Archivos

Clásica de Bretaña. Guía de viaje

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Así reza la introducción del primer cómic de Astérix publicado allá por el año 1959. Pero, ¿dónde está esa aldea? Sabemos que se ubica en Armórica y que está rodeada por cuatro destacamentos romanos, siendo el más celebre el de Petibonvm. También, al acercar la vista con la lupa, comprobamos que es un enclave costero con acceso al mar. Está al noroeste, entre Bretaña y Normandía, aunque las pistas nos indican que orbita más hacia el finisterrae que hacía el este. La pista nos la da un cómic donde Astérix y Obélix desembarcan en Gesocribate (Brest) y comentan que están cerca de su poblado. Por lo tanto, viven en Bretaña.

Aunque Albert Uderzo, creador del cómic, siempre afirmó que la aldea es fruto de su imaginación, los historiadores consideran que se ubica en la costa de Armórica en un lugar llamado Erguy. El motivo es que hay tres islotes frente a la playa, un accidente paisajístico que también aparece en los cómics. Aunque Erguy promociona turísticamente el filón, hay centenas de pueblos que hacen lo propio. Lo fidedigno es que Astérix y Obélix son bretones. Cualquiera que haya leído alguna vez en su vida un cómic de Uderzo conocerá paisajes y costumbres de esta preciosa región francesa.

La irreductible aldea gala…

Bretaña evoca a infancia. A tradición. A andar en bicicleta. Después de cada guerra el Tour de Francia siempre se ha refugiado en Bretaña. Es el norte, la frontera con Bélgica y Alemania la cuna del ciclismo. También es tierra de obuses y trincheras. En Bretaña hay paz y tranquilidad. Paisajes bucólicos y paseos inolvidables. Una quinta parte de los ganadores galos en el Tour nacieron en Bretaña, incluido Bernard Hinault, quíntuple vencedor. En una tierra donde apenas hay inmigrantes porque siempre llueve. En los años dorados del ciclismo, allá por la década de 1960, se organizaban carreras en cada uno de los municipios de la región.

Es Bretaña, como Gales, como Irlanda y como Galicia, tierra celta. Y no sólo ese pasado es común. También el verde y las carreteras. Falsos llanos, terrenos quebradizos, sin grandes ascensiones, pero con continuos subes y bajas que destrozan las piernas y forman a auténticos luchadores. En Bretaña se habla diferente y también se pelea diferente, siendo leal a Paris, pero reivindicando con fuerza que Francia no es sólo Paris.

La Clásica de Bretaña es una prueba reconocida y exigente que se disputa siempre el último domingo de agosto. Ensombrecida por la disputa en las mismas fechas de la Vuelta a España, tiene dificultad para atraer estrellas, pero su fama es prodigiosa tanto en Francia como en el norte de Europa. La carrera tiene su salida y su llegada en Plouay, corazón del ciclismo francés. Es apenas un pueblo de 5.000 habitantes, pero entre sus calles se llegó a disputar el Mundial de ciclismo del año 2000 y desde 1931, camino ya del siglo de vida, tiene lugar una de las clásicas más reconocidas del ciclismo.

La costa de Bretaña (Morbihan)

Son 260 sinuosos kilómetros, perfectos para cambios de ritmo y movimientos desestabilizadores, con un recorrido variable que se adentra en el Morbinhan y en Finisterre. Se suele salir hacia el noreste para, en sentido contrario a las agujas del reloj, retornar al punto de partida. Tras la primera parte de la carrera se puede llegar a las estribaciones del Menez-Hom (la Montaña Negra), uno de los puntos más altos de Bretaña con apenas 330 metros. Lugar de parapentistas, es un enclave natural con soberbias vistas sobre la ensenada de Brest. Montaña sagrada de Armórica, lugar de druidas y menhires, se dice que el rey de Cornualles descansa sobre esta ladera por culpa de una maldición de amor que le hizo crecer unas orejas y una cola de caballo.

Descendiendo, y no muy lejos, encontramos castillos descomunales. Uno de ellos es el de Trévarez, prototipo de mansión bretona y primer lugar en toda Bretaña en contar con ascensor. Luego la carrera sigue en dirección sur entre bocage, vacas, manzanos, hortensias y más vacas. Los esforzados de la ruta tomarán sus barritas energéticas y sus bebidas isotónicas como avituallamiento. Los aplaudidores de las cunetas podrán optar por delicatessen más interesantes. Mar y montaña.

Para los primeros langostinos y bogavantes del Finisterre bretón, pero también centollas, vieiras o mejillones. También caballas, sardinas, merluzas o lenguados. En todo caso no hay nada más típico como la tortilla francesa de mejillones. En Bretaña los mejillones se cultivan en vertical usando estacas de roble clavadas en la arena. También destaca la ostra morlaisienne y la plana de Bélon, con sabor a avellana. Si el visitante quiere carne cuenta con estupendo ganado vacuno, no obstante, no hay nada más típico que una crépe (trigo blanco) o una galette (trigo negro) rellena al gusto. También son válidas para el postre, aunque en Bretaña, como en todo el norte de Francia, un postre sin mantequilla no es un postre. Indispensable probar un kouign amann, cuya traducción no deja lugar a dudas de lo que tratamos; pastel de mantequilla. Eso sí, la mantequilla en Bretaña (a diferencia de Paris) lleva cristales de sal.

Con el estómago lleno el pelotón llega a Lorient, la ciudad más poblada de la región. Ciudad creada en el siglo XVI como astillero para los barcos franceses que navegaban alrededor del mundo, en el siglo XX fue base de submarinos de la Alemania nazi. Una vez avanzado Lorient ya la carrera se adentra en el golfo de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño. Allí nos encontramos con Concarneau, un excepcional conjunto de callejas intramuros. Su célebre Ville Close, es un amurallado islote medieval unido a tierra firme por dos puentes desde el que se observa un agitado puerto pesquero.

Luego toca Quimper, una de las más bellas y luminosas ciudades de Bretaña. Antigua capital del reino de Cornualles, cuenta con una espectacular catedral gótica. Preciosa ciudad medieval con entramados de madera, es el lugar ideal para tomarse una sidra elaborada con uno de los 200 tipos de manzanas diferentes con los que cuenta Bretaña. El barrio más celebrado de Quimper es el de los ceramistas, con numerosos teatros, creperías y con una preciosa iglesia románica del siglo XII. Si el tiempo acompaña, y debería hacerlo dado que estamos a finales de agosto, también seducen sus buenas playas, largas y recogidas del siempre frío viento del norte.

Volviendo ya hacia el noroeste, toca visitar Vannes. Levantada sobre restos galorromanos, se trata del centro urbano más importante del golfo de Morbihan. Rodeado de murallas, su casco histórico es simplemente espectacular. En Vannes arribó Benjamin Franklin cuando, como ministro de exteriores, viajó a Francia para pedir ayuda económica y militar en la lucha que las colonias americanas mantenían contra Gran Bretaña para lograr la independencia. Fue de Bretaña de donde salió la idea de las barras y estrellas para la bandera de Estados Unidos, de ahí su gran parecido con la de Bretaña. Muy cerquita, en Auray, había tenido lugar la famosa batalla que en la que los bretones lograron en 1364 una independencia que duraría siglo y medio hasta que finalmente pasaron a formar parte del Reino de Francia.

Antes de acercarnos a Plouay, la ruta abandona definitivamente el Atlántico en la Costa Sauvage. Desde allí se puede ir en barco a la isla de Moines, de exuberantes vegetación, hermosos senderos y numerosas calas. Justo enfrente está la isla de Arz, conocida por su rica vida aviar. En la Costa Sauvage cada rincón es una lengua de granito que se adentra en el mar proporcionando un regalo para los sentidos y un paraíso de luces cambiantes para los fotógrafos.

Por entonces la carrera ya suma 200 kilómetros de recorrido. Antes de que los ciclistas busquen la victoria toca pasar cerca de Carnac. Más desconocido que Stonehenge, Carnac deslumbra por la vertiginosa extensión de sus campos de menhires de tres metros de altura y más de 5.000 años de antigüedad.

Los menhires de Carnac

Aunque el terreno es siempre quebradizo, la carrera suele dictar sentencia en el circuito de menos de 15 kilómetros que rodea a la villa de Plouay. Allí se afrontan tres tachuelas, todas cortas y todas exigentes, y mucho más tras seis horas de esfuerzo continuado. Si algún favorito consigue romper el grupo tiene la victoria a su alcance. Quizás un grupo reducido se la juegue en el sprint final. El circuito comienza y termina en el Boulevard des Championnats du Monde, a las afueras de la localidad. En un primer momento se interna en Plouay, para inmediatamente dirigirse hacia al norte afrontando la primera dificultad montañosa, la Cote du Lezot, que consta de unos 600 metros a una pendiente media cercana al 7 %. Luego hay otro accidente montañoso tras rodear un frondoso bosque. Se trata de Chapelle Saint Anne des Bois (1,2 km al 5 %). Tras este rodeo se vuelve al punto donde se separan los dos circuitos para afrontar, desde el oeste y en dirección de nuevo a Plouay, la cota más dura del día, Ty-Marrec (700 metros al 75). De ahí, quedan 4.000 metros hasta la línea de meta.

Saint Anne des Bois

La Clásica de Plouay se creó en 1931 y se ha disputado ininterrumpidamente hasta la actualidad excepto durante la Guerra Mundial. En 1989 adoptó el nombre oficial de Clásica de Bretaña. El palmarés de la prueba fue completamente dominado por corredores franceses hasta inicios de los 80, cuando la prueba fue internacionalizándose. Hasta un total de ocho ciclistas han levantado los brazos como vencedores en Plouay en dos ocasiones, sin que exista, pues, un triunfador hegemónico. Corredores de la fama de Wout van Aert, Vicenzo Nibali o Sean Kelly han logrado la victoria en el gran premio bretón.

Van Aert

Otras guías de viaje

Paris-Niza (la ruta del Sol que da inicio al buen tiempo)

Clásica de San Sebastián (un paseo por tierras donostiarras)

Gran Premio de Montreal (de paseo por tierras de Jacques Cartier)

Gran Premio de Estella (una vuelta por tierras navarras)

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)


¿Quieres recibir un email cada vez que se publique una entrada nueva?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.