La pausa de hidratación de Felipe el Hermoso
El mandamás del ejército era entonces el condestable. No sólo eso. Si el rey estaba ausente, era el condestable quién reinaba. El titulo tuvo por origen el año 1382 y duró hasta 1707. Era el Condestable de Castilla Don Pedro Fernández de Velasco cuando mandó construir en el centro de Burgos una residencia de estilo gótico a finales del siglo XV. Se llamará Palacio de los Condestables de Castilla, aunque popularmente será conocida como Casa del Cordón debido a un enorme cordón franciscano esculpido en piedra que adorna la fachada.
En la Casa del Cordón de Burgos será donde los Reyes Católicos reciban a Cristóbal Colón en audiencia tras su segundo viaje a América. Allí también se nombró regente de Castilla a Fernando de Aragón a la espera de que su nieto Carlos alcanzase la mayoría de edad. Y será también en sus instalaciones donde se firme el tratado que certifique en 1515 la incorporación de Navarra al Reino de Castilla y, por lo tanto, la formación definitiva del Reino de España. Con la caída de los Austrias el palacio quedaría en desuso hasta ser rehabilitado a inicios del siglo XX y puesto nuevamente en el mapa a ser escogido por Francisco Franco como residencia y sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en su primer gobierno de enero de 1938.

En la Casa del Cordón también se jugaba a pelota. Hablamos de sus años de esplendor, allá por 1500. Por entonces las clases acomodadas gustaban de jugar a pelota. También se practican las justas, donde se combate a caballo con lanzas y espadas para demostrar el valor militar. Como entrenamiento, o simplemente para conmemorar festividades religiosas, también se realizaban juegos de cañas, donde la lanza era sustituida por un benigno palo de madera. Por supuesto había caza, pesca y esgrima. Para el vulgo la cosa se dividía en torneos de tiro con arco, combates cuerpo a cuerpo, arrastre de piedras, soga-tira, corte de troncos o patadas a un esférico en una suerte de protofútbol.
Con todo, el deporte estrella de la nobleza a inicios del Renacimiento era la citada pelota. Jugada con la mano, consistía en el lanzamiento de una bola con la palma abierta hacia una pared esperando el error del rival en la devolución. Uno de los más excelsos jugadores de pelota por entonces era Felipe de Habsburgo, duque de Borgoña y primogénito de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Fue Maximiliano quién pactó con Fernando el Católico el matrimonio de Felipe, su vástago, con Juana de Castilla en 1496, hija de Fernando. Casados en tierras de Flandes, fue en 1501, en el transcurso de la mudanza de la pareja a España, previo paso por Francia, cuando Felipe recibió el apelativo de Hermoso salido de boca del rey francés Luis XII.
Lo cierto es que Felipe el Hermoso era bien proporcionado de cuerpo, ágil y vigoroso. De tez blanca, cabellos rubios, hermosas manos y ojos dulces. Felipe era agraciado de rostro, alto para la época, vamos, un pedazo de macho, pero no tanto como la leyenda ha transmitido. Tenía una detestable dentadura, plagada de caries, y vestía con la ropa más cara de toda Europa, siempre hecha a medida y siempre preparada para tapar cualquier defecto. Si que era Felipe, sin discusión alguna, un excelente deportista. Gustaba de jugar a pelota todos los días salvo que tuviese que ausentarse de palacio. Era un fenómeno y su fortaleza era tal que de vez en cuando solía desencajársele la rótula de la pierna derecha, que él mismo se volvía a encajar con su propia mano.

Felipe el Hermoso ya había arribado a España siendo un apasionado de las justas. En una competición en Bruselas había sido herido en un ojo, por lo que fue ineludible al alcanzar el trono de Castilla que dejase de participar en dichos torneos. Así fue que hubo que empujarlo a que practicase pelota tanto cuando le apeteciese como cuando no fuese así. No fue difícil convencerlo. Felipe I tenía las manos largas, era delgado y se movía con agilidad. Según las crónicas Felipe disfrutaba especialmente de las victorias ante Alonso de Aragón, hijo ilegítimo de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza.
Se llegó así al 16 de septiembre de 1506. Aquel día Felipe programó en la Casa del Cordón un partido frente a un alto oficial de su guardia. Según cuenta la historia lo único que sabemos del oficial de turno es que era vasco y un practicante consumado de la pelota. Parece que el plebeyo iba ganando cuando Felipe solicitó un receso para refrescarse. En aquella pausa de hidratación Felipe el Hermoso bebió una gran cantidad de agua bien fría. Acto seguido continuó un partido que acabaría con derrota de Su Majestad.
Nueve días más tarde Felipe I fallecía en Burgos a los 28 años de edad.
Aquel breve monarca borgoñón falleció el 25 de septiembre de 1506 demostrando, una vez más, que tan importante es la actividad deportiva como las precauciones que deben tomarse al desarrollar cualquier ejercicio. Durante sus cerca de diez días de agonía Felipe sufrió de dolores, fiebres y sangrados. Su insospechada muerte hizo que el agua, que no llevaba ni dos generaciones como símbolo de distinción entre las clases altas, volviese a ser sustituida por las bebidas alcohólicas. El agua se consideraba peligrosa dado que transportaba bacterias y era transmisora de frecuentes enfermedades. El vino o la cerveza tenían un proceso de fermentación que las hacían poderosas frente a los bacilos. Y un dato más. Tras el fallecimiento de Felipe I la riqueza del castellano añadirá un nuevo refrán: Agua fría y pan caliente matan a la gente.

La naturaleza de esta dolencia es todavía desconocida, se ha propuesto desde una pulmonía hasta una peste. Además, la velocidad con la que se desarrolló la enfermedad llegó a sospechar que en esa agua había algo más, tal vez un veneno, y es que Felipe no era un rey muy popular.
Felipe de Habsburgo pasó a reinar en Castilla tras la muerte de los infantes de la casa de Trastámara para desesperación de Fernando, su sufrido suegro. Ningún historiador se cree la historia del vaso de agua. La primera persona que se entera de la muerte de Felipe es Fernando, quién ya estaba pernoctando en Castilla habiendo dejado Aragón a la espera de la luctuosa noticia. La buena nueva le es contada por un subalterno quien, curiosamente, será el carcelero de Juana I, hija de Fernando y conocida como La Loca, cuando encierren a la reina en su cautiverio de Tordesillas. Y no solo eso. El catador de Felipe, aunque únicamente probaba comida y nunca bebida, curiosamente también falleció a los pocos días con un cuadro clínico semejante al del desgraciado rey.
Otros historiadores consideran que, si bien Fernando era más que capaz de envenenar a su yerno, lo más probable es que Felipe fuese víctima de la peste. Tras la muerte de Isabel la Católica se registró un importante descenso de la población que llevaba varias décadas al alza. En 1505 hay registros de hambrunas y de gente que se echaba a los caminos sin nada que comer ni nadie que les diese cobijo. Alguna crónica indica que en el sur de España cerca del 50% de la población falleció, bien por las guerras que los Habsburgo libraban o bien por enfermedad. Y, por último, hay constancia de un brote de peste en la ciudad de Burgos al inicio del verano de 1506, justo unos meses antes de la muerte de Felipe el Hermoso.
Fuese como fuese, de lo que no hay duda es que nunca antes ni nunca después ha habido una pausa de hidratación tan desgraciada como la que sufrió Felipe I.
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