Una historia de Estados Unidos (Jack Johnson)
“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas; que todos los hombres son creados iguales”, concluyó Thomas Jefferson aquel 4 de julio de 1776 en Philadelphia. ¡Dónde mora la libertad, allí está mi patria!, exclamó Benjamin Franklin entre vítores. Thomas Jefferson era descendiente de la aristocracia inglesa. Ben Franklin, considerado The First American, era hijo de inglés, lo que no le impidió ser considerado el definidor del espíritu estadounidense en base al trabajo duro y a los valores del libre progreso científico promovido por el Estado. George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental que desde ese 4 de julio luchará frente a Inglaterra en loor de la independencia, será nombrado en 1789 primer presidente de Estados Unidos. No importó que su abuelo fuese inglés, que él de joven hubiese servido para el ejército británico y que con 11 años hubiese heredado diez esclavos negros.
A la hora de su muerte George Washington tenía 317 esclavos.
Al menos en su testamento liberó a todos ellos de sus obligaciones.
Fue el único padre fundador que lo hizo.
James Madison falleció dejando a 100 personas esclavizadas de por vida. 25 de los 55 primeros delegados en el Congreso de Estados Unidos tuvieron esclavos. 8 de los primeros 12 presidentes de Estados Unidos contaron con esclavos. Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia y quién sería proclamado tercer presidente de la nación, se iría de este mundo con más de 600 esclavos a su cargo.
Durante toda su vida política Thomas Jefferson se mostró como contrario a la esclavitud.
…
James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, fue el ideólogo de la creación de Liberia en la costa de África como lugar de convivencia y prosperidad para los negros libres que deseasen volver a sus orígenes. Liberia, un país próspero para los cánones africanos, admira a Monroe y no en vano le dio el nombre de Monrovia a su capital.
Ocurre que James Monroe contaba con más de 50 esclavos. No los liberó en su testamento y los legó a sus hijos.
Eso también forma parte de la historia de Estados Unidos.
Es su reverso tenebroso.

Hubo que esperar a la 13ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos el 18 de diciembre de 1865 para prohibir la esclavitud. Se redactó tras una cruenta guerra civil tras la cual los negros (de las mujeres negras no hablamos) obtuvieron la libertad. La viva prueba de que fue una decisión tomada a regañadientes es que incluso Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln y elevado al cargo presidencial tras el asesinato de éste, contaba con un total de ocho esclavos que cuidaban de sus propiedades y que hubo que liberar por imperativo legal y nunca por convicciones morales ni ideológicas.
Era pues, de suponer, que la libertad legal no trajese igualdad real. Durante la Reconstrucción (1865-1877), los afroamericanos votaron, ocuparon cargos públicos y fundaron escuelas, pero el avance fue aplastado por la supremacía blanca y las leyes Jim Crow que fueron aprobadas en 1877. Se mantendrían en vigencia hasta 1965, cuando el Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King consiguió una igualdad real ante la ley (no socialmente) entre blancos y negros. No sucedía así mientras estuvieron en vigor las leyes Jim Crow. Aplicadas en el sur de Estados Unidos con más vehemencia, consideraban a negros y a blancos “separados pero iguales”. Segregación en lugares privados y públicos (escuelas, trenes, restaurantes o lavabos separados).

Ese era el mundo de Jack Johnson. Nacido en Texas, sin educación escolar y siendo el tercer hijo de una familia de esclavos, lograría hacerse un sitio en la vida gracias al boxeo. El estilo de Johnson al boxear era muy característico. Mantenía la distancia con sus rivales en vez de realizar una aproximación constante. Peleaba defensivamente a la espera de cualquier error. Y cuando ese error se producía, él lo aprovechaba. La prensa lo machacaba. Lo consideraba un cobarde. Lo curioso es que Jim Corbett, quién había sido campeón mundial una década antes, boxeaba de la misma manera y pronto fue considerado como el hombre más inteligente en la historia del boxeo.
La diferencia radicaba en que Johnson era negro y Corbett era blanco.
Jack Johnson tenía hambre. No llegó a comerse los cordones de los zapatos, dado que al ser tan finos no le habrían alimentado. En varias ocasiones intentaron apuñalarlo y se defendió con unos brazos que también le servían como almohada cuando dormía al raso. A base de mamporros logró salir de la miseria y, el caso, es que Arthur John ‘Jack’ Johnson se proclamó por vez primera campeón del mundo en 1903…Campeón del mundo de color. Por entonces blancos y negros podían pelear entre sí, pero nunca luchando por el título mundial. James ‘Jimmy’ Jackson Jeffries, campeón mundial blanco, se negó en repetidas ocasiones a luchar contra Johnson. El caso es que Jack Johnson consiguió noquear al subcampeón del mundo blanco en dos asaltos y el run run no hizo más que aumentar. Al final, tras mucho insistir, perseguir y hasta amenazar, Jack Johnson consiguió que en 1908 se unificase a blancos y negros en la lucha por el campeonato mundial de los pesados. Johnson venció al canadiense Tommy Burns por K.O. técnico y se coronó como el hombre más fuerte del mundo.
Aquello no gustó nada de nada.
Comenzó entonces una campaña de desprestigio en prensa. Los plumillas buscaban a la Gran Esperanza Blanca. Jack London, gran aficionado al boxeo y escritor conocido por obras como Colmillo Blanco o La llamada de la selva, caricaturizaba a Johnson como un simio y exigía la llegada de un boxeador blanco que lo mandase de vuelta a África. El problema, para los blancos, es que no había nadie capaz de competir contra Jack Johnson…salvo Jimmy Jeffries. Campeón invicto entre 1899 y 1905, ya estaba retirado, pero se le ofrecieron ingentes sumas de dinero para pelear contra Johnson. “Ese Jack Johnson es un buen boxeador, pero es negro, y por ese motivo nunca pelearé contra él. Si yo no fuese el campeón me enfrentaría a él como a cualquier otro… pero lo soy, y el título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”, declaró ante la prensa. Jeffries, enorme boxeador y enorme racista, se negó repetidamente a disputar ese combate sabiendo que tenía mucho más que perder que ganar. Ocurrió que fue presionado políticamente y hasta recibiría la visita de Johnson en su casa pidiéndole encarecidamente un combate para dirimir quien era el mejor.
Habría combate.
Y sería un 4 de julio.
4 de julio de 1910.

Antes de hacerlo por dinero los hombres ya peleaban a puñetazos por mujeres, por comida, por un hogar o simplemente por orgullo. El boxeo es el único deporte donde ganar significa aniquilar. El triunfo por knockout escenifica una muerte simbólica. Como en una tragedia griega, el héroe levanta el brazo triunfal. El boxeo es teatral. Es un drama sin palabras, único y condensado en apenas unos minutos. Si por el camino no sucede nada, el drama se vuelve psicológico. Los boxeadores están para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser. El boxeo es íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en un ente diferente. Es arriesgarse y alcanzar la agonía de la cual somos raíz.
El combate tendrá lugar en Reno, ciudad del pecado, donde prostituirse o apostar está permitido. Johnson, por cierto, coleccionaba novias y amantes de pago. Siempre eran blancas. Fue acusado de violador y algunas de sus conquistas fueron linchadas. No existía mayor repugnancia para un blanco sureño que el coito entre negro y blanca. De ahí la fascinación de Johnson para realizar lo prohibido. Resulta que el combate tiene lugar en Reno donde es tan fácil y barato divorciarse como tomarse un whisky. Llegarán quince trenes y centenas de diligencias tiradas por caballos desde los cuatro puntos cardinales. 20.000 espectadores abarrotarán un estadio construido por aserradores y carpinteros en apenas tres semanas. Muchos miles de almas más deambularan por las calles de la ciudad. Habrá que hacer redadas para requisar armas tal era el grado de tensión en el ambiente.
Presentemos pues a los contendientes.
James ‘Jimmy’ Jeffries era una esperanza blanca de 1’86 cm de altura y 103 kilos de músculos. Estaba retirado y lo había hecho invicto con un balance de victorias-derrotas de 19-0. Todos los aficionados lo admiraban y todos los rivales temían su tremendo golpe de izquierda, su fiera combatividad y su capacidad de resistencia frente a los ataques del adversario. Era un tipo duro. Un Chuck Norris. Se decía que él mismo se había curado una neumonía al beberse una caja entera de whisky en un par de días. Había crecido en una granja, hasta que de adolescente se puso a trabajar en una fábrica de calderas de acero. De ahí su apodo: The Boilermaker (El calderero). Era un individuo imponente, dotado además de una técnica y combatividad que lo separaban claramente del resto. Un púgil de primerísima magnitud cuya popularidad lo llevó a hacer giras por Europa. Incluso su fama le permitió aparecer en algunas de las más primitivas producciones cinematográficas. Jim Jeffries era una leyenda viva. Había defendido nueve veces su título mundial con éxito antes de retirarse sin siquiera haber besado nunca la lona (sólo Rocky Marciano podrá decir lo mismo). Era rico, querido y famoso.
“El blanco no es un color. Es la ausencia del color”, espetó John ‘Jack’ Johnson al subir al ring. Negro, de 184 centímetros y 94 kilos, contaba con tres años menos que Jeffries y estaba en su cénit físico. Había empezado a trabajar de niño como limpiabotas, para luego destripar tripas de pescado antes de convertirse en estibador en el puerto de Chicago, lugar al que había llegado como polizón en un tren buscando mayor libertad racial. Al igual que en las novelas de Shakespeare se cuenta como se encadenaba a los osos en plazas de Londres para pelear contra perros, Jack Johnson comenzó boxeando en peleas ilegales donde les vendaban los ojos a los negros, se les daba vueltas como quien da cuerda a un motor para que se mareasen, antes de soltarlos ante otra jauría de negros. El último en pie sería el único que recibiría un plato de comida. Johnson ganaba siempre y pronto pasaron a atarle una mano a la espalda. Seguía ganando y consiguió salir de sótanos húmedos para boxear en gimnasios repletos de gente. Rápido de pies y con un golpe de derecha asfixiante, Johnson cansaba a su rival a base de movimientos fugaces y lenguaje soez, para luego soltar un gancho definitivo.
Como es de suponer, la inmensa mayoría del público era blanca. Incluso se temía por la vida de Jack Johnson en caso de salir victorioso del combate. Había un cartel gigante que representaba la lucha de un tigre contra un simio. “¡Vuelve a África!”, le gritaban a aquel negro de Texas. Johnson, siempre cuestionado sentimental, emocional y humanitariamente, tenía en su esquina a Etta Duryer, una espectacular rubia, quién, para más inri, era de buena familia y gustaba de competir en carreras de coches.
De lo malo, lo peor.
El combate comenzó a medio gas. Durante los tres primeros asaltos hubo una guerra psicológica en la que sorprendentemente Johnson se hizo ganador. Tanto Jeffries como el público buscaban una victoria rápida y fácil y lo único que se vio fueron bailes, algún crochet e infinidad de abrazos, tras los cuales Johnson aprovechaba para llamarle viejo y fracasado a Jeffries. Llegó entonces el cuarto asalto y Johnson logró impactar en la cara de Jeffries, algo que repetiría con suficiencia en el quinto, provocando el silencio sepulcral del respetable.

La normativa para el boxeo fue escrita en Londres por el galés John Graham Chambers en 1865. Este código de reglas reemplazó a las originales de 1743, escritas por Jack Broughton. Esta versión convenció a los boxeadores de que no deben luchar simplemente por ganar, sino que deben ganar siguiendo las reglas. El considerado primer campeón mundial (anglosajón para ser exactos) fue John Sullivan, logro que firmó en 1892. Por esa época se podía agarrar por el cuello a un adversario, el árbitro era mucho más permisivo con los contactos, prácticamente nunca mandaba a alguien a la esquina y no había asaltos. El campeón no se decidía hasta que uno de los púgiles no cayese al suelo o bien hasta que ambos considerasen, al límite de sus fuerzas, que se había llegado al asalto final, momento en el que se decidía quién era el ganador por puntos.
Así que, sin límite de asaltos, la idea de Jack Johnson era alargar el máximo el combate para desprestigio de los blancos.
En el séptimo asalto el calderero ataca al gorila con un recto de izquierda al estómago. El público ruge, pero el gorila se mantiene en pie. La pelea sigue en stand-by, hasta que, a la altura del undécimo asalto, Jack Johnson decide pasar definitivamente al ataque. Un recto con la derecha a la mejilla, seguido de otro de izquierda que le cierra el ojo a Jeffries. Suena la campana. A la esquina. Hace calor en Reno. Sudan. En el duodécimo asalto a Jeffries solo le queda buscar las cuerdas mientras el público calla. Jeffries lanza ganchos frustrados y busca abrazos de perdón, mientras Johnson lo esquiva y se ríe en su cara. Johnson juega un asalto más hasta que en el decimotercero un brutal gancho de derecha impacta en el rostro de Jeffries que cae y rompe como un cascarón.
Jimmy Jeffries se levanta.
El campeón blanco tiene orgullo.
El asalto 14 pasa sin pena ni gloria. Jeffries tiene los labios tan hinchados que parece un negro. Apenas se puede mantener en pie. Johnson le da tregua. Por vez primera en el combate lo respeta. Pero llega el decimoquinto asalto y Jeffries es un árbol que se tambalea. Únicamente hay que empujarlo. Jack Johnson conecta otro derechazo y Jimmy jeffries cae a la lona.
K.O.
Jack Johnson es campeón del mundo de los pesados.

En Nueva York una multitud de 30.000 personas (¡más de las que se reunieron en el recinto de la pelea!) se congregó en torno a un teletipo de la calle Broadway para ir conociendo el desarrollo del combate. Al finalizar la pelea un grupo de blancos degolló a un negro en Houston, asesinaron a un par de ellos en Little Rock, lincharon a otro en Virginia por llevar traje y coche…hubo al menos una veintena de muertos en las siguientes 24 horas. La filmación de la pelea, que empezó a exhibirse en salas de cine, fue la película más taquillera en la por entonces breve historia del cine estadounidense.
Querido y odiado a partes iguales, Jack Johnson sería fiel a su estilo. No iba a ser un humilde Tío Tom que necesita la ayuda de los blancos. Iba a ser un hombre libre de pensamiento y voluntad. Sus padres habían nacido en plantaciones de algodón y su hijo no iba a pedir permiso por nada. Encargaba las telas de sus trajes en Paris y llevaba una inimaginable cantidad de oro en dientes y anillos. Invitaba siempre a los periodistas a comer en los mejores restaurantes del país, más caros cuanto más blanco era el plumilla. “No se sí me odian más por mis éxitos que por el color de mi piel”, dirá en una ocasión.
Y no le faltaba razón.
En 1912 su mujer, aquella blanca de alta sociedad que estaba en la esquina en el combate ante Jeffries, se suicida. Etta había sido insultada y ridiculizada por su relación con Jack. Se suicidó debido a la presión social y al acoso racial tal y como dejo escrito en una carta de despedida, aunque su aristocrática e influyente familia filtraría que lo había hecho por culpa de palizas que Jack le propinaba. El caso, es que fuese lo que fuese, apenas unos meses después Jack Johnson fue visto en compañía de otra jovencita rubia camino de un hotel.
Aquello tampoco gustó.
En 1910 se había aprobado la Ley Mann. Su objetivo fue prohibir la esclavitud blanca, transformando en delito federal el transportar mujeres de un Estado a otro para propósitos inmorales. Básicamente intentaba restringir la prostitución de mujeres blancas, aunque su usó practico fuese penar con cárcel a aquellos hombres que tuviesen sexo con menores de edad.
Resultó que la familia de Etta le pagó a una chica menor de edad llamada Belle para que tuviese sexo con Johnson, quién por sus comentarios y su fama era una piedra en el zapato del establishment. Detenido por propósitos inmorales con una menor fue sentenciado con doce meses de cárcel y una multa de 1.000 dólares de la época. Su ex suegra, la madre de Etta, se ofreció a retirar la demanda y librarse de la cárcel a cambio de que Johnson le donase a ella todo su capital y sus propiedades.

Decidido a no entrar en la cárcel, Jack Johnson se autoexilió y emigró a Francia. Allí es libre y feliz y boxea a cambio de un dinero que le permite sobrevivir. Pero estalla la I Guerra Mundial, y en 1915 coge un avión hasta La Habana donde pelea contra Jess Willard en su defensa por el título mundial pasadísimo de peso. Willard noqueó a Johnson en el 26º asalto tras un pacto con el Departamento de Estado norteamericano para que le dejasen visitar a su padre en su lecho de muerte antes de ingresar en prisión. Lo hizo, vio a su padre, pero Johnson nuevamente escapó de las rejas y voló a España.
Allí se enamoró de Barcelona. Residía en la Calle Mallorca, cerca de la Sagrada Familia, y frecuentaba los bares de alterne en el Paralelo. Gustaba de ir a la Monumental a ver los toros, ya que consideraba a los toreros tan valientes como los boxeadores. Y boxeó. Boxeó mucho. Boxeó hasta en La Monumental bajo la presencia del rey Alfonso XIII. Sacaba dinero fácil en peleas en las que apenas tenía que sudar. Mandaba dinero a Lucille, su nueva (y blanca) esposa. Luego le pagó un billete de transatlántico para que viajase a Europa, donde se gastaba el dinero que tenía en hoteles de lujo y banquetes de siete platos. Hubo de vender coches y posesiones.
Con una Europa devastada por el fin de la guerra (nadie quiere asistir a un concurso de violencia cuando la misma vida que te rodea es violencia), en 1920 Jack decide volver a Estados Unidos. Vuela a México y cruza la frontera hasta que es detenido para cumplir su pena carcelaria. Prepara un plan de huida, pero tras dos horas deliberándolo, acaba fumando puros y bebiendo una botella de whisky que le habían pasado de contrabando. En prisión disputará varios combates y tendrá que hacerlo también al salir de entre rejas para poder subsistir. Se retirará oficialmente en 1938, con 60 años de edad, tras unos últimos años contando su vida en teatros a cambio de unos dólares y peleando en lugares clandestinos tan inhóspitos como aquellos donde, con los ojos vendados, había comenzado a ponerse los guantes.
Jack Johnson fue durante década y media el afroamericano más famoso y notorio del planeta. Luego se fue. Se evaporó. Estados Unidos no espera a nadie, y menos a un negro triunfador.
En un documental sobre su vida, Ken Burns dijo: «Durante más de trece años, Jack Johnson fue el afroamericano más conocido del mundo. Fallecería en 1946, a los 68 años, por culpa de las lesiones sufridas en el cráneo tras un accidente de coche. Hubo de esperar casi un siglo para que su condena y juicio fuese considerado ilegal gracias a una iniciativa del senador republicano John McCain. Luego, en 2018, el presidente Donald Trump en un acto en compañía del actor Sylvester Stallone (Rocky en la ficción) le concedieron el perdón póstumo a Jack Johnson bajo presencia de sus mestizos descendientes”.

“Hay negros que viven en mansiones y otros al pie de un árbol. Algunos dan la vuelta al mundo y otros no se alejan de sus casas. Otros van en coche y los demás sólo pueden caminar. Pero todos los negros compartimos el miedo a que haya un hombre blanco con esposas o con una pistola a la vuelta de la esquina”. Jack Johnson.
“No soy negro, soy una persona. Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivan un día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel sino por la naturaleza de su carácter”. Martin Luther King.
“Me gusta ver a un hombre orgulloso del lugar en el que vive. Me gusta ver a un hombre vivir de tal manera que su lugar se enorgullezca de él”. Abraham Lincoln.
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