Tour de Francia

100 años del maillot amarillo

El Tour de Francia de 2019 que en estos momentos se está dirimiendo conmemora dos efemérides. Partió de Bruselas como homenaje al quincuagésimo aniversario de la primera victoria en el Tour del belga Eddy Merckx, uno de los escasos deportistas que tienen el quórum de público y crítica de haber sido con plena certeza el mejor en su disciplina. El segundo motivo de celebración es el centenario del maillot amarillo, el grial del ciclismo, la sagrada prenda que porta el líder de uno de los más extraordinarios acontecimientos que nos brinda el deporte.

A pesar de que la primera edición del Tour tuvo lugar en 1903 no sería hasta la edición de 1919 cuando el maillot amarillo pasaría a ser la prenda alegórica del líder de la carrera. Por entonces los ciclistas llevaban un jersey de lana con una gama de colores que iba del negro al blanco, siendo el gris y el azul oscuro los colores predominantes. Como ocurre en el presente, los ciclistas estaban patrocinados por equipos, esencialmente fabricantes de bicicletas, neumáticos, coches o componentes del motor, pero no llevaban el jersey xerografiado, si acaso un par de pegatinas en el cuadro de la bicicleta.

El Tour, al igual que cualquier otra vuelta por etapas, presenta una enorme dificultad para aquel que se adentra a la carrera con ojos de novato. Dado que el ganador final lo hace por acumulación de tiempos, el cabeza de carrera o el vencedor de la etapa provisional no es el verdadero líder de la prueba. Esa complejidad unida a que el barro y la lluvia en el rostro y en el pecho de los ciclistas los hacían irreconocibles para los aficionados, hizo que se ideara la creación de un color nuevo, de un maillot amarillo, para el líder del Tour de Francia.

Se dice que fue el ex ciclista Alphonse Baugé el que le dio la idea a Henri Desgrange, patrón del Tour, de inmortalizar con un maillot amarillo al cabecilla del Tour. Maillot ha pasado a ser sinónimo de camiseta, aunque en sus inicios el maillot amarillo fuese un jersey de lana y en la actualidad una malla ajustada. Es maillot porque Maillot era el apellido del fabricante de bonetes parisino que en el siglo XVIII inventó la camiseta. El bonete, por cierto, es la gorra de terciopelo que usan los eclesiásticos y que evolucionó en el birrete de los universitarios. Amarillo lo fue y lo es porque el Tour era organizado por el periódico deportivo `L’Auto’ que se imprimía en hojas de color amarillo. Desgrange, director del rotativo, fue el que puso en marcha el Tour en 1903 con la idea de hacer patria y aumentar la venta de diarios. Lo consiguió con creces y tras la II Guerra Mundial, y muerto ya Desgrange, `L’Auto’ pasará a ser `L’Equipé’, jornal considerado la Biblia del periodismo deportivo.

Había un motivo más para que el maillot fuese amarillo. Tras cuatro años de infierno en Europa, de lamentos, lloros, hambre y muertos, Francia afrontaba su primer Tour tras el impase de la I Guerra Mundial. Para Henri Desgrange el amarillo, el dorado, representaba “el color de la esperanza, del sol que ilumina después de la Gran Guerra las ciudades destruidas y las carreteras infames”.

Hasta el inicio de la edición de 2019 en estos 100 años de maillot amarillo tan sólo 266 corredores han portado la sagrada prenda. Como no podía ser de otra forma Eddy Merckx es el plusmarquista absoluto con 96 días llevando la mágica zamarra. Realmente fueron 95 veces, aunque el palmarés está engalanado con 96 ocasiones. En 1971 Luis Ocaña sacaba más de 7 minutos de ventaja al ogro belga cuando el infortunio se cruzó en su camino descendiendo el Col de Menté. Al día siguiente, y en señal de respeto al que consideraba su gran rival, Eddy Merckx se negó a vestir de amarillo a pesar de ser el nuevo líder de la carrera.

El francés Eugene Christophe tuvo el honor de ser el primer portador del maillot amarillo en la undécima etapa del Tour de 1919 que unía Grenoble con Ginebra. El impoluto amarillo sólo se veía alterado por las iniciales HD, bordadas en lana, en honor al patrón del Tour y que sólo fueron eliminadas en 1984 para facilitar el patrocinio. En la última década se ha recuperado la tradición colocándolas discretamente en una de las mangas.

Christophe nunca ganó el Tour. Se hizo famoso cuando, siendo líder destacado, rompió la horquilla de su bicicleta en medio de una escapada, en plena ascensión al Tourmalet. Como, a diferencia de ahora, no había coches de asistencia tuvo que descender con la bici rota, buscar un herrero en un pueblo y reparar la avería. Indudablemente perdió el Tour. Indudablemente entró en la leyenda.

Aquel jersey de lana picante y tejido rasposo es hoy un maillot de corte anatómico que garantiza la ventilación del ciclista. La lana, el algodón o la lycra han dado paso al elastano flexible, que hace que los corredores en vez de ciclistas parezcan astronautas. El maillot no tiene costuras y el flujo de aire se crea con un panel de ventilación transpirable que se instala en la espalda regulando la temperatura del ciclista y limitando su gasto de energía. El poliuretano evita que se suelte y que cree llagas. Uno hasta se sorprende de que eso sea una camiseta y de que el amarillo sea un color.

El maillot, al igual que la bicicleta, puede valer cientos o miles de euros, pero sigue siendo lo mismo. Una prenda de ropa el uno, un cuadro, un sillín, dos ruedas y un manillar el otro.

El ciclista que porta el maillot amarillo es como un rey sobre su caballo. En el medievo se decía que sólo podía haber buenas palabras para hablar del trasero de un rey. Lo mismo le ocurre al líder del Tour de Francia. El maillot amarillo, es áureo y es pajizo, es místico y es emocionante.

Como señalaba unas líneas más arriba, Eddy Merckx tiene la plusmarca de túnicas sagradas con hasta 96 días brillando de amarillo. El extraterrestre Induráin lo vivió 60 veces y el proscrito Amstrong 81 fechas hasta que fue eliminado de los libros de historia. Tan sólo en dos ocasiones (1947 con Jean Robic y 1968 con Jan Janssen) el vencedor final no se vistió de amarillo hasta la última etapa y sólo en tres oportunidades el maillot amarillo lo fue desde la primera hasta la última etapa (1924 con Ottavio Bottecchia, 1928 con Nicolas Frantz y en 1935 con Romain Maes).

Después del maillot amarillo vinieron todos los demás. El maillot blanco distingue a la mejor promesa, al ciclista menor de 25 años que más destaca. Se entrega desde 1968. Más antiguo es el maillot verde (1953) y que premia la regularidad en cada una de las etapas, normalmente a los velocistas que mejor pasan la alta montaña. Pero el más querido por aficionados y ciclistas es el maillot blanco de lunares rojos que desde 1975 premia al mejor escalador. Aunque la prenda es de fecha tardía, desde 1933 ya se premiaba al ciclista que pasaba mejor clasificado en el mayor número de picos de montaña.

Cada uno de los 20 maillots amarillos que se entregan en esta edición del Tour son distintos y originales. `Le Coq sportif’, el fabricante, ha diseñado una serie de elementos representativos de la historia de la carrera, de sus héroes, sus montañas y sus ciudades. Desde la Catedral de Reims, el Coliseo de Nimes, el Arco del Triunfo parisino, el Galibier, el Tourmalet o los retratos de Christophe, Hinault, Anquetil, Indurain o Merckx en el frontal del maillot.

“No hay que tener miedo a perder, de hecho he perdido bastante más carreras de las que he ganado” Miguel Indurain, pentacampeón del Tour de Francia.

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El secreto de Gino Bartali; el Schindler de la bicicleta

En un pueblo cualquiera, a caballo entre Toscana y Umbría, cientos de pasajeros esperan impacientes la llegada de un tren. Entre todos los transeúntes destaca la figura de un hombre moreno, de anchas espaldas y con nariz de púgil. Aparecía siempre en el andén acompañado de una preciosa bicicleta dorada que apoyaba cuidadosamente en el muro de piedra que separaba el apeadero de la cafetería de cualquier estación. Rápidamente todos los presentes se giran para darle la bienvenida y saltar en busca de un saludo, de una sonrisa o de un autógrafo, o de las tres cosas, si había un golpe de suerte. El hombre en cuestión se llama Gino Bartali, por entonces doble ganador del Giro de Italia y flamante vencedor del Tour de Francia. Tras deslumbrar a los presentes con su sonrisa se dirige a un vagón determinado y con la confusión del sube y baja se esconde entre la muchedumbre. Pasados unos segundos se retira y grita a los cuatro vientos “pasado mañana vuelvo”.

Parecía una frase de cortesía hacía los aficionados, pero en realidad lo que fijaba era una cita para intercambiar unos documentos furtivos que estaban destinados a salvar cientos de vidas.

Bartali era una fuerza de la naturaleza que con sólo 22 años había ganado el Giro de Italia de 1936 y que al año siguiente repetiría victoria sin demasiado esfuerzo. Era la estrella ciclista del momento y eso era mucho decir en los años en los que el ciclismo era el ‘santo sactorum’ del deporte. Se le conocía como el hombre de hierro. Fumaba abundantemente y era habitual del whisky y del brandy, el doping de aquel entonces. Era un enamorado del esfuerzo y cuando los rivales tiritaban ante la tormenta y el frío, Gino retozaba con alegría. Bartali había nacido en un pueblecito de los arrabales de Florencia, en una casa que hoy es un museo dedicado a su memoria. Nació en el seno de una familia humilde, conservadora y trabajadora que le inculcó los caminos de la fe católica. No en vano su apodo más célebre era el de “monje volador”. Pero Bartali iría más allá. Cuando su hermano muera atropellado por un coche en una carrera ciclista, Bartali se encerrará durante semanas junto a su bicicleta en el sótano de su casa para llorar su muerte. La tragedia reforzó su fe y no encontró mejor camino para llegar a ella que a través de las dos ruedas.

La II Guerra Mundial mutiló el palmarés de un ciclista excepcional que logró 3 Giros de Italia (1936, 1937, 1946) y 2 Tours de Francia (1938, 1948) dejando yermos los años de madurez y de mayor fortaleza física. Un talento quebrado en una época rota. Los duros tiempos de los ismos también dañaron su imagen. En 1938 Benito Mussolini le obligó a no presentarse en el Giro para que preparase a conciencia el Tour de Francia. Para ‘il Duce’ era una cuestión de Estado que un italiano triunfase en la prueba ciclista de referencia. Bartali vio, llegó y venció, y pronto lo catalogaron como ciclista del Régimen y emblema del fascismo, a pesar de que no existe documento cinematográfico o fotográfico en el que se le vea haciendo el saludo fascista.

Bartali murió en el año 2000, con 84 años de edad, y siempre vivió bajó la tirria y la animadversión de media Italia. A ello contribuyó su rivalidad con Fausto Coppi en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. Bartali representaba a la Italia campesina, católica y tradicional. Coppi era el futuro, la elegancia, la ciudad. Era el tergal contra el esmoquin. El primero representaba a los fascistas, el segundo a los comunistas. La realidad era mucho más simple. Sencillamente eran estereotipos. Ni se llevaban mal ni eran tan radicales en sus ideas. En el Tour de 1952 ambos intercambiaron un sorbo de agua camino de los Pirineos. La mística de aquella instantánea aún retumba en el presente. En la Italia de hoy se sigue discutiendo quien le dio el agua a quien. Ellos siempre mantuvieron el secreto. Aquella imagen simboliza la solidaridad entre las dos italias.

Porque aquella Italia estuvo al borde de una guerra civil. Con la mitad de la población votando a Democracia Cristiana (DC) y la otra mitad al Partido Comunista (PC), el 14 de julio de 1948 un pistolero atenta contra Palmiro Togliatti, presidente del PC. Con buena parte de la izquierda exaltada en las calles, Alcide de Gasperi, presidente de Italia y líder de DC, telefonea a Cannes, en la Costa Azul francesa, al hotel donde se encuentra Gino Bartali quien está disputando el Tour de Francia. De Gasperi le pide a Bartali que gane el Tour para evitar una guerra civil. Aún faltaban por ejecutarse las etapas alpinas, pero Bartali estaba a más de 21 minutos de Louison Bobet el líder de la carrera. Bartali le promete a de Gasperi que será el ganador de la etapa, aunque no se aventura a prometerle la conquista global.

Aunque en el ciclismo de entonces la distancias se medían por minutos y no por segundos, es de locos pensar que Bartali pueda ganar el Tour.

Al día siguiente, a lo largo de cerca de 300 kilómetros de frío, lluvia y barro, Bartali lanza su ataque en el Izoard y gana la etapa con cerca de 20 minutos de ventaja sobre Bobet. En la siguiente etapa rematará su hazaña venciendo en Aix les Bains y alzándose con un liderato que ya no abandonará hasta París. Las radios (aún no había televisión) se pasan las horas hablando del Tour de Francia. La noticia que abre los noticiarios es la victoria de Bartali dejando en segundo plano las declaraciones de un Togliatti que se recupera milagrosamente de sus heridas en la cama de un hospital. Tras dar las gracias a los médicos, el líder del PC solicita calma a la población y a sus compañeros del Partido Comunista mientras se congratula por los éxitos del católico Bartali.

—EL SECRETO DE GINO BARTALI—

Cuando enterraron a Bartali lo vistieron con el sallo franciscano. Consideraba que no había mejor vestimenta para dejar este mundo, porque el traje capuchino no tiene bolsillos. En la otra vida no hay dinero y sin bolsillos no hay donde guardarlo. Con esa misma humildad falleció guardando un secreto que ni insinuó ni contó a su familia. Tan sólo su nieta desvelaría años después que su abuelo siempre le decía que sería más querido en muerte que en vida, algo que no lograba comprender. Bartali había pasado a la eternidad como un hombre amado por media Italia y que había logrado el respeto de la otra media que lo odiaba con su legendaria victoria en el Tour de 1948.

Lo que muy pocos sabían es que sus pedaladas más heroicas fueron anónimas.

Entre el otoño de 1943 el cardenal Elia Dalla Costa, amigo de Bartali, le puso en conocimiento de un plan que estaba tramando. Había organizado una red clandestina formada por frailes franciscanos, monjas y laicos que ayudaban a escapar a cientos de judíos amenazados por las deportaciones a Europa del Este ordenadas por los fascistas a instancias de la Alemania nazi. El plan estaba bendecido por el Papa Pio XII pero necesitaba de un correo que transportase los documentos de identidad falsificados, dinero y fotografías sin llamar la atención.

Ese hombre era Gino Bartali.

Entre otoño de 1943 y la primavera de 1944 se estima que Gino Bartali ayudó a salvar la vida de más de 800 personas. Cada uno o dos días, Bartali pedaleaba entre pastos y cipreses, desde Florencia a Asís, sorteando en los días de mayor ajetreo unos 185 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Por el camino paraba en una estación o en otra, según le indicasen, tomando nota de los retenes alemanes, sorteando controles fascistas y saludando a todo aquel que se sorprendía de verlo aparecer cada mañana. Él, alargaba el cuello, esbozaba una sonrisa, repartía autógrafos y tan sólo acertaba a decir que estaba entrenando, manteniéndose en forma para volver a competir cuando acabase la guerra.

La misión de Bartali consistía en pedalear hasta Asís, donde se imprimían los documentos falsos en una vieja imprenta. Allí, en un convento, mientras la resistencia trabajaba en pleno funcionamiento las monjas cantaban y gritaban con toda la fuerza de sus pulmones para ocultar el ruido del traqueteo de las máquinas. Después llevaba todos esos impresos clandestinos al punto convenido ocultos dentro del tubo de su legendaria y preciosa bicicleta Legnano dorada.

Al parecer en uno de esos trayectos apoyó la bicicleta en la fachada de un bar para descansar y pedir un vaso de agua. Un avión aliado, quizá cegado por el resplandor del sol en la bicicleta, descargó una ráfaga de disparos sobre la bici dejándola inservible. Una vez arreglada decidió llevarla siempre sucia y le sustituyó el color dorado por uno marrón que despistase al ojo ajeno.

Todo esto fue revelado hace poco más de una década, cuando el hijo de uno de esos judíos florentinos felizmente salvados descubrió en el desván de la casa de sus padres un diario que relataba con detalle cómo funcionaba la red clandestina y el papel desempeñado por Gino Bartali en que se llevase a cabo con acierto. Fue entonces cuando la nieta de Bartali comprendió lo que su abuelo le había contado entre bambalinas. Fue entonces cuando Italia comprendió el valor de un hombre que además de fuerza física tenía una gran fuerza interior. De un hombre del que dicen que a través de su humilde generosidad consiguió salvar a un país de una guerra civil. “Él consideraba que esas cosas se hacen, pero no se cuentan. Se lo pidieron, se lo pensó, y simplemente dijo que sí”, diría de él uno de los pocos franciscanos que seguían con vida cuando todo esto se supo. Luego, un par de años después, cuando la curiosidad hacia el mito fue creciendo, también se supo que en el sótano de su casa ocultó a una familia de judíos durante cerca de un año.

https://www.youtube.com/watch?v=8_45M8nMD6U

“¿La fe católica? No, fue una cuestión de humanidad”. Luigi Bartali, hijo de Gino Bartali y director del museo del mismo nombre.

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (2ª parte)

En el discurrir del Macizo Central francés, en la región de la Auvernia, hay una serie de volcanes entrelazados lugar de ceremonias espirituales desde tiempos inmemoriales. Son volcanes, hoy dormidos y antaño tenebrosos, que conformaron una geografía de picos redondeados, pueblos encaramados en laderas y maravillosas sendas. El volcán más famoso de tan bella cordillera es el Puy de Dôme, notoriedad que le otorgaron Coppi, Bahamontes, Merckx o Delgado, pero por encima de todos ellos, Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en el Tour de Francia de 1964.

Eran los dos indiscutibles favoritos en el Tour de aquel año. Poulidor había ganado la Vuelta a España (por entonces se corría en mayo) la que sin todavía saberlo iba a ser su única grande. Anquetil acababa de triunfar en el Giro. Anquetil, el mejor contrarrelojista hasta la aparición de Induráin, era un insolente con una muy buena mano izquierda en los despachos, lo cual le ayudaba a conseguir unos trazados con escasas llegadas en alto que le permitían brillar. Poulidor no era ni tan bueno como Bahamontes en la montaña ni tanto como Anquetil en las cronos, pero era más joven, y sobre todo, atacaba sin descanso.

El Tour del 64 sigue el sentido de las agujas del reloj, pasando primero por los Alpes, luego por los Pirineos, para ascender dirección norte hacia el Macizo Central hasta llegar a Paris. Hay montaña, pero también 4 etapas contrarreloj. Poulidor sale reforzado en las etapas alpinas, gracias a la involuntaria ayuda de Bahamontes, que a sus 36 años todavía aspiraba a meterse entre los tres primeros. Anquetil recuperará terreno con una gran contrarreloj y así se llega a una etapa de media montaña que finaliza en el velódromo Louis II de Mónaco donde Poulidor (al igual que le había ocurrido en 1960) llega el primero a la línea de meta y levanta los brazos, sin saber que había que dar una vuelta al circuito y perdiendo la etapa que iba a parar a manos de Anquetil. Nuevamente el bonachón de ‘Pou Pou’ hacía gala de su mala fortuna.

Al día siguiente hay jornada de descanso y parece ser que Anquetil estuvo de fiesta hasta altas horas de la madrugada atiborrándose de langosta, cordero asado y champán. “Mañana le van a salir las langostas por los costados” diría Bahamontes, que, perro como pocos, ataca nada más salir en la siguiente etapa, en las faldas del puerto de Envalira. Salen tras él varios españoles, liderados por Julio Jiménez, y también Poulidor, batallador como pocos, pero sin el punto de maldad del toledano como para atacar él de primeras.

Tras el Puerto de Envalira llega el del Tourmalet, y a mitad de ascensión Julio Jiménez, Bahamontes y Poulidor le endosan 4 minutos a Anquetil, que da síntomas de vomitar la langosta en las curvas. Poulidor tiene el Tour a tiro. Hay muchísima niebla. Cuentan, sin televisión de por medio, que varios compañeros remolcan a Anquetil mientras sube el coloso pirenaico. Corona el puerto exhausto, pero en la bajada se recupera milagrosamente y se lanza por los escapados a tumba abierta como un poseso. Bahamontes, que siempre ha visto conspiraciones por todos los lados, diría que lo bajaron en coche. Julio Jiménez siempre sostuvo que eran chorradas del toledano. El caso es que durante la bajada nuevamente la mala suerte hace aparición en la vida de Poulidor y dos pinchazos seguidos le obligan a bajar el ritmo. En el segundo hasta tropieza con su mecánico que lo acaba tirando al suelo. Al final Poulidor conseguirá llevarse la victoria de etapa pero por un margen de tiempo ínfimo y que le permite a Anquetil mantener el liderato.

Llegamos así al 12 de julio de 1964. Última etapa de montaña, luego una corta contrarreloj y llegada a París. La etapa del día consta de 237 kilómetros con inicio en Brive la Gallarde y final en el Puy de Dôme. Es una cota que se corona a unos 1.400 metros de altitud tras 11 kilómetros de ascensión con unos últimos 4 kilómetros con un desnivel medio del 12%. Se bordea el volcán con una carretera que va en ascenso en forma de cono, desde la base hasta la cima, por lo que evita las características curvas de herradura más habituales en las cumbres de montaña.

Para muchos sigue siendo el mayor acontecimiento de la historia del Tour.

Anquetil aventajaba en 55 segundos a Poulidor. Ninguno de los dos era un gran escalador. La etapa es terrible y los gallos llegan juntos hasta el final. A 6 kilómetros de la meta se marchan Jiménez y Bahamontes para luchar por la etapa. El primero se hará con la misma y el segundo con el tercer escalón del pódium.

Pero el Tour se dirimía entre los dos franceses. Anquetil iba de amarillo con Poulidor a la rueda. Por los jadeos de Anquetil, Poulidor comprobó que su rival estaba sufriendo, pero no se atrevía a atacar. Fiel a su forma de ser, tenía miedo de reventar y demasiado respeto al por entonces patrón del Tour. Anquetil, listo como pocos, le enseña la rueda y se pone a su lado. No detrás, sino al lado, para no dar muestras de debilidad. Siempre consigue cerrar el hueco, por lo que ambos continuaron subiendo por el volcán a golpe de pedal intercambiando codazos.

Finalmente, a 4 kilómetros de la cima, ‘Pou Pou’ se decide a atacar. Anquetil, agonizando, hacía la goma. Jacques Goddet, patrón del Tour, declararía: “Durante 3 kilómetros, su aliento, su sudor y la lana de sus jerséis se mezclaron”. Finalmente en los últimos 1.000 metros Anquetil explota, y hasta es sobrepasado por el italiano Adorni, pero es demasiado tarde para Poulidor, que sólo consigue arañar 42 segundos quedando a 13 segundos del maillot amarillo.

`Pou Pou’ la había cagado una vez más.

Basta echar un vistazo a las fotos y a las imágenes televisivas. Poulidor parece cansado, pero dentro de unos límites humanos. No ha sabido arriesgar. Anquetil está destrozado. El hombre impoluto lo ha dado absolutamente todo. De hecho, nada más cruzar la línea de meta se derrumba y debe ser asistido con una bomba de oxígeno. Inmediatamente se apoya en el capó del coche de su director y saca fuerzas de flaqueza para espetar a la prensa: “Me sobraron 13 segundos”, y añade, en una actuación teatral fantástica “si hubiese perdido el liderato me hubiese retirado”. Inmediatamente los plumillas van a buscar a Poulidor que sólo acierta a decir sumiso: “Tenía que haber atacado antes”.

Dos días después (14 de julio, fiesta francesa) se desarrolla la etapa final, una crono de 27 kilómetros entre Versalles y Paris. ‘L’Equipe’ titula en español: “Mano a mano”. A mitad de recorrido, Poulidor llega a ponerse a 3 segundos del amarillo. Está más fuerte, pero la clase de contrarrelojista y de hombre calculador de Anquetil aparece en los instantes finales y gana la etapa endosando 21 segundos más a su rival. Con el tiempo añadido de las bonificaciones gana el Tour por 55 segundos, la ventaja más reducida jamás obtenida en un tiempo donde las distancias se medían por varios minutos. Y era, curiosidades del destino, exactamente los mismos segundos que separaban a Anquetil de Poulidor antes de ascender al Puy de Dôme. Más tarde, cuando en la Avenida de los Campos Elíseos Anquetil reciba el trofeo que lo acredite como ganador recibirá múltiples abucheos. Había demostrado tesón, pero su arrogancia siempre le pasaría factura a lo largo de su carrera.

La leyenda de la mala suerte de Poulidor seguiría agrandándose con el paso del tiempo, pero lo cierto es que nunca tuvo tan cerca la victoria en el Tour como aquella tarde en el Puy de Dòme. Aquel día quedó marcado como segundón a perpetuidad. Pero lo cierto es que no es el corredor que más veces ha sido segundo en el Tour, “honor” que recae en el holandés Zoetemelk que lo fue hasta en seis ocasiones, con la salvedad de que el neerlandés sí que consiguió el triunfo, en la edición de 1980.

Hasta en eso fue segundo ‘Pou Pou’.

Como suele pasar, una vez retirados, lo dos acérrimos enemigos acabaron convirtiéndose en dos buenos amigos. Pero el pique siempre perduró. Cuentan que cuando Anquetil agonizaba en el hospital por culpa de un cáncer, Poulidor se acercó a verlo. El siempre sarcástico Anquetil le espetó: “Amigo mío, incluso al cielo vas a llegar después de mí”.

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (1ª parte)

Todos los días del mes de julio, la ciudad (el pueblo en muchos casos) que da la salida o la llegada a una etapa del Tour de Francia se parece a un centro comercial. Es un hervidero de gente, patrocinadores, periodistas y ciclistas. Políticos, deportistas y personalidades varias. Durante el Tour, hay dos hombres, ya veteranos, que son siempre saludados y buscados por gente de todo tipo y condición. Uno es el pentacampeón Bernard Hinault, la gran leyenda del ciclismo francés, el otro, es un señor de pelo blanco, amplia sonrisa y mofletes de bonachón. Un abuelo con el que todo el mundo quiere sacarse un selfie; Raymond Poulidor.

Hace un par de generaciones una de las expresiones más empleadas, no sólo en el deporte sino en la vida, era ‘ser un Poulidor’. Hay un país donde esa expresión sigue usándose en la actualidad. De hecho, tiene acepción propia en el diccionario. Ese país es Francia, donde aún se sigue valorando el carácter de un político preguntándole si es de Anquetil o de Poulidor. Y es que el primero, frío y distante, fue el primer pentacampeón del Tour y orgullo de Francia. El segundo, cálido y humano, es uno de los personajes más aclamados y adorados por los franceses a pesar de no haber ganado nunca la más grande de las carreras ciclistas.

`Pou Pou’ (apodo con el que fue bautizado por la prensa francesa y que le daba un toque más ñoño si cabe al personaje) concurrió en 14 ocasiones en el Tour terminándolo en 12 ediciones y subiendo en hasta ocho veces al pódium. Correcto contrarrelojista y escalador de ritmo, hasta en tres fechas terminó en segundo lugar (1964, 1965 y 1974) y en cinco ocasiones en tercera posición (1962, 1966, 1969, 1972 y 1976), esta última vez a una edad imposible, con 40 años a sus cuestas. Se dio un baño de masas en Paris y colgó la bicicleta. Pocas carreras deportivas ha habido tan exitosas y tan longevas en el tiempo.

Pero nunca ganó el Tour. Ni siquiera logro vestirse de maillot amarillo a pesar de sumar 7 victorias de etapa. En 1973 quedó segundo en la etapa prólogo por 64 centésimas, acrecentando su ya legendaria mala suerte.

Dicen que coincidió en el tiempo con dos monstruos. Cuando era joven pero inexperto con Anquetil y cuando era veterano pero desgastado con Merckx. Pero también compitió contra sí mismo. Quizás esta última fue su peor derrota. En 1965 quedó segundo detrás de un por entonces desconocido Felice Gimondi. Le dejó marchar en las primeras etapas esperando recortar distancias en la montaña, especialidad donde el francés era superior, pero Gimondi logró aguantar todos los ataques y se alzó con la victoria. En 1966 hubo un complot contra él orquestado por buena parte de la prensa francesa para apoyar a Lucien Aimar, un joven francés antiguo gregario de Anquetil. Éste último hábilmente maniobró para que varios equipos apoyasen a Aimar en las etapas decisivas. Y en 1968, sin Gimondi ni Merckx, y como indiscutible favorito, Poulidor chocó con una moto descendiendo un puerto con tan mala suerte que se quemó el rostro con el tubo de escape teniendo que abandonar el Tour cuando era líder virtual de la carrera.

El hombre de la legendaria mala suerte.

La mala suerte de Poulidor está íntimamente ligada a la buena estrella de Jacques Anquetil. Para convertirse en un gran campeón es conveniente contar con una némesis, alguien que demuestre y ensalce tu valor. En la década de 1990 Miguel Induráin no contó con una némesis y su prestigio se vio resentido por ese motivo. Anquetil, el primer pentacampeón de la historia, tuvo más suerte. Le tocó convivir, y ganar, al eterno segundón, al bueno de ‘Pou Pou’.

Anquetil tenía un estilo relajado y sus esfuerzos eran calculados al milímetro. A menudo comentaba que para él el ciclismo era un trabajo que le permitía ganar dinero para gastar en placeres de la vida. Era elegante, un hombre selecto. Sin embargo, su honestidad y sus afirmaciones a pecho descubierto chocaban con los valores que reclamaban buena parte de los aficionados al deporte de las dos ruedas. Adjetivos como valeroso, luchador o generoso, eran del todo inexistentes en ‘Maître Jacques’.

Anquetil le había levantado la mujer a su médico. Poulidor estaba recién casado con el amor de su adolescencia. A Anquetil le gustaba el vino blanco y el marisco. A Poulidor los quesos y la pesca. Anquetil era guapo y esbelto, con un rictus señorial. Poulidor era bruto en las formas, de ceño fruncido, pero de franca sonrisa. Anquetil corría para extranjeros. Poulidor fue fiel al maillot malva de Mercier, la gran marca de bicicletas francesas. Anquetil era del norte, no muy lejos de Paris. Poulidor era de la parte más profunda del hexágono, la que sólo conoce de Paris por las postales. A la gente le gusta decir que Anquetil nació rico para acrecentar las diferencias. Pero los dos eran igual de humildes. Anquetil se sentía sólo a pesar de estar rodeado de la fama. Poulidor quería estar sólo y no entendía porque la gente le quería. Anquetil nunca entendió porque Poulidor era el niño mimado de Francia. Poulidor solía decir que él se tomaba más en serio las carreras.

Anquetil diría en una ocasión: “A veces me despierto de madrugada y no puedo conciliar el sueño angustiado en planificar hasta el mínimo detalle de una etapa. Sin embargo, sé que Raymond (Poulidor) duerme de un tirón durante toda la noche”. Poulidor diría una vez retirado: “Ser segundo no está tan mal. Si yo hubiera ganado un solo Tour, habría sido mucho menos importante, nadie se acordaría de mí”.

La fama de segundón de Poulidor nació en 1960, el año en el que se convirtió en profesional. Disputó una carrera de un día llamada “Las Boucles de la Seine”, hoy ya desaparecida. La prueba, de cerca de 300 km, finalizaba con una vuelta completa al velódromo del Parque de los Príncipes de Paris. El pobre de Poulidor pensaba que bastaba con llegar a la línea de meta y alzar los brazos. Evidentemente, le adelantaron, los demás dieron la vuelta correspondiente al velódromo y Poulidor se estrenaba en el profesionalismo evidenciando despiste y gafe de forma entrañable.

En el Tour de 1964, en una edición llena de hechos memorables, se daría una inolvidable lucha mano a mano entre aquellas dos formas de entender la vida y el ciclismo, entre Anquetil y Poulidor. Fue una carrera que merece capítulo aparte y que concluiría con la subida al Puy de Dome, en una de las batallas más hermosas jamás libradas, no sólo en el ciclismo, sino en el mundo del deporte.

Continuará.

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Elogio desmesurado de Alejandro Valverde

Valverde ha ganado 4 vueltas este año. Y la temporada ciclista aún acaba de empezar. Actualmente acumula 117 victorias como profesional. Termina de cumplir 38 años. En su primer año en profesionales competía contra Roberto Heras, Erik Zabel o Joseba Beloki. Ahora lucha frente a Bob Jungels, Mikel Landa o Fabio Aru. Todos intuimos que Valverde fue una de tantas victimas / cómplices / beneficiados / por el dopaje sistemático que azotó al pelotón desde finales de los 80 hasta bien entrado el siglo XXI. Todos sabemos que aquella bolsa de sangre con el rótulo ‘Piti’ tenía que ser suya. Pero igual que todos sabemos que políticos, empresas y particulares vivieron de cajas B y dinero negro y sólo unos pocos pasaron por el banquillo, Valverde por H o por B, por suerte o por ‘omertá’, se libró más bien que mal de aquello (Si es que tuviese que haber pagado por ello, cosa que yo, -y esto es harina de otro costal-, tampoco tengo muy claro).

Valverde es un fuera de serie. El ciclismo es un deporte cruel. Si no es el que más, tiene muchos votos para estar en el pódium de los más sufridos. Requiere un dominio de diferentes músculos como ningún otro deporte y exige un esfuerzo extendido en días continuos y durante 10 meses de temporada. Es por ello que los ciclistas se preparan para competir en diferentes momentos de la campaña, con diferentes picos de exigencia, seleccionando minuciosamente las carreras en las que combatir.

Valverde no. Valverde lucha por la victoria desde febrero hasta noviembre. Y no es que luche. Es que gana. Es tremendo.

Alejandro Valverde nunca ha sido un ciclista venerado. Dotado de una capacidad física excepcional es capaz de rendir al máximo nivel en diferentes disciplinas. Es un correcto contrarrelojista, un maravilloso llegador, un buen escalador e incluso un brillante gregario. Es, asimismo, un aventajado mentalmente capaz de triunfar en carreras de un día, preparar estrategias para pruebas de una semana, o sufrir y aguantar el dolor para llegar con opciones a una carrera de tres semanas. A una grande.

Y ese es el problema. Las grandes. El Tour (en el mundo), el Giro (en Europa) y la Vuelta (en España) son las varas de medir de un ciclista en el siglo XXI. Y Valverde, grande como pocos, es un 9 en todo, pero no es un 10 para los mitos de la carretera. Es cierto. Todos vemos el Tour y pocos vemos la Flecha Valona. Todos somos culpables. Pero eso no quiere decir que seamos correctos. Y mucho menos que seamos justos. Valverde no es Induráin. Ni siquiera es Contador. Pero su grandeza, cuanto menos, se asemeja a la de este último.

Quizás el error fue considerar a Valverde eso, un Induráin, un Perico o un Contador. Quedó tercero en la Vuelta de 2003 con 23 años y nos empeñamos en encasillarlo como un corredor de grandes. Así pasó amargado varias temporadas sucumbiendo ante Sastre, Purito o Contador. Un bluff. Decíamos que no era para tanto. Un dopado. Un niño mimado. Siempre igual. Te ilusionas y al final llega el primer puerto de categoría especial y fracasa.

Ahora, con el paso de los años, no nos queda más que pedirle perdón.

Ataca. Finta. Corre. Se descuelga. Pedalea como los ángeles. Aprieta los dientes. Baja bien. Contonea el manillar de una forma excelsa. Y siempre con una sonrisa. Siempre atiende a los medios (que es atender a la gente), siempre está cuando se le solicita, y, hasta el carácter, con los años también le ha mejorado.

El 1 de julio de 2017 se cayó en la etapa prólogo del Tour. Estuvo más de 200 días sin competir por culpa de la fractura de la rótula de la rodilla izquierda. Un ser humano, uno como el que escribe, estaría cerca de un año de baja y dependiendo del trabajo que uno desarrolle, del esfuerzo físico al que someta su cuerpo en su puesto laboral, hasta tendría papeletas para pedir una incapacidad. Valverde, con 37 castañas, volvió y ganó en Abu Dhabi, Valencia, Catalunya y se paseó en el Gran Premio Miguel Induráin.

Tiene un idilio con la Flecha Valona, una de las maravillosas carreras del circuito primaveral del norte de Europa. En 2016 ganó con una suficiencia abrumadora. En el Muro de Huy, con un desnivel superior al 20% a lo largo de 1 km, esperó a que Joaquim Rodríguez lanzase un ataque sin inmutarse. Después, fue el turno de Dan Martin y cuando el joven Alaphilippe hizo lo propio, Valverde no le dejó enseñar rueda para, a falta de 100 metros, lanzar un hachazo mientras sus rivales cerraban los puños y golpeaban con frustración el manillar. La Flecha Valona es la carrera del murciano. Regala sonrisas por doquier y firma autógrafos como si fuese una estrella de fútbol. Ha sido cinco veces campeón.

Las clásicas de Primavera son su especialidad, aunque también el Mundial, donde suma 6 medallas, marca que constituye un récord aún no superado. Pero Valverde no sólo son trofeos, sobretodo es sentimiento. Un ciclista de la vieja escuela, de sensaciones y no de potenciómetros. Nunca ha ganado el Tour de Flandes, una de las clásicas que se le resisten. Pero es que tampoco lo puede intentar. Coincide en el calendario con el Gran Premio Miguel Induráin de Pamplona, una prueba de rango menor, pero de enorme importancia para Eusebio Unzué, su técnico y jefe de equipo, y para José Miguel Echávarri, fundador de la estructura ciclista que encumbró a Delgado, Induráin, Olano o al propio Valverde. Ni siquiera rechista. Sabe que obligación es estar en Navarra.

Creo que esto lo escribí en un artículo sobre Lebron James y creo que es válido para cualquier deportista que está al final de su carrera. Aquel joven insolente y despreciable por ocupar, o intentar ocupar el sitio de nuestros ídolos, se ha convertido en un deportista respetado y admirado al que poco a poco echaremos de menos. Aquel que sabemos que más pronto que tarde se va a descolgar en el último puerto. Pero, cuando eso suceda, nos gustará ver como se desfonda mientras lo animamos en el sofá, porque sabemos que el día que no esté en la carretera, lo vamos a echar mucho de menos.

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