Cabeza de chorlito
Si hay algún boomer que se pase por estas páginas reconocerá, conocerá y, quizás, usará la expresión cabeza de chorlito. Los que, como yo, somos de la generación millenial la reconocemos, aunque no la usamos. A los de la generación Z lo de cabeza de chorlito les sonará a chino (aunque la generación Z no usa expresiones políticamente incorrectas y con sesgo racista como la que acabo de emplear).
En francés se dice tète de linotte. Y digo lo del francés, porque chorlitos en España no hay muchos. Entiéndaseme bien. Cazurros en España los hay a patadas, pero el chorlito es un ave. De ahí viene la expresión. En Europa, se crían en alta montaña, en los Alpes o en los Pirineos, por lo que es más fácil que hable en francés a que lo haga en castellano. Eso sí, en época de migración, como buen espécimen de la Europa rica, gusta de buscar humedales y zonas costeras de la Península Ibérica.
Al parecer el chorlito, un ave de bonito plumaje, es un calzonazos. Se dedica a cuidar de la progenie y atender al nido mientras se incuban los huevos. La hembra, mientras, se aparea con otros machos. El chorlito, pues, es manso y confiado. Tan tontiño es que muchas veces colocan sus nidos en el suelo, sin protección, lo que unido a su tosco andar y a su pequeña cabeza, hicieron triunfar a la expresión cabeza de chorlito como sinónimo de persona despreocupada, tonta y de pocas luces.

Resulta que finalizada la II Guerra Mundial despunta un pequeño ciclista francés. Es bajito, apenas roza el 1’60 de estatura, y no es muy agraciado a la vista. De piernas largas, amplia frente, pequeños ojos y gran cabeza, a todo ello suma que no es el más listo de su clase. Alguno diría que la falta una primavera, otros, viendo la descomunal circunferencia que asoma por su cuello y la cantidad de serrín que hay dentro de ese cerebro, decide llamarle cabeza de chorlito.
Aquel pequeño bretón tuvo un costalazo de cuidado en una tarde veraniega de 1945. Tropezó con los raíles de un tranvía, cayó, se rehízo y concluyó la etapa. Al día siguiente, al examinar las radiografías, el médico comprobó con asombró que cabeza de chorlito se había fracturado el cráneo. Cabeza de chorlito decidió entonces ponerse un casco de cuero de por vida en una época donde ningún ciclista llevaba protección en la cabeza. Las risas no se hicieron esperar y el apodo de cabeza de cuero complementó para siempre al de cabeza de chorlito.
Jean Robic, nombre de nuestro cabeza de cuero o de chorlito, se presentó a la edición del Tour de Francia de 1947 con aires de grandeza. Se había casado dos días antes diciéndole a su mujer que no tenía nada que ofrecerle, pero que en tres semanas tendría dinero y sería famoso. El Tour volvía a ponerse en marcha siete años después, tras haber estado parado por culpa de la II Guerra Mundial. Era una Francia devastada, con grandes socavones en las carreteras y en la que, aun por encima, iba a coincidir un mes de julio terriblemente lluvioso. Muchos corredores estaban desnutridos y acabarán llorando al pie de las montañas.
Desaparecido el periódico L’Autó se fundará en 1946 el diario L’Equipé que cogerá el relevo como organizador del Tour. La prueba emprenderá en Paris y contará únicamente con 79 ciclistas que durante 22 etapas recorrerán Francia en el sentido de las agujas del reloj. Se compite por selecciones nacionales (Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Suiza e Italia), mientras que los franceses compiten con un equipo nacional y varios regionales. Entre los favoritos está el escalador italiano Pierre Brambilla y el francés René Vietto, quien había sido segundo en el último Tour antes de que la guerra partiese en dos partes su carrera profesional. Jean Robic formaba parte de uno de los equipos regionales y no estaba entre los favoritos.
Vietto se pondrá líder en los Alpes y mantendrá una dura lucha con Brambilla en los Pirineos, pero el italiano le arrebatará el liderato a falta de dos jornadas para el final en una larguísima contrarreloj de ¡139! Kilómetros. Fueron casi cuatro horas sobre la burra con diferencias de quince minutos entre los favoritos. Otros tiempos. Por el camino, Jean Robic se encuentra en la tercera posición de la general con tres victorias de etapa en parciales.
Se llega pues a la última etapa. 257 kilómetros desde Caen hasta Paris. Tradicionalmente un paseo, en antaño la llegada a Paris era una etapa abierta como cualquier otra. Pasa el pelotón por la tachuela de Bonsecours (2 km al 6%) y ataca Jean Robic. A su rueda va Brambilla y más atrás un tal Edouard Fachleitner. Los dos gallos paran, el pelotón parece que se reagrupa…y Fachleitner vuelve a tirar hacia adelante seguido por Jean Robic. Se van los dos. Italiano y francés. Quedan cien kilómetros de llano. No van a ningún lado.
Pero hay acuerdo. Robic le ofrece a Fachleitner 100.000 francos (dos años de sueldo tipo de entonces) a cambio de que le de relevos. Si cabeza de chorlito gana el Tour, habrá acuerdo. Fachleitner acepta. Por detrás un caos. Los italianos le quieren dejar la tostada a los franceses de Vietto y no tiran. Los gabachos no saben si apostar por Vietto (francés de primera) o por Robic (francés de segunda). El caso es que nadie tira en el pelotón y cuando la parejita llega a meta lo hace con catorce minutos de ventaja. Vietto queda fuera de un pódium copado por Fachleitner, Brambilla y por Jean Robic en primer lugar.
Aquella locura de etapa está considerada la mejor etapa llana de la historia del Tour de Francia. Camino de los 125 años, sólo en cuarto ocasiones ha habido cambio de líder en el día final. Jean Robic se vistió de amarillo aquella tarde en Paris. Ganó el Tour el único día en toda su carrera en que lucio la túnica sagrada.

Jean Robic era como una señora mayor con gafas y pañuelo, pero era el hombre más famoso de todo Francia. Vencedor del Tour de 1947. Ganaría seis etapas más en años venideros pero nunca más conseguirá subirse al pódium. En 1950 se proclamó campeón del mundo de ciclocrós en la que fue se primera edición. Sigue siendo el único ciclista que ha logrado tan dispar doblete.
Con todo, lo mejor de Robic era aquello que salía de aquella cabecita llena de serrín cuando se bajaba de la burra. En el Tour de 1949 (acabó cuarto) le preguntaron si se veía inferior a Fausto Coppi en la montaña. Su respuesta es legendaria. “Soy mejor que él. Si engancho un remolque a mi bicicleta y subo a mi suegra seguro que llegó a la cima antes que Coppi”. En esa edición ganó una etapa tras bajar el Tourmalet con un bidón lleno de plomo de diez kilos para descender más rápido y mantener su centro de gravedad bajo. En una París-Roubaix se rieron de él por correr con el casco de tiras de cuero. Enfadado, Robic pidió un martillo a un paisano y se golpeó la cabeza con fuerza para demostrar que aquel casco salvaba vidas. “¿Lo veis? Nunca se rompe”, le dijo a sus compañeros, mientras caía desplomado al suelo bajo un reguero de sangre sobre su cara.

Socarrón e ignorante a partes iguales llegó a decir que tenía mejores piernas que Gino Bartali y que Fausto Coppi juntos y sería capaz de retar a Poulidor y a Anquetil cuando ya contaba con cerca de 50 primaveras. Los dos monstruos aceptaron el reto en bici de ciclocrós y obviamente Robic perdió la apuesta. Lo achacó a que estaba resfriado. En el Tour de 1969, con casi 60 tacos, llegó a presentarse en la salida de una etapa para provocar a Eddy Merckx quién, con fortuna, decidió tomarse el asunto como una broma.
A Robic le costó adaptarse a una vida normal cuando terminó su carrera. Dirigió el café familiar, pero fracasó, al igual que lo hizo su matrimonio. Cayó en una depresión. Quedó sin trabajo. Probó suerte haciendo acrobacias. También fue árbitro de combates de lucha libre profesional, donde su baja estatura animaba a los luchadores a echarlo del ring. “Si alguien nos hubiera dicho que aquel chico flacucho, con orejas lo suficientemente grandes como para ayudarnos con el viento a favor, era un futuro ganador del Tour de Francia, nos habríamos reído”, diría de él Jacques Goddet, patrón del Tour y director de L’Equipé.
Dicen que, retirado, Robic entraba en los restaurantes y esperaba a que lo mirasen y lo reconociesen, antes de acercarse a las mesas a firmar autógrafos sin que nadie se lo solicitase. Tras una cena con exciclistas, cogió la bicicleta para volver a casa. Iba borracho, era de noche e iba zigzagueando por la carretera. Un conductor acabó con su vida. Jean Robic contaba con 59 años.
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