Yugoslavia

La Copa de Petrovic

En el verano de 1988 un terremoto sacudió los cimientos del baloncesto FIBA. Drazen Petrovic, el jugador europeo más carismático del momento, decidía firmar por el Real Madrid y plantar al FC Barcelona con el que ya se había comprometido verbalmente. Contrariamente a lo que dictaría la lógica, la decisión provocó un cataclismo en la casa blanca. Petrovic era el enemigo público número 1 de los merengues. Más bien era el enemigo público número 1 de medio Continente. Durante un lustro había sometido y humillado al Real Madrid en varias ediciones de la Copa de Europa con escupitajos, manotazos y vaciles varios. Cuando el partido ya estaba ganado gustaba de inventar malabares con el balón en el medio campo mientras hacía muecas al banquillo rival. Un hombre correcto, educado y disciplinado como Corbalán llegó a perder los nervios y declarar que le gustaría arrancarle la cabeza a Petrovic tras la victoria de la Cibona de Zagreb ante el Real Madrid en la final de la Copa de Europa de 1985. No sonaba a creíble. Un desaliñado lituano de 2’21 metros de altura declaró lo mismo meses más tarde cuando perdió ante los croatas la final de 1986. Era un pívot del Zalguiris llamado Arvydas Sabonis y su amenaza más valía tomarla en serio.

Por eso, cuando Petrovic decidió fichar por el Madrid y abandonar a la odiada Cibona hubo desbandada en el vestuario merengue. Del Corral, Iturriaga y Corbalán decidieron marcharse. Otros, caso de Fernando Martín, resolvieron quedarse, pero pasarían un año de perros al lado del genio croata.

Petrovic solo estuvo un año en el Real Madrid. En el verano de 1989 dispuso probar fortuna en la NBA y colocó sobre la mesa los dólares necesarios para jugar en Portland Trail Blazers. Así pues, sólo estuvo un año en España. Pero fue una temporada muy intensa en la que compaginó luces y sombras. En el haber, los 62 puntos logrados en la final de la Recopa ante el Caserta en una borrachera de lanzamientos y juego de pies del escolta de Sibenik. En el debe, la derrota en la final de la Liga ACB (la llamada ‘Liga de Petrovic’) ante el FC Barcelona por un global de 3-2, en una serie en la que Petrovic fue secado en defensa por el dueto azulgrana formado por Nacho Solozábal y Chicho Sibilio.

Pero antes de todo eso tuvo lugar la fase final de la Copa del Rey, el torneo más atractivo del baloncesto español con siete partidos a vida o muerte comprimidos en un largo fin de semana. El formato de 1989 presentaba la novedad de celebrarse en función multisede. Con la llegada de los fondos europeos de cohesión, los distintos gobiernos autonómicos decidieron promocionarse de diferentes formas. Aquel año, la Xunta de Galicia dispuso impulsar el Xacobeo, una festividad religiosa en honor a Santiago Apóstol que desde entonces ha pasado a ser también turística. La Copa (al igual que ocurriría en el también Año Santo de 1993) se paseó por la geografía gallega para promocionar a la vieja Gallaecia por los distintos rincones de la llamada piel de toro.

Los cuartos de final se repartieron entre Santiago, Ourense y Vigo, ésta última urbe con ración doble. Todos los favoritos ganaron con facilidad. El Real Madrid venció al Huesca (88-64), el Joventut al Estudiantes (86-71), el FC Barcelona al Fórum de Valladolid (91-80), y el partido más entretenido fue el que enfrentó al CAI Zaragoza contra el Caja de Ronda de Málaga (115-110). -Nota: Este tipo de viajes al pasado siempre es útil para recordar como el deporte español ha vivido de subvenciones públicas en las que las cajas de ahorro han tenido un papel primordial-.

La primera semifinal enfrentó en la naval y militar ciudad de Ferrol a Real Madrid y Joventut de Badalona. Los catalanes tenían un excelente conjunto de jóvenes apunto de eclosionar liderados por Jordi Villacampa, un excelso y fornido tirador, un cerebral base que respondía al nombre de Rafa Jofresa y una pareja interior constituida por Reggie Johnson y Juanan Morales, un pívot español de más de siete pies, algo infrecuente en el baloncesto hispano. Se contaba con que el encuentro fuese igualado, pero el Real Madrid pasó por encima del Joventut y venció con suma facilidad (99-74).

La segunda semifinal tuvo lugar en la agropecuaria y romana ciudad de Lugo y enfrentó al FC Barcelona y al CAI Zaragoza. Los aragoneses eran los más flojos semifinalistas pero tenían en sus filas a Mel Turpin, una fuerza de la naturaleza que había tenido que renunciar a la NBA por problemas de peso. De hecho, se le conocía como ‘Mel Dinner Bell’ (Mel hora de cenar). El CAI llegó a ir por delante en la primera mitad e incluso consiguió acercase a pocos minutos del final, pero finalmente el Barça ganó con solvencia (88-78).

La final tuvo lugar el 17 de noviembre de 1988 en A Coruña, la ciudad de cristal donde según la leyenda Hércules derrotó a Gerión y edificó sobre su calavera la famosa Torre que contempla la inmensidad del Atlántico. Algo más de 8.000 personas se reunieron en el Palacio de los Deportes de Riazor para presenciar la lucha entre el Real Madrid y el FC Barcelona. El quinteto de los blancos estaba integrado por Drazen Petrovic, Chechu Biriukov, Johhny Rogers, Fernando Martín y el coruñés Fernando Romay. Por parte de los azulgranas saltaron a la pista Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’, Andrés Jiménez, Granville Waiters y Audie Norris. En una época donde los titulares superaban con facilidad los 30 minutos por partido, los suplentes prácticamente no tenían incidencia. Por parte madrileña José Luis Llorente como base sustituto y Pep Cargol como alero defensor tenían minutos, y por parte barcelonesa importaban el base suplente Quim Costa y el escolta tirador Xavi Crespo. El Real Madrid contaba con la baja por lesión de Antonio Martín y el FC Barcelona no podía alinear ni a Chicho Sibilio ni al ala-pívot Steve Trumbo. Las bajas azulgranas eran mucho más sensibles y, de hecho, la ausencia de Trumbo había posibilitado el fichaje de Waiters, uno de tantos temporeros que pueblan el mundo del baloncesto. El entrenador del Real Madrid era Lolo Sainz, leyenda como jugador y como técnico. El entrenador del FC Barcelona era Aíto García Reneses, modesto jugador, pero que con el tiempo pasaría a ser considerado el mejor técnico en la historia del baloncesto hispano.

El partido se televisó por el segundo canal de TVE a las 20:30 horas. Fue uno de los programas más vistos de la década. Estaban el Madrid y el Barça. Estaba Petrovic. Y el baloncesto vivía sus años dorados aquí y allende los mares. Tras el éxito de la selección española en los Juegos Olímpicos de 1984 y hasta el estrepitoso fracaso en los de Barcelona en 1992, el baloncesto compitió y hasta en ciertos momentos llegó a superar al fútbol. Los sábados de finales de la década de 1980 la programación radiofónica giraba en torno al deporte de la canasta con enviados especiales y narraciones de todos los partidos de la ACB.

El partido comenzó con Petrovic anotando los cuatro primeros puntos del choque. Parecía que se iba a repetir la exhibición de la tarde anterior cuando el croata le endosó 34 al Joventut, pero el Barça era un equipo con muchas más tablas. Aito diseñó un partido lento donde Norris y Jiménez llevasen la iniciativa debajo de los aros. Los azulgranas consiguieron un parcial de 0-10 y se pusieron por delante. Norris anotaba con facilidad delante de Fernando Martín y ampliaba la diferencia (10-19) y (21-29), mientras que Solozábal coceaba a Petrovic y hasta le sacaba las uñas dejando un rastro de sangre en el escolta blanco.

Fue entonces cuando Petrovic demostró porque era ese tipo de jugador que forma parte de una estirpe especial. Estaba realizando un discreto partido y el Barça se estaba escapando, pero en un fogonazo anotó un par de triples que acercaban al Madrid a cinco puntos antes de irse al descanso (43-48).

En la reanudación, Petrovic volvió a sacar la artillería para poner un parcial de 7-0 y adelantar al Real Madrid en el marcador. Fue ahí cuando el Barça perdió el partido. Liderado por José Luis Llorente, los blancos pusieron una marcha más y anotando Petrovic desde el exterior y Rogers desde el interior desarbolaron al Barça. Los catalanes notaron en exceso el cansancio y la falta de dos jugadores clave para poco a poco desconectarse del partido (75-66). Luego Petrovic se dedicó a juguetear con el balón como tantas veces en el pasado había hecho y aseguró la victoria a base de tiros libres para un definitivo 85-81.

Al final Petrovic acabó con 27 puntos y Johhny Rogers con 23, mientras que en el Barça Epi se fue hasta los 20 y Audie Norris dominó el juego interior con 15 puntos y 15 rebotes hasta que sus rodillas le dijeron basta.

Era noviembre, y parecía el primero de muchos triunfos para Petrovic. La realidad es que fue el inicio del fin. Sólo iban tres meses de temporada. Hasta entonces Petrovic se había esforzado por integrarse en el vestuario blanco. Había aceptado que Fernando Martín llevase la voz cantante y que el juego basculase entre él y el pívot madrileño. Aquella Copa del Rey rompió con tan frágil proyecto. Petrovic fue amo y señor del choque ante el Joventut y ante el Barça amasó el balón en los momentos decisivos y prefirió confiar en el americano Johnny Rogers en vez de con Martín a la hora de doblar el balón. Rogers era un recién llegado como Petrovic y ambos abandonarían el equipo al finalizar la temporada. Era un genio, pero no había quien fuese capaz de lidiar con semejante ego.

“Drazen Petrovic se convertirá con toda seguridad en una figura (…) Ahora bien, si para ser tan buen jugador hay que ser tan indeseable, prefiero jugar como un mediocre. Y sin tener que sacar la lengua ni poner ese careto.” El entonces madridista Juan Manuel López Iturriaga evaluando a Petrovic cuando aún tenía 22 años y jugaba en la Cibona de Zagreb.

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Bullying a Toni Kukoc (2ª parte)

Tras conseguir el título de la NBA en la temporada 1990/91, los Chicago Bulls repitieron hazaña en la campaña 1991/92. Michael Jordan estaba a un nivel sideral y Scottie Pippen se había convertido en uno de los mejores jugadores del mundo. Mientras tanto, Toni Kukoc era el líder que permitía a la Benetton de Treviso ganar la primera liga italiana de su historia. Todo iba bien para unos y para otros, y en todo aquel año no hubo movimiento alguno para que Kukoc fuese a la NBA. El asunto se daba por concluido. Jordan y Pippen no lo querían allí y a Kukoc le daba pánico cruzar el charco y recalar en los Chicago Bulls.

Llegó el verano, y al acabar la temporada de 1992 se disputaron en Barcelona los Juegos Olímpicos. En el torneo de baloncesto, el sorteo fue caprichoso he hizo que en primera ronda coincidieran en el mismo grupo Estados Unidos y Croacia. Ambos equipos estaban ya matemáticamente clasificados para cuartos de final cuando les toco medirse, pero Pippen consideró el encuentro como el más importante de su carrera. Pidió expresamente cubrir a Kukoc y midió sus minutos en pista en función de los del alero croata. Por si fuese poco, Pippen contaba con la inestimable ayuda defensiva de Jordan para ejecutar un 2 contra 1 cuando le hiciese falta. El bullying a Kukoc pasaba de las declaraciones a la prensa a la pista de juego. Kukoc, asfixiado y atosigado, acabó con un paupérrimo 2/11 en el tiro y acumuló 7 pérdidas de balón ante la satisfecha sonrisa de Pippen que, visiblemente contento, mandaba un recado a la directiva de los Bulls al término del choque: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viese por televisión. Quería avergonzar a Kukoc ya que no puedo jugar contra Krause y la directiva. Le di la mano a Kukoc antes y después del partido. No se me puede reprochar nada”, declaró. Lo cierto es que tanto Jordan como Pippen eran dos consumados defensores, pero mientras que Jordan era un competidor nato, en raras ocasiones se había visto a Pippen comportarse con tal agresividad ante un rival. Sus ojos irradiaban odio.

Sin embargo, unos días después Estados Unidos y Croacia volvieron a enfrentarse con motivo de la final olímpica. En esta ocasión el fuego era real y los estadounidenses volvieron a ganar con claridad, cómo era lo esperado, pero Kukoc completó un gran encuentro con 16 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes. Consiguió zafarse de Pippen y hasta tuvo un par de buenas acciones en las que consiguió rebasar a Jordan.

Debió ser tan buena la actuación del croata, que al acabar el encuentro Jordan, en el éxtasis del triunfo, se acercó a Kukoc, le estrechó la mano, y tras darle un abrazo le dijo que le gustaría que jugase con él en Chicago.

Michael Jordan había separado las aguas turbias del Mar Rojo y Kukoc tenía el camino libre para acceder a la NBA. Pero la aceptación de Jordan no hizo otra cosa sino aumentar la cólera de Pippen.

Aún pasaría un año más, pero en el verano de 1993 Kukoc decidió que no tenía nada más que ganar en Europa y con 25 años resolvió rescindir su contrato italiano y probar fortuna en los Chicago Bulls. Tenía el beneplácito de la directiva, pero lo que era más importante, mucho más importante, tenía el beneplácito de ‘Air’ Jordan en persona.

El problema es que Jordan no iba a estar allí para recibirlo. En el mes de julio el padre de Jordan fue víctima de un atraco, tras el cual fue abatido a tiros por sus asaltantes. El shock fue tan colosal que Jordan anunciaba su primera retirada del baloncesto profesional. Los Bulls de Jordan pasaban a ser los Bulls de Pippen.

Como ya sabemos, había varios jugadores en la plantilla que no querían a Kukoc. Y había uno que lo odiaba en lo más profundo de sus entrañas. Y ese era Scottie Pippen.

La temporada 1993/94, la primera de Kukoc en la NBA, fue la temporada de Pippen. Sin Jordan a su lado, Pippen asumió toda la responsabilidad y se erigió en el líder del equipo llevándolo al tercer puesto de la liga regular, cuando en algunos mentideros de la liga se asumía la caída en picado de los Bulls. Para Toni Kukoc fue una temporada muy complicada. Saliendo desde el banquillo tuvo que pelear minuto a minuto se participación en el equipo, y no sería hasta bien entrada la temporada cuando su peso en la rotación pasase a ser definitorio. Aun así, raras eran las veces en las que Pippen y Kukoc coincidían en pista y más raro aún era ver una asistencia del estadounidense para canasta del europeo. A fin de cuentas uno era una estrella y el otro era un novato. Kukoc lo pasó mal. Muy mal. Y no sólo en el aspecto deportivo. Los peores años de la guerra en Croacia habían acaecido, pero seguía temiendo por su familia a miles de kilómetros de casa. Había roto relaciones con jugadores como Djordjevic, Divac o Danilovic, amigos y ex compañeros de origen serbio, y recientemente había fallecido en accidente de tráfico Drazen Petrovic, el alma mater de la selección croata y el jugador europeo más relevante de la NBA.

Estaba muy solo.

A trompicones con la llegada de la primavera también llegaron los playoffs y los Chicago Bulls se enfrentaban a los New York Knicks. Por vez primera en un lustro los primeros no eran los favoritos. Los Knicks ganaron los dos encuentros inaugurales en casa y se disponían a sentenciar la serie en el tercer encuentro a domicilio. A falta de 17 segundos para el final de ese choque Scottie Pippen dispuso de una oportunidad para ganar el partido, pero fue incapaz de zafarse de su defensor y acabó lanzando a la desesperada por encima del tablero. Su frustración, como no, fue a parar a Kukoc al que le recriminó que no le apoyara con un bloqueo. En la siguiente posesión Ewing empató para New York. A falta de 2 segundos para el final el marcador era 102-102 con posesión para los Bulls.

Tiempo muerto.

Todo hacía indicar que el partido iría a la prórroga si Pippen no lo remediaba con un lanzamiento salvador.

Eso es lo que dictaba la lógica, pero Phil Jackson, entrenador de los Bulls, preparó un aclarado para que el último tiro corriera a cargo de Toni Kukoc. Cuando Pippen observó en la pizarra lo que había dibujado su entrenador se sentó en el banquillo y en una mezcla de ataque de petulancia y pataleta infantil soltó: “Si esa es la jugada, yo no juego más. Me quedo aquí sentado”. Jackson perdió los nervios y le llamó de todo, pero Pippen se mantuvo en sus trece y en la última jugada del partido la estrella de los Bulls no iba a estar presente.

Es cierto que Kukoc ya había anotado un tiro ganador contra Indiana en esa temporada, pero que fuese el elegido en un partido de playoffs era toda una declaración de intenciones por parte de Phil Jackson.

Y así, con sólo 13 minutos de juego en el partido, con un estado de ánimo próximo a la depresión y bajo la gélida mirada de Pippen, Toni Kukoc recibió el balón en la parte superior de la bombilla, y, tras un escorzo de 180 grados, anotaba una increíble canasta que hacía estallar de júbilo al pabellón y que daba la victoria a los Chicago Bulls.

A partir de ahí todo cambió para Kukoc. Fue aceptado de pleno por el resto de la plantilla, mientras que Pippen pasó a ser el villano para los medios. Los Bulls acabarían perdiendo la serie ante los Knicks tras una estúpida falta intencionada de Pippen en el quinto partido. No le quedó más remedio que pedir perdón, aunque lo hizo a su manera: “Pedí disculpas a Phil (el entrenador) y al resto del equipo. No creo que deba pedírselas a nadie más”.

A mediados de la temporada siguiente Michael Jordan decidió que el duelo por su padre ya se había acabado y retornó a la NBA. Los Chicago Bulls consiguieron tres títulos de forma consecutiva (1996, 1997 y 1998) con un equipo legendario formado por el mejor jugador de todos los tiempos, Ron Harper, Dennis Rodman y, por supuesto, Scottie Pippen y Toni Kukoc.

Kukoc nunca llegó a ser el jugador que había deslumbrado en Europa. En Estados Unidos fue obligado a aumentar en casi 15 kilos su peso corporal y perdió en movilidad y plasticidad. Fue reciclado a jugar como alero alto y se convirtió en un especialista en el tiro, aunque mantuvo intacta su extraordinaria visión de juego. Fue jugador capital en los 3 títulos de los Bulls y alargó su carrera hasta los 38 años manteniéndose como un hombre de rotación importante en la NBA. Pippen no consiguió sacarse el estigma de escudero de Jordan y aunque el paso del tiempo le hizo ganarse el respeto de público y crítica, nunca llegó a ser el macho alfa ni en los Bulls, ni en posteriores aventuras en los Rockets y en los Trail Blazers.

Hoy en día Kukoc y Jordan son buenos amigos y pareja habitual en torneos de golf. Pippen y Kukoc limaron asperezas y, aunque no tienen gran amistad, mantienen una relación cordial e incluso coincidieron en labores de despacho en los Bulls una vez retirados.

Kukoc: “Jordan y Pippen me torturaron, pero no cambiaría ni una sola cosa de mi carrera en la NBA. Ni siquiera la experiencia de pasar por esos primeros momentos duros. Ganar títulos es impagable”.

Pippen: “Nos aprovechamos de un chico muy joven. Y creo que habíamos escuchado tanto sobre Kukoc que pensamos que teníamos mucho que demostrarle. Tenía claro que iba a darle duro (…) No fui justo con él, pero realmente creo que fue bueno para él todo por lo que pasó”.

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Bullying a Toni Kukoc (1ª parte)

Los triples no llegaron a la NBA hasta tan tardía fecha como 1979 y aún tardarían otros cinco años más hasta llegar al baloncesto FIBA. Aunque tenemos en la cabeza los icónicos lanzamientos de Larry Bird en los 80, lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1990 el triple no fue usado como arma cotidiana de ataque. Por eso, cuando en el Mundial juvenil de 1987 un larguirucho espécimen anotó 11/12 ante los todopoderosos norteamericanos la noticia causó conmoción y corrió como la pólvora en el planeta baloncestístico. Un desconocido había masacrado a Estados Unidos, la realeza del deporte de la canasta.

Toni Kukoc era un jugador nunca visto. Con 2’10 metros de altura y una extrema delgadez se movía cual gacela por todas las partes de la pista. Era un excelso anotador, tenía criterio en la dirección y era capaz de asistir y rebotear con la misma diligencia. Era llamado ‘la pantera rosa’ por su frágil constitución, aunque pronto fue comparado con ‘Fido dido’, el personaje de la bebida espirituosa ‘7up’, muy de moda en esos años. Por si fuera poco era un jugador altruista. Era difícil de odiar. Era imposible no quererlo. En sus años de gloria en Europa gustaba de quedarse en el banquillo cuando su equipo iba ganando para que sus compañeros disfrutasen del partido. Solo pedía a su entrenador saltar a pista cuando observaba que su presencia era necesaria.

En Estados Unidos se habían dado cuenta de que con sus universitarios no era suficiente para ganar al baloncesto europeo en los Juegos Olímpicos y habían empezado a mirar con buenos ojos abrir las fronteras y captar talento extranjero para la NBA. Y en Europa no había más talento que en Yugoslavia. Destacaban Vlade Divac, Drazen Petrovic, Zarko Paspalj, Dino Radja o Aleksander Djordjevic. Pero ninguno tenía un balance talento-coordinación tan excelso como Toni Kukoc.

Así pues, en junio de 1990, poco después de ganar su segunda Copa de Europa con la Jugoplastika de Split y meses antes de ganar el Mundial de baloncesto con Yugoslavia, Toni Kukoc era elegido en el puesto 29 del draft de la NBA por Chicago Bulls. La posición, poca glamurosa con la perspectiva de la actualidad, era magnífica para un jugador europeo de entonces. El equipo, los Bulls de Michael Jordan, el mejor destino posible. La elección fue una decisión personal de Jerry Krause, manager general del equipo, que desde el famoso día del 11/12 en triples estaba obsesionado con fichar a Kukoc.

El problema es que aparte de Krause no había nadie más en los Bulls que quisiese a Kukoc.

En 1990 los Chicago Bulls eran el equipo de Michael Jordan. Pero era un Jordan perdedor. Año tras año la franquicia caía en los playoffs y año tras año los medios se cebaban con Jordan tildándolo de egoísta y de simple matador, obviando todas sus otras excelsas cualidades. Los Bulls aún no habían ganado ningún título. Ni siquiera sabían lo que era jugar una final de la NBA. Jordan exigía refuerzos y amenazaba con marcharse del equipo si la directiva no cumplía con sus demandas. El problema no eran los fichajes en sí. Era el trato. Krause era el típico millonario gordo y seboso de condición sumisa y de carácter débil que no gustaba a nadie. Vale la pena echar un vistazo en Google para ver fotos del personaje. Jordan lo odiaba. Krause presumía ante empresarios y políticos de que gracias a él los Bulls generaban millones de dólares y eran conocidos en todo el mundo. Jordan quería más dinero, más fichajes, pero, sobre todo, más respeto.

Así pues, cuando ese verano Krause comenzó con la caza de Kukoc, Jordan se puso manifiestamente en contra del yugoslavo. Rechazó colaborar con Krause en un viaje de promoción que hizo por Europa y contestaba a los medios con evasivas y con rechazo cuando le preguntaban por aquel desconocido jugador croata. Un día, cuando vio unas imágenes de ‘La Pantera Rosa’ se echó a reír y le auguró un máximo de una semana en Estados Unidos hasta que recibiera los primeros empujones y codazos en la NBA. En otra ocasión, Krause le entregó a Jordan unas cintas de vídeo con imágenes de partidos de Kukoc para que observara por sí mismo su extraordinario potencial. Una vez vistas, le pidió que lo llamase y le dijera que le encantaría que jugase con él en los Bulls.

Jordan levantó la mirada del suelo con asco y ni siquiera contestó a la sugerencia de Krause. Las cintas siguieron guardadas en la misma caja con el logo de los Bulls en las que venían empaquetadas.

Todo esto llegó a oídos de Toni Kukoc, un joven talento de 22 años, pero también un inseguro baloncestista sin la determinación, el deseo y la convicción que podía tener su compatriota Drazen Petrovic. Por si fuera poco, y con la guerra civil yugoslava a punto de estallar, Kukoc se veía incapaz de alejarse de su familia, por lo que declinó firmar por los Bulls y continuar una temporada más en la Jugoplastika de Split.

Pasado el verano, la temporada 1990/91 comenzó, pero Krause no quería dar su brazo a torcer. Tenía 2 millones de dólares de masa salarial reservados para fichar a Kukoc en cualquier momento, por lo que en enero de 1991 nuevamente viajó a Croacia para tratar de meter en vereda al alero de Split. De hecho, se llevó a Europa a un intérprete y a un representante de la comunidad yugoslava de Chicago. Nuevamente fue en vano. Kukoc dijo que no. Que sabía que no sería bien recibido en ese vestuario.

Y ahí todo se torció un poco más.

No hay nada que fastidie más a un deportista que obtenga por negativa la petición de un aumento de sueldo a sabiendas que el club tiene liquidez. Y eso es lo que pasaba en los Chicago Bulls. Se posponían renovaciones y subidas de salario, porque había 2 millones de dólares en reserva para un semidesconocido yugoslavo. El base titular John Paxson y el pívot Bill Cartwright sufrieron negativas por respuesta ante la demanda de ampliación del contrato. Pero el caso más doloroso era el de Scottie Pippen, uno de los valores emergentes en la NBA y además lugarteniente de Jordan. Para más inri, Pippen compartía muchas cualidades con Kukoc y ocupaba el mismo lugar en la pista.

El caso es que Pippen terminaba su contrato en 1991 y veía pasar los meses sin que los Bulls le ofreciesen la renovación, por lo que cuando el viaje de Krause a Croacia de enero trascendió a los medios, la plantilla en bloque decidió tomar cartas en el asunto. Los jugadores se negaron a aparecer en actos oficiales y dejaron de dirigirle la palabra a Krause. El más explícito de todos fue Michael Jordan, quien comunicó a la directiva que abandonaría los Bulls si se fichaba a Kukoc, mientras dejaba un duro recado ante la prensa: “La directiva no está interesada en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mí costa. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese chico”.

A pesar del mal ambiente la temporada siguió su curso y lo hizo con notable éxito para los Bulls, que iban embalados hacía el primer puesto de la temporada regular. Aún hubo un último intento de fichar a Kukoc en marzo, antes de los playoffs. En este caso fue Phil Jackson, entrenador de los Bulls, quien, persuadido por la directiva, llamó telefónicamente a Kukoc prometiéndole un papel importante en el equipo. Pero Kukoc volvió a decir que no. Preguntó por Jordan y Pippen, no obtuvo respuesta, y dijo que no. Había incluso otro problema a mayores. Kukoc tenía una oferta de la Benetton de Treviso que superaba económicamente a la de los Bulls. En aquella época las ‘vedettes’ europeas aún podían darle algún susto a un equipo de la NBA. Y además la ciudad italiana de Treviso tenía la ventaja de estar solo a unas horas en coche de Croacia. Kukoc intentaría en lo sucesivo sacar a sus padres de un país en guerra, pero ante la negativa de sus progenitores, siempre pretendió estar lo más cerca posible de su familia.

Así pues, y tras un último viaje a Europa en primavera con visita a los padres de Kukoc incluida, Krause tuvo que aceptar que no habría fichaje. Llamó a Pippen y le ofreció la renovación, aunque a la baja, y le prometió que si la siguiente temporada Kukoc tampoco aceptaba jugar en la NBA se le subiría el sueldo. Pippen aceptó a regañadientes, pero la ya manía que le tenía al croata se convirtió en un odio visceral. Los Bulls estaban jugando los playoffs por el título cuando se confirmó que Kukoc había firmado por la Benetton. Scottie Pippen fue claro y rotundo con la prensa: “Me parece fantástico. Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato”, soltó de inmediato, mientras Jordan esbozaba una amplia sonrisa detrás de las cámaras.

Tan solo tres semanas más tarde los Chicago Bulls conseguían ganar el título de la NBA al derrotar en la final a Los Ángeles Lakers de Magic Johnson por un claro 4-1. Michael Jordan dejó de tener detractores y se convirtió en el nuevo rey del baloncesto. Scottie Pippen recibía un merecido aumento de sueldo y el resto de jugadores titulares veían ampliados sus contratos. Y mientras, a miles de kilómetros de distancia, Toni Kukoc ganaba por tercer año consecutivo la Copa de Europa y por segunda vez el premio MVP al mejor jugador.

Parecía que el asunto Kukoc había pasado para no volver. Pero a Toni Kukoc aún le quedaba mucho por sufrir.

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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=W0CVItfhkl0

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