El salto que nunca existió
Verano de 1987. Se celebra la II edición del Mundial de Atletismo. Roma. La internacionalización del atletismo ya es un hecho, aunque en Roma la Vieja Europa aún mantiene sus constantes vitales. Kenia, Marruecos, Jamaica o Cuba asoman la patita, pero los países europeos siguen liderando el medallero. La hermética y dopada República Democrática Alemana (RDA) consigue 31 medallas, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética suman entre ambas 45 preseas. Después Bulgaria, Reino Unido, Finlandia, Portugal, Suecia, Francia y la Alemania buena, la RFA. Entre todas ellas Italia, la anfitriona. Con un magnífico resultado de 5 metales (dos oros, dos platas y un bronce).
Competir en casa siempre es un plus en cualquier disciplina, pero mucho más lo es en atletismo. Son dos los motivos fundamentales; uno cuantitativo y otro cualitativo. En primer lugar, el hecho de organizar un evento internacional permite contar con atletas en todas y cada una de las disciplinas en liza. Se consigue así mayor exposición, visibilidad y capacidad de lograr éxitos. Por otro lado, al ser el atletismo un deporte en muchos casos semiprofesional, la organización de un Mundial implica una dotación de recursos económicos tanto públicos como privados que los atletas nunca antes y nunca después vivirán, por lo que doblegan sus esfuerzos en los entrenamientos para conseguir sus mejores marcas y puestos al calor de su público.
Así pues, la expedición italiana en el Mundial de 1987 iba con la firme intención de mejorar sus resultados (de hecho, doblaron sus resultados de cuatro años antes y cuadriplicaron sus resultados de cuatro años después) por su propio bien y por el bien, tanto del erario público como por el de todas las empresas que apostaron por publicitar el evento.
Con estos mimbres no es de extrañar que la victoria de Giovanni Evangelisti fuese una cuestión de Estado.
Evangelisti era una estrella de su época. Competía en salto de longitud, quizás la disciplina más glamurosa de aquel entonces. En ello el bueno de Evangelisti tenía poco que ver. La culpa era de Carl Lewis. El Hijo del Viento, además de pulverizar registros en los 100 metros lisos, tenía entre ceja y ceja batir el monstruoso récord de Bob Beamon cosechado en la altitud de México allá por 1968. Lewis ganaría más de 60 concursos consecutivos y tendrá 15 de las mejores 20 marcas de todos los tiempos y, sin embargo, será incapaz de batir el registro de Beamon. El caso es que Lewis venció con suficiencia tanto en el Mundial de 1983 como en los Juegos Olímpicos de 1984. Sus saltos eran seguidos por millones de espectadores en busca del récord imposible. Y detrás, cerca, pero a la vez lejos, estaba Evangelisti. Plata europea, bronce mundial y bronce olímpico, Evangelisti llegaba a la cita de Roma a punto de cumplir 26 años y habiendo pulverizado su registro personal apenas semanas atrás firmando un salto de 8’43 metros.
Hay un sueño en el Olímpico de Roma. Se programa el salto de longitud en horario de máxima audiencia. Se desea que Carl Lewis consiga batir el récord del mundo y que Evangelisti le acompañe a su diestra al subir al pódium. En la terna está el soviético Robert Enmiyan, el hombre que habitualmente arrebata a Evangelisti la gloria europea, y el estadounidense Larry Myricks.
Cerca de 80.000 almas comenzaron a tocar palmas cuando Giovanni inició su carrera hacia la eternidad. El salto fue bello, pero su pie talonado pisó espacio prohibido. Salto nulo. El concurso de salto de longitud consta de seis intentos. Los tres primeros sirven para separar la paja del grano y seleccionar a los ocho finalistas. Los tres últimos sirven para arriesgar al talonar y poder ir ascendiendo progresivamente en la clasificación. La perversión del sistema radica en que el nivel de fatiga física y emocional va en aumento, por lo que suele ser más sencillo realizar un buen salto al inicio de la competición que al final de la misma.
Tras un nuevo error al saltar, en el tercer intento Evangelisti voló hasta los 8’19. Era un buen brinco, pero insuficiente para tocar metal. Lewis, Enmiyan y Myricks, por dicho orden, le precedían, por lo que en aquel momento Evangelisti era cuarto y medalla de chocolate.
La cuarta ejecución de Giovanni fue lamentable. Fue un salto con miedo que apenas superó por escasos centímetros los siete metros y medio. En el quinto el pánico ya era atroz. El bueno de Giovanni decidió arriesgar y se volvió a equivocar al poner el pie en el firmamento. Nulo. Al mismo tiempo Myricks había mejorado sus prestaciones y había puesto el listón de la medalla de bronce en una respetable marca de 8’33 metros. Mientras Lewis se aseguraba el oro con 8’67 y Enmiyan la plata con 8’53 metros.
Quedaba el sexto y último salto de Evangelisti. Firmando su marca personal, aquella registrada apenas semana atrás, sería medalla de bronce. Camiseta azul, pantalón blanco, bronceado extremo, Evangelisti inicia la carrera hacia la gloria. Son dos decenas de zancadas que finalizan con un precioso aspaviento de brazos y piernas camino de la arena. Giovanni cae sobre seguro y de un respingo se levanta. Alza la mano derecha y con gesto serio saluda al público que agradece el esfuerzo y aplaude el amargo cuarto puesto. Luego Giovanni espera la medición oficial mientras observa en el videomarcador la repetición de su salto. Se ha dejado unos cuantos centímetros al talonar y el salto no ha llegado a los ocho metros.
Fue entonces cuando el videomarcador anuncia lo inesperado. Son 8’38 metros. El público estalla de alegría y Evangelisti se une a la fiesta lanzado al aire una toalla y arrojándose las manos a la cara. Nadie esperaba que ese salto fuese tan largo. Aquel brinco le daba a Evangelisti y a Italia una medalla de bronce.

Nadie entendía lo que había sucedido. Por entonces no se contaba más que con la cámara fija de televisión y con lo que los fotógrafos aportasen a pie de pista. Era obvio que aquel salto no engañaba a los ojos. El brinco no había superado los ocho metros. Pero la tecnología de entonces no era palabra de Dios. La palabra del Altísimo era la palabra de los jueces. Dada la complejidad y la precisión del asunto, hasta ocho jueces eran necesarios para validar una caída. Así que si dieciséis ojos consideraban que el vuelo era de 8’38 metros no habría nada que objetar.
A Evangelisti le dieron el bronce, pero el run-run no cesaba. Las evidencias eran tan abrumadoras que el escándalo no concluía. Era por entonces presidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) el italiano Primo Niebolo y conocía de sobra lo que había sucedido. En un momento de ardor nacionalista, los jueces decidieron inflar el salto de Evangelisti para darle una medalla de bronce a Italia. Niebolo no tenía culpa alguna como actor de la película, pero sí que era responsable por omisión, ya que conoció de primera mano el escándalo e hizo todo lo posible por ocultarlo.

Al final era cuestión de tiempo que el remordimiento de conciencia surgiese en algún interfecto. Fue el caso de Sandro Donati, responsable de entrenamientos de la selección italiana, quien confesó en una entrevista lo que a todas luces era evidente. Inmediatamente se abrió una investigación que acabó con ocho culpables y con la entrega, nueve meses después, de la medalla de bronce a Larry Myricks tras habérsela retirado a Giovanni Evangelisti.
Entre los condenados estaba Luciano Berra, quien tuvo que dimitir de su cargo de secretario general de la Federación Italiana de Atletismo. A pesar de ser mano derecha de Primo Niebolo, éste salió de rositas de todo este asunto. Fallecería en 1999 víctima de un ataque al corazón ocupando la presidencia de la IAAF, cargo al que había accedido en 1981 y en el que se mantuvo a pesar del griterío. Peor suerte corrió Sandro Donati, el entrenador con cargo de conciencia, quien fue despedido de su puesto en la Federación Italiana. Tras varios años olvidado del mundo, se convirtió en un activista antidopaje y acabaría siendo un mandamás del Comité Olímpico Nacional Italiano con un férreo mandato en contra de las trampas por doping.
¿Y qué pasó con Evangelisti? Quedo exculpado de todo el proceso. Fue el tonto útil. Confesaría que siempre fue consciente de que era imposible que aquel salto fuese de 8’38 metros, pero que no iba a ser él quien negase la mayor. Al año siguiente acabaría cuarto en los Juegos Olímpicos de Seúl y en el siguiente Mundial apenas alcanzó un séptimo puesto. Se retiró en 1994 con un bronce olímpico y tres bronces mundiales (en pista cubierta), pero siempre será recordado por aquel salto de 7’89 metros que unos jueces convirtieron en un 8’38.

“No tengo nada en contra de Evangelisti. Él fue una víctima igual que yo. Sabía que algo estaba pasando, no sólo en el salto de Evangelisti, sino en muchos otros. Me alegra verlos admitir que algo se hizo mal. No es consuelo suficiente, pero sí algo de consuelo (…) Si obtengo la medalla ahora todo estará bien. Pero estar allí con el estadio abarrotado, con toda la gente en casa mirándolo por la televisión, es un momento que nunca voy a tener. Evangelisti aprovechó el momento. Esa es una oportunidad que para mí ya no existe”. Larry Myricks tras serle otorgada la medalla de bronce que Evangelisti le había arrebatado injustamente.
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