En aquellos tiempos que un hombre con el uniforme del servicio postal golpease la puerta de tu casa no era nada halagüeño. El telegrama procedía del War Office, el Ministerio de la Guerra. Ya imaginaba que le iban a decir. Era su hijo. Era octubre de 1915. Días antes una ofensiva lanzada por el general Haig en Loos, a las afueras de Lille, cerca de la frontera francobelga, se había saldado con cerca de 50.000 bajas británicas entre muertos, heridos y desaparecidos. Y justamente eso era lo que decía el telegrama. El hijo de Rudyard y Carrie Kipling había desaparecido en combate. No se le daba por muerto. Pero como si lo estuviese.
Rudyard Kipling era entonces uno de los escritores más famosos del mundo. Nacido en la India británica, el autor de ‘El libro de la selva’ o ‘El hombre que pudo ser rey’ consiguió a través de sus escritos darle dignidad a las colonias que entonces dominaba Gran Bretaña. Bien considerado, utilizó todos sus contactos y su inmensa fortuna en tratar de descubrir el paradero de su hijo. Peinó todos los hospitales y todas las cárceles en una lucha desesperada. Ya había perdido a su hija a los seis años por culpa de una neumonía y no estaba dispuesto a que la parca le hiciese lo mismo a su primogénito de 18 primaveras.
Fueron cuatro años de lucha rogando a todo a quien quisiese oírlo que no declarase muerto a su hijo, sino simplemente desaparecido. Al acabar la guerra viajó hasta Francia a rastrillar la zona en la que combatió su vástago buscando el cuerpo sin suerte. Hubo de aceptar lo inevitable y Jack Kipling fue declarado muerto oficialmente.
Frustrado y dolido, Kipling utilizó la poesía para dar rienda suelta a sus sentimientos. En ‘Epitafios de la guerra’ dejó unas perlas que aún resuenan en la actualidad; “Si alguien pregunta porque hemos muerto diles que fue porque nuestros padres mintieron”. Y en ‘Mi hijo Jack’ dejó una frase que fue pronto aceptada primero por Gran Bretaña y luego por el resto de los países para recordar a los desaparecidos en combate: ‘Known to God’ (Conocido solo por Dios). La inscripción adorna desde entonces la tumba de los soldados desconocidos y también la de Jack Kipling quien, finalmente, fue identificado en una fosa común en el norte de Francia en 1992, más de 75 años después de su muerte y más de medio siglo más tarde del fallecimiento de su padre.
Rudyard Kipling
Robert Stanley Black se convirtió en All Black un 18 de julio de 1914. Fue en Tasmania. Nueva Zelanda derrotó con claridad a Australia por 21-0. Hijo de inmigrantes británicos, no existía mayor honor para Robert que formar parte de la selección neozelandesa de rugby. Ser un All Black era una forma de aceptación en la comunidad. Apenas unos días más tarde Robert embarcó rumbo a Inglaterra junto a sus compañeros. Los rostros de la alegría y las palmadas de autoafirmación brotaban de proa a popa para unos chicos que emprendían la primera gira en la historia de los All Blacks. Aquellos jugadores iban a dar a conocer la existencia de Nueva Zelanda, un país de poco más de medio siglo de vida, por toda Gran Bretaña.
Tras tan largo viaje, a Robert le dio para jugar otro partido internacional nada más llegar a tierras británicas. Dos semanas más tarde el rey Jorge V anunciaba que el Imperio Británico estaba en guerra contra el Imperio Alemán y sus aliados. Las sonrisas se tornaron en mesura cuando Robert y parte de sus compañeros se alisten en el batallón de Canterbury. Poco le duró la gloria militar a Robert quien al poco, el 21 de septiembre, dejaba su vida en un lodazal de un pueblo belga.
En tres meses pasó de ser un chaval que cumplía el sueño de jugar un partido con su selección, a embarcarse en un difuso viaje camino de la entonces lejanísima Gran Bretaña, jugar ante los inventores del juego, calzarse un traje militar y empuñar un arma por vez primera en su vida y perderla en un extraño paraje a miles de kilómetros de su hogar.
Nueva Zelanda pagó un precio terrible por su participación en la Gran Guerra. En términos porcentuales encabezó la lista de muertos y heridos. Con una población entonces de poco más de un millón de personas envió a 110.000 hombres a batalla de los cuales 18.000 murieron y 55.000 quedaron heridos. En total un 66% de bajas. Galípoli, Somme, Messines Ridge o Passchendaele. Son los sitios donde se formó una nación orgullosa, valiente y decidida. Autosuficiente, animosa en espíritu y preparada para aceptar su diversidad.
Aunque ya explorada por españoles y luego ocupada por británicos, no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los europeos pusieron sus ojos en Nueva Zelanda. Los colonizadores se asentaron en la isla norte, de más fácil acceso, pero afectada por peor clima. Con una vegetación espectacular, los británicos tuvieron que adentrarse tierra adentro luchando contra las inclemencias del tiempo. Solo los más fuertes consiguieron asentarse y echar raíces y pronto el conflicto con los maorís se hizo evidente. Pobladores originarios de las islas, los maorís eran grandes cazadores y pescadores y habían aprendido a domar la naturaleza a su antojo.
Las trifulcas y la violencia se hicieron comunes al día a día en Nueva Zelanda. El hombre blanco intentó acabar con el maorí, suceso que nunca ocurrió porque los maorís mantuvieron su raza y su cultura a salvo alejándose de los núcleos de población. Sin embargo, hubo un nexo de unión entre conquistados y conquistadores que pronto serviría para vertebrar el futuro del país.
El rugby.
En Nueva Zelanda el fútbol no caló entre la población. Hombres y mujeres, blancos y maorís, compartían fortaleza y destreza física. El rugby gustaba porque era una lucha cuerpo a cuerpo, una batalla de iguales en la que no había artificios. Solo dos cuerpos luchando entre sí. “Se juega como se trabaja”, gusta decir en Nueva Zelanda. Al rugby se podía jugar en la playa o en medio de la selva. Gustó. Y unió a las dos razas en un único objetivo. El rugby sería el objeto que daría identidad a la nueva nación.
Hasta trece miembros de los All Blacks fallecieron durante la I Guerra Mundial. El ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) representa desde entonces lo que es ser australiano o neozelandés; gente de distintos orígenes y clases sociales que demostraron valor en el combate, honor bajo presión y siempre dándole una mano a un compañero. Esta esencia se le llama el espíritu del ANZAC: las cualidades de valor, sacrificio y compañerismo que son las hoy defendidas a través del deporte especialmente representadas por los All Blacks. Las heroicas acciones neozelandesas durante la I Guerra Mundial sirvieron también para que Gran Bretaña reconociese a Nueva Zelanda como país y no como un apéndice colonial.
Si uno rasca bajo las colosales odas que glosan sus hazañas y ese místico aura que recubre a estos semidioses maoríes, encontrará que en esencia los All Blacks son simple y llanamente el mejor equipo de la historia del deporte mundial. Su porcentaje de victorias supera el 70%, pero más que su registro es su forma de someter a sus adversarios lo que les ha convertido en un referente que trasciende a la disciplina del rugby e incluso a los límites del deporte. Una historia de superación, discriminación racial, honor, sabotajes, derrotas aleccionadoras y sobre todo victorias, cientos de triunfos. Una historia que comenzó una soleada tarde de agosto de 1903 y que únicamente se vio interrumpida por una guerra en la que sus componentes cambiaron el balón por el fusil con la misma determinación y valentía.
Valentía que demostró Dave Gallagher, otro de aquellos hombres que ayudó a construir la psique neozelandesa. Carnicero de profesión, formó parte de los primeros All Blacks, aquellos que debutaron en 1903. Retirado, en 1907 se convirtió en seleccionador nacional, pero, aunque exento de conscripción debido a su edad, en 1916 decidió dejar a un lado su vida acomodada para alistarse en el ejército. El sargento Dave Gallagher tuvo que ver como dos de sus hermanos caían en el campo de batalla hasta que él mismo fue herido en combate en octubre de 1917 por un trozo de metralla que atravesó su casco. Al día siguiente fallecía en un hospital de campaña a los 43 años de edad.
Enterrado en el cementerio británico de Poperinge, cerca de Ypres, al oeste de Bélgica, su lápida tiene grabado un helecho plateado, planta propia de Nueva Zelanda y emblema de la selección neozelandesa de rugby. Desde 1922, cuando los All Blacks se embarcan en una gira por Europa, sea para jugar un partido amistoso o una competición oficial, es de obligado cumplimiento que la expedición se acerque a Poperinge a mostrarle sus respetos a Gallagher y por ende a todos aquellos que a través del rugby ayudaron a construir la psique de la nación.
La costumbre, que cuenta con un siglo de vida, no ha sido alterada ni lo será, a pesar de los continuos problemas del saturado calendario profesional y de las presiones de los diferentes patrocinadores.
Poperinge. Dave Gallagher
P.D: Nueva Zelanda es en la actualidad el país del mundo con más practicantes de deportes extremos por habitante, lo que demuestra el carácter de agresividad, aventura y fortaleza física extrema de la nación.
¿Por qué el fútbol es el deporte rey? Porque es simple y democrático. Pueden jugar bajos y altos, pequeños y mayores, gordos y delgados, pobres y ricos. Es rural. Abierto. Se juega al horizonte. Dos piedras hacen de portería y algo que ruede ejerce de balón. Pero sobre todo el fútbol es el deporte rey porque fue el primero. Cuando el deporte moderno nace en el siglo XIX derivado a la cultura de ocio surgida tras la Revolución Industrial, el fútbol es el primero de los deportes. Su éxito radica en su sencillez y en su capacidad para crear identidades colectivas con las que se puedan identificar los alineados del campo. El fútbol es el instrumento necesario para dar tranquilidad a unos ciudadanos que pasan de tener cobijo en la familia y la vecindad a ser seres individuales controlados por el Estado.
Así el fútbol se expande con celeridad y se convierte, no sólo en un deporte, sino en símbolo de identidad para esa nueva generación de origen rural, pero de presente y futuro urbano. El fútbol triunfará por ese haz de sentimientos. Por esa capacidad de unión de espíritus. El ciclismo, el atletismo o el tenis son deportes individuales que no pueden competir a la hora de construir identidades. El baloncesto o el balonmano jamás poseerán esa capacidad porque son mucho más modernos. Cuando surjan ya el fútbol ocupará un lugar de privilegio en la psique de la sociedad. El fútbol golpeó primero y su victoria fue definitiva.
Pero el futbol no nació sólo. Gran Bretaña exportó tres grandes deportes colectivos a mediados del siglo XIX. Son el fútbol, el rugby y el criquet. En Estados Unidos se cogió esos ingredientes, pero se hizo una receta propia. Como vimos en el primer capítulo de este artículo el fútbol americano y el béisbol forman parte de la identidad estadounidense. El futbol, soccer como allí lo llaman, es irrelevante socialmente.
Pero falta el resto del mundo. Y a finales del siglo XIX una cuarta parte del orbe era inglés. Y existían otros dos deportes colectivos surgidos al unísono del fútbol y que estaban en disposición de arrebatarle el título de aglutinador de identidades colectivas. Eran el rugby y el criquet. Ambos palidecieron ante el fútbol por motivos diferentes. El rugby no pudo competir con el fútbol al ser una dictadura física. Mientras el fútbol es democrático y permite la participación de todo tipo de cuerpos, el rugby favorecía a aquellos que eran grandes y fuertes. Por su parte el criquet se quedó atrás en los gustos del pueblo por la complejidad aparente de sus reglas. El fútbol no requiere conocimientos genéricos previos y de ahí que nuevos aficionados se puedan sumar rápidamente a su aventura.
Pero aun así el rugby y el criquet se expandieron con celeridad en muchos de los territorios que Gran Bretaña controlaba. El criquet se convirtió en deporte nacional en el Caribe, en ciertos países africanos y esencialmente en el sureste asiático. En Afganistán, Pakistán o Bangladesh, los verdaderos ídolos del deporte son jugadores de criquet. Y por encima de todos estos países se encuentra India, donde sus casi 1.500 millones de habitantes tienen como deporte rey el juego de bate y pelota. A ojos europeos puede parecer poca cosa, pero estamos hablando de cerca de un 20% de la población mundial.
Allí donde el criquet no triunfó lo hizo el rugby. Lo hizo en las colonias oceánicas como Fiji, Samoa, Australia o Nueva Zelanda. Allí, en nuestras antípodas, se convirtió en la argamasa que unió a nativos y colonizadores. Pero el rugby además de triunfar en países africanos como Sudáfrica consiguió atrapar adeptos dentro de las Islas Británicas. El rugby es el deporte nacional de Gales y es capaz de unir a católicos y protestantes irlandeses cuando se pega una patada al balón oval.
Nos quedaría China. Pero el gigante asiático tiene una idiosincrasia propia. Son el tenis de mesa (de nacimiento británico) y el bádminton los deportes más seguidos. Es cierto que China es inmensa, no obstante, son deportes muy ligados al país. Es verdad que el bádminton tiene legión de seguidores en Asia, pero es un deporte individual y, al igual que el baloncesto, se juega en pabellones cerrados, por lo que no existe ningún estadio deportivo que podamos calificar como templo del deporte.
Es por ello que tras seleccionar diez templos del deporte estadounidense (fútbol americano y béisbol) me veo en la obligación de seleccionar ahora otros diez templos del deporte en el resto del orbe. Excluido el fútbol de esta clasificación, serán diez recintos donde se juegue al rugby o al criquet, los otros dos grandes deportes colectivos surgidos en el siglo XIX capaces de aglutinar identidades colectivas.
No están todos los que son, pero si los más trascendentales. De la ecuación se han excluido iconos como los australianos Docklands o el ANZ Stadium, donde se celebró los JJ. OO de Sídney porque son recintos multiusos también usados semana tras semana para la práctica de fútbol. Lo mismo ocurre con el Aviva Stadium de Dublín. Se verá también que no hay ningún estadio de fútbol africano. En África el fútbol es el deporte rey con mucha diferencia, pero como ya explicara en su día cuando cometiera la lista de templos del fútbol más relevantes, nuestra visión del juego es occidental y los recintos africanos no tienen enjundia histórica para ser aquí incluidos. Quizás en un futuro.
La inmensidad de Asia hace que me sea imposible hablar de todos sus estadios significativos. Quedan fuera de la lista el Kalinga de Bhubaneshwar o el Bujut Jalir de Kuala Lumpur. También el estadio nacional de Lahore en Pakistán donde se practica el hockey hierba, otro deporte muy popular en esas latitudes. Por supuesto son inabarcables muchos de los estadios de criquet de realengo que hay en la India.
Tampoco formaron parte de la ecuación el Athletic Park de Wellington, hogar de los All Blacks de Nueva Zelanda que fue derrumbado en 1999. También desaparecido es el Lansdowne Road de Dublín que durante 135 años (1872-2007) albergó partidos de rugby y de fútbol. El recinto tenía una estación de cercanías incorporada, ya que las vías del ferrocarril circulaban por debajo de una de las tribunas. También ha sido excluido el inquietante Suncorp (1914) de Brisbane que fue construido sobre un cementerio y el Newlands (1890) de Ciudad del Cabo, que puede presumir de ser el templo deportivo más antiguo de África.
Newlands (1890)
— TEMPLOS DEL DEPORTE DEL RESTO DEL MUNDO —
Vamos pues con los que he considerado los recintos deportivos más importantes del planeta excluyendo al fútbol y a Estados Unidos de nuestras posibilidades:
10. ESTADIO NARENDA MODI (India / criquet): Es reciente. Muy reciente. Pero tiene que estar aquí. Inaugurado en 2020 es el estadio más grande del mundo con 132.000 asientos. El estadio está situado en Ahmedabad, una ciudad histórica del occidente de la India desconocida para los europeos, pero que tiene cerca de seis millones de habitantes. Su inmensidad es tal que tiene una pasarela aérea por la que se pueden evacuar al mismo tiempo hasta a 60.000 personas. Cuenta con estación de metro propia en el subsuelo del recinto y el techo fue diseñado específicamente para soportar terremotos de gran escala. Se planificó con cuatro vestuarios y grandes espacios abiertos que permitirían hasta jugar dos partidos de criquet en el mismo recinto al mismo tiempo.
Narenda Modi
9. GADDAFI LAHORE (Pakistán / criquet): Con 27.000 asientos de capacidad es el estadio donde juega la selección de Pakistán sus partidos internacionales, aunque fue renombrado en honor al ex presidente de Libia cuando éste defendió en un discurso el derecho de los pakistanís a desarrollar armas nucleares. Construido en 1959, fue el primer estadio en autoabastecerse energéticamente. Su capacidad era el doble de la actual, pero se remodeló en 1996 cuando albergó la final del Mundial de criquet y se eliminaron las plazas de pie. En 2009 ocho jugadores de Sri Lanka resultaron heridos tras un ataque terrorista durante un partido Pakistán-Sri Lanka. Hubieron de pasar diez años hasta que el criquet de selecciones volvió al Gaddafi Lahore. La selección también juega en Karachi, la capital, en el llamado estadio nacional, inaugurado en 1955 y donde en lo que va de siglo XXI solo ha perdido dos de los 45 partidos que ha disputado.
Gaddafi Lahore
8. MELBOURNE CRIQUET GROUND (Australia / criquet): Reinaugurado en 1956 con motivo de los Juegos Olímpicos de Melbourne, sus asientos para 100.000 almas lo hacen lugar sede para eventos multideporte. En el día a día es un estadio que acoge partidos de fútbol australiano y de criquet, donde ha sido sede del Mundial de 1992 y de 2015. En el recinto del actual estadio ya se había jugado el primer partido de criquet de la historia del país en 1877 en un duelo entre australianos e ingleses, pero el estadio había sido inaugurado mucho antes, concretamente en 1853. La tribuna de madera pasó a ser de ladrillo y ya en 1900 contaba con iluminación eléctrica. Será de hormigón cuando se convierta en olímpica y sea inaugurada en 1956 por el duque de Edimburgo, marido de la reina Isabel II. Volverá a ser demolida y ampliada techando todo el estadio en 2006 con motivo de los Juegos de la Commonwealth. El Melbourne Criquet Ground debería estar mucho más arriba en esta lista, pero dado que es el fútbol australiano el deporte más usado y hasta el fútbol ha hecho suya presencia habitual en los últimos años, he considerado etiquetarle un número (8) que por jerarquía, repercusión e historia no le corresponde.
Melbourne Criquet Ground
7. WACA (Australia / criquet): Pero si de un recinto destinado únicamente y exclusivamente al mundo del criquet nos tenemos que referir en Oceanía entonces debemos nombrar a la Waca. Inaugurado en 1890 en Perth se considera la cancha más rápida y con más rebote del mundo, lo que unido a la brisa marina que lo rodea lo convierte en un recinto donde los marcadores suelen ser altos. El nombre del estadio reproduce las iniciales de sus propietarios (Asociación de Criquet de Australia Occidental, WACA en inglés). Aunque la selección suele jugar en la otra punta de la nación (Sidney está a 4.000 kilómetros), es en Perth donde el criquet es capaz de desbancar al rugby o al fútbol en los corazones de sus vecinos. Es tal la fuerza de la WACA que el desarrollo de vuelos comerciales en Australia comenzó con la intención de poder jugar partidos a uno y otro lado del país y poder llevar a la selección a la WACA.
WACA
6. MURRAYFIELD (Escocia / rugby): Hogar de la SRU (Unión Escocesa de Fútbol) Murrayfield es la casa del rugby escocés. Inaugurado al oeste de Edimburgo con una única grada en 1925, fue creciendo en capacidad hasta llegar a los 100.000 espectadores, siendo reducido a 67.000 asientos en la actualidad. Murrayfield fue base área y de suministros durante la II Guerra Mundial y aún mantiene el récord de aficionados a un partido de rugby en Europa. Su grada más icónica es la West Stand, en cuyos bajos hay un museo del rugby escocés y bajo su techo unos asientos pintados con la bandera escocesa armonizan el conjunto de un estadio que hace más de dos décadas no ve ganar a su selección el Torneo de las Seis Naciones. Es en Murrayfield donde resuena más fuerte el himno escocés y donde se proclama la singularidad escocesa frente a sus vecinos ingleses.
Murrayfield
5. MILLENIUM STADIUM (Gales / rugby): El rugby es Gales. Gales es el rugby. Y su templo está en Cardiff. A orillas del río Taff se levantaba el Cardiff Arms Park (1881-1999) hasta que se decidió tirarlo para alzar uno nuevo en la misma ubicación. Ese el Millenium Stadium que fue inaugurado en el Mundial de Rugby de 1999. Se trata de un estadio con tres anillos con capacidad para 75.000 almas y techo retráctil de acero, una innovación en la época. Se regeneró toda la zona industrial alrededor del río y se giró la orientación 90 grados, pero se mantuvo su icónica aproximación al río. El estadio es asimétrico salvo en la tribuna norte, donde hubo que dejar un hueco al no llegar a un acuerdo con el presidente del Cardiff RFC, club de rugby local que posee los terrenos adyacentes al estadio nacional. Dicho hueco es conocido popularmente como Glanmor’s Gap en honor al nombre del entonces presidente. Por fuera los mástiles (cables sostenidos) adornan el recinto cayendo sobre el río dando forma a un barco que surca el mar buscando la victoria de los heroicos ‘Dragones Rojos’.
Millenium Stadium
4. ELLIS PARK (Sudáfrica / rugby): Fue en Ellis Park donde Nelson Mandela se puso la camiseta de los ‘Springboks’ y Sudáfrica ganó el Mundial de 1995. Aquella victoria unió a negros y blancos y cicatrizó las heridas que el ‘apartheid’ había dejado en la sociedad sudafricana. Desde entonces el rugby pasó a ser también el deporte de los negros al igual que tras 2010 el fútbol también pasará a ser el deporte de los blancos. Ya solo por eso Ellis Park merecería ocupar un lugar reverencial en esta clasificación. Pero hay más. Creado en 1928 en Johannesburgo, en el lugar ocupado por un vertedero, pronto se convirtió en referencia del rugby sudafricano. En los 80 fue puesto al día y en 2005 dio un nuevo paso en su historia al ser el primer estadio de rugby de África en ser propiedad de hombres de raza negra. Su nombre deriva del alcalde Ellis, el regidor de la ciudad cuando se construyó, pero, curiosamente, también es el nombre de la persona que inventó el rugby.
Ellis Park
3. EDEN GARDENS (India / criquet): Ya lo dice el propio nombre. Hablamos del jardín del Edén del criquet. La meca del criquet de la India. Son 60.000 las personas que entran en Eden Gardens, aunque se dice que más de 120.000 abarrotaban el recinto cuando allí se disputó la final del Mundial de 1987. Fue inaugurado en 1864 en unos terrenos propiedad de un tal Babu Rajchandra que se los regaló a Lord Auckland por darle asistencia médica a una hija que estaba a punto de fallecer. El terreno, fértil, pronto fue bautizado como Eden, cuyo nombre también era el de la hermana de Lord Auckland. El estadio está situado en Calcuta y vio como en 1934 se enfrentaban por vez primera la selección de la India contra la de Inglaterra, cuando aún por entonces los primeros seguían siendo súbditos de los segundos.
El estadio se mantuvo prácticamente inalterable hasta 1987. La madera y las incomodidades eran las características de un lugar que aun así era delicioso para jugadores y aficionados. Fue entonces cuando se techó parte de las gradas y se creó una infraestructura que permitiese televisar los partidos. Con el tiempo se instaló una icónica fachada acristalada que se ha convertido en seña de identidad del estadio. El rugido y el ambiente de Eden Gardens es difícilmente igualado en cualquier otra parte del mundo. Todas sus gradas están renombradas en recuerdo a ex leyendas del criquet o a destacados miembros del ejército indio. No se debe olvidar que Calcuta fue antes joya del Imperio Británico y ahora es ciudad fronteriza con Bangladesh, país que mantiene litigios territoriales con la India desde hace medio siglo.
Eden Gardens
2. TWICKENHAM (Inglaterra / rugby): La catedral del rugby. Eso es Twickenham. Un colosal estadio con capacidad para 82.000 personas situado en el suroeste de Londres y que fue inaugurado en 1909. Su diseño ovalado y simétrico con dos columnas a la entrada se asemeja al antiguo Wembley, pero, al contrario de lo que le sucedió a la catedral del fútbol, la del rugby se mantiene incólume al paso del tiempo. Además del World Rugby Museum, Twickenham puede presumir de haber albergado tres Mundiales de rugby (1991, 1999 y 2015) y varias finales de la Copa de Europa.
El recinto fue construido con daños estructurales en su grada sur. Desde el primer momento se descartó tirar la grada y siempre se optó por reformas varias. Así se hizo hasta en tres ocasiones durante el siglo XX, hasta que al llegar el siglo XXI lo inevitable parecía cerca. Sin embargo, la RFU (Rugby Football Union) se negó a tirar el estadio para construir uno nuevo. Lo que se hizo fue tirar la grada sur y hacer una totalmente nueva y de paso hacer lo propio con la norte para ampliar su capacidad. Era un lavado de cara, pero Twickenham se mantenía en pie como llevaba haciendo desde 1909. Desde que en ese campo de repollos Inglaterra y Gales jugasen su partido inaugural. Fue allí también, tras remontar un partido a Irlanda en 1988, cuando se adoptó el cántico ‘Swing low, sweet chariot’ himno oficioso inglés para combatir a los afamados cánticos patrióticos o independentistas del resto de las Islas Británicas.
Twickenham
1. EDEN PARK (Nueva Zelanda / rugby): Pero si hay un recinto de rugby representativo por excelencia ese es Eden Park. Y lo es porque allí juegan los ‘All Blacks’, el equipo más venerado y respetado del rugby. El de más del 80% de victorias. El de un país de menos de cinco millones de habitantes que domina el deporte del balón ovalado. Construido en 1900 en Auckland y con un aforo actual de 45.000 almas, es un coqueto recinto con grada abierta que es venerado por cualquier jugador de rugby. Ha albergado citas mundialistas, pero debe compartir honores con otros estadios del país dado que la geografía de Nueva Zelanda, país conformado por dos grandes islas, hace que la selección se deba dividir entre una y otra para contentar a toda la nación.
En la isla sur es obligatorio jugar en el AMI Stadium de Christchurch, pero es en la isla norte donde se encuentra el grueso de la población. En Auckland está el progreso, el mejor puerto del país y su ciudad más poblada (1,6 millones de habitantes). Pero fue al sur de la isla norte, en un lugar mucho más propenso a las adversidades climatológicas, donde se asentaron los pioneros. Allí en la capital Wellington (250.000 habitantes) estaba el Athletic Park, creado en 1896 y considerado la casa original de los ‘All Blacks’. Lástima que fuese derrumbado en el año 2000 para crear el moderno Wellington Regional Stadium, que ha perdido parte de su encanto al ser elegido sede de la selección nacional de fútbol.
Eden Park
BONUS: LORD’S CRIQUET GROUND (Inglaterra / criquet): Su importancia no deja de ser limitada porque el criquet, aunque con tradición y aficionados, nunca llegó a ser un deporte de masas en Inglaterra. Sin embargo, para cualquier niño de cualquier lugar del mundo que ame este deporte no existe mayor honor que jugar al criquet en Lord’s. Situado un poco más al norte del Madame Tussauds de Londres, se trata del recinto deportivo en pie más antiguo del mundo. Inaugurado en 1814 allí se mantiene imperecedero al paso del tiempo. Son innumerables los cambios en el campo a lo largo de dos siglos, pero lo más característico del recinto fundado por Thomas Lord es el pabellón y tribuna principal diseñada en 1889 y que se encuentra prácticamente igual. Actualmente consta con asientos para 31.000 almas, aunque llegó a acoger a más de 100.000 espectadores de pie.
Y al sur del Támesis, como máximo rival, está The Oval. Inaugurado en 1845 reunía a nobles, pero también a plebeyos, por lo que pronto rivalizaría con Lord’s por la hegemonía del criquet nacional. Y una cosa más. Para los aficionados al futbol The Oval es un lugar especial porque allí se disputó en 1872 el primer partido internacional de fútbol entre Inglaterra y Escocia, así como la primera final de la FA Cup, el torneo de balompié más antiguo del mundo.
Lord’s Criquet Ground
Otras historias relacionadas
Templos del deporte (primera parte del presente artículo dedicada a los templos de Estados Unidos)
Deporte de bárbaros jugado por
caballeros, el rugby es el más victoriano de los deportes ideados por los
británicos. Un deporte en el que pie y mano están en continuo desacuerdo y en
el que el balón es un verso libre y caprichoso. Deporte noble e inteligente, el
único en el que para avanzar hay que retroceder. Las entrañas del rugby están
en los libros de historia, en el honor y en el respeto, y su ideario está
ligado a la construcción del Estado-nación. La nomenclatura del rugby, sus
códigos y su doctrina forman parte de la idiosincrasia de cada país.
No existe equipo más respetado y
más temido en el planeta rugby que la selección de Nueva Zelanda. Una vez
completada la colonización de la isla por los británicos en el último tercio
del siglo XIX, el rugby fue introducido entre la población autóctona como
fórmula de asimilación. Los maorís pronto demostraron una destreza innata para el
deporte del balón almendrado y el equipo nacional de Nueva Zelanda se colmó de
jugadores maorís que derrotaban con facilidad a irlandeses, ingleses o
australianos.
El mito de la invencibilidad de
los neozelandeses nació en 1905. Los 29 integrantes de la selección de rugby de
Nueva Zelanda embarcaron en Wellington para iniciar una gira que les llevaría a
Europa. Subieron a bordo del SS Rimutaka y doblaron el Cabo de Hornos hasta
llegar a Uruguay donde disputaron un partido de exhibición. Semanas antes de atracar
en Montevideo, los 29 integrantes, de las más variopintas razas y profesiones,
se conjuraron para poner en práctica un tipo de rugby distinto. Entrenaban en
la cubierta del barco con calabazas e idearon nuevas técnicas nunca vistas en
las Islas Británicas como las fintas evasivas o la melé con sólo dos
delanteros.
Un mes más tarde, y tras una
corta parada para descansar en Tenerife, los neozelandeses atracaban en
Plymouth, la ciudad desde la cual los barcos británicos habían conquistado
el mundo. En su primer partido
derrotaron con suma facilidad a Devon (4-55). Los neozelandeses fueron vitoreados
y aclamados por el público. Agradecidos por el trato recibido decidieron
despedirse interpretando una haka. Danza tradicional maorí considerada hoy una
herramienta poderosa de persuasión, la haka no es más que un ritual autóctono
que personifica el orgullo, la unidad y la fuerza de la tribu antes de una
batalla.
Ganaron un total de 34 partidos
en la gira y sacaron al rugby de sus prácticas más puristas. Aún hoy se discute
si el rugby es un deporte de contacto o de evasión. Sudáfrica, Inglaterra o
Australia son los defensores del orden y la dureza, mientras que Francia o
Gales son atacantes compulsivos. Nueva Zelanda creó una armonía coral que un
siglo después, y gane o pierda, hace que sea considerada una suerte de Brasil
del rugby. Derrotaron a Escocia (7-12) y humillaron a Irlanda (0-15) y a
Inglaterra (0-15) ante más de 75.000 conmocionados espectadores citados en el
Crystal Palace de Londres. Acabaron la gira con un balance de 34-1, ganando en
Paris a Francia (0-12) y perdiendo únicamente y con polémica ante Gales (3-0).
Después de cuatro meses volvieron a Oceanía tras una insultante superioridad y
un juego fresco y ofensivo de gran riqueza táctica que convirtieron a los ‘All
Blacks’ en leyenda para el imaginario colectivo europeo.
Al parecer un tal Bill Wallace
informó en su crónica en un diario londinense que los neozelandeses jugaban
todos como ‘all backs’ (todos como tres cuartos). Por culpa de un error
tipográfico lo que era ‘all backs’ se transformó en ‘all blacks’ (todos negros),
y dado que los neozelandeses vestían con polo de color negro el traspié tuvo
rápida aceptación y acogida. De hecho, cuando el equipo llegó a casa un par de
meses después fueron recibidos por las autoridades de Nueva Zelanda en un acto
ya bautizado como ‘the return of the All Blacks’.
Había nacido la leyenda de los
‘All Blacks’.
Además de como ‘All Blacks’ o
‘kiwis’ (la fruta típica del país) a la selección de Nueva Zelanda también se
le conoce como ‘el XV del helecho plateado’. Llevado con orgullo en la camiseta
a la altura del corazón, es un tipo de helecho único tanto por su tamaño como
por su color y que es originario de los Alpes del Sur, la cordillera que atraviesa
de norte a sur el país. Otro uso más residual es el de ‘el XV de la nube
blanca’ que hace honor a la perpetua niebla que asola a buena parte del
archipiélago.
LA NOMENCLATURA DEL RUGBY
Al igual que a los ‘All blacks’ a
los ‘Pumas’ argentinos también se les conoce así por culpa de un malentendido.
Durante una gira por Sudáfrica en 1965 un semanario sudafricano les puso ese
mote por el animal que lucían en la pechera de su camiseta. En realidad el
animal era un jaguar. Al norte de Argentina, en los más inhóspito de las
comarcas de Jujuy y la Salta habita el jaguar, pero para la posteridad ha
quedado el sobrenombre de pumas para la escuadra albiceleste.
Australia también luce un animal en su polo de juego. En su caso se trata del canguro. La selección es conocida como los ‘Wallabies’, la raza de marsupial típica del país. De hecho, dato para los puristas, el wallaby es el más pequeño de la familia de los canguros. Otro nombre usado con asiduidad por los bicampeones del mundo es el de ‘aussies’, que no es más que el nombre con el que los nativos se referían a su isla antes de la llegada de los europeos.
A Sudáfrica se le conoce como los ‘Springboks’ en honor a la gacela habitual de las sabanas del África austral y que brilla en el escudo de la selección desde hace más de un siglo. Lo curioso es que incluyeron la gacela en sus camisetas en una gira que hicieron por Gran Bretaña en 1906, justo un año después de la de los ‘All Blacks’, y precisamente para que no hubiese confusión ni error de ningún tipo como les había ocurrido a los neozelandeses. En 1994 el gobierno presidido por Nelson Mandela se planteó eliminar la gacela de la camiseta, ya que el ‘Springbok’ era para la comunidad negra un símbolo de opresión racista. Al final se mantuvo el emblema de la gacela y se añadió una protea, la flor típica de la zona y que convive con la gacela como símbolo de la unión de los dos pueblos.
Países poco afortunados en el
mundo del rugby también incorporan los animales para su identificación. Los
portugueses adoptaron el lobo (común al norte del río Duero) y los
estadounidenses las águilas, animal que también se repite en el distintivo de
Namibia y de Tonga. Costa de Marfil adoptó el elefante por razones obvias,
Paraguay el yacaré (una subespecie del jaguar), México la serpiente (animal
precolombino símbolo de la divinidad), Zimbabue es ‘el XV del sable’ (un
antílope de gran tamaño) y Rusia se apropió del oso (que ya fue la mascota de
los JJ.OO de Moscú). Son todos animales identificativos de la nación, como es
el caso de la paloma en el escudo de Tonga. La selección española es ‘el XV del
león’. Aunque es común la identificación de España con el toro, lo cierto es
que en la mitología de la nación el león es una alegoría de España desde la época
de la Reconquista. Los leones del Congreso fueron bautizados como Daoíz y
Velarde en honor a los héroes de la Guerra de la Independencia y cómo emblema
de honor, respeto y fiereza.
País pequeño, pero muy respetado
en el planeta rugby, es Fiyi. Al igual que los ‘All Blacks’, los fiyianos
interpretan su propia haka antes de los partidos. Visten con camiseta blanca y
en su pechera llevan una palmera. Los fiyianos suelen jugar al rugby en la
playa y usan los cocos como balón. Selección en continuo crecimiento es Japón,
habitualmente representado con el cerezo. Es un árbol muy común en el país y
que en la época de florecimiento deja unas estampas impregnadas de rosa y
blanco que hacen las delicias de nativos y visitantes.
Siguiendo con lo motivos
florales, Canadá cuenta con la hoja de arce, que engalana su bandera nacional y
que es común a lo largo y ancho del país. Rumanía adoptó como emblema el roble
e Italia tiró de historia y apostó por la corona de laureles que lucían los
generales romanos después de cada triunfo en el campo de batalla.
Existen símbolos más complejos
como el de Samoa, un escudo con una palmera, una perla y la Cruz del Sur, la
constelación que señala el Polo Sur. Georgia cuenta en su distintivo con un sol
con siete alas. Pero lo más llamativo para los que usamos el castellano es su
sobrenombre de ‘el XV de los lelos’, apodo despectivo por estos lares pero que
hace referencia a un juego ancestral que se practicaba en las llanuras
georgianas y que se asemejaba al rugby.
LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY
El ‘XV del gallo’ es motivo de
mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la
palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de
lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo. Sin
ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el
resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también
se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.
En Gales el rugby es el deporte
nacional y en el ratio practicantes/habitantes incluso superan a Nueva Zelanda.
Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal
mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema
que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia
galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de
color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien.
El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor
el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar
como emblema de Gales el dragón.
Los galeses también son conocidos
como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data
del siglo VI, cuando los galeses junto a otros pueblos celtas combatieron ante
los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos
para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte
las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy
(1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de
esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de
avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.
El escudo de la selección inglesa
de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil
por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los
primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían
como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el
nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la
victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente,
decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y
creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como
emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa
blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de
los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el
‘XV de la rosa’.
Escocia es para todos el ‘XV del
cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI.
Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la
leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los
cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y
pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.
Irlanda es el ‘XV del trébol’ por
cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a
las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el
cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del
misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les
contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban una sola persona. Irlanda, al
igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la
espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por
supuesto, a su selección de rugby.
“Mi tío jugaba al rugby y mi padre jugaba al
fútbol americano. Solían discutir cuál de los dos deportes era el más rudo y
todos coincidían en que era el rugby. Es un gran juego de equipo. No vale con
tener un par de estrellas. Es un deporte en el que para tener éxito los quince
jugadores deben jugar al mismo nivel”. Clint Eastwood, director de cine y aficionado
al rugby.
Cuando la mitad del invierno ya se ha ido, y la otra mitad aún queda por pasar, es tiempo de rugby en el hemisferio norte. Se inicia el Torneo de las 6 naciones. Competición anual de un mes de duración que es religión en Gran Bretaña y en la que para los puristas se juega el mejor rugby del planeta.
Durante décadas se intuía que en los antiguos territorios coloniales de Gran Bretaña el nivel del juego era más elevado, pero la ausencia de un campeonato mundial impedía saber si la Vieja Europa había sido superada por el hemisferio sur. El Seis Naciones (por aquel entonces Cinco Naciones) seguía siendo el torneo por excelencia, hasta que en 1987 se puso en marcha la Copa del Mundo de Rugby en la que los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda pasaron por encima del resto de naciones.
Los favoritos al título eran los franceses. Unos meses antes de que se disputase el campeonato, en el estadio de La Beaujoire de Nantes, galos y neozelandeses disputaron un encuentro de preparación. Digo de preparación y no amistoso, porque de amigable tenía poco. En el anterior partido entre ambas selecciones disputado en suelo francés, Nueva Zelanda había masacrado por 19-7 a los gales y el público local había despedido con una sonora pitada a sus jugadores. Los franceses clamaban venganza.
Siendo como es y siempre ha sido un deporte de contacto, en la década de 1980 el rugby se aproximaba a la violencia. Técnicas como aplastar dedos, retorcer testículos o golpear cabezas formaban parte del juego de forma tan cotidiana como un despeje o una melé. La selección francesa era considerada por todos como el equipo con más garra del planeta, o siendo más profanos, con más huevos del planeta.
En aquel partido debutó como internacional Wayne ‘Buck’ Shelford. Era un aborigen neozelandés miembro de la tribu maorí. Shelford era un jugador prácticamente desconocido en el rugby europeo. Era considerado demasiado pequeño para la posición que ocupaba en el campo, aunque era enérgico en sus formas y en el uso de la palabra.
En cierto momento del partido, Shelford recibió una patada en la cara que le costó escupir tres dientes. Una vez escupidos, sacudió la cabeza, pidió un poco de agua y continuó como si nada hubiese sucedido. Más tarde, estaría cerca de dos minutos inconsciente tras recibir un golpe en la cabeza tras un placaje. Nuevamente se levantó y continuó como si nada.
Después del descanso, Daniel Dubroca, capitán del equipo francés, cayó con el balón en el suelo. Shelford se lo arrebató tras una dura pugna, Dubroca se giró bruscamente y sacó la pierna a pasear. Shelford recibió una impresionante patada en los testículos. Se retorció en el suelo, pidió una botella de agua y nuevamente se levantó y continuó como si nada.
Francia ganó el partido por 16-3. Shelford no recuerda nada de lo que sucedió. Cuando ve el partido en vídeo no es capaz de evocar ningún suceso de aquel día.
Al acabar el partido, los ‘All Blacks’ se dirigieron al vestuario para ducharse. Shelford se quitó el uniforme y se bajó los calzoncillos y varios de sus compañeros empezaron a gritar asustados.
No le habían dado una patada en los testículos, le habían clavado los tacos en uno de ellos. Uno de los huevos sangraba profusamente y tenía trozos de piel esparcidos por la pierna. De hecho, le habían desgarrado el escroto y uno de los testículos colgaba cerca de la rodilla. Inmediatamente fue llevado a un quirófano, donde le tuvieron que dar 16 puntos y hubieron de volver a meter el huevo en su nido.
La historia convirtió a Shelford en un mito mundial, y a los ‘All Blacks’ en unos superhombres. Shelford se ganó el respeto del rugby neozelandés y fue él quien impulsó la práctica de la ‘haka’, la danza tribal maorí que todas las selecciones de Nueva Zelanda interpretan antes de sus encuentros internacionales. Las tradiciones británicas y blancas eran las comunes en el rugby de aquel entonces, y los aborígenes, como Shelford, eran minoría en la selección y en la sociedad.
Aquella historia del escroto sirvió para dignificar a un jugador y a un pueblo. Coincidió en el tiempo con la recuperación de las tradiciones indígenas y con el respeto de los mismos dentro del deporte. Shelford fue pieza trascendental para ganar el Mundial y sólo un año después fue elegido capitán por unanimidad por todos sus compañeros.