El sucesor de Induráin
En 1994 España no había ganado un Mundial de fútbol. Tampoco uno de baloncesto ni de balonmano. En 1994 Rafael Nadal tenía ocho años y Fernando Alonso trece. Marc Márquez llevaba pañal. En 1994 España vivía de éxitos esporádicos y pasados en tenis, motociclismo, boxeo y ciclismo. Cierto que había brotes verdes nacidos de la gloria de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero la realidad es que éramos unos parias en relación a nuestros semejantes europeos. Había una excepción y se llamaba Miguel Induráin. Vencedor del Tour de Francia, que es algo así como el Mundial de ciclismo, en 1991, 1992, 1993 y 1994, si lograba la victoria en el verano siguiente (spoiler: lo consiguió) podría ser catalogado como el mejor ciclista de la historia.
Un español como el mejor del planeta.
En 1994 toda España era del Team Induráin.
Y entonces nos llega una noticia. Resulta que en Ecuador se disputa el Mundial de ciclismo junior reservado para deportistas de 17 y 18 años. El campeonato empezó a diputarse en 1975 y entre los vencedores los hay ilustres de las dos ruedas como Roberto Visentini, Greg Lemond o Pavel Tonkov. Sucedía que en dos décadas de prueba ningún español había quedado si quiera entre los tres primeros clasificados. Y resultó que en 1994 se proclamó campeón del mundo un tal Miguel Morrás.
Nunca antes ni nunca después un español volverá a ser campeón del mundo juvenil.
Había nacido el nuevo Induráin. Las comparaciones surgieron y lo hicieron con fuerza. Morrás era navarro como Miguel. Había nacido en Sesma, a unos 50 kilómetros de Villava, lugar de nacimiento del entonces Miguel más conocido de la Península Ibérica. Luego Morrás emigró a Francia con sus padres. Allí practicó atletismo, judo y natación, pero lo que le de verdad le gustaba era el fútbol. Al volver a España se enroló en las filas del Izarra, uno de los múltiples equipos que están en la órbita del Athletic. Se le daba bien el balón, era extremo izquierdo, y de hecho llegó a enfrentarse a futuras estrellas como Guti o Iván de la Peña en campeonatos nacionales. Ocurrió que en plena edad de oro de Induráin lo convencieron para enrolarse en el Club Ciclista de Estella. Fue una aparición. Una centella. Sumó 32 victorias en 64 carreras en 1994, todas ellas por aplastamiento, amén de proclamarse subcampeón de España para luego vitorear a nivel mundial en Ecuador. Lo hizo tras escaparse en solitario a falta de 40 kilómetros para la línea de meta. Una portentosa exhibición.

Miles de personas se concentraron en su pueblo para recibirle con honores. En los balcones, pancartas con su rostro. Todos querían felicitar a un campeón que, poco tiempo después, recibiría un Premio Marca y el reconocimiento a Mejor Deportista del Año en Navarra. Banesto se frotaba las manos. Las comparaciones con Induráin, que hasta entonces se comentaban en pequeños círculos, adquirieron una nueva dimensión. Era el elegido. Volaba. Iba sobrado y, lo mejor, tenía un margen de progresión inimaginable.
Era ágil de piernas, tenía motor, un gran ataque y además era buen compañero. Únicamente entrenaba hora y media al día y le era más que suficiente. Tenía un don. Físicamente superdotado para su edad, no tiene rival entre los chicos de su edad. Es así, que, al inicio de 1996, poco antes de cumplir los 20 años, pasa a categoría profesional. Hoy puede considerarse algo rutinario, por entonces era impensable. Nadie saltaba a profesionales hasta los 23 o 24 años. Hacerlo nada más llegar a la veintena era una auténtica locura. En 1996 Miguel Morrás era el ciclista profesional más joven del pelotón internacional.
Lo hace en las filas de la ONCE, el rival del Banesto. Morrás había crecido viendo a Perico Delgado ganar el Tour de Francia y admirando a Miguel Induráin tocayo y paisano. Ocurrió que la ONCE estaba dirigida por Manolo Saiz. Licenciado en INEF, Manolo Saiz había revolucionado el ciclismo español al introducirlo en un mundo científico. En la ONCE se trabajaba la aerodinámica, la planificación de entrenamientos, la nutrición o los ejercicios de compensación para la espalda. Aquello cautivó a Morrás, un tipo que tenía algo más en la cabeza que las dos ruedas.
La extrema calidad de su musculatura, la facilidad para dominar cualquier terreno y su voraz apetito de triunfos lo hacían candidato a todo en un equipo plagado de vedettes como Álex Zülle, Laurent Jalabert o Melchor Mauri. Pero pronto Manolo Saiz detectó un problema. Miguel Morrás era muy listo. Era demasiado listo para ser ciclista.

El primer año Miguel Morrás disputó dos docenas de carreras. Únicamente corrió una vuelta por etapas. Salía y entraba del pelotón cada dos por tres. Sobrecargas musculares, problemas en los tobillos, dolores en los gemelos y finalmente una lesión de rodilla. Se segunda temporada acabó prácticamente en blanco. Manolo Saiz puso todo su empeño y la ONCE no escatimó en medios. Fue atendido por el doctor Guillén, una eminencia deportiva, y más tarde por Müller-Wohlfarth, galeno de la selección alemana de fútbol. La conclusión era clara; el problema de Miguel Morrás era únicamente psicológico.
Antes de comenzar una carrera Morrás se aquejaba de ciertos dolores. En las pruebas médicas no se detectaba nada, pero se le hacía caso al paciente. Luego, comenzaba la rutina de los entrenamientos y nuevamente comenzaban los dolores. Así una y otra vez. Una y otra vez. Mientras, Morrás se sacaba a distancia la carrera de económicas. Los meses pasaban, los estudios continuaban y las pruebas médicas seguían sin ser concluyentes. Se dijo que la postura de la bicicleta le descompensaba la musculatura, que sus piernas arqueadas aplican una presión excesiva sobre la parte externa de la rodilla. Hasta se le buscó una bici a medida dado que tenía una pierna unos milímetros más larga que la otra. Nada funcionaba. Miguel se sentía inútil y no avanzaba. Todo lo contrario que en los estudios, donde progresaba con celeridad y excelentes cualificaciones.
Iba tan bien el asunto que decidió cursar unos estudios de posgrado en Londres. Fue entonces cuando Manolo Saiz quiso tener una seria charla con él. O ciclismo o estudios. O sacrificio sentado en el sillón o dejamos la burra. Por entonces iban tres años en los que la ONCE le había pagado religiosamente su contrato y la escuadra de los ciegos veía como Morrás se alejaba irremediablemente del deporte profesional.
No habría vuelta atrás.
Miguel Morrás no sería el nuevo Induráin.
“El primer año, todo el mundo te dice que estés tranquilo, El segundo, todavía eres joven. El tercero: bueno, a ver… Y, para el cuarto, en mi mente ya había otros retos profesionales. No sé si hubiese ganado una gran vuelta, pero sí que hubiese sido un gran contrarrelojista”, diría Morrás cuando anunció su retirada como ciclista con apenas 23 años. La ONCE le pagó los cuatro años de contrato y Manolo Saiz nunca pudo entender que es lo que había sucedido. Aquel chico tenía todas las cualidades para ser una superestrella, pero una vez llegado a la elite su mente se bloqueó de tal manera que su calvario se tradujo en lesiones más cercanas a la ficción que a la realidad.
Miguel Morrás acabó sus estudios en Londres y acabó siendo contratado por el banco suizo UBS. En la actualidad vive en Singapur donde compra y vende activos financieros en mercados online a corto plazo para diversos bancos japoneses. Lleva cerca de dos décadas ejerciendo una labor donde cuenta con una cartera de activos que ronda los 750 millones de dólares. Tras más de una década sin saberse nada de él, hace un par de años apareció como aficionado VIP en una Paris-Roubaix en la que pidió conocer a Enric Mas, el jefe de filas del Movistar, patrocinador principal de la antigua estructura de Banesto.
Cuando a Mas le dijeron que estaba delante de un campeón del mundo de ciclismo pensó que le estaban tomando el pelo.

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