Real Madrid

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer

La final sin fin. La segunda parte de la interminable final de la Copa Libertadores parece ser que, si ningún barra brava lo impide, se va a jugar en Madrid, en el Santiago Bernabéu. El Real Madrid vuelve a colgarse la medalla al mérito civil. Hay quien dice que es un tanto para el Gobierno de Pedro Sánchez, otros que para Manuela Carmena y los más que para Luis Rubiales y la Federación Española de Fútbol. Tonterías. Es un triunfo del Real Madrid. Otra condecoración en el uniforme. Otro motivo más para ser respetado. Otro motivo más para ser envidiado. Otro motivo para ser admirado. Otro motivo más para ser odiado.

El Real Madrid es como un tornado que todo lo engulle. La camiseta blanca trasmite una impronta y una carga de respetabilidad que se desparrama irremediablemente en el mundo del fútbol. El Real Madrid se hizo universal a finales de los 50, una década antes de que las reglas establecidas explotaran por los aires. El Real Madrid de Di Stéfano es el último club de fútbol caballeroso, elegante y gentleman y esa aura lo acompañará para siempre. Se trataba de un equipo victorioso de hombres maduros (salvo Gento todos rondaban o superaban la treintena) que no tenía nada que ver con lo que vino después. El Benfica era un equipo multirracial en un tiempo de racismo, el Inter practicaba un juego defensivo y aburrido y el fútbol alborotador de insolentes y melenudos que desplegaban los inconformistas del United y del Ajax se pasaba de provocador. El Madrid se quedó con la etiqueta de equipo caballeroso por excelencia porque fue la última gran escuadra antes de la revolución juvenil de los 60.

Únicamente 10.000 asientos, la mitad de los mismos para cada club, serán vendidos en Argentina. 12.000 serán para compromisos oficiales de los gerifaltes del fútbol, sus empresas y particulares (los beneficios de la venta de estos billetes irán íntegramente a las arcas del Real Madrid) y las 50.000 restantes serán para los aficionados de River y Boca que residan en España. Son más de 250.000 los argentinos que están censados en España y son ellos los que viven en un estado de fiesta permanente desde hace 10 días ante la posibilidad de disfrutar de un partido legendario a más de 10.000 kilómetros de casa.

El problema de seguridad es mayúsculo, aunque para los agoreros cabe recordar que en el encuentro de ida, disputado en la volcánica Argentina, no hubo ningún incidente. No obstante, los ánimos estarán excitados y el riesgo es evidente. Además, Madrid se enfrenta a un doble problema. Durante el Puente de la Constitución, la capital de España está abarrotada por miles de compatriotas que deciden pasar esos días de asueto en un destino cercano. Madrid se presta a ser visitado por sus luces y sus mercadillos navideños. Todo esto se traduce en un despliegue especial policial y de servicio de emergencias que aún encima se ve agravado por estar España en un nivel 4 de alerta terrorista.

Se estima que en un Madrid-Barça entre antidisturbios, caballería, agentes de subsuelo, policías, helicópteros y sanitarios hay unos 2.500 empleados públicos movilizados. Se comenta que para el River-Boca la cifra va a acercarse a los 5.000. Lo curioso es que mientras la ciudadanía, frecuentemente azuzada por partidos de izquierda (por lo menos hasta el 2-D), protesta y muestra su indignación por gastos semejantes ante la llegada de un mandatario extranjero o de una reunión económica, religiosa o política de alto nivel, no emite reproche cuando el gasto público va destinado a un evento deportivo. Es la “magia” del fútbol. Sólo en sueldos públicos (sin tener en cuenta destrozos de mobiliario urbano o servicios de limpieza) se habla de cifras próximas a los 650.000 euros.

En Argentina se ha montado un quilombo. En un primer momento la cancelación de la final se consideró una vergüenza nacional. Deportistas de renombre y diversas personalidades manifestaron su repulsa por lo sucedido y admitieron que no se podía jugar el partido de vuelta en Buenos Aires. Pero cuando se supo que la Conmebol iba a llevar la final a Madrid, el discurso cambió radicalmente.

Los pseudoperiodistas se pusieron la bandera como capa y empezaron a decir burradas sin sentido histórico. En ‘Clarín’ se preguntaban qué dirían Bolívar y San Martín si supieran que la final se jugaría en Madrid y en ’90 minutos de fútbol’ se rasgaban las vestiduras y proponían un revisionismo histórico y cambiar el nombre de ‘Copa Libertadores’ por ‘Copa Colonizadores de América’ o por ‘Copa Conquistadores de América’. La sensación generalizada en el país es que se está robando a Argentina algo que es suyo, cuando la realidad es que el Boca-River, aunque argentino por definición, es sudamericano por aclaración, porque la competición no es local, sino internacional. El problema, más allá de las quejas de Boca (que solicita la victoria por decreto, y con parte de razón) y de River (que solicita jugar en casa a puerta cerrada, y con parte de razón) es que la Conmebol puede llevar la final al lugar de su jurisdicción (Sudamérica) que desee y en cambio se lo ha llevado a España, a la querida-odiada España.

Bolívar y San Martín estudiaron y residieron en España, y San Martín, el héroe argentino, formó parte del ejército español que luchó contra las tropas napoleónicas en Bailén. Ambos tienen dos estatuas ecuestres en Madrid, y ambas fueron levantadas en la década de 1960, cuando en España gobernaba alguien tan poco libertador y tan poco proclive a la independencia de los pueblos iberoamericanos como Francisco Franco. Y por supuesto San Martín cuenta con honores en Bailén, en Palencia –de donde eran sus padres-, en lugares en los que residió como Cádiz, Málaga o Sevilla y hasta en Fisterra, quizás por aquello de que es el lugar de la Península más próximo a América.

Lo que si es cierto es que la final al disputarse en Europa se ha convertido en un injusto espectáculo de primera clase. Sin contar estancia y vuelo, únicamente con las entradas se va a producir un alza de precios descomunal. Para el Monumental se vendían tickets por 20 euros, en el Bernabéu las más baratas están en 80 euros. Como cuando toca Mundial, sólo podrán viajar los hinchas adinerados o los residentes en Europa. En Argentina el salario medio está en 365 euros y con la inflación en eterno desboque.

El caso es que en la próxima rueda de prensa, en la próxima junta de accionistas o en el próximo fichaje, Florentino Pérez subirá al estrado y podrá presumir de que el Santiago Bernabéu es ( y será) el único estadio del mundo que ha albergado, más allá de finales coperas y partidos de Liga ante el FC Barcelona, la final de la Copa de Europa (1957, 1969, 1980, 2010), la final de la Copa Intercontinental (1960), la final de la Eurocopa de naciones (1964), la final del Mundial (1982) y desde ahora la final de la Copa Libertadores (2018). Y den por hecho que si algún día la final de la Copa de Asia, de África o de lo que sea, se tiene que desplazar de sede, el lugar elegido será el Santiago Bernabéu.

Guste o no guste, el Madrid lo ha vuelto a hacer.

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La quinta Copa de Europa del Real Madrid

Cuando Santiago Bernabéu agonizaba en su casa de la calle Jericó de Madrid en la primavera de 1978, cuentan que mandó llamar a su esposa. En un momento de lucidez le comentó que dejaba esta vida con una única pena, no ver ganar a su Real Madrid la séptima Copa de Europa. Y es que el conjunto merengue había ganado 6 trofeos europeos en las 11 primeras ediciones (los 5 primeros de forma consecutiva), pero ya acumulaba 12 años fracasando en la gran competición continental.

Bernabéu siempre fue un hombre de principios. Visionario para algunas cosas, pero en el fondo un gentleman con valores del siglo XIX. Consideraba que ganar era una obligación y que los futbolistas no deberían tener sueldo. Para él, el Real Madrid como institución era sagrado. No permitía que sus pupilos gastasen ostensiblemente su dinero ni que obtuviesen beneficios publicitarios. En las comidas, sólo permitía una botella de vino a compartir entre 4 jugadores.

Parece ser que tan sólo en una vez consintió dar una prima a sus futbolistas. Fue en 1960. En la final de la quinta Copa de Europa que enfrentó el Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. Pero incluso en esa ocasión, Bernabéu se salió de la norma. Ofreció 25.000 pesetas de prima a aquellos jugadores que habían sido campeones de Europa con el Real Madrid en alguna de las cuatro anteriores ediciones, formasen parte o no del club. Pretendía que los veteranos (¡jugadores de otros equipos o ya retirados incluidos!) motivaran a la plantilla y les obligaran a ganar. Se dio la paradoja de que Miguel Muñoz recibiese 75.000 pesetas de prima como campeón en 1956,1957 y 1958, cuando en 1960 era el entrenador del club. No le quedó más remedio que repartirla con la plantilla, al igual que tuvieron que hacer los veteranos para no enemistarse con el resto.

Y es que la quinta Copa de Europa era el summun para el Real Madrid. Ya se sabe la predilección que tenemos los humanos para los números redondos. Como ante la volatilidad de la vida nos aferramos a cifras mágicas. 5 es un número mágico y 1960 es un número redondo. Excepto Paco Gento, todos los puntales del equipo sobrepasaban los 30 años y sabían que el final estaba cerca. Era el momento.

El Real Madrid había ganado las cuatro primeras ediciones de la Copa de Europa y, se podría decir, con cierta suficiencia. Durante esas cuatro temporadas y a pesar de disputar trepidantes e igualados encuentros contra el Stade de Reims, Partizan, Fiorentina, Rapid de Viena o Manchester United, quizás sólo el Atlético de Madrid en las semifinales de 1959 y el AC Milan en la final de 1958, estuvieron a punto de destronar a los merengues.

Pero para la temporada 1959/60 parecía que la hegemonía del Real Madrid tocaba a su fin.

El gran favorito era el FC Barcelona de Helenio Herrera, vigente campeón de Liga, Copa y Copa de Ferias (lo que hoy es la Europa League). El Real Madrid partía en un escalón inferior junto a AC Milan, Wolverhampton y Glasgow Rangers.

Ante la veteranía de Di Stéfano (33 años), Bernabéu fichó a Didí, estrella de la selección brasileña, pero éste ni siquiera llegó a debutar en Europa incapaz de aclimatarse al invierno madrileño y enfrentado a los pesos pesados del vestuario. A mitad de temporada hubo cambio de entrenador y Miguel Muñoz pasó a hacerse cargo del equipo devolviendo los galones a Di Stéfano, despidiendo a Didí y contratando a Luis del Sol, un talentoso interior del Betis.

Todo eso ocurrió en marzo, cuando empiezan a decidirse los campeonatos, pero antes de todo eso, el Madrid tuvo suerte, mucha suerte. Los favoritos se fueron enfrentando entre sí. El FC Barcelona se deshizo del AC Milan y del Wolverhampton inglés para plantarse en semifinales, mientras que el Real Madrid tuvo una plácida eliminatoria ante un desconocido equipo luxemburgués y otra ante el Niza francés. Se dice que los grandes necesitan de la suerte para triunfar. Y el Real Madrid la tenía.

El 13 de abril de 1960 tuvo lugar en el Santiago Bernabéu el enfrentamiento de ida de las semifinales entre el Barça y el Madrid. Todos los pronósticos daban como favorito a los azulgranas liderados por Luis Suárez (Balón de Oro de aquella temporada). Pero los pronósticos se olvidaban del orgullo de los blancos.

Di Stéfano tiró del equipo y anotó dos goles que ayudaron a la victoria por 3-1. Para el partido de vuelta, Helenio Herrera, técnico azulgrana, calentó el choque con comentarios despectivos respecto al arbitraje. Un partidazo de Gento ayudó a que el Madrid ganase por 1-3 en el Camp Nou y provocase que Herrera fuese cesado al día siguiente como técnico del FC Barcelona.

La final, disputada el 18 de mayo de 1960, desafiaba al Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. En esta ocasión los blancos eran los indiscutibles favoritos. El conjunto alemán había ganado su liga de forma sorpresiva y no contaba con estrellas de renombre.

130.000 espectadores según datos oficiales y cerca de 200.000 según datos oficiosos se reunieron en el estadio de Hampden Park de Glasgow para presenciar un partido que aún para muchos analistas está considerado como el mejor de todos los tiempos. Sentencia muy arriesgada, pero que no es más que una muestra de admiración a unos jugadores que practicaban un fútbol técnicamente avanzado y engrasado por una maquinaria de fraternidad y compañerismo tras años jugando juntos.

El Madrid comenzó perdiendo, pero acabó ganando por 7-3, con 4 goles de Puskas y 3 de Di Stéfano en una sana lucha para ver quien marcaba un tanto más que el compañero. Pero no fue el resultado, sino el juego lo que dio esplendor a aquel encuentro. Espuelas, rabonas, sombreros, pases de 40 metros, cambios de ritmo….acciones comunes en la actualidad pero vanguardistas hace 60 años.

Y todo en una incipiente televisión. Para muchos fue el primer partido de fútbol que presenciaron en sus vidas. Di Stéfano y compañía como primera vez. No está nada mal.

En las Islas Británicas, donde aún consideraban que podían dar lecciones de fútbol al resto del mundo, el partido fue retransmitido en directo por la BBC. No tuvieron más remedio que admitir que el nivel de aquel equipo era supremo y superior a lo que se veía de domingo a domingo en las Islas Británicas. El impacto fue de tal envergadura que durante muchos años, aquella final de Copa de Europa fue repetida por la BBC durante la programación especial de Navidad.

La prensa tampoco escatimó en adjetivos. “Cada futbolista del conjunto español fue un maestro en su demarcación y tarea a desempeñar, y el balón, su obediente esclavo. Este fútbol es a lo que estamos acostumbrados, lo que el caviar al pescado”, se escribió en el ´Daily Record´. Mientras, el ‘Daily Herald’ apuntaba que “fue un fútbol que en los pies de esos grandes jugadores era fácil, tan fácil que parecía un sueño. Fútbol que hace que el nuestro, el que se disputa en los campos de Gran Bretaña, parezca como de segunda categoría”. La crónica del francés ‘L’Equipe’, que es para el periodismo deportivo como la Biblia para los católicos, sentenciaba: “Alfredo di Stéfano, Puskas, Gento y la superclase del resto de jugadores del Real Madrid han barrido al Eintracht. Ha sido, sin duda alguna, el mejor y el más rico de los partidos disputados en la Copa de Europa”. Por último siempre es interesante rememorar las palabras de ´The Times´ que sirvieron para dar un nuevo apodo al equipo madrileño: “El Real Madrid se pasea por Europa como antaño se paseaban los vikingos, arrasándolo todo a su paso”.

En España, por supuesto, también se desató un clima de excitación sin precedentes. Por vez primera un equipo recorrió en coches descapotables las calles de su ciudad ofreciendo el trofeo a los aficionados en el centro de la misma. Dicen que la multitud igualó en número al del desfile de la victoria del General Franco, con la diferencia que ésta última era de parada obligatoria y la del Real Madrid era de carácter opcional.

Al año siguiente, el FC Barcelona se tomaría cumplida revancha ante el Real Madrid y eliminaría a los blancos con claridad en los octavos de final dando por finalizada su imbatibilidad en Europa. Pero con aquellas cinco Copas de Europa, y especialmente con el partido ante el Eintracht, quedó registrado para la posteridad el legado de grandeza del Real Madrid, lo que le ha valido ser el equipo más admirado y venerado en el mundo del fútbol.

“Conviene recordar, porque la victoria trastorna. Lo que se está haciendo en estos últimos cuatro años es normal porque lo hace el Madrid, y se volverá extraordinario después, cuando nadie lo haga y se recuerde, como hace sesenta años, quién fue el que pisó la hierba que no volvió a crecer”. Manuel Jabois

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Mourinho en la prehistoria

En mi mente barruntaba desde hace días relatar una historia acerca del declive de los entrenadores. Va a ser un artículo un poco más extenso de lo habitual, y, creo (pecando de soberbia) que será clarividente e interesante. No obstante, he decidido dejarlo para una posterior ocasión y, antes de nada, escribir en relación a la persona que me llevó a plantearme tratar sobre el auge y el declive de los entrenadores de fútbol. Y esa persona, y más que persona es un personaje (en el buen sentido de la acepción), no es otra que José Mario dos Santos Mourinho Félix.

José Mourinho es seguramente el entrenador que más titulares y enemigos ha acaparado desde la retirada de Helenio Herrera. Legendaria es aquella portada de ‘La Gazzetta dello Sport’ en la que el luso aparece poniéndose una careta de HH. Se ha ganado una merecida fama de polémico y maleducado, pero al mismo tiempo goza de un palmarés extraordinario y, lo más importante, del respeto del mundo del fútbol y de la lealtad incondicional de muchos de sus pupilos. O se lo odia o se le ama, pero no deja a nadie indiferente.

La estrella de Mou ha brillado en este siglo XXI. Sin embargo, la aparición meteórica de Guardiola y del FC Barcelona liderado por Messi, considerado por muchos el mejor club de la historia, ha convertido al portugués en una especie de Salieri. Las buenas formas y la belleza del fútbol sugerido por el entrenador catalán lo han encumbrado como un innovador, un Mozart de la táctica. Mourinho, con sus esquemas ordenados e inflexibles necesita de la victoria para convencer. Cuando esta no llega queda retratado. Al igual que Salieri, la estrella de Mourinho dejó de brillar con la aparición de su alter ego, y todas sus victorias quedan ensombrecidas por lo que haga su gran rival. Desde que se marchó de Madrid su aura de invencibilidad ha ido desapareciendo inexorablemente y ha iniciado un lento declive.

Mourinho es hijo de entrenador y nieto de un histórico presidente del Vitoria de Setúbal, ciudad al sur del estuario del Tajo y equipo habitual de la primera portuguesa. Impregnado de ese olor familiar, desde pequeño iba de estadio en estadio apuntando estadísticas, viendo futbolistas y haciendo alineaciones. Era evidente que iba a ser entrenador, ya que Dios le había otorgado un buen cerebro pero unas dotes físicas de escasa categoría. Y después de ser el segundo de su padre en el Rio Ave, consiguió un puesto también como segundo técnico en el Estrela de Amadora, club de las afueras de Lisboa, hoy tristemente desaparecido por impagos.

El entrenador del Amadora era Manuel Fernández, el cual tenía cierta amistad con Bobby Robson, leyenda inglesa de los banquillos y un verdadero gentleman británico. Cuando sir Booby Robson firma por el Sporting de Lisboa, Fernández le recomienda a Mourinho como ojeador y al mismo tiempo como traductor ante el nulo conocimiento de Robson del portugués. Dos años después, para la temporada 1996/97, Robson firma por el FC Barcelona y se lleva al poliglota Mourinho consigo.

Aterriza como traductor, pero es mucho más que eso. Se caracteriza por tener un contacto fluido con todos los miembros de la plantilla. Se dice que salta al campo de entrenamiento y les da los buenos días a todos. En una época en donde internet aún está en pañales, maneja un cuaderno donde tiene apuntados datos personales de cada jugador siendo el primero que está pendiente para preguntar por un familiar enfermo o para felicitar un cumpleaños. Con el paso de los años trascienden varias anécdotas que destacan el trato humano de un hombre que es capaz de pasar de villano a caballero en escasos segundos.

Una de las anécdotas más conocidas tuvo lugar en el verano de 1997, en el FC Barcelona. En medio de la tradicional concentración de pretemporada, en uno de los habituales descansos, los jugadores se lanzaron a la piscina que tenían en el hotel donde se hospedaban. Todos menos uno. El nigeriano Haruna Babangida camina de puntillas y con la cabeza alta. El extremo africano de 18 años no sabía nadar. Ante las risas del personal, Mourinho se lanzó al agua y se puso a enseñar a bracear al joven jugador.

Pero Mourinho no era un simple amigo, era un magnífico ojeador, motivador y entrenador. Para la temporada 1997/98 el holandés Louis Van Gaal recala en Barcelona con su propio cuerpo técnico. Una llamada de Robson le convence para mantener a Mourinho. El traductor mantiene su trabajo. Pero Van Gaal no es tonto y conoce el potencial del muchacho. Le encarga hacer el informe semanal del rival del Barça. Mourinho no sólo ve el encuentro anterior del rival, analiza un mínimo de 13 partidos completos. Al año siguiente ascenderá a segundo entrenador.

Tenía un futuro prometedor, pero el año 2000 es convulso en Can Barça. Es el verano de la huida de Figo al Real Madrid y se produce una limpia tanto en la plantilla como en el cuerpo técnico. Mou tiene su primera oportunidad como entrenador jefe. Y es una gran responsabilidad. El club más grande de su tierra y uno de los más laureados de Europa. El Benfica.

Era una gran ocasión, pero no era el momento adecuado. Recaló en Lisboa para la cuarta jornada del campeonato en sustitución de Jupp Heynckes, cesado tras un intento de la directiva de reconciliarse con su afición. El Benfica estaba inmerso en un proceso de elecciones y Mourinho era una apuesta del presidente vigente y candidato abocado al fracaso. Nueve jornadas después anunciaron presidente a Manuel Vilariño que, por increíble que parezca en un candidato, hizo lo que había prometido en su campaña electoral, echar a Mourinho y contratar a Toni, nuevo entrenador y leyenda del club.

Con la temporada perdida, Mourinho se dedicó a viajar y a formarse en compañía de su familia. Suponemos que como profundamente creyente que es también se dedicó a rezar y a pedir una nueva oportunidad. Y le fue concedida. Aunque tuvo que rebajar sus expectativas.

En 2001/02 Mou fue el técnico del Uniao de Leiria. A mitad de camino entre Porto y Lisboa, Leiria pertenece a una comarca en la que se concentran los grandes hitos de la historia portuguesa. En el plano futbolístico tratamos de un equipo menor que por aquel entonces luchaba con mantener el sueño de jugar en Primera. Acabaron quintos y clasificados para jugar en Europa. Justo por detrás del gran Benfica. Un exitazo. `The special One’ iba a tener una segunda oportunidad. Y además fue una alegría doble. Iba a entrenar al Oporto, el otro grande de Portugal. Al igual que cuando dirigió al Real Madrid el regusto amargo de su marcha de Barcelona estuvo siempre presente, con los encarnados lisboetas le pasó lo mismo. El Benfica es la gran cruz en la carrera de Mourinho. Y como entrenador del Oporto, su gran rival, la motivación pasó a ser doble.

A partir de ahí toda la historia es conocida. Por cierto. Aquel gran Oporto tenía como portero a Vitor Baia. Era ya un guardameta en el ocaso de su carrera y Mourinho tenía echado el ojo a Robert Enke. En su breve estancia en el Benfica había compartido vestuario con el que por entonces era el sucesor de futuro de Kahn en la selección alemana. Había recibido el OK para ficharlo, pero días antes recibió una llamada desde Barcelona en la que le pedían referencias sobre Enke. Inmediatamente llamó al guardameta y le dijo que no firmara con el Oporto, que esperara a que le llegara la oferta del FC Barcelona, que era algo que no podía rechazar. Mourinho no dudó en retirarse de la puja y de promover el fichaje del portero por el club catalán. Quien sabe, quizás si Enke hubiese sido tutelado por Mou no habría fracasado en el Barça y más tarde en el Fenerbahçe, y hoy no hablaríamos de la historia de un portero que se suicidó por la presión del fútbol profesional, y si del portero titular del Oporto campeón de Europa con Mourinho.

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Cuando Puyol secó a Figo

Para un zaguero es mucho más difícil brillar que para un delantero. La razón es obvia; el gol. En los partidos importantes lo que queda para el recuerdo es quien marcó el gol de la victoria. También quedará en la rutina aquella jugada, aquel control o incluso aquella parada milagrosa de un portero. Lo que diferencia a un defensa del resto de posiciones es que sólo permanecerá en el recuerdo del aficionado el que destaque por su trayectoria. El goleador o el portero puede que sólo hagan un partido para la posteridad. El defensa que forma parte de nuestras alineaciones de ensueño es aquel que sujetó al equipo en las buenas y en las malas temporadas.

La excepción se da en aquellos defensas desconocidos que se hacen un nombre con un marcaje para la posteridad. Luego brillarán durante años o hasta quizás en un córner marquen un gol histórico, pero su camino al estrellato se iniciará con un marcaje. En España, por la trascendencia del partido, siempre se recordaran dos casos, ambos en un FC Barcelona-Real Madrid. El marcaje de un imberbe Camacho ante la leyenda Cruyff en 1975 y el de un inexperto Carles Puyol ante Luis Figo en 2000.

En el mes de octubre del año 2000, el Camp Nou estaba abarrotado. Todos y cada uno de los 92.000 espectadores sujetaban una cartulina que imitaba a un billete de 10.000 pesetas. Cuando el Real Madrid saltó en su tradicional blanco impoluto al campo para el inicio del encuentro, un penetrante pitido sacudió los cimentos del estadio mientras atronaban gritos de ‘puta’, ‘traidor’, ‘mentiroso’ o ‘judas’. Las cámaras hicieron un zoom y se pudo ver como Luis Figo se tapaba los oídos y lucía una media sonrisa de asco.

Tres meses antes, el capitán del FC Barcelona había dejado la Ciudad Condal para recalar en el Real Madrid. La marcha del extremo portugués (que ganaría aquel año el Balón de Oro) dejó convulsionado al conjunto azulgrana. El Barça se sumiría en un lustro de desdichas, dando tumbos sin ton ni son tratando de superar aquella traición deportiva, pero fundamentalmente sentimental. Era el mejor jugador del mundo y era la bandera del club. Había futbolistas que habían militado en ambos equipos, pero lo de Figo partió el alma al aficionado culé.

La semana del partido, Lorenzo Serra Ferrer, técnico del Barça, decidió contener el huracán Figo con un marcaje al hombre. La prensa especulaba con que el elegido para realizar tan ardua tarea fuese Michael Reiziger, el defensa más rápido y experimentado del Barcelona. Pero la mañana del partido, cuando Serra Ferrer anunció su decisión al vestuario, sorprendió a todos dando el nombre de Carles Puyol.

Puyol había debutado la temporada anterior bajo mandato de Van Gaal, pero lo que la gente recordaba más del defensa catalán no era su juego sino su larga melena ondulada y unos rasgos faciales muy marcados. Había destacado como lateral cumplidor y el FC Barcelona trató de cederlo aquel verano al Málaga para que se foguease en Primera División. Sin embargo, Puyol se negó a marcharse y decidió quedarse y buscar su oportunidad. El problema es que no era demasiado habilidoso para jugar de lateral y no era lo suficientemente alto para ser central.

‘Puyi’ era un joven del municipio ilerdense de La Pobla de Segur que destacaba por un corazón y una capacidad de sufrimiento ilimitada. Había recalado en el club tarde, con 17 años, porque no quiso marcharse a la ciudad y separarse de su familia. Amaba al Barça hasta las entrañas y como cualquier aficionado se tomó la marcha de Figo como una traición.

Desde el minuto uno se vio que el internacional portugués no iba a hacer un gran partido. Puyol se pegó a él como a una lapa y se dedicaba a hacer todo aquello que el árbitro le permitía. Empujarle el hombro, agarrarlo por detrás o pegarle pequeñas patadas en la espinilla.

Mediada la primera parte, Figo recibió el balón cerca del área y Puyol le rebañó el balón limpiamente. El Camp Nou irrumpió en una ovación. Sólo medio minuto después, el esférico volvió a Figo y Puyol nuevamente se tiró al suelo enviando la pelota fuera de banda. La cámara enfocó a Figo y captó una mirada mezcla de odio e impotencia.

Justo antes del intermedio, con el Barça ya por delante en el marcador, el Real Madrid pretendía montar un contraataque. Figo recogió el balón en la banda izquierda, con cincuenta metros por delante en solitario. Puyol, varios pasos por detrás, sabía que nunca llegaría al balón, por lo que decidió acortar el camino y correr hacia la portería para entorpecer la llegada del portugués. Una entrada a destiempo y una decisión en el aire; tarjeta amarilla o tarjeta roja.

Lo cazó de lado, pero en el mediocampo. Podía haber sido roja, pero Puyol, con 21 años, demostró que iba a ser un futbolista de élite. Después de cazar a Figo, se levantó rápidamente e hizo un gesto impasible hacia el árbitro mientras abroncaba a sus compañeros de equipo por su desidia y el Camp Nou rugía de placer. El árbitro sacó amarilla intimidado por el ambiente y por la mirada del central catalán.

A inicios de la segunda parte, tras otra entrada de Puyol, Figo se revolvió y lo golpeó levemente cerca del banderín de córner. Fue el momento de mayor júbilo en el estadio. Empezaron a llover objetos en el campo y los gritos contra Figo se recrudecieron mientras el luso permanecía impasible. Escasos minutos después, Figo recibió un pase de Roberto Carlos y Puyol se le adelantó. Frustrado, Figo lanzó una patada al aire desde el suelo. El colegiado pitó falta y amonestó al futbolista del Real Madrid. Nuevamente el Camp Nou rugió y el chaval de la cantera escuchó por primera vez como el estadio coreaba su nombre. En ese momento el futuro Balón de Oro parecía el joven central y el recién llegado el extremo lisboeta.

El resultado final fue 2-0 con goles de Simao y de Luis Enrique, otro especialista en cambiar de bando. Fue una noche de venganza y satisfacción en el Camp Nou aunque aquella Liga remataría siendo para un Real Madrid liderado por Figo y Raúl mientras el Barça acabaría celebrando en Canaletas quedar cuarto en el último partido y conseguir la clasificación para la Liga de Campeones.

Al finalizar el encuentro, el diario ‘Marca’ título “implacable e impecable” para referirse a la actuación de Puyol y añadía que había sido “la eterna sombra de Figo hasta reducirle a un jugador de Segunda”. Los aficionados culés no podían ni imaginarse en quien se iba a convertir Puyol, pero sí que descubrieron esa misma noche su deseo y su pasión por el juego así como su humildad, algo infrecuente en un futbolista de élite. Cuando le preguntaron sobre su marcaje se limitó a decir: “Tenía sólo un objetivo, que era pararlo. No fue para tanto. No tenía que hacer nada más”.

https://www.youtube.com/watch?v=CVuCViO-QwY

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Felipe Reyes; el último pivot europeo

En 1995 el Real Madrid de baloncesto alcanzó la gloria europea por octava vez en su historia. Lo hizo en una final defensiva ante el talonario del Olympiakos y con un equipo plano en el que cada jugador cumplía una función determinada pero en la que la calidad no era uno de sus fuertes. La rotación estaba formada por ocho hombres. Antúnez, Santos y Lasa en línea exterior controlaban y defendían a las estrellas rivales. Cargol y un veteranísimo Biriukov aportaban tiro exterior y por dentro Antonio Martín daba cera mientras Arlauckas martilleaba el aro rival. Aquel equipo giraba en torno a una estrella; Arvydas Sabonis. El gran pívot europeo.

Sabonis fue el último gran pívot que disputó lo mejor de su carrera en Europa. Desembarcó en la NBA con 31 años, cuando ya había ganado todo y físicamente estaba en la cuesta abajo. Desde entonces ningún otro pívot ha sacrificado su aventura norteamericana por dejar su huella en la Euroliga.

Tras la caída del Muro de Berlín y con la globalización de la NBA, el éxodo de jugadores europeos al campeonato norteamericano ha ido creciendo año a año. Desde Estados Unidos no hay reticencias por captar talento extranjero, y desde Europa la quimera se ha convertido en sueño y jugar (lo de ganar pasa a ser secundario) en la NBA es el objetivo del adolescente talentoso.

En el baloncesto la altura es parte intrínseca del juego. Las posibilidades de éxito son mayores cuanto más cerca del aro esté tu cabeza. De esta forma todavía en Europa podemos contar con talentos exteriores que o bien no han sido tentados por la NBA o bien prefieren hacer carrera en Europa, lo que denominaríamos en el siempre sabio refranero popular ser cabeza de ratón y no cabeza de león. Sin embargo, la altura es un bien preciado, por lo que aquellos que superan los dos metros y unas condiciones técnicas y tácticas relevantes no tienen otro camino que el de cruzar el Atlántico.

Desde Sabonis todos los grandes pívots europeos han pasado con mayor o menor fortuna por la NBA. Los hay que se han convertido en leyendas como Pau Gasol (con diferencia el mejor desde el lituano, aún sin ser un cinco puro), otros han combinado buenas carreras en Europa y en Estados Unidos (Rebraca o Kristic), otros aún tienen mucho que hacer en América (Pekovic, Vucevic o Saric) y otros ni siquiera han llegado a jugar en la élite europea (Porzingis).

Pivotes europeos de referencia en lo que va de siglo XXI y que no hicieran ni el mero intento de competir en la NBA hay dos, y ambos son croatas; Nikola Vujcic y Ante Tomic.

Vujcic era un cinco de 2,11 de grandísima calidad y movilidad con un excelente tiro a media distancia y con facilidad para el rebote ofensivo. Algo lento y con problemas físicos cotidianos no llegó a acometer la aventura estadounidense pero fue con diferencia el mejor pívot de la Euroliga en la primera década de este siglo. Ante Tomic, con 2,18, no ha llegado ni por asomo a ser la referencia en Europa que llego a ser su compatriota, pero quizás es el hombre alto de mayor calidad que queda en esta parte del planeta.

Lo que diferencia a Felipe Reyes de ambos es que hablamos de un baloncestista bajo. De un pívot bajo. De poco más de dos metros. Un fajador. Uno de esos que aúnan dureza, orgullo y cojones. Ya se sabe que los bemoles enamoran al aficionado. Bajo las lorzas se esconde la capacidad atlética y tras la muñeca que sujeta la cerveza esta la técnica individual. Pero tenerlos bien puestos no requiere entrenamiento.

Hasta la revolución del tiro y de los cinco jugadores móviles (small ball) puesta en marcha por los Warriors e imitada a ambos lados del charco, un equipo de baloncesto ganador necesitaba un base cerebral, un alero anotador y necesariamente un pívot decisivo en ataque y en defensa. Durante 20 años por el Real Madrid han pasado blufs como Hamilton, Sekulic, Sinanovic, Zidek, Moiso o Burke, jóvenes promesas que quedaron en nada como Velickovic, Begic, Lampe o Kambala, buenos jugadores que no tuvieron nivel suficiente para el Madrid como Hervelle, Papadopoulos, Lavrinovic o Mijailov y otros que por unas cosas o por otras rindieron más fuera de la casa blanca que en el Palacio de los Deportes como Tomic, Alston o Fotsis.

Felipe Reyes es el denominador común año tras año. Un pívot duro, no excesivamente alto, sin gran condición física, sin rango de tiro exterior, sin capacidad de salto. Pero con clase, luchador, valioso, profundo, con gran capacidad de colocación para el rebote y con vasto nivel defensivo. Un interior clásico. Un pívot. En la propia acepción.

Quizás el rebote es su argumento de mayor peso. Sabe manipular su cuerpo y es astuto para conquistar la posición. Es un maestro de los rebotes de ataque. Ante la falta de muelles y de salto vertical, Felipe manifiesta excelentes movimientos al poste y unos convincentes lanzamientos de gancho y a tabla bajo aro.

Del jugador rústico pero efectivo de sus inicios en Estudiantes ha evolucionado en un cinco con movilidad, fundamentos e inteligencia para desplegar sus propios tiros. De hecho su progreso en el tiro libre y en el lanzamiento exterior ha sido notorio, acorde con el tipo de baloncesto que se juega en la actualidad. Y su durabilidad es digna de elogio. Fue escogido mejor jugador de la ACB y mejor pívot de la Euroliga con 35 años a sus espaldas. Y la temporada pasada, con 37 a sus cuestas, anotó 23 puntos y capturó 14 rebotes en un partido ante el Fuenlabrada. Y con poco más de 20 minutos de juego.

Obviamente Felipe no es Sabonis. Esa es otra liga. Ni siquiera es Vujcic. Y por supuesto no es Gasol. Incluso otros que no hemos nombrado como Lorbek o Smodis quizás tengan mayor calidad y capacidad ofensiva que Felipe Reyes. Pero lo que se le puede dar al menor de los hermanos Reyes, y sin discusión, es el título honorífico de mejor fajador y reboteador europeo de los últimos 20 años. El título de mejor pívot europeo a la antigua usanza.

https://www.youtube.com/watch?v=t2VNo7pcdjc

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