Argentina

Maradona (2ª parte): Demonio

Diego Armando Maradona Franco era de ascendencia gallega. Algunos buscaron a los Maradona por Ribadeo, pero es el Franco (que deriva de los franceses que en el medievo se asentaron en Santiago y alrededores al hacer el Camino) lo que le delata. Ya se sabe que gallegos hay en todas partes. Y en Galicia triunfa un dicho para aquellos que deambulan por la vida con enfermedad perpetua. ‘Nunca gastou salud’, se dice. Maradona no es que no gastara salud. La tenía toda, pero la derrochó, la precipitó por el retrete y se encargó de tirar de la cadena. No hizo daño a los aficionados. Lo que hizo fue hacerse daño a sí mismo.

Maradona fue ángel, pero también fue demonio. Sin el balón todo en él fue pelearse con la vida. Mejor hubiese sido que se fuese joven. Ahora ya no habrá más noticias malas. El Maradona entrenador, el Maradona presentador, el Maradona directivo, el Maradona embajador. Todos fueron parodias. Ojalá no hubiesen existido. El ángel de cara sucia pasó a ser un demonio con rabo. Y sus tonterías y sus desmanes, que antes sólo le dañaban a él, pasaron a dañar a quienes le idolatraban.

Vergüenza ajena.

Arremetió contra gigantes y molinos. Llamó corrupta, mafiosa, loca y ladrona a la FIFA (lo peor es que tenía razón). Dicen que era izquierdista. Fue amigo de Chávez, de Maduro y de Fidel Castro. Del comandante cubano tenía un tatuaje en la pierna de meter goles. Se creía un caudillo, un guerrero del pueblo, un hombre venido del cielo. Digo que se decía izquierdista pero es harto dudoso ponerle dicho calificativo. Era un hombre perdido que iba a contracorriente y que tenía la mordacidad justa para la respuesta veloz.

Le han cantado Sabina, Manu Chao, Calamaro o Los Chikos del Maíz, grupo de cabecera del vicepresidente Pablo Iglesias. Son todos simpatizantes de izquierdas. Lo cual es normal porque todos, incluyendo Maradona, han defendido, con mayor o menor vehemencia, la igualdad social, el control estatal de la economía, el pacifismo o el anticonsumismo. Eso sí, resulta más que chocante esa oda al Maradona persona, cuando Maradona fue homófobo, misógino, corrupto y violento. Hasta era creyente. Mientras ellos creen en D10S, Maradona creía en Dios. “Y eso que sé que lo puteé”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

De todas las habidas, la más célebre de las canciones dedicadas al Pelusa es una maravillosa cumbia de un tal Rodrigo, un joven cantante argentino que falleció antes de cumplir la treintena. La canción, como no podía ser de otro modo, se llama ‘La mano de Dios’.

El gol de la mano de Dios es una oda al rencor, a la falsedad y a la pillería. Es pura viveza criolla. Es el fin justificando los medios. “Me sentí como si le robara la billetera a los ingleses”. Ni ya fallecido podrán en la anglicana Inglaterra perdonar semejante desvergüenza. Maradona fue como el soldado que aparece en las películas con la bandera y la clava en medio del bombardeo. Arriba las Malvinas. Arrima el puño a la cabeza tan veloz y tan rápido que hubiese que haber tirado de VAR para que el demonio no su hubiese llevado por delante al ángel.

Con VAR no existiría la mano de Dios.

Al haber leído esto tú mismo has sentido una punzada en el corazón y te ha dado pena.

Somos ángeles y también demonios.

https://www.youtube.com/watch?v=M4nOe6P77kA

Sus amistades fueron fruto del interés. Chupópteros que se aprovecharon de un politoxicómano. Mafiosos que le pasaron el brazo por encima del hombro y acabaron clavándole un cuchillo por la espalda. Líderes de izquierdas que le pagaron una y otra vez su estancia en una clínica de rehabilitación a cambio de propaganda mundial.

No se sabe las veces que cayó y se volvió a levantar. Dicen que el Pelusa era un barrilete cósmico, que estaba gordo. La realidad es que los kilos nunca fueron carga para gambetear. La carga de Diego se llamaba Maradona. “Necesito que me necesiten”, dijo en cierta ocasión. Todos aquellos en los que confió le engañaron. Cuando era pequeño dormía abrazado al balón, no porque le gustara, sino porque tenía miedo a que se lo robaran.

Maradona es víctima, sí, pero sobretodo es culpable. Maradona es demonio. A veces porque fue incapaz de vencer a la tentación, pero en su mayoría porque quiso. “Tengo dos hijas legítimas, los demás son hijos de la plata o de la equivocación”. Media vida se la ha dejado como politoxicómano. La otra media se la llevaron los tribunales. Ha tenido litigios por culpa de sus hijos ilegítimos, por golpear a sus parejas, por un intento de violación, por compañías espurias con menores y por evadir impuestos. Hemos visto videos del Pelusa dormido, exaltado o borracho. Ha mandado a muchos a mamarla y nos ha enseñado un par de veces sus posaderas. Otras ha intentado hablarnos, pero no hemos entendido nada de lo que su boca se había propuesto contar.

“Me cortaron las piernas”, señaló cuándo dio positivo por cocaína en el Mundial de Estados Unidos. Jugó, venció, meó y perdió, dijo de él Eduardo Galeano. El mundo enteró arremetió contra la FIFA. En lugares tan lejanos como Bangladesh se enarboló la bandera argentina y hubo barricadas en las calles. Pocos recordaban que un par de años antes la FIFA había puesto dinero de su bolsillo para buscarle acomodo en Sevilla e intentar que el genio volviese a salir de la lámpara. Fue el primero de muchos e infructuosos intentos.

Tiempo atrás ya la había liado en Buenos Aires y en Barcelona. Antes de ser ídolo en Boca pisoteó la camiseta xeneize porque sus compañeros no se la pasaban. En Barcelona le pusieron un investigador privado y él les recompensó con unos cuantos regates, un puñado de goles inverosímiles y una parodia de Bruce Lee en una final de la Copa del Rey. “Cataluña es un gran lugar para vivir, pero no para ser futbolista”.

En Nápoles fue rey aunque antes fue proscrito. Su vida en Nápoles excedió el mundo de las celebridades. El recorrido de humano a mito lo dividió en dos, porque fue mito en vida, cumplió sus sueños, pero no fue dueño de su destino. Pero un rey no sólo es digno de elogio y de admiración, también tiene obligaciones y responsabilidades. Y Maradona las obvió todas.

Y es que Maradona fue un circo. Fue trapecista, acróbata, escapista, pero también elefante, payaso, tragafuegos y hasta hombre bala. Una vez acabó disparando con un rifle a un grupo de periodistas que le esperaban a la puerta de su casa. Por supuesto no fue detenido.

Maradona no es ejemplo de nada. Pudo tener un retiro feliz, rodeado de familia y de amigos y quizás con un cargo en Argentina para llevar el Mundial a Sudamérica o como embajador de la FIFA por el tercer mundo. Podría haber sido presidente honorífico de Boca o reinventarse como analista deportivo. Pero a la inversa ha sido un buen ejemplo. Es el ejemplo de como una adicción te hace sufrir a ti y a los tuyos y acaba quebrándote la vida. Maradona es el ejemplo de los males de la droga, de cómo te acorta la vida. Porque Maradona se fue a los 60, pero hacía 20 años que estaba muerto. Maradona había fagotizado a Diego.

También podríamos ser indulgentes. Desde niño fue una esperanza, desde adolescente fue estrella. No es fácil domar a semejantes leones, pero eso no lo exime de su culpa. Menotti dijo que Maradona fue como un gato al que subieron a un árbol y nadie le dijo como bajar. Puede ser verdad y quizás sea el más grande, pero su idolatría no puede, no debe, salir del rectángulo de juego.

La muerte no hace prisioneros, pero pronto se olvidarán las broncas, las peleas, los insultos o las detenciones y quedarán las rabonas, los caños y los goles. Porque cuando Maradona resuene volveremos a la brillantez y comprobaremos en cada vídeo que Maradona cada día juega mejor.

Con la muerte lo malo se olvida y lo bueno prospera. Queda el ángel y se olvida al demonio.

Lamentablemente. ¿O no?

Maradona en Sinaloa, la capital de la cocaína en América Latina; ¡atascado!  - Libertad Bajo Palabra
Demonio

“Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha. ¿Sabes qué jugador hubiera sido yo de no haber tomado drogas? Fui, soy y seré drogadicto”. Diego Armando Maradona.

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Maradona (1ª parte): Ángel

Se ha dicho, se está diciendo y se dirá tanto sobre Maradona que tejer un nuevo camino en una selva de conocimiento se antoja imposible. Para intentar comprender como un futbolista de una nación secundaria ha sido capaz de abrir informativos y copar portadas de periódicos generalistas de medio mundo quizá nada mejor que trasladarse a Rosario, una ciudad situada al noroeste de Buenos Aires. Allí, hace un par de décadas, se fundó la iglesia Maradoniana y ha ido creciendo hasta sumar más de 500.000 fieles que rinden culto a D10S, rezan el padrenuestro del Diego y siguen los diez mandamientos en los que el súmmum es amar a Maradona sobre todas las cosas.

De todo lo que he leído sobre D10S lo que más me impactó son unas palabras de Emilio Butragueño en un reportaje sobre México 86 que vi hace ya unos cuantos años. Butragueño, descollante estrella en aquella cita con un póker de goles ante Dinamarca, declaraba que la superioridad de Maradona era tan apabullante que hubiese sido campeón del mundo con cualquiera de las selecciones octavo finalistas. Parece una bravuconada teniendo en cuenta que en ese grupo de 16 selecciones estaban Paraguay, Bulgaria o Marruecos, pero si uno repasa los vídeos de aquel Mundial descubrirá que lo imposible se hizo carne. Maradona practicó un fútbol tan sublime que sus compañeros tuvieron que defenderse y pedir perdón por no ser lo suficientemente buenos.

Quizás Maradona es el más grande. Es cierto, no se debe comparar épocas distintas. Pero la grandeza del Pelusa, su mote favorito puesto por su madre debido a su frondosa mata de pelo, radica en que ganó él sólo. Ni en Nápoles ni en Argentina (por favor, echen un vistazo a la plantilla albiceleste de finales de los 80 y compárenla con la de inicios del 2010) tuvo acompañantes que al menos fuesen capaces de amamantar sus ubres. Pelé ganó con cómplices excelentes, Cruyff fue dueño de un estilo pero no sometió con su fútbol y tan sólo Di Stéfano convirtió en grande a un equipo. Pero es que Maradona lo hizo por partida doble. Lo hizo al sur de Italia y lo hizo convirtiéndose en prócer de una nación. Fue Di Stéfano, pero al mismo tiempo fue Carlos Gardel y Evita Perón.

Cuando se quiere comparar a Messi con Maradona en Argentina se llevan las manos a la cabeza. El principal axioma es que Leo es un pecho frío, gambetea, pero no enamora. Pero el problema de fondo es otro. Messi fue moldeado en una de las mejores escuelas futbolísticas del mundo y ha estado rodeado de los mejores jugadores del planeta. Maradona aprendió sólo, en un barrio privado de luz y de agua corriente y tuvo que cargar a sus espaldas con compañeros que sin él hubiesen naufragado. El debe del Pelusa es que su brillo fue efímero mientras que el de Messi es extraordinariamente longevo. Maradona tuvo 20 años de carrera. Siete fueron de crecimiento, cinco de esplendor y en el resto hubo más de demonio que de ángel.

Maradona tenía la pata izquierda más sensible que ha parido el fútbol. Le hemos visto dar toques a llaveros, bolas de papel de aluminio, botellas y, dicen, que hasta cartones de leche. Una vez se le contaron 79 golpecitos a una naranja. Decía Di Stéfano que el baloncesto no le interesaba porque no tenía nada de especial acariciar un balón con una mano. Maradona tenía en su pie siniestro más sensibilidad que la mayoría de los mortales en su mano derecha. Sus calentamientos son tan recordados como sus exhibiciones en los partidos. El deplorable año que pasó en Sevilla dejó pinceladas de su arte, pero quizá ninguna como una legendaria durante una tarde napolitana de 1989.

https://www.youtube.com/watch?v=s7ZjU-6iSwk

Maradona es D10S porque jugaba en un fútbol donde los entrenamientos se hacían con espinilleras, los partidos se bailaban alrededor del barro y los defensas en vez de piernas tenían tijeras. La colección de patadas que guardaba Maradona en sus tobillos es enciclopédica. Y no se caía. Seguía y seguía. Un pecho caliente. Era como Messi, pero más gordo (barrilete cósmico), más visceral, más humano. “Pelé es Beethoven, pero yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono, todos juntos. Porque yo soy la pasión del fútbol”, dijo el Pelusa en una ocasión.

Dejó goles increíbles. Seguramente el más famoso de todos los tiempos. Una carrera contra la historia bajo un sol abrasador donde un ser escuálido, diminuto y a la vez gigantesco durmió la pelota con su empeine hasta llevarla a las redes inglesas. Jorge Valdano diría que a medida que pasaban los segundos pasó de reclamar un pase a rezar para que no le llegara el balón, y así poder apreciar aquella sonrisa de un niño, aquella camiseta azul de un rey y aquel pantalón negro que tumbaba cinturas inglesas.

Maradona es Argentina, es Nápoles, pero también es Boca. Pocos recuerdan que se hizo famoso en Argentinos Juniors, primero como pibe que gambeteaba, hacía malabares en los descansos de los partidos de los mayores y anotaba tantos lanzando desde detrás de la portería. Después, de adolescente, como competidor y goleador implacable. Hugo Gatti lo llamó pequeño gordito y al domingo siguiente Maradona le metería cuatro goles en un partido. Fue su último año en Argentinos. La temporada siguiente Gatti le rendirá pleitesía cuando el Pelusa se convierta en el faro de Boca.

Era un genio salvaje, en palabras de Santiago Segurola. Fantasía con botas, pura imaginación. No ganó el Balón de Oro, de aquella no podías ganarlo si no eras europeo, pero ni falta que hizo. Platini, el chico perfecto, el otro ’10’ que le discutía su reinado en los 80 ha sido taxativo: “Zidane hacía con un balón lo que Maradona hacía con una naranja”. Conviene recordar que cuando Zizou se retiró Platini se apresuró a decir que Zidane había sido mejor futbolista que él. También es preciso acordarse que cuando Maradona y Platini se retaban en un rectángulo de juego el Calcio era, y con amplia diferencia, la liga más fuerte del mundo.

En Nápoles Maradona sustituyó a San Gennaro. Dio orgullo a los ‘terroni’, a los inferiores, a los olvidados del sur de Italia, y todo a pesar de cambiar las jornadas de entrenamiento por los días de fiesta. Los perros iban con pelucas del Pelusa y la estatua de Dante llevaba una camiseta del 10. Nos quedan sus vídeos, una colección de diferentes maravillas. Como aquella vaselina imposible ante el Estrella Roja o aquella parábola perfecta dentro del área en un duelo trascendental ante la Juve.

Su estela en el fútbol, en el deporte, es colosal. Elevó lo extraordinario a lo cotidiano y por vez primera lo hizo a color y con todos y cada uno de sus partidos televisados. Era fuerte, ágil, felino. Era un futbolista que hacía realidad los sueños. No sé si fue un napolitano o fue un argentino, pero alguien tuvo la fortuna de decir que a Maradona no se le juzga por lo que hizo en su vida, se le ama por lo que hizo en las nuestras.

La gente que quiere al fútbol quiere a Brasil. La gente que ama el fútbol ama a Argentina. Sus ojos maliciosos, su cabello descuidado y su sonrisa descarada lo convirtieron en un cara sucia. La gente lo adora igual que adoró a Lady Di. La gente lo quiso a pesar de sus defectos. Gracias a sus defectos. Porque era humano. Maradona es la perfección de la imperfección. En Argentina es el pibe lindo. El chico de la calle. Habilidad, picardía y diversión antes de que la responsabilidad matase al fútbol.

Una vez que los primeros europeos se asentaron en Sudamérica y soltaron amarras con la patria, los sudamericanos (los criollos) comenzaron a autogobernarse y a luchar por su prosperidad siguiendo sus propias reglas. En la psique del sudamericano nunca se va a confiar en las leyes como un código benigno que promete seguridad, sino como algo a evadir. Por eso Messi nunca será Maradona. Porque además de gambetear, hay que protestar, hay que luchar. Hay que ser un ángel con cara sucia.

Los 10 mejores goles de la carrera de Maradona
El Diego

“Sólo por lo que hizo en esos 100 metros por 70 le valió la pena la vida. A él y a la gente. Toda Argentina le llora y todo aquel al que le gusta el fútbol también. Hasta la pelota llora.” Jorge Valdano, compañero de Maradona en el Mundial de México 1986.

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Cuando España ganó la Davis sin Nadal

La pareja formada por Feliciano López y Fernando Verdasco estaba jugando en precisa sincronía y consiguió una considerable ventaja de 5-1 en el transcurso del tercer set. Pero en un arrebato de arrojo y coraje David Nalbaldian se llevó con él a Agustín Calleri para una igualada imposible a seis juegos. Tie-break. 6-6. Muerte súbita. La pareja que ganara aquel set se pondría con 2-1 de ventaja en el partido y con 2-1 de ventaja en la eliminatoria. Tendría la ventaja cuantitativa, pero sobre todo cualitativa, para ganar la Copa Davis de 2008.

Una semana antes de la disputa de la final, Rafa Nadal comparecía en rueda de prensa. El flamante número 1 del mundo acababa de cerrar la temporada que lo encumbró al olimpo de los dioses de la raqueta consiguiendo el doblete Roland Garros-Wimbledon. En la hierba londinense lo hizo incluyendo una épica y maratoniana victoria ante Roger Federer que en opinión de crítica y público está entre los más grandes partidos jamás disputados. Con Nadal en el equipo España era archifavorita para derrotar a Argentina en la final de la Copa Davis. Pero Nadal no iba a ser de la partida. Rafa Nadal padecía una inflamación de la rodilla y no volvería a las pistas hasta la siguiente temporada.

De pronto España había perdido gran parte de sus opciones de victoria. De los 80 periodistas acreditados para viajar a Argentina antes de aquella rueda de prensa, sólo 10 acabarían en el Cono Sur para contar una improbable victoria hispana.

No sólo la falta de Nadal enturbiaba el panorama español. Había otros pájaros de mal agüero. Meses atrás la Real Federación Española de Tenis (RFET) preguntó a los tenistas a quien preferirían como seleccionador. Estos dieron el nombre de Albert Costa. La costumbre era elegir a un tenista que llevase poco tiempo retirado y que incluso hubiese formado parte del circuito con los tenistas vigentes. La RFET dio el visto bueno de boquilla, pero convinieron hacer una oferta a Emilio Sánchez Vicario, un tenista destacado en los 80 pero desconectado de la actualidad tenística del momento.

Con ese panorama, con seleccionador y jugadores enfrentados, España derrotó a domicilio a Perú y a Alemania y se clasificó para las semifinales de la Copa Davis ante Estados Unidos. La selección jugaría en casa, en pista de tierra batida y con Nadal en perfecta ebullición.

La RFET volvió a preguntar a los jugadores. En este caso donde querían jugar la semifinal. La preferencia era una ciudad al nivel del mar, ya que a mayor altura la bola bota más alta por culpa de la densidad del aire favoreciendo a los jugadores más corpulentos y rápidos. En España los tenistas suelen ser especialistas en tierra batida, donde la bola bota baja y favorece el juego lento y de resistencia propio del tenis local. La RFET volvió a dar el visto bueno, pero nuevamente despedazaron su promesa. Una oferta mareante llevó la semifinal a Madrid, a 650 metros de altitud en la plaza de toros de Las Ventas. Fue entonces cuando Sánchez Vicario se ganó a los jugadores. Se alió con ellos y rompió relaciones con la RFET. Al acabar aquella Copa Davis dimitió y aún hoy no se habla con varios directivos de aquella época.

A pesar del problema de la altura, Nadal destrozó a Estados Unidos y clasificó a España para la final. Una vez se supo de la lesión del manacorí, Sánchez Vicario seleccionó para la final a David Ferrer (por entonces 12 del mundo), Fernando Verdasco (16), Feliciano López (30) y Marcel Granollers (56). Ninguno sabía lo que era vencer en un Masters 1000 y por descontado tampoco en un Grand Slam. Argentina contaba con David Nalbaldian (número 11 del mundo y con mucha diferencia el tenista con más experiencia y mejor palmarés de los presentes) Juan Martín del Potro (número 9 y que llegaba a la Copa Davis tras 26 partidos consecutivos sin perder y como la más firme promesa del tenis mundial), José Acasuso (38) y Agustín Calleri (60).

Los argentinos jugaban en casa, sus primeros espadas eran mejores sobre el papel y, esencialmente, eran unos monstruos de la desestabilización psicológica. Días antes de la final Del Potro se encargó de calentarla cuando declaró que iba «sacarle a Nadal los calzones del orto», en referencia a la costumbre de Rafa de sacarse los calzoncillos de la raja del culo entre punto y punto.

El inconveniente para los argentinos, por increíble que pareciese, es que en la final de la Copa Davis no iba a estar Rafael Nadal.

Argentina preparó una pista ultrarrápida a sabiendas de que a Nadal le gusta la lentitud del polvo de arcilla. El problema para los sudamericanos es que Nalbaldian era un excelso jugador de pista rápida y Del Potro de tierra batida, por lo que éste último se sintió perjudicado. Para contentar a Del Potro se llevó la final a Mar de Plata, ciudad al sur del país, cuando Nalbaldian y Calleri preferían jugar en Córdoba, de donde ambos eran nativos.

Así pues, el viernes tienen lugar los dos primeros partidos. En un pabellón arcaico, de techos bajos, con el público chillando y aullando y con los aficionados a ras de pista, aquello parecía más un partido de fútbol que uno de tenis. David Nalbaldian pasó como un ciclón por encima de David Ferrer (6-2; 6-3; 6-2) y ponía el 1-0 en una final al mejor de 5. Los pronósticos iban bien encaminados.

En el segundo encuentro se enfrentaban Del Potro y Feliciano López. Sobre el papel el argentino era superior, pero Feli es el único jugador español que prefiere la pista rápida a la tierra batida. Además el madrileño ya había jugado y perdido la final de la Copa Davis 2003 y tenía experiencia en esos derroteros. El caso es que Del Potro gana el primer set, pero a medida que avanza el partido Feliciano domina a un rival que es incapaz de restar con criterio. Feliciano acabará ganando en 4 sets y sonriendo a la grada cada vez que reciba una retahíla de insultos.

Llegamos así al sábado, cuando se juega el partido de dobles que suele decantar las eliminatorias. En principio era Del Potro el que iba a ser la pareja de Calleri, pero ante su debacle del día anterior es sustituido por Nalbaldian, que vuelve a ser un ciclón y comanda en el primer set.

La pareja española fue el gran acierto de Sánchez Vicario como seleccionador. Apostó por Verdasco y López en los cuartos ante Alemania. Una improbable pareja de zurdos que funcionó y solucionó el sempiterno problema español con el dobles. Al principio Verdasco se mostró dubitativo con el saque ante la presión de la grada y los continuos parones por culpa del ruido, pero se rehicieron con solvencia hasta ponerse por delante en el tercer set.

Con el citado 6-6, y en medio del tie-break, Calleri comete una doble falta en el saque por culpa del grito de un aficionado español en la grada y en la siguiente jugada Nalbaldian falla un resto fácil en la red. La pareja española gana el tercer set y el mundo se abre a los pies de los argentinos. Henchidos de moral, Feliciano y Verdasco ganan con facilidad y finiquitan con solvencia en el cuarto set. (7-5; 5.7; 6-7; 3-6).

Llegamos así al domingo con Argentina tocada pero no hundida. El cuarto partido iba a enfrentar a Del Potro y a Ferrer. Pero ambos están cagados. Jugarán Acasuso, el más inexperto de los albicelestes, y Verdasco, vencedor del dobles, pero el más inestable mentalmente.

Nerviosos y excitados ambos juegan un mal partido, pero Acasuso va creciendo en su tenis juego a juego y se pone con 2-1 de ventaja. Es entonces cuando Sánchez Vicario se lleva a Verdasco al vestuario con la excusa de ir al baño y con la ayuda de Feliciano le echa un rapapolvo al tenista madrileño. Le solicita que se olvide del ambiente y que empiece a jugar como si la pista fuese de tierra.

Dicho y hecho. Verdasco empieza a jugar puntos largos y a mover al pesado Acasuso de un lado al otro del rectángulo. El público acabará sin voz, Acasuso sin piernas y Verdasco se llevará la victoria por 3-6; 7-6; 6-4; 3-6 y 1-6.

El equipo español ganó la final por un global de 3-1. Era la sexta final y la tercera Copa Davis para España, quizás la más improbable de todas las ensaladeras ganadas. Al año siguiente España volvería a ganar (en casa ante la República Checa) con Nadal y Ferrer en los individuales y con la pareja formada por Verdasco y Feliciano en dobles. Argentina tuvo que esperar a 2016 para ganar su primera Davis comandados por Del Potro, pero ya sin Nalbaldian.

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Antes de que Nápoles amase a Maradona

La historia es conocida incluso para buena parte de la gente a la que no le interesa el fútbol. Maradona es un dios terrenal y no hay lugar del mundo más sagrado para su culto que Nápoles. Existe un mural con su rostro en el barrio de Teduccio, conocido como ‘el Bronx de Nápoles’, con una leyenda que reza ‘Dios umano’. En la ciudad italiana, descrita por el escritor Jimmy Burns como “una Babilonia sin salida al mar, tan mística como pagana”, Diego Armando Maradona compite en popularidad y en devoción con San Genaro, el patrón napolitano. Pudo haber escogido cualquier otro destino pero se decantó por una ciudad maltratada por la historia y por un equipo sin pedigrí. En sus siete años en Nápoles, Maradona consiguió 2 títulos ligueros, 1 copero y 1 Copa de la UEFA. No es un palmarés extraordinario para un futbolista de ese calibre, pero su valía no se mide en trofeos. ‘El pelusa’ otorgó a los ‘terroni’ italianos vanidad, orgullo y dignidad, adjetivos con los que no estaban familiarizados.

Empero, lo que los napolitanos no suelen o no quieren recordar es que hubo un tiempo en el que no estaban enamorados de Maradona. Un tiempo en el que perdieron la ilusión por sus andanzas. El ‘10’ argentino tuvo un cuatrienio glorioso (1986-1990), pero en sus dos primeros años en Italia (1984-1986) las muestras de que fuera el genio que se presumía que era se exhibían en dosis chicas.

Maradona fue presentado en el estadio San Paolo de Nápoles el 5 de julio de 1984. Hizo su aparición cual estrella hollywoodiense al aterrizar en helicóptero en el centro del terreno de juego. Otros dirían que había sido un mesías que había bajado del cielo. Había tal cantidad de curiosos y periodistas en el aeropuerto que hubo que preparar un señuelo para despistarlos. Mientras el cebo marchaba dirección Capri, Maradona y su séquito avanzaba por carreteras secundarias hasta dar con el descampado donde estaba el helicóptero. Una vez en tierra bajó al vestuario. Ataviado con un chándal anti glamuroso, una camiseta Puma y una bufanda del Nápoles, subió las escaleras del foso que llevaban al césped y más de 70.000 personas observaron con atención como daba toques de balón de un pie a otro. Antes, con el estadio aún vacío, había estado jugueteando con un globo terráqueo. Quizás una metáfora de lo que pretendía conseguir.

Maradona había dejado el FC Barcelona con veladas percepciones de problemas con la cocaína. Había espantando a entrenadores y directivos azulgranas por su falta de disciplina y por lo que se dio en llamar ‘el clan Maradona’, un grupo de familiares y amigos que vivían con el astro en su mansión de Pedralbes y que eran conocidos por sus incidentes nocturnos en la noche barcelonesa. Solo con esos antecedentes era entendible que un jugador de esa dimensión no firmase por uno de los grandes transatlánticos europeos y tuviese que fichar por un modesto como el Nápoles. Días antes de su presentación, Maradona dijo que lo único que sabía de la ciudad es que se comía pizza.

Lo que es más difícil de explicar es de dónde sacó el club napolitano los 13 millones de euros (cifra récord en la época) para fichar a Maradona. El mismo día de la presentación un periodista francés hizo esta misma pregunta. Por supuesto obtuvo evasivas como respuesta. ‘Vox populi’ era sabido que la Camorra, la mafia napolitana, había financiado el fichaje con dinero conseguido de la extorsión, negocios inmobiliarios fraudulentos y con ‘donaciones voluntarias’ de los napolitanos.

Gracias a la visión de su representante, Maradona era de los pocos futbolistas que poseía el beneficio y explotación de sus derechos de imagen. Pero eso no iba a suceder en Nápoles. Había miles de objetos del ‘10’, desde llaveros a esculturas a tamaño real, a la venta en las calles de la ciudad, así como camisetas y vídeos con sus mejores jugadas. Cyterszpiler, representante de Maradona, tuvo que llegar a un acuerdo con la Camorra. Los derechos de imagen serían del jugador en el mercado internacional. En el mercado nacional sería cosa de la mafia.

Así es como se iba a pagar su fichaje.

En Nápoles Maradona pudo dar rienda suelta a su vida disoluta con total tranquilidad. Sus amigos se mezclaron con naturalidad en los bajos fondos napolitanos. Nadie cuestionaba sus salidas nocturnas e incluso se sentía integrado en el barrio de primerísimo nivel en el que vivía. Una pareja de policías locales le abrían paso cuando viajaba en coche y los locales de ropa o de restauración adaptaban sus horarios en función de sus necesidades. Cuando un turista argentino era víctima de uno de los frecuentes robos que asolan a la ciudad de Nápoles tan sólo tenía que acudir a la policía. Por el simple hecho de ser argentino se le ponía en contacto con Gabriel ‘El Morsa’, cuñado de Maradona, que al cabo de unas horas se hacía con lo sustraído y se lo devolvía a su compatriota.

En Barcelona era visto como un niño rico e ignorante en las vecindades colindantes. En Nápoles sus compañeros de parcela solían ocultar secretos más turbios que los suyos.

Pero la paciencia tiene un límite. Maradona era un genio, pero entrenaba poco y estaba pasado de peso. A mitad de su primera temporada el Nápoles estaba en puestos de descenso. Comenzó a ser criticado en la prensa y los aplausos de los aficionados se tornaron en indiferencia. Dado que los periodistas no se atrevían a hablar de sus asuntos con la droga y con la Camorra, comenzaron a publicitar sus escarceos amorosos. Sea como fuese, Diego le vio las orejas al lobo y consiguió remontar el vuelo en la segunda vuelta y colocar al Nápoles en mitad de la tabla. Además acabó siendo el tercer máximo goleador del Calcio.

Había salvado un ‘match-ball’, pero estaba lejos de conseguir lo que los napolitanos esperaban de él. Era el verano de 1985. Maradona rompió con Cyterszpiler, quien además de representante era su amigo desde la infancia, y contrató como nuevo representante a Guillermo Coppola, un empresario argentino de pasado turbio y que inmediatamente claudicó con la Camorra. La temporada comenzó y el rendimiento del Nápoles, si bien mejor que el del año anterior, seguía siendo mediocre. En la prensa se empezó a publicar sin tapujos sobre la vida social de Maradona y sus fiestas regadas de excesos. La gente lo seguía queriendo, pero en las segundas partes, cuando Maradona era víctima del cansancio y de la mala preparación, llegaba el runrún de la grada.

La Camorra, viendo peligrar a la gallina de los huevos de oro, mandó a dos emisarios al entrenamiento del Nápoles. Era enero de 1986. Se le comunicó que estaba invitado a una fiesta que organizaba Luigi Giuliano, el padrino de la mafia napolitana. Por supuesto que a Maradona no le quedaba otra alternativa que acudir a esa celebración.

Nunca se supo que pasó aquella noche. Años más tarde Maradona negó relación con Giuliano y sostuvo que no sabía quién iba a acudir a aquella fiesta y que la Camorra se había aprovechado de su fama para sacarse fotos con él. Sea como fuere, todo cambió a partir de esa noche. Maradona comenzó una relación extramatrimonial con una joven napolitana llamada Cristina Sinagra, con la que años más tarde tendría un hijo ilegítimo. La relación fue breve pero la chica consiguió que ‘el Pelusa’ dejase la cocaína, abandonase temporalmente el alcohol y volviese a entrenar con fiereza.

Por su parte la prensa dejó de criticar a Maradona, presumiblemente por influencia del clan de los Giuliano. Y así, con ‘el 10’ centrado y sin injerencias externas, el Nápoles acabó la temporada 1985/86 en una excelente tercera posición. Aunque Maradona había bajado su producción de goles y de asistencias, se había convertido en referente y en líder de un equipo, que a pesar de ser inferior a sus rivales, ya creía en sus posibilidades de éxito.

Y por supuesto la afición lo adoraba.

Aquel verano Maradona se vistió de superhéroe y ganó el Mundial con Argentina en la mayor demostración de dominio personal que se ha visto en la historia de la Copa del Mundo. Desde entonces, y hasta su debacle en el siguiente Mundial celebrado en Italia cuatro años más tarde, Maradona fue con una insulsa superioridad el mejor jugador del planeta, dejó las drogas y el alcohol para ocasiones especiales y jamás fue criticado hiciese lo que hiciese por el público napolitano.

Luego vendría la segunda caída. Pero esa sería otra historia.

https://www.youtube.com/watch?v=-kYToi45fts

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Cuando la Intercontinental era una carnicería

El Mundial de clubes de fútbol no es más que la evolución de un torneo llamado Copa Intercontinental que desde su primera edición en 1960 y hasta la última en 2004 enfrentaba anualmente al campeón de la Copa de Europa con el triunfador en la Copa Libertadores. A medida que el poder económico de los clubes europeos se multiplicaba el torneo fue languideciendo y reduciendo al mínimo las posibilidades de éxito de las escuadras sudamericanas. En todo caso, siempre fue una competición con mayor importancia en el Nuevo Mundo que en la vieja Europa.

La Copa Intercontinental tuvo en la década de 1980 su época de brillantez, cuando se decidió que la final se jugase en Japón a un único partido. Hasta entonces, la competición era de ida y vuelta, formato con cierto éxito pero no exento de polémica. De todos modos, y a pesar de las controversias, el torneo alcanzó prestigio con celeridad hasta que en 1968 apareció en escena el Estudiantes de la Plata y la Copa Intercontinental pasó de ser un torneo de fútbol a ser una carnicería. Una carnicería futbolística.

En 1965 llegó al banquillo del equipo argentino Osvaldo Zubeldia. Se trataba de un técnico innovador que ensayaba las jugadas de estrategia, los saques de esquina a pierna cambiada o el marcaje individual por todo el campo. Realizaba sesiones dobles de trabajo porque su máxima era que con esfuerzo y trabajo se podía conseguir la victoria. Dicen que un día citó a la plantilla a las 4 de la mañana para un entrenamiento y los llevó a una estación de tren para que viesen a toda la marabunta de gente que madrugaba y se sacrificaba para ir a su puesto de trabajo. “¿Veis? -les gritó a todos aquellos privilegiados futbolistas-. Y luego gastarán su mierda de sueldo en ir al estadio para ver ganar a su equipo”.

En aquel equipo destacaban Verón, Bilardo, Pachamé, Flores, Poletti o Aguirre Suárez. Estudiantes no era un grande de América, ni tan siquiera de Argentina, pero reunía un plantel que seguía ciegamente los idearios de su entrenador, de que se podía ganar a base de trabajo. De todo tipo de trabajo.

Las pérdidas de tiempo, las patadas a destiempo o los insultos al rival pasaron a ser tarea cotidiana. Bilardo se hizo famoso por pinchar a los rivales con alfileres en los saques de esquina. Los jugadores se sabían los nombres de las mujeres y de las novias de los rivales y alardeaban de haberse acostado con ellas. Dicen que en una ocasión se pasaron todo el partido llamando “asesino” a un portero que había matado en un accidente de caza a su hermano, hasta que el cancerbero se derrumbó y encajó una ristra de goles.

El caso es que aquel equipo ganó 3 Copas Libertadores consecutivas (1968, 1969 y 1970) por lo que también disputó sendas finales de la Copa Intercontinental. En la primera final, ante el Manchester United, ganaron en la ida y defendieron la renta en el choque de vuelta disputado en Old Trafford. Hubo de todo en ambos encuentros. En la ida, Charlton acabó con una brecha en la cabeza y Bilardo se lió a patadas con Stiles hasta que acabó rompiéndole las gafas. Como sería la cosa que Stiles, considerado en Europa el futbolista sucio por excelencia, acabaría aterrorizado y siendo de los primeros miopes en pasarse a una especie de protolentillas. En la vuelta, los argentinos fueron recibidos con gritos de “¡animals, animals!” y tras múltiples patadas George Best perdió los nervios y acabó siendo expulsado. Al final del encuentro hubo varias peleas en los vestuarios y los argentinos aún saldrían al terreno de juego a hacerse fotos de recuerdo provocando aún más al respetable.

En 1969 el rival fue el AC Milan. La ida se jugó en San Siro donde los rossoneros ganaron con un rotundo 3-0. La vuelta parecía un trámite, pero los jugadores de Estudiantes quisieron morir matando. El partido fue una batalla campal y lo que menos le importaba a Estudiantes era el resultado. Los italianos Prati y Rivera acabaron con fuertes contusiones y éste último confesó que necesitó ayuda psicológica para superar el miedo que pasó aquella noche. Lo peor lo sufrió el argentino Combin, que al militar en el AC Milan fue tildado de judas por los aficionados. Acabó saliendo del campo en camilla tras una fractura de pómulo y nariz. Fue tal la barbarie que los platenses Poletti, Aguirre Suárez y Manero acabaron siendo arrestados y pasarían un mes en calabozos como medida disuasoria para aplacar la indignación de la FIFA y del Gobierno italiano.

El 1970 el Feyenoord viajó a La Plata con la lección aprendida devolviendo golpe tras golpe y arrancando un valioso empate ante unos anonadados argentinos. En la vuelta el Feyenoord ganó, pero Estudiantes sacó a relucir las garras una vez más. Esta vez fue Pachamé el que arrancó y rompió las gafas del defensa holandés van Daele. A pesar de la victoria holandesa la indignación fue tal que en Europa ya se hablaba abiertamente de renunciar a disputar la Copa Intercontinental.

Y así fue. Entre 1971 y 1979 no se celebró el torneo en dos ocasiones (1975 y 1978) y hasta en otras 6 ediciones (1971, 1973, 1974, 1976, 1977 y 1979) el campeón de Europa renunció a participar.

—LOS DUROS AÑOS 70—

En 1971 el Ajax renuncia y su puesto pasa a ser ocupado por el Panathinaikos, subcampeón europeo. La ida se disputó en Grecia y nuevamente el juego duro hizo acto de presencia. Los griegos protestaron ante la FIFA por la violencia empleada por el Nacional que entre otras cosas dejó al griego Tomaras con una doble fractura de tibia y peroné. Las protestas fueron en vano y en la vuelta los uruguayos de Nacional de Montevideo lograron alzarse con el trofeo.

Tras ganarlo todo y asombrar a Europa con su juego, al Ajax no le quedó más remedio que disputar la edición de 1972. Fue ante Independiente de Avellaneda. La ida, jugada en Buenos Aires, tuvo a Cruyff como gran protagonista. Primero anotó un gol a los 5 minutos del inicio y poco después tuvo que abandonar el terreno de juego lesionado tras una brutal entrada de Mircoli. En el descanso, los jugadores del Ajax anunciaron que se volvían a su hotel hartos de aguantar insultos y patadas de los argentinos. Cuentan que hubo gritos y empujones entre directivos, técnicos y futbolistas en los vestuarios, pero finalmente, y con bastante retraso, los holandeses saltaron al campo ante una pitada monumental. Independiente llegaría a empatar el encuentro pero en la vuelta jugada en Ámsterdam, Cruyff y compañía sentaron cátedra con un claro 3-0.

El Ajax volvió a ganar la Copa de Europa en 1973, pero evidentemente no iba a repetir tan funesta experiencia. Tal ‘honor´ fue a parar a la Juventus. Los turineses se negaron a viajar a Argentina y exigieron jugar el partido en campo neutral. Independiente, nuevamente finalista, accedió a regañadientes y salió victorioso en duelo disputado sin mayores incidentes en la poco neutral ciudad italiana de Roma.

La exigencia europea de jugar el choque en un campo neutral pero, por supuesto, en Europa no gustó en Sudamérica, por lo que hubo que volver al doble enfrentamiento. Así que por enésima vez hubo renuncia, en este caso del Bayern de Münich, lo que permitió al Atlético de Madrid ganar la Copa Intercontinental de 1974 derrotando a Independiente.

Parecía que iba a ser costumbre que Europa enviase a la Intercontinental a su subcampeón, pero en 1975 ocurrió lo inimaginable. Ni el Bayern (campeón) ni el Leeds (subcampeón) quisieron jugar el torneo por lo que se tomó la drástica decisión de cancelarlo. El Bayern si accedió a jugar y a ganar la edición de 1976 y no es casualidad que aceptase porque su rival era el Cruzeiro brasileño, primera ocasión en muchos años en la que ningún equipo rioplatense se asomaba en la final del torneo.

Al año siguiente volvió a la final un club argentino y volvieron las renuncias. En este caso fue el Liverpool quien declinó participar dejando su puesto al Borussia Mönchengladbach. El rival era Boca Juniors y por primera vez en décadas un equipo argentino ganaba a uno europeo a base de buen fútbol. Los xeneizes humillaron a los germanos tras una gran lección de fútbol y sin ningún atisbo de violencia ni juego duro.

A pesar de todo, el Liverpool volvió a renunciar en 1978. La UEFA ordenó al subcampeón Brujas participar en la Copa Intercontinental, pero esto fue visto como una ofensa en Argentina. El finalista sudamericano era por segundo año consecutivo Boca Juniors, que auspiciado por su buen fútbol y su buen comportamiento del año anterior, exigía la presencia del Liverpool. Boca estiró la cuerda y finalmente se negó a jugar una final de consolación contra el subcampeón europeo, por lo que al igual que en 1975 se decidió suspender la Copa Intercontinental.

Llegamos así a 1979 cuando el Nottingham Forest se niega a jugar por lo que su lugar pasa a ser ocupado por los suecos del Malmoe. Éstos eran un club muy modesto que habían sido subcampeones de Europa de forma sorpresiva. Del mismo modo, el Olimpia paraguayo se había proclamado campeón de la Libertadores rompiendo todos los pronósticos. Fue una final sin incidentes entre suecos y paraguayos, pero fue también una final insulsa y sin un mínimo de interés con poco más de 5.000 espectadores en las gradas.

Fue entonces cuando la FIFA llegó a un acuerdo con Toyota para disputar la Copa Intercontinental a partido único en Japón en el mes de diciembre de 1980 como colofón al año futbolístico. De este modo, se conseguía una sede neutral aceptada por todos y se abría un melón para que el fútbol de primer nivel llegase a un mercado tan apetecible como el japonés. A partir de entonces la Intercontinental ganó en seriedad y recuperó la esencia que había tenido cuando fue creada en 1960. Luego, en 2004, la FIFA la democratizó por todo el globo, con igualdad de oportunidades en la forma, pero bajo dictadura europea en el fondo.

“No me arrepiento de nada. El fútbol era violento y si había que desestabilizar a un rival para ganar se hacía. Era otra forma de ganar”. Alberto Poletti, portero de Estudiantes de la Plata (1965-1970).

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Y el Madrid lo ha vuelto a hacer

La final sin fin. La segunda parte de la interminable final de la Copa Libertadores parece ser que, si ningún barra brava lo impide, se va a jugar en Madrid, en el Santiago Bernabéu. El Real Madrid vuelve a colgarse la medalla al mérito civil. Hay quien dice que es un tanto para el Gobierno de Pedro Sánchez, otros que para Manuela Carmena y los más que para Luis Rubiales y la Federación Española de Fútbol. Tonterías. Es un triunfo del Real Madrid. Otra condecoración en el uniforme. Otro motivo más para ser respetado. Otro motivo más para ser envidiado. Otro motivo para ser admirado. Otro motivo más para ser odiado.

El Real Madrid es como un tornado que todo lo engulle. La camiseta blanca trasmite una impronta y una carga de respetabilidad que se desparrama irremediablemente en el mundo del fútbol. El Real Madrid se hizo universal a finales de los 50, una década antes de que las reglas establecidas explotaran por los aires. El Real Madrid de Di Stéfano es el último club de fútbol caballeroso, elegante y gentleman y esa aura lo acompañará para siempre. Se trataba de un equipo victorioso de hombres maduros (salvo Gento todos rondaban o superaban la treintena) que no tenía nada que ver con lo que vino después. El Benfica era un equipo multirracial en un tiempo de racismo, el Inter practicaba un juego defensivo y aburrido y el fútbol alborotador de insolentes y melenudos que desplegaban los inconformistas del United y del Ajax se pasaba de provocador. El Madrid se quedó con la etiqueta de equipo caballeroso por excelencia porque fue la última gran escuadra antes de la revolución juvenil de los 60.

Únicamente 10.000 asientos, la mitad de los mismos para cada club, serán vendidos en Argentina. 12.000 serán para compromisos oficiales de los gerifaltes del fútbol, sus empresas y particulares (los beneficios de la venta de estos billetes irán íntegramente a las arcas del Real Madrid) y las 50.000 restantes serán para los aficionados de River y Boca que residan en España. Son más de 250.000 los argentinos que están censados en España y son ellos los que viven en un estado de fiesta permanente desde hace 10 días ante la posibilidad de disfrutar de un partido legendario a más de 10.000 kilómetros de casa.

El problema de seguridad es mayúsculo, aunque para los agoreros cabe recordar que en el encuentro de ida, disputado en la volcánica Argentina, no hubo ningún incidente. No obstante, los ánimos estarán excitados y el riesgo es evidente. Además, Madrid se enfrenta a un doble problema. Durante el Puente de la Constitución, la capital de España está abarrotada por miles de compatriotas que deciden pasar esos días de asueto en un destino cercano. Madrid se presta a ser visitado por sus luces y sus mercadillos navideños. Todo esto se traduce en un despliegue especial policial y de servicio de emergencias que aún encima se ve agravado por estar España en un nivel 4 de alerta terrorista.

Se estima que en un Madrid-Barça entre antidisturbios, caballería, agentes de subsuelo, policías, helicópteros y sanitarios hay unos 2.500 empleados públicos movilizados. Se comenta que para el River-Boca la cifra va a acercarse a los 5.000. Lo curioso es que mientras la ciudadanía, frecuentemente azuzada por partidos de izquierda (por lo menos hasta el 2-D), protesta y muestra su indignación por gastos semejantes ante la llegada de un mandatario extranjero o de una reunión económica, religiosa o política de alto nivel, no emite reproche cuando el gasto público va destinado a un evento deportivo. Es la “magia” del fútbol. Sólo en sueldos públicos (sin tener en cuenta destrozos de mobiliario urbano o servicios de limpieza) se habla de cifras próximas a los 650.000 euros.

En Argentina se ha montado un quilombo. En un primer momento la cancelación de la final se consideró una vergüenza nacional. Deportistas de renombre y diversas personalidades manifestaron su repulsa por lo sucedido y admitieron que no se podía jugar el partido de vuelta en Buenos Aires. Pero cuando se supo que la Conmebol iba a llevar la final a Madrid, el discurso cambió radicalmente.

Los pseudoperiodistas se pusieron la bandera como capa y empezaron a decir burradas sin sentido histórico. En ‘Clarín’ se preguntaban qué dirían Bolívar y San Martín si supieran que la final se jugaría en Madrid y en ’90 minutos de fútbol’ se rasgaban las vestiduras y proponían un revisionismo histórico y cambiar el nombre de ‘Copa Libertadores’ por ‘Copa Colonizadores de América’ o por ‘Copa Conquistadores de América’. La sensación generalizada en el país es que se está robando a Argentina algo que es suyo, cuando la realidad es que el Boca-River, aunque argentino por definición, es sudamericano por aclaración, porque la competición no es local, sino internacional. El problema, más allá de las quejas de Boca (que solicita la victoria por decreto, y con parte de razón) y de River (que solicita jugar en casa a puerta cerrada, y con parte de razón) es que la Conmebol puede llevar la final al lugar de su jurisdicción (Sudamérica) que desee y en cambio se lo ha llevado a España, a la querida-odiada España.

Bolívar y San Martín estudiaron y residieron en España, y San Martín, el héroe argentino, formó parte del ejército español que luchó contra las tropas napoleónicas en Bailén. Ambos tienen dos estatuas ecuestres en Madrid, y ambas fueron levantadas en la década de 1960, cuando en España gobernaba alguien tan poco libertador y tan poco proclive a la independencia de los pueblos iberoamericanos como Francisco Franco. Y por supuesto San Martín cuenta con honores en Bailén, en Palencia –de donde eran sus padres-, en lugares en los que residió como Cádiz, Málaga o Sevilla y hasta en Fisterra, quizás por aquello de que es el lugar de la Península más próximo a América.

Lo que si es cierto es que la final al disputarse en Europa se ha convertido en un injusto espectáculo de primera clase. Sin contar estancia y vuelo, únicamente con las entradas se va a producir un alza de precios descomunal. Para el Monumental se vendían tickets por 20 euros, en el Bernabéu las más baratas están en 80 euros. Como cuando toca Mundial, sólo podrán viajar los hinchas adinerados o los residentes en Europa. En Argentina el salario medio está en 365 euros y con la inflación en eterno desboque.

El caso es que en la próxima rueda de prensa, en la próxima junta de accionistas o en el próximo fichaje, Florentino Pérez subirá al estrado y podrá presumir de que el Santiago Bernabéu es ( y será) el único estadio del mundo que ha albergado, más allá de finales coperas y partidos de Liga ante el FC Barcelona, la final de la Copa de Europa (1957, 1969, 1980, 2010), la final de la Copa Intercontinental (1960), la final de la Eurocopa de naciones (1964), la final del Mundial (1982) y desde ahora la final de la Copa Libertadores (2018). Y den por hecho que si algún día la final de la Copa de Asia, de África o de lo que sea, se tiene que desplazar de sede, el lugar elegido será el Santiago Bernabéu.

Guste o no guste, el Madrid lo ha vuelto a hacer.

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River Plate – Boca Juniors

Cuando llega el rigor del invierno los erizos buscan un lugar en el que guarecerse. Desarmados por culpa del frío deciden juntarse para proporcionarse calor. Lamentablemente para ellos el juntarse implica pincharse, por lo que pegan un salto, reculan y vuelven a alejarse. Una vez calculado el punto exacto entre dolor y calor vuelven a acercarse hasta que determinan una distancia apropiada para darse ardor sin sufrir daño.

Acostumbrados a una versión eurocéntrica del mundo, tendemos a considerar que no existe acontecimiento futbolístico más relevante que un duelo entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Si bien es cierto que por nivel futbolístico y por cuestiones socioculturales estamos ante el partido de fútbol más atractivo del momento, no debemos perder la perspectiva sobre otros encuentros. Para empezar, Madrid y Barcelona son dos ciudades en conflicto que se encuentran a 600 kilómetros de distancia. El mal llamado ‘clásico’ desde hace un par de décadas, por y obra gracia del marketing, ni siquiera es un enfrentamiento entre hermanos.

No recuerdo en que libro leí la historia del erizo, pero si puedo afirmar que no era un tratado de ciencias sociales ni un libro de naturaleza. Era una metáfora que explicaba porque las guerras civiles son las más dolorosas de entre todas las guerras. Las relaciones entre hermanos son las más profundas, pero a la vez son las más débiles, y encontrar el equilibrio entre el dolor y el amor se entorna siempre complicado.

Un derbi es un enfrentamiento entre hermanos. Entre vecinos de una misma ciudad. Entre familias y amigos. Es cierto que el desarrollo de los medios de transporte ha hecho que consideremos derbi luchas entre distancias kilométricas, pero la esencia del derbi sigue siendo una rivalidad de vecindario. Una final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate tiene una carga emocional de tal envergadura que ni Real Madrid ni FC Barcelona pueden comprender. Tan sólo una final de la Copa de Europa entre los protestantes y unionistas del Glasgow Rangers y los católicos y separatistas del Celtic de Glasgow podría asemejarse a lo que en estos días están viviendo en Argentina. Pero que los dos colosos del fútbol escocés lleguen a enfrentarse en una final europea suena a ciencia ficción.

Boca Juniors y River Plate ocupan un lugar privilegiado en una lista en la que destacan AC Milan vs Inter de Milan, Betis vs Sevilla, Fenerbahce vs Galatasaray, Real Madrid vs Atlético, Olympiakos vs Panathinaikos, Partizan de Belgrado vs Estrella Roja, Nacional vs Peñarol o Lazio vs Roma. ‘Conditio sine qua’ puede haber un gran derbi es que tiene que existir una gran urbe en la que tengan cabida dos equipos de nivel superlativo e igualitario.

En Buenos Aires no sólo hay dos equipos, hasta 12 de los 26 que conforman la Liga Argentina se concentran en lo que se denomina Gran Buenos Aires. No es más que la muestra de la pujanza de un área metropolitana donde viven 13 millones de personas, un tercio de la población del país. Además de Boca Juniors y de River Plate, Argentinos Juniors, Huracán, San Lorenzo de Almagro y Vélez Sarfield compiten por la supremacía de la ciudad. En la otra orilla del río Matanza (conocido por los bonaerenses como el Riachuelo), en lo que antaño eran cuadras y haciendas y hoy son bloques de edificios, están Independiente, Racing de Avellaneda, Lanús, Tigre, Banfield y Defensa y Justicia. En total hay censados en la ciudad hasta un total de 66 estadios de diferentes categorías.

Que Boca Juniors y River Plate disputen una final de la Copa Libertadores es la amplificación de la exageración. Realmente “en Argentina todo es hiperbólico” como señaló el periodista Andrés Burgo. Buenos Aires es el centro mundial del fútbol. Del fútbol de barrio y del fútbol profesional. A nadie se lo ocurre compartir estadio con otro rival y a nadie se le ocurre demoler un estadio añejo y canonizado por uno funcional e innovador por muchos dividendos que vaya a generar.

La final de la Copa Libertadores se juega a doble partido. Lo que pierde en especial lo gana en sentimental. El primer duelo se jugó en el estadio Alberto José Armando, que no es otro que ‘La Bombonera’, con su característica forma de D y su tribuna vertical. Pequeño y angosto, los dirigentes de Boca llevan años tratando de convencer a la hinchada para mudarse, pero las protestas de la afición hacen que todos los planes se aparquen. La vuelta se jugará en el Antonio Vespucio Liberti, que no es otro que el ‘Monumental’. Mucho más grande, los aficionados de River disfrutan de este coloso de hormigón desde 1938. Parece que tras incontables discusiones hay acuerdo para tirarlo y levantar otro en el mismo solar, pero todo bajo promesa de albergar la final del Mundial de 2030. Si no hay Mundial, no hay final. Y si no hay final, no hay estadio nuevo.

Mauricio Macri (hoy presidente de Argentina y en el pasado máximo responsable de Boca Juniors) pidió prudencia y dijo que lo mejor es que la final jamás se hubiese jugado. Seguro que recuerda los disturbios entre aficiones de los 80 y los 90 de los que él formó parte o los recientes sucesos del derbi de 2015. Para Macri la tragedia vendrá para el derrotado “porque el que pierda estará tres semanas metido en cama y tardará 20 años en recuperarse”. Estos días las farmacias dispensan ansiolíticos por doquier y los servicios de cardiología de los hospitales argentinos han recibido cientos de llamadas para adelantar los chequeos médicos antes de la disputa del segundo encuentro de la final.

No tenemos datos sobre el parte médico de Andrés Cunha, el bendito que arbitrará el encuentro de vuelta.

Han tenido que pasar casi 60 años para que estos dos acérrimos enemigos se desafíen en una final continental. Realmente hasta el año 2005 las reglas de la competición impedían que se enfrentasen en la final dos equipos del mismo país. Es la última etapa de dos escuadras que tienen el mismo origen.

En 1901 se fundó River Plate en el barrio de La Boca. En la desembocadura del Río Riachuelo estaba el arrabal donde los españoles depositaban el cargamento de plata proveniente de las minas de Perú antes de partir a Europa. Con la independencia de Argentina en el siglo XIX la población se desplazó hacia el interior de la llanura abandonando el antiguo puerto comercial. Sin embargo, con el cambio de siglo los emigrantes italianos se asentaron en La Boca y en 1905 un grupo de jóvenes fundó Boca Juniors, rápidamente conocidos como los xeneizes (genoveses) comenzando una intensa rivalidad con los franjirojos de River. Con el paso de los años Boca Juniors se adueñó del barrio y River emigró al norte, primero al barrio de Palermo y luego a Belgrano, barrio de palacetes y haciendas y ensanche financiero de clase media-alta desde mediados del siglo XX.

En España a menudo se hace una errónea comparativa entre River Plate y Real Madrid y entre Boca Juniors y FC Barcelona. Al igual que el Madrid, River tuvo un presidente visionario que construyó un estadio en una zona periférica que con el tiempo se convirtió en privilegiada. Además a los aficionados de River se los conoce como ‘millonarios’ porque cuando el profesionalismo se hizo realidad en los años 30, River se convirtió en el club hegemónico del país gracias a Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, una delantera legendaria conocida como ‘La Máquina’.

Sin embargo, River es especialista en dilapidar finales. En 1966 ganaban por 2-0 a Peñarol en la final de la Copa Libertadores a falta de media hora para la conclusión y acabaron perdiendo el partido. Desde entonces los ‘millonarios’ pasaron a ser ‘los gallinas’. Nunca han tenido el hambre y el aura victoriosa de los madridistas.

A Boca se le asocia con el FC Barcelona. En parte porque en estos dos equipos jugó Maradona de la misma forma que Di Stéfano jugó en River y en el Real Madrid. Como Boca se mantuvo fiel al puerto y fiel a su barrio, se asocia ese sentimentalismo con el ‘més que un club’ catalán. Nada más lejos de la realidad. Boca es un depredador de títulos y de finales, tiene el colmillo de la victoria mucho más afilado que el Barça. En Boca no existe conciencia política, ni apoyo de la burguesía, ni juego bonito. En Boca lo que importa es ganar por encima de todas las cosas.

Boca y River. River y Boca. Están prácticamente empatados en lo que a títulos nacionales se refiere, por lo que la diferencia hay que buscarla en la Copa Libertadores. Boca Juniors aspira a ser el equipo más laureado del continente y conseguir su séptimo entorchado, mientras que River Plate cuenta con tan sólo 3 títulos, eso sí, el último en 2015 tras eliminar en semifinales a Boca. En todo caso es Independiente de Avellaneda con 7 Copas Libertadores el que más títulos tiene e incluso el también argentino Estudiantes de la Plata cuenta con 4 trofeos continentales.

No es cuestión de títulos, es cuestión de sentimientos. ‘La final de todos los tiempos’ como ha sido calificada en Sudamérica. “Un partido que va a acabar con una coronación y un entierro” según el periodista Manuel Jabois.

https://www.youtube.com/watch?v=ZDW-ceeMCn0

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