Giro de Italia

El día que los hombres lloraron (Gavia 1988)

Vincenzo Torriani era el patrón del Giro de Italia. Era patrón del Giro como lo era de La Gazzetta dello Sport, el periódico que organizaba la corsa italiana desde su primera edición recién inaugurado el siglo XX. Torriani cogió las riendas en 1946 y no soltaría el cargo hasta 1989. Cuarenta años de mandato con alabanzas y críticas, siendo las primeras muy profusas en sus inicios y las últimas habituales en su tramo final. ¿Por qué? Fácil respuesta que contiene tres nombres. Giuseppe Saronni, Francesco Moser y Roberto Visentini. Tres campeones del Giro de Italia en la década de los 80. Tres italianos. Y tres ciclistas con amplias dificultades para sobrepasar la alta montaña. Durante esos años Torriani acortaba las etapas duras aduciendo problemas meteorológicos para beneficiar a los ciclistas transalpinos.

Y es que los problemas meteorológicos en el Giro son el pan de cada día. La prueba discurre durante el mes de mayo e inevitablemente finaliza cerca de los Alpes. El fin de fiesta tradicional es en Milán, aunque últimamente se apuesta por otras ciudades llevándose la palma Verona. El cogollo del asunto es acabar al pie de los Alpes que es donde se decide la prueba. Y no solo eso. El asunto es alargar lo máximo en el tiempo el paso por tan vastas y elevadas cumbres dado que en mayo aun las nieves son abundantes y los riesgos de tormentas y nieblas son elevados. No es extraño, por tanto, que en cada edición del Giro al menos una etapa tenga que ser recortada en unos cuantos kilómetros o haya que eliminar de la ruta uno o dos puertos de montaña.

No en 1988. Harto de críticas, entrando en los 70 años y ante su último Giro de Italia como capo, Vicenzo Torriani dijo que no. El Giro atrasó un par de semanas su inicio en busca del buen tiempo. Fue en vano. Aquel 5 de junio de 1988 habría un día de perros. Dio igual. No se iba a recortar kilómetro alguno. Para Torriani era el todo o el nada. Aquel día se subiría el Gavia. No se hacía desde 1960. 28 años atrás. No se iba a joder la ocasión. Por nada del mundo. El Paso Gavia (19 km al 7,3%) fue concebido en el siglo XVIII como un camino para mercaderes venecianos que desde la ciudad de la laguna hacían parada en Bormio, para luego marchar en dirección a tierras del Imperio Austrohúngaro. El Gavia, a sus 2.600 metros de altitud, no era más que un paso peatonal de carros y cabras hasta que en la década de 1960 se convirtió en una estrecha carretera propicia para las hazañas ciclistas.

Apenas 120 kilómetros de esfuerzo. Etapa cortísima para la época donde los 250 kilómetros estaban a la orden del día. Se sale de Van Malenco y se llega a Bormio en bajada tras superar el Gavia. El líder es Franco Chioccioli, escalador italiano. Llueve desde el inicio. Y hace frío. Unos siete grados de temperatura. Los últimos ocho kilómetros de la ascensión están sin asfaltar. Se teme que la lluvia se convierta en lodo. Al comenzar la prueba se informa de que nevará a partir de los 1.500 metros. Y Torriani dice que no.

Esta vez no.

Así que allí marchan los esforzados de la ruta.

A los pies del Gavia ataca Johan Van der Velde, un neerlandés que había sido quinto en el Giro de tres años atrás. Por detrás queda un grupo con los cinco favoritos. El citado Chioccioli marcha junto al también italiano Marco Giovanetti, el estadounidense Andrew Hampsten, el español Pedro Delgado y el neerlandés Erik Breukink. Van der Velde se mantiene en cabeza. Y lo hace sin guantes ni manguitos. Pedalea con fuerza. Luce la maglia ciclamino, una camiseta de color vino que ensalza al ganador a los puntos del Giro. Y corona el Gavia con cinco grados bajo cero. Es un héroe. Y da pena. Mucha pena. Tiene los brazos congelados. Tiene las piernas congeladas. Tiene las manos entumecidas y no siente los dedos de los pies. No cuenta con chubasquero. No cuenta con ropa de abrigo. Ni lleva nada encima ni tiene a ningún auxiliar cerca. Nadie contaba con que llegara a la cumbre en solitario. Intenta colocarse un chubasquero que le ofrece un aficionado. No tiene pericía suficiente para hacerlo. Así que allí sigue. Con -5º. Se lanza a tumba abierta en el descenso.

Sin ropa seca Van der Velde afronta la primera curva.

Y debe poner pie en tierra.

No tiene frenos. Están congelados. No debe poner pie en tierra. TIENE que poner pie en tierra.

No puede. No siente los pies. No siente los dedos. Es una especie de robot a punto de romperse.

Andrew Hampsten, que había coronado el Gavia un minuto por detrás, lo pasa tras un par de curvas. Luego vendrán muchos más.

Vuelve a subirse a la burra. Da un par de curvas. La niebla es densa. Resbala. Vuelve a bajarse de la bicicleta.

Van der Velde acabará llegando a meta con 45 minutos de desventaja con síntomas de hipotermia.

Van der Velde

Vamos con Hampsten. La tierra es oscura. La cara está maquillada de barro. El lodazal asemeja un retroceso de medio siglo en el tiempo. Los pedales y los cambios automáticos y los tratamientos médicos milagrosos han convertido al ciclismo en un espectáculo menor. Hoy, 5 de junio de 1988, no será así. El ascenso de Hampsten es apoteósico. La nevada desdibuja una carretera de la que solo queda el recuerdo. La imagen es fantasmagórica. Ciclistas que ascienden como autómatas entre muros de hielo. Andrew Hampsten tiene cara de niño. Hoy no. Hoy parece un anciano envejecido. Las arrugas recorren su rostro y el sudor y la nieve bailan alrededor de sus mejillas.

Hampsten y los demás parecen santos con una corona de nieve sobre sus cabezas. No hay cascos. Son los 80. Pelo al viento. Hampsten y los demás llevan chubasqueros, manga larga y guantes. Guantes que cubren la mano, pero dejan libres los dedos. Guantes que permiten abrazase al manillar. Pedro Delgado, el campeón español, no puede con el ritmo. Un hijo de la fría Segovia acabará clamando por lo inhumano del Gavia. Aquello parece el apocalipsis. Los aficionados, pocos, pero selectos, ni gritan ni se desgañitan. La mayoría permanece callada mostrando máximo respeto ante la locura. Alguno hasta se santigua y exclama un ¡Santa Maddona! al ver el paso de la comitiva. De los cadáveres andantes. De la marcha fúnebre.

Hampsten reduce la marcha. Tiene ropa seca, guantes de neopreno y gafas de esquí. Mete plato, baja los piñones y zigzaguea camino de la meta de Bormio. Hampsten corre en el 7- Eleven. Su director, avispado como pocos, había apostado a primera hora de la mañana un coche a 300 metros de la cima desde donde surtirá bebidas calientes a sus corredores. No sólo eso. Hampsten y el resto de chicos del 7-Eleven se habrán untando sus cuerpos de vaselina de la cabeza a los pies para combatir el frio.

Otros harán el descenso en coche. Los anónimos. Los currantes del pelotón. Muchos buscaron los automóviles de su equipo para buscar refugio y calor, la única manera de afrontar el descenso. La organización no quiso ver como al llegar al llano volvían a montarse en sus bicicletas para afrontar la llegada a Bormio. Luego se habló de que entre 40 y 50 corredores hicieron parte de la etapa subidos a un vehículo.

Algunos de los que han sobrepasado en el descenso a Van der Velde han tenido que pararse en la siguiente curva. Uno de ellos es Delgado. Toca bajar y saltar. Saltar y volver a saltar. Saltar para entrar en calor para volver a sentir unos pies que yacen perdidos. Saltar para insuflar aire caliente de los pulmones en unas manos que se tornan en inexistentes. Delgado pasará los siguientes dos días sin movilidad en los dedos. Jean François Bernard también tiene que parar para intentar entrar en calor. Marc Madiot contaba que bajaba un par de curvas en bici y luego esprintaba a pie cincuenta metros para entrar en calor y volver a coger la bicicleta para continuar con el descenso. Cada uno de aquellos héroes llega al llano como puede. En pequeños grupos de hombres que se unen para luchar contra la desgracia. Alguno entrará en meta resoplando. Alguno lo hará con los ojos inyectados en sangre deseando hablar con los medios para soltar improperios ante la organización. “Sois unos hijos de puta”, bramará el francés Bernard mientras bebía whisky y café a la vez.

El vencedor fue Erik Breukink quien consiguió sobrepasar en la meta a Hampsten a quien logró cazar en el descenso. Breukink, que iba mucho menos abrigado que él y por lo tanto bajaba con menos peso y más rápido, adelantó a Hampsten sin que el americano hiciese ni el intento de seguirle. El adelantamiento fue una de las pocas imágenes que se pudieron ver en directo por televisión en la parte final de la carrera. Breukink alza los brazos e inmediatamente después cae al suelo desmayado. Las mantas hacen su aparición en el fin de la etapa junto a las bebidas calientes. Son hombres que lloran como niños. En la práctica era un hospital de campaña. Rostros amoratados, descolocados. Miradas perdidas en cuerpos esqueléticos. Los periodistas y los aficionados se sacaban sus abrigos para ayudar a aquellos desvalidos. Juan Lukin, un modesto corredor español, acabó detrás del pódium sacándose la ropa mojada con la ayuda de una azafata. Cuando luego le contaban que había estado desnudo delante de ella siempre lo negaba ya que no recordaba nada de lo sucedido.

Perico Delgado

Al día siguiente La Gazzetta dello Sport titula: “Il giorno in cui gli uomini piansero”. (El día que los hombres lloraron).

Vincenzo Torriani tenía su venganza.

Andrew Hampsten ganó el Giro y se convirtió en el primer ciclista no europeo en ganarlo. Breukink fue segundo y Chioccioli, quien iba líder antes de la etapa del Gavia, finalizaría en quinta posición. Johan Van der Velde acabó en una irrelevante 65º posición, aunque subió al pódium final al alzarse con la maglia ciclamino de mejor velocista.

Nunca más se ha vuelto a correr una etapa así. Queda para la historia del ciclismo aquella locura del Giro de 1988.

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Un paseo entre las montañas italianas

Quizás es la gastronomía. Igual es el clima y la diversidad de paisajes. Puede que sea el romanticismo y la sonoridad del idioma. Posiblemente sea la mística del Imperio Romano o la belleza del Renacimiento. Tal vez es el estilo de vida desenfadado y el trabajar para vivir y no el vivir para trabajar. A lo mejor es su fidelidad a la familia y a la amistad o simplemente es que está cerca de todo y lejos de nada. El caso es que nos gusta Italia. ¿A quién no?

Cada rincón de Italia tiene algo que contar y arte para apabullar. Caminar por un pueblo o una ciudad italiana es recorrer en primera persona los designios de la historia. Y sin embargo, cuando se hace hincapié en las bondades del país de la bota siempre se omite una verdad de Perogrullo; Italia es un país de montañas.

Sol y playa. Eso es para muchos Italia. Son poco más de 300.000 kilómetros cuadrados rodeados de cinco mares. El mar Mediterráneo baña todo el país (exceptuando el norte), incluyendo la isla de Cerdeña, pero localmente toma nombres diversos. El mar de Liguria (de San Remo a La Spezia) es de costas altas y rocosas, el mar Tirreno (de La Spezia a la costa de Palermo) no presenta cabos ni golfos en demasía, el mar Jónico (de la costa de Palermo a Otranto) es promiscua en playas largas y llanas y el mar Adriático (de Otranto al golfo de Venecia) es un golfo gigante, estrecho, tranquilo y sin peligrosidad para el navegante.

Italia

Las montañas eran vistas en la Antigüedad como objeto de miedos, intrigas, bestias salvajes y hondas penumbras. Eran obstáculos que separaban pueblos, llamaban a los peligros y dificultaban la agricultura o la ganadería. Grandes y extremas, pobladas por deidades, monstruos y seres sobrenaturales, eran un imposible para el homo sapiens. Con la expansión de las religiones monoteístas, las montañas comenzaron a verse como una forma de unión a Dios. Allí seguían viviendo brujas o demonios, se hacían milagros y se fabricaban mitos, pero también se intentaba llegar a lo más alto posible para comunicarse con Dios. Edificar un lugar de meditación y oración en lo alto de una montaña era la forma más factible de comunicarse con el Altísimo.

Fue con la Ilustración cuando el ser humano cambia su concepción por las alturas. El microscopio, a lo cerca, y el telescopio, a lo lejos, revolucionaron nuestra perspectiva. Con el telescopio también nace la geología. Donde antes la montaña era inmutable ahora se desgasta. La montaña también se pliega y se rompe. Nace entonces la fascinación por la naturaleza. El interés por indagar y descubrir. Lo hará en una época donde el ser humano pasará a ser un animal de ciudad. La tecnología y el urbanismo forja un hombre que convierte en una obsesión dominar la naturaleza y conquistar las montañas. Lo forjará a través de ingenieros, aventureros y deportistas.

Hoy vemos en las montañas libertad, desconexión y un reencuentro con nuestros orígenes. Nuestro yo urbano desprecia a aquel que se gana la vida en el campo, pero anhela la libertad de una vida paradisiaca al pie de las montañas y lejos de los gigantes de hormigón y acero que nos aprisionan a diario. Hoy consumimos montañas de fin de semana, o montañas de verano. No obstante, el anhelo de llegar a lo más alto, de conseguir lo imposible, de acercarnos al infinito, sigue igual de vivo que estaba hace miles de años.

Es Italia un país que no se entiende sin el mar. Mas tampoco se entiende sin las montañas. Exceptuando la llanura del Po, que se puede considerar un terreno tendido, el resto de la geografía italiana es un terreno accidentado de naturaleza escarpada formado por picos de gran altitud incluso en sus territorios insulares.

Al norte Italia está enclaustrada por los formidables Alpes con sus múltiples denominaciones (Marítimos, Ötzales, Dolomíticos, Cárnicos, Julianos…). Con ellos se cierra Italia y hace sus fronteras con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia y enclaustra la llanura padana al sur. Después están los infravalorados Apeninos que cruzan la espina dorsal de la península de norte a sur. Y luego tanto Sicilia como Cerdeña plagados de montes y volcanes dormidos.

Trento y Los Dolomitas

Como es bien sabido no existe mayor evento de exaltación de patriotismo, naturalismo y explosión viajera que el ciclismo. La mejor forma de conocer un país es a través de una vuelta ciclista, y son las montañas la salsa y el picante de cada una de las múltiples historias que las laderas escarpadas dejan en el recuerdo colectivo de la comunidad. El trabajo se multiplica hacia el norte, pero toda Italia está plagada de subidas propicias para el sufrimiento y la agonía.

Vamos, pues, de lleno con el ciclismo. Si obviamos el sur del país, menos propicio por simple cuestión orográfica, y viajamos definitivamente a la frontera norte, el compromiso se multiplica exponencialmente. Los Alpes han visto casi tanta historia ciclista como jaleo político, ardor bélico e inestabilidad territorial. Los relatos son interminables en los tres sectores alpinos (piamonteses, lombardos y vénetos), aunque hay subdivisiones mucho más precisas si se quiere. El Giro de Italia se explica alrededor de esta temible cordillera.

En el Trentino están el rey y la reina de las montañas italianas. El Gavia y el Stelvio. El Paso Gavia (19 km al 7,3%) fue concebido en el siglo XVIII como un camino para mercaderes venecianos que desde la ciudad de la laguna hacían parada en Bormio, para luego marchar en dirección a tierras del Imperio Austrohúngaro. El Gavia, a sus 2.600 metros de altitud, no era más que un paso peatonal de carros y cabras hasta que en la década de 1960 se convirtió en una estrecha carretera propicia para las hazañas ciclistas. Son varias las veces en las que la nieve ha impedido ascender el Gavia, dado que en mayo el invierno sigue presente por esas latitudes. En 1988 la gran mayoría de los ciclistas, congelados a causa de una fortísima ventisca, tuvieron que bajar en los coches de sus equipos con la calefacción a máximo gas.

A unos 60 kilómetros del Gavia está el paso del Stelvio (22 km al 7,1%). Digo bien paso y no alto, ya que al igual que el Gavia el Stelvio es un altísimo paso de montaña (2.700 metros de altitud) creado por los hados de la ingeniería. Fueron los austriacos, tras derrocar a Napoleón, los que en el siglo XIX construyeron un paso que uniese la región de Lombardía con el Tirol. Fausto Coppi bautizó para el ciclismo una subida de 48 curvas serpenteantes con unas de las mejores vistas que la humanidad puede contemplar.

Stelvio

Más al este hay otras tres montañas mágicas. El Pordoi (9,4 km al 6,8%), La Marmolada (14 km al 7,9%) y las Tres Cimas de Lavaredo (23 km al 5,1%) en la región del Véneto. Lavaredo es el pico más conocido de los Dolomitas, los tres picos si somos más específicos, ya que la subida está coronada por tres picos rocosos (a 3.000 metros de altura) que conformaron frontera entre Austria e Italia hasta 1919, cuando la zona fue recuperada por los italianos como botín de guerra tras la I Guerra Mundial. Las fortificaciones y los cementerios compiten en fama con las hazañas de Eddy Merckx, que se dio a conocer al mundo en Lavaredo una tarde de 1968. Por último, y ya cerca de Eslovenia, está el Zoncolan (10 km al 12,1%), mientras que 500 kilómetros al oeste, en la frontera suiza, destaca el Mortirolo (12,5 km al 10%) o en la frontera francesa el Agnello (31 km al 5,60 %) una bestia a 2.800 metros de altura cuyo clima lo hace casi siempre impracticable para el ciclismo, pero que forma parte de la historia europea por ser el lugar por donde se cree que Aníbal y sus elefantes cruzaron para desafiar a Roma en el siglo III a.C.

De todos ellos el más mítico para el Giro de Italia es el citado Mortirolo, en los Alpes lombardos. Una vía de cabras estrecha y de pendiente desproporcionada con un perfil brusco y angosto donde Miguel Induráin comenzó a perder el Giro de 1994 tras desfondarse subiendo sus rampas para luego reventar remontando el Valico de Santa Cristina ante Eugeni Berzin.

Esas terribles montañas desahogan sus lágrimas en los fastuosos lagos que hacen del recorrido que va de Verona a Varese uno de los más hermosos del planeta. Desde que en 1948 fue proclamada por el Papa Pio XII como Patrona del Ciclismo todo ciclista debe ascender y visitar el santuario de Madonna del Ghisallo (9,4 km al 6%) y luego poner a prueba sus piernas en el corto, pero brutalmente empinado, Muro di Sormano (1,7 km al 17%) siempre a los pies de los citados lagos.

Tras ese continuo discurrir de montañas por el norte de Italia el valle del Po hace su aparición. Regado de agua, ideal para cultivar, industrial y próspero, marca la división entre dos Italias totalmente diferentes. A partir de ahí, el país se convierte en un continuo de playas y de mar dividido en dos vertientes por los Apeninos, una cordillera que parte por la mitad a Italia. Al oeste el mar Tirreno vive a espaldas del Mar Adriático enclavado al este. Ambos plagados de ríos cortos, colinas dentadas y picos imponentes. Eso es lo que nos espera. Y en el centro de todo ello, los Abruzzos. El techo de esta larga cordillera.

El Blockhaus (30 km al 6,5%), paralelo a Roma, pero próximo al Adriático, impone con sólo nombrarlo. El nombre es germánico y significa casa de piedra, dado que en lo alto de la cima (2.145 metros) se localiza un fuerte de piedra que mandó construir un comandante austriaco durante las guerras de unificación del siglo XIX. Desde su alto se ve con facilidad el mar y desde allí Eddy Merckx sufrió una de sus pocas derrotas ante el asturiano José Manuel Fuente.

Mas al norte está el Gran Sasso, una burrada de 45 kilómetros al 3,9%, quizás no muy duros, pero si extenuantes. En 1999 un Marco Pantani avasallador sepultaría a todos sus rivales. El Gran Sasso (gran piedra) es una preciosa subida de lagos y piedras blancas, la más alta de todos los Apeninos y el lugar a donde los Aliados llevaron preso a Mussolini durante la II Guerra Mundial antes de que un comando de las SS liderado por Otto Skorzeny lo liberase y lo transportase junto a Adolf Hitler. Está zona es conocida como el pequeño Tíbet y está poblada de idílicos valles y múltiples hoteles. El Gran Sasso es venerado por los amantes de los deportes de invierno del sur de Italia.

Gran Sasso

Y eso que en el sur hay montañas. Volcanes dormidos que esperan agazapados a que los ciclistas coronen su cima. Cerca de Nápoles está la subida a Ercolano (13 km al 7,4%), mas conocida por todos como el monte Vesubio. Cerca de tres millones de personas desafían a la muerte asentándose a sus laderas con la esperanza de no ser una nueva Pompeya. Pero no hay que viajar a la época romana para revivir una desgracia. En 1944 el Vesubio hizo capitular a la villa de San Sebastiano (2.000 habitantes) y de paso a 88 bombarderos norteamericanos que dormitaban a la espera de ser lanzados contra la Alemania nazi.

Ya fuera de la bota italiana, cruzando el estrecho de Messina, nos encontramos con Sicilia. Allí mueren los Apeninos para nacer los Sículos, que convierten a la isla en montañosa y árida. Nos aguarda el Etna (14 km al 7,2%) el otro gran volcán italiano. Su pico, al que es imposible acceder, está a 3.300 metros de altitud, a escasos kilómetros del mar. El Etna es gigante. Cubre un área de cien kilómetros y según la tradición es la boca del mismísimo infierno. A diferencia del Vesubio el Etna ha sido más magnánimo con el homo sapiens, aunque sus erupciones son mucho más frecuentes que las de su homologo napolitano.

“Si no escalas la montaña, jamás podrás contemplar el paisaje”. Pablo Neruda.

“Los hombres se acercan para admirar las alturas de las montañas, las poderosas olas del mar, la amplia extensión de los ríos, el circuito del océano y la revolución de las estrellas. Lo hacen, pero nunca lo consideran”. Petrarca.

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Pantani; una vida sin paracaídas (2ª parte)

A Pantani primero se le conoció como ‘Elefantino’. Era un sobrenombre que odiaba. Le recordaba a su niñez, cuando se metían con él por esas enormes orejas que al subir a la bici ejercían de acordeón frente al viento. Maduro, alguien le puso el mote de ‘Pollo’, porque esas interminables y atléticas piernas se coronaban por una cabeza que las más de las veces tan solo servía como investidura del cuerpo. Ese transitar sin sentido, esos ataques sin paracaídas, le hicieron ser conocido como ‘il pollo Pantani’.

Pero en 1999 Marco Pantani era ‘Il Pirata’. Era un ciclista colosal. Sus ataques sin sentido eran ahora alabados por arriesgados y valientes. El carácter guerrero de Pantani y esa estética de pelo rapado, bandana en la cabeza, perilla y pendientes le convertían en un auténtico pirata. Un corsario que luchaba contra las carabelas del ciclismo, dispuesto a cambiar el status quo establecido.

El Giro de Italia de 1999 recibió al entonces doble vencedor de Giro y Tour (1998) con un recorrido diseñado para vanagloriarle. Era un Giro repleto de alta montaña que rompía con la tendencia de la carrera en la última década. Pero este era un Pantani tan excepcional que ya desde principios de temporada había demostrado un progreso inaudito en las cronos y había puesto patas arriba la Milán-San Remo manteniendo un pulso en el llano frente a un pelotón lleno de rodadores.

Es tal la alfombra roja que se le pone a Pantani que hasta se le prepara un sprint en Cesanatico, donde Marco nació, para que ‘Il Pirata’ se dé un baño de multitudes. Pantani se había puesto líder muy pronto, en la octava etapa, tras 253 kilómetros que acabaron en el Gran Sasso. Mas tarde, en el Santuario de Oropa, salta a pie de puerto y por el camino se le sale la cadena. Es adelantado por el grupo de elegidos y, con una fuerza sobrehumana, sin bandana ni gafas, suelta a los compañeros que acudieron a arroparle, atrapa a los demás y acaba con Laurent Jalabert, quien le había quitado efímeramente el liderato en la contrarreloj impidiendo que su familia y sus amigos de Cesanatico lo hubiesen visto con la maglia rosa. “Tuve que apartarme para que no me arrollara”, comentaría el ciclista francés sobre el adelantamiento de Pantani.

A partir de ahí Pantani da un show y gana en la jornada con final en Madonna di Campiglio, vigilia de la última etapa de enjundia con paso por el Mortirolo. ‘Il Pirata’ lo hará con una amplísima renta sobre sus perseguidores a solo tres días de la llegada a Milán. Había demostrado una extraordinaria suficiencia. Concentrado, apenas saludaba a nadie al bajarse de la bicicleta. “Si veis que no os saludo no os lo toméis a mal, simplemente es que estoy compitiendo”, le había dicho a su guardia pretoriana antes de iniciar el Giro.

Tras dormir en uno de los hoteles de Madonna di Campiglio, en la jornada siguiente el Giro saldría desde la afamada estación de esquí rumbo a Aprica. Era primerísima hora del amanecer cuando un par de tipos aporrearon la puerta de la habitación donde descansaba Pantani. Eran dos ‘vampiros’. ‘Il Pirata’ hubo de levantarse de la cama medio adormecido, balbuceó un par de palabras inconexas y se dirigió al baño para llenar de orina un tubo que se le fue proporcionado.

Era un proceso más que extraño. Pantani ya había pasado dos controles antidopaje en lo que iba de Giro. De hecho, siempre se anunciaba con horas de antelación a quien le tocaba pasar revista. Ese día estaban citados los diez primeros de la general…pero ese día al acabar la etapa, no esa madrugada. En el fondo, en ese Giro hubo graves contradicciones a la hora de realizar los controles. La UCI (Unión Ciclista Internacional) abogaba por unos procesos más laxos. Era sabiduría popular que tomando salinas u aspirinas se lograba bajar los niveles de hematocrito antes de echar la meada. Pero tras el ‘escándalo Festina’ del Tour anterior, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una cruzada antidopaje de la que en la actualidad ha salido victorioso. Por entonces tenía las de perder, aunque contaba con el apoyo del CONI (Comité Olímpico Italiano).

El caso es que Pantani, además de capo en carrera era también capo del pelotón. Como representante de los ciclistas se opuso a los designios decretados por el CONI y la AMA en el asunto de los controles. Los ciclistas veían en esas redadas nocturnas una acusación sin pruebas y un trato despectivo sobre lo que sucedía en otras disciplinas deportivas. Consideraban que eran acusados de criminales, aunque el fondo de la cuestión era que esas redadas hacían saltar por los aires años de omertá.  

El resultado llegó rápido. La tasa de hematocrito de Marco en sangre era del 52%. Superaba en dos puntos el valor permitido. En otras palabras, había consumido EPO para mejorar su nivel de glóbulos rojos y así poder alargar en el tiempo su pico de esfuerzo. La noticia le llegó ‘aex aquo’ por boca de Martinelli y Zomegnan. Ambos, tanto el director del Mercatone Uno como el director del Giro, pudieron ver la incredulidad de Pantani al conocer la noticia y sus ojos desorbitados cuando con un puñetazo reviente de rabia el espejo de la habitación. Pero es en el momento en el que Paolo Pantani, padre de Marco, entre en la habitación cuando el silencio haga su aparición. Paolo no abre la boca. La cara de decepción de su progenitor adentró a Marco en un mundo de lágrimas del que tardará días en salir.

Zomegnan sugirió a Pantani salir del hotel por la salida de emergencia. Pantani se negó. Era inocente y no tenía nada que ocultar. Fue al baño, se limpió las lágrimas, se duchó, se vistió y salió por la puerta principal para contestar a las preguntas de la prensa que allí se agolpaba.

Fue una masacre.

Aunque más lo sería al día siguiente. No existía la presunción de inocencia, era Pantani quien debía demostrar que era no culpable. No habría forma de hacerlo. Era un caso visto para sentencia. No ayudó a Marco que días después saliese a la luz que cuando en el invierno de 1996 fue operado de la fractura de tibia y peroné un análisis de sangre revelara que su nivel de hematocrito estuviese en un exagerado 60%.

Fue propuesto a un año de sanción sin competir.

La Camorra falseó el hematocrito de Pantani | Marca.com
Juicio popular

No había dudas. Era ‘vox populi’ que el dopaje estaba más que extendido entre el pelotón. Apostar por la inocencia de Pantani era un acto de fe. Pero había muchos interrogantes en el asunto. El control fue totalmente ilegal. No se avisó al ciclista con antelación ni estuvo presente el médico del equipo. Además, el contranálisis fue hecho por el mismo laboratorio, cuando debía cotejarse el resultado con otro laboratorio. Hubo también quien dijo que pudo haber un cambio brusco de temperatura o una mala conservación del recipiente, o, simplemente, que Pantani no se había hidratado suficientemente. Todas teorías posibles, pero de rocambolesca probabilidad. Todo semejaba un intento desesperado de defender lo indefendible.

El caso es que la mala praxis en el control sí que era fehacientemente probada, por lo que la sanción de un año sin competir fue revocada. Daba igual. El daño estaba hecho. A Pantani lo sacaron del Giro cuando sumaba cuatro victorias de etapa y tenía el triunfo guardado bajo llave. Le dijeron de competir en el Tour. Ni ganas. Pantani se echó un par de semanas encerrado en su casa de Cesanatico llorando hora tras hora. Entró en una depresión de la que ya no podría escapar. Su credibilidad había saltado por los aires. Competir no tendría sentido para él.

Buscaba refugio.

Y lo encontraría en la cocaína.

Fue Felice Gimondi quien convenció a Pantani para volver a subirse a la burra. Gimondi era la gran leyenda viva del ciclismo italiano, el hombre que logró desafiar y hasta vencer a Anquetil y a Merckx. También el ‘Canibal’ había tenido una mancha con el dopaje, pero a base de victorias había dejado en el olvido aquel incidente. Solo con victorias podrás sacarte el estigma de encima, le había dicho Gimondi a ‘Il Pirata’.

Pero Pantani no era Merckx. Era débil. Un pollo sin cabeza. Vuelve para la temporada siguiente. Se arrastra en el Giro, donde se le niega ser líder de su equipo, y va al Tour del año 2000 como un muerto viviente. Físicamente era el mismo, pero moralmente era otra persona. Se dejó ir en las etapas llanas hasta que llegó el día del Mont Ventoux. Allí, en la montaña lunar, Pantani resucitó. Sacó su golpe de pedal y balanceó la bici como en sus mejores tiempos. Fue dejando atrás a uno tras otro para cabalgar a la cima de la sagrada montaña. Solo Lance Armstrong logró aguantar su rueda. El norteamericano era el dueño y señor de la carrera y lo quiso demostrar. Se ponía por delante de Pantani y abría unos metros de distancia. Frenaba. Se ponía al lado de ‘Il Pirata’ y volvía a adelantarse. Le estaba esperando para dejarle ganar. Aquello era humillante. Induráin había dejado ganar a muchos en sus años de reinado. Se ponía a rueda y se dejaba ir. Lo que hacía Armstrong era egocéntrico. Le enseñaba al mundo que podía, pero que no quería. No era solidaridad, era caridad. Y lo sería mucho más cuando en la línea de meta se pare para que Pantani gane.

Marco explotó. No era un cualquiera, un don nadie que necesitara migajas. Despotricó contra Armstrong. Y el texano no se iba a achantar. Usó a los medios como altavoz para llamar ‘Elefantino’ a Pantani, el mote que tanto odiaba.

Encendido, Pantani lanza un durísimo ataque en la etapa que acaba en Courchevel y que pasa el temible Izoard. Es el Pantani de los buenos tiempos. Poesía en movimiento. Armstrong se pega a su rueda, pero acabará cediendo a falta de tres kilómetros para la cima. Marco Pantani vuelve a ser un grande. Un dios sobre dos ruedas.

Sería el canto del cisne.

Mont Ventoux ⛰️ La trágica y épica montaña del Tour - Ciclismo Épico
Armstrong y Pantani

Al día siguiente a Pantani le da una voutada y ataca a 130 kilómetros de la meta. Lo acabarán cogiendo y se dejará una minutada en la línea de meta. Decide abandonar y no terminar el Tour.

Un sin sentido.

Ni otro Tour ni otro Giro, ni ninguna otra gran carrera. Pantani acumuló desde entonces abandono tras abandono. Siguió entrenando e inyectando cocaína a su cuerpo a partes iguales. Llevo su ser a un masoquismo autodestructivo. Se alejó de su familia y su novia se vio obligada a consumir para que lo aceptase a su lado. Siguió firmando autógrafos y sacando fotos con esos fans que le perdonaban todo porque les había hecho vivir alguno de los mejores momentos de su vida. Eran fotos en blanco y negro donde las sonrisas eran sueños del pasado.

El día de San Valentín de 2004 Marco Pantani se encontraba en un hotel de Rimini, una bella ciudad a orillas del Adriático, bulliciosa en verano y solitaria en invierno. Allí, en un decrépito hotel, Marco Pantani atrancó la puerta de su habitación con una cómoda y con una mezcla de antidepresivos y cocaína espero que su cuerpo fuese capaz de ascender de nuevo el Galibier.

No fue así.

Falleció por un paro cardíaco provocado por un edema pulmonar y cerebral. Dejó tras sí una suerte de testamento en el que se juntaban frases inconexas.

Desde aquella madrugada en Madonna di Campiglio hasta aquella otra madrugada de San Valentín de 2004 Marco Pantani no volvió a dar positivo. Curioso ante un hombre que se pasó el último lustro de su vida enganchado a la cocaína. De hecho, en su última exhibición, en su victoria en Courchevel (donde vibramos) lo hizo a pesar de la cocaína polvo. Solo por lo que hizo en Courchevel habría que poner a Pantani en el mismo pedestal en el que se encuentra Maradona. Lo que hizo Pantani fue grandioso, no gracias a la cocaína, sino a pesar de ella.

Apenas tenía 34 años. Eran ya cinco de penurias. Su novia confirmó que su primera raya de coca fue en octubre de 1999. Cuatro meses después del positivo de Madonna di Campiglio. Aquello rompió el corazón de muchos. Semanas atrás se había marchado José María Jiménez, otro ángel de la las montañas sin el tronío del italiano. La cocaína también se había llevado por delante al ‘Chava’ con 32 años.

Miles de aficionados al ciclismo despiden a Marco Pantani en Cesenatico, su  localidad natal | Deportes | EL PAÍS
El último adiós

Luego vino el perdón. En 2014 se reabrió la investigación sobre la muerte de Marco Pantani. Dos años después se demostró que la muestra del positivo de Madonna di Campiglio había sido manipulada por la mafia siciliana. Al parecer había ingentes sumas de dinero apostadas a la derrota de última hora de Marco en el Giro de 1999. También se supo que aquel día de San Valentín de 2004 Marco Pantani había sido golpeado y obligado bajo coacción a beber cocaína diluida en agua.

Marco era grandioso.

Pero estaba muerto.

Hoy, un coqueto museo rinde homenaje a ‘Il Pirata’ en Cesenatico, no muy lejos de aquel hotel que lo vio marchar. Pero es en el Galibier, en el punto exacto donde Pantani pegó una dentellada a Ullrich durante un aguacero caído en la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en donde una estatua se alza para honrar el recuerdo imperecedero de un escalador de tronío. El último pirata de las montañas.

“Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza” Lucien Van Impe, ganador del Tour de Francia y hexacampeón del maillot de la montaña.

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Pantani; una vida sin paracaídas (1ª parte)

Nueve días antes habíamos perdido la inocencia. Un tráiler del equipo Festina había sido parado en un control aduanero y lo que era un vehículo pesado de dos ruedas se convirtió en una farmacia en movimiento. Docenas de cajas de testosterona y de hormonas de crecimiento y más de 200 ampollas de Eritropoyetina (mundialmente conocida como EPO) trasmutaron a los ciclistas de héroes sacrificados en yonkis consentidos. Herido de muerte, el Tour de Francia de aquel año acabaría con diez ciclistas detenidos (entre ellos Richard Virenque, héroe nacional francés) y con siete equipos que abandonaron la carrera por solidaridad con los detenidos. Entre ellos estaban los cuatro conjuntos españoles (Banesto, ONCE, Kelme y Vitalicio Seguros), decisión, que, con el paso del tiempo, no deja en buen lugar a ninguno de ellos.

El caso es que, en medio de semejante panorama desolador, nueve días después de aquello, el Tour iba a presenciar una de sus jornadas más legendarias. Quizás, la mayor hazaña del último cuarto de siglo. Era la decimoquinta etapa del Tour 1998 y se recorrían 189 kilómetros entre Grenoble, capital de los Alpes franceses, y la cima de Les Deux Alpes tras transitar por la Croix de Fer y por el temible Galibier, este último a 50 kilómetros de la línea de meta.

Dossier – Recorridos históricos de las GV – 1995-2007 | Plataforma  Recorridos Ciclistas
Grenoble-Les Deux Alpes

Jan Ullrich había cogido el amarillo en la octava etapa tras ganar la contrarreloj de Correze. Era Ullrich una locomotora de impresionante pedalada y anchas espaldas que estaba llamado a ser el sucesor de Miguel Induráin. Era el vigente ganador del Tour y contaba con apenas 24 años. La magnificencia con la que había ganado el Tour el año anterior hacía sonrojar cualquier victoria del gigante navarro. Ullrich tenía igualmente controlada la edición de 1998. A la altura de esa decimoquinta jornada, el coloso alemán contaba ya con cinco minutos de ventaja sobre Marco Pantani, un irregular y excelente escalador que meses antes había salido triunfante del Giro de Italia.

Antes, en los Pirineos, primero en la etapa con final en Luchon y luego en la de Plateau de Beille, Pantani llegó a recortar minuto y medio ante un Ullrich que se limitaba a controlar el grupo principal y permitir márgenes poco preocupantes. Llegaron así los Alpes, y con ellos un radical cambio climatológico. Del sol de los Pirineos se pasó a la lluvia, al frío y a un ocasional y doloroso granizo.

Con las piedras de granizo cayendo de costado al pie del Galibier, Fernando Escartín lanzó dos latigazos. Ambos fueron contestados por Ullrich sin cambiar el rictus de su rostro. Al tercer intento Ullrich dejó marchar al pequeño escalador aragonés mientras mandaba a sus compañeros de equipo mantener un ritmo sosegado. Como en los tiempos de Miguel, nadie se atrevía a cuestionar al capo de la carrera, pero, al igual que a Induráin, a Ullrich le hacía mucho daño el frío. Donde otros vieron condescendencia, Pantani vio debilidad. ‘Il Pirata’ cambió de piñón, agarró la parte baja del manillar, dio un golpe seco y soltó un demarraje brutal. Ullrich se fue tras Pantani, pero reventó al poco de ponerse en pie. La pájara fue de época. En la cima del Galibier, a 2.642 metros de altitud, Marco Pantani aventaja a Jan Ullrich en 2’49’’. Por el camino fueron quedando Escartín y un grupo de valientes que marchaban escapados.

Fue un ataque sin sentido, una demostración de fuerza sobrehumana. Pantani era un lobo acosando a un rebaño. Una fiera desbocada demasiado endeble para vencer a la climatología. Solo aquel que alguna vez haya subido un puerto sabrá de la potencia que hay que imprimir para subir una montaña de pie con las manos bajas.

La bajada es de traca. Niebla, frío, dolor y cansancio. Pantani es un papel al que se lo lleva el viento, pero posee una determinación enfermiza. Al llegar a la falda de Deux Alpes no sólo ha conseguido mantener la ventaja, sino que ha logrado aumentarla hasta los cuatro minutos a pesar de los esfuerzos de los compañeros de Ullrich.

Comienza entonces una ascensión apoteósica. Cada golpe de pedal de Pantani es enfermizo. Favorecido por el aguacero, Pantani realiza uno de los ascensos más plásticos jamás filmados. Pedalada a pedalada asalta un golpe en el corazón de Ullrich que se deja en la meta 8’56’’. En la general la ventaja es de 5’56’’ a favor del italiano. Increíble. Al día siguiente, en la etapa de la Madelaine, Ullrich lo intentó todo, desesperado, pero no consiguió sacar a Pantani de su rueda. Llegaría a recortarle un par de minutos en la contrarreloj final, tiempo insuficiente para sacar a Marco de lo alto del pódium.

Jan Ullrich nunca sería el nuevo Induráin. Marco Pantani era el nuevo Coppi. Se convertía en el primer italiano en casi medio siglo en ganar el mismo año el Giro de Italia y el Tour de Francia. Tan sólo Fausto Coppi (1949 y 1952), Jacques Anquetil (1964), Eddy Merckx (1970 y 1972), Bernard Hinault (1982 y 1985), Miguel Induráin (1992 y 1993) y Marco Pantani (1998) han logrado semejante proeza.

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Tour 1998

Marco Pantani había nacido para volar. Su perfil cumplía el canon del escalador. Enjuto, frágil y delgado, uno de esos seres al que sólo la bicicleta le da el empaque suficiente para ser considerado un hombre. En la burra Pantani era un depredador, un pirata con carisma. Fuera de ella era un pollito asustado, pero honrado y sincero. Marco era de esas personas auténticas que no necesitaba papeles para certificar lo dicho. Llegaba con una mirada a los ojos y un sincero apretón de manos para justificar unas palabras.

Pantani había nacido ciclísticamente en el Giro de 1994. En una de esas etapas terroríficas que han pasado a mejor vida. Cinco colosos que ascender y 240 kilómetros sobre las piernas. Un trueno de apenas 24 años decidió apelar a la épica y lanzarse al vacío obteniendo una prestigiosa victoria. Al día siguiente tocaba subir el Stelvio y el Mortirolo antes de llegar a Aprica. Pantani pegó un hachazo en el Mortirolo y acabaría ganando una etapa que lo consagró como estrella, sucediendo en el corazón de los tifosi a Chiappucci el mismo día que Induráin dijo adiós a una grande por única vez en un lustro maravilloso.

Acabaría segundo aquel Giro por detrás de Eugeni Berzin y por delante de Induráin. Solo dos meses después el gigante de Villava corregía ese error y lograba su cuarto Tour consecutivo. Pantani no lograba esta vez ganar ninguna etapa, pero volvió a hacer la delicia de los aficionados. Con ataques imposibles lograba un meritorio tercer lugar en el cajón del Tour confirmándose como la gran promesa del ciclismo mundial.

Era ese un Pantani muy distinto al de años después. No había bandana en su frente. En su lugar una gorra calada en la cabeza o la frente despejada peleando con las inclemencias del tiempo. Marco intentaba luchar con su galopante alopecia peinando los escasos pelos que circulaban por su cabeza y no había visos de barba que adornaran su rostro. Por supuesto no había pendientes ni tatuajes. Solo su interminable sonrisa dotaba de juventud a un rostro que ya hacía tiempo había dejado la adolescencia.

The World of Cycling on Twitter: "Marco Pantani had his first victory as a  pro on Saturday 4 June 1994 stage 14 of the Giro d Italia.  https://t.co/gGSRuvn3Hf" / Twitter
Pantani. Giro 1994

Para 1995 era la alternativa. Era su año. Lo fue a medias. Un coche se lo llevó por delante en un entrenamiento. Se perdió el Giro. Llegó al Tour justo de forma. Ganó dos etapas, pero no brilló en la general. Dio una exhibición en Alpe d’Huez atacando a pie de puerto, cazando a Jalabert, Virenque y Escartín que marchaban escapados y metiéndole minuto y medio a Induráin en un abrir y cerrar de ojos. Pero días después su amigo Fabio Casartelli se caía descendiendo el Col de Aspet y se dejaba la vida. Pantani, hundido, desconecta y pierde una minutada. Meses después reaparece en el Mundial y logra la medalla de bronce tras Olano e Induráin tras otra portentosa exhibición montaña arriba y montaña abajo.

Con el bronce en el cuello Pantani se va a dar un baño de multitudes a Italia para acabar la temporada. Decide correr la Milán-Turín, una clásica que hoy se disputa en marzo, pero entonces tenía lugar en octubre. Tras salir de una curva, un todoterreno hace una aparición en la carretera y se lleva por delante a ‘Il Pirata’. Se trata de una fractura abierta de tibia y peroné de su pierna izquierda. El coche había surgido de un camino comunal y había atravesado la carretera sin que la organización hubiese previsto el desastre.

Eran cinco meses de baja. Fue más de un año. En el 96 no compite. El Carrera (textil) no renueva su contrato y deja el ciclismo. Se forma el Mercatone Uno (supermercados), un conjunto modesto que apuesta por Pantani como buque insignia jugándoselo todo a una carta. Unos 50 trabajadores dependen de que esa pierna izquierda vuelva a funcionar. Con la presión sobre sus hombros por primera vez en su vida, Marco comienza el Giro de 1997 de menos a más, pero en una etapa de transición un gato negro se cruza delante del pelotón y acaba besando el asfalto. Dolorido, se tiene que bajar de la burra.

No quiere correr el Tour, pero el patrocinador le obliga. Marcha a trompicones, un constipado le hace pensar en dejarlo, pero otra vez el Alpe d’Huez se convierte en su talismán. Realiza otra portentosa ascensión, se convierte en el cuarto ciclista de la historia en ganar dos veces en la montaña mágica y se llena de moral para acabar el Tour en tercera posición y volver a formar parte de la élite del ciclismo mundial.

Archivo:Marco Pantani, 1997.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Alpe d’Huez 1997

Y ese debía ser el techo de Pantani. Por entonces era inconcebible que un escalador pudiese ganar una vuelta de tres semanas. Había interminables etapas contrarreloj que levantaban un muro infranqueable para aquellos especímenes ligeros y soñadores que surcaban las montañas. El Giro o el Tour estaban diseñados para todoterrenos o para rodadores que sabían defenderse en las montañas. Lejos estaban los tiempos de Coppi, Bahamontes o Charly Gaul, escaladores con mayúsculas victoriosos en los años 50. Tan solo Pedro Delgado, vencedor en el Tour de 1988, podría ser considerado uno de esos aventureros. Era la excepción que confirmaba una regla que llevaba vigente un par de décadas.

Mas de 80 kilómetros contrarreloj y escasas etapas de montaña hacen que Marco Pantani estalle contra la organización del Giro 1998. En la primera crono ‘Il Pirata’ es doblado por Alex Zülle y adelantado por Pavel Tonkov. Otra vez a contracorriente y otra vez a ganar etapas de alta montaña que le permitan soñar con el pódium. Pero este Pantani es distinto. Se ha puesto un pendiente, se ha dejado perilla y definitivamente se ha rapado la cabeza. Aun no lleva la bandana en la cabeza, eso será una innovación que se vislumbrará en el Tour, pero ya es un pirata en toda regla.

Se sube entonces la Marmolada, uno de esos puertos dolomíticos donde el retroceso de los glaciares abre hojas de la historia. Era la primera vez que Marco asciende esos 2.050 metros. Jugando con los pedales le pregunta a un compañero de equipo cuando empieza lo más duro, a lo que éste contesta, incrédulo, que ya están en la parte más exigente. Pantani acelera el paso, arranca la moto y se escapa a 50 kilómetros de la meta. Se pone líder por vez primera en su vida. Es la maglia rosa. Dos días después vuelve a reventar la carrera y aumenta su ventaja en otra etapa dolomítica donde se quita el pendiente en medio de la ascensión para aligerar el peso, en otra icónica imagen que quedará en la retina de los aficionados.

Italia recuerda a Marco Pantani 16 años después de su muerte - AS.com
Maglia rosa

Llegaba Pantani a la crono final de 34 kilómetros con 1’28’’ sobre Pavel Tonkov. Insuficiente para aficionados, periodistas y ciclistas. No será así. Pantani no solo mantiene la ventaja, sino que la aumenta en un puñado de segundos. ‘Pantani è Dio’.  Es una celebridad al ancho y al alto de la bota italiana. Se le exige, se le suplica, que acuda al Tour a reeditar la hazaña lograda en tierras transalpinas. Pero Pantani no lo ve claro. Hay dos cronos de más de 50 kilómetros y las etapas que acaban en alto, aunque son durísimas, son escasas. Al final fue, y lo que allí sucedió, como ya contamos, es historia y poesía en movimiento.

‘Il Pirata’ cerraba el año 1998 con ese asombroso doblete Giro-Tour. Su reputación era planetaria. Acudía a saraos de todo tipo y se convertía en efigie de numerosas marcas publicitarias. Su imagen rebelde con perilla, bandana, pendiente y gafas de sol, lo convertían en imán para los adolescentes. Para celebrar el Tour se había teñido la perilla de amarillo, moda que muchos deportistas imitarán en los siguientes años para loar una victoria.

Marco Pantani se presentaba al Giro de 1999 como una estrella mediática. Como el hombre a batir. Y, sobre todo, como el patrón indiscutible del ciclismo de aventuras, del ciclismo espectáculo, que, esta vez sí, estaba sustentado con victorias.

Aquel 1999 se prometía feliz. Pero fue el año en el que Marco Pantani cayó a los infiernos.

Pero esa será otra historia.

Será el próximo viernes.

“Disfruto creando el vacío a mi espalda”. Marco Pantani.

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Induráin contra la Santa Alianza

A Miguel Induráin se le acusa de ser un gran campeón de una sola carrera. No les falta razón a sus críticos. En su palmarés no se encuentra ninguno de los cinco monumentos y tan sólo se coronó en 1990 logrando la Clásica de San Sebastián. Por muchos cinco Tours seguidos que conquistase el gigante de Villava su palmarés palidece ante bestias competitivas del calado de Merckx o Hinault. Sin embargo, muchos olvidan que Miguel logró dos triunfos en el Giro de Italia (1992 y 1993) ambos en doblete con el Tour. Y el único en la historia de las dos ruedas que ha conseguido semejante proeza en dos años consecutivos es Miguel Induráin Larraya.

El Giro es aún hoy la más local de las tres grandes carreras ciclistas. Ninguna gran ronda es tan prolífica para los corredores nativos como la carrera más dura del mundo en el país más bello del mundo. Hasta 69 victorias italianas se suman en 104 ediciones, aunque bien es cierto es que en la última década solo Vicenzo Nibali (2013 y 2016) ha hecho sonar el himno de mameli en el pódium final. Es por ello que cuando un icono extranjero se aventura a asomarse por el país de la bota todo son agasajos y sonrisas.

Así pasó con Induráin. La organización del Giro lo trató como un rey antes de la salida. Desde Hinault en 1982 el vigente ganador del Tour no competía en el Giro de Italia. Miguel había renunciado a correr la Vuelta para evitar la presión mediática (por entonces la carrera española era en abril), en una decisión que fue muy protestada por los poderes fácticos. Renunciar a la Vuelta, la carrera nacional, donde el año anterior había sido segundo, para debutar en el Giro con veintisiete años no era algo del agrado de la prensa deportiva española.

Hace ahora 30 años, a la altura de 1992, ningún ciclista español había logrado vencer en el Giro de Italia. Induráin llegaba al prólogo de Génova como vigente campeón del Tour, pero no era el favorito. Por el contrario, los grandes candidatos a la victoria eran los transalpinos Franco Chioccioli y Claudio Chiappucci. El primero, apodado ‘Il Coppino’ en honor a Fausto Coppi, era un gran escalador, había ganado el Giro el año anterior y conformaba el estereotipo tipo de ciclista italiano con rendimiento sorprendente dentro de sus fronteras mas incapaz de exportarlas al exterior. El segundo era un diablo sobre dos ruedas que a punto estuviera de arrebatar el Tour a Induráin el año anterior. Chiappucci era un purasangre, un tormento que ponía a prueba el temple de Miguelón, que acumulaba pódiums en Giro y Tour, pero que confiaba en subir al escalón más alto por vez primera. Más lejos en las quinielas estaban Massimiliano Lelli, la gran promesa, y el veterano Marco Giovanetti.

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Induráin. Giro 1992

El Giro empezó con un prólogo cronometrado por las calles de Génova en el que se puso de rosa el francés Thierry Marie. Induráin quedó a ocho segundos, pero en la tercera etapa se colocaría de líder tras un ataque de Chiappucci que puso patas arriba el pelotón. No era una jornada de montaña, simplemente fue uno de esos sin sentidos que tanto le gustaban a Claudio. Hubo un corte en el pelotón y el de Villava será maglia rosa. Al día siguiente tocaba contrarreloj, y en los 38 kilómetros a pleno esfuerzo Induráin tritura a sus rivales. Le mete 2’16’’ a Chioccioli y 1’09’’ a Chiappucci. “El tiempo es bueno, pero podría haber sido mejor”, comenta el ciclista navarro. Pero lo cierto es que es el patrón del Giro y tiene a sus rivales donde quería. Y sólo iban cuatro jornadas.

En el Giro abundaban los equipos italianos y los ciclistas italianos. Al igual que en el baloncesto o en el fútbol, no existían escuadras de otros lugares capaces de poner en solfa el dominio transalpino. La cantidad de liras que movía el deporte profesional italiano en los 80 y buena parte de los 90 era inimaginable. Fue Massimiliano Lelli el que puso el grito en el cielo. Daba igual quien fuese el ganador, pero tenía que ser de la casa. No se podía permitir que Miguel Induráin resultase el vencedor del Giro.

La propuesta fue bien acogida por el GB-MG (Chioccioli, Vona), Carrera (Chiappucci), Gatorade-Chateau d’Ax (Giovanetti) o Ariostea (Lelli). Se creó entonces lo que se daría en conocer como la ‘Santa Alianza’, cuyo objetivo era evitar a toda costa la victoria de Induráin. El zafarrancho tenía que comenzar en las etapas llanas para desgastar a un equipo Banesto mucho más limitado que sus rivales. En principio Induráin había ido al Giro para preparar el Tour, así que la teoría decía que iría de menos a más. La idea era destrozarlo día a día para que al llegar la montaña acabase desfondado.

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La Santa Alianza al ataque

Se sucedieron los pequeños ataques y las emboscadas hasta llegar a la novena etapa con final en el alto del Terminillo, en los Abruzzos. Chioccholi demarró e Induráin se quedó sólo. Sería una constante el resto del Giro. El Banesto se había desfondado en las etapas llanas. El objetivo se había cumplido. Pero Induráin se puso en marcha. Con su ritmo machacón cogió a Chioccholi y se puso a marcar el ritmo al punto de que ‘Il Coppino’ se dejó tres minutos. Induráin, fiel a su estilo, dejó ganar a Lucho Herrera mientras que sólo Giovanetti aguantaba su rueda. Chiappucci se dejaba treinta segundos.

Al día siguiente, Chioccholi, encorajinado, recupera dos minutos en una escapada consentida por el gran jefe navarro. Pasan los días y se llega a los Dolomitas. Es la etapa de Alta Badia. Ataca Franco Vona y se va. Es el único. Atacaran todos. Lelli, Giovanetti y, sobre todo, Chiappucci y Chioccholi. Una, dos, tres, diez, veinte veces. Es la ‘Santa Alianza’ en acción. Molesto, Induráin se coloca tubular con tubular una, dos, tres, diez, veinte veces, y mira desafiante hacia atrás. ¿Queréis guerra? Tendréis guerra. Si Induráin normalmente dejaba marchar por delante a los escaladores a cierta distancia para tenerlos contentos y controlados al mismo tiempo, esta vez no será así. O llegan todos juntos, o ninguno. Incluso se dio el gusto de quedar el segundo de la etapa tras dejarlos marchar a 500 metros de la meta y exhibirse con un sprint portentoso para demostrar quién era el patrón del Giro.

Aún quedaba el consuelo de la etapa del día siguiente, con final en el Monte Bondone tras un doble paso por el mismo, además del Pordoi y Campolongo, pero fue otro consuelo vano; Indurain salió de los Dolomitas indemne sin dejar las migajas para los demás.

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Chiappucci (izq), Induráin y Chioccioli (dch)

La Santa Alianza no cejó en su empeño y en las tres etapas alpinas volvieron a la carga. Aquí Miguelón fue permisivo. Permitió una victoria parcial de Giovannetti en un ataque consentido, pero se mostró inflexible con Chioccioli y Chiappucci, que llegarán a la meta de Milán sin poder dejar de rueda en ningún momento al líder de la carrera. No necesitaba hacer gran cosa. A veces bastaba un gesto, una mirada, para controlar la carrera. Induráin jamás se enfadaba, pero aquel Giro había colmado su paciencia. Se estaba hartando de matar moscas con el rabo.

Quedaba la crono final. 66 kilómetros entre Vigevano y el palacio de los Sforza en Milán. El Giro estaba más que sentenciado, pero Induráin se había propuesto destrozar a todos aquellos que lo habían estado desafiando. Colocó una rueda lenticular y corrió con la misma bicicleta con la que mes y medio después tenía pensado disputar la primera contrarreloj del Tour, que aquel año sería en Luxemburgo.

Ese era el objetivo. Poner la primera piedra para ganar el Tour.

Induráin fue un rayo. La crono una carnicería. Acabó doblando en la misma recta de meta a Chiappucci que había salido tres minutos antes. El diablo hizo una de las mejores cronos de su vida quedando tercero en la etapa, por lo que la impotencia fue aún mayor. La estampa de la aplastante superioridad del navarro no se marcharía nunca de la cabeza del italiano. De hecho, Chiappucci confesaría más adelante que aquella tarde comprendió que jamás vencería a Induráin, cosa que así sería porque en el mes de julio repetirá en el segundo cajón del pódium detrás de Miguelón.

Y es que Chiappucci quedó segundo en la general final a más de cinco minutos y Chiocchioli tercero a más de siete minutos. Induráin quedo además el tercero en la clasificación de la montaña y segundo en la de la regularidad por detrás de Mario Cipollini. La ‘Santa Alianza’ había fracasado al igual que fracasó en 1815, cuando las monarquías europeas firmaron un pacto para detener los ideales de la Revolución Francesa y proteger a las monarquías absolutas por toda Europa.

Nadie fue capaz de contener a la democracia. Al igual que nadie fue capaz de contener a Induráin.

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El nacimiento del Caníbal (2ª parte)

Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

Puertos de Montaña - HISTORIA DEL TOUR. La Grande Bouclé. - Le Tour
Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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El divorcio de Fausto Coppi (2ª parte)

‘Un uomo solo è al comando’. Fue el periodista Mario Ferrer el que popularizó una expresión que aún en la Italia del siglo XXI se reconoce como distintivo de Fausto Coppi. El término obedecía a las kilométricas escapadas alpinas de Coppi, que nunca fueron tan continuas como tras el fallecimiento de su hermano Serse. Porque Fausto era ‘un uomo solo’. Era un héroe trágico que buscaba la soledad. Coppi logró el doblete Giro-Tour de 1952 bajo la penumbra de la tristeza y atacando sin contemplación. Nunca la rabia de su pedaleo fue tan voraz como en su victoria sobre la carretera sin asfaltar del Pordoi en el Giro de aquel año. Si Bartali era un coronel, Coppi era un general. Nunca antes la afirmación fue tan rotunda como cuando ‘Il Campionissimo’ ganó el Tour de aquel año con media hora de ventaja sobre el segundo, incluyendo la primera victoria de etapa en un Alpe d’Huez rodeado de un río de gente. Prueba de la grandeza de Fausto es que la organización del Tour decidió incrementar el premio para el segundo a mitad de Tour a sabiendas que la victoria de Coppi era incontestable.

Además del triunfo en Alpe d’Huez, Coppi logró otra gran victoria en Sestriere. Quiso el destino que a aquel final de etapa se acercase Bruna, cosa extraña, ya que la mujer de Coppi no solía acudir a las carreras. Quien sí que solía ir era Giulia, su por entonces más que presumible amante. Lo que pasó en aquel final de etapa sólo lo saben ellos, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que una vez finalizó el Tour, Coppi decidió tomarse el resto del año de asueto en compañía de su mujer y de su hija.

Esa fue la versión oficial.

La realidad es que Coppi no volvió a su casa y se pasó los siguientes meses en compañía de Giulia.

Tras la muerte de su cuñado, Bruna suplicaba a su marido que dejase de correr. Le obligaba a llevar coderas y chichonera, en una época donde la seguridad era sinónimo de falta de virilidad. Pero el abismo en el matrimonio era mucho más profundo que eso. Bruna era la hija de un tendero de provincias que no conocía mundo. Apenas veía a su marido, el cual estaba todo el año de viaje entre carrera y carrera, y tenía que deducir como se encontraba por las fotos que veía en la prensa. Bruna era la misma persona de siempre, pero Fausto había evolucionado. Cuentan que tras el triunfo del Tour de 1952, Bruna vio en los noticiarios a su marido contestando a un periodista en inglés. El impacto fue inmenso porque Bruna no sabía que Fausto dominaba idiomas. El matrimonio estaba roto.

Bruna Ciampolini (moglie di Fausto Coppi) con la figlia Marina, 1947  Fotografía de stock - Alamy
Bruna y Marina Coppi

Si ya de por si era retraído, tras la muerte de su hermano los silencios de Fausto se hicieron interminables. Giulia Locatelli era un torbellino precioso y de incomparable estilo que se podía hacer cargo de esos silencios. La familia Coppi se trasladó a Nova Liguri y se instalaron a menos de 10 kilómetros de la familia Locatelli y, ante la sorpresa general, sus respectivos callaban o ignoraban.

Todo estalló en el Giro de Italia de 1953. Aunque Coppi no lo sabía, esa iba a ser su última victoria en una grande. La cimentó tras una impresionante exhibición en el Stelvio, un coloso próximo a la frontera con Austria con una de las carreteras más hermosas que ha otorgado la ingeniería. Coppi se fue abriendo pasó entre la multitud y la nieve hasta lograr la victoria. Allí, en la línea de meta, estaba Giulia, y ambos marcharon a la habitación del campeón para celebrarlo. Apenas un mes después Coppi renunciará al Tour, pero viajará hasta Francia en una caravana para seguirlo como espectador en compañía de unos amigos…entre los que estaba Giulia Locatelli.

Giulia Occhini e Fausto Coppi, 1955 | Coppie
Giulia y Fausto

El código penal italiano, vigente hasta 1968, establecía un año de cárcel para la esposa o el esposo en caso de adulterio. En la práctica no se dictaba. Pero si, y sólo en el caso de las mujeres, el escarnio público, la ruina económica y la perdida de la custodia de los hijos. Incluso el marido cornudo podía matar a la esposa o al amante sin miedo a recibir una pena carcelaria siempre y cuando los pillara ‘in fraganti’ en el lecho conyugal.

En esa Italia Fausto Coppi también estaba manteniendo un pulso con el Vaticano. Aunque a menudo se considera a Coppi un ateo, lo cierto es que era creyente. Había sido recibido en un par de ocasiones por el Papa Pio XII, el cual era tan fanático del ciclismo que usaba símiles ciclistas en sus homilías.

Pero que Fausto Coppi, el hombre más famoso de Italia, engañara a su mujer era inconcebible. El ciclismo era un deporte misógino y era más que habitual que las estrellas pusiesen los cuernos a sus esposas, pero siempre conservando las apariencias. Todo hombre tenía que mantener a su familia. Si un famoso tenía una aventura no pasaba nada si era capaz de conservarla en secreto, y, siempre y cuando, pudiese mantener económicamente a ambas parejas. El problema para Fausto es que Giulia era la antítesis de lo que por entonces se consideraba una buena mujer. Ni era abnegada, ni era bondadosa, ni era dócil. Ni Fausto ni Giulia iban a hacer nada por mantener en secreto su aventura. Habían declarado la guerra a la Iglesia.

Aunque las revistas del corazón ya llevaban tiempo desvelando la realidad, la confirmación oficial del escándalo tuvo lugar durante el Giro de 1954. Hasta entonces Giulia llevaba a su hija Lolli, de ocho años, a las carreras como tapadera, y, mientras la pareja retozaba en la habitación del hotel, alguno de los gregarios de Coppi ejercía de canguro de la pequeña. Pero durante una etapa en los Dolomitas, Giulia Locatelli se presentó en la línea de meta con una espectacular trenca de color blanco. Al día siguiente las portadas de los periódicos obviaron a los ciclistas y dejaban para la foto principal a aquella mujer que para la posteridad iba a ser conocida como la ‘Dama Bianca’, la hechicera que había hipnotizado a Coppi. Al día siguiente se producirá un hecho inaudito, cuando la ‘Dama Bianca’ siga a Coppi durante una contrarreloj en el asiento del copiloto de su equipo. Aquello era la gota que colmó el vaso.

Un par de semanas más tarde Fausto Coppi recibirá en su casa una carta con el sello del Vaticano. En ella el Papa Pio XII le pide que se reconcilie con su familia, pero cuidándose mucho de no utilizar la palabra adulterio y siempre hablando de los rumores que salen en la prensa. Coppi tirará la carta al fuego, ganándose para la posteridad la fama de ateo, y decidirá contraatacar. Firma a Giulia como su secretaria personal y se compra una casa para vivir con su enamorada, oficialmente, su empleada. Es entonces cuando el doctor Locatelli, que o bien estaba ciego o bien era tonto, se da cuenta del affaire y decide denunciar a su mujer por adulterio.

El Vaticano publicará los archivos de Pío XII, papa durante la Segunda  Guerra Mundial
Pio XII. El Papa Pacelli

La madrugada del 8 de septiembre de 1954 los carabinieri asaltaron la casa de Coppi y arrestaron a Giulia, que pasaría los siguientes días en el calabozo. Tras pagar la fianza, se le prohibió ver a su hija y se le retiró el pasaporte, al igual que a Coppi, a la espera del juicio.

Comenzó entonces una demolición pública del personaje.

La salsa rosa del juicio era digna de las mejores producciones hollywoodienses. La ‘Dama Bianca’ fue públicamente machacada. Se le prohibió ver a su hija hasta que ésta cumpliese los 18 años, momento en el que le tendría que leer una carta admitiendo su adulterio y su abandono de la familia. El juicio, seguido minuto a minuto por los italianos a través de la radio y la prensa, daba detalles del fornicio. Peor aún. La patética comparecencia de Lolli y Marina, las hijas de los dos proscritos, dando detalles íntimos de la pareja cuando ni siquiera habían cumplido los 10 años de edad fue el acabose. Giulia (ya para siempre la ‘Dama Bianca’) quedó como una furcia y Coppi como un analfabeto que había sido engatusado. A la causa no ayudo que los dos amantes decidiesen compartir habitación de hotel durante el juicio.

Fausto Coppi y Bruna tuvieron que pedir permiso a la Iglesia para separarse. Costó lo suyo, pero lo lograron, a cambio de que Coppi mantuviese la manutención de su esposa y su hija, la cual, por cierto, prácticamente dejó de ver. En cambio, el doctor Locatelli se negó a separarse de Giulia e impidió el fin del matrimonio. Esto implicaba que cualquier hijo entre Fausto y Giulia sería legalmente del doctor Locatelli.

De este modo, la ‘Dama Bianca’ marchó a Argentina para dar a luz a Faustino, el hijo que había concebido con Fausto, porque en el país sudamericano podía inscribir como padre a Coppi a pesar de no estar casados. En el momento de dar a luz, Coppi estaba corriendo el Giro de Italia, carrera en la que, por vez primera, el Papa Pio XII se negó a dar la bendición al pelotón por estar entre los ciclistas una oveja descarriada.

Por entonces Fausto Coppi tenía 36 años y sus mejores años habían pasado. Estuvo arrastrándose unas cuantas temporadas más porque necesitaba el dinero para mantener a dos familias, pero sobre todo para soportar el alto tren de vida que mantenía con Giulia. A la ‘Dama Bianca’ se le acusó de mujer fatal, un cliché común y que denota connotaciones machistas. Lo cierto es que Coppi también disfrutaba de la buena vida y, con la ‘Dama Bianca’ o sin ella, su toque excelso de pedal había pasado a mejor vida.

Pero es indudable que Giulia disfrutaba de la fama y gustaba de ser famosa. La pareja viajaba en cruceros de lujo, compraba coches ostentosos o alquilaba hoteles enteros para que nadie los molestase. Sin embargo, otras veces Giulia llamaba a la prensa rosa para dar entrevistas y enseñar los rincones de su casa en el ‘Oggi’. Fuerte, impulsiva, impetuosa y ambiciosa, disfrutaba de los lujos y la ostentosidad. Comían en cubertería de plata, el servicio cambiaba las sábanas todos los días y estrenaba modelo a diario.

Coppi decidió centrarse en las pruebas de velódromo buscando el dinero fácil. No había lugar donde se respirase más glamour que allí. Antes de que la televisión fuese común a los hogares, el ciclismo en pista era un deporte de masas. Solo en el velódromo se podía admirar a los ases del pedal a los que apenas podías ver durante un par de segundos en la cuneta de una carretera. El champán, los buenos trajes y las buenas comidas eran habituales en las tournés invernales que Coppi y otras estrellas hacían por los velódromos europeos. Ahí es donde se veía la clase y el poderío de Guilia. El contraste con Bruna que, a pesar de tener posibles, era incapaz de comprar una prenda cara pensando en el qué dirán, era infinito.

Parecía que Fausto Coppi había recobrado la felicidad, pero todo se desvaneció a finales de 1959. Empezó a echar de menos a sus amigos del mundillo ciclista, muchos de los cuales no tragaban a la ‘Dama Bianca’. Pero el principal problema es que tenía un hijo que no era suyo (Faustino no llevaría el apellido Coppi de forma legal en Italia hasta 1978) y una hija (Marina) a la que apenas veía. Imploró a Bruna poder ver a su hija y, al cabo de un tiempo, Coppi escapaba de casa de su amante para tener relaciones esporádicas con su mujer.

Para más inri la Iglesia decidió acercarse nuevamente a Coppi tras el fallecimiento de Pio XII. Su sucesor, Juan XXIII, modernizador de la curia, usó al piadoso Bartali para acercarse a Coppi e intentar reconciliarlo con su familia. Cuando su viejo rival y el enviado del Papa fueron a hablar con Fausto, éste su hundió y cayó en un mar de lágrimas.

Así estaban las cosas cuando Coppi aceptó disputar una carrera de exhibición para las navidades de 1959 en Burkina Faso. Otros corredores como Anquetil o Riviere aprovecharon para hacer turismo con sus parejas, pero Coppi viajó solo mientras la ‘Dama Bianca’ se quedaba en Italia, un claro indicio de que algo iba mal en la relación. La mala suerte quiso que en una noche de risas entre amigos, un mosquito picase a Coppi y éste contrajese la malaria. Coppi volvió a su casa con una fuerte fiebre que, según los médicos, no era más que una gripe. Fallecería apenas 72 horas después, el 2 de enero de 1960, a los 40 años. Raphael Geminiani, un corredor francés que fue con él a Burkina Faso, se salvó de la muerte porque 48 horas antes su médico dedujo que el mal era la malaria.

Por supuesto hubo quien culpó a la ‘Dama Bianca’ de su muerte y aún hay quien lo mantiene en la actualidad. Se dice que el día anterior alguien llamó desde la casa de Geminiani para advertir de la presencia de la malaria pero que se hizo caso omiso de la llamada. Nunca se investigó. Está claro que hubo negligencia médica, pero tampoco nadie se explica como Coppi o Giulia no le contaron al médico que ‘Il Campionissimo’ había estado en Burkina Faso.

Fausto Coppi: el mito de Italia | ctxt.es
Un uomo solo

La polémica no solo se quedó ahí. Horas antes de su muerte, el obispo de Tortona se acercó a la habitación de un moribundo Coppi para darle la extremaunción. El prelado cogió la mano de Coppi y le preguntó si quería confesar sus pecados. Fausto contestó apretando las manos. Para Bruna eso significaba que volvían a ser una familia. Para Giulia no era más que una vil manipulación. Porque si, por increíble que parezca, ambas mujeres pululaban por el hospital al mismo tiempo.

Más de 50.000 personas acudieron a Castellania a un entierro que, como no, tuvo su dosis de polémica. En los pueblos italianos, como aún ocurre hoy en los españoles, es costumbre que la familia coloque en cada aldea una esquela informativa del evento. Hubo una oficial realizada por Bruna y por la madre de Coppi. También una extraoficial que encargó imprimir la ‘Dama Bianca’.

El día que Castellania lloró a Fausto Coppi
El adiós de ‘Il Campionissimo’

El entierro fue el último reflejo de cómo eran ambas mujeres. Bruna salió por la puerta de atrás de la casa familiar de los Coppi y esperó la llegada del féretro dentro de la iglesia. Giulia se puso detrás de los compañeros de equipo que portaban el ataúd y caminó detrás de ellos en soledad. Bruna se retiró discretamente al acabar el sepelio. A Giulia hubo que sacarla arrastras cuando todo el mundo ya se había ido. Antes, en medio de la misa, el cura habló de la confesión de Fausto en el hospital, momento en el que la ‘Dama Bianca’ se desmayó. O hizo que se desmayaba.

Todo esto está perfectamente documentado porque los diarios y las revistas italianas nos lo dejaron escrito para la posteridad. Décadas más tarde la RAI haría una serie sobre los hechos.

Arrasó en los medidores de audiencia.

Tras la muerte de Coppi la ‘Dama Bianca’ tardó sólo una semana en dar su primera exclusiva periodística. Pasaría los siguientes años de su vida concediendo entrevistas y buscando notoriedad. Sin embargo, hasta su muerte en 1993, 33 años más tarde, aquella mujer decidida y aparentemente fría se acercaba cada sábado a Castellania para llevar flores frescas a la tumba de Coppi. Su hija Lolli Locatelli, con la que nunca más tuvo contacto, fallecería antes que ella víctima de un cáncer.

Bruna Coppi, fiel a sí misma, volvió a la monotonía de su vida tras el fallecimiento de su marido y nunca más se supo de ella hasta su muerte en 1979 víctima de una parada cardiaca. Hubo que esperar al año 2000, en una carrera de homenaje a Coppi, para que Marina y Faustino, los dos hermanastros, se conociesen en persona.

Fausto Coppi murió joven, en el esplendor de la vida. Pero antes tuvo tiempo de convertirse en la primera estrella internacional del ciclismo. Gianni Mura, uno de los grandes periodistas deportivos de la historia, dijo de Coppi que era el mito perfecto, porque es la suma de muchos. El mito total, libre de cualquier ambigüedad, porque su influencia en la estética, en el organigrama, en el entrenamiento y en el glamour de la competición hacen que haya un antes de Coppi y un después de Coppi en la historia del ciclismo.

https://www.youtube.com/watch?v=BJ1ImeJzWwI

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60 años después de su muerte Fausto Coppi sigue siendo un héroe nacional en Italia. Su mito tiene vida propia. Coppi el mito. Coppi el héroe. Coppi vive. Arriba Coppi. ‘Un uomo solo è al comando’. Para muchos el más grande ciclista de todos los tiempos. ‘Il Campionissimo’, un título que algunos portaron antes, pero que ninguno llevó después. Al cruzar la recepción en el edificio ‘La Gazzetta dello Sport’ aparece su fotografía decorando la estancia. No lo hace un futbolista, ni tampoco un piloto de Ferrari. Es la instantánea de Coppi. La imagen del mejor deportista italiano del siglo XX. Todas las carreteras del norte del país están llenas de memorias de un hombre cuyo recuerdo obsesivo solo es igualado por el de Marco Pantani, otro ciclista que hizo doblete Giro-Tour y otro James Dean que falleció antes de tiempo.

Fausto Coppi era un chico sencillo criado en Castellania, una aldea del Piamonte en el noroeste de Italia. Provenía de una familia que rozaba la pobreza y que, como tantas otras, vivía de la agricultura de subsistencia. Cuando Coppi ganó su primera carrera profesional le regaló a su ‘mamma’ un frigorífico. Aquella nevera jamás conoció el tendido eléctrico. Aquel aparato era ideal para almacenar la leña.

Y es que muchos de los grandes, caso de Coppi, Hinault o Induráin, provienen del campo. El ciclismo era y es sinónimo de libertad, posibilidad de conocer mundo y, además, ganar dinero y salir de las limitaciones. Ver a hijos de herreros, albañiles, granjeros o pastores ganarse la vida a través del ciclismo era inspirador. La bici era una necesidad básica como el pan o el agua. En tiempos de Coppi el coche era un bien impensable y aún no se había creado la Vespa. La bici era status. Era glamour.

Fausto Coppi era uno de esos soñadores que querían ampliar su mundo más allá de las montañas que rodean su pueblo. Era un chico torpe, escuálido, excesivamente delgado y con nariz un tanto aguileña. Alguien acertó a compararlo con una garza, porque era mostrenco en tierra, pero ascendiendo cumbres parecía que volaba. Y es que todo lo que aparentaba en la primera impresión se desvanecía al cabo de unos segundos. Su postura, su pedaleo y el arco de su espalda eran perfectos. Lo mismo ocurría cuando se bajaba la camiseta. Siempre con gafas de sol para ocultar su timidez, tenía una clase natural al vestir y al andar. Sí, era un campesino, pero tenía porte de galán.

Fausto | Jersey de ciclismo, Ciclismo, Historia del ciclismo
‘Il Campionissimo’

Con apenas 20 años se presentó en el Giro de Italia de 1940 enrolado en el equipo Legnano. El jefe de filas era Gino Bartali, el ciclista más laureado del momento. En la segunda etapa Bartali tuvo una caída y Coppi, sorpresivamente, se convirtió en el capo de la carrera. Cuando a Fausto se le pinche una rueda ascendiendo los Dolomitas, Bartali pondrá pie en tierra para darle su bicicleta a su joven gregario. Coppi acabará convirtiéndose en el más joven vencedor del Giro de Italia mientras Bartali proclamará a los cuatro vientos que había sido un triunfo falso y que en igualdad de condiciones Coppi nunca habría sido el vencedor.

Acababa de iniciarse una de las rivalidades deportivas más enconadas de la historia que se prolongaría durante algo más de una década.

Apenas dos días después del triunfo de Coppi, Italia declaraba la guerra a Francia y Mussolini unía su destino al de Hitler al introducir a su país en la II Guerra Mundial. Coppi sería llamado a filas y enviado a Túnez, donde al cabo de un mes ya había sido hecho prisionero por los británicos. Al ser ya una celebridad tuvo un cautiverio llevadero en el que ejerció de mecánico, transportista y de voluntario de la Cruz Roja. Cuando en mayo de 1945 fue liberado se encontraba en Nápoles, a más de 800 kilómetros de su casa. Se disponía a recorrer una Italia desbastada en bicicleta, llegar a Castellania y casarse con Bruna, su novia de la adolescencia, y vivir una vida tranquila pegado al campo y a la tierra.

No fue así. Fausto tenía un hermano pequeño que se llamaba Serse. Si bien Fausto, que jamás habló de política ni de su experiencia en combate, era simpatizante izquierdista, Serse había combatido con convencimiento a favor de la causa fascista. Ninguno sabía si el otro había sobrevivido, pero el azar quiso que se encontrasen en Roma. Allí Serse se sacaba unas liras compitiendo en carreras con una vieja bicicleta y enfundado con la maglia rosa que su hermano había ganado cinco años atrás. Serse era la antítesis de Fausto. Dicharachero, optimista, ligón y decidido, convenció a Fausto para que volviese a las carreras y de inmediato se convirtió en su confidente, su psicólogo y también en su gregario más fiel.

De este modo a finales de 1945 Fausto se casaba con Bruna y con el dinero que había ganado en varias pruebas de exhibición se compraba un pequeño piso en Sestri Ponente, en los arrabales de Génova, para iniciar una nueva vida. A pesar de los años de contienda, la fama de Fausto era tal que los aficionados se encargaban de subirle la bici del rellano al cuarto piso sin ascensor donde vivía para evitar que gastase fuerzas innecesarias después del entrenamiento.

Así en 1946 el mundo ciclista se reanuda. Es el llamado Giro de la reconstrucción, que merecería artículo propio. El recorrido pasaba por todos los lugares destrozados en la guerra incluida una marcha por Trento, que entonces estaba en disputa entre Italia y Yugoslavia. Habrá manifestaciones, huelgas y muertos por el camino, antes de que Bartali se proclame campeón gracias a su regularidad y Coppi acabe segundo pero venciendo en las etapas alpinas más relevantes. Antes, en primavera, Coppi había dado una exhibición en la Milán-San Remo. Aquella había sido la primera gran prueba tras la guerra, y cuando la radiante cadencia de Coppi atreviese en solitario el túnel del Turchino, sin luz eléctrica y sin asfaltar, para dejar atrás las montañas y poner rumbo al sol de San Remo en ‘La Gazzetta dello Sport’ se escribirá que “Coppi en 24 minutos a dado luz a un túnel que llevaba 6 años en la oscuridad”.

Por entonces Coppi ya era el líder del equipo Bianchi, mientras que Bartali seguía en Legnano. Coppi se llevó a Bianchi a su hermano Serse, así como a un masajista y a un mecánico personal, algo inaudito por entonces. Coppi fue el inventor del entrenamiento centrado y sistemático. Era la clase, mientras que Bartali era la fuerza bruta. Aunque nunca fueron enemigos, ambos supieron explotar esas diferencias para crear dos personajes antagónicos que apasionaron a la prensa y a la afición italiana en un momento donde el ciclismo era el deporte de masas e Italia estaba sumida en un caos político absoluto.

Coppi era tímido y educado, pero también desconfiado y distante. Siempre lacónico hablando, siempre con silencios largos. Era frágil, pero también muy estudioso. Por su parte Bartali era duro como el mármol. Un ciclista a la antigua usanza. Comía abundantemente antes o durante las carreras y era aficionado a la vida nocturna. Coppi experimentó con una dieta vegetariana (¡en los años 40!) y obligaba a sus gregarios a que cargasen con su comida para minimizar esfuerzos. Modernizó el ciclismo con sus maillots Bianchi celeste, sus guantes a juego y sus Ray-Ban. Se preocupaba por el material en una época donde los ciclistas ejercían de mecánicos sobre la marcha. Siempre buscaba innovaciones y con su trabajo ayudó a convertir las fábricas del norte de Italia en la vanguardia del ciclismo internacional. Cuentan que una vez se levantó a medio comer de un restaurante. El dueño se acercó y le preguntó si no le gustaba la comida. “Me gusta demasiado” -contestó Coppi-, “por eso me tengo que marchar”. 

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco
¿Quién dio la botella de agua a quién?

Tras cerrar 1947 con el nacimiento de su hija Marina, 1948 fue un año para olvidar para Fausto Coppi. Se cayó en el Giro y no pudo correr el Tour, donde el triunfador fue Gino Bartali, que con su victoria salvó a Italia de una Guerra Civil. Pero aquel año 1948 también dejó un encuentro que marcaría el futuro de Fausto. A orillas del Adriático un médico de provincias llamado Enrico Locatelli seguía sin cesar las hazañas de Coppi. Coincidiendo con que Coppi iba a disputar una carrera cerca de su casa, Locatelli se acercó al inicio de la prueba para obtener un autógrafo de su ídolo. Junto a él, iba su esposa, una decidida y brillante morena llamada Giulia. Ésta no entendía la obsesión de su marido con el ciclismo, pero decidió ir con él. Era una mujer ambiciosa, que se sentía constreñida en el papel de ama de casa abnegada que la sociedad le demandaba, así que aceptó con gusto el proyecto de viaje. Mucho más decidida que su marido, fue ella quien asaltó a Coppi para pedirle un autógrafo. Fuese por lo que fuese, aquella mujer se sintió atraída por aquel mundillo y al cabo de unas horas compartía el fanatismo de su marido por el mundo del ciclismo.

Concretamente por la figura de Fausto Coppi.

Para 1949 Fausto Coppi iba a realizar una hazaña nunca vista. El doblete Giro-Tour. En la carrera transalpina consiguió una legendaria victoria en una de las etapas de montaña más duras de la historia. Eran 254 kilómetros con un desnivel de más de 4.000 metros pasando por cinco colosos alpinos. Coppi atacó a ¡192! Kilómetros de meta y ganó la etapa con 12 minutos sobre Bartali.

El Tour se corría por equipos nacionales, por lo que Coppi y Bartali tendrían que compartir equipo. Tuvo que intervenir Alcide de Gasperi, presidente de Italia, para que los dos egos fuesen de la partida. Al final cada uno eligió a sus gregarios y corrieron por libre. Llegaron a la etapa decisiva del Izoard prácticamente pegados y el seleccionador los obligó a trabajar en equipo, pero cuando al día siguiente en el descenso del Iseran (2.800 metros) Bartali se caiga, a Coppi le darán barra libre para marchar. Aunque Coppi sentenciaría la prueba en una contrarreloj de ¡137 kilómetros! en la que sacó 7 minutos a Bartali, aun hoy se debate en Italia si de verdad a Coppi le mandaron o no esperar a Bartali.

Aquel doblete lo convirtió en leyenda, y mucho más cuando en 1952 lo vuelva a repetir. Solo Hinault e Induráin lo han hecho en dos ocasiones, mientras que el caníbal de Merckx lo hizo en hasta tres oportunidades.

Pero antes de la gloriosa temporada de 1952, Coppi pasó el año 1950 en blanco por una fractura de clavícula que se produjo a los pocos días de comenzar una nueva edición del Giro. Pasó un par de meses hospitalizado. Entre sus visitas una de las más habituales era la del matrimonio Locatelli. Por entonces se había trabado una amistad entre seguidores e ídolo y Fausto ya contaba con ellos dentro de su círculo de confianza. Dado que el doctor Locatelli tenía que atender su consulta, las más de las veces era Giulia la que acudía al hospital, siempre acompañada de su hija o de alguna amiga que ejerciera de carabina para mantener las formas.

Era evidente que algo estaba surgiendo entre Fausto y Giulia. Al año siguiente el matrimonio Locatelli se trasladó a Novo Ligure, a menos de una hora de distancia de la residencia de los Coppi. Con la excusa de salir a entrenar, Fausto se acercaba a casa de Giulia aprovechando las ausencias de su marido. Por si fuera poco, Coppi volvió a sufrir una fuerte caída y las visitas de Giulia al hospital empezaron a tornarse en más que sospechosas. A diferencia de la tímida y humilde Bruna –la esposa de ‘Il Campionissimo’-, Giulia era una mujer decidida a comerse el mundo y que, más que atemorizada, disfrutaba con el qué dirán.

Por entonces el círculo de confianza de Coppi sabía que su matrimonio estaba a punto de romperse. Entre ellos su hermano Serse, quién era el que evitaba que la cosa fuese a mayores. Como ya comenté, Serse no sólo era su gregario más fiel, sino su confidente y el hombre que ejercía de guía y de apoyo psicológico. Con Serse de por medio, Fausto no se atrevía a dar el paso adelante.

Fue entonces cuando todo cambió. Una tarde de verano, Serse Coppi estaba disputando el Giro del Piamonte cuando en una curva introdujo el neumático de su rueda delantera en la vía del tranvía, iniciándose una caída que le llevaría a impactar la cabeza con el asfalto. A pesar del susto Serse se levantó y se marchó a su habitación del hotel para descansar. Únicamente contaba con un fuerte dolor de cabeza, pero, camino del anochecer, se dispuso a darse un baño quedando totalmente inconsciente. A pesar de que el equipo llamó a una ambulancia, Serse Coppi fallecía víctima de una hemorragia cerebral.

ROSSELLA SPINOSA: TRIBUTO A COPPI | Ikki Lab
Serse (i) y Fausto Coppi (d)

La desolación de Fausto fue brutal. No sólo había perdido a su hermano pequeño, también a su mejor amigo y guía espiritual. A los cuatro días del fallecimiento, Fausto tuvo que acudir al Tour de Francia porque le obligaron los patrocinadores. Perdió más de media hora durante la primera semana. Día tras día acumulaba sobre la bicicleta las vomitonas, los lloros y la rabia. Pero fue Gino Bartali, su gran rival, y compadre de correrías nocturnas de Serse, quien le animó a acabar el Tour para honrar la memoria de su hermano. Coppi acabaría en un digno décimo puesto y ganando una etapa de prestigio en los Alpes, pero ya nada volvería a ser lo mismo.

Todo estaba servido para que la vida de Fausto Coppi pasara a ser un infierno…

Continuará…

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Luigi Malabrocca y la maglia nera. Cuando el último es el primero

Win Vansevenant fue un ciclista profesional a comienzos del siglo XXI. Gregario entre otros del vencedor del Tour Cadel Evans, sólo a los más fanáticos del ciclismo les sonara su nombre. Hoy es granjero en Flandes, la tierra sagrada del ciclismo. A aquellos vecinos que se le acercan para que les relate sus historias, jamás oirán de su boca ni escapadas kilométricas, ni ataques centelleantes ni descensos fulgurantes. Vansevenant puede contar como en una etapa del Tour se bajó de la bici a falta de 5 kilómetros para ver por la tele a un compañero ganar al sprint. Como se puso a rueda de otro ciclista en una contrarreloj para llegar el último o como en el Tour de 2008 competía con otro corredor en ir lo más despacio posible por los Campos Elíseos para así poder acabar último en el Tour. Y es que Vansevenant finalizó en última posición en el Tour de 2006, 2007 y 2008. Fue el farolillo rojo. La maglia nera. Y lo fue porque quiso. Tal y como habría hecho el legendario Luigi Malabrocca.

La Italia que amaneció tras el fin de la II Guerra Mundial era un país sin carreteras y sin puentes, pero también sin alma. Urgía una rápida reconstrucción física, pero también una reconstrucción de las almas. Es ahí donde el deporte se presta para avivar ilusiones y agitar corazones. Y es también cuando entre la escasez y la falta de preparación surgen las mentes inquietas y brota la picaresca.

En el Giro de Italia de 1946 y 1947 se enfrentaron Fausto Coppi y Gino Bartali, dos iconos del ciclismo y dos antagonismos que eran amados u odiados según a que italiano le preguntases. Pero en el fondo de la clasificación, lejos de los honores y de las alabanzas, también se enfrentaron dos ciclistas italianos. Uno se llamaba Sante Carollo, quien además de aceptable escalador era albañil. El otro respondía al nombre de Luigi Malabrocca y, además de buen rodador, era pescador.

Por entonces el Giro decidió introducir una nueva camiseta en la prueba. Se trataba de una ‘maglia nera’, un distintivo de color negro para distinguir al último clasificado del Giro. Así, los espectadores conseguirían diferenciar perfectamente desde las cunetas tanto al primero de la clasificación general (rosa) como al último (negro). El hecho podría parecer vejatorio, pero nada más lejos de la realidad. Cuando un aficionado coge el periódico para ver la clasificación lo normal es que se fije en los cinco o los diez primeros… y después eche un vistazo al último clasificado. La ‘maglia nera’ aportó un interés mayor a la prueba y dio a los periodistas una nueva y fabulosa historia que contar etapa tras etapa.

Y vaya si había historia.

Luigi Malabrocca se convirtió en un revolucionario, en un héroe popular capaz de rivalizar con Coppi y Bartali. Había sido dos veces campeón nacional de ciclocross, pero aunque no era un mal ciclista sabía que no tenía opciones de ganar el Giro. Así que dejó de un lado las piernas y se dedicó a explotar su cerebro. Mas no sólo era muy listo, también era ausente de vergüenza. Hizo sus cálculos y observó que al vestir día tras día la ‘maglia nera’ ganaría tanto dinero en premios como el quinto o el sexto de la clasificación general. Y se construyó un personaje. Decidió que iba a llegar el último.

Malabrocca esperaba agachado en las cunetas a que pasaran todos los ciclistas, pinchaba sus propias ruedas para perder tiempo o entraba en un bar a tomarse una cerveza. Eran otros tiempos. No había cámaras de televisión, no existía el avituallamiento, y los propios ciclistas tenían que buscarse la manutención y arreglar su propia bicicleta. Las distancias no se medían por segundos, sino por minutos, y, entre los menos afortunados, por horas. En una ocasión Malabrocca llegó a agacharse en un pozo y en otra ocasión cogió una caña y se puso a pescar mientras el pelotón seguía su curso.

Luigi Malabrocca contó que en 1946 ganó 280.000 liras (1.500 euros de la época, todo un fortunón) por quedar el último, cuando por subsistir entre los diez primeros te daban 250.000. Pero no eran sólo premios en metálico. Cada vez que la caravana del Giro paraba en una villa y tenía que subir al pódium para recibir la ‘maglia nera’ a Malabrocca le agasajaban con un producto local. Que si salami, que si un cabrito, que si un reloj, que si una escultura, que si un queso, que si tabletas de chocolate, que si tubulares para la bicicleta… Hoy podría parecer irrelevante, pero en la Italia de posguerra eso era oro puro.

Malabrocca era el héroe de los niños, de los trabajadores, de los humildes. Mientras los primeros llegaban llenos de ampollas, cicatrices, barro y apretando los dientes, él llegaba sonriendo a todos los que le vitoreaban. Y lo hacía reluciente como un pincel. Era el más lento y el más tramposo. Pero paradójicamente era el más digno. Hubo un año en el que la ‘maglia nera’ fue un ciclista que se empeñó en acabar el Giro por puro orgullo tras partirse el brazo en una de las primeras etapas. Nadie le hizo puñetero caso. Porque Malabrocca no era un derrotado al uso. No se arrastraba ni producía compasión. Se pavoneaba y exhibía sonrisas. Estaba orgulloso de ser el último, de ser un don nadie. Y en una sociedad pesimista y que acababa de salir del infierno, eran tan necesarios los héroes como Coppi a las personas orgullosas de no ser nadie como Malabrocca.

Malabrocca no sólo fue un ídolo en Italia, su fama traspasó fronteras. Corría numerosas carreras en Yugoslavia, aprovechando que era un reconocido comunista. Y Malabrocca no desaprovechaba la oportunidad. Entraba en Yugoslavia con unas bicicletas y volvía a Italia con otras. Compraba barato y vendía caro. Lo más curioso es que en las carreras de exhibición que disputaba, la gente le silbaba si iba en cabeza. Lo que el vulgo quería era ver cuán lento podía llegar a ser un ciclista.

Malabrocca era amigo de Coppi. Ambos eran vecinos y se conocían desde jóvenes. Digo conocer, porque Malabrocca pronto comprendió que lo de salir a entrenar con el gran Fausto era harina de otro costal. Cuando, ya anciano, la RAI le hizo a Malabrocca su última entrevista conocida, el periodista le hizo entrega de un paquete en nombre de Faustino Coppi, el hijo de Fausto. Luigi Malabrocca abrió el presente delante de las cámaras y fue incapaz de contener las lágrimas al ver una ‘maglia rosa’ del campeonísimo Coppi. Tras unos segundos en los que la vista se le nubla, Luigi se escapa a su habitación y vuelve con una ´maglia nera´ que le entrega al periodista bajo orden de que se la regale al hijo de Fausto Coppi. “Llévasela a Faustino – le dice al plumilla-, seguro que su padre nunca tuvo una de estas”.

Genio y figura.

Coppi tenía apreció por Malabrocca, aunque nunca vio con buenos ojos esa manía suya de quedar el último. Entendía que a la gente le hiciese gracia, pero nunca pudo razonar como sus aplausos eran al menos tan sonoros como los dedicados a sus gestas.

—SANTE CAROLLO Y EL OCASO DE LA MAGLIA NERA—

Siempre cómplice del reloj, Malabrocca tuvo en Sante Carollo a su gran rival. Ambos jugaban con el tiempo. La organización de cualquier prueba ciclista establece un máximo de retraso en cada etapa para evitar la eliminación. En 1947 Sante Carollo parecía que iba a ganarle la batalla de la picaresca a Malabrocca, pero se pasó de frenada y llegó fuera de control en una de las etapas, por lo que quedó automáticamente eliminado.

Pero Malabrocca no era infalible. En 1949 Carollo ganó la batalla por la lentitud. Aquella edición fue apoteósica, con un mano a mano entre los dos para ver quien ajustaba más el cronómetro para entrar al límite del cierre de control. Carollo llegó a terminar una etapa subido a la bici de un niño, porque según dijo él (vete tú a saber si era verdad), la suya se había roto. Al día siguiente Malabrocca quiso replicarle e hizo más de 100 kilómetros con una bicicleta de niña con cesta argumentado la misma excusa. Lo mejor fue cuando el dueño del vehículo cazó al bueno de Luigi sustrayendo la bicicleta y le preguntó que hacía. “Estoy corriendo el Giro de Italia”, contestó Malabrocca. El arte de ganar perdiendo.

Parecía que aquel duelo en las catacumbas de la clasificación iba a tener a Carollo como vencedor. Sacaba más de dos horas (por detrás) a Malabrocca. Nada imposible, pensó el bueno de Luigi. Se metió en un bar y departió con los parroquianos. Incluso fue hasta casa de uno de ellos a comer algo. El lugareño daba bebida y comida y Malabrocca regaba la mesa con cientos de anécdotas. Después se despidió y cogió la bici rumbo a la meta de Milán, pero con tan mal tino que no había ni meta, ni jueces, ni afición. Se había pasado de listo. Había llegado fuera de tiempo y Carollo conservó la ‘maglia nera’. Ese fue su último gran día en el Giro. Había ganado la ‘maglia nera’ en 1946 y 1947, en 1948 no pudo participar por una lesión, y la derrota ante Carollo en 1949 lo dejó tan tocado que decidió dejar de competir. Volvió efímeramente en 1952, cuando apenas aguantó un par de etapas desmotivado por la decisión de la organización de suprimir la ‘maglia nera’.

The slowest rider, the fastest bike: the story of Pinarello and the Maglia  Nera (Black Jersey) - Cycling Passion
Malabrocca. El arte de quedar último

Y es que la ‘maglia nera’ sobrevivió en el pelotón durante un lustro. En 1951 el Giro la puso en liza por última vez. A nadie se le escapaba que crear una ‘maglia nera’ justó al acabar la II Guerra Mundial era una manera de dar una patada hacia adelante y reírse un poco de un pasado reciente tan tenebroso. El negro era el color de los fascistas. Los camisas negras de Mussolini. Pero pasado un lustro, el chiste pasó a tener mal gusto.

Como decía, ya sin Malabrocca, en 1951 tuvo lugar la última edición del Giro en la que se puso en liza la ‘maglia nera’. Y también tuvo su miga. El vencedor de la prueba fue Florenzo Magni y la ‘maglia nera’ un tal Giovanni Pinarello. A diferencia de Malabrocca, Pinarello había quedado el último por pura incompetencia. No buscó quedar en el fondo de la clasificación, pero el destino lo quiso así.

En aquella época la etapa final del Giro terminaba en el velódromo Vigorelli de Milán. Una oda al ciclismo nostálgico en forma ovalada. Y había dos figuras que tenían que dar la vuelta de honor juntas ante el clamor popular. Magni y Pinarello. La ‘maglia rosa’ y la ‘maglia nera’. En un momento dado Pinarello le preguntó a Magni si quería cambiarle la camiseta, a lo que éste le respondió con desdén. La gracia radicaba en que Magni había sido un camisa negra fascista durante la guerra y no era demasiado querido por un público que vitoreaba con fuerza a Pinarello.

Al año siguiente el Giro decidió suprimir la ‘maglia nera’, por lo que Pinarello no pudo retener el título. En todo caso tampoco pudo disputar aquel Giro. En un principio estaba seleccionado para correrlo por su equipo, pero días antes de comenzar le quitaron el puesto para dárselo a otro chico. Como compensación, el equipo le dio a Pinarello un cheque de 100.000 liras. Con aquel dinero Pinarello montó en un garaje la fábrica de bicicletas que lleva su nombre y que en la actualidad tienen fama de ser las mejores que hay en el mercado. La ‘Espada’ de Induráin lleva su sello.

Hoy, Fausto Pinarello, hijo de Giovanni, es el director de la fábrica de bicicletas de Treviso fundada por su padre. En su despacho tiene enmarcada la ‘maglia nera’ que a su padre le dio notoriedad y fortuna. Fausto (el nombre recuerda al gran Coppi) consiguió hace unos años que el Giro volviese a introducir la ‘maglia nera’ de manera puntual y sigue luchando día a día para que se recupere un título deshonroso, que Luigi Malabrocca convirtió en arte.

 “Lo digo con todo el respeto. Si Jesucristo me pide cambiar la bici por la cruz, no se la cambio.” Fernando Quevedo, último clasificado en el Tour de Francia de 1992.

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