgieron, gobiernan una Ciudad-Estado, un ente independiente del resto del país, con su propia idiosincrasia y tenedor de las más grandes riquezas y de las más terribles de las pobrezas.

Donde el tango nació, de criollo corazón, suburbio que hoy reina en el mundo, cantaba Carlos Gardel. Hay tango, pero sobre todo hay fútbol. El Gran Buenos Aires, unos catorce millones de habitantes (la ciudad pasa de los tres) cuenta con 36 estadios con aforo superior a las 10.000 localidades. Madrid, con ciudad de tres millones y zona de influencia de más de seis, únicamente cuenta con cinco recintos y un sexto, Vallehermoso, en el que el fútbol es testimonial. Ciudad dual, el Paris de América, es Buenos Aires también la ciudad del mundo con más librerías por habitante. Dos corazones, el visceral del balón y el cerebral de la pluma. Británico y criollo. Dos mundos en uno.

Buenos Aires

De la Casa Rosada en la Plaza de Mayo hasta la Plaza Miserere, de la inmensidad de la Avenida 9 de julio a visitar boutiques, deambular por mercados y comer en un bochinche en Palermo o vagar por el bohemio barrio de San Telmo para seguir las huellas de Mafalda. Ese es el Buenos Aires del turista, del visitante. Luego hay otro. El Buenos Aires del bonaerense, el Buenos Aires puro.

Cada distrito, cada barrio, hasta cada calle, tiene su equipo de fútbol. Entre 1901 y 1912 se fundaron los clubes clásicos del fútbol argentino y rioplatense. River Plate, Boca Juniors, San Lorenzo de Almagro, Huracán, Vélez Sarfield, Racing, Argentinos Juniors, Chacarita, Atlanta, Independiente o Ferro Carril Oeste. A estos hay que añadir otros menores como Barracas, Defensores de Belgrano o San Telmo. Pero hay muchísimos más como Lanús, Defensa y Justicia, Banfield, Quilmes, Arsenal de Sarandí, Tigre, Nueva Chicago, Temperley…

El primer club que gobernó Buenos Aires y por ende Argentina fue el Alumni Athletic Club fundado en 1898. Club de estirpe inglesa, juego largo y balón a la olla. De 1901 a 1911 logró diez títulos ligueros consecutivos. Fundado por el escocés Alexander Watton Hutton, el Alumni tuvo su sede al norte de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, cuya distinción recuerda al prócer de la bandera albiceleste. Era y es Belgrano lugar residencial y de pasmosa elegancia, de casas palaciegas, colegios privados (Buenos Aires English High School fue el origen del Alumni), amplias avenidas, torres residenciales de buen vivir y, ya bien andado el siglo XX, incluso hogar del barrio chino bonaerense.

Desmantelado el Alumni con la llegada del profesionalismo, en el barrio de Belgrano surgió un nuevo equipo. Pronto recibirá el apodo de Los Millonarios y pasará a ser la envidia del resto de la ciudad. En Bajo Belgrano, en una zona de parques y adosados, se encuentra el estadio Vespucio Liberti, más conocido por todos como Monumental. La casa de Club Atlético River Plate, el rey de la zona norte de la ciudad. Mas lo cierto es que River es club rico por accidente. Los orígenes de River están mucho más al sur, en la desembocadura del Río Riachuelo, en el barrio portuario de La Boca, justo en el lugar donde se asentaron los primeros españoles para establecer una cabeza de puente que les permitiese avanzar tierra adentro.

La Boca. Barrio difícil y marginal. En la calle Caminito el colorido es inigualable. Artistas callejeros, casas de chapa y madera vertidas en mil colores, calles empedradas y brillo en los ojos. El Club Atlético Boca Juniors surgió en el barrio del mismo nombre. Boca y River compartieron orígenes italianos, pero mientras uno mudó en busca de la buena vida el otro se quedó a pie de puerto. El barrio y el río sirven de frontera entre el Buenos Aires ayuntamiento y el Gran Buenos Aires. Donde antes había miseria y estibadores ahora hay turismo, tango y arte, aunque los peligros siguen acechando al caer de la noche. Las famosas fachadas de colores dan vida a un barrio que tiene como colofón el azul y amarillo del Alberto Armando, más conocido como La Bombonera, la caja de bombones donde Diego Armando Maradona esparció su cátedra semana tras semana.

La Bombonera

Decíamos que el río, Matanza en su nacimiento y Riachuelo al fallecer, separa la ciudad de la provincia. Al otro lado del río está Avellaneda, antaño ciudad libre, hoy parte del Gran Buenos Aires. El Racing Club de Avellaneda fue el primer campeón argentino que ganó con once criollos en su escuadra inicial. Lo hicieron a través del juego corto, preciso, artístico e improvisado, de ahí que pronto fuesen conocidos como La Academia. Si la rivalidad entre River y Boca es enfermiza, no lo es menos la que hay entre Racing e Independiente. Lo más curioso es que El Rojo, el club que más veces ha ganado la Copa Libertadores, tiene su sede a escasos 400 metros de la su archirrival. Y es que Independiente y Racing pueden estar jugando como locales y escuchar los goles rivales sin molestarse en levantarse de su asiento.

Rivalidad a 400 metros de distancia

Regresando al corazón de Buenos Aires encontramos el barrio de Almagro, de origen italiano, agitada vida nocturna y que en estándares europeos denominaríamos como un barrio seguro. Allí se sitúa el quinto grande del fútbol argentino. El Ciclón gobierna una de las zonas más comerciales de Buenos Aires, pero sus orígenes fueron mucho más humildes. El Club Atlético San Lorenzo fue fundado por los salesianos con la idea de sacar de la calle a los niños del barrio de Boedo. El club tuvo sus orígenes en el proletario distrito del citado nombre a principios del siglo XX en el que luego surgirán los cafetines, el tango y los poetas. San Lorenzo fue el equipo de los españoles, de Isidro Lángara o de Ángel Zubieta, y luego lo fue del Papa Francisco.

San Lorenzo mantiene enconada rivalidad con sus rivales del sureste del barrio de Parque Patricios. Allí tiene su sede el Club Atlético Huracán, barrio donde se pastoreaba el ganado que llegaba del interior y en cuyos alrededores con el tiempo se abrió un gran parque en el momento que bloques de pisos sustituían a las antiguas industrias.

Volvemos a salir de los límites de la ciudad de Buenos Aires para viajar a la zona norte. Antes de adentrarse en los bajos del río Paraná, el Gran Buenos Aires dejará una sorpresa en dirección septentrional. Zona de marismas, clubes náuticos, barrios privados y centros tecnológicos. En la residencial Florida se asienta el Club Atlético Platense. En la más modesta y ligada al ferrocarril villa de Victoria está el Club Atlético Tigre. Ambos disputan el clásico del norte de Buenos Aires.

Ciudad del fútbol

Volviendo a las arterias principales de la ciudad de Buenos Aires nos encontramos con Chacarita Juniors. Nombre derivado de un colegio de la Compañía de Jesús y de la voz nativa chacra que significa granja. De la granja de los colegiales se pasó a Chacarita Juniors. Barrio de tradición militar y ferroviaria (como todo Buenos Aires) posee el mayor cementerio del país. Allí reposa Carlos Gardel, objeto de idolatría y símbolo cultural de Argentina tan solo igualado de Diego Armando Maradona.

Es curioso que tres de los cinco más grandes futbolistas de siempre sean argentinos. Más curioso aun es que ni Di Stefano ni Messi sean bonaerenses. El único que nació en la capital fue Diego Armando Maradona en la barriada de Villa Fiorito, como él mismo dijo barrio privado de agua y de luz. Si bien Maradona era de Villa Fiorito, sus primeros pasos los dio más al norte en el barrio de La Paternal defendiendo la camiseta de Argentinos Juniors. Barrio de origen obrero, hoy combina zonas comerciales y residenciales con otros inseguros y de construcción desenfrenada. Por último, y limitando con el barrio de La Paternal como con el de Chacarita, está Villa Crespo, barrio de moda, donde se ubica el Club Atlético Atlanta, el cual mantiene una fortísima rivalidad con Chacarita Juniors. Mientras los primeros son los bohemios, éstos últimos son los funerarios.

Ahora en el centro, antes en el oeste, el barrio de Caballito, barrio de cafés, conversaciones y restaurantes, destaca por el inmenso Parque del Centenario que conmemora la Independencia de Argentina. Hasta ahí llegaba el ferrocarril que salía cargado de reses desde el interior del país, la Pampa, para suministrar de carne a la capital y exportarla por todo el planeta. En 1904 los empleados ferroviarios fundaron el Club Ferro Carril Oeste, uno de los 18 clubes constituyentes de la primera liga de futbol y el club más laureado del país en materia de baloncesto. Con el paso de los años la industrialización hizo crecer la ciudad mucho más hacia el oeste y así sigue siendo hoy en día, ya que son los barrios donde se asientan migrantes internos y bolivianos, peruanos o venezolanos que buscan una vida mejor de la que tienen en sus lugares de origen. El Club Atlético Vélez Sarfield recogió la simpatía de muchos de ellos. Ambos conforman una encona rivalidad de la que Vélez es claro ganador. Al fin, de extracción social mucho más modesta es el Club Atlético Nueva Chicago del barrio de Mataderos, cuyo nombre ya evoca su origen criollo y rural. Las reses del ferrocarril del oeste eran procesadas en el barrio de Mataderos al que pronto se le comparó con la estadounidense Chicago por ser el centro de la industria de la carne norteamericana. Nueva Chicago mantiene también una bonita y enconada rivalidad con Club Almirante Brown.

Vélez Sarfield

Pero es en el sur de Buenos Aires donde se asientan los barrios de nivel socioeconómico más humilde. Más allá del Río Matanza se instalaron las industrias, los asentamientos irregulares y la violencia de los bajos fondos nacida del resquemor de los que trabajaban río abajo para pagar la vida de los que disfrutaban río arriba. Al sur de Avellaneda está el Arsenal de Sarandí (1957) que rivaliza por la hegemonía de la zona con el Quilmes Atlético Club (1887), el decano del fútbol argentino y que da nombre al barrio donde a finales del siglo XIX se ubicó la fábrica de cervezas más famosa de Latinoamérica.

Sarandí y Quilmes son dos ciudades satélites que nacieron y crecieron por la pujanza de Buenos Aires y al calor del mar y de la desembocadura del Río de la Plata. Cuando ambas crecieron se expandieron hacia el interior a donde estaban los entonces pueblos de Lanús y Banfield. Uno de esos grandes empresarios que hizo crecer Buenos Aires a golpe de explotar a sus conciudadanos fue el terrateniente Anacarsis Lanús, quien compró unos terrenos para crear una ciudad a su antojo. El Club Atlético Lanús nace al poco de consolidarse la ciudad al igual que el Club Atlético Banfield nace en la ciudad homónima. CA Banfield fue fundado en el siglo XIX por trabajadores ferroviarios de origen inglés y adquirió gran fama a mediados del siglo XX al ser el equipo del que era simpatizante Evita Perón.

Ya más al sur, en los límites del Gran Buenos Aires, está la ciudad de Florencio Varela, hasta no hace tanto zona rural y lugar de veraneo. Allí se fundó en 1935 el Club Social y Deportivo Defensa y Justicia, uno de los equipos con nombre más curioso que ha parido el mundo del fútbol. Defensa y Justicia es junto a Arsenal de Sarandí, Lanús, Argentinos Juniors (1 Copa Libertadores), San Lorenzo (1), Vélez Sarfield (1), Racing Club (1), River Plate (4), Boca Juniors (6) e Independiente de Avellaneda (7) los clubes bonaerenses con títulos internacionales.

Monumental (River Plate)

Y, por último, cumple señalar a Club Estudiantes y Club de Gimnasia y Esgrima, ambos de la ciudad de La Plata. No forman parte del Gran Buenos Aires, aunque si se sitúan dentro de la provincia de Buenos Aires. Los pincharratas de Estudiantes son otro de los grandes del fútbol sudamericano con sus cuatro Libertadores y la Copa Intercontinental de 1968.

“El fútbol inglés será más técnico y más efectivo, pero hay victorias sin pena ni gloria y existen derrotas que son amplios triunfos a puntos (…) solamente a los ingleses se les ocurre el fútbol con un pizarrón. Allá hay que ir a la escuela para hacer una rabona. Allá la técnica depurada, severa, concienzuda; aquí la gambeta, la gracia y la improvisación (…) mil veces los nuestros, aunque pierdan, porque dejaran un chachito de gracia en cada apilada, un granito de emoción en cada conquista”. Ricardo Borocotó, periodista deportivo argentino en 1928.

Otras historias del fútbol argentino

River Plate- Boca Juniors (una de las rivalidades más enconadas del fútbol mundial)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (la final de la Copa Libertadores que se disputó en el Bernabéu)

Cuando la Intercontinental era una carnicería (años de plomo liderados por los pncharratas de Bilardo)

Antes de que Nápoles amase a Maradona (cuando ‘El Pelusa’ era discutido a los pies del Vesubio)

Maradona (ángel y demonio en dos partes)

El camino a casa de Isidro Lángara (el gran delantero español al que la Guerra Civil llevó a Argentina)

Apuntes sobre una final (Messi contra Mbappé en busca de la victoria en el Mundial de Qatar

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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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Una historia del destino (cuando se estrelló el avión del United)

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El cumpleaños de Hitler (2ª parte)

Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.

Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.

Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.

Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.

En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.

Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

El Versalles nazi

Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.

Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.

Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.

Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.

Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.

Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.

Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.

Aquello era digno de dioses.

Olympiastadion

Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.

Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.

81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.

Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.

Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.

Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.

Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.

Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.

Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.

Hirohito (1901-1989)

El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.

De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.

The Beatles

Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.

Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.

El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.

Max Schmeling

El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.

La ceremonia había finalizado.

¡Sieg heil!

Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.

Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.

Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.

Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.

–  La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.

– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.

Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.

– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.

Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.

Adolf Hitler había muerto.

¡Sieg Heil!

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El cumpleaños de Hitler (1ª parte)

20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.

No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.

Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.

El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.

Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.

Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.

Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.

El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.

Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.

Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.

¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.

Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.

Germania

Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.

La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.

Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.

Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.

También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.

Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.

Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:

¡Sieg Heil!

Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.

Hitler en 1972

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La torre más alta del mundo (Torre Eiffel)

Caminada por millones de pies y gastada por miles de ruedas surge tras un enjambre de edificios perfectamente alienados la única batalla donde la luna saca bandera blanca y se retira desconsolada. Lugar de bulevares tan sublimes como crédulos, de museos fastuosos y restaurantes obscenos, de bosques magníficos y museos aparatosos, de colinas bohemias y puentes dispendiosos, de actores presuntuosos y de enmascarados sublimes, de piedra bañada en perfume y poetas que guardan guillotinas, de monárquicos republicanos y de ciudadanos del mundo de divino chovinismo.

Allí, donde el poeta dijo que todos tendríamos que ser enterrados porque es fiesta, allí, donde Enrique IV consideró que bien valía una misa, allí, donde los ojos café de Bogard nos aseguraron que siempre nos quedará, allí, donde la playa brotaba debajo de los adoquines, allí, donde quien no la visita nunca podrá ser considerado elegante. Allí es Paris. Dicen del que nace en Viena qué lo hace para vivir en Paris. Hay quien osa decir que morir de hambre en una calle de Paris es un arte. Y los hay, al otro lado del Atlántico, quienes sostienen que un buen estadounidense resucitará de entre los muertos para vivir en Paris.

Añádele tres letras y tienes paraíso, dijo Jules Renard.

Paris 2024

Paris era un universo dentro de un país. Sin embargo, era hueco, sucio y esquivo. Napoleón lo dotó de sueños, derechos y universalidad. Su sobrino era tan liberal como romántico, tan socialista como tradicionalista y tan ambicioso como incapaz. Y lo que su sobrino Napoleón III era, sin ningún género de duda, peor emperador que su tío. En cambio, fue mejor alcalde. Apoyado en el urbanista George Haussmann dotó a Paris de edificios altos y perfectos, iglesias mágicas y grandes alamedas que acabaron con las angostas, sinuosas e inmutables calles medievales.

Todo fue abrazado por unas gentes volátiles y complacidas que disfrutaban de su recién estrenada libertad en las galerías, en los teatros y en los cafés dando luz al genio, a la filosofía, a la frivolidad, al arte y, ¿por qué no?, también a la santidad y a la guerra. Todo el mundo fuera de esta realidad se hundía en la oscuridad y quería acercarse a ella, porque todo Paris era bueno, era bello y era esencial.

Los árboles majestuosos se afeitaban y se acicalaban para proteger con sus ramas a unas calles en las que los desamparados y los descarriados guardaban sus esperanzas en las aguas ensangrentadas y sudorosas del Sena. En Paris la conciencia era igual de corazón que de razón. Era Paris el lugar elegido por Dios para bajar a la Tierra. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Todo Paris agita a las naciones del mundo y las guía”, dirá Víctor Hugo cuando el plan urbanístico de la ville lumière termine en 1867 y escriba la que es considerada primera guía moderna de la ciudad.

Y fue entonces cuando apareció ella.

Para 1889 Paris iba a albergar la Exposición Universal y de paso celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Hoy suceso menor, entonces se trataba de un acontecimiento extraordinario en el que se presentaban inventos, nuevos materiales y nuevas ideas desde un marco incomparable. En apenas unos kilómetros cuadrados se concentraban algunas de las mentes más brillantes del planeta en una época en la que los grandes desplazamientos seguían siendo una quimera.

En la Exposición de Paris 1889 más de 30 millones de visitantes en seis meses contemplaron maravillados los progresos en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. También observaron con curiosidad la nueva cerveza de la casa neerlandesa Heineken, al temido Buffalo Bill convertido en una atracción de circo con indígenas, frutas exóticas como la piña y hasta música hawaiana, la cual cautivaría a un Claude Debussy quien semanas después compone Claro de Luna.

No obstante, la Expo de 1889 es la exposición del ferrocarril. Las locomotoras diseñadas en Gran Bretaña hacen las delicias de los visitantes, pero Francia guarda un as bajo la manga. Francia quiere demostrarle a los británicos que está preparada para rivalizar con ellos por el mando del mundo. Se crean galerías coronadas con cúpulas monumentales y pabellones dispersos por los jardines de todo Paris. La joya de la corona es la Galería de las Máquinas, con una extensión de 420 metros por 110 metros sin ningún punto de apoyo y que entonces es el edificio más grande del mundo.

Mas eso no era suficiente. El Gobierno francés quería algo majestuoso para conmemorar el centenario. En aquellos días los avances industriales y científicos son acelerados. Es lo que se dará en llamar la Segunda Revolución Industrial. Se desarrolla el capitalismo, se acepta el darwinismo, surgen los barcos de vapor, aparece la organización del tiempo del trabajo, los fertilizantes multiplican el rendimiento del campo y el acero y el aluminio cambiarán el sistema de producción. Semejantes avances hacen que el ser humano comience a cuestionar la existencia de un dios y pasa a creerse por sí mismo un dios propio. Y no hay mejor formar que conmemorar el progreso y mostrar tu divinidad que llegar a los cielos.

Y eso es lo que Francia se propone hacer para la Exposición de 1889.

No olvidemos que Julio Verne ya había ido a la Luna, recorrido 20.000 leguas en submarino y había dado la vuelta al mundo en 80 días. No había escritor más leído en el mundo en aquel momento y sus fantasías pseudocientíficas fascinaban de igual manera a los hombres que pisaban moqueta que a aquellos que pasaban hambre. Todos los países industrializados soñaban con construir un edificio de 1.000 pies, una frontera que se consideraba inabarcable para el ser humano. Esos 1.000 pies (300 metros) era el reto que Francia iba a presentar al mundo.

Se presentaron dos proyectos tan costosos como dificultosos. El primero era una torre de granito de 1.000 pies de forma circular y que en su cima tendría unos focos gigantescos que servirían para iluminar de noche buena parte de Paris a través de un sistema de espejos. Edison acaba de presentar un sistema de iluminación eléctrico que sustituía al gas y a las velas de las calles neoyorkinas. Era, pues, una idea con todos los visos de victoria. Era útil, arquitectónicamente perfecta, pero se tenían ciertas dudas sobre su viabilidad.

El otro proyecto consideraba una torre de hierro forjado de tres niveles con la posibilidad de crear dos terrazas a distintas alturas para que los visitantes pudiesen contemplar Paris a vista de pájaro. Para salvar la altura del segundo al tercer nivel se construirían un grupo de ascensores, invención presentada por Elisha Otis, y que permitía por vez primera hacer viable la construcción de rascacielos. Esta idea fue presentada por el ingeniero civil Gustave Eiffel y era de una perfección técnica envidiable. El problema es que era inútil y costosa.

Y fea.

El hierro era visto como un material de construcción. En las construcciones se usaba en vigas y se escondía para no dañar a la vista. Su uso ornamental era inexistente. Todos los intelectuales de Paris criticaban la construcción de una torre que haría minúsculo Notre Dame o el Arco del Triunfo y que destrozaba la estética clásica que Haussmann le había dado a Paris. Eiffel tiene todas las de perder, pero el Gobierno francés no quiere gastar miles de millones de francos en un proyecto del que no tiene la seguridad de que funcione, así que descarta la torre de granito y decide negociar con Eiffel.

La construcción

Eiffel recibirá un crédito que tendrá que devolver en un plazo de diez años. A cambio Gustave Eiffel tendrá el total control de los beneficios de explotación en los siguientes 25 años. No podrá construir la torre en el Campo de Marte para no dañar la estética parisina, por lo que tendrá que ensamblar las piezas en su taller de las afueras de Paris y trasladarlas de cuanto en cuanto a lo largo de dos años y gracias a la ayuda de 250 obreros. Un contratiempo que hará aumentar los costes. Por último, le imponen al arquitecto Charles Garnier, un firme opositor de la Torre Eiffel, para que ejerza de mano derecha y asesore a los ingenieros en términos de hermosura.

Con 330 metros la Torre Eiffel es inaugurada en marzo de 1889. Fue durante cuatro décadas el edificio más alto del mundo hasta que en 1930 se construyó el Edificio Chrysler de Nueva York. En tres años Gustave Eiffel recuperó el dinero invertido gracias al éxito obtenido. Un día se registraron más de 400.000 visitantes. Para entender la magnitud de la cifra basta recordar que en la actualidad el número medio de afluencia es de 25.000 por jornada.

La Torre Eiffel le permitió al hierro formar parte de la vida urbana, no sólo como material de construcción, sino también de ornamento. Mas no fue fácil. Poco antes de acabar la concesión se daba por hecho que se desmantelaría. Fue entonces cuando un alto mando del Ejército Francés se puso en contacto con Eiffel para instalar en lo alto un sistema de radio que permitiese salvar amplias distancias y poner en contacto inmediato a Paris con los cuarteles militares de la frontera francogermana. Eiffel aceptó de buen grado, corrió él con los gastos y la Torre siguió en pie. A partir de la década de 1960 recuperó el brillo de antaño resistiendo a los efectos de la corrosión y se convertirá en un éxito masivo y constante para el turismo además del símbolo universal de Francia tan bello como cualquiera de los bulevares y de los edificios diseñados por el Barón Housemann.

Ohh la lá!

El resplandor de Paris no necesita del deporte. Entonces tampoco necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 23 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán y Mánchester tienen dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Mánchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

La excepción a la regla es Londres (Chelsea FC) y no lo fue hasta 2012 por el empeño de un magnate ruso de los hidrocarburos llamado Roman Abramovich. Es decir, por causas externas. Exceptuando Londres (la segunda), las otras tres capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Paris y Berlín. La quinta en la clasificación es Madrid, quince veces victoriosa. Pero la sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol. Y si seguimos bajando en la escala nos encontramos a Viena, otra ciudad huérfana de éxitos con el balompié. Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Mánchester es (o era) el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ha ganado la Copa de Europa para Londres! ¡Y dos veces! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX, cuando Hausemann diseñaba buhardillas, apartamentos y palacetes, mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo que se hacía en los palacetes en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain. El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandarán a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos y luego asaltarán el mercado mundial a base de petrodólares. Pero no funciona. La máquina gripa. El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es très chic. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. ¿Cuándo? No se sabe. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlín si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

¿Quién quiere fútbol?

Por eso en Paris 2024 la Ceremonia de Inauguración no tuvo lugar en un estadio olímpico. No. Transcurrió en Paris. En sus calles. Bordeando el Sena. Paris no tiene que crear grandes instalaciones deportivas, ni rehabilitar barrios deprimidos ni engalanar sus aceras. No hace falta. Sólo tiene que decidir si hoy viste de Givenchy, mañana de Dior y el domingo de Chanel. Por eso el mejor escenario de los Juegos está en la calle.

Y no existe mejor lugar que a los pies de la Torre Eiffel.

El Campo de Marte es uno de los espacios verdes más reconocidos en todo el mundo. Encajonado entre la Escuela Militar al sur y la Torre Eiffel y el Sena al norte, esta explanada verde fue utilizada durante siglos como terrenos de entrenamiento y marcha por el ejército francés y hoy es lugar de sándwiches y refrescos para parisinos de diario y parisinos de vuelos baratos.

Todos los años se aprovecha el lugar para celebrar una competición de hípica, aunque curiosamente la vieja dama de hierro no vera caballos bajo sus pies. En el Campo de Marte se edificó un recinto temporal de 10.000 metros cuadrados que albergó las competiciones de judo y de lucha libre. Mientras, la arena cubrió el césped para darle a los competidores en vóley-playa las mejores vistas de todos los Juegos.

La playa de Paris

La Torre Eiffel gana a los lejos y pierde de cerca como una vieja dama bien arreglada. Lo que es inalterable al asombro humano es su fastuosa altura. Desde los orígenes ha sido escenario de múltiples hazañas deportivas. En 1905 tuvo lugar la primera competición que premiaba a aquel que subiese en menor tiempo los 674 peldaños de la Torre. Luego dejarán subir los 1665 completos. Los casi 1.000 de diferencia están cerrados al gran público y sólo se pueden salvar vía ascensores. Antes ya se había circundado la Torre Eiffel a base de dirigibles y motocicletas y después se hará con aviones y automóviles.

La Torre Eiffel también ha sido escenario de competiciones paracaidistas y de descensos y ascensos en bicicleta. En 1964, para celebrar su 75 aniversario, dos montañeros franceses treparon por sus remaches de hierro y años después se permitirán hazañas de equilibrismo desde la Vieja Dama. No pasará lo mismo con el puénting, que es penado por ley. Sin embargo, sí que se han organizado cursos de buceo en piscinas instaladas en la planta baja de la Torre o se han celebrado competiciones de patinaje en el mismo lugar.

En el año 2015 se da una vuelta de tuerca con la celebración de La Verticale, una carrera que se disputa subiendo a pie las escaleras de la torre hasta la cima. Fue un éxito y su crecimiento es exponencial año tras año. La Verticale invita a los aspirantes a subir los escalones del monumento hasta el tercer piso, donde se encuentra la línea de llegada, tras trepar 1665 escalones para llegar a su cima y sobrepasar los cerca de 300 metros de desnivel. Los candidatos al trofeo superan la centena y se enfrentan al reto por turnos siguiendo un orden establecido por la organización. La carrera se celebra en marzo y su salida se programa a las 20.00 horas cuando la noche ya le gana al día y termina más de dos horas después coronando al rey de la Torre Eiffel.

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En cada edición de los Juegos Olímpicos hay una estrella. Un deportista que es la excelencia dentro de la excelencia. En ocasiones ese elegido entre los elegidos no es uno solo. Pueden ser dos o hasta tres. Un rey o una reina sobre el tartán, otr@ surcando las aguas y un tercero entre anillas, potros y colchonetas. Lo curioso de Paris no es que hubiese uno ni dos ni tres. Es que hubo uno en directo y otros dos en diferido.

Fue en 1981. Medio siglo más tarde. Chariots of fire (Carros de fuego) gana cuatro Oscars, entre ellos el Oscar a la mejor película. Entre los que pusieron la pasta, por cierto, estaba el hijo de un multimillonario egipcio llamado Dodi Al-Fayed. Años después fallecerá en un accidente de tráfico junto a Lady Di, princesa de Gales, que en ese mismo 1981 contraía nupcias con el hoy coronado Carlos III del Reino Unido. El caso es que Chariots of fire ha pasado al imaginario colectivo gracias a los sintetizadores y al teclado de Vangelis y su banda sonora, canción por antonomasia para una carrera o un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

Carros de fuego cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Liddell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Liddell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Liddell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de por qué tan singular título para una película de atletismo. Y es que Carros de fuego hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford. Pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados. Eric Liddell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Liddell tenía seis años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le acarrearía licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar dos torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí, ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Liddell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Liddell era un predicador protestante. Así, meses antes de los Juegos, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Liddell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Liddell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad. En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un religioso radical a los Juegos. Otros, deslegitimaron a Liddell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Liddell se presente en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra. A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Liddell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Faltaban los 400 metros. Por la calle siete, sin referencias y con un estilo poco académico de boca abierta y cabeza inclinada, Eric Liddell lograba la medalla de oro y destrozaba el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente, a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

SI Abrahams y Liddell fueron reyes de los Juegos en diferido, Paavo Nurmi se convirtió en el flamante campeón entre los campeones de Paris 1924. En el primus inter pares. Lo hizo de una forma irrepetible. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Nurmi ya había logrado cuatro medallas en Amberes 1920, pero lo de Paris estuvo a otro nivel.

Llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Un programa de competición extenuante que jamás se ha vuelto a ver. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.

Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus competidores se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo (siempre llevaba uno en mano en una época en la que nadie controlaba el tiempo durante la carrera), se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico.

Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de cinco grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.

Su velocidad le hizo poseedor del apodo de Finlandés volador, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de Finlandés fantasma y El gran silencioso. Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El pionero fue Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió seguir sus pasos. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas. En una época donde las máquinas eran la modernidad, Paavo Nurmi era reflejo de su tiempo.

Nurmi convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. Y entre esos compañeros había auténticas leyendas. Ville Ritola ganó la carrera de 10.000 metros y de 3000 obstáculos y Finlandia se mantuvo en la elite del atletismo hasta que en los 60 el África negra cambió las tornas del juego.

Nurmi. El finlandés volador

Hubo otros deportistas más que destacables. William Delhart Hubbard se convirtió en el primer afroamericano en ganar una medalla de oro en salto de longitud. Lo curioso es que Robert LeGrende logró el récord del mundo en salto de longitud, pero dentro de la prueba del pentatlón, por lo que su hazaña solo le valió una medalla de bronce en su categoría. Harold Osborn logró el récord del mundo en salto de altura y Mariechen Wehselau el de 100 metros en natación de estilo libre. Se batieron hasta nueve récords del mundo y diez olímpicos.

La esgrima femenina hizo su debut en estos Juegos Olímpicos y la danesa Ellen Osiier obtuvo el título con una victoria rotunda sin perder ni un solo punto con sus rivales. Francia venció en waterpolo, rompiendo la hegemonía que había mantenido Gran Bretaña, que había vencido en los cuatro Juegos Olímpicos donde se había celebrado. Mientras, Gertrude Ederle venció en 200 metros en natación y dos años después se convirtió en la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha. Por último, el sueco Oscar Swahn se convirtió en el olímpico de más edad al participar en tiro con 72 años. Cuando contaba 60 ya había conseguido tres medallas olímpicas y acabaría su carrera con seis preseas.

En fútbol Uruguay maravilló al mundo a través de continuas exhibiciones en el estadio de Colombes. Todos los participantes eran europeos salvo Estados Unidos y los charrúas quienes se embarcaron en un largo viaje en barco con destino al puerto de Vigo. Una vez en España disputaron un total de nueve amistosos que se saldaron con nueve triunfos. Uruguay practicaba un juego que era denostado en el Viejo Continente al usar y abusar del regate y al mover la habitual línea estática de cinco delanteros para buscar superioridades en el centro del campo. El juego de toque charrúa se llevó el oro tras vencer sucesivamente a Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Suiza. Repetirán triunfo en Ámsterdam 1928 y obligarán a la FIFA a crear el Mundial en 1930. Para tan magno acontecimiento Uruguay será elegida sede de ese primer campeonato del mundo. Se construirá el estadio Centenario, llamado así porque en 1930 se celebraban los 100 años de la primera Constitución uruguaya. Los cuatro sectores del estadio serán bautizados como Tribuna América, Tribuna Olímpica, Tribuna Ámsterdam y Tribuna Colombes.

Y una cosa más. Meses después de la victoria uruguaya en los Juegos Olímpicos de Paris se disputó en Buenos Aires un partido amistoso entre Argentina y Uruguay. Vencieron los primeros por 2-1 gracias a un tanto de Cesáreo Onzari, quien lanzó un saque de esquina que entró sin tocar en ningún jugador en la portería defendida por el guardameta uruguayo. Aquello fue digno de mención y se aprovechó de una reciente reforma del reglamento ya que antes no se permitían los goles directos de lanzamiento de córner. El tanto pasaría al relato popular como el gol que Onzari le marcó a los olímpicos. Y, de este modo, con el tiempo el gol anotado directamente desde el saque de esquina será conocido como gol olímpico.

Vuelta olímpica uruguaya

La participación española fue un completo desastre. Lo habitual hasta Barcelona 1992. España contó con una delegación compuesta por 111 atletas, entre los cuales por primera vez se incluyeron dos mujeres, que fueron las tenistas Lili Álvarez y Rosa Torras, de las que la primera alcanzó los cuartos de final en tenis femenino. Álvarez había sido dos veces subcampeona en Wimbledon. No hubo medallas. El mejor puesto fue el obtenido por el aristocrático equipo de polo, que se quedó a las puertas del podio. También en cuarto lugar quedó Santiago Amat en la clase finn de vela.

Fueron unos Juegos en los que el cine y el deporte estuvieron estrechamente relacionados. Los noticieros ya se encargaban de informar de las hazañas de los deportistas y, aunque el sonido aun no estaba presente, en lo audiovisual la radio daba voz a los héroes y hacia omnipresentes a los periodistas. La relación entre el séptimo arte y los Juegos Olímpicos fue tal que no sólo Abrahams y Liddell tendrán su epílogo en forma de celuloide. Habrá un deportista con seis medallas olímpicas (cinco de oro) y un total de 67 récords mundiales al que los focos de los Juegos se le harán pequeños y acabará convirtiéndose en leyenda en los platós de Hollywood.

Nacido en Timisoara (hoy Rumanía entonces Imperio Austrohúngaro y de padres alemanes) Peter Johan Weismüller logró en Paris 1924 tres medallas de oro en natación y una de bronce en waterpolo. De joven había emigrado con sus padres a Chicago donde pasó a ser conocido como Johnny. Comenzó a destacar en la adolescencia con una técnica de estilo libre revolucionaria en la que giraba la cabeza para respirar y avanzaba con una patada oscilante. Eso le permitió batir varias veces todos los récords del mundo en estilo libre desde los 50 a los 800 metros. Su récord en los 100 metros libres se mantuvo en pie durante 17 años. Tras los Juegos de 1928 se retiraría sin haber perdido ni una final del campeonato estadounidense de natación ni de los Juegos Olímpicos.

De anchas espaldas, bien parecido y de 191 centímetros de altura, en 1932 la Metro-Goldwyn-Mayer le ofrece a Weismüller encarnar el papel de Tarzán, un gigante de enormes facultades físicas que tras perder a sus padres de niño es criado en la selva por una manada de simios. Weismüller hará un total de doce películas de la saga Tarzán en las siguientes dos décadas sin obtener el fervor de la crítica, pero convirtiéndose en uno de los actores más queridos por niños y mayores entre la década de 1930 y la de 1950.

Tarzán en la piscina

Weismüller contribuyó con sus cuatro medallas en Paris a que Estados Unidos liderase el medallero olímpico. Lo hizo con una superioridad aplastante al lograr un total de 99 preseas de las cuales 45 fueron de oro. En segunda posición quedó Finlandia, comandada por Nurmi y su excelente cosecha de atletas, quienes sumaron 14 medallas áureas para un total de 37 metales. El tercer lugar del pódium sería para la anfitriona Francia con 13 medallas de oro y un acumulado de 38 medallas.

“Creo que Dios me creó con un propósito. Si dejara de correr lo estaría despreciando”. Eric Liddell, campeón de los 400 metros lisos.

“Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”. Paavo Nurmi, a finales de la década de 1960, cuando le preguntaron porque Finlandia pasó de obtener 37 medallas en Paris 1924 a cuatro metales en México 1968.

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El regalo de Reyes de Pierre (un cuento de Navidad sobre la historia del deporte)

Carros de fuego (la película ganadora del Oscar que cuenta la historia de Liddell y Abrahams)

Berlín 1916 (Los Juegos cancelados por culpa de la I Guerra Mundial)

De Tokio 1940 a Helsinki 1944 (Los Juegos cancelados por culpa de la II Guerra Mundial)

Tokio 2020 (Balance de los Juegos de la pandemia de 2021)

Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (Tokio 1964 en dos partes)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta? (como Uruguay ganó el oro en Paris 1924 y Ámsterdam 1928 provocando un cataclismo en el mundo del fútbol)

Paavo Nurmi (la increíble historia del finlandés volador)

A los 100 años de los Juegos Olímpicos de Invierno (cuando Chamonix albergó en 1924 la primera edición de los Juegos invernales)

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Paris 1924. La revancha de Coubertin (1ª parte)

Todo había comenzado apenas dos décadas más atrás. Paris ya había sido sede de los Juegos Olímpicos de 1900. La idea inicial era que Atenas fuese sede permanente de los Juegos, pero Coubertin se empeñó en hacerlos globales. Así que tras Grecia en 1896 tocaba Francia en el año 1900. Hubo unanimidad. SI los primeros tenían que ser en Atenas como homenaje a Platón, Sócrates y compañía los segundos tendrían que ser en Paris para contentar a Pierre Fredy de Coubertin, el aristócrata galo que había resucitado los Juegos Olímpicos.

Fueron un desastre. Se celebraron a lo largo de siete meses entre mayo y octubre de 1900. Se trataba de un calendario extensísimo que se adaptaba a la Exposición Universal de Paris de ese año. Y es que, a pesar de los esfuerzos de Coubertin, los Juegos estuvieron supeditados a la Exposición. No hubo ni ceremonia de inauguración ni de clausura ni se construyó estadio olímpico alguno. El grueso de pruebas se disputó en el Bosque de Vincennes, al sureste de Paris, porque allí tenían los stands los países participantes de la Exposición Universal y porque hasta allí llegaba la primera línea de metro parisina. Fueron un fracaso absoluto. Heridos de muerte, hubo voces para que volviesen a Grecia de forma perpetua y hubo miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) que pelearon por su cancelación definitiva. Paris 1900 estuvo a punto de cargarse los Juegos.  

Coubertin nunca fue capaz de digerir ese fracaso en su villa natal. Así que cuando en el congreso del COI de 1921 anuncie su renuncia al cargo tras los Juegos de 1924 solicitará a los allí presentes que Paris sea sede de sus últimos Juegos como presidente. Poco se le podía negar al hombre que había resucitado los Juegos de la Antigüedad y los había dotado de modernidad. Además de Paris había otras seis ciudades candidatas. Las europeas Ámsterdam, Praga, Lyon, Barcelona y Roma y la americana Los Ángeles. Alguna inmediatamente (Ámsterdam en 1928) y otras tras una larga espera (Barcelona 1992) han conseguido celebrar el sueño olímpico, exceptuando a la capital de Chequia y a la provinciana Lyon. De todas, la elección ilógica era la de Paris, pero resultó ser la ganadora con soberana facilidad. Fue el empeño de Pierre de Coubertin lo que le dio a la Ciudad de la Luz su segunda olimpiada en un lapso de tiempo a todas luces irrisorio.

Lo que no consiguió fue la presencia de Alemania a pesar de que Coubertin insistió en invitar a los germanos para cerrar las heridas de la guerra y que el deporte primara sobre la política. El COI se negó a dar pábulo deportivo a los considerados inductores de la I Guerra Mundial. En todo caso los oficialmente conocidos como los Juegos de la VIII Olimpiada fueron un éxito con 44 naciones presentes frente a las 29 de la edición anterior. Se celebraron entre el 5 y el 27 de julio de 1924 (aunque algunas pruebas comenzaron el 4 de mayo). La sede acogió a 3089 atletas; 2956 hombres y 136 mujeres en 126 pruebas diferentes. Aún quedaba mucho que hacer por la paridad. Paris se convirtió en capital mundial, aunque dejó migajas para Reims y para Le Havre, ésta última donde se celebrarían las pruebas marítimas.

Paris 1924

En un principio la organización no fue eficiente. Retrasos y desidias en las obras hicieron que Coubertin amenazase con llevarse los Juegos a Los Ángeles. Sonó a bravuconada. Meses después repitió amenaza y propuso Lyon. Era más factible esta decisión ya que contaba con la financiación del Estado francés. De pronto, el Ayuntamiento de Paris aceleró las obras para alegría de Coubertin. Los parisinos se enmendaron y Lutecia construyó un nuevo estadio para los Juegos Olímpicos; Colombes. Situado en el Gran Paris, al noreste de la capital, contaba con capacidad para 60.000 espectadores, un enorme marcador de 30×15 y un sistema de megafonía sin hilos que permitió por vez primera a los espectadores escuchar discursos, avisos y seguir con mayor facilidad todo lo que ocurría dentro de la vorágine competitiva. En Colombes ganará Uruguay el oro en fútbol tras pasar por encima de todos sus rivales y demostrar que el juego asociativo sudamericano superaba con creces al europeo basado en la fuerza. El éxito charrúa llevará a la FIFA a crear el Mundial de fútbol años más tarde y en 1938 Colombes será la sede de la final de la edición celebrada en Francia. Allí también habrá un Pelé-Eusebio que conmocionará al mundo. Colombes traspasará las fronteras futboleras al ser durante varias décadas el lugar donde se celebre el fin de fiesta en el Tour de Francia y del estadio de Colombes será de donde Pelé, Stallone y compañía escapen en la icónica Evasión o Victoria, la mejor película futbolera que jamás se ha hecho.

La idea era inicial era construir un coloso de 100.000 plazas, pero la falta de fondos imposibilitó llevar a cabo la obra. No sería obra nueva, sino una gigantesca ampliación del Parque de los Príncipes, un estadio municipal situado en los límites del Bosque de Boulogne, donde se encuentran las pistas de Roland Garros y no excesivamente alejado de la Torre Eiffel. Finalmente, el cicatero Ayuntamiento de Paris rehusó hacerse cargo de las obras y fue la Comuna del Gran Paris la que decidió financiar la mitad de las obras que se harían en Colombes, allá donde el Sena surca en meandros y abandona Paris. El otro 50% de las obras corrió a cargo del Racing Club, quien sería el beneficiario una vez finalicen los Juegos. El Racing era y es un afamado club de rugby y en aquella época el gran club de fútbol del Gran Paris. En 1928 el estadio fue rebautizado con el nombre de Yves de Manoir, un fantástico jugador de rugby que falleció a los 24 años tras un accidente aéreo. Una vez finiquitados los Juegos el estadio se acomodó en unas 45.000 plazas que hoy se reducen únicamente en 14.000. La creación del Paris Saint Germain y la reforma integral del Parque de los Príncipes en 1972 y, en segundo lugar, la construcción del Stade de France en 1998, hirieron de muerte a Colombes, que en Paris 2024 únicamente albergará la competición de hockey sobre hierba.

Colombes 1924

En las pistas de ceniza de Colombes se citarán cientos de atletas. Es el atletismo el deporte rey de los Juegos y merece un escenario de tronío. También la reina. Y la reina de los Juegos es la natación. Y un palacio se le fue construido. Para la competición de natación se edificó un complejo de piscinas en Tourelles, al sureste de Paris, cerca de la Bastilla, en la otra punta de Lutecia. La espectacular estructura contaba con una piscina de 50 metros en la que por vez primera los finalistas estaban divididos en ocho calles delimitadas por cuerdas coronadas por boyas de colores. Las piscinas siguen hoy en pie, impertérritas al paso del tiempo, y forman parte del paisaje de Paris como el Palacio de Versalles, el Hipódromo de Longchamp, el Campo de Marte, la Plaza de la Concordia o la esplanada a los pies de los Inválidos, lugares que sirvieron de atrezo para los Juegos de 1924 como también lo fueron para los de 1900 y lo son para los de 2024.

Entre las novedades también estuvo la construcción de un palacio de deportes y de un velódromo nacional. Más reseñable fue la asunción del eslogan CItius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte) que fue serigrafiado en el anverso de las medallas olímpicas, así como en los carteles y sellos conmemorativos. Se usó también un logo que se compone de un escudo monocromo que contiene una galera con las velas desplegadas que reinterpreta el escudo medieval de la ciudad parisina. El cartel oficial presentaba unos jóvenes deportistas con el torso desnudo mientras levantaban la mano para hacer el saludo romano. Cuando se diseñó aun no tenía la connotación fascista que el brazo en alto asumirá en la siguiente década. También se obligó a que los atletas vistiesen de gala en la Ceremonia de Inauguración en vez de portar ropa deportiva, mientras en la Ceremonia de Clausura se izaron por vez primera un total de tres banderas; la del COI, la del país de anfitrión y la del próximo país organizador.

Villa olímpica 1924

Más de mil periodistas acudieron a París para informar al mundo sobre la cita olímpica. Todos ellos juntos sumaban tantos seres humanos como un tercio de los deportistas allí citados. La radio haría acto de presencia como gran novedad. Fue la primera vez que Irlanda participó como país independiente tras una guerra civil que acabó con la hegemonía inglesa y la partición de la isla en dos mitades. También fue la primera vez de Australia y Nueva Zelanda como entes diferenciados. Sudáfrica fue la representante de África en el medallero y Haití logró una histórica medalla de bronce.

Fue la primera vez que se habilitó una Villa Olímpica como residencia de los deportistas. Se construyó cerca del estadio de Colombes al igual que en 2024 (con el triple de atletas, eso sí). Se edificó a cinco minutos del lugar que en el presente ocupa el estadio de Saint Denis. La villa olímpica de Colombes fue un avance, pero era un adelanto lamentable. Constituían barracones con frecuentes problemas en el suministro de agua caliente. Allí se hospedaban los hombres mientras a que a las mujeres las instalaron en pensiones para evitar tentaciones relacionadas con otro tipo de destreza que también merecería el calificativo de olímpico. Los acomodados estadounidenses, quejosos de las malas condiciones de los barracones, declinaron el ofrecimiento y se instalaron en hoteles de la capital francesa. Más o menos lo que hoy siguen haciendo las estrellas de la NBA.

Fueron también, y por expreso deseo de Coubertin, los Juegos donde el arte formo parte del movimiento olímpico. Arquitectura, literatura, música, pintura y escultura estuvieron presentes en Paris. Coubertin, bajo pseudónimo, había ganado una medalla de oro en 1912 en la competición de literatura con una oda al deporte. Sólo dos personas han logrado medalla como atletas y como artistas. El otro fue el húngaro Alfred Hajós (el cual ya conocemos por este blog), quien ganó dos oros en natación en 1896 y la medalla de plata en arquitectura en 1924 con un diseño de un estadio olímpico.

Hubo deportes de exhibición. Hasta cinco contaron en Paris 1924. Voleibol, piragüismo, pelota vasca, boxeo francés (una especie de kick boxing) y pesca deportiva. Solo los dos primeros se convertirán en disciplinas olímpicas con el transcurrir de los años. Desaparecieron el hockey sobre hierba, el tiro con arco y el tiro a la cuerda. Tan solo éste último se perdería para siempre. También hubo tenis y rugby por última vez. El tenis no volvió al programa olímpico acusado de profesionalismo hasta 1988 y el rugby a siete no lo hará hasta 2016. Para Paris 2024 habrá break-dance, algo difícil de explicar incluso para Josephine Baker y para el resto de presentes en el Follies-Bergère de 1924.

En 1924 las competiciones de vela se celebraron en Normandía, Le Havre y en Meulan-en-Yvelines, a orillas del Sena. En 2024, será en Marsella, a orillas del Mediterráneo. El surf, otras de esas cosas que en 1924 no se entenderían, tendrá lugar en Tahití, en la Polinesia francesa, a 15.000 kilómetros de Paris. En 2024 la esgrima se disputará en el Grand Palais, un precioso palacio con entrada por los Campos Elíseos. En cambio, en París 1924, se celebró en el Velódromo de Invierno, un velódromo cubierto de la calle Nélaton, que durante la Segunda Guerra Mundial sería el escenario de un trágico arresto a 15.000 judíos que luego fueron enviados a Auschwitz. En 1959 fue destruido.

Vélodrome d’hiver

Paris 1924 fue un éxito. Una despedida fabulosa para Coubertin y la consolidación definitiva de los Juegos Olímpicos. Tras el impase forzoso de la I Guerra Mundial y los austeros Juegos de Amberes en 1920, el movimiento olímpico se aprovechó del brillo de Paris para afianzarse como el espectáculo de masas definitivo. La radio y el cine los hicieron vivos y marcaron el pistoletazo de salida para un crecimiento inimaginable.

Continuará…

“En el mundo moderno, lleno de poderosas posibilidades, que amenazan al mismo tiempo poderosas decadencias, el Olimpismo debe ser el vehículo capaz de mantener el equilibrio a través de sus cultores. El porvenir depende de los Juegos Olímpicos.” Pierre de Coubertin en la Ceremonia de Inauguración de Paris 1924.

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Alfred Hajos

Fue Temístocles quien otorgó el mar a Atenas. Paladín de la democracia, a Temístocles le tocó gobernar la polis griega en tiempos de guerra ante los persas. A través de su agraciada oratoria consiguió convencer a los nobles y al pueblo ateniense de la necesidad de construir una flota de 200 trirremes, lo que equivaldría a paralizar o cancelar todas las demás medidas de gasto público de la polis. Aquello era inaudito. Atenas no tenía ni tiene mar. Se creó un puerto y unos astilleros en El Pireo, a once kilómetros de la capital, y se diseñaron unos muros largos, una suerte de dos murallas que debían impedir el paso de los invasores y permitir un tránsito libre entre Atenas y El Pireo. Aquella controvertida decisión consiguió que Atenas y sus aliados doblegasen a un rival diez veces superior en número, pero que fracasó al enfangarse primero en las Termópilas y luego en la batalla naval de Salamina, donde los pasos estrechos marítimos beneficiaron sobremanera a la rápida y pequeña flota diseñada por Temístocles.

Dos milenios más tarde la antaño prospera y legendaria Atenas iba a ser la sede de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Era la primavera de 1896. Eran diez los deportes que formarían parte de la competición. Y uno de esos deportes tenía que ser la natación, disciplina que, junto al atletismo, forma parte del alfa y omega de los Juegos Olímpicos.

El caso es que en 1896 no existían las piscinas olímpicas. Tardarían aún un par de décadas en hacerse realidad. Los problemas de construcción eran inmensos ya que era complejo crear estructuras capaces de soportar dimensiones tan grandes de agua y al mismo tiempo que fuesen impermeables en sus exteriores. El coste era elevadísimo y no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando Estados Unidos las popularizase. Así pues, la competición de natación de 1896 no tendría lugar en piscina alguna, sino en mar abierto. Concretamente en el puerto de El Pireo.

Seguía siendo entonces El Pireo un pueblo marinero instalado en un promontorio rocoso con un gran puerto natural protegido de las inclemencias del normalmente tranquilo Mar Mediterráneo. Habría tres pruebas en liza, todas ellas masculinas. 100, 400 y 1.200 metros. El pronóstico era nadar en un mar tranquilo y caluroso, sin más complicaciones que la del flujo del agua al entrar y salir del puerto. Nada más lejos de la realidad. Un inusual temporal azotó la costa griega el día anterior a la celebración de la competición. El mismo día de autos las olas llegaban a los cuatro metros y la temperatura descendió hasta los 13 grados, unos diez menos de los considerados ideales para practicar natación.

Entre los participantes se encontraba un chico húngaro de 18 años que respondía al nombre de Alfred Hajos. Había nacido como Arnold Guttmann en el seno de una familia judía. Contaba con 13 años cuando decidió cambiarse de nombre. Fue entonces cuando su padre murió ahogado en el Danubio. Aquel fatídico día tomó dos decisiones; cambiarse el apellido para no ser insultado y menospreciado como huérfano judío y aprender a nadar para no acabar con el mismo destino que su progenitor.

Hajos en húngaro quiere decir marinero.

Hajos estudiaba arquitectura cuando se presentó en los Juegos Olímpicos. Era un excelente deportista. Uno de esos chicos entusiastas que en los albores del deporte destacaba en cualquier modalidad. Llegaría a ser campeón húngaro de 100 metros lisos, 400 metros vallas, lanzamiento de disco, árbitro internacional y delantero y capitán de Hungría del primer partido internacional de fútbol disputado por los húngaros en Viena que acabaría con triunfo austriaco por 5-0. Tal cantidad de éxitos, que hoy serían loados hasta la saciedad, se tornaban en vulgares en la época. Tras incorporarse a las aulas una vez finalizados los Juegos Olímpicos recibiría un sonoro aplauso de sus compañeros de estudios a los que el decano de la Universidad Politécnica de Budapest contestó con un rotundo: “Sus medallas no me interesan, lo que me interesan son sus respuestas en su próximo examen”.

El caso es que Hajos logró la victoria con facilidad en los 100 metros libres. Horas después intentaría lograr el oro en los 1.200 metros, prueba de resistencia con gran desgaste físico. El mar estaba embravecido y el viento comenzaba a azotar con fuerza. No había ni rastro del tan cacareado sol griego.

Los organizadores llevaron en tres lanchas a los nueve participantes para luego subirlos a un barco anclado exactamente a 1.200 metros de la costa. El frío era tal que Hajos decidió embadurnarse el cuerpo de grasa, algo más propio de aquellos nadadores que lo hacen en mar abierto en el Atlántico y en el norte de Europa. La carrera comenzó y la altitud de las olas hacían complicado el resistir. A mitad de recorrido Hajos decidió retirarse, pero, ante su sorpresa, las lanchas de rescate no hacían acto de aparición. Frente el mal tiempo decidieron vergonzosamente ir a resguardarse en el puerto de El Pireo. Exhausto, Alfred Hajos decidió continuar nadando con tal fuerza que acabaría llegando a la costa al borde del ahogamiento, pero también como primer y heroico clasificado con un tiempo de 18’22’’. Una eternidad que le servía para encaramarse al olimpo de los vencedores.

“Mi deseo de vivir era superior a mis ansias de ganar”, declaró a la prensa cuando recuperó el aliento con los pies en la arena de la playa de El Pireo. El miedo a morir pudo mucho más que la posibilidad de lograr la gloria olímpica. Al fondo, las lanchas de rescate hacían con tardanza su trabajo y rescataban a los supervivientes. Únicamente tres de los nueve participantes consiguieron finalizar la prueba. El segundo, el griego Ioannis Andreou, llegó a más de tres minutos de Hajos.

La proeza de Hajos impactó a la sociedad de la época. En la gala fin de fiesta organizada por la casa real griega para honrar a todos los vencedores de la medalla de oro, el entonces príncipe Constantino, luego rey, se acercó a Alfred Hajos y le preguntó a viva voz para que le oyeran todos los presentes: “Dígame, muchacho, ¿dónde aprendió usted a nadar de esta manera?”. Hajos, manteniendo el tono elevado, contestó con retranca: “En el agua”.

Alfred Hajos

Contaba antes que Hajos retornó a sus estudios de arquitectura. Por entonces, una vez acabada la carrera, no se concebía seguir practicando el deporte. No existía el profesionalismo en ninguna disciplina salvo en el fútbol y éste con muchos matices. Así pues, aquel joven de pelo engominado y de bigote ridículamente perfecto tal y como marcaba la moda de entonces, acabó sus estudios y se dedicó a ejercer la arquitectura.

Primero entró en un estudio como asociado, aunque rápidamente decidió ejercer por libre. El gusanillo del deporte no se le había olvidado a Alfred Hajos quien decidió presentarse a los Juegos Olímpicos de Paris, pero no como deportista. Lo haría como arquitecto. Desde 1912 a 1952 en el programa olímpico se habilitó lo que se dio en llamar competencias artísticas. La profesionalización y el negocio actual ha llevado al olvido la consideración del deporte como arte. Arquitectura, escultura, literatura, pintura y música hacían su aparición en los Juegos con la intención de unir a estas artes con el deporte.

En la edición de 1924 Alfred Hajos ganaría la medalla de plata (la de oro quedaría desierta) con el proyecto de creación de un estadio olímpico en una gran ciudad. De estilo Art Nouveau en sus estructuras, con el tiempo decidiría encajar un formalismo más modernista en sus planteamientos. Sus ideas y su amor por el deporte se vieron plasmados con la construcción del Complejo Acuático Deportivo de Hungría, con sede en la isla Margaret, una instalación verde enclavado en el Danubio entre Buda y Pest. Fue aquella la primera piscina cubierta del país y, en la actualidad, reformada y ampliada, sigue celebrando competiciones internacionales rebautizada como complejo deportivo Alfred Hajos.

Hajos y su Complejo Deportivo

Los años de la II Guerra Mundial significaron para Hajos un exilio forzoso por su condición de judío, pero su arte fue reclamado una vez finalizada la contienda. Sus éxitos como deportista le libraron de la cárcel y llegaría a refugiar a varios deportistas en su casa para librarse primero de los fascistas y más tarde de las purgas estalinistas. Tras la contienda recuperará honores y se convertirá en el arquitecto deportivo de referencia en Centroeuropa. En su Budapest natal diseñará el coqueto estadio de Ujpest, un velódromo y en sus últimos años de vida el cementerio y memorial del Holocausto judío.

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