La primera perla negra (Salif Keïta)
En estas páginas ya he hablado alguna vez sobre el racismo. Al que da patadas se le llama asesino. Al que no es capaz de correr noventa minutos se le tilda de gordo o de viejo. Cabrón si pierde tiempo. Hijo de puta si contesta a la grada. Todo está mal. Pasa y pasa mucho. Y no son minorías. Reflejan el sentir de una sociedad que usa expresiones como ‘ser traidor como judío’, ‘engañar como un chino’ o ‘sudar como un panchito’. El caso es que llamar a alguien negro, atacarlo lanzándole plátanos o mofarse de él simulando gritos de mono dentro de un campo de fútbol no es racismo. Es una forma de desestabilizar al rival. De mal gusto, penable, incluso, pero es una entre tantas formas de ahondar en la mentalidad del oponente y comerle la moral.
Y con todo, no siempre fue así. El racismo no era cuestión en España, básicamente porque no había nadie distinto de nuestra raza en el país salvo un puñado de futbolistas. No éramos racistas, dado que no había necesidad de ello. Contaba mi padre que la primera vez que vio a un negro fue a un feriante en las fiestas de su pueblo. Años 60. Aquella tarde nadie subió a atracción alguna. Todos los niños se escondieron detrás de columnas para presenciar de cerca a aquel junco color de ébano. A aquel Baltasar venido del Lejano Oriente.
Ben Barek, Mendoza, Waldo o Jones pertenecían a esos futbolistas que no es que fueran mal tratados, sino que eran buscados, admirados. Todos eran vistos con la simpatía de lo exótico. Había poquísimos, la mayoría de los equipos no tenían ninguno y si recibían insultos nada tenían que ver con el racismo. Además, todos compartían lengua, costumbres y religión, ya que provenían de América. Y en caso contrario, caso de Ben Barek, lo hacían de Marruecos, país con lazos muy profundos con España.
Hasta que llega 1973.
Ese año se abren fronteras tras una década sin presencia de extranjeros en la liga española. El Barça fichó a Cruyff (Países Bajos) y a Sotil (Perú), el Madrid a Netzer (Alemania) y Más (Argentina) y el Atlético a los también argentinos Ayala y Heredia. Todos ellos blancos. Todos contrastados.
El Valencia CF, siguiendo la línea iniciada con los brasileños Waldo y Walter, decidió apostar por un delantero negro. Ocurre que en este caso indagó en una ruta jamás explorada. El África subsahariana.
El Valencia CF fichó a Salif Keïta.
Era un fichaje extraño para una España donde el Franquismo daba sus últimos coletazos. No obstante, era un fichaje de tronío. Procedía del Olympique de Marsella, era natural de Mali, jugaba como segundo delantero y había sido galardonado con el primer Balón de Oro africano. Ocurre que en Francia estaba muy asentado el fichaje de jugadores africanos. La época colonial había dado hijos afrancesados y el recorrido África-Francia estaba más que formalizado. Se argumentaba que encajaban bien en el país vecino por la misma razón que los sudamericanos se aclimataban con éxito en España. Pero aquello de que un subsahariano pudiese triunfar en la piel de toro no era visto como algo posible. Las editoriales de los periódicos fueron muy críticas con su llegada. En Las Provincias se dijo que el Valencia iba a por un alemán y acabó fichando a un negro. Así. A un negro. Y no pasaba nada. Keïta protestó con educación y ahí quedó la cosa.
Lo cierto es que era sensacional. Había debutado con apenas 16 años con la selección y ahora estaba en el Valencia con 27 años en su periodo de plenitud. Pecaba de individualista y su procedencia africana hacía que el aficionado multiplicase al cubo ese defecto, pero lo cierto es que técnicamente era fantástico y tenía ese gracejo propio del que aprende a jugar en la calle. Debutó con dos goles ante el Real Oviedo y dejó para el recuerdo un golazo ante el Atlético, el día del debut de Luis Aragonés como técnico colchonero, tras tumbar a varios rojiblancos dentro del área.

Keïta había sido captado por un oftalmólogo francés que ejercía en Bamako, capital de Mali. Se lo ofreció a un amigo que era directivo del Saint Étienne, por entonces prima donna del fútbol francés. Era un chico liviano de apenas 62 kilos en unos 178 centímetros de altura. No lo tuvo fácil. En Mali era un símbolo nacional. Tuvo que abandonar Bamako de manera clandestina para coger un vuelo en Liberia temeroso de que el régimen dictatorial de Mali impidiese su salida del país. Salió rumbo al aeropuerto parisino de Orly un día antes de lo establecido para que nadie pudiese interceptar su salida. Así que llegó, solo, a una ciudad donde nadie lo conocía. Se subió a un taxi y puso rumbo a Saint Éttiene para cubrir 500 kilómetros sin un duro en el bolsillo. Tuvo suerte de que el taxista fuese futbolero y confiase en su palabra de que cobraría la carrera de 1.000 francos que le habían prometido.
Y luego estaba lo de aclimatarse. Había llegado a un club que recién se había proclamado campeón, por lo que tendría que funcionar desde el primer minuto. Con su zancada, regate y capacidad de remate se ganó el título, luego tan manoseado, de perla negra. Y eso que le costó. Tardó quince partidos en anotar su primer gol. Luego, subió como cohete. En la temporada 1968-69 marcó 21 dianas y en la siguiente dobló la cifra y se fue a 42 goles. Ese año fue el máximo goleador de Europa tan sólo por detrás de Gerd ´Torpedo’ Müller. En 1971 el Saint Éttiene disputó un amistoso en Paris ante el Santos y Keïta rivalizó en aplausos con el gran Pelé. Salif Keïta era pura belleza en piernas finas y fibrosas.
En Saint Éttiene era un semidios. La bandera con una pantera negra en fondo verde puebla, más de medio siglo después, las gradas del conjunto francés. Durante un tiempo incluso se añadió la pantera al escudo del club. Fueron 125 goles en 149 partidos y un legado incalculable. Luego Salif Keïta fichó por Olympique. No le fue bien. Le incitaron a pedir la nacionalidad francesa para no ocupar plaza de extranjero y se negó. Se enfrentó con los directivos de Marsella y dio el salto a Valencia. Aquí la cosa tampoco cuajó. Le pegaron mucho. No tenía cuerpo para aguantar a los defensas de la época y sufrió lesiones en los dos años que estuvo en la capital del Turia. Y no sólo eso. Por vez primera el racismo aparecía en el fútbol español. Donde antes el negro era visto con simpatía por exótico ahora era visto con desprecio por extraño. Quino Sierra, cinco temporadas en Valencia e internacional con España, dejó en el diario AS una perla para el recuerdo: «Los demás equipos se han reforzado y nosotros tenemos un negro que no rasca bola». Con Keïta también sucedió algo que nunca antes se había visto en un campo español. Los plátanos. Por vez primera aparecieron en el verde cuando Keïta se acercaba a la línea de cal.
Rápidamente la imponente presencia de Kempes en Valencia difuminó el recuerdo de Keïta. Y es una pena. En 1973 la FIFA organizó en el Camp Nou un encuentro amistoso América frente a Europa. Keïta fue el único invitado de otro continente y dio un recital en los 45 minutos en los que defendió la camiseta europea. Su presencia en el fútbol español y en el Valencia CF en particular es notoria como primer subsahariano de una larga lista que en la actualidad parece no tener fin.

El presidente del Sporting de Lisboa se enteró a través de una noticia radiofónica que el Valencia quería vender a Keïta. Contactó con el club ché a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarle la ficha. Pero Keïta quería jugar en Lisboa y conocer a Eusebio, el africano que goleó como europeo y que llevó el nombre de Portugal y de su Mozambique natal a ser conocido por medio mundo. No tuvo problema en aceptar una fuerte bajada de sueldo. A cambio pidió no entrenar los lunes y decidir si jugar o no jugar a domicilio en función de lo pesado de los desplazamientos.
En Portugal también fue ídolo y querido por sus compañeros. Llegaba siempre una hora antes de los entrenamientos y era el último en marcharse para casa. Gustaba de ejercer de defensa en los partidillos para enseñarle a los jóvenes delanteros como encarar a sus contrarios. En 1979 se convertiría en uno de los primeros africanos que emigraría al fútbol estadounidense para hincharse a ganar el dinero que había perdido en sus años de farándula lisboeta.

Salif Keïta es un personaje capital en el deporte africano como precursor de la globalización del fútbol. Además de ganar el Balón de Oro africano, creado por L’Equipé en su honor, fue el primer negro en recibir la Orden del Mérito de la FIFA, fue presidente de la Federación de Fútbol de Mali y, por descontado, fue presidente de honor del Saint Éttiene. Es también tío de dos estupendos futbolistas. Su sobrino Mohamed Sissoko ganó la Copa de la UEFA con el Valencia CF y la liga francesa con el Paris Saint Germain. Otro de sus sobrinos, Seydou Keïta, se formó en la cantera del Olympique de Marsella antes de ganar dos Copas de Europa con el FC Barcelona.
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