Especial Año Nuevo: Entrevista a Ernst Hemingway
Segundo hijo de un ginecólogo y de una artista, Ernst Hemingway me recibe en un paraje inhóspito más propio del averno que del paraíso. Ha adornado su despacho de la otra vida con un rifle y la piel de un leopardo que sucumbió a sus disparos y con una fotografía suya rodeada de amigos y botellas de vino en pleno San Fermín. De sonrisa difícil, fuertes convicciones, agrio carácter y cautivadora mirada, Hemingway fue periodista, activista y notable escritor de estilo minimalista. Maravilloso narrador y de asombroso caudal de conocimientos, su pluma está presente tanto en la I como en la II Guerra Mundial. Hemingway hizo de España un lugar de culto literario tras realizar una exhaustiva crónica de la Guerra Civil. El autor de ¿Por quién doblan las campanas? y El viejo y el mar, ganador de Nobel de Literatura, nos recibe para hablar mucho de nada y un poco de todo.

Míster Dato (P): ¡Feliz Año Nuevo!
Ernst Hemingway (R): ¡Bebo por ello!
P: No es usted un amante de estas fechas.
Hemingway (R): Como usted comprenderá no existe Navidad si no existe infancia. ¿Qué fue la infancia para mí? Un cúmulo de tragedias. Desde un padre que se suicida consumido por un cáncer a una madre que pasaba las tardes libres poniéndome coletas y vestidos como si fuese una niña. Mi único objetivo cuando era pequeño era crecer para poder escabullirme de aquel infierno.
P: ¿Está usted borracho?
Hemingway (R): Llevo borracho desde 1915. Tengo miedo a la resaca. Guardo cien kilos de tomate en conserva para el enorme zumo que me tendré que tomar para superar el dolor de cabeza. Le daré un consejo. Siempre haz sobrio lo que dijiste que ibas a hacer borracho. Eso te enseñará a mantener la boca cerrada.
P: Al final acabó como su padre. Era un fanático de la caza como usted. Su madre creo que era tremendamente ambiciosa, igualmente como usted. Me cuentan que su padre acabó también alcoholizado y que le obligaba a estar presente en los partos…acabasen como acabasen.
Hemingway (R): Si nuestros padres son la vara con la que nos medimos, vivir a la sombra de un padre suicida equivale a viajar por una carretera llena de baches en un camión cargado de nitroglicerina. Yo sobreviví al ántrax, a la malaria, a la neumonía, a la disentería, al cáncer de piel, a la hepatitis, a la anemia, a la diabetes y a la presión arterial alta. Tuve también un riñón dañado, una rotura del bazo, un hígado dañado, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. Hasta que un día, me puse la bata que más me gustaba a la que yo llamaba la túnica del emperador y me pegué un tiro con mi escopeta.
P: Caray.
Hemingway (R): La vida de cada hombre termina de la misma manera. Son solo los detalles de cómo vivió y cómo murió lo que distingue a un hombre de otro.
P: En ese caso su vida es excelsa. Pocos la han tenido tan intensa e interesante. A los 18 años se alista como voluntario en la Cruz Roja para conducir ambulancias durante la I Guerra Mundial. En una de sus novelas describe aquel primer día como horrible. «Me acuerdo que, después de haber buscado los cuerpos completos, se recogieron los pedazos». Y con todo, ya no volverá a casa.
Hemingway (R): Toda mi vida ha sido una aventura, una gran aventura. Por eso creí siempre que en ella encontraría la mejor base para una novela. Con todo sí que volví. Sucedió que conocí a una mujer. Todas las catástrofes de la historia de la humanidad han sucedido por culpa de las mujeres. Me hirieron, y me enamoré de una enfermera que era siete años mayor que yo. Al recuperarme volví a Estados Unidos con la intención de despedirme de mi madre y volver de por vida a Italia. Resultó que la enfermera se había comprometido en matrimonio con un militar italiano. Desde aquel día decidí que mis parejas fuesen más jóvenes que yo y que serían abandonadas en cuanto tuviese la primera oportunidad.
P: Se asentó en Paris. Allí compartió copas y cuentos con Scott Fitzgerald o Pablo Picasso. Habría mucho de lo que hablar y de lo que preguntar, pero mi cometido es hablar de deporte. Cuéntennos que sucedió con Morley Callaghan.
Hemingway (R): ¿Por qué? Hablemos de literatura. ¿Quiere una copa?
P: No, gracias. Venga, no se haga de rogar. José Luis Borges era amigo de Menotti y siempre se extrañó de que le gustase el fútbol. Decía que era imposible que a alguien inteligente le gustase algo que él consideraba estúpido y desagradable. Por lo general los intelectuales desprecian el fútbol, aunque la mayoría de ellos aprecian al boxeo. Solo dos hombres, frente a frente, en una pelea tan brutal como noble.
Hemingway (R): Mi literatura no es nada y mi boxeo lo es todo. Me encanta el deporte de las doce cuerdas. Yo desafié a cualquiera que se atreviese a golpearme en tasca o cervecería de medio mundo. Nadie podía conmigo.
P: No es cierto. Célebre es el KO que recibió de Morley Callaghan, escritor canadiense.
Hemingway (R): ¡Estaba borracho! No tiene validez.
P: Siempre está borracho
Hemingway (R): ¡Joder! ¡Vale! Callaghan estaba mirándole el escote a Martha, mi tercera esposa. Fue en Paris. Creo que en 1929. Estábamos hablando de boxeo junto a Scott Fitzgerald, el autor de El Gran Gatsby. Fitzgerald haría de árbitro, por cierto. El caso es que Morley escribía crónicas pugilísticas y le dije que no tenía ni puta idea. Le desafié a cruzar los puños. Morley no quería iniciar la pelea y pensé que era un flojo. Al final se calentó y me tumbó de dos sopapos. ¡El cabrón sabía boxear! ¡Pero la culpa fue de Fitzgerald! Alargó el asalto más de lo necesario, sino hubiese aguantado.
P: Si usted lo dice.
Hemingway (R): El hijo de puta de Callaghan contó la historia en una mierda de novela que escribió para asegurarse de que todo el mundo lo supiese. Le pedí la revancha durante años y nunca me la concedió. Fitzgerald me pedía que lo dejase estar una y otra vez. Me cansé de las tonterías de ambos y nunca más volvimos a quedar.
P: Sé que escribió un relato corto sobre boxeo, pero si uno rasca un poco en sus novelas siempre ve referencia al deporte. En una de ellas hay incluso un compendio de técnicas y hábitos de esquiadores de los que únicamente siendo un notable experto se puede hacer referencia tan detallada.
Hemingway (R): Desde joven he practicado y he tenido interés por el boxeo, el esquí, los caballos, la natación, el montañismo o la caza. Pero todo son mero juegos. Los únicos deportes que existen son los toros, el automovilismo y el montañismo.
P: La caza o los toros no son un deporte.
Hemingway (R): ¡Cómo que no!
P: ¿Sigue borracho?
Hemingway (R): ¡Por supuesto!
P: Pues no pienso agotarme en una conversación que no tendría fin. Su padre le obligó a tocar el violonchelo y su madre se empeñó en que hiciese medicina. Usted lo dejó todo para ser periodista y viajar por el mundo. Ocurre que donde realmente destacó de joven, sin querer quitarle importancia a sus méritos como juntaletras, es en el deporte. Gran boxeador y decente jugador de fútbol americano. Pero no existe nada en el mundo que le cautivase tanto como los toros. ¿Cómo ocurrió?
Hemingway (R): Aun soy mejor cazador que boxeador. En 1929 estaba entonces casado con mi segunda mujer. Iba ir a África, lugar donde casi muero de disentería…no, no. Fue en 1923… con otra esposa, creo. Bueno. Eso es lo de menos. Quedé fascinado por las fiestas de San Fermín. Luego escribí Fiesta que fue mi primer gran éxito. ¡Adoro Pamplona!
P: Y estalla la Guerra Civil Española.
Hemingway (R): ¡España! La primera cura para una nación mal administrada es la inflación de la moneda; la segunda es la guerra. Ambas aportan una riqueza temporal; las dos traen una ruina permanente. Pero ambas son el refugio de políticos y económicos oportunistas. Vine a España como corresponsal de guerra. Lo hice junto a una amiga periodista, Martha Gellhorn. Ya se imagina. Me volví a divorciar y me casé con Martha. El caso es que fue ella la que me dio la idea para escribir Por quién doblan las campanas.
P: Novela que no iba a escribir hasta que se enfadó con el que era su amigo y también escritor John Dos Passos. Él dijo que no tenía ninguna sensibilidad humana. Que era un ser autodestructivo y narcisista.
Hemingway (R): Bueno. Seguramente es lo de poco de lo que me arrepiento en esta vida. Al poco de iniciarse la guerra en España unos agentes de Stalin ordenaron asesinar a José Robles. ¿Era gallego, sabe? Un convencido republicano, una mente brillante, profesor universitario en Estados Unidos. Simpatizaba con el comunismo, pero jamás quiso ponerse un uniforme ni tener carnet alguno. Lo purgaron. Dos Passos movió cielo y tierra para que le diesen una explicación y, desencantado, se volvió a Estados Unidos y no quiso saber nada más sobre la Guerra Civil. Yo lo llamé cobarde tanto en público como en privado. Yo me quedé en España y le voy a contar una cosa. Antes de escribir Por quién doblan las campanas, que es una historia de ficción, me propuse contar con pelos y señales la historia de José Robles y su muerte. Llevaba escritas unas cien páginas y acabé por tirarlas a la basura. En la oficina de un escritor la papelera es el mejor mueble. Premié la causa general por encima de una bella amistad. Quizás fue un error. Se precisan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.
P: Estuvo también en el Día D.
Hemingway (R): R: Después de ver los horrores de la Guerra Civil me fui a China como corresponsal y más tarde acabé en Normandía. Antes hice una colaboración con la KGB, pero pronto me di cuenta que los soviéticos hacía tiempo que habían abandonado el sueño de la libertad. Luego ya me fui a descansar entre Florida y Cuba. A Pamplona volví en 1953 cuando ya Franco no me iba a molestar y una última vez en 1959. Recuerdo que por aquel entonces me entrevistó el diario ABC. Hablé de Joselito y de Juan Belmonte, me preguntaron si Muerte en la tarde estaba basado en Cayetano Ordóñez y también reconocí que nunca había visto torear en directo a Manolete. Fue un coloquio exquisito, muy agradable, pero luego, al ver el periódico a la jornada siguiente, observé que el periodista había escrito que le extrañaba que un hombre sano, inteligente y correcto como yo hubiese apoyado a la II República. ¿Sabe que le contesté?
P: Dígame.
Hemingway (R): Le envié un libro dedicado de mi novela. Le puse; “con admiración para un español por quién NO doblaron las campanas”.
P: ¿Pamplona o París?
Hemingway (R): Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, entonces donde sea que vayas por el resto de tu vida, se queda contigo, ya que París es una fiesta movible. Le contestaría; Paris todo el año excepto por las fiestas de San Fermín.
P: ¿Se siente orgulloso de que gracias a usted gente de todo el mundo viaje a Pamplona para participar en los Sanfermines?
Hemingway (R): Me encanta que conozcan España, sus tierras, su comida, su bebida y sus gentes. También tengo que decirle que me apena que cada vez los toros tengan menos importancia en los festejos y que se considere que todo consiste en emborracharse. Lo interesante está en el peligro. Ya le dije que hay tres deportes; toros, automovilismo y boxeo. Todos están relacionados con el peligro y la muerte. ¿De qué sirve emborracharse si luego no hay corrida de toros? Le diré una cosa más a todos aquellos que invocan mi nombre cuando hablan de Pamplona. No estaría del todo mal que leyesen alguna de mis novelas de vez en cuando.
P: Se lo compro. Me cuentan también que es un fanático de la pelota vasca.
Hemingway (R): Creo recordar que vi a Edorza en un viaje a San Sebastián a finales de la década de 1920. Me fascinó por completo. La pelota vasca es el deporte más rápido y violento que conozco. Me emociona enormemente y es uno de mis entretenimientos favoritos. Conozco todas las modalidades, pero mi preferida es la cesta-punta. Aunque supongo que la razón es que es la modalidad que yo practico.
P: Hizo amistad con algún pelotari. ¿Se queda con alguno?
Hemingway (R): Sin lugar a dudas con Atano III (Mariano Juaristi). Hablamos de un pelotari que se mantuvo en el reinado durante dos décadas seguidas. Para mí es el mejor que ha existido. Si se refiere a afinidad, conocí en el exilio mexicano a Txiquito de Gallarta y trabamos una gran amistad. Le digo una cosa. ¡Si los pelotaris vascos se comportasen en la cancha cómo se comportan en la mesa todos los partidos finalizarían 29 a 29!
P: Me cuentan que una vez tuvo que acudir en México en socorro de uno de ellos.
Hemingway (R): No fue así exactamente. Ibarluces. Fue en el frontón de La Habana. Ibarluces sufrió un golpe en la cabeza. Cayó a plomo. El sonido era glacial. Corrí a la enfermería con tal estado de excitación que cualquiera hubiera creído que era yo el accidentado. Cuando llegué allí me quedé pasmado con la entereza con la que fui recibido. Si nadie lo hubiese sabido hubiesen pensado que el del grave accidente había sido yo.
P: En Cuba trabó amistad con el boxeador Kid Tunero.
Hemingway (R): Era un gran amigo y el mejor boxeador que ha habido. Nunca ganó un título mundial, pero me da igual. Un hombre, recto, lacónico, sencillo y la mejor persona que ha producido Cuba. Era integro y humilde, todo lo contrario a lo que soy yo. Luego fue entrenador de José Legrá, que se exiliaría en España y se haría un gran campeón en Europa.
P: Vamos a ir terminando señor Hemingway. Creo que sería interesante, y un honor, que nos diese unos consejos sobre el arte de la escritura.
Hemingway (R): Observar. Si un escritor deja de observar está muerto. ¿El proceso? Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda jugo y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Y le diré algo más. En la escritura no hay sentimiento de grupo. Cuánto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está.
P: Me despido señor Hemingway. Viajó mucho. ¿Cómo se lleva estar en el averno para la eternidad?
Hemingway (R): Tengo alcohol por doquier. No me quejo. Ir a otro país no hace ninguna diferencia. He intentado todo eso. No puedes alejarte de ti mismo moviéndote de un lugar a otro. No es posible. Además, duermo mucho. Mi vida tiene la tendencia a derrumbarse cuando estoy despierto.
P: Pues duerma…y beba.
Hemingway (R): Un placer haberle conocido. Son dos cosas distintas conocer a un hombre y saber qué tiene en la cabeza.

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