esquí

Juanito Mühlegg

Resulta que el país más montañoso de Europa es Andorra. Dado que Andorra es un microestado con menos habitantes que la ciudad de Lugo, vayamos al siguiente de la lista. El país más montañoso de Europa es Armenia (1.792 metros de altitud media) y el siguiente es Georgia (1.432 metros). Como habrá quien diga que estos dos estados son europeos con calzador y lo mismo se dirá de Turquía (1.132 metros), diremos que la clasificación está liderada por Suiza (1.350 metros), seguida de Montenegro, Austria, Albania y España (660 metros).

Obsérvese que no hay ningún país escandinavo entre los más montañosos. Si que están entre los más ricos. Exceptuando casos similares al andorrano, véase Mónaco o Luxemburgo, el país con mayor renta per cápita de Europa es Suiza. Le siguen, por este orden, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Islandia y Suecia. España se encuentra en el 15º lugar de la tabla con Lituania pisándole los talones.

España es un país situado al suroeste de Europa, lo que le otorga una posición estratégica protegida por tres fronteras naturales que son el Océano Atlántico, los Pirineos y el Mar Mediterráneo. A pesar de ello posee un talón de Aquiles en el estrecho de Gibraltar, hito geográfico que ha sido paso de distintas civilizaciones con el transcurrir de los siglos. Sin embargo, el mayor desafío geográfico de España se encuentra en su interior. Hay extensas mesetas y sierras que abarcan gran parte del país. La mayor contrariedad es el Sistema Ibérico, región de las menos pobladas de Europa debido a su terrible complejidad geográfica. Esto ha llevado a que el 70% de la población hispana viva cerca de la costa aislada de Madrid (la capital). Coincide que el Sistema Ibérico, con forma de cuña y cercado por los Pirineos, es el que contribuye a separar a Madrid de dos de las puntas del triángulo influyendo al aislamiento cultural de unos territorios semiautónomos que son, como es fácil de adivinar, Cataluña y el País Vasco.

El caso es que es que el entramado montañoso de España adolece de dos condiciones; falta de nieve al ser un país sureño (dentro del hemisferio norte) y sin poderío económico (en comparación con el norte de Europa). Tan sólo las zonas pirenaicas catalanas pueden combinar ambos factores. No obstante, no son más que una pequeña muestra de la diversidad geográfica española. España suma únicamente 32 pistas de esquí. Suiza cuenta con 275 pistas. Austria presume de 392 estaciones de esquí.

Es fácil entender que en más de un siglo de existencia de los Juegos Olímpicos de Invierno la delegación española únicamente haya sumado dos medallas de oro. Fue el esquiador Paco Fernández Ochoa quien logró el éxito en Sapporo 1972. Ahora, en 2026, recién salida del horno, es la presea dorada en esquí de montaña de Oriol Cardona. Dos décadas más tarde que Paco Fernández Ochoa, sería su hermana Blanca quien se colgase una medalla de bronce en el cuello. Contamos también con una plata en snowboard de Queralt Castellet (2022) y un bronce en la misma disciplina de Regino Fernández (2018). Por último, una medalla de bronce más en 2018 gracias a Javier Fernández en patinaje artístico y otra también en 2026 de Ana Alonso en esquí de montaña.

Son siete medallas por las 197 que se han conseguido en los Juegos Olímpicos de Verano.

Es de entender que al inicio de este siglo el Comité Olímpico Español buscase un milagro.

La España blanca

En 1970 nacía en Suabia, una región alemana al pie de los Alpes, un niño al que pusieron de nombre Johann Mühlegg. El muchacho comenzó a practicar esquí de fondo desde muy joven con tal éxito que se proclamó campeón del mundo juvenil en la prueba de los 30 kilómetros. Participaría en los Juegos de 1992, en los de 1994 (fue cuando el COI decidió escalonar bianualmente los invernales de los veraniegos) y en los de 1998 logrando diploma olímpico en todos ellos en la disciplina de los 50 kilómetros de esquí de fondo.

Frustrado por rozar la medalla en hasta tres ocasiones, al parecer Mühlegg comenzó a tener desavenencias con la federación alemana de esquí. La cosa fue in crescendo hasta que a finales de 1998 Mühlegg decidió denunciar a su entrenador por daños morales. Hoy calificaríamos aquello de mobbing. Expulsado del equipo germano, Johann decidió buscar alternativas.

Como cualquier alemán con posibles, Mühlegg veraneaba en la costa mediterránea y no se sabe bien como recibió la visita del presidente de la federación territorial de deportes de invierno de Murcia….si….de Murcia. El caso es que a finales de 1999 la Real Federación Española de Deportes de Invierno hacía los trámites correspondientes para dotar a Mühlegg de la nacionalidad española. Automáticamente España contaba con una opción real de medalla para los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002.

Mühlegg

Capital del estado mormón de Utah y ciudad que debe su nombre a un gigantesco lago salado, Salt Lake siempre fue pertinaz candidata a los Juegos Olímpicos. La elección de una ciudad estadounidense parecía un hecho consumado, dado que las anteriores citas habían sido en Asia (Japón) y Europa (Francia y Noruega). Y sin embargo el escándalo estalló cuando se supo que los organizadores habían pagado estudios en universidades norteamericanas a hijos e hijas de federativos africanos para influir positivamente en el voto. Como suele ocurrir en estos casos, se cogió la escoba y se guardó todo debajo de la alfombra.

Acudieron más de 2.000 deportistas y el pebetero fue encendido por los integrantes de la selección estadounidense de hockey sobre hielo que en 1980 derrotaron a la Unión Soviética en un partido legendario que fue llevado a la gran pantalla bajo el nombre de ‘Milagro sobre el hielo’. En los 1.000 metros de patinaje de velocidad los cuatro primeros chocaron entre sí al borde de la línea de meta, lo que le dio la medalla de oro al australiano Steven Bradbury, quién en ese momento marchaba quinto. El biatleta noruego Ole Einar Bjorndalen ganó cuatro oros que sumará a los cuatro ganados en ediciones anteriores y que ganará en ediciones posteriores. Por último, la croata Janica Kostelic conseguirá tres oros y una plata en esquí alpino.

¿Y España? España acudirá a Salt Lake City con únicamente siete deportistas. Se espera que la esquiadora María José Rienda consiga un buen puesto, aunque únicamente una carambola le podría hacer subirse al pódium. Pero el as bajo la manga es Johann Mühlegg. Tras su nacionalización exprés había logrado el oro en 50 kilómetros y la plata en los 20 kilómetros en el Mundial de Esquí de 2001. Fue entonces cuando Johann pasó a ser conocido por prensa y aficionados como Juanito y ser adoptado como uno de los nuestros.

Para otros muchos no lo era. Su nacionalización fue duramente criticada por Paco Fernández Ochoa, el oro y mito del esquí español. A su juicio, la tarea de la Federación Española era fomentar el esquí en España y no el nacionalizar a posibles medallistas del extranjero. Los defensores argumentaban que precisamente las medallas ayudarían a impulsar los deportes de invierno en el territorio español. El caso es que no era extraño el asunto. En los Juegos Olímpicos de Verano de Sídney 2000 un total de 17 deportistas nacionalizados compitieron bajo bandera española. Así que Juanito era uno más en una tendencia imparable.

Por lo tanto, Juanito creó entusiasmo. Logró de forma consecutiva el oro en 30 kilómetros de esquí de fondo libre, 20 kilómetros persecución y los 50 kilómetros en estilo libre. ¡3 medallas de oro! La cara de Juanito con la baba congelada rodando por una montaña llena de nieve inundó las televisiones españolas en el invierno de 2002. Su sonrisa, su pelo rubio y su español macarrónico hacían las delicias de los periodistas. España era un clamor.

Juanito era uno de los nuestros. Juanito era un regalo caído del cielo.

¡Juanito!

Los entendidos avisaban entre líneas. Nunca había tenido resultados tan elevados y contaba con 32 años. No era un chaval que a base de entrenamientos hubiese mejorado su rendimiento. Era un deportista que ya tendría que haber llegado al cénit y que debía iniciar la cuesta abajo en su carrera. Su entorno era raro. Nunca convivió con otros miembros de la Federación ni residió en España. Vivía con su hermano y con una novia portuguesa en una cabaña en el interior de Brasil donde no había nieve ni se le aguardaba. Luego viajaba a Austria para entrenar, previo paso por Portugal, para luego desaparecer en semanas. Era todo muy extraño, pero se le consentía. Los resultados acompañaban y era lo único que importaba.

Y entonces saltó el escándalo. Menos de 24 horas después de lograr la tercera presea Juanito Mühlegg daba positivo por dopaje. Luego se sabría que Alemania lo había expulsado años atrás porque Mühlegg se había negado a ser controlado medicamente. Lo del mobbing era todo mentira. Lo cierto es que Juanito dio positivo por un alto nivel de darbepoetina, se le retiraron sus tres medallas de oro y fue suspendido dos años de la alta competición por dopaje.

La imagen de España en el concierto internacional fue vergonzosa. Por entonces el país ya tenía fama de encubrir el dopaje y aquello fue la gota que colmó el vaso. Juanito pasó a ser conocido para siempre como Johann y se le culpó de todo como si los federativos no tuviesen su parte de responsabilidad por dejarle hacer y permitir que Mühhlegg viviese fuera de España ajeno a controles médicos y entrenamientos.

¡Ay! ¡Juanito!

Pasados los dos años de sanción pretendió ser seleccionado para los Juegos de Turín 2006. Sus marcas, obviamente inferiores a sus mejores años, seguían siendo infinitamente superiores a las de cualquier otro fondista español, por lo que prontamente fue seleccionado. La Federación, increíblemente, aceptó el órdago, pero serían los propios deportistas españoles, ayudados por el altavoz de la prensa, los que abortaron lo que hubiese sido otro colosal error. Así que, con el rabo entre las piernas, Johann volvió a Alemania, dejó los esquís y años más tarde se instaló en Brasil. A orillas del Atlántico cambió los esquís por las tablas de surf y creó una inmobiliaria que construye casas turísticas en la costa brasileña para europeos que, como él, quieren dejar atrás su pasado.

“A caballo regalado… no se le miran los dientes”. Refranero español.

“El que no está contento con lo que tiene, no merece lo que desea”. Refranero español.

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A los 100 años de los Juegos Olímpicos de Invierno

Era 1896 cuando Atenas alumbró la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos. En gran medida la iniciativa se debía a Pierre de Coubertin, un apasionado de las virtudes del ejercicio físico y de la cultura grecolatina. Fue en el siglo XIX cuando Grecia logró su independencia tras una guerra de liberación ante el Imperio Otomano. Para la victoria helena tuvo gran peso el apoyo francés y británico (sangre de Lord Byron incluida) quienes, junto a los alemanes, iniciaron desde entonces un proceso de excavación, redescubrimiento y expolio de la Grecia Clásica. La fiebre por la Antigua Grecia se trasladó al deporte y fue Pierre de Coubertin el ideólogo al combinar la mística, el espíritu y el honor de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad con las normas, las reglas y los beneficios higiénicos del deporte británico nacido en dicho siglo.

Ciclismo, tenis, tiro, gimnasia, esgrima, y, por supuesto, natación y atletismo formaron parte del programa deportivo de 1896. Pero claro, faltaban cosas. Muchas otras cosas. Desde un primer momento se discutió la inclusión del patinaje artístico, suceso que cristalizó en Londres 1908. Pero no era suficiente.

En aquel entonces Europa era dueña del mundo. Una quinta parte del orbe era de dominio británico. China aún era un gigante dormido y Estados Unidos un corpulento adolescente que aun respetaba a sus padres. Los Juegos fueron ideados, impulsados y cristalizados por europeos. Sus gustos se establecerían como universales. Pero no todos los europeos se veían representados en esos Juegos. Más allá del Báltico estaban Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Escandinavia. Un tal Viktor Balck, militar y representante sueco en el Comité Olímpico Internacional (COI), sugirió la posibilidad de introducir los deportes de invierno en el programa olímpico. La idea fue rechazada por peregrina ya que eran escasas las ciudades que dispusiesen de las infraestructuras necesarias para llevarla a cabo.

Así que Balck decide montar en 1901 los Juegos Nórdicos, competición invernal deportiva a celebrar cada cuatro años. Así mismo, el Club Alpino Francés, decide organizar desde 1907 una Semana Internacional de deportes de invierno. Ambas ideas convivieron durante un tiempo hasta que en 1921 el COI designó a Paris sede de los Juegos Olímpicos de 1924. Entonces Coubertin hace una proclama que finaliza con un categórico “los Juegos Olímpicos son los juegos de todos los deportes”. Con el apoyo de canadienses y suizos, los delegados franceses convencen a los escandinavos de abandonar la idea de unos Juegos Nórdicos y formar parte de la familia olímpica. A cambio se comprometen a organizar un evento independiente del principal y buscar una sede que reúna todas las condiciones materiales y técnicas necesarias para celebrar deportes invernales.

Iban a nacer los Juegos Olímpicos de Invierno.

Fueron tres las ciudades francesas que optaron por hacerse cargo de la primera edición. Geradmer, en la región de los Vosgos, Bagneres de Luchon, en el Alto Garona cerca del Tourmalet, y Chamonix, al pie del Mont Blanc. Cuatro años antes la comuna de Chamonix había construido un teleférico para unir al pueblo con el Mont Blanc, el pico más alto de Europa. Aquello fue el punto de inflexión para escoger en febrero de 1923 a Chamonix como sede olímpica.

La premura de la decisión y cierta improvisación dificultaron la tarea. En menos de un año todo tenía que estar listo. De este modo, y temiendo un sonoro fracaso, el COI decidió retirar parte de su apoyo. Lo que eran los Juegos Olímpicos pasarían a ser conocidos como Semana Internacional de Invierno Conferencia Deportiva Paris 1924. Luego, visto el éxito, y de forma retrospectiva, pasará a los anales de la historia como I Juegos Olímpicos de Invierno Chamonix 1924.

Chamonix 1924

Se construyó una pista de hielo, una pista de bobsleigh y una pista de salto de esquí en apenas ocho meses. La financiación procedió de empresas privadas y del Estado francés. La joya de la corona fue la construcción de un estadio olímpico para 10.000 espectadores. Podría parecer poca cosa, no obstante suponía un aforo tres veces superior a los habitantes censados en el pueblo. A orillas del río Arve, Chamonix contaba también con un polideportivo y una pista de hielo, la cual, por entonces, era la pista de hielo artificial más grande del mundo. La nieve, al pie del Mont Blanc, estaba más que asegurada.

El 25 de enero de 1924, hace ahora un siglo, tenía lugar la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Chamonix. El programa deportivo era corto. Contaba con 16 finales distribuidas en nueve deportes diferentes. Bobsleigh, patinaje artístico, patinaje de velocidad, hockey sobre hielo, esquí de fondo, salto de esquí, curling, combinado nórdico y patrulla militar. Este último deporte era una mezcla de esquí de fondo, montañismo y tiro al blanco mezclando pruebas tópicas de las tropas de montaña de los ejércitos europeos. Hoy su legado lo porta el biatlón.

Charles Jewtraw, de Estados Unidos, ganó la primera medalla de oro en la prueba de 500 metros de patinaje de velocidad. La competición tuvo lugar tras un desfile de inauguración que recorrió Chamonix y finalizó en el estadio olímpico. Son 16 los países participantes, siendo Austria el primero en desfilar por orden alfabético y Yugoslavia el último. Todos los países son europeos con excepción de Estados Unidos y Canadá. Los franceses (39) son los que presentan a más deportistas junto a Gran Bretaña (28), mientras que Letonia únicamente envía a dos atletas. La madrileña Lili Álvarez, quien en verano participaría en los Juegos de Paris en la competición de tenis, iba a representar a España en patinaje artístico pero una lesión le hizo renunciar a escasos días del inicio de la competición.

Quien compitió en patinaje artístico fue una niña noruega llamada Sonja Henie. A sus once años quedó ultima, pero lograría la medalla de oro en las siguientes tres ediciones de los Juegos Olímpicos. Canadá ganó en hockey venciendo a Suecia, Checoslovaquia y Suiza con un acumulado de 85 goles a favor por ninguno en contra. No obstante, la estrella de los Juegos fue el esquiador noruego Thorleif Haug quien logró tres medallas de oro en las pruebas de esquí de fondo de 18 kilómetros, esquí de fondo de 50 kilómetros y en combinado nórdico (salto de esquí + esquí de fondo). Sumaría también una medalla de bronce en salto de esquí, pero se le fue retirada póstumamente casi medio siglo después y relegado al cuarto lugar al observase un error en el cronometraje. El otro gran triunfador fue el finés Clase Thunberg con un total de cinco preseas en pruebas de patinaje a las que sumaría otras dos en los siguientes Juegos para acabar su carrera olímpica con cinco oros, una plata y un bronce.

La ceremonia de clausura tuvo lugar el 5 de febrero de 1924 bajo un agradable sol invernal, el mismo que lució durante los doce días de competición. Pierre de Coubertin, ausente en la ceremonia de inauguración, se sumó al carro para el cierre visto el éxito conseguido. Ese día se hizo entrega de las medallas a todos los deportistas. El despropósito organizativo hizo que la mayoría de los premiados ya hubiesen vuelto a sus lugares de residencia. Noruega (17) lideró el medallero, seguida de Finlandia (11) y Austria (3). Francia sumó tres medallas de bronce. Si en los Juegos Olímpicos de Verano el único país organizador con la vergüenza de quedarse sin medalla áurea es Canadá (1976), en su homólogo invernal unos cuantos igualaron a Francia (1924). Chamonix inauguró una infausta tradición que continuó Saint Moritz (1928 – Suiza), Sarajevo (1984 – Yugoslavia) y Calgary (1988 – Canadá).

Entrega de medallas

El éxito internacional fue total. Las pérdidas financieras inmediatas también. No obstante, al cabo de una década Chamonix era lugar de peregrinaje vacacional para gente de elevadas rentas. La década de 1930 ve como Francia decide invertir en decenas de estaciones de esquí y atraer a los grandes campeones escandinavos para promocionarlas. Hoy Chamonix es un centro internacional afamado de vacaciones y deportes de invierno. Para los Juegos Olímpicos de Cortinna d’Ampezzo de 2026 se esperan cerca de 3.000 atletas que competirán en más de 100 pruebas, hasta diez y seis veces respectivamente más de lo ocurrido en Chamonix 1924. Es tal el volumen de gente que mueven los Juegos Olímpicos de Invierno que, aunque las pistas de esquí de Cortina verán buena parte de las pruebas, la masa de deportistas se establecerá en Milán, a más de 400 kilómetros de la dolomítica Ampezzo.

Tras la II Guerra Mundial el COI decidió dejar de compatibilizar sedes veraniegas e invernales. Los británicos no tenían ningún tipo de interés en organizar unos Juegos de Invierno por lo que a Londres 1948 le iría a preceder la suiza Saint Moritz. El último gran cambio llegó en 1984. Aquel año el COI decidió que los de 1992 (Barcelona y Albertville) fuesen los últimos Juegos que compartiesen año. Para darle más brillo a las ediciones invernales se decidió intercalarlas entre las veraniegas. La noruega Lillehammer (1994) precedió a la veraniega Atlanta (1996) para que después la japonesa Nagano (1998) continuase un recorrido que llega hasta la actualidad.

Eso sí, tanto en 1924 como en 2026, se da por hecho que Noruega liderará el medallero. Hay cosas que nunca cambian.

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Alberto Tomba

Cortina d’Ampezzo es un pequeño pueblo anclado en los Dolomitas, a medio camino entre Austria e Italia. Más allá de un majestuoso campanario, Cortina d’Ampezzo pasaría desapercibida en cualquier mapa de carreteras si no fuese por sus fastuosas pistas de esquí. Se trata de un pueblo de poco más de 5.000 habitantes que cuenta con más de 20 hoteles de cuatro o cinco estrellas y con dos aeropuertos internacionales a una hora de distancia. No en vano Cortina d’Ampezzo es destino invernal de la jet-set y fue sede olímpica en 1956, como también lo será en 2026.

En Cortina d’Ampezzo abundan las fiestas con coches caros, relojes obscenos, joyas prohibitivas, vinos de diseño y hombres y mujeres de cuerpos exorbitantes. Uno de esos cuerpos fabulosos cuenta ya con más de medio siglo de vida. Es alto y de anchas espaldas, pero la grasa se ha adueñado de su abdomen. Da igual. Con la ayuda del tinte conserva sus rizos azabaches y el paso del tiempo no ha podido doblegar el poder de su sonrisa. Es guapo, va impecablemente bien vestido y peinado y en algún lugar del imaginario hay una chimenea, una copa de Moët & Chandon y una mujer de campanillas a su lado.

Se llama carisma.

Cuando pasaba de la veintena los muslos de Alberto Tomba eran de granito armado. Fascinaban por igual a hombres y a mujeres. A Tomba le llamaban ‘La Bomba’ porque era igual de atrevido e inquieto con los esquís en los pies que con las mujeres en sus brazos. Tomba tiene cinco medallas olímpicas, pero sobre todo tiene el título del esquiador más seductor de todos los tiempos.

Alberto Tomba - Wikipedia
La Bomba

No hay fiesta que se precie que no cuente con Tomba justo antes de la medianoche. Sigue siendo un play-boy, un Don Juan, un Casanova, un hombre de innegable encanto y descomunal atractivo. Cuando Tomba aparece las bocas se callan, las cabezas se giran y ‘La Bomba’ hace el resto.

Cuando a finales de los 80 comenzó a deslumbrar por sus bajadas a tumba abierta, la prensa descubrió un filón que iba más allá del espectáculo deportivo. Tomba daba entrevistas a cambio de citas. No tenía reparo en declararse profundamente enamorado de cualquier chica atractiva que atravesase su mirada y pronto aparecía a buscarla en fiestas privadas que cruzaban Europa desde Londres a Atenas.

Pero no era sexo. O sí. Pero no. La fama de Tomba no se labraba en la cama, sino en el cortejo. En sus años de apogeo una corte de periodistas andaba detrás de él como si de la princesa Diana se tratase. En los Juegos Olímpicos de Lillehammer de 1994 ganó su última medalla olímpica, pero fue irrelevante. Lo trascendental fue cuando un plumilla le preguntó si prefería a Katarina Witt a Nancy Kerrigan o a Tonya Harding, tres excelentes y bellas deportistas. “Las tres juntas”, respondió mientras compartía sabanas con la top-model Elisabeth Ocko.

Alberto Tomba nació playboy. Hijo de una familia adinerada de las afueras de Bolonia, donde la nieve no se percibe en todo el año, conoció el esquí en una de las habituales escapadas de fin de semana de la familia. Practicó el fútbol y el tenis, pero fue la adrenalina del esquí lo que convirtió el deporte invernal en una selección natural para este ‘bon vivant’. Además, en el fútbol había que compartir honores con el resto del equipo y Tomba es hombre de ganar y perder por sí mismo. Alberto Tomba come, bebe, liga y se divierte. Es un macho, elogiosa y peyorativamente.

Tomba va camino de la vejez, pero hace malabares para evitarla. Ya no esquía. Cuando llega el verano corre y nada en la playa, porque en invierno se dedica a comer y a beber. “Me invitan a todas partes y simplemente no puedo decir que no porque no sería educado”, contesta cuando le preguntan, “y menos si hay mujeres”, apostilla con gracia. Por supuesto no hay un mini Tomba. Sería imposible escoger a una entre tantas. Ya hace tiempo que superó los 47, la edad que él consideraba ideal para casarse.

Alberto Tomba ganó tres oros olímpicos, más de 50 carreras de la Copa del Mundo, conducía un Ferrari Testarossa y cambiaba de Miss Italia cada año. Cuando perdía se le criticaba por vivir de noche y cuando ganaba se le admiraba por dormir de día. Durante buen parte de los 80 y de los 90 Alberto Tomba convirtió en religión ver el esquí por televisión durante las mañanas del domingo.

La carrera de Tomba fue corta, apenas de una década. Al pasar de la treintena colgaba los esquís ante la imposibilidad de mantener el físico asombroso y la concentración prodigiosa que requiere el slalom. Popular, mujeriego y juerguista, fue quizás el esquiador más famoso que jamás ha habido. No necesariamente el mejor, pero si el único capaz de aparecer día tras día en los periódicos bien por una colosal victoria, por una ruptura amorosa, por una pelea con periodistas o por problemas con el fisco.

Tomba fue también el primer campeón que no lo fue por obligaciones geográficas. Fue un esquiador urbano. Ayudó a su leyenda que a Tomba no le gustaba vivir en la nieve, ni ayudaba a su abuelo a apilar leña para el invierno ni sumaba kilómetros bajo el manto blanco para llegar a la escuela. Tomba creció en medio de atascos, con calefacción eléctrica y haciendo la compra en el supermercado. Italia, un país apuntalado por montañas al norte pero que vive de espaldas a la nieve, comprendía más al esquiador que pasaba su tiempo libre entre playas y discotecas que al que prefería perderse entre valles y ríos.

Su personalidad arrolladora y su capacidad agonística atrajo a espectadores de todo el mundo para ver sus carreras, en las que siempre estaba asegurada la lucha y la emoción hasta el final. Fue el rey del deporte invernal por excelencia desde 1986 a 1998. Primer atleta en vencer en la misma especialidad de esquí alpino (en su caso slalom gigante) en dos ediciones consecutivas olímpicas (1988 y 1992), ganó también la Copa del Mundo de esquí en 1995 participando solo en dos pruebas, slalom y slalom gigante, dado que no le gustaba competir en las pruebas de velocidad. Era tal su dominio en las pruebas técnicas y de habilidad que tampoco necesitaba mucho más.

Mitos del Esquí Alpino – Biografía de Alberto Tomba | Soloski.net La web de  la Nieve desde 1.997
Alberto Tomba

Y es que Tomba no sólo vivía del ligoteo. Su potencia natural y su habilidad para desafiar la gravedad y superar las puertas lo convirtieron en un prodigio técnico. El esquí no pasa de ser una afición turística en muchos países, pero Tomba lo convirtió en un deporte referencial. En su tiempo Alberto Tomba era tan conocido como Roberto Baggio o Marco Pantani.

Tomba consiguió interrumpir la transmisión de la RAI del Festival de San Remo para que toda Italia le viese ganar dos medallas de oro en los Juegos de Calgary 1988. También para que la vieran cortejar a la patinadora alemana Katarina Witt en directo. Intentos, que en directo fueron en vano, pero que entre bambalinas dieron sus frutos. Como no.

No solo de testosterona vivió la leyenda Tomba. Cuentan que llevaba un traje de carabinieri en el maletero de su Ferrari que no dudaba en ponerse cuando un atasco lo atrapaba en la ladera de una montaña. La luz intermitente que ponía sobre el techo era cortesía de la policía italiana encantada de ver a Tomba hacer zigzag con su Testarossa como si de los esquís se tratase.

En Calgary también se acercó a uno de sus rivales y le dijo que no tenía motivo alguno de que preocuparse, que tenía el segundo puesto asegurado. La medalla de oro era cosa de Tomba. Fue su primera gran actuación internacional. La última fue en Sierra Nevada en 1996 donde fue recibido con pitos por los granadinos al situar Granada en Marruecos.

Pícaro y despreocupado fue rebautizado como Alberto de Albertville cuando se llevó de calle a la afición francesa en los Juegos de 1992. “Supongo que las mujeres prefieren al que gana que al que queda segundo, ¿no?”, sentenciaba mientras su mirada cautivadora derretía la cámara.

Sus saludos a cámara. Una vez retirado confesaría que las sonrisas iban dedicadas a su entrenador y los besos a su ‘mamma’. Por el camino el centenar de novias que pensaron que aquellos cariños eran para ellas.

Una vez, presentándose como juez en el certamen de Miss Italia, reclamó el primer premio él mismo cuando dejó el evento para salir a cenar con la ganadora. Durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994, se sugirió que su vida privada estaba interfiriendo con su entrenamiento. «Admito que solía pasar un rato salvaje con tres mujeres hasta las 5 de la mañana. Ahora estoy entrenando, son cinco mujeres hasta las 3 de la mañana». Aquel pijo loco nunca quería ser segundo. Como aquella vez en Lillehammer que acabó duodécimo la primera manga para remontar y acabar ganando la plata. Siempre arriesgaba y nunca ponía su físico por delante. Le llamaban domador, porque en una época donde los esquís eran más largos y rectos que los actuales, era capaz de curvarlos de tal forma que aunaba velocidad y potencia.

Le dio tiempo a fracasar como actor (interpretando a un detective ligón, como no) y a aparecer en diferentes programas de todo tipo. Ya no es tiempo de machos. Berlusconi hace tiempo que dejó de ser Papá Silvio y la televisión italiana ha dejado de mostrar descomunales mujeres semidesnudas. Pero hasta el día que se muera Tomba seguirá siendo ‘La Bomba’, tanto dentro como fuera de las pistas.

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Philip Boit: El esquiador que nunca había visto nevar

Como todo hijo del altiplano keniata, Philip Boit estaba predeterminado para correr. Desde niño lo hizo. El deber de hacerlo para ir al colegio o a la tienda o para acompañar a las vacas al verde, acabó transfigurándose en placer. El paso del tiempo hizo que esas piernas fortalecidas y endurecidas evolucionasen en las extremidades inferiores de un posible atleta olímpico. En uno de esos corredores de fondo que cada cuatro años convierten a Kenia en el centro del universo durante unos minutos.

Hijo de agricultores, Boit nació en Eldoret en 1971. Eldoret es una ciudad del oeste de Kenia de clima agradable y centro agropecuario de una extensa comunidad que se sitúa en el valle del Rift. En dicha comarca, un lugar de naturaleza fastuosa que supera los 2.000 metros de altitud, han nacido algunos de los mejores atletas de la historia como Kipchoge Keino, Bernard Lagat o Eliud Kipchogue.

Philip Boit corrió y compartió andanzas y rutinas con Henry Bitok, otro hijo de Kenia que buscaba en el atletismo el camino para salir del anonimato. Pero por mucho que corriesen y por mucho que lo intentasen, ambos amigos no pasaban de ser dos buenos atletas en un país donde sólo se premia a la excelencia. Philip llegó a sellar una muy respetable marca personal de 1:46.06 en los 800 metros. Con un registro sólo superado por cinco centésimas su tío Mike había ganado la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero a mediados de los 90 esa marca no era suficiente para desbancar a los tótems del atletismo africano.

El azar llamó a la puerta de Boit en 1996 cuando estaba camino de los 26 años. Por entonces Nike estaba en plena campaña mundial de su eslogan ‘Just do it’ (solo hazlo). La frase, una de las más icónicas en la historia del marketing, había sido creada a finales de los 80 en Estados Unidos tomando prestada la historia de un asesino que enfrentado a su pelotón de fusilamiento no dudó en soltarla antes de ser cosido a balazos. El caso es que a mediados de los 90 el ‘Just do it’ competía con el ‘Impossible is nothing’ (nada es imposible) de Adidas para hacerse con la hegemonía del ego adolescente en todo el planeta.

Así que comenzaron las aventuras imposibles y los patrocinios más extravagantes. Y uno de ellos iba a estar relacionado con Boit y con Bitok. Nike envió a un emisario a Kenia y escogió a aquellos dos jóvenes atletas como ratas de laboratorio para uno de sus experimentos deportivos más singulares. Iban a ser llevados a Finlandia para someterse a un duro entrenamiento de dos años para hacer de ellos esquiadores olímpicos.

El objetivo de Nike era convertirlos en los primeros africanos en competir en unos Juegos Olímpicos invernales. Ya en 1984 el senegalés Lamine Gueye había participado defendiendo la bandera de Senegal, pero Gueye llevaba desde los cuatro años viviendo en Suiza. La hazaña a la que Boit se iba a enfrentar era sobresaliente. Después vinieron unos cuantos afortunados de Zimbabwe, Togo, Etiopía, Madagascar o Camerún, pero en el instante en el que Boit se colocó los esquís, que un africano fuese a unos JJ.OO de invierno era ciencia ficción.

Nike puso un entrenador personal a tiempo completo a disposición de Boit y de Bitok. En un primer momento empezaron el experimento entrenando por las llanuras de Kenia usando esquís sobre ruedas. Tras ver que la extravagancia no daba resultado, Nike mandó a los dos keniatas a Finlandia para que conocieran la nieve. La idea era que compitieran en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo aprovechando sus innatas y extraordinarias condiciones para la resistencia. No se trasladarían de manera definitiva a Europa hasta bien avanzado 1996. Disfrutaban de poco más de un año para estar listos para los Juegos Olímpicos de Nagano que tendrían lugar en febrero de 1998.

Al principio no sabían ni ponerse las fijaciones de los esquís y las caídas se convirtieron en cotidianas. El primer día que Boit llegó a Helsinki el termómetro alcanzó los 17° bajo cero. En Eldoret, a pesar de estar a 2.000 metros de altitud, es asombroso bajar de los 10 grados positivos. Era un desafío inhumano. Además, la amistad y el buen rollo pronto se convirtieron en una lucha de egos. Kenia tenía una sola plaza de acceso a la prueba de esquí de fondo, por lo que sólo uno de los dos podría cumplir el sueño olímpico.

Del dúo, Philip fue el más rápido y consiguió el billete olímpico. Boit iba a viajar a Japón con poco más de doce meses de experiencia encima de la nieve, pero con más ilusión que el resto de competidores juntos.

—JUEGOS OLÍMPICOS DE NAGANO—

Como el único representante de Kenia, Boit fue el agraciado atleta que como abanderado lució la bandera de su país en el estadio olímpico, recibiendo la entusiasta ovación del público japonés. Sería la primera, pero habría más. Unos días más tarde 97 atletas iban a participar en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo. Y por supuesto Boit llevaría el número 97 amarrado a su espalda. Nadie esperaba que su puesto no fuese ese mismo.

La noche antes de la carrera Philip fue incapaz de pegar ojo. Pero no por culpa de los nervios. Cuando el día se apagaba empezó a llover con fuerza, y las nubes siguieron rociando agua al amanecer de la siguiente jornada. Boit nunca había esquiado bajo la lluvia. No sabía lo que era ponerse los esquís sobre nieve húmeda. La lluvia hace que la nieve se vuelva fango y el caminar se hace más lento y pesado. Más difícil todavía. La dificultad de la prueba pasaba a ser hercúlea.

La carrera comenzó y pronto Boit dejó de emerger en las pantallas televisivas. Empezó de último y acabaría de último. Por el camino se cayó en innumerables ocasiones. El caos fue el común denominador de la carrera. “Cuando iba cuesta arriba me sentía como si me hubiesen puesto tacones”, manifestó Boit al finalizar el recorrido. Tardó más de 47 minutos en transitar los 10 kilómetros cuando Bjorn Daehlie, ganador de la medalla de oro, tardó veinte minutos menos.

NAGANO 1998 10 km klassisch 12.02.98, Philip BOIT OLYMPISCHE... News Photo  - Getty Images
Orgullo africano. Experimento norteamericano

Lo maravilloso iba a llegar ahora.

Los Juegos Olímpicos de invierno no son el mastodonte de deportistas, patrocinadores y periodistas que abruman a su hermano veraniego. Hasta el torneo de los cuatro trampolines mueve tanta gente como la cita olímpica de la nieve. Siguen siendo manejables y la parafernalia es mucho menor que la que rodea a los de verano. No se tardan muchos minutos entre el fin de cada prueba y la entrega de medallas. Es todo más liviano.

Bjorn Daehlie se dispuso a recibir la medalla de oro (por entonces su sexta presea dorada en los Juegos Olímpicos) por su victoria en los 10 kilómetros de esquí de fondo cuando Boit aún no había finalizado la prueba. De repente la multitud comenzó a rugir y Daehlie se dio cuenta que no era por él. La ovación iba dedicada a Boit.

Boit estaba entrando en el recinto olímpico y se disponía a acometer los últimos metros de la prueba. Daehlie no lo dudó. Abandonó el pódium, ordenó paralizar la ceremonia y se acercó a la línea de meta para esperar la llegada de Boit.

En latitudes meridionales el nombre de Bjorn Daehlie no significa nada, pero al norte de Europa es un semidiós con esquís. Daehlie es el esquiador de fondo más laureado de la historia pasando con holgura de las 20 medallas acumuladas entre Juegos Olímpicos y Mundiales. En su Noruega natal es reverenciado con tal aprecio que dejaría en evidencia a las más grandes estrellas futboleras. Retirado hace ya un par de décadas, Daehlie es ahora un referente cultural con su propia marca de ropa y con continuas apariciones en el papel cuché y en la televisión al más puro estilo David Beckham.

Sí Bjorn Daehlie manda paralizar una ceremonia de medallas, se paraliza.

“Todos habíamos oído hablar de aquel chico. Escuché por el sistema de megafonía que casi había llegado al estadio y me impresionó que pudiera terminar la carrera en estas condiciones tan adversas. Quería esperarlo, ver a este valiente atleta africano terminar la carrera”, comentó a la prensa el fondista noruego. Boit apretó los dientes y encaró la recta final de meta ayudado por una atronadora multitud japonesa al grito de ¡Kenya go! y ¡Philip go! y con el mejor fondista de la historia esperándolo tras la línea de meta para fundirse con él en un sentido abrazo.

Boit había quedado el último. Pero la eternidad era suya.

Philip Boit, un Kényan aux Jeux Olympiques d'hiver de Nagano
Daehlie (i) y Boit (d)

¿Sabías quién era Bjorn Daehlie? Esa fue la primera pregunta de la prensa noruega. Y no era tan descabellada. “Mi entrenador me había hablado sobre él y lo había visto en la televisión. Es un honor que el mejor esquiador de fondo del mundo me haya felicitado”, dijo Boit. Fue el inicio de una buena amistad. Boit retó entre risas a Daehlie para los siguientes Juegos Olímpicos y cuando meses después tenga a su primer hijo le pondrá el nombre de Bjorn Boit en homenaje al fondista noruego. 

Días después Philip Boit regresó a Kenia como un héroe. Una multitud le esperaba en el aeropuerto de Nairobi y le acompañó cantando y bailando caminó de su casa familiar. Había llegado el último, pero había sido el primero. No había necesitado ganar medalla alguna para convertirse en una celebridad.

Todo eran flores, aplausos y felicitaciones y el patrocinio de Nike parecía no tener fin. La marca estadounidense había conquistado primero el mundo del atletismo, luego el del baloncesto y ahora iban a dar el salto a los deportes de invierno. Al año siguiente se celebró en Austria el Mundial de Esquí y tanto Boit como Nike querían ver que lo que el año anterior había sido una anécdota ahora era un buen resultado. No fue así. Boit se esforzó como nunca pero los progresos fueron ínfimos. Volvió a quedar el último. Lo que el año anterior eran abrazos y congratulaciones pasaron ahora al más crudo silencio.

Boit ya no era un experimento y Nike decidió romper el contrato. Se habían acabado los recursos económicos, pero ahora su ilusión se había multiplicado. Boit se creía fondista, se creía esquiador. Sin dinero, tuvo que abandonar definitivamente la opulenta Europa y tomar un billete de vuelta a Kenia. Se presentó en Eldoret y pidió ayuda a su familia. Exigió a su padre su parte de la herencia y vendió todas sus tierras y sus vacas para poder seguir financiando su carrera. Montó una pista de esquí sobre tierra y siguió entrenando sobre seco.

Boit consiguió competir en dos ediciones más de los Juegos Olímpicos, siendo en ambas ocasiones el abanderado, ya que nuevamente fue el único representante de Kenia en la competición. En Salt Lake City 2002 consiguió escalar hasta la posición 64º dejando a tres participantes por detrás. En Turín 2006 participó en la prueba de fondo de 15 kilómetros batiendo su propia marca al conseguir quedar por delante de cinco esquiadores.

Kenya's Philip Boit overjoyed to pass torch to Simader
Abanderado y solitario

Boit tenía la idea de retirarse disputando sus cuartos Juegos Olímpicos en 2010. Pero no logró clasificarse. Tenía entonces 39 años. Decidió alargar un año más su sueño y disputar el Mundial de 2011 en Oslo, pero, aunque logró clasificarse, no pudo disputar la final de los 15 kilómetros de fondo al quedar eliminado en la calificación.

En todo caso aquel viaje a Oslo no fue en vano. A la capital Noruega viajó con sus cuatro hijos, incluido Bjorn Boit que pudo conocer entonces a su ‘padrino’ Bjorn Daehlie. Ambos fondistas no pudieron coincidir ni en 2002 ni en 2006 porque el noruego ya se había retirado. Fue la primera aparición pública de los dos ídolos de Nagano que desde entonces habían mantenido el contacto y que hoy en día participan juntos en diversos actos caritativos relacionados con los deportes invernales.

Philip Boit disfruta hoy de una tranquila jubilación. El esquiador que nunca había visto nevar es ahora miembro del Comité Olímpico de Kenia y es director de la única escuela de esquí que existe en su país. Posee además una tranquila hacienda con vacas. Mantiene la amistad con Bjorn Daehlie, aunque aún no ha conseguido que lo vaya a visitar a Kenia porque el noruego le tiene fobia a las serpientes. Cuando se lo dice Boit se echa a reír y le recuerda que él también le tiene pánico a la nieve.

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Cuando ya peinas canas y dejas de comer churros aderezados con chocolate e impregnados de un tufo inaguantable de alcohol con un traje de baratija lleno de manchas, no hay nada más tradicional que enchufar el televisor y ver uno de esos deportes de los que no tienes ni idea; los saltos de esquí.

Un inciso. Es lo que nuestros padres o abuelos hicieron desde 1962 hasta 2012. Desde entonces, hay que pagar una cuota mensual y verlos en la televisión de pago. Otra tradición al carajo.

Seguimos.

Es curioso porque no hay nada más navideño que la nieve. Y si bien es cierto que en el Valle de Arán, en la gótica Burgos o en las profundidades de Teruel es posible que pases las navidades rodeado de un manto blanco, lo normal en estos confines del mundo es que el Año Nuevo sea un día frío, lluvioso o incluso agradable, y lo único blanco que veas es de la pared de tu baño.

Pues eso. Nos ponemos la bata, almorzamos como si no hubiese un mañana a las puertas de engullir aún más calorías al mediodía y nos disponemos a ver a unos tipos que bajan colina abajo sujetados por dos tablas de madera y saltando espectacularmente al vacío. Luego, el narrador dice que estamos en Garmisch, y soltamos un característico deje de admiración por esas cosas que vienen del primer mundo y que aquí nos cuesta entender.

Alcanzan cerca de los 100 kilómetros por hora en un espacio de 150 metros. Es espectacular, a la vez que arriesgado, pero es una tradición que se mama desde la infancia. En Europa, en esa masa montañosa que se inicia en el Macizo Central francés y finaliza en los Montes Cárpatos, los niños no sólo pegan patadas a una pelota; también juntan estacas de madera, las unen con la ayuda de sus padres y se dedican a subir a la parte más alta de su pueblo y lanzarse cuesta abajo una y otra vez.

Eso hace que lo que para nosotros sea cosa de unos locos, congregue a más de 5 millones de espectadores en la televisión alemana, a más de 100.000 personas que pagan su entrada para ver los saltos in situ en Garmisch o para que el líder mundial de saltos se embolse más de 250.000 euros en premios, cantidades que, por ejemplo, son el doble que un salario estándar en la Liga ACB.

Pero esto no consiste en saltar el 1 de enero e irte para tu casa. Es bastante más complicado.

El ‘vierschanzentournee’ (torneo de los cuatro trampolines) comienza el 29 de diciembre y finaliza el 6 de enero. Como se propio nombre indica, se trata de cuatro saltos distintos que se celebran en Oberstdort, Garmisch, Innsbruck y Bischfshofen, las dos primeras alemanas y las últimas austriacas, y todas ellas villas alpinas maravillosas para disfrutar de la naturaleza o relajarse en sus aguas termales. Dicho torneo comenzó a disputarse en 1952 y el finés Janne Ahonen con cinco victorias generales es el esquiador más laureado. Por países, Finlandia (16), Austria (16) y Alemania (16) rivalizan por la primacía.

Pero no acaba aquí la cosa. El torneo de los cuatro trampolines forma parte desde 1979 de la Copa del Mundo de Saltos de Esquí. Se celebra anualmente en el hemisferio norte entre noviembre del año saliente y marzo del año entrante. Cada prueba suma puntos para una clasificación general que determina al campeón mundial, sistema idéntico, por ejemplo, al motociclismo, modalidad mucho más cercana al aficionado en España.

Consta de un total de 18 pruebas y aunque se han disputado en pistas de esquí de Estados Unidos, Canadá, Japón o Corea del Sur, la primacía europea de este deporte es colosal. En el calendario de este año, los países que acogerán torneos valederos para el mundial serán Polonia (2), Finlandia (2), Rusia (2), Alemania (4), Suiza (1), Austria (3) y Noruega (4). En este último país se disputa el torneo de Holmenkollbaken, el único en importancia y prestigio capaz de rivalizar con los cuatro trampolines. Solo este ha permanecido inalterable en el calendario. Se trata de una descomunal colina a las afueras de Oslo que tiene el honor de ser el decano de las pistas de esquí del mundo ya que fue construida en 1889.

Pero dejando a un margen a la joya noruega, no hay nada más célebre como ganar en Garmisch el día 1 de enero. La meca del esquí es cuna de saltadores desde 1921 y es la única que ha mantenido inalterable su lugar de salto sin añadir ningún tipo de modificación a su recorrido. Garmisch es el Wimbledon del esquí y vencer en los cuatro trampolines es una hazaña similar a conseguir un Grand Slam. Hasta la fecha únicamente el alemán Sven Hannavald en 2002 logró la cuádruple victoria.

— Hitler siempre está presente —

Y un pequeño apunte final. Toda buena historia en la que aparezca Alemania tiene que tener un regusto nazi. Algo de salsa.

Cuando pongamos la tele observaremos como se habla de Garmisch. Realmente habría que referirse a Garmisch-Partenkirchen. Hasta 1940 había una estúpida norma que obligaba al país que acogía los Juegos Olímpicos de Verano celebrar también los de Invierno. Y digo estúpida porque en 1928 Ámsterdam tuvo que ceder tal honor a la suiza Saint Moritz porque, que yo sepa, en Holanda hay canales pero de montañas nevadas poco saben. En la actualidad se escalonan ambos eventos, y, por ejemplo, en un par de meses se celebrarán los invernales en Corea del Sur (los veraniegos tuvieron lugar en Brasil en 2016).

Volviendo a 1936, nos referimos a la famosa Olimpiada de Berlín, a Jesse Owens y a la huida (que no fue tal, algún día lo explicaré) de Hitler del palco. Pero unos meses antes también había que celebrar los invernales. Y había un problema.

Münich podía ser el lugar central, el eje olímpico. Pero Münich está a unos 90 kilómetros de los Alpes. Las pruebas se tenían que celebrar al pie de la cordillera. Ahí aparece Garmisch. Con unos 18.000 habitantes se encontraba Garmisch (en terreno alemán) y con otros 10.000 estaba Partenkirchen (en terreno austríaco). Ambas eran villas demasiado pequeñas, pero juntas podían celebrar una Olimpiada (hay que recordar que estamos en 1936). Los nazis lo tienen claro. Se obliga a la unión de las dos localidades que pasan a formar parte de la frontera alemana. El gobierno austriaco débil, y que tenía los días contados, deja hacer y se consuma la unión ante la incredulidad de los vecinos de Partenkirchen.

https://www.youtube.com/watch?v=hn-rzQhxo5Y

El propio Hitler fue quien dio por inaugurados unos Juegos Olímpicos en los que por primera vez se encendió un pebetero. Este hecho es identificado siempre con Berlín, pero unos meses antes hubo un ensayo general en Garmisch con un increíble espectáculo de fuegos artificiales a mayor gloria de la fortaleza internacional del III Reich.

Eso sí, la fiesta no fue completa porque la nación que lideró el medallero fue Noruega, doblando en número de preseas a los alemanes.

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