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Estados Unidos 1994 (2ª parte)

Cuando el 17 de junio de 1994 la vigente campeona Alemania venza a la advenediza Bolivia por 1-0 en el primer partido del Mundial, los teutones no harán otra cosa más que reforzar su favoritismo. Vencedores en 1990 y unificados como una sola nación tras el fin de la Guerra Fría ese mismo año, se cernía una época de gloria y dominio germano. No obstante, y como de costumbre, Alemania comenzó al tantarantán y únicamente los cuatro goles de Jürgen Klinsmann en tres partidos le hicieron pasar primera en un grupo donde el segundo fue España. ¡Y menuda España! Dirigida por el polémico Javier Clemente, éste se había cargado a la Quinta del Buitre enemistándose con medio país. Jugaba con un 5-4-1 (3-4-2-1 en ofensiva) donde los centrales Hierro y Nadal eran mediocentros, el lateral Sergi jugaba como extremo y el polivalente Luis Enrique era a menudo la referencia ofensiva. España era ultradefensiva, pero era un bloque granítico y Clemente había creado una unión con sus jugadores que había disparado la ilusión en todo el país.

España se había calificado para el Mundial sufriendo ante Irlanda y venciendo agónicamente a Dinamarca en un partido donde jugó 80 minutos con un hombre menos por expulsión de Zubizarreta, lo cual permitió el debut internacional de Santi Cañizares. Sufrió, pero se clasificó. No así Inglaterra que perdió ante Holanda y certificó su fracaso al caer en Oslo frente a Noruega. Aún más dura fue la caída de la Francia de Cantona, Deschamps y Ginola. A falta de dos partidos lo tenía hecho. Vencía por 2-0 a Israel, pero en un plazo de siete minutos los macabeos remontaron el duelo. En el último partido, a jugar en Paris, Francia y Bulgaria se enfrentaban por una plaza mundialista. A los galos les valía el empate. 1-1 y córner a favor de Francia. Minuto 90. Despeja la defensa búlgara y en el contraataque siguiente Kostadinov lograba el 1-2 y el histórico pase. Hristo Stoichkov y aquel resto de anárquicos jugadores harían las Américas.

Con todo, lo que tenía en ascuas al mundo era sí Maradona resurgiría de sus cenizas cocainómanas para liderar a Argentina. Sin el Pelusa, la albiceleste cayó por 0-5 en Buenos Aires ante una maravillosa Colombia liderada por Valderrama, Asprilla y Rincón. Argentina tuvo que vencer en la repesca a Australia y Maradona acudió con 34 años y prácticamente sin haber jugado al fútbol en el último bienio al que iba a ser su último Mundial.

Y Maradona volvió contra Australia

Aunque parezca mentira Colombia era clara favorita a dar la campanada. Fracasaron. Perdieron contra la Rumanía de Gica Hagi para luego jugarse el pase contra los anfitriones. Nadie esperaba que un gol en propia puerta resultase tan trágico. Andrés Escobar, lateral cafetero, anotó un autogol que clasificaba a Estados Unidos y mandaba a la lona a Colombia. Días después era asesinado cuando salía de tomar algo con unos amigos en un bar de Medellín. Su asesinato fue achacado al narcotráfico. Se habían movido millones de dólares en apuestas al pase de Colombia a octavos y aquello no entraba dentro de los planes.

El Mundial, por cierto, siguió como si nada.

A quien daba como favorito las casas de apuestas era a Brasil. Contaban con una dupla de ataque pantagruélica con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Romario marcó tres goles en tres partidos y sólo cedió un empate ante la Suecia de Dhalin y Larsson. Quedaron fuera el Camerún de Roger Milla, quién anotó con 42 años su último tanto mundialista, y Rusia, aunque el delantero del Logroñés Oleg Salenko llegó a firmar cinco chicharros en un encuentro, hazaña jamás antes realizada.

El otro candidato al título era Alemania. En el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como ya se comentó líneas atrás, comenzó a medio gas, pero le fue suficiente para clasificarse por delante de una España que opositaba a underdog mundialista. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera. Y si Alemania había empezado sin fuerza, no lo sería menos Italia. Cayeron ante Irlanda en un nefasto partido para luego vencer con la soga al cuello a Noruega. Luego empataron ante México y pasaron a octavos como uno de los mejores terceros gracias a la diferencia de goles. No pintaba bien la cosa…pero muchos recordaban la edición de 1982 donde Italia había ganado el título sin vencer durante la primera fase.

Pero la gran historia de esa primera fase tuvo lugar en el grupo de Argentina. En el primer choque los rioplatenses doblegaron a Grecia en Boston por 4-0. Batistuta metió dos y Maradona pegó un zapatazo que se coló por la escuadra. Cuatro días después Argentina vencía a Nigeria y se clasificaba para octavos. Maradona se marchaba a vestuarios sonriente acompañado de dos bellas enfermeras. El ‘10’ volvió a caer en su propia trampa. El contranálisis confirmó su positivo por cinco sustancias diferentes. “Me cortaron las piernas”, clamaría Maradona al saber la sentencia. Tocada y huérfana de su líder y guía espiritual, Argentina cayó en el último partido del grupo ante Bulgaria, lo que posibilitó la clasificación de Hristo Stoichkov y sus compañeros. Eran los búlgaros un equipo precioso de ver. Anárquico, combinaba fases de buen juego con desconexiones clamorosas. Sus jugadores pasaban más tiempo bebiendo cervezas en la piscina del hotel de concentración que entrenando. Muchos de ellos confesarían que jugaron varios partidos de ese Mundial con una resaca de campeonato.

Hristo Stoichkov

Bajo lo que podríamos llamar síndrome Maradona, Argentina cayó en octavos ante Rumanía. Apagados, adormecidos y desconectados, los rumanos aprovecharon el bajón argentino para colarse en unos cuartos donde les esperaba Suecia. El duelo más aguardado de los octavos enfrentó a Brasil con Estados Unidos. Jamás un encuentro de fútbol había tenido tal repercusión en Yankeelandia. Bebeto acabó con un sueño americano que concurría a convertirse en leyenda.

En Brasil aparecían Romario y Bebeto. Hubo que esperar al minuto 89 de octavos de final para que apareciese en Italia Roberto Baggio. Hasta entonces los transalpinos caían ante la Nigeria de Oliseh, Finidi, Okocha o Amunike. Nigeria le jugó de tú a tú a Italia hasta que Baggio empató el partido para luego resolverlo en la prórroga. En cuartos les tocaría una España agigantada que había vencido a Suiza por 3-0 jugando con un 5-4-1 que masacró a los helvéticos al contraataque.

Y en cuartos sucedió lo que tenía que suceder. España se merendó a Italia llevando la manija del partido y con un fútbol primoroso. Puestos a jugar al contraataque, nadie puede mejorar a los italianos. A tres minutos del final Julio Salinas tuvo una clarísima que pegó en los pies de Pagliuca. Acto seguido un mano a mano de Roberto Baggio acababa con Zubizarreta acostado a su derecha y con Il Divino Codino anotando el gol del triunfo. Luego, en el descuento, Tassotti le pegaba un codazo en la nariz a Luis Enrique (jóvenes lectores, no existía el VAR) y la imagen de Lucho chorreando sangre pasará a los anales de las desgracias hispanas como el hundimiento de la Armada Invencible o la pérdida de Cuba.

El codazo a Lucho

Si trágico, aunque esperado fue lo de España, lo que ocurrió el 10 de julio de 1994 en Nueva York fue una hecatombe inesperada. La Bulgaria de Hristo Stoichkov eliminaba a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales con dos golazos de Baggio tras sendas jugadas personales. Pero volvamos a los cuartos. Se adelantó Alemania de penalti, pero a quince minutos del final Stoichkov empataba el duelo. Después, el alopécico Letchkov anotaba de cabeza ante la incredulidad general. En la otra semifinal se presentó otro país inesperado. Suecia echó por penaltis a Rumania y se metió entre los cuatro mejores donde cayó ante Brasil gracias a una diana de cabeza de Romario. Brasil, por cierto, había vencido en un precioso choque de cuartos de final a Holanda (quien se había clasificado con un calendario favorable). El partido fue bello, dignificando el primer y último esfuerzo de Dennis Bergkamp de coger un avión para disputar un Mundial. Vencieron por 3-2 los brasileños el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo.

Gol de Bebeto (c)

El once ideal de aquel Mundial fue el formado por Preud’homme (Bélgica); Jorginho (Brasil), Maldini (Italia), Marcio Santos (Brasil); Dunga (Brasil), Hagi (Rumanía), Balakov (Bulgaria), Brolin (Suecia); Romario (Brasil), Stoichkov (Bulgaria) y Roberto Baggio (Italia). Los máximos goleadores fueron el ruso Salenko y Romario empatados a seis dianas.

¿Y el mejor jugador?

La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Bajo el cielo de California, la final no tuvo momentos de buen fútbol, pero le sobró emoción y dramatismo. Romario tuvo una que repelió el palo, madera que se llevó un beso de agradecimiento de Gianluca Pagliuca. Las hadas, sin embargo, acabarían abandonando al guardameta italiano. En los penaltis, Franco Baresi, imperial durante todo el partido, falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.

El mejor jugador sería Romario.

Brasil ganó su cuarto Mundial apelando al sacrificio. La parte táctica adquirió una importancia predominante. El seleccionador Parreira arrinconó a los jugadores creativos como Raí para apostar por un trivote de hormigón armado formado por Mazinho, Dunga y Mauro Silva. La velocidad de Jorginho y Branco dotaban de balones a dos delanteros de tronío como Romario y Bebeto. Por cierto, en el banquillo, un niño de 17 años se proclamaba campeón mundial sin jugar ni un solo minuto. Se llamaba Ronaldo Nazario.

Antes del Mundial muy pocos en Estados Unidos lo conocían.

Después del Mundial muchos en Estados Unidos se iban a interesar por aquella extraordinaria carrera que estaba a punto de arrancar.

Y es que el Mundial fue un exitazo. El fútbol había vuelto a Estados Unidos tras el fracaso de la NASL en los años 70.

Esta vez lo hacía para quedarse.

El soccer había encontrado su hueco.

Brasil 94

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