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La pausa de hidratación de Felipe el Hermoso

El mandamás del ejército era entonces el condestable. No sólo eso. Si el rey estaba ausente, era el condestable quién reinaba. El titulo tuvo por origen el año 1382 y duró hasta 1707. Era el Condestable de Castilla Don Pedro Fernández de Velasco cuando mandó construir en el centro de Burgos una residencia de estilo gótico a finales del siglo XV. Se llamará Palacio de los Condestables de Castilla, aunque popularmente será conocida como Casa del Cordón debido a un enorme cordón franciscano esculpido en piedra que adorna la fachada.

En la Casa del Cordón de Burgos será donde los Reyes Católicos reciban a Cristóbal Colón en audiencia tras su segundo viaje a América. Allí también se nombró regente de Castilla a Fernando de Aragón a la espera de que su nieto Carlos alcanzase la mayoría de edad. Y será también en sus instalaciones donde se firme el tratado que certifique en 1515 la incorporación de Navarra al Reino de Castilla y, por lo tanto, la formación definitiva del Reino de España. Con la caída de los Austrias el palacio quedaría en desuso hasta ser rehabilitado a inicios del siglo XX y puesto nuevamente en el mapa a ser escogido por Francisco Franco como residencia y sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en su primer gobierno de enero de 1938.

Casa del Cordón

En la Casa del Cordón también se jugaba a pelota. Hablamos de sus años de esplendor, allá por 1500. Por entonces las clases acomodadas gustaban de jugar a pelota. También se practican las justas, donde se combate a caballo con lanzas y espadas para demostrar el valor militar. Como entrenamiento, o simplemente para conmemorar festividades religiosas, también se realizaban juegos de cañas, donde la lanza era sustituida por un benigno palo de madera. Por supuesto había caza, pesca y esgrima. Para el vulgo la cosa se dividía en torneos de tiro con arco, combates cuerpo a cuerpo, arrastre de piedras, soga-tira, corte de troncos o patadas a un esférico en una suerte de protofútbol.

Con todo, el deporte estrella de la nobleza a inicios del Renacimiento era la citada pelota. Jugada con la mano, consistía en el lanzamiento de una bola con la palma abierta hacia una pared esperando el error del rival en la devolución. Uno de los más excelsos jugadores de pelota por entonces era Felipe de Habsburgo, duque de Borgoña y primogénito de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Fue Maximiliano quién pactó con Fernando el Católico el matrimonio de Felipe, su vástago, con Juana de Castilla en 1496, hija de Fernando. Casados en tierras de Flandes, fue en 1501, en el transcurso de la mudanza de la pareja a España, previo paso por Francia, cuando Felipe recibió el apelativo de Hermoso salido de boca del rey francés Luis XII.

Lo cierto es que Felipe el Hermoso era bien proporcionado de cuerpo, ágil y vigoroso. De tez blanca, cabellos rubios, hermosas manos y ojos dulces. Felipe era agraciado de rostro, alto para la época, vamos, un pedazo de macho, pero no tanto como la leyenda ha transmitido. Tenía una detestable dentadura, plagada de caries, y vestía con la ropa más cara de toda Europa, siempre hecha a medida y siempre preparada para tapar cualquier defecto. Si que era Felipe, sin discusión alguna, un excelente deportista. Gustaba de jugar a pelota todos los días salvo que tuviese que ausentarse de palacio. Era un fenómeno y su fortaleza era tal que de vez en cuando solía desencajársele la rótula de la pierna derecha, que él mismo se volvía a encajar con su propia mano.

Felipe el Hermoso

Felipe el Hermoso ya había arribado a España siendo un apasionado de las justas. En una competición en Bruselas había sido herido en un ojo, por lo que fue ineludible al alcanzar el trono de Castilla que dejase de participar en dichos torneos. Así fue que hubo que empujarlo a que practicase pelota tanto cuando le apeteciese como cuando no fuese así. No fue difícil convencerlo. Felipe I tenía las manos largas, era delgado y se movía con agilidad. Según las crónicas Felipe disfrutaba especialmente de las victorias ante Alonso de Aragón, hijo ilegítimo de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza.

Se llegó así al 16 de septiembre de 1506. Aquel día Felipe programó en la Casa del Cordón un partido frente a un alto oficial de su guardia. Según cuenta la historia lo único que sabemos del oficial de turno es que era vasco y un practicante consumado de la pelota. Parece que el plebeyo iba ganando cuando Felipe solicitó un receso para refrescarse. En aquella pausa de hidratación Felipe el Hermoso bebió una gran cantidad de agua bien fría. Acto seguido continuó un partido que acabaría con derrota de Su Majestad.

Nueve días más tarde Felipe I fallecía en Burgos a los 28 años de edad.

Aquel breve monarca borgoñón falleció el 25 de septiembre de 1506 demostrando, una vez más, que tan importante es la actividad deportiva como las precauciones que deben tomarse al desarrollar cualquier ejercicio. Durante sus cerca de diez días de agonía Felipe sufrió de dolores, fiebres y sangrados. Su insospechada muerte hizo que el agua, que no llevaba ni dos generaciones como símbolo de distinción entre las clases altas, volviese a ser sustituida por las bebidas alcohólicas. El agua se consideraba peligrosa dado que transportaba bacterias y era transmisora de frecuentes enfermedades. El vino o la cerveza tenían un proceso de fermentación que las hacían poderosas frente a los bacilos. Y un dato más. Tras el fallecimiento de Felipe I la riqueza del castellano añadirá un nuevo refrán: Agua fría y pan caliente matan a la gente.

El funeral de Felipe I

La naturaleza de esta dolencia es todavía desconocida, se ha propuesto desde una pulmonía hasta una peste. Además, la velocidad con la que se desarrolló la enfermedad llegó a sospechar que en esa agua había algo más, tal vez un veneno, y es que Felipe no era un rey muy popular.

Felipe de Habsburgo pasó a reinar en Castilla tras la muerte de los infantes de la casa de Trastámara para desesperación de Fernando, su sufrido suegro. Ningún historiador se cree la historia del vaso de agua. La primera persona que se entera de la muerte de Felipe es Fernando, quién ya estaba pernoctando en Castilla habiendo dejado Aragón a la espera de la luctuosa noticia. La buena nueva le es contada por un subalterno quien, curiosamente, será el carcelero de Juana I, hija de Fernando y conocida como La Loca, cuando encierren a la reina en su cautiverio de Tordesillas. Y no solo eso. El catador de Felipe, aunque únicamente probaba comida y nunca bebida, curiosamente también falleció a los pocos días con un cuadro clínico semejante al del desgraciado rey.

Otros historiadores consideran que, si bien Fernando era más que capaz de envenenar a su yerno, lo más probable es que Felipe fuese víctima de la peste. Tras la muerte de Isabel la Católica se registró un importante descenso de la población que llevaba varias décadas al alza. En 1505 hay registros de hambrunas y de gente que se echaba a los caminos sin nada que comer ni nadie que les diese cobijo. Alguna crónica indica que en el sur de España cerca del 50% de la población falleció, bien por las guerras que los Habsburgo libraban o bien por enfermedad. Y, por último, hay constancia de un brote de peste en la ciudad de Burgos al inicio del verano de 1506, justo unos meses antes de la muerte de Felipe el Hermoso.

Fuese como fuese, de lo que no hay duda es que nunca antes ni nunca después ha habido una pausa de hidratación tan desgraciada como la que sufrió Felipe I.

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Homenaje al GP de Mónaco

La Santísima Trinidad del automovilismo se compone de las 500 millas de Indianápolis, las 24 horas de Le Mans y el GP de Mónaco. La Santísima Trinidad del glamour la componen las ciudades de Paris, Milan y Mónaco. Conclusión: Velocidad + belleza= Montecarlo.

En el reino de los Grimaldi todo es fantasía. Poder, dinero y glamour. Las calles, los casinos, las terrazas, los yates, la Costa Azul, Cannes, San Remo. Coches y mujeres. Mujeres y coches. Lujo.

Cada una de las curvas de Mónaco tiene su historia y sus particularidades. La curva de Saint Devote es un típico punto de adelantamiento, donde suele haber multitud de incidentes. La subida de Beau Rivage es sencillamente espectacular, con los motores a tope de revoluciones. Massenet es una complicadísima curva ciega de izquierdas que da entrada a Casino. Casino. Casino. La fotografía de Mónaco por excelencia. Es en bajada y, como buena parte del trazado, está bacheada. Aquí empieza la zona de bajada del circuito, y al salir de Casino hay que ir con mucho cuidado para no impactar con las vallas. Luego viene Mirabeau, una curva muy delicada. Se llega entonces al punto más lento del circuito, y otra de las curvas más conocidas: Loews. Después se encara Portier y se pisa a fondo para entrar en el túnel, zona más rápida del circuito en la que sólo hay una trazada, ya que el resto de la pista está extremadamente sucia y no conviene provar su adherencia. Luego la Nouvelle Chicanne, el otro punto de posible adelantamiento. Los monoplazas entran entonces en la espectacular zona del puerto, con la Piscina, en la que hay que dar gas y luego frenar fuerte. Para acabar se llega a la frenada de la Rascasse y una salida muy cerrada en subida que pone a prueba la tracción de los F1. Y antes de pasar por la línea de meta se negocia la doble curva Anthony Noghes, en honor al impulsor del trazado.

Todo comenzó el 14 de abril de 1929 cuando 16 coches (8 Bugatti, 3 Alfa Romeo, 2 Maserati, 1 Mercedes y 1 Licorne) dieron 100 vueltas a las calles de Mónaco. El circuito quedó definido tal y como lo conocemos hoy, a excepción de la zona de la piscina que fue inaugurada en 1973.  A partir de entonces, hazaña tras hazaña.

Juan Manuel Fangio dictó cátedra en 1950. El mar azotaba con fuerza y una ola golpeó el asfalto. Farina al muro. Villoresi también. González idem. Así hasta nueve pilotos. Hasta que llegó el gran Fangio para sortear la curva y ganar la carrera. Treinta años después, cuenta la leyenda que Ayrton Senna, el rey de Mónaco, mandaba a sus mecánicos colocar una cerillas en la frenada de la Rascasse. Según cuentan, Magic Senna rozaba los mixtos sin dañar su monoplaza.

 Montecarlo es un circuito histórico. Memorable. Todo el calendario se diseña al conocer la fecha del Gran Premio monegasco. Es un circuito en el que no se gana, pero en el que sí se pierde. No hay zonas de seguridad. Sólo vallas. No hay sitio para dos coches. Si rozas, rompes. No tengas la menor duda.

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Dichoso el que cree

Hay películas que son muy malas. Ya saben. Aquellas que pretendes ver en el cine y cuando ya has comprado las palomitas, el film ya se ha convertido en un clásico de la televisión. Una de ellas es Cool Riders ‘Elegidos para el triunfo’. Protagonizada por John Candy, contaba la historia de un equipo de bobsleigh…jamaicano. Y estaba basada en hechos reales.

Todo nació en 1987, cuando dos hombres de negocios estadounidenses, George Fitch y William Maloney, fueron a pasar sus vacaciones a Jamaica. Entre daikiris y otros cócteles, se les ocurrió la extravagante idea de hacer un equipo jamaicano de bobsleigh después de ver a unos ‘nativos’ -como ellos les llamaron- compitiendo con unos carros de madera artesanales.

Lo que parecía una idea extravagante se hizo realidad. Se convirtieron en los entrenadores de aquellos isleños y consiguieron lo imposible; que un país que no sabía lo que era la nieve participase en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1988 en Calgary. La participación se financió con la venta de gorras, camisetas, llaveros…al más puro estilo escolar y fue portada en los telediarios de medio mundo.

El sueño se truncó pronto, ya que Jamaica se quedó en una discreta vigesimocuarta posición. Sin embargo, la de 1988 fue la primera piedra en la historia del bobsleigh jamaicano, que desde entonces siempre ha acudido a los JJOO.

La cuadratura del círculo se completó en el año 2001. Jamaica, el país del reagge y del culto a Doña María, los jamaicanos, los reagge boys, aquellos ‘nativos’, se convirtieron en campeones del mundo. Dichoso el que cree. 

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Vacaciones

Exactamente. Vacaciones. Ese es el motivo de la misteriosa desaparición de Misterdato la última semana. Pero he vuelto. Al igual que los daneses en 1992.

Cuando la Eurocopa de fútbol de 1992 celebrada en Suecia estaba a punto de echar a rodar, la UEFA expulsó a Yugoslavia de la competición debido a las masacres de Sarajevo, producidas recientemente con motivo de la Guerra Civil Yugoslava (1991-1995), también conocida como Guerra de los Balcanes.

Entonces, la UEFA decidió otorgar la plaza de los yugoslavos (en realidad ya sólo serbios y montenegrinos) a Dinamarca, quien había quedado por detrás de los plavi en el grupo de clasificación. Para que nos hagamos una idea del despropósito y de la celeridad de la decisión, tanto en la guía como en el álbum oficial de aquella Eurocopa Dinamarca nunca apareció.

Ante la sorpresa general, el seleccionador Richard Möller Nielsen tuvo que llamar a sus pupilos a golpe de teléfono y levantándolos de tumbonas de playas de medio mundo. La gran mayoría acudió a la llamada con desgana, y algunos, caso de Michael Laudrup, decidieron no desplazarse a Suecia y continuar con sus días de asueto.

Nielsen reunió a sus jugadores el primer día de entrenamiento, y cuentan que dijo: “ahora que estamos aqui, vamos a ganar la Eurocopa”. Las risas fueron generalizadas. “Ni siquiera teníamos tiempo de pensar que partidos había que jugar” diría después Peter Schmeichel. “No estábamos preparados para jugar la Eurocopa. Podíamos hacer el ridículo” comentaría a toro pasado Brian, el menor de los Laudrup.

Lo que pasó después fue más propio de un cuento de hadas. Inglaterra, Suecia, Francia, Holanda en semifinales y la Alemania campeona del mundo en la final. La Dinamita Roja había explotado. Campeones de Europa. Fuera concentraciones, fuera preparación física, fuera tácticas. Una vuelta al pasado. Saltar al campo, y jugar para divertirse.

“En fútbol nadie olvidará a la Dinamarca campeona de 1992”, Brian Laudrup.

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El tenis, la geometría, y un Duque

Las reglas del juego también forman parte de la historia del deporte. 15-30-40-iguales. ¿Qué es eso? Tenis. ¿Y por qué? Trataré de explicarlo.

Durante la Edad Media se practicaba en Europa un deporte muy popular entre las clases nobles, con cierta similitud a la pelota vasca, y que está considerado como predecesor de nuestro tenis. Para puntuar, aquellos participantes idearon un sistema de medición sexagesimal, el utilizado en la época.

A finales del siglo XIX todavía se usaba el sextante para medir la elevación del sol y conocer así la latitud. El sextante está dividido en cuatro partes que corresponden a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Aquel sistema era la forma más común de medir distancias cuando el tenis actual comenzó a tomar forma. Posteriormente, los 45º fueron sustituidos por 40, porque su pronunciación inglesa (forty frente a forty five) hacía más fácil al árbitro cantar los puntos. Esta es la teoría más aceptada, pero hay muchas más.

El círculo. Símbolo de perfección. Una circunferencia tiene 360º y equivale a un set, el cual se divide en seis partes iguales (60º) que corresponden a cada juego del partido. Estos 60º se dividirian en cuatro partes dando lugar a los diferentes tantos. Esta teoría defiende que el vencedor no sea el que consiga más puntos, sino el que antes llegue a la perfección. Cabes señalar que el tenis es de los pocos deportes, sino el único, en el que el ganador no tiene porque ser el que ha conseguido más puntos a lo largo de un partido.

Según otros historiadores, el registro de puntuación proviene de dividir una hora en sus cuatro cuartos (15, 30, 45 -abreviado a 40- y 60). Para ganar un partido habría que hacer dos sets, que suman las 12 horas de medición temporal de un día; (6+6: 12).

Las cosas suelen ser mucho más simples. También deambula por los pasillos de la historia, la teoría de que un Duque del s.XIII no sabía contar bien. Así, propuso contar de 15 en 15, pero como siempre sumaba mal, al final la puntuación se quedó en los ya conocidos 15-30 y 40. ¿Leyenda? Seguramente. Pero siempre es más sencillo que las matemáticas.

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L’Enfant terrible

“1966 fue un gran año para Inglaterra. Eric nació”. Así rezaba un famoso spot de NIke, que jugaba con la irreverencia, para comparar el título de Campeón del Mundo conseguido por los pross aquel año, y el nacimiento de uno de los jugadores más polémicos de los últimos tiempos, el francés Eric Cantona.

Con 17 años comienza a despuntar con el Auxerre, equipo con el que cuaja muy buenas temporadas, y en 1988 el Olympique de Marsella consigue ficharlo. En el equipo de Bernard Tapie apenas tendrá oportunidades eclipsado por jugadores como Enzo Francescoli o Jean Pierre Papin, y es cedido año tras año, primero al Girondins de Burdeos, luego al Montpellier y por último al Nimes. Estamos en 1992, Cantona tiene 26 años y no encuentra su sitio. El problema no es su clase. El problema es su cabeza. A escándalo por temporada.

Con apenas 20 años le dio un puñetazo en un entrenamiento a su compañero Martini. Al año siguiente, fue sancionado con tres partidos de suspensión por una entrada violenta. En 1989 fue apartado de la selección francesa por insultar al seleccionador Michel Hidalgo. Ese mismo año, fue nuevamente sancionado, esta vez por un mes de duración, por tirar la camiseta al suelo y lanzar el balón al público al ser sustituido -y era un amistoso-. Cuando estaba en el Montpellier, le lanzó las botas a la cara a un compañero y estuvo apartado del equipo 10 días. En 1991 le tocó el turno a un árbitro. Le lanzó el balón a la cara. Un mes de sanción. Al enterarse, protestó ante las cámaras de televisión y le aumentaron la pena dos meses más.

Lo curioso es que Cantona, a diferencia de muchos de sus compañeros, no es un hombre al que le gustara especialmente la noche. En su tiempo libre pinta y escribe poesía. Un genio con dos caras. Por un lado el sibarita y por otro el arrogante, al que cuando le preguntan quien fue el mejor jugador francés de la historia, si Zidane o Platini, contesta: “Ninguno, soy yo”.

Por todo ello, cuando en 1992 ficha por el Leeds United inglés nadie confía en sus posibilidades. Además de lo que ya de por sí significaba Cantona, era imposible que un jugador europeo triunfara en el fútbol inglés. Se pensaba que en pocos meses, Eric volvería a Francia, y a esa idea no ayudó que al poco de llegar a Leeds escupiera a un aficionado local.

Sin embargo, la arrogancia de Cantona encontró su lugar en Inglaterra, realizando una temporada espectacular que lleva al Leeds al título de manera sorprendente. Es entonces cuando el Manchester United decide apostar por él. Y además a lo grande. Le da el número 7. El de George Best. Comenzaba la era de Eric el Rojo.

“Me siento más inglés que francés”, diría años más tarde Cantona, que siempre tuvo una relación de amor-odio con su país. Manchester es su casa. Se convierte en el número 1 para la afición. Gana cuatro ligas en cinco años. Obtiene el reconocimiento mundial. Es díscolo y arrogante, pero los años le han permitido encauzar esa agresividad en el campo.

Aún así, el 25-I-95 volvió a dejar una imagen ‘made in Cantona’. En un partido ante el Crystal Palace, Eric es expulsado. Cuando se dirige a vestuarios, un sector del público comienza a abuchearle. Eléctrico, Cantona sale disparado hacia un aficionado y le propina una patada en la cara además de un puñetazo. Nueve meses de sanción. Eric el Rojo se había transformado en Karate Kid. “¿Mi mejor momento? Cuando le di la patada a aquel hooligan”, declararía ya retirado. Genio y figura.

Irreverente como pocos, ‘L’Enfant terrible’ decidió colgar las botas en 1997 con tan sólo 31 años. La gente se echó las manos a la cabeza. George Best lo expresó mejor que nadie. “Daría todo el champán que me he bebido por jugar con él un buen partido europeo en Old Trafford”.

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Imperdonable

Luxemburgo. 1989. Prólogo. Va a dar comienzo una nueva edición del Tour de Francia. Línea de salida. Poco a poco se ponen en marcha los participantes. Steve Rooks sale a escena. El siguiente, y último en partir, será Pedro Delgado, vigente campeón del Tour. Las cámaras enfocan la rampa de lanzamiento…y allí no hay nadie. Los miembros del equipo Reynolds corren de un lado a otro. Los comisarios ponen el reloj en marcha. La contrareloj ha comenzado para Perico, pero el protagonista no aparece. Un minuto. Dos minutos. Incredulidad. ¿Dónde está el maillot amarillo? Finalmente aparece. Sube a la rampa y se pone en marcha. El director de carrera ni le da la orden de salida. ¿Para qué? El reloj ya le había comido unos valiosísimos 2’40” en su carrera por llegar trunfal a París.

“Todavía hoy no me explico muy bien lo que me pasó. Quería brillar desde la primera pedalada de la carrera. Me fui a calentar como nunca lo había hecho. Quería estar alejado de la prensa que tanto atosiga en ese momento y mantener mi concentración. Quería llegar justo para tomar la salida. El arriesgar de esa manera provocó ese retraso y ninguna otra cosa, como algunos elucubraron en ese movido comienzo de carrera. Me llame estúpido a mí mismo. La peor consecuencia no fue el tiempo perdido tan tontamente, sino que no me perdoné ese error y pasé muy mala noche, debido al enfado que tenía conmigo mismo”.

Años atrás cuando Perico defendía los colores del conjunto holandés del PDM se olvidó de la fecha de inicio de una prueba y se presentó en la salida 24 horas después. De traca. Tan grande en la carretera como fuera de ella.

Al día siguiente de su ‘exhibición’ en Luxemburgo, Delgado afrontaba una etapa con doble sector; llana por la mañana y una contrareloj por equipos por la tarde. Desahuciado, Perico lanza ataques quijotescos en el primer sector intentando resarcirse. Segundo error. Es un esfuerzo inútil. Cuando llega la crono por equipos se deja otros cinco minutos, desfallecido por el esfuerzo. Acaba de empezar el Tour, y Delgado, vigente campeón, es el ‘farolillo rojo’ de la clasificación (198º) a 9’57” del liderato.

Buscando lo perdonable de lo imperdonable, cabe señalar que por aquel entonces los ciclistas no disponían de rodillo para calentar a escasos metros de la línea de salida de la crono, por lo que para hacerlo debían dar una vuelta por las calles de la ciudad. El ciclista, los técnicos, los mecánicos. Quien sea. En 1989 la humanidad ya había inventado el reloj. Es difícil perdonar lo imperdonable.

Tras las dos primeras etapas pirenaicas, Delgado pego un zarpazo en la clasificación y se colocó a menos de tres minutos de Laurent Fignon y Greg Lemond, a la postre los hombres que se jugarían la carrera en la etapa final. No era suficiente. Los Alpes de aquel año no eran muy duros y la diferencia era demasiada.

Al final Lemond se llevó el Tour y Perico se tuvo que conformar con la tercera plaza del podium a 3’34”. “Fisicamente 1989 fue mi mejor año”, señaló posteriormente el segoviano. Lo dicho. Imperdonable.

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El rugido del oso

Cuando en 1986 el Masters de Augusta echó a rodar, Jack Nicklaus no estaba entre los favoritos. A pesar de ser el golfista más laureado de todos los tiempos, había llovido mucho desde que en 1980 se alzara con el título del PGA, por entonces su entorchado número 17 en ‘Majors’.

Con 46 años, el Oso Dorado -su apodo en el circuito, debido a su complexión fuerte y su cabello rubio-, había dejado paso a una nueva generación de golfistas encabezada por Severiano Ballesteros y Greg Norman, por lo que nadie contaba con Nicklaus en el Masters de aquel año.

Al término de la primera vuelta, Ballesteros, ganador del Masters en 1981 y 1983, tiene dos golpes de ventaja sobre Tom Kite, Greg Norman y Nick Price, todos ellos con -5. A falta de 9 hoyos, Nicklaus está a 4 golpes de la cabeza con -3. Sus opciones de victoria son reales, aunque pocos creen que aguante el tirón final.

Sorpresivamente, los hoyos van pasando y Nicklaus afila las garras. -4 en el 13, -6 en el 14. La gente comenzó a gritar ¡’Jack is back’, Jack is back’!. El Oso se crece ante la manada de jóvenes lobos que le acosan. Afila las garras. Tiene su decimoctavo ‘Major’ en el punto de mira.

Un espectacular ‘eagle’ en el 15 y un error de Ballesteros, que manda la bola al lago, colocan a Nicklaus en el liderato por primera vez en todo el fin de semana, aunque empatado a golpes con el español. Con la edad quizás le falte músculo, pero al Oso le sigue sobrando cabeza. Un par de ‘birdies’ en los dos siguientes le darán el liderato en solitario, y en el último, Nicklaus sólo tiene que embocar para alzarse con el título después de una increíble remontada. El Oso volvía a rugir.

Una hazaña. Thomas Boswell, del Washington Post, comenzó de esta manera su crónica del día siguiente:

“Algunas cosas no pueden pasar porque además de improbables también son imperfectas. El equipo de hockey sobre hielo de USA no pudo derrotar a los rusos en los Juegos de Moscú. Jack Nicklaus no puede hacer 65 golpes para ganar el Masters con 46 años. A nadie le viene eso a la mente”.

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Homenaje al Garden

Místico: Unión íntima y espiritual con la divinidad. El Madison Square Garden, el Forum de Inglewood o el Chicago Stadium. Todos ellos son históricos pabellones. Sí. Pero ninguno es ‘místico’. Hablamos del Boston Garden, la casa de los Celtics, el recinto baloncestístico más legendario de la historia.

En el 150 de Causeway Street de Boston (Massachusetts) se inauguró el Boston Garden el 17 de noviembre de 1928. Fue en 1946 cuando el hombre que fundó los Celtics, Walter Brown, invirtió 11.000 dólares en un parquet para adecuar el Garden a los nuevos tiempos. Cabe recordar que por aquel entonces, los Celtics jugaban como local de forma indistinta en el Boston Garden y en el Boston Arena, recinto, éste último, en el que actualmente disputa sus partidos la Northeastern University.

La escasez de recursos provocada por la II Guerra Mundial provocó que la realización del parquet se demorara. La madera llegó de un bosque de Tennessee a medio pudrir y hubo que utilizar 247 paneles pequeños enlazados para formar el parquet.

Durante sus primeros años de vida, se le apodó como el Cousy floor, porque Bob Cousy conocía todos los puntos negros provocados por las uniones entre los distintos paneles y utilizaba su conocimiento para llevar al rival a esas zonas y poder robarle el balón.  La leyenda fue engrandecida por Auerbach, que siempre reconoció que el parquet era “malísimo”, lo cual era positivo porque según decía;  “Si un equipo siente que el parquet es malo, nunca jugará a gusto“. 

Por allí pasaron y sufrieron los Hawks de Pettit, los Suns de Westphal o los 76rs de Erving, pero no hubo nada más dulce que la derrota amarilla.  El Garden era el lugar donde el extraterrestre Chamberlain se convertía en humano, el pabellón que fue la tumba de West y Baylor y en el que tan sólo Magic y Kareem consiguieron salir victoriosos.

Se decía que en el Garden había fantasmas. Que el Leprechaun del escudo era quien robaba el balón a los rivales, o que era el responsable de que se fuera la luz en el vestuario visitante. El parquet, los aficionados gritando ‘Beat L.A.’, el ‘orgullo’ verde, los vestuarios visitantes con las ventanas abiertas en invierno y con la calefacción a tope en verano, las duchas sin agua caliente. El infierno. La guerra. En el quinto partido de las finales del 84, el Garden llegó a alcanzar los 36 grados, provocando que los jugadores de los Lakers necesitaran bombonas de oxígeno.

En el Garden se renegaba del espectáculo. Jamás una animadora pisó ese sagrado parquet y la hoja de eventos en el descanso no podía ser más áspera: “Unos chicos recogerán los balones del suelo y los depositarán en sus cajones”. Un recinto mítico, mágico, místico, donde el color del parquet,los puros de Auerbach y aquellas imágenes de televisión borrosas, le daban un aire más antiguo del que ya de por sí tenía.

El techo plagado de estandartes, de títulos, de camisetas. Tras muchos años con limpiezas, reinstalaciones, dinastías, títulos y partidos épicos en su haber, en 1997 los Celtics dejaron el Garden. Eso sí, buena parte de los paneles de madera se reinsertaron en el nuevo recinto para mantener viva la leyenda.

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“Creo que tienes que aprender algunas cosas sobre las carreras”

En 1996, Álex Crivillé dio el paso adelante que durante años se le había estado exigiendo y se marcó como objetivo ser campeón del mundo de motociclismo en 500 cc. La tarea no era nada sencilla. El número 1 en el carenado lo llevaba Mick Doohan, en aquel momento dos veces campeón del mundo, a medio camino de los cinco entorchados que lograría antes de retirarse a finales de 1999.

Después de la gira asiática en las tres primeras carreras de la temporada, (con 1 victoria para Doohan y ninguna para Crivi), el Mundial llegó al Circuito de Jerez. Cuando faltaba una vuelta para el final, desde megafonía se anuncia que la carrera ya ha terminado y el público invade la pista. Crivillé, que iba primero, se ve obligado a frenar, comete un error en una curva, pisa un piano y Doohan le hace un arriesgadísimo interior en la entrada a meta que hace que el catalán se vaya al suelo y el australiano gane el GP. Posteriormente, Crivillé pidió a HRC que impugnara el resultado por lo acontecido en la última vuelta, sin embargo, Doohan era el número 1 del equipo, y a la firma japonesa no le interesaba presentar esa reclamación.

Enemigos ya declarados, tres carreras más adelante volverían a protagonizar un duelo épico. Doohan había sumado 50 nuevos puntos, por lo que a Crivi sólo le valía la victoria en el GP de Assen. Nuevamente el ‘4’ va en cabeza y el ‘1’ consigue adelantarle en la última vuelta. Sin embargo, Crivillé le devuelve la jugada, pero se pasa de frenada. Muy abierto, ve como Doohan nuevamente le supera y se lleva la quinta victoria de la temporada.

Tras conseguir el primer triunfo del año en Austria, Crivillé llega crecido al GP de Brno. Se han girado las tornas. Es Doohan quien marcha primero en la última vuelta y Álex el que rueda tras su estela. Crivillé se sale del rebufo y le tira un interior a Mick, pero el australiano se lo devuelve. Queda la última curva. Crivillé intenta el adelantamiento y no lo consigué. Aún así, sale muy pegado a la moto de Doohan y consigue la victoria por escasas milésimas.

GP de Catalunya. Última oportunidad para Crivi ante un Doohan que tiene el título a tiro. El duelo es por la segunda plaza. La victoria será para Carlos Checa. Otra vez el catalán va por detrás, otra vez hace un interior, y otra vez se pasa de frenada y vuelve a la segunda posición. Doohan mantiene el tipo en la última curva y con ese segundo puesto se proclama matemáticamente campeón.

Los fríos números no demuestan lo competitiva que fue la temporada. Doohan se proclamó campeón con 309 puntos y 8 victorias, mientras que Crivillé consiguió su primer subcampeonato con 245 puntos y tan sólo 2 triunfos. Nunca más volvería a estar tan cerca del australiano. El piloto catalán se proclamaría campeón en 1999, pero ya sin Doohan como rival. No fue lo mismo.

Quedaba la última prueba de la temporada. GP de Phillip Island. ¿Sólo? el orgullo en juego. Se repite lo mismo que había sucedido en las anteriores carreras. Doohan primero y Crivillé segundo. Última vuelta. En una curva de izquierdas, Álex se lanza al ataque por el exterior y se toca con Mick. No sucede nada. Siguen. Habrá un nuevo intento en la chicane. Crivillé enseña la rueda y se la juega con un interior, pero Doohan se cierra. Chocan. Al suelo. Los dos. Cadalora es el ganador.

El diálogo que tienen los dos en el box de HRC al terminar la carrera no tiene desperdicio.

Crivillé: “Yo iba por la derecha”.

Doohan: “No es verdad. Yo iba por el interior. Tú sabes como es el reglamento”.

Crivillé. “Yo iba delante”.

Doohan: “Mentira, no ibas delante, simplemente te cerré, creo que tienes que aprender algunas cosas sobre las carreras”.

Crivillé: “Ya sé que no te gusta ser segundo, pero…”

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