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Deportistas que se pasaron a la política

Domingo 28 de abril. Elecciones para Cortes Generales en la decimotercera legislatura. La llamada fiesta de la democracia. Más de 36 millones de españoles están llamados a las urnas. Entre ellos, por supuesto, los deportistas profesionales. Por lo general el común de los mortales supone que los deportistas no acuden a las urnas. Seguramente tengamos razón. Si es más común que alguno de ellos entre en el ruedo político una vez finalicen su carrera profesional. Independientemente de sus convicciones, su imagen, sus éxitos y su saber estar en público hacen que sean cortejados por partidos de distinta índole.

En las últimas décadas UNICEF se ha esforzado en reclutar a cientos de deportistas para sus campañas, desechando a aristócratas u a estrellas de Hollywood como ocurría en el pasado. El deporte ofrece héroes a los que admirar y modelos de conducta que inspiran a los niños a buscar el éxito.

Trazando un arco parlamentario de derecha a izquierda encontramos varios ejemplos a lo largo y ancho del panorama político español.

El Partido Popular (PP) ha calado mayoritariamente en el atletismo. El campeón mundial de maratón Abel Antón fue concejal de deportes del Ayuntamiento de Soria y desde 2011 ocupa un puesto de senador por dicha provincia. El mismo cargo, pero por la provincia de Palencia, ostenta Marta Domínguez, cuyos éxitos en el medio fondo están salpicados por sanciones a causa del dopaje. Breve fue la experiencia del lanzador de peso Manolo Martínez que apenas estuvo unos meses en el Ayuntamiento de León, también defendiendo las siglas del PP.

Aún más breve fue la candidatura de la saltadora Ruth Beitia como cabeza de lista del PP por Cantabria. Campeona olímpica, Beitia era militante del PP desde 2011 pero ha dado un paso atrás y ya no ocupa la primera línea de fuego. Temporal también fue el movimiento de la saltadora de longitud Niurka Montalvo en la Dirección General de Deportes de la Comunidad Valenciana en la época de Francisco Camps en la presidencia del PP.

Como miembro del Parlamento Europeo, es necesario destacar la legislatura (1999-2004) de la doble medallista olímpica en vela Theresa Zabell también defendiendo las siglas populares. Otra mujer con éxito en los Juegos Olímpicos fue la judoka Miriam Blasco, senadora por el PP en varias legislaturas, en su caso por Valladolid. Más modesta fue la trayectoria de Miguel Reina, exportero del Atlético de Madrid y padre del también portero Pepe Reina que fue concejal ‘pepero’ en el Ayuntamiento de Córdoba.

En el llamado centro o centro derecha, podemos integrar a Javier Imbroda. Desde diciembre del año pasado ocupa su escaño en el Parlamento de Andalucía bajo las siglas de Ciudadanos. El melillense entrenó durante más de una década al Unicaja de Málaga, a lo que hay que añadir un breve paso por el Real Madrid y por la selección española de baloncesto. También de centro derecha es la UPN (Unión del Pueblo Navarro) la marca blanca del PP en Navarra. Prudencio Induráin, el hermanísimo, ocupa su escaño en el parlamento navarro desde 2011.

Como ¿independiente? podríamos catalogar la trayectoria política de Tomás Reñones. Histórico lateral derecho del Atlético de Madrid entre los 80 y los 90, formó parte del Ayuntamiento de Marbella bajo las siglas del GIL (Grupo Independiente Liberal) el partido creado por el ex presidente del Atlético Jesús Gil y Gil. Tras las acciones judiciales que llevaron a este último a la cárcel, Tomás ocupó interinamente el cargo de alcalde.

En la otra pata tradicional de la política española encontramos al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Empezando por lo que va a suceder en las próximas elecciones municipales, el PSOE ha presentado como candidato a la alcaldía de Madrid a Pepu Hernández, afamado entrenador de baloncesto recordado por ser el hombre que dirigía a la selección española cuando ganó su primer y único Mundial en 2006. Otro de los recientes fichajes de Pedro Sánchez es la esquiadora María José Rienda, que desde el año 2018 es la secretaria de Estado para el Deporte.

En la pista de atletismo destaca la presencia del oro olímpico de 1500 metros y recordman europeo Fermín Cacho. El soriano fue concejal de deportes en el Ayuntamiento de Andújar bajo las siglas del PSOE. También concejal, en su caso por Ciudad Real, fue José Javier Hombrados, histórico portero de la selección española de balonmano.

Curioso fue el enfrentamiento entre el maratoniano García Bragado y el gimnasta Gervasio Deferr. El primero fue el candidato a la alcaldía de San Adrián de Besós en 2011 bajo las siglas del PP. El segundo formó parte de la candidatura del PSOE en la misma ciudad catalana. Bragado perdió las elecciones pero llegó a ocupar un escaño del Parlamento de Cataluña. Por su parte, el PSOE de Deferr ganó las elecciones pero él únicamente había accedido al juego político de forma simbólica.

En Cataluña, precisamente, tenemos un par de ejemplos a ambos lados del espectro político. En la extrema izquierda o la izquierda antisistema podemos colocar a Oleguer Presas, campeón de Europa con el FC Barcelona y afiliado a la CUP desde el año 2015. Por su parte, Albert Jorquera (portero suplente de aquel equipo) fue concejal del Ayuntamiento de Gerona por los conservadores de CIU cuando presidía la localidad gerundense Carles Puigdemont.

Si ampliamos el foco a otros países es recomendable hacerlo a Sudamérica. En Brasil la legendaria dupla de delanteros victoriosa en el Mundial de 1994 ha revivido sus éxitos en la política. Defendiendo las siglas del Partido Socialista Brasileiro (PSB) Romario fue designado diputado en 2010. Cuatro años más tarde fue investido senador por Río de Janeiro con la mayor cantidad de votos lograda por un político carioca en toda la historia. En 2018 dejó al PSB para liderar un nuevo partido denominado Podemos (no confundir con el español) catalogado de centro y obtuvo el 8% de los votos en su intento de ser elegido Presidente de Brasil. A esa nueva etapa política se sumó su excompañero Bebeto. El que fuera delantero del RC Deportivo fue elegido diputado por el centroizquierda PT (Partido dos Trabalhadores) de Lula da Silva. Sin embargo, en 2017 aceptó la llamada de Romario y se unió al nuevo partido de centro obteniendo también un escaño.

Y, como no, el rey Pelé llegó a lo más alto. Aunque nunca tuvo carnet de partido, Pelé aceptó la llamada de los socialistas y fue ministro de Deportes de Brasil entre 1994 y 1998. Bajo su mandato se promulgó la llamada ‘Ley Pelé’ que obligaba a los clubes profesionales a presentar balances y cuentas y la liberación del futbolista si se producía algún retraso a la hora de cobrar su sueldo.

En Argentina destacan Agustín Calleri, un clásico del circuito tenístico a principios de este siglo y que hoy en día es Gobernador de Córdoba. Por su parte el futbolista Roberto Perfumo fue secretario de Estado para el Deporte y Antonio Rattin, leyenda de Boca Juniors en los 60 y 70, sigue hoy en día formando parte de PAUFE, un partido minoritario de centroderecha.

A nivel mundial hay un ramillete de deportistas que han logrado como políticos gran notoriedad. El ajedrecista Gari Kasparov entró a formar parte del Partido Comunista en 1986. Una vez cayó el régimen comunista se mostró un claro activista a favor de la democracia en Rusia y en 2008 llegó a disputarle la presidencia del país a Vladimir Putin con escaso éxito. Por su parte, el campeón del mundo de boxeo Manny Paquiao es militante del Partido Liberal (centro izquierda). Es senador desde 2016 y ya ha manifestado su deseo de presentarse al cargo de Presidente de Filipinas en las próximas elecciones generales.

La leyenda del AC Milan y Balón de Oro de 1969 Gianni Rivera entró en política en 1986 bajo las siglas de la DC (Democracia Cristiana) y llegó a ser secretario de Defensa a finales de los 90 con el mandato de Romano Prodi. Bicampeón de Europa con el AC Milan también fue el georgiano Kakha Kaladze, aunque, en su caso, a inicios del siglo XXI. A diferencia de Rivera sus postulados políticos son progresistas, pero sus éxitos son parejos. Llegó a ser vicepresidente del Gobierno y desde 2017 es alcalde de Tiflis, capital de Georgia.

Por último, George Weah. El primer futbolista africano que ganó el Balón de Oro fundó el partido conservador CDC (Congreso para el Cambio Democrático) de Liberia en 2005. El delantero liberiano empezó realizando obras humanitarias por buena parte del país y fue creciendo desde la nada hasta que en 2017 fue elegido presidente de su país con más del 60% de los votos.

https://www.youtube.com/watch?v=LJOcWNECNFk

P.D: Nos queda la figura de mi favorito, Bill Bradley. El hombre perfecto. Pero eso merece capítulo aparte.

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A propósito del Brexit. El reinado inglés en el fútbol europeo de los 70 y los 80

Tras la II Guerra Mundial los archienemigos franceses y alemanes se sentaron tras una mesa y contemplaron la hecatombe que habían originado. Tras la masacre afloraron dos bestias pardas que habían contribuido a crear tanto en Oriente como en Occidente, y llegaron a la brillante y simple conclusión de que o bien se ponían a trabajar juntos o bien quedarían los restos de lo que antes había sido la hegemónica Europa. Así fue gestándose la Unión Europea, con la inestimable ayuda del fútbol, quizás el único objeto de deseo que los europeos compartimos desde Lisboa hasta Sebastopol.

Pero los británicos dijeron que no. En principio no. Su país no había sido arrasado por las bombas y se mantenía como líder comercial gracias al poder de su ya por entonces paupérrimo Imperio llamado ahora Commonwealth. Y el fútbol. El fútbol era un invento inglés. Y por supuesto no necesitaban ni la FIFA ni la Copa de Europa ni tonterías varias. No había mejor fútbol que el que se practicaba en las Islas Británicas.

Pero los tiempos habían cambiado. Mientras Francia, Alemania y hasta la raquítica Italia crecían de forma imparable en la posguerra, Gran Bretaña no carburaba, el Imperio se hacía pedazos y Estados Unidos se pasaba por el forro la flema y los modales. Así que al león británico no le quedó más remedio que entrar en la Unión Europea en 1973.

No pudo haber escogido peor momento.

La crisis del petróleo de 1973 puso fin a los años de bonanza de la posguerra. Los países que habían alcanzado la prosperidad aceptaron el desafío y fortalecieron sus lazos más si cabe. Fue una década dura para todos. Para el Reino Unido fue terrible. Fueron años de paro, recortes, desindustrialización y huelgas. Luego vino Margaret Thatcher y enderezó el país dotándolo de orgullo y patriotismo, o populismo, como se dice en estos tiempos. Y Gran Bretaña nunca pasó a ser miembro pleno de la Unión Europea. El brexit siempre estuvo en el aire desde el año 0. Nunca cumplió con Schengen (mantiene restricciones en la libre circulación de personas), no aceptó el euro (mantiene la libra) y es el único país de la UE que rechazó la carta de derechos europeos.

El proyecto europeo siempre ha sido para los ingleses un instrumento, nunca un fin ni un ideal. El escenario donde poder levantar cabeza y reafirmar sus sueños de grandeza. Una vía para poder ejercer una influencia que se desvanece por todo el orbe.

Luego vino el Brexit (o eso parece) por causas que más o menos todos conocemos. Pero estos son los orígenes. Unos orígenes que se remontan a la década de los 70, al mismo momento en el que el Reino Unido decide incorporarse sin demasiada fe a la Unión Europea. Buscaron luz donde había negrura y no lograron iluminar la estancia. Y es que los 70 en Inglaterra fueron lúgubres. Acabado el boom de la minifalda y de los Beatles, perdido el Imperio y aislados del resto de Europa, los británicos vivían instalados en la depresión.

Pero, ¿y el fútbol?

Inglaterra había ganado el Mundial de 1966 en casa. Tenían una buena generación y aprovecharon los beneficios arbitrales de actuar como anfitrión. Aquel grupo cayó en semifinales de la Eurocopa del 68 y feneció definitivamente al perder ante Alemania en cuartos de final del Mundial de México 70. Al fin se había ganado un Mundial, y los ingleses tenían argumentos para mantener viva la llama del aislacionismo y de la supuesta superioridad de su fútbol.

La desdicha llegó poco después. En 1974 y en 1978 Inglaterra no consiguió clasificarse para el Mundial. Practicaba un juego rudimentario basado en lanzar el balón hacia adelante, sus jugadores no eran conocidos internacionalmente y, por si fuera poco, lo habitual era escuchar historias de alcohol y de drogas entre muchos de sus componentes. El Manchester United, el único equipo inglés con sentido internacional, había descendido de categoría. De pronto la Inglaterra de provincias hizo su aparición.

Y la Inglaterra de provincias salvó al siempre colosal orgullo inglés. Fueron los años del Forest y del Aston Villa. Las victorias más sorprendentes que ha forjado la Copa de Europa. Entre 1977 y 1984 (con la excepción de 1983) algún equipo inglés fue campeón de la Copa de Europa de fútbol. Y lo hicieron desde el anonimato. Fueron conjuntos de ciudades provinciales, sin tradición, que representaban lo más profundo de la Inglaterra más profunda. Lugares donde la insularidad era acusada.

Durante el bienio 1979-1980 en Europa reinó el Nottingham Forest, el más fiero exponente de los midlands ingleses. Un equipo sin historia y sin tradición (y también sin dinero, lo que lo distingue de ‘trapalladas’ como el Manchester City) que en el espacio de tres años pasó de la segunda categoría del fútbol inglés a ser bicampeón europeo. Es cierto que tuvo cierta suerte en las eliminatorias, pero machacó a Ajax, Hamburgo o Colonia por el camino, rivales de enjundia en esos tiempos. Lo hizo con un fútbol directo basado en el contraataque y la solidaridad de sus jugadores. Tan sólo la fama del fenomenal portero Peter Shilton ha cruzado las aguas del Canal de la Mancha. Otros como Viv Anderson o Trevor Francis quizás suenen a los estudiosos del fútbol. Los demás son simples obreros sin nombre ni recuerdo al escapar del corazón de la campiña inglesa.

Más sangrante para la Europa futbolera y más satisfactorio para el inglés medio fue la victoria del Aston Villa en 1982. El Villa es el principal equipo de Birmingham, quizás la más inglesa de las ciudades inglesas. Cuna de la Revolución Industrial, se jacta de ser lugar de nacimiento de mil y un inventos y mil y una empresas, entre las que por supuesto están varios deportes como el criquet, el fútbol o el tenis. El Aston Villa había sido un grande en los albores de la competición a finales del siglo XIX, pero cuando en 1981 gana la Liga inglesa sorprende a propios y extraños. Con un fútbol cicatero, elemental y ultradefensivo elimina a Dinamo de Kiev y Anderlecht para ganar al Bayern de Münich en la final. En el caso del equipo de Birmingham no hay nadie, absolutamente nadie, que sea digno de guardar en el recuerdo. Ni tan siquiera su entrenador, ya que Tony Barton había accedido al cargo escasamente dos meses antes de la disputa de la final. El triunfo del Villa elevó el ego ingles hasta el infinito en una demostración de conjunto, lealtad y solidaridad entre compatriotas, que daba por sentado la superioridad frente a los incautos al otro lado del estrecho de Dover.

Por el camino hubo otros equipos recordados en la isla y olvidados fuera de ella. Equipos sin jugadores plausibles de aparecer en la lista del Balón de Oro, incapaces de destacar en un Mundial, indignos de ser recordados en un tomo sobre ases del balón, pero que dejaron su huella en Europa. El Leeds United, subcampeón de la Recopa en 1973 y de la Copa de Europa en 1975 y considerado uno de los equipos de fútbol más duros que se recuerdan. El ‘Dirty Leeds’ (sucios Leeds) hizo apología del destrozo al rival capitaneados por Billy Bremmer, un centrocampista pequeño y aguerrido que coleccionaba tarjetas partido tras partido. También fue subcampeón de la Recopa (1976) el West Ham, el conjunto de la clase obrera londinense con un fútbol y una alineación imposible de recordar. Igualmente perdió la final el Arsenal (1980), mientras que el Everton se proclamó campeón en 1985 con un equipo más ofensivo pero de escaso relieve. Por su parte el Tottenham venció en la Copa de la UEFA (1984) con Steve Archibald como jugador estrella, un delantero de escaso recuerdo en su posterior aventura en el FC Barcelona. Pero quizás el más estrafalario de los campeones fue el Ipswich Town en 1981. Conocidos como los ‘tractor boys’, el equipo del este de Inglaterra era un modestísimo conjunto. Practicaba un fútbol atractivo pero de arraigado carácter británico comandado por el central Terry Butcher, defensa que pasó a la historia por perder la cintura ante Maradona en México 86.

He omitido deliberadamente al gran Liverpool, la excepción que confirma la regla. El único equipo inglés que apostaba abiertamente por un juego de toque, de posesión y en el que el ataque primaba frente a la defensa. El famoso ‘passing game’ hizo grande al Liverpool y lo convirtió junto al Manchester United en el único conjunto inglés ‘europeo’, querido y respetado fuera de Gran Bretaña. Entre 1973 y 1984 se alzaron con 2 Copas de la UEFA y 4 Copas de Europa. Durante una década fue estandarte del fútbol europeo, liderado en un primer momento por Kevin Keegan, un doble ganador del Balón de Oro pequeño y de gran desborde y después por Kenny Dalglish, un escocés igual de diminuto pero con menos desborde y más gol. Pero, a pesar de todo, el triunfo de Liverpool fue una victoria del conjunto. Se recuerda más al equipo que a las estrellas. Primaba la fortaleza y la determinación inglesa frente a los focos y los millones de las vedettes del Continente.

Y es que las vedettes de aquellos equipos ingleses de entre décadas eran los entrenadores. Bill Shankly (Liverpool) Don Revie (Leeds), Bobby Robson (Ipswich Town), Howard Kendall (Everton) o Brian Clough (Nottingham Forest). Ellos representaban el estereotipo del inglés medio. Con sus lógicas diferencias todos personificaban al ‘míster’. Hombres educados, sencillos a la vez que inflexibles, egocéntricos y desconfiados, de lealtad intachable y de extrema eficiencia. Esos equipos eran sus equipos. Y esos equipos representaban a un pueblo. A una comunidad. Representaban a Inglaterra ante el resto de Europa. Como si de la Royal Navy se tratase y cada entrenador fuese un Nelson en miniatura.

Ese cóctel victorioso levantó el orgullo de los ingleses, pero también hizo que mucha gente inadaptada y desilusionada con la vorágine de la globalización se refugiara en el hooliganismo. Encontraron en el fútbol el nuevo faro de los ideales británicos. Cuando los muertos en las gradas traspasaron el Canal de la Mancha y ensangrentaron Heysel en la trágica final europea entre Liverpool y Juventus de 1985, la euforia futbolera se evaporó y un nuevo telón de acero se erigió entre Europa y las Islas Británicas. El fútbol mantuvo a Inglaterra en Europa a caballo entre los 70 y los 80. Heysel contribuyó a volver a separarlas entre los 80 y los 90, justo cuando en la mesa estaba la pluma preparada para firmar el Tratado de Maastricht.

“Todos nuestros problemas han venido de la Europa continental, y todas las soluciones han venido de las naciones anglohablantes a lo largo y ancho del mundo”. Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido.

“Los ingleses tienen tantos deportes porque cuando otro país lo derrota inventan uno nuevo”. Peter Ustinov, actor nacido en Londres ganador de dos premio Óscar.

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Gheorge Gruia

Rumanía no es un país agraciado en la esfera internacional. El estándar difundido es el de una multitud de gitanos pidiendo y robando con los colmillos afilados cual conde Drácula. Es así. Como también lo es que Rumanía es el más occidental de los países orientales. Bucarest es una pujante metrópoli y las playas del Mar Negro causan la misma atracción para los eslavos que las del Mediterráneo para los urbanitas occidentales. Durante siglos, Rumanía fue el único país occidentalizado de Europa Oriental. Aprisionado por los Cárpatos y bebiendo del Danubio, mantuvo un idioma propio, el único oriundo del latín que no comparte frontera con otro país.

Como paria a nivel mundial, ningún rumano nos surge de improvisto cuando pensamos en grandes personalidades. Rumanía, como tantos otros países, debe buscar en el deporte una forma de reconocimiento internacional, y eso fue lo que logró a través de tres grandes deportistas a caballo entre la década de 1960 y la de 1970. Tanto Nadia Comaneci en gimnasia como Ilie Nastase en tenis, lograron ser los mejores del mundo en sus disciplinas. Sin embargo, sólo existe un rumano que haya sido nombrado por los organismos internacionales como el mejor deportista en la historia de su especialidad. Es, con todo, un hombre desconocido para la gran mayoría de los aficionados, e incluso no es demasiado popular en Rumanía porque estuvo más de la mitad de su vida trabajando en México, a más de 10.000 kilómetros de su Bucarest natal. Se trata de Gheorge Gruia.

Gheorge Gruia está considerado el mejor jugador de balonmano de todos los tiempos. Pero antes de eso, hizo muchas otras cosas. Era un ejemplar extraordinario de 1’90 de altura al que le encantaba practicar deporte. Todos los fines de semana competía desde el alba hasta la noche con igual destreza en atletismo, voleibol, esgrima o lucha. Fue campeón rumano de triple salto y un magnífico decatleta, y en 1961, con 21 años de edad, participó con su selección en el Mundial de Voleibol.

Según se cuenta, al volver de ese campeonato Gruia coincidió entrenando en las instalaciones del Steaua de Bucarest con los miembros del equipo de balonmano. El entrenador del Steaua le pidió a Gruia que cogiese un balón y que se animase a lanzar unos tiros. Era la primera vez para Gheorge. Tras un par de botes, pegó un salto y lanzó con toda su alma, con tan mala puntería que el balón salió varios palmos fuera de la portería. Fue a rebotar con un barril de madera que había junto a un poste, que con el violento impacto quedó hecho trizas. Los jugadores del Steaua, entre los que había varios internacionales rumanos, quedaron con la boca abierta ante la potencia del salto y del lanzamiento.

Al mes siguiente Gheorge había dejado el resto de deportes para dedicarse en exclusiva al balonmano. Tres meses después ya era internacional con Rumanía y un par de años más tarde ya era campeón del mundo. Había empezado a jugar con 21 años y con 24 ya era el mejor jugador del planeta. Había nacido la leyenda de ‘Mano de Oro’.

Gruia formó parte de un equipo legendario que dominó el mundo del balonmano durante una década. Era un lateral zurdo, de una potencia y de un salto descomunal, que aportaba la mitad de los goles tanto en su equipo como en la selección nacional. Y eso no era poca cosa. En un período de 14 años Rumanía ganó 4 Mundiales, gracias a leyendas como Cristian Gatu o Stefan Birtalan. Gheorge Gruia fue el nexo de unión entre la primera generación (1961) y la última (1974), del paso de un deporte jugado al aire libre por 11 jugadores a uno disputado en un pabellón por 7 deportistas, así como del paso de un deporte de pocos goles a uno de muchos tantos.

Como todos los grandes de cualquier deporte, ‘Gurita’ (como era conocido entre sus amigos) aunaba talento y trabajo. Los líderes suelen ser unos tiranos, y para que el resto del equipo siga al líder éste debe mostrar capacidad de sacrificio. Dicen que el día que Gruia pasó de joven talento a gobernador del balonmano fue en un choque europeo en 1964. Steaua se enfrentaba al Dukla Praga en Checoslovaquia. Gruia tenía 40 grados de temperatura y un cuadro vírico que incluía tos y sarpullidos. Dado que no se fiaba del médico de su equipo, bajó al vestuario del rival y fue examinado por un galeno del Dukla, el cual le recomendó 4 días de reposo en cama. Gruia le preguntó si podía jugar y el médico le advirtió del riesgo de sufrir una miocarditis por culpa del esfuerzo. Haciendo caso omiso de las recomendaciones, Gruia saltó a la pista a falta de 10 minutos y anotó 7 goles para dar la victoria al Steaua.

Era un coloso, un fornido zurdo de brazos hercúleos. En el Mundial de 1970 se le midió un lanzamiento a 145 km/h. Un periodista lo definió como el hombre que amaba el vacío, porque parecía que permanecía congelado en el aire. Además de ‘mano de oro’ también le apodaban ‘el Pelé del balonmano’, porque al igual que el genio brasileño llevaba el número 10 y emborrachaba de goles a los rivales.

Pero tanto Gruia como el resto de sus compañeros no veían reflejado su excelencia en términos capitalistas. Ellos jugaban por su país, por el orgullo de defender la camiseta nacional. Oficialmente no recibían sueldo alguno ni por parte del club ni por parte de la selección nacional. Es por eso que cuando Gruia viajaba al extranjero con motivo de algún choque internacional aprovechaba para conceder entrevistas previo pago en dólares por la exclusiva.

Nicolae Ceauçescu fue durante más de dos décadas (1967-1989) el más represivo de los dirigentes del bloque comunista. La paradoja es que eso nunca fue ni percibido ni admitido en Occidente hasta su muerte. Rumanía mantuvo una política de aperturismo y de desobediencia frente a la URSS que le granjeo simpatías en el bloque capitalista. Además, desde el siglo XVIII, la clase dirigente rumana siempre fue francófila, por lo que los rumanos invariablemente tuvieron muy buena prensa en Paris, y ya se sabe que Paris marca tendencia en el mundo. De hecho, al igual que Rumanía, Francia mantenía una estrategia de desobediencia similar. Desde Charles de Gaulle, todos los presidentes franceses se mostraron desobedientes hacia Estados Unidos y firmaron convenios bilaterales con países del bloque soviético.

Pero Ceauçescu era un feroz dictador. Y también un mentiroso. Le había prometido a Gruia que podría salir de Rumanía en 1972, una vez concluyera la participación rumana en los JJOO de Münich. Gruia tenía decenas de ofertas de clubes, esencialmente de escuadras alemanas. Al final se inclinó por el TV Grosswallstadt, un club de Baviera que era el dominador europeo del momento. Se decantó por ellos porque le prometieron, además del sueldo, un flamante Mercedes descapotable, algo impensable para un joven rumano de entonces.

Se contaba con que los rumanos lograsen la medalla de oro, pero Rumanía cayó por sorpresa ante Yugoslavia y se tuvo que conformar con una presea de bronce. Tan sólo dos días después de la disputa de la final de consolación, dirigentes del TV Grosswallstadt esperaban a Gruia montados en su nuevo Mercedes descapotable. Sin embargo, enfadado por el resultado, Ceauçescu ordenó retirarle el pasaporte tanto a él como a su mujer y a su hija, por lo que Gruia tuvo que volver a Bucarest por miedo a quedar aislado de su familia.

A pesar de todo Gruia seguía siendo una celebridad nacional, por lo que Ceauçescu tenía que tener cuidado con él. En 1973, con sólo 33 años y siendo el mejor jugador del mundo, ‘Gurita’ decidía retirarse. Ceauçescu le había prometido dejarle marchar de Rumanía siempre y cuando no volviese a jugar al balonmano. Tenía ofertas muy lucrativas de Jordania y de Kuwait para ser entrenador, pero nuevamente Ceauçescu incumplió su problema. Pasaron cinco años más hasta que lo dejaron marchar. Por el camino perdió la oportunidad de ganar otro Mundial con su selección en 1974.

Finalmente en 1978 consiguió permiso para emigrar a México con su familia. El gobierno mexicano, tras el éxito de los JJOO de 1968, estaba contratando a los mejores especialistas de cada deporte para elevar el nivel competitivo del país azteca. Gruia aterrizó en México D.F. con 7 dólares en el bolsillo, sin saber una palabra de castellano y llegó a un país donde se jugaba al balonmano con pelotas de voleibol. Se convirtió en entrenador y asesor de la Universidad Autónoma de México y recibió un sueldo de 1.500 dólares mensuales, de los que algo más de la mitad tenían que ser entregados a la embajada rumana. Años después consiguió llevar a su esposa y a su hija hasta México tras conseguirle a su mujer un trabajo como bibliotecaria. Fue poco después de que su esposa descubriese que tenía micrófonos ocultos en las tazas del café.

Gruia tardó 21 años en volver a Rumanía gracias al programa televisivo ‘Sorpresa, sorpresa’ y, aunque volvió en alguna ocasión más, vivió feliz en América junto a su familia hasta su muerte en 2015. Fue enterrado en el cementerio francés de México D.F. y una bandera rumana cubrió su ataúd. Decía que para no olvidarse de su país, le hablaba en rumano a su perro. No había rencor. En una entrevista poco antes de su muerte afirmaba que a pesar de todo lo vivido estaba en contra del ajusticiamiento público al que fue sometido Ceauçescu.

“Aquella selección era insuperable. Todos éramos montañas altas, pero Gheorge era el Himalaya”. Stefan Birtalan.

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Cláusula de rescisión

El 31 de agosto es día de faxes (sí, aún se usan los faxes), llamadas telefónicas entre agentes, futbolistas, directivos y periodistas. Es una noche de alegría o de decepción para los aficionados. Esta temporada, tanto en Inglaterra como en Italia, han tenido la maravillosa idea de no joder las guías de la Liga o los álbumes de cromos, y cerrar el mercado de fichajes antes del inicio del campeonato. En España no. Por supuesto que no. La Liga comenzó el 17 de agosto, pero las plantillas no se han cerrado hasta dos semanas más tarde.

Más allá de un sin sentido que esperemos que tenga pronta solución, la particularidad del mercado de transacción de futbolistas en España es la existencia de las cláusulas de rescisión. Es una figura jurídica única en el mundo y derogarla implicaría un acuerdo parlamentario. Son efectivas por el Real Decreto 1006/1985 y su origen está en la protección de los derechos del deportista y de los clubes.

Hasta 1985 existía el derecho de retención, que `grosso modo´ imposibilitaba que un futbolista abandonase un club si este no se lo permitía y si era capaz de igualar el salario que le ofrecía un tercero. Realmente siempre que lo aumentase un 10% le era permitido. El truco estaba en que cuando el chaval tenía 17 o 18 años firmaba un contrato ridículo por lo que por mucho que aumentase un 10% el salario, la soldada nunca iba a ser muy elevada. La promulgación del Real Decreto 1006/1985 daba, más que protección, una poderosa arma a los futbolistas para cambiar de aires con mayor facilidad y poder ascender en la escalera social del fútbol. Desde 1985, los clubes más poderosos pueden tirar de chequera y saltarse cualquier negociación impidiendo que los equipos pequeños retengan a un futbolista en contra de sus deseos.

Si bien pensamos que es el club comprador el que abona la cantidad marcada en la cláusula de rescisión, quien debe afrontar el pago es el futbolista que está comprando su “liberación”. Sin embargo, aunque el jugador es el que abona la transferencia, obviamente el club comprador es el que está asumiendo el coste.

La única liga de fútbol importante donde hay un sistema legal similar es Brasil. También en China, liga menor pero con un volumen creciente de estrellas y de dinero, el sistema es parecido, aunque sujeto a condiciones estatales impuestas por el Politburó del Partido Comunista. Lo mismo sucedía hasta 1989 en todos los países de la órbita de la URSS.

A nivel mundial, la FIFA sólo permite establecer el precio de venta de un jugador cuando un futbolista lleva 3 o más temporadas en un mismo equipo y firmó el contrato antes de los 28 años. Si supera esa edad, el listón se baja a 2 temporadas, pero siempre y cuando sea la primera firma y no haya rubricado ninguna renovación o modificación contractual. Para los demás supuestos a los futbolistas sólo les queda la pataleta, tensar la cuerda y ponerse en rebeldía, aunque si se niegan a jugar sin causa justificada la FIFA permite a los clubes imponer una sanción de empleo y sueldo por un máximo de 4 meses.

Volviendo a España y a sus famosísimas cláusulas de rescisión, al principio el procedimiento fue del agrado de la patronal. Los clubes ponían cláusulas elevadas y los grandes equipos extranjeros tenían que rezar para que el club español de turno tuviese problemas de liquidez para poder negociar a la baja. Pero eso era antes. Ahora es el jugador el que tiene el poder, el que decide cuando y donde quiere jugar. Exige subidas de sueldo y lo consigue porque es un activo, y el club sabe que cuando un jugador está a disgusto o no juega pierde valor. El futbolista tiene poder porque es una mercancía, para lo bueno y para lo malo. Pero es una mercancía perecedera, que debe ser vendida en el momento oportuno.

El primer jugador que se acogió a su cláusula de rescisión para cambiar de equipo fue Paco Llorente, que dejó el Atlético de Madrid en 1987 para firmar por el rival merengue. Cobraba 18.000 euros anuales y el Real Madrid le ofrecía 360.000. Los blancos pagaron los 50 millones de pesetas (300.000 euros) de la cláusula y Llorente pasaba a formar parte de la historia.

Los casos no eran muy frecuentes por entonces, pero todo cambió tras la aprobación de la Ley Bosman y la libre circulación de futbolistas comunitarios. El primer gran conflicto en un cierre de mercado se produjo el 31 de agosto de 1996 cuando el Real Madrid abonó 1.200 millones de pesetas (7’2 millones de euros) al Valencia para hacerse con los servicios de Pedrag Mijatovic, una afrenta aún no olvidada en la ciudad del Turia. Al año siguiente, el FC Barcelona, a falta de escasos minutos para el cierre del mercado, enviaba un fax a la Liga y se hacía con los servicios de Rivaldo tras pagar los 4.000 millones (24 millones de euros) de su cláusula de rescisión al RC Deportivo.

En la siguiente temporada el Betis fichó a Denilson por 5.500 millones (33 millones de euros) de pesetas, y para asegurarse que ningún club grande le robase a su galáctico, el presidente del Betis, Manuel Ruiz de Lopera, con el beneplácito del centrocampista brasileño, estableció una prohibitiva cláusula de rescisión de 65.000 millones de pesetas (390 millones de euros), cifra disparatada hasta para los qataríes del PSG.

A veces ni hace falta pagar la cláusula. Ha habido algún caso que otro de futbolistas que han ido a juicio para solicitar una rebaja en el precio de la cláusula de rescisión al considerarla abusiva. Quizás el más conocido fue el del delantero internacional español Mista. Militaba en la cantera del Real Madrid cuando le ofreció un contrato el Tenerife. Como todo jugador de un equipo filial, Mista tenía un sueldo modesto y una cláusula elevada para evitar su marcha. Pleiteó y argumentó que su cláusula era desproporcionada en relación a su ficha y consiguió firmar por el Tenerife por la mitad del precio que marcaba su cláusula de rescisión.

Este verano hemos presenciado varios casos de fichajes clausísticos, como de costumbre. El más significativo es el de Kepa, que ha cambiado Bilbao por Londres tras abonar los 80 millones de euros de su cláusula, cuando hace apenas 7 meses había firmado una renovación de su contrato con un sustancial aumento de sueldo.

La tendencia general en el ideario de la mayoría de los clubes es la de eliminar las cláusulas de rescisión, lo que permitiría mayor flexibilidad para negociar. Cuando Florentino Pérez ganó las elecciones sacando a Figo del Barça, el proceso sufrió una hecatombe que se solucionó elevando las cláusulas al estilo Lopera. Los años pasaron, las aguas volvieron a su cauce y los grandes equipos volvieron a olvidarse de las cláusulas, pero el caso Neymar ha cambiado todo y ha provocado un cataclismo en el pensamiento de los mandamases de FC Barcelona, Real Madrid e incluso de otros como Atlético de Madrid o Athletic de Bilbao.

Pocos pensaban que hubiese un equipo capaz de seducir económica y deportivamente a un jugador de Barça o Madrid. El PSG lo hizo la temporada pasada y dejó sin poder de reacción al FC Barcelona tras abonar los 222 millones de la cláusula del delantero brasileño.

El debate está en si la cláusula posibilita o impide la marcha de los futbolistas. Sus defensores sostienen que marca una barrera infranqueable o al menos justa ante un traspaso. Los detractores mantienen que establece un precio de mercado que convierte en papel mojado el contrato firmado. El caso es que mientras tengamos cláusulas y cierre de mercado el 31 de agosto, tendremos diversión asegurada todos los veranos.

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