Boston Celtics

La asquerosamente maravillosa vida de un perfecto desconocido

El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.

Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.

Quevedo. Mr. Culo

Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.

Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.

Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.

Joe Kleine es uno de esos.

Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.

A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).

Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.

De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.

Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.

Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.

Joe Kleine

Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.

Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.

Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.

Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.

“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.

El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.

Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.

Kleine y Jordan

Bien, ¿no?

Indaguemos un poco más en el currículo.

No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.

Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.

Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.

Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.

Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.

Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.

Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:

1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.

3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.

4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.

5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.

6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.

7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.

8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.

9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.

10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.

12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.

15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.

16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.

Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.

Joe Kleine sí.

Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Charles Barkley y Joe Kleine en 2025

“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.

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Cuando Bill se convirtió en entrenador

Era una jornada anodina de abril de 1966. Faltaban escasos días para que dieran comienzo los playoffs de la NBA. Bill cruzó la puerta del despacho de Red. Era una de tantas. Ni podría aproximar un número de las veces que había acometido ese recorrido. Siempre tenía que hacerlo tras una acentuada postración, dado que sus 205 centímetros de altura bordeaban el dintel de la puerta. Bill tomó asiento y frente a él un despacho minúsculo, una mesa de roble y un aire pegajoso y cargado apestado de tabaco.

Red fue al grano. Llevaban diez años juntos. Podía ir al grano. Fue Red quien había jugado al póker para conseguir llevarse a Bill en el draft de 1956. Él sabía que la capacidad defensiva de Bill cambiaría para siempre el devenir de los Boston Celtics. Desde entonces año sí y año también los Celtics habían gobernado la NBA hasta crear la dinastía más exitosa del deporte estadounidense. Pero Red estaba cansado. No solo mentalmente, sino que motivacionalmente. Su deseo era dejar de ser entrenador y dar el salto a los despachos.

Y su deseo era que Bill Russell ejerciese de entrenador.

Como Judas, Bill negó tres veces el ofrecimiento. Red dio otra calada a su puro y aceptó la negativa, pero con una condición. Le pidió a Bill que pusiera en un papel cinco posibles entrenadores y él haría lo mismo. Al día siguiente quedarían en el despacho y entre los dos escogerían al candidato. Si no lograban contratar a nadie del gusto de Russell, él mismo tendría que aceptar ser el técnico de los Celtics.

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Russell y Auerbach

Es complicado describir lo que unía a aquel blanco judío hijo de un emigrante ruso y a aquel negro enorme nacido en las profundidades de Louisiana. Bill Russell había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros ante una banda del Ku Klux Khan o a su madre insultada por policías blancos que le acusaban de vestir demasiado bien un domingo que iba a la iglesia. Después de ganar dos títulos universitarios siendo minusvalorado por el color de su piel, escogió a los Celtics porque su técnico, Red Auerbach, se dirigió personalmente a él, mientras que los demás equipos hablaban directamente con su entrenador universitario. Red lo trató como una persona y se fraguó una amistad y una lealtad inquebrantable.

Juntos hablaban de su infancia. Una la de un negro que cambió Louisana por California con escaso éxito. Una vez viajaba con su padre en el coche y vio cómo se les era negado el servicio en una gasolinera hasta que todos los clientes blancos hubieran sido atendidos. Cuando su padre intentó marcharse y buscar otra gasolinera, el encargado del establecimiento le pegó con una escopeta en la cara amenazándolo de muerte con que se quedara y esperara pacientemente su turno. Auerbach se reía de su tragedia diciéndole que no sabía lo que era ser un judío pelirrojo en el Nueva York de la Gran Depresión. La complicidad era tal que Auerbach nunca se enfadaba con Russell a sabiendas que llevaba muy mal las críticas. De cuando en cuando tenía que hacerlo delante del resto del equipo para demostrar que no había distinciones, pero siempre era una pantomima perpetrada y preparada por las dos partes.

Bill sabía que no podía jugar para otro entrenador que no fuese Red. Había sido MVP y había llevado a los Celtics a la cima. Sumaba título tras título, pero jamás fue aceptado. Por entonces Boston era una de las ciudades más racistas del norte de Estados Unidos. Una vez, tras una actuación portentosa de Russell, un aficionado de los Celtics se le acercó y le dijo que era un bostoniano de cuarta generación y que hiciese lo que hiciese Boston jamás lo aceptaría como uno de los suyos. Red era especialista en contestar a esa gente con fina ironía o restarle importancia a los hechos cuando Bill se lo contaba en confianza.

Era impensable que Bill no jugase para Red.

Bill Russell lideró a los Celtics a ocho títulos consecutivos. Lo hizo a través de la defensa, cuando entonces los pívots lo único que hacían era anotar. Ponía tapón tras tapón en lo que se dio llamar las Wilsonburguers, por aquello de que entonces la pelota era de la marca Wilson, y el balón salía despedido a sus compañeros que anotaban en rápidos contraataques. Era una leyenda. Pero era un negro que no se callaba. Cuando los Celtics retiraron su camiseta no se presentó a la ceremonia enfadado por el trato que los aficionados le habían dado. Cuando fue elegido para el Salón de la Fama del baloncesto, más de lo mismo. Hubieron de pasar un par de décadas para que la NBA, la sociedad americana y la ciudad de Boston hiciesen las paces con el jugador más laureado del deporte estadounidense.

NBA: Bill Russell, el hombre que pudo con todo | Marca
Bill Russell (6)

Por todo ello era tan difícil encontrar a un entrenador que permitiese a Bill liderar a través de la defensa y que lo aceptase tanto como deportista y como persona en una época de efervescencia de derechos sociales y lucha racial. De esta forma cuando Russell y Auerbach se citaron al día siguiente en el despacho las listas no llegaban a los cinco nombres preestablecidos. La de Russell, de hecho, estaba vacía.

El plan de Russell era demostrarle a Auerbach que no había quien lo sustituyese, por lo que no le quedaría más remedio que seguir en los banquillos muy a su pesar. Pero Auerbach le dio un nombre de los que tenía en su lista. Bill negó con la cabeza. Sabía que fulanito era un gran técnico, pero también un racista empedernido. Auerbach probó con el segundo de la lista. Misma respuesta. Éste también era buen técnico, pero se oponía al matrimonio entre negros y blancos.

Auerbach, satisfecho en su interior, se encogió de hombros y le dijo a Russell que no sabía quien podría entrenar a los Celtics. Russell, enojado, se marchó a casa y prometió a Auerbach encontrar el hombre adecuado.

Por más vueltas y vueltas que le daba no había forma de encontrar a un entrenador de su gusto. Fue con Red con quien había viajado a aquel hotel en el que no le dejaron entrar por “tener mal olor”. Red sacó a Russell y a sus compañeros de aquel sitio y buscó otro donde aceptasen a negros y blancos. Cuando fue lapidado por apoyar a Muhammed Alí y posicionarse en contra de la guerra de Vietnam, allí estaba el viejo Red para defender que un deportista pudiese expresarse y tener sus propias ideas políticas. Y fue Red el que le dio un contrato de 100.001 dólares cuando los Lakers firmaron a Wilt Chamberlain a razón de 100.000 anuales. «Si eres el mejor, también tienes que ser el mejor pagado”, dicen que le dijo Auerbach.

Acariciando la medianoche, Bill descolgó el teléfono y llamó a Red.

“Acepto el trabajo”, dijo Russell.

“¿Seguirás jugando al mismo tiempo que harás de entrenador?”, contestó Auerbach.

“De eso se trata”, respondió Russell.

“Una última cosa – cuentan que le dijo Auerbach -. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo de la NBA. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Boston Celtics”.

Sexto Hombre on Twitter: "Tercero: fue el primer coach y ejecutivo  afroamericano en la historia de la NBA, lo que marcó un gran precedente en  la asociación. Ah, y al mismo tiempo
El primer técnico negro

Los Celtics ganaron su octavo título consecutivo y el noveno de Russell y Auerbach (1957 y 1959-66). La temporada 1966/67 comenzó con Bill Russell como entrenador-jugador y respondiendo a cientos y cientos de preguntas sobre si estaba capacitado para su trabajo y como sería capaz de mantener la calma cuando un problema racial hiciese su aparición. Ese año los Celtics perdieron la final de la NBA ante los Philadelphia 76rs de Wilt Chamberlain. Pero los Celtics se rehicieron y volvieron a ganar la NBA en 1968 y 1969, en la que fue la última temporada de Bill Russell como entrenador y jugador de los Boston Celtics.

Bill Russell es uno de los únicos baloncestistas que ha ganado la NCAA, el oro olímpico y la NBA. Fue cinco veces MVP de la competición y sumó un récord inalcanzable de 11 anillos de la NBA. Once como jugador y dos como entrenador, concretamente como el primer entrenador afroamericano de la historia del deporte profesional estadounidense.

“Aprendí a hacerme un caparazón cuando era joven. Luego pasé el resto de mi vida esperando que alguien metiese la mano dentro y me tocase. Pero solo tocarme; cualquier cosa más que eso sería demasiado para mí”. Bill Russell.

https://www.youtube.com/watch?v=ony_ocSPtBo

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Cuando Wilt Chamberlain juega su último partido en la NBA cuenta con 36 años. Es el quinto y definitivo de la final de la NBA de 1973 que los Los Ángeles Lakers, su equipo, pierde ante los New York Knicks. Chamberlain juega los 48 minutos del choque sin descansar ni un mísero segundo al igual que había hecho en todos y cada uno de los partidos de las finales. En ese último choque anotó 23 puntos y capturó 21 rebotes. Durante la temporada apresó más de 18 rechaces por encuentro, siendo el líder estadístico de la NBA en la campaña. Era la undécima vez que lo lograba y tendrían que pasar dos décadas para que Dennis Rodman superase ese registro de 18 capturas.

Estaba claro que Wilt Chamberlain no estaba próximo a la jubilación.

Sin embargo acababa contrato con los Lakers y el club angelino no estaba por la labor de pagarle un sueldo a un hombre, que por muy superhombre que fuese, contaba con 36 años y, he ahí la cuestión, contaba con más derrotas que victorias en su palmarés. Así que el verano pasó y los Lakers no se movieron. Quienes sí lo hicieron fueron los San Diego Conquistadors de la ABA que le ofrecían a Goliat un mega contrato tres veces superior al que Chamberlain tenía (y, ojo, era de los mejores pagados en la NBA).

La ABA (American Basketball Association) se había fundado en 1967 en clara competencia hacia la NBA. En esos tiempos la población negra de Estados Unidos estaba en plena lucha por las libertades y toda institución creada y dirigida por blancos era mal vista. Y mucho más en el básquet, donde había una profunda grieta entre el baloncesto académico, encorsetado y de equipo promulgado por las elites, y el desenfadado, vibrante e individual que se practicaba en los barrios negros de las ciudades estadounidenses.

La ABA apenas sobreviviría durante una década antes de claudicar económicamente y ser absorbida por la NBA, pero en ese decenio le dio tiempo a reinventar el baloncesto. Surgieron la línea de tres puntos, los concursos de mates o el maravilloso balón tricolor. En esos años la competencia entre ambas ligas fue feroz y por ello un jugador no podía pasar de una liga a la otra sin el consentimiento y la renuncia de los derechos del equipo vendedor.

Y los Lakers no iban a permitir que Chamberlain se marchase a San Diego.

Total que Wilt se pasó el año en blanco. Retirado, aunque oficialmente no estaba retirado.

Al verano siguiente recibió una oferta de los New York Knicks, pero algo había cambiado. Durante ese año de asueto Wilt se había dedicado a la buena vida, a invertir en negocios dispares (entre ellos en la liga estadounidense de voleibol) y a relacionarse con el mundo del cine tras comprarse una lujosa mansión. No tenía intención alguna de marcharse de la soleada California rumbo al estrés invernal de la ciudad de Nueva York. Así que, entonces sí, con 37 años, Wilt Chamberlain anunciaba su retirada oficial del baloncesto.

Pero el portento más extraordinario que jamás ha pisado una cancha de baloncesto nunca podría alejarse demasiado de la rumorología del deporte de la canasta. No frecuentaba las pistas ni como espectador ni como invitado, pero sí que era un personaje con continuas apariciones públicas. Y cada vez que el periodista, impactado por una mole de 2,16 metros esculpida a base de músculos, le preguntaba si pensaba volver a la NBA, Chamberlain, entre halagado y egocéntrico, siempre contestaba con evasivas que no hacían más que alimentar el sueño.

En 1979 la rutilante estrella de la NBA era Kareem Abdul-Jabbar. Era éste un extraordinario pívot, grácil y de extraordinarios movimientos que, si bien dominaba por su físico, lo hacía más por su portentosa coordinación. En una entrevista empequeñeció a Chamberlain al considerar que él tenía que lidiar con hombres más altos y más físicos que los que había en la época de Chamberlain (algo de razón tenía). Aquello encendió a ‘Big Dipper’, que negó la mayor y declaró: “Pesó 13 kilos menos que en mi último año de profesional. No tengo duda de que si ahora volviese a jugar dominaría. Lo único que no quiero es volver a una rutina de entrenamientos”. Wilt Chamberlain tenía por entonces 43 años.

Se había abierto la veda. El primer equipo que apareció para intentar ficharlo fueron los Cleveland Cavaliers. Le ofrecieron un contrato por dos temporadas con cláusulas que le liberaban de los entrenamientos diarios y que le permitían jugar un máximo de 20 minutos por partido. Pero nuevamente Wilt no aceptó. No le entusiasmaban los inviernos de Ohio y Cleveland era un equipo perdedor.

Para la temporada 1981/1982, cuando Chamberlain ya contaba con 45 años, fueron los Philadelphia 76rs los que intentaron hacerse con Superman. La cosa era distinta. Philadelphia era uno de los candidatos a ganar la NBA. Chamberlain llegó a viajar a la ciudad de los cuáqueros mientras hacía unas declaraciones a la prensa propias de él: “Si quisiera podría volver a hacerlo. Sin ninguna duda lideraría la NBA en rebotes y tapones. Suena a ególatra, bueno, lo es”. Y sí que sonaba, pero cuando uno ve fotos de ese bicho andante parece increíble que tuviese 45 años. Pasaría por un chaval de veintitantos.

Las mejores frases de Wilt Chamberlain – El Gurú del deporte
Goliat bien entrada la cuarentena

Wilt era natural de Philadelphia y el acuerdo parecía inminente, pero había una discrepancia insalvable. A diferencia de lo que ocurría con los Cavaliers, los 76rs eran una franquicia ganadora y eso implicaba seriedad y compromiso. No habría problema en lo económico, pero si en lo referido a las ausencias de los entrenamientos. Wilt tenía que ser uno más.

Y el acuerdo se rompió.

Y mientras, Wilt seguía haciendo cosas propias de Goliat. Se inscribió en una liga nacional de atletismo para mayores de 40 años. Aunque la mayoría de los participantes eran atletas profesionales retirados, Chamberlain se llevó la victoria en lanzamiento de peso, triple salto, salto de altura y 200 metros lisos. Poco después, en 1984, a punto de cumplir las 48 primaveras, debutaba en la gran pantalla en la película ‘Conan, el bárbaro’ protagonizada por Arnold Schwarzenegger. El actor austríaco, entonces de 37 años y 7 veces campeón del mundo de culturismo, quedó alucinado con la fortaleza de Chamberlain: “No puedo creer que tenga cerca de 50 años. Tiene tanta fuerza que juguetea con una espada y amenaza con hacerte trizas”.

todoarnold+cine on Twitter: "#ConanTheDestroyer Behind the scenes. Wilt  Chamberlain, Anne Strick (unit publicist) and Arnold @Schwarzenegger.  http://t.co/yrtf7Ae9SX"
Y Schwarzenegger se convirtió en un mixiricas

Hubo que esperar a 1991 para un último intento. El más increíble de ellos. Los Ángeles Clippers hacían una nueva oferta a Chamberlain para volver a la NBA. El simple hecho de que un equipo profesional decida interesarse por un ex jugador de entonces 54 años y que llevaba 18 años retirado habla del increíble portento físico que era Chamberlain. Como en otras ocasiones, Wilt declinó la oferta aduciendo que no quería volver a una rutina de viajes y de entrenamiento, y, como de costumbre, tiraba de ego para afirmar que por físico estaría capacitado para jugar con gente que podrían ser sus hijos, y, rizando el rizo, hasta sus nietos: “A lo largo de estos años he tenido muchas más ofertas de las que se han publicado. Es fantástico para el ego que con 53 o 54 años los equipos sigan pensando que puedo jugar. Y personalmente creo que podría, pero no tengo ningún deseo”.

Menos de un año después Goliat ingresaba en un hospital de Los Ángeles debido a una presión arterial que se disparaba por momentos. Aquel corazón se rompería definitivamente el 12 de octubre de 1999 a los 63 años de edad.

El ‘shock’ fue inmenso. Wilt Chamberlain era un monumento humano, una estatua de piedra irrompible a ojos de seres humanos que veían como sus músculos se consumían con el paso del tiempo mientras los suyos permanecían inalterables. Chamberlain no era una leyenda retirada, era un monolito en camiseta de tiras y calzones cortos incapaz de envejecer. Que aquel gigante se derrumbase era una muestra de que la muerte no entiende de músculos.

Se iba el hombre que anotó más de 60 puntos en 32 ocasiones (el siguiente de la lista es Kobe Bryant con seis), el único que ha hecho un doble-triple-doble en un partido (22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias) y que en el total de su carrera promedió 30,1 puntos, 22,9 rebotes y 4,4 asistencias. Pero también el superhombre que tan sólo ganó 2 anillos de la NBA a pesar de su aplastante superioridad, lejos de los 3 de Bird, los 4 de Lebron y de O’Neal, los 5 de Duncan, de Kobe o de Magic, los 6 de Abdul-Jabbar o de Jordan, y, sobretodo, de los 11 de Bill Russell.

“Si pudiera cambiar algo de mi vida, me gustaría saber cómo vive alguien que mide 1,80. Todo el mundo apoya a David, nadie anima a Goliat”. Wilt Chamberlain.

https://www.youtube.com/watch?v=NRgFX3-rc2w
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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (1ª parte)

Cuando el 12 de octubre de 1999 el sobrino de Wilt Chamberlain encuentre a su tío tirado en el sofá de su casa víctima de un ataque al corazón, se encontrará con una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo en la lista era Bill Russell. Durante más de una década Chamberlain y Russell se pegaron en una cancha de baloncesto. A lo largo de más de un decenio ni se hablaron. Pero entonces, ya encarando la vejez, eran amigos. Bill Russell era el gigante bueno. El hombre que puso su físico al servicio de su equipo para crear una dinastía en la NBA. Chamberlain era Goliat. El hombre que según su propio recuento llegó a acostarse con más de 20.000 mujeres. El deportista que llegó a liderar la NBA en puntos, rebotes y asistencias. Pero también el hombre que fue incapaz de quitarse el sambenito de egoísta y de perdedor.

https://www.youtube.com/watch?v=FPXpGewsDyc

Wilt Chamberlain era un portento físico. El Stephen Hawking de la fisionomía. Era un armario empotrado de 2,16 metros de altura y 130 kilos. Un torrente de músculos desde las uñas de los pies hasta las cejas. Todo él era una gran espalda. Llegó a correr los 400 metros en 49 segundos, lanzar el peso a 16,27 metros o rebotar 1,98 metros en salto de altura. Un ser humano que por envergadura y coordinación estaba medio siglo adelantado a su tiempo.

Era un gigante de dibujos animados. De dimensiones deslumbrantes en una época donde las imágenes en movimiento escaseaban y todo había que fiárselo a las letras y a la fotografía. Se convirtió en un dios griego. Los niños hablaban de un King-Kong. Hay quien decía que tenía tornillos en la cabeza. Otros que no sabía hablar y que solo gruñía. Alguno comentaba que era Frankenstein con un balón de baloncesto. Un hombre que comía niños. Era fascinante. Era despreciable. El villano de un cómic de la Marvel.

Y es que Wilt jugaba entre niños. En el baloncesto de los 60 era Goliat entre lilliputs. Cuando debuta en la NBA y juega su primer ‘All-Star’, la diferencia de corpulencia entre él y el resto de los jugadores es demencial. En aquel partido entre las 24 estrellas más rutilantes del baloncesto mundial apenas hay otros cuatro jugadores que superen los 2 metros, algo inimaginable en la actualidad. Su descomunal planta hizo que ya en su época de instituto fuese una celebridad nacional. Recibió más de 100 becas universitarias, la gran mayoría de ellas con dinero bajo cuerda.

Wilt Chamberlain fue el primer baloncestista que dotó al deporte de la canasta del glamour de la celebridad. Mucho antes de que Lebron James cambiase su natal Cleveland por Los Ángeles con la mirada fijada en su posterior vida tras la retirada, Chamberlain ya había puesto la idea en marcha. ‘Big Dipper’ decidió abandonar Philadelphia (donde ganó un anillo) y mudarse a la soleada California. Al darse cuenta de su valor, no sólo como jugador sino como celebridad, Chamberlain comprendió que su futuro estaba en Los Ángeles, una ciudad con enormes posibilidades y el mercado más atractivo de Estados Unidos junto a Nueva York.

Chamberlain siempre fue un solitario. Era tremendamente egoísta y presuntuoso y siempre aprovechaba para mofarse de sus rivales. Nunca se le conoció pareja. Difícil promover cimientos con 20.000 mujeres de por medio. Lo cierto es que pocos hombres podrían competir con él, aunque sus más allegados, los pocos, consideraban que era una forma de autodefensa porque tenía miedo a que alguien le hiciese daño. Cierto o no, el caso es que siempre quiso profundizar, pero nunca intimar, con ninguna mujer.

Para Wilt el baloncesto nunca fue un juego de equipo. Por lo menos antes de llegar a los Lakers. Luego, también, aunque de forma menos acusada. Los partidos de Chamberlain eran conciertos de solistas. La gente sólo veía en la cancha a Wilt. La noche de 1962 en Nueva York en la que anotó la extraterrestre cifra de 100 puntos, un reportero que asistió al encuentro escribió: “Chamberlain les hizo sentir (a sus compañeros) su insuficiencia y pequeñez. Era grande, luminoso y ocasionalmente ruidoso (…) Él existía aparte de su equipo, orbitando en su propio reino brillante”.

En Los Ángeles, Wilt Chamberlain buscó la atención y el reconocimiento que merecía al ser enjuiciado como el mejor. Invirtió en inmuebles, restaurantes y caballos de carreras. Hasta compró una discoteca en Nueva York, en la época en la que Studio 54 era el centro del universo. Vivía feliz entre artistas y músicos engatusando y presentándose a diferentes mujeres. Le encantaba retar a otro hombre a jugar a cualquier deporte y tras su victoria revolotear cual pavo real delante de sus admiradas pretendientes.

La crítica baloncestística nunca lo trato bien. Para algunos Wilt Chamberlain ha sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero a pesar de su abrumadora superioridad (en 1962 promedió 50’4 puntos y 25’7 rebotes jugando todos y cada uno de los minutos de todos y cada uno de los partidos) nunca tuvo colmillo asesino. No fue Jordan, ni Bird, ni Magic, ni Lebron, ni Kobe. Y tampoco fue Bill Russell. Mientras Chamberlain coleccionaba récords individuales era derrotado una y otra vez en la lucha por el anillo de la NBA ante los Celtics de Russell. Éste, otro portento de 2,06 metros (con una media de más de 22 rebotes por partido en su carrera), posee la plusmarca de anillos de campeón con 11 en 13 temporadas, destacando como capitán y baluarte defensivo de un equipo en el que primaba la solidaridad. A ojos de todos Chamberlain siempre fue el malo de la película. Una estrella incapaz de hacer mejores a sus compañeros y un engreído que socavaba la autoridad de los entrenadores.

Su físico era tan deslumbrante que hubo que adaptar las normas para contenerlo. Cuando jugaba para la Universidad de Kansas al bueno de Wilt le dio por tirar los tiros libres haciendo mates. Es decir, saltar desde la línea a 4,60 metros del aro y machacar. Chamberlain promedió poco más del 50% en lanzamientos libres durante su carrera. Era su kriptonita. Así que vio buena esa solución. Al año siguiente se decretó que los lanzamientos libres se hicieran detrás de la línea de 4,60 prohibiendo expresamente saltar o introducirse dentro de la zona antes de que el balón tocase el aro. Tal y como lo entendemos hoy en día.

Algunos números que dicen que Wilt Chamberlain es el mejor jugador de la  historia de la NBA – Pio Deportes
Un hombre entre niños

La prensa lo retrató como un villano, una estrella meditabunda que destruyó la moral de sus equipos. Chamberlain representó la indulgencia y el individualismo excesivo. «Soy Wilt Chamberlain, una persona. Es mi individualismo lo que más valoro», dijo en una ocasión. Cansado de ser tildado de egoísta hubo un año en el que le dio por liderar la NBA en asistencias. No por compromiso con el equipo, sino para alimentar su egocéntrica personalidad. Sus 2,16 transformaron el baloncesto profesional para llevarlo a las alturas. Wilt Chamberlain hizo de la NBA una curiosidad. Una rareza antropomórfica que había que escrutar.

Tampoco ayudó a Chamberlain que no se significase políticamente. Al principio de su carrera su indiferencia ante la lucha por los derechos civiles de la población negra le granjeó la amistad de la elite blanca. Era un negro bueno. Al contrario, Russell, su némesis, fue portavoz de los deportistas negros que se negaban a alistarse para combatir en Vietnam. Así que cuando a finales de los 60 Chamberlain siguió escabulléndose de las cuestiones políticas, pasó de ser sospechoso a enemigo de la comunidad negra que no entendía que una persona de su relevancia no se implicara. Wilt siempre fue un hombre de ley y orden. Él sólo veía una diferenciación entre razas; el dinero.

Para los demás jugadores (que por entonces eran blancos en su mayoría) se convirtió en una amenaza. Acabará con el juego, decían los puristas. En realidad a lo que jugaba Chamberlain era a un baloncesto 2.0. Era una amenaza. Pero no por monstruoso, lo era por celos y fascinación. Cuando perdía o fallaba se le comparaba con un boxeador mediocre que intentaba entender el juego.

—UNA ORGÍA DE NÚMEROS Y UNA CATARATA DE DERROTAS—

Después de que los 76ers despilfarraran una ventaja de 3-1 ante los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1968, la prensa culpó a Chamberlain. Había llevado a los 76ers al título la temporada anterior, pero la realidad es que tras once temporadas con números monstruosos sólo había sabido saborear la victoria en una ocasión. Fue entonces cuando decidió firmar por Los Ángeles Lakers. A las razones anteriormente esgrimidas, había un par de ellas más profundas. Chamberlain solía acostarse con mujeres blancas, algo todavía tabú en muchas zonas de Estados Unidos, pero no así en la progresista California. Y además, su padre, residente en el Estado del sol, apuraba sus últimos meses de vida por culpa de un cáncer.

Los Lakers acababan de estrenar un fastuoso pabellón decorado con columnas púrpura y oro que obedecían a la disposición del foro imperial de Roma. En ‘The Fabulous Forum’ los Lakers construyeron el primer súper equipo de la historia antes de que Garnett se marchase a Boston, Lebron a Miami o Durant a San Francisco. Para la campaña 1968/69 Los Ángeles Lakers reunían a Elgin Baylor, el primer jugador en volar por encima del aro, a Jerry West, un tirador sublime que dio su imagen al logo de la NBA, y a Wilt Chamberlain. Con Goliat en plantilla los Lakers construían el mejor equipo de baloncesto de la historia.

Los Lakers pasaron como un ciclón en la temporada regular pero acabaron perdiendo en el séptimo partido de las finales ante los Celtics, sumando la que era su séptima derrota ante los de Boston. Wilt Chamberlain también contaba en siete las veces que había caído en un partido decisivo ante Bill Russell. El hombre de los 100 puntos nunca fue capaz de ganar un choque a vida o muerte ante el pívot solidario por excelencia. “Séptimo partido son las palabras más bonitas del baloncesto”, había dicho en una ocasión el bueno de Russell.

El camino de activismo social en la NBA y los inicios de la mano de Bill  Russell y Wilt Chamberlain | NBA.com España | El sitio oficial de la NBA
Russell (6) y Chamberlain (13)

En ese séptimo y decisivo encuentro, Chamberlain se pasó el último cuarto sentado en el banquillo discutiendo a grito pelado con su entrenador. Se dijo que estaba lesionado, pero la realidad es que Wilt no llegaba al 50% en tiros libres. Una vez que le prohibieron machacar el aro lo intentó de diferentes maneras, a cada cual peor. Sus tiros con cuchara espantarían a cualquier entrenador infantil. No era procedente mantenerlo en el partido en un momento caliente. Pero es que además, obsesionado como estaba con cincelar con números sagrados su legado, se había propuesto no ser nunca eliminado por faltas durante un partido. Esto hacía que en los momentos calientes bajara los brazos y su defendido tuviese pista libre para aterrizar en el aro.

Al año siguiente volvería a perder otra final, en este caso ante los Knicks de Reed, Frazier y Bradley. Más, por vez primera, el afecto y la ternura hicieron acto de presencia. Con 34 años y tras cerca de 900 partidos consecutivos, Goliat sufrió una lesión. Su rodilla dijo basta y tuvo que pasar por quirófano. Por vez primera Chamberlain dejaba de ser una bestia del Helesponto y se convertía en humano. “He hecho cosas que ningún hombre hará, pero la gente sigue esperando que me supere, y no puedo hacer eso”, comentó tras su vuelta en una muestra de dolor ajena al superhombre.

Finalmente, durante la temporada 1971-72, Chamberlain encontró la redención renunciando a ser Goliat. Se dedicó a rebotear y a defender dejando que Jerry West se centrase en anotar. Los Lakers se llevaron de una santa vez el campeonato y Chamberlain, por una vez, dejó de ser un perdedor. Para ello tuvo que renunciar a sí mismo. Tuvo que ser Bill Russell.

Pero más importante que el anillo fue la influencia de Chamberlain convirtió para convertir a Los Ángeles en un destino atractivo para jugadores y empresas que elevó a los Lakers al olimpo del baloncesto. “Mi impacto es eterno”, declaró al poco de retirarse.

Al dejar las pistas y al sucederse los años, se hizo ya de por si inevitable la comparación de Chamberlain con Russell, su eterno antagonista contemporáneo y con quien siempre hubo pugna por decidir quién de los dos era mejor. Y no había duda. Wilt siempre salía mal parado cuando se le comparaba con el portento de los Celtics de Boston, quien ganó 11 títulos de la NBA y nunca perdió una serie de playoff o de las finales con el hombre de los 100 puntos.

Y sin embargo Bill Russell estaba en aquella libreta que el sobrino de Chamberlain abrió el día de su muerte. Mucho antes, en aquel séptimo partido de 1969 en el que Goliat pasó el último cuarto en el banquillo supuestamente por una lesión, Russell le había sentenciado: “Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones”. De todas las críticas que ha recibido en su carrera, esta es la que Chamberlain jamás va a perdonar. “Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz”, contestará el superhombre.

Años después llegó la reconciliación y la devolución de visitas domiciliaras. Russell fue fiel a sí mismo, y tras una discreta carrera como entrenador se fue alejando de los focos hasta que la NBA lo recuperó para la causa hace poco más de una década. A Chamberlain el corazón se lo llevó poco después de los 60, pero por el camino se negó a envejecer y amenazó una y otra vez con volver a la NBA a impartir justicia.

Pero esa historia quedará para la próxima semana.

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El anillo perdido de Larry Bird

En 1985 Larry Bird era el mejor jugador de baloncesto en el mundo. Había ganado el MVP (Most Valuable Player) en 1984, lo ganaría en 1985 y repetiría por tercera y última vez en 1986. Era el jugador más arrogante, más orgulloso y más soberbio del equipo más arrogante, más orgulloso y más soberbio de la NBA. Los Boston Celtics habían logrado el campeonato en 1984 y pocos dudaban de que volvieran a lograr el título en 1985. Sólo los Lakers de Magic Johnson aparecían en el horizonte como una amenaza plausible, pero a mediados de la temporada el nivel de Larry Bird estaba rozando lo paranormal.

A poco más de un mes para finalizar la temporada regular, los Celtics encabezan la NBA con un margen de victorias sobre los Lakers que oscila entre los 6 y los 8 partidos. Habían puesto velocidad de crucero y Bird estaba demostrando porque era el mejor jugador del momento. Encadenaba triple-doble tras triple-doble e incluso batió el récord de anotación en la historia de los Celtics al anotar 60 puntos a Atlanta Hawks con una exhibición de lanzamientos desde todas las esquinas de la pista que rozaba lo obsceno. En otro encuentro encestó 47 puntos con la mano izquierda, a pesar de ser diestro, porque según él “estaba aburrido de tirar con la derecha y de vez en cuando necesita descansar”. Los Celtics finalizaron la liga regular con un total de 63 victorias y Bird se convirtió en el primer jugador que, sin ser pívot, alcanzaba el título de MVP de forma consecutiva.

A pesar de su arrogancia, Bird era querido y respetado por todos sus compañeros. Como todos los grandes líderes deportivos Bird era el primero en llegar a los entrenamientos y el último en irse, el que siempre competía a pesar del dolor y el que estaba dispuesto a reducir su sueldo si con ello podía favorecer a otros compañeros. Ante tal ejemplo, y a pesar de sus gritos y de su fuerte exigencia, no había nadie que estuviese en disposición de replicar a Bird. Los Celtics se preparaban para afrontar unos playoffs que se antojaban un paseo militar.

En primera ronda los Celtics ganaron a Cleveland (3-1) y acto seguido despacharon a los Pistons (4-2). La final de la Conferencia Este iba a ser contra los Philadelphia 76rs. Boston ganó cómodamente sus dos primeros partidos en casa. El tercero tendría lugar en la ciudad del amor fraterno.

Entre el segundo (martes) y el tercer partido (sábado) había cuatro días de diferencia. K.C. Jones, técnico de los Celtics, decidió que el jueves sus chicos tuviesen el día libre. Todo iba bien y marchaba según lo previsto.

Aquel jueves Larry Bird decidió pasar la tarde con Nick Harris, un vendedor de coches que había trabado una fuerte amistad con el alero de Indiana. Con unas cuantas cervezas encima se unió a la tertulia Quinn Buckner. Éste último había sido oro olímpico y un jugador aceptable en la NBA, pero en 1985 ocupaba el último lugar en el fondo del banquillo de los Celtics.

Trago tras trago la noche hizo su aparición y el terceto abandonó la casa de Bird para acercarse al centro de Boston a tomarse la última. Todo iba con total normalidad hasta que Harris le echó el ojo a una atractiva mujer que estaba en el local. Al parecer Harris entendió que había motivos para acercarse a ella e invitarla a tomar algo, pero, o bien no entendió las señales, o, lo más probable, se pasó de listo. Más tarde trascendería que Harris, además de vendedor de coches, tenía a sus espaldas pequeños delitos de falsificación y de posesión de drogas.

El caso es que la joven apartó a Harris de su lado y pidió socorro a un hombre de anchas espaldas que servía copas en el local y que resultó ser el novio de la chica en cuestión. Inmediatamente Harris fue noqueado de un derechazo y Bird no pudo reprimir sus instintos. Se abalanzó sobre el desconocido para proteger a su amigo y los 2,06 metros de altura y 100 kilos de peso de un deportista profesional de 29 años de edad cayeron de golpe sobre el púgil, que, en buena lógica, acabó ingresado en el hospital.

Bird, Buckner y Harris se marcharon corriendo de allí. Aquella misma noche la víctima pondría una denuncia contra Larry Bird.

Nada de esto se sabría hasta un par de meses después. Pero aún muchas cosas tendrían que ocurrir hasta entonces.

Bird se metió en la cama, pero era incapaz de dormir. Tenía el dedo índice de la mano derecha completamente deformado y el dolor saltaba como un resorte por todo el brazo. A la mañana siguiente el equipo tomó un avión rumbo a Philadelphia y Bird lo hacía con una seriedad inquietante y con la mano derecha siempre tapada por una sudadera.

Hubo dos partidos en Philadelphia. En el primero Bird estuvo gris, pero en el segundo sencillamente dio asco. La actuación de Larry Bird en aquel partido fue lamentable. Firmó un pobre 4/12 en el tiro y perdió ocho balones. No robó ningún balón cuando promediaba más de tres por partido, y apenas capturó un triste rebote. En las imágenes televisivas los comentaristas llamaban a su dedo “polish sausage”, un tipo de salchicha típico de la zona de Indiana. Bird estuvo todo el partido botando con la mano izquierda y llevándose la derecha al estómago de forma instintiva.

Por supuesto al final del encuentro hubo lluvia de preguntas y por supuesto Larry Bird, fiel a sí mismo, contestó con retranca y con evasivas. Los Celtics cerraron filas con su estrella y se limitaron a decir que había sufrido un golpe sin importancia en el calentamiento.

Así las cosas los Celtics regresaron a Boston para el quinto encuentro y los rumores no cesaban. Un día antes del choque Bird hizo de Bird y decidió tirar de orgullo y marcar el ‘tempo’ del conflicto. Escogió como diana a Dan Shaughnessy, un periodista del ‘Boston Globe’ que había escrito un artículo insinuando que el dedo hinchado del alero de Indiana había sido fruto de un incidente fuera de la cancha de entrenamiento. Bird había repetido hasta la saciedad que era inquebrantable al dolor y que el dedo hinchado no afectaba a su rendimiento y retó al plumilla a tirar 100 tiros libres con las dos manos vendadas.

El periodista podría tirar libre de vendajes. Naturalmente.

El periodista aceptó la apuesta y anotó un digno 60/100.

Larry Bird, con las dos manos rodeadas de cinta adhesiva y esparadrapo, se marcó un 79/100.

Cuando la prensa marchó, Bird se quitó los vendajes y según se supo más tarde anotó 161 tiros libres sin fallo. Puede que el dedo estuviera hinchado, pero su orgullo lo estaba mucho más.

Los Celtics ganaron el quinto partido a los 76rs gracias a un robo decisivo de Bird y, por lo menos visualmente, parecía que la inflamación había bajado. Aun así Larry Bird seguía lejos de sus porcentajes habituales y firmó un discreto 6/17.

En esos tres partidos con el dedo hinchado ante Philadelphia el flamante MVP había bajado del 40% en porcentaje de tiro por primera vez en toda la temporada y había visto reducida su producción de puntos (-8) y de rebotes (-3).

— CELTICS vs LAKERS—

El primer partido de la final de la NBA demostró porque los Celtics eran superiores a los Lakers y los grandes favoritos al título. Humillaron a los angelinos por 148-114 en un partido que pasaría a la posteridad como ‘Memorial Day Massacre’. Sin embargo, el partido de Bird fue otra vez discreto. Por primera vez en todo el año encadenó su tercer partido consecutivo por debajo de los 20 puntos. En el segundo se consumó la sorpresa y los Lakers ganaron en otro mal partido de Bird, pero sería en el tercero disputado en Los Ángeles donde la serie definitivamente se inclinó para los de California. Magic Johnson y compañía devolvieron la paliza (136-111) y Bird firmó un horrendo encuentro con un 8/21 en el tiro y varias pérdidas de balón decisivas. “No puedo jugar peor que hoy. Tú lo habrías hecho esta noche mejor que yo”, sentenció Bird ante la pregunta de un periodista.

En el cuarto partido los Celtics tiraron de su legendario orgullo y consiguieron empatar la serie (2-2) a base de casta. El duelo se decidió en la última jugada. Todo estaba preparado para que Bird lanzase el tiro decisivo como en él era habitual, pero en el último momento dobló el balón para que Dennis Johnson anotara con facilidad. Es cierto que Bird tenía dos defensores encima, pero también lo era que si no tuviese el dedo hinchado hubiese encontrado la manera de lanzar él el tiro definitivo.

Los Lakers ganarían el quinto encuentro en casa y sellarían el título ganando el sexto partido en el Boston Garden (2-4). Era la primera vez que los Celtics perdían una final de la NBA en casa. Kareem Abdul-Jabbar fue elegido MVP con 38 años y Magic Johnson ya tenía su vendetta tras la derrota del año anterior. En los Celtics tan sólo Kevin McHale elevó su nivel de la temporada regular. Larry Bird no había jugado unas malas finales, pero no había demostrado la excelencia de la temporada regular. No al nivel que había demostrado antes de aquella funesta noche de cervezas con un par de amigos.

Antes del aciago puñetazo Larry Bird promediaba 28’7 puntos, 10’5 rebotes y 6’6 asistencias. Después del guantazo 23’8 puntos, 8’8 rebotes y 5 asistencias. Pero lo más significativo eran los porcentajes. Antes del puñetazo tenía un 52’2 % en tiros de dos y un espectacular 42’7 % en tiros de tres. Después de la famosa noche los porcentajes bajaron al 44’9% en los de dos y al 33’3 % en triples.

Dos días después de la debacle, el médico de los Celtics declaraba a los medios que Bird tenía una lesión en el codo y que después de varias pruebas médicas se había determinado que lo mejor para la recuperación era el reposo, descartando cualquier intervención quirúrgica. Era todo mentira. No se hizo mención alguna al dedo ni se había hecho prueba alguna.

No sería hasta dos meses después cuando el asunto saldría a la luz. Aún hubo que esperar a noviembre, con la siguiente temporada ya en marcha, para que Larry Bird asumiese su culpa públicamente y pagara una multa de 20.000 dólares al denunciante, dando por finiquitado para siempre el incidente.

Larry Bird y los Celtics volverían a reinar en la NBA en 1986 y perderían la final ante los Lakers en 1987. A partir de ahí, problemas de espalda y en los talones hicieron que el alero nacido en Indiana tuviese que acortar su carrera prematuramente.

Larry Bird ganó tres anillos de la NBA y Magic Johnson logró cinco. En su fuero interno Bird sabía que el título de 1985 era suyo y que aquella disputa entre archirrivales tendría que haber acabado en empate a cuatro.

Cuando más de 20 años después un periodista le preguntó por la famosa pelea, Bird dio por zanjada la entrevista y se levantó de su asiento. En ninguna de sus biografías autorizadas hay mención alguna al asunto. Bird habla abiertamente en todas ellas de su infancia en la indigencia, del suicidio de su padre, de sus problemas de sociabilidad o de su miedo a la muerte. Pero en ninguna de esas biografías y en ninguno de los documentales televisivos en los que ha participado jamás hace mención alguna sobre aquella infausta pelea.

Sólo aquella noche y aquel anillo perdido consiguieron doblar el orgullo de Larry Bird.

“No importa lo bueno que soy, sigo siendo un paleto de Indiana.” Larry Bird sobre sí mismo.

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Jo Jo White. El mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca

Tras unos años en el olvido por la combinación de un tumor cerebral y la afectación del alzhéimer, la semana pasada fallecía Jo Jo White. Uno de los mejores jugadores de baloncesto de una de las peores épocas para ser jugador de baloncesto. La década de 1970 es tiempo de cocaína en los vestuarios, apuestas extradeportivas, problemas raciales, peleas en las pistas y pabellones vacíos. Cuando el basket volvió a despegar, Jo Jo ya no formaba parte de la magia.

White era un base fiable, elegante, pulcro y correcto. De esos que adoran los entrenadores y que calan en los vestuarios. Recaló en los Celtics en 1969, cuando los miembros del equipo victorioso de los 60 ya habían colgado las zapatillas. Dicen los historiadores que cuando una institución es fuerte la persona no es relevante. Es decir, cuando la monarquía tiene buenos cimientos el objeto de las críticas es el rey como persona. El problema se da cuando se venera al individuo y se critica a la institución. En la España actual a esto se le llamó ‘Juancarlismo’. Jo Jo White era el base del equipo de las leyendas. Era el base de los Boston Celtics, una de las entidades deportivas más enérgicas de los Estados Unidos. Jugar en ese equipo te convierte en leyenda. No importa quien seas, sólo eres una pieza más de una institución inquebrantable. Año tras año tuvo que luchar contra un fantasma. No era un jugador que dignificó a un equipo. Él era el dignificado por vestir de blanco y verde.

White ganó dos títulos con los Celtics, en 1974 y 1976. Fue siete veces ‘All Star’ y los Celtics le hicieron un homenaje después de su retirada en 1981. Era un caballero dentro y fuera de la pista y se ganó minuto a minuto el respeto de la franquicia y de la NBA. Pero Jo Jo White será recordado para siempre por ser el mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

En la final de la NBA de 1976 se enfrentaron los Boston Celtics y los Phoenix Suns. Los primeros eran y son el equipo más condecorado de los Estados Unidos. La leyenda verde. Los segundos eran una joven franquicia con apenas un lustro de existencia y que habían logrado alcanzar la final tras derrotar en las eliminatorias a los Seattle Supersonics y a los Golden State Warriors, vigentes campeones y grandes favoritos. Los Suns tenían dos baloncestistas destacados en sus filas; un exjugador de Boston llamado Paul Westphal y a un ala-pívot novato que respondía al nombre de Alvin Adams. Por su parte, en los Celtics destacaba Jo Jo White, el pívot Dave Cowens y John Havlicek, máximo anotador del equipo, y todos ellos mitos del baloncesto.

Las finales de la NBA se disputan al mejor de 7 partidos. Los dos primeros encuentros fueron ganados con solvencia por Boston y los dos siguientes, diputados en Phoenix, resultaron ser mucho más reñidos y conquistados por los Suns por un margen muy estrecho. Para el quinto partido de la serie, con 2-2 de parcial, nuevamente la ciudad costera de Nueva Inglaterra iba a servir de anfitriona.

Arropados por su público, los Celtics se pusieron rápidamente 20-5 para acabar llegando al descanso con una clara ventaja de 61-45 bajo la fulgurante actuación de John Havlicek. Tras el intermedio, los Suns, comandados por Westphal, se fueron aproximando poco a poco hasta que un tiro libre a escasos segundos del final les daba una ventaja de 94-95.

Tras una jugada trastabillada, con sólo 3 segundos para el final, Havlicek tuvo dos tiros libres para lograr la victoria. Anotó el primero, pero falló el segundo. Tras recoger el rebote de ataque lanzó a canasta y nuevamente el balón golpeó en el hierro. La estrella de Boston había fallado y el partido tendría una prórroga. 95-95.

En la prórroga el partido se convirtió en una sucesión de canastas, y aunque los Celtics llegaron a tener una ventaja de 4 puntos, los Suns recortaron poco a poco. Otra vez tuvieron los de Boston la oportunidad de ganar. Jo Jo White falló una última posesión y el electrónico permaneció inalterable. 101-101. Y segunda prórroga.

Durante esa segunda prórroga sucedieron dos hechos imprescindibles para entender el devenir de los acontecimientos. Dave Cowens, el pívot titular de los Celtics, fue eliminado por faltas con 26 puntos y 19 rebotes en su casillero. Al mismo tiempo John Havlicek había sufrido un esguince de tobillo y cojeaba por la pista.

En el último minuto, Jo Jo White se echó el equipo a la espalda y tras una espectacular entrada a canasta colocó una ventaja de 3 puntos a falta de 19 segundos para el final. Dado que por aquel entonces no había línea de triples, parecía una distancia insalvable. Rápidamente, los Suns sacan de banda y Van Arsdale en una preciosa suspensión anota. 109-108. Los Celtics tienen todo bajo control. Siguen un punto por delante y tienen la posesión del balón. El suplente de Cowens, Jim Ard, saca de fondo y con los nervios hace un horrendo pase que es cortado en el aire por Westphal. El base de los Suns asiste a un compañero que falla en primera instancia, pero tras un agónico rebote anota en un segundo esfuerzo. En un abrir y cerrar de ojos, los Phoenix Suns dan la vuelta al partido y se ponen 1 punto por delante a falta de 5 segundos.

Los Celtics solicitan tiempo muerto. En la pizarra la primera opción es Jo Jo White. Sin embargo, asfixiado por el marcaje no puede recibir y el balón fue a parar a manos de John Havlicek. Él mismo lo explicaría años después: “Estaba lesionado y no fue mi mejor partido. Recibí el balón y fui corriendo hasta la canasta y me levanté en suspensión con un giro de 45 grados. Lancé a tabla porque a esa velocidad sabía que el tiro iba muy fuerte y rebotaría en el aro”. El balón entró y la gente invadió la pista. Los Celtics habían ganado 111-110.

A partir de entonces la locura. En medio de las celebraciones los jugadores de los Suns acudieron a la mesa de arbitraje reclamando que cuando Havlicek anota todavía quedaba 1 segundo de posesión. El árbitro, Richie Powers, pide calma y solicita el apoyo de la policía. Entremedias es zarandeado por varios aficionados. Tras casi 10 minutos de discusiones, se decide conceder a los Suns una última posesión de 1 único segundo de duración.

Mientras todo esto sucedía, los jugadores de los Celtics estaban en el vestuario celebrando el triunfo. De hecho, Jo Jo White se había quitado las vendas y los protectores de los tobillos y estaba desnudo en frente de la ducha. Se volvió a vestir a regañadientes mientras todo el mundo se preguntaba, ¿qué puede suceder durante 1 segundo?

Lo que vino a continuación, con el público pisando parte de la pista, forma parte de la historia del deporte.

Paul Westphal tuvo una idea. Pidió tiempo muerto. A los Suns no le quedaban. El árbitro se quedó extrañado y le preguntó si estaba seguro. Dijo que sí. Era falta técnica y se castigaba con un tiro libre. Jo Jo White anotaba y el marcador era favorable a Boston por 112-110. ¿Qué había sucedido? Tras la técnica, los Suns podían sacar desde medio campo en vez de hacerlo desde línea de fondo. Con 1 segundo por disputarse si alguna opción tenían los de Arizona de empatar era con un tiro rápido. A mayor cercanía de la canasta, mayores posibilidades de acierto. Westphal sacrificó un improbable lanzamiento de la victoria, por un posible lanzamiento para el empate.

Con un ambiente que rozaba la agresión, el alero Garfield Heard recibió el balón en lo que hoy sería la línea de triple. Tras darse media vuelta en décimas de segundo lanzó una suspensión sumamente arqueada que increíblemente entró dentro. El silencio en el Boston Garden fue sepulcral. Habría tercera prórroga.

El partido iba camino de los 63 minutos y con muchos jugadores eliminados por faltas o al borde del agotamiento. Aquel período fue el momento de gloria de Glen McDonald, un suplente de los Celtics que anotó varias canastas decisivas. Aun así los Suns llegaron a ponerse a dos puntos a falta de 20 segundos, e incluso Westphal estuvo a punto de robar otro balón decisivo, pero Jo Jo White supo esconder la pelota y conseguir al final la victoria por un ajustado 128-126 tras tres prórrogas.

Otra vez hubo invasión de pista, aunque esta vez resultó definitiva. En el vestuario varios jugadores tuvieron que recibir atención sanitaria ante el esfuerzo acometido. Tom Heinsohn, entrenador de los Celtics, hubo de ser intervenido por problemas cardíacos al igual que varios aficionados en Boston y en Phoenix. Varios fans tuvieron que ser ingresados en el hospital por ataques de nervios. El partido había durado casi 5 horas y, de hecho, el comentarista televisivo había llegado a decir; “hoy es viernes. No se preocupen, mañana no hay colegio. Chicos pedid otra Coca Cola a vuestro padre”, lenguaje inaudito en la televisión de aquel entonces.

El partido acabó de madrugada, otro problema televisivo, en una época donde no se veía la caja tonta más allá de las 22:00 horas. De hecho, y ante el temor de que algo así volviese a suceder, la CBS, propietaria de los derechos, programó el sexto partido de la final para el domingo a las 09:00 de la mañana. Física y psicológicamente agotados, ambos equipos disputaron un encuentro lleno de errores del que Boston salió victorioso consiguiendo un nuevo título de la NBA.

Jo Jo White fue el héroe de la eliminatoria. La noche de las tres prórrogas jugó 60 minutos y anotó 33 puntos y 9 asistencias. Promedió 21,7 puntos, 5,8 asistencias y 4,3 rebotes en los 6 partidos de la final. Y se ganó para la historia el título honorífico de ‘hombre de hierro’ y mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

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