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El hundimiento de Van de Velde

Jean Van de Velde nació en Mont-de-Marsan, en las Landas, no muy lejos de la frontera con España. Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña plantó raíces y lugar en el que decidió dejar este mundo con un disparo a bocajarro. Ocaña es apellido español al igual que Van de Velde es un apellido neerlandés. Podríamos traducirlo por ‘Del Campo’. No se le conocen antepasados de Holanda al Van de Velde que nos ocupa. Jean era uno de los hijos de un empresario francés. La familia contaba con una casa en la playa, cerca de Biarritz. Colindante al jardín de la vivienda había un campo de golf y, desde la ventana de la habitación del pequeño Jean, se veía el hoyo 4 y el hoyo 6 del campo. Así Jean se pasaba las horas mirando a través del cristal.

Con seis años Jean Van de Velde se convirtió en el único niño socio del club. Jugaba rodeado de mayores y con palos de adulto, dado que entonces no existían ni hierros ni maderas para infantes. Su padre no entendía nada de lo que él consideraba un capricho infantil. Ocurre que Jean decidió declinar la oferta paterna de introducirse en la empresa familiar y resolvió hacerse profesional del golf. Contaba con veinte años cuando se convirtió en el golfista número 1 en Francia.

La cosa pintaba bien, aunque no demasiado. A la altura de 1999 Jean Van de Velde llevaba un lustro liderando al golf francés, pero apenas era el 152º del mundo. Decir que era un completo desconocido suena a eufemismo, aunque no resulte exagerado. Lo cierto es que, tras casi una década de carrera, apenas había disputado un puñado de grandes torneos y su mejor clasificación en un major es un modestísimo 34º puesto. Tampoco es cuestión de tildar a Van de Velde de incompetente. Ningún golfista francés ganaba un gran torneo desde 1907 y no se atisbaba cambio alguno a la hora de celebrarse el British Open del citado 1999.

El British Open no es otra cosa que el Abierto Británico. Hablamos del torneo más antiguo (1860) y con más solera del golf internacional. Se celebra en un campo de golf británico que puede variar, pero que siempre está en línea de costa y dónde las dunas y el viento deben formar parte de la esencia del juego. El lugar más conocido y con más abolengo es Saint Andrews, aunque para la edición de 1999 el campo elegido fue el de Carnoustie, sito en Escocia, cuna del golf. Se trata de un campo con pocos lagos y menos árboles. Es tremendamente molesto para el golfista por culpa del viento y con un recorrido con múltiples trampas. Golfear en Carnoustie se considera toda una proeza.

Carnoustie

El sistema de juego es una ronda diaria de 18 hoyos con varios cortes hasta la jornada final de la mañana del domingo. Quien acumule menos golpes al llegar a la mañana final se proclama vencedor del torneo. Van de Velde tuvo un discreto inicio tras el primer día para acabar en el puesto 24º. Poca cosa, más teniendo en cuenta que nos referimos al 152º del mundo se trata de un éxito morrocotudo.

Durante aquellos cuatro días Carnoustie estará envuelto en una tormenta de viento y agua de donde gran parte de los favoritos irán cayendo cansados de pelear contra los elementos. Tiger Woods, David Duval o Sergio García ya claudican al poco de empezar. La sorpresa se convirtió en realidad en el segundo día. Van de Velde suma una tarjeta prodigiosa de 68 golpes y se coloca segundo provisional tras el español Ángel Cabrera. En la rueda de prensa posterior los pocos periodistas presenten no saben ni cuál es su nombre de pila. El propio Van de Velde es el primer sorprendido y da por hecho que al día siguiente finalizará el cuento de hadas.

Así tendría que haber sido. Ocurre que no fue así. Despreocupado al golpear, con un estilo agresivo qué le beneficiaba por las condiciones inhóspitas de un campo donde el viento arreciaba con fuerza, se coloca en primera posición y se convierte en el máximo favorito al triunfo. Golpea sin miedo, fuerte, sin nada que perder, y la moneda siempre cae de cara.

Tras esa tercera ronda hay más de 200 periodistas en la sala de prensa. Los juntaletras franchutes han cogido un vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle y se han plantado en Escocia. Es sábado por la noche. Van de Velde no pegará ojo. Se pasará la tenebrosidad haciendo la tostada. Vuelta y vuelta. Y vuelta a empezar.

Amanece. Llega el domingo. Jean Van de Velde lo hace bien. A la altura del hoyo 18 lleva tres golpes de ventaja sobre el segundo. El par del hoyo está en cuatro golpes.

Si hace un doble bogey y emboca la pelota en el hoyo con dos golpes más de los que se establecen será campeón igualmente.

Vayan enfriando el champán.

Jean Van de Velde

Para iniciar el golpeo lo más recomendable en el hoyo 18 de Carnoustie es utilizar un driver para enviar la bola bien lejos. Sin embargo, con tres golpes de ventaja, lo más inteligente hubiese sido ser conservador. Con un viento arrollador como el de aquella mañana, más todavía. Van de Velde decidió arriesgar. Todos los comentaristas se llevaron las manos a la cabeza. Tras el impacto, la bola se elevó y Van de Velde la mandó al otro lado del campo, cerca del hoyo 17.

La jugada había sido catastrófica. Van de Velde mira al público, hace un gesto que parece decir con los hombros qué no todo puede ser perfecto y el público le ríe la gracia.

Podemos arreglarlo.

Con todo, con un buen golpe, usando un hierro largo, aún podría mandarla al green y recuperar parte de lo perdido. Van de Velde tomó impulso con su estilo elegante y napoleónico, impactó con la bola…y escuchó un ruido sordo. La bola chocó en algún punto de la grada, rebotó contra la valla que separa al campo de los espectadores, aporreó un muro y fue a parar a 57 metros del hoyo 18 en medio de un montículo de hierba alta.

Aquello era un desastre.

Amplio suspiro.

Van de Velde había dilapidado su ventaja. Ahora necesitaba acertar con el tercer golpe si no quería ver comprometida su victoria. Con la mirada perdida y sin parecer comprender nada de lo que estaba a suceder, golpeó la bola para sacarla de su prisión con tal mal tino que cayó en el arroyo que la separaba del green. La bola pasó a hundirse en el fondo del agua. Y ese no era el único problema. Ya no sólo había que sacarla del agua, sino superar un muro que había enfrente del líquido elemento.

Van de Velde decidió remangarse el pantalón y comprobar la magnitud del desastre.

Aquella imagen forma parte de la mitología del desastre deportivo.

El hundimiento

Van de Velde ya no sabe ni lo que está haciendo. La gente lo ovaciona con más pena que ganas. Repasemos un instante. Le bastaba con hacer seis golpes en un par de 4 (sencillísimo para un golfista profesional) para lograr un torneo que nunca hubiese imaginado haber ganado. De repente se encuentra con que ya ha dado tres… y su bola está en el agua. Entra en pánico. Empieza en su cerebro una cuenta atrás frenética; ¿Cuántos golpes me quedan para ganar el torneo? Tres. Si consigo meter la pelota en el hoyo después del tercer golpe ganaré el British Open.

La televisión enfoca a su esposa. Tiene las manos tapándose la cara.

Ante la imposibilidad de golpear la bola en el agua, Van de Velde decide cogerla con la mano y colocarla sobre el césped para golpearla. Ese movimiento es lícito en el golf, aunque supone sumar un golpe más en la tarjeta del golfista. Se sienta en el borde, se quita los zapatos y los calcetines, se arremanga los pantalones como un percebeiro y baja al riachuelo para tomar la decisión. Si lo que quería era ser recordado, lo está consiguiendo. Otra imagen que dará la vuelta al mundo. Son pues cinco golpes. Uno sobre el par. Peligro.

O percebeiro

A 45 metros del hoyo Van de Velde se juega el todo por el todo. Al salir de la ría, se seca con una toalla los pies y las piernas, vuelve a bajarse el pantalón, ponerse las zapatillas con clavos e intenta parecer un jugador de golf. El golpe es elegante y balanceado…y es horrible. La bola se va a la arena. Y desde allí comprueba como Craig Parry hace el hoyo 18…en tres golpes. En ese momento Parry queda en quinta posición, Cabrera en cuarta y Van de Velde ya no tiene opciones matemáticas de ser campeón. El escocés Paul Lawrie y el estadounidense Justin Leonard lideran el British Open. Van de Velde únicamente puede empatar con ellos si emboca la bola en su séptimo golpe.

Séptimo golpe. Van de Velde bambolea los brazos…y el golpe es perfecto. La bola sale de su prisión, enfila el green y entra en el hoyo. Hay triple empate.

Toca una ronda final de tres hoyos para un desempate.

Apenas hay tres cuartos de hora de descanso antes de poner rumbo a esa ronda final. Para Van de Velde no es tiempo suficiente para tomar conciencia de lo sucedido. Ha perdido el British Open cuando lo tenía ganado. Tres golpes de ventaja en el último hoyo es como ir ganando 3-0 en un partido de fútbol a diez minutos del final. No hay opción para Van de Velde en el playoff. No compite. Deambula. Paul Lawrie gana el British Open.

Van de Velde ni siquiera es segundo. Finalizará tercero.

Van de Velde ha quedado asociado para siempre como ejemplo de fracaso deportivo. Se retiró en 2008 y nunca jamás estuvo ni cerca de proclamarse vencedor de ningún gran torneo de golf. Y, con todo, su legado es más que positivo. Siempre contestó con una sonrisa a las preguntas, a las burlas o a las mofas sobre su desgracia. Extremadamente educado, hoy en día se gana la vida dando conferencias sobre como aprender de los fracasos. Tiene también una escuela de golf para niños. Es la más destacada de Francia. En la actualidad Francia cuenta con unas 300.000 licencias de golf, diez veces más que cuando el niño de Mont-de-Marsan miraba desde su ventana hacia el infinito. El crecimiento es continuo desde que Van de Velde decidió convertir un domingo de ensueño en una pesadilla de época.

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