deporte femenino

Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

Leer más

La princesa de los pies descalzos

Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 se tornaban descafeinados. Bajo órdenes procedentes de Moscú, los países del bloque comunista decidieron no tomar parte de los JJ.OO repitiendo el mismo boicot que Estados Unidos y alguno de sus aliados habían protagonizado en los JJ.OO celebrados en Rusia cuatro años atrás. El deporte no era sino una mano más de la partida de póker que ambas potencias mantenían desde el inicio de la Guerra Fría. Hubo cientos de deportistas que vieron frustrados sus sueños e hicieron inútil un trabajo exhaustivo de preparación. Una de esas atletas era la sudafricana Zola Budd, conocida como la princesa de los pies descalzos.

Con sólo 17 años de edad Zola Budd había batido el récord mundial de los 5.000 metros (15’01’’) corriendo descalza, costumbre que mantenía desde niña emulando a la leyenda africana Abebe Bikila. La proeza de Budd se tornaba sideral. Los atletas suelen centrarse en su juventud en las pruebas de velocidad y sólo alcanzan la plenitud en las de fondo en torno a los 30 años, cuando el cuerpo humano está perfectamente formado para las disciplinas de resistencia.

El problema de Budd iba más allá de comunismo y de capitalismo, de boicots y de Guerra Fría. El problema para Zola Budd es que la IAFF (Federación Internacional de Atletismo) no reconoció su récord mundial. Por aquel entonces Sudáfrica llevaba un par décadas gobernada bajo el régimen del ‘apartheid’ (segregación racial). En un primer momento las grandes potencias, comandadas por Estados Unidos, hicieron oídos sordos a las voces que reclamaban libertad y democracia para Sudáfrica. Sin embargo, en la década de 1980, aprobados y aceptados los derechos civiles para la población negra en Estados Unidos, Sudáfrica estaba totalmente aislada internacionalmente y eso, evidentemente, incluía su exclusión de los eventos deportivos.

Esta situación beneficiaba a la estadounidense Mary Decker. Rubia, guapa, de brillante pelo cardado a la moda de entonces y de sonrisa arrebatadora, era una de esas deportistas que despertaba tanto interés compitiendo como en su vida privada. En aquel entonces ella y Carl Lewis eran los ‘novios de América’. El año anterior había logrado la victoria en los 1.500 y en los 3.000 metros en el Mundial de Atletismo. Su intención era repetir el doblete en Los Ángeles lugar de donde Decker era oriunda. En la prueba de los 1.500 tenía dura competencia con las rumanas Melinte y Puicâ. En los 3.000, y dado que las soviéticas se habían autoexcluido, la medalla de oro estaba virtualmente asegurada. Tan sólo Budd podría inquietarle, pero debido a que la sudafricana tenía vetada su presencia en los JJ.OO se daba por seguro el triunfo de Decker.

No obstante a Budd se le abrió un resquicio por una puerta de la que nadie conocía su existencia. El rotativo británico ‘Daily Mail’ publicó un reportaje en el que exponía que conforme a que el abuelo de Budd era inglés podría solicitar la ciudadanía inglesa y competir con Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos. Hubo jarana en Westminster. Mientras que los laboristas denunciaban el pasteleo con el ‘apartheid’, los conservadores, liderados por la primera ministra Margaret Thatcher, resolvieron el papeleo en tiempo récord y Zola Budd adquirió con celeridad la doble nacionalidad.

Los ingredientes estaban en la mesa y sólo quedaba usarlos con tino para crear una epopeya deportiva. Pero aún había más. Zola Budd no se había planteado nunca ser atleta profesional. Tan sólo cuando un devastador cáncer se lleve a su hermana por delante decidirá descargar su rabia contenida corriendo campo a través, siempre descalza. Esa mezcla de rabia y pena la convirtió en una atleta de élite a la tierna edad de 17 años. Pero esa ternura también la convirtió en blanco fácil de un desalmado padre. Con el tiempo el señor Budd se aprovecharía de los éxitos de su hija y se apropiaría de todas sus ganancias. La infancia de Decker tampoco fue idílica. De pequeña fue víctima de abusos sexuales por uno de los tantos novios que una madre desarraigada le traía a casa de cuando en cuando. Sin padre y con su madre ausente, Mary Decker pronto se convirtió en una adolescente presa cómoda de hombres de bragueta fácil.

Así entonces, aquel 11 de agosto de 1984, Budd y Decker se presentaron en la línea de salida del estadio olímpico de Los Ángeles para disputar la final de los 3.000 metros femeninos. La primera defendía los intereses de Gran Bretaña y la segunda de Estados Unidos. La primera iba descalza, la segunda calzaba unas zapatillas de diseño.

La carrera fue extremadamente lenta, lo que en teoría beneficiaba a Decker que poseía un rush final imponente. Decker braceaba y corría pegada a la cuerda gastando la menor cantidad de energía posible. Mediada la carrera Budd decidió ponerse al mando y avivar el ritmo consiguiendo estirar el grupo y provocando la aparición de los primeros cadáveres. Decker, como una sombra, se coloca tras ella.

A falta de tres vueltas Decker, que se mantenía detrás de Budd, comenzó a dar pequeños golpes con sus zapatillas en los talones desnudos de la sudafricana. Sus defensores dirían que son roces habituales de las carreras. Sus detractores dirían que los golpes eran deliberados y que incluso llegó a clavarle los tacos premeditadamente.

El caso es que al tercer impacto Mary Decker tropezó y se fue al suelo.
Milagrosamente Zola Budd aguantó de pie y siguió corriendo.

Los 84.000 espectadores que abarrotaban el estadio olímpico enmudecieron mientras veían a Decker llorando desconsoladamente ante la oportunidad perdida. Cuatro años de entrenamiento se iban al carajo.

Pero la carrera no había terminado. Zola Budd miró hacia atrás y al instante perdió la concentración. Se había mantenido en pie y había conservado el equilibrio, pero su mente ya no estaba allí. El estadio comenzó a chillarle y a increparle. Al mismo tiempo Mary Decker se echaba a los brazos de su novio, el discóbolo olímpico Richard Slaney, alzaba la vista y cambiaba las lágrimas por la rabia y el odio desmedido. Totalmente descentrada, Zola Budd pasó de ir liderando la prueba a caer hasta la séptima plaza de forma incomprensible. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puicâ.

Mary Decker acabó abandonando el estadio olímpico llorando y cojeando, recibiendo la ovación de un público que veía como su princesa se quedaba sin corona. En ese instante Decker cambió el dictado de su eternidad de ‘la novia de América’ a ‘la llorona de América’.

Zola Budd se marchó corriendo a vestuarios. La prensa americana la tildó de villana y de tramposa y pasó varios días en paradero desconocido pagando por un crimen del que no tenía culpa. Se abrió entonces una crisis internacional alimentada por los medios sensacionalistas de Estados Unidos e Inglaterra y que desencadenó en una crisis política sobre el apoyo al régimen racista sudafricano.

Tuvieron que pasar doce meses para que Decker y Budd se encontraran nuevamente en una pista de atletismo durante una competición en Londres y se estrecharan la mano.

Mary Decker nunca más volvió a ganar una competición de élite. Fracasó en los Juegos Olímpicos de Seúl donde no pasó del octavo puesto. A Budd todo parecía irle de cine cuando en aquella prueba disputada un año más tarde en Londres volvió a batir el récord del mundo de los 5.000 metros y, esta vez sí, la plusmarca fue reconocida por la IAFF, pero fue su canto del cisne. Tras renunciar a competir en los JJ.OO de Seúl víctima de una depresión, Zola Budd reapareció cuatro años más tarde en Barcelona como estrella de la nueva selección sudafricana unificada bajo mandato de Nelson Mandela y ni tan siquiera llegó a clasificarse para la final.

Solo años más tarde Mary Decker reconoció que la culpa había sido suya por no haber sabido situarse bien en el grupo.

Hubo que esperar a 2016, 32 largos años más tarde, para que Zola Budd confesara que, después del tropezón e intimidada por los abucheos del público, decidió perder la carrera aposta por miedo a subir al pódium. Temblaba de pánico al imaginar la pelotera que le podría caer al recibir una medalla de la que fue injustamente privada.

Leer más

La revolución feminista de Suzanne Lenglen

El llamado techo de cristal se está resquebrajando a pasos agigantados. En pocos sitios esa grieta es tan vasta como en el deporte. La importancia de las mujeres deportistas en unos Juegos Olímpicos no tiene nada que envidiar a la expresada hacia los hombres. Los patrocinadores advierten como invertir en competiciones femeninas es sinónimo de aceptación popular. Las ligas de fútbol, balonmano o baloncesto forman parte de la agenda de los medios con mayor asiduidad. Es un triunfo de la mujer.

Un arduo triunfo que tiene su base en las pioneras. La pionera no es la mejor, pero si la que debe ser recordada y reverenciada. Es aquella que fue la primera en sacar los codos y estirar el cuello. Es aquella que consiguió lograr lo prohibido. Revolución feminista. Pioneras hay muchas. En España surgen rápido en cualquier conversación nombres como los de Blanca Fernández Ochoa, Lydia Valentín o Carolina Marín. A nivel mundial son pioneras Annika Sorenstam (golf), Alice Coachman (atletismo) o Lucy Harris (baloncesto).

Si hay un deporte donde se le ha dado popularidad a la mujer desde hace décadas ese es el tenis. Pero no siempre fue así. Existe una mujer que se puede considerar pionera, pero no únicamente como pionera con la raqueta. Es la primera deportista que fue ídolo de masas, que superó en relevancia y notoriedad a los hombres, que fue un referente para niños y niñas de todo el mundo y que fue respetada por políticos, hombres de negocios y por la jet-set de su tiempo. Se trata de Suzanne Lenglen y su particular revolución feminista.

Lenglen vino al mundo cuando el siglo XIX estaba a punto de fenecer. Era una niña parisina acomodada. La empresa de transportes de la familia había sustituido los caballos por el coche a motor y se presagiaba un futuro esplendoroso. Sin embargo, Suzanne se pasaba las semanas en la cama aquejada de diversas dolencias de índole respiratorio. El padre de Suzanne, un hombre de mundo, decidió comprarle una raqueta a su hija alentándole de los beneficios del deporte y en contra de las recomendaciones de reposo de los médicos. Habilitó una pista en la mansión de la casa familiar y colocaba en la otra punta palos de madera a los que Suzanne tenía que acertar desde el otro lado de la cancha. Con 15 años recién cumplidos, Suzanne era una muchacha fuerte y sana que ganaba contra pronóstico Roland Garros.

Conquistó la final en tres sets y al mes siguiente estalló la I Guerra Mundial. En ese interludio bélico de cinco años Suzanne pasaría de ser una niña a una mujer.

Después de más de 20 millones de muertos el mundo que surgió tras el fin de la guerra no podía ser el mismo. Las mujeres estaban en lucha por la consecución del derecho al voto y, tras haber salido de la cocina de su hogar para mantener en pie la economía de sus países durante el conflicto, no estaban dispuestas a dar marcha atrás. Cuando en el verano de 1919 se vuelve a poner en marcha el torneo de Wimbledon nada es ya lo mismo.

Lenglen apareció en las pistas del ‘All England Club’ con una cinta en la cabeza, un vestido en el que dejaba los hombros al descubierto y las pantorrillas al aire. El escándalo fue inmenso. Hasta ese momento las tenistas jugaban con un vestido que les tapaba todo el cuerpo, a excepción de los tobillos, y la mayoría saltaban a la pista con sombrero. Los jueces se miraron incrédulos sin saber qué hacer. Las normas de Wimbledon tan sólo especificaban que las tenistas tenían que jugar de blanco impoluto. Suzanne cumplía con las norma, por lo que no les quedó más remedio que aceptar lo evidente.

La sorpresa se convirtió en estupor cuando, en un descanso para el cambio de set, Suzanne se sentó en el banco y sacó de su bolsa de deportes una botella de coñac, se pegó un par de lingotazos y volvió a la pista. Eso fue el terremoto total. La gente comenzó a cuchichear y la fama de Suzanne subió como la espuma.

Pero claro, nada de esto importaría si no fuese una buena tenista. Y lo era. Según las crónicas se movía en la pista cual mariposa. De pequeña además de tenis había practicado ballet y dado que era bajita parecía que jugueteaba flotando en el aire. Consiguió llegar a la final y derrotar a la británica Dorothea Douglass en la que durante muchos años fue considerada la gran final de todos los tiempos (10-8; 4-6; 9-7). A pesar de que su rival era inglesa, el público londinense dio una sonora ovación a Lenglen al término del choque. Fue la primera vez en su vida que jugaba un torneo sobre hierba. Su leyenda había comenzado.

A partir de entonces todos los torneos se desvivieron para tener a Suzanne en su cuadro de participantes. Los niños y las niñas esperaban al término de los partidos para pedirle un autógrafo, un recuerdo o simplemente para saludarla. Era un ídolo de masas en todo el mundo, pero especialmente en Francia. Los galos, masacrados por la guerra, necesitaban algo a lo que aferrarse y Suzanne era un cúmulo de alegrías constantes suscitando, por supuesto, la envidia de los deportistas masculinos.

Amiga del modisto Jean Patou, abanderó el llamado movimiento ‘flapper’ con el que las mujeres reivindicaban su independencia a través de una ruptura con el vestuario tradicional. Suzanne aparecía siempre con el pelo corto, blusas sin mangas y chaquetas de punto. Aflora en traje de baño en revistas de moda como Vogue. ‘Le divin’ (la divina), como fue bautizada por la prensa francesa, era un torbellino dentro y fuera de la pista. En la década de 1920 llegó a contar con una línea de zapatillas con su nombre y por supuesto era perseguida por la prensa rosa en busca de romances. Que los tenía. Y a pares. En los torneos menores exigía jugar sus partidos en horario vespertino y así poder salir a bailar y a beber hasta altas horas de la madrugada.

Suzanne ganó dos medallas de oro (individual y dobles mixtos) y una de bronce (dobles femeninos) en los Juegos Olímpicos de Amberes. Triunfó en Wimbledon cinco años seguidos (1919, 1920, 1921, 1922 y 1923) y durante tres años hizo doblete con Roland Garros (1921, 1922, 1923). Acumuló 181 partidos consecutivos sin perder. Era tan digna y competitiva que obligó a cambiar las reglas. Hasta 1920 la vigente campeona de Wimbledon pasaba directamente a la final. Lenglen se negó en rotundo y exigió disputar todas las rondas de aquella edición. A partir de entonces la regla fue abolida.

Nunca triunfó en Estados Unidos. En 1921 hizo un pesado viaje en barco hasta el otro lado del Atlántico para jugar una serie de partidos propagandísticos y recaudar fondos para la reconstrucción de Francia. Por el camino contrajo la tosferina y cuando le propusieron jugar el Open de Estados Unidos no le quedó más remedio que aceptar por imperativo de la Federación Francesa de Tenis. Se tuvo que retirar en segunda ronda con fuertes dolores. El público estadounidense la despidió con abucheos mientras la prensa norteamericana la llamaba “niña consentida”.

La salud de Suzanne, ya de por si débil (también padecía de migrañas crónicas), no llegó nunca a recuperarse del todo de aquel episodio. En 1924 no logra ningún Grand Slam, pero se rehace en 1925 para volver a lograr el doblete Roland Garros-Wimbledon. Al año siguiente vuelve a vencer en el torneo parisino y, como era menester, decide celebrarlo a lo grande.

Al mes siguiente, durante la celebración del torneo de Wimbledon, Suzanne no se encuentra bien. La vida nocturna y su mala salud no son buenas compañeras. Cuando iba a disputar un partido de tercera ronda se encontraba tan indispuesta que llegó una hora tarde a la pista. La mala suerte para ella es que en la tribuna estaba la reina María de Inglaterra deseosa de verla en acción. Al llegar al estadio Lenglen comunicó que no estaba en condiciones de jugar, se desmayó y se tuvo que retirar del torneo. Por primera vez fue abucheada en Londres y recibió sonoras críticas. Incluso el Gobierno de Francia le exigió que se disculpase públicamente. Así, entre rabiosa y avergonzada, Lenglen decidió retirarse y emigrar a Estados Unidos para disputar lucrativos partidos de exhibición. Tenía tan sólo 27 años.

A partir de entonces se le consideró una suerte de proscrita en Europa. Eso no haría más que aumentar su rebeldía. Y en Estados Unidos encontró el país ideal para sus propósitos. En 1928 disputó cerca de 40 partidos de exhibición con los que ganó 75.000 dólares, una cifra desorbitada para la época. Era la primera mujer que vivía, y se hacía inmensamente rica, gracias al deporte.

En Estados Unidos se carisma y su ‘glamour’ la convertirán en una asidua de los estudios hollywoodienses. Aparecerá en anuncios publicitarios y tendrá breves papeles en películas. Entabló profunda amistad con el matrimonio de Douglas Fairbank y Mary Pickford, el más famoso en el mundo del celuloide de la época.

A los 35 decide dejar la raqueta y vuelve a Paris para montar una escuela de tenis (que hoy es la residencia oficial de cientos de niños y niñas que sueñan con ser profesionales) y escribir varios libros de iniciación al tenis. Por desgracia, en junio de 1938 anuncia que padece de leucemia. De aquella no había trasplante de médula ni Fundación Carreras, por lo que al mes siguiente fallece en su casa a los 38 años de edad. Su funeral en Notre Dame fue apoteósico y su traslado al cementerio parisino de Saint Ouen estuvo seguido de miles de compatriotas.

Después de que Lenglen rompiese las convenciones, en la década de 1930 se dieron nuevos pasos revolucionarios para la mujer. En 1931 la española Lili Álvarez compitió en Roland Garros con una suerte de falda-pantalón y un par de años después Eileen Bennett se atrevió a llevar un pantalón de hombre en Wimbledon.

Hoy, como no podía ser de otro modo, una estatua de Suzanne con la falda al aire, la cinta en la cabeza y a punto de finiquitar un juego con su implacable revés irradia la entrada de la pista de Roland Garros bautizada con su nombre.

Leer más

El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).

Leer más

Jutta Kleinschmidt. Mujeres y deportes de motor

Si hay alguien que se toma la molestia semana tras semana en seguir este blog, o simplemente se detiene por interés a leer alguno de los artículos, comprobará que en las 67 reflexiones publicadas hasta el momento nunca he hablado acerca de deportes de motor. No hay sitio para la velocidad ni para la resistencia. Ni para coches ni para motocicletas. Ni para Senna ni para Rossi.

¡Y anda que no hay historias sobre ruedas dignas de ser contadas! Y muchas. Adelantamientos increíbles. Carreras ganadas por centésimas. Campeonatos conquistados en la última curva. Y muertes. Cuantiosas muertes. Pero es que considero que los deportes de motor no son deportes en un término estricto de la acepción. Deporte es toda aquella competición reglada en la que compiten al menos dos personas o equipos y en la que en igualdad de condiciones se realiza un esfuerzo físico y/o mental para lograr un resultado ante el rival o ante el cronómetro.

En los deportes de motor, la pieza clave es el vehículo. Es cierto que sólo un buen piloto es capaz de lograr una victoria, pero más cierto aún es que ningún piloto, por bueno que sea, es capaz de ganar si no tiene un vehículo adecuado. No existe igualdad y no es el deportista, sino los ingenieros y los mecánicos, los que marcan la diferencia. Tampoco es deporte la caza o la pesca, pero por distintos motivos, porque es una lucha entre un ser humano y un animal. Pero sí que es deporte el ajedrez, porque es una competición reglada entre iguales con un gran desgaste mental. De hecho, en el caso de los e-sports, que ni sigo, ni entiendo, ni me gustan (y hasta podría decir que me parecen odiosos) no me queda más remedio que admitir que son un deporte, porque el desgaste psicológico, y en algún caso físico, es evidente. En los deportes de motor también hay ese desgaste, obviamente, pero a diferencia de los e-sports, donde la máquina es la misma para los contendientes, en la F-1 o en Moto GP no se puede decir lo mismo.

El argumento que suelen utilizar los defensores de los deportes de motor es que los condicionantes externos existen en todos los deportes. Es cierto. Un futbolista de primer nivel tiene acceso a servicios médicos, materiales o métodos de entrenamiento superiores a los de un futbolista de categoría inferior. Es más, en los deportes de equipo la desigualdad es evidente porque a golpe de talonario se reúnen juntos los mejores jugadores imposibilitando la victoria de los equipos modestos. No obstante, sigue siendo una lucha entre iguales y con las mismas reglas. Utilizando como ejemplo del fútbol, se trata de 11 hombres contra 11 hombres vestidos con botas de fútbol y jugando dentro de un terreno de juego con medidas estándares. En la F-1 los pilotos pueden tener la misma preparación, el circuito y las reglas son las mismas para todos, pero los monoplazas son totalmente distintos. Y es el monoplaza el que determina las opciones de victoria. Un balón, una piragua o unas botas no son determinantes. Un vehículo sí que lo es.

He aquí mis razones, las cuales pueden o no pueden ser compartidas. Para gustos colores, que dice el refrán. Intentaré rizar más el rizo, aun sabiendo que me dispongo a entrar en arenas movedizas. Sólo hay un deporte en el que las mujeres pueden y deben competir de tú a tú con los hombres; los deportes de motor.

Las mujeres están en clara desventaja respecto a los hombres. De hecho, en pleno auge del movimiento feminista, pocos campos hay tan machistas como el del mundo deportivo. Las comparaciones sexistas, miradas lascivas o comentarios impropios en medios de comunicación están presentes en el día a día. Y no es justo. La mujer tiene, o debería tener, los mismos derechos que el hombre. Pero que deba existir igualdad de derechos no quiere decir que seamos biológicamente iguales. Eso es irrefutable.

Un mantra habitual es que los hombres y las mujeres deberían cobrar lo mismo. Y así debería ser en el ámbito público, en el deporte de base y en el deporte subvencionado. Otra cosa es en el deporte profesional, donde opera la ley de la oferta y la demanda (guste o no guste). A menudo se cita que en países como Noruega o Dinamarca los chicos de la selección de balonmano renunciaron a parte de su prima para aumentar la recibida por las chicas y equiparar así el sueldo entre la selección masculina y la femenina. Hecho más que loable. Lo que se suele omitir, es que las chicas deberían cobrar más, no lo mismo. Y es que en Noruega la audiencia televisiva y el aforo de los pabellones en los partidos femeninos son superiores a los masculinos.

Por lo tanto, es una falsa igualdad.

Biológicamente los hombres son más fuertes, altos o rápidos que las mujeres. Eso implica que un tenista golpeará la bola más lejos, un ciclista correrá más kilómetros y un atleta será más rápido. Y cuando un ser humano compra una entrada o paga un abono televisivo quiere ver a los mejores. Quiere ver a los que hacen lo extraordinario. Y por eso unos generan más dinero. Y si la tarta es más grande, el trozo que te llevas a casa también. ¡Pero lo mismo pasa al revés! Las gimnastas tienen contratos más elevados que los gimnastas. ¿Por qué? Porque ningún hombre por mucho entrenamiento que realice puede llegar al nivel de contorsión al que llega una mujer. Nunca será tan extraordinario.

Nunca nos referimos a técnica. La técnica es independiente a las condiciones físicas. La capacidad de anotar triples, de lanzar una bola curva de beisbol o de realizar un regate es unisex. En ese caso no existe diferenciación ninguna. La habilidad es de todos.

¿Por qué hay árbitros que son mujeres en competiciones masculinas y sin embargo hay ligas masculinas y femeninas de forma distinta? ¿Machismo? Existe, y mucho. Pero no es eso. Ese concepto es erróneo. No se puede hacer una liga unisex porque físicamente las diferencias son abismales. Existen los 100 metros lisos masculinos y los 100 metros lisos femeninos. Y también los 100 masculinos para discapacitados y los 100 femeninos para discapacitados. ¿Es machismo? ¿Es discriminación? ¿Es racismo? No. Es la naturaleza. Existen esas 4 competiciones distintas, porque existe la igualdad de derechos. Pero existen 4 competiciones distintas porque existe la desigualdad biológica.

—JUTTA KLEINSCHMIDT—

¿Dónde pueden competir en igualdad hombres y mujeres? En los deportes de motor. Dada la preeminencia de la máquina en estas disciplinas, las diferencias biológicas son inapreciables. Y es aquí donde debería estar la verdadera lucha del movimiento feminista y donde se debería permitir la coexistencia entre hombres y mujeres y desterrar un machismo recalcitrante con olor a gasolina.

Quizás, la pionera, fue la alemana Jutta Kleinschmidt. Física e ingeniera, fue la primera mujer que consiguió la victoria en el Rally Dakar en la categoría de coches.

Kleinschmidt trabajaba en el departamento técnico de BMW a finales de los años 80 y competía en alguna prueba de motos en su tiempo libre. Consiguió convencer a su empresa de que le pagase una moto de competición para competir en el rally Dakar, y así hizo. En 1993 recibió la oferta de Jean Louis Schlesser, uno de los grandes del Dakar de todos los tiempos, para ser su copiloto en la categoría de coches. Como el mundo es machista se hablaba más de la relación sentimental entre ambos que de las dotes de conducción de la alemana. Cuatro años después conseguiría ya con su propio coche su primera victoria parcial dejando atrás todas esas tonterías. Y para 2001, bajo los mandos de un Mitsubishi, Kleinschmidt lograría la victoria global en el París-Dakar.

Fue una victoria muy polémica, ya que antes de la etapa decisiva los líderes eran el japonés Masuoka y el francés Schlesser, pero un par de accidentes y unas sanciones por conducta antideportiva, otorgaron de rebote la victoria a Kleinschmidt. Daba igual. Había sido segunda y tercera en varias ocasiones. Su valía estaba demostrada. Era una victoria de pleno derecho.

En el periódico ´El Mundo´ se leía lo siguiente´. “Siempre se dijo que el Dakar era para hombres duros. Hasta que hoy Jutta Kleinschmidt ha sido la más dura. Más dura y más rápida que todos. Se acabaron los chistes machistas (…) ¿Dónde mejor que aquí, que somos hombres, hombres duros sin lavar ni afeitar, obligados a usar el suelo por servicio y a comer con las manos llenas de grasa? Pues se acabó. ¡Cualquiera se levanta ahora a hacer una broma sobre una mujer! Jutta nos ha ganado a todos (…) Tiene un coche muy rápido y unas manos portentosas para conducir. Es tan fría y agresiva dentro del coche como amable cuando se baja (…) se cuentan maravillas de ella como conductora y como persona (…) No sólo lo hace bien, sino que se emplea con una fuerza y una fiereza que ya hubiesen querido muchos. Le sobran energías para conducir (…) ¿sexo débil? ¿Débil Jutta? ¿En qué?”.

Leer más

El ama de casa voladora

Sólo hay una mujer que haya conseguido cuatro oros olímpicos en unos mismos Juegos Olímpicos. Ni Marion Jones, ni Florence Griffith, ni Wilma Rudolph. Mantuvo su récord del mundo de los 100 metros lisos vigente durante nueve años y durante 14 años batió 20 récords distintos. No era negra. Ni siquiera era atleta, sino que era nadadora. Y su entrenador era un machista convencido, un detractor del deporte femenino.

Fanny Koen era una prometedora nadadora holandesa con un fuerte tren inferior y unos no tan excelentes músculos superiores. Un entrenador y periodista famoso por sus comentarios en contra de las mujeres la observó un día que estaba haciendo un reportaje y agudizó los sentidos ante lo que vio. Jan Blankers, que así se llamaba el interfecto, la observó y le animó a probar en la pista de tartán. Fanny tenía diecisiete años. Blankers unos cuantos más. Blankers era el seleccionador nacional. Un año después la incluyó en el equipo nacional holandés de atletismo. Ya no era Fanny Koen, era Fany Blankers-Koen. Su entrenador no sólo se había quedado prendado por sus virtudes como atleta, también por sus virtudes como mujer.

Su primer éxito fue a los 20 años al obtener el bronce en el Europeo de atletismo de 1938. Era la atleta del futuro y llenaba páginas y páginas de los periódicos. Nadie entendía como una mujer casada se podía dedicar al deporte. Por aquel entonces cuando una fémina contraía matrimonio abandonaba lo que estaba haciendo para dedicarse a cuidar a su familia y a su hogar. Koen fue enormemente criticada. Desafortunadamente la II Guerra Mundial llegó para acabar lo que los críticos comenzaban a sembrar.

“La ama de casa voladora”, apodo que le fue puesto por un periodista inglés, tuvo la suerte de llevar una vida relativamente decente y no dejó de entrenar durante la contienda, como ella misma manifestó, para mantenerse viva. Compitió en las pocas pruebas que durante la guerra se celebraron, contra rivales provenientes de países neutrales o de los por entonces vencedores y en poco tiempo perdedores.

Para 1946 la paz había vuelto a Europa y se disputaron unos austeros campeonatos continentales en Oslo, país que no había sido arrasado por las bombas. Fanny acababa de dar a luz a su segundo hijo, pero su continuo entrenamiento y su disciplina dieron sus frutos y logró un oro en vallas y otro en el relevo 4×100. Aun así el regusto fue amargo. Poseía los récords del mundo no sólo en las pruebas de velocidad, sino también en salto de longitud, salto de altura y pentatlón. La siguiente cita eran los Juegos Olímpicos de 1948 en Londres.

Doce años en deporte es una eternidad. Muchos quedaron en el camino. Otros vieron pasar sus mejores años. Sólo dos oros olímpicos en Berlín lo volvieron a ser en Londres, el checo Jan Brzak en piragüismo y la húngara Ilona Elek en esgrima. Un verdadero milagro y en dos países muy castigados por la II Guerra Mundial. Pero sorpresivamente la estrella no fue otra que Blankers-Koen.

En la cita londinense Fanny contaba con 30 años y dos hijos. Tuvo que eliminar de su programa el salto de longitud por temor a no recuperarse a tiempo para el resto de pruebas. Compitió en los hoy desaparecidos 80 metros vallas, 100 metros, 200 metros y en el relevo 4×100. Sí, tenía las mejores marcas, pero también era la más veterana de las atletas.

Su potencia no encontró respuesta en ninguna de las pruebas.

Su oro más sufrido se produjo en la prueba de vallas donde los jueces tuvieron que acudir a la foto-finish para determinar si había ganado el oro ella o la británica Maureen Gardner. La decisión se retrasó varios minutos y durante la espera sonó el God Save The King. Durante unos instantes Fanny se asustó, pero los acordes de tan majestuoso himno nacional sonaban en honor a Jorge VI que acababa de entrar en el palco de Wembley. Fanny respiró aliviada.

Fue recibida como una heroína en Amsterdam. Un carruaje tirado por caballos llevaba en volandas a una mujer que estaba ayudando a levantar la moral de una nación destrozada por la ocupación nazi. El ayuntamiento le regaló algo tan holandés como una bicicleta y la reina Juliana le concedió la Orden de Nassau a lo que Blankers-Koen contestó; “tanto por correr unos pocos metros”, dejando para la posteridad una de las mejores perlas deportivas de la historia. Consiguió tres oros más en el siguiente campeonato europeo pero para los Juegos Olímpicos de 1952, ya con 34 años, no obtuvo ninguna medalla olímpica.

La IAAF (Federación Internacional de Atletismo) la escogió en 1999 como la mejor atleta del siglo XX. Tres años después le rindieron un nuevo homenaje, aunque lamentablemente ella no sabía quién era esa rubia, alta y desgarbada que corría con el pelo al aire. Sentada en una silla de ruedas y aquejada de alzheimer, se limitó a preguntar si de verdad era ella la chica que proyectaban en la televisión. Se fue en 2004, Su marido ya lo había hecho 30 años antes convencido del valor de la mujer en el deporte.

Leer más