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París-Niza. Guía de viaje

Conocida como Lutecia por los romanos, no tomaría el nombre de Paris hasta la caída de Rómulo Augusto, quién fue su último emperador a finales del siglo V. Lo de Paris era una referencia a un pueblo galo que vivía a orillas del Sena en tiempos prerromanos. El caso es que Paris era un sitio oscuro. No era Roma. Ni tampoco Niza. Más bien era Londres. Si en Roma hay unas 2.700 horas de sol al año en Paris apenas alcanzan las 1.700, únicamente un centenar más que en Londres. En Coruña, una esquina de la España atlántica donde la lluvia es eterna, se obtienen 2.200 horas, muchas más que en Paris. En Niza, 900 kilómetros al sur de Paris, superan las 2.800 horas.

Va a ser que lo de Paris: Ciudad de la Luz no tiene mucho que ver con el rey Sol. O sí. Pues fue Luis XIV, el Rey Sol, el que en 1667 decidió instalar farolas de aceite en las calles principales y obligar a colocar velas en las ventanas de los residentes para mejorar la iluminación y reducir la feroz delincuencia nocturna de Paris.

La antigua Lutecia sería la primera urbe del planeta en adoptar un sistema de alumbrado público, pero aún no era motivo para tener tan bello apodo. En el siglo siguiente la aparición de un movimiento filosófico, cultural e intelectual conocido como Ilustración tuvo a Paris como motor del cambio en un proceso que vio su culmen con la Revolución Francesa. Fue entonces cuando, faro de conocimiento y creatividad, Paris pasó a ser la Ciudad de la Luz.

Y aún hubo más. A mediados del siglo XIX, con Napoleón III en el poder, se decidió tirar abajo el antiguo Paris para rehacerlo a base de amplios y ajardinados bulevares y edificios majestuosos. Fue el Barón Haussmann el ejecutor de una colosal obra que coincidió en el tiempo con la sustitución del gas y del aceite por las bombillas eléctricas. Teatros, cafés y escaparates no relucieron mejor en ninguna otra ciudad del mundo que en la nueva, mejorada e iluminada capital parisina.

Concluimos entonces que Paris tiene luz. Lo que Paris no tiene es sol.

La París-Niza adelanta el verano de los franceses. Sucede que lo que en marzo es tránsito de bicicletas será cosa de los coches al llegar el mes de julio. Cientos de miles de franceses llenan el maletero y se arman de paciencia para incorporarse a la A6, hincharse a pagar peajes y dejar el cargado y nuboso ambiente parisino hasta la soleada y pecaminosa Riviera francesa. Es un viaje que recorre todo lo que da sentido a la idea de Francia. Desde Paris a la napoleónica Fontainebleau. De Fontainebleau a los viñedos borgoñones de Auxerre. De Auxerre al poderío, culinario, artístico y católico de Dijon. De Dijon a los restos romanos y al modernismo tecnológico de Lyon. De Lyon al mestizaje cultural y al señorío del puerto de Marsella. Y de Marsella al sol sempiterno de Niza.

La Course al Soleil (Carrera hacia el Sol) marca el pistoletazo de salida de la primavera. Los rentistas abandonan Paris para instalarse en sus casas de veraneo, los mortales de a pie rascan un fin de semana de asueto mientras planifican sus vacaciones de julio y el resto sigue trabajando con envidia esperando un sol que nunca llegará. La Paris-Niza es la carrera de la alegría. La carrera de la esperanza. Hay algo más allá del frío y la lluvia. La París-Niza reemplaza las velas por el sol y convierte las lágrimas en anhelo.

Cartel París-Niza

Fue en 1933. Fue un periodista, como de costumbre. Se llamaba Albert Lejeune y era propietario de un periódico en Paris y de otro en Niza. La distancia era excesiva para cubrir las dos ciudades en un día (unos 900 kilómetros) por lo que tuvo una idea innovadora. Crear una carrera de una semana en busca del sol. Por entonces había pruebas por etapas largas como el Tour o el Giro y cientos de pruebas de un día, pero no se contaba con carreras de una semana. Las autoridades de la Costa Azul se mostraron ilusionadas. Vislumbraron una oportunidad para promocionarse en primavera antes de la llegada del verano. Y así fue que un 13 de marzo de 1933 un total de 149 valientes salieron de la Plaza de Italia parisina rumbo a Niza pasando por Dijon, Lyon, Avignon, Marsella, Cannes y Niza previo paso por el Col de la Turbie. El vencedor, coronado en el Paseo de los Ingleses, lucía un hermoso maillot azul celeste y dorado evocando el azul del Mediterráneo y el dorado del sol nizardo.

De azul celeste iba Louison Bobet cuando en 1955 venció en la que fue la primera final contrarreloj de la carrera. La edición de 1971 también es legendaria, con Eddy Merckx ganando la carrera por más de nueve minutos y dominando en cada una de las etapas, incluida una brutal cronoescalada donde destrozó a Luis Ocaña. En los 80 Sean Kelly, plusmarquista de la prueba, vencía vestido de blanco celestial. Por entonces la carrera ya tenía el formato actual de ocho etapas, con una mezcla de terreno plano, colinas y alta montaña.

Antes, hubo que parar la prueba varios años por culpa de la II Guerra Mundial y en la década de 1960 habría que escapar de la inmensidad de Paris para acometer la salida en una de sus múltiples ciudades dormitorio, pero, en esencia, el recorrido sigue siendo el mismo. Desde 2002, cuando ASO, la empresa organizadora del Tour, tome las riendas del evento, el recorrido se volverá más exigente, se alejará completamente de Paris y se establecerá el amarillo como el color del campeón. Todo más uniforme, más globalizado, pero con la incesante búsqueda del sol como eje de la prueba.

Recorrido 2026

Alejada de Paris, la prueba da comienzo en una de las fabulosas ciudades que sirven de avanzadilla antes de alcanzar la vieja Lutecia. Poissy es una de ellas. Ciudad de la industria del motor, en el pasado fue lugar de nacimiento de la realeza francesa. En la cercana Saint-Germain-en-Laye nació Luis XIV y en su palacio instaló Napoleón la escuela de caballería francesa y se firmará la desmembración del Imperio Austrohúngaro de 1919. En todo caso, el lugar más esplendoroso para dar el pistoletazo de salida es Versalles, donde el Palacio con el impresionante Salón de los Espejos acongoja al visitante y da una pequeña muestra del colosal poder universal que llegó a tener el Reino de Francia.

A partir de entonces la carrera se aleja del bullicio para adentrarse en el corazón de Francia. Las primeras etapas se caracterizan por su inicio rectilíneo marcado por el paisaje bucólico impregnado de viñedos y donde el viento y la lluvia pueden alterar al viandante. La organización puede optar por remontar el imponente Loira y visitar la catedral de Orleans. Allí Francia recuperó su orgullo gracias a una joven llamada Juana de Arco a la que luego sus propios compatriotas mandaron a la hoguera. Después el pelotón puede zigzaguear por los viñedos y tomarse un tinto acompañado por una porción de queso de cabra antes de tomar un pastel berrichon, una masa de hojaldre rellena de carne de cerdo y huevos duros típica de la zona. Llegamos así a Bourges y a su descomedida catedral gótica y más tarde a Nevers, ya en el Franco Condado, donde hay una importante industria de la cerámica y lugar donde se ubica el circuito de Magny-Cours en cuyas curvas campeonaron Mansell, Prost, Schumacher, Raikonnen o Fernando Alonso, quien sigue manteniendo la vuelta rápida del circuito, ya que desde el 2008 la F1 no se asoma al interior del país del hexágono.

Son estas etapas donde la organización apuesta por instituir una contrarreloj individual o quizás una por equipos. Quizás opte por una salida natural y tradicional en dirección al sureste hacia tierras de la Borgoña. La buena comida y el buen beber son patrimonio de borgoñones, quienes en el pasado fueron aliados de los ingleses y rivales de los reyes franceses. Dijon está considerada la capital cultural de Francia, así como inventora de la mostaza. No muy lejos contamos con Cluny y su famosa abadía, centro de poder y sabiduría en la Europa cristiana. Auxerre, paso obligado de la prueba, enamora al visitante con sus casas de madera y su torre del reloj. Tal vez, se prefiera ir hacia el este y pasar por Moulins, cuna de la casa real de los borbones.

A partir de entonces la carrera se vuelve más exigente. El recorrido tradicional, el recorrido que los turistas parisinos siguen en verano, sigue el curso del Ródano, río que se abre paso entre los Alpes y el Macizo Central. Es un viaje llano, pero peligrosísimo debido a los fuertes vientos que azotan la zona. El sol hace aparición en Valence, un cruce de caminos que los romanos convirtieron en villa, y no deja al ciclista hasta llegar a los alrededores de Marsella, donde el Ródano esparce sus aguas a diestra y siniestra para dotar de color y vida a aquel litoral bendecido por luz solar. Por el camino el viajero tuvo antes que pasar por Avignon con su famosísimo puente a medio hacer y su Palacio Episcopal donde el Papa de Avignon rivalizaba con el Papa de Roma por el control de la cristiandad en el siglo XIV.

Ocurre que desde hace décadas la organización apuesta por adentrarse en el Macizo Central para dificultar la llegada de los ciclistas a la Costa Azul. Las trampas y los peligros acechan en una zona boscosa que, si bien no es de gran altitud, sí que tiene continuos cambios de desnivel que son terroríficos para los ciclistas. No sólo eso, apenas unos kilómetros más al sur el sol y las buenas temperaturas aguardan a los deportistas, pero adentrarse en el Macizo Central es hacerlo en una climatología extremadamente cambiante en donde el frío helador, la lluvia torrencial y el sol preveraniego pueden hacer su aparición en un mismo día.

Es aquí donde la Paris-Niza adquiere velocidad de crucero. Hay mucha tensión en el pelotón porque todo el mundo está fresco y busca obtener resultados. Ganar o acabar entre los primeros en la general quita mucha presión a un corredor para el resto del año y, tras pasarse el invierno entrenando, todas las piernas están frescas. Todos creen que pueden ganar en cada sprint, meterse en cada escapada y vitorear en cada etapa de montaña.

Hay tres ciudades a destacar. De norte a sur la primera es Vichy. Coqueta ciudad balneario, lugar decimonónico donde el tiempo parece haberse detenido. Allí llevo el General Petain a su gobierno en 1940 cuando pactó con Hitler una paz que se ha convertido en suplicio para su memoria. Al sur aparece Clemont-Ferrand y detrás el imponente Puy de Dôme. Lugar de volcanes dormidos y de una piedra negra, volcánica, que hace de su catedral una de las más características del mundo. Luego, al sureste, está Saint-Éttiene, la ciudad industriosa. Rivalizando siempre con la conocidísima y riquísima Lyon, Saint-Éttiene es una fría y dura ciudad industrial sin la cual no habrían brillado las que están a su alrededor. Con todo, siempre es interesante acercarse a su monumental museo de la minería, comer su famosísima carne de buey o su salchichón de cerdo acompañado de galletas de patatas. 

Para pasar de la gran llanura del Loira a la desembocadura del Ródano que baña a la Costa Azul hay que cruzar el Macizo Central. Es marzo, y la nieve y el hielo hacen su aparición en las montañas que rodean Saint-Éttiene. En 1959 los últimos kilómetros de etapa hubieron de ser recorridos en autobús y en el Col de la Batterie, en las Cevenas, ha habido que recortar kilometraje en varias ediciones. Célebre es la edición de 1962 en donde la contrarreloj de Saint-Éttiene se disputó con los corredores envueltos de nieve. En 1995 una fuerte tormenta mandará a los ciclistas de vuelta al hotel cerca de Clermont-Ferrand, suceso que también se ha repetido en varias ocasiones en el presente siglo. A veces toca acabar etapa en Uchon (8 kilómetros al 4’5%) y otras veces en Mendé (5,2 km al 6’4%) en donde Alberto Contador tocó a rebato camino de su triunfo en 2007 en el día que se dio a conocer al mundo.

Contador 2007

Es entonces cuando la carrera se adentra en los Alpes Marítimos, antesala de la llegada al mar. De la llegada a la Costa Azul. Aquí la organización puede tomar diferentes alternativas. En ocasiones se apuesta por poner rumbo al este y aventurarse a escalar el Mont Ventoux (21 kilómetros al 7’4%). Se trata de un coloso de paisaje lunar que desde 1975 forma parte de la prueba. Sus habituales rachas de viento y el hecho de que en sus últimos kilómetros esté totalmente desprotegido de superficie arbórea lo han hecho un icono tanto de la Paris-Niza como del Tour de Francia. Las frías y áridas tierras de esta región son el escenario perfecto para una carrera que se desarrolla en paisajes realmente hermosos y desolados, lo que añade un elemento de dureza y belleza al espectáculo ciclista.

En todo caso, lo habitual es que las dos últimas etapas sean un rompepiernas con constantes subidas y bajadas alrededor de los Alpes Marítimos. Al igual que ocurre en California o en el Levante español, la proximidad de altas montañas a la costa hace que las llanuras formen un sublime paisaje, un vergel paradisiaco regado de lluvias, donde el sol lo hace ideal para cultivar y, por tanto, para vivir. Como si de una paradoja se tratase, tras gestionar el esfuerzo y adaptarse a un clima plagado de contratiempos, el ciclista, ya sacudido el óxido del invierno, contempla la magnificencia del sol justo cuando la carretera presenta mayores dificultades. Toda una prueba de resistencia mental en apenas una semana.

Auron (7,3 kilómetros al 7’2%), Mont Faron (6 km al 7’3%), Col de la Porte (8,7 km al 7’2%), Col de Chateuneuef-Villevieille (6,6 km al 8’8%), Cote de Saint-André (2,8 km al 7’4%), La Madone d’Utelle (15,9 km al 5’6%) o el durísimo Col de la Coillole (16 km al 7’3%) suelen formar parte del recorrido. Tras esforzadas subidas toca descender hacia el mar en un recorrido enrevesado de curvas que hace las delicias de los presentes y de los televidentes. Las fastuosas playas de Antibes, los yates de Saint Tropez, el paseo marítimo de Cannes o los encantadores y coquetos pueblos como Cap Martin, Ramatuelle o Saint Paul de Vence, son envidia de medio planeta.  Seguro que las cámaras televisivas captan alguna terraza donde el puré de anchoas, la copa de pastis, la sopa au pistou y la bullabesa adornan alguna de sus mesas.

Con todo, el cogollo de la carrera, el momento donde se suele decidir el campeón, es el tramo de apenas 30 kilómetros en línea recta que separa Mónaco de Niza, seguramente el lugar más exclusivo de Europa. Obviamente los corredores no se dedican a dar un paseo bordeando la costa, sino que se adentran en las montañas para librar la batalla final.

Abandonando el casino de Montecarlo, se puede ascender el larguísimo Col de Turini (24,1 km al 5’2%) con sus curvas de herradura donde todos los meses de enero se celebra el Rally de Montecarlo. No es extraño que los más de 20 grados y el sol de Mónaco se conviertan en bajo cero y en aguanieve al llegar a la cima de la montaña. Más explosivo es el exigente y corto Acolle sur Lou (1,8 km al 10’5%) y algo más largo es La Turbie (8 km al 5’6%). Aquí Alberto Contador lo intentó por activa y por pasiva, pero acabaría perdiendo por dos segundos la edición de 2017 al ser incapaz de destronar al colombiano Sergio Henao.

Otro clásico es el Mont Brouilly (2,2 km al 8’7%), pero si hay una ascensión icónica de la Paris-Niza es la subida al Col d’Éze (1,7 km al 9’4%). Eze es la esencia misma de la Paris-Niza. Suele aparecer en una etapa última de corto kilometraje. Puede aparecer como cronoescalada final, como final de etapa o como tachuela antes de arribar a Niza tras un descenso vertiginoso. Eze es un coqueto pueblo rodeado de jardines botánicos y coches descapotables donde los ricos más ricos entre los ricos tienen sus chalets con prodigiosas vistas al Mediterráneo.

Col d’Éze

Después los ciclistas serpentean hacia Niza para finalizar en el Promenade des Anglades (Paseo de los Ingleses) un peligroso sendero rodeado de una playa de enormes guijarros que a mediados del siglo XIX fue convertido en una amplia y preciosa avenida y en el lugar de veraniego por excelencia de la nobleza y la burguesía británica. Por entonces Niza pertenecía al Reino de Saboya y no será francesa hasta 1860 cuando sea anexionada por Francia como pago por la ayuda militar contra Austria-Hungría en la guerra que permitió que Italia se constituyese como país con primera capital en Turín (lugar de residencia del saboyano Víctor Manuel, primer monarca italiano). Allí, a los pies del Hotel Negresco, se celebra la ceremonia del pódium en honor del vencedor.

Niza (Hotel Negresco)

El irlandés Sean Kelly es el plusmarquista de la prueba con siete triunfos logrados de forma consecutiva entre 1982 y 1988 cuando convirtió la Paris-Niza en su cortijo personal. Ciclista con guante de seda, se habituó a dar golpes demoledores en puntos exactos del recorrido para trastocar a sus rivales. Ganó 31 etapas parciales (incluyendo cinco cronoescaladas a Eze) y dejando ataques para el recuerdo ante ganadores del Tour como Zoetemelk, Hinault, Roche, Lemond o Fignon. El citado Joop Zoetemelk, Eddy Merckx y Laurent Jalabert cuentan con tres victorias y el francés Jacques Anquetil es el segundo ciclista más laureado con cinco triunfos. Célebre es su éxito en la edición de 1966 donde, tras perder ante Raymond Poulidor en la contrarreloj de dos días antes, en la última etapa ataca durante decenas de veces en La Tourette hasta que Poulidor cede y así poder alzar los brazos en el Promenade des Anglades.

Sean Kelly, rey de Niza

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