El 2-3-2-3 de Pozzo

El 2-3-2-3 de Pozzo

Cuando en el año 2013 Pep Guardiola tome las riendas del FC Bayern lo hará tras un año de asueto después de su exitoso paso por Barcelona. En Cataluña, partiendo de un 4-3-3 clásico con extremos fijos para luego dominar los carriles centrales con Xavi e Iniesta, acabaría asaltando el Bernabéu al convertir a Leo Messi en un ‘falso 9’ que bajaba al centro del campo para ayudar en la creación. Aquello sacó de sitio a los centrales del Madrid creando una autopista para que los centrocampistas azulgranas se adentrasen en el área blanca. Eso es lo que todo el mundo esperaba cuando Pep arribó en Múnich. No fue así. En Alemania a Guardiola le dio por jugar un 3-2-5 ofensivo sabedor de que el Bayern era superior al resto de equipos de la Bundesliga.

Aquello era una innovación. La realidad es que era una vuelta a los años 50. Lo llevaría al extremo con el Manchester City cuando convierta un 4-3-3 en defensa a un 2-5-3 en ataque colocando a los laterales como interiores. O, rizando el rizo, convertir a un central en organizador al sacar el balón para jugar con un 3-4-2-1. A pesar de que sus osadías le han hecho llevarse unos cuantos revolcones en Europa (como aquel 0-4 ante el Real Madrid), ni los más críticos pueden negar el talento como técnico y como inspirador de las nuevas generaciones del entrenador catalán. El diario Marca, nada sospechoso de barcelonista, llegó a contabilizar 24 sistemas diferentes entre los usados con éxito por Guardiola.

Esa flexibilidad, junto a un pasado victorioso como jugador blanco, fue lo que hizo que tanto los directivos del Real Madrid como prensa y opinión pública apostasen por Xabi Alonso. Un técnico joven y bien parecido que empezó a entrenar a la Real Sociedad B usando un arriesgadísimo 3-2-3-2. Luego firmó una temporada invicta con el Bayer Leverkusen con un 5-3-2 convertido en 3-2-4-1 en ofensiva con los dos carrileros jugando a la altura de los mediapuntas. Eso le sirvió el fichaje por el Madrid. Saldría mal. Pero es lo de menos. Guardiola como Alonso, y como todos los entrenadores de nueva generación, se caracterizan por un estudio enfermizo del juego, los datos y las tácticas. Por una obsesiva profesionalización. Por cambiar de libreto táctico temporada tras temporada y por usar distintas estrategias durante el encuentro.

Por supuesto esto no fue siempre así. Hasta mediados de los 90 la tarea del entrenador consistía en escoger los jugadores, disponerlos tácticamente sobre el campo y realizar los cambios oportunos. Hubo excepciones. Faltaría más. Pero hasta que Arrigo Sacchi puso patas arriba el sistema defensivo al explotar la variante del fuera de juego, todo seguía un mismo patrón. Por eso, técnicos como Sacchi, Guardiola, Michels o Herrera son considerados los mejores. Ganaron, pero sobre todo bordaron con letras de oro un capítulo nuevo en la construcción del fútbol.

Pep Guardiola

Ocurre que Guardiola no ha inventado nada de nada. No es una crítica, es un hecho. La primera vez que se tiene constancia de la existencia de un falso 9 es en ¡1910! Helenio Herrera tampoco. Lo del líbero y el catenaccio viene de Karl Rappan, un suizo que lo puso en marcha a finales de 1930. La presión a todo el campo o el uso de la trampa del fuera de juego también son más viejos que Matusalén. La diferencia es que hace un siglo se realizaba ordenadamente y evitando la fatiga de los jugadores. Ahora, cualquier equipo de élite es capaz de mantener la concentración mental y física durante 90 minutos.

Todo lo que sabemos de fútbol se creó antes de la II Guerra Mundial. Cuando en los años 30 se disputen las tres primeras ediciones del Mundial ya estará todo inventado. Hoy tenemos matices, retoques y perfeccionamientos de técnicas antes ya usadas. Cuando el fútbol se haga mayor y global (tras el Mundial de 1950 y la creación de la Copa de Europa en 1955) se usará en este orden el 3-5-2, 4-2-4, 4-3-3, 4-4-2, 5-3-2, 4-2-3-1, 4-3-3 y el 3-5-2, que, junto al 4-3-3, es el que impera en el presente. No son tiempos para ser carrilero. Hoy un lateral tiene que ser también mediocentro.

En 2026 Roberto Carlos sería un futbolista mediocre.

El caso es que no hay nada nuevo bajo el sol. Aquello que Xabi Alonso experimentó y Guardiola llevó al extremo en Múnich y Manchester ya lo había creado Vittorio Giuseppe Luigi Pozzo, un piamontés que vino a este mundo un mes de marzo de 1886.

De buena familia, Pozzo estudió idiomas en Francia e Inglaterra en dónde se enamoró del fútbol. Jugó en las Islas Británicas y en Suiza para luego regresar a Italia, donde fue, además de futbolista, uno de los fundadores del Torino FC. Más tarde colgó las botas y entró a trabajar en la empresa Pirelli. Por el camino dirigió también al AC Milan durante dos temporadas y a la selección italiana en el transcurso de los Juegos Olímpicos de 1924. Sucedió que por entonces su esposa enfermó, por lo que dejó el fútbol para centrarse en su cuidado y escribir artículos deportivos para el periódico La Stampa. Fue entonces cuando se dedicó a estudiar con obsesión el juego y a enriquecerlo tácticamente.

Con su esposa tristemente fallecida, en 1929 acepta nuevamente el puesto como seleccionador italiano.

Se retiró en 1948. Fueron casi dos décadas como seleccionador. Récord nunca igualado en Europa.

Vittorio Pozzo dejó escrito su modelo de juego a través de siete puntos básicos una vez tomó las riendas de la Nazionale. Vale la pena transcribirlos para ver que nada es moderno. Todo está inventado. Hablamos de un ideario que fue redactado hace prácticamente un siglo. En 1929.

1. Una concepción paterna de la relación con los jugadores.

2. Un fuerte sentido del deber y del compromiso con el equipo (selección) aplicado a los límites deportivos.

3. Dedicarse en suma importancia a mantener y elevar la moral de los futbolistas.

4. La sabia alternancia en la gestión del equipo entre técnica, disciplina militar, psicología y terapia de grupo, con una tolerancia amistosa en el momento apropiado para la broma, la relajación y la camaradería entre los jugadores.

5. Atención meticulosa a cada momento de una concentración, desde la distribución de las habitaciones, las comidas, la correspondencia con los familiares o el transporte al estadio.

6. El rechazo de cualquier tipo de interferencia externa de los directivos (jerarcas fascistas en el original).

7. Proyecto técnico basado en pocos, pero claros conceptos; defensa firme, mediocentro capaz de marcar al delantero rival y al mismo tiempo capaz de nutrir a los atacantes propios con pases secos, rápidos, largos y repentinos. Juego a lo ancho que descansa en los extremos, con acciones en profundidad, sin adornos ni disparos desde todas las posiciones, sino basado en la consideración de que la primera situación de gol que se presenta siempre es la mejor.

Pozzo al mando

Con esos ideales Vittorio Pozzo preparó el asalto al título para el Mundial de 1934. No era pequeño el envite. Jugaban en casa bajo la atenta mirada de Benito Mussolini, quien exigía la victoria a coste de vida si fuese preciso. Por el camino los transalpinos vitorearon en la Copa Internacional, una suerte de Eurocopa de la época con la participación de los equipos centroeuropeos. Tenía Italia una formidable escuadra reforzada por cuatro argentinos de ascendencia italiana que habían sido subcampeones mundiales cuatro años atrás. “Si están nacionalizados para morir por Italia, también pueden jugar al fútbol para Italia”, declararía Pozzo.

No obstante, había algo más. Todas las selecciones del momento practicaban un 2-3-5. Podría parecer ultraofensivo, pero lo que en el papel era un 2-3-5 sobre el campo era un 2-5-3. Con todo, había selecciones (Austria o Uruguay) que gustaban de mover al delantero centro al centro del campo (falso 9) y había otras (caso de Inglaterra) que retrasaban a un mediocentro a la defensa. Así acabaría imponiéndose el 3-2-5 (3-4-3 en defensa), hasta que tras la II Guerra Mundial acabe siendo el sistema hegemónico.

Italia no. Italia tenía otros planes. Vittorio Pozzo tenía otros planes.

La preparación del Mundial se asemejó a un entrenamiento militar. Quizá debido a que Pozzo había formado parte de los Alpini, el cuerpo de élite de montaña del ejército italiano durante la I Guerra Mundial. Contaba, pues, con una preparación física exigente, pero Pozzo añadiría al físico una revolución táctica.

Se olvidó de la clásica WM (3-2-5) impulsada por Herbert Chapman, técnico del Arsenal y popularizada por el fútbol inglés e hizo una primera aproximación al catenaccio que glorificaría Nereo Rocco décadas después y que acabaría perfeccionando en el Internazionale Helenio Herrera. Vitorio Pozzo creía que el sistema inglés no se adaptaba bien al estilo de los italianos, más pesado, más lento, más robusto, y lo cambió por una WW. Es decir, un 2-3-2-3 en el que la figura de Luis Monti se tornó esencial entre los centrales, como hombre escoba que repartía estopa en Italia, pese a ser un futbolista dotadísimo y técnico cuando en 1930 vestía la camiseta de la selección argentina.

En la WM, la principal modificación era la posición del mediocampista central, que retrocedió en el campo para convertirse en un zaguero más. ¿El objetivo? Hacerse cargo de la marcación individual del ariete rival. Pero Pozzo no estaba del todo convencido de generar ese cambio posicional. Entonces, lo que hizo fue darle funciones defensivas a su mediocampista central, pero sin transformarlo en un defensor. Un rol mixto; defensivo sin pelota, pero ofensivo con ella.

A aquello se le puso el nombre de Il Metodo.

2-3-2-3

Il Metodo nace como una variante de la pirámide invertida (2-3-5) la táctica más común en el fútbol hasta mediados de los 20. Ocurrió que al modificarse la táctica del fuera de juego en 1926 el número de defensores que se mantenían cerca del portero aumentó hasta tres. Fue así como nació la WM (3-2-5). Sin embargo, Vittorio Pozzo decidió buscar una variante distinta. Su idea era que el fútbol debía ser menos académico y apostar por una defensa extrema y velocidad en los contraataques. En Il Metodo la idea era que los balones salieran de los defensores en dirección al mediocampista para que éstos sirviesen rápidamente a los delanteros. El fin era llegar al área contraria con el menor número de pases posibles.

La WW (2-3-2-3) no podría haberse ejecutado sin Luis Monti. Ejercía de perro de presa del delantero rival y, al mismo tiempo, era el encargado de pedir el balón al pie a los centrales para adentrarse en el centro del campo y abrir el juego hacia los extremos. Luis Monti pasaba a ser un centrocampista metodista. Pronto fue apodado como Doble Ancho, dado que gracias a su despliegue y a su poderoso físico parecía ocupar el lugar de dos futbolistas en vez de uno. Si con Argentina y con San Lorenzo de Almagro Monti era un creador de juego, tanto con Italia como con la Juventus pasaría a ser un perro de presa. “Pozzo hizo de mí un verdugo”, acataría Monti tras ganarse fama como secador de rivales.

El caso es que en el 2-3-2-3 de Pozzo los dos zagueros eran los encargados de detener los avances del equipo rival. En la línea de tres mediocentros había uno de ellos (Luis Monti) que era el responsable de marcar directamente al delantero centro rival. Ese stopper con el tiempo acabará convirtiéndose en el líbero, en el defensor escoba y en el leñero del equipo. Por el momento, en la década de 1930, será un centrocampista convertido en defensor a tiempo parcial. El centrocampista metodista, el número 4, pasará a la defensa (central) con el transcurrir de los años, aunque en Sudamérica el ‘4’ seguirá siendo centrocampista (pivote defensivo).

La tarea de controlar a los extremos rivales recaía en los otros dos centrocampistas defensivos, quienes en fase de ataque se convertían en veloces laterales. Los dos hombres de la mediapunta serán encargados de los ataques internos, mientras que los tres atacantes se mantenían siempre en la ofensiva sin cargas defensivas. Con la WW se originaba una superioridad numérica en el centro del campo, la defensa estaba más protegida y los ataques eran más rápidos y efectivos. Se aprovechaba que el centrocampista metodista se incorporaba con ferocidad al ataque sacando el balón jugado desde la defensa.

Luis Monti

Il Metodo de Pozzo salió vencedor en el Mundial de 1934 y en el de 1938 amen de lograr el oro olímpico en 1936. A esa proeza única añadiría dos títulos europeos en aquella protoeurocopa de la que hablamos al esbozar las primeras líneas de este artículo. Luego vino la II Guerra Mundial. Pozzo dirigió a Italia en 87 partidos entre 1929 y 1948 con únicamente 11 derrotas. Pozzo jamás recibió una lira por su fenomenal trabajo.

Pozzo no se quedó quieto. Perfeccionó Il Metodo viendo que los rivales copiaban el sistema. Comenzó a intercambiar los roles entre jugadores, colocando a los extremos en el centro del campo y adelantando a los mediocampistas a los puestos delanteros. En 1938, cuando Italia gane su segundo Mundial, reforzará al equipo en fase defensiva siempre y cuando la Nazionale se ponga por delante en el marcador. Replegaba a los extremos por los flancos colocando una defensa de cuatro hombres. El 2-3-2-3 se convertía en un 4-2-3-1, que hasta podría retroceder aún más hasta un 4-1-4-1. Si Pozzo quería mantener al equipo compacto, atacando y defendiendo al mismo tiempo, su táctica podía cambiar, incluso, a un 4-3-3.

Todas estas disposiciones tácticas eran presentadas en un mismo partido. Se contaban con los dedos de una mano los técnicos capaces de crear diferentes disposiciones tácticas en aquellos tiempos. Y uno de los poquísimos era Vitorrio Pozzo.

En Italia todos lo imitaron. El Bolonia FC ganó cuatro scudettos y la Copa Mitropa de 1934 con Il Metodo. La Juventus (de Luis Monti) amasó cinco títulos ligueros seguidos a mediados de esa década. Ocurrió que las innovaciones dejan de serlo. En los 40, con la guerra de fondo, Il Grande Torino de Valentino Mazzola apostará por el 3-2-5 y el delantero móvil con notable éxito. El ‘9’ bajaba a recibir y eso volvía loco al centrocampista metodista quien, al perseguirlo, perdía el hilo y dejaba un boquete en defensa. El debate entre metodistas (WW) y sistémicos (WM) fue probablemente el primer gran debate entre diferentes filosofías futbolísticas en Italia. Sin embargo, el fútbol italiano se mostró muy reacio a abandonar Il Metodo con dos Copas del Mundo bajo el brazo. Se criticó a Pozzo y se le consideró retrógrado e intransigente a la vez que se le recordaba constantemente su pasado de vino y rosas bajo mandato fascista. Dimitiría en 1948 finiquitándose, con él, Il Metodo como sistema de juego.

Para el inicio de la década de 1950 todo equipo usaba el 3-2-5 con una flexibilidad ofensiva nunca vista aumentando exponencialmente el número de goles. Pronto surgirán los entrenadores que usarán la pizarra para contrarrestar el 3-2-5. Se poblará el centro del campo, se acudirá al cuarto defensa y nacerán los carrileros.

Pero esa es otra historia.

La de hoy consistía en conocer a Vittorio Pozzo, el técnico que inventó la WW (2-3-2-3) y con ello creó el oficio del pivote para beneficio del ejercicio defensivo y con ello aumentar el control del juego fortaleciendo la salida de balón. El centrocampista metodista era el primer jugador de la historia del fútbol con obligaciones defensivas y ofensivas a partes iguales. Algo nunca antes visto.

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